Diario Vasco

img
El águila ha desembarcado. Historia para el principio del fin del bicentenario de las guerras napoleónicas. Del 1 de marzo de 1815 al 1 de marzo de 2015
img
Carlos Rilova | 02-03-2015 | 10:37| 1

Por Carlos Rilova Jericó

Hace doscientos años, el 27 de febrero de 1815, un navío se acerca a la costa del Sur de Francia. El 1 de marzo su pasaje desembarca y se dirige a lo que con el tiempo se convertirá en uno de los lugares más lujosos del Mundo, Cannes, que entonces es poco más que una pequeña población de campesinos y pescadores.

Esa falta de eso que algunos llaman “glamour” en el Cannes de 1815 se desvaneció ahora hace doscientos años, cuando el jefe del pasaje de ese barco que se ha adentrado en Golfe-Juan el 27 de febrero de 1815, se abre paso hasta esa, por otra parte, anodina, casi irrelevante, población.

Su figura es inconfundible. Casi tanto como el perfil de muchos de esos actores y actrices que se pasean por el Cannes actual. Sí, difícilmente nadie en la Francia de 1815, ni en la Europa de ese mismo año, puede ver ese sombrero negro y ese capote gris -y al hombre algo rechoncho y más bien bajo que habita esas prendas- quedando indiferente. Es Napoleón Bonaparte.

Los habitantes de lo que ahora es la Costa Azul francesa, que, según los grabados de la primera edición del famoso “Memorial de Santa Elena”, lo aclaman cuando entra en sus poblaciones, son así los primeros en enterarse de que ha ocurrido lo que se sospechaba y tan bien describió Joseph Conrad en su última novela: que el Ogro corso, el Tirano de Europa, Buonaparte, el Monstruo… finalmente iba a fugarse de Elba, de la pequeña isla en la que lo ha confinado la magnanimidad de los aliados desde que el emperador se da por vencido en Fontainebleau, abdicando, en abril de 1814.

Comienza así una rápida carrera hacia París. Es el llamado “vuelo del águila”, que, “de campanario en campanario” de Francia, llega el 20 de marzo en triunfo a las Tullerías de París, de donde el rey Luis XVIII acaba de huir, con dirección a la localidad belga de Gante, para protegerse allí bajo las bayonetas de los ejércitos aliados, a los que solicita que cumplan con la misión que su propio Ejército, en su mayor parte, no ha sabido -o más bien no ha querido- cumplir. Es decir, la de protegerle de Napoleón, del Ogro, del Tirano, del Monstruo…

El emperador desterrado llega así, vitoreado, aclamado, hasta el palacio de las Tullerías y recoge un cetro, una corona, un trono… vacíos, aunque casi conservan el calor de su anterior propietario.

Comienza así el período de los llamados “Cien Días”, unas fechas variables que se extienden desde ese desembarco el 1 de marzo de 1815 hasta algunos días o semanas después de la derrota de Waterloo, el 18 de junio de ese mismo año, que pone fin a la epopeya, a las guerras napoleónicas.

¿Qué es lo que ha traído de vuelta a Napoleón?. ¿Cómo es que le aclama casi el mismo pueblo que apenas un año antes lo despidió de Francia en medio de un odio bastante generalizado, cubriéndolo de desprecio y en algunos casos incluso intentando asesinarlo, obligándole a disfrazarse para evitar ser linchado?…

Parece haber una rara unanimidad a ese respecto: todos los que hablan sobre esto, desde novelistas como Erckmann, Chatrian o Víctor Hugo hasta historiadores como Dominique de Villepin, coinciden en señalar que el gobierno restaurado de los Borbones, en la persona de Luis XVIII -hermano del ejecutado Luis XVI-, ha hecho bueno al emperador en el lapso de unos pocos meses, logrando rehabilitar a “Buonaparte” con sus medidas reaccionarias, vengativas incluso, contra un “Pueblo” al que consideran culpable de algo que esa corte restaurada y los nobles que la forman, emigrados desde 1790 -y resentidos, muy resentidos-, llaman “rebelión de veinticinco años”. Es decir, todo el período iniciado desde el 14 de julio de 1789 hasta la abdicación de Napoleón en 1814.

Sí, parece que todos los que conocen bien los “Cien Días” de Napoleón coinciden en señalar que ese afán de revancha, y todas las medidas a él asociadas, son las que hicieron olvidar a los franceses esa pierna volada por una bala austriaca en Austerlitz, ese brazo perdido en las estepas heladas de Rusia en 1812, ese hijo que nunca volvió de España después de ser reclutado, como todos, para cinco años de servicio militar, esos impuestos puntualmente requisados para mantener una guerra constante contra toda Europa, o, para los efectos, los ejércitos español, británico y portugués que, con sus victorias, animarán la resistencia a ultranza de prusianos, austriacos y rusos en 1813…

Los Borbones restaurados también habían conseguido, para marzo de 1815, que un número significativo de franceses hayan olvidado el hambre, a los cosacos -y otros efectivos aliados- arrasando y saqueando haciendas en el Norte de Francia, la movilización obligatoria en la Guardia Nacional durante el invierno de 1814 de ciudadanos dados por inútiles para el servicio (por edad, por estado civil…) para, con un mínimo de instrucción militar apresurada, salir a combatir esas hordas con poco más que un mosquete, un sable “briquet”, una cartuchera y una bayoneta…

Sí, los franceses han olvidado eso y más. Por ejemplo a las tropas aliadas bajo mando de Wellington que han infligido derrota tras derrota a los últimos ejércitos napoleónicos en el Sur de Francia entre el otoño de 1813 (con revancha española incluida en el País Vasco francés hasta que mylord la ataja) y la primavera de 1814.

Así, con esos olvidos, casi el 80% de los franceses recibe ahora hace doscientos años a Napoleón como una especie de taumaturgo que no va a provocar más de esos problemas, sino a resolver los que él mismo creó y los que ha añadido un Luis XVIII quizás bien intencionado pero prisionero de un sector de la población que pide venganza. Los primeros franceses que se adhieren a ese Napoleón visto como providencial son los más importantes en una crisis así: los hombres que forman el Ejército y que saben muy bien que se lo deben todo a él y, por tanto, no se lo han pensado dos veces antes de arrancar de sus sombreros, colbacs o chacós la escarapela blanca para reemplazarla por la tricolor, abandonando a un Luis XVIII muy poco prometedor para ellos.

Para muchos de esos franceses esas ilusiones se desvanecerán pronto, muy pronto. Otros tendrán que esperar a ver el último golpe en Waterloo el 18 de junio, descargado por una Alianza de naciones europeas (España incluida) que, en pocas semanas, ha reunido en todas las fronteras de Francia miles de soldados dispuestos a invadirla y a imponerle, de nuevo, la dinastía destronada o lo que decida el Congreso de Viena que, por supuesto, nunca será mantener en el trono de Francia a Napoleón.

Así es, desde los pasos del Bidasoa en Irún hasta los de Cataluña, desde los Alpes hasta las llanuras de Bélgica, una multitud de soldados de abigarrados y coloridos uniformes de estilo paradójicamente napoleónico, aguarda para entrar, otra vez, en Francia, para ocuparla, para recordar a sus habitantes que Luis XVIII se ha podido equivocar, pero Napoleón atrae el rayo de la destrucción como un árbol en medio de un prado vacío lo atrae sobre los que tratan de refugiarse de la lluvia bajo él.

Todo eso es lo que, desde este último domingo, y hasta julio de 2015, cumple doscientos años. Nada más hay que decir, por ahora, salvo bienvenidos a la última etapa del bicentenario de las guerras napoleónicas. Ese del que, según esperamos algunos historiadores, saldremos todos mejor informados, más sabios sobre aquellos acontecimientos de hace ahora doscientos años que cambiaron el Mundo y la Historia para siempre.

Ver Post >
Una historia sombría. ¿De qué agujero del Tiempo ha salido “50 sombras de Grey” y su éxito en taquilla?
img
Carlos Rilova | 23-02-2015 | 10:29| 10

Por Carlos Rilova Jericó

En realidad no quisiera meterme en este jardín histórico, que lo es, ya lo verán. Pero la verdad, me resulta bastante difícil sustraerme a la, como decían en el Tardofranquismo, “ola de Erotismo que nos invade”.

Bueno, no quisiera ponerme nostálgico pero, la verdad, aquel lamento “ultra” por la “ola de Erotismo” suena hasta agradable hoy día, si nos ponemos a considerar el rotundo éxito en taquilla -como no podía ser menos, dados los medios empleados- de la adaptación al cine de “50 sombras de Grey”. Primera novela de la famosa trilogía literaria dedicada por una fan de la saga “Crepúsculo” -mal empezamos- a los gustos peculiares en cuestiones ¿amorosas? de un tal señor Grey.

Llevo años pasmado ante el éxito de esas novelas de Grey, viendo la cosa, como las suelo ver, desde la perspectiva de la Historia, que de eso suele ir esta página, como supongo ya se habrán dado cuenta.

Sí, confieso que me leí el primer capítulo de la primera novela. No más. Principalmente para confirmar lo que ya me imaginaba y denunciaba este mismo martes Javier Vizcaíno en “Noticias de Gipuzkoa”: que somos una sociedad sexualmente reprimida, hasta extremos insondables. Una situación verdaderamente asombrosa para una civilización como la nuestra, en la que no existen ya instituciones encargadas de velar por eso que se llamaba “la moral pública”. Sean las distintas inquisiciones -eso de que sólo existía la española es un trauma mal curado de la Psicología colectiva anglosajona, que aún no ha superado su pavor a la famosa Armada Invencible- o las Ligas de Temperancia, tan populares en los Estados Unidos de principios del siglo XX.

Las masas acudiendo a consumir porno blando -que eso es, al fin y al cabo, “50 sombras de Grey”-, no hacen sino confirmar que no vamos hacia delante en estos temas, sino más bien hacia atrás.

Así es, puede que la hoy feliz autora de la millonaria trilogía de “50 sombras de Grey” no lo sepa -y seguramente, si lo sabe, le dará igual- pero en el siglo XVIII lo mejor que le podría haber pasado es que se hubiesen reído de su ingenua y a la vez perversa historieta.

En efecto, hace trescientos años, quienes se podían permitir perder tiempo en estas cosas -generalmente los estratos medios-altos de las sociedades europeas- consideraban la práctica sexual como una especie de Arte. Casi del mismo modo en el que Thomas de Quincey consideraba al asesinato.

Uno de los investigadores que más han aportado a ese tema es Jean-Luc Quoy- Bodin, que escribió un bello artículo sobre ese aspecto de la Francia del siglo XVIII en el número de julio-septiembre de 1986 de la “Revue Historique”.

Sí, Quoy-Bodin nos decía, por ejemplo, que la ociosa nobleza francesa de ese siglo tan luminoso para tantas cosas, el XVIII, formó sociedades secretas cuyo objetivo era que hombres y mujeres se encontrasen y, sin atender a otras cuestiones, liberasen eso que se llama “tensiones sexuales” en un ambiente muy dieciochesco, en el mejor sentido de esa palabra. En muchos de esos casos todo aquello estaba revestido de un elegante e inequívoco ritual y con unas normas en las que -por difícil de creer que les resulte- se pedía, ante todo, mutuo acuerdo entre los integrantes de la pareja que se iba a formar y la búsqueda de eso que, años después, consagraría la constitución de los revolucionarios americanos, hijos de aquel Siglo de las Luces. Es decir: la búsqueda de la Felicidad. En su caso por medio de la placentera actividad.

Las normas vigentes en sociedades como aquellas eran todo discreción y ritual destinado a la búsqueda de esa felicidad igualitaria y desinhibida entre ambos sexos. Así, la mujer era representada en algunas de esas normas como una bahía a la que debía arribar el hombre que ella eligiera, que era definido en el lenguaje convenido de alguna de aquellas amigables sociedades como “bajel”.

La evidente metáfora náutica recordaba a los participantes que todo aquello se haría con la misma delicadeza y mano izquierda que un capitán de barco de la época necesitaba para llevar a puerto seguro un barco.

Y así podríamos seguir hablando de ese tema mucho más tiempo, porque, por ejemplo, el artículo de Quoy-Bodin entre otros textos, reflejaba casi todas las variantes de ese juego sexual tan sofisticado y propio de una época que, vista desde la distancia, subidos al montón de borra formado por novelas y películas como “50 sombras de Grey”, nos parece -nos debería de parecer, al menos- mucho más civilizada.

Sí, es realmente triste constatar que, dos siglos después de una revolución que acabó con las injusticias políticas que mantenían en el poder a esa nobleza ociosa y dedicada a juegos de salón como esos, el mayor avance que hemos conseguido en un tema tan importante para la especie humana -como lo es la actividad sexual- es que la mujer encuentre, como fuente suprema de placer, ser dominada por un hombre más poderoso que ella. Convirtiendo así en normal lo que el siglo XVIII -con todas sus carencias políticas, con la desigualdad de fondo existente para la mujer…- consideraba profundamente anormal. Como bien se vio por las tribulaciones sufridas por uno de los principales propagandistas de ese juego ahora baboseado por la trilogía de “50 sombras de Grey”. Un tal marqués de Sade que dio con sus huesos en la Bastilla y aún peores instituciones, porque, como se suele decir, se había pasado de frenada con el género erótico -Literatura de tocador, lo llamaban- tan en boga en la época como para dar lugar a obras más sublimes como “Las amistades peligrosas”.

Sí, “50 sombras de Grey” es realmente un mal síntoma sobre lo rápido que se degrada la inteligencia, la cultura más básica, en nuestra sociedad. Hace tan sólo dos décadas asistimos a algo parecido con “Instinto básico” -otra película que, como ahora “50 sombras de Grey,” era “la bomba” porque la bella Sharon Stone cruzaba las piernas mostrando a los policías que la interrogaban que no llevaba ropa interior…¡ahí era nada!- pero entonces, al menos, había también en  las salas dos versiones distintas de “Las amistades peligrosas” que fomentaron, no hay mal que por bien no venga, la reedición del libro de Pierre Choderlos de Laclos y el conocimiento de aquella época -el siglo XVIII- algo más madura en ese aspecto que nuestra, supuestamente, más avanzada sociedad.

Hoy ni siquiera eso. Mal síntoma. Muy mal síntoma de la falta de educación cada vez mayor que padecemos para afrontar una cuestión fundamental para que una sociedad, nos guste o no esa evidencia, pueda funcionar correctamente y no acabe cayendo en la anomia, que es el destino al que parece nos dirigimos con “fenómenos” tan vacuos, tan peligrosamente vacuos, como “50 sombras de Grey”. Todo un mal síntoma, en efecto, de retroceso en el proceso histórico de civilización desarrollado entre 1715 y 2015.

Echen la vista atrás sobre esos trescientos años y piensen qué hemos ganado y qué hemos perdido en ese vagar por los siglos, desde sociedades secretas pero dedicadas a buscar la Felicidad en las relaciones libres y más o menos igualitarias entre sexos, a la exhibición y exaltación pública del dominio perverso de un hombre poderoso sobre una mujer “inferior” en la escala social como supremo mito erótico de una sociedad -la nuestra- que parece tener flojo algún tipo de tornillo sociológico, cultural, económico… para caer en tales abismos.

Ver Post >
“Por Gis y por Santa Caridad”. Historia del Día de San Valentín. ¿Historia de otro invento de los centros comerciales?
img
Carlos Rilova | 16-02-2015 | 10:39| 0

Por Carlos Rilova Jericó

(Para la que ama “A los que aman”)

Hoy hace fortuna en España la expresión “Cuñadismo”. Supongo que en el Futuro alguien hará una brillante tesis doctoral, o varias, sobre una sociedad -la nuestra- en la que en algunas fiestas destacadas del año -la cena de Navidad, por ejemplo- había alguien -ya disfrutase de la categoría legal de cuñado o no, detalle secundario éste según los expertos en “Cuñadismo”- que se ponía a sentar cátedra sobre los asuntos más diversos. Generalmente sin tener mucha idea de ninguno de ellos.

Un tema como el que hoy vamos a tratar entraría, perfectamente, en las coordenadas del “Cuñadismo”.

Pensémoslo bien: ¿qué “cuñao” se resistiría a dar a sus familiares y comensales en una buena cena de Adviento una charla -bajada a saber de qué ignoto rincón de Internet- acerca de que Navidades, Reyes… y todas esas fiestas son un producto de Mercadotecnia de los grandes almacenes, para que gastemos nuestro dinero y mantengamos en marcha este tinglado económico en el que intentamos vivir?.

Ya sabemos la respuesta: no habría practicante del “Cuñadismo” que se resistiera a tal bicoca.

Lo mismo puede ocurrir con el Día de San Valentín que acabamos de celebrar. Tiene esa fecha todos los elementos propios para una buena dosis de “Cuñadismo”.

Ciertamente se dice, desde hace años, que el Día de San Valentín fue exacerbado por cierta cadena de famosos grandes almacenes norteamericanos para poder liquidar, con beneficio, por supuesto, lo que había quedado en sus depósitos de mercancía después de la Campaña de Navidad.

Incluso la España franquista, tan atrasada en casi todos los aspectos, se subió a ese carro con prontitud, sin esperar a la muerte del dictador y a la llegada de nuestro actual papanatismo hacia todo lo que viene manufacturado desde Estados Unidos y, en muchas ocasiones, no es sino una devolución -adocenada y plastificada- de prestamos culturales que los europeos hemos hecho a los que se fueron, hace generaciones, a ese lado del Atlántico.

En efecto, en aquella estrambótica España de Franco, a mediados de aquel régimen, seguro que recordarán que se hicieron no una, sino dos películas relativas al Día de los Enamorados. Y, la verdad, aunque esas películas no renegaban de las raíces católicas del asunto -el protagonista era un simpático y elegante San Valentín, que subía y bajaba a la Tierra en el ascensor de uno de los incipientes rascacielos del Madrid resurgido de la debacle de 1936-, daba la sensación de que la desaparecida “Galerías Preciados” -es decir, los grandes almacenes madrileños que han inspirado la serie “Galerías Velvet”- algo tenía que ver en aquel éxito de taquilla de “El día de los enamorados” y “Vuelve San Valentín”, para sacarse así de sus depósitos lo que le había sobrado de las Navidades.

Así las cosas, parece difícil negar que esta vez el “cuñao” tendría razón al ilustrarnos sobre la vil y sórdida realidad que se esconde tras los regalos y festejos que hacemos para el Día de San Valentín.

Pero no, como siempre -en el mejor de los casos-, el “cuñao” sólo acertaría a medias. Y es ahí cuando aparece en escena el historiador -que, lo sé, a veces, es como un “cuñao” pero “con estudios”- para desmontar esos argumentos sobre el origen del Día de San Valentín.

No voy a entrar en esa rama de la Historia llamada Hagiografía (es decir, la Historia de los Santos), explicándoles quién era San Valentín y por qué en el amplio santoral católico se le nombra protector de los enamorados. En este caso, como en muchos otros, mejores doctores que yo tiene la Iglesia y hasta varios diccionarios de santos online donde se explica la historia de San Valentín y de muchos otros.

En lo que sí voy a entrar es en contarles que, tras cerca de dieciocho años de práctica en investigación histórica, rara vez me he encontrado con ninguna celebración especial del Día de San Valentín entre el siglo XVI y el XIX, con lo cual se podría reforzar el argumento “cuñadista” sobre que todo esto es un invento reciente y vilmente mercantilista. Sin embargo, “rara vez” no significa “nunca”.

Así es, al menos una vez sí he encontrado un documento de finales del siglo XVI a comienzos del XVII en el que se constata, perfectamente, la tradición cristiana de festejar y exaltar a San Valentín no como personaje central de una romería local o patrón de una determinada iglesia, sino como protector universal de los enamorados.

Curiosamente el dato no venía de un país católico sino de uno protestante: la turbulenta Inglaterra de la reina Isabel I.

Lo encontré en un esmerado disco producido por el grupo “The Camerata of London” y titulado “Shakespeare´s Musicke”.

En este magnífico disco, que reconstruye -hasta el último detalle- la música con la que se amenizaban las representaciones teatrales firmadas por Shakesperare, viene una canción cantada por la Ofelia de “Hamlet”. Ya recordarán que Ofelia era la desdichada muchacha que, al ver frustrado su amor por el atormentado Hamlet, acaba suicidándose -o algo parecido- tras perder el juicio, cayendo a un río donde flota un breve instante gracias a sus amplios ropajes de dama de aquella Corte danesa en una imagen, entre el ensueño y la pesadilla, que tan bien reflejó en el siglo XIX un cuadro del prerrafaelista John Everett Millais.

El personaje de Ofelia, antes de morir, cantaba, entre otras, esa alegre canción en la que, invocando “por Gys y por Santa Caridad”, recordaba equívocamente a Hamlet que la víspera del Día de San Valentín ella era una doncella dispuesta a ser su “Valentina” -tradúzcase “enamorada”- esperándole -en una escena inversa a la de Romeo y Julieta- bajo su ventana…

La verdad es que esa canción es un magnífico documento. No sólo porque nos permite fechar la costumbre del Día de San Valentín a finales del siglo XVI, sino por la curiosa muestra de cultura popular -la invocación a Gis y a Santa Caridad- y cultura de élite tan propia de la época (como nos contaba nuestro colega Peter Burke en “La cultura popular en la Europa moderna”) y aún más propia del convulso ambiente en el que nacieron las obras de Shakespeare. Alguien que, según algunas interesantes teorías, no era un bardo inmortal, sino sólo un testaferro de un grupo de nobles que, con canciones como éstas y obras como “Hamlet” y otras de todos bien conocidas, trataban de controlar las ideas políticas de la baja plebe inglesa.

Especialmente de la londinense, para utilizarla como masa de maniobra en intrigas políticas que habrían acabado en lo que hoy llamaríamos un golpe de estado. Como podrán ver en una magnífica pero desconocida película, “Anonymus”, en la que se reconstruye minuciosamente la época -lo que vean ahí vale también para la Francia de Corneille o la España de Lope de Vega- y el ambiente de intrigas palaciegas donde surgieron obras como “Hamlet”. Esas en las que lo más inocente que había en ellas eran canciones como la que la pobre y desdichada Ofelia cantaba al lúgubre príncipe de Dinamarca, antes de poner trágicamente fin a su vida, cayendo a un río con el eco de la víspera de San Valentín en su boca, desesperada por un amor no correspondido.

 

Ver Post >
I Katochi. La Ocupación. Algo de Historia sobre la obsesión de Alemania con Grecia (1941-2015)
img
Carlos Rilova | 09-02-2015 | 10:52| 14

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana quería hablar de algo que no tuviera que ver con la actualidad. Sin embargo, me resulta muy difícil sustraerme al vértigo de sondear las raíces históricas de lo que hoy es noticia. En este caso las que explican la actitud de Alemania frente a la Unión Europea y, en especial, hacia Grecia. Nos remontaremos así a la Segunda Guerra Mundial que los griegos llaman. La Ocupación. Alemana, por supuesto.

Como verán por la primera ilustración de este nuevo correo de la Historia, Hitler, se creía historiador. O al menos creía que sus infundadas opiniones sobre la Historia eran buen y verdadero conocimiento histórico. Un problema muy común -este sábado vi un caso muy parecido en las páginas de opinión de otro periódico- que, por lo general, suele traer aparejadas consecuencias bastante funestas para los que prestan atención a esa clase de charlatanes que se inventan agravios históricos para justificar cualquier barbaridad en el presente. Como ocurrió en Alemania en 1933 y parece estar volviendo a ocurrir en 2015.

Ciertamente buceando en la Historia de ese país pronto descubrimos que la ferocidad con la que se comporta el actual gobierno alemán es fruto de un miedo atávico que hunde sus raíces en los llamados “negros años treinta” del siglo pasado, cuando el “Crack” del 29 desbarató la economía mundial y convirtió Alemania en algo que se parecía bastante a eso que ahora llamamos “Tercer Mundo”.

Sí, en esos momentos, Alemania alcanzó cotas de miseria hoy difíciles de creer. Había allí hambre generalizada y otras cosas que impedían razonar con lógica. Fue así como aquel pueblo tan culto y tan civilizado eligió en las urnas a un partido de bárbaros que cada día se engrosaba con más y más alemanes que sólo querían poder vivir antes que disfrutar de la música de Schubert o la poesía de Novalis, o cuestionar los métodos de “historiador” de Herr Hitler. Cosas todas que, como bien se sabe, alimentan mucho menos que el “chucrut” y la “apfeltarte”.

Así, los alemanes, en su mayoría -salvo los “inadaptados” políticos a la nueva situación salida de las urnas en 1933, que fueron unos cuantos miles-, consiguieron esa vida que ansiaban en el oscuro año de 1933, con estabilidad económica, con un horizonte despejado, con comida encima de la mesa y con unos reichsmarks en el bolsillo que no se devaluaban de hora en hora por una hiperinflación que convertía el papel moneda en papel mojado en cuestión de minutos.

Aún más, esa mayoría de alemanes estuvo, en principio, encantada de pagar el precio que costaba comer otra vez tres veces al día. A saber: vestir uniformes paramilitares de color pardo, adorar una cruz que no era precisamente la de Cristo y su Evangelio de Paz, desfilar de manera estrambótica ante un líder mesiánico y agredir. Sobre todo agredir. ¿A quién?. A una lista de enemigos que no hacía sino multiplicarse: judíos alemanes y de otras nacionalidades, “subhumanos” eslavos y, finalmente, el resto del Mundo más allá de las fronteras alemanas salvo, de momento, países “hermanos”. Por ejemplo la España de Franco, la Austria recién limpiada de derechistas autoritarios, pero aún excesivamente tibios para los estándares de Hitler, como era el caso del canciller Dollfuss, o la Italia fascista que había sido el modelo a seguir por Alemania desde 1923 hasta el triunfo final del Nazismo en 1933.

Eso, como ya sabrán, llevó a la Segunda Guerra Mundial, que acabó en la ocupación de toda Europa para 1941, (excepto España, que estaba ocupada por su propio Ejército, como decía Churchill, quizás olvidándose cómodamente de su incómodo aliado portugués, el dictador Oliveira Salazar).

Grecia era una pieza clave en ese esquema y en 1941 los alemanes, junto a italianos y búlgaros, invadieron Grecia. Y la ocuparon hasta 1944.

No sin resistencia desde luego. De hecho, los partisanos griegos, apoyados por los aliados, lucharon ferozmente y eso costó al Reich alemán grandes pérdidas en hombres y material. Incluso pese a la guerra civil entre los distintos grupos de esa resistencia griega, preludio de desgracias posteriores que han llegado hasta hoy día.

Así hasta que Alemania se retiró cuando el sagrado suelo alemán se vio amenazado por todos aquellos a los que, de un modo u otro, había provocado a la lucha. Es decir, prácticamente todo el Mundo. Incluso potencias tan divergentes y antagónicas como Estados Unidos y la URSS que, ayudadas por otros núcleos de resistencia de mayor o menor entidad -como podía ser el caso de los griegos-, fueron laminando, poco a poco, toda resistencia alemana y, después, todo aquel gran país.

A partir de ahí, del año 1945, hubo dos interpretaciones sobre el papel que Alemania jugaba en el Mundo. Por un lado se habló, pronto, del “milagro económico alemán” que en poco más de cinco años desde 1945 a 1950 reconstruyó el país, su industria, etc… y lo sumó -al menos la parte occidental de esa nación dividida en dos por los vencedores- al concierto pacífico de la ONU.

Otra corriente de opinión más minoritaria pero, sin embargo, no por eso desdeñable, advirtió que en Alemania había una soterrada ansia de revancha, de ganar, como fuera, la Segunda Guerra Mundial que tan desastrosamente habían perdido.

El ejemplo más asequible son muchos retazos de la novela de intriga “Odessa” -luego llevada al cine- pero hay sesudos intelectuales que lo han dejado notar también en sus obras. Por ejemplo el polémico profesor Chomsky, que señalaba que la desnazificación alemana había sido cuando menos imperfecta y había permitido escapar, casi indemnes, a muchos que no veían, en el fondo, nada malo en la idea de que Alemania fuera -sólo para empezar- dueña de Europa.

Tales teorías parecían irrelevantes, o extravagantes, hasta la famosa caída del muro de Berlín y la reunificación alemana. Sin embargo hoy, a la vista de la actitud alemana con respecto a esa Unión creada para evitar una nueva guerra civil europea como la de 1914 o la de 1939, cualquiera diría que hipótesis como la de Chomsky -o incluso otras más truculentas como las de la novela “Odessa”- son absolutamente ciertas.

Vemos que, en efecto, hay un grupo de poder en Alemania absolutamente decidido a sojuzgar al resto de países europeos por medio del viejo sistema de crear una deuda abusiva y eterna -como la de América Latina en los ochenta- que, en la práctica, convierte a los países víctimas de ese juego siniestro en un virreinato, en un protectorado alemán y no en un socio paritario de la Unión Europea.

Evidentemente tal abuso de confianza -Alemania no parece recordar ya ni el “Plan Marshall” que favoreció su “milagro”, ni la generosidad de sus socios europeos en los difíciles tiempos de la reunificación- produce consecuencias. Por ejemplo hoy Grecia es ya, lo quiera o no el doctor Schäuble, un avispero cada vez más parecido a aquel en el que quedaron sumidos millones de marcos en material y muchas vidas alemanas de 1941 a 1944, tan sólo para acabar en una estrepitosa derrota.

¿Quién será el siguiente en enfrentarse frontalmente con una Alemania que, por la razón que sea, parece incapaz de asumir las lecciones de 1918 y 1945 pensando, como un ludópata terminal, que esta vez sí, que con este envite logrará hacer saltar la banca y llevarse el botín europeo ?.

¿El resto de socios de la Unión Europea van a tolerar este nuevo rapto de Europa por una Alemania disfuncional a la que habría que devolver a la escuela hasta que aprendiese correctamente su propia Historia?.

Son preguntas que, tal vez, tengan una respuesta muy difícil de digerir para muchos en las siguientes citas electorales. Especialmente en las españolas. Tal vez en las italianas, quién sabe si también en las francesas…

 

Ver Post >
España y sus problemas con la Historia (otra vez). De “Víctor Ros” a los supervivientes de Auschwitz. De la desesperación a un pequeño rayo de esperanza
img
Carlos Rilova | 02-02-2015 | 10:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Mariano José de Larra dejó dicho algo así como que escribir en España era llorar. Las cosas han mejorado algo desde esa primera mitad del siglo XIX a estos comienzos del XXI. Ahora los que se dedican a escribir -al menos los autores conocidos como lo fue Larra en su tiempo- ya no lloran. Les va bien, son admirados incluso, y algunos de ellos obtienen bonitas cantidades de dinero fruto de la venta de sus obras y sólo lloran por pura pose.

Lo de escribir y llorar parece haberse quedado ahora tan sólo, y cada vez más, para los que tienen -tenemos- la osadía de escribir Ciencia en ese país llamado España.

Me explico. Escribir hoy día en España de cualquier ciencia, es decir, trabajar en cualquier campo de ella, significa, las más de las veces, un billete rumbo al exilio económico o ser condenado a una especie de ostracismo similar al que describía Larra en sus tiempos.

No voy a abundar en muchos ejemplos. Sólo les pediré que hagan algunas averiguaciones acerca de cómo se ha quedado el CSIC -el Consejo Superior de Investigaciones Científicas- después de que le aplicasen las mal llamadas “reformas” que, en muchas ocasiones, parecen hacer honor a ese siniestro chiste gráfico publicado hace poco, en el que se veía a dos miembros del actual gobierno español sonriendo cual calaveras y diciendo “¿Que estamos vendiendo España?. Qué va. La estamos regalando”.

Pues sí, cada día España, gracias a esas políticas que nos predican -desde Alemania, por cierto- como imprescindibles, regala cientos, tal vez miles, de científicos a otros países de Europa o de América.

Pues sí, así está la cosa. Hacer Ciencia en ese país llamado España, hoy por hoy, es llorar -o emigrar- salvo para una casta de privilegiados instalada en determinadas instituciones -por ejemplo el departamento de Ciencia Política de la Complutense del que ha salido ese partido que, desafortunadamente, nos dicen es nuestra única esperanza- o caballeros y damas rentistas que lo mismo se podrían dedicar a la Ciencia que a degustar café tranquilamente en sus casas.

Si hablamos de la ciencia llamada “Historia”, el panorama ya entra en los terrenos de la alucinación.

Es lo que me pasó a mí este último lunes cuando, no sé por qué azar, vi parte de la serie que ahora ha sustituido en TVE a “Isabel”, “Víctor Ros”.

La verdad es que ya había oído hablar del personaje. Al parecer es un intento de hacer una especie de Sherlock Holmes a la española (la acción transcurre a finales del siglo XIX) y la serie -basada en varias novelas publicadas por un gran grupo editorial-, por los avances que vi de ella, parecía estar tan bien trabajada como otras producciones de TVE ambientadas en esa misma época. Caso de la película “Prim”, de la que hablé en otro correo de la Historia.

Vale, pues no. Me desengañé bien pronto. Y la verdad no me debería haber esperado menos del padre de la criatura, autor de una novela infame, “El valle de las sombras”, sobre la tragedia que fue la construcción del llamado “Valle de los Caídos”.

El aludido se llama Jerónimo Tristante y es profesor de Secundaria. De Historia, pensarán ustedes cándidamente… pues no, de Biología…

Y se nota. De inmediato. Véase, por ejemplo, un diálogo curioso entre Víctor Ros y otro de los personajes de la serie. Ros lamentaba, con cara contristada, que en Argentina los métodos policiales estaban mucho más avanzados -la acción transcurre hacia 1891- porque habían encontrado a un asesino gracias a sus huellas digitales. A eso añadía Ros, con honda pena, que “en cambio, en España…”

Esa es la visión, el conocimiento de la Historia de su propio país, que tiene este profesor de Biología creador de ese personaje. La de pensar que en 1891 España estaba más atrasada que una tribu de hotentotes sólo porque en Argentina se pone en práctica con éxito por primera vez la identificación criminal por huellas digitales…

El problema no es -se lo aseguro porque conozco a otros novelistas que escriben, con acierto, novela histórica sin ser historiadores- que el profesor Tristante sea biólogo. No, el problema es su falta de verdadero criterio histórico y el desprecio con el que su producto trata a los historiadores españoles y su trabajo, considerándolos prescindibles, totalmente superfluos, sin nada que enseñarle sobre cómo era exactamente la España de 1891. Veamos un ejemplo. Es obvio que el autor de “Víctor Ros” ni siquiera ha reflexionado sobre lo atrasada que podía estar también la Policía británica de 1891, deduciéndolo del escarnio que hacía de ella Arthur Conan Doyle a través de un personaje de la serie de novelas y relatos de Sherlock Holmes: el ineficaz, pomposo y aprovechado inspector Lestrade.

Circunstancia que debería conocer quien, al parecer, trata de emular a Conan Doyle pero lo único que hace es contarnos el mismo viejo cuento oxidado del Regeneracionismo noventayochista que, por cierto, ni siquiera fue tomado en serio en su propia época. Como sabrán si leen libros de Historia de España relativamente recientes en lugar de atender a sucedáneos adulterados como “Víctor Ros”.

Algo, leer Historia, que, desde luego, están bien lejos de hacer los responsables de esa serie. Es lo que deberíamos deducir del hecho de que, además de lo ya dicho, en el ¿documental? que seguía al episodio de este lunes aparecieran, explicándonos en qué consistían los desafíos entre caballeros de la época, aparte de un profesor de esgrima -lo cual tenía cierta lógica-, una persona cuyo mérito para eso era -se lo juro si quieren- ser, tal y como rezaban las letras sobreimpresionadas en la pantalla, “profesor de Ingeniería retirado”…

Hasta aquí la desesperanza y la amargura. Ahora vamos con ese pequeño rayo de esperanza del que hablaba en el título del articulo. Éste también lo trajo la televisión. Lo vi cuando retransmitían, en directo, en una cadena francesa, la ceremonia del 70 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz. Entre los invitados distinguí a un político español honrando a los españoles que habían muerto allí, o en otros campos de la Muerte, prisioneros del Nazismo, o le habían sobrevivido.

Era el presidente del Congreso de los Diputados. Hacía así un gran gesto, al reconocer, aunque sea después de setenta años, que aquellos hombres y mujeres, muchos de ellos capturados combatiendo a aquel espanto histórico que conocemos como “Nazismo”, vuelven a ser españoles. Superando así, verdaderamente, el trauma histórico de la Guerra Civil de 1936 a 1939 con gestos como estos en los que la Derecha española no tiene reparo en reconocer -como cualquier Derecha que se considere democrática- que aquellos hombres, al menos en el momento en el que estaban encerrados en los campos de exterminio -que, en ocasiones, ellos mismos quisieron liberar antes de que llegasen los aliados-, lucharon, y murieron, por el régimen de libertades que ellos representan ahora.

Así quizás no sea tarde para que en España la Historia, y otras ciencias, no se vayan al garete -y detrás de ellas, no se hagan ilusiones, iría todo lo demás-. Así quizás algún día podamos ver series históricas en nuestra televisión pública en las que, en lugar de agredirnos y adocenarnos con caducadas lamentaciones noventayochistas, se explique, con conocimiento de causa, consultando a historiadores -y no a un profesor de Biología o a un ingeniero jubilado-, cuál es la Historia de la que procedemos, que es, para lo bueno y lo malo, más o menos, (muchas veces más que menos), la de uno de los países europeos más influyentes a lo largo de la Historia.

Ver Post >
Cuestión de matices históricos. Del genocidio español en América a la bandera republicana en el mitin de Syriza (1515-2015)
img
Carlos Rilova | 27-01-2015 | 17:03| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Quienes siguen fielmente este correo de la Historia, ya sabrán que muchas veces lo que cuento aquí tiene su origen en lo que se dice en eso que, genéricamente, llamamos “las noticias”. Es decir, cualquier cosa que se haya contado en un telediario o en un periódico y que, de algún modo, roce con la Historia. Esta semana han sido dos noticias las que han respondido a ese patrón.

Una fue una de esas que podríamos llamar “de relleno”. La emitieron por televisión a mediados de la semana pasada. Se trataba de la investidura del, pese a su bonhomía constante, polémico presidente de Bolivia Evo Morales.

La otra la emitieron desde el viernes a la mañana todos los telediarios matinales. Desde el de Antena 3 hasta el de Telecinco, pasando por la cadena estatal TVE.

Se trataba del mitin de cierre de campaña de Syriza que, como ahora ya sabemos, ha confirmado su prevista victoria para espanto de cancilleresas alemanas -que aún así no reconocen su política de austericidio como un total fracaso-, fondos buitre y afines que hoy devoran Grecia casi como aquel horror alado enviado por Zeus vengativo a devorar a Prometeo por haber osado revelar a los míseros mortales el secreto del fuego… (Para que luego digan que la cultura clásica no enseña nada útil).

Pero divago. Lo que más me llamó la atención en ese mitin, que es de lo que quería hablar, fue la presencia en el mar de banderas que saludaban a Alexis Tsipras, y a sus amigos españoles de Podemos, de, al menos, una bandera republicana española.

Luego volveremos sobre ella. Ahora vamos a centrarnos en la primera de las noticias de las que hablaba. La que hace relación a la investidura de Evo Morales.

Ésta se hizo con ropajes de época. En este caso, según parece, del período de la cultura Tihuanaco anterior a los incas y los españoles y en el marco incomparable de unas ruinas de esa civilización.

De esa guisa, el nuevamente presidente de Bolivia se arrancó a dar su propia interpretación de la Historia de América señalando que durante el período imperial español más del 50% de la población autóctona desapareció… exterminada por los conquistadores españoles. Desaguisado histórico que él ahora estaría reparando devolviendo el poder a los descendientes de aquellos masacrados, cosa que debería quedar bien clara por el hecho mismo de celebrar su investidura con aquellos ropajes y en aquel lugar.

Desconozco si Morales matizó un tanto esas afirmaciones. Los telediarios no suelen ser muy dados a desaprovechar la oportunidad de tomar la parte por el todo y dejar como perfectos bocazas a personajes tan molestos como Morales. Aún así yo apostaría a que no, a que el presidente boliviano no matizó nada. Más que nada porque su discurso político siempre ha sido ese, el de que, como nativo americano que es, ha venido para devolver el poder arrebatado a sus congéneres por los españoles…

Y ahí es donde chirría la cosa, donde roza con la Historia y rasga la bella toga de Clío y nos toca a los historiadores defender a nuestra musa.

El discurso de Morales puede ser muy eficaz políticamente, pero no es veraz desde el punto de vista histórico.

En primer lugar porque la cultura Tihuanaco-Huari fue tan imperialista o más que la inca o la española. En segundo porque la política española en las tierras conquistadas no fue -y los hechos lo demuestran- de genocidio sistemático. De hecho, parte de las clases altas azteca e inca fueron asimiladas -véase el caso de literatos como Guamán Poma de Ayala o el inca Garcilaso- y porque la mayor parte de las muertes ocasionadas fueron en combate cuando esas mismas oligarquías azteca e inca se resistieron a perder un dominio imperial que, a su vez, habían impuesto a sangre y fuego sobre otros pueblos.

El resto fue cosa de epidemias y de las mismas causas que bajo el imperio inca y azteca. Es decir: de sobrexplotación por el trabajo en beneficio de una clase dominante, en muchas ocasiones, como decía, asimilada, mezclada con los propios conquistadores españoles cuando estos quedaron dueños del terreno.

Lo demás es Leyenda Negra de la que habría que hablar en otro artículo.

Por otra parte Evo Morales parecía olvidar algunos hechos fundamentales. Por ejemplo que las oligarquías criollas, que ahora hace doscientos años expulsaron a los españoles, fueron más feroces que estos en esa política de aniquilamiento del “indio”.

Un sólo ejemplo: entre 1833 y 1885 en Argentina se liquidó a los pueblos nativos que habían sobrevivido durante todo el período colonial en la zona de las pampas. Fue el equivalente, casi exacto, a lo que los estadounidenses hacen en sus propias “pampas” en esas mismas fechas. De paso, como me decía en una ocasión una colega argentina, se “reventó” en operaciones como esas a todos los negros que en aquel país había, mandándolos a primera línea. Vestidos, eso sí, con impecables uniformes estilo Segundo Imperio francés -del quepis rojo a los pantalones bombachos- prueba suprema en aquel entonces de ser un pueblo “civilizado”. Lean el poema de Martín Fierro, o el cómic “El gaucho” de Manara y Pratt y verán el fenómeno en todo su detalle, en todos esos matices que el discurso de Evo Morales olvidaba no sé yo porqué junto con Bartolomé de las Casas, las Leyes de Indias…

Y dicho esto volvamos al mitin de Tsipras y a la bandera republicana española. Se trata de otro hermoso ejemplo de cómo cierta parte del pasado es liberada por algunos libertadores de hoy día de todos sus detalles, de todos sus matices negativos.

No cabe duda de que la bandera republicana, por causa de cómo acabó la guerra civil de 1936-1939, tiene un prestigio que la roja y amarilla no tiene, siendo identificada ésta, todavía hoy, tras más de treinta años de democracia, con una dictadura.

Es una verdadera lástima porque ni nuestra tricolor es tan buena ni la rojigualda debería ser identificada con la dictadura que, al fin y al cabo, sólo usurpó durante cuarenta años esa enseña que databa de 1785.

Sí, han leído bien, la tricolor republicana, a pesar de lo que muchos parecen creer hoy día en España -o en mítines de Syriza- tiene una Historia que no siempre fue brillante. Representa, sí, a un régimen que se dedicó a abrir escuelas públicas y a tratar de hacer avanzar social y económicamente a España, pero también representa la incapacidad para entenderse con determinados sectores de la sociedad española y la carrera hacia el abismo de la guerra civil. Durante unos dos años, de 1934 a 1936, además, fue la bandera de un  gobierno salido de un partido filonazi -la CEDA de Gil Robles, que poco tenía que envidiar a los hitlerianos- y de un presidente de dicha república que era un estafador de siete suelas: Alejandro Lerroux.

Antes de agitar la bandera tricolor creyendo que es la solución a todos nuestros problemas lean, por ejemplo, “El emperador del Paralelo” del profesor Álvarez Junco.

Más que nada para que sepan que la Historia está llena de matices traicioneros que deberían hacernos pensar si lo que parece hoy una solución no puede acabar convirtiéndose, por mero desconocimiento de la Historia, en un grave problema mañana, como lo fue el tortuoso camino político que llevó al despeñamiento de la Segunda República española. O en una insidiosa falacia, como la del genocidio nativo americano perpetrado sólo por “españoles” que algunos, como el presidente Morales, han convertido en una bandera que, como la mayoría, se deja los detalles y los matices -tan necesarios- por el camino, convirtiéndonos en un rebaño ciego que tiene que creer y no razonar si “esto” es, o fue, o será, mejor que lo “otro” sólo porque sí.                  .

Ver Post >
¿Otra película sobre la Segunda Guerra Mundial? “Corazones de acero” o ¿por qué a algunos veteranos no les gusta hablar de la Guerra?
img
Carlos Rilova | 19-01-2015 | 11:21| 3

 

Por Carlos Rilova Jericó

Debo reconocer que, tras muchos años investigando distintas guerras -la civil española, la de Independencia, la de la Cuádruple Alianza, la de los Treinta Años, la Primera Mundial…- se me escapaba, todavía el porqué algunos veteranos de esos conflictos, especialmente de los que llamamos “mundiales”, se resistían a hablar de lo que habían vivido, de aquello a lo que, de hecho, habían sobrevivido.

La respuesta a esa pregunta casi sin formular puede parecer fácil: lógicamente quien ha vivido una experiencia muy traumática no quiere hablar de ella. Sin duda esa es la respuesta correcta para casos como el de la Primera Guerra Mundial y el abuelo del dibujante francés Jacques Tardi que ha dedicado buena parte de su obra a ese conflicto -“El soldado Varlot”, “¡Puta guerra!”…-.

En torno a esas obras Tardi señalaba que todo lo que sabía casi de primera mano sobre aquella “Gran Guerra”, lo sabía gracias a que su abuela se lo iba contando de tarde en tarde. Su abuelo jamás le dijo ni media palabra respecto a lo que después Jacques Tardi acabará plasmando en magníficas viñetas. Eso, su abuelo, sólo se lo dijo, poco a poco, a su mujer -es decir, la abuela de Tardi- que no tuvo reparo en contárselo, a su vez, a su nieto, futuro renombrado autor de cómics en la Francia de finales del siglo XX.

Sin embargo, no todo el mundo reacciona de la misma manera que el abuelo de Tardi. Hace ahora un siglo y medio, a mediados del XIX, hubo numerosos veteranos de las campañas napoleónicas que contaron sus experiencias y permitieron que se editasen en libros que, en muchas ocasiones, adquieren rango de bestsellers.

La lista es larga y alguno de sus miembros ya ha sido mencionado aquí, en este correo de la Historia, alguna vez: el sargento Bourgogne, el capitán Coignet, el fusilero Benjamin Harris… a ello se pueden añadir el relato del también fusilero Costello o las “Memorias” del coronel Scheltens. Simple sargento en la Guardia Imperial y, después de la abdicación de 1814, desertor del bando napoleónico para engrosar las fuerzas de sus Países Bajos natales y contribuir, en su ejército, ya con grado de oficial, a la derrota de su antiguo amo en Waterloo.

Ninguno de esos hombres parecía tener problema alguno en contar verdaderos horrores bélicos. No parece que se lo quedasen para susurrárselo, previsiblemente horrorizados y cubiertos de lágrimas, a sus respectivas mujeres.

Así pues, como ven, no es tan fácil comprender el porqué algunos veteranos de determinadas guerras se niegan a hablar de ellas, dejando que los horrores que han vivido se deslicen silenciosos en sus mentes durante años, sin expresar una queja, un gesto de desanimo o de desagrado por lo que vieron, hicieron o vieron hacer.

Y no, no es porque las guerras napoleónicas fueran más “románticas”, más caballerosas, que, por ejemplo, la Guerra de Vietnam que parece tener el número más alto de veteranos irrecuperables.

Si se comparan relatos como, por ejemplo, los del sargento Bourgogne con los de veteranos norteamericanos del Sudeste asiático, se verá que las diferencias no son tantas.

En efecto, hay testimonios de la Guerra de Vietnam que aseguran, por ejemplo, que para embrutecer a los soldados recién llegados a “Nam” se les obligaba a patear la cabeza de enemigos muertos hasta que… bueno ya se imaginan cual era el objetivo final de esa acción deshumanizadora.

Cosas muy similares a estas había visto el sargento Bourgogne. Por ejemplo durante la desastrosa retirada de 1812, donde es testigo de cómo soldados de la “Grande Armée” se matan entre ellos por un pedazo de carne de caballo. Episodio que luego popularizará literariamente R. L. Delderfield en “Siete hombres de Gascuña”.

Así que la respuesta al porqué de ese silencio de algunos veteranos debe de estar en otra parte. A mí, que nunca he estado en una guerra, salvo como historiador o reconstructor (y eso, hoy día, ya es mucho), me parece que podría estar en “Corazones de acero”. Una de las últimas producciones del famoso Brad Pitt que, además, la protagoniza, como ya ocurría en la apabullante “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”.

He visto muchas películas “de guerra”, ese género que, por lo general, engloba las centradas en la Segunda Guerra Mundial. Las he mencionado más de una vez aquí. Sin ir más lejos hace unas pocas semanas, me refería a “Anzio”, ambientada en el desembarco de las tropas aliadas en la Italia fascista, donde Robert Mitchum descubría que había guerra porque, sencillamente, al Hombre le gusta matar.

Sin embargo, de “Corazones de acero” es de la primera que he salido horrorizado por lo visto en la pantalla. Hay algo en esa película que no han visto, por supuesto, en películas de ese género de tipo épico. Como muchas de las que protagonizó John Wayne entre los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo -desde “Arenas sangrientas” en adelante- pero tampoco en otras más avanzadas en el tiempo y en otros sentidos a ese cine que era poco más que propaganda. Por ejemplo en “Salvar al soldado Ryan” (sí, ya sabemos que a Steven Spìelberg no le sale ser un tipo duro ni aún queriendo) o “La delgada línea roja”, del enigmático Terrence Malick.

No, en “Corazones de acero”, ambientada en la invasión aliada de Alemania en 1945, a pesar de su desvío hacia el género épico en sus últimos compases, sólo hay un horror desnudo y cruel. Nos lleva a un punto extraño de las guerras. Ese en el que, realmente, ya han dejado de tener sentido para los que las están combatiendo. Ese lugar de la mente que difícilmente se capta en, por ejemplo, un libro de Historia que, como todos ellos, tratará de explicar que, en efecto, no se podía permitir que una tiranía como la hitleriana se apoderase del Mundo.

Los soldados de “Corazones de acero”, tienen eso claro, y se ve en varias escenas de la película. Por ejemplo cuando
Brad Pitt enseña al novato de su grupo de tanquistas a miembros del Partido Nazi que se han suicidado antes que caer en manos de los aliados. Sin embargo, el resto es horror. Son gente sucia, despiadada y cruel, devastados por todo lo
que han vivido en años de guerra, desde la operación Torch en el Norte de África hasta la invasión de Alemania en 1945, pasando por el día posterior al día D, en el que asisten a una auténtica carnicería, descrita entre lágrimas sin sollozos y una abusiva ingesta de alcohol que anula incluso el buen fondo que aún conservan algunos de ellos.

Sí, “Corazones de acero”, parece una película “de guerra” más. Pero no lo es. Es una película antibélica que consigue de un modo muy difícil -sin salirse del terreno épico- lo que hasta ahora sólo había conseguido “Johnny cogió su fusil” por otros medios mucho más metafísicos.

Es decir, llevarnos al punto en el que hasta una guerra imposible de evitar, necesaria, se vuelve un sinsentido, la muerte civil de miles de hombres que ya no saben vivir de otra manera, salvo ejerciendo una devastación mecánica de lo que ha sido definido para ellos como “el enemigo”. Una figura cuyos contornos se vuelven cada vez más difusos a medida que transcurre esa guerra a la que, al final, sólo el Tiempo y los libros de Historia devuelven su sentido.

Si van a ver esta película -y se lo recomiendo- les sobrecogerá, probablemente les horrorizará, pero aprenderán una gran y ponderada lección de Historia.

Ver Post >
¿Dónde está Willy (Toledo)?. Humor gráfico, Islam, Historia. (Juan Garmendia Larrañagaren omenez/ En homenaje a Juan Garmendia Larrañaga, estudioso vasco de la religión y otros fenómenos humanos)
img
Carlos Rilova | 12-01-2015 | 10:41| 6

 

Por Carlos Rilova Jericó

Naturalmente esta semana parece casi imposible hablar de otra cosa que la conmoción causada en Francia por el atentado terrorista perpetrado el miércoles pasado por varios de esos que ahora llaman “lobos solitarios”. En este caso contra el semanario satírico “Charlie Hebdo”. Algo que ha ido encadenando desde entonces hasta este fin de semana una serie de lúgubres sucesos, uno tras otro.

Desde la muerte de varios de los ilustradores y columnistas más conocidos de esa publicación equivalente a nuestro “El Jueves”, hasta la caza y captura de los yihadistas en un despliegue más militar que policial, que ha acabado con la muerte de tres “lobos solitarios” y la de varios de sus rehenes.

De todo eso ha surgido una oleada de conmoción, miedo, solidaridad… a la que, en efecto, es difícil sustraerse. Mucho más cuando algunos de los comentarios más populares sobre este feo asunto tienen que ver, directamente, con lo que en Historia llamamos “procesos históricos”. Es decir, una serie de acontecimientos que, desarrollados en el tiempo (es decir, en la Historia), dan lugar a determinadas consecuencias. Por ejemplo una sangrienta matanza de intelectuales en el corazón de París. La ciudad de los intelectuales por excelencia.

Supongo que ya, entre esto y el título del artículo, se imaginarán que me voy a centrar en los comentarios del actor Willy Toledo, publicados en Twitter poco después de que ocurriera la matanza de la redacción del “Charlie Hebdo”.

Pues sí. En sustancia la polémica vino porque Willy Toledo preguntaba en esa red social si esperábamos que los miles de personas que eran masacradas por Occidente, en silencio, cada día, por cuestiones de Geoestrategia, no reaccionarían en modo alguno.

En otras palabras, Willy Toledo nos transmitía que lo que habían hecho los que habían matado a los humoristas del “Charlie Hebdo” era un capítulo, otro más, de la lucha entre eso que llaman, o llamaban, “Tercer Mundo” y el opulento Norte, Occidente, Estados Unidos y sus aliados, etc., etc…

Ese análisis, que luego ponderó el actor, cerrando filas a favor de los asesinados, explicando que sólo trataba de manifestar la motivación de los yihadistas, queda muy bien visto desde la visceralidad ideológica, para esos que algunos con esmerada educación llaman “altermundistas”, antiglobalización… y otros, menos educados desde luego, despachan con el abrupto epíteto de “perroflautas”.

Sin embargo lo que Willy Toledo dijo no se sostiene si se consideran los hechos ocurridos en París desde la racionalidad, desde un análisis menos sentimental, más científico si se quiere, en el que se trata de ver el Mundo en toda su complejidad y no en una imagen sencilla, en blanco y negro, sin matices.

Así es, los yihadistas del “Charlie Hebdo” y el Hiper Cacher no son unos paladines de los parias de la Tierra contra el opulento Occidente. No han matado en nombre de la liberación de los pueblos colonizados y oprimidos por el Imperialismo de Estados Unidos y sus fieles aliados. Ni mucho menos. Han matado en el nombre del Islam. Al grito de “Allahu akbar”. Alá es grande.

Han matado por la misma razón por la que los musulmanes lo han estado haciendo desde los tiempos del profeta Mahoma: para defenderse de los infieles. Desde el tiempo de la Hégira hasta, por poner una fecha, la insurrección de los llamados “derviches” en el Sudán de 1885, que muchos recordarán de películas “de aventuras” como “Kartum” o “Las cuatro plumas”.

Es más, esa matanza ni siquiera representa a todo el Islam -como se ha visto por la protesta en contra de dichos “lobos solitarios” de altos representantes de esa religión- sino a una de las interpretaciones del Islam no por ruidosa más representativa de esa religión.

En efecto, los “lobos solitarios” de París han matado en nombre de una doctrina surgida del Islam, la fundamentalista o wahhabi, que interpreta las palabras del Profeta en términos que son ajenos, por ejemplo, a otras doctrinas islámicas como la de los místicos sufíes, que serían incapaces de haber perpetrado tales actos.

En efecto, como señala uno de los escritos sufís, “El Tratado de la Unidad” (Risalat al-Ahadiyya), toda la Existencia que tenemos ante nuestros ojos, cada uno de nosotros mismos, no es sino una parte del todo que es Dios. Por lo tanto los asesinatos de París serían una abominación, ya que unas partes del todo habrían atacado a otras para aniquilarlas, entendiendo, por su propia cuenta, que habían ofendido a dicho todo que para los sufíes es el Dios presente en todas y cada una de las cosas y seres creados.

A la interpretación fundamentalista de las palabras del Profeta -que chocaría frontalmente con otras interpretaciones, como la sufí que acabó de resumir- es a lo que se deben los asesinatos y muertes de París. No a la reacción de un “Tercer Mundo” machacado por las necesidades geoestratégicas de Occidente, como pretendía asegurar el comentario de Willy Toledo.

Y es que este actor, que nos hizo reír en “7 vidas”, “Al otro lado de la cama” o  “Crimen Ferpecto”, olvida muchos detalles.

Por ejemplo, el de esa motivación religiosa que impulsa a estos “lobos solitarios”. O que el ISIS dispone de unas cantidades de recursos económicos mayores que las de muchos de esos países llamados subdesarrollados. O que la república islámica de Irán, el gran enemigo de Occidente hasta ayer, se ha sumado a la ofensiva contra dicho Estado Islámico. O que muchos creyentes del Islam, como pretendían serlo los “lobos solitarios” abatidos en París, son inmensamente ricos. Véase la lista: el Sultán de Brunei, los reyes y príncipes saudís…

Ciertamente hay un fondo de verdad y realidad en lo que en poco más de cien caracteres trató de expresar Willy Toledo, y es que la marginación, la pobreza, la cólera y el resentimiento que se generan en muchos países o en sucursales del Tercer Mundo que crecen en la “banlieue” de las grandes urbes de Occidente, crean un caldo de cultivo enteramente favorable para fanatizar con esa clase de doctrinas destructivas -que, como vemos, ofenderían en lo más vivo a muchos musulmanes, como los sufís- a hombres y mujeres como los que se inmolan tras asesinar a otros semejantes suyos a los que consideran ofensivos para su idea de lo que es Dios. O el Todo, como dirían los sabios sufís.

Pero más allá de eso sólo hay creyentes muy necesitados de leer y releer libros como “El Tratado de la Unidad” de Ibn´Arabi. Especialmente sus palabras finales “Que Allah nos prepare para lo que Él ama y para lo que Le place respecto a palabras, actos, ciencia, inteligencia, luz y verdadera dirección. (Él) lo puede todo y responde a toda plegaria con la respuesta justa”…

De haber leído y meditado sobre el “Tratado” de Ibn´Arabi, es probable que los hermanos Kouachi no hubieran muerto por nada, ni hubieran asesinado a nadie y así, ya de paso, Bildu se hubiera ahorrado en el Parlamento Vasco el bochorno de ser el único grupo político que, una vez más, no condena ejecuciones de ese tipo. Incapaz, por lo que se ve, de respetar al que no piensa como ellos. Imitando en esto a los fundamentalistas islámicos que masacran cristianos en Irak o humoristas en París. O a los fascistas que en 1977 pusieron una bomba en otra revista satírica -española en este caso- “El Papus”…

Ver Post >
¿Se ha terminado ya el centenario de la Primera Guerra Mundial? El Día de Reyes en las trincheras francesas de 1915
img
Carlos Rilova | 05-01-2015 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Disculpen la pregunta, pero ¿saben ustedes si se ha acabado el centenario de la Primera Guerra Mundial?. Desde hace cosa de una semana el historiador que firma estas páginas está algo desconcertado al respecto.

Por un lado he visto en los Medios noticias acerca del famoso partido de fútbol entre británicos, franceses y alemanes en cierto sector de las trincheras del frente occidental, celebrado en diciembre de 1914 y del que se ha estado hablando -ya se lo dije- desde diciembre de 2013.

Al parecer se ha hecho una reconstrucción del partido en varios lugares, con uniformes de época y todo lo demás necesario para no hacer una astracanada ridícula. Una de esas a las que tan aficionados son en otras latitudes, donde creen que recordar, o reconstruir, el pasado se arregla con vestirse de troglodita o poniéndose alguna que otra prenda supuestamente identitaria que, en realidad, como mucho, se remonta a los tiempos del abuelo o abuela del interesado o interesada…

Por lo demás, descartadas esas reconstrucciones del famoso partido pacifista entre una pequeña -pero honrosa- parte de los combatientes de aquella carnicería llamada “Primera Guerra Mundial”, parece que oficial u oficiosamente se ha declarado ya celebrado, como es debido, el centenario de aquellos hechos que realmente cambiaron el Mundo. Tanto que para alguien de hace cien años -antes de ayer en términos históricos- nuestra realidad sería poco menos que incomprensible, salida de la imaginación de un  Julio Verne…

Sería curioso que así fuera, que no se organizasen más actos en torno a aquellos acontecimientos.

Más que nada porque después del famoso partido de Navidad de 1914, la guerra continuó. Un año, y otro más, y otro… así hasta 1918.

Hay numerosos documentos que lo demuestran. Por ejemplo el que ilustra este primer correo de la Historia del año 2015.

Se trata de uno de los inefables grabados de “Le Petit Journal” que, como ya saben quienes siguen fielmente esta página cada lunes, ha facilitado alguna que otra ilustración a artículos publicados en este correo de la Historia.

Efectivamente, ahí lo tenemos. A falta de foto en color -todavía muy raras en la época y casi hasta mediados del siglo XX- el dibujante de “Le Petit Journal” dibuja y colorea a los soldados franceses celebrando el primer Día de Reyes en las trincheras. El primero de los tres que se celebrarán -es un decir- en aquella larga guerra mundial.

Los soldados se han ataviado para la ocasión, siguiendo una tradición bastante antigua. La de vestirse con algo parecido a coronas de reyes hechas con papel o latón para celebrar ese fin del Adviento. Eso que ahora se representa con más boato en la mayor parte de las ciudades españolas este día 5 de enero.

Con las limitaciones lógicas al estado de guerra en primera línea en el que se encuentran, también han conseguido bebida y algo parecido a la “galette” -lo que nosotros llamamos “roscón”- que ya en esas fechas -y desde mucho antes- era lo habitual en ese día. Aparte de eso beben. Seguramente el “gnole”, la “poción mágica”… Es decir, el licor peleón con el que les quitaban el miedo -y la prudencia- antes de cargar, a la bayoneta, contra las ametralladoras alemanas.

La imagen, por supuesto, es idílica, casi pura propaganda de guerra, como viene, casi, a reconocer el comentarista de “Le Petit Journal” al señalar que la imagen es digna de un cuadro de Jordaens de los muchos que había en los museos de la entonces invadida Bélgica. Por ejemplo de “El rey bebe”.

En definitiva, un recuerdo de que lo de los partidos de fútbol pacifistas intertrincheras no ha significado nada, que la moral de la tropa está alta y que, sobre todo, la guerra continua. Heroica, denodadamente, sin que los valientes soldados de Francia piensen, ni por un momento, en dejar sus trincheras para irse a sus casas a celebrar la fiesta de los Reyes…

Así las cosas, esta víspera de Reyes de cien años después, no puedo creer que sólo yo me haya acordado de que, unos pocos días después de aquel famoso partido de fútbol pacifista, otros hombres en esa misma situación se vieron obligados a celebrar el Día de Reyes en las condiciones que, pese a la buena mano del dibujante de “Le Petit Journal”, nos hablan del horror desencadenado en el verano de 1914 y que todavía tendría que durar otros cuatro años más.

Si es así, quizás esta noche de Reyes de cien años después es un buen momento para que nos paremos a pensar por un momento, o dos, en el modo en el que recordamos la Historia, la conmemoramos y para que sirven los centenarios de determinados acontecimientos…

¿Se trata de un simple ejercicio arbitrario y fútil?. ¿Un ejercicio que nada aporta, salvo anécdotas intranscendentes después de todo, resumiendo en, por ejemplo, un partido de fútbol de las Navidades de 1914, un vasto cataclismo histórico que dura hasta 1918?.

Yo diría que “sí” para responder a esas dos preguntas. Y dicho esto tan sólo les diré que tengan un muy feliz año 2015 y que pidan a los Reyes más conmemoraciones históricas y de más calidad. Algo muy necesario en este año 2015, a partir del que la Primera Guerra Mundial y todos sus sangrientos hitos -Verdún, el Somme…- seguirán, por turno, cumpliendo cien años y, además, se cumplen doscientos de la batalla de Waterloo. Otro hecho que cambió el Mundo. Y no porque lo diga yo, que eso lo dijo uno de los visitantes más ilustres del País Vasco: Víctor Hugo (ya saben el que escribió aquel libro, “Nuestra Señora de París”, del que luego la Disney hizo una película de dibujos animados)…

Sólo me queda añadir que este sea un feliz año, empezando por esta noche de Reyes que, seguramente, para la mayoría, será mucho mejor que la de aquellos soldados franceses que tuvieron que celebrarla agazapados en una trinchera porque, por segunda vez en menos de un siglo, Alemania había querido imponer su voluntad al resto de Europa, tal y como hoy mismo está intentando hacer de nuevo. Por ejemplo, prohibiendo a los griegos votar a determinados partidos políticos en lo que a todas luces parece una nueva edición de aquellos sucesos de 1915 o de los de 1939.

Cosa en verdad incomprensible cuando ni por votación, ni a la sombra de las bayonetas, como se intentó en 1915, nadie -que se sepa- ha elegido ni aceptado como dirigente de la Unión Europa a ese país, que después de dos guerras mundiales parece seguir sin darse cuenta de cómo suelen acabar estas cosas. Con Berlín arrasado y batido por fuego de Artillería, fúsil y ametralladora en cada esquina, en cada calle, en cada plaza…

 

Ver Post >
Historia y películas “de Navidad”. O, ¿por qué he visto tantas veces “Las aventuras de Jeremiah Johnson”?
img
Carlos Rilova | 29-12-2014 | 10:37| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Sí, aunque no lo parezca, yo también creo en eso de la tregua navideña y, por tanto, hoy no les voy a hablar de cómo la Política actual se entromete con la Historia, ni a perpetrar el agravante de señalar -que dicen que está muy feo- a determinados nombres y siglas como he hecho en otros artículos.

Así pues, la Historia de la que vamos a hablar hoy es mucho más liviana. Tratará sobre las películas que, quieras o no, suelen programar en televisión en estas que llaman “señaladas fechas”.

Últimamente, este año al menos, parece ser que con lo de la TDT a los programadores les ha dado por los llamados “péplums”, o, como decía el poeta Joaquín Sabina en una de sus composiciones, por el “una de romanos”. Es decir, películas de mayores o menores vuelos -generalmente menores más que mayores- ambientados en algún período de la Antigüedad. Desde el Egipto faraónico a la Grecia clásica o, sobre todo, la Roma más o menos imperial, sin olvidarnos de los emplazados en algún episodio del Antiguo o el Nuevo Testamento.

Así, en estas Navidades han circulado por las pantallas megaproducciones como “Los Diez Mandamientos” o “Sansón y Dalila”.

Pero esa clase de cine no suele ser muy normal en estas fechas. No, lo normal suelen ser películas americanas relacionadas con las fechas -toda una variedad de interpretaciones y reinterpretaciones de la historia de Papá Noel, o, como prefiramos, Santa Claus- y, también, de vago ambiente medieval. Traducido: la saga de “El Señor de los Anillos” y atroces derivados. Como una historia de serie B de cuyo nombre no quiero acordarme y que el día de Navidad nos contaba la enésima reinterpretación del mito artúrico, con un mago Merlín un tanto revisionista metido en una nueva gesta por caballeros de ese ciclo artúrico que, sin complejos, exhibían en capas y sobrevestes todo un catálogo heráldico de lo más anacrónico. Uno que iba desde el águila bicéfala zarista hasta algo que se parecía al escudo de la Orden del Baño, fundada en 1725. Como unos mil, o más, años después de que Arturo fuese enterrado entre las nieblas de Avalón…

Ahí quedaba eso y con ello otra de aventuras medievales firmada por Ridley Scott: la enésima revisitación de otra leyenda medieval, Robin Hood…

En ese panorama también suelen colocarse, por razones obvias dramas dickensianos y lo que yo llamaría películas “de nevadas”. Es decir, películas en las que, por una u otra causa, hay abundancia de paisajes nevados y que, por lo tanto, los programadores de televisión consideran aptas para las Navidades.

Una que he echado en falta, al menos hasta el momento en el que escribo estas líneas, ha sido un gran “Western” de los años 70, “Jeremiah Johnson”, para nosotros traducido como “Las aventuras de Jeremiah Johnson”.

Ya la he mencionado de pasada en otros correos de la Historia, pero hoy le voy a dedicar, como ya se imaginarán, más atención. Fue realizada en 1972 por Sidney Pollack, símbolo del nuevo cine americano de esa década tan prodigiosa como desgraciadamente malograda por la labor de las dos siguientes.

Es decir, se trataba de un “Western” que rompía con el lenguaje épico-heroico del “Western” clásico -el de John Ford y otros muchos menos conocidos-, se centraba -con verdadera avaricia- en los paisajes salvajes, en la Naturaleza, como un personaje más y en el que el hombre blanco aparecía como un intruso en medio de esa Naturaleza grandiosa y salvaje y sus habitantes primigenios. Es decir, las llamadas naciones indias -hoy “nativos americanos”, por aquello de la corrección política- que vivían en armonía con ese medio.

Otra de las características de ese cine era la preocupación por el detalle, por reconstruir bien el momento histórico en el que transcurría su acción.

En efecto, en esta gran película, llena de Naturaleza nevada en gran parte de su metraje, no se veían, como en muchos otros “Western” del período anterior, indios de guardarropía y otras barbaridades como, por ejemplo, iroqueses vistiendo penachos de plumas sioux y viviendo en los típicos y tópicos “teepees”. Las tiendas de piel de búfalo cónicas que ese cine asoció, para siempre, y en general, a la palabra “indios”.

Así es, desde el inicio de la película vemos en esta película de Pollack cosas hechas con espíritu de autenticidad. Toda una lección de cómo había evolucionado nuestra sociedad en aquellas fechas: pidiendo verdad y menos artificio.

En esa línea, la voz en off nos presenta al héroe, Jeremiah Johnson, que tras la guerra contra México, en 1848, deja el Ejército y decide ir a hacer fortuna a los grandes cazaderos salvajes de las Montañas Rocosas. Lo que vemos a continuación está lejos de los poblados “del Oeste” en Technicolor. Se trata de un gran asentamiento a orillas de un gran río, con las calles llenas de barro y de tipos desastrados pero con los mosquetes, hachas y cuchillos y otras armas bien relucientes y dispuestos a lo que sea.

El propio Jeremiah lleva su historia a las espaldas. Aún viste restos de su uniforme de uno de los regimientos de dragones de los Estados Unidos de aquella época: su gorra de plato de lona azul, sus pantalones azul celeste con la raya militar amarilla, sus botas de montar…

Los “indios” con los que se cruza a partir del momento en el que esa capa de Historia y Civilización se le van desprendiendo, a medida que se adentra en el territorio salvaje, confirman aún más ese afán de veracidad. Los grandes protagonistas de esa historia serán, sobre todo, los Crows del jefe Camisa Encarnada, frente a los que Jeremiah Johnson tendrá que ganarse el derecho a existir. O siquiera a estar en esas montañas aún salvajes, apenas en contacto con la “Civilización”.

El aspecto de esos “indios” es, en efecto, otra dosis de verdad que hace de esa película algo grande, algo que mejora a medida que pasan los años.

Sí, el aspecto de esos “indios” está bien documentado, como sus costumbres –atentos, por ejemplo, a la escena en la que un guerrero Crow, acorralado por Jeremiah, canta su “canción de muerte”- y, lo más importante, su punto de vista sobre las cosas, que choca frontalmente con el de Jeremiah Johnson y otros agentes de la “Civilización” que se van dejando caer por ese territorio salvaje, impresionante. Por ejemplo un regimiento de Caballería de Estados Unidos que requiere a Jeremiah, ya casi perfectamente adaptado al medio -casado con una “india”-, para que salve a una caravana de colonos que avanzan hacia la Costa del Pacífico por esas latitudes inhóspitas.

Algo para lo que Jeremiah Johnson tendrá que profanar un cementerio de la nación Crow, lo cual le traerá numerosas complicaciones que culminan esta película que, sin duda, da lustre y esplendor a la parrilla navideña cada vez que los programadores de Televisión se animan a meterla en ella.

Esas, y algunas otras que no menciono por falta de espacio, son las razones por las que, desde una lejana Navidad de finales de los años setenta, he visto muchas veces “Las aventuras de Jeremiah Johnson”, a las que les recomiendo acudir -afortunadamente la copia legal de la película es bastante fácil de conseguir- si consideran que los programadores de Televisión les están colando demasiado Dickens, demasiados Papá Noel “para toda la familia” o demasiada pseudo Edad Media…

Ver Post >

Otros Blogs de Autor