Diario Vasco
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Currutacos, “maravillosas”, “increíbles”, hipsters, it-girls y gafapastas. A propósito de Historia y de un libro de Víctor Lenore (1794-2016)
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Carlos Rilova | hace 18 horas| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Me he llevado una grata sorpresa esta semana pasada. Cuando creía muerto y enterrado en España eso que llaman “Periodismo de investigación” o limitado, casi en exclusiva, a esa labor de servicio público que es informar del grado de corrupción rampante (y sumamente peligroso, casi letal) que se ha alcanzado en dicho país, me descubren un libro del que ya hacía tiempo había oído hablar.

Se trata de “Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural”. El destino de ese libro -que hay quien reclama (no sin razón desde luego) como lectura obligada en los institutos- ha sido el de ser publicado en una pequeña editorial de Madrid y de nombre evocador. Sobre todo para quienes trabajamos en el campo de la Historia: Capitán Swing. Es decir, aquel grupo de los que Eric J. Hobsbawm llamó “rebeldes primitivos”, que en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX se oponían a la proletarización de los campesinos. Empujados a las terribles urbes industriales por la nueva maquinaría agrícola que a ellos les estropeó y acortó la vida y privó a Jane Austen del bucólico, romántico y apacible marco en el que se desarrollan la mayor parte de sus novelas.

Podría decirse que, con tal editor, el libro de Víctor Lenore ya estaba casi predestinado a ser piedra de escándalo. El escándalo me interesa bastante poco. Ustedes juzgarán. Después de leer este artículo y después de leer su libro. Cosa que les ruego hagan encarecidamente, porque nos describe la raíz de muchos de los males que están paralizando (y, de hecho, destruyendo) a la actual sociedad española.

Lo que describe y sistematiza de manera magistral Víctor Lenore en “Indies, hipsters y gafapastas” es preocupante, muy preocupante, visto en perspectiva histórica, que, ya se habrán dado cuenta, es la que adopta siempre todo lo que pasa por estas páginas semanales.

Para empezar ha incluido en su análisis los orígenes políticos y económicos de los que surgen esos, en apariencia (sólo en apariencia, insisto) inofensivos muchachos y muchachas de aspecto un poco excéntrico en el vestir y de trato bastante relamido, que invita a no sostener con ellos, o con ellas, ninguna clase de conversación demasiado larga. Cosa que, por otra parte, no parecen estar muy preparados para mantener (fueron ellos los que acuñaron el icono “Mono con platillos” para indicar que les aburría cualquier conversación profunda).

Nos dice Víctor Lenore que esas raíces políticas y económicas de indies, gafapastas, hipsters, it-girls…, se hunden fuertemente en la ideología neoconservadora fomentada -como bien indica Lenore- en las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher que, por desgracia para toda una generación -la mía concretamente- fueron rápidamente mimetizadas y aplicadas en todo el Mundo desde 1980, cebando la bomba de la crisis económica estructural que ahora estamos viviendo.

Tal y como nos lo cuenta Lenore, esos excéntricos que llevan el pantalón por el tobillo, cuidados tupés, gafas llamativas, barbas cuadradas y camisas de cuadros o blancas, grises… con el último botón atado pero sin corbata, son algo más que una moda. Son todo un modo de entender la vida. Se trata de gente que va de la clase media baja hasta la élite y todos ellos tienen en común la liviandad de juicio, el no querer preocuparse de nada, ser pura superficialidad, vivir un consumo conspicuo y ostentoso (vacaciones exóticas, caras y “diferentes”, tatuajes, caros cachivaches electrónicos que hay que renovar cada poco tiempo y, sobre todo, exhibir en público en cafés a la última, en apariencia muy modernos y cosmopolitas) y otras características bien conocidas y popularizadas incluso por la prensa satírica.

En resumen, el indie, el hipster, el gafapasta, y sus contrapartidas femeninas, que se pueden agrupar bajo el nombre de it-girl (algo que se traduciría del inglés como chica con encanto, con “it”, con “eso”, pero que sería más apropiado describir como “chica-cosa”, “chica objeto”… de consumo), son gente que ha renunciado a pensar en nada profundo, que han hecho de la superficialidad intencionada una bandera…

Por supuesto, como nos va desgranando la crónica de Víctor Lenore, que conoce todo esto de primera mano, ellos y ellas, como no podía ser menos, creen que todo esto es muy moderno… Y aquí es donde el historiador se ríe. Sarcástica, tristemente. Esto no tiene nada de moderno. Esto se vivió en Europa hace ya dos siglos. En el tiempo de la Revolución francesa.

En 1794 París y el resto de la Francia urbana estaban llenos de “modernos” que coinciden casi punto por punto con lo que hoy es un indie, un hipster, un gafapasta o una it-girl tal y como descarnada, pero certeramente, los describe el libro de Lenore. Se trataba de los llamados “muscadins” (en España se tradujo como “currutacos”), así llamados por su afición a perfumarse hiperbólicamente con esencias que contenían “musc”. Es decir: almizcle. También se les llamó “increíbles”, a ellos, y “maravillosas”, a ellas. Se distinguían por una vestimenta extravagante. Ellos llevaban llamativos fracs, se ataban las boquillas de los calzones con largas cintas de colores, se peinaban con greñas que caían a ambos lados de las sienes (peinado en “orejas de perro” se le llamaba), y, lo necesitasen o no, portaban una varilla de metal con una lente de aumento montada en ella (generalmente en forma de pirámide truncada) y a través de esa lente miraban el mundo que les rodeaba con un impostado mohín de desdén y superioridad.

Ellas, las “maravillosas”, llevaban vestidos de talle alto (el luego llamado “estilo imperio”, inspirado en la moda imperial romana), peinados similares o bastante extravagantes, con gran cantidad de tufos, lazos y rizos y sombreros no menos llamativos que les ocultaban el rostro bajo una amplia capota o pétalo.

Su habla particular y distintiva era una burla hacia otras razas. Concretamente a los negros esclavizados de África. Lo llamaban “hablar como un pequeño negro”. Es decir, comiéndose determinadas consonantes como las “r”. La novela policíaca de Daniel Picouly, “Tête de Nègre”, ambientada en el París revolucionario, parodia esa jerga magistralmente.

Aparte de eso los “increíbles” solían calzar sólidas, aunque, por supuesto, extravagantes, botas de montar y se apoyaban en nudosos bastones cargados con plomo. Eran parte imprescindible de su atuendo, ya que era frecuente que recorriesen las calles de los barrios pobres de París apalizando a los otrora todopoderosos “sans-culottes”. La masa de maniobra de la revolución que, tras la caída del llamado “Terror” jacobino, pasaban horas bajas en una sociedad que -muy razonablemente- no quería que la revolución acabase en un baño de sangre. La intención de los currutacos, o “increíbles” y “maravillosas”, era, sin embargo, muy otra: lo que no querían era ninguna clase de revolución. Estaban a gusto viviendo en su precario universo de pequeños empleados, dependientes de tiendas, oficinistas, etc… No querían que el Mundo cambiase, tan sólo esperaban salir ganadores en la descarnada carrera hacia la cúspide de una sociedad basada en el privilegio… Exactamente lo mismo que ahora, dos siglos después, quieren indies, hipsters, it-girls y similares personajes, según nos dice Víctor Lenore.

Lean su libro y compárenlo con lo que nos cuenta de currutacos, “maravillosas” e “increíbles” la obra de un historiador como Albert Soboul, dedicada al estudio de sus grandes enemigos, los “sans-culottes”.

Descubrirán que, avances tecnológicos aparte, estamos hoy, prácticamente, en la misma situación en la que estaba el Mundo en 1794. Con una guardia pretoriana disfrazada de “moderna” que se dedica a abortar cualquier clase de avance social, de democratización. Aunque sea tirando piedras contra el propio tejado de la manera más estúpida que quepa imaginar (sólo posible en cabezas tan voluntariamente vaciadas y ahuecadas como la de un currutaco, un “increíble”, o un “indie”, o un hipster).

Un peligroso proceso para una sociedad realmente sana y viable que, como descubrirán, no está ocurriendo en la Luna. Muy al contrario lleva años (principalmente en la oscura década de los 90 del siglo pasado) fabricándose muy cerca de nuestra casa. Por ejemplo, los y las donostiarras que lean el libro de Lenore (y deberían leerlo), descubrirán que gran parte de esa operación que, al final, sólo funciona en beneficio de unos pocos y en perjuicio de la mayoría (¿o cómo creen que Donald Trump ha llegado hasta la Casa Blanca?), se fraguó en parte -con nombres y apellidos reconocibles- en, quién lo iba a decir, ¿verdad?, la propia Bella Easo.

Esa capital que en su día fue una de las primeras ciudades europeas en subirse al carro de la revolución de 1789 y que, hoy, apenas en el primer mes de 2017, debería preguntarse si no se han estado riendo de ella (desde los siniestros años 90 y, más aún, todo el año pasado y, además, a cargo del dinero público) los herederos intelectuales (y sociales, y políticos, y económicos…) de los “increíbles” y las “maravillosas” que, sólo para empezar, hoy, en esa ciudad y en todo Occidente, están haciendo tierra quemada de todo aquello que sea verdadera Cultura. Tal y como lo describe, con verdadera, dolorosa pero necesaria lucidez el libro de Víctor Lenore “Indies, hipsters y gafapastas”…

 

 

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De Historia, mito y leyenda. San Sebastián y el Segundo Imperio francés (A. D. 1864)
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Carlos Rilova | 16-01-2017 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes leen asiduamente este correo de la Historia la Asociación tiene una deuda pendiente con algunos de ellos. Se trata de la nueva “Historia de Gipuzkoa” para la cual, desde estas mismas páginas, se pidió un mecenazgo que, es necesario decirlo, fue generosamente otorgado.

Estaba yo, pues, esta semana cumpliendo con la parte que me toca de esa deuda, la relativa al revuelto, romántico y, por eso mismo, interesante, siglo XIX guipuzcoano, cuando di con unos hechos que no sé bien cómo calificar (¿retazo?, ¿anécdota?), que no encajaban en el marco de ese capítulo, pero a los que no quería dejar olvidados otros sesenta años, en el mismo sitio en el que yo me los encontré.

Estaban en una revista titulada “San Sebastián”, en el nº 21, publicado en el año 1955, que apareció, como todos sus números, el 20 de enero, que es, justo, aparte del día en el que juran los presidentes de Estados Unidos su cargo (como lo van a comprobar esta misma semana), aquel en el que se celebra el santo de la ciudad.

Bien, pues justo debajo del artículo que José Berruezo dedicaba a la cuestión -tan traída y llevada- de cómo San Sebastián logró ser capital de Gipuzkoa en 1854 (desplazando a Tolosa, que lo era desde 1844) estaba ese otro insólito artículo, firmado por Fausto Arocena, autor de obras de Historia que aún hoy conservan su vigencia.

Lo que contaba parecía sacado de uno de esos “Western” crepusculares de los años setenta del siglo pasado. De hecho, podría haber sido un guión firmado por Sergio Leone o un episodio más del momento culminante de la serie de aventuras del teniente Blueberry. Esa que empieza con “Chihuahua Pearl” y tiene su apoteosis en “La última carta”, pasando por “Balada por un ataúd”, “Fuera de la ley” o “Angel Face”.

Los hechos son los siguientes: en 1864 durante la guerra entre los patriotas mejicanos y el Ejército expedicionario enviado por el emperador francés Napoleón III para imponer en ese país otro emperador -de nombre Maximiliano y cuyo principal objetivo era convertir México en un satélite del ambicioso imperio francés- se hicieron prisioneros. Una parte de ellos -al parecer sumamente peligrosos y recalcitrantes- fueron deportados nada menos que a la propia Francia para evitar que siguieran liderando a los ejércitos patriotas en contra del invasor francés, del emperador Maximiliano y de esa alta burguesía mexicana que, bajo diferentes regímenes y desde la Independencia de España hasta hace poco menos de cien años, desangró el país en guerras civiles como aquella y en otras posteriores en las que (como ya contamos en algún que otro correo de la Historia) empujaron al campo de batalla a enormes masas de desesperados, que para nada necesitaban un emperador lleno de entorchados, ni empresas “científicas” que los trataban de manera bestial.

El caso es que, siempre según el relato de Arocena, en Francia se ofreció a esos soldados patriotas volver a México. Siempre y cuando rindieran pleitesía y acatamiento a los planes de Napoleón III. Como se negaron, acabaron deportados en Francia y de allí, según Arocena, para evitarse el ambiente hostil en el que se encontraban, pasaron a España. No sabe nuestro autor si por Behobia, junto a Irún, o por Dantxarinea, en la cabeza de Navarra.

De allí llegaron hasta San Sebastián y quedaron en un difícil limbo. No podían regresar a México y no tenían recursos para vivir. Así (e insisto: siempre según el relato de Fausto Arocena) su situación llegó a ser tan desesperada que, para poder seguir pagándose el alojamiento y la manutención, se ofrecieron a trabajar como albañiles en las obras de fortificación del Castillo de Urgull.

Así lo hicieron hasta que los patriotas se hicieron con el poder en México y, naturalmente, también se hicieron cargo de ellos. Antes de irse, los deportados dejaron un par de recuerdos -siempre al decir de Fausto Arocena- en aquel San Sebastián de la época de la Guerra de Secesión erizado de chisteras, paletós, crinolinas y otras novedades de París (víctimas mejicanas de la política imperialista de Napoleón III incluidas).

Una fue una marca en el arranque de uno de los arcos de la galería Norte del Castillo de Urgull, en la cumbre del monte, que decía “1864 MÉXICO”. La otra fue la promesa formal a su casera, Micaela Zugasti, de abonar todos los gastos en que habían incurrido y que sus escasos recursos dejaban impagados. Una promesa que, años después, habría sido cumplida, pagándose religiosamente lo debido por las arcas del nuevo estado mejicano salido de la victoria sobre Napoleón III…

Hasta ahí los retazos de lo que podríamos considerar una especie de relato mítico, de leyenda urbana que Fausto Arocena decía haber sacado de una revista y de un libro de la Colección Austral de los que, desgraciadamente, no daba ningún título ni referencia.

La realidad que se puede documentar -a fecha de hoy, a falta de concluir la campaña de investigaciones para este año entrante de 2017- parece ser bastante diferente: en 1864 San Sebastián y otras partes de España y Francia retenían a fuertes contingentes de prisioneros mexicanos. Al parecer eran los defensores de Puebla. Una localidad mexicana que en 1863 había resistido ferozmente al Ejército expedicionario francés que venía a imponer el llamado “Imperio Mexicano”.

Eso es lo que nos cuenta documentación recientemente publicada (en el año 2013) bajo los auspicios de las autoridades de ese estado mexicano (el de Puebla) en un libro titulado “Apuntes para servir a la historia de los defensores de Puebla que fueron deportados a Francia”. En ese volumen se reúnen escritos diversos manejados por un testigo y protagonista de los hechos: el general Epitacio Huerta, encargado, precisamente, de las cuestiones administrativas de ese Ejército patriota y que se movió entre París, Tours, Nueva York, Madrid y San Sebastián para hacerse cargo de estos deportados, sus deudas, su regreso a México…

Para ser más exactos, el general Epitacio Huerta sólo se hizo cargo de aquellos de entre los 532 deportados que se negaron a aceptar la sumisión al imperio francés y fueron dispersados, a su suerte, recalando algunos de ellos en San Sebastián. Ciudad en la que, en efecto, contrajeron fuertes deudas que el general Huerta -recurriendo incluso al general Prim en Madrid- trató de saldar. Por el momento es todo lo que se puede contar de esa interesante aventura de la Historia que ocurrió, por increíble que parezca, no en una pantalla de cine o en las viñetas de un cómic, sino en una ciudad vasca, donde pasaron horas amargas muchos oficiales patriotas mexicanos que se negaron a aceptar los designios de Napoleón III. Algunos de ellos descendientes de vascos, por cierto, con apellidos como Ortíz de Zarate, Echenique, Rentería, Guevara, Letechipia…

Este viernes 20 de enero, cuando se celebren las tamborradas en honor de San Sebastián, será un buen momento para recordar que el Segundo Imperio francés -como el primero- dejó en la capital guipuzcoana algo más que inspiración para los uniformes de algunos de esos tamborreros.

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¿Qué pasaba en el Mundo hace cien años? Trincheras, revoluciones y espías (1917-2017)
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Carlos Rilova | hace 19 horas| 1

 

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que un lunes como hoy, después de más de quince días envueltos en un régimen festivo de casi obligado cumplimiento, ni el redactor de estas páginas ni quienes suelen leerlas, tienen muchas ganas de pensar demasiado.

Por eso procuraré que este nuevo correo de la Historia (el primero de 2017) sea, aparte de entretenido, breve y bastante escaso de reflexiones demasiado transcendentales. Aunque con la delicada materia con la que siempre tratamos (la Historia) esto último, probablemente, sea más bien difícil.

Sin más preámbulo pues, pasaremos a plantearnos el tema de este lunes y, por tanto, a preguntarnos “¿cuál era el estado del Mundo en el año 1917?”. Es decir, ahora hace cien años.

La respuesta es relativamente sencilla. Hace ahora cien años la mayor parte del Mundo estaba sumido en una guerra descomunal (con el tiempo la llamarían “mundial”) que duraba ya cerca de tres años.

La mayor parte de Europa, excepto unos pocos países neutrales (Suiza, España…) estaba involucrada en esa guerra. Desde Portugal hasta Rusia pasando por las Islas Británicas.

Nadie había esperado aquello en agosto de 1914, cuando la guerra, tan temida como esperada, se hizo una realidad inevitable y los cañones y las ametralladoras sustituyeron a una Diplomacia que había hecho bien poco por evitar aquello.

El resultado, contabilizado en el año 1917, es decir, hace ahora cien años, era bastante desolador.

Para empezar la guerra no había sido ningún paseo militar -como también se esperaba en 1914- y la mayor parte de los ejércitos en liza estaban enfangados, literalmente, en una línea de trincheras que apenas había variado en esos casi tres años debido a que los contendientes tenían fuerzas humanas y técnicas muy igualadas.

La bien pagada de sí misma sociedad europea de la “Belle Époque”, descubrió en esos momentos que la guerra nada tenía que ver con las bellas estampas coloreadas de guerras “románticas”, como las napoleónicas.

También descubrió que la Ciencia, esa nueva religión laica predicada por Auguste Comte desde la primera mitad del siglo XIX, había servido para crear grandes avances científicos que hacían la vida mejor y más fácil para muchos, pero también para fabricar armas con un poder de aniquilación desconocido, capaces de matar hombres por millares en cuestión de minutos o de bombardear desde el aire ciudades como Londres o París. En esta última capital, hace ahora cien años, quedaba muy claro lo que había pasado, expresado de manera muy gráfica: la Torre Eiffel, todo un símbolo de esa creencia en la Ciencia como salvadora de la Humanidad, se había convertido en un puesto de comunicaciones y observación para prevenir ataques aéreos sobre la capital francesa, que los estaba sufriendo desde hacía tiempo. Por aire y también por tierra con grandes cañones utilizados por los alemanes. Maquinaría bélica en la que el ferrocarril y el cálculo matemático avanzado servían para lanzar proyectiles de alto poder explosivo al centro de París desde kilómetros de distancia.

En el resto del Mundo, salvo en los países neutrales de Sudamérica o Europa, las cosas no estaban mucho mejor. Se hacían grandes negocios gracias a esa guerra, pero coger un barco transatlántico era una lotería mortal. Una vez más gracias a otro invento de esa Ciencia de la que tanto se había esperado. En este caso los submarinos que la Marina Imperial alemana estaba empleando en algo que se llamó “guerra submarina sin restricciones” y que se llevó por delante desde “arrantzales” (es decir, pescadores vascos, para quienes leen esto más allá de las fronteras del euskera) hasta grandes barcos de pasajeros como el Lusitania.

Cosas así provocaron la entrada en guerra de los Estados Unidos de Norteamérica a partir de ese año 1917. Esa circunstancia demostró, por si no estaba bastante claro, que la guerra la ganarían quienes dispusieran de un mayor y más avanzado poder industrial. Como era el caso de esa potencia.

Los demás gigantes mundiales no estaban para demasiadas reflexiones de ese tenor hace ahora cien años. Rusia, víctima de su atrasado sistema político y económico, estaba siendo devorada por una guerra a la que aportaba, sobre todo, carne de cañón, sacada de su inmenso mundo rural en el que las cosas poco habían variado desde la Edad Media. Los centros urbanos e industriales, más avanzados, acabaron, bajo la presión de aquella guerra inhumana, impulsando una revolución que si no llegó a cambiar el Mundo, desde octubre de aquel año 1917, lo hizo temblar un poco más. Hasta 1989.

En Asia, otra reliquia del pasado -la China imperial- se desmoronaba ante movimientos modernizadores que trataban de imitar las ideas políticas que venían de aquella culta Europa que se hundía -una vez más literalmente- en el fango provocado por sus propias contradicciones internas. Por un lado estaban en aquella China imperial agonizante los comunistas, bien organizados (como suele ser costumbre en ellos) y por otro los nacionalistas del Kuomintang, decididos a modernizar China de una vez por todas al estilo del Japón Meiji que, en esos momentos, era parte de la Entente y, por tanto, beligerante en la que luego sería conocida como “Primera Guerra Mundial”.

No creo que haga falta decir que las diferencias entre nacionalistas y comunistas dejaron servida una guerra civil que asoló al país hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Con respecto a Oceanía y África las cosas no estaban mucho mejor. El primero de esos dos continentes se había convertido en otra fábrica de carne de cañón para Gran Bretaña y su espléndida guerra en el Hemisferio Norte y en otros frentes secundarios como el africano. Donde la supuesta superioridad del hombre blanco estaba quedando en entredicho entre los “nativos” que Europa había ido a “civilizar” en la segunda mitad del siglo XIX.

Poco más pasaba en el Mundo hace ahora cien años. Los espías que trabajaban para esas vastas fuerzas contendientes seguían a lo suyo: a ganar la guerra de las trincheras lejos de las trincheras. Algunos (la mayoría) hicieron esto con gran habilidad. Tanta que hoy ni siquiera conocemos sus nombres, aunque sí sus acciones y las consecuencias de las mismas. Otros fueron más estruendosos, pero menos hábiles. Como el agente intoxicador Bolo Pachá o Mata Hari, que el martes 13 de febrero de 1917 sería detenida por los Servicios Secretos franceses para, sobre todo, servir de chivo expiatorio por todo lo malo que le estaba ocurriendo a Francia desde 1914. De ella, quizás, volveremos a hablar en el correo de la Historia correspondiente a esa semana…

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Ritos y mitos del Año Nuevo. De Jano Bifronte y otras contradicciones humanas
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Carlos Rilova | 02-01-2017 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como suele ser habitual la duda me asalta cuando me pongo, como cada semana, a pensar sobre qué tema escribir para el nuevo correo de la Historia de cada lunes.

Por una parte me tentaba hablar hoy de Grigori Rasputín, ya que -según nuestro calendario- este jueves pasado se cumplieron 100 años de su ejecución a manos del príncipe Yusupov y sus secuaces, dando así una señal de aviso inequívoca del grado de descomposición que estaba alcanzando la monarquía zarista, que iba a caer víctima de varias revoluciones. La definitiva en octubre del año 1917, a manos del partido bolchevique que se quitó de en medio a competidores más escrupulosos. Empezando por los mencheviques y el, por breve tiempo, hombre fuerte de Rusia tras la caída de la monarquía zarista: Kerensky.

Sin embargo, al final, no sé si acertadamente, he decidido prescindir de Rasputín y su muerte. Principalmente porque del tema ya se ha hablado bastante. Empezando por el que estas líneas escribe, que recordó todo esto en una conferencia el martes pasado en la que -por difícil de creer que parezca- se encontraba una relación entre el accidentado monje ortodoxo y el Carlismo vasco en el marco de una serie de conferencias sobre ese tema (el Carlismo) a las que daremos -espero- brillante conclusión este miércoles 4 de enero a las 19:30 en la Sala Arrupe, en la calle Garibay. En pleno centro de San Sebastián que, como antes de su capitalidad, sigue siendo una ciudad que ha trabajado y trabajará por la Cultura. Por la de verdad. Por la que algunos indocumentados se han atrevido a llamar recientemente “lo de siempre”.

Así las cosas, dejo aquí al magnético monje recomendándoles que, si quieren saber más de Rasputín, aparte de lo publicado en revistas de divulgación histórica y suplementos varios, se lean su biografía firmada por Henri Troyat. O, al menos, vean “Nicolás y Alejandra”, donde su personaje tiene un papel estelar y un fin no menos espectacular aunque, quizás, más adornado que el que verdaderamente sufrió.

En lugar de hablar de él y de su obituario -más allá de lo ya dicho- me centraré en algo más propio de las fechas. Es decir, hablar del Año Nuevo. Empezando por explicar de dónde viene el nombre de este mes que acabamos de estrenar.

Viene, supongo que no les sorprenderá, de un dios tutelar romano que, a diferencia de lo que ocurre con muchos otros de su Panteón, no fue copiado del griego.

El nombre del dios era Jano. De ahí derivo a Janero, Janeiro (en portugués) y finalmente, en castellano, a Enero.

En realidad, si tomamos en cuenta lo que nos dice el Diccionario de Mitología griega y romana de Espasa dirigido por René Martin, Jano, más que un dios era eso que se ha llamado un “héroe civilizador”, que suele ser la antesala para convertirse en dios. Como bien se puede ver en panteones como el egipcio o el hindú.

Jano, pues, habría existido y habría realizado una serie de hazañas que lo llevaron a ser divinizado después de su muerte. Entre estas se contaría ser uno de los fundadores de Roma junto a los gemelos Rómulo y Remo y haber parado -haciendo brotar agua hirviente ante el Capitolio- un ataque de los sabinos (viejos enemigos de Roma cuando Roma no era nada más que una ciudad-estado que trataba de defenderse de otras muchas ciudades-estado desperdigadas por el Lacio).

También se decía que había inventado el dinero y la navegación. En cualquier caso se le invocaba incluso antes que a Júpiter, padre de los dioses equivalente al Zeus griego. Era el dios que protegía los umbrales, las entradas y las salidas, y aseguraba buenos inicios y mejores finales.

Según otras versiones más sofisticadas, como la que da otro diccionario de Mitología griega y romana (éste dirigido por Pierre Grimal), Jano habría llegado a Roma exiliado desde Tesalia (un territorio con fama de tener entre sus habitantes, de ambos sexos, abundantes magos) y en la Ciudad Eterna fue acogido por uno de sus reyes míticos: Cameses.

Al parecer Cameses habría gobernado junto a él y Jano habría engrandecido Roma elevando una pequeña urbanización en la colina que sería conocida después como Janículo. No sólo eso, para que no pare esa mezcla de Historia y Mito, Pierre Grimal nos dice que Jano llegó desterrado desde su Tesalia natal acompañado por su esposa, llamada Camise o Camasena. Habría tenido varios hijos. Uno de ellos llamado Tíber. Como el río que pasa por Roma en la actualidad.

Con todo esto era lógico que fuera el dios propicio para proteger el final del año que se cerraría sobre sí mismo pasados varios meses. Otra vez. Él lo vigilaría gracias  a sus dos rostros barbados, que miraban en una dirección y en otra y le otorgaban capacidad para ver el pasado y el futuro.

Aparte de eso, Jano, con el tiempo, por esas mismas características, pasó a convertirse en un dios que reflejaba las contradicciones propias de la existencia. Especialmente las de cada persona que, sumadas unas a otras, generan las contradicciones de cada época y cada sociedad con las que, de un modo u otro, debemos vivir. O tratar de vivir.

En ese aspecto, Jano es también un dios de lo más apropiado para consagrar la llegada de un nuevo año en el que, desde el tiempo de los romanos, se formulaban buenos deseos o augurios. Tal y como se dice hoy día en la actual Italia, donde se desea eso, precisamente: buenos augurios para la Navidad y el nuevo año.

Sí, no está nada mal recordar al viejo dios pagano en estas fechas en un mundo tan lleno de contradicciones como éste en el que vivimos. Uno en el que, por ejemplo, hay gente que vive -espléndidamente- de ser un tahúr intelectual -como esos que Paolo Sorrentino desenmascaraba genialmente en “La gran belleza”- capaces -por ejemplo y por decirlo con una hipérbole- de montar una exposición sobre temas históricos con instrumentos comprados en la sección de Juguetería de un “Todo a cien”, mientras se trata de convencer al público que paga la Fiesta de que se es, en realidad, todo un Montesquieu o un Voltaire. Sin ir más lejos.

Sí, Jano, el gran dios Jano que marcaba el inicio y el fin del año, y recordaba las contradicciones del ser humano, es, como todo lo que podemos sacar de la Cultura clásica (la sólida, la de verdad, no la que vive de -por seguir con las hipérboles- poner tapones de botellas en la barandilla de La Concha y performances similares, que dejan a los contribuyentes que lo pagan con cara de idiotas) una gran metáfora, una fábula con una moraleja que nos enseña lo difícil, a veces imposible, que es intentar mantener dos cosas contradictorias al mismo tiempo que, tarde o temprano, tendrán que colisionar.

Tengámoslo presente a la hora de formular buenos deseos para este año que empieza. Especialmente aquellas personas que tienen en su mano los resortes de poder que pueden impedir, por ejemplo, que se llame “Cultura” a lo que no es, ni más ni menos, que un insulto a la inteligencia salido de cabezas poco amuebladas pero tan llenas de astucia como un vendedor de medicinas curalotodo de esos habituales en los “Western“ crepusculares. O intentar mantener un Estado del Bienestar (con su Hacienda, sus pensiones, su Salud Pública) en el marco de un sistema económico que -paños calientes de Telediario aparte- está dominado y parasitado por una ideología que demanda la destrucción de tales seguridades implantadas un ya lejano 1945, en el que en Europa humeaban aún las ruinas de la última gran guerra provocada por esas mismas ideas…

Sí. Será bueno que recordemos en este comienzo de año lo que en realidad nos quiere decir el dios bifronte: que querer una cosa y su contraria al mismo tiempo suele ser un camino directo al desastre. Por ejemplo el de vivir en una sociedad en la que se administran la cosa pública (la Cultura, las pensiones, la Sanidad) de acuerdo al programa de aquel rey de otra fábula más cercana a nosotros.

Ese al que unos cuantos estafadores que se hacían pasar pos sastres le vendieron un traje muy caro que, en realidad, no existía, y, para mayor escarnio, le hicieron pasearse desnudo por la calle, haciendo ver -qué remedio- que, en realidad, iba vestido con unas sedas, tafetanes, terciopelos y oro que sólo existían en su imaginación y en la caradura de los estafadores que le habían sacado el dinero y se reían a mandíbula batiente del éxito de tanta tontería y tanta malicia redomada.

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Cine y Navidades. Aprendiendo Historia del Tiempo Presente gracias a “Rogue One”
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Carlos Rilova | 26-12-2016 | 11:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente estoy padeciendo otra de esas rachas en las que voy al cine casi todas las semanas.

En esta ocasión no me quise perder ver en pantalla grande una de las sensaciones de la temporada. Por supuesto oportunamente estrenada en Navidades.

Me refiero a “Rogue One”, una película de ciencia-ficción que cierra el ciclo de esa serie que en España, desde 1977, se tradujo (no sé si acertadamente) como “Guerra de las Galaxias”.

Se supone, en efecto, que “Rogue One” cierra esa larga saga que empezó en el año 1977 y que en el caso de algunos (en el mío por ejemplo) ha durado toda una vida desde la Infancia hasta eso que llaman (o llamaban antes) “mediana edad”.

Así es, “Rogue One” (título que, por suerte, no ha sido traducido porque sonaría algo así como “Rufián Uno”), cuenta el momento inmediatamente anterior al inicio de la primera de todas las películas de esta longeva saga cinematográfica que, después de ser estrenada en el año 1977, revolucionó tanto el Cine como el género de la ciencia-ficción.

Después de verla en la pantalla grande (para evitar que me pasase lo mismo que con la primera de todo el lote, que jamás vi en ese formato) salí desconcertado del cine y eso es lo que me ha llevado a convertir el tema de esa película en un correo de la Historia. Por difícil de creer que parezca.

Me explico. Dentro del campo de la Historia hay especialistas que se dedican a utilizar como materia de estudio el Cine, abordándolo no sólo desde el punto de vista de Historia del Arte, sino como fuente de información sobre una determinada época o sobre cómo una época en concreto -la nuestra, por ejemplo- ha reflejado determinados acontecimientos o ha expresado determinadas ideas que, como es lógico, influyen en muchos millones de personas, al ser el Cine un medio de difusión masivo.

E so es válido no sólo para el Cine que llamamos “histórico”, que reproduce -con mejor o peor fortuna- una época del pasado, sino para otro tipo de películas. Incluso de las que hablan de un lejano futuro. Como podría ser el caso de la que nos ocupa.

De hecho, hay teóricos de la Historia del Cine que sostienen que el trasfondo de las películas dice más sobre la época en la que fueron hechas, que lo que cuenta explícitamente la película en sí.

Es lo que me pareció en el caso de “Rogue One”. Sigo explicándome. Esta película ha sido hecha en el año 2016 y en su desarrollo muestra unas diferencias abismales con la de 1977 (la llamada “Guerra de las Galaxias”) a la que se supone precede en el tiempo.

Así es, “Rogue One” trata de emular -tal y como sus productores prometieron- el estilo casi artesanal -y aun así impresionante- con la que se hizo la del año 1977. Sin embargo, más allá de respetar la estética de la primera película de la serie estrenada en ese año, “Rogue One” es el producto de una época (la de la segunda década del siglo XXI) que difiere mucho de 1977.

“La Guerra de las Galaxias” estrenada en ese año era el resultado de una época que todavía tenía ilusiones, esperanzas de un  futuro mejor, más prospero y con menos miedo.

Por esa razón, probablemente entre otras, “La Guerra de las Galaxias” se basaba en uno de los temas básicos de la Narrativa. Es decir, el que llama el “Motif Index” (que recoge todos los temas narrativos de la Humanidad y sus diversas variantes) “el viaje del héroe”.

La pauta de ese tema narrativo es como sigue: un muchacho insignificante con sueños de gloria, logra finalmente verlos hechos realidad después de haber vencido numerosas pruebas y peligros que lo hacen merecedor de las mayores recompensas y reconocimientos. Unos que, en la mayoría de ocasiones, se catalizan en la conquista sexual (más o menos sublimada) de una princesa, que lo eleva por esa vía a rango de rey.

Con pequeñas variantes, esa era la temática de “La Guerra de las Galaxias”. Seguro que lo recuerdan.

En “Rogue One” todo eso ha desaparecido casi completamente. Es una película más oscura y gastada que “La Guerra de las Galaxias”. Ciertamente la heroína protagonista de la película realiza algo parecido al “viaje del héroe” que en 1977 correspondía llevar a cabo a Luke Skywalker, pero el desarrollo de la película se pierde en meandros cada vez más oscuros. Sobre todo para el público occidental. En especial el de países que tienen tropas destinadas en frentes como Irak, a causa de las llamadas “Guerras del Golfo” de 1991 y 2003.

La escena en la que en “Rogue One” las tropas imperiales sacan de la ciudad santuario de Jedha los cristales de Kyber que -se supone- son una fuente de energía esencial para el sistema de armas avanzadas del Imperio Galáctico, parece sacada de cualquiera de los muchos telediarios en los que -desde 2003- se nos han contado  ataques de milicias insurgentes post-Saddam contra unidades norteamericanas, británicas, españolas… patrullando fuera de la llamada “Zona Verde” de Bagdad o más allá de Kabul.

De hecho, es difícil, muy difícil, no ver ese trasfondo en esa escena en la que un sistema imperial roba un mineral energético (como el petróleo) para seguir manteniendo en marcha esa misma maquinaria imperial que exige esa expolio seguido de una destrucción masiva, sin paliativos, de todo lo que se opone a esa misma lógica imperial.

No contaré nada más, para no hacer eso que ahora llaman “spoiler” que, traducido al español, sería algo así como “chafar el final de la película”, porque seguro que habrá más público dispuesto a ver esta cinta que, por cierto, ha intentado ser boicoteada (como “La reina de España” entre nosotros) por elementos que demuestran hasta dónde podría llegar la “Era Trump” en la, hasta ahora, considerada mayor democracia del Mundo. Una en la que, sin embargo, hay elementos a los que no parece gustarles demasiado (como a los “ultras” españoles) que les señalen algunas crudas verdades desde la pantalla de un cine. Aunque sea en metáforas como las que expresa “Rogue One”.

Sólo les diré que esa película nos cuenta una historia desesperada. La de una sociedad que debe imponerse por medio del terror militar para seguir viviendo y tiene que racionalizar la lógica imperialista para no venirse abajo al tiempo que enfrenta una guerra civil.

Por ejemplo, es seguro que el nombre de Kyber (en la versión española lo pronuncian como “kaiber”) dado a los cristales de energía que el Imperio necesita expoliar, no ha sido elegido inocentemente por los dos guionistas de la película ahora en la lista negra de las hordas que votaron a Trump (ese presidente que quiere hacer entrar en razón al Mundo aumentando el arsenal nuclear, según sus últimas declaraciones).

Kyber, o Khyber, no es una palabra inocente. Es el nombre de un paso de montaña fundamental para controlar ese estratégico pedregal que es Afganistán y por el que distintos imperios llevan luchando desde los tiempos de Alejandro Magno. Si tienen ocasión, echen mano del DVD (o de lo que usen en estos casos) para ver otra magnífica película de los años setenta, también muy “de Navidad”: “El hombre que pudo reinar”. En ella dos grandes actores como Michael Caine y Sean Connery dan vida a un par de soldados británicos de la época imperial victoriana que tratan de emular a Alejandro -y a la mismísima reina-emperatriz Victoria- creando un imperio con lo que se extiende más allá del Paso Khyber.

Quizás eso les ayudará a comprender mejor el oscuro mensaje que relata “Rogue One”, que es tan sólo un síntoma de nuestra Historia del Tiempo Presente. El de la cuesta abajo, hacia un mundo más negativo, más oscuro, más desesperanzado, que hemos andado entre 1977 y 2016 y que queda perfectamente reflejado en las diferencias entre “La Guerra de las Galaxias” y su precuela “Rogue One”.

 

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Una serie de conferencias sobre una larga serie de guerras civiles. España entre 1833 y 1973
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Carlos Rilova | 18-12-2016 | 21:00| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya advertía la semana pasada, este lunes, al igual que el anterior, este correo de la Historia se dedicará, aunque sea brevemente, a hablar de actividades de la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”.

Si la semana pasada anunciábamos la inauguración de una exposición patrocinada por el Ayuntamiento de Irun sobre el siglo XVIII, que, felizmente, empezó su andadura este miércoles pasado y la continuará hasta el día 8 de enero, éste tenemos el honor, y la satisfacción, de anunciar, para los que están en Donostia en estas fechas, el inicio de un ciclo de conferencias en la céntrica calle Garibay (nº 19) sobre las guerras carlistas.

Todo esto empezará el día 20, a partir de las 19:30. Nos hablará Javier Sada, cronista de la ciudad, acerca del interesante estado en el que San Sebastián se encontraba durante esas dos guerras carlistas que la afectaron intensamente, con dos asedios (1833-1839) y (1873-1876).

Posteriormente, el día 27, hablará el que estas líneas escribe, sobre un tema poco conocido: ¿qué pasa cuando el Carlismo empieza a convertirse en un anacronismo, en la Europa de la “Gran Guerra” en la que las ametralladoras, y revoluciones como la de 1917, acaban, de raíz, con cualquier causa “romántica” como lo podría haber sido la carlista?.

Finalmente el día 4 de enero de 2017 hablará Jorge Garris, doctor en Historia Contemporánea, especialista en Geopolítica y el, por ahora, mas reciente socio de “Miguel de Aranburu”.

Su tema será, en el mismo lugar, y a la misma hora, la vida del general Cabrera. Una biografía novelesca pero, sin embargo, real. La de un alto mando carlista que rechaza el famoso “Abrazo de Vergara” en 1839, siguiendo la lucha hasta convertirse en un personaje de leyenda (y, desde luego, de novela, como bien lo pudo comprobar Pío Baroja) pero que, sin embargo, tras seducir a una sensible damisela británica, volverá la espalda a la causa carlista. E incluso se pondrá en contra de ella en el año 1875…

En principio, este es el plan de ese ciclo de conferencias con el que la Asociación de historiadores tiene planeado acabar este intenso año 2016.

A primera vista, sin duda, todo se reduce a hablar de viejas guerras con generales y soldados de entrañable aspecto, con sus románticas trazas, sus exagerados adornos capilares (fundamentalmente patillas y mostachos), sus poses enfáticas en grabados y fotografías que, a pesar de ser un asunto muy serio en 1833, o en 1876, hoy nos parecen casi cosa de risa.

La realidad es muy distinta. ¿Por qué?. Muy sencillo, el día 20 de diciembre (es decir, este martes en el que iniciamos este ciclo) se cumple el aniversario -otro más- de la muerte, en atentado, del almirante Luis Carrero Blanco.

En principio, la organización del evento de este ciclo de conferencias para esa fecha no tiene la menor carga simbólica. De hecho, estábamos pensando en dar la primera charla para el día 14 de diciembre. Sin  embargo, por cuestiones de agenda, el inicio de ese ciclo acabó coincidiendo con la mismísima fecha en la que el régimen franquista se quedó sin sucesor por la vía más abrupta que cupiera imaginar.

Es decir, un atentado terrorista que se convirtió en parte de la cultura popular española de la época de la Transición.

Carrero era extremadamente impopular en una España en la que – mayoritariamente- se esperaba que, tras la inminente muerte del dictador Franco, todo volvería a la relativa normalidad de 1931 definitivamente interrumpida en 1936 por la Guerra Civil. Carrero molestaba. Enormemente. No sólo a la banda terrorista ETA, que fue quien lo eliminó. También a muchos otros.

No voy a entrar en esos escabrosos detalles. Lo primero porque lo importante para nosotros es, aquí y ahora, esta serie de tres charlas sobre las guerras carlistas. Lo segundo porque un  grupo de historiadores diversos ha publicado un volumen en el que reúnen  diversos estudios en los que se considera la significación histórica de ese atentado. Su título, algo complicado pero verdaderamente sugerente, es “El atentado contra Carrero Blanco como lugar de (no-)memoria. Narraciones históricas y representaciones culturales”.

Sus editores son Patrick Eser y Stefan Peters. Contiene estremecedores relatos, recopilados por, por ejemplo, Joseba Zulaika. Antropólogo pero, a su vez, testigo directo, de aquellos años de disimulada, pero no por eso menos intensa, barbarie con los que el régimen vencedor de la Guerra Civil agonizó y se transformó.

Lo interesante del libro es, quizás y sobre todo, cómo expone la descomposición final de una España que, desde 1833, desde la muerte del último rey absoluto español (en efecto, Fernando VII), había sido incapaz, a diferencia del resto de países occidentales europeos, de ir creando a partir de esas fechas el camino político hacia una democracia sólida y viable como las que se consolidaron -parece que definitivamente- en esas latitudes tras la Segunda Guerra Mundial.

El atentado de Carrero, que tuvo lugar un 20 de diciembre de 1973, es acaso la imagen más impactante de ese fracaso -si se puede llamar así- que sumió a España en cinco guerras civiles desde 1823 en adelante en las que una facción afecta al Absolutismo (en todas sus variadas formas. Desde el Carlismo hasta el Fascismo puro y duro de Falange Española de las JONS) trató de aniquilar (en el sentido más gráfico y literal de ese término) a los españoles que habían hecho suya la bandera de las ideas revolucionarias de 1789.

Carrero y su atentado, en 20 de diciembre de 1973, como nos cuenta el libro de Peters y Eser, pusieron fin -esperemos que para siempre- a ese ciclo infernal.

Si quieren saber más sobre cómo España se fue contaminando de esa podredumbre ideológica, de esa incapacidad de articular un sistema político razonable entre 1833 y 1936, sólo tienen que pasarse este martes por la donostiarra calle Garibay a las 19:30.

Hablaremos, largo y tendido, de esas guerras, las carlistas, que fueron el primer y variado síntoma de una sociedad -la vasca y la española- que no entraba con muy buen pie en la Historia contemporánea…

Nos vemos, pues, allí, para comprender mejor la Historia detrás de ciertos acontecimientos. Como por ejemplo la voladura, controlada, del delfín de una anomalía política en el Mundo occidental de 1973 como lo era el régimen del general Francisco Franco. Último heredero, y algo así como un albacea algo aprovechado, de las ideas carlistas que alimentaron guerra civil tras guerra civil en la España del siglo XIX y XX.

 

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¿El “Siglo de las Luces” es algo que sólo les pasó a otros?. Invitación a una exposición (1766-2016)
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Carlos Rilova | hace 12 horas| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, y la que viene, dedicaré el correo de la Historia a hablar de algunas de las actividades organizadas por nuestra Asociación de historiadores “Miguel de Aranburu” para cerrar este 2016.

A comienzos de ese año la Asociación se comprometió con el Ayuntamiento de Irun para realizar una serie de actividades a lo largo de este 2016 que ya acaba. El objetivo principal de las mismas era que recordasen a su ciudadanía cómo hace 250 años, en 1766, en pleno Siglo de las Luces, esa ciudad consiguió independizarse de lo poco que quedaba ya de la tutela política a la que -desde la Edad Media- la tenía sometida la vecina plaza fuerte de Fuenterrabía (hoy Hondarribia).

De algunas de ellas ya se habló en otros correos de la Historia. Pero hoy nos toca hablar de la exposición “Irun Argien Mendean”, o, por su título en castellano, “Irun en el Siglo de las Luces”.

Los comisarios de la misma somos Ana Galdós Monfort, una de las socias de “Miguel de Aranburu” con amplia experiencia en estas cuestiones, y el que estas líneas escribe éste como, casi, todos los demás lunes desde el año 2012.

¿Cuál es el fin, el eje en torno al que gira esa exposición que se abrirá este 14 de diciembre a las 18:00 en el centro Palmera Montero de Irun?.

Yo lo resumiría (con permiso de la otra comisaría) con una frase mordaz que usaba el inefable Rowan Atkinson en una no menos mordaz serie de Televisión histórico-satírica: “Blackadder”. Seguro que la recuerdan. Especialmente los lectores del País Vasco que la vieron en castellano y euskera en varias ocasiones, merced a nuestra EITB.

Se trataba de contar la Historia de Gran Bretaña de manera jocosa a través de las (des)venturas de una imaginaría familia de nobles ingleses, los Blackadder (traducido: los Víboranegra, o, en euskera, Sugegorri Beltza) entre las turbulencias de la Baja Edad Media y el dramático final  de la serie en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

En los episodios dedicados al período de la llamada Inglaterra isabelina, la que corresponde con lo que normalmente llamamos “Renacimiento”, el Blackadder de turno (como siempre interpretado por un versátil Rowan Atkinson) intentaba que su tosco criado -Baldrick- aprendiese algo de la Nueva Ciencia que se empieza a desarrollar en la época.

El resultado, naturalmente, era tragicómico, porque Blackadder era incapaz de hacer que entrase nada en esa dura cabeza. La sarcástica conclusión del frustrado caballero era que, para Baldrick, “El Renacimiento era algo que les pasaba a los demás”…

Eso, precisamente, es lo que trata de demostrar nuestra exposición irundarra: que el siglo XVIII, la Ilustración, el Siglo de las Luces, no fue, precisamente algo que “les pasó a los demás”.

Por medio de diversos objetos e imágenes históricas, sacados unos y otras de los archivos municipales de la zona o de recursos propios, se ha reconstruido en varios paneles y vitrinas una Historia en la que, quien quiera, podrá, desde este 14 de diciembre, ver las conexiones -a veces insospechadas- entre una localidad guipuzcoana (Irun, claro está) y los grandes acontecimientos que, normalmente (como es desgraciadamente habitual), siempre creemos que ocurren en otras partes del Mundo y, ni por asomo, asociamos con nada que tuviera que ver con lo que ocurrió aquí.

Tratamos, en definitiva, de mostrar, por medio de esos objetos históricos y esas imágenes, que el juicio de uno de los principales ilustrados -Voltaire- sobre los vascos, no fue, precisamente, su pensamiento más acertado. Exactamente cuando dijo que los vascos eran un pueblo feliz que danzaba al son del tamboril a ambos lados de los Pirineos… Como, si en efecto, la Ilustración, el Siglo de las Luces, el convulso Siglo XVIII, fuera para ellos algo que, como el Renacimiento para el criado de Lord Blackadder, sólo les ocurría a los demás.

Gracias a la exposición podrán vislumbrar al menos que la Ilustración no pasó de largo por Irun, que a ella llegaron las mismas ideas innovadoras que exponía la Enciclopedia de Diderot y D´Alembert, que las costumbres y las ideas políticas también evolucionaron allí y que la Economía también cambió, al mismo ritmo que en el resto de la Europa dieciochesca y, finalmente, que las guerras constantes entre los distintos reyes europeos, tampoco pasaron de largo por Irun y, menos aún, la última consecuencia de todo aquello.

Es decir: el cataclismo revolucionario del año 1789 que trajo hasta Irun la última guerra de aquel Siglo de las Luces y con ella, aparte de todos los problemas que traen las guerras, una serie de ideas (constitución, derechos individuales, Libertad…) que ya no se irían jamás de esas latitudes. Por mucho que fueran la causa de unos siglos XIX y XX aún más convulsos, donde los partidarios de todas las promesas del siglo XVIII estuvieron guerreando, durante más de cien años, con los que pensaban que todo eso debía ser debelado, incluso destruido hasta la raíz…

Si están estas vacaciones de Adviento por la hoy muy visitada Capital Cultural de Europa (es decir, San Sebastián) o por el bello “País del Bidasoa” que decía el casi siempre malhumorado Pío Baroja (hijo gruñón de aquel Siglo de las Luces y del que vino después) pásense por el centro Palmera Montero de Irun y contemplen cómo los reflejos, a veces deslumbrantes, del Siglo de las Luces llegaron, por supuesto, hasta Irun. Donde ocurrieron en esas fechas cosas que ya han visto en el Cine. Aunque tal vez nunca se imaginaron que, en efecto, ocurrieran también, cerca, muy cerca, de sus propias casas, en la misma ciudad de Irun…   

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“¡Constitución o Muerte!”, o razones para ir a ver “La reina de España” de Fenando Trueba (1808-2016)
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Carlos Rilova | 05-12-2016 | 10:56| 4

Por Carlos Rilova Jericó

Como todas las semanas, el jueves o el viernes, a más tardar, el habitual autor de estas líneas, tiene siempre el mismo problema. Es decir: de qué escribir cada lunes.

En esta ocasión el problema me lo ha resuelto un artículo de opinión publicado este viernes en la edición de papel de este mismo periódico, “El Diario Vasco”.

En él se glosaban las penurias por las que está pasando Fernando Trueba con su nueva película, “La reina de España”, debidas a un boicot con el que lo están castigando por sus (para mí al menos) mal traídas palabras de hace un año, cuando el ministro Méndez de Vigo le entregó el premio Nacional de Cinematografía y Trueba lo agradeció -digámoslo así- respondiendo que no se sentía español y que ojalá la Guerra de Independencia la hubiera ganado Napoleón.

Yo reaccioné ante aquello y escribí un artículo al respecto en esta misma página, leyéndole la cartilla a Fernando Trueba (así puede describirse el asunto) sobre quién era realmente Napoleón y lo mal que nos hubiera ido de ganar él -Napoleón- guerra alguna.

Sostengo y no enmiendo el contenido de este artículo. Pero, desde luego, en ningún caso apoyo, a fecha de hoy, el boicot al que se está sometiendo a “La reina de España”. Yo he ido a ver la película. De hecho, en contra de mi inveterada costumbre de no arriesgarme con un estreno salvo el día del espectador, la vi este viernes. Y recomiendo que se vaya a verla. Encarecidamente.

“La reina de España” es una sátira del cine supuestamente “histórico” que se hizo durante la Dictadura franquista. Es decir, algo de tan baja calidad como el cine histórico que haría hoy día el DAESH sobre el Islam o el régimen de Corea del Norte sobre la Historia de Corea.

Es, además, una película que, al margen de todo lo que se ha vertido contra ella apenas ha salido a la luz, niega, rotundamente, aquello de “segundas partes nunca fueron buenas”.

Es cine de excelente factura. Lleno de guiños cinéfilos -ese John Scott que es un trasunto de John Ford y Samuel Fuller, los bajos fondos y secretos inconfesables del Hollywood de los cincuenta…- y también es una excelente película histórica, que narra, mezclando de manera genial la tragedia y la comedia, lo que fue la Historia de España y del Mundo desde la Segunda Guerra Mundial en adelante. Y todo esto con actores y actrices en eso que los críticos suelen llamar “estado de gracia”, complementándose entre ellos en una película donde forman un gran protagonista colectivo que enseña mucha Historia de España que, tal y como es contada, sólo puede ofender a quienes añoran a Adolf Hitler o alguno de sus conspicuos aliados pasados o presentes.

Sólo por eso merece la pena ver esa película. Pero aparte de por esa razón, “La reina de España” debe ser vista porque hace doscientos años muchos españoles cayeron en más de 300 campos de batalla, de Cádiz a Toulouse pasando por Gijón, Los Arapiles, Tolosa, San Marcial… gritando consignas que podríamos resumir en “¡Constitución o Muerte!”.

Esos hombres, esos españoles, entre los que también hubo mujeres, luchaban contra la opresión que significaba el régimen militaroide, dictatorial, de Napoleón Bonaparte.

Piensen bien en ello. No lo dudaron un segundo. Muchos de ellos se alistaron bajo las banderas de los ejércitos patriotas para mantener viva la última llama de Libertad que quedaba encendida en Europa continental en el año 1808. Lo demostraron claramente con la proclamación, en 1812, de la segunda constitución europea después de la promulgada por la Convención francesa tras ejecutar a Luis XVI. Muchos de esos hombres (aunque no todos, es cierto) se jugaron la vida por ella, por esas Libertades, entre las que se contaba la de poder discrepar, tener una opinión diferente.

Imaginen lo que fue aquello. Ser parte de los Tiradores de Cantabria, del 1º, 2º o 3º de Guipúzcoa, o de las unidades bajo mando de Mina o de un largo etcétera de regimientos y divisiones, como la Yberia… Ser integrado en una línea de Infantería o Caballería que, bajo la orden de expertos oficiales profesionales, debía aguantar, a pie firme, bajo la bandera blanca y roja, con la cruz de Borgoña, las descargas de la que pasaba por ser la mejor Infantería de Europa en esos momentos… Ya lo han visto en el Cine. Sólo que con soldados vistiendo otros uniformes parecidos a los que vestían esos españoles en 1808, en 1809, en 1810, en 1811, en 1812…

Los hombres caen como espigas ante la guadaña del segador. La línea no vacila. Finalmente un oficial da la orden de carga. En 1812, la consigna, en ese momento de cargar, era cualquier grito similar a “¡Constitución o Muerte!”, o “¡Patria o Muerte!” o “¡Libertad o Muerte!”, que, al fin y al cabo, venían a significar casi lo mismo. Incluso “¡Viva Fernando VII!”, que para muchos de esos soldados era, en esas fechas, lo mismo que “¡Constitución o  Muerte!”.

Por eso se luchó hace doscientos años. Y por eso se ganó hace doscientos años. Por eso fue bueno que Napoléon no ganase la Guerra de Independencia (por más que Fernando VII resultase, después, ser un rey absolutista y felón) y por eso creí hace un año -y sigo creyendo- que Fernando Trueba se equivocó al decir lo que dijo en San Sebastián hace un año.

Pero por esa misma razón, en este puente de la Constitución, en el que estamos de vacaciones, sencillamente, gracias a que, al fin, después de mucha crueldad, guerras, desencuentros, horrores varios…, se armonizan en España las creencias ultracatólicas como la de la Inmaculada Concepción con la Constitución heredera de la de 1812, creo que el boicot a la película de Fernando Trueba es no sólo un error (porque la película no lo merece) sino una deshonra para los hombres y mujeres que en 1808, 1809, 1810, 1823… cayeron en los campos de batalla gritando “¡Constitución o Muerte!”. Porque ellos luchaban, y se jugaron la vida, y muchos la perdieron, para que en este país hubiera verdadera Libertad. Para que un caricaturista, si pensaba que era oportuno, pudiera burlarse hasta del mismo rey. Para que alguien, cualquier español, dijera, incluso, que hubiera preferido que Napoleón ganase la Guerra de Independencia.

Por esas razones históricas estoy, y estaré, siempre en contra de ese vengativo boicot a la película de Fernando Trueba que, insisto, deberían ir a ver, para saber siquiera en que sumideros históricos ha vivido España los últimos 80 años y de los que -ya va siendo hora- deberíamos salir. Lo primero respetando las opiniones ajenas, evitando la destrucción de quienes, dentro del mínimo respeto a algo llamado “democracia”, no piensan como nosotros, pues, por desgracia, ya hemos tenido bastante de eso en los últimos dos siglos y ya va siendo hora de que eso cambie y esto sea, por fin, un país civilizado.

Sólo por esa razón, porque mañana les podría tocar a ustedes como hoy le está tocando a Fernando Trueba, no caigan en esa miserable trampa. Avergüencen a quien la ha urdido, renieguen de él, de ella o de ellos… Vayan a ver “La reina de España”. Aunque no estén de acuerdo con el director. O precisamente por esa misma razón.

Demuestren que en este país hay personas cabales y decentes. Personas que honran la memoria de quienes prefirieron morir hace dos siglos luchando por la Libertad, por la verdadera Libertad, contra Napoleón. Para que, como vemos en la película de Fernando Trueba, no hubiera campos de la Muerte como Mauthausen. O su casposo equivalente español. Todavía en funcionamiento allá por los glamurosos años dorados de Hollywood. Por increíble que pueda parecer tan vergonzosa circunstancia, muy bien descrita (quizás demasiado para algunas mentes enfermas de odio a la democracia y a la libertad de opinión) en “La reina de España”…

 

 

 

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La Historia da muchas vueltas. Los soldados irlandeses de Su Majestad Católica de España, Rob Roy, una (o dos) rebeliones jacobitas y el Ku Klux Klan (1719-2016)
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Carlos Rilova | 28-11-2016 | 10:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Probablemente parecerá imposible que todos los temas que cito en el título de este nuevo correo de la Historia tengan entre ellos alguna relación.

Sin embargo la tienen y, claro está, hablaremos de ella. Más que nada porque -como decían en cierta célebre película- me ha parecido una oferta que no podía rechazar hacer una incursión en el tema de esa siniestra organización racista, el Ku Klux Klan (o KKK), que tanta notoriedad ha vuelto a adquirir -en prensa, TV, etc…- desde que Donald Trump ganó las elecciones. Eso aun después de asegurar que el KKK -una organización eminentemente antidemocrática- no le causaba problema de conciencia.

El KKK y lo que le rodea, visto desde el punto de vista de la Historia, una vez más, no puede adquirir un tinte más absurdo que le lleva a uno a opinar -modestamente, si se le permite- que el Mundo, en general, está bastante necesitado de una buena dosis de cordura colectiva.

En efecto, si leemos sobre la parafernalia que acompaña al KKK desde su fundación al término de la Guerra de Secesión estadounidense en 1865, y que no le ha abandonado, en general, en sus sucesivas reediciones desde esa fecha, las cosas rozan realmente lo absurdo consideradas desde la Historia.

Tomemos por ejemplo ciertos acontecimientos del año 1719. No nos vendrá nada mal recordarlos, puesto que, de paso, aprenderemos algo por estas latitudes, al Sur de los Pirineos, sobre nuestra Política Exterior en el Siglo de las Luces. Cosas que, como saben, son ampliamente ignoradas por nuestra opinión pública, que no parece haber avanzado mucho desde, digamos, el año 1955 en adelante.

En 1719 Felipe V, azuzado por su dominante esposa, Isabel de Farnesio, y por un primer ministro digno de la pluma de Alejandro Dumas padre, el cardenal Giulio Alberoni, decidió declarar la guerra a todas las potencias europeas, sintiendo las fuerza españolas lo bastante reorganizadas como para acometer ese desafío. No voy a entrar en demasiados detalles al respecto porque podríamos estar aquí hasta el Día de Año Nuevo hablando de qué pretendía el cardenal Alberoni o la reina Farnesio. Hay abundantes libros sobre el tema. Alguno incluso firmado, en parte, por el que estas líneas escribe y ese es el lugar adecuado al que acudir para aclararse, con calma, sobre aquella intriga de altos vuelos que da para varias películas, series de Televisión y unas cuantas novelas históricas.

Me centraré en un pequeño acontecimiento de esa guerra a gran escala que terminó con la entrada de dos grandes ejércitos por el País Vasco y Cataluña y una épica lucha, con asedios como el de San Sebastián que duró casi dos meses.

Mientras eso ocurría en la Península, Su Majestad Católica trató de crear problemas a sus numerosos enemigos en frentes secundarios. Por ejemplo, al rey británico en las, todavía, levantiscas Tierras Altas de Escocia.

Desde los puertos de Cádiz y La Coruña se embarcaron diversas tropas de línea, armamento y otros efectos que debían ayudar a sublevar a los clanes de esas Tierras Altas contra la que ellos consideraban dinastía usurpadora de los Hannover, que reinaba desde Londres.

La expedición tuvo escasa fortuna, pero no fue un completo desastre. Parte de ella logró desembarcar en la costa occidental escocesa, acantonándose en un castillo escocés, Eilean Donan, que les resultará verdaderamente familiar, pues ha sido abundantemente utilizado en películas y, sobre todo, en publicidad de diversas marcas de whisky escocés.

Se trataba, fundamentalmente, de Infantería de línea española, el regimiento Galicia en particular, pero, también de algunos oficiales de origen irlandés (tildados de mercenarios por los británicos).

Esos soldados eran, por supuesto, de confesión católica, condición sin la cual no se entraba en servicio del rey español en aquella época. También eran católicos parte de los hombres de los clanes que se iban a sublevar y a luchar junto a ellos en contra de los Hannover. Quien conozca Glasgow, la “otra” capital de Escocia después de Edimburgo sabe bien de la rivalidad aún existente en la zona entre gente de una religión y otra, ahora expresada por medio del fútbol…

En cualquier caso, en ese año de 1719, los escoceses jacobitas recibieron con entusiasmo a aquellos soldados enviados por el rey español y, se dice, convocaron a alzarse por Dios y los Estuardo a todos los buenos y leales escoceses. Al parecer utilizaron el viejo sistema de mandar a un jinete enarbolando una cruz en llamas para atraer al punto de reunión a todos los partidarios de la “Buena Vieja Causa”…

Es aquí donde se produce la absurda confluencia histórica entre este episodio histórico, que acabó en una gran batalla en la que los casacas blancas españoles se batieron hombro con hombro junto a Rob Roy y otros highlanders contra los casacas rojas del rey Jorge.

El episodio se repetiría en la última rebelión jacobita, la de 1745. En ese año hubo varios oficiales irlandeses al servicio de España que acudieron allí, por orden de su rey, a dar algo de orden y eficacia militar a los entusiastas pero bastante desorganizados highlanders…

El KKK, tanto desde sus inicios como, sobre todo, desde su resurgir con el estreno de la película de David Wark Griffith “El nacimiento de una nación” -claro vehículo de exaltación de esa sociedad y su chirriante ideología- ha alardeado de ser una organización que agrupaba a descendientes de escoceses. De ahí vendría lo de “Klan” y también la cruz ardiente que los identifica en la actualidad en sus insignias y que utilizan o bien en el centro de sus reuniones periódicas o para amenazar a sus víctimas, clavándolas ante las casas de los señalados como tales.

Una parafernalia que, como vemos, vendría a coincidir con la utilizada por los escoceses jacobitas, sublevados, una vez más, en 1719.

Sin embargo, el KKK clama que, por esas mismas razones que trata de subrayar por medio de esas señas de identidad, su objetivo es mantener una Norteamérica blanca, anglosajona y protestante…

Algo verdaderamente sorprendente si lo consideramos desde el punto de vista de lo que ocurrió en Eilean Donan en 1719 o en 1745, cuando, recordémoslo, soldados españoles e irlandeses, católicos y al servicio de un rey igualmente católico y nada anglosajón, desembarcaron en Escocia como aliados de los clanes escoceses convocados por las cruces de fuego a combatir a un enemigo hannoveriano de lo más anglosajón y protestante…

Es muy probable que los actuales miembros del KKK que usan esa retórica de escocesismo protestante, clánico y ribeteado de cruces de fuego, nada sepan de ese episodio de Eilean Donan, o el de 1745, y cómo choca frontalmente con la lógica de todo lo que ellos defienden. Como, probablemente, nada sabían de ello los que fundaron el KKK en 1866. Henchidos, por supuesto, de ese característico complejo de superioridad anglosajón tan propio de Inglaterra y sus colonias y estados asociados, como Escocia.

Sin embargo, esos son los hechos históricos que dejan el discurso de esos supremacistas blancos envueltos en sabanas y capirotes en un lugar bastante absurdo. Ese que nos advierte del escaso sentido común que, a veces, muestran los seres humanos, de la facilidad con la que se dejan arrastrar a actos atroces por el miedo irracional, por la ignorancia y por gestos simbólicos muchas veces vacíos de contenido, de lógica.

Como, por ejemplo, la idea de clanes ancestrales reunidos en torno a cruces de fuego para defender a la religión protestante y a la supremacía blanca frente a católicos, negros, “morenos”, “latinos”… que fue justo lo contrario de lo que ocurrió en Escocia en 1719 o 1745. Cuando valerosos soldados españoles e irlandeses al servicio de un rey “latino” y católico, fueron recibidos -con verdadero alborozo- por clanes escoceses en abierta rebelión contra el rey alemán y protestante sentado en el trono de Londres…

Campaña de mecenazgo

Durante varias semanas el correo de la Historia ha sido uno de los medios de comunicación de los que la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” se ha servido para dar a conocer su proyecto de redacción de una nueva Historia de Gipuzkoa que estuviese a la altura de la que ya poseen, desde hace años, otros países y territorios de nuestro entorno.

Nos es grato anunciar hoy que ese objetivo ha sido cumplido con creces. Una ocasión que aprovechamos para agradecer a otros medios su ayuda para lograr ese objetivo y a nuestros 122 mecenas su imprescindible colaboración.

A partir de hoy quedan todavía 6 días en los que, quienes así lo deseen, aún pueden engrosar ese número de mecenas que harán posible nuestra nueva Historia de Gipuzkoa a través del proyecto de Crowfunding lanzado por la Diputación Foral de Gipuzkoa y gestionado a través de Goteo.org. Una posibilidad que puede conocerse mejor a través de este enlace  https://www.goteo.org/project/historia-de-gipuzkoa

 

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Reyes, cardenales, dictadores, fascistas, periódicos y Guerra Civil. La más estúpida (y sangrienta) farsa de la Historia de España (1659-1959)
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Carlos Rilova | 21-11-2016 | 11:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ya dije hace un tiempo que intentaría no hablar, al menos aquí, del tema de la Guerra Civil española. Principalmente porque es un tema histórico rodeado de un ambiente, sencillamente, malsano.

Sin embargo, una de las investigaciones en las que estoy involucrado me ha puesto ante los ojos una tentación verdaderamente difícil de rechazar.

Gracias a la amabilidad del personal de la Biblioteca de la Diputación Foral guipuzcoana Koldo Mitxelena Kulturunea, he podido consultar una fuente verdaderamente rara, casi única, sobre ese episodio histórico que llamamos “Guerra Civil española”.

Se trata del periódico controlado por el que, con muy escasos matices -a veces imperceptibles- podemos llamar partido fascista español. Es decir, “Falange Española y de las J.O.N.S.”.

El título de este periódico -quizás les suene a los más mayores del lugar- era “Arriba”. O lo fue más tarde, a medida que los ardores fascistas se iban apagando poco a poco, cuando el búnker del Führer cayó bajo las tormentas de acero del verdadero Ejército Rojo y no del inventado, para España, por la propaganda franquista.

En la fecha en la que yo lo estoy estudiando, en su fundación en el sangriento verano del 36, “Arriba” todavía se llamaba “¡Arriba España!”. Así, con ese énfasis que los falangistas de primera hora ponían a todo lo que hacían…

El contenido, desde luego, no desmerecía en absoluto del agresivo título que casi hacia tragar al lector, sin digerir, el grito de guerra de los camisas azules.

Los titulares solían ir escritos entre exclamaciones, con mucha expresión de epítetos como “imperial”. Eso cuando aquella ditirámbica intelectualidad de la dialéctica de los puños y las pistolas, no estaba dando rienda suelta a un antisemitismo que ahora cierto revisionismo sobre la Guerra Civil olvida con demasiada frecuencia. O bien cantando las alabanzas del Fascismo italiano o el Nazismo alemán…

Sin embargo, lo más inquietante -para el historiador- de todo aquello que revela aquel “¡Arriba España!” del sangriento verano del 36, es la ignorancia de la propia Historia de España que estuvo detrás de quienes, con argumentos de ese calado, tomaron las armas y colapsaron al gobierno del Frente Popular. El mismo, por cierto, que había en Francia en esas fechas y que, mal que bien, se mantuvo hasta que los nazis declararon la guerra a ese país cuatro años después.

Esa ignorancia supina, reptante, -¿acaso cargada de mala intención, mintiendo deliberadamente?- se manifiesta especialmente en el número de 5 de septiembre de 1936. En él, los falangistas que escribían los titulares se atrevían a decir que, con la toma de Irún por parte de las tropas sublevadas, se lavaba la mancha de lo que esa redacción considera, nada menos, que el primer 98. Ese que habría sufrido España no ante Estados Unidos en Cuba y Filipinas, sino ante la mesa de negociaciones de la Isla de los Faisanes en 1659 siendo obligada a firmar por el cardenal Mazarino la Paz de los Pirineos… Así dicho no parece nada importante, pero para el historiador que ha investigado el tema -y hasta ha publicado un estudio sobre ello- la impresión que causa ese titular no puede ser más escalofriante.

Para empezar, los redactores de “¡Arriba España!”, haciendo gala, como decía, de una ignorancia histórica abisal, consideraban, en primer lugar, que el “segundo 98” (según sus cuentas, el de 1898) había destruido el imperio español. Cosa absolutamente falsa, como podían atestiguar muchos miles de marroquíes y guineanos, que seguían siendo súbditos de un imperio español muy recuperado desde el año 1900 en adelante. Uno que en nada se distinguía del de franceses y británicos en las mismas latitudes. Acaso no en el tamaño, pero sí en el grado y los métodos de explotación ejercidos.

Por otra parte resulta cuando menos asombroso que él o los redactores de ese titular, a los que se suponía intelectuales bien formados, con un bagaje académico, considerasen que estaban salvando a España de una catástrofe secular, iniciada en 1659, tomando a sangre y bayoneta Irún no de manos de un gobierno extranjero, sino del propio que había salido de unas elecciones.

La Paz de los Pirineos -les invito a leer sobre el tema, empezando por “Cardenales, reyes, príncipes y dictadores”, que fue el estudio donde descubrí todos esos resortes históricos- estuvo bastante lejos de ser ningún 98. Esa versión enfermiza de esos hechos data no de 1659 sino, más bien, de 1859. Cuando un político metido a historiador con más furia que talento, como era el caso de Antonio Cánovas del Castillo, impuso esa retorcida interpretación de los sucesos de 1659. No porque fueran ciertos desde el punto de vista histórico, sino porque así le convenía a él y a su carrera política. Una que, por desgracia, le ha dado una fama póstuma mejor y mayor de la que en realidad merecería alguien que dicen que dijo que “español era quien no podía ser otra cosa”, pero en lugar de solicitar -por ejemplo- la ciudadanía suiza, y abandonar un país para él tan despreciable, insistió en ser su presidente de gobierno. Varias veces…

De ese craso falseamiento de la Historia de España provenía el énfasis de esos falangistas redactores de “¡Arriba España!” el 5 de septiembre de 1936. Pero la cosa podía ir aún peor. Y lo fue. Un par de décadas después de escribir esos estúpidos ditirambos sobre que la fratricida batalla de Irún lavaba la supuesta derrota de 1659 (sólo existente en las espesas cabezas de gente como los redactores de “¡Arriba España!”) toda esa sangre derramada se convirtió en una triste farsa.

En efecto, en el año 1959, cuando la masacre ya había culminado y el régimen que apoyaron aquellos falangistas de 1936 sobrevivió traicionando a la misma Alemania hitleriana que fue la única razón por la que logró ganar aquella guerra, esos mismos -o muy parecidos- falangistas bajaron el tono de voz -y la cabeza- ante las potencias a las que insultaban en 1936.

Así es, en 1959, los mismos, o casi los mismos, jerarcas falangistas del 36, ahora con camisa blanca y corbata, con un buen cargo en la Administración de la Dictadura, con algunos kilos de más…, doblaron la rodilla en ese mismo Irún en el que, gracias a un baño de sangre entre ciudadanos españoles, decían estar escenificando la reparación de una imaginaria derrota en el año 1659.

Las circunstancias obligaban. Había que aceptar cualquier mano tendida. La de la Francia gaullista, por ejemplo. Y había que agradar a ese país, que era prácticamente el único que podía evitar el hundimiento económico de un régimen tan patético, tan indigente, que tuvo que traer del exilio a antiguos economistas republicanos para evitar su colapso económico.

Para eso, en definitiva, había valido aquella supuestamente “gloriosa” victoria de septiembre de 1936, que lavaba en sangre española la también supuesta derrota de 1659. Para acabar diciendo a todo que sí, para arrastrarse ante la Francia gaullista en el 300 aniversario de la firma de la Paz de los Pirineos, aullando patéticamente que España se merecía en 1659 ser pisoteada por la Francia de Luis XIV, afirmando -en contra de toda verdad histórica- que ese había sido el verdadero significado de la Paz de los Pirineos.

Así de barata salió la sangre derramada en aquella guerra civil que, bajo esta perspectiva, se torna una farsa ridícula y abominable, una matanza destructiva alentada por ignorantes que ni siquiera conocían su propia Historia y a los que lo mismo les daba escribirla del derecho o del revés. Dependiendo ese relato no de los hechos objetivos, sino de lo que convenía a sus intereses políticos de cada momento. Algunos, como los de 1959, plenamente contradictorios con lo que habían defendido -matando y fusilando sin piedad- en el infernal verano de 1936.

Este martes, a las 19:30 en el Koldo Mitxelena Kulturunea, quienes tengan la suerte de estar en San Sebastián, podrán saber algo más -gracias al ciclo de conferencias que organiza nuestra Asociación- sobre este desquiciado tema de la Guerra Civil, de sus supuestos orígenes y de las, a veces, endebles causas (tan manipuladas por ciertos mistificadores desde la primera década del 2000), de aquella cruel farsa que, como acabamos de ver, fue alentada por gente que ni siquiera conocía bien su propia Historia y se justificaron de cualquier modo. A cualquier precio. Incluso sosteniendo una cosa y su contraria en menos de 20 años. Todo para no abandonar un poder omnímodo, cruel y corruptor ejercido sin control durante cerca de 40 años.

 

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Durante varias semanas el correo de la Historia ha sido uno de los medios de comunicación de los que la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” se ha servido para dar a conocer su proyecto de redacción de una nueva Historia de Gipuzkoa que estuviese a la altura de la que ya poseen, desde hace años, otros países y territorios de nuestro entorno.

Nos es grato anunciar hoy que ese objetivo ha sido cumplido con creces. Una ocasión que aprovechamos para agradecer a otros medios su ayuda para lograr ese objetivo y a nuestros 122 mecenas su imprescindible colaboración.

A partir de hoy quedan todavía 13 días en los que, quienes así lo deseen, aún pueden engrosar ese número de mecenas que harán posible nuestra nueva Historia de Gipuzkoa a través del proyecto de Crowfunding lanzado por la Diputación Foral de Gipuzkoa y gestionado a través de Goteo.org. Una posibilidad que puede conocerse mejor a través de este enlace  https://www.goteo.org/project/historia-de-gipuzkoa

 

 

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