Diario Vasco
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¿El “sheriff” de brillante estrella?. Hollywood y (otra vez) la Historia (1754-2017)
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Carlos Rilova | 20-03-2017 | 11:58| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy vamos a hablar, otra vez, de cine. Y, claro, cómo no, de Historia. Supongo que la mayoría de quienes leen este correo de la Historia cada lunes o, cuando menos, a menudo, habrán visto unas cuántas películas de esas que llaman “del Oeste”.

En casi todas ellas, desde las toscas fabricadas en serie en los años 50 del siglo pasado, hasta las más elaboradas que empezaron, por suerte, a ser producidas con el “New Cinema” de los años setenta, cuando aparece un representante de la Ley suele ir acompañado de una estrella prendida del chaleco, la chaqueta o la camisa. Un objeto, esa estrella, que así se ha hecho ya un objeto de nuestra cultura popular.

Hasta el punto de que -y esto no deja de tener su gracia- cuando la Disney hizo la enésima reinterpretación de la leyenda de Robin Hood, en una película de dibujos animados estrenada en 1974, el sheriff de Nottingham (representado por un corpulento lobo) luce sobre sus ropajes, más o menos medievales, una brillante estrella como símbolo distintivo de su rango.

Obviamente la Disney estaba haciendo un guiño a sus pequeños espectadores, también ahítos a esas alturas (doy fe) de cine “del Oeste” en el que un sheriff o llevaba estrella, o ni era sheriff ni era nada.

La realidad histórica, sin embargo, diverge un poco. Empecemos por considerar de dónde sale esta palabra (“sheriff”) y qué era un sheriff en el ordenamiento jurídico medieval, que luego fue exportado a las colonias inglesas de Norteamérica.

La etimología de la palabra es muy sencilla. Procede del alto inglés medieval. Una mezcolanza de lenguas que sonaban más a alemán que al inglés actual y también con una fuerte impronta de francés medieval, desde el 1066 en adelante (la época de Robin Hood). Desde que los normandos asentados en la costa francesa decidieron invadir Albión y derrotaron a los sajones en Hastings.

De ahí salió un vocablo que venía a sonar como “shire-reiver”. Algo que literalmente podía traducirse como “el que recorre el condado”. De ahí se fue degradando hasta acabar convirtiéndose en “shireiver” y, claro, “sheriff”.

Y ya se habrán fijado, a través del Cine y de las series de Televisión, que cerca de mil años después de que se crease ese puesto, los sheriffs de Estados Unidos siguen siendo, en efecto, una policía que recorre un condado. Una unidad administrativa que esa gran República ha mantenido incluso después de independizarse del rey británico.

Y aquí viene la gran pregunta:  ¿y esos “shire-reivers”, o “sheriffs”, llevaban una estrella como identificación?.

Pues la respuesta no es sencilla. Si cotejamos documentación española de la época Moderna (de 1492 a 1789) con documentación británica (o referente al mundo anglosajón) de esa misma época, parece ser que no.

Estos “vigilantes del condado” eran lo que en España se llamó, genéricamente, justicias. En ese concepto entraban desde cuadrilleros de la Santa Hermandad creada por los Reyes Católicos (ya hablaremos otro día de dónde sale ese nombre de “cuadrillero”), alguaciles y otros cuerpos similares desplegados para hacer valer la Ley. Entre ellos los alcaldes de cada población con fuero propio y categoría de, al menos, villa…

El distintivo de esas justicias era, por lo general, un bastón o vara. Dicha vara podía ser corta o larga. Había casos en los que la documentación la describía en esos términos, precisamente: “vara alta de Justicia”. Pueden ver dibujos en las crónicas de la Conquista de América, por ejemplo, de esos justicias de la Corona española destinados, o reclutados, allí, con esas varas altas que los identificaban como servidores de la Ley.

Curiosamente es también posible encontrar testimonios que muestran que los justicias del rey británico usaban el mismo sistema de identificación.

Por ejemplo en uno de los relatos históricos más interesantes que se pueden leer sobre la llamada “Guerra de los Siete Años” (1756-1763), la conocida en Norteamérica como “Guerra franco-india” (iniciada en 1754). Se trata de las memorias de un soldado de línea francés destinado a defender la colonia de Nueva Francia. Es decir, lo que hoy es Canadá. Su autor, Charles Bonin, conocido por el apodo o “nombre de guerra” de “Jolicoeur”, vivió extraordinarias aventuras en su período de servicio (por eso ésta no será la última vez que aparezca por aquí) y entre ellas la de caer prisionero de los británicos.

Durante su cautividad en las provincias británicas de América, que fue bastante laxa, permitiéndosele mucha libertad de movimientos, pudo observar de cerca a sus enemigos y describir sus usos y costumbres. Entre ellas la de cuál era el símbolo que utilizaban los justicias británicos para identificarse en aquellas lejanas provincias americanas.

Nada más, pero tampoco nada menos, que una vara de madera de color blanco que, una vez que Charles lo preguntó, se le describió como el símbolo que identificaba a los “sheriffs”,  a los oficiales de justicia (así los llama en su libro) del rey en aquella parte del mundo bajo dominio de Gran Bretaña…

De estrellas brillantes no vio Charles Bonin ni rastro. Salvo las del firmamento de aquel hemisferio americano, bajo cuya luz tantas veces durmió. No sabiendo si al día siguiente estaría vivo o habría sido muerto por los británicos o los “salvajes” aliados a ellos.

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Historia de las palabras. Palabras con Historia. “Para dar de comer aparte”. ¿Una expresión medieval que ha sobrevivido hasta hoy día?
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Carlos Rilova | 13-03-2017 | 10:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes siguen este correo de la Historia desde sus lejanos comienzos en junio de 2012, no es la primera vez que esta sección se ha metido a averiguar el origen histórico de ciertas palabras o expresiones. Por ejemplo “a palo seco”. Supongo que ésta tampoco será la última, porque hay muchas frases hechas, como esa, o como la que vamos a examinar ahora mismo, que utilizamos inconscientemente, sin saber si tienen, o no, una larga Historia detrás.

En el caso de la expresión “dar de comer aparte” o su variante más militar “hacer rancho aparte”, resulta difícil determinar cuál pudo ser el origen histórico de esa expresión.

Está claro, desde luego, que hoy quiere decir lo mismo que quería decir cuando salió a la palestra por primera vez. Es decir, que hay gente que, por una razón u otra, come aparte de otra gente.

¿Cuando pudo acuñarse esa expresión que, evidentemente, parece basarse en la observación de determinados grupos que se negaban a sentarse a comer con otros o eran enviados a comer aparte?. Probablemente en la Edad Media. Al menos es de ese período del que más referencias históricas tenemos sobre mesas o zonas de las mesas que segregaban a unos comensales de otros.

Cuenta por ejemplo el duque de Mandas en unas notas guardadas en su archivo personal, depositado a su muerte en 1917 en el Archivo General de Gipuzkoa, cuál pudo ser el origen de la palabra “beefeater”. Supongo que todo el mundo (hasta quienes no beben ginebra) tendrá clara la imagen de cierta marca de ese alcohol que toma su nombre, y su logotipo comercial, de los pintorescos guardias de la Torre de Londres que vigilan las famosas joyas de la Corona británica.

Decía el duque de Mandas en esa nota acumulada en sus extensos archivos, que normalmente “beefeater” se traducía como “comedor de buey”. Sin embargo, según la nota del erudito duque donostiarra que el origen de la expresión podía estar en que esos guardias del rey, o la reina, de Gran Bretaña, eran los herederos de los hombres de armas que en las cortes inglesas medievales comían de pie, en los “buffets” puestos  a los laterales de la mesa principal donde el rey y sus caballeros comían cómodamente sentados. La palabra original sería, por tanto, no “beefeater” sino una corrupción de “buffeteater”. Es decir, “los que comen en el buffet”, que no en la mesa principal y, evidentemente, serían, gentes a las que se daba de comer aparte.

Aparte de esta interesante apreciación, parece que la expresión podría haberse acuñado en Francia entre los siglos XIII y XV. Es una parte de la historia poco conocida (si la buscan en diccionarios especializados como los de José María Iribarren, Luis Junceda o Nestor Luján, la buscarán en vano) y que requiere, como mínimo, haber digerido algunos volúmenes de espesa erudición. Caso, por ejemplo, de la “Historia de la Teología católica” de Martin Grabmann, profesor de la Universidad de Múnich, que, como cuenta él mismo, decidió abordar esa Historia General de la que han llamado “Ciencia de Dios” en un tiempo tan turbulento como el año 1933. En ella podemos aprender, aparte de una larga lista de teólogos desde los comienzos de la iglesia hasta las tres primeras décadas del siglo XX, que esa rama del saber ha tenido un peso específico en tiempos pasados que hoy, quizás, se ha desdibujado un tanto, con eso que llaman “laicización”. Algo que, sin embargo, en la Edad Media no ocurría, llegando los teólogos a tener una importancia desmesurada y una consideración social similar a la que hoy se depararía, por ejemplo, a  uno de esos economistas que ejercen de “gurús” para la Reserva Federal de Estados Unidos o para el Banco Central europeo.

Más explícita (para quienes lean francés) es Alice Lamy, que en un artículo publicado en la revista especializada “Camenae”, en junio de 2011, describía cómo en la Universidad de la Sorbona (una de las tres más antiguas de toda Europa) se forma desde la Edad Media una élite de teólogos que tendrán un peso enorme tanto dentro como fuera de la Universidad. Para quienes hayan leído “El nombre de la rosa” y “Baudolino” del genial Umberto Eco, quizás ese fragmento de nuestra Historia medieval será bien conocido.

Lo cierto es que esa élite de teólogos que nos describe Alice Lamy con mano maestra en ese pequeño, pero sustancial, artículo, eran gente que, por lo general, comía aparte en aquella Sorbona de los siglos XIII y XIV, siendo poco dados a relacionarse con profesores de materias consideradas entonces como más triviales…

Ese parece ser el origen histórico de esa expresión que aún hoy utilizamos para dar a entender eso, que alguien se considera demasiado bueno para comer en la misma mesa que otros. Algo que valdría también -aunque en sentido inverso- para esos reyes medievales que hacían comer a sus guardias aparte, de pie, junto a mesas laterales. Esos “buffets” que hoy día, curiosamente, se han convertido en un aliciente a la hora de plantearse en qué sitio comer o qué hotel reservar para unas vacaciones, considerándose una muy buena opción la oferta de tener un “buffet” libre para desayunar o comer. Uno en el que, todo hay que decirlo, a diferencia de lo que pasaba en tiempos medievales, sí se permite sentarse a los comensales. Lo cual, obviamente, explicaría lo mucho que ha mejorado la cuestión de esa versión del “comer aparte” entre lo que suponía esa opción en una corte medieval inglesa y lo que supone en un moderno “resort”…

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Los nombres de las calles y su (olvidada) Historia. El general Prim en San Sebastián (1814-1870)
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Carlos Rilova | 06-03-2017 | 12:47| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy no me iré muy lejos de San Sebastián. Hace tiempo que estoy a vueltas con el general Juan Prim, la memoria histórica, los cambios de nombre a las calles…  y, la verdad, es bastante difícil resistirse a dedicar este nuevo correo de la Historia a hablar de él y del porqué tiene dedicada una calle en San Sebastián.

Empezaremos por hablar de quién era Juan Prim. Si se ha leído una de las mejores biografías que se han escrito de su vida (que, como vamos a ver, da para mucho) la del profesor Pere Anguera, enseguida se capta que hay un par de buenas razones para darle su nombre a una calle. Aunque claro, como ocurre con estas cosas, que no dejan dormir tranquila a la opinión pública española de esa larga posguerra que dura desde 1939, todo es relativo.

Juan Prim y Prats nació en 1814, en la localidad catalana de Reus, poco después de que su padre tuviese unos instantes de paz tras contribuir, con el grado de capitán, a la derrota del emperador Napoleón. Juan siguió los pasos de su padre y, de hecho, los supero, ascendiendo muy joven, con apenas 25 años, al grado de coronel.

La época y el lugar eran propicios. Era la España romántica, la de la Primera Guerra Carlista y un hombre audaz como él, y con suerte ante el fuego enemigo, podía subir rápidamente por la escala. Así lo hizo. Y pronto, a partir de 1840, se fue labrando una leyenda. Sobre todo porque se metió en Política. Una manía también muy de la época entre los militares españoles, ya entonces divididos entre amigos de un régimen lo más antiguo posible y los que querían fomentar otro contrario, revolucionario, de libertades públicas… Como era el caso de Juan Prim y Prats, partidario del Liberalismo progresista, casi lindando con lo que hoy sería la Socialdemocracia y tan comprometido con esas ideas como para ingresar en una logia masónica. Cosa también bastante habitual entre los militares decimonónicos en general y entre los españoles en particular.

Con ese currículum pronto se vio metido, entre 1840 y 1868, en toda clase de conspiraciones, exilios y aventuras varias. La monarquía de Isabel II que tantos tumbos políticos dio entre reaccionarios, moderados y progresistas, unas veces estaba a bien con el general, dándole el mando de tropas, y otras, directamente, lo enviaba al exilio aunque, aun así, le concedía jugosos favores.

Ese fue el caso durante la Guerra de Crimea, en 1853. Oficialmente estaba autoexiliado en París cansado de equívocos y disensiones en el Madrid parlamentario de la época, pero solicitó que se le hiciese jefe de la misión española enviada como observadora a esa guerra entre Rusia de un lado y, del otro, Turquía apoyada por Francia (y el reino de Piamonte) y Gran Bretaña. Allí  Juan Prim empezó a demostrar que era un general culto, con dotes de mando y don de gentes. Se hizo respetar rápidamente por sus iguales franceses y británicos (sí, los mismos mitificados en poemas como el de Tennyson sobre la carga de Caballería británica contra los cañones rusos en Balaklava) y no se contentó con mirar. Al contrario, pidió mando efectivo y dirigió operaciones de guerra que se saldaron con resonantes éxitos. Tanto que el Sultán lo condecoró y le regaló una espada de gala.

La fama de Prim no hizo sino crecer dentro y fuera de España. Tanto que hasta las tropas del incipiente Imperio Británico llegaron a acatar sus decisiones sin  rebatirselas. Como ocurrió en Méjico en 1862 (algo hablamos de esto en otro correo de la Historia de hace unas semanas) donde decidió retirar el mayor contingente de tropas expedicionarias, haciendo que los británicos se retirasen a su vez. Con todo esto no es extraño que su nombre aparezca en las páginas de grandes obras de la Literatura Universal como “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, por ejemplo.

En 1868, al fin, llegó su gran oportunidad. La equívoca monarquía constitucional de Isabel II había alcanzado un punto en el que nadie estaba contento con ella. Así, en ese año 1868, llegó la revolución democrática llamada “Gloriosa”, que pretendió aplicar en España uno de los sistemas políticos más avanzados de Europa y del Mundo. Pronto el general Prim se alzó como el principal líder de esa revolución democrática. Intentó llevarla a buen término. Sin embargo, aquella manzana de la discordia que era España en la época, dividida entre reaccionarios, republicanos, monárquicos irreductibles y un movimiento obrero cada vez más organizado y reivindicativo, incluso por medio de la violencia, acabó con un Prim que trataba de crear un régimen templado que superará, sin estridencias, todos esos problemas, gradualmente. Fue en la Calle del Turco, cerca del Congreso. Allí le dispararon el 27 de diciembre de 1870. Pudo llegar hasta el Palacio de la Presidencia del Gobierno, entonces en Buenavista, en la actual Plaza de Cíbeles, apenas sobrevivió un par de días más.

Todo esto lleva años dando lugar a numerosas especulaciones y ha dejado entre la opinión culta española la sensación de que Prim fue la gran oportunidad perdida que, de haber tenido éxito, de no haber muerto a causa de ese atentado en la Calle del Turco, hubiera evitado la deriva que llevó a España, desde su muerte, a dos guerras civiles (de 1873 a 1876 y de 1936 a 1939) y a dos dictaduras militares en el siglo XX. Una de ellas, la de 1939 a 1975, particularmente penosa y destructiva.

Todo esto, que apenas es un resumen de lo que ha dado para llenar páginas y más páginas de varios libros, hará que algunos piensen que Prim se tiene bien merecida esa calle en San Sebastián y en muchas otras ciudades. Otros habrá, sin embargo, que, vistas las cosas desde esta perspectiva, pensarán que mejor no. Acaso que se debería quitar su nombre y dar a esa calle el que le quisieron dar de 1936 en adelante, cuando las tropas sublevadas entraron en la ciudad y comenzaron a borrar y moldear la Historia a su gusto. Empezando por ahí, por los nombres de las calles. Algo que a punto estuvo de llevarse por delante al de esta calle dedicada a Prim desde 1890 por, como contaba Serapio Múgica en su libro sobre las calles de San Sebastián, haber contribuido en 1863-1864 al arrasamiento de las murallas donostiarras para proceder al ensanche del que forma parte esa misma calle.

Para el historiador lo cierto es que Prim merece seguir teniendo esa calle. Porque cuenta una parte fundamental de la Historia de la ciudad, de la provincia, del País Vasco, de España y de Europa (recordemos, otra vez, su participación en la Guerra de Crimea, por ejemplo), pero, la verdad, dada la política con la que se aborda eso de la nomenclatura de las calles en este país, casi tanto da que esa calle se llame “Prim” que (por poner un ejemplo absurdo) “de los Pokémon”. A diferencia de lo que ocurre en París, en esa ciudad, San Sebastián, que tanto tiende a imitar a la capital francesa en muchas otras cosas y ha sido capital cultural de Europa en el año 2016, las calles son placas huecas, como en la mayor parte de las ciudades españolas. Es decir, sin la menor explicación de qué o quién da nombre a ésta o a esta otra calle.

Una verdadera pena ese derroche de desconocimiento histórico que, como siempre sólo puede empobrecernos. Un poco más. Esperemos que no hagan falta más héroes supuestamente fallidos, como Juan Prim y Prats, para superar, por fin, esa pesada e ineficaz manera de hacer las cosas que, en el caso de ese general catalán, nos lleva (sólo para empezar) a perdernos una biografía de esas que, en manos de Hollywood, harían que, como poco, nos gastásemos cinco euros y un par de horas en ir al Cine.

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¿Qué clase de tirano era Napoleón?. Los “campos de reeducación” del emperador de los franceses (1812)
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Carlos Rilova | 27-02-2017 | 10:30| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Sobre Napoleón Bonaparte se han vertido más que ríos, embalses enteros de tinta.  Hasta tal punto que les recomiendo desconfiar de quien diga que es un experto en Napoleón y las guerras napoleónicas. Eso es algo, más que difícil, imposible de conseguir para un ser humano. Por una sencilla razón: desde que el emperador muere en Santa Helena en el año 1821, se han escrito cerca de 200.000 títulos diferentes sobre él, su imperio, sus guerras… Por lo tanto habría que ser prácticamente inmortal, tener la capacidad de sobrevivir sin hacer nada más que leer (ni comer, ni dormir, ni ninguna otra cosa) para leerse todos esos libros y escritos. Aparte de eso, naturalmente, hay todavía toneladas de documentos en muchos archivos que, dos siglos después de que el Corso pusiera fin a sus hazañas, estaban inéditos.

Doy fe personalmente de ello, habiendo contribuido en 2003 y de 2008 a 2015 (gracias al Archivo Municipal de Tolosa, un nudo de comunicaciones clave en el dominio imperial) a aumentar algo ese caudal de tinta sobre Napoleón y su imperio.

Así no debe extrañarnos, incluso si nos consideramos muy expertos en el tema napoleónico (cosa bastante pretenciosa por las razones explicadas), que podamos pasarnos toda una vida encontrando aspectos nuevos de aquel imperio que dio mucho de que hablar… A pesar de haber durado poco más de diez años.

Ese ha sido para mí el caso de lo que podríamos llamar “campos de reeducación” del emperador Bonaparte.

Un tema interesante, porque entre la mucha tinta que se ha vertido sobre el emperador, no ha faltado el debate sobre si Napoleón era un dictador o un propagandista de la revolución francesa y sus ideales de Libertad.

Así, por ejemplo, hay sesudos trabajos como el del profesor Thierry Lentz titulado “Napoleon-Hitler. The impossible comparision” (“Napoleon-Hitler. La comparación imposible”) donde se hace un somero, pero instructivo, estado de la cuestión de varias obras en las que se ha intentado comparar a Napoleón con Hitler. En algunos casos, como señala Lentz, llevando las cosas al extremo de la propaganda antinapoleónica más que al de la Historiografía seria.

Como revela ese artículo, el debate está servido. De hecho, el propio Lentz es una buena muestra de lo rampante que puede ser cualquier debate histórico sobre el emperador, ya que él mismo publicaba ese artículo en Napoleon.org. Una potente web dedicada a recoger el patrimonio histórico tanto del primer como del segundo imperio francés y cuyo tono, en general, es laudatorio hacia Bonaparte y su descendencia. Temas que, como saben quienes han dedicado algo de su tiempo o su carrera profesional a estos temas, se han convertido en algunos casos en verdadero culto al emperador, a su supuesto sobrino Napoleón III y, en general a todo lo que les rodeaba.

No voy a ir más lejos a ese respecto. Los datos ya están dados y cada cual puede sacar sus propias conclusiones leyendo artículos como el de Lentz y muchos otros cada vez más fácilmente disponibles en la red.

Lo único que constataré es que la idea de que Napoleón era un dictador con ribetes totalitarios que lo podrían equiparar -no digo “igualar”- con figuras como Hitler, es bastante popular y no sólo en esas reyertas entre historiadores.

Así por ejemplo, si echamos mano del Cine (una fuente de información fundamental para el imaginario colectivo), no es difícil dar con películas en las que se deja a Napoleón como un auténtico tirano. En “Master and commander” de Peter Weir, por ejemplo, el doctor Maturin (hombre de ideas revolucionarias y jacobinas, como saben los lectores de la serie de novelas que inspiró esa película) señala a su amigo, el capitán Jack Aubrey, que la disciplina, el orden, es la excusa de todos los tiranos para imponerse. Incluido el mismo Bonaparte…

En otras películas anteriores la comparación era aún más sangrante. Así en “The Living Daylights”, una película de la serie James Bond estrenada en 1987 y titulada en España “Alta tensión”, se puede ver a uno de los villanos característicos de estas películas mostrando a un aliado de Bond su colección de cachivaches de Historia militar entre los que hay una bizarra (en el sentido que dan los franceses a esa palabra) colección de figuras de cera a tamaño real. En ella Napoleón está junto a Genghis Khan y… el mismísimo Adolf Hitler. La categoría en la que se les considera a todos ellos por parte de los “buenos” de la película no deja lugar a dudas: se dice claramente que todos eran unos carniceros, unos genocidas…

Pero, dejando de lado toda esta discusión y esta mala prensa contra Napoleón, vayamos a los hechos, reconocidos incluso por fervientes admiradores del universo napoleónico.

Resulta que Napoleón tenía una peculiar costumbre que equipara a su imperio al Totalitarismo. Tanto nazi como, especialmente, soviético.

En efecto. Está fehacientemente demostrado que el emperador utilizaba, al estilo de los reyes absolutistas, ciertas “Casas de Salud”. Pequeños hospitales psiquiátricos en los que recluyó a varios opositores a su régimen.

Como decía, esto está admitido incluso por entusiastas del universo napoleónico como Liliane y Fred Funcken, que aun en fechas tan poco revisionistas como los años 50 del siglo pasado y en revistas tan poco revolucionarias como “Tintín”, publicaron la historieta titulada “El hombre que estuvo a punto de derrocar al imperio. La conspiración del general Malet”.

Los hechos que describe esta enésima historieta de los Funcken (y que hoy pueden leer en el volumen titulado “Napoleón”, de editorial Ponent Mon, que las recopila) son rigurosamente ciertos. Narran cómo en octubre de 1812, al saberse de la derrota napoleónica en Rusia, se organizó un complot contra Napoleón. El principal líder fue un general francés, Claude-François de Malet, recluido en la “Casa de Salud” del doctor Dubuisson. Su único desarreglo mental era un tanto subjetivo: como la mayor parte de los inquilinos de esa casa era de ideas republicanas o bien, sencillamente, antibonapartistas…

La cosa acabó mal. Los conspiradores no lograron hacerse con el control de la situación militar en París y Malet y sus cómplices fueron sometidos a Consejo de Guerra. Cuando el juez pidió nombres de más cómplices a Malet, éste respondió que lo habrían sido el propio juez y toda Francia de haber tenido éxito en el envite… Ni que decir tiene que Napoleón consideró que tener a Malet en un cotolengo, como dicen los catalanes, no era bastante y era preciso pasarlo por las armas. Cosa que se hizo, con rigurosa precisión, el 30 de octubre de 1812.

El sistema de internar en residencias psiquiátricas a los disidentes, que la Unión Soviética aplicaría con verdadera ferocidad, incluso tras la muerte de Stalin, parece ser que desapareció en Francia sólo tras la extinción del régimen napoleónico. Así lo señala un documentado artículo del doctor en Medicina Erwin H. Ackerknecht (profesor de la Universidad de Zurich) titulado “Political prisoners in french mental institutions before 1789, during the revolution, and under Napoleon I” (“Prisioneros políticos en instituciones mentales francesas antes de 1789, durante la revolución, y bajo Napoleón I”) fácilmente recuperable a través de su versión digital en PDF.

A partir de aquí, de estos hechos históricos, tienen ustedes toda una semana para sacar en conclusión a qué grado de totalitarismo llegó el imperio napoleónico. Buena suerte y feliz discusión.

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Aprendiendo Historia gracias al Cine ¿o a pesar de él…?. “El viento y el león” de John Milius (1975)
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Carlos Rilova | 20-02-2017 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Por alguna extraña inercia esta semana he decidido seguir hablando de la no siempre buena relación entre Historia y Cine.

Si la semana pasada, conmemorando el centenario de la detención de Mata Hari, hablaba de cómo la había mitificado la película de ese mismo título (“Mata Hari”), estrenada en 1931, esta semana me gustaría hablar de “El viento y el león”. Una película que ya he citado en ocasiones anteriores en este correo de la Historia, pero sólo de pasada, sin entrar a fondo en su contenido.

Fue estrenada en el año 1975 y dirigida por un director, John Milius, que, eso no se le puede negar, conocía muy bien su oficio. Es decir, el de rodar películas que hacían ir a la gente a las salas de Cine.

Eso, sin embargo, no significa que sus películas no fueran un abuso de confianza, por muy bien que estuvieran rodadas, por mucho que fueran un espectáculo visual de gran calidad.

Ese es el caso de “El viento y el león”. Es un abuso de confianza con respecto al público y es un espectáculo visual de gran calidad.

La ambientación de los exteriores, los trajes de época, el rodaje de la acción… todo está hecho con mucha maestría. Una que hoy, por desgracia, demasiadas veces, se deja en manos de unos efectos especiales que, a base de persecuciones increíbles, explosiones apabullantes y tiroteos más inverosímiles que el colt-ametralladora de las películas “de vaqueros” de John Wayne (sí, ese al que nunca se le acababan las balas, a pesar de que el tambor de un revólver sólo podía llevar seis), intentan ocultar guiones muy poco convincentes y una acción que sería capaz de aburrir a rebaños enteros de ganado ovino.

Pero esa maestría como cineasta de Milius no quita para que “El viento y el león” no deba ser tomada con toda la precaución posible. Al menos si queremos aprender algo de Historia gracias a ella.

Para empezar, Milius se toma grandes libertades con la Historia desde el principio. Es cierto que en el Marruecos de principios del siglo XX, en 1904, el jeque Raisuli (interpretado magníficamente por Sean Connery en “El viento y el león”) secuestró a ciudadanos americanos de apellido Perdicaris. Lo que pasa es que el secuestrado en cuestión era Ion Perdicaris. Un inmigrante griego vaga e imprecisamente nacionalizado estadounidense, al que aquello del “sueño americano” le fue bastante bien. Tanto como para viajar por países “exóticos” y, gracias a su bien nutrida cartera, atraer la atención de personajes a medio camino entre el héroe y el bandolero. Como parecía ser el caso del jeque Raisuli.

Milius y sus productores, desde luego, pensaron que la historia que se iba a contar en “El viento y el león”, funcionaría mejor si, en lugar de que un tipo barbudo -El Raisuli- secuestrase a otro tipo barbudo -Ion Perdicaris-, la secuestrada era una rubia y atractiva Candice Bergen interpretando a una apócrifa Eden Perdicaris, pues, en realidad, la mujer de Perdicaris se llamaba Ellen y, aunque se vio algo baqueteada por el secuestro, fue dejada atrás por El Raisuli.

Pero no es esa la única libertad que Milius se tomó con la Historia real en “El viento y el león”. Lo peor es el modo en el que interpreta los hechos que ocurrieron a principios del siglo XX en torno a un imperio marroquí que se iba a convertir, pronto, en un Protectorado tutelado por potencias europeas.

Según Milius, los alemanes enviaron tropas a luchar a Marruecos para capturar a El Raisuli. Tropas que a su vez se cosen a tiros con la Infantería de Marina estadounidense enviada por el presidente Teddy Roosevelt a resolver el ya famoso asunto. Las cosas tenían que ser así, porque de otro modo la película -huérfana de esos momentos de acción- podría haber sido un fracaso comercial.

Eso no significa, por supuesto, que las cosas fueran así. Ion Perdicaris fue liberado de un modo mucho menos contundente y los tiroteos entre soldados americanos y alemanes nunca tuvieron lugar en el marco incomparable de una pequeña “kasbah” marroquí. Como ocurre en “El viento y el león”.

Peor aún es el punto y final que Milius da a su película. Con un triunfal Teddy Roosevelt diciendo a sus colaboradores más cercanos que al día siguiente, con la señora Perdicaris liberada, se iba a poner a dictar condiciones sobre lo que iba a pasar en Marruecos a partir de esos momentos. Nada más lejos de la realidad…

Lo que pasó con Marruecos en esos momentos, y en los meses y años siguientes hasta 1905, no tuvo nada que ver con lo que Teddy Roosevelt dijera o dejase de decir.

La película, de hecho, es incapaz de mostrar los hechos históricos reales. Probablemente porque, para el espectador norteamericano medio, hubieran sido, como mínimo, extraños, inasumibles.

Sí, muy probablemente ese público no habría podido aceptar que, el futuro de ese estado fallido que es Marruecos en 1904, estaba no en manos de Estados Unidos sino en las de tres potencias europeas que podemos nombrar por orden de importancia en el asunto: Gran Bretaña, Francia y… España.

Pues sí, por difícil de creer que parezca, Teddy Roosevelt, por mucho que hubiera contribuido a la derrota española en 1898, no había conseguido -ni él, ni el magnate de los periódicos Hearst, ni Henry Ford, ni Edison, ni los Morgan…- que Estados Unidos se convirtiera en una potencia mundial que pudiera dictar nada.

De hecho, la victoria sobre España en 1898 lo único que había conseguido es que Estados Unidos empezase a dar miedo a las potencias europeas. Las mismas que, desde el momento en el que se cerraron los acuerdos de París que ponían fin al conflicto entre España y Estados Unidos, empezaron a buscar la manera de que esa última potencia -Estados Unidos- no les hiciera a ellas lo mismo que acababa de hacer con España.

Para ello los británicos negociaron hasta la extenuación con Fermín Lasala y Collado. Un hábil diplomático donostiarra enviado expresamente en 1900 a la, hoy, tan maltrecha embajada española de Londres para tratar de sacar adelante acuerdos favorables para la vapuleada España.

Durante los cuatro años que el que estas líneas escribe dedicó a reconstruir todo esto para sacarse un doctorado en Historia, descubrió, en efecto, que lo que cuenta “El viento y el león” a ese respecto se aleja bastante de la realidad que se puede encontrar en archivos británicos y franceses o bibliotecas como la British Library. Allí, por el contrario, se ven minutas urgentes en las que los estados mayores británico y francés temen ver a Estados Unidos tomando las islas francesas del Caribe o invadiendo, por enésima vez, Canadá. En esos papeles también se habla de congraciarse con España, que podría ser un elemento a contar como aliado en esas futuras guerras con Estados Unidos…

De ahí salió el Protectorado español sobre Marruecos y el afianzamiento de un imperio español en África que, de hecho, se mantuvo hasta finales del siglo XX en algunos casos.

Eso, y el Protectorado francés sobre ese imperio marroquí desmantelado que tan bien se describe en “El viento y el león”, fue algo que la incontenible fanfarronería de Teddy Roosevelt tuvo que digerir con la boca callada. Por una vez y sin que sirviera de precedente. Teniendo que esperar muchos años a que un cineasta norteamericano contase la Historia no como fue, sino como a él le hubiera gustado que fuera…

Lo más paradójico de todo esto fue que la película, además, se rodó en España -tanto escenas que se supone suceden en Marruecos como las que se supone suceden en el Medio Oeste norteamericano- y los supuestos marines americanos de la batalla final de “El viento y el león” eran, en realidad… soldados españoles haciendo de extras.

Ya hemos comentado, en ocasiones anteriores, que la Historia da muchas vueltas ¿verdad?…

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El día fatal de Mata Hari: 13 de febrero de 1917
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Carlos Rilova | 13-02-2017 | 12:38| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este lunes era imposible elegir otro tema. Llevo, desde 2014, siguiendo los pasos a la que hoy llamamos Primera Guerra Mundial y eso ha marcado, en muchas ocasiones, el paso al que debía marchar este correo de la Historia.

Así las cosas, hoy casi tengo la obligación de hablar del fin de Mata Hari la (supuestamente) más famosa espía alemana de esa “Gran Guerra”.

Y tengo que hablar porque hoy, 13 de febrero de 2017, se cumplen exactamente cien años del momento en el que la agente H 21 -más conocida como Mata Hari- fue detenida en el número 103 de la céntrica Avenida de los Campos Elíseos de París. Donde en ese momento estaba el Hotel Palace, en el que la bailarina y aventurera se alojaba por aquel entonces al razonable precio de 30 francos al día.

Este hecho histórico que hoy cumple cien años, y ha movido metros de película y de papel de imprimir, en realidad estuvo a punto de no ocurrir.

Como nos cuenta uno de los biógrafos de Mata Hari mejor informados -el periodista Russell Warren Howe- el agente francés encargado de vigilar a Mata Hari, el capitán Ladoux, estaba metido en un buen problema en las fechas previas a aquel martes 13 de febrero de 1917.

¿Cuál era la naturaleza de esa situación problemática para el no muy brillante, pero esforzado, capitán Ladoux?. Pues sencillamente la de muchos de los agentes de los servicios secretos de la época que, tal y como los describe R. W. Howe, eran verdaderamente chapuceros. Como de opereta o salidos de las películas cómicas de cine mudo que triunfaban en aquel entonces.

Durante bastantes semanas -como mínimo entre diciembre de 1916 y mediados de enero de 1917- Ladoux había movilizado a varios agentes para que siguieran los pasos a Mata Hari, sospechando que era una agente doble. Algo que el propio capitán Ladoux tenía mucho interés en comprobar, puesto que era él quien había aceptado el ofrecimiento de Mata Hari de servir a Francia y a los aliados en calidad de espía.

De ese seguimiento, Ladoux no había sacado gran cosa. Salvo gastos considerables que sus superiores no veían precisamente con calma. Menos aún en una Francia donde la esperada victoria no llegaba y lo único que afluía hacia esa atribulada potencia eran centenares de ataúdes y hombres con diversos grados de espantosa mutilación. Provocada por la guerra tecnológica -de alto poder destructivo- que se estaba librando desde 1914.

Ladoux, que, así las cosas, no estaba en una situación precisamente fácil de explicar, se veía, en efecto, presionado por sus superiores para que encontrase -y pronto- alguna red de espías alemanes. A ser posible en París.

A decir verdad, como nos cuenta Russell Warren Howe, el capitán Ladoux no tenía muchos triunfos en la mano en esos momentos. Así que decidió apañar la menos mala de sus bazas. A saber: un mensaje cifrado alemán, captado por las radioescuchas instaladas en la torre Eiffel, en el que los alemanes revelaban los movimientos de su agente H 21.

No era gran cosa. Y Ladoux lo sabía. Más que nada porque esa información venía cifrada en una clave que los criptólogos franceses habían roto tiempo atrás. Un hecho -el de que esa clave estaba “muerta”- que los alemanes conocían perfectamente, revelando de ese modo que, en realidad, estaban tendiendo un señuelo. Una cortina de humo para despistar a los agentes franceses y desviarlos así de sus verdaderas redes de espionaje.

Como decía -y como vemos- lo que tenía Ladoux era bien poca cosa. Pero tenía que servir. Y sirvió. Con esas endebles pruebas, convirtió a Mata Hari en un perfecto chivo expiatorio de todo lo que se podía achacar a las verdaderas redes de espionaje alemanas que actuaban en Francia y, de hecho, en toda Europa.

Los superiores de Ladoux tampoco parecieron tener mayor inconveniente en que aquella exótica bailarina -de vida airada y aventurera- se convirtiera en la diana donde los franceses podrían desahogar su rabia y su frustración por la marcha de la guerra.

Todo ello según el patentado principio de que no hay nada mejor que echar la culpa a otro -u otra- de los propios errores, para de ese modo evadir cualquier responsabilidad.

Fue así como empezó el principio del fin de Mata Hari. Una penosa historia que se extendería durante casi todo el año 1917, que fue el tiempo que tardaron en juzgarla ante un tribunal militar para decidir, finalmente, en octubre de ese año, fusilarla en los fosos del castillo de Vincennes. Curiosamente la sede actual de uno de los principales archivos militares franceses de los que, a partir de hoy, todo el dossier Mata Hari debería salir desclasificado y ser puesto a disposición del público. Al haberse cumplido cien años de aquellos hechos.

¿Nos contarán esos venerables papeles algo que no sepamos ya gracias a biografías como la de Russell Warren Howe?. ¿Se confirmarán o se derrumbarán definitivamente leyendas como la que corría en San Sebastián hace cien años (y menos) acerca de que Mata Hari, en realidad, había sido vendida y traicionada por el escritor Enrique Gómez Carrillo en el Puente Internacional de Irún?.

El tiempo lo dirá. De momento, hoy, a cien años justos de la detención de la supuestamente famosa espía, lo único que está claro es que la leyenda forjada sobre ella -en gran parte gracias a la película protagonizada por Greta Garbo- es sólo eso: leyenda.

Hoy 13 de febrero de 2017, la Historia sólo puede decir que Mata Hari fue una víctima de las circunstancias. Arrastrada por una vida aventurera hasta una trampa que sólo podía cerrarse sobre ella porque un funcionario francés -a su vez- no podía permitir ser él la víctima propiciatoria de una borrascosa situación que requería víctimas, nombres, explicaciones que -mejores o peores- había que sacar de algún lado. Aunque fuera de un informe caducado de los servicios secretos alemanes que, por otra parte, era una clara trampa para los servicios secretos franceses…

Así de absurdamente se escribe, a veces, la Historia.

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¿Bienvenido Mr. Trump? o, cómo aprender algo útil de la Historia gracias a la República de Weimar (1933-2017)
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Carlos Rilova | 06-02-2017 | 12:24| 13


Por Carlos Rilova Jericó

Desde la toma de posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, me está resultando una verdadera pesadez ver programas de esos llamados “informativos” o leer periódicos.

Y es que el nivel de maniqueísmo simplón al que están llegando esos medios al ¿analizar? este tema es bastante difícil de sobrellevar. Básicamente todo parece reducirse a un pensamiento digno de un niño de 8 años: si Trump se va, todos nuestros problemas se resolverán.

A eso yo respondería que ojalá. Pero eso sería tanto como desear que las ecuaciones matemáticas se resolvieran a gusto del que las está resolviendo y no según una pauta uniforme e invariable. O, por decirlo de otro modo, creer que la desaparición de Trump acabaría con todos nuestros problemas es una forma de pensamiento mágico, en el peor de los casos. En el mejor equivaldría, en ciencia médica, a creer que el problema es la fiebre y no la enfermedad que causa ese síntoma.

Lo cierto es que, a fecha de hoy, estamos en una situación que no se había vivido en el Mundo desde el año 1933, cuando la República de Weimar colapsó y la principal potencia económica de Europa, Alemania, se arrojó en brazos de Adolf Hitler.

En efecto, la mayoría de las opiniones sobre Donald Trump están teñidas del mismo simplismo, cobarde unas veces, simplemente mezquino otras, que predominaba en la clase política y la intelectualidad alemana de esa época.

Vamos a echar un vistazo a algo de lo que hay publicado sobre Weimar en español y podrán comprobar, en persona, que el “problema Trump”, por así llamarlo, es mucho más complejo de lo que parece a vista de telediario y su solución, por supuesto, implica medidas también complejas y que no pasan, precisamente, por borrar del mapa (no sé exactamente con qué medios: manifestaciones furibundas de gente que, al parecer, se olvidó de ir a votar, “impeachments”…) al actual presidente de los Estados Unidos.

Empecemos con la obra del economista César Roa Llamazares, “La República de Weimar. Manual para destruir una democracia”. En las páginas 106 y 107 de ese libro se nos dice que una parte de la clase política que, se suponía, debía mantener la República, pensaba, por el contrario, que ésta debía ser mermada, reducida, limitada, pues estaba destruyendo la que ellos consideraban la verdadera Alemania. Peor aún, había adoptado medidas económicas que favorecían en exceso a las clases trabajadoras (seguro de desempleo, negociación colectiva…), a las que, dada la coyuntura internacional, según esa clase política, había que disciplinar con medidas de austeridad económica… Seguro que esta música un tanto siniestra les suena, ¿verdad?.

Decisiones así, y el levantamiento del interdicto contra las milicias nazis (algo finalmente inevitable en la lógica de políticos de esa talla), no tardaron en colapsar ese régimen porque sencillamente una gran mayoría de desesperados (a causa de la política económica de austeridad) ya no tenían suficiente margen de maniobra intelectual para aferrarse a otra opción política que aquella que les prometiese soluciones simples e inmediatas. Exactamente como las que prodigaba, porra en mano y de manera expeditiva, el Partido Nazi.

El director del periódico liberal republicano “Ahora”, Manuel Chaves Nogales, fue uno de los españoles que visitó Alemania en la época. Tal  como lo refleja el libro de Félix Santos que recoge esos testimonios (“Españoles en la Alemania nazi”). Chaves Nogales tenía claro en 1933, en el mes de marzo en el que las elecciones auparían a Hitler al poder absoluto, que gran parte de ese apoyo provenía de unas masas obreras que acataban sus órdenes casi con delectación. Indiferentes a la detención de unos líderes obreros que nada tenían que ofrecerles. La presencia de 300.000 obreros aclamando a Hitler en la fiesta del 1º de mayo de 1933 (de lo que fue testigo Chaves Nogales) dejaban claro hasta qué punto se había camelado a quienes deberían haberse opuesto frontalmente a aquel movimiento político en realidad al servicio de quienes, como el canciller Von Papen (finalmente asimilado también por los nazis), abogaron durante la República por más austeridad económica, menos subsidios, menos garantías económicas…  Seguramente la música y la letra de esa canción les sonarán, otra vez, mucho, ¿verdad?.

Si de los testimonios de periodistas españoles de la época pasamos a otros manuales de Historia, descubriremos más cosas sobre cómo la nación más culta de Europa, la más avanzada, la más… etc…, se dejó llevar al redil del movimiento nazi.

Consultemos, pues, “La República de Weimar. Una democracia inacabada”, de Horst Möller, profesor universitario en Munich y especialista en las relaciones históricas franco-alemanas.

Nos dice el profesor Möller que la República de Weimar colapsó, tras unos cuantos años buenos, entre 1919 y 1933, por muchas razones de orden político, intelectual y también económico pero, entre esos factores, se hundió porque, como nos refleja certeramente en la página 341 de su obra, se creó una situación que permitió a los nazis poner a sus órdenes a una “generación con escasas oportunidades laborales, socialmente desarraigada y con un fuerte sentimiento de engaño respecto a sus posibilidades de futuro”… Seguro que esa letra y esa música también les suenan mucho Y no precisamente de haberlo oído en 1933, sino hace pocos días.

Por no alargar demasiado la lista de lecturas, vamos a fijarnos finalmente en las páginas 383 a 386 del libro del profesor de la Universidad de Minessota Eric D. Weitz titulado “La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia”. En esas páginas, especialmente en la 386, el profesor Weitz describe a la élite alemana de la época (desde arzobispos católicos y clero protestante, hasta profesores universitarios pasando por generales y terratenientes prusianos) como claramente escorada a la Derecha, deseosa por un lado de gozar las mieles de los avances tecnológicos que iba ofreciendo aquella acelerada época posterior a la Gran Guerra, pero incapaz de aceptar la nivelación social que traía aparejada esa modernización económica.

La solución a esa contradicción que ansiaba algo, en efecto, tan contradictorio como una  “revolución conservadora”, acabó cayendo -por su propio peso- en manos de los nazis, que recogieron el mensaje de esas élites contra la República de Weimar y lo volvieron finalmente en su contra. Liquidando a la República, pero erigiendo al mismo tiempo un estado proteccionista, que ofrecía soluciones a todos los desamparados que, ante la debacle económica alentada o permitida por Weimar, habían buscado refugio en movimientos como el nazi, que compraban su desencanto y desesperación material y, a cambio de obedecer ciegamente sus órdenes (supusieran éstas el grado de inhumana crueldad que supusieran), les daban lo que la República no había sabido o querido darles. Es decir: seguridades materiales, horizontes…

La llamada “Globalización” ha cometido -a mayor y peor escala- esos mismos errores que devastaron a la República de Weimar. Ha creado una multitud de desheredados, de inadaptados sociales que sólo esperan, en su desesperanza, que alguien les resuelva el problema por decreto. El corolario de esto es que la democracia no está ahora en peligro en una potencia europea como lo estuvo en Alemania en 1933, sino en una superpotencia mundial como Estados Unidos y en la Confederación europea. Cuya clase conservadora no comprende cómo A + B esta dando como resultado esa “C” que representan políticos antipolíticos como Trump, Farage, Orbán o Marine Le Pen que, como en la Alemania de Weimar, llegan aupados por miles de descontentos que no han sacado nada bueno de esa Globalización. Salvo proletarización y pérdidas materiales que, acertadamente o no, sospechan han ido a parar a manos de privilegiados políticos como los Clinton, los Fillon y un largo etc… que ustedes pueden rellenar a placer con el nombre que les parezca.

Por eso es inútil clamar contra Trump, el problema no es él, sino la situación que lo ha creado.

Se ha jugado con fuego económico durante cerca de treinta y cinco años, desde 1973, cuando la ambición insaciable y el temor a un exceso de democratización -que anidaba por igual entre viejos conservadores y jóvenes leones neocapitalistas- hizo saltar por los aires todas las válvulas de seguridad implementadas en 1945 para evitar que catástrofes como la de Weimar se repitieran. El resultado está bien a la vista hoy: tenemos en la Casa Blanca a alguien que ha llegado allí prometiendo resolver los problemas de todos los perdedores (que son más de los que, por ejemplo, Starbucks podría contratar por un sueldo mísero y un contrato precario) a cambio de no importa ya qué. Justo como en la Alemania de Weimar.

¿Es posible que sabiendo todo esto, que teniendo libros como los de Möller o Weitz al alcance de la mano en nuestras bibliotecas, estemos dirigidos por gente tan avariciosa, tan estúpida (o ambas cosas a la vez) como para permitir que el Mundo haya vuelto a las puertas del infierno que se desató en 1933?.

Ustedes dirán…

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Vita monstruorum. Historia de los monstruos. El “hombre salvaje”, el Basajaun y el eminente doctor Tulp (1641-2017)
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Carlos Rilova | 30-01-2017 | 19:09| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que el correo de la Historia de hoy será bastante fácil de presentar. Sobre todo porque trata de un personaje conocido por una gran mayoría del público que (aún) lee en España. No otro que el Basajaun. El señor del bosque, literalmente traducido del euskera.

Esa figura de la Mitología vasca es bien conocida hoy, como decía, gracias a la exitosa saga de novela policíaca firmada por la escritora donostiarra Dolores Redondo y ambientada, principalmente, en el Valle del Baztán, en el Norte de Navarra.

Es, tal y como lo describen esas novelas, una especie de ser monstruoso que vaga por las zonas boscosas del País Vasco y (según la “Trilogía del Baztán”) también por las de Navarra. Un tanto ajeno, este ser fabuloso, por lo que se ve, a los contenciosos histórico-administrativos entre el viejo reino y sus vecinos del Norte. Con los que le unen una larga Historia de suspicacias y desencuentros políticos y, a veces, una estrecha comunidad de intereses. Manifestada en reuniones conjuntas de sus instituciones forales o en hacer pasar a mejor vida (a tiros de arcabuz y certeras estocadas) a otros vasallos del rey de Castilla en las estrechas calles del Potosí de finales del siglo XVI y principios del XVII.

Sea como fuere, ahí está el Basajaun, sirviendo de telúrico y misterioso telón de fondo a esa saga de novela negra leída por millares, a quienes, mal que bien, Dolores Redondo ha acercado un poco más a la rica Mitología vasca.

Esa ficción, sin embargo, se ve una vez más superada por la realidad. Así es, la leyenda del Basajaun es mucho más complicada de lo que les haya podido parecer en las visiones que sufre la inefable inspectora Amaia Salazar, la protagonista de la “Trilogía del Baztán”.

El profesor Jon Juaristi (que anda en estas fechas estrenando nuevo libro) decía cosas bastante interesantes al respecto en una de sus obras menos políticas y más fascinantemente eruditas. Me refiero a “El linaje de Aitor”, del que esta última semana no me he podido alejar mucho, ocupado como estaba en dar fin y quito a mi parte de esa nueva “Historia de Gipuzkoa”, tan generosamente financiada por muchos de quienes leen este correo de la Historia.

“El linaje de Aitor” es, como decía, un estudio muy erudito -pero no por eso menos entretenido- sobre el origen de muchas de las leyendas que han ido configurando el pensamiento de los actuales habitantes de la comunidad autónoma conocida como “Euskadi”.

En ese libro el profesor Juaristi nos describe minuciosamente qué es invención perversa (la lamia Maitagarri, por ejemplo) y qué es verdadera tradición en mucho de ese mundo mitológico vasco.

En el caso del Basajaun todo parece indicar, según Jon Juaristi, que es una tradición milenaria, que nada tiene que ver con las febriles invenciones de un personaje tan fascinante como Augustin Chaho. Un prototipo de viajero y aventurero romántico que se dejó caer por el País Vasco y Navarra durante la Primera Guerra Carlista (1833-1839), para allí dar rienda suelta a una imaginación que le acabó trayendo problemas con el Alto Mando carlista. No demasiado contento con que los viera -y describiera- como un movimiento democrático que luchaba -afirmación verdaderamente asombrosa- contra el Absolutismo de la Santa Alianza…

Así es, según el profesor Juaristi, el Basajaun es, ni más ni menos, que uno de los monstruos característicos de la cultura humana en general, y europea en particular, que, a lo largo de la Edad Antigua y Media, se sintió fascinada -por distintas razones- por figuras monstruosas como la del Basajaun.

Este monstruo que corría de boca en boca en las leyendas que se contaban de padres a hijos en el País Vasco (hasta llegar a la “Trilogía del Baztán”), sería tan sólo uno más de los muchos “hombres salvajes” que han poblado, durante siglos, la imaginación (y los escudos y la decoración de las iglesias medievales) de los europeos.

Una monstruosidad más del completo catálogo que ofrece un magnífico artículo -consultado en su día por Jon Juaristi- firmado por el reputado Rudolf Wittkower y titulado “Maravillas de Oriente: estudio sobre la Historia de los monstruos”.

Así, el Basajaun sería uno más en la larga lista que va desde las tradiciones hindús hasta las medievales y renacentistas y recoge desde seres de aspecto humano pero con cabeza de grulla o de perro (los cinocéfalos), o, al revés, las mantícoras (seres cuadrúpedos pero con cara humana), sátiros o acéfalos (es decir, seres sin cabeza tal y como la entendemos, pues sus ojos, nariz, boca… estaban en lo que sería el tórax humano).

Como nos explica el profesor Wittkower, la razón por la cual los seres humanos han creado y dado pábulo a esos seres monstruosos a lo largo de los siglos, ha variado con el paso de los años. Así, en la Edad Antigua, en la que Plinio escribía su “Historia naturalis” (acabada en el año 77 después de Cristo), las historias de monstruos y seres fabulosos que provenían de Oriente eran rechazadas como fábulas por los geógrafos griegos de la época (Estrabón, por ejemplo), pero igualmente eran aceptadas -con fascinación incluso- por otros representantes de ese mundo clásico como el propio Plinio.

De ahí, a través de uno de los llamados padres de la Iglesia, San Agustín de Hipona, pasaron esas historias de monstruos y seres fabulosos al Occidente medieval. Según San Agustín, todos ellos debían ser aceptados como parte de la Creación de Dios, que se manifiesta en estos portentos mágicos. De esto se acabó deduciendo, en el Occidente medieval, que esos monstruos habían sido creados para dar ejemplo a la Humanidad, para advertirle de sus vicios. Así, por ejemplo, los seres con cuerpo humano y cabeza de perro, los cinocéfalos, recordarían lo reprobables que eran las personas pendencieras, los buscabullas…

Los hombres salvajes, como el Basajaun, evidentemente, serían una metáfora de los paganos, de quienes no habían recibido la Luz de la verdadera fe y vagaban fuera de los lugares habitados…

Así hasta que llegó el Renacimiento, la Preilustración, el siglo XVI, el siglo XVII y con él una curiosa raza de eruditos que se debatían entre la Religión, la Magia y la Ciencia…. como buena prueba de ello da la vida -y obra- de (por sólo citar dos casos anglosajones) el doctor Thomas Browne o sir Isaac Newton. Otro miembro de esa raza erudita, el doctor Nicolaes Tulp -un holandés nacido al iniciarse la guerra contra España y muerto en 1674, cuando Holanda debe buscar, otra vez, protección española- desmitificó la existencia de tales hombres salvajes.

Lo hizo basándose en la observación de una de las supuestas maravillas de las primeras colonias holandesas en Asia: la bestia que hoy conocemos como orangután. Un gran simio considerado por los autóctonos como un hombre que, en realidad, se había hecho pasar por salvaje porque, si se descubriese que sabía hablar, se le obligaría a trabajar…

Para el doctor Tulp, inmortalizado por Rembrandt en uno de sus más celebres cuadros, el orangután, aun siendo clasificable como “Homo sylvestris” o “Satyrus Indicus” (es decir, un hombre salvaje o un sátiro del Océano Índico) era, tan sólo un animal pues, sentenciaba el eminente doctor Tulp, tales cosas como los sátiros no podían existir…

Curioso corolario para criaturas que han catado las mieles del éxito literario en nuestro siglo, como lo atestigua la “Trilogía del Baztán”. Algo que, quizás, debería decirnos mucho sobre las cosas que fascinan nuestra imaginación, de manera magnética, durante siglos…

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Currutacos, “maravillosas”, “increíbles”, hipsters, it-girls y gafapastas. A propósito de Historia y de un libro de Víctor Lenore (1794-2016)
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Carlos Rilova | 23-01-2017 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Me he llevado una grata sorpresa esta semana pasada. Cuando creía muerto y enterrado en España eso que llaman “Periodismo de investigación” o limitado, casi en exclusiva, a esa labor de servicio público que es informar del grado de corrupción rampante (y sumamente peligroso, casi letal) que se ha alcanzado en dicho país, me descubren un libro del que ya hacía tiempo había oído hablar.

Se trata de “Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural”. El destino de ese libro -que hay quien reclama (no sin razón desde luego) como lectura obligada en los institutos- ha sido el de ser publicado en una pequeña editorial de Madrid y de nombre evocador. Sobre todo para quienes trabajamos en el campo de la Historia: Capitán Swing. Es decir, aquel grupo de los que Eric J. Hobsbawm llamó “rebeldes primitivos”, que en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX se oponían a la proletarización de los campesinos. Empujados a las terribles urbes industriales por la nueva maquinaría agrícola que a ellos les estropeó y acortó la vida y privó a Jane Austen del bucólico, romántico y apacible marco en el que se desarrollan la mayor parte de sus novelas.

Podría decirse que, con tal editor, el libro de Víctor Lenore ya estaba casi predestinado a ser piedra de escándalo. El escándalo me interesa bastante poco. Ustedes juzgarán. Después de leer este artículo y después de leer su libro. Cosa que les ruego hagan encarecidamente, porque nos describe la raíz de muchos de los males que están paralizando (y, de hecho, destruyendo) a la actual sociedad española.

Lo que describe y sistematiza de manera magistral Víctor Lenore en “Indies, hipsters y gafapastas” es preocupante, muy preocupante, visto en perspectiva histórica, que, ya se habrán dado cuenta, es la que adopta siempre todo lo que pasa por estas páginas semanales.

Para empezar ha incluido en su análisis los orígenes políticos y económicos de los que surgen esos, en apariencia (sólo en apariencia, insisto) inofensivos muchachos y muchachas de aspecto un poco excéntrico en el vestir y de trato bastante relamido, que invita a no sostener con ellos, o con ellas, ninguna clase de conversación demasiado larga. Cosa que, por otra parte, no parecen estar muy preparados para mantener (fueron ellos los que acuñaron el icono “Mono con platillos” para indicar que les aburría cualquier conversación profunda).

Nos dice Víctor Lenore que esas raíces políticas y económicas de indies, gafapastas, hipsters, it-girls…, se hunden fuertemente en la ideología neoconservadora fomentada -como bien indica Lenore- en las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher que, por desgracia para toda una generación -la mía concretamente- fueron rápidamente mimetizadas y aplicadas en todo el Mundo desde 1980, cebando la bomba de la crisis económica estructural que ahora estamos viviendo.

Tal y como nos lo cuenta Lenore, esos excéntricos que llevan el pantalón por el tobillo, cuidados tupés, gafas llamativas, barbas cuadradas y camisas de cuadros o blancas, grises… con el último botón atado pero sin corbata, son algo más que una moda. Son todo un modo de entender la vida. Se trata de gente que va de la clase media baja hasta la élite y todos ellos tienen en común la liviandad de juicio, el no querer preocuparse de nada, ser pura superficialidad, vivir un consumo conspicuo y ostentoso (vacaciones exóticas, caras y “diferentes”, tatuajes, caros cachivaches electrónicos que hay que renovar cada poco tiempo y, sobre todo, exhibir en público en cafés a la última, en apariencia muy modernos y cosmopolitas) y otras características bien conocidas y popularizadas incluso por la prensa satírica.

En resumen, el indie, el hipster, el gafapasta, y sus contrapartidas femeninas, que se pueden agrupar bajo el nombre de it-girl (algo que se traduciría del inglés como chica con encanto, con “it”, con “eso”, pero que sería más apropiado describir como “chica-cosa”, “chica objeto”… de consumo), son gente que ha renunciado a pensar en nada profundo, que han hecho de la superficialidad intencionada una bandera…

Por supuesto, como nos va desgranando la crónica de Víctor Lenore, que conoce todo esto de primera mano, ellos y ellas, como no podía ser menos, creen que todo esto es muy moderno… Y aquí es donde el historiador se ríe. Sarcástica, tristemente. Esto no tiene nada de moderno. Esto se vivió en Europa hace ya dos siglos. En el tiempo de la Revolución francesa.

En 1794 París y el resto de la Francia urbana estaban llenos de “modernos” que coinciden casi punto por punto con lo que hoy es un indie, un hipster, un gafapasta o una it-girl tal y como descarnada, pero certeramente, los describe el libro de Lenore. Se trataba de los llamados “muscadins” (en España se tradujo como “currutacos”), así llamados por su afición a perfumarse hiperbólicamente con esencias que contenían “musc”. Es decir: almizcle. También se les llamó “increíbles”, a ellos, y “maravillosas”, a ellas. Se distinguían por una vestimenta extravagante. Ellos llevaban llamativos fracs, se ataban las boquillas de los calzones con largas cintas de colores, se peinaban con greñas que caían a ambos lados de las sienes (peinado en “orejas de perro” se le llamaba), y, lo necesitasen o no, portaban una varilla de metal con una lente de aumento montada en ella (generalmente en forma de pirámide truncada) y a través de esa lente miraban el mundo que les rodeaba con un impostado mohín de desdén y superioridad.

Ellas, las “maravillosas”, llevaban vestidos de talle alto (el luego llamado “estilo imperio”, inspirado en la moda imperial romana), peinados similares o bastante extravagantes, con gran cantidad de tufos, lazos y rizos y sombreros no menos llamativos que les ocultaban el rostro bajo una amplia capota o pétalo.

Su habla particular y distintiva era una burla hacia otras razas. Concretamente a los negros esclavizados de África. Lo llamaban “hablar como un pequeño negro”. Es decir, comiéndose determinadas consonantes como las “r”. La novela policíaca de Daniel Picouly, “Tête de Nègre”, ambientada en el París revolucionario, parodia esa jerga magistralmente.

Aparte de eso los “increíbles” solían calzar sólidas, aunque, por supuesto, extravagantes, botas de montar y se apoyaban en nudosos bastones cargados con plomo. Eran parte imprescindible de su atuendo, ya que era frecuente que recorriesen las calles de los barrios pobres de París apalizando a los otrora todopoderosos “sans-culottes”. La masa de maniobra de la revolución que, tras la caída del llamado “Terror” jacobino, pasaban horas bajas en una sociedad que -muy razonablemente- no quería que la revolución acabase en un baño de sangre. La intención de los currutacos, o “increíbles” y “maravillosas”, era, sin embargo, muy otra: lo que no querían era ninguna clase de revolución. Estaban a gusto viviendo en su precario universo de pequeños empleados, dependientes de tiendas, oficinistas, etc… No querían que el Mundo cambiase, tan sólo esperaban salir ganadores en la descarnada carrera hacia la cúspide de una sociedad basada en el privilegio… Exactamente lo mismo que ahora, dos siglos después, quieren indies, hipsters, it-girls y similares personajes, según nos dice Víctor Lenore.

Lean su libro y compárenlo con lo que nos cuenta de currutacos, “maravillosas” e “increíbles” la obra de un historiador como Albert Soboul, dedicada al estudio de sus grandes enemigos, los “sans-culottes”.

Descubrirán que, avances tecnológicos aparte, estamos hoy, prácticamente, en la misma situación en la que estaba el Mundo en 1794. Con una guardia pretoriana disfrazada de “moderna” que se dedica a abortar cualquier clase de avance social, de democratización. Aunque sea tirando piedras contra el propio tejado de la manera más estúpida que quepa imaginar (sólo posible en cabezas tan voluntariamente vaciadas y ahuecadas como la de un currutaco, un “increíble”, o un “indie”, o un hipster).

Un peligroso proceso para una sociedad realmente sana y viable que, como descubrirán, no está ocurriendo en la Luna. Muy al contrario lleva años (principalmente en la oscura década de los 90 del siglo pasado) fabricándose muy cerca de nuestra casa. Por ejemplo, los y las donostiarras que lean el libro de Lenore (y deberían leerlo), descubrirán que gran parte de esa operación que, al final, sólo funciona en beneficio de unos pocos y en perjuicio de la mayoría (¿o cómo creen que Donald Trump ha llegado hasta la Casa Blanca?), se fraguó en parte -con nombres y apellidos reconocibles- en, quién lo iba a decir, ¿verdad?, la propia Bella Easo.

Esa capital que en su día fue una de las primeras ciudades europeas en subirse al carro de la revolución de 1789 y que, hoy, apenas en el primer mes de 2017, debería preguntarse si no se han estado riendo de ella (desde los siniestros años 90 y, más aún, todo el año pasado y, además, a cargo del dinero público) los herederos intelectuales (y sociales, y políticos, y económicos…) de los “increíbles” y las “maravillosas” que, sólo para empezar, hoy, en esa ciudad y en todo Occidente, están haciendo tierra quemada de todo aquello que sea verdadera Cultura. Tal y como lo describe, con verdadera, dolorosa pero necesaria lucidez el libro de Víctor Lenore “Indies, hipsters y gafapastas”…

 

 

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De Historia, mito y leyenda. San Sebastián y el Segundo Imperio francés (A. D. 1864)
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Carlos Rilova | 16-01-2017 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes leen asiduamente este correo de la Historia la Asociación tiene una deuda pendiente con algunos de ellos. Se trata de la nueva “Historia de Gipuzkoa” para la cual, desde estas mismas páginas, se pidió un mecenazgo que, es necesario decirlo, fue generosamente otorgado.

Estaba yo, pues, esta semana cumpliendo con la parte que me toca de esa deuda, la relativa al revuelto, romántico y, por eso mismo, interesante, siglo XIX guipuzcoano, cuando di con unos hechos que no sé bien cómo calificar (¿retazo?, ¿anécdota?), que no encajaban en el marco de ese capítulo, pero a los que no quería dejar olvidados otros sesenta años, en el mismo sitio en el que yo me los encontré.

Estaban en una revista titulada “San Sebastián”, en el nº 21, publicado en el año 1955, que apareció, como todos sus números, el 20 de enero, que es, justo, aparte del día en el que juran los presidentes de Estados Unidos su cargo (como lo van a comprobar esta misma semana), aquel en el que se celebra el santo de la ciudad.

Bien, pues justo debajo del artículo que José Berruezo dedicaba a la cuestión -tan traída y llevada- de cómo San Sebastián logró ser capital de Gipuzkoa en 1854 (desplazando a Tolosa, que lo era desde 1844) estaba ese otro insólito artículo, firmado por Fausto Arocena, autor de obras de Historia que aún hoy conservan su vigencia.

Lo que contaba parecía sacado de uno de esos “Western” crepusculares de los años setenta del siglo pasado. De hecho, podría haber sido un guión firmado por Sergio Leone o un episodio más del momento culminante de la serie de aventuras del teniente Blueberry. Esa que empieza con “Chihuahua Pearl” y tiene su apoteosis en “La última carta”, pasando por “Balada por un ataúd”, “Fuera de la ley” o “Angel Face”.

Los hechos son los siguientes: en 1864 durante la guerra entre los patriotas mejicanos y el Ejército expedicionario enviado por el emperador francés Napoleón III para imponer en ese país otro emperador -de nombre Maximiliano y cuyo principal objetivo era convertir México en un satélite del ambicioso imperio francés- se hicieron prisioneros. Una parte de ellos -al parecer sumamente peligrosos y recalcitrantes- fueron deportados nada menos que a la propia Francia para evitar que siguieran liderando a los ejércitos patriotas en contra del invasor francés, del emperador Maximiliano y de esa alta burguesía mexicana que, bajo diferentes regímenes y desde la Independencia de España hasta hace poco menos de cien años, desangró el país en guerras civiles como aquella y en otras posteriores en las que (como ya contamos en algún que otro correo de la Historia) empujaron al campo de batalla a enormes masas de desesperados, que para nada necesitaban un emperador lleno de entorchados, ni empresas “científicas” que los trataban de manera bestial.

El caso es que, siempre según el relato de Arocena, en Francia se ofreció a esos soldados patriotas volver a México. Siempre y cuando rindieran pleitesía y acatamiento a los planes de Napoleón III. Como se negaron, acabaron deportados en Francia y de allí, según Arocena, para evitarse el ambiente hostil en el que se encontraban, pasaron a España. No sabe nuestro autor si por Behobia, junto a Irún, o por Dantxarinea, en la cabeza de Navarra.

De allí llegaron hasta San Sebastián y quedaron en un difícil limbo. No podían regresar a México y no tenían recursos para vivir. Así (e insisto: siempre según el relato de Fausto Arocena) su situación llegó a ser tan desesperada que, para poder seguir pagándose el alojamiento y la manutención, se ofrecieron a trabajar como albañiles en las obras de fortificación del Castillo de Urgull.

Así lo hicieron hasta que los patriotas se hicieron con el poder en México y, naturalmente, también se hicieron cargo de ellos. Antes de irse, los deportados dejaron un par de recuerdos -siempre al decir de Fausto Arocena- en aquel San Sebastián de la época de la Guerra de Secesión erizado de chisteras, paletós, crinolinas y otras novedades de París (víctimas mejicanas de la política imperialista de Napoleón III incluidas).

Una fue una marca en el arranque de uno de los arcos de la galería Norte del Castillo de Urgull, en la cumbre del monte, que decía “1864 MÉXICO”. La otra fue la promesa formal a su casera, Micaela Zugasti, de abonar todos los gastos en que habían incurrido y que sus escasos recursos dejaban impagados. Una promesa que, años después, habría sido cumplida, pagándose religiosamente lo debido por las arcas del nuevo estado mejicano salido de la victoria sobre Napoleón III…

Hasta ahí los retazos de lo que podríamos considerar una especie de relato mítico, de leyenda urbana que Fausto Arocena decía haber sacado de una revista y de un libro de la Colección Austral de los que, desgraciadamente, no daba ningún título ni referencia.

La realidad que se puede documentar -a fecha de hoy, a falta de concluir la campaña de investigaciones para este año entrante de 2017- parece ser bastante diferente: en 1864 San Sebastián y otras partes de España y Francia retenían a fuertes contingentes de prisioneros mexicanos. Al parecer eran los defensores de Puebla. Una localidad mexicana que en 1863 había resistido ferozmente al Ejército expedicionario francés que venía a imponer el llamado “Imperio Mexicano”.

Eso es lo que nos cuenta documentación recientemente publicada (en el año 2013) bajo los auspicios de las autoridades de ese estado mexicano (el de Puebla) en un libro titulado “Apuntes para servir a la historia de los defensores de Puebla que fueron deportados a Francia”. En ese volumen se reúnen escritos diversos manejados por un testigo y protagonista de los hechos: el general Epitacio Huerta, encargado, precisamente, de las cuestiones administrativas de ese Ejército patriota y que se movió entre París, Tours, Nueva York, Madrid y San Sebastián para hacerse cargo de estos deportados, sus deudas, su regreso a México…

Para ser más exactos, el general Epitacio Huerta sólo se hizo cargo de aquellos de entre los 532 deportados que se negaron a aceptar la sumisión al imperio francés y fueron dispersados, a su suerte, recalando algunos de ellos en San Sebastián. Ciudad en la que, en efecto, contrajeron fuertes deudas que el general Huerta -recurriendo incluso al general Prim en Madrid- trató de saldar. Por el momento es todo lo que se puede contar de esa interesante aventura de la Historia que ocurrió, por increíble que parezca, no en una pantalla de cine o en las viñetas de un cómic, sino en una ciudad vasca, donde pasaron horas amargas muchos oficiales patriotas mexicanos que se negaron a aceptar los designios de Napoleón III. Algunos de ellos descendientes de vascos, por cierto, con apellidos como Ortíz de Zarate, Echenique, Rentería, Guevara, Letechipia…

Este viernes 20 de enero, cuando se celebren las tamborradas en honor de San Sebastián, será un buen momento para recordar que el Segundo Imperio francés -como el primero- dejó en la capital guipuzcoana algo más que inspiración para los uniformes de algunos de esos tamborreros.

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