Diario Vasco
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“America first?”. Hacer valer la propia Historia. Los guipuzcoanos y la Guerra de Independencia de Estados Unidos (1780-1782)
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Carlos Rilova | 22-05-2017 | 09:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Lo que voy a contar, muy brevemente, en este nuevo correo de la Historia, no es totalmente original.

Ya hace muchos años, el 18 de marzo de 1993, una historiadora guipuzcoana, la tristemente desaparecida Paloma Miranda de Lage, lo había dejado dicho en uno de los muchos artículos que publicó en prensa. Recordaba ella en ese escrito, en plena Era Clinton, que aquel hubiera sido un buen momento para que el Gobierno Vasco de turno pasase una serie de facturas atrasadas (en sentido literal, no figurado) al presidente estadounidense.

Las facturas concretamente versaban sobre la ayuda dada, por lo que se ve a fondo perdido, a las Provincias Unidas de Norteamérica (finalmente convertidas en los Estados Unidos) para que combatiesen al rey Jorge. El montante era importante. Era el equivalente a bastantes millones de euros en mosquetes, pólvora, balas, piezas de Artillería, mantas, quinina o varas y más varas de paño para fabricar uniformes para un Ejército, el continental de línea bajo mando del general George Washington, que carecía de casi todo.

Paloma Miranda de Lage no descubría con esto tampoco nada nuevo. Había habido estudios históricos anteriores que trataban del asunto. Y también los ha habido posteriores. Por sólo citar algunos ahí estaban los del profesor Yela Utrilla que databan de los años 20 del siglo pasado (pese a ser una temática curiosa para un falangista “camisa vieja” como él), los de Carmen de Reparaz sobre el principal jefe militar español que comandó las tropas destinadas a combatir al lado de las estadounidenses y, ya más cerca de nosotros, el de Julio César Santoyo sobre la embajada de Arthur Lee o los que Begoña y María Jesús Cava Mesa o Natividad Rueda dedicaron al cerebro financiero de esa operación de ayuda a los nacientes Estados Unidos de Norteamérica: la firma bilbaína Gardoqui…

El caso es que, pese a esos notables esfuerzos, este tema, la ayuda española a la independencia de los Estados Unidos, sigue sin tener visibilidad histórica, más allá de esos relativamente modestos y dispersos impulsos. Un dato curioso, para que nos hagamos una idea: en dos siglos en España sólo se han publicado dos novelas históricas sobre este tema, “Gritos de Independencia” y muy recientemente, este mismo año, “Fuego en el Misisipi”. Esto debe de ser alguna clase de récord, pero no me atrevería a decir de qué signo, si positivo o negativo…

En efecto. Yo mismo he tenido ocasión de comprobar la opacidad de esos hechos históricos para un gran público y no digamos ya para un gran público fuera de España.

Ha sido a lo largo de los últimos meses, en los que he dedicado todo el tiempo que he podido a responder una impertinente pregunta que me hacía desde muchos años atrás, desde que allá por 1976 mi padre me recordase que un tal Marqués de La Fayette había pasado por el puerto de Pasajes. Algo que resultaba cuando menos fantástico para la imaginación de un niño, como salido de una de esas películas que echaban por la tele los sábados por la tarde. Como “Corazones indomables” de John Ford.

La pregunta en cuestión era, “¿pero no pasó nada más aquí entre los años 1776 y 1782?”. Yo sabía que era imposible que no hubiese pasado nada más. Por supuesto. Con el tiempo, a medida que subía por la escala que llevaba al título de licenciado y doctor, iba descubriendo indicios. En los archivos. O en libros de Historia como el que Montserrat Garate Ojanguren dedicó a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. Ahí se decía que la “Guipuzcoana”, el buque insignia de la economía dieciochesca de esa provincia que tenía en Pasajes su principal puerto, había sufrido duramente esa Guerra de Independencia de Estados Unidos.

En estos últimos meses, como decía, he tenido ocasión de descubrir más detalles que aparecerán publicados en breve en, al menos, dos artículos en sendas revistas científicas del País Vasco.

En efecto, registrando de nuevo los archivos he descubierto, con nombres y apellidos, descendiendo al nivel de la calle, como quiere la Historiografía moderna, a guipuzcoanos que, a centenares, fueron sacrificados a esa Guerra de Independencia de Estados Unidos.

De hecho, en dos años de guerra abierta, los que van de 1780 a 1782, según demostraban -sin género de dudas- los documentos del archivo general guipuzcoano, la Muy Noble y Muy Leal (al rey de España y de las Indias en esas fechas) Provincia, (escarpada, pequeña, escasamente rica en productos agrícolas) había quedado económicamente devastada.

Las heroicidades de los corsarios guipuzcoanos (que incluso tienen una calle dedicada en Donostia) ante la flota británica, habían salido muy caras. Se habían perdido hombres y barcos. Aún así, en ese aspecto a los guipuzcoanos les había ido casi tan bien como a los yankees, que gracias a capitanes hoy elevados a la categoría de mito nacional (como John Paul Jones) se habían anotado notables tantos sobre la Marina mercante y de guerra del rey Jorge.

Peor, desde luego, le había ido a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. Sus barcos habían sido reforzados como barcos de guerra (en realidad, en la época todo mercante era un buque armado con mayor o menor potencia de fuego) e incluso tuvieron que costear costosos barcos de escolta como el Nuestra Señora de la Asunción. La aventura se hizo pronto demasiado peligrosa. Esos convoyes de la Guipuzcoana con carga para América del Sur y del Norte, incluso con escolta, eran presa fácil para las distintas flotas de Gran Bretaña.

Pronto las prisiones y los pontones británicos se llenaron de prisioneros guipuzcoanos. Durante mi investigación he averiguado, gracias a las memorias médicas publicadas por doctores como James Carmichael Smyth (médico de Su Majestad Jorge III), que las condiciones de insalubridad en algunos de esos depósitos eran infectas y pronto prendieron en ellos enfermedades epidémicas que dejaron desoladas a poblaciones guipuzcoanas como Pasajes y Rentería. Las mismas en las que, de día en día, se publicaban noticias sobre los vecinos que habían muerto en esas prisiones…

El balance histórico que se saca de ese y otros documentos, es que los guipuzcoanos se sacrificaron a decenas, a centenares, por la causa de la Independencia de Estados Unidos entre 1780 y 1782.

Sería bueno no olvidarlo, cada vez que oigamos ese eslogan de “America first!” tan en boga últimamente. Sin ese esfuerzo de guerra de, entre otros, los hombres -y mujeres- del litoral guipuzcoano, tal cosa, Estados Unidos, “America”, jamás habría llegado a existir.

A ese respecto bienvenidas sean iniciativas como convertir a Pasajes -como es obligado y ha hecho el Departamento de Cultura de la Diputación guipuzcoana- en una escala de los viajes de la réplica de la Hermione -la fragata que llevó al marqués de La Fayette a Estados Unidos- dando continuidad a una iniciativa lanzada en esa localidad hace dos años, pero, obviamente, se va a necesitar algo más.

Es nuestro deber hacer valer nuestra propia Historia, o resignarnos a no valer nada, a resistir con la mirada baja eslóganes como ese de “America first!”. La culpa, una vez más, no será de quien lanza esas arengas, sino de la actitud de quienes son depositarios y herederos de una Historia que tendría mucho que decir a ese respecto. Y debería decirlo y no callarlo, olvidarlo, menospreciarlo…

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Exequias en honor a Lord Hugh Thomas, hispanista. Notas sobre “Orgullo y pasión”(1808-2017)
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Carlos Rilova | 15-05-2017 | 09:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

¿Cómo medimos la pérdida de una persona, de un familiar, de un colega, de una esposa?. Habrá, probablemente, tantas respuestas a esa dolorosa pregunta como personas en el Mundo son, han sido y serán.

Yo, hoy, 15 de mayo de 2017, me conformo con una tarea, quizás, más modesta. Tan sólo quiero que esta página gestionada -como ya saben quienes la leen habitualmente- por una  asociación de historiadores, rinda un homenaje -por modesto que sea- a otro historiador que se ha ido: Lord Thomas. Más conocido como Hugh Thomas.

¿Cuál sería la razón para rendir ese último homenaje?. En este caso podrían darse múltiples respuestas, también. Pero me conformaré con dar sólo un par de ellas. La primera es que la muerte de un historiador eminente no debe pasar desapercibida para otros historiadores que además, como es el caso de la Asociación “Miguel de Aranburu”, tienen una tribuna pública en la edición digital de un venerable diario de gran difusión.

La otra razón que se puede alegar para rendir homenaje a Lord Thomas, a un hispanista como Hugh Thomas, es que una notable cantidad de quienes optamos por esta carrera profesional nos formamos con sus libros. Hasta donde yo recuerdo, los dos volúmenes de su obra sobre la guerra civil española de 1936-1939, fueron de los primeros libros de Historia que me estuvieron acompañando desde que era un imberbe. Traídos a casa por mi padre, lector ávido de Lord Thomas, apenas la dictadura franquista comenzó a extinguirse y fue legal publicar en España ese libro (allá por 1976) que hasta entonces, como gran parte de lo mejor de España, había vivido en el exilio. En este caso en las ediciones clandestinas (clandestinas para aquella España que era “different”) de la editorial Ruedo Ibérico.

Pero la obra de Lord Thomas fue muy variada. Yo me topé con ella varias veces cuando ya me había licenciado. Por ejemplo, allá a mediados de los años 90 del siglo pasado, descubrí que Lord Thomas había dedicado parte de su tiempo a escribir un libro sobre la Historia del tráfico de esclavos donde, como el hispanista que siempre fue, nos revelaba que los últimos traficantes de esclavos habían sido españoles…

Lord Thomas también, como la mayoría de hispanistas, se dedicó a estudiar la época del Imperio español, la de Carlos V, Felipe II… pero ese campo era demasiado estrecho para alguien que, en la hora de su muerte, ha sido definido como “príncipe” de esos hispanistas.

En efecto, el título estaba bien ganado, Lord Thomas, el doctor Hugh Thomas, escribió sobre el cuadro de Goya donde se reflejaban los fusilamientos en represalia por la resistencia española contra la invasión napoleónica, sobre un empresario (de éxito) de la era franquista como Barreiros o, sin agotar la lista, sobre el desconocido Madrid de 1764 visto por los ojos de un aventurero francés, Beaumarchais, que bien podría haber servido de escenario al “Barry Lyndon” de Stanley Kubrick.

La pérdida de Lord Thomas ha sido, pues, sustancial para la Historia de España, para su estudio, para su mejor conocimiento.

Y esa pérdida se deja notar no sólo repasando en las bibliotecas los libros expuestos en homenaje fúnebre a él. Se puede percibir en muchos detalles. Lord Thomas murió un sábado 6 de mayo. Justo al día siguiente, el 7, una cadena española  de las llamadas “generalistas”, (13Tv) programaba una curiosa película que no se puede ver sin una sensación de bochorno. Tanto si se es un historiador especializado en guerras napoleónicas, como si no.

Se trataba de “Orgullo y pasión”. Fue estrenada en 1957. Un momento delicado para el régimen franquista, a medio camino entre los Acuerdos de Madrid de 1953 con los que se le empezaba a sacar de su condición de apestado internacional, antiguo aliado de Hitler y Mussolini, y el punto de colapso del año 1959. Del que sólo le salvó -otra vez- la necesidad que el bloque occidental tenía de que las cosas estuvieran tranquilas en España, así como -entre otros factores- la patriótica ayuda recibida de economistas que se habían tenido que exiliar por ser leales al gobierno legítimo de España, abolido por el golpe de estado de 1936. Como, por ejemplo, el doctor Juan Sardá Dexeus.

El contenido de esa película que, obviamente, empezaba a aprovecharse de la que, con el tiempo, sería una de las fuentes de divisas que mantuvo al régimen (es decir: la de servir de plató de superproducciones de Hollywood) es más o menos delirante.

“Orgullo y pasión”, eso es evidente, quería ser una de esas grandes superproducciones. Contaba con un plantel de grandes estrellas. Los dos principales protagonistas masculinos eran Frank Sinatra y Cary Grant. La protagonista femenina era nada menos que Sofía Loren. A partir de ahí todo era, por así decir, cuesta abajo. El guión de la película se enfangaba en todos los tópicos habidos y por haber sobre lo que fue la Guerra de Independencia española. Después de un comienzo en el que se sentenciaba a desaparecer de la Historia al Ejército español de la época (por cierto bastante bien representado en esas escenas iniciales), la trama se desarrollaba a partir de la llegada de un oficial naval inglés -interpretado por Cary Grant- a un soleado Santiago de Compostela que más bien parecía los bajos fondos del Nápoles romántico si tenemos en cuenta la gente que llena la plaza del Obradoiro en esos momentos. El objetivo del oficial inglés es recuperar un cañón gigantesco abandonado por el Ejército español en retirada y llevarlo a Santander, evitando que ese símbolo de prestigio caiga en manos de los franceses, que lo quieren por esa misma razón.

La ayuda con la que el oficial inglés cuenta en ese año de 1810 es la de unos astrosos guerrilleros capitaneados por un fanático religioso (Frank Sinatra) que, en realidad, quiere el gran cañón para liberar Ávila porque es la tumba de Santa Teresa de Jesús).

En medio de esa lucha de egos y destinos estará la bella Sofía Loren, interpretando a una avezada seguidora de ese fantástico (en el sentido insultante del término) ejército guerrillero que nada tiene que ver con la realidad histórica.

No entraré en más detalles, por cuestión de espacio. Sólo diré que todo lo que se ve en la película es, por supuesto, rematadamente falso y no refleja lo que realmente fue la Guerra de Independencia española. Basta con ver el estrambótico recorrido de los protagonistas que, según el mapa en poder de los franceses, avanzan por Galicia cuando en realidad los estamos viendo en medio de una tormenta de polvo en las estepas manchegas, bajo unos característicos molinos. La serie de despropósitos es, en definitiva, prácticamente continua en esta producción en la que, por un puñado de divisas, el régimen franquista se daba -además- una ración de autobombo convirtiendo la Historia de España en un bochornoso espectáculo que nada tenía que ver con una realidad que, a medida que la vamos conociendo mejor, supera toda ficción. Y en especial las más acartonadas, como la que se ve en “Orgullo y pasión”.

Esa es, o sería, pues, la medida de la pérdida de Lord Thomas. Fue uno de esos historiadores británicos o franceses (eso es lo que significa ser hispanista) que como maestro y colega de historiadores españoles evitó, con toda una vida de trabajo, que hoy la única Historia de España conocida fuera el cuadro absurdo, falso y delirante que ofrecían películas como “Orgullo y pasión”.

Ahora, dicho todo esto, sólo queda decir que la tierra te sea leve Lord Thomas y que tu legado nos sea de utilidad. Goian bego, maisu. Descansa en paz, maestro.

 

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Historia para unas históricas elecciones francesas. Emmanuel Macron, Marine Le Pen y “El Gran miedo”(1789-2017)
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Carlos Rilova | 08-05-2017 | 09:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ahora, cuando este nuevo correo de la Historia ha sido publicado, ya sabemos, al fin, quién va a presidir Francia.

Entre los que hasta ayer no eran más que simples candidatos a decidir el destino de ese país que, nos han dicho, decide también la continuidad de la Unión Europea, hubo palabras gruesas, enfrentamiento a cara de perro en los debates, aparición -a última y oportuna hora- de supuestas cuentas en paraísos fiscales, pero de toda esa panoplia política, lo que más me interesó fueron las palabras que el candidato Macron lanzó contra la candidata Le Pen acusándola de ser instigadora de “La Grande peur”. Es decir, traducido, “El Gran miedo”

Eso me llegó al corazón de historiador, porque eran palabras cargadas de sentido histórico. Y, por tanto, con bastante peso como para ser el eje de este nuevo correo de la Historia, que llega justo para la fuerte resaca electoral de este histórico 8 de mayo de 2017.

La alusión de Macron al “Gran miedo” fue todo un cañonazo contra la línea de flotación política de su, hasta ayer, rival por la presidencia de Francia.

En un país con un envidiable amor desmedido por la propia Historia -como es el caso de Francia- Macron sabía muy bien lo que hacía cuando trataba de resumir el programa político de su oponente con esas palabras, acusándola de vivir -políticamente- de explotar el “Gran miedo”.

En efecto, desde los años 30 del siglo XX, los franceses, en su mayoría, saben qué es el “Gran miedo” y lo que significa históricamente.

El asunto lo investigó el historiador Georges Lefebvre y lo dio a conocer en un libro titulado así: “La Grande peur de 1789”, “El Gran miedo de 1789”.

Lo que describía ese ensayo histórico, era la reacción de pánico que había seguido al estallido de la revolución francesa de julio de 1789. Apenas unos pocos días después de la Toma de la Bastilla el 14 de julio, el ambiente político se empezó a espesar mucho en el mundo rural francés. Especialmente en las regiones agrícolas cerca de París. Las más expuestas a recibir los ecos que llegaban de una capital en la que la monarquía absoluta se tambaleaba. Tanto por el acoso político de los Estados Generales reunidos allí por el propio rey, convertidos ya en Asamblea revolucionaria, como por los enfrentamientos abiertos entre una población que estaba tomando las armas en esos mismos momentos y las tropas aún leales al rey absoluto.

Los campesinos franceses habían sufrido en aquel año de 1789 cosechas pésimas y el hambre, física, literal, estaba a la puerta de muchos hogares. Esa situación de miseria extrema no fue nunca buena consejera, ni el mejor estado de ánimo para conservar la calma. Menos aún en una sociedad donde el porcentaje de analfabetismo y la carencia de instrucción eran todavía altísimos y en la que los llamados “intermediarios culturales” (clero, nobleza…) estaban perdiendo su autoridad moral y política a pasos agigantados.

No parecerá exagerado describir todo eso como una situación explosiva. La explosión se concretó en rumores que crecieron como la levadura que no se podía echar en un pan que, en la Francia de aquella época, escaseaba cada vez más. La mayoría de los campesinos, pasada la primera oleada de pánico, empezó a deducir -y a lanzar a los cuatro vientos- la idea de que los nobles habían instigado a bandas de salteadores para que destruyesen las cosechas aún verdes y robasen el escaso grano almacenado.

Finalmente, ese nuevo rumor que llevó a una gran mayoría de campesinos franceses a tomar las armas en aquel convulso verano de 1789, acabó creciendo hasta convertirse en el detonante de una serie de asaltos que se volvieron contra el que había parecido ser el origen de todos aquellos, en definitiva, estúpidos rumores sobre peligros imaginarios, inexistentes, nebulosos, evanescentes…

Es decir, contra la propia nobleza francesa, a la que se acusó de estar acaparando grano y haciendo, al mismo tiempo, correr la especie de que éste -el grano- iba a escasear todavía más.

Así, el campo francés empezó a llenarse de castillos y mansiones señoriales saqueadas e incendiadas por aquellos que habían sido las víctimas de todos esos rumores sobre enemigos imaginarios, escasez, hambruna…

Obviamente la moraleja política que se deduce de esto es que la nobleza francesa, con el fin de seguir manteniendo sus privilegios y sus beneficios económicos, detonó  una reacción política de caos que, finalmente, se acabó volviendo contra ella misma. Es decir, contra los que habían creído poder manejar ese caos para seguir en la cúspide de aquella sociedad que, en realidad, se estaba desmoronando rápidamente.

Vistas las cosas así, el candidato Macron, aprovechando la recta final de la campaña electoral, lanzó un disparo muy afortunado contra los cimientos que han sustentado -casi hasta las puertas del Palacio del Elíseo- a Marine Le Pen, al identificarla con aquellos abstrusos nobles franceses del verano de 1789, que no se daban cuenta del volátil terreno político en el que se movían, tratando de manipular, en provecho propio, algo tan difícil de manipular como el pánico colectivo. Ya sea el origen de éste el miedo al hambre física, a supuestas bandas errantes que destruían cosechas, o a sus ediciones actuales. A saber: emigrantes indocumentados o no, sistemas de seguridad social a punto de colapsarse… y cosas por el estilo que nos recuerdan que no estamos tan lejos -a veces- de aquellos campesinos franceses, analfabetos en su mayoría, y dominados por un miedo que, finalmente, sin embargo, no les impidió volver sus fuerzas contra quienes, en definitiva, eran los responsables de muchos de sus males. Unos que, por cierto, poco tenían de imaginarios…

Aunque el hoy ya presidente Emmanuel Macron quizás no se lo plantee, ni pensase que ese argumento sobre el “Gran miedo” pudiera ir más allá de ayudarle a ganar las elecciones, esa es una lección de Historia de la que, sin duda, debería aprender algo quien utilizó ese argumento histórico para ganar las elecciones francesas de ayer. Esas de las que dependía (y aún depende), de hecho, la viabilidad de la Unión Europea. Quedaría, pues, hoy, 8 de mayo de 2017, sacar las conclusiones correctas de nuestro propio pasado, empezando por la Francia de Macron. Porque la revolución de 1789, y todo lo que vino con ella, como el “Gran miedo”, es algo que nos afecta a todos los europeos.

Tanto como hoy nos habría afectado tener a una ultraderechista xenófoba y antieuropeísta en la presidencia francesa, o, por el contrario, nos afectará tener ahí a alguien como Emmanuel Macron que, se dice, quiere mantener la Unión Europea. Aunque no sabemos, después de todo, si a costa de sacrificar a miles de europeos a unas políticas económicas tan absurdas como las que llevaron al estallido del 14 de julio de 1789 o al “Gran miedo” de 20 de julio de ese mismo año. O -quién sabe, y es de temer- acaben dando a gente como Marine Le Pen una segunda oportunidad para que, alzándose sobre una masa creciente de desesperados, nos devuelva, más o menos, a la oscura Europa de 1939…

 

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Sólo por recordar. Un poco de Historia sobre el 1º de Mayo (1886-2017)
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Carlos Rilova | 01-05-2017 | 09:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy lunes 1 de mayo de 2017 en una, mal que bien, democracia occidental quizás resulta un tanto difuso saber la razón por la que no se trabaja y se sale a la calle a hacer una serie de (por lo general) ordenadas manifestaciones detrás de la bandera del sindicato de cada uno.

Tiene esto algo de ritual, algo gastado. Casi como el desfile que, seguramente, veremos en las televisiones, recordando cómo una potencia teóricamente socialista (muy teóricamente, desde luego) como Corea del Norte obliga (para que nos vamos a engañar) a sus súbditos a celebrar el 1º de Mayo.

Parece que, a fecha de hoy, por una razón y su contraria, el 1º de Mayo ha  perdido su significado, en gran parte.

Por eso hoy no voy a hacer ninguna proeza de reconstrucción histórica en este correo de la Historia, que coincide justo con la fecha del 1º de Mayo.

No, me voy a limitar a contar algo que puede leerse haciendo un -creo- pequeño esfuerzo. Tan pequeño como consultar a “Mr. Google”, preguntándole, como si fuéramos ese Donald Trump de chiste interpretado por Alec Baldwin, la razón por la qué el 1º de Mayo es fiesta y además se sale en manifestación a la calle porque lo ordena un monarca hereditario comunista o porque tu sindicato te invita a ello.

El problema con esto de hacer esa simple consulta, es que los humanos tendemos a ser vagos y olvidadizos, a dejarnos llevar, a dar por supuestas demasiadas cosas, y así nos cuesta incluso hasta hacer la pregunta.

Por eso daré la respuesta que es tan fácil encontrar. El 1º de Mayo se celebra porque un grupo de sindicalistas de Chicago se negaron a trabajar hasta que se concediesen las tres series de 8 horas a los trabajadores. Es decir, 8 horas de trabajo, 8 horas de formación y 8 horas de descanso.

Después de tanta película de Hollywood en la que se nos ha relatado el llamado “sueño americano”, puede resultar difícil creer que, en un Estados Unidos que nos parece que conocemos tan bien, pudieran ser negadas cosas tan básicas concedidas a la mayoría de los que todavía tienen un trabajo regular. Al menos en Occidente.

No es nada extraño. Hollywood especialmente entre los años cuarenta y mediados de los sesenta y a partir de los ochenta del siglo pasado, quitado el paréntesis de los plenos setenta, nunca ha permitido que se vean en la gran pantalla determinadas cosas como las que se vieron en esas fechas, en tono de comedia, en “Harry y Walter van a Nueva York”, de manera velada en la versión para el cine de la magnífica novela de E. L. Doctorow “Ragtime”, o, crudamente, en “Odio en las entrañas” o “La puerta del cielo” de Michael Cimino.

Es decir, que la alta burguesía de la Norteamérica de la última mitad del siglo XIX, no se andaba con bromas de ninguna clase por lo que respectaba a sus tasas de beneficio y su alergia a todo lo que oliera a reivindicación de derechos.

Como se ve en “La puerta del cielo” o, más aún, en “Odio en las entrañas”, esas élites empresariales no dudaban en echar mano de pistoleros y ejércitos privados e incluso, si finalmente era necesario, de las fuerzas de seguridad. Desde la Policía hasta la Guardia Nacional.

No sólo está esta Historia oculta de Estados Unidos en el metraje reivindicativo de películas como “Odio en las entrañas” o “La puerta del cielo”. Hay libros de historiadores norteamericanos como “The robber barons”, de Matthew Josephson, que describen cómo se llegaron a utilizar incluso ametralladoras manejadas por esas tropas estatales para dispersar a obreros que exigían mejoras en sus salarios o sus condiciones de vida.

En otras palabras, en 1886, no hace tanto tiempo, en un mundo tan familiar para nosotros como los Estados Unidos de esa época, pedir lo que ahora es normal (o lo era no hace tantos años) implicaba jugarse la vida.

Eso es lo que les ocurrió a George Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons, August Vincent Theodor Spies y Louis Lingg, a los que se ejecutó por considerarlos instigadores y líderes de las revueltas y disturbios organizados en Chicago para reivindicar esos derechos. Empezando por reducir la jornada laboral a 8 horas.

Así de sencillo. Así fue y así ocurrió, y así acabó todo un 11 de noviembre de 1887 con su ejecución.

Eso es lo que se recuerda, más que celebra, hoy 1 de mayo. Al menos en los países donde todavía existen eso que llaman “democracias avanzadas”. Más avanzadas al menos que la que existía en aquel Chicago de 1886 que, algunos de los que lo visitaron, definieron como la copia más exacta del Infierno en la Tierra…

Convendría no olvidarlo.  Hoy, 1 de mayo, 1º de Mayo.

 

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Algo de Historia sobre la inmortalidad (y sus consecuencias). A propósito de unas declaraciones del profesor José Luis Cordeiro (17-04-2017)
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Carlos Rilova | 24-04-2017 | 09:52| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Desde este Lunes de Pascua (hace hoy una semana) ya tenía claro el tema al que iba a dedicar este nuevo correo de  la Historia.

Todo vino de uno de esos “zapping” -saltando de canal en canal, buscando algo que no agreda demasiado a mis sentidos- que en mi caso -y supongo en el de muchos otros sufridos televidentes- precede a eso que Homero llamaba “el dulce sueño”.

En eso andaba cuando caí en el canal 1 de la Televisión pública española. Allí estaba Javier Cárdenas entrevistando (no sé si por casualidad) a un eminente profesor, José Luis Cordeiro, con un (a primera vista) impresionante currículum que pasaba por la NASA, por Google y por la fundación de una universidad en Silicon Valley, la Singularity University.

Las declaraciones que el profesor Cordeiro hizo en el programa de Javier Cárdenas eran demasiado impactantes como para continuar apretando el botón y seguir buscando algo mejor. Sí, eso era difícil incluso para alguien que (lo confieso) no es seguidor, en absoluto, de ese programa, “Hora Punta”.

Según José Luis Cordeiro, la posibilidad de que la Ciencia nos haga inmortales es real e inminente. De hecho, ponía fecha a la llegada de esa revolucionaria situación para el animal que más miedo tiene a la Muerte. Es decir, el ser humano. Según el profesor Cordeiro eso se conseguiría en, a lo sumo, unos 20 a 30 años…

Ahí quedaba eso, como se suele decir, y la memoria del historiador empezó a funcionar a partir de ese momento.

Lo primero que recordé es que hace más de 20 años ya había oído esto. Y no precisamente en un programa o documental de esos en los que lo mismo mezclan nazis con extraterrestres y cosas por el estilo. Nada de eso. Lo había oído en clase de Historia Moderna. En plena Universidad de Deusto, nuestra profesora nos dijo, hablando de la esperanza de vida en los siglos XVII y XVIII, que ésta (la esperanza de vida) se iba alargando a medida que pasaban las décadas y que algún día no muy lejano llegaría el momento en el que el ser humano, gracias a los adelantos científicos, lograría vencer a la Muerte. En principio, la provocada por el proceso de envejecimiento.

Recuerdo, si es que no estoy yo ya muy envejecido, que la afirmación fue recibida con un murmullo de incredulidad que nuestra profesora dio por amortizado con palabras y actitud que podrían resumirse en “ya veréis como eso acaba llegando”.

Después de ese recuerdo activado por las declaraciones del profesor José Luis Cordeiro, me vino a la memoria un pasaje de “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift.

Es un capítulo bastante poco conocido y, desde luego, una de las muchas partes de ese libro eliminadas en las muchas adaptaciones que se han hecho de esa obra. Salvo en la película para Televisión protagonizada por Ted Danson y Mary Steenburgen. Por supuesto ese desagradable episodio (que lo es, y mucho) está descartado en las versiones de la obra de Swift dedicadas a los niños. En ellas, una vez que el inefable doctor Lemuel Gulliver se va de Liliput para enfrentarse a los gigantes de ese otro país de nombre casi impronunciable -“Brobdingnag”-, no se dice nada de cómo llega hasta otro lugar, Luggnagg, donde descubre una raza de inmortales…

Swift, aparte de ironizar, que es lo que hace en la mayor parte de sus “Viajes de Gulliver”, también sabía moralizar y en esas paginas del libro desde luego que lo hace. Para decirnos que eso de ser inmortal no es ninguna ganga. Lo que se encuentra Gulliver no es, precisamente, una corte  de Venus y Apolos inteligentes, en excelente forma física y convertidos, en fin, en una especie de admirables semidioses y semidiosas. Ni mucho menos. Los inmortales que ve Gulliver son gente amargada, cruel y avariciosa, que no puede morir, pero que sí puede envejecer. Y vaya si envejece, convirtiéndose en una versión al cubo de todo lo que en el siglo XVIII, y en el nuestro en gran medida todavía, se identifica con un anciano.

Es decir, alguien siempre molesto, achacoso, cascarrabias, suspicaz, dispuesto a enzarzarse en querellas con los más jóvenes sólo porque tiene la sensación de que un joven, aparte de todas las ventajas que suele tener eso de ser joven, ha sido más favorecido por la suerte que el anciano en cuestión…

Y eso, y más, es lo que me sugirió la entrevista al profesor Cordeiro. Si en 2045, como él asegura y ha asegurado en varios medios, es posible ser inmortal, ¿qué pasará?. Se plantean esa y muchas otras preguntas cuando alguien asegura, como él lo hace, que la Muerte será opcional, que sólo morirá quien quiera morir.

Para empezar la primera duda que me surge es quién va a disponer de los medios para no morir. ¿Sólo los muy ricos?. ¿La clase media empobrecida y precarizada por la crisis de 2007 también?. ¿Y los que literalmente viven (es un decir) de recoger las basuras de la que el economista J. K. Galbraith llamó “sociedad opulenta”?. ¿Lo de ser inmortal será un privilegio o un derecho?. El mundo que propone el profesor Cordeiro, dadas las características del que partimos, bien podría convertirse en el que describía la película “Elysium”, de la que en su día ya hablamos por aquí. Es decir, unan sociedad con una tecnología hipersofisticada pero, por pura lógica material, muy cara y, por tanto, sólo accesible para un pequeño grupo de privilegiados que pueden pagar el precio. Tal y como lo exigiría una sociedad -como la nuestra- basada en cálculos de coste y beneficio, sin atender a ninguna consideración de tipo solidario, al margen de meros gestos. En muchas ocasiones vacuos y propagandísticos…

Más allá de las complicaciones socioeconómicas del asunto, están las teológicas. La mayor parte de las religiones han prometido, desde hace milenios, una vida tras la Muerte que será paradisíaca si en ésta nos comportamos bondadosamente… Si morir es ya tan sólo una opción para verdaderos valientes que siguen creyendo en eso que los ateos definen, sin ambages, como un cuento… ¿qué va a pasar con nuestros sistemas de creencias que han mantenido y dado forma a nuestras sociedades desde, por lo menos, el 8000 antes de Cristo?. La predicación en las diferentes iglesias y templos tendrá, probablemente, que variar radicalmente. Tal vez se deberá agarrar a que podemos morir asesinados, o por un accidente, y, por lo tanto, siempre estaremos expuestos a enfrentarnos con nuestro Creador y el juicio que haga de nosotros, castigándonos o premiándonos según lo merezcamos. Y probablemente no lo vamos a encontrar de muy buen humor, pues, en las Sagradas Escrituras cristianas, sólo se insinúa en el evangelio de San Mateo (16:28) que habrá algunos que no conozcan la Muerte hasta el día de la Segunda Venida de Cristo. Ese momento en el que, se supone, el ser humano alcanzará, sin necesidad de morir, la Vida Eterna. Cuestión que, de momento, poco tendría que ver con lo que nos propone el profesor Cordeiro. A menos, claro, que su proyecto sea, precisamente, el cumplimiento de esa profecía de nuestro Evangelio…

El Arte, en general, ya no será lo mismo, pues si una gran mayoría de humanos saben que no van a morir, cuadros como “La muerte de Nelson”, o elegías como las del poeta renacentista español Jorge Manrique, ya no les van a causar el mismo impacto que causaron en su momento. Una época histórica en la que la Muerte era un final inevitable, cierto, ineludible… que nos ponía ante un cúmulo de incertidumbres y, si nos dejábamos llevar por la desesperación, nos empujaba a creer que nada tenía sentido, que todo lo que nos ocurría en esta vida era fruto del azar y no de un plan ideado, con un fin que se nos escapaba -inescrutable-, por un Ser Supremo llamado Dios…

Y ya para ir acabando, la Historia, como Ciencia, también cambiaría radicalmente, convirtiéndose, a partir del año 2045, en, sobre todo, una compleja tarea de Historia oral, recogiendo datos de grupos de humanos que recordarían tales y cuales acontecimientos y los podrían contar de viva voz para que los historiadores creasen un relato a partir de ellos y, claro está, otras fuentes secundarias. Pues, como bien sabemos, la memoria humana, por mucho que no envejezca, nunca es perfecta y tiende a dar una versión de los hechos subjetiva y siempre, o casi siempre, a favor de quien recuerda hechos de los que fue protagonista.

Por otra parte, como ya nos advertía nuestro colega David Lowenthal en “El pasado es un país extraño”, si no morimos, quizás tendríamos mucho menos interés por la Historia. Puesto que hoy la contemplamos y la consideramos, entre otras razones, para tener la certeza de que la larga sucesión de generaciones que han vivido y han muerto, se movían en alguna dirección racional y razonable…

En pocas palabras: si la promesa de inmortalidad va a ser cierta a partir del 2045, es un proceso (histórico, desde luego) que, a nivel técnico, podría estar impecablemente resuelto, pero que a otros niveles plantea una serie de profundas incertidumbres que los diseñadores de esa tecnología harían bien en considerar y tener en cuenta, si es que no lo han hecho ya… Siquiera sea para que la cosa no acabe como en aquel famoso relato gótico, esbozado una noche tormentosa en la Suiza superviviente de las guerras napoleónicas por una tal Mary Shelley. Ese en el que el doctor que sueña con ser un nuevo Prometeo, es castigado por esa soberbia, obligado a contemplar cómo el ser humano inmortal que quería crear es, tan sólo, una burda imitación, una caricatura, un monstruo…

Y todo esto por no hablar del tema de la reproducción. Y ahí queda la última pregunta -histórica- para ese proyecto que nos quiere hacer inmortales a partir del año 2045: si fuéramos inmortales ¿seguiríamos teniendo ese deseo tan humano, tan profundamente grabado en nuestros genes (o eso dicen) de tener hijos?… En tal caso, ¿cuántos planetas como la Tierra necesitaríamos para poder asegurar la existencia de esa raza humana ya inmortal, pero aún así deseosa, por otras razones, de seguir teniendo descendencia?…

 

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Malas horas en el desfiladero de Inzell. Historia de las tropas españolas que tomaron el “Nido del Águila” de Adolf Hitler (1945-2017)
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Carlos Rilova | 17-04-2017 | 09:28| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, supongo, era casi obligado hablar de algo que tuviera que ver con la Segunda República española.

Así que, al final, me he decidido por rememorar un episodio que parece sacado de una de esas películas “de guerra” tipo “El puente de Remagen” o “Un puente lejano”.

Ocurrió durante la última ofensiva aliada sobre el corazón del Tercer Reich alemán en mayo de 1945.

Se ha contado poco ese suceso de la Segunda Guerra Mundial. El escritor y periodista Eduardo Pons Prades, que, además, fue protagonista de esa epopeya en otras latitudes de la Europa ocupada, lo despacha en apenas dos páginas de su recomendable “Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial”.

En esencia lo que ocurrió es que a los escasos supervivientes españoles de la Novena división aliada Leclerc (integrada en las Fuerzas de la Francia Libre) se les mandó llegar hasta el corazón simbólico del imperio nazi (el “Nido del Águila”) abriéndose paso por una carretera y vía férrea minada, enfrentándose con lo más florido de los fanáticos que se quedaron al lado de Hitler hasta el final.

Es decir, dos compañías de las SS que resistieron obstinadamente en ese punto de la carretera de los Alpes, defendiendo el túnel que daba paso a aquel elegante chalet en el que el Führer había pasado tantos buenos días y se había hecho unas cuantas películas caseras, hoy repetidas hasta la saciedad en diversos documentales.

Según los testimonios que recoge Pons Prades (de los participantes en esa operación, Federico Moreno y Martín Bernal) los SS contaban con varias baterías tipo Flak calibre 88.

Con ellas machacaron las líneas de aquellos españoles que trataban de abrirse paso hasta el último símbolo del poder nazi.

Los combates fueron realmente duros. Según el testimonio de Bernal, Moreno, al mando de las líneas españolas, repetía constantemente que se avanzase con extremo cuidado, que si se descuidaban no quedaría un sólo español para contar aquello. Según estos soldados, apenas distinguibles de los miles de norteamericanos de esa época que habrán visto en metros y metros de películas como “El puente de Remagen” o “Un puente lejano”, se consiguió avanzar palmo a palmo por aquella vía férrea y por los senderos laterales -todos completamente minados- desafiando aquel fuego de la élite nazi hasta romper sus líneas y, como dicen ellos mismos en sus testimonios, hacer “cisco” sus baterías Flak del 88.

La aventura, como cuentan Moreno y Bernal, acabó con un regusto bastante amargo: los españoles descubrieron al entrar en Berchtesgaden que las tropas francesas de Barboteux y Guillebon habían llegado hasta allí con mucho menos riesgo, justo el día anterior, por un camino despejado de toda resistencia nazi…

El mando francés de las tropas españolas integradas en la Nueve reconoció el sacrificio de los españoles que, en cualquier caso, habían barrido los últimos núcleos de resistencia donde los nazis, según las últimas directrices del finiquitado Führer, esperaban hacerse fuertes, acaso durante años, en forma de guerrilla.

Así, el capitán Touyeres montó en su “Jeep” tras la llegada de las tropas españolas a las puertas del “Nido del Águila” y se hizo escoltar por los blindados de las secciones 1 y 2 de la Nueve, que estaban al mando, precisamente, de Moreno y Bernal. El capitán francés les reconoció expresamente que ese puesto de honor les era cedido “Por lo de Inzell”.

Fue así como esos soldados españoles entraron, en cabeza de las tropas aliadas, en el último santuario del régimen nazi.

En estos días en los que se rememora la proclamación de la Segunda República era casi inevitable rendir este pequeño homenaje a estos soldados que tuvieron, acaso, el más digno papel entre todos los españoles que combatieron en el bando aliado durante la Segunda Guerra Mundial.

Poco más se puede decir, por hoy, salvo que estos soldados españoles que se negaron a rendirse a la coalición nazifascista que ocupó España en 1939 y siguieron luchando, palmo a palmo, hasta ver caer el águila con la svástica en su último reducto, bien podrían ser ese “pelotón de soldados” que, según el generalmente desorientado Oswald Spengler, acaban por salvar la civilización.

Para quienes significan algo las palabras “sociedad abierta y democrática”, aparte de lo dicho, lo coherente sería también rendir honores cuando pasen ante la bandera española que ellos defendieron en varios frentes de la Segunda Guerra Mundial, o ante las  placas que, desde Sainte-Mère-l´Église, en Normandía, hasta Berchtesgaden, recuerdan a esos soldados españoles que cayeron por el camino, luchando contra soldados con la svástica pintada en sus cascos o sobre el blindaje de sus vehículos.

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“Cuando las barbas de tu rey quieran chamuscar… Ponte a leer libros de Historia”. Una vez más el “Brexit” y algo de Historia angloespañola (1613-2017)
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Carlos Rilova | 10-04-2017 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí. Ya lo siento, pero esta semana, otra vez, voy a dedicar este correo de la Historia al tema del Brexit y la Historia. Por alusiones, como se suele decir en el Parlamento.

Las alusiones, en concreto, proceden de caballeros británicos de tan alta alcurnia como Lord Howard y del contra-almirante Christopher John Parry. Las de este último han sido de lo más llamativas.

En efecto, si Lord Howard se las prometía -hace ya más de una semana- muy felices pensando que, de ser menester, la Royal Navy y el Ejército de Su Majestad harían en Gibraltar lo mismo que se hizo en las Malvinas allá por 1982, el almirante (retirado) Parry (veterano de esa guerra) fue aún más lejos y declaró que la capacidad ofensiva de las fuerzas británicas era muy superior a las españolas y que la Historia demostraba que los enfrentamientos entre España y Gran Bretaña siempre se habían saldado con la victoria británica. Como colofón añadía el almirante Parry una jocosa advertencia, indicando que, así las cosas, la barba del actual rey español, Felipe VI, podría salir chamuscada de ese enfrentamiento.

Bien, estoy sorprendido. La imagen tópica que se ha ido difundiendo por el Mundo, desde hace años, de caballeros como Lord Howard y el almirante Parry es que poseen magníficas casas (a ser posible de campo) con no menos magníficas bibliotecas con estanterías de nobles maderas, alfombras Wilton, sillas Chippendale, cómodos tresillos Chester y cosas así. Pensemos, una vez más, en David Niven interpretando al embajador británico ante la corte imperial china durante la rebelión boxer (allá por 1900) en aquella bizarra película, “55 días en Pekín”, convirtiendo (con harto dolor) los libros de una de esas magníficas bibliotecas en barricadas para contener a los salvajes boxers…

Y ahí surgen, inevitables, las preguntas: ¿qué clase de libros de Historia hay en esas bibliotecas tan predicadas en la Mitología de la gran pantalla?. ¿Acaso sólo existen ahí, en las películas y en series de Televisión como “Downton Abbey”?. ¿Los libros que contienen sólo son carcasas falsas de esas en las que se guardan secretos familiares, pistolas de duelo o una secreta colección de afamado coñac?…

No quiero ponerme sarcástico, pero tanto Lord Howard como el almirante Parry, con sus imprudentes declaraciones, dan pábulo a esa clase de sospechas. Tanto uno como otro parecen tener serios déficits en su formación sobre Historia.

Empecemos por Lord Howard. Para cualquiera que conozca más o menos el reinado del rey español Felipe III (1598-1621), resulta cuando menos pasmoso que un Howard, nada menos que un Howard, pretenda llevar la guerra a España y, además, esté seguro de ganarla. Como se diría en aquella época, “habla quien más tendría que callar”…

¿Por qué digo esto?. Sumerjámonos en los libros de nuestras bibliotecas públicas y privadas que, parece cada vez más evidente, nada tienen que envidiar a las cinematográficas bibliotecas de los nobles lores y caballeros británicos. Por ejemplo en un libro del marqués de Villaurrutia escrito nada menos que hace más de un siglo, en 1913: “La embajada de Gondomar a Inglaterra en 1613”.

Las instrucciones de este caballero español, el conde de Gondomar, veterano de la última guerra contra Inglaterra, indicaban que debía forzar en la Corte de Londres acuerdos con el grupo de cortesanos llamados “los bien intencionados”. Todos, o la mayoría de ese grupo, eran próximos a los “recusants”. Es decir, católicos camuflados en la Alta Iglesia de Inglaterra y, por tanto, muy favorables a acuerdos con la principal potencia defensora de su verdadera religión. Esa que, ante todo, era un muro de contención frente a los puritanos, favorables a la guerra contra el que ellos llamaban “Anticristo romano” y sus defensores. Esos mismos caballeros que olían a dinero viejo y a privilegios cortesanos y, por supuesto, la maquiavélica España de Felipe III…

Vamos con la lista de nombres que integraba ese “lobby” de cortesanos ingleses. Mucha atención por favor. Eran Henry Howard, conde de Northampton, Thomas Howard, conde de Suffolk y Lord Alto Tesorero,  Charles  Howard, conde de Nottingham y, además, Lord Alto Almirante y Thomas Howard, conde de Arundel…  En fin, ya lo ven, la familia Howard, al completo, no deseaba la guerra con España en 1613 y su disposición de ánimo era tan generosa que aceptaron generosos subsidios de la corte española (que, desde luego, se los podía permitir gracias a las minas americanas). Subsidios que personas más cáusticas que el historiador que escribe estas líneas no dudan en calificar con otro sustantivo más calificativo: sobornos…

Bien, ahí lo tenemos. El descendiente de tan ilustre familia, los Howard, apelando hoy a la parte de la Historia de Inglaterra que más le interesa y olvidando esa otra parte, en la que, además, su propia familia y linaje fueron protagonistas, diciéndonos que Gran Bretaña defenderá hasta el último cartucho Gibraltar si fuera menester… El cuadro en su conjunto, si me permiten, es ciertamente triste, decepcionante. Lord Howard, descendiente directo de “los bien intencionados” del tiempo del rey Jacobo I, demuestra conocer muy mal la Historia de su propio país -y la de su propia familia- y comete lo que, visto bajo esa luz, es una inoportuna indiscreción indigna de un noble lord inglés. O de lo que nos han hecho creer hasta ahora que es un noble lord inglés: discreto, juicioso, comedido, diplomático, bien educado en todas las ciencias y en el trato diario…

¿Qué decir sobre el desafío lanzado por el almirante Parry?. Pues prácticamente lo mismo. El veterano marino parece conocer tan mal la Historia de Gran Bretaña como Lord Howard. Parece que el tiempo se detuvo para su imaginario histórico en el año 1588, que después no pasó nada, que la derrota de la Armada de ese año selló el dominio de los mares para “Britania” desde entonces. No voy a volver sobre los años negros (para Inglaterra) de la época en la que su alta nobleza, como los Howard, preferían recibir subsidios españoles (o sobornos, si les gusta más esa palabra) antes que ir a la guerra contra Felipe III. Tampoco volveré, como la semana pasada, a las desastrosas campañas de la Guerra del Asiento y la de Sucesión austriaca, entre 1738 y 1748. En las que los éxitos de la Marina británica se contaron con los dedos de la mano, y estaba prácticamente inerme ante la potencia de fuego de las fuerzas españolas. Bien por separado, bien en conjunto con Francia.

Y es que hay ejemplos abundantes. El almirante Parry parece no saber nada de la Guerra de Independencia de Estados Unidos (entre 1776 y 1783) donde la Royal Navy, una vez más, fue incapaz de controlar las rutas atlánticas, enfrentada a la Marina española y a los numerosos corsarios armados para la ocasión. Los mismos que hicieron trizas toda posibilidad de abastecimiento a las tropas británicas en Norteamérica. Sometidas así a un lento desgaste que las condujo a la derrota final de Yorktown, ante una potente flota francesa que, por cierto, estaba allí gracias a la inestimable ayuda de España y sus leales súbditos cubanos, que la acogieron en La Habana y la financiaron. Eso por no hablar de todas las unidades terrestres españolas desplegadas entre la actual Luisiana y el estado de Illinois, que, sobre el campo de batalla, contribuyeron notablemente al desgaste de los cada vez más escasos recursos británicos en Norteamérica…

Ciertamente en esos años, el intento de recuperar Gibraltar por la fuerza, acabó en fiasco. Pero esa pequeña victoria -si así se quiere ver- fue simplemente simbólica. Los británicos perdieron en esas fechas Menorca, que habían ocupado en 1763 y, ya de paso, toda Norteamérica salvo Canadá. Aparte de tener que aceptar toda clase de condiciones de España y Francia en la mesa de negociaciones de París…

¿Qué pasará ahora?. Probablemente que declaraciones como las de Lord Howard y el almirante Parry se queden en nada. Pero bueno es saber que la Historia jamás podrá respaldarlas. Si leemos libros de Historia, no panfletos, es evidente que, por tradición histórica, debería ser España quien ganase. Por más que les pese a los tan mal informados Lord Howard y almirante Parry.

Mientras llega ese momento, sin embargo, sería muy oportuno que las autoridades españolas se hicieran un favor a sí mismas y a los británicos traduciendo al inglés y difundiendo por esas latitudes todo lo que historiadores y otros cultivadores del género (escritores de novela histórica de calidad más que aceptable, que también la hay en España. Ahí está la magnífica “Ladrones de tinta”) llevamos escribiendo desde hace años sobre cosas como los sobornos aceptados por los altos lores ingleses (como los Howard) en 1613 para no tener que ir a la guerra. O sobre la contribución española a la victoria de los estadounidenses en 1783. Cuando menos se conseguiría que caballeros tan estimables por otros conceptos, como Lord Howard o el almirante Parry, se callarán a tiempo, antes de dejar salir de sus bocas palabras tan imprudentes como mal informadas y que (es necesario decirlo) dejan en muy mal lugar a las clases supuestamente bien educadas de Gran Bretaña…

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Mala idea, primera ministra, mala idea. El retrato de sir Robert Walpole, el “Brexit” y algo de Historia angloespañola (1742-2017)
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Carlos Rilova | 03-04-2017 | 10:04| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Lo siento pero no me he podido resistir. Esta semana sabía, a ciencia cierta, que iba a escribir en este nuevo correo de la Historia -pasase lo que pasase- sobre la  ocurrencia de la primera ministra británica (de momento) de firmar los papeles para activar el “Brexit” bajo la mirada petrificada al óleo del que pasa por ser (eso repitieron hasta la saciedad todos los telediarios) el primer ministro británico de la Historia. Nada más y tampoco nada menos, que sir Robert Walpole.

Me he quedado asombrado por esa elección. En España existe una lista de defectos más que considerable en los que me he sumergido de la mano del profesor Ian Gibson y su recentísimo “Aventuras ibéricas. Recorridos, reflexiones e irreverencias”. Libro que les encarezco lean porque, se esté más o menos de acuerdo con este hispanista dublinés y lo que nos cuenta, se puede aprender mucho de ese país llamado España del que algunos, todavía, lucimos pasaporte por el Mundo.

Entre otros defectos, aparte de la maldita manía de hacer ruido a todas horas y en casi todas partes, Gibson señala en su capítulo final la desidia con respecto a muchas cosas. Por ejemplo, la investigación científica. No falta algo más que un inquietante fondo de verdad en lo que Gibson, más que decirnos o contarnos, nos advierte.

Sin embargo, en eso, como en tantas otras cosas que se han señalado como defectos “hispanos”, está claro que la famosa “piel de toro”, ese país que Gibson describe (con acierto) como un minicontinente único en el Mundo, no tiene la exclusiva. Si así fuera, muy probablemente la actual premier británica habría puesto el retrato de cualquier otro eminente británico (o británica) para que asistiese, como egregio testigo al óleo, a la histórica decisión de abandonar la Unión Europea por parte de Gran Bretaña.

¿Por qué digo esto?. Me imagino que ya supondrán que por buenas razones, contrastadas documento a documento. Algo que, seguro, ya se imaginarán hasta los trolls que suelen dejarse caer, furibundos, por esta página cada vez que oso decir algo sobre Gran Bretaña y una Historia de ese país mejor documentada, que a ellos, en su simpleza primaria, no les encaja.

Es obvio que la primera ministra británica, al decidir arroparse con ese cuadro en ese acto que podemos llamar “histórico”, demuestra estar intoxicada por los tópicos románticos sobre España y la Historia. Esos que afirman que la Historia de Gran Bretaña frente a España es una Historia de constante éxito y la de España frente a Gran Bretaña, necesariamente, una de constante fracaso. Nada menos cierto. Como queda cada vez más claro a medida que avanzamos en nuestros estudios históricos sobre esta cuestión. Unos que -sorpréndanse- nos llevan a descubrir en toda su chocante naturaleza, casi patética, lo inapropiado que resulta tener un retrato de sir Robert Walpole a las espaldas mientras se firma, sin perder una sonrisa de lo más satisfecha, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

Es posible que, en efecto, Walpole fuera el primer británico digno de tal nombre, sin embargo su gestión fue, sencillamente, desastrosa y, por esa misma razón, no se puede concebir, desde el punto de vista histórico, mayor error que utilizarlo como bandera triunfal para marcar el hito de la deserción europeísta de, de momento, una Gran Bretaña que, sólo para empezar, podría acabar perdiendo por esa decisión, en corto o medio plazo, Escocia, acaso el viejo “Pale” del Ulster, tal vez Gibraltar (veremos, pronto, en qué quedan las amenazas militares que se han dejado caer hoy mismo por parte británica)…

Repasemos la breve carrera de Walpole como primer “premier” británico.

Es posible, como nos recopila y cuenta el libro de Ian Gibson ya mencionado, que los visitantes anglosajones creyeran que, en la segunda mitad del siglo XVIII, España estaba hundida, que nada funcionaba, que, como decía uno de ellos, el “genio español” estaba siendo minado por la herrumbre de la desidia. La falsedad del tópico es manifiesta en cuanto leemos todo eso a la lumbre de cualquier documento de la época.

Independientemente de posibles descuidos en la administración pública, como los que encontraron -o creyeron encontrar- viajeros como Swinburne (que, además, tenían la insólita pretensión de ser los primeros “extranjeros” en pisar España, ignorándolo todo de las numerosas colonias de comerciantes alemanes, flamencos, genoveses, holandeses, ingleses… en ciudades como San Sebastián, Bilbao, Cádiz…), lo cierto es que la España dieciochesca era un conglomerado que, en esas fechas, abarcaba dos hemisferios y que, le pesase al curioso impertinente que le pesase, funcionaba. Algo mejor que bastante bien.

Hecho que tuvieron ocasión de comprobar la Marina, las tropas y la clase política británica bajo el breve, y desastroso, gobierno de ese mismo Walpole que Theresa May ha escogido, muy inoportunamente, para sellar la salida de Gran Bretaña de la UE.

En efecto, sir Robert se dejó arrastrar a una ruinosa guerra contra España a partir de 1738. Desde ese día, y sólo para empezar, la mayor parte de las fuerzas navales y terrestres de las que disponía Gran Bretaña, se estrellaron contra las defensas de España en Cartagena de Indias. En un episodio que se ha hecho famoso gracias al inopinado resucitar de la vida del almirante guipuzcoano Blas de Lezo a través de ensayos y novelas de desigual fortuna y acierto.

La realidad de esos hechos fue aún más compleja que esa batalla de Cartagena de Indias hoy algo manida y desgastada por cierto chusco paleterio patrio, que primero olvida y luego exalta lo olvidado del modo más zafio.

La realidad histórica, sí, es que Gran Bretaña, bajo el mando de Walpole, estaba mal organizada y contaba con muchos menos recursos que la España de Felipe V. Después de Cartagena de Indias y hasta que sir Robert fue obligado a dimitir en 1742, Gran Bretaña endosó más desairados incidentes en esa guerra en la que España (y no a la inversa, como se ha dicho hasta ahora) arrastró finalmente a la Francia de Luis XV a un conflicto internacional que se prolongaría hasta 1748. Aparte del sonado incidente de Cartagena de Indias, los intentos de ataques británicos en la costa cantábrica, especialmente en el sector vizcaíno y guipuzcoano, resultaron indicios reveladores de la debilidad del poder británico bajo Walpole frente al combinado hispano-francés.

La llamada “Channel Fleet”, al mando del anciano almirante Norris, contaba con apenas cinco barcos de combate dignos de tal nombre. Su incapacidad para intentar algo siquiera mínimamente serio en las costas septentrionales españolas quedó manifiesta en muchas ocasiones. Así, un amago de desembarco en La Concha de San Sebastián durante la Guerra de Sucesión austriaca se saldó tras disparar los expertos artilleros de la fortaleza de Urgull un par de cañonazos sobre los barcos que Norris destacó hasta allí. Aparentemente, dado su escaso número, sus capitanes debían tener órdenes de no arriesgarse a quedar hundidos, mermando a la ya muy mermada Flota del Canal…

Obviamente, ese aumento reciente de nuestro caudal de conocimientos sobre la Guerra del Asiento, que derivó en la Guerra de Sucesión austriaca, es algo de lo que carece la actual primera ministra británica. De otro modo habría elegido otra imagen “histórica” para firmar una salida de la Unión Europea que, muy probablemente, con el tiempo, resultará un episodio tan poco brillante como el breve gobierno de Walpole.

A menos que Theresa May sepa español, se haya leído, entre otras muchas cosas sobre la Guerra del Asiento, el trabajo del que esto suscribe sobre el fiasco, casi general, de las expediciones al Cantábrico publicado a finales de 2016 y así, conscientemente, lo que haya querido escenificar con el retrato de Walpole a sus espaldas, mientras firmaba el Brexit, es que está muy al tanto de que, con él, lleva a Gran Bretaña por la misma vía de desastre histórico. Todo podría ser… Pues cuanto más sabemos sobre nuestra propia Historia, más claras están (o deberían estar) algunas cosas. Como, por ejemplo, el lugar en el que nos deja (o nos debería dejar), a todos nosotros, de Irún a Algeciras, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea…

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¿Qué hubiera pasado (o pasaría) si no hubiera habido Unión Europea?. Algunas reflexiones a 60 años vista (1957-2017)
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Carlos Rilova | 27-03-2017 | 17:54| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana no ha sido fácil dar con un tema sobre el que escribir. Más que por otra cosa, porque la principal efeméride histórica de esta semana tiene que ver con el aniversario de la creación de lo que luego sería la actual Unión Europea. Y es difícil dar con un tema histórico más aburrido, la verdad. Basta con compararlo con la otra alternativa que podría haber titulado “¿Dónde vas Alfonso XII?. A la guerra del Norte, a la Guerra del Norte… (1875-2017)”, pues este viernes pasado se cumplían años, también, del momento en el que el tatarabuelo del actual rey de España, el mencionado Alfonso XII, asumía plenos poderes y se ponía al frente de su Ejército para sofocar, definitivamente, la rebelión carlista que había arraigado en el Norte del país. Donde, por ejemplo en territorio guipuzcoano, se vivía en esos momentos de marzo del año 1875 una situación desesperada. Quedando sólo unas pocas plazas en manos de tropas regulares y voluntarios liberales locales que trataban de impedir que una capital como San Sebastián (con todos sus recursos estratégicos, financieros…) cayese en manos de los carlistas, para dar así un giro a la guerra.

Pues sí, es obvio que ese otro tema, el de la épica Guerra del Norte en 1875, podría haber sido mucho más entretenido que hablar sobre la fundación de la Unión Europea. Ese tedioso, burocrático y controvertido conglomerado de estados-nación.

Sin embargo, finalmente me he decidido por ese tema por dos razones. La primera es porque, pese a todos sus defectos, la Unión Europea es algo demasiado importante, históricamente hablando, como para dejar pasar por alto el 60 aniversario de su fundación. La otra buena razón por la que he sacrificado a eso un par de páginas dedicadas a describir una serie de batallas que -en manos de Hollywood- nos dejarían con la boca abierta, es que, casualmente, topé esta semana pasada con un viejo conocido. Se trata de la “Historia de España virtual (1870-2004)” dirigida por el profesor Nigel Townson. En ese libro se estudia lo que se ha llamado “Historia contrafáctica”. Es decir, una Historia que especula con qué hubiera pasado, qué curso habrán seguido los acontecimientos históricos, de no haber ocurrido tal o cual cosa. En el caso de ese libro, por ejemplo, si el general Prim (del que hablábamos por aquí hace unas semanas) no hubiera muerto en atentado en 1870 o si España hubiera entrado en la Segunda Guerra Mundial… y así sucesivamente.

Esa manera de abordar las cosas, muy cerca de la ucronía (que es lo mismo que un análisis contrafáctico pero con mucha Literatura, como ya demostré en estas páginas en el año 2014), hace que hasta el tema más aburrido (como puede serlo la Unión Europea) resulte pasablemente entretenido.

En efecto, no voy a abundar en cifras, datos y fechas sobre la Unión Europea que, seguramente, ya les habrán arrojado este fin de semana pasado en diversos artículos de fondo de distintos periódicos y suplementos. Tampoco voy a hablar mucho de cómo un político francés con altura de miras como Schumann (o financieros como Jean Monnet) y otros alemanes como Adenauer o italianos como Gasperi con iguales alturas de miras, echaron las bases en el año 1957 para que surgiera una serie de acuerdos comerciales entre países europeos, después un mercado común, una Comunidad Económica Europea…         

No. Sólo hablaré, y brevemente, del porqué, de las razones para crear ese mastodonte político que se ve tan cuestionado hoy día por unas poblaciones europeas castigadas por una inacabable crisis económica (con un hedor cada vez más fuerte a caída de Imperio romano) y que, lógicamente, no ven las ventajas de permanecer en esa confederación.

Quien quiera que haya visto imágenes de Europa en el año 1945, sabrá el porqué de la aparición del mastodonte político en cuestión. En esas fechas se constataba que la constante histórica en la Historia europea -desde la aparición de los Estados-nación en el siglo XVI- de sostener guerras constantes por la supremacía sobre ese continente que, también desde esas fechas, dominaba la mayor parte del Mundo, había llevado a un callejón sin salida. Uno tan oscuro y tan sin salida (salvo la mutua destrucción o el convertirse en vasallos de otras potencias mayores y mejor cohesionadas) que llevó a la creación de la Unión Europea apenas pasados doce años de esas escenas terribles que resumían tres siglos de guerras jalonados por nombres como Carlos I, Felipe II, Luis XIV y todos los Borbones españoles y franceses del siglo XVIII, Napoleón, Bismarck, Hitler…

Por eso llegó a existir la Unión Europea. Y al llegar a este punto parece un buen momento para preguntarse qué pasaría sin tan tedioso y burocrático aparato que, mal que bien ha funcionado estos últimos sesenta años sin guerras de importancia en Europa (excepto el drama yugoslavo, que dio una idea de las graves carencias de la UE) no existiera o dejase de existir.

En primer lugar es evidente que si el mastodonte con sede en Bruselas dejase de existir volverían a aparecer una serie de estados-nación entre los que, acaso, pronto aparecerían también nuevas veleidades de imponerse por la fuerza desnuda y brutal al resto de países europeos. A ese respecto, Alemania podría ser la candidata ideal dado que, como lleva demostrando desde su reunificación, su objetivo ha sido ejercer sobre gran parte de Europa una especie de imperialismo económico que se ha transformado en desagradables gestos políticos. Unos que sólo han empezado a moderarse algo con la salida efectiva de Gran Bretaña de la Unión y con la creciente amenaza, incluso dentro de Alemania, de movimientos que recuerdan mucho a los que devastaron Europa en los años 30, como Pegida o Alternativa por Alemania.

Sin excluir esa posibilidad, otra de las consecuencias que podría traer aparejada la inexistencia o la destrucción de la Unión Europea, sería lo que ya se intuía a la vista del Berlín en ruinas de 1945: una Rusia rediviva pronto avasallaría (en el sentido más literal del término) a ese conglomerado de países sin una Política común y sin posibilidad de defensa común siquiera teóricamente. A diferencia de lo que ocurre ahora, donde al menos hay una apariencia de fuerzas armadas europeas.

El modo en el que se comporta la Rusia donde Vladímir Putin lleva años gobernando en lo que parece más una pseudodemocracia que una democracia al estilo occidental, es un aviso demasiado evidente como para ignorar qué podría pasar si la Unión Europea, en  lugar de consolidarse, se difuminase todavía más, ahondando las causas del descontento y la desafección de muchos europeos o mostrándose sus líderes incapaces de articular una política verdaderamente europeísta.

En estos momentos, en este 60 aniversario de la fundación de la Unión, nos encontramos en un punto Jumbar (o “Jonbar” como quieren los puristas). Es decir, en uno de esos momentos en los que la Historia puede tomar un rumbo u otro.

No cabe duda de que para los millones de europeos que han disfrutado sesenta años sin guerra, sin peste, sin apenas hambre entre el 90% de ellos, sin nada, en fin, de lo que fue habitual entre 1500 y 1945, el curso de los acontecimientos más conveniente sería el de que se consolidase lo iniciado en 1957. Basta con ver quién se alegraría de que eso no fuera así al Este de Bruselas o al otro lado del Atlántico… Y desde ahí, sobran más palabras. Es hora de hechos para que, por muchos años, podamos seguir diciendo “Feliz cumpleaños, Europa”…

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¿El “sheriff” de brillante estrella?. Hollywood y (otra vez) la Historia (1754-2017)
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Carlos Rilova | 20-03-2017 | 11:58| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy vamos a hablar, otra vez, de cine. Y, claro, cómo no, de Historia. Supongo que la mayoría de quienes leen este correo de la Historia cada lunes o, cuando menos, a menudo, habrán visto unas cuántas películas de esas que llaman “del Oeste”.

En casi todas ellas, desde las toscas fabricadas en serie en los años 50 del siglo pasado, hasta las más elaboradas que empezaron, por suerte, a ser producidas con el “New Cinema” de los años setenta, cuando aparece un representante de la Ley suele ir acompañado de una estrella prendida del chaleco, la chaqueta o la camisa. Un objeto, esa estrella, que así se ha hecho ya un objeto de nuestra cultura popular.

Hasta el punto de que -y esto no deja de tener su gracia- cuando la Disney hizo la enésima reinterpretación de la leyenda de Robin Hood, en una película de dibujos animados estrenada en 1974, el sheriff de Nottingham (representado por un corpulento lobo) luce sobre sus ropajes, más o menos medievales, una brillante estrella como símbolo distintivo de su rango.

Obviamente la Disney estaba haciendo un guiño a sus pequeños espectadores, también ahítos a esas alturas (doy fe) de cine “del Oeste” en el que un sheriff o llevaba estrella, o ni era sheriff ni era nada.

La realidad histórica, sin embargo, diverge un poco. Empecemos por considerar de dónde sale esta palabra (“sheriff”) y qué era un sheriff en el ordenamiento jurídico medieval, que luego fue exportado a las colonias inglesas de Norteamérica.

La etimología de la palabra es muy sencilla. Procede del alto inglés medieval. Una mezcolanza de lenguas que sonaban más a alemán que al inglés actual y también con una fuerte impronta de francés medieval, desde el 1066 en adelante (la época de Robin Hood). Desde que los normandos asentados en la costa francesa decidieron invadir Albión y derrotaron a los sajones en Hastings.

De ahí salió un vocablo que venía a sonar como “shire-reiver”. Algo que literalmente podía traducirse como “el que recorre el condado”. De ahí se fue degradando hasta acabar convirtiéndose en “shireiver” y, claro, “sheriff”.

Y ya se habrán fijado, a través del Cine y de las series de Televisión, que cerca de mil años después de que se crease ese puesto, los sheriffs de Estados Unidos siguen siendo, en efecto, una policía que recorre un condado. Una unidad administrativa que esa gran República ha mantenido incluso después de independizarse del rey británico.

Y aquí viene la gran pregunta:  ¿y esos “shire-reivers”, o “sheriffs”, llevaban una estrella como identificación?.

Pues la respuesta no es sencilla. Si cotejamos documentación española de la época Moderna (de 1492 a 1789) con documentación británica (o referente al mundo anglosajón) de esa misma época, parece ser que no.

Estos “vigilantes del condado” eran lo que en España se llamó, genéricamente, justicias. En ese concepto entraban desde cuadrilleros de la Santa Hermandad creada por los Reyes Católicos (ya hablaremos otro día de dónde sale ese nombre de “cuadrillero”), alguaciles y otros cuerpos similares desplegados para hacer valer la Ley. Entre ellos los alcaldes de cada población con fuero propio y categoría de, al menos, villa…

El distintivo de esas justicias era, por lo general, un bastón o vara. Dicha vara podía ser corta o larga. Había casos en los que la documentación la describía en esos términos, precisamente: “vara alta de Justicia”. Pueden ver dibujos en las crónicas de la Conquista de América, por ejemplo, de esos justicias de la Corona española destinados, o reclutados, allí, con esas varas altas que los identificaban como servidores de la Ley.

Curiosamente es también posible encontrar testimonios que muestran que los justicias del rey británico usaban el mismo sistema de identificación.

Por ejemplo en uno de los relatos históricos más interesantes que se pueden leer sobre la llamada “Guerra de los Siete Años” (1756-1763), la conocida en Norteamérica como “Guerra franco-india” (iniciada en 1754). Se trata de las memorias de un soldado de línea francés destinado a defender la colonia de Nueva Francia. Es decir, lo que hoy es Canadá. Su autor, Charles Bonin, conocido por el apodo o “nombre de guerra” de “Jolicoeur”, vivió extraordinarias aventuras en su período de servicio (por eso ésta no será la última vez que aparezca por aquí) y entre ellas la de caer prisionero de los británicos.

Durante su cautividad en las provincias británicas de América, que fue bastante laxa, permitiéndosele mucha libertad de movimientos, pudo observar de cerca a sus enemigos y describir sus usos y costumbres. Entre ellas la de cuál era el símbolo que utilizaban los justicias británicos para identificarse en aquellas lejanas provincias americanas.

Nada más, pero tampoco nada menos, que una vara de madera de color blanco que, una vez que Charles lo preguntó, se le describió como el símbolo que identificaba a los “sheriffs”,  a los oficiales de justicia (así los llama en su libro) del rey en aquella parte del mundo bajo dominio de Gran Bretaña…

De estrellas brillantes no vio Charles Bonin ni rastro. Salvo las del firmamento de aquel hemisferio americano, bajo cuya luz tantas veces durmió. No sabiendo si al día siguiente estaría vivo o habría sido muerto por los británicos o los “salvajes” aliados a ellos.

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