Diario Vasco

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Cuando se habla de Historia… hay que llegar hasta el principio. Las matanzas de los yazidíes, los “adoradores del diablo”, Marco Polo y el Estado Islámico de Irak
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Carlos Rilova | 19-08-2014 | 09:38| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente la actualidad, ya lo habrán notado quienes siguen esta página habitualmente, no da al historiador mucho respiro. Constantemente aparecen temas “de Telediario”, por así llamarlos, que llaman su atención. Fundamentalmente sobre el hecho de qué cosas con tanta solera, sean, todavía hoy, temas de actualidad.

Ese es el caso de una de las noticias de más repercusión durante la semana pasada. A saber: la de la persecución por parte del autoproclamado “Estado Islámico de Irak y Levante” de los llamados “adoradores del diablo”. Es decir, los yazidíes.

Si han seguido el asunto sólo a través de los telediarios de algunas de las llamadas “cadenas generalistas”, probablemente no se habrán enterado muy bien del origen de la saña con la que los fundamentalistas islámicos persiguen a esta curiosa religión.

En la prensa escrita, tanto en formato digital como convencional, sí se ha profundizado más en el asunto y se ha hablado de que los yazidíes son “adoradores del diablo”, tema pudorosamente ocultado en algunos de los telediarios de mayor difusión.

Algo bastante absurdo y preocupante, pues en la llamada “sociedad de la información” la noticia de que los yazidíes son, supuestamente, adoradores del diablo no se puede mantener oculta por mucho tiempo -lo pueden comprobar metiendo las palabras correspondientes en cualquier motor de búsqueda- y a saber qué lecciones van a sacar de ahí quienes se limitan a ver los telediarios para informarse de lo que está ocurriendo. Por ejemplo cuando se enteren de que los “buenos”, los que son perseguidos por el enemigo común -es decir, los islamistas-, en realidad, parece ser, adoran al diablo…

En definitiva, estas no son maneras de informar y hoy cuesta, un poco más, creer que alguien gane un jugoso sueldo por dar las noticias de semejante modo tan descuidado o -quién sabe- censuradas de manera tan absurda.

Así es, ocultar que los yazidíes han sido considerados durante siglos “adoradores del diablo” y perseguidos como tales no sólo por musulmanes fanáticos, sino por mucha otra gente (por ejemplo Saddam Hussein), no va a hacer mejores, en nada, a los combatientes del Estado Islámico de Irak y el Levante, más conocidos por sus siglas en inglés: “ISIS”.

Por otra parte resulta chocante que en algunos telediarios, que ahora tienen secciones conocidas como “a fondo” y cosas parecidas, no se haya hecho siquiera un mínimo esfuerzo para contar a su público -que bien lo merece- la Historia completa de los yazidíes y los equívocos en torno a ellos. Más o menos lo que yo les voy a contar ahora en poco más de un folio y medio.

Si acudimos a la fuente más utilizada hoy por hoy fuera de los medios analógicos, es decir, Wikipedia, descubriremos -sobre todo si usamos la versión en inglés, por desgracia mucho mejor informada que la versión española- que los yazidíes son un grupo étnico-religioso sin estado propio -al revés que Israel- dividido en varios países o áreas étnicas: Kurdistán, Irak, Siria…

Se trata, nos seguirá diciendo ese mágico Aleph, de una creencia sincrética -es decir, que mezcla dogmas de varias religiones- y que data de mucho antes que el Cristianismo y, por supuesto, el Islam.

Wikipedia, y otros artículos de prensa publicados en versión digital, también les sacarán del error acerca de que los yazidíes sean realmente “adoradores del diablo”.

Esa falsa información data del hecho de que el Ser Supremo para ellos es Melek Taus, que se puede traducir, más o menos, como  “el ángel pavo real”. Uno de los siete espíritus o ángeles que según los yazidíes gobiernan el Mundo en nombre de Dios. Un ser demasiado supremo para ellos como para ser adorado directamente.

Resulta que uno de los nombres de esa entidad vicaria de Dios -el angélico pavo real- se confunde con la palabra árabe para el principio del Mal que compartimos cristianos, musulmanes y judíos: sheitan, chaitan, satán…

De ahí salió todo ese equívoco asunto que ahora tan bien les esta viniendo a los islamistas del ISIS para justificar la masacre de los adeptos de esa religión que, para su desgracia, están asentados en no pequeña cantidad cerca de Mosul. La ciudad que además de crear la tela conocida desde los tiempos de Marco Polo como “muselina”, está cerca, muy cerca, de importantes recursos estratégicos como gas y petróleo.

Es curioso, eso sí, ya que hablamos de Marco Polo, que en  algunos de los artículos que circulan por ahí, se haya sacado a relucir el carácter antiquísimo del credo yazidí como prueba -una más- del grado de barbarie de los islamistas del ISIS, que estarían exterminando a una religión muy anterior a ellos.

Aquí otra vez volvemos al incomprensible error de ciertos telediarios ocultando que los yazidíes son tomados por “adoradores del diablo”. Para informar, evidentemente, el informador o informadora tiene que informarse en primer lugar.

Lo cierto es que un credo tan sincrético como el yazidí no parece haberse concretado, tal y como hoy lo conocemos, hasta bien entrada nuestra Edad Media. El hecho se menciona de pasada en algunos artículos publicados en formato digital -otra vez la Wikipedia y otros más- donde se señala que, hasta la llegada a la zona de mayoría yazidí -en el siglo XII de la era cristiana- de representantes del credo islámico sufí, los yazidíes no habrían dado forma definitiva a esa religión que ahora tantos problemas les trae a manos de seguidores del Islam. Unos que tendrían mucho que aprender del Sufismo. Tal vez la versión más venerable y admirable de las enseñanzas del profeta. Sobre todo por su sabia tolerancia y su búsqueda de la salvación sin necesidad de matar a nadie, ni enterrarlo vivo, ni cosas parecidas a las que ahora practican los islamistas del ISIS…

En efecto, parece difícil que los yazidíes fueran confundidos con “adoradores del diablo” antes del siglo XII. Marco Polo, con un olfato increíble para toda clase de herejías y falsas creencias lejos del Dios verdadero -para él el católico romano-, no dice ni una sola palabra de tal credo como el yazidí en el “Libro de las maravillas” que él llamó “La descripción del Mundo” -cito la traducción de 1983 hecha por Juan Barja de Quiroga para editorial Akal- y que escribió a finales del siglo XIII…

Es extraño que micer Polo, tan dado a hablar de hombres con cabeza de perro, de viejos de la Montaña y asesinos drogados con “hashish” para masacrar y robar a todo el que pasaba pos sus dominios, de falsas creencias cristianas como la de los nestorianos, o la del reino del “Preste Juan”, no oyese, ni viese, nada de “adoradores del diablo” a su paso por Mosul. Momentos en los que sí describe tanto el petróleo como la existencia de “adoradores del fuego”. Es decir, seguidores de Zoroastro -el Zaratustra de Nietzsche-, la religión del actual Irán antes de que el Islam lo sometiese y que, en buena medida, es el eje central de las creencias de los yazidíes.

En fin, ya ven qué poco cuesta -de momento y por ahora- estar bien informado. Aprovechen esta ganga mientras dure. Luego, ya se imaginarán, sólo les quedará “la Tele” y otras informaciones deficitarias sobre asuntos tan serios como el que hoy hemos tratado y que, como ven, se entienden mucho mejor cuando se sabe de Historia. Un saber que a medio plazo, créanme, cuesta mucho, en todos los sentidos, tanto adquirir como transmitir.

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Una breve Historia de las emergencias sanitarias. De la Peste Negra al ébola (1348, 1630, 1665, 2014…)
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Carlos Rilova | 11-08-2014 | 09:39| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana se ha hablado cada vez con más frecuencia e intensidad de la que ya se denomina epidemia de ébola.

Las razones que han contribuido a esto, yo diría, son que esa espantosa enfermedad, que mata, según nos dicen, de un modo casi fulminante a más de la mitad de los infectados, empieza a extenderse más allá de lo habitual en la zona central de la costa Oeste de África, sumando en unas dos semanas más de 900 muertos, llevando a la Organización Internacional de la Salud, la famosa, “OMS”, a declarar algo que han llamado “Emergencia Sanitaria Internacional”. Eso por un lado. Por otro, en el caso de España, la polémica repatriación de un misionero de esa nacionalidad que presentaba síntomas de haber sido infectado por ese virus devastador, también parece haber contribuido a ocupar espacio informativo con esta cuestión.

Viendo todo esto me venían recuerdos. Recuerdos del temario obligatorio en nuestras clases de la Facultad acerca de las epidemias y su impacto en ese devenir de los seres humanos que llamamos “Historia”.

Lo primero que me chocó de las informaciones que vamos recibiendo, es esto de declarar “Emergencia Sanitaria Internacional” un brote de una enfermedad desgraciadamente endémica en esa zona de África -por razones socioeconómicas, aparte de biológicas, cosa que se olvida con frecuencia- que, de momento, no parece haber salido muy lejos de su círculo fatídico habitual, tanto gracias a las medidas de control sanitario que se han tomado en el hemisferio rico -de China a Estados Unidos pasando por la UE- como a que el virus sólo parece encontrar condiciones extremas favorables -climáticas, económicas, higiénicas…- en esa zona.

Lo cierto es que, visto desde la perspectiva histórica, a primera vista eso parece bastante exagerado comparado con lo que ocurrió hace unos 800 años.

Me refiero a la plaga de peste bubónica, la llamada “Peste Negra” que asoló Europa, de parte a parte, en 1348 y siguió haciéndolo, hasta pasado el siglo XVII, con brotes esporádicos, muy localizados, pero, en ocasiones, muy virulentos. Como fue el caso de la epidemia de Londres en el año 1665. El llamado “Año de la Plaga”.

Así es, los testimonios de supervivientes de la peste bubónica de 1348 hablan de familias, barrios, ciudades, regiones enteras asoladas en cuestión de días por muertes continuas, fulminantes, que acababan con los infectados en cuestión de horas, dejando relatos estremecedores, de personas que habían tenido que enterrar a toda su familia en cuestión de días, a veces en muy pocas horas.

Parece que estamos lejos de esa situación si la comparamos con lo que está ocurriendo en el foco africano que la OMS -esperemos que así sea- se está esforzando por aislar y controlar.

Las muertes allí, pese a las duras condiciones que facilitan el desarrollo del ébola, se suceden con mucha más lentitud, no se extienden con rapidez, saltando de región en región, de país en país.

Pero eso no ha impedido que una difusa atmósfera de pánico haya empezado a extenderse merced a las informaciones confusas, incompletas,  subjetivas (¿realmente se abandona a los infectados en los centros habilitados al efecto según se ha dicho?), que nos van suministrando los medios de comunicación.

Es algo habitual en estos casos. La Italia de la década del 1630 ofrece buenos ejemplos -a favor y en contra- de lo frágil que es la condición humana cuando llegan noticias de un mal que puede matar en cuestión de días y se transmite por contacto, por el aire.

Alessandro Manzoni en su “Historia de la columna infame” describía la histeria que se extiende por Milán en el año 1630, cuando cunde el rumor de que la ciudad está siendo infectada de peste a propósito por algunos desalmados, que untaban las paredes -de ahí el nombre de “untori” con el que se les describe- con una pasta amarillenta que, se supone, contenía el germen de la plaga. Entre ellos se acusó incluso a un caballero español de la exclusiva Orden de Santiago: Juan Cayetano de Padilla.

Tal vez porque era hijo del alcaide de la fortaleza de Milán. Un punto clave, como saben los lectores de “La isla del día de antes” de Umberto Eco, en la larga guerra que mantienen las casas de Austria y de Borbón, desde el siglo XV en adelante, por el control del Norte de aquella desunida y desmantelada Italia. Por tanto una víctima propiciatoria muy adecuada para los miembros del partido profrancés de Milán, que con eso, acaso, pretendían demostrar la perversidad de Felipe IV, capaz de recurrir a esta guerra biológica avant la lettre con tal de sojuzgar aquel ducado tan estratégico para sus planes de guerra contra Francia…

Ese estado de pánico en el que la enfermedad se mezcla con esos feos asuntos bélicos y políticos, sin embargo no se reproduce, por ejemplo, tres años después con una epidemia de peste muy real, que afecta al Gran Ducado de Florencia, donde la lucha será entre las autoridades eclesiásticas y las civiles por aplicar los medios que cada cual considera más adecuados para acabar con la epidemia. La Iglesia con multitudinarias procesiones y rogativas y las autoridades civiles tratando de cortar el contagio empezando por prohibir aglomeraciones como esas que, en efecto, sin entrar en su eficacia moral, favorecían el contagio de la enfermedad por contacto, sin genero de dudas. Todo ello muy bien descrito en un libro del historiador Carlo Maria Cipolla, “¿Quién rompió las rejas de Monte Lupo?”, que les recomiendo tanto como el de Manzoni.

Y volviendo al hoy, ¿qué pensar de todo esto?. ¿Vuelve a equivocarse de manera escandalosa la OMS llevándonos a un punto en el que habría que elegir entre esos dos escenarios, el Milán de 1630 o la Florencia de 1633?. ¿Es realmente necesaria la emergencia sanitaria internacional?.

Lo cierto es que, echando mano de las cifras, se debe dar un voto de confianza a la OMS, tan sospechosa en asuntos así desde el fiasco de la famosa “gripe aviar”.

Si tomamos el libro que Daniel Defoe sacó oportunamente en el año 1722, el “Diario del año de la peste”, describiendo la epidemia de peste bubónica en el Londres del año 1665, la OMS parece, esta vez sí, estar actuando razonablemente. En Londres las muertes por peste avanzaron lentamente. Llegando los primeros infectados desde Holanda, al parecer, en diciembre de 1664. Primero fueron sólo dos caídos extramuros de la ciudad. Desde entonces hasta el mes de junio de 1665 se sumaron incrementos a lo largo de varios meses de 300, 400 muertes en focos localizados. Alarmantes, pero que daban fundadas esperanzas de que la epidemia no prendería.

Vana esperanza a partir del mes de junio, en el que en una semana ya se registrarán más de 700 muertes. Cifra que era sólo el preludio de muchas más, hasta sumar más de cien mil antes de que acabase el año, asolando la capital de una de las principales naciones europeas, hasta despoblarla prácticamente…

Vistas así las cosas puede parecer, en efecto, razonable esa “Emergencia Sanitaria Internacional” desde las 800 muertes. Esperemos que sea una medida realmente eficaz -por ejemplo para erradicar el virus- y, sobre todo, que no sea otra oprobiosa espantada para hacer negocio con falsas pandemias como aquella famosa gripe aviar que, al final, causó menos mortandad que la gripe estacional de cada invierno… Así sea, siquiera para que no parezca que en el año 2014, en pleno siglo XXI, estamos más atrasados que en el Milán de 1630. Al menos los que no somos Jean-Marie Le Pen…

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El día en que Cataluña fue independiente. Del teniente coronel Macià al ex “Molt Honorable” Pujol. La Historia como bomba de relojería (1931-2014)
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Carlos Rilova | 04-08-2014 | 09:29| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy pensaba hablar de alguna cosa menos bronca, de alguna anécdota amable sacada de eso que Carlos Fisas llamó “Historias de la Historia” y que tanto éxito tuvo hace unos 30 años.

Pero no he podido. La culpa la ha tenido el hallazgo de un interesante número de una revista que los lectores fieles de este correo de la Historia conocen bien, “L´Illustration”, gracias a las veces que ha proporcionado material para llenar esta página, y el bombardeo mediático al que estamos siendo sometidos en relación al feo asunto de la fortuna de los líderes -por antonomasia- del nacionalismo catalán: los Pujol.

Sin entrar en demasiadas reflexiones sobre el tema, lo que está claro es que el asunto ha sido -y lo está siendo desde 2012- todo un torpedo, bien dirigido desde Madrid, contra la línea de flotación del independentismo catalán, que, eso sí que es evidente, sigue sin apearse de su idea de convocar una consulta y poner en solfa la unidad de ese estado de la Unión Europea llamado “España”, provocando -eso parece al menos- un importante cataclismo político.

Cada cual, está claro, se defiende como puede. Eso no quita, sin embargo, para que uno pueda opinar que esa defensa no es, desde luego, la mejor.

Sabido es que en el mencionado estado de la Unión Europea llamado España, “Cultura” y “Política” andan bastante peleadas. De hecho, lo que la Política entiende por Cultura a veces -demasiadas veces- acaba en la promoción de engendros que, además de caros, parecen surgidos de alguna pesadilla producto de un banquete oficioso con exceso de langosta y vinos generosos.

Eso lleva a un menosprecio de determinados conocimientos, como puede ser el caso de la Historia, que, desgraciadamente, parece considerarse como una especie de divertimento para diletantes, como ya hemos señalado en esta misma página muchas veces. Como algo que no es capaz de aportar nada realmente eficaz a la gestión de los asuntos públicos. Ni siquiera a considerarse como conocimiento útil para esas funciones.

Yo, como es lógico en un historiador, no puedo estar de acuerdo. Y leyendo ese viejo número de 1931 de “L´Illustration” estoy aún más en desacuerdo. Que alguien que se ocupa de la gestión de la cosa pública en España, sea incapaz de tener la perspectiva histórica que da el conocimiento de lo que les voy a hablar de inmediato, me parece como poco irresponsable y desde luego peligroso. Y no sólo para los que manejan la cosa pública de modo tan espurio, sino para los que nos vemos obligados a soportar esos errores a medio y largo plazo. Puede que incluso a corto.

Ese reportaje de “L´ Illustration” de 25 de abril de 1931 es un documento histórico de primer orden. Nos ofrece un interesante punto de vista sobre lo que ocurre en España a partir del 14 de abril de ese mismo año. Es el de un miembro de la intelectualidad francesa que llena de elogios a España -tanto al rey que se exilia como al gobierno provisional que hará la transición a la república- por haber sido capaces de entenderse sin derramar sangre, y anteponiendo los intereses del estado, de la nación, a los particulares de cada uno de ellos.

Algo, esos elogios, a agradecer, teniendo en cuenta la imagen, generalmente truculenta, que la prensa francesa ha tendido a difundir sobre España (y para hacerse una idea no tienen más que consultar el correo de la Historia de la semana pasada).

El largo artículo está en general bien informado, el reportaje gráfico es de primer orden. Casi al nivel de un Doisneau. A veces, sin embargo, se equivoca. Por ejemplo cuando dice que Alfonso XIII se limitó a reinar y no a gobernar, interviniendo en Política. Cosa incierta y que, de hecho, llevó finalmente al 14 de abril de 1931.

Pero, en general, el análisis es verdaderamente certero. Y sobre todo lo es cuando describe el proceso por el cual, a partir del 14 de abril de 1931, Cataluña se proclama independiente “de facto” al proclamar la República catalana, que, como nos dice el reportaje, es algo que no es, exactamente, lo mismo que la República española proclamada a partir de ese día en todo el territorio nacional.

Lo más curioso de este artículo es que señala que si la unión entre las dos repúblicas se vuelve a reestablecer -como así fue- se hará gracias a un diálogo entre las dos partes. Representadas en esos momentos por un ex-teniente coronel del Ejército español de la época monárquica, Francesc Macià, elegido presidente de esa república catalana, y Niceto Alcalá-Zamora, que lo era del gobierno provisional que daría paso a la Segunda República.

El reportaje de “L´Illustration” señalaba que una amplia autonomía podría contentar las aspiraciones de esos independentistas -y al final así fue- pero lanzaba un sabio aviso al respecto: el problema era de fondo, histórico, y no valían para resolverlo soluciones de contingencia…

Lo más escalofriante de esa lectura, hecha desde hoy día, entre finales de julio y principios de agosto de 2014, es que finalmente se aplicaron soluciones contingentes, parches que acabaron siendo reemplazados por una solución drástica: un golpe de estado, una guerra civil de tres años entre 1936 y 1939, y, a partir de entonces, un régimen de excepción, policíaco, que sofocó, en sangre y con otras medidas, toda veleidad independentista. Incluso, hasta bien entrados los años sesenta del siglo pasado, el más leve catalanismo.

El resultado de todo eso, como viene a verse ahora, ha sido nulo. En efecto, no es hoy muy difícil ver que, en términos históricos, el problema está donde estaba en 1931. Hagan las cuentas. Son 83 años -se dice pronto- sin haber buscado una solución sólida al problema de la unión entre Cataluña y el resto de España.

¿Qué se podría haber hecho desde 1978 en adelante, en un sistema legitimado por las urnas y no por la fuerza?. En lugar de alimentar a un nacionalismo insaciable y, como ahora se viene a ver, cleptocrático -del griego “klebo”, robar, y “kratia”, poder, forma de gobierno-, por medio de una ley electoral que da más problemas de los que evita, se podría haber puesto pie en pared antes que haber aceptado el apoyo de esos partidos que, en definitiva, por su propia naturaleza, lo quieren todo. No soluciones de trampantojo como la famosa fórmula federal, que jamás contentará a independentista alguno. Se podría, también, haber popularizado una Historia común, de unidad frente a enemigos exteriores como Francia durante las guerras napoleónicas. Se podría haber dado a conocer biografías apabullantes como la de Domingo Badía, militar catalán y explorador al leal servicio de la corona española a finales del siglo XVIII, del que ya hablé en otro correo de la Historia, de 2012, por estas mismas razones que traigo hoy, de nuevo, a colación…

No se ha hecho. Se ha hecho, por el contrario, lo que nunca debería tolerar un gobernante responsable: sacar trapos sucios económicos que deberían haber salido a la luz hace muchos años. Al menos para no levantar sospechas de que se toleró una corrupción tan gigantesca que era imposible pasase desapercibida tanto tiempo…

O bien recordar a los catalanes, vía el libro “Catalanes todos”, que hubo mucho franquista entre ellos. Casi única aportación cultural, de momento, en esta “Cruzada” anticatalanista. Soluciones torpes que lo único que harán será cebar la bomba del independentismo para que estalle -tiempo al tiempo- dentro de ¿5?, ¿10?, ¿20? años, repitiendo el esquema iniciado hace ahora 83, dejando resuelto en falso, una vez más, un problema que gobernantes mejor preparados habrían solventado ya hace tiempo.

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¿Y la “Marca España”?, ¿bien, gracias?. Reflexiones históricas a partir del desastre aéreo de Malí
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Carlos Rilova | 29-07-2014 | 19:17| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

En menos de quince días se han sucedido tres catástrofes aéreas. La primera fue en Ucrania, cuando cayó derribado un avión de las líneas aéreas malasias al que se hizo explotar en vuelo, masacrando a toda su tripulación y pasaje. Más tarde la cola de un tifón hizo caer a un pequeño aparato de Taiwán.

Esta vez hubo supervivientes, por fortuna. Finalmente, el viernes se confirmó que un aparato de una línea aérea española se estrelló en Malí, muriendo todo su pasaje y tripulación. Entre ellos un donostiarra antiguo alumno de la Universidad de Deusto, todo lo cual toca bastante de cerca al que estas líneas escribe y a bastantes asociados de “Miguel de Aranburu”…

No resulta fácil dejar al margen una catástrofe humana de esa envergadura, que puede afectarnos a cualquiera de nosotros cualquier día, que hace perfectamente comprensible eso que llaman “pánico a volar” a pesar de que se nos repite, una y otra vez, que es el medio de transporte más seguro.

Tampoco resulta fácil hacer comentario alguno que no sea el de unirse al dolor de los que han perdido a sus familiares y amigos en ese golpe súbito y mortal.

Sin embargo, pese a ese velo abrumador, resulta también difícil quedarse impasible ante el modo en el que se ha tratado el tema del avión español.

En el caso del vuelo malasio derribado parece haber claros culpables. Probablemente los irregulares prorrusos que luchan contra la república de Ucrania para desgajarse de ella y unirse a la Federación Rusa.

En el caso del avión de Taiwán todo apunta a que ha sido un fenómeno metereológico extremo.

¿Y en el caso español?. Pues parece ser que también, que el avión de Swiftair cayó derribado por una tormenta de arena que impidió a los pilotos esquivar el relieve o que entorpeció sus aparatos de navegación.

En ausencia de otros indicios, como que el avión fuera alcanzado por un misil de alguno de los grupos armados que combaten en esa zona contra tropas españolas, malienses y francesas, esa parecía ser la explicación razonable.

Sin embargo, resultan curiosas, cuando menos, algunas declaraciones francesas y las reacciones españolas al respecto. Les recomiendo darse una vuelta por la edición digital del diario “El Mundo” de este 25 de julio, para que se den cuenta de cómo está la cosa a ese respecto. En el texto, bastante aséptico, se recogen unas declaraciones a la prensa del secretario de Estado de Transportes francés que indicaban que no había razón para culpar del accidente a los pilotos españoles…

Curiosa, en efecto, aclaración que, probablemente, habrá tenido que ver con las enfáticas declaraciones de nuestra vicepresidenta, más o menos en las mismas fechas, acerca de que sí, de que no hay razón para suponer que un avión gestionado y tripulado por una compañía española esté en peores condiciones que uno de Malí, de Taiwán o de Malasia.

Volviendo al artículo de “El Mundo”, si se fijan en los comentarios, hablan ahí, para rematar todo esto, unos cuantos usuarios cargados de ira sobre el papel insignificante -para ellos al menos- de España en la investigación de una catástrofe en la que quedaba implicado ese país, por ser de esa nacionalidad todos los que tripulaban el avión…

Y todo esto le lleva a uno a preguntarse, ¿qué es lo que está haciendo esa entidad llamada “Marca España”, que fue uno de los inventos del actual gobierno para mejorar la imagen de ese país allende sus fronteras a partir de 2012?.

El invento en cuestión, dependiente del Ministerio de Exteriores, empezó bastante mal. Recuerdo el estupor que me produjo ver en uno de sus eventos iniciales a varias bellas señoritas -vale, muy bellas- tocadas con peineta y mantilla de rica blonda repartiendo jamón ibérico en bandejas para demostrar… ¿qué, exactamente?. ¿Qué España seguía siendo el país oriental enclavado en Europa que Prosper Mérimée se quiso imaginar a principios del siglo XIX?.

Si desde luego ese era el objetivo, hay que decir que “Marca España” gastó correctamente el dinero público que se le confió para esos dispendios en jamón ibérico y mantillas usadas para ir a misa de doce en el largo siglo XIX, que, para nosotros -azares de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría-, duró entre 1859 y 1959.

Ahora venimos a ver las consecuencias. Evidentemente con un cartel como ese las dudas sobre el estado de los aviones españoles, la supuesta insignificancia de España en el asunto, reducida a víctima pasiva, -¿quizás a futuro chivo expiatorio?…-, eran cosa servida.

Todo esto, abordado desde el punto de vista de la Historia, parece lógico en relación a un país, España, que, para empezar, y es sólo un  detalle más, no maneja su imagen histórica desde finales del siglo XVIII, sino que deja que se la manejen gente como Prosper Mérimée y aventajados imitadores nacionales hoy vivos, con buena salud y disfrutando de altos honores en altas instituciones académicas del Estado. Algo que, al parecer, encima, obedece a un plan sistemático puesto de manifiesto en un libro que les recomiendo, una y otra vez: “Hispanomanía” de Tom Burns Marañón.

De otro modo es difícil entender que el dinero destinado a esa, según todos los indicios, inoperante “Marca España”, no se haya destinado, por ejemplo, a promocionar y popularizar, aquí y fuera de aquí, obras como “La leyenda negra” del historiador -español para más señas- Julián Juderías y Loyot. Un libro cabal, para su época -principios del siglo XX- en el que ponía la Historia de España al nivel de la del resto de Europa. Desmintiendo, por ejemplo, que la Inquisición española hubiera sido la única existente en el siglo XVI -como la mayoría del público cree- y que países supuestamente ejemplo de alta civilización en la época de Julián Juderías, se permitieran dar lecciones de ninguna clase al respecto, cuando tenían leyes que discriminaban a su población negra y autorizaban, “de facto”, su linchamiento…

Les recomiendo su lectura. Acaba de ser reeditado por su centenario. El libro les explicará, perfectamente, que hoy nuestro gobierno tenga que desmentir supuestas negligencias de maquinaría y tripulación española que habrían provocado, por eso mismo, una catástrofe aérea. Cosa que, según parece, no le ocurre a ningún otro país del Mundo. Probablemente porque, entre otros factores, es obvio que sus instituciones se esfuerzan en promocionar una imagen positiva en lugar de asumir como rasgos identitarios propios lo que, en realidad, solo son tristes reminiscencias de propaganda de guerra vomitada por otros países europeos -Holanda, Francia…- desde el siglo XVI en adelante. Algo que esa entidad llamada “Marca España”, supuestamente creada para deshacer ese entuerto, parece incapaz de corregir, dejando que todo siga, más o menos, como en 1862, en el triste estado que se aprecia en las ilustraciones de este nuevo correo de la Historia, con los franceses imaginando una España atrasada, diametralmente opuesta a la que ya tenía barcos de vapor idénticos a los del resto de Europa…

¿Alguien se hará responsable de tan gris resultado?. Seguro que no. Es más fácil matar al mensajero, como se hizo con otro rebatidor de la Leyenda Negra como Blasco Ibáñez, que -¿lo adivinan?. Exacto: murió, asqueado y exiliado, en Francia-, ir vegetando en una sinecura financiada con dinero público, como parece serlo la “Marca España”. Y así, con suerte -para el resto de españoles-, hasta que los responsables de tal desidia sean descabalgados por un cada vez más apetecible, radical, golpe de revés en las urnas que, a todas luces, parece muy necesario…

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Una vieja Historia muy moderna. De la invasión de Gaza a las amenazas contra Podemos
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Carlos Rilova | 21-07-2014 | 09:40| 13

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hay veces en las que uno no sabe de qué escribir en esta página. Otras uno tiene incluso demasiados temas de los que hablar.

Ese es el caso de esta semana. Llevamos ya casi medio mes oyendo hablar de la nueva guerra sorda entre israelíes y palestinos en torno a la franja de Gaza. Eso ya, por sí sólo, da para todo un artículo. Sin embargo, las polémicas en torno a la última “tormenta perfecta” electoral española, es decir Podemos, a lo largo también de toda la semana pasada, dan igualmente bastante de qué hablar al historiador.

Y por las mismas razones por las que decide arriesgarse a meterse en un avispero como el de la franja de Gaza. Es decir, porque ambas situaciones se comprenden mucho mejor -al menos tal y como han sido enfocadas- si son vistas desde el prisma de la Historia. Empezaré por el asunto de Gaza y luego hablaremos de esas cosas tan feas que se han vertido contra Podemos, principalmente desde las cloacas de las redes sociales.

David contra Goliat, Goliat contra David. La Historia oculta tras la franja de Gaza. Del 1200 antes de Cristo al 2014 después de Cristo.

Es difícil comprender de dónde sale tanto odio entre israelíes y palestinos. Y todavía, estoy seguro, les resultará aún más difícil de comprender después de que les explique que esa masacre, hoy tan desigual, empezó ahora hace cerca de tres mil años.

Sí, tal vez a los de más edad, todo esto les suene vagamente de las clases de Historia Sagrada que se daban en la mayoría de los colegios españoles no hace muchas décadas.

Sobre todo de la Historia, tan ejemplar, tan metafórica, de la también desigual lucha entre David y Goliat. Goliat, el filisteo.

Fíjense bien en esa palabra. Su origen se remonta al año 1200 antes de Cristo. En esa fecha, nos dicen los libros de Historia Antigua, llegaron desde el Norte, desde la península Eurasiática, los llamados “Pueblos del Mar”.

Entre ellos había gentes como los “Akaiwasha”, de donde luego saldrían los aqueos a los que cantó Homero, los de larga cabellera y hermosas grebas, conquistadores de Ilión. Es decir, de Troya,

Aparte de ellos había otros conocidos como “pulesatis” o “pilistim”. Pueblos igualmente feroces y guerreros que entraron a saco en la actual Palestina, donde se asienta desde 1947 el estado de Israel, fundando un poderoso reino, contra el que los hebreos lucharan años y años. Tal y como lo demuestran muchos libros de ese libro de libros, la Biblia, que, en parte, los cristianos compartimos con ellos y con los musulmanes.

La palabra “filisteo”, derivada de esos “pulesatis” o “pilistim”, llegó a hacerse tan odiosa que en la cultura judeocristiana -vamos, en la nuestra-, quedó asociada a bárbaro, a persona, sin gusto, retorcida. Algo especialmente utilizado por los estetas de la época victoriana.

De ahí vienen todos los horrores que estamos viendo ahora en televisión. Con diferentes ropajes que van desde el paganismo primitivo hasta el Islam actual, los “pilistim” se han estado batiendo de manera desigual con los que pasaban por ser los habitantes originarios de aquellas tierras. Ese pueblo elegido que ahora, con las tornas cambiadas tras la disgregación del Imperio Otomano y la Diáspora definitiva -hasta 1947 al menos- del pueblo hebreo, vuelve a por sus antiguos invasores, masacrándolos despiadadamente, biblicamente…

Ya ven, a eso se reduce todo. Los niños palestinos que hemos visto morir en televisión, los cientos de víctimas caídas del lado palestino frente a las escasas bajas en el lado israelí, se sustentan en una Historia muy vieja de odio enconado, de un pueblo que deseaba exterminar, arrojar al mar, a aquellos “habiru” con los que se encontró hacia el año 1200 antes de Cristo. Apenas nada ha cambiado. Sólo la suerte de las armas, que ahora favorece a los hebreos.

El historiador, después de hacer esta reflexión, no puede evitar preguntarse, aunque sea en voz baja, cómo es posible que en cerca de 3000 años ambas partes no hayan podido llegar a algún tipo de acuerdo. Uno que no pase por exterminarse mutuamente, por arrojarse al mar. Un designio especialmente notable en grupos radicales como Hamas, que no hace sino alimentar el espíritu de resistencia de los que, aún con las manos manchadas de sangre de niños hasta los codos, saben que sus antecesores estaban allí antes que los otros y que, después del Holocausto, la Shoah de 1939 a 1945, ya no puede haber tregua, que los hebreos deben volver, y han vuelto, a los tiempos de sus reyes guerreros: David, Salomón, los Macabeos, los Zelotas… Caiga quien caiga.

Las amenazas contra Podemos y la Historia

Vamos ahora con las amenazas contra Podemos, que también, como lo de la franja de Gaza, se entiende mucho mejor echando mano de la Historia.

Curiosamente, parece ser que hay algunos individuos que se sienten felices con la situación que ha dado a Podemos una gran base de electores, salidos de la indignación contra un gobierno más oligárquico que democrático. Lo más llamativo del caso es que dichos individuos no parecen pertenecer a esa oligarquía. Algo que se desvela en un pequeño detalle del que sólo se hicieron eco los informativos de Telecinco. En efecto, los individuos que hicieron un pastiche con “Los Fusilamientos del 3 de Mayo” de Goya en el que la plana mayor de Podemos era fusilada no por los marinos de la Guardia Imperial francesa sino por… la Legión española…, no parecen haber recibido una educación muy esmerada en exclusivos colegios privados

En efecto, lo que saca de ahí el historiador es que la ignorancia histórica del autor, o autores, del citado panfleto roza extremos delirantes. Según esa interpretación del cuadro, el profesor Iglesias y sus adláteres serían patriotas españoles -no “rojos bananeros”, como dice la leyenda del citado pastiche- masacrados por una fuerza militar que estaría actuando a mayor beneficio de una fuerza ocupante extranjera como lo fue la napoleónica y que, en este caso, debemos suponer, dada la buena sintonía entre los actuales habitantes de la Moncloa y la sra. Merkel, se trata de Alemania. Así la españolísima Legión habría pasado a jugar el mismo papel que la Guardia de José I a partir de 1808, rellena toda ella de afrancesados y otros traidores a la Justa Causa de la Nación, como se decía en 1814.

Y, así las cosas, no estaría nada mal el recorrido histórico que los que tiemblan ante la sola mención de Podemos han logrado dibujar. En poco tiempo esa formación habría pasado de agente del Chavismo venezolano, a patriota resistente contra una invasión extranjera y opresora que ha llegado a someter a sus dictatoriales dictados incluso a la Legión española… Ante ello sólo queda ofrecer un atónito aplauso a los que han logrado ejecutar ese triple salto mortal histórico con tanto entusiasmo.

Probablemente con esto engrosarán las filas de los votantes de Podemos, señalándoles a los interesados el camino correcto para sacudirse el yugo que los aplasta o que creen que los aplasta. Uno parecido al que el país se sacudió entre 1808 y 1814. Bravo. ¿Qué más se puede decir, salvo que los pueblos que ignoran su propia Historia acaban haciendo el idiota, como lo demuestra ese pastiche de los “Fusilamientos” de Goya?. Vayan tomando nota camino de las urnas, por favor.

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Historia para el 14 de julio. Vida de madame Roland
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Carlos Rilova | 14-07-2014 | 19:28| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Tenía dudas acerca de qué hablar en este nuevo correo de la  Historia hoy, que es 14 de julio, el día en que se celebra la Toma de la Bastilla. Aquel tumulto que dio comienzo, tal día como hoy de 1789, al fin del Antiguo Régimen y que, por tanto, deberíamos celebrar todos en lugar de verlo sólo como la Fiesta Nacional francesa.

Había pensado en hablar de la presencia de españoles en aquel cataclismo  histórico. Más que nada por las mismas razones que mencionaba la semana pasada. Es decir, porque estamos muy necesitados de saber que ese país del que llevamos pasaporte en el bolsillo -España, me parece recordar- en contra de lo que piensa alguna gente que, asombrosamente, tiene acceso a micrófonos y columnas de opinión, no estuvo aislada ni del continente, ni del resto del Mundo ni, mucho menos, de los acontecimientos que lo conmovieron.

Me había parecido, pues, este 14 de julio una buena ocasión para hablar, una vez más, de cómo ha degenerado nuestra visión de la Historia desde el año 1978 hasta ahora. De dar lecciones de revolución a los invasores franceses en 1808 como se veía en material filmado para la Televisión de la época de la Transición -descárguense de la web de RTVE una “cosa” llamada “La gran batalla de Andalucía” y verán- a creer que este país es un gran parque temático que podría llamarse “LosSantosInocentesland”, y que nos hemos pasado toda nuestra Historia sumergidos en una especie de idiocia rural, ajenos a grandes avances y acontecimientos clave de la Historia como la propia revolución francesa.

Iba a ir por ahí, decía, pero, la verdad, dos sermones académicos sobre el mismo tema -o casi- en una semana, me ha parecido demasiado y así he optado por otra vía. De hecho, por otra mucho más amable y menos bronca.

Sí, hoy, aprovechando que es 14 de julio, que probablemente se lo van a recordar todo el día a golpe de Telediario, quiero rendir un homenaje a una protagonista de aquellos hechos.

Sí, han leído bien: “una protagonista”.

Bajo la sombra de los gigantes de aquellos hechos dramáticos desencadenados aquel 14 de julio de 1789, se olvida con frecuencia que también hubo algunas mujeres que tuvieron un papel protagonista en los mismos. Pocas, pero las hubo. Y tal vez precisamente porque fueron tan pocas -las circunstancias no daban para más, el Feminismo estaba en vías de invención en esos momentos- creo que se merecían ser recordadas hoy.

Al menos una de ellas. Se llamaba, o ha pasado a la Historia, con el nombre de madame Roland, que era el de su marido, Roland de la Platrière, con el que se casó a muy temprana edad.

Una buena salida para Marie-Jeanne Phlipon, huérfana nacida en el año 1754, que emparenta así con un hombre de ideas avanzadas en todos los aspectos, incluido el de dejar a su mujer reinar intelectualmente en uno de los famosos salones de aquel siglo, con razón llamado “ilustrado”, en el que se reunía lo más granado de la inteligencia de la época para discutir, para pensar, preparando así el camino a la revolución que ha llevado al mundo en el que hoy vivimos.

Esa apertura de vías a lo que hoy llamamos “democracia” fue algo especialmente notorio en el salón dirigido por madame Roland. Marie-Jeanne Phlipon, en efecto, era partidaria de ideas democráticas e igualitarias, que tendría ocasión de poner en práctica entre 1789 y 1793, en el punto más álgido de esos acontecimientos conocidos como “revolución francesa” que son los que hoy se conmemoran.

Así hasta que fue engullida, como tantos otros y otras, por aquel torbellino. El llamado “Terror” acabó con ella. El ala extrema de la revolución, los jacobinos, intoxicados de sangre y de una sed de venganza contra el Antiguo Régimen que rayaba en la paranoia, en lo enfermizo, la convirtieron en uno de sus numerosos enemigos -cada día más- reales o imaginarios.

Dijeron que estaba en correspondencia con el ministro británico, aquel odiado Pitt, fuente de todos los males para muchos franceses de la época. Eso además de ser girondina. Es decir, miembro del ala revolucionaria más moderada que fue masacrada por los jacobinos, también por temer que su tibieza acabase destruyendo la revolución iniciada en 1789 y que había atravesado el punto de no retorno con la ejecución de Luis XVI.

Íntegra hasta el final, madame Roland se defendió ante el tribunal revolucionario que la juzgó. Debió de ser una brillante defensa pues, como la experiencia suele demostrar, los tribunales con adjetivos -“revolucionario” en este caso- no suelen ser precisamente aquellos donde la Justicia imparcial está más garantizada.

Sin embargo, su compromiso con una política que divergía de la cada vez más enloquecida política jacobina, la llevó rápidamente de vuelta a la maquinaria infernal del Terror revolucionario, acabando en la tristemente famosa “Conciergerie”. Aquella sala de espera de las víctimas con las que era alimentada, a diario, la guillotina.

Madame Roland no tardó mucho en convertirse en una víctima más de aquella revolución dominada por hombres que veían enemigos en todas partes y sólo concebían ya la violencia extrema, el genocidio, de hecho, como vía de acción política.

Se dice que junto a la guillotina, madame Roland pronunció unas palabras que estaría bien recordar hoy y después de hoy: “Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”…

Después murió estoicamente y no pudo llegar a ver cómo la revolución era reconducida a unos cauces más humanos con la detención y ejecución de Maximilien Robespierre, aquel antiguo invitado a su salón literario y político.

Tampoco vivió para ver cómo la revolución se corrompía bajo el gobierno de la antitesis de Robespierre, el epicúreo y vividor ciudadano Barras, y cómo esto llevó, finalmente, a la dictadura napoleónica, a las guerras de ese mismo nombre, a la debacle de 1814, a los últimos “Cien Días” de Napoleón culminados por una nueva debacle en 1815, a la segunda Restauración y a las numerosas revoluciones y contrarrevoluciones que hicieron de Francia, y de Occidente, lo que es hoy día. Algo que, tal vez, se parece bastante a lo que ella soñaba entre 1789 y 1793. Pese a todas sus imperfecciones.

Por ello, pese a todo, hoy, 14 de julio, tal vez sea un muy buen día para recordar a Marie-Jeanne Phlipon y decir “merci bien, madame Roland… merci bien”. Gracias, muchas gracias, por creer en la Libertad, por defenderla con valor y por morir con dignidad antes que verla pisoteada.

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El 4 de julio y los años perdidos de 1776 a 2014. ¿Qué tienen en común la “Marcha de granaderos” española y la “Marcha de los granaderos británicos”?
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Carlos Rilova | 07-07-2014 | 09:33| 5

 

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí, este viernes fue 4 de julio. El día en el que los norteamericanos del centro de Norteamérica, los que están entre México y Canadá, conmemoran su Declaración de Independencia frente a Gran Bretaña en 1776.

No se habló mucho del tema. Ya se sabe, hay cosas más importantes en juego, como el Mundial y las inundaciones y los huracanes -en Estados Unidos- que han distraído bastante la atención.

Las televisiones ni siquiera programaron alguna película -“Revolution”, “El patriota”…- para recordárnoslo, decantándose, en todo caso, por las que tenían que ver con la Primera Guerra Mundial o incluso la de Secesión.

Sin embargo, como, más tarde o más temprano, habrá algún día en el que toda esa parafernalia, por A o por B, vuelva a salir a la palestra, yo no quiero dejar pasar por alto la ocasión de hablar de un tema relacionado con ese 4 de julio.

Sobre todo porque le prometí a Paco Esparza, un lector voraz de este correo de la Historia, que el lunes más próximo al 4 de julio -es decir, éste- hablaría del tema que él sacó a relucir mientras dábamos cuenta de un banquete bastante multitudinario.

El caso es que este lector del correo de la Historia -y sin embargo amigo-, que, entre otras virtudes, tiene la de ser músico, comparó ante la atónita concurrencia de la que el firmante formaba parte, las bondades de la marcha granadera española con las de la británica.

Seguro que les suenan mucho las dos. La británica es esa flamante música que suelen tocar los granaderos británicos en ceremonias especiales y desfiles. La española… seguro que también: es el himno nacional español

Y, como casi siempre, aquí llegamos a la parte justificativa del artículo: ¿qué tienen que ver las marchas de granaderos españoles y británicos con el 4 de julio?.

Vayamos de lo más fácil a lo más difícil. Está claro que la “Marcha de los granaderos británicos” tiene mucho que ver con la revolución americana que estalla un 4 de julio de 1776.

En películas como la ya mencionada “El patriota”, puede verse a las banderas del general británico Cornwallis avanzando bajo esa música hacia el centro del campo de batalla, en plena Guerra de Independencia americana.

Eso es algo totalmente correcto desde el punto de vista histórico ya que, desde finales del siglo XVII a mediados del XVIII, esa música y su letra son bien conocidas y utilizadas por el Ejército británico en momentos especiales. Como puede ser un desfile o un acto de poder simbólico. Por ejemplo, el de desplazar los estandartes al centro del campo de batalla para dejar claro al enemigo que ha sido derrotado.

Aclarado lo que justifica la presencia de la “Marcha de los granaderos británicos” en todo lo que tenga que ver con el 4 de julio y la Declaración de Independencia de los yankees, vamos a pasar a un tema que, en principio, puede parecer más difícil.

Es decir, qué tendría que ver la “Marcha granadera” española con esos acontecimientos.

Los que siguen este correo de la Historia, al menos desde el 7 de julio del año pasado, ya sabrán que, por inverosímil que parezca, hay relación entre los españoles y esa Guerra de Independencia estadounidense en la que tan bien queda que los perversos generales británicos manden tocar su marcha granadera.

Sí, y esa relación va mucho más allá de lo que se dice, también en “El patriota”, respecto a usar como refugio de la guerrilla yankee una vieja misión española abandonada en un pantano.

Ya lo dije en el artículo publicado el lunes 8 de julio del año pasado. Libros hay, aunque no demasiados, en los que se cuenta la contribución española, económica primero y después descaradamente militar, a esa guerra que perdió Gran Bretaña.

Así pues, la relación existe. Está histórica y suficientemente demostrada en estudios muy serios como los que citaba yo en ese artículo al que les remito desde ya.

El problema es que, al parecer, es imposible relacionar ese contenido histórico con la divulgación por medio de, por ejemplo, películas como las que voy mencionando.

En efecto, la “Marcha granadera” española podría perfectamente haber aparecido en una película como “El patriota”. Hubiera bastado con que en la misma se hubiesen reflejado escenas de batallas en el Sur de ese futuro Estados Unidos en las que entraron en línea regimientos españoles que, como todos los de la época, tenían su sección de granaderos. Para los cuales, como ocurría en el caso de los británicos, existía una “Marcha” que se utilizaba en casos como estos.

Tal vez si cosas así se hicieran, aparte de recuperar pedazos de nuestra Historia que hemos ido dejando abandonados por ahí -de la manera más estúpida que se pueda imaginar-, empezaríamos a identificar ese himno con lo que realmente fue desde mediados del siglo XVIII y no con lo que fue entre 1939 y 1975, que es con lo único con lo que se identifica hoy día mayoritariamente. Guste o no guste.

Así nos podríamos emocionar oyendo nuestra “Marcha de granaderos” sin necesidad de gastarnos un dinero en ir a Londres a ver desfiles como el “Trooping the Colour” en el que la “Marcha de los granaderos británicos” es la estrella, mientras Su Majestad, igualmente británica, revista sus tropas. Acto de patético snobismo que luego nos lleva a comentar -para terminar de arreglarlo- que qué bonitas son estas cosas y ponernos malos cada vez que oímos un himno nacional que nos recuerda otras cosas nada tranquilizadoras: una bandera impuesta, un régimen de excepción durante más de cuatro décadas… en lugar de traernos a la memoria a un monarca ilustrado -y hasta “progre”- como Carlos III, a sus soldados de casaca blanca marchando por las calles de Madrid con esa “Marcha granadera” o tomando ciudades hoy tan norteamericanas como Mobile o Pensacola, abriéndose paso, bajo sus estandartes flameantes, entre líneas de casacas rojas como los que vemos en las películas, mientras suena la “Marcha de granaderos” española con el mismo empaque con el que suena la de los británicos en “Barry Lyndon” o en “El patriota”.

Y esa reacción snob ocurre sin ninguna verdadera razón. Fíjense en las dos ilustraciones de este artículo. La primera es de un granadero británico de la época de la Guerra de Independencia de Estados Unidos. La otra es de un granadero del regimiento Navarra, uno de los que lucha en esa misma guerra. Como ven, entre ellos apenas hay diferencia alguna. De hecho, me he tomado la libertad de poner a los dos cebando el arma que daba nombre a sus unidades y que, la verdad, en la época ya apenas se usaba.

Y sin embargo…  Sin embargo, a pesar del gran parecido, no acabamos de conseguir poner una cosa y otra a la misma altura, históricamente hablando, a la que realmente sí estuvieron.

 

Tienen toda esta semana para pensar en las razones por las que nuestra Historia nos parece tan fea y resulta tan poco en la gran pantalla -es decir, en la memoria colectiva de hoy día- y el porqué de dejarnos, por ejemplo, una buena parte de nuestro dinero en ir a Londres y ver desfiles al ritmo de la “Marcha de los granaderos británicos”, pensando, equivocada, muy equivocadamente, que aquí no tenemos, ni nunca tuvimos, nada ni siquiera parecido.

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Por fin es 28 de junio. Reflexiones sobre el centenario de la Primera Guerra Mundial (1914-2014)
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Carlos Rilova | 30-06-2014 | 09:30| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Quienes leen habitualmente este correo de la Historia ya saben que no es la primera vez que hablo de la Primera Guerra Mundial, o, como la empezaron a llamar hace cien años, la “Gran Guerra”.

El primer artículo de esta ya larga serie de correos de la Historia, escrito a finales de la primavera de 2012, trataba de ese tema. En este año de 2014 ya he hablado al menos tres veces del asunto de ese centenario 1914-2014, siempre recordando el asombro que produce el que la llamada “industria cultural” no haya podido esperar a poner en el mercado sus productos sobre la “Gran Guerra” hasta después de este último sábado, que es cuando propiamente podría decirse que llegábamos al centenario exacto de la Primera Guerra Mundial, al cumplirse los cien años, también exactos, del atentado de Sarajevo.

Bueno, en cualquier caso, sea como sea, hoy, lunes 30 de junio de 2014, ya se ha cumplido ese centenario redondo y surge una inevitable pregunta, tras meses de hablar sobre el asunto: y ahora ¿de qué hablamos?.

Pues yo, personalmente, quisiera hablarles del número extra de la revista “J´ai vu…”. Una de las muchas que surgieron al calor de aquella “Gran Guerra”, inundando el mercado cultural de los beligerantes del mismo modo, o casi, que hoy inundan el nuestro libros, artículos en prensa, documentales, cómics y películas sobre ese asunto.

La revista estaba íntegramente dedicada a hablar de testimonios de esa “Gran Guerra”, apenas iniciada cuando salió este número extra. No era como, por ejemplo, “L´Illustration” que, aún dando mucha cabida en sus páginas a ese conflicto, seguía informando, aunque fuera tangencialmente, de otras actualidades.

Este número extra del “J´ai vu…” es especialmente valioso porque recoge, de manera consciente, una reflexión sobre los que considera son los tres primeros meses de lo que ahora llamamos “Primera Guerra Mundial”. Ya ahí nos estaba dando un dato valioso esa revista que ahora es, simplemente, un documento histórico que nos ayuda a reconstruir esa Primera Guerra Mundial de la que tanto se ha hablado en los últimos seis meses.

En efecto, la revista nos dice que esa guerra, en sí, no empezó el 28 de junio de 1914 con la muerte del archiduque austriaco Francisco Fernando de Habsburgo, sino, como pronto, entre finales de agosto y principios de noviembre de ese año.

E. Wetterlé, que escribe el artículo inicial de este número especial de “J´ai vu…”, hace unas reflexiones muy interesantes al respecto que nos dibujan, además, el estado de ánimo que podía haber en una de las principales potencias implicadas en la guerra -Francia- en esos momentos.

Wetterlé empezaba lanzando la pregunta de qué habían sido realmente los tres primeros meses de la guerra. Él creía que era algo de lo que ya apenas se acordaba nadie, especialmente de un curioso proceso que describe como el paso de una confianza absoluta en que no habría guerra a la sorpresa y la angustia durante los últimos días de julio y la última semana de agosto de 1914.

En esos momentos, dice Wetterlé lanzando otra pregunta retórica, la guerra era algo que nadie creía, asómbrense, ¡posible!…

En medio de ese estado de ánimo, siempre según Wetterlé, surgió una serie de acontecimientos que hicieron inevitable esa guerra inesperada. El primero de ellos, el atentado de Sarajevo que él describe más exactamente como “el asesinato de Sarajevo”.

Tras este hecho llegará la nota conminatoria de Austria a Serbia, la presión de Rusia y Francia para hacer aceptar al rey Pedro I de Serbia el ultimátum austriaco, la amenaza alemana, la movilización parcial del Ejército ruso, la declaración de guerra alemana al imperio del Zar, las última tentativas de Inglaterra a favor de la paz, las primeras noticias falsas de la agencia Wolff anunciando que el ejército francés había traspasado ya la frontera, el decreto de movilización general, la declaración de guerra a Francia, la violación de la neutralidad belga por las tropas alemanas, la intervención del Reino Unido y la declaración de neutralidad italiana.

Así resume Wetterlé, aquel periodista de hace cien años, el proceso que desde finales de julio de 1914 lleva a una guerra inevitable. Dice que fueron hechos que se sucedieron con una rapidez vertiginosa y que el drama había comenzado antes de que los aliados se hubieran podido recuperar de la primera sorpresa, causada por el desbordamiento de los hechos a partir del 28 de junio de 1914.

Y eso fue todo. Así comenzaron a tronar los que nuestra colega historiadora Barbara W. Tuchman llamó “los cañones de agosto”. Los que ya no dejaron de hacerlo hasta 1918.

De lo que ocurrió en Sarajevo, esa ciudad que los redactores del “J´ai vu…”  llamaban “Serajevo”, no se decía mucho más en ese número especial de esa revista aparte de, como hemos visto, considerarlo ya desde ese momento, el hecho que desencadenó esa serie de acontecimientos que culminaron con el estallido de la “Gran Guerra”.

Sólo se incluía un gran reportaje gráfico del que les ofrezco una pequeña muestra en las ilustraciones de este nuevo correo de la Historia.

Estaba en la página 3 de la publicación. Allí se veía al archiduque Francisco, a su mujer, la duquesa de Hohenberg, que, como dice el “J´ai vu…”, también cae bajo las balas de Gavrilo Prinzip -escrito así, con “z”, pese a que hoy la forma más usada es con “c”-, a sus hijos y a su hija y algunas otras fotos dispuestas en una composición muy “Belle Époque”, en la que destaca el brutal contraste gráfico entre las fotos de familia del archiduque arriba y abajo las de la detención de Princip y de algunos otros sospechosos de haber colaborado en el asunto.

En ese contraste se puede apreciar el cataclismo que estalla el 28 de junio de 1914 y que iba a borrar, de un plumazo, en cuatro años más, aquel alambicado universo tan seguro de sí mismo. El de la Europa positivista de la segunda mitad del siglo XIX, que, en un sangriento psicoanálisis, iba a descubrir bajo aquel engominado y encorsetado mundo, perfectamente representado por la foto de familia del archiduque, a la bestia que dormía bajo aquellos europeos dominadores de la Ciencia y el Arte, autonombrados tutores de pueblos supuestamente por civilizar a los que también llevaron a esa carnicería. Todo eso y, además, que, como decía Robert Mitchum en “Anzio”, una película sobre la segunda edición de aquella “Gran Guerra”, el hombre mata porque le gusta matar. Sin importar cuántas torres Eiffel haya erigido o cuántos tratados sobre Lógica o Química haya escrito.

Puestos a recordar el centenario de aquella “Gran Guerra” como ahora parece que lo estamos haciendo, tal vez esa sea una de las mejores reflexiones -aunque no la única- que podemos hacer mientras miramos, alternativamente, la foto de la detención de Princip y la de la familia del archiduque Francisco Fernando, cuya muerte prendió la mecha de aquella catarsis colectiva guarnecida por millones de muertos producidos por los últimos avances científicos de los ochenta años anteriores a 1914.

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Hablando de coronaciones, hablemos de Historia
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Carlos Rilova | 23-06-2014 | 14:43| 0

Por Carlos Rilova Jericó

 

Hoy parece casi inevitable hablar en este nuevo correo de la Historia de coronaciones reales. En este caso, como no podía ser menos, de la del actual rey de España, Felipe VI de Borbón y Grecia, que, como ya sabrán, ha dado bastante que hablar.

Lo más interesante para mí, como historiador, ha sido oír que ésta ha sido la primera coronación de la monarquía española realizada de forma pacífica -o algo así- en muchos siglos. Los que han dado pábulo o se han hecho eco de semejante afirmación -y creo que han sido muchos-, demostraron así el habitual déficit de conocimientos históricos también tan habitual en un país que ha alimentado, durante más de siete décadas, una destructora tradición anti-intelectual.

Esa misma que se manifiesta en hechos tan sangrantes como que, mientras en Francia tienen ministros como Dominique de Villepin, que escriben admirables libros de Historia y, por lo menos, conocen la de su propio país, en España -e incluyo en el lote a las diecisiete comunidades autónomas, sin que falte ni una sola- parece ser que tenemos bien repartidos por distintas instituciones públicas y privadas solemnes ignorantes de ambos sexos que no saben de Historia ni siquiera cuando se supone que el puesto que desempeñan exige tener conocimientos en la materia; haciendo así -ellos y ellas- una perfecta evocación de aquel “Capricho” de Goya en el que se veía a un burro vestido con el birrete y la levita de un maestro de hacia 1800 empeñado en dar lecciones a los demás.

Pues sí, si los que han andado por ahí aireando eso de que la coronación de Felipe VI ha sido la primera en mucho tiempo hecha de manera pacífica, ordenada, legal, supieran algo de Historia, más allá de creer que el Mundo empezó en 1978, es probable que se hubieran callado a tiempo antes de soltar esa sincera confesión de que tienen acceso a puestos de responsabilidad y micrófonos sin tener ni idea de la Historia de su propio país. Ese mismo que aspiran a gobernar desde distintos puestos de poder.

En efecto, por no irnos más allá de la dinastía Borbón, los que han repetido esa frase sin que parezca siquiera que sabían lo que estaban diciendo, sí deberían saber que todos los reyes Borbón, desde Felipe V hasta Carlos IV -es decir, desde 1700 hasta 1788- fueron proclamados sin el más mínimo problema de acuerdo a un ritual prácticamente idéntico al que desde el siglo XV había solemnizado el ascenso al trono de todos los, y las, que ostentaron la corona real de España.

La cosa era bastante distinta a la que hemos visto en Televisión a lo largo de esta última semana.

Se lo cuento a partir de lo que se hizo en Fuenterrabía -hoy Hondarribia- allá por 1788, cuando se proclamó a Carlos IV como rey de España. En tan señalada fecha los alcaldes de la ciudad -tenía dos, como los tenían todas las poblaciones que eran plazas fuertes- mandaron venir a los vecinos intramurales -es decir, los que vivían tras las murallas- y extramurales -es decir, los que vivían fuera de las murallas- de toda su jurisdicción, que entonces llegaba, en línea recta, desde la ciudad en sí hasta la población de Lezo, pegada al actual puerto de Pasajes, casi a las puertas de San Sebastián.

Todos ellos debían venir vestidos con sus mejores ropas. Es decir, con lo que dictaba la moda del momento, que venía de Francia: casaca, chupa, calzón hasta media pierna muy ceñido, medias, zapatos de hebilla, sombrero de tres picos. En suma: el llamado traje militar que desde finales del reinado de Carlos II se convierte en moda y estamos hartos de ver en películas sobre la Europa y la América del siglo XVIII que van desde “La Misión” hasta “El patriota”.

Como los fueros de la provincia otorgaban a todos sus vecinos el privilegio de portar armas y ejercer como soldados, los convocados al acto debían llevar el armamento propio de un militar de la época. Ese que también estamos hartos de ver en películas como, por ejemplo, “Barry Lyndon” del genial Kubrick. Es decir, un tirante de cuero blanco con una cartuchera, otro tirante con un sable o una bayoneta -o ambos a ser posible- y un mosquete. Los vecinos que carecieran de ese equipo, como solía ser habitual, recibían, para la ocasión, ese mismo material del arsenal municipal.

Una vez reunidos todos en la calle principal ante el Ayuntamiento debían subir hasta la plaza de armas y allí, en formación ante un estrado en el que estaban los retratos del rey y su esposa, hacer un despliegue militar al uso de la época -también lo han visto en las películas- y solemnizar la cosa con descargas cerradas de mosquetería.

A lo largo de esa ceremonia uno de los alcaldes debía leer una proclama en la que señalaba a los presentes que oyeran que Castilla tenía un nuevo rey, que se llamaba Carlos IV y que el reino se declaraba en su favor. El asunto debía hacerse ondeando el pendón de Castilla varias veces.

Así se hizo allí, en Fuenterrabía, después del 14 de diciembre de 1788. Con la misma rutina con la que se había hecho en 1700, o después con el breve Luis I, con Fernando VI o con el mejor alcalde de Madrid, Carlos III.

La cosa sólo cambió a partir de Fernando VII. Con él comenzaron las proclamaciones turbulentas. La suya tras un golpe palaciego. La de su hija, en 1833, tras más intrigas palaciegas en las que el tormentoso Fernando VII, un ser más complejo de lo que imaginamos y quizás no tan conocido como creemos, se las apañó para dejar a su hermano Carlos María Isidro fuera de juego, provocando una larga serie de guerras civiles entre los liberales partidarios de la proclamada como Isabel II y el citado don Carlos, que hacía de su fosco hermano, por comparación con él, un furibundo amante de la Democracia y la Libertad.

El hijo de Isabel II no llegó con más tranquilidad al trono. Hubo un golpe militar para proclamarlo. Venía a sustituir a una madre a la que en 1868 habían vuelto la espalda hasta los monárquicos, venía tras la proclamación de una turbulenta aunque bien intencionada república que llega al abdicar Amadeo de Saboya, con el que el general Prim había querido poner en España una monarquía más parlamentaria, menos convulsa, que la de una Isabel II que no siempre supo en qué consistía eso.

Sin embargo, tras él, tras Alfonso XII, la coronación volvió, en 1902, a la normalidad del siglo XVIII con su hijo Alfonso XIII. Así hasta que Europa se volvió a ver metida en otro ciclo de turbulencias políticas y económicas que, por supuesto, se reflejaron en España como ya se habían reflejado las de la primera mitad del siglo XIX, haciendo, como es lógico, que las proclamaciones reales fueran, como muchas otras cosas, un verdadero problema.

Esa es, pues, la verdadera Historia de lo normal, o anormal, históricamente hablando, que ha podido ser la coronación de Felipe VI. Si hacen las cuentas ya ven que, de once reyes, siete de esa dinastía -incluido Felipe VI- han sido proclamados con relativa normalidad frente a solo cuatro -incluido Juan Carlos I-, que lo habrían sido rodeados de circunstancias de cierta excepción o emergencia.

De lo de la brutal y nada tranquila prohibición de las banderas republicanas este jueves en Madrid, hablaremos, quizás, en otro momento, cuando la Historia siga el curso que le marque la poca o mucha inteligencia política que se ponga en la palestra para que lo que empezó relativamente bien no acabe peor que mal.

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¡Bachi-buzuk!. Los “tacos” del capitán Haddock y la Historia
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Carlos Rilova | 16-06-2014 | 09:40| 0

Por Carlos Rilova Jericó

 

Ya en otras ocasiones he dicho en esta misma página que, como se dice en euskera, todo lo que tiene nombre existe y, llevando hasta sus últimas consecuencias esa afirmación, puede decirse que todo lo que existe tiene una Historia.

Los famoso “tacos” del capitán Haddock, inseparable compañero del aún más famoso Tintín -ese reportero hito de la Historia del cómic creado por Hergé-, no son, desde luego, una excepción.

Puede que esto les parezca un tema culturalmente banal. Sin embargo, en Francia, o en Gran Bretaña, donde tienen mucho más sentido común, y de la oportunidad, para estas cosas, hasta le han dedicado exposiciones de lo más sólidas y más o menos sesudos estudios en diccionarios y libros como “Tintín y cia.” de Michael Farr.

A ese respecto resulta particularmente instructivo un breve artículo publicado en 30 de junio de 2003 en el ABC por Blanca Torquemada  -“Haddock o el barroquismo del insulto”-  y se lo recomiendo como iniciación a los tributos en español a esa cuestión de la Tintinología, que también existen.

Esa afición a indagar en los variados “tacos” de Haddock no es para menos, porque realmente los elaborados y, muchas veces, absurdos insultos que profiere el capitán cuando su irascible carácter se desata (lo cual pasa a menudo para deleite de los lectores), son toda una invitación a entrar en el bosque de Clío -la musa de la Historia, por si hacía falta explicarlo- y salir de ahí sabiendo una cosa nueva que no sabíamos.

Hoy vamos a fijarnos en uno de los más exóticos y sonoros: bachi-buzuk. Probablemente los tintinólogos más expertos conozcan su significado -explicado brevemente, por ejemplo, en el artículo de Blanca Torquemada al que me acabo de referir-  y hasta sepan con exactitud cuántas veces se repite y en cuántos álbumes. Yo lo he encontrado de principio a fin de la serie: en la página 38 de “El cangrejo de las pinzas de oro”, el primero en el que interviene Haddock, o en la 23 de “Vuelo 714 para Sidney”, uno de los últimos.

El caso que nos ocupa, sin embargo, es saber qué cosa es, exactamente, un bachi-buzuk.

La explicación, asómbrense, la dio, quizás por primera vez para el mundo francófono, un corresponsal de una -para nuestro punto de vista actual- divertidísima revista llamada “Journal des voyages et des aventures de terre et mer”. Una publicación dominical en la que se recogían reportajes de lo más variado que iban desde los viajes de Stanley contados prácticamente en directo, hasta dudosas aventuras de un marinero francés por todo el Mundo que sonaban, más bien, a invención para distraer a los buenos burgueses franceses de los comienzos de la Tercera República que a reportaje serio, digno, por ejemplo, del “National Geographic”.

El caso es que en varios números del “Journal des voyages” del año 1877, empezando por el del domingo 2 de septiembre, un corresponsal de la revista -que firmaba como “Vte. de Noé”- contaba quiénes eran estos bachi-buzuks.

En esos momentos se estaba desarrollando una nueva guerra, la llamada “de Oriente”, entre el moribundo Imperio Otomano y Rusia por lo mismo que ahora está más o menos a punto de desarrollarse entre Ucrania y la Federación rusa liderada por Vladimir Putin. Es decir, por el control de los pasos hacia el Mediterráneo, entonces en poder de un Imperio Otomano que contó, como en la llamada Guerra de Crimea, iniciada en 1853, con el incondicional -o casi- apoyo de Gran Bretaña y Francia, que veían comprometidas sus ansias imperiales en el Mediterráneo y el Cercano Oriente por las de Rusia.

Nos cuenta el corresponsal del “Journal des voyages” que en esas fechas las fuerzas de Caballería turcas no eran ninguna maravilla y estaban constituidas, fundamentalmente, por estos bachi-buzuks. La descripción que hace de ellos el periodista coincide bastante con los contextos en los que los suele situar la ira del capitán Haddock cuando convierte la palabra en uno de sus famosos “tacos”.

Es decir, se trata de una especie de salvajes indisciplinados provenientes de los confines del aún vasto Imperio Otomano, de las cuencas del Tigris, el Eufrates, las montañas de Kurdistán, el Golfo Pérsico…

Su actitud es levantisca. Hasta el punto de haber asesinado al coronel Beatron. El oficial inglés que, en la línea de Prim en la Guerra de Crimea, había sido puesto al frente de un contingente de tropas turcas. Para su desgracia una partida de esos bachi-buzuks que, además, eran pagados por Gran Bretaña, aunque al parecer no con la suficiente generosidad o frecuencia como para evitar un motín que la Marina británica tendrá que sofocar disparando sus cañones cargados a metralla sobre los insurrectos…

De Noé, el corresponsal del “Journal des Voyages”, da datos aún más pintorescos sobre el contingente de otros cuatro mil bachi-buzuks financiados por Francia para alivio de su aliado turco.

Después de hablar con el general que intenta mandarlos, llamado Yusuf, marchará por su campamento descubriendo una mezcolanza de armas  y vestidos totalmente irregular que le hace sentirse como si estuviese en medio del ejército persa de Darío.

Cada cual se arma por su cuenta. Unos con lanzas, otros con sables, otros incluso con hachas. Todos ellos, sin embargo, llevaban encima varias pistolas de las que, nos dice De Noé, no se separaban nunca.

El general Yusuf, haciendo gala de sus buenos oficios, estaba tratando en esos momentos de hacer de ellos una fuerza útil, intentando uniformizar su armamento. Por ejemplo, trayendo lanzas de Francia y repartiendo fusiles a los que no tenían. Algo que, sin embargo, como dice el corresponsal, no evitó que siguieran manteniendo sus variopintos arsenales y vestimentas.

A lo largo de sus visitas al campamento de este contingente francés de bachi-buzuks, en compañía de un esforzado general Yusuf y de uno de los más destacados pintores y grabadores franceses de la época, Horace Vernet -que, naturalmente, disfruta de ese espectáculo orientalista- el corresponsal del “Journal des voyages” termina de hacerse una idea sobre quiénes son estos bachi-buzuks.

Dice, por ejemplo, que ve sus miradas brillar cuando Yusuf les habla de “Moscú”. De Noé no sabe exactamente si por odio visceral o por afán de saqueo de la rica capital rusa. Cree, sin embargo, más probable esto último, pues los bachi-buzuks tienen fama de ser grandes saqueadores, apenas sin rival. Como puede deducirlo cualquiera que contemple los ajuares que portan encima. En su mayor parte de origen ilícito y de un valor considerable, como se calcula a partir de las bajas que el cólera hará entre ellos en Dobrudja: a algunos se les encontrarán encima de siete a ocho mil francos en oro…

Todo ello, como ven, digno de  convertirse en un insulto para desahogar la ira, generalmente justa, del capitán Haddock que, como se habrán percatado por lo dicho hasta aquí, sabe muy bien a quién llama bachi-buzuk. Generalmente personajes no muy diferentes a estos bandidos atrabiliarios convertidos en tropas de Caballería turca para una nueva guerra con Rusia en el año 1877.

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