Diario Vasco
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Palabras con Historia, Historia de las palabras: “ir hecho un figurín”
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Carlos Rilova | 22-08-2016 | 09:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana me he propuesto hablar de algún tema intranscendente, de poco calado. Y lo he decidido a pesar de la muerte de un maestro como Víctor Mora, que ha ocurrido esta semana. No porque no quiera rendir un homenaje al creador de sagas como la de El Jabato, el Capitán Trueno y, para mí, sobre todo, el Corsario de Hierro, sino porque, sin darme cuenta, ese homenaje ya se lo rendí en vida -que es, supongo, cuando más se agradecen esos homenajes- el 9 de septiembre de 2014, en este mismo correo de la Historia, con un artículo titulado “¿Historia en viñetas?”. Al cual les remito para que sepan quién se ha ido de este mundo por lo general bastante cruel en general -y más todavía con los artistas- esta semana pasada.

Hechas las exequias debidas -y merecidas- a alguien que llevó hasta nuestras casas los primeros ecos de Historia contada en viñetas, me centraré, pues, en el tema más o menos intranscendente del que he decidido hablar esta semana.

El tema elegido es la expresión “ir hecho un figurín”. Otra frase de esas que solemos oír y repetir, pero cuyo origen histórico hemos olvidado. Como, por ejemplo, “a palo seco”, de la que ya me ocupé en un correo de la Historia anterior, publicado el 12 de noviembre de 2012.

Pues sí, en efecto, al igual que “a palo seco” la expresión “ir hecho un figurín” también tiene Historia detrás y voy a tratar de recuperar algunos retazos de ella.

Para saber de dónde viene la expresión “ir hecho un figurín” debemos empezar por considerar que el negocio de la moda, hasta bien entrado el siglo XX y la aparición de las y los “top models” -Naomi Campbell, Claudia Schiffer, Esther Cañadas, Mark Vanderloo, Jorge Fernández… por sólo citar algunos de los nombres más conocidos-, se movía por medios mucho más anónimos. Al menos por lo que respectaba a quienes manufacturaban la vestimenta -conocidos sólo en un círculo muy limitado, muy lejos de la fama que conocieron, y conocen, nombres como Cristóbal Balenciaga, Paco Rabanne o Karl Lagerfeld- y, sobre todo, por lo que respectaba a los “modelos” con los que los posibles compradores se hacían una idea de cómo caía la prenda que iban a comprar y vestir.

Ahí es donde está el origen de la expresión “ir hecho un figurín”. Vamos, pues, a centrarnos en el tema de esos “modelos” que existían en siglos pasados para mostrar lo que iba a ponerse de moda, que, como vamos a comprobar enseguida, nada tenían que ver con esos nombres famosos que he mencionado en el párrafo anterior.

En efecto, la forma más primitiva de ilustrar, en España al menos, al común de los mortales sobre cuál iba a ser, o debía ser, la moda, era la llamada “tarasca”. Un animal mitológico -supuestamente procedente del Sur de Francia- sobre cuyo lomo iba una figura que vestía las prendas que iban a estar en boga al año siguiente.

Se dice en Granada que esa tradición de pasear la moda de cada año a lomos de la tarasca el día del Corpus Christi, data de la época de los Reyes Católicos. Es decir, de finales del siglo XV, en el punto en que acaba la Edad Media y va a comenzar la Moderna.

Desde luego, en los primeros periódicos españoles, que datan de mediados del siglo XVII -los inefables “Avisos” de Barrionuevo-, ya aparece reseñada esta costumbre en aquella España de los Austrias de enseñar la moda subida a la tarasca.

Según parece el sistema se volverá algo más sofisticado con el paso del tiempo. Y de ahí devendrá, finalmente, la expresión “ir hecho un figurín” para referirse, hoy, a la persona que cuida mucho su atuendo y procura ir a la última moda o, por lo menos, muy atildada.

En efecto, los medios de comunicación de esas fechas, de mediados del siglo XVII en adelante, eran lentos y no permitían transferir mucha información de manera tan rápida y abundante como nos lo permite la tecnología actual.

Así, por ejemplo, para que los sastres de Quebec, en lo que entonces era la colonia de Nueva Francia, supieran cómo se vestía en Europa, en la corte de Luis XIV que era de donde empezó a emanar -por muchos siglos- el dictado de la moda para toda Europa, era preciso cargar, junto con otra mercancía, en barcos que tardaban cerca de tres meses en cubrir la distancia entre la vieja y la nueva Francia, figurillas vestidas hasta el último detalle con las ropas que después los sastres de esas colonias tratarían de reconstruir en sus tiendas y talleres.

Esos eran los famosos “figurines” que en esas fechas iban dando tumbos de un lado a otro de Europa y sus colonias enseñando cuál era la última moda.

Antes de que llegase, desde la segunda mitad del siglo XX, la que podríamos llamar semidivinización de la moda, de los que la fabricaban, la cosían y la exhibían, ese método se simplificó un tanto. Sobre todo a partir del siglo XIX, cuando -gracias a los avances en la técnica del grabado- fue más fácil imprimir, publicar y distribuir estampas coloreadas en las que se podía apreciar -con lujo de detalles- los avances de la moda.

La imagen que acompaña a estas páginas es, precisamente, la de uno de esos figurines bidimensionales. Concretamente la de un caballero elegante de mediados del siglo XIX que, gracias a una de las revistas que empezaron a proliferar en esas fechas para uso y disfrute de la cada vez más rampante burguesía, debió ayudar a muchos sastres a tener a sus clientes contentos y vestidos a la última moda. Hechos, en definitiva, unos auténticos figurines, vestidos con la “elegancia de París de la Francia” que decía ese pareado, medio sarcástico, medio serio, que aún circula por ahí y del que, quizás, me ocuparé en otro correo de la Historia.

 

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El centenario de Leonardo Torres Quevedo. ¿Otra vez tarde y mal con la “Marca España”? (1916-2016)
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Carlos Rilova | 15-08-2016 | 08:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Se han cumplido la semana pasada cien años de la puesta en marcha de uno de los inventos españoles más internacionales.

No, no me refiero ni al Chupa Chups ni a aquel prodigio de la propaganda franquista de la fregona, que, al final, sólo resultó ser una adaptación de un invento estadounidense.

Me refiero a una complicada máquina, un prodigio de la Ingeniería de tal calidad que sigue funcionando perfectamente pese a haber sido puesto en marcha ahora hace cien años. Y, además, a la vista de todo el Mundo. En un lugar de fama universal como las cataratas del Niágara, inmortalizado y popularizado gracias a numerosas películas que van desde dramas densos como el precisamente titulado “Niágara”, con Marilyn Monroe en uno de sus mejores papeles, a comedias de acción como “Superman II”.

Me refiero, pues, al transbordador que cruza sobre ese enorme salto de agua y que fue creado y puesto en marcha por el inventor cántabro Leonardo Torres Quevedo.

La noticia de ese centenario se ha repetido de manera pródiga en diversos medios y así es como me he enterado de que uno de los inventos de Torres Quevedo cumplía cien años y, es más, que había un grupo de personas interesadas en difundir esto y en, al parecer, dar el mayor pábulo mundial a un hecho desde luego importante.

La sensación que me ha quedado después de saber todo esto ha sido bastante agridulce. Por un lado he visto que, al menos, grandes medios de difusión nacional, han dado a conocer para el gran público algo que no es muy habitual en esos mentideros: una noticia positiva sobre la Historia de España en la que ese país que esos mismos medios suelen defender -pulserita rojigualda en ristre muchas veces- no aparece como el lugar de alguna hecatombe secular. Como ese país-zombi, sin personalidad, sin pasado, presente ni futuro digno de ser reseñado salvo para esculpir un epitafio pesimista, levantar un acta en la que constatar que -desde los tiempos de las cavernas- todo lo que se ha hecho al Sur de los Pirineos ha sido más bien del género de la Zarzuela, la chapuza o, en el menos malo de los casos -para variar en ese trastorno bipolar histórico-histérico tan característico de la opinión pública española- alguna hazaña desesperada en la que, sobre todo, han pesado mucho ciertos órganos privativos del macho de la especie…

Bien, superado ese grato asombro al ver que, al fin, resulta que el gran público sabía que había ingenieros españoles hace cien años cuyos inventos fueron comprados en países tan respetables como Canadá y que dichos inventos siguen funcionando sin novedad un siglo después, me vino la amargura.

Las razones para esa amargura fueron los claros indicios de lo mal aprovechada que estaba la ocasión. Me hago cargo de que un gobierno en funciones no ha podido hacer grandes cosas desde diciembre de 2015. Sin embargo, eso no es excusa. Una conmemoración como la del centenario del transbordador de Torres Quevedo en Canadá debería haber estado preparándose desde hacía mucho tiempo atrás. Dos años por lo menos, un año y medio como mínimo. No ha habido, sin embargo, noticias de tal cosa.

De hecho, la Asociación de historiadores guipuzcoanos a la que pertenece el que estas líneas escribe, llevaba meses, desde finales del verano de 2015, organizando toda una serie de actividades en torno al papel jugado por San Sebastián en la “Gran Guerra” hace cien años. Cuando era corte de verano de una potencia neutral que contaba entre las filas de sus prohombres con un ingenio como Leonardo Torres Quevedo.

En varias de las sesiones de conferencias parte de ese evento, avalado y financiado por el Ayuntamiento de la capital cultural europea en el año 2016 y su Sociedad Municipal de Fomento, se recordó la figura de Leonardo Torres Quevedo. No sólo por sus famosos transbordadores -uno de los cuales estuvo precisamente instalado en San Sebastián en aquellas fechas- sino por otros inventos aún más sorprendentes. Caso del que el inventor cántabro llamó “Telekino”. Un dispositivo capaz de dirigir por control remoto toda clase de artefactos.

Increíble, ¿verdad?. Pero cierto. Diez años antes de que Torres Quevedo vendiera su transbordador a Canadá para ofrecer vistas panorámicas de las famosas cataratas y salvar ese obstáculo de la Naturaleza que no había podido ser salvado de otro modo hasta entonces, el ingeniero cántabro, aprovechando otro de esos veraneos norteños de la corte española, ya había ofrecido una demostración al rey Alfonso XIII de ese otro invento, pionero en el tema del control remoto que siempre asociamos a películas de ciencia-ficción con acento ruso-soviético o estadounidense, pero jamás con deje cántabro-hispánico alguno.

En las citadas conferencias que organizamos sobre San Sebastián, la “Gran Guerra” y asuntos afines, ya pusimos de manifiesto que todo esto era más que una mera anécdota.

En efecto, los inventos de Torres Quevedo eran algo muy serio y eminentemente práctico que, sin duda, debió levantar más de una oleada de inquietud en las cancillerías de los países beligerantes, pensando si esa España que tenía inventores de esa categoría se decantaría a favor de un bando u otro, imaginando quién de ellos se haría primero con barcos no tripulados, dirigibles no tripulados, tanques no tripulados… gracias al Telekino de Torres Quevedo, caso de que la España de Alfonso XIII dejase de ser neutral.

Una razón de peso, desde luego, para que ciudades como Bilbao, Barcelona o la misma San Sebastián, fueran, entre 1914 y 1918, auténticos nidos de espías y agentes más o menos famosos, más o menos eficaces…

Todo este esfuerzo de recuperación histórica, evidentemente conectado con el que se publicitó esta semana pasada, se ha hecho completamente de espaldas a él y de manera absolutamente descoordinada. Probablemente no han sido estos dos los únicos proyectos paralelos respecto a estas cuestiones que se han desarrollado completamente de espaldas los unos  a los otros y sin cohesionarse y apoyarse mutuamente, para crear un gran efecto a nivel global como el que, por ejemplo, se consiguió con el centenario del “Titanic”. Asunto, por otra parte, similar al del transbordador de Torres Quevedo.

Una conclusión muy triste, desde luego, este descubrimiento, una vez más, de esa desidia, de ese amateurismo gubernamental que piensa que las sociedades de celebración de centenarios deben ser liquidadas por que no sirven “para nada” y son un gasto inútil (como ocurrió en España no hace tantos años), de esa política de espasmos culturales en la que se mete mucho ruido, estridente incluso, sobre asuntos como estos del centenario del transbordador de Torres Quevedo pero no hay ningún plan de desarrollo ni consolidación de cuestiones así en el medio y largo plazo, que es donde resultan verdaderamente rentables y eficaces.

Así ha ocurrido, y está ocurriendo, con un inventor de la talla de Torres Quevedo. Los niños españoles saben quién es Galileo, o Newton, o Marie Curie, Ramón y Cajal en el mejor de los casos, gracias a una colección de libros ilustrados generosamente distribuida en todas las bibliotecas públicas. De momento lo ignoran todo sobre el pionero español del control remoto, el aplicador, con éxito, del principio científico que permite la existencia hoy día del mando a distancia que esos mismos niños se disputan en sus casas…

Se trata de un verdadero fracaso colectivo de horizonte muy inquietante. A menos que quienes han tenido durante años la responsabilidad de evitarlo lo que realmente hayan querido es que todo quedase, más o menos, como ha estado en los últimos ochenta años.

Es decir, manteniéndose una imagen internacional de España como la que aparece en el documento histórico gráfico que ilustra este nuevo correo de la Historia. Un país donde, en fecha tan avanzada como 1973, no se hace cosa de mayor importancia que bailar flamenco y torear mientras en otros países, como Inglaterra, se está a la vanguardia estética, o, como en Italia, se fabrica cine de fama internacional.

Desde luego si ese era el propósito, este fracaso colectivo está siendo un éxito. En tal caso, feliz cosecha de decepciones y cortocircuitos sociales e internacionales en las dos próximas décadas, cuando se descubra, ya demasiado tarde, que convertir la propia Historia en material de derribo para vender por piezas, es un error que se suele pagar muy caro. Muy por encima, desde luego, de lo que dan de sí 30 monedas de plata…

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Setenta y un años después… De Tobruk a Tokio. Un balance histórico de la Segunda Guerra Mundial (1945-2016)
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Carlos Rilova | 08-08-2016 | 10:13| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, como suele ser habitual, no les habrán permitido olvidar que se han cumplido 71 años del fin de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico -el último teatro de operaciones tras la caída de Berlín- con el lanzamiento de dos bombas atómicas.

Nada nuevo bajo el sol, como suele decirse. Ese gran drama humano es la típica serpiente de verano para un mes -agosto- que, tradicionalmente, no suele ser muy generoso con noticias con las que rellenar periódicos, telediarios o plataformas digitales.

Sin embargo, ha habido matices interesantes -y preocupantes, mirados desde la óptica de la Historia- en estos días de comienzos del mes de agosto.

El jueves, por ejemplo, el Telediario matinal de Tele5 daba dos noticias aparentemente separadas pero que, sin embargo, llevan a un balance de la Segunda Guerra Mundial -a setenta y un años vista- bastante preocupante, en efecto.

Una de las noticias evocaba los días de la guerra del desierto en el Norte de África. Esa que, gracias al Cine -cómo no- despierta ecos en muchas memorias que han crecido viendo películas “de guerra” como “Un taxi para Tobruk”, “Tobruk”, “Patton” y un largo etc…

En efecto, nos decía ese telediario que continuaba la guerra en Libia. Ahora no entre figuras ya míticas como Rommel o Montgomery y sus respectivos ejércitos, sino entre las pequeñas facciones en las que se ha dividido ese país tras la muerte del dictador Muamar el Gadafi tras la decepcionante “Primavera árabe” de hace cinco años.

Al parecer ahora hay un gobierno y Parlamento en Tobruk -esa estratégica ciudad que se disputaron italianos, franceses, españoles exiliados, británicos y alemanes durante la Segunda Guerra Mundial- que lucha, con su propio pequeño ejército, contra otras facciones que, a escasos kilómetros por mar de Roma, una de las principales capitales de la Unión Europea, se disputan la supremacía sobre ese punto del mapa de África que, por esa y otras razones (como el petróleo), sigue siendo casi tan estratégico como lo era hace setenta años.

La otra noticia era más explícita. Más llamativa si se quiere. Porque mostraba hasta qué punto toda la sangre derramada en los años cuarenta del siglo pasado, entre 1941 y 1945, parece haber servido de muy poco.

En efecto, la otra noticia de ese telediario de Tele5 decía que en Japón se estaban haciendo reformas para expurgar a su constitución del “carácter pacifista” que ésta tiene… A la noticia se le olvidaba añadir que ese “carácter pacifista” lo tiene esa constitución desde que en 1945 se arrolló la resistencia final del Japón imperial con dos bombas atómicas y con mucha sangre norteamericana, archipiélago a archipiélago, desde California hasta Okinawa…

Obviamente, y eso sí lo insinuaba la noticia, el objetivo final de ese expurgo antipacifista de la constitución japonesa, y el simultaneo nombramiento de una ministra de Defensa belicista, tienen como telón de fondo la actitud agresiva de Corea del Norte y de la China continental en la zona.

Evidentemente, Japón, aliado de Occidente en esa delicada parte del Mundo, debe buscar el modo de defenderse de esas amenazas más o menos supuestas, más o menos reales.

El problema es cómo se pone la medida a esa efervescencia bélica japonesa. La constitución de 1946, que el general Douglas MacArthur trajo bajo el brazo de su uniforme caqui en ese año, era una garantía para evitar que los clanes militaristas japoneses se hicieran con el control de Japón y se lanzasen, a la menor oportunidad, a crear un vasto imperio en toda Asia que incluía a China, Corea, Vietnam y, cada vez más hacia el Oeste, hacia el subcontinente indio, hacia el propio Imperio Británico.

Una salvaje operación de conquista que fue encubierta con el eufemismo de “Esfera de Coprosperidad asiática”, en la que, por supuesto, Japón y su poderoso Ejército se presentaban como libertadores de una Asia sometida al yugo del hombre blanco. Pequeño favor que los pueblos oprimidos sólo tenían que agradecer permitiendo que el yugo europeo se reemplazase por el yugo japonés y dejando que fueran los contables de Tokio quienes decidieran cómo se repartía aquella supuesta  “Coprosperidad” cobrada, sólo para empezar, con el sometimiento abyecto de poblaciones enteras, utilizadas como mano de obra o como esclavas sexuales en el caso de muchos miles de mujeres, y en permitir un expolio aún más crudo que el que hasta entonces habían perpetrado los europeos…

El corolario histórico de esas dos noticias es que ambas despiertan ecos muy inquietantes desde el punto de vista de los libros de Historia.

La ciudad de Tobruk cuya rendición permitió derrotar a la alianza nazifascista en 1943 parece ser ahora el teatro de un hervidero de facciones entre las que las cancillerías europeas no saben cuál elegir como mal menor y más conveniente a sus intereses. Muchas veces transidos de objetivos miopes y cortoplacistas que llevan al desencadenamiento -a medio plazo- de hecatombes como las de la frustrada “Primavera árabe”.

El Japón que había sido obligado a renunciar al militarismo que abrió y mantuvo en Asia, durante más de una década (entre 1931 y 1945), una guerra constante y destructiva, devastadora para miles de seres humanos, parece estar siendo alentado a abandonar ese mecanismo de seguridad para iniciar una escalada que puede ir mucho más lejos de lo que quienes la han autorizado quizás deseaban.

Así, a setenta y un años del fin de la Segunda Guerra Mundial, es difícil no preguntarse, con sólo prestar atención a la sección de Internacional de un telediario veraniego, qué clase de absurdo domina al ser humano, a su Historia, como para impedir que funcionen, al fin, políticas de seguridad colectivas que no acaben en una catástrofe bélica cada pocas décadas. Provocada, además, esa catástrofe bélica, casi exactamente por las mismas razones por las que se provocaron otras muy parecidas hace setenta, cien, ciento cincuenta años…

 

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La historia del santo desertor. La Fuerza de Francia: Historia e Historia de la religión. De Napoleón al DAESH (1815-2016)
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Carlos Rilova | 01-08-2016 | 09:33| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Son impresionantes las últimas imágenes disponibles sobre Jacques Hamel, el párroco de la población normanda de Saint-Étienne-du-Rouvray.

Son imágenes muy crudas, muy certeras, muestran a un hombre de 86 años que podría perfectamente haberse retirado hace años pero al que aún le quedaban fuerzas, y ganas, para atender a esa parroquia.

Fue allí, como ya sabemos, donde un comando del DAESH, lo mató esta semana pasada.

Con este atentado del DAESH, vistas las cosas desde el punto de vista histórico, lo que a uno se le ocurre es la futilidad de ese acto monstruoso, contrario incluso a las más sagradas enseñanzas del Profeta, que mandan respetar a las que él llamaba “Gentes del Libro”. Es decir, principalmente a judíos y cristianos, a los que Mahoma consideraba más que como rivales a destruir, como hermanos que entendían de un modo algo diferente las enseñanzas de un mismo Dios y estaban, por tanto, en un error (por ejemplo considerando a Jesús como hijo de ese Dios y no como un profeta más) del que -de eso no hay duda- se les sacaría por medio de la Guerra Santa, si era preciso, y, como mínimo, cobrándoles un impuesto especial cuando sus territorios fueran ocupados por esa Yihad.

Mal se compadece todo eso, con entrar en una iglesia de esas “Gentes del Libro” ordenar al sacerdote que la servía que se arrodillase y, tras ese acto vil, degollarlo, derramando sangre en un lugar que, hasta en nuestra muy violenta Edad Media, se consideraba sagrado y libre de esa violencia que, tanto entre cristianos como musulmanes, tanto en Oriente como en Occidente, se veía entonces como normal, cotidiana…

Y lo peor de esta profanación -que lo es vista tanto desde el punto de vista cristiano, como desde la estricta ortodoxia musulmana- es que es, como decía, enteramente fútil si la consideramos a la luz de la Historia de Francia -que, en buena medida, es la de toda Europa- de los dos últimos siglos.

En efecto, puede que el DAESH considere que con actos así, o con la masacre de Niza de hace quince días, está llevando una guerra definitiva y arrasadora, imparable, a las calles de esa Europa a la que combate por distintas razones como la de ser uno de sus principales rivales por ricos recursos estratégicos o porque representa, para su rigorismo islámico, el Gran Satán de la modernidad y la laicidad que hay que abatir como sea. Considerando incluso como renegados -y por tanto objetivos a eliminar- a los musulmanes que conviven con los “rumí” -con nosotros- aquí en Occidente y se integran, sin perder su religión, en estas sociedades.

Puede que el DAESH, matando a un sacerdote de 86 años en pleno corazón de Francia, considere que se ha apuntado un gran tanto y que será tan fácil arrodillar a Francia, y a Europa en general, como lo fue arrodillar al padre Jacques Hamel.

Para mí, como historiador, eso sólo demuestra, una vez más, que no saben realmente con quién se están enfrentando, que su conocimiento del pasado, de la Historia que determina las condiciones del Presente, es superficial, inexacto, imaginario, más bien fantasioso…

Si su conocimiento de la Historia de Francia fuera de mejor calidad, quizás sabrían de la existencia de un predecesor de Jacques Hamel que, a pesar de haber sido canonizado hace tiempo como San Juan María Vianney -en calidad de santo patrono de los curas, por cierto- sigue siendo conocido como “el santo cura de Ars”.

Jean-Baptiste-Marie Vianney nació en la Francia del Antiguo Régimen, en 1786, apenas tres años antes de que estallase la revolución que lo iba a cambiar todo y que gravitaría pesadamente sobre su vida.

Concretamente cuando el ciudadano-general Bonaparte, hijo de esa revolución, la amortizó políticamente instaurando el Primer Imperio -a su mayor gloria principalmente- en el año 1804, e imaginó que podría conquistar toda Europa y, quién sabe, quizás, después, el Mundo.

Para esa misión a la que el ciudadano-general Bonaparte, devenido Napoleón I, se sintió llamado, fue preciso devorar hombres y más hombres,  como decían Erckmann y Chatrian. Dos excelentes novelistas franceses, furibundos republicanos, que lo conocieron bien. A él y, sobre todo, a sus veteranos.

Fue esa necesidad de Napoleón I de devorar seres humanos enviándolos a sus continúas guerras, la que hizo que su destino y el del aparentemente insignificante cura de Ars, Jean-Baptiste-Marie Vianney, se cruzaran.

Sí, el futuro sacerdote se negó, en rotundo, a aceptar ser reclutado para los ejércitos de Napoleón que, en el año 1809, se destinaban, precisamente, a doblegar a una España que se había interpuesto entre el emperador y sus designios.

Así pues, desertó en 1810, negándose a participar en lo que después se llamaría “epopeya napoléonica”.

Finalmente su deserción, que le llevó a un año de clandestinidad, pudo arreglarse. Según distintas versiones porque un hermano suyo ocupará el lugar que le correspondía en las filas de la aventura napoleónica o porque Napoleón dio una amnistía general que incluía su caso.

Eso permitió a Jean-Baptiste-Marie Vianney ordenarse como sacerdote y llevar, hasta el año 1859 -es decir, a tiempo de ver a un segundo Bonaparte coronado emperador- una ejemplar vida que, finalmente, hizo de él el santo patrono de los sacerdotes católicos.

El recuerdo histórico que se ha alentado y mantenido en torno a su figura en Francia -o al menos en una parte de la sociedad francesa nada desdeñable- ha sido paradójicamente equiparable al que se ha generado en torno a esa “epopeya napoléonica” de la que él decidió desertar.

Así, el  santo cura de Ars es bien conocido desde hace 150 años en Francia gracias a postales, cómics, etc… Exactamente igual que cualquier mariscal de Napoleón, o el propio emperador con cuyos augustos designios bélicos Jean-Baptiste-Marie Vianney osó entrar en desacuerdo, prefiriendo ser un humilde cura católico en lugar de uno de aquellos soldados que con suerte, valor y habilidad podían llegar a ser mariscales o príncipes del Imperio, ganando sus laureles en batallas de sonoros nombres como Austerlitz, Wagram, Arapiles, Vitoria…

¿Es una aparente paradoja esa persistencia de recuerdos históricos tan diferentes en la Francia actual, donde se venera la memoria del emperador Napoleón y, al mismo tiempo, la de un sacerdote que prefirió decir “no” a aquella guerra?.

Realmente no, no es una paradoja. Esa envidiable fortaleza cultural que exhibe Francia, siendo capaz de conciliar recuerdos históricos tan diversos, incluso opuestos, es lo que hace a esa sociedad, paradigma de toda la Unión Europea, demasiado fuerte como para que un termitero humano, como el que el DAESH ha organizado en una franja de territorio cada vez más menguante, sea capaz de derrotarla.

Esa lección de Historia es la que el llamado “Estado Islámico”, y quienes obedecen sus directrices, deberían tener muy presente antes de plantearse seguir con su absurdo, y al final, inútil derramamiento de sangre.

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Lecciones de Historia al servicio de la Política. España entre el 80 aniversario del proemio de la Segunda Guerra Mundial y la visita del presidente Obama (1936-2016)
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Carlos Rilova | 25-07-2016 | 09:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hace una semana, como ya comentamos en el correo de la Historia de hace siete días, se cumplían exactamente 80 años del comienzo de Guerra Civil española. Esa que los especialistas consideran como el ensayo general de la Segunda Guerra Mundial.

Hace quince días se produjo otro hecho relevante: la interesante visita que el presidente de los Estados Unidos hizo a España en el tiempo récord de 21 horas y a pesar de los graves disturbios que estaba viviendo su país.

Las dos circunstancias, y un par de libros que he sondeado recientemente,  “El arenque de Bismarck”, firmado por un eurodiputado izquierdista, Jean Luc-Mélenchon, y “Misión de guerra en España” de Carlton Hayes, me han sugerido el tema para este nuevo correo de la Historia.

De hecho, también me lo ha sugerido la difícil situación política por la que pasa ese país, España, que, por suerte o por desgracia, es quién me expide eso tan importante hoy día como un pasaporte.

Hechos como el aniversario de la Guerra Civil y la visita del presidente Obama, vistos a la luz de esos libros y a la luz de las arenas movedizas políticas en las que nos movemos, son un tema demasiado sugerente como para dejarlo pasar de largo.

Realmente esos dos libros -“Misión de guerra en España” y “El arenque de Bismarck”- pueden resultar verdaderamente esclarecedores -es más, imprescindibles- para quienquiera que acabe gobernando España, tras estas segundas elecciones o, quién sabe, tras unas terceras.

Los dos, cada uno en su estilo, pueden ayudar al futuro presidente -o presidenta, todo podría ser- que tomase asiento en La Moncloa, a informarse sobre cuestiones fundamentales para el estado llamado “España”.

Por ejemplo, las coordenadas internacionales en las que realmente está situado dicho estado de la Unión Europea desde el final de la Guerra Civil y cómo se deberían mover las cosas, en Política, para que esas coordenadas produjeran el máximo beneficio a la ciudadanía que esos futuros aspirantes al puesto de presidente español van a gobernar.

“Misión de guerra en España” del diplomático Carlton Hayes hace un retrato magnífico de qué es España en 1940, cuando ya ha acabado la Guerra Civil, con el triunfo del bando apoyado por Adolf Hitler, y ha comenzado una segunda guerra mundial en la que Estados Unidos acabaría implicándose.

Hayes, enviado por Rossevelt a España a tratar de arreglar lo que ya empezaba a revelarse como un grave error de la Política exterior estadounidense -es decir, permitir que España se convirtiera en algo que se parecía mucho a una cabeza de puente hitleriana- decía que el apoyo de España era fundamental para Estados Unidos. Decía también el diplomático estadounidense que España era una potencia media que pesaba en toda la estructura europea pero que, sin embargo, ya no daba muestras -a diferencia de Alemania- de querer establecer un dominio hegemónico sobre Europa. Su posición geoestratégica, dominando el Mediterráneo y el corredor hacia Oriente Próximo y Medio, era también capital para Estados Unidos…

En resumen, Hayes, alentado por Roosevelt, que para eso lo había mandado a Madrid, proponía en 1940 establecer sólidos lazos con España, aun a pesar de sus más que obvias veleidades nazifascistas. Unas de las que el sufrido diplomático estadounidense hizo grandes esfuerzos por distanciar a España, tratando de ayudarla a mantenerse en una neutralidad que, a la larga, resultaría beneficiosa para la propia España -con o sin Franco- y para, por supuesto, Estados Unidos, que no quería ninguna clase de problemas en un país que resultaba imprescindible para lo política mundial que esa potencia americana estaba a punto de iniciar en 1942.

Así, Hayes dejó escritas, desde 1940, las claves del guión de las relaciones entre España y Estados Unidos que han mediatizado nuestra política desde esa fecha hasta antes de ayer con la visita del presidente Obama. Algo que ha dejado bien claro (o debería haber dejado bien claro) el peso que España, realmente, representa en las actuales relaciones internacionales. O al menos en las dirigidas desde un país que, si logra bordear el peligro de guerra civil racial que parece estar a punto de estallar por aquellas latitudes, representa una de las mayores potencias planetarias en este momento.

Es algo que convendría tener presente a quien se disponga a gobernar un país, España, que, dejando aparte absurdos complejos de inferioridad colectiva, es, en definitiva, una pieza clave en el entramado político internacional. Como lo dejó bien claro, en su día, el análisis de Carlton Hayes y lo habría subrayado la reciente visita del presidente Obama.

El otro libro recomendable para que futuros inquilinos de La Moncloa conozcan mejor el peso y el valor del país que van a representar, al menos, durante cuatro años, es, como ya he dicho, “El arenque de Bismarck”.

Al menos uno de esos futuros, o futuribles, inquilinos de La Moncloa lleva ventaja con él. En efecto, el diputado Pablo Iglesias Turrión ha redactado el prólogo de la edición española de esa obra.

El resto de candidatos al puesto harían bien en leer esta obra, que es amena y, desde luego, reveladora del talante que se debería llevar desde España a las mesas de negociación europeas.

El autor de “El arenque de Bismarck”, el diputado Mélenchon, que en ningún momento oculta que su libro es un panfleto, un arma de combate política contra las actuales directrices impuestas por la Alemania de la canciller Merkel, nos revela cosas verdaderamente curiosas sobre los trucos de prestidigitación política utilizados por la lideresa alemana para mantener acallados a los demás líderes europeos. Por ejemplo, su manipulación de símbolos históricos que, como nos dice el diputado Mélenchon en las páginas 17 y 18 de la edición española de su libro, causan indignación viniendo como vienen de un país, Alemania, que tiene a sus espaldas un genocidio que debería haberlo reducido a un muy humilde silencio durante muchos años.

Según esa descripción, la canciller Merkel habría desafiado al actual presidente francés utilizando como símbolos de ese desafío al canciller Bismarck y su invasión de Francia en 1870 y, no contenta con esto, al mismísimo Hitler y sus más que discutibles hazañas bélicas en la Francia ocupada de 1944…

Obviamente, por las razones aducidas por el diputado Mélenchon, eso no tendría que ser tolerado por el representante de un país hoy democrático -como sería el caso de España- que debería sacar los colores a quien tal osadía tuviera y ponerle pie en pared -como se suele decir- cuando hablase de ciertas políticas económicas cortadas a su gusto… pero no al de los intereses de ese otro país que, igualmente, debería sacar a relucir que Alemania no está precisamente para muchos juegos malabares con la Historia o, incluso, con esa Economía de la que tanto fanfarronea.

En efecto, el libro de Mélenchon es también un gran remedio para los temores que parecen apoderarse de los gobernantes de otros estados europeos cuando aducen que nada se puede hacer frente a una economía, la alemana, que es “la locomotora de Europa”. Una a la que no se podría desafiar sin derrumbar todo el entramado europeo arduamente construido desde 1945…

En la página 65 de su libro, por ejemplo, el diputado Mélenchon deja bien claro (a partir de fuentes alemanas, además) que Alemania, en realidad, es una economía poco competitiva, sin salida a medio plazo y con equipamientos e infraestructuras obsoletos que datan de finales del siglo XIX o, en el mejor de los casos, son venerables supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, con, por sólo citar un caso, carreteras y puentes que no se han modernizado a causa de la política de recortes presupuestarios y así hacen imposible para los grandes tráilers circular por ellos. Debiendo desviarse entre 600 y 900 kilómetros, con el coste que eso supone, para cargar y descargar en un puerto tan importante como Hamburgo…

Obviamente alguien que vaya a ser el próximo presidente, o presidenta, de España debería tener bien claro que países así no son precisamente el mejor aliado. Menos aún de un país como España que, desde 1940, y pese a estar en estado de semiocupación por la Alemania hitleriana, resultaba, entonces y ahora, una pieza fundamental para una potencia como Estados Unidos, que, llegado el caso, podría laminar a una Alemania que hoy, como en 1914 o en 1940, no parece saber exactamente en qué clase de juego se está metiendo y que, en esas dos fechas -eso es un hecho- acabó con ese país arrasado y arruinado.

Así pues, a la vista de lo que nos dicen ambos libros, sería muy inteligente por parte del próximo presidente, o presidenta, de España considerar a Alemania más que como la locomotora de ningún sitio (cosa que obviamente no parece ser más allá de la esfera de la propaganda fomentada desde Berlín), como otro estado más de la Unión europea al que la cuarta economía de la zona euro (es decir: España) debería dejarle muy claro dónde están los limites de lo que puede y no puede hacer en Bruselas o al Sur de los Pirineos. Ese lugar tan importante, como ya lo señaló Carlton Hayes o lo remarcó el presidente Obama, para unos Estados Unidos que, a diferencia de Alemania, hoy sí tienen un Ejército poderoso y operativo…

 

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A 80 años de la Guerra Civil española, en busca de la paz perdida, “En busca del Arca perdida”. Cine, Historia y mitos (1936-2016)
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Carlos Rilova | 18-07-2016 | 09:52| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy se cumplen exactamente 80 años del comienzo de la Guerra Civil española. Podría parecer frívolo meter en esa solemne efeméride histórica nada menos que a Indiana Jones y su celebérrima “En busca del Arca perdida”.

Yo, obviamente, creo que no. Por varias razones. La primera, y quizás más importante, es que esa película, independientemente de aumentar el número de vocaciones en el campo de esa ciencia auxiliar de la Historia que es la Arqueología, marcó toda una época en la Historia del Cine y se convirtió -guste más o menos- en un referente que sigue siendo influyente aún hoy día.

La segunda razón por la que creo que no es frívolo mezclar la famosa “Indiana Jones: en busca del Arca perdida”  con el aniversario del comienzo de la Guerra Civil, es por la fecha en la que transcurren los hechos en esa película. Por si no se han fijado, el famoso científico aventurero está en Sudamérica, buscando un preciado ídolo precolombino, en el año 1936…

La aventura en cuestión parece transcurrir en los meses de verano, justo cuando en España se provoca la Guerra Civil por medio del golpe de estado del 18 de julio, porque tras su escapada “in extremis” de su némesis, el arqueólogo y cazatesoros Belloq -al parecer vagamente  inspirado en un historiador anglofrancés de esa época, Hilaire Belloc-, el doctor Jones regresa a los brazos de su Universidad y sigue allí impartiendo clase y rompiendo el corazón de alguna que otra entusiasta alumna en lo que parece ser el comienzo del primer “term” habitual en las universidades anglosajonas, que coincide, más o menos, con nuestro primer trimestre, de septiembre a diciembre.

Así pues, ya tenemos la información histórica básica que ha transmitido, se puede decir que durante generaciones, “En busca del Arca perdida”.

El arriscado doctor Jones se mueve en un proceloso mundo en el que, como vemos de inmediato, tras su regreso a la Universidad, los perversos nazis campan a sus anchas, preocupando mucho al gobierno de Estados Unidos, dos de cuyos funcionarios se ponen en contacto con el ínclito arqueólogo para ver si les aclara qué es eso del Arca perdida de Israel y la razón por la que interesa tanto a Hitler.

Con eso las premisas para la magnética aventura, quedan servidas. Indiana se pone en marcha, seguido muy de cerca por un siniestro miembro de la Gestapo nazi que, naturalmente, quiere dar con el Arca sirviéndose de lo que averigüe el doctor Jones.

Pese a esa clara aparición de un notorio miembro de la Alemania nazi, en “En busca del Arca perdida” no hay mayor referencia a qué está haciendo ese inquietante país en esos momentos.

Por lo tanto no hay referencia alguna en esa película, que transcurre en el año 1936, a que en España, en esas fechas, se está librando una guerra civil. Una que sólo llegó a tener lugar por el decidido apoyo que prestaron al bando de los militares sublevados los nazis que tanto odia el doctor Jones. Facilitando a los golpistas, sólo para empezar, aviones con los que cruzar el estrecho de Gibraltar pasando tropas marroquíes para, paradójicamente, iniciar lo que la propaganda de ese bando rebelde llamó “Cruzada”…

Por supuesto la gran virtud de “En busca del Arca perdida” es que es eso que llaman una película “de aventuras”, de esas que en los años 30 y 40 se pasaban en sesión doble. Títulos como “Al Sur de Pago Pago” y similares.

En otras palabras:  no se puede pedir mucho más en cuestiones de exactitud histórica a una película que es, ante todo, un gran homenaje a ese Cine “de aventuras” rendido por un cineasta que, será cuestionable por otras razones, pero no desde luego por su conocimiento de la fórmula magistral del Cine en estado puro.

Y sin embargo, “En busca del Arca perdida”, con sus olvidos, despistes sobre la Historia de España (que, por lo general, importa un comino a los anglosajones) y exageraciones, acierta, más o menos, en la descripción histórica del Mundo en 1936.

En efecto, puede parecer chocante ver cómo centenares de soldados nazis de lo que parece una especie de borrador del aún inexistente Afrika Korps se pasean, a sus anchas, pegando tiros, por un Protectorado británico como lo era, en la práctica, Egipto en el año 1936.

Sin embargo, pese a que eso no ocurrió históricamente, refleja con bastante exactitud cuál era la actitud de Gran Bretaña en 1936, cuando ya ha comenzado la Guerra Civil española.

Si los nazis hubieran exigido a la Gran Bretaña de Chamberlain que dejase entrar en territorios administrados por la Corona británica a fuerzas armadas alemanas para hacer… bueno, en fin, para hacer lo que les diera la gana… la Gran Bretaña de Neville Chamberlain les hubiera dejado hacer tranquilamente.

Es algo que ese gobierno británico estuvo demostrando constantemente desde 1936 en adelante. Bastaba con que Hitler pidiera algo, para que Chamberlain mirase para otro lado y obligase a la otra gran potencia europea aún democrática -Francia- a hacer otro tanto.

Así se hizo con Checoslovaquia, a la que los nazis pudieron invadir sin pegar un tiro. O con Austria, a la que se anexionaron por aquello de las afinidades de “Cultura y Raza”, tan caras al régimen nazi, no sin antes amenazar a sus autoridades, como nos cuenta Hugh Thomas en “La Guerra Civil española”, con que, si no se aceptaba ese “Anschluss”, Austria se convertiría en otra España. Es decir, se provocaría en ella otra guerra civil en la que uno de los dos bandos -no precisamente el más democrático- tendría a la apisonadora militar alemana detrás…

El querido -sobre todo en Berlín- Neville Chamberlain dejó hacer. Todo con tal de evitar otra guerra que, por supuesto, Hitler no pensaba evitar de ningún modo.

La España gubernamental (la hoy llamada “republicana”) cayó víctima de esa política contra la que advirtieron incluso los miembros más conscientes del Partido Conservador de Chamberlain: el ministro de Exteriores Anthony Eden, que acabó dimitiendo, Lady Atholl que conocía de primera mano lo que estaba en juego en España, o el mismísimo Winston Churchill, que, tras sus comprensibles recelos ante el caos rampante en las áreas bajo control del Gobierno en España (prefiriendo a Franco antes que a una democracia que no hubiera garantizado su seguridad personal) cambió de idea viendo cómo los republicanos reconducían la situación a partir de 1937 y considerando el notorio peligro para Gran Bretaña si se permitía asentarse a Hitler en España. Justo a espaldas de Francia. El único aliado natural que, tras la caída de la República española, le quedaría a Gran Bretaña en Europa…

Chamberlain permaneció indiferente -acaso acobardado- ante tales argumentos tan lógicos: no permitió que la República recibiese armas ni apoyo, toleró la farsa de la No Intervención que principalmente sirvió para que los nazis abasteciesen al bando sublevado, permitiéndole así machacar a placer al bando gubernamental (hasta 10.000 proyectiles de Artillería pudieron lanzar en un sólo ataque durante la última ofensiva, como nos cuenta un libro escrito por el mejor estratega republicano, Vicente Rojo). Por supuesto Chamberlain también prohibió a Francia ayudar a la República, siquiera fuera abriendo la frontera para que pasase material de guerra con el que la Batalla del Ebro -una verdadera maravilla estratégica diseñada por el general Rojo- se hubiera, sin duda, decantado a favor del bando gubernamental y no de los sublevados.

Chamberlain, de hecho, también impidió una salida negociada a la guerra, con mediación de Estados Unidos, en la que incluso estaban de acuerdo generales sublevados como Yagüe, como también nos cuenta Hugh Thomas…

Así pues, como ven, “En busca del Arca perdida”, con sus nazis haciendo lo que les daba la gana en territorio bajo supuesto control británico -incluso tratar de llevarse el Arca de la Alianza- no está tan lejos de la realidad histórica de aquel año 1936 en el que, hoy hace 80 años, empezó una guerra cuyas funestas consecuencias aún arrastramos. En gran medida gracias a la cobardía y estúpida ceguera de supuestos hombres de estado como Neville Chamberlain que, no se extrañen, perdió el poder estrepitosamente -debiendo cederlo a su amigo y compañero de partido Winston Churchill- poco después de que la República que le había tendido la mano fuera masacrada por los aliados españoles de Hitler en abril de 1939.

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Corsarios vascos, generales, diplomáticos, reyes y reinas. Una historia de la Historia de la Guerra de Sucesión austriaca (1740-1748)
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Carlos Rilova | 11-07-2016 | 09:44| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como decía aquella canción de los inefables Undertones, ya está aquí el verano. Y con él vienen los viajes a la costa, a puertos pintorescos, a playas masificadas pero aun así sugestivas. Al menos a ciertas horas del día.

Y todo eso, tal vez, despierta nuestra ansia de saber qué pasó en algunos de esos lugares hace muchos años, cuando vemos, aunque sea de soslayo, casi oculta por la masa de veraneantes de la que formamos parte y los anuncios de helados y refrescos, una pared de piedras que no parecen puestas allí antes de ayer sino hace mucho, mucho tiempo, o cañones clavados en los muelles que, indudablemente, debieron ser parte de la Artillería de un barco de vela también hace muchos, muchos años.

Quizás por todo eso sea un buen momento para traer a este correo de la Historia algún retazo de esa Historia del Mar que parece esconderse detrás de esos rincones ahora convertidos en destinos turísticos.

El retazo del que hablaré, llegó a mí mientras recogía información para completar un trabajo sobre la Guerra de Sucesión austriaca que publicaré -espero- en unos meses.

La información que obtuve de aquel documento fechado en el año 1748 -es decir, en el último de aquella guerra- era realmente impactante.

En principio, la historia de Antonio Solis, un español americano nacido en Yucatán, podría parecer una mera anécdota irrelevante. De hecho, el juez ante el que fue llevado a finales de la primavera del año de 1748, despachó su caso con verdadera rapidez, en apenas unos pocos folios y junto a otros tantos conducidos por la misma causa -ser sospechoso de vagabundaje- ante los estrados de su tribunal.

Sin embargo, esa es una impresión falsa. Los avatares de Antonio Solis, descritos para el juez que lo había detenido como sospechoso de ser un vagabundo, son una parte imprescindible de la Historia de la Guerra de Sucesión austriaca. Al menos si queremos comprender mejor aquel episodio histórico.

En efecto, ya el revolucionario -en todos los sentidos- poeta Bertolt Brecht se había preguntado si la Historia debía ser un mero recitado de reyes, reinas, grandes dignatarios, generales… olvidando a los hombres y mujeres de menor rango que ellos que, sin embargo, obviamente, había contribuido a que los designios de esos grandes personajes históricos se hicieran realidad, construyendo, por ejemplo, como decía el poema de Brecht, Tebas la de las Siete Puertas o las Pirámides…

Es ese un camino histórico arduo, denostado incluso por muchos historiadores de viejas escuelas -algo fosilizadas- que, como he podido experimentar incluso en primera persona, son capaces de imponer silencio con métodos muy autoritarios -y un poco estúpidos, la verdad- a aquellos de sus colegas que creemos que la Historia es global en todos los sentidos y debe reconstruirse con todos los materiales a nuestro alcance y no sólo con columnas de cifras o libros de Leyes como el “Digesto” del emperador Justiniano.

Antonio Solis no estuvo en su vida en la Corte de San Ildefonso, ni en la de Saint James, ni en la de Versalles, ni conoció -salvo por la efigie de las monedas- a Fernando VI rey de España y de las Indias, ni a Luis XV rey de Francia y de Navarra, ni a Jorge II.

Tampoco conoció jamás, salvo por noticias indirectas, a ministros como el marqués de la Ensenada, Walpole o Fleury.

Sin embargo, Antonio Solis y otros muchos miles de españoles de ambos hemisferios, hicieron posible otra de esas típicas guerras de supremacía propias del siglo XVIII, urdida en los salones y gabinetes que frecuentaban todos esos graves personajes que así decidían -o lo intentaban al menos- cuál sería el destino del Mundo.

En efecto, a causa del conflicto abierto en 1739 entre Gran Bretaña y España, con la hoy famosa -gracias al recuperado almirante Blas de Lezo- Guerra de la Oreja de Jenkins, Antonio Solis se vio metido en una larga aventura que duró siete años.

En 1741, mientras navegaba en una chalupa con varios compañeros por las disputadas aguas caribeñas, fue capturado por dos barcos corsarios fletados por ingleses. Como era habitual en la época, Solis y sus compañeros se convirtieron en parte del botín y fueron subastados como esclavos blancos (el término legal inglés era “indentured servants”) para el también habitual -en estos casos- período de servicio en las colonias americanas inglesas durante siete años.

Solis se las apañó para sobrevivir, durante cerca de tres años, a una condición laboral más dura que la que se aplicaba a los esclavos negros traídos de África a esas mismas colonias. Consiguió que su amo lo pusiera a trabajar en uno de sus barcos, alegando que el trabajo en la mina subterránea de cobre a la que lo había destinado estaba erosionando gravemente su salud. Una rara concesión, pues los esclavos blancos -españoles, irlandeses, escoceses, ingleses…- eran peor tratados que los esclavos negros, ya que estos debían durar toda una vida y eran caros y los blancos, como ocurría en el caso de Solis, servían durante un período de tiempo limitado tras el cual ya no resultaban rentables para sus antiguos amos e incluso podían convertirse en competencia para ellos. Como se ve en la obra de Daniel Defoe “Coronel Jack”, publicada en 1722, y que describe, de primera mano, hechos muy parecidos a los que yo he encontrado sacando información, una vez más, del rico archivo del Corregimiento guipuzcoano.

Antonio Solis, gracias a su trabajo como marinero en dicho barco, consiguió bajar a tierra cuando el navío acabó viaje en la que él llama “ría de Londres”. Allí protestó ante el comisario inglés encargado de regular estas cuestiones, diciendo que él no podía ser considerado esclavo porque no lo era en su propio país. Su protesta fue aceptada, se le puso en prisión con otros españoles y salió de ella con rumbo a la Costa Vasca en cuanto hubo un canje de prisioneros.

De allí, decía Solis, pasó a Bayona -uno de los principales puertos corsarios de la época- y se enroló a bordo de un cache de Bayona armado como barco corsario. Si buscaba venganza por lo que le había ocurrido, o Fortuna, no tuvo ninguna de las dos cosas. Otra vez fue capturado por corsarios ingleses que, sin embargo, se conformaron con quedarse como botín el barco y no a su tripulación.

Sin embargo, Solis insistió. Del puerto de Luanco, en Asturias, donde le habían dejado los corsarios ingleses volvió una vez más a San Sebastián y pidió nuevamente pasaporte para poder enrolarse en un barco corsario de Bayona. En esta ocasión fue el afortunado -según lo que nos decía el “Mercurio de Francia” del año 1746- Le Léopard, que, sin embargo, en esta nueva campaña, ya próximo el fin de la Guerra de Sucesión austriaca, fue convertido, a su vez, en presa por corsarios ingleses.

La única suerte de Solis en esta ocasión, fue, otra vez, que sus captores se conformaron con el barco y dejaron libre a la tripulación, que desembarcó en el puerto bretón de Saint-Malo, desde donde él y sus compañeros se dirigieron a Bayona para un tercer intento a bordo de otro barco…

Allí, sin embargo, descubrieron que la guerra había terminado, que volvían a ser prescindibles. Incluso molestos, como se hizo patente para Solis cuando cruzó la frontera del Bidasoa para dirigirse al puerto gallego de La Graña y tratar de encontrar un barco que lo devolviera a Yucatán tras siete años de dar tumbos por el Mundo.

Automáticamente se sospecho que era un vagabundo (lo que dice mucho del aspecto de un veterano corsario de aquella época), se le encarceló, se le interrogó y se le juzgó.

Como la guerra había terminado, el corregidor guipuzcoano decidió dejarlo en libertad, pero advirtiéndole que debía salir de su jurisdicción rápidamente…

Así acababa esa pequeña historia -parte de la Gran Historia de las guerras de supremacía del siglo XVIII- que tuvo como telón de fondo puertos como San Sebastián, Luanco, Londres, Bayona… que quizás -quién sabe- muchos visiten en estas fechas. Será un buen momento para recordar quiénes iban a bordo de esos grandes veleros cuyo recuerdo aún parece impregnar esos lugares y qué fue lo que -como decía el historiador Leopold Von Ranke- realmente les ocurrió cuando se vieron atrapados por los designios emanados de grandes palacios que ellos jamás visitaron.

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Historia, ferrocarriles y autoconciencia (1869-2016)
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Carlos Rilova | 04-07-2016 | 10:08| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente parece que mi hado de historiador me lleva de reconstrucción histórica en reconstrucción histórica.

Es una tarea sólo relativamente agradable. Estar toda la semana trabajando con la Historia y dedicar el fin de semana a lo mismo puede ser un poco cansado. Más aún si esas actividades históricas de fin de semana -cada vez más populares por lo que voy viendo- requieren no sólo sentarse ante un ordenador, consultar un documento o un libro y escribir, sino actuar, recrear personajes históricos de épocas que, sólo para empezar, tenían una idea muy diferente a la nuestra de lo que era cómodo e incómodo, o de lo que se podía entender como “ropa de verano”.

Sin embargo, haciendo balance de esa participación en actividades como esas, el resultado, en general, creo que puede considerarse positivo. Si no para el descanso del historiador, sí al menos para la sociedad que se va, poco a poco, organizando para dedicar parte de su tiempo de ocio a esas actividades culturales.

Este fin de semana hubo en el circuito de trenes en miniatura de Iraeta y en el Museo del Ferrocarril vasco en Azpeitia acciones de reconstrucción relacionadas con la Historia ferroviaria, organizadas, como el año pasado, por Aritz Irazusta. Concretamente de los de la Era del vapor. Es decir, de los primeros, de los que se fueron desarrollando entre 1820 y 1860.

En el circuito de Iraeta, por ejemplo, se escenificó la mayor de las escenificaciones -valga la redundancia- de esa Era del vapor de los ferrocarriles. Es decir: el encuentro en la localidad norteamericana de Promontory Summit, en lo que entonces era el territorio de Utah, de las vías férreas del Pacífico y del Atlántico que tuvo lugar en 1869. Cuatro años después del fin de la Guerra Civil norteamericana que había separado y desgarrado a esa naciente gran potencia.

Si consultan otras páginas de Internet -la ya inevitable Wikipedia por ejemplo- podrán ver una de las escasas fotografías (por aquel entonces un bien bastante raro y codiciado) donde se refleja ese gran momento.

La imagen está muy bien pensada. Se ve a los obreros, ingenieros y demás asistentes al acto apiñados en torno a las dos locomotoras que se han encontrado en un punto exacto de la vía en el que se unían los ferrocarriles del Este y el Oeste.

La ocasión se celebró con la algarabía necesaria, que no refleja la imagen, y clavando un clavo de oro para señalar el punto donde se había producido esa unión por medio de esos rieles que unificaban, simbólicamente al menos, todo el país de costa a costa.

A pesar de lo primarios que nos puedan parecer esos medios, comparados con la gran maquinaría propagandística que se puede manejar hoy día en Estados Unidos, la ceremonia del “golden spike”, que tuvo lugar el 10 de mayo de 1869 en ese punto de Utah, funcionó a la perfección, se convirtió en un tópico de la cultura popular que ha repercutido hasta la actualidad en diversos medios, trasladando a través del tiempo la imagen de poder industrial, de avance científico exitoso, de progreso, eficacia y unidad que la ceremonia de Promontory Summit quería transmitir.

Por sólo poner un ejemplo del éxito de esa política: miles de niños europeos aprendieron antes ese hecho de la Historia de los ferrocarriles, con acento estadounidense, que la Historia de sus propios ferrocarriles.

Fue sencillo: la saga de aventuras del celebre vaquero Lucky Luke -de quien hablábamos por aquí hace un año en relación al peculiar caso del llamado “emperador Smith”- se encargó de hacérselo saber desde el año 1957 en adelante en sucesivas ediciones donde se escenificaba una aventura más de ese popular personaje de cómic, de la mano del guionista francés Goscinny (por primera vez) y del dibujante belga Morris, que tenía como telón de fondo ese hecho histórico.

Este sábado, como decía, en el circuito de trenes en miniatura de Iraeta, se hizo una nueva reconstrucción de ese encuentro de Promontory Summit.

El domingo se hizo en el parque de Cristina Enea de San Sebastián todavía algo mejor y que era una compensación necesaria sin la que esta clase de reconstrucciones en nuestras latitudes, se convertirían en otra burda imitación de lo que se hace al Norte de los Pirineos o al otro lado del Atlántico.

En efecto, este domingo, en el parque de Cristina Enea, tras la reconstrucción del sábado en Iraeta, se reconstruyó (valga otra vez la redundancia), durante un par de horas, entre las once y la una del mediodía, una porción de la vida de los dueños de esa finca, Cristina Brunetti y Fermín Lasala y Collado, tal y como pudo ser hacia el año 1865.

La pregunta lógica, por supuesto, con personas como éstas que no se apellidaban ni Smithson, ni Vanderbilt, ni Morgan, ni cosa similar, es qué tienen que ver ellos con la Historia de los ferrocarriles y más aún con la unión de las dos líneas en Promontory Summit en 1869.

La respuesta es sencilla: Cristina Brunetti y Fermín Lasala y Collado eran una pareja de millonarios donostiarras (sí, esa ciudad que es este año 2016 la capital cultural de Europa) que, aparte de juntar y aumentar sus respectivas fortunas por medio de un matrimonio -no sé si romántico, pragmático o una mezcla de las dos cosas-, invirtieron dinero el negocio de los ferrocarriles y ayudaron a que se trazase la actual red ferroviaria que une Madrid y París. A Fermín Lasala y Collado ese interés le venía de familia: su padre Fermín Lasala y Urbieta ya había invertido en los primeros ferrocarriles estadounidenses y, de hecho, atrajo a esa inversión a otros guipuzcoanos cuando las primeras líneas férreas del Este de Estados Unidos empezaban a trazarse a mediados de la década de 1830.

La parte de la familia Lasala en ese negocio era equiparable a la de grandes magnates norteamericanos de los que sí ha quedado un recuerdo histórico mucho más nítido: los Astor. Lo pueden comprobar con todo detalle si leen otro artículo mío que anda por ahí, en Internet, en versión bilingüe (castellano-inglés) con el título de “Bandas de los barrios altos de Nueva York”.

Por esa razón creo que este domingo fue importante reconstruir la historia en tres dimensiones de esta, para muchos y en muchos aspectos, desconocida pareja de donostiarras: para no olvidar de dónde habían salido parte de los capitales que permitieron desarrollar el negocio de los ferrocarriles en Estados Unidos, sin los que la ceremonia de Promontory Summit en 1869 es probable que no hubiera tenido lugar.

El comprensible interés de gentes como Fermín Lasala y Collado y su avezada mujer (una sólida sombra a su espalda, como requerían e imponían las relaciones entre sexos de la época) en el negocio de los ferrocarriles, dejaría más huellas. Por ejemplo ese ferrocarril del Norte que unía, sólo para empezar, Madrid y París

Quizás el hecho sea menos conocido -ningún dibujante celebre como el padre del también celebre Lucky Luke, parece haber encontrado razones para dedicarle un episodio- pero no creo que aquel hecho sea menos importante para una Europa que está tratando, pese a todo, de cohesionarse en un único estado desde la debacle de la Segunda Guerra Mundial.

Por esa razón dediqué a gusto parte de mi tiempo libre de este fin de semana, para que todo eso -no sólo la ceremonia de Promontory Summit, sino la vida de Fermín Lasala y Collado y su mujer y sus negocios ferroviarios- fuera mejor conocido por más público al que, al fin y al cabo, ese patrimonio histórico le pertenece y, por lo tanto, debería conservarlo y valorarlo como se conserva y valora todo lo que es importante. Justo como se hace en Francia, en Estados Unidos, en Gran Bretaña…

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“Bilbao 1900″. La “Belle Époque” reconstruida o un paseo por la Historia reciente (1916-2016)
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Carlos Rilova | 27-06-2016 | 09:52| 0

Por Carlos Rilova Jericó

He decidido que aunque la ocasión parecía propicia -subrayo lo de “parecía”- no voy a hablar hoy del “Brexit” y sus implicaciones históricas, que, por supuesto, las tiene.

No sólo porque ya traté estas cuestiones, aunque fuera tangencialmente, la semana pasada, al hablar del infame asesinato de la diputada laborista Jo Cox, sino también porque tengo serias dudas sobre en qué va a acabar realmente esta cuestión del “Brexit”.

Tan sólo les hago una recomendación de lectura muy apropiada para estas fechas veraniegas de largas horas de playa que ya tenemos encima. Es la segunda de una serie de novelas firmadas por un escritor norirlandés, Adrian McKinty, que se ha titulado genéricamente “The troubles” en idioma original porque los tres volúmenes, de los cuales (que yo sepa a fecha de hoy) en España sólo se han publicado los dos primeros, están ambientados en la Irlanda del Norte que va del “Domingo sangriento” de 1972 y, sobre todo, la muerte del activista del IRA Bobby Sands en 1981 -que da origen a esos “troubles” o “disturbios” que, a su vez, dan título a la serie- hasta los acuerdos de Viernes Santo de 1998 que pusieron fin a ese conflicto.

Lo cierto es que merece la pena leerse los dos volúmenes de la trilogía de McKinty ya editados en español, “Cold Cold Ground” y “Por la mañana me habré ido”, pero, de cara a entender mejor lo que puede pasar al final con el “Brexit”, yo les recomiendo leer hasta el fin -cosa nada difícil- el segundo de esos títulos, pues dibuja con bastante certeza las razones de Alta Política británica que, tarde o temprano, van a hacer que el referéndum del “Brexit” sea invalidado de algún modo para asegurar la continuidad de Gran Bretaña como Reino Unido dentro de la Unión Europea, ya que lo contrario no parece posible ni viable a medio plazo por cosas que, como les digo, pueden empezar a intuir leyendo la detallada descripción de la Historia reciente de Irlanda del Norte que McKinty traza con mano magistral en “Por la mañana me habré ido”.

Dicho esto nos olvidaremos del “Brexit” y pasaremos a hablar de otras cosas, concretamente de un interesante acontecimiento cultural, el desfile “Bilbao 1900” organizado en esa villa por un importante coleccionista de origen donostiarra, Fernando Botanz, que ya va por su quinta edición y al que tuve la suerte de asistir este pasado sábado.

Se trata de una masiva exhibición de trajes de época o fielmente reconstruidos sobre modelos de época -entre 1880 y 1930 aproximadamente- que son paseados por el centro de la capital vizcaína por cerca de un centenar de personas que los visten con ese propósito.

Este evento cultural, como explica el organizador de “Bilbao 1900” en su web (www.fernandobotanz.blogspot.com), quiere mantener viva la Historia de la villa de Bilbao en su momento de mayor esplendor social, cultural y económico y explicar didácticamente a sus vecinos y visitantes el calado de esos acontecimientos históricos, la importancia determinante del pasado reciente en el presente.

Como testigo directo de esa quinta edición de “Bilbao 1900” que tuvo lugar, como es habitual desde el año 2012, el último sábado de junio, debo decir que ese desfile de reconstrucción histórica, que revive a la sociedad vasca de la “Belle Époque” en todas, o casi todas, sus facetas, funcionó estupendamente y es una notable muestra de dinamismo cultural que nos sitúa a esos niveles europeos ahora tan cuestionados por el alarmante alarmismo que se ha generado en torno al ya aludido “Brexit”.

En efecto, conozco pocas ciudades europeas que realcen con tanta asiduidad y con tanta participación, en general de muy buena calidad, su patrimonio histórico, artístico y arquitectónico devolviendo vida tridimensional, de carne y hueso, a esos edificios de la Parte Vieja y el Ensanche bilbaíno ante los que habitualmente, por causa de las prisas de la vida cotidiana, se pasa como quien pasaría ante un montón de piedras y ladrillos que no tendrían más valor que otro montón de piedras y ladrillos levantados en otra parte del Mundo.

Quizás sólo ciudades belgas con un notable patrimonio histórico, como Amberes, y su tradición de los llamados “cortejos históricos”, llevan muchos años logrando algo parecido, aunque en muchos casos sin demasiada continuidad anual, llegando a pasar siete años entre uno y otro cortejo histórico, como en el caso del de Fosses-la-Ville.

Por lo demás, quitadas las más o menos afortunadas reconstrucciones de batallas (sobre todo de época napoleónica y con mejor o peor tino y continuidad en el tiempo), poco hay ahora en toda Europa parecido al desfile anual “Bilbao 1900”.

No al menos a esa escala y extensión y en una capital importante y de referencia a nivel internacional como puede ser el caso del Bilbao post-Guggenheim, donde visitantes alemanes -concretamente de Frankfurt-, norteamericanos de Washington D. C. o de la India fueron testigos, entre otros muchos, de ese desfile que les explicaba la Historia de la ciudad que estaban visitando reviviéndola en todos sus detalles, de manera tridimensional.

Poco más puedo decir, tan sólo que es una suerte que se tomen estas iniciativas, que encuentren eco y que se mantengan en el tiempo.

Es señal de una sociedad viva culturalmente, con interés por la Historia que, como he repetido muchas veces, es la base de cualquier sociedad que trate de mantenerse en pie con ciertas garantías de éxito y de funcionalidad.

A ese respecto es justo concluir, y no olvidar, que, gracias a iniciativas como la de Fernando Botanz, parece que Bilbao se muestra como una alumna aventajada de aquella Gran Bretaña a cuya sombra creció en la misma época cuyo recuerdo quiere mantener vivo y vigente el desfile “Bilbao 1900”, tratando de ofrecer un retrato digno de un pasado a recordar y mantener vivo mientras la maestra, Gran Bretaña, parece haber perdido, por desgracia, el Norte, involucrándose en dudosas aventuras de incierto final que, seguramente,  pasará por volver a esa Historia común compartida con otros países europeos que se recuerda, perfectamente, con iniciativas como “Bilbao 1900”.

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El asesinato de Jo Cox. Algo de Historia sobre la violencia política en Inglaterra (1616-2016)
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Carlos Rilova | 20-06-2016 | 09:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que una pregunta razonable tras leer el título de este nuevo correo de la Historia, podría ser qué tiene que ver la Historia con el asesinato de la joven diputada laborista inglesa Jo Cox el 16 de junio de 2016.

La pregunta a una hipotética respuesta como esa podría ser una consigna del movimiento contestatario de los años setenta, que venía a decir que todo era Política.

Con la Historia pasa algo parecido, todo hecho del Presente tiene una raíz en el Pasado, es decir, en la Historia, y conocer esa raíz, obviamente, nos permite comprender mejor lo que ocurre hoy día ante nuestros demasiadas, veces atónitos ojos.

Eso, desgraciadamente, es lo que se puede decir sobre el asesinato de esa prometedora diputada laborista inglesa que  ha sido muerta de un modo triste y vil por un hombre trastornado y fanatizado políticamente.

En efecto, la muerte de Jo Cox es todo un indicio, un detalle de cómo se está degradando la vida política en Inglaterra y el resto de Europa en el largo tiempo histórico.

Empecemos por una visita a la Inglaterra y la Europa de comienzos del siglo XVII. Lawrence Stone, un eminente historiador británico, ya advertía, en su obra sobre la crisis de la aristocracia inglesa entre 1588 y 1641, lo históricamente falso que resultaba el tópico, alimentado desde Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XIX, de que los británicos -en general y sus clases altas en particular- eran tipos altamente civilizados, flemáticos, que arreglaban sus diferencias pacíficamente, incluso con algo de humor sarcástico.

Por el contrario a comienzos del siglo XVII, nos dice Stone, lo normal entre la nobleza inglesa era que los altos lores y de ahí para abajo -cada cual según sus posibilidades- fueran acompañados de un séquito de sirvientes que, por lo general, eran reclutados entre gentes para las que el oficio de las armas y la violencia eran lo más común del mundo.

Stone da cuenta de algunos episodios en los que los séquitos de miembros de la nobleza se enfrentan a pistoletazos y estocadas en las calles inglesas por cuestiones que hoy nos pueden parecer nimias, pero que entonces tenían mucho, demasiado, significado. Como ocurría con la precedencia en honores. Por ejemplo a la hora de ceder el paso en una calle concurrida.

Stone nos cuenta también que los nobles que capitaneaban, y pagaban, esos séquitos de sirvientes armados y con -digamos- talento para la violencia, no solían ser los últimos en entrar en las batallas campales de bolsillo organizadas en el momento y lugar más insospechado. De hecho, solían ser, como era hasta cierto punto lógico, los primeros, pues quienes formaban sus séquitos sólo hacían uso de las armas cuando lo ordenaban esos caballeros, que eran quienes les pagaban y otorgaban signos de distinción social. Como, por ejemplo, vestir la librea con el escudo de esos nobles amos. Todo un salvoconducto que abría puertas y ganaba respeto a quienes portaban tales emblemas.

Lo cierto es que esa violencia de sesgo político en Inglaterra, como en el resto de Europa, fue quedando obsoleta, desautorizada, sólo a través de un proceso lento y con muchos altibajos. Entre 1642 y 1745 Inglaterra sufre, primero con intensidad y luego a espasmos, un largo ciclo de guerras civiles que acaban en Escocia con una considerable matanza en el páramo de Drumossie. A lo largo del siglo XVIII peleas callejeras como las que describe Lawrence Stone en su obra, son cada vez peor vistas en Inglaterra, pero en la década de los cincuenta de ese Siglo de las Luces había materia en las calles inglesas para que William Hogarth compusiera grabados y pinturas como las de la serie titulada “The Humours of an Election”, en cuya cuarta entrega se ve a un atribulado candidato a miembro del Parlamento metido en una riña callejera donde tipos de baja ralea atacan con palos y otros instrumentos contundentes a sus seguidores, que responden con los mismos medios.

Eso por no hablar de la larga lista de guerras en las que Inglaterra se ve envuelta, junto con otros países europeos, en ese siglo de la Ilustración: de 1701 a 1714 en  la llamada de Sucesión española, en 1719 en la de la Cuádruple Alianza, en 1739 primero contra España en la llamada Guerra del Asiento o de la Oreja de Jenkins y, sin solución de continuidad, desde 1740 hasta 1748, en la llamada Guerra de Sucesión austriaca. A ésta le seguirá la llamada Guerra de los Siete Años, entre 1757 y 1763, aunque en realidad ya había empezado, en América, en 1754. El siglo finalizará para Gran Bretaña y sus oponentes con otra larga guerra, la de Independencia de Estados Unidos, entre 1776 y 1782. Diez años después, en 1792, empezará un largo combate contra la Francia revolucionaria y napoleónica que sólo acabará en 1815, hace ahora 201 años, en la Batalla de Waterloo.

Desde ese punto se inicia un período de relativa calma en el que Gran Bretaña se va pacificando sin choques internos demasiado violentos y eludiendo grandes guerras en Europa -como la primera carlista en España (1833-1839) a la que sólo envía 10.000 hombres, supuestamente voluntarios, al servicio de Isabel II- o la franco-prusiana de 1870.

Eso no significará que no haya matanzas importantes en Gran Bretaña, como la que tiene lugar en 1819 en el prado de Saint Peter, en Manchester, donde las autoridades reprimirán con una brutal carga de Caballería una manifestación pacífica que pedía la ampliación del derecho a votar. Lo que acabará haciendo que el campo de Saint Peter fuera irónicamente rebautizado como “Peterloo”, por la oposición a la ampliación de ese derecho a voto por parte de los conservadores británicos, que tendrán a la cabeza en esa lucha a Lord Wellington, el vencedor de Waterloo cuatro años antes…

Incidentes de violencia política como esos irán decreciendo en Inglaterra y Europa a lo largo de ese siglo XIX, o siendo desviados hacia las afueras del sistema, hacia las colonias.

Aún así, y dejando aparte las guerras coloniales, o la represión despiadada con violencia de baja y alta intensidad en la India o en Irlanda, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, en 1935, 1936…, la lucha obrera en las calles de Londres podía acabar en escaramuzas de bastante consideración entre izquierdistas, fuerzas de Policía supuestamente neutrales y el débil pero persistente movimiento fascista británico de los Camisas Negras de sir Oswald Mosley. Basta con haber leído alguna reciente novela bestseller, como “El invierno del Mundo” de Ken Follett, para tener una imagen -literaria pero bastante exacta- de lo reciente que ha sido la extinción o minimización de la violencia política en las calles británicas.

Eso es lo que hace tan estremecedor, tan inquietante, el asesinato de la diputada Jo Cox. Independientemente de la diferente proporción de locura y Fascismo que haya podido impulsar a su agresor, es evidente que hay un clima social en la, todavía, rica y civilizada Europa donde un largo período de consenso social, iniciado por un acuerdo explícito entre todas las fuerzas políticas democráticas -de Izquierdas o de Derechas- tras la derrota del Nazismo en 1945, ha sido roto, paulatinamente degradado, desde el comienzo de la década de los 80 del siglo pasado, por eso llamado “Neoconservadurismo”, que ha socavado las bases económicas de ese contrato social y con ello está induciendo, lo sepa o no, un clima social que cada vez recuerda más a la Europa de la lúgubre década de los años 30.

Esa en la que un desequilibrado -Adolf Hitler, por ejemplo- con ideas fuertes sobre ideas elementales como “Raza”, “Nación”, etc…, y con un discurso populista, podía prosperar y medrar, incluso eliminando a sus oponentes por medio de la violencia.

A pequeña escala ese es el aviso que plantea el triste asesinato de Jo Cox, diputada laborista británica que cayó abatida al grito de “Gran Bretaña primero”, lema de la ultraderecha rampante en esa, desde 1945 y hasta ahora, ejemplar nación democrática que, tras un largo devenir, ha sido Gran Bretaña.

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