Diario Vasco

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¿Problemas con los confederados?. Historia, Guerra de Secesión, canciones, asesinos y banderas (1865-2015)
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Carlos Rilova | 29-06-2015 | 10:26| 3

Por Carlos Rilova Jericó

No les habrá pasado desapercibido el revuelo mediático organizado por la cuestión de la bandera confederada, que, según parece, ha alentado e inspirado, a Dylann Roof, el asesino de nueve personas en Charleston que aseguró a sus víctimas, tras rezar un rato en la misma iglesia con ellas, que había ido allí “a matar negros”…

Durante toda la semana pasada se ha hablado de la polémica generada por la presencia de esa bandera confederada izada en el centro de Charleston sobre sus edificios gubernamentales, de las protestas organizadas para bajarla y eliminarla de la vida pública porque simboliza, efectivamente, a un régimen cuya razón de ser fue, de 1861 a 1865, durante la guerra que divide a los Estados Unidos, justificar la  esclavitud de las personas de raza negra. En definitiva, la supremacía blanca que Dylann Roof trató de restablecer, a tiros, en la iglesia metodista africana Emanuel. Bien, ahora volvamos de ese resurgir de la guerra civil norteamericana a España.

Cuando comparamos, a través del cine, por ejemplo, la -esperemos- última guerra civil española, la de 1936 a 1939, con la norteamericana, siempre nos ha podido parecer que allí las cosas se hicieron de un modo menos salvaje que aquí, que allí hubo verdadera reconciliación desde 1865 en adelante.

Por ejemplo, está grabada en nuestras retinas la forma en la que el general Ulysses S. Grant, general en jefe de las fuerzas unionistas acepta la rendición de su equivalente confederado, el general Robert E. Lee. Tras firmar esa rendición del grueso de las fuerzas que quedan al Sur, Lee se retira del juzgado de Appomattox, saludado cortésmente por Grant y su Estado Mayor allí reunidos.

Ciertamente se tomaron represalias contra Lee, como contra los demás confederados, especialmente aquellos con altas responsabilidades, como fue el caso de quien actuó como único presidente electo de la breve Confederación sureña, Jefferson Davis.

Sin embargo, Lee moriría, en su cama, cinco años después de la rendición y ostentando un cargo público como director de una escuela universitaria en Estados Unidos, no en el exilio.

Una situación impensable, por ejemplo, en el caso de que esa misma escena hubiera sido protagonizada en la España de 1939 por, pongamos por caso, el general Vicente Rojo, a quién, como poco, le hubieran esperado unos cuantos años de presidio o, más seguramente, un paredón y no un regreso ultrajante a España en los años 50.

Bien, así las cosas, establecidos los tópicos y lugares comunes tan habituales a la hora de calibrar hechos históricos, parece que las cosas quedaron mejor y más civilizadamente resueltas tras la guerra civil en los Estados Unidos de 1865 que, por ejemplo, en la España de 1939.

Lo cierto es que en el caso de Estados Unidos la represión de los antiguos partidarios de la Confederación fue, en efecto, a veces, tan leve que no debería extrañarnos que hoy ocurrieran cosas como las que han ocurrido en Charleston, ni que la bandera de una potencia enemiga y derrotada ondease sobre el Capitolio de Carolina del Sur, como si Robert E. Lee jamás se hubiese rendido en Appomattox.

En efecto, si nos fijamos en documentos generados por la cultura popular -y la no tan popular- de los Estados otra vez Unidos desde 1865, no es difícil descubrir artefactos que han alimentado el odio y el espíritu de resistencia contra la Unión desde ese año hasta el mismo día en el que Dylann Roof decidió apretar el gatillo.

Consideremos, por ejemplo, una de las muchas canciones compuestas durante y después de la Guerra de Secesión. Se titula “I´m a good old rebel” (que podríamos traducir como “Soy todo un rebelde” ) y la habrán oído más de una vez. Por ejemplo en “Forajidos de leyenda”, uno de los últimos “Western” que tuvo éxito hasta que el género revivió gracias a la espectacular “Sin Perdón” de Clint Eastwood.

En “Forajidos de leyenda”, una película de 1980 magníficamente ambientada que glosaba las andanzas de Jesse James y sus socios los Younger, (antiguos combatientes por la causa del Sur que se “reciclan” tras la derrota en salteadores de caminos), se puede ver cómo uno de estos amenaza, revólver en mano, a los músicos del burdel donde la banda de los James y los Younger se toma un merecido descanso tras otra de sus acciones de bandidaje, que, para ellos, son, en realidad, una prolongación personal de la guerra contra la Unión.

El motivo para esa amenaza es que el músico principal se ha atrevido a cantar una canción unionista, “The battle cry of Freedom” (“El grito de guerra de la Libertad”), que, lógicamente, no ha gustado nada al irreductible miembro de la banda James-Younger y así obliga al músico a cantar “I´m a good old rebel”, traducida en ese momento de la película como “Soy un rebelde de pies a cabeza”.

¿Qué dice esa canción que circuló por Estados Unidos desde 1865 en adelante y da ésta y otras escenas memorables, cantada o no, en “Forajidos de leyenda”?.

Tomen nota, hay diferentes versiones pero, más o menos, vienen a decir esto: “Oh, soy un viejo rebelde, eso es lo que soy ahora, y por esa nación yankee no doy una mierda, estoy orgulloso de haber luchado contra ella y lo único que deseo es que hubiéramos ganado y no pido perdón por nada de lo que hice…”

Si eso les parece explícito esperen a la traducción del estribillo: “Odio a la nación yankee y todo lo que hacen, odio la Declaración de Independencia también. Odio la gloriosa unión, empapada en nuestra sangre. Odio la bandera de barras (y estrellas) contra la que luché todo lo que pude…”

Y así sigue el viejo rebelde contando que cabalgó tres años con Robert E. Lee, que cogió reuma acampando, que se murió de hambre, celebrando que la fiebre del Sur matase a millones de soldados unionistas y lamentando que no matase a más…

Se podrían multiplicar los ejemplos. En Alta Literatura, como la de William Faulkner, el cronista de ese Sur derrotado que se recompone como puede tras Appomattox… pero sin olvidar el “Viejo Sur”, sus banderas en el polvo que, precisamente, da título a alguno de los relatos del genial escritor sureño.

El mantenimiento del espíritu de rebelión contra la “nación yankee” desde 1865 hasta la actualidad se puede ver también caricaturizado en series de dibujos animados tan populares -y tan poco sospechosas de supremacismo blanco- como las creadas por el conspicuo hippie Matt Groening: los Simpons y Futurama, donde se hacen alusiones más o menos explícitas a la “basura blanca” -los blancos pobres del Sur que sólo tienen su color de piel para sentirse superiores- que sigue alzando la bandera sureña como símbolo o viejos lemas como “El Sur resurgirá”…

En definitiva, si se mira con atención, enseguida podemos encontrar vestigios en la cultura norteamericana que nos demostrarían que 1865 acabó con los Ejércitos de la Confederación, pero no con su espíritu de rebelión, que ha seguido vivo en el Sur hasta llegar a lo ocurrido en la iglesia metodista africana Emanuel hace unos días.

Si la represión de ese espíritu hubiese sido tan feroz como lo fue el exterminio del bando republicano en la España de 1939, tal vez Estados Unidos tuviera menos problemas hoy día en ese sentido. Aunque nunca se sabe, visto el número de banderas republicanas alzadas por doquier hoy en una España que hierve de rabia y frustración en un alto porcentaje de su electorado. Uno que acecha tras cada urna, tras cada elección, a quienes, de otro modo, diametralmente opuesto al de los unionistas de 1865, no supieron superar y suturar las heridas, profundas heridas, abiertas por algo siempre tan deplorable como una guerra civil.

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¿Y después del Bicentenario de Waterloo…?, ¿qué nos queda?. Pensando en dos siglos de guerras napoleónicas (1815-2015)
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Carlos Rilova | 22-06-2015 | 09:54| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Era de imaginar que hoy yo tendría que hablar de Waterloo, del punto final en el largo bicentenario de las guerras napoleónicas empezado, para los franceses y los británicos, en 2004, por lo menos.

Hemos estado viendo, desde el jueves de la semana pasada, breves fogonazos en los informativos que nos han hablado de que se cumplía el Bicentenario de la batalla de Waterloo, la que pone fin a las guerras napoleónicas con la derrota definitiva del emperador que les da nombre…

Ha habido también reportajes, suplementos, noticias sueltas en los periódicos… Y, tras todo esto, el historiador se pregunta qué nos queda. O qué nos debería quedar de todo esto.

Para quienes han participado en el megaevento escenificado en los campos de Waterloo durante toda la semana pasada, parece claro que lo que va a quedar es un recuerdo inolvidable (valga la redundancia) y una subida de fotos, videos, etc… a esas redes sociales (Facebook, Twitter, Flickr, Youtube…) en las que ahora exhibimos nuestra vida privada a quién pueda interesar. Acaso con la secreta esperanza de que nuestro video se convierta en “Trending topic”. O, dicho en castellano puro y duro, que no quede nadie sin enterarse -entre los miles de millones que pueblan este atribulado planeta- de lo que “X” o “Y” hizo el fin de semana pasado, visitando el cañón del Colorado o dándole la mano a un reconstructor que figuraba ser Napoleón…

Se trata, como es evidente, de un recuerdo masificado y anónimo, por más que los autores del video o la foto crean lo contrario.

Es también un recuerdo que, en principio, no parece llevar a ninguna reflexión perdurable sobre esos hechos históricos de hace dos siglos.

Al menos esa es la sensación del historiador que se ha pasado años investigando el asunto (como es el caso del que estas paginas escribe) y que ve cómo toda esta cuestión del Bicentenario de las guerras napoleónicas, concluido por el megaevento de la reconstrucción de la batalla de Waterloo, se queda en eso o corre el riesgo de quedarse sólo en eso.

Sin que, al parecer, a nadie le importe, poco ni mucho, nada más que acudir a ese megapicnic, hacerse la foto, quemar pólvora y simular ser un soldado de esa época.

Así las cosas, como dijo, más o menos, Francisco Umbral, hoy vengo aquí a hablar de mi libro.

El libro en cuestión se titula “El Waterloo de los Pirineos”, acaba de ser publicado -el 7 de junio de 2015- bajo los auspicios de la Asociación de los Amigos del Museo San Telmo -con el sello, además, de Donostiakultura (el departamento de Cultura del Ayuntamiento de San Sebastián) y el propio Museo San Telmo- y el que estas líneas escribe -como autor del dicho libro- ha vivido -y parece que va a seguir viviendo- días de frenesí para presentarlo por doquier.

¿Por qué?, pues por muchas razones. Pero para mí la principal es que, quizás, ese libro es el único que se ha escrito en toda España para la conmemoración de la batalla de Waterloo, con la sola, y notable, excepción de “El general Álava y Wellington”, de Gonzalo Serrats Urrecha, donde se cuenta la vida de uno de los dos oficiales españoles presentes en la batalla de Waterloo. En este caso el general vitoriano Miguel Ricardo de Álava, único superviviente ileso, junto a Wellington y Henry Percy, del bombardeado, tiroteado, sableado y alanceado séquito militar del general que vence a Napoleón en Waterloo.

Así es, han leído bien. Sólo dos libros, dos, han sido escritos al Sur de los Pirineos para recordar que los de aquí también tuvimos que ver, de un modo u otro, con aquella derrota apoteósica de Napoleón. De hecho, la cosa parece estar tan mal a ese respecto como para que un diario tan importante como “El País” tuviera que recurrir a Ángel Viñas, especialista en un tema tan distante a las guerras napoleónicas como lo es la Guerra Civil española, para hablar de Waterloo en su edición de este sábado…

Un hecho sencillamente penoso, lamentable en su precariedad, y que, naturalmente, es, junto al deseo de que nuestro recuerdo histórico de ese bicentenario vaya más allá de fotos en Flickr o videos en Youtube, lo que me lleva a venir aquí “a hablar de mi libro”. No porque a mí ese libro me parezca genial, como a los padres, por lo general, les parece que sus hijos son los más graciosos, los más listos y los más guapos… sino porque se me hace cada vez más difícil soportar la idea de que en estas latitudes nos conformemos con jugar el papel de segundones a los que se lleva de un lado a otro -como si no tuviéramos ningún criterio en estas cuestiones históricas- haciéndonos vivir la Historia como si fuera cosa de otros, de los que viven más allá de los Pirineos, aspirando, como mucho, a participar en el asunto -en este caso el bicentenario de Waterloo- disfrazándonos como esa gente de allende los Pirineos.

Si leen las páginas de “El Waterloo de los Pirineos” -como espero que hagan, y dense prisa que no hay muchos ejemplares disponibles- se darán cuenta de que cualquiera que crea eso -que la Historia, la gran Historia, la que está plagada de gente como Napoleón y Wellington, no es cosa de los de este lado de los Pirineos- ha sido vilmente engañado o se ha dejado engañar igual de vilmente. Haciendo suyos argumentos nacidos hace doscientos años en las cancillerías de Prusia o Gran Bretaña para aislar a un país -ese que estaba al Sur de los Pirineos- porque molestaba demasiado en el escenario que sigue a la derrota de Napoleón, en 1814 y en 1815.

Una operación que pasaba, por supuesto, por arrinconar diplomáticamente a dicha potencia con los pretextos más vanos y por minimizar la importancia de la resistencia española entre 1808 y 1813, fundamental, sin embargo, para que Gran Bretaña no fuera invadida y sojuzgada y con ella el resto de Europa y gran parte del Mundo.

Esa ingrata actitud, es evidente, ha creado escuela y así es como hemos llegado a este punto en el que, para nosotros, el fin de las guerras napoleónicas con la batalla de Waterloo se reduce a un  “a ver si nos dejan ir de “invitaos” por allí”, y a endosar la creencia de que ese país al Sur de los Pirineos se quedó, en 1815, en un rincón, temblando de miedo, cuando se supo, como decía Galdós en uno de sus “Episodios Nacionales”, la terrible noticia de que Napoleón se había escapado de Elba.

Todo eso no puede ser más falso hablando desde el punto de vista de la Historia. Y ahora tienen ustedes dos opciones: o correr a comprar el enésimo libro sobre Waterloo publicado allende los Pirineos que, por supuesto, rápidamente ha encontrado editor a este lado de esa cordillera que nos separa más que nos une a Europa, o correr en la misma dirección, pero para comprar “El Waterloo de los Pirineos”. Ese libro  que, que yo sepa, ha sido el único en España con la etiqueta “de Historia” donde se ha contado lo que ocurrió aquí hace doscientos años -en el invierno, la primavera y el verano de 1815- desde una perspectiva basada en hechos y documentos -no en tópicos y lugares comunes- que nos dicen que, hace doscientos años, en los Pirineos, se agolpan miles de soldados en nada diferentes a los de las restantes potencias aliadas contra Napoleón. Todos ellos dispuestos a llevar la guerra a esa Francia que no parecía, en 1815, estar saciada del baño de sangre desatado contra toda Europa desde 1804 en adelante.

Les toca elegir. Como Napoleón tuvo que elegir el 18 de junio de 1815. Sean prudentes, no dejen que colonicen sus mentes, recuerden aquello de que la verdad les hará libres y que, hasta ahora, de verdad histórica hemos tenido más bien poca con respecto a hechos como ese bicentenario de la batalla de Waterloo. Salvo por “El Waterloo de los Pirineos” o “El general Álava y Wellington”, que también harán bien en comprar y leer.

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Increíble ¿pero cierto?… Una historia de piratas contada por un soldado de la Legión Auxiliar Británica en España (Año del Señor de 1835)
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Carlos Rilova | 15-06-2015 | 09:46| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como me suele ocurrir a menudo he dado muchas vueltas a qué es lo que podría contar hoy en este nuevo correo de la Historia.

Esta vez el habitual rayo de luz que suele colarse en las espesas nieblas que rodean, por lo general, mis procesos mentales llegó de un interesante documento sobre el que estoy trabajando ahora.

Se trata de unas memorias de guerra escritas a partir del “diario” de un soldado escocés, Alexander Somerville, enrolado en la que se llamó Legión Auxiliar Británica. Un cuerpo que Gran Bretaña, al parecer un tanto contrita y arrepentida de sus errores hacia España en el Congreso de Viena veinte años atrás, en 1815, cuando se zanjan las guerras napoleónicas, tras Waterloo, envía a luchar del lado de los liberales españoles y, lógicamente, contra el partido reaccionario y absolutista encarnado en lo que comúnmente se llama en España, desde 1833, “carlistas”.

El libro fue publicado en el año 1838 en Glasgow, como podrán apreciar por la imagen que acompaña a este texto. Como suele ocurrir con este género de obras, leerla es casi tan fácil como leer la mejor de las novelas de aventuras de Emilio Salgari y supera, de lejos, a las famosas novelas de Bernard Cornwell. Tenido, a veces con razón y a veces sin ella, como un maestro en la novela histórica ambientada entre 1776 y 1865.

Sí, Somerville cuenta con todo lujo de detalles y anécdotas todo lo que le pasa en España desde que se suma a la Legión Auxiliar Británica, deja atrás las costas de Escocia y desembarca en Santander con ese variopinto grupo de huidos de la Justicia, viejos soldados, aventureros y entusiastas de la vida militar (es decir, la Legión Auxiliar Británica), para reforzar a las tropas españolas que luchan porque en España -y si es posible también en Portugal- se consolide otra monarquía constitucional como la que en esos momentos tienen en Gran Bretaña y en Francia. Algo que a Londres, las cosas como son -o más bien como eran en 1835- no le iba a venir nada mal para abrir un mercado más a sus manufacturas -como nos lo recuerda Gonzalo de Porras, acaso uno de los principales especialistas españoles en la Legión Auxiliar Británica- y contar con un aliado más frente a los gigantescos imperios absolutistas del centro y el Este de Europa, que empiezan en esos momentos a proyectar una sombra demasiado alargada sobre Gran Bretaña, su antigua aliada frente a un Napoleón que ya es sólo una ilustre reliquia olvidada en la isla de Santa Elena.

Entre las muchas historias que cuenta Somerville una me ha llamado poderosamente la atención.

Se trata de la novela de piratas más breve que jamás haya leído. Sin embargo, a pesar de su brevedad -nada que ver con los tratados de Daniel Defoe sobre el tema- es realmente magnética.

Este bravo soldado escocés la cuenta en apenas dos páginas -de la 30 a la 31- de un libro de 288.

Dice así: un grupo de compañeros, hasta sumar ocho, desertan cuando el grupo de la Legión Auxiliar Británica del que forma parte Somerville está acantonado en un lugar que él llama San Antonio y, según dice, está, más o menos, a medio camino entre Santander y Bilbao.

Estos desertores, que se llevan todo su equipo y armas, se batirán contra las tropas españolas con las que, se suponía, debían combatir a los carlistas. Después de eso, Somerville oyó que habían escapado en un bergantín anclado cerca de esa población que él llama San Antonio y que estaba allí dispuesto para largar velas con rumbo a Santander.

Somerville dice que, en principio, muchos no creen esa historia relativa a que los desertores estuviesen conchabados con la tripulación de un bergantín. Sin embargo, pronto se confirma que faltan equipos y bagajes de la Legión Auxiliar Británica y han desaparecido también varios hombres y hasta dos oficiales…

¿Qué fue de ellos?. Según Somerville su destino pudo ser el que le contó un superviviente del grupo que finalmente había logrado llegar a Glasgow de vuelta.

El desertor superviviente decía que la tripulación del bergantín, cuando salieron del puerto de Santander, los había detenido y encerrado en el sollado, defraudando sus esperanzas de que el barco volviera a Inglaterra. Allí, bajo cubierta, los tuvieron por espacio de seis semanas, vigilados por hombres que entraban en aquel lugar -cuando entraban- armados con sables y pistolas…

Por la posición de los escasos rayos de sol que entraban por los respiraderos de aquel sollado, los desafortunados desertores dedujeron que el barco tomaba rumbo Oeste.

Sus captores los trataron bien. Al menos, dice el desertor, les dieron abundante comida y bebida y les aseguraron que, una vez arribasen a Nueva York, quien quisiera podría quedarse allí. Una historia que no convenció a nadie pues, en buena lógica, ¿para que los tenían encerrados y los vigilaban si después iban a poder irse al tocar puerto en Estados Unidos?.

Pronto se confirmaron esos temores cuando un tipo de aspecto hosco -así lo describe el desertor- les dice por medio de un interprete que deberían ayudar a llevar el barco y tal vez luchar. Para el desertor superviviente que contó todo esto a Somerville, parece claro desde entonces que han sido secuestrados por un grupo de piratas con obvias intenciones de engrosar con ellos sus filas.

El desertor dice que la tripulación era de lo más variopinta -portugueses, españoles, italianos y dos ingleses- y tuvieron que sumarse a ella de manera más o menos voluntaria.

El objetivo, según les dijo el capitán que tan abruptamente los había reclutado, era asaltar el barco mercante estadounidense que este documento llama La Granga. Lo capturarían en su viaje de vuelta desde Río de Janeiro, para hacerse con la que ese filibustero describe como una rica carga…

Tras esto la tripulación de aquel bergantín pirata se preparará para esa maniobra. Los cañones fueron zafados, se comprobaron pistolas y mosquetes… sin embargo los piratas se encontraron con una desagradable sorpresa al amanecer del tercer día de persecución de su posible víctima: la vela que habían visto en el horizonte no era la del mercante, sino la de una fragata de guerra de los Estados Unidos.

Aquella fragata de la Armada yankee, por supuesto, les persiguió. Sin embargo los piratas lograron huir, aunque no por eso escaparon de un terrible huracán que acabó por estrellar su barco mientras buscaba refugio en el Delta del Misisipí.

A ese naufragio sólo sobrevivieron seis hombres de aquella variopinta tripulación pirata del año del Señor de 1835. Uno de ellos era ese desertor de la Legión Auxiliar Británica que contó a Somerville, tiempo después -por lo menos los tres años que iban de 1835 a 1838, los que transcurren entre la llegada de la Legión Británica y su regreso-, aquella historia tan increíble que parece no ser cierta.

Aunque seguramente lo sea, porque en esas fechas cosas tan inverosímiles todavía eran parte de una realidad en la que no existían ni los GPS, ni los satélites de comunicación, ni muchas otras cosas que han hecho nuestro mundo más seguro pero, tal vez, menos emocionante que uno en el que, desde las costas de Estados Unidos, si se miraba con atención, aún se podían ver auténticos barcos piratas mientras, por ejemplo, Edgar Allan Poe escribía en tierra sus poemas y relatos.

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Sombras en la playa “Omaha”. El gesto histórico de un rey y una reina hacia unos republicanos. Un largo camino entre junio de 1944 y junio de 2015
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Carlos Rilova | 09-06-2015 | 16:07| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Que en España se está colapsando el ahora llamado por algunos politólogos rampantes “régimen del 78”, es algo que parece obvio. Hasta para mentes muy espesas, de esas que tanto abundan, por desgracia, en España.

Síntomas de ese colapso empiezan a aparecer por doquier. Desde libros demoledores firmados por autores que no tienen nada de revolucionarios -más bien todo lo contrario- como el polémico Hermann Tertsch o César Vidal, representantes de una Derecha española más bien montaraz, hasta lo más evidente: la irrupción en la escena política -y en los resultados electorales- de nuevos partidos o movimientos políticos -Ciudadanos, Podemos…- que, con muy distintas maneras, dicen venir dispuestos a barrer una vieja política que, con la Gran Depresión de 2007, se está derrumbando poco a poco, como vemos a cada nueva elección que se convoca en España.  

Los gestos empiezan a precipitarse, de hecho. En menos de un año he visto cosas que jamás hubiera pensado llegarían a tener lugar. Naturalmente están relacionadas con la salida en falso que ese llamado “régimen del 78” hizo con respecto a cuestiones relacionadas con nuestra Historia. De ahí sale este artículo. Veamos, pues, la cosa con más detalle.

En más de un correo de la Historia anterior a éste, tuve ocasión de criticar el manejo que se había hecho de una de las más altas autoridades del estado establecido en 1978 -me refiero, en este caso, a la Monarquía- cuando se acudió a determinadas efemérides históricas que se celebraban el año pasado. Por ejemplo, la del centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, en el verano de 2014.

El nuevo rey de España estuvo en los actos de esa conmemoración, sin embargo, no lo estuvo en los actos que, en fechas muy próximas a esa, conmemoraban el desembarco de las tropas aliadas en las cuatro playas de Normandía -por sus nombres clave: Omaha, Juno, Gold, Sword y Utah- que en el famoso Día-D iban a empezar a escribir el principio del fin de una de las dictaduras más terribles que la Humanidad ha conocido.

Algo, esa presencia de Felipe VI en los actos conmemorativos de la Primera Guerra Mundial y la ausencia en los de la Segunda, bastante difícil de explicar ni siquiera en el más estólido telediario al servicio de la casta más vil. Esa a la que aluden mucho últimamente los ya aludidos politólogos rampantes.

En efecto, oí en televisión hace un año bastantes malabarismos en torno a que se iba en esos actos a poner flores en memoria de las víctimas de la Primera Guerra Mundial porque España, a pesar de haber sido neutral, había jugado un papel en esos hechos en esa calidad  de potencia neutral. (Y tanto, y quien quiera saber más que empiece por leer la magnífica novela de Eduardo Mendoza “La verdad sobre el caso Savolta”).

De lo que no se oyó mucho fue de que, faltando a toda lógica, las más altas instituciones del estado -ministros, presidentes del Congreso, Jefe del Estado…- estuvieran ausentes de las conmemoraciones por el 70 aniversario del desembarco de Normandía cuando en el mismo había habido, en las sucesivas oleadas desde el Día-D, un número notable de combatientes españoles integrados en las fuerzas británicas y francesas.

Eso me dio ocasión para despacharme a gusto como tengo por -mala- costumbre señalando que, una vez más, se veía así que en la España del régimen del 78 fallaba lo que yo suelo llamar digestión histórica, que en ese país ha sido extraordinariamente ardua y no parece haber concluido todavía. Ni mucho menos.

Hoy parece, sin embargo, que a causa del desplome, derrumbe o lo que finalmente sea, de ese régimen del 78, estamos más cerca de completar ese proceso, de empezar a reconciliarnos para sentar las bases de otro pacto político que, esperemos, sea más sólido, estable, prospero y duradero (y ya puestos a pedir, menos autocomplaciente, sin convertir en dogma que los 30 y pico años posteriores al año 1978 han sido lo mejor que le ha pasado a España).

En efecto, el nuevo rey de España, Felipe VI, y la reina Letizia, han tenido un extraordinario gesto durante una visita de Estado a Francia que, probablemente, entrará en los libros de Historia como el momento en el que España, en medio de una atroz crisis política y económica, en lugar de hundirse en el marasmo como pudo ocurrir en el año 1936, trata de remontar el vuelo, estrechando lazos con la Unión Europea, con su “núcleo duro” más constructivo -léase Francia- y saldando viejas cuentas, con gestos de una gran altura de miras política. Como lo es, sin duda, que un rey y una reina -españoles- reconozcan que los exiliados de 1939 integrados en las fuerzas francesas o británicas eran, ante todo, españoles que luchaban por restaurar el sistema democrático en el que, se supone, vivimos en España desde el hoy tan traído y llevado 1978 y del que esa institución que ellos representan, la Corona, es legalmente parte según la constitución de ese año.

Una interesante travesía política llena de mucha generosidad, que es justo y debido reconocer, ya que la Guerra Civil de la que salieron esos combatientes no fue un episodio histórico en el que hubiera mucho de lo que sentirse orgulloso. Conviene no olvidar, por ejemplo, que muchos españoles que aún viven -y sus descendientes- recuerdan, perfectamente, que bajo la bandera republicana se cometieron atrocidades en España cuando menos entre 1936 y 1937.

Por ejemplo con “sacas” de prisioneros ejecutados sin juicio previo, elementos incontrolados que daban “paseos” al “enemigo de clase”, “checas” en las que se torturó y asesinó a ese mismo “enemigo”, etc… y que otra porción no desdeñable de los exiliados españoles combatió bajo la bandera de la dictadura estalinista, aliada de circunstancias de democracias como Gran Bretaña y Francia.   

Por supuesto con esto no bastará, veremos cuál es el veredicto de una urnas llenas de ira en noviembre de 2015, pero no podrá regatearse a la Corona española que ha hecho un gesto más que considerable por superar traumas históricos que, lentamente, han ido corroyendo la arquitectura política de una sociedad que se ha basado, cada vez más y más, en la exclusión, en el clientelismo, en el derroche de recursos humanos y económicos.

Ahora mismo hay en España otros muchos miles de exiliados -muchas veces con una alta cualificación- que, sin guerra civil de por medio, salen a manadas del país sencillamente porque en España es realmente difícil vivir ejerciendo profesiones como las suyas que, por cierto, son las que necesita un país para tener una economía realmente desarrollada.

Ahora mismo hay en España hay un estado de corrupción generalizada basada en turbios compadreos y amiguismos -pagados con precios que van desde maletines llenos de dinero hasta puestos de trabajo- que excluyen a un alto porcentaje de la población que no tiene, en efecto, más remedio que o aguantar en unas condiciones cada vez más precarias -la electricidad más cara de Europa o casi, con salarios cada vez más bajos y cosas por el estilo- o coger el camino a Europa o a América.

Ahora mismo hay en España demasiados recuerdos de los tiempos del Caciquismo que para el resto del Mundo ya han quedado atrás a lo largo del siglo XX y que aquí parecen pegarse como el napalm a la estructura del estado y de, en general, todos los aspectos de la vida pública.

Naturalmente un rey y una reina que reinan pero no gobiernan poco podrán hacer en esto, salvo dar un buen ejemplo. Como lo han hecho reconociendo el mérito de compatriotas que, por encima de diferencias de opinión sobre la forma de estado (Monarquía o República), luchaban por un régimen basado en la democracia parlamentaria y constitucional. Sin duda un buen comienzo que, esperemos, nos lleve a buen fin. Por el bien de todos, del rey y la reina a abajo, por la salud política de la Unión Europea, etc., etc…

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El viaje de los malditos… ¿otra vez?. De un barco lleno de refugiados alemanes al éxodo de los rohingyas (de junio de 1939-a junio de 2015)
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Carlos Rilova | 01-06-2015 | 09:30| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Lo he visto antes. Por suerte a través de ese cristal de seguridad que son una pantalla de televisión o las páginas de una revista.

La primera vez que lo vi fue allá por los años setenta del siglo pasado. Los llamaban “boat people”. Eran quienes huían del caos provocado por el fin de la Guerra de Vietnam. No les quedaba nada salvo la exigua superficie de los barcos, o cualquier cosa parecida, en los que huían. Nadie los quería en su país y por ahí se quedaron mucho tiempo, flotando, a la deriva, aunque los medios se hicieron eco de ello, publicando reportajes con impresionantes fotos o amargándonos el telediario de mediodía.

De hecho, el episodio de la “boat people” parece que incluso perforó la conciencia de los genios emergentes del Hollywood de la época -George Lucas, Steven Spielberg…- que imaginaron en uno de los cómics que emanó de su creación cinematográfica -la entonces revolucionaria saga de “Star Wars”- un planeta de ese gastado futuro cuyos habitantes vivían exclusivamente en barcos, pues no había tierra en la que podían fondear

Tiempo después pude ver una impresionante película titulada “El viaje de los malditos”, que recordaba otro éxodo de parias a bordo de un barco que no encontraba puerto en el que desembarcar su carga humana de perseguidos.

La película se había estrenado en diciembre de 1976 y narraba un episodio rigurosamente histórico, el de un grupo de judíos alemanes a los que el régimen nazi había permitido salir del país -que ya era suyo de arriba a abajo- para demostrar que no tenían inconveniente en deshacerse de aquellos, para ellos, indeseables… siempre y cuando fueran aceptados en otro país.

Como nos explicaba Anje Ribera en un documentado artículo publicado en “El Correo” el 5 de junio de 2014 -lleno de interesantes referencias a las que les remito- el barco no encontró refugio ni asilo para su atribulada carga humana -que, en parte, ya había catado las “bondades” del régimen nazi en Dachau y Buchenwald- ni en Cuba ni en Estados Unidos.

El presidente Roosevelt, que en apenas un par de años declararía la guerra a la Alemania nazi, no se atrevió a darles asilo, a pesar de que los interesados se lo pidieron con un mensaje directo.

Así las cosas, el barco de los malditos tuvo que volver a Alemania, a pesar de que su capitán, un antinazi furibundo, hizo todo lo posible para evitar ese infame destino que finalmente se resolvió en una relativamente breve prorroga al autorizarse el desembarco del pasaje en el puerto belga de Amberes.

Un remedio transitorio para aquellos que no lograron encontrar asilo en Gran Bretaña, pues apenas quedaba un año para que las tropas de Hitler invadieran toda la Europa continental en lo que luego se conocería como Segunda Guerra Mundial.

Y ahora, más de setenta años después de esos acontecimientos, lo volvemos a ver. Otra vez varios países, en este caso asiáticos, se niegan a admitir en su territorio a un grupo religioso, en este caso musulmán, los rohingyas, expulsados finalmente de otro país, Birmania (o Myanmar) en el que son una minoría religiosa al parecer cada vez más indeseada e indeseable y a la que se le niega hasta el nombre y la identidad.

No voy a decir mucho más, tan sólo les voy a lanzar unas cuantas preguntas. Por ejemplo ¿cómo es posible que el culto budista, no violento, el menos jerarquizado y dogmático que se conoce, haya convertido en anatema el hecho de ser musulmán y más cuando los anatematizados son un grupo marginal, muy poco poderoso, tan frugal como el mismísimo ex-príncipe Siddhartha Gautama al que los budistas veneran?.

¿Tiene que ver esa inquina contra los desamparados rohingyas con el auge de la extrema violencia y combatividad de musulmanes dogmáticos e intransigentes con las demás religiones -incluido ahí el Budismo- representados por el ISIS?.

Vemos, con horror, en el todavía rico y civilizado Occidente esa situación en  Asia-Pacífico. La BBC fue esta misma semana pasada a realizar a bordo de los barcos de rohingyas un estremecedor reportaje que nos habla de cadáveres arrojados por la borda, de huidas desesperadas hacia el mar, para salvar la vida tras haber visto morir a familiares y amigos perseguidos por su condición de musulmanes, sin embargo… ¿hacemos algo?, ¿nuestros dirigentes y quienes los respaldan -nosotros mismos, los votantes- en última instancia, pueden considerarse mejores que los cubanos o estadounidenses que se negaron a acoger a los judíos alemanes que trataban de escapar al exterminio nazi en el St. Louis?.

Al parecer, como Roosevelt, callamos, ponemos por delante que estamos sumidos en una crisis económica y que bastante tenemos, en efecto, como para erigirnos en autoridad moral ante ese exterminio de un grupo por razones religiosas, dado que ahora mismo Bruselas discute el número de refugiados huidos del infierno africano que tendrá que acoger cada país de la Unión Europea.

Algunos, como España, ya han señalado que les resultará imposible dado su alto nivel de paro que, para esos efectos, por lo que se ve, no disminuye, como en su ácido estilo habitual ya hizo notar el joco-serio informativo “El Intermedio” la semana pasada…

Esta situación, con gente que muere en medio del mar sin encontrar puerto, como en 1939 les ocurrirá a los fugitivos del St. Louis, debería hacernos reflexionar sobre el cariz peligroso que están tomando las cosas en nuestro mundo actual, devolviéndonos poco a poco, de manera casi imperceptible, al escenario de horrores que fue el Mundo de entreguerras en los años 30 del siglo XX.

Ese en el que una economía fallida -por razones muy parecidas, casi idénticas, a las del colapso de 2007- creó un escenario de pobreza generalizada y en aumento que engrosó las filas de movimientos mesiánicos y agresivos que, a su vez, aumentaron aún más la sensación de miedo generalizado, de “sálvese quien pueda”, y la búsqueda de enemigos -más o menos imaginarios- en los que vengar una desquiciante lista de agravios -muchas veces muy reales- que, como ahora, deshumanizan a los otros, a los que no practican la religión mayoritaria -ya sea el Budismo o el Cristianismo o el Islam- y/o pertenecen a la etnia equivocada a la que se echa, sin pestañear, incluso bajo la piadosa y benevolente mirada de Buda, al mar. En sentido totalmente literal.

Es posible que haya quien explique todo esto con el cínico y vacuo argumento de que el ser humano es así, a través de épocas y lugares diferentes. Desde el punto de vista de la Historia les aseguro que no es así, que cosas así hubieran sido más difíciles de ver en épocas de prosperidad económica como las que siguieron a la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial, donde la desesperación y el miedo no llegaban a los grados que hoy se están alcanzando y alimentan, de nuevo, las filas de grupos fanatizados y destructivos.

Y es por eso por lo que yo, hoy, me he sentido en la obligación de contarles todo esto. Para que reflexionemos sobre el rumbo que toman los negocios del Mundo en el que vivimos. Por más que los musulmanes no me sean nada simpáticos y comprenda el miedo de los budistas a tener como vecinos a gente que comparte creencias religiosas con los mismos que destruyen tesoros artísticos y ejecutan a otros a los que, por su religión, han privado de la condición de seres humanos que compartimos todos.

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Capitán, visionario, arquitecto, empresario, ¿espía?… Pedro Manuel de Ugartemendia o la vida de un vasco de la Europa napoleónica
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Carlos Rilova | 25-05-2015 | 09:38| 2

Por Carlos Rilova Jericó

La idea para este nuevo artículo de este correo de la Historia me la dio uno de los miembros de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, Iker Echeberia Ayllón, que como recordarán, al menos en una ocasión y en colaboración con otro autor, nos dejó por aquí un interesante artículo sobre la palabra “zurito” -la medida de cerveza más pequeña que se puede beber en un bar donostiarra- y su origen histórico.

Sí, hablando ante la biblioteca universitaria de la UPV de San Sebastián de posibles proyectos futuros de la Asociación, salió en la conversación un pedazo de nuestra Historia sobre el que los donostiarras -y nuestros visitantes- andamos muy a menudo sin apreciarlo en todo su valor.

Resulta que cuando se pensó en reconstruir San Sebastián tras su destrucción y saqueo a partir del 31 de agosto de 1813 -es decir, durante lo más crudo de las llamadas guerras napoleónicas- el arquitecto al que se le asignó tal tarea, el andoaindarra Pedro Manuel de Ugartemendia, hizo un proyecto realmente visionario que finalmente se abandonó por otro más práctico y, sobre todo, remunerador económicamente. Sin embargo, me contaba Iker Echeberria Ayllón, cada vez que pasamos por el Boulevard de San Sebastián, junto al kiosco de música, lo hacemos caminando sobre un plano esquemático de ese proyecto visionario, grabado sobre las losas del pavimento de esa parte de la ciudad, como se puede apreciar en la primera ilustración de este artículo (N. B.: las zonas grises son calles y plazas y las rojas representan manzanas de edificios). Un tema éste que, como vamos a ver enseguida, da para mucho. O, cuando menos, para otro correo de la Historia.

No va a ser esta la primera vez que hable de Ugartemendia. Ya lo hice en otro artículo a comienzos del año 2014, cuando la llamada Parte Vieja de San Sebastián fue inundada por unas feroces mareas vivas que llenaron unas cuantas horas de telediarios tanto locales como nacionales.

De hecho, de Ugartemendia y su labor como arquitecto, se ha hablado mucho. Hay investigaciones muy a fondo sobre él. Por ejemplo la de nuestro colega historiador José Javier Fernández Altuna, publicada en la revista “Leyçaur” en el año 2009, que, de momento, sólo pueden aprovechar quienes leen en euskera.

Sin embargo se ha hablado menos de otros aspectos de su vida que, como verán por el título de este nuevo artículo, puestos en orden, casi sirven para el título de una de las novelas “de espías” de John Le Carré.

Ugartemendia es un personaje bastante misterioso. Al menos lo parece si consideramos todos los documentos que hablan de él.

Gracias a las investigaciones de José Javier Fernández Altuna sabemos, por ejemplo, que cursó estudios, como muchos otros vascos, en la Real Academia de San Fernando. La institución que a finales del siglo XVIII formaba a toda clase de artistas y entre ellos a los arquitectos.

Esa fue la carrera que eligió Pedro Manuel de Ugartemendia. Pero sabemos también gracias a esas investigaciones de José Javier Fernández Altuna que antes de esa tenía otra que, a partir de 1808, le comprometía bastante.

En efecto, Pedro Manuel de Ugartemendia era oficial de Infantería en el Ejército español. Y no precisamente en un puesto administrativo. Era un hombre de vanguardia, de los que veían fuego real en combate. Al menos su expediente militar dice que era oficial de línea. Es decir, de esos que, como ya habrán visto en más de una película, se ponían, generalmente a caballo -como ordenaban los cánones-,  al mando de una larga hilera de soldados y soportaban, impávidos, la tormenta de balas que se intercambiaba entre sus tropas y las que el enemigo desplegaba ante ellos en una formación idéntica.

Sí, eso es lo que dice el expediente militar de Pedro Manuel de Ugartemendia: que era uno de esos capitanes de Infantería de línea a los que el zumbido de las balas y la metralla enemiga les resultaban muy familiares. O que, al menos, tenían unos sólidos conocimientos en la materia -en la complicada materia- de maniobrar tropas así sobre el terreno de un campo de batalla. Algo nada fácil y de lo que, de hecho, dependía la derrota o la victoria de los ejércitos enfrentados.

Sin embargo, a pesar de eso, Ugartemendia, después de que su Ejército declara la guerra a la Francia napoleónica en mayo de 1808, no acudirá a la llamada de las Juntas de Defensa patriotas, como si lo hacen bastantes vecinos suyos e incluso parientes como Juan de Ugartemendia. Alguien, este último, que, como consta también en su propia hoja de servicios -trágicamente concluida en el año 1813, tras la batalla de San Marcial- pide específicamente que se le deje servir en los Ejércitos que combaten a las tropas napoleónicas en España, rechazando su traslado a un puesto en las colonias de América.

¿Y qué hace entonces Pedro Manuel de Ugartemendia entre 1808 y 1813, se  preguntarán ustedes?.

Pues es difícil saberlo. Parece ser que se queda en territorio ocupado y hasta hace negocios de tierras con gentes que, cuando lleguen las tropas aliadas en 1813 y se instauren las instituciones del Gobierno de Cádiz, serán juzgados como afrancesados…

¿Lo era también, afrancesado, Ugartemendia?. La verdad es que esa también es una pregunta difícil de responder. En contra de todas las truculencias que se escriben sobre el tema de los afrancesados, la investigación de algo más que los grabados de los “desastres de la guerra” de Goya, que son una parte de la verdad pero -sólo para empezar- no son fotografías, nos dice que era bastante fácil irse “de rositas” tras haber tenido vahídos afrancesados -de mayor o menor intensidad- entre 1808 y 1813.

Es lo que les ocurre a muchos vecinos de Ugartemendia que tenían, o podían haber tenido, mucha más culpa en eso del afrancesamiento. Los encontramos, a menudo, controlando el poder municipal en Andoain en, por ejemplo, 1815, lo mismo que en 1811, pudiendo decir, por tanto, que les iba igual de estupendamente bajo la bota napoleónica o bajo la de un Fernando VII rampantemente absolutista.

¿Fue ese el caso del capitán Ugartemendia?. ¿El de uno de esos afrancesados que, como una especie de Talleyrands de bolsillo, sobreviven sin problema a todas las turbulencias del momento?. Es más que dudoso. Entre otras cosas porque no parece que las autoridades patriotas lo molesten lo más mínimo tras expulsar a los franceses. Ni antes, ni después, de que Fernando VII se restaure como rey absoluto. De hecho, no sólo parece que no se le piden cuentas de su ausencia en los ejércitos patriotas en calidad de oficial de línea, como le correspondía, sino que además se le entregan graves responsabilidades militares. Como lo era, sin duda, la de reconstruir una plaza fuerte tan estratégica en 1813, 1814, 1815… como San Sebastián.

Más probable es que Ugartemendia estuviese, entre 1808 y 1813, ejerciendo funciones de espionaje para las fuerzas patriotas. Probablemente dentro de la red organizada en San Sebastián desde 1808 en adelante. Una cuestión de la que ya les hablaré en otro día y lugar…

¿Acaba ahí la vida del capitán Ugartemendia?. Lo cierto es que no. Después de 1813, 1814, 1815… el arquitecto tuvo tiempo de hacerse rico con la reconstrucción de San Sebastián, que se convirtió en un bello ejemplo -excelentemente conservado aún hoy día- de una ciudad edificada, de arriba a abajo y de lado a lado, en estilo neoclásico. Lo más “moderno” en la época, la última tendencia arquitectónica del 1800…

En 1833, Ugartemendia, ya hombre de edad respetable, superviviente a todos los altibajos de la turbulenta Europa napoleónica y posnapoleónica, luciendo con orgullo su uniforme de veterano, se retirará de la ciudad que él mismo reconstruyó para refugiarse, como muchos otros donostiarras, en Bayona, mientras los carlistas asedian, veinte años después de 1813, San Sebastián. Por suerte para esa ciudad no llegarán a tomarla pues, acaso, si nos guiamos por lo que hace en esas mismas fechas ese ejército rebelde, sacado del medio rural vasco, con Guetaria -hoy Getaria- tal vez hubieran dejado allí, como británicos y portugueses en 1813, otro montón de ruinas humeantes como las que Pedro Manuel de Ugartemendia, aquel viejo capitán de Infantería de línea, arquitecto, empresario, ¿quizás espía?… supo reconstruir de manera tan magistral.

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Russell Crowe y la Historia. La Primera Guerra Mundial y otras cosas vistas a través de “El maestro del agua”
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Carlos Rilova | 18-05-2015 | 09:30| 4

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí, una vez más, me he aprovechado de la llamada “Fiesta del cine” y me fui esta semana pasada a ver una película que ya hacía tiempo tenía ganas de ver: “El maestro del agua”.

No tenía muy claro de qué iba esa película. Si hablaba, al igual que “Gallipoli” y otras sobre la expedición de tropas australianas y de Nueva Zelanda a los frentes de este hemisferio durante la Primera Guerra Mundial, o la acción ocurría acabada ya esa guerra.

Resulto ser lo segundo. La acción, en su mayor parte, se centra en el año 1919, aunque hay unos cuantos “flashbacks”, hacia el año 1915, cuando la “Gran Guerra” está en su punto más álgido. Sobre todo en esa pequeña península del Mar Egeo disputada por el Imperio Británico y el moribundo Imperio Otomano aliado de los alemanes.

Bueno, ¿y qué saqué de esa entrada de precio hiperreducido y un par de horas de cine?.

Pues lo primero y más importante, que “El maestro del agua” es una película algo inclasificable. Quizás porque Crowe, como director, quiere dar una visión que va más allá de esas películas que llamamos “de guerra”, aunque “El maestro del agua” puede ser considerada así, desde luego.

En la película hay romance, mucho romance. Entre el personaje que interpreta Crowe y una joven viuda de guerra turca, Ayshe (la actriz Olga Kurylenko), en cuyo hotel recala él para descubrir una Turquía que se debate entre la modernización y la vuelta a unas tradiciones islámicas que ya ni siquiera respetan -o solo lo hacen por interés personal- aquellos que no desean la modernización de su país. Como es el caso del siniestro cuñado de Ayshe, vestido pulcramente a la occidental -salvo por el fez con el que cubre su cabeza-, habitante de una casa con todas las comodidades europeas del momento, pero dispuesto a tomar como segunda esposa a Ayshe, tan sólo para adoptar a su sobrino como el hijo que no le ha dado la primera esposa y quedarse con el hotel de su cuñada.

Esa parte romántica queda también muy bien hilada en la película gracias a la imagen de cuento de hadas que tiene de Turquía el personaje de Crowe -un simple granjero australiano- gracias a sus lecturas de “Las mil y una noches”. Una imagen que no queda desmentida del todo cuando su barco llega tras semanas de viaje al Bósforo y el personaje de Crowe recuerda lo leído viendo recortarse contra el cielo de ese amanecer las cúpulas de las grandes mezquitas de Estambul. O cuando, llevado por el vivaz hijo de Ayshe, visita el interior de una de ellas: la llamada Mezquita Azul.

Tras eso, y mucho más metraje de la película, no debería quedarnos duda de que Crowe toma partido en esta historia de la Historia de la Primera Guerra Mundial por los turcos. Y más concretamente por los que quieren modernizar el país. Es decir, aquellos liderados por el general Mustafa Kemal, hoy conocido como Atatürk o “padre de los turcos”, que en esas fechas -en el año 1919, cuando el Mundo está siendo reordenado por los vencedores de la Primera Guerra Mundial- quieren revivir Turquía quitándole de encima el lastre muerto del Imperio Otomano que ha sucumbido, como sus aliados austriacos y alemanes, a la victoria aliada de 1918.

Eso lleva a “El maestro del agua” a una sesgada visión de los hechos. Casi maniquea. Algo que se ve con bastante claridad en la parte final de la película, cuando Crowe se ve metido en la guerra greco-turca que ha estallado en esas fechas.

De ese conflicto menor, poco conocido, uno más de los generados por el derrumbe de viejas estructuras políticas como el Imperio Austrohúngaro, el Otomano o el de los zares, se saca la impresión, tal y como lo cuenta la película de Crowe, de que los turcos seguidores de Kemal Atatürk son unas bellas personas y los griegos una turba de ogros, muy bien representada, casi rozando la caricatura, por los guerrilleros griegos que asaltan el convoy ferroviario en el que el personaje de Crowe avanza, hacia el interior de ese imperio que se desmorona, a la busca del único de sus tres hijos que ha sobrevivido a la campaña de Galípoli.

En efecto, esos guerrilleros griegos son unos salvajes pertrechados con armas de distintas épocas, vestidos con ropas sucias y ajadas, todas de color negro, cubiertos con unos turbantes no menos ajados y mugrientos, y que actúan como bestias sanguinarias, matando a diestro y siniestro en un país que antes, como recuerda el sargento del grupo de kemalistas con los que el personaje de Crowe viaja, era un país unido y en paz…

Sin duda, desde el punto de vista de la película, todo eso está muy bien. Tenemos unos “buenos” bastante obvios, unos “malos” más que obvios, aventura, romance, una bella causa a la que seguir o, tal vez, unirse en cuerpo y alma, pero desde el punto de vista histórico la cosa no está tan clara.

Sin duda la revolución de Mustafa Kemal evitó la formación en las puertas de Europa de un gran avispero islámico que podría haber revivido, acaso con el tiempo, la amenaza otomana que, en nombre de Alá, llega hasta las puertas de Viena en 1683. Una olvidada batalla en la que toda la Europa cristiana -desde España hasta los estados alemanes- actúa curiosamente unida frente a esa amenaza común. Pero la Historia turca, antes y después de Kemal Atatürk, no es tan hermosa, tan de “Las mil y una noches”, como Russell Crowe nos la cuenta.

Así es, Crowe olvida, parece que voluntariamente, detalles importantes. Por ejemplo que los griegos, para los cuales la guerra contra los turcos a partir de 1919 fue un verdadero desastre, tenían un Ejército, como no podía ser menos, totalmente europeizado, similar al de los turcos y los británicos. Independientemente de las bandas de irregulares en cuya maldad, aparentemente incomprensible, tanto se regodea “El maestro del agua”.

También parece que esa película olvida que, al menos una de esas mezquitas de Estambul que tanto fascinan al protagonista de la película, fue, en realidad, la basílica cristiana de Santa Sofía. Tras el asalto a esa ciudad, Estambul, que entonces se llamaba Constantinopla, en 1453, fue brutalmente desacralizada y reconvertida en mezquita por los turcos que toman la ciudad y liquidan el Imperio cristiano de Oriente. Al menos lo que quedaba de él tras las luchas entre los cristianos de rito romano y los de rito ortodoxo o bizantino.

Aún más importante, tal vez, es otro olvido en la película de Crowe. Es el caso de los armenios. Hay otros relatos mediáticos recientes que recuerdan precisamente eso en lo que no quiere entrar una película como “El maestro del agua”: que desde fines del siglo XIX y, sobre todo, durante y después de la Primera Guerra Mundial, ese pueblo fue víctima de un genocidio por parte de los turcos. Hay una viñeta de la novela gráfica “La gran catástrofe”, obra dedicada a reconstruir ese hecho monstruoso, que recuerda estremecedoramente ese detalle, cuando algunos armenios supervivientes son evacuados por un barco europeo que reconoce la señal internacional de su bandera izada para indicar “cristianos en peligro”…

Si van a ver “El maestro del agua” recuerden, por favor, esos detalles para entender mejor lo que cuenta y lo que no cuenta esa película sobre las consecuencias de la Primera Guerra Mundial que todavía hoy nos alcanzan. Sobre todo porque alguien dijo en la Europa de los años 30 esta frase terrible: “¿quién se acuerda ahora del genocidio armenio?”, y ese alguien se llamaba Adolf Hitler…

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Historia, euskera y un panfleto sobre la opresión lingüística en España
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Carlos Rilova | 11-05-2015 | 09:35| 6

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente este correo de la Historia no se ha metido en muchos charcos. Es decir, no le ha dado por perpetrar uno de esos que Lucien Febvre llamaba “combates por la Historia” a los que, en ocasiones, ha sido demasiado aficionada esta página. (Lo reconozco. Como Luis XIV reconoció antes de morir que le había gustado demasiado la guerra).

Ya habrán notado que se ha dejado pasar de largo por aquí noticias de eso que llaman “rabiosa actualidad”, que podrían tener algo que ver con la Historia y, por tanto, dar lugar a un bonito artículo en esta página en el que el historiador explicara, por ejemplo, el porqué un líder -o lideresa- actual va camino de estrellarse con sus políticas por su ausencia casi total de conocimientos históricos que, de poseerlos, le podrían avisar de que eso ya se intentó hace setenta o cien años con resultados catastróficos y, por tanto, una persona inteligente jamás repetiría dichos errores del pasado.

Sin embargo, esta semana la tentación de meterme con cuestiones de actualidad que a su vez se han metido, directa o indirectamente, con la Historia -exigiendo otro de esos “combates por la Historia”- ha sido demasiado fuerte.

Y es que el lunes pasado topé con un libro que se denomina a sí mismo -eso que quede claro- “panfleto” contra los que, según dice en su título, son “Errores y horrores del españolismo lingüístico”.

Su autor es Juan Carlos Moreno Cabrera. Como ya habrán deducido de ese título es un profesor universitario de la rama de Filología. Es más, se trata de un reputado experto a nivel internacional en esas materias, catedrático, nada menos, de Lingüística General en la Universidad Autónoma de Madrid. Sí, de Madrid.

Desde allí, y ejerciendo un muy legítimo derecho a la libertad de cátedra, ha pergeñado ese libro, “Errores y horrores del españolismo lingüístico”, que, casi seguro, le habrá ganado un pasaje para el Congreso de Lenguas Minorizadas. Evento que, probablemente, será la nave insignia -a falta de otra mejor- de la capitalidad cultural de San Sebastián para el año 2016. (No voy a entrar en detalles políticos de cómo se planteó, en el verano de 2014, celebrar ese conflictivo Congreso, ni los más que irregulares medios con los que el actual equipo de gobierno de la Diputación guipuzcoana dotó ese proyecto con más de 400.000 euros. Ese asunto está denunciado ante los tribunales y serán ellos los que, en su momento, se pronuncien sobre esa cuestión).

El profesor Moreno Cabrera plantea, sólo para empezar, en la página 14 de su libro, que con él asume como una obligación -en calidad de miembro de una nación dominante, la castellana, sobre las otras naciones de España- desmentir desde su campo científico -la Filología- los bulos con los que la “nación” castellana se ha querido imponer a esas otras naciones con las que, al parecer, comparte Península.

No voy a entrar a discutir, por supuesto, las cuestiones de orden filológico que el profesor Moreno Cabrera baraja en este libro, seguramente no por casualidad publicado por una editorial -Txalaparta- que jamás ha ocultado estar muy próxima a eso que se ha llamado “izquierda abertzale”.

Mis aportaciones al estudio del euskera han sido puntuales, aunque más bien constantes, pero siempre se han hecho desde el punto de vista de la Historia.

Así pues, como no podía ser menos, cuestionaré el libro del profesor Moreno Cabrera sólo desde el punto de vista histórico.

De todo el conjunto de sospechosas afirmaciones en las que se deja caer el citado profesor, me quedo con una verdaderamente notable. Está en la página 147 del libro, ya casi al final del mismo, cuando su autor explica que el euskera, a diferencia del español actual, no es una lengua usada globalmente no porque gramaticalmente el euskera sea mejor o peor que el castellano como herramienta de comunicación, sino por cuestión de ciertos “hechos históricos”. En este caso que “los euskaldunes nunca han dirigido un estado colonial que haya impuesto su lengua por la fuerza en varios continentes”. (La cursiva es mía).

No salgo aún de mi asombro cuando releo dicha afirmación totalmente cuestionable y que, para mí, tira por tierra el 90% de la validez de “Errores y horrores del españolismo lingüístico”.

En efecto, no comprendo cómo todo un catedrático universitario español, aún para escribir algo que su editor considera un panfleto, no se documenta mejor en ciertos aspectos históricos fundamentales para que su autodenominado panfleto no caiga por su propio peso.

Por ejemplo, que el neologismo “euskaldunes” que él usa -incorrectamente, pues el plural correcto es “euskaldunak”; lo otro es una “erderakada”, un híbrido castellano/ euskera- parte de una falacia histórica. La traducción al castellano de ese término -“euskaldunak”- significa, literalmente, “los que poseen el euskera”. Es decir, los que hablan el euskera. Últimamente, desde los años 80 del pasado siglo, se ha utilizado esa palabra indiscriminadamente para meter en el mismo saco a todos los habitantes de la actual comunidad autónoma de Euskadi. Hablasen, o “poseyesen”, o no, el euskera. Las cosas se han llevado tan lejos como para aplicar ese término -que carece de verdadero fundamento histórico- a épocas pasadas, tratando de hacer creer, determinados medios políticos y administrativos, que, desde la Prehistoria hasta la actualidad, esos territorios estaban poblados por “euskaldunak” (es decir, por poseedores o hablantes, más bien en exclusiva, del euskera) que se identificaban a sí mismos -y ante los demás- por medio del uso o posesión de ese idioma.

Pero todo es posible cuando, como ocurre en el caso del profesor Moreno Cabrera, se parte de una idea histórica tan falsa como que los “euskaldunes” nunca han dirigido un imperio colonial a través del que se ha impuesto el castellano por doquier.

Hay miles de páginas de documentos y de sólidos estudios históricos que demuestran justo lo contrario: que buena parte de esos que él llama “euskaldunes” y entonces se llamaban a sí mismos “vascongados”, formaron parte -entusiasta y voluntaria-, desde el siglo XVI en adelante, de las Casas de Contratación, tripulaciones, tercios y regimientos militares, y oficinas administrativas con sede en la Corte de Madrid, de cierto imperio colonial -español para más señas- que en tres continentes se dedicó a imponer -es una forma de verlo- el castellano como lengua dominante. Siempre con la inestimable ayuda de esos “vascongados” que labraron su fortuna actual gracias a él.

Les invito a que lean “Errores y horrores del españolismo lingüístico” pero, por favor, háganlo con esta adecuada perspectiva histórica, no con la del profesor Moreno Cabrera, que, con su triste inopia de conocimientos históricos, nos demuestra, una vez más, el, a veces, lamentable estado de la actual Universidad española.

Una institución de la que, desgraciadamente, salen libros -o panfletos, como sería el caso de este libro del profesor Moreno Cabrera- tan inauditos, tan poco sostenibles desde un punto de vista científico, como esta obra, que sentencia la necesidad de disolver España porque en esa construcción política de varios siglos -amalgamada con el esfuerzo común de gallegos, catalanes, vascos, castellanos… (por ejemplo entre 1808 y 1814)- se hablan otras lenguas que no son el castellano.

Ahí les dejo este dilema. Entre tanto yo me voy a dar una vuelta por ahí para ver si encuentro, todavía, alguna razón valida para seguir dedicándome a la Historia visto tan preocupante panorama académico.

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Recuerden, recuerden, recuerden… Fue el 2 de mayo… de 1808. “Pueblo”, nación y sociedad civil durante la fase española de las guerras napoleónicas
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Carlos Rilova | 04-05-2015 | 09:43| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 4 de mayo, quiero dedicar este nuevo correo de la Historia a hacer un pequeño homenaje a dos oficiales navales españoles: Juan Van Halen y José Heceta.

¿Por qué?, pues porque creo que su historia dentro de la gran Historia debe ser conocida. Más que nada por las razones habituales que tanto hacen subir el tono de este correo de la Historia a veces.

Es decir, porque la historia de Van Halen y su amigo Heceta durante el 2 de mayo de 1808, apenas es conocida y ha sido desdibujada por la imagen exageradamente popular que ha predominado a la hora de escribir la Historia de esos hechos que, en definitiva, hundieron al llamado “capitán del siglo”. Es decir, a Napoleón Bonaparte.

Sí, Van Halen y Heceta han sido eliminados de esos acontecimientos en la mayor parte de las obras que se han escrito, o filmado, sobre ellas.

¿Cuál puede ser la razón?, tal vez se pregunten ustedes. Yo, como historiador atento, tengo mi propia teoría sobre el tema. O tal vez sea algo más que una teoría.

Verán, en algún momento de la segunda mitad del siglo XIX, se hizo casi obligatorio entre los intelectuales españoles reducir la reacción contra Napoleón en España a una mera, y generalmente brutal, incivilizada, casi bestial, revuelta protagonizada por españoles que más que seres reales parecían los monstruos imaginados por el emperador para justificar su intervención militar en España. Potencia que en esos momentos, aunque generalmente se olvida, era un imperio transatlántico aún rico, poderoso y bien armado. Como pronto lo experimentaron las tropas que Napoleón mandó a la Península a ejecutar su designio habitual. Es decir, quitar del trono de turno al rey reinante en ese momento y asentar en ese sitial aún caliente las posaderas de algún pariente más o menos cercano.

El caso de las palabras de Ángel Ganivet en su obra “Granada la bella” es un gran ejemplo de cómo las sandeces con las que Napoleón se autojaleaba y daba ánimos, pensando en una fácil conquista de España, acaban siendo asumidas como una verdad histórica escrita en piedra -por así decir- por quienes deberían haberlas puesto en duda desde el primer momento.

Ganivet decía, en “Granada la bella”, que los verdaderos protagonistas del levantamiento del 2 de mayo fueron los integrantes de ese “pueblo” amorfo, brutal… imaginado por Napoleón para su consumo interno y el de sus tropas de mariscal para abajo. El resto de los españoles de 1808, según Ganivet, no hicieron nada y nada hubieran hecho de no ser por la marea incontenible de ese “pueblo” que les obliga con su primigenio impulso.

Ganivet dice, en efecto, que esas gentes que no pertenecían al “pueblo” hubieran aceptado a Napoleón. Es más “se hubieran dejado rapar como quintos e imponer el imperial uniforme” en nombre de las que Ganivet llama con su desusada capacidad de síntesis “nuevas ideas”, sin detallar, como en el caso del “pueblo”, a qué se refiere exactamente con tales “ideas nuevas”.

Nada más falso desde el punto de vista histórico. Y la historia protagonizada por Van Halen y Heceta dentro de la gran Historia de las guerras napoleónicas, lo demuestra claramente.

Los datos que hay sobre su intervención en el motín que estalla el 2 de mayo de 1808 son escasas. La principal fuente parece ser la “Narración de don Juan Van Halen”, escrita, como dice el largo título de esa obra, “por él mismo”.

Ahí, en el capítulo dedicado a sus primeros años, señala que fue ascendido a alférez de fragata en julio de 1805, pocos meses antes de la batalla de Trafalgar. Obtendrá el mando de una cañonera que opera en la costa de Málaga y será herido antes de que acabe esa última guerra en la que España es aliada de la Francia imperial en contra de Gran Bretaña.

De allí se le destina al Almirantazgo español en Madrid. Gracias a esa circunstancia nos dice, en sus propias palabras, estaba en la capital en “la época de nuestra memorable insurrección; y en el memorable día 2 de mayo de 1808”.

Ese día dice haberse sentido inflamado “del ardor de independencia que animaba a todo español celoso de defender el honor nacional”. Así se vio al frente de los que llama “un cuerpo de patriotas”, que lo eligieron de manera tumultuaría como su jefe. Combatiendo con ellos hasta que una herida bastante grave lo deja fuera de combate.

Aunque Van Halen no dice mucho más sobre lo ocurrido en ese día, Pío Baroja cuenta en “Juan Van Halen, el oficial aventurero” que Van Halen y Heceta capitanean ambos a las masas que “venían preparando” para ese golpe desde hacía días, llevándolos al luego famoso parque de Artillería de Monteleón para que recibieran allí armas…

Como vemos ambos oficiales, ambos alféreces de fragata, hombres doctos, instruidos… en lugar de dejarse rapar como quintos e imponer el imperial uniforme por cuestión de las supuestas “nuevas ideas” traídas por el Ejército napoleónico (de las que al menos Van Halen, peligroso revolucionario, estaba más que bien informado),  cumplieron con su deber, instruyendo a los elementos del “pueblo” que se revuelven contra lo que, ya no cabe duda, es un ejército extranjero que invade España como ha invadido y sometido al resto de Europa.

Van Halen, como no se oculta en sus “Memorias”, huirá de Madrid para evitar ser, como tantos otros, fusilado por las brutales represalias de Murat. Se pone entonces a las órdenes del general Blake y con ellas combate hasta que puede obtener una comisión de oficial naval en Galicia, donde se ha organizado una resistencia que nada tiene que ver con un mítico “pueblo”, sino con toda una sociedad, en la que todos sus estratos se coordinan para hacer frente a una amenaza común.

Esa nación en ciernes, que luego se plasma en la constitución de 1812, le entregará el mando del cañonero Estrago, con el que hostiliza a las tropas napoleónicas.

Cuando Ferrol cae en el otoño de 1809, después de que el último ejército operativo que le queda a Gran Bretaña haya sido reembarcado, protegido bajo fuego español, Soult decidirá fusilar a Van Halen, como a otros oficiales españoles. Parece ser, sin embargo, que su juventud le libra del escarmiento. Bajo los términos de capitulación de esa plaza tendrá que volver a su último destino antes de unirse a las tropas patriotas.

En su caso debía volver de Ferrol al Almirantazgo de Madrid. Obligado por las circunstancias, aceptará a José I y le servirá hasta el año 1813. Entonces, dolido por un desprecio del llamado rey intruso, que, tras huir de España, nada quiere saber de su antiguo servidor, Van Halen decidirá acogerse a la oferta de la Regencia española, que admite de vuelta a las filas patriotas a todos los que, como Van Halen, por unas y otras circunstancias, se habían convertido, más que en afrancesados, en eso que el profesor Miguel Artola definió como “juramentados”.

Van Halen no volverá con las manos vacías. Logrará, con una treta de guerra, que Mequinenza, y otras plazas fuertes de la zona del Este peninsular, se rindan a las tropas patriotas sin hacer resistencia…

Reconocerán que este currículum no está nada mal para uno de esos que Ganivet describía como “doctos” incapaces de enfrentarse a los designios de Bonaparte, a diferencia del “pueblo” idealizado por ese diplomático español de triste destino y equivocada idea de la verdadera Historia de la España de las guerras napoleónicas. Ahora sólo hace falta que ustedes lo recuerden. Para siempre. Cada 2 de mayo…

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¿Arde Berlín?. Notas sobre la muerte de Adolf Hitler y un reciente libro de Eric Frattini. Del 30 de abril de 1945 al 30 de abril de 2015
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Carlos Rilova | 27-04-2015 | 09:47| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Este jueves día 30 habrá una efeméride importante. Se trata del 70 aniversario de la muerte de Hitler. Un hecho que, desde ese día del año 1945, se da por cierto y raras veces se ha cuestionado.

Al menos de un modo tan serio como lo acaba de hacer Eric Frattini, un periodista especializado en temas que bordean lo que podríamos llamar el filo del misterio, en un libro que cuestiona la versión aceptada y extendida de la muerte de Adolf Hitler tal y como la hemos visto en muchas películas. Algunas tan recientes y magistrales como “El hundimiento”.

Es decir, con el Monstruo encerrado con sus monstruos subalternos -Goebbels y familia, Bormann…-  en el famoso búnker de la Cancillería, en un Berlín arrasado, machacado, casi centímetro a centímetro, por la Artillería aliada desde el Oeste y desde el Este por unas hordas soviéticas frenéticas y no menos vengativas.

Frattini duda de que tal versión, por extendida que esté, sea la correcta. Y abre la caja de los truenos históricos. Y no lo hace mal. Su libro no es otro libro más de teorías esotérico-festivas -por así llamarlas- sobre el Nazismo que, como saben, los hay a decenas.

No, el libro de Frattini parte de una rigurosa documentación y de una refutación razonada, o que por lo menos parece razonable, de todo lo que se ha ido dando como certezas desde el 30 de abril de 1945.

Para empezar nos informa de que un colega historiador muy respetado por la profesión en general, Hugh Trevor-Roper, fue el autor de esa versión pero más en calidad de funcionario de Exteriores británico -que era su trabajo en 1945- que en calidad del historiador que escribió más adelante magníficas páginas de la Historia cultural y social de Europa.

Así es, Frattini da una serie de argumentos en los que cuestiona la veracidad de la versión de Trevor-Roper, denunciándola como una tranquilizadora mistificación, destinada a dar por zanjado el asunto del III Reich, sin que quedase la inquietante impresión de que se había llegado hasta el corazón de aquel Imperio del Mal, se había reducido a cenizas su capital, Berlín, y aún así el principal culpable había logrado burlar el cerco, escapando lejos del alcance de la mano justiciera de los aliados que ya para entonces se llaman Naciones Unidas.

A ese respecto Frattini no deja pasar ocasión de recordar un sonado patinazo de Trevor-Roper. Concretamente el de los falsos diarios de Hitler que se quiso hacer pasar por verdaderos en 1983 y en los que casi se presentaba a Hitler, como decía un chiste gráfico de la época,  como una víctima del Nazismo.

Pero aparte de ese directo al hígado de historiador de Trevor-Roper, que, a decir verdad, se retractó bien pronto de sus primeras apresuradas palabras sobre la posible autenticidad de los “diarios” de Hitler, Frattini aporta cosas más sustanciosas. Como un largo cortejo de documentos de los aliados, desde Estados Unidos hasta la Unión Soviética, en los que se duda de que Hitler esté muerto. De hecho, en esos documentos se reconoce, tarde o temprano, que no han visto ningún cadáver que corrobore la muerte de Hitler por suicidio en compañía de Eva Braun.

Ciertamente que Stalin dudase desde el principio de que Hitler no había muerto no es un argumento muy sólido ni dice mucho en favor de la teoría de Frattini, que repite varias veces ese aserto para reforzar el conjunto de su obra. Más que nada porque Stalin era un individuo peligrosamente paranoico, como experimentaron en sus carnes miles de rusos desde que él accedió al poder y desató una moderna versión de las cazas de brujas en las que todo el mundo era, al menos potencialmente, culpable de algo. Por si acaso…

Un estilo de gobernar que según las versiones históricas más sólidas el camarada Stalin mantuvo hasta el fin, rodeado de una difusa aureola de terror que, dicen, llevaba a muchos moscovitas a evitar, incluso, la acera de la calle en la que vivía Lavrenti Beria. La mano ejecutora -en su calidad de jefe de la Policía política soviética- de los delirios paranoides de Josif Stalin.

Hecha esta advertencia sobre los puntos en los que el terreno que Frattini pisa parece tan poco sólido como los “diarios” de Hitler que engañaron a Trevor-Roper, hay que reconocer, sin embargo, que este 30 de abril es un buen momento para fijar la vista en el libro de Frattini. Siquiera sólo sea por la cantidad de documentos que aporta en los que se da más de un indicio acerca de una posible escapada in extremis de Hitler y Eva Braun con previsible fin en la Argentina de Perón bajo nombre supuesto (conviene, aún así, no olvidar, aunque Frattini no subraye el hecho, que ese país, aún a regañadientes y jugando a dos barajas, había declarado la guerra a Alemania como la mayor parte de Sudamérica).

La tesis de Frattini no deja de ser sugestiva y parece bien trabada y respaldada por documentos.

Justo es, pues, darle al menos una oportunidad. Los “diarios” falsos de Hitler la tuvieron y, por otra parte, Eric Frattini es uno de los pocos seres humanos razonablemente cuerdos e informados -Stalin no cuenta, o no debería contar demasiado- que se ha atrevido a decir en serio lo que muchos han dicho en broma desde el 30 de abril en 1945.

La lista es larga: Robert Graves en “Siete Días en Nueva Creta” imaginaba a un historiador del Futuro lejano diciendo que Hitler se había ocultado en un palacio subterráneo hasta poder salir seguro de él y, a traición, fundar su IV Reich, en los setenta y ochenta del siglo pasado los Monty Python lo imaginaron, a Hitler, intentando hacerse pasar por un buen inglés en la mismísima Inglaterra, al igual que el famoso programa de marionetas “Spitting Image” en el que una acaramelada Margaret Thatcher se apoyaba en el hombro de un Adolf Hitler ya octogenario, que la aleccionaba sobre lo que debía hacer y la recompensaba diciéndole que era una “buena chica” y con ella en Downing Street a veces se sentía como si hubiese ganado la guerra en 1940…

Sólo por esa valentía el provocador libro de Eric Frattini sobre la verdadera muerte de Hitler merece, en efecto, unas cuantas horas de atenta lectura este jueves 30 de abril de 2015 y ser tenido en cuenta. Al menos hasta que alguien refute con solidez sus argumentos. Si es que tal cosa es posible…

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