Diario Vasco

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Un paseo por la convulsa Historia Contemporánea de España en el IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes (1616-2016)
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Carlos Rilova | 25-04-2016 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Obviamente esta semana tocaba hablar de Miguel de Cervantes. El llamado príncipe de las Letras españolas. También considerado inventor de la novela moderna (no sé qué pensarán de esto los japoneses con su “Genji Monogatari”) y, desde luego, el autor español más universalmente reconocido y conocido, gracias precisamente a las dos partes de “El Quijote”.

Podría contar muchas cosas al respecto, pero he preferido quedarme, de todo lo que se podría decir, con una anécdota histórica de lo más interesante -o eso me parece a mí- que, espero, sirva de homenaje a Cervantes y ayude a reforzar todo lo que se ha hecho en este IV Centenario para recordar y valorar su figura.

La anécdota en cuestión no nos aleja demasiado del tema que trataba la semana pasada. De hecho, la ilustración que ilustra -valga la redundancia- este nuevo correo de la Historia está sacada de las páginas de publicidad de la misma revista “Nuevo Mundo” que hace siete días facilitó las dos imágenes del anterior correo de la Historia.

Se trata de una imagen publicitaria, como decía, en la que vemos a un Cervantes idealizado escribiendo una de sus frases menos conocidas porque no es de “El Quijote”, que ahora parece ser lo único que escribió y por lo único que habría que recordarlo.

La más bien idealizada imagen del bardo de La Mancha servía en ese caso para publicitar una conocida firma de analgésicos de origen alemán que, probablemente, sea la más consumida en el Mundo para catarros, dolores de cabeza, musculares, etc…

Es una circunstancia verdaderamente reveladora. ¿Por qué?. En principio, porque nos muestra que en el año 1931, el 15 de mayo, apenas un mes después de proclamada la II República, Cervantes seguía de moda en España y, es más, servía para vender productos de consumo masivo.

Es decir, que Cervantes, en el tiempo de la II República española, era tan popular como lo podría ser hoy un cantante de rock o un futbolista-estrella que, como ya sabemos, sacan buena parte de sus inmensas fortunas de poner su fama al servicio de colonias, cremas para después del afeitado, coches, seguros de vida…

Esto, como decía, es curioso, y revelador, desde el punto de vista histórico, porque nos da una visión de Cervantes que, quizás, antes de este IV Centenario de su muerte, no estaba demasiado extendida.

En efecto, a Cervantes, al menos hasta este IV Centenario, se le ha considerado en muchas ocasiones como un símbolo de la dictadura franquista producido tras la victoria de 1939 que trató de hacer -perdón por la paráfrasis- españoles a españolazos, utilizando como garrote al Cid vestido con camisa azul de Falange, que decía el falangista Federico de Urrutia -impresionante “crossover”, como se dice ahora, de dos episodios distintos de la Historia de España- o al propio Cervantes.

Así es, el eximio académico de la Lengua española, Sr. Pérez-Reverte, citaba en uno de sus artículos dominicales -“Un colegio no sexista”, publicado el 29 de marzo de 2010 en “XLSemanal”- el caso, verídico según su honor -y yo le voy a dar crédito, sin que sirva de precedente-, de una discusión en una reunión de una Asociación de padres para poner nombre al colegio de sus respectivos hijos.

Al parecer, según el citado artículo, una de las integrantes de la Asociación inició la discusión diciendo que, si se ponía al colegio el nombre de un escritor español actual, eso sería sexista porque excluía a las mujeres, etc… De la discusión, surgieron muchas diatribas que, por supuesto, sirvieron al Sr. Pérez-Reverte para otro de sus habituales desfogues sobre el estado de ruina y decadencia permanente de España desde, por lo menos, el día en que en Atapuerca se descubrió la rueda o el fuego.

De todo ello salió, al final, la frase que más nos interesa aquí y ahora. Uno de los padres dijo que ponerle al colegio el nombre de Miguel de Cervantes estaba descartado porque, el académico citaba literalmente sus palabras, “Con Franco todos se llamaban así”…

Bien, parece constatado, pues, cómo la clase media española -la gente que, se supone, lee libros, periódicos, que incluso puede que vea documentales de la 2- consideraba a la figura de Cervantes seis años antes del IV Centenario.

Y no se les puede culpar, porque, efectivamente, es muy difícil negar que el régimen dictatorial del general Franco se apropió, como botín de guerra, de la figura y el patrimonio de Cervantes. Basta con darse una vuelta por los presuntos libros de texto vigentes para aquella peculiar escuela pública -y no pública- española que la Dictadura pastoreó durante varias décadas.

Sin embargo, como nos lo demuestra el anuncio del ejemplar de “Nuevo Mundo” de 15 de mayo de 1931 -insisto: un mes después de proclamada la II República española- Cervantes era Cervantes y nada tenía que ver con ningún régimen específicamente.

Ni con el que permitía usarlo de reclamo publicitario de analgésicos, ni con el que lo quiso convertir en camisa vieja de Falange y símbolo de una hispanidad un tanto excluyente y rancia.

Acaso este IV Centenario permita ir limpiando esa imagen negativa de Cervantes, devolviéndolo a su verdadero ser histórico. Por mi parte aporto este pequeño grano de arena, este anuncio de analgésicos alemanes que se servía de una frase de las obras de Cervantes como hoy otros se sirven de las hazañas futbolísticas de Cristiano Ronaldo.

Espero que sirva de ayuda, como supongo que servirán de ayuda otras iniciativas como la exposición de la Biblioteca Nacional, la de la biblioteca de la Diputación guipuzcoana Koldo Mitxelena, la placa conmemorativa inaugurada este viernes pasado en el cuartel de Loyola de San Sebastián recordando que Cervantes sirvió en el Tercio Viejo de Sicilia del cual se formó, siglos después, el regimiento hoy acuartelado en esas instalaciones, o la iniciativa televisiva de La Sexta con la campaña “Cervantes vive”…

Quizás incluso consigamos poner a Cervantes a la misma altura que a William Shakespeare que, con escasa diferencia de días, también murió hace cuatro siglos.

De hecho, la novela que empezó esa tarea, “Ladrones de tinta”, ya fue escrita y publicada en 2004.

Por tanto unos cuantos años de que alguien pensará, no sin razón, que Cervantes era sólo aquel escritor manco que, principalmente, servía para que el régimen franquista pusiera nombre a todos los colegios de España (a todos los que no se llamaban Ramiro de Maeztu, al menos).

Así las cosas, todo es posible. Leamos, preguntémonos cosas, averigüemos. Todo menos dejarnos llevar por pesadas inercias mentales que, justificadas o no, sólo han servido para desquiciar un episodio -otro más- de esa Historia que -se lo puedo asegurar tras 20 años de arduo trabajo en investigación histórica- no fue como la han querido contar quienes menos supieron de ella.

 

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Algo de Historia sobre la mala prensa de la República española (1931-2016)
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Carlos Rilova | hace 22 horas| 4

Por Carlos Rilova Jericó

Para no variar demasiado, me voy a meter esta semana en otro tema que, probablemente, puede resultar tan polémico como el que trataba la semana pasada.

Como este jueves fue 14 de abril, resurgió, cómo no, la conmemoración de la II República española. En esta ocasión unos celebraban, y otros deploraban, el 85 aniversario de su proclamación.

Para unos era la ocasión de recordar un gobierno que, pese a todos los problemas que se desencadenaron desde su instauración, sigue siendo el bueno, el legítimo. Una percepción sin duda alentada por el fin violento que sufrió ese régimen desde el 18 de julio de 1936 por medio de una sublevación militar de lo más despiadada.

Para otros este 14 de abril y el despliegue de banderas y reivindicaciones republicanas, fue ocasión de recordar lo mala que había sido la República. El periodista Carlos Cuesta fue contundente en uno de los programas de los que es habitual, “El gato al agua”, del canal 13Tv. En él execraba a los que habían desplegado esas banderas y esa reivindicación de la República por exhibir un símbolo -la tricolor republicana española- que significaba, según él, lo que dividía a los españoles… Palabras que deberíamos considerar tan sólo una muestra más de cómo se está administrando la gestión de ese pasado tóxico que, con los años, en lugar de irse mitigando se está convirtiendo en un pozo de veneno para la actual sociedad española.

¿Y qué dicen los historiadores, y este historiador en concreto, de esto?. Bueno, la verdad es que es difícil citar una a una todas las obras que han analizado el período republicano de 1931 a 1936. La bibliografía que se ha generado en estos 85 años es inmensa. Casi tanto como la que desde 1821 ha generado el imperio napoleónico. Hay que resumir pues.

Hay obras, como la de Rafael Torres, que desde una óptica muy favorable al régimen republicano, como indica su título, “Viva la República”, nos han devuelto, vía imágenes, lo que supuso esa República en sus aspectos más positivos, los de una España que se sacudía una dictadura parafascista y algo Art Decó y se abría a un régimen muy moderno, muy innovador.

En esa obra apenas se alude a los disturbios que, a algo más de un mes de proclamada la República, se desataron. Más concretamente contra unas cuantas docenas de iglesias, conventos y seminarios de Madrid y otras capitales españolas. De hecho, de todo el libro, esa parte del asunto sólo ocupa la mitad de la página 20.

La versión de Torres señala que la que él llama “carcundia antirrepublicana” se regocijó por estos incidentes y que la élite ilustrada que había traído el régimen se horrorizó y… trató de restablecer el orden de inmediato. Torres también señala que, a pesar de las iras que la Iglesia despertaba a nivel popular por su alineación, en general, con poderes opresivos y avasalladores, muchos religiosos fueron protegidos por la que él define como “mayoría de los ciudadanos” y, más importante aún, que las autoridades republicanas, inicialmente sobrepasadas por la explosión violenta, pronto tomaron todas las medidas oportunas para sofocar tanto los incendios como  garantizar la libertad de Culto y reprimir a los causantes de estos disturbios enviando a fuerzas de Policía y tropas a restablecer el orden.

Básicamente una secuencia que coincide con el número de mayo de 1931 de “Nuevo Mundo”, uno de los muchos periódicos que Torres ha utilizado para su obra y que le facilitó la imagen que ilustra ese texto de la página 20 de su libro, donde se puede ver a una patrulla de Caballería desplegada en las inmediaciones de un edificio ardiendo.

Así es, ese número de 15 de mayo de 1931 de “Nuevo Mundo” del que parte el texto de Torres, corrobora, gráficamente, lo que nos dice “Viva la República”. Es algo que se puede ver también en las imágenes de este nuevo correo de la Historia sacadas de ese mismo número de “Nuevo Mundo”. En una vemos a la Policía Municipal de Madrid de aquella época protegiendo las personas y propiedades de una iglesia atacada. En otra a un nutrido contingente de la Guardia Civil defendiendo la entrada del diario monárquico “ABC”, posible víctima de los desmanes, ya que estos, aunque Torres no lo menciona -a pesar de que “Nuevo Mundo” le dedicaba buena parte de su reportaje- habían empezado porque la presencia de un ex-ministro monárquico paseándose por las calles -después de salir de una reunión en un polémico y recién creado “Circulo monárquico”- soliviantó a las masas de Madrid, desencadenando esas escenas de incendio, saqueo, etc…

Resumidamente eso es lo que pasó. O lo que parece poder establecerse como secuencia cierta de los hechos a partir de documentos de época como el reportaje de “Nuevo Mundo”.

Sin embargo, si nos trasladamos a otros discursos sobre la Historia de la II República española, lanzados desde sectores como los representados por el ya aludido Carlos Cuesta, descubrimos que incidentes como los del domingo al miércoles de la segunda semana de mayo de 1931 en Madrid y otras capitales habrían sido, cuando menos, tolerados por la Policía y los bomberos que, bajo órdenes del nuevo régimen republicano, nada hicieron para detener la revuelta o apagar los incendios…

Hay muchos ejemplos de variaciones de ese discurso que circulan desde hace ya más de una década en letra impresa. Así, por ejemplo, el economista Ramón Tamames -habitual de programas frecuentados por Carlos Cuesta- decía en 2011 en su “Breve Historia de la Guerra Civil española” que el Gobierno Provisional republicano, a excepción del ministro de la Gobernación -hoy diríamos del Interior- fue negligente y permisivo con las “turbulencias anticlericales”. Algo que las fotos de “Nuevo Mundo” desmentirían obviamente mostrando que, pasadas las primeras 48 horas de inacción y vacilaciones del Gobierno Provisional, se dejó a Maura actuar libremente…

En 2003, uno de los más polémicos autores que han escrito sobre la Guerra Civil, Pío Moa, plasmaba y popularizaba a otros niveles esas tesis manejadas por él desde, por lo menos, 1999. La más conocida, tal vez, sea la exposición que hace de los hechos en su obra de más difusión: “Los mitos de la Guerra Civil”. Según esa versión, basada en las declaraciones del ministro Maura -católico, monárquico y conservador, según la descripción de Moa- la culpa fue de uno de sus correligionarios, Niceto Alcalá-Zamora, que, como parte del llamado “Pacto de San Sebastián” que liquida “de facto” la monarquía, acabaría presidiendo el Gobierno republicano provisional en esos críticos momentos y habría dejado que la ordalía siguiera su curso, castigando no a los culpables, nos dice Moa, sino a las víctimas, al disolver la orden jesuita…

Obviamente esto se puede rebatir y se ha rebatido. Ahí está el explícito ensayo “Anti Moa” del profesor Alberto Reig Tapia. Los documentos, gráficos también hablan. Imágenes como las que mostramos en este nuevo correo de la Historia parecen revelar que Maura -independientemente de sus posteriores quejas- se las arregló bastante bien para que las cosas no fueran más lejos en aquellos momentos de caos. Los guardias civiles formando un sólido muro ante la entrada del “ABC” no parecen corroborar precisamente ninguna versión posterior de esos hechos dada por Maura…

Una conclusión “prima facie” a estas discrepancias de pareceres cada vez más acerbas debería ser que antes de hacer afirmaciones categóricas en un sentido u otro, habría que tener en cuenta la multitud de documentos que cuarenta años de Dictadura no permitieron estudiar ni difundir. Que la República no fue ninguna balsa de aceite desde sus comienzos se puede admitir, pero que fue abiertamente perversa como régimen es igualmente inadmisible porque eso sería hacer buenos los argumentos de quienes intentaron desestabilizarla desde el 10 de mayo de 1931 antes de esos disturbios, como lo corrobora el reportaje de “Nuevo Mundo” o investigaciones solventes y contrastadas de historiadores especialistas en el tema como Gabriel Jackson o Hugh Thomas que, aún con versiones ligeramente diferentes en sus obras “La República española y la guerra civil” y “La guerra civil española”, vienen a  coincidir en que la oposición monárquica había comenzado antes de que ni una sola iglesia o dependencia de ese tipo ardiese o incluso, como ocurre en el caso de Jackson, indican que hubo pruebas como mínimo circunstanciales de que los incendios fueron provocados no por agentes anarquistas, como señala Hugh Thomas, sino por agitadores pagados por los monárquicos. Un extremo que corroboraría el hecho, mencionado por Jackson, de que los círculos republicanos de Zaragoza y Valencia pusieron guardia ante las iglesias de sus respectivas capitales para impedir los incendios…

Es posible que la tricolor republicana, como decía Carlos Cuesta, sea un símbolo de división, de resentimiento para muchos españoles de hoy día. Principalmente -se debería añadir- aquellos que se han educado en el relato de los vencedores de la Guerra Civil. Sin embargo, a eso también se debería añadir que la bandera rojigualda -al margen del escudo que ostente en ella- recuerda a la otra mitad de los españoles educados en el relato de los vencidos de la Guerra Civil, cosas no mucho más agradables y que, por cierto, se extendieron en el tiempo, más que los posibles desmanes del régimen republicano que, como mucho, pudieron desarrollarse entre 1931 y 1939 y siempre al margen de la Ley. No amparados por ella, como en el otro bando…

Falsear el discurso histórico, utilizar acontecimientos como los del 10 al 14 de mayo de 1931 como excusa para condenar al régimen republicano y justificar la sublevación, la guerra y la represión despiadada ejercida en diferentes grados de brutalidad entre 1936 y 1975 (la República ofreció en 1938 “Paz, Piedad y Perdón” y un plan de reconciliación. El bando sublevado jamás dio siquiera muestras de tal cosa), no contribuye, precisamente, a normalizar un país que, eso parece evidente, en más de 8 décadas (se dice pronto) ha sido incapaz de reconciliarse en modo alguno. Ni con la Historia, ni con las dos mitades en la que está dividido -evitémonos mentiras piadosas, por favor- desde hace 80 años. Como acabamos de ver este último 14 de abril.        

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¿Malos tiempos para la Historia?. Blas de Lezo convertido en espantapájaros. Forocoches y la Royal Navy británica (1741-2016)
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Carlos Rilova | 11-04-2016 | 09:47| 29

Por Carlos Rilova Jericó

Dudando mucho, esta semana se me ha ocurrido este nuevo correo de la Historia así. Dudando mucho. La verdad, tenía varios temas sobre los que hablar. Por ejemplo, un par de historias interesantes gracias al incansable viajero romántico Michael J. Quin, de quien les hablé hace unas pocas semanas. Ese mismo que recorrió España durante los meses previos a la invasión absolutista de 1823. Iban sobre Historia del clima y otras curiosidades, pero, por razones varias, las he dejado de lado. Al menos de momento.

Y así, al final, sabiendo que me arriesgo mucho, he decidido hablar de la polémica que se montó hace cosa de una semana cuando usuarios de un foro digital español, Forocoches, de pésima fama -el Gran Wyoming, lo suele citar en “El Intermedio” como ejemplo de cuñadismo recalcitrante- decidieron trolear la página web de la Armada británica en el momento en el que ésta lanzó la propuesta de elegir por votación popular el nombre de un barco que ni siquiera era de guerra, sino destinado a misiones de investigación científica. Es decir, un barco muy similar al Hespérides de la Marina española.

¿En qué consistió dicho troleo, es decir -para los no nativos digitales- ese acoso contra la página inundándola de mensajes ofensivos?. Pues sencillamente usuarios de Forocoches invitaron a bombardear la página en la que se iba a elegir el nombre para el barco en cuestión con mensajes en los que se pedía que lo llamasen Blas de Lezo

Es decir, desde Forocoches, por medio de esa avalancha digital, se pedía a los británicos que llamasen a su barco con el nombre del almirante que había contribuido a derrotarlos, de manera estrepitosa, en Cartagena de Indias en el año 1741.

Los británicos, como es lógico, reaccionaron como los usuarios de Forocoches esperaban, negándose a tal cosa. A lo cual desde Forocoches y ramificaciones afines respondieron que entonces se llamase al barco “Rocinante”, como el caballo de don Quijote…

Supongo, por lo que sé, que mucha gente, incluso gente muy seria y, como se suele decir, “con estudios”, o han participado en esta ¿broma? o la han visto con bastante indulgencia.

Yo, como historiador, lo siento, pero no veo la broma por ninguna parte ni puedo mirarla con indulgencia. Será que no soy “shurmano” o franquista sociológico, como si lo son, parece evidente, muchos de los usuarios de Forocoches que lanzaron esta infame campaña. Y eso que, creo, tengo sentido del humor. Incluso de raíz británica, que dicen es el más tolerante y resistente de los sentidos del humor que hay.

¿Por qué no veo la broma por ningún lado?. Pues podría aducir muchas razones, pero la principal es lo deprimente que resulta descubrir que un personaje histórico del relieve de Blas de Lezo se esté convirtiendo, en manos de lo más bajo y retrogrado de la opinión pública española, en una especie de espantapájaros. Lo cual, a su vez, sería un indicio del desprecio que existe en España por la Cultura y la Historia en general y por su propia Historia en particular.

En efecto, tanto los que lanzaron el ataque desde Forocoches, como quienes lo siguieron, demostraron, queriendo o no, sabiéndolo o no, que conocían muy poco su propia Historia. Así es, puesto que el barco era un barco de investigación oceanográfica deberían, puestos a fastidiar a los británicos, haber pedido que lo nombrasen Malaspina, Mutis, Bonechea, Domingo Badia, Iradier o cualquiera de un largo etcétera de científicos y exploradores españoles que levantaron los mapas de un mundo desconocido en sus respectivas épocas.

Pero, claro, de “esos” los poco exquisitos pero exclusivos usuarios -sólo se entra en por invitación- de Forocoches, por lo que se ve, nada saben.

Y aunque supieran algo, parece que no iba a servir de gran cosa puesto que en lugar de utilizar ese conocimiento para lo mismo que lo han sabido utilizar estados de la Unión Europea hoy respetados como Gran Bretaña o Francia, es de temer que los “shurmanos” y demás animadores de campañas estúpidas y degradantes en Forocoches -enviar a Jon Cobra a Eurovisión, definir a las mujeres como “Todas putas”, etc…- utilizarían ese conocimiento sobre ese pasado de España del que nada saben para convertir a esos personajes históricos, otra vez, en quien en realidad no fueron. Apropiándose en exclusiva de ellos y convirtiéndolos, tal y como ha ocurrido con Blas de Lezo, en una especie de espantajo de patriotismo de charanga y pandereta que ha acabado en manos de una masa inculta que, probablemente, en su vida ha leído un libro, ni ha tenido la menor curiosidad por nada que tenga que ver con la Historia de su “amado” país. Como lo demuestra, como decía, que propongan llamar a un buque de exploración oceanográfica con el nombre de un militar y marino de la España del siglo XVIII sin siquiera tener recursos intelectuales bastantes para echar mano de nombres de la rica nómina de navegantes y exploradores españoles contemporáneos del propio Blas de Lezo, que muchas veces fueron por delante de los británicos.

¿Hay alguna conclusión al respecto?. Si debe de haberla creo que es, que, con episodios como el de la propuesta lanzada en Forocoches, debemos deducir que es sencillamente lamentable el nivel con el que se está manejando el aprendizaje, la enseñanza y la divulgación de la Historia en España. Llegando al punto de arrastrar en una especie de quedada de “hooligans” futboleros la reputación de personajes tan ilustres como el propio Blas de Lezo o, de rechazo, de todos los que con él se jugaron la vida por cumplir con su deber de expertos militares profesionales, defendiendo una plaza fuerte esencial para que España mantuviese su imperio americano. Desde el virrey Eslava, mando supremo de esa plaza, hasta el último soldado de línea, pasando por oficiales de menor rango como el alférez Ordozgoiti, que dio toda una lección de flema española a los británicos de Vernon cuando lo cogieron prisionero, demostrando lo que era un caballero y oficial casaca blanca.

¿Servirá de algo decir que se está jugando con fuego?. ¿O precisamente eso es lo que se está buscando, hacer buenas todas las profecías noventayochistas sobre un país sin remedio, de charanga y pandereta?. Yo me niego a aceptarlo. Al menos hasta que caiga la última piedra del último baluarte de ese -en España- maltrecho fuerte que llamamos “Cultura”, que es lo que distingue a los países civilizados de una simple horda, y se dispare el último cartucho. Como hubiera hecho Blas de Lezo o cualquiera de los que, cumpliendo con el oficio que tan bien dominaban, salvaron la plaza de Cartagena de Indias de ser expugnada y conquistada por los británicos en 1741 y, seguramente, lo único que esperarían es que, por lo menos, hoy sus descendientes  contasen su Historia con la misma veracidad y buenas maneras con la que sus adversarios británicos han sabido contar la suya al Mundo entero.

Algo muy necesario y que, desde luego, no se va a conseguir precisamente con pachangadas como la de Forocoches. O, si a eso vamos, con la actitud de quienes rieron la supuesta “gracia” o la dejaron pasar de largo prefiriendo encerrarse en una torre de marfil académica, asediada, por otra parte, por el lodo de la Incultura cada vez más manifiesta en un país que la deja en manos de agrestes reaccionarios como los que parecen campar a sus anchas por la España digital que, desgraciadamente, a veces parece más bien todavía la del “Muera la Inteligencia” de 1936…

 

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Amor en tiempos de cólera. Las cartas de Enrique VIII a Ana Bolena. (Mayo de 1527-Octubre de 1528)
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Carlos Rilova | 05-04-2016 | 08:11| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Para escribir este nuevo correo de la Historia, lo reconozco, no me he esforzado demasiado. Me ha bastado estar, para variar, en una biblioteca y descubrir en el expositor de novedades una portada de lo más llamativa acompañada de un título igual de llamativo.

El libro en cuestión, pequeño, una verdadera joya de orfebrería editorial -debida a la casa Confluencias-, se titula “Cartas de amor de Enrique VIII a Ana Bolena”…

Así las cosas, era difícil no leer el libro -no pasa de 100 páginas- y después contarlo.

Es un documento curioso y del que no tenía noticia, a pesar de saber unas cuantas cosas sobre el reinado de Enrique VIII que, debo reconocerlo, es un personaje histórico de los que más me ha interesado siempre.

Del fanfarrón rey Harry he visto, y leído, en efecto, unas cuantas cosas antes y después de pasar por la Facultad de Historia.

Por ejemplo que los británicos, desde los años 30 del siglo pasado, lo convirtieron en uno de sus íconos nacionales, que mandó ejecutar a su Lord Canciller, sir Thomas Moore -para nosotros Tomás Moro- convirtiéndolo así en santo de la Iglesia católica. También tenía yo buena constancia de que Enrique impuso, por la misma causa por la que ejecutó a sir Tomás Moro, un verdadero reinado de terror paranoico en Inglaterra, que estuvo casado con una princesa española, hija de los Reyes Católicos, que fue en 1512 un fiel aliado de su suegro, Fernando el Católico, cuando se produjo la invasión y anexión de Navarra y que tuvo seis esposas que cayeron, en su mayoría, víctimas de ese terror paranoico que, en realidad, tenía una lógica, un fin mínimamente racional.

No otro que el de fortalecer a la dinastía de Enrique, los Tydder. Una familia galesa que en el tumulto de las guerras bajomedievales en Inglaterra supo maniobrar hábilmente, liquidando a Ricardo III, último rey de la Casa de York -y víctima favorita de ese “thinking tank” al servicio del poder político en la Inglaterra isabelina conocido como “William Shakespeare”- para instituirse, con el nombre de “Tudor” -que les sonará de una exitosa serie de televisión-, como dinastía reinante en Inglaterra, en buena parte de Irlanda, por supuesto en su Gales natal, y en un pedazo de Francia.

De ahí, de esa necesidad de fortalecer esa brevísima dinastía, vino mucho de la violencia desatada por el rey Enrique. Necesitaba un heredero que su primera esposa, su cuñada Catalina de Aragón, no le pudo dar, al igual que la segunda, Ana Bolena -la destinataria de las cartas que se han reunido en ese libro del que hoy hablamos-, que sólo dio a luz a la futura reina Isabel, con la que se extinguirían los reyes Tudor, que ceden el trono a los escoceses Estuardo.

El cada vez más obeso rey Harry no tuvo mucho sosiego hasta que no nació el futuro Eduardo VI, el ansiado heredero varón. Algo lógico en un soberano recién instaurado, el segundo Tudor tras la muerte de su padre Enrique VII y la del primogénito Arturo, rodeado de poderosos enemigos como España o Francia, con los que se debe aliar o poner en marcha una poderosa flota de guerra que cuesta no poco al rey y al reino. Como lo atestigua el pecio de la Mary Rose. Una de las naves insignia de la incipiente flota inglesa que hoy ha dado lugar a un interesante museo marítimo en la localidad inglesa de Portsmouth.

Fue así, con esas descarnadas luchas de poder, como Enrique VIII se ha convertido en el imaginario colectivo en una figura más bien negativa. Incluso entre los anglosajones, que conceden que fue uno de los ejes fundadores de la actual Inglaterra, pero que no han escatimado páginas y metros de película a la hora de contar las sombras de la vida de este rey.

Es lo que se ve, por ejemplo, en “Un hombre para la eternidad”, donde el rey Harry hace el papel de villano veredugo de un estoico sir Tomás Moro, que prefiere dejarse ejecutar antes que ceder en sus convicciones religiosas católicas, o en otras películas menos comprometidas con esos temas como “Las seis esposas de Enrique VIII”. Incluso en la serie de novelas policíacas ambientadas en su reinado protagonizadas por el pesquisidor -ya que la palabra detective aún no se ha inventado- Roger Shallot, firmadas por el profesor Paul Doherty con el pseudónimo de Michael Clynes.

Por eso, quizás, me ha sorprendido, tanto, descubrir que un personaje tan sombrío, a veces, dejará tras él un testimonio que atestiguaba que tenía sentimientos, que sabía lo que era el amor.

Eso es lo que vendrían a demostrar las cartas reunidas en este volumen editado ahora por Confluencias, utilizadas -según parece- como prueba en el proceso de separación matrimonial que el fanfarrón rey Harry quería arrancar al Vaticano y que, finalmente, le fue denegado, dando lugar al llamado cisma de Inglaterra por el cual esa nación se separaba de la ortodoxia católica, nombrando como jefe de su Iglesia al rey de Inglaterra, que no reconocía la superioridad del Papa de Roma.

Les animo a que lean este libro donde se reúnen estas cartas ya conocidas en español, pero dispersas -desde 2009- en la blogósfera. No van a encontrar mucha materia morbosa, eso lo advierto ya desde aquí. Tan sólo a un hombre bastante tosco para expresar sus sentimientos, que suenan estereotipados para nuestro gusto, y profundamente “colgado” de una joven a la que le llevaba unos cuantos años, (Enrique tenía 34 en ese momento y ella, Ana Bolena, podía andar entre los 27 y los 24, pues no se sabe con certeza la fecha exacta de su nacimiento).

La manera en la que Enrique expresa ese amor por ella es, en efecto, chocante para nuestra idea de ese asunto, que está pasada por el tamiz del Romanticismo. La cosa se complica aún más cuando resulta que los dos amantes intercambian en las cartas mensajes en clave como el que se puede ver en la firma de la carta II. O bien cuando, como ocurre en la carta III, el rey transmite un mensaje que hoy parecería sanguinario cuando dice a Ana Bolena que le envía un cervatillo “muerto la noche pasada de mi propia mano”, esperando que, cuando se lo coma, ella piense en su mano, la mano del rey, que mató a dicho cervatillo…

Pero, en conjunto, podrán ver que el amor no ha cambiado tanto entre lo que piensa hoy día cualquiera al respecto y lo que pensaba un rey del Renacimiento de personalidad expansiva, colérica y algo peligrosa para quienes le rodeaban o eran sus súbditos.

Así Enrique reitera, una y otra vez, sus deseos de estar con Ana Bolena, de besarla, de que sus manos se junten, de ofrecerle su mano y corazón para servirla, preocupándose por su salud, cuando llegan noticias, en junio de 1528, de una epidemia de fiebres que postran a esa mujer que se niega a ofrecerse al rey -a diferencia de su hermana- hasta que se separe legalmente de su mujer y la haga a ella esposa y reina consorte de Inglaterra.

Todo muy hermoso, incluso podríamos decir que romántico, en la medida de lo posible, hasta que la razón de estado hace a Enrique olvidar esas palabras que el viento del Tiempo no podía llevarse, porque estaban escritas, y se convence de que ya no quiere a Ana Bolena, que la aborrece tanto como antes la ha deseado. Tanto que, incluso, no dudará en hacerla ejecutar bajo toda clase falsas acusaciones para poder casarse con Jane Seymour, con la que ya se encamaba incluso antes de dar por descartada a aquella tierna amiga a la que tanto decía amar en el verano de 1528…

 

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La ingenuidad del terrorista. Meditaciones sobre la Historia de Bélgica y Europa (1830, 1915, 2016…)
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Carlos Rilova | 30-03-2016 | 10:52| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Comienzo este nuevo correo de la Historia que, inevitablemente, tenía que hablar sobre Bélgica y sobre lo ocurrido allí este martes pasado, con estas palabras: “Desde el amanecer, las fuerzas del enemigo habían avanzado hasta situarse sobre las alturas de Bruselas; a las ocho se presentaban en las puertas de Schaerbeck y de Lovaina; inmediatamente después se desencadenó la lucha”…

Esas líneas fueron escritas por un español en un breve folleto titulado “Historia auténtica de las cuatro jornadas de Bruselas”, después del otoño de 1830, justo en las fechas en las que se fundó Bélgica, hace, en el mes de septiembre de 2016, 186 años.

El español en concreto es alguien que ya ha aparecido por estas páginas alguna que otra vez, el general Juan Van Halen, el oficial aventurero, como lo llamaba su biógrafo Pío Baroja.

En una de sus muchas aventuras por aquella Europa romántica terminó en Bruselas, en Bélgica. Lugar de origen de sus antepasados que, como muchos otros de esas latitudes, acabaron haciendo carrera en el corazón de la monarquía imperial española desde el siglo XVI en adelante.

En Bruselas, en aquel mes de septiembre de 1830, Juan Van Halen se vio metido en otro de los embrollos tan habituales en su carrera, comprometido, una vez más, desde que abandonó el servicio de Napoleón, en defensor de la causa de la Libertad.

En esta ocasión eran los belgas los que se querían liberar. Más concretamente de la opresión que ellos entendían ejercían sobre ellos los holandeses, a quienes los habían unido, a la fuerza, tras el fin de la aventura napoleónica y el arreglo de mapas que siguió a ésta en el famoso Congreso de Viena.

Como Van Halen era un oficial con mucha experiencia -había estado justo al lado de Napoleón en batallas celebres que han alimentado después cuadros, películas, novelas históricas…- se le entregó el mando de las tropas formadas por los belgas para echar de allí a los holandeses que, como los franceses en España veinte años antes, habían pasado hacía tiempo la raya de lo tolerable.

No voy a entrar en muchos detalles, fue una lucha heroica, por supuesto, y hay una plaza en el centro de Bruselas que lo recuerda y dónde pueden ver, en bajorrelieve, la imagen de las tropas que mandaba Van Halen siendo dirigidas al combate y a la victoria. Seguro que habrá mejor ocasión que ésta para hablar de esos hechos

Lo que hoy me interesa destacar es otra cosa: las razones históricas por las que la lucha del ISIS, o DAESH, o Estado Islámico, o como lo quieran llamar, está perdida de antemano, por muchas bajas que causen en el corazón de las ciudades de Europa, como Bruselas, o de sus aliados americanos.

¿Por qué?, la razón está muy clara, está inscrita en los 186 años de Historia de ese estado, Bélgica, fundado gracias a un general español, cuya capital, que ahora es la de todos los europeos, fue atacada este martes pasado por varios comandos suicidas enviados por el DAESH.

En esos 186 años que empezaron en septiembre de 1830, Bruselas resistió, durante cuatro días, el asedio de las tropas holandesas, logró que Gran Bretaña reconociese su independencia y la garantizase para siempre, sobrevivió, y prosperó, como tal estado durante todo el siglo XIX, desarrollando una de las áreas industriales de Europa más potentes y avanzadas de ese continente. Bélgica supo también sobrevivir -ahora hace cien años- a la invasión de una potencia con ansias hegemónicas como la Alemania del káiser Guillermo II, ganándose el respeto y la admiración de sus enemigos y de sus aliados. También de los neutrales, que admiten en sus ciudades a refugiados que huían de la matanza desencadenada sobre las llanuras belgas por el ejército alemán. Por ejemplo, San Sebastián, como nos cuenta Javier Sada en su “San Sebastián en la Primera Guerra Mundial”.

Sobrevivió, Bélgica, a una segunda guerra mundial y a una ocupación alemana aún más feroz que la anterior, apoyada claramente por elementos propios -lo más doloroso quizás de todo aquello- uno de los cuales, el fascista Léon Degrelle, fundador del movimiento Rex, que -también es casualidad- acabó encontrando refugio en San Sebastián y en el ambiguo estado franquista que entonces gobernaba esa ciudad.

Dentro de Bélgica se organizó, aún en esas circunstancias, la resistencia contra ese poder opresor, la Alemania nazi. Uno de sus efectos más conocidos fue la famosa Red Comète -fenómeno bien estudiado, además, por un historiador donostiarra como Juan Carlos Jiménez de Aberasturi-, que evacuaba desde allí pilotos aliados hacia la, una vez más, ambigua España franquista, que lo admitía todo. Desde pilotos aliados durante la guerra, hasta, justo después de ella, fascistas declarados y perseguidos como criminales de guerra como Léon Degrelle.

Así Bruselas, y toda Bélgica, sobrevivieron para ver el desembarco aliado en 1944 y la liberación del yugo germánico, la fundación de la Comunidad Económica Europea, la creación del euro y los fundamentos de una confederación europea que diese por zanjada toda esa serie de desgracias bélicas…

Así las cosas, ¿los terroristas de DAESH creen, por un momento, que los supervivientes de una Historia como esa se van a rendir en algún momento a causa de acciones sangrientas pero que, comparadas con lo que ha pasado Bélgica y el resto de Europa en esos últimos 186 años, parecen una gota en medio de un océano de sangre?.

Si son sabios sabrán que la respuesta a esa pregunta es “no” y harán mejor en dejar lo que quiera que estén preparando ahora que, una vez más, no servirá de nada. Tan sólo para insultar, además, los fundamentos verdaderos de su religión

Hay un único resquicio, una pequeña grieta en los muros de esa Europa que ha sabido vivir -y sobrevivir- a toda clase de catástrofes para formar una de las mayores áreas de progreso y prosperidad del Mundo.

La grieta en la que sí podría abrir brecha en los muros de Europa el DAESH la definió perfectamente un testigo directo de los atentados del martes: el eurodiputado socialista Juan Fernando López Aguilar en el programa “Espejo Público” de Antena 3 del miércoles pasado. Dijo el diputado que quienes perpetran estos atentados son europeos descendientes de personas que emigraron, hace cincuenta años, desde países árabes del Mediterráneo y han enloquecido de odio -esas fueron las palabras del diputado- al verse incapaces de encajar en esa sociedad europea que, al menos para ellos, ahora resulta no ser tan prospera, tan capaz de repartir riqueza e igualdad de oportunidades para todos y encuentran -como todos los desesperados- un proyecto de vida en una secta radical que les promete vengar todos los agravios que han sufrido desde que tienen uso de razón.

Todo ello tan sólo a costa de un pequeño sacrificio que no es tal, compréndanlo bien, para alguien que, como bien señalaba el diputado López Aguilar, está enfermo, enloquecido de odio contra esa sociedad que no ha sabido sacar nada bueno de ellos.

Si conseguimos superar esa tara, que, al final, puede ser tan letal para ellos como para los europeos originarios -también excluidos de ese banquete con cada vez menos invitados- está claro que DAESH jamás vencerá. Porque somos mejores que ellos, porque en 186 años hemos sido capaces de sobrevivir a toda clase de tiranías y de injusticias como la que ellos representan ahora, porque eso es lo que nos dice la Historia de Bélgica. Nuestra Historia.

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Dos o tres buenas razones históricas para celebrar el Día de San Patricio. Algo de Historia de los regimientos Hibernia, Irlanda y Ultonia. (1766, 1776, 2016…)
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Carlos Rilova | 28-03-2016 | 08:57| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No podía tardar mucho en llegar. Todo lo que se celebra en Estados Unidos se acaba celebrando por estas latitudes. Primero fue convertir la Noche de Difuntos en Noche de Halloween. Y ahora es el Día de San Patricio, celebrado por todo lo alto en ciudades norteamericanas como Chicago o Nueva York. Donde más impacto causó la emigración irlandesa desde mediados del siglo XIX, coincidiendo con la ruina de las cosechas de patata en Irlanda, que era lo que mantenía vivos a sus habitantes católicos, sojuzgados por sus primos escoceses y, sobre todo, por los ingleses.

Un día de estos seguro que acabaremos celebrando el Día de Acción de Gracias, con sus nativos americanos, su pavo y sus puritanos con trabuco. Todo lo que sale en las películas de Hollywood no tarda en hacer acto de presencia por aquí con una extraordinaria fuerza que es rápidamente aprovechada. Sobre todo si, como dicen los curtidos en esos temas, “mueve el mercado”. Es decir, aumenta las ventas de lo que sea: disfraces, sombreros verdes, barbas pelirrojas de pega, cerveza, etc…

No tengo duda de que a mucha gente esto de adoptar fiestas ajenas les parecerá una verdadera papanatería. A mí, personalmente, lo de “Halloween” me resulta bastante impostado. Más aún cuando tenemos a un Gustavo Adolfo Bécquer infrautilizado para estas cosas. Ya lo he comentado en otros correos de la Historia.

Sin embargo, con el Día de San Patricio no me pasa lo mismo. Si hay alguna fiesta estadounidense que deberíamos hacer nuestra, esa es el Día de San Patricio. ¿Por qué?, pues la respuesta, buscada en el baúl de los recuerdos de la Historia, como siempre hacemos por aquí, no puede ser más sencilla: porque las primeras grandes emigraciones de irlandeses fuera de su atosigada isla empezaron en el siglo XVI, justo cuando comienza la invasión de Irlanda por los ingleses primero y, después, por los escoceses unidos a estos, y se dirigieron a España y Francia principalmente y no a América del Norte, para los irlandeses, en aquel entonces, territorio enemigo. Tanto como su isla esmeralda, invadida de arriba a abajo por británicos con muy malas intenciones.

En efecto, las entonces monarquías de sus muy católicas majestades -la de España más que la francesa- eran refugio seguro para unos irlandeses a los que no esperaba nada bueno en su tierra natal.

Al católico rey de España la situación de Irlanda siempre le interesó mucho, tanto como la suerte de sus habitantes originarios. Y es que en algo estaba de acuerdo Su Majestad Católica con los colonos ingleses atrincherados en las empalizadas del Ulster y alrededores (el famoso “Pale”, su primer y todavía hoy último reducto dentro de Irlanda): quien dominase Irlanda dominaría Inglaterra. Esa simple premisa estratégica explica mucho de lo que le pasó a Irlanda, que, además, se aferró al Catolicismo, acaso porque quienes la invadían eran, mayoritariamente, herejes protestantes.

Una circunstancia y otra provocaron rebeliones irlandesas y desembarcos españoles para apoyarlos. Alguno de ellos, como el de 1602, muy bien estudiado en libros como “La batalla de Kinsale”, protagonizado por Juan del Águila, fogueado oficial del Tercio Viejo de Sicilia.

Y desde  entonces hasta el siglo XIX más y más veces. En unas ocasiones a favor de los irlandeses, en otras no tanto. Como ocurrió en 1689, cuando el “rey Billy”, Guillermo de Orange, el llamado “héroe protestante”, invadió Irlanda para poner de nuevo sobre ella la ley británica y echar de allí a Luis XIV, que había reemplazado a España en la labor de apoyar las rebeliones irlandesas. Nueva situación geoestratégica que llevó a los españoles a apostar fuerte por Guillermo y su gobierno, al que financiaron y dirigieron por medio del embajador en Londres, dejando hacer al “rey Billy” que, con sus hazañas militares del verano de 1690, encanallaba, para un par de siglos, la cuestión irlandesa. Como lo atestiguan todavía hoy los grandes murales del Ulster, que han agredido la vista de ambos bandos en conflicto -católicos y protestantes- desde las paredes de muchos edificios de las ciudades de ese fragmento de Irlanda aún en manos británicas.

Una maniobra, ese abandono de 1689, que los irlandeses no reprocharon a España, siguiendo fielmente a su lado, siglos y siglos. Especialmente en el XVIII, ofreciéndole lo mejor de sus guerreros para formar varios brillantes regimientos, entre ellos el Irlanda, el Hibernia y el Ultonia.

En ellos, y en otros como los Dragones de Edimburgo -un regimiento de Caballería-, se recibía con los brazos abiertos a los jóvenes de familias irlandesas de mayor o menor alcurnia -su alta y baja nobleza- que sabían perfectamente que no tenían nada que hacer en una Irlanda invadida en la que se les negaba toda posibilidad de promoción social por su Catolicismo y por la “mala suerte” de estar ocupando unas tierras que los británicos querían para ellos…

En unidades militares como esas prestaron toda clase de servicios. Unos nos pueden parecer hoy más simpáticos que otros. Así, el regimiento Hibernia fue encargado en 1766 de reprimir en territorio guipuzcoano la rebelión conocida como “Machinada” en el País Vasco y “Motín de Esquilache” en el resto de España. Su coronel en aquellas fechas, el caballero Vicente Kindelán, dará una larga lista de soldados descendientes suyos al Ejército español, que llegan hasta la época de la sublevación franquista en 1936. En esas fechas su descendiente directo cerró filas con los rebeldes. Sin embargo, curiosamente, al Kindelán de 1766 se le debió insistir mucho por parte de la “gentry” guipuzcoana -los “andiquis y jaunchos” de los que hablaba el padre Larramendi, contemporáneo de los hechos- para que sacase a sus soldados del Castillo de San Sebastián y restaurase el orden público de una sociedad -la europea del siglo XVIII- donde el concepto “policía antidisturbios” aún no existía…

Otros servicios del Hibernia -y los otros regimientos irlandeses- seguramente nos parecerán hoy más aceptables: en 1780 el Hibernia será destinado por la corona española a combatir en los actuales Estados Unidos, donde, una vez más, los jóvenes irlandeses expulsados de la verde Erin, tendrán ocasión de ajustar cuentas con los casacas rojas británicos que, paradojas de la moda militar del momento, vestían un uniforme casi idéntico al que el rey de España daba a estos bienvenidos refuerzos irlandeses que engrosaban algunos de sus mejores regimientos.

Si del Siglo de las Luces nos vamos al que empieza bajo la égida de Napoleón, descubriremos que el regimiento Ultonia se batirá durante el sitio de Gerona, defendiendo a ultranza esa ciudad catalana, donde las águilas imperiales napoleónicas se estrellan contra un Ejército español que la soberbia intelectual de Napoleón ni siquiera había llegado a imaginar.

En 1815, como ya sabrán los que hayan leído “El Waterloo de los Pirineos”, el Hibernia será, una vez más, destinado a la frontera vasca. Ahora como parte del Ejército de Observación que va a levantar el acta -definitiva- de la total destrucción de ese primer imperio francés a la sombra de varios miles de bayonetas españolas entre las que brillan, también, las de estos irlandeses, venidos a hacer carrera en el Ejército de Su Majestad Católica…

Podríamos seguir así durante muchas páginas, pero creo que, al menos por hoy, bastará con esto para constatar que, en efecto, por una vez, hemos hecho muy bien en adoptar una fiesta como la de San Patricio. Eso sí, a ver si puede ser que el año que viene, en las mismas fechas, las jarras de cerveza irlandesa se levanten ese día para brindar por esos miles de irlandeses que lucharon (por lo general) en favor de los ancestros de quienes se las beben alegremente ahora.

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Un episodio de la España de Fernando VII: las Cortes Generales ante la invasión de los 100.000 hijos de San Luis. (Y una nota sobre “La desfachatez intelectual”)
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Carlos Rilova | 14-03-2016 | 10:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Normalmente, hacia la mitad de cada semana, suelo tener un problema. Es decir, responder a la pregunta “¿y esta semana qué nuevo correo de la Historia puedo escribir?”. No es que me falten temas, pero algunos de ellos tienden a repetirse con los de la semana anterior o tienen otros contratiempos que no hace al caso relatar ahora. Así que uno no tiene siempre a mano de qué hablar por aquí. Sin embargo, como ya se habrán dado cuenta, al fin, siempre doy con alguna cosa, más o menos histórica, de la que hablar.

En este caso la inspiración ha venido, principalmente, de un documento de casi cuatrocientas páginas que, poco a poco -en tanto otras cuestiones me lo permiten-, voy descifrando en la biblioteca Koldo Mitxelena de la Diputación guipuzcoana. Se titula “A visit to Spain”. Fue escrito entre 1822 y 1823 por un angloirlandés -no confundir con los celtas originarios de esa isla- llamado Michael J. Quin, que visitó España, de Norte a Sur, pocos meses antes de que fuera invadida por el ejército francés conocido comúnmente como “los cien mil hijos de San Luis”.

El documento en cuestión, que ahora descansa en el fondo de reserva de esa biblioteca bajo la signatura 37175, fue publicado en forma de libro, en el año 1824, simultáneamente en Londres por Hurst, Robinson y compañía y en Edimburgo por Archibald Constable y compañía.

Es, por su época y por ese fin comercial, un libro destinado a impresionar al público británico que se podía permitir adquirirlo -es decir, las clases medias, la alta burguesía…- hablando de un lugar supuestamente exótico pero no muy lejos de Gran Bretaña. Es decir: la España de la época del Romanticismo.

Lo cierto es que Quin es bastante respetuoso con lo que describe. Apenas incurre en los tópicos castizos habituales en este tipo de libros. Cuando ve algo que está mal en Francia lo dice. Cuando ve algo en España que está a la altura de lo que hay en Londres, o incluso lo supera, no le duelen prendas en reconocerlo. Todo eso hace de su libro un documento verdaderamente valioso para conocer mejor esa época de nuestra Historia.

Desde luego hay mucha información de alto valor histórico en ese libro para comprender mejor aquellos días agitados y complejos. Por esa misma razón seguro que ésta no será la última vez que hablemos de esa obra de Michael J.  Quin.

Sin embargo, hoy me quiero centrar en la página 154 de “A visit to Spain” (luego les explico la razón para elegir ese pasaje en concreto y no otro). Ahí es donde Quin recoge parte de los debates que hubo en las Cortes el 11 de enero de 1823 sobre qué hacer ante la amenaza de invasión lanzada contra esa España liberal -la única monarquía verdaderamente constitucional de la Europa continental de aquellas fechas- por las potencias reunidas en el Congreso de Verona. Concretamente se trata de un fragmento del discurso del diputado Saavedra, a quien Quin describe como caballero de antigua familia que hasta ese momento se había distinguido más como poeta que como orador en esas Cortes en las que es el diputado más joven.

Sus palabras ante la intolerable intromisión de las potencias absolutistas fueron éstas. Traduzco del original inglés: “¿Qué derecho tienen esas Potencias a entrometerse en los asuntos internos de España? ¿Por qué se quejan ahora de una constitución que el emperador de Rusia reconoció solemnemente en 1813, una que él hizo jurar a algunos españoles que en ese momento estaban en sus dominios, y la cual hizo traducir a su propio idioma (se refiere al ruso); una constitución, en definitiva, que fue también reconocida por el Rey de Prusia en 1814?”.

Tras esa afirmación rotunda, Saavedra se responde a sí mismo sus preguntas de inmediato. Les ruego que se fíjen bien en esa autorespuesta: si los monarcas absolutistas que ahora, en 1823, amenazaban con invadir la España constitucional admitieron entonces, en plenas guerras napoleónicas, la Constitución española de 1812, fue porque “Entonces necesitaban las armas españolas para sostener sus vacilantes tronos; y ellos sabían sobradamente bien que sólo el sagrado fuego de la libertad era el que podía destruir al coloso que los amenazaba”… El “coloso” en cuestión, claro está, era Napoleón.

Todo eso es lo que, para mí, hace tan valioso este documento, este libro de Michael J. Quin. Y más cosas, por supuesto, que ocurrieron en el reinado de Fernando VII y el autor de “A visit to Spain” nos cuenta. Por ejemplo los errores -que los hubo, desde luego- de los liberales españoles o la falta de fuerza militar de Gran Bretaña para defender a esa España constitucional, que era la que más convenía a sus intereses estratégicos, como se vería después, en 1835.

Ya se harán, a partir de aquí, una idea de lo costoso que resulta conocer a fondo un período tan cambiante y convulso como ese reinado de Fernando VII.

Seguramente muchos de ustedes no se habrían siquiera imaginado hasta hoy mismo que un diputado español del año 1823 pudiera hablar con esa contundencia, desafiando a un ejército inmenso, erigiéndose en abanderado de una política que, aunque sea a espasmos, nos trajo la posibilidad de elegir nuestros gobiernos y esa Libertad a la que tanto amaban, según las palabras de Saavedra, incluso autócratas bastante feroces como el rey prusiano o el zar de todas las Rusias, Alejandro I, que, en efecto, bien pronto olvidó sus primeras veleidades liberales. En cuanto Napoleón dejó de ser un problema, precisamente gracias a las armas españolas que combaten en la Península en las fechas que alude el diputado Saavedra.

Y quizás se preguntarán, “¿cómo es posible que cosas así, discursos como estos, sean sólo conocidos por especialistas?”.

Quizás la respuesta la pueden encontrar en un libro firmado por Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III. Se titula “La desfachatez intelectual” y lo descubrí por casualidad viendo un sedicente programa del que soy fiel seguidor (me refiero a “El Intermedio”, acaso uno de los pocos informativos serios que hay hoy día en Televisión).

La tesis central de ese libro -con el que estoy de acuerdo más o menos al 90% por lo que sé de él- es que en la España actual la opinión pública mayoritaria está abducida por una peculiar casta de intelectuales que, en realidad, rebosan de falta de verdaderos conocimientos sólidos. Algo que se comprueba con sólo conectar la Televisión e ir saltando de debate en debate por las distintas cadenas. A saber: son siempre las mismas caras, o casi, y opinan de todos los temas y lo hacen con verdadera desfachatez y muy malas maneras, sin comprobar datos, sin tener verdadero conocimiento de aquello de lo que están hablando, porque, de otro modo, sin ese ruido de fondo generado por ellos mismos, quedarían pronto en evidencia…

El caso del reinado de Fernando VII, relativamente largo, tortuoso, con períodos entre lo heroico y lo convulso como aquellos días en los que vivió y habló el diputado Saavedra, es un buen ejemplo de esa desfachatez intelectual que domina hoy nuestra opinión pública y dicta aquello que esa opinión puede saber y lo que debe ignorar (cosas, por ejemplo, como el discurso del diputado Saavedra).

El profesor Sánchez-Cuenca daba nombres de intelectuales desfachatados, o, si se prefiere, desvergonzados, que, en ocasiones, se han dejado decir cosas sobre el aludido rey y su reinado como que había sido el peor de la Historia de España… al menos hasta los ocho años de presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero, o que el aludido monarca, por resumir y parodiando un anuncio de inmobiliaria, se quedaba en ser “un hijo de puta con piscina, ático y garaje”…

Si son esos vulgares lugares comunes -por muy castizos y simpáticos que suenen- todo lo que nos pueden aportar quienes cobran jugosas cantidades supuestamente por pensar, por informar a la opinión pública… juzguen ustedes mismos si realmente los medios de comunicación les están informando correctamente. O si, por el contrario -como diría uno de esos intelectuales desfachatados- se están quedando con ustedes.

Tal y como denuncia, al parecer con bastante acierto, el libro del profesor Ignacio Sánchez-Cuenca… que, acaso, podría ser una buena idea empezar a leer esta misma semana. Ahí les dejo, por hoy, con estas reflexiones sobre la desvergüenza intelectual que domina y manipula la opinión pública española y que, espero, les resulten de provecho.

 

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Historia de la Picaresca alemana, Historia de la Picaresca española. De la Guerra de los Treinta Años a las comedias de situación del siglo XXI
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Carlos Rilova | 07-03-2016 | 10:32| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hacía ya tiempo que quería hablar de este tema. La famosa “Picaresca”. Un sustantivo que, generalmente, por norma, va seguido, en España, del adjetivo “española”.

Con eso se suele dar por zanjado que la única Picaresca que en el Mundo ha sido, y será, es la española, que no existe ningún otro país donde haya pícaros.

Los ejemplos se pueden multiplicar. Por ejemplo viendo “Buscando el Norte”, una de las series de A3Media que está teniendo bastante éxito y que -ya me disculpará mi colega de “Series para gourmets”- está bastante bien elaborada. Mejor desde luego de lo que yo esperaba, dado lo que actualmente se deja decir a los guionistas y otros empleados similares en medios que, obviamente, suelen ser muy conservadores y tienen una dirección que no parece andarse con bromas sobre qué mensaje hay que transmitir al público.

Por si no saben de qué va “Buscando el Norte” les diré que trata de lo que les pasa a un grupo bastante variopinto de españoles que han acabado dando con sus huesos en la Alemania de hoy día.

En gran parte parece que el guión de la serie se basa en un cuestionario enviado por la productora a emigrantes reales. Eso da a la serie bastante frescura y bastante realismo sobre lo que está suponiendo esta segunda oleada de emigrantes españoles en Alemania en menos de medio siglo.

Sin embargo, la frescura y el realismo no siempre son garantías de que todo el lastre negativo que arrastra ese país -España- haya sido arrojado por la borda a la hora de afrontar, para el gran público, un problema dramático y del que, por cierto, se habla demasiado poco en los momentos álgidos de la actual Política española. Por ejemplo en debates de investidura como los que hemos visto la semana pasada.

Así es, uno de los personajes de la serie, Roberto, padre de Adela, la profesora de alemán del grupo protagonista, que es un verdadero pícaro, un trapisondista de manual, venía a decir que no se le puede sustituir como compañero de mus por el camarero alemán del bar-restaurante hispano-germánico en el que transcurre buena parte de la serie. ¿La razón?, pues porque, dice Roberto, los alemanes no saben lo que es la Picaresca, que eso sólo lo saben los españoles…

Ahí es donde “Buscando el Norte” choca con la Historia, aunque sea inocentemente. ¿Por qué?, pues sencillamente porque los alemanes saben, desde hace mucho tiempo, qué es la Picaresca.

De hecho, aunque por las latitudes hispanas no se habla mucho de ello, una de las principales obras del género de la Picaresca, el “Simplicius Simplicissimus” -del que algo les conté ya en el correo de la Historia del 11 de noviembre de 2013- es una obra alemana. Por los cuatro costados.

En ella se relata la vida atroz de un pobre desdichado que va dando tumbos por lo que es la Alemania actual entre, más o menos, 1634 y 1648, por una nación que en esas fechas no es más que un conglomerado de estados de diversa entidad divididos por cuestiones religiosas y en guerra permanente unos con otros, apoyándose en diversas coaliciones que, a su vez, son aprovechadas por potencias extranjeras para enfrentarse entre ellas (Suecia o Inglaterra contra el Imperio español, Francia, etc…).

La vida de Simplicius es espantosa. Trata de sobrevivir por medio del robo y el engaño, se ve metido en batallas de las que sale corriendo a la menor oportunidad que se le presenta. Su objetivo es el de todos los pícaros de la época y de todas las épocas y partes del Mundo. Es decir, llegar a vivir lo más cómodamente posible sin trabajar nada o lo menos posible.

Simplicius es, pues, un producto de esa época que él refleja con verdadera exactitud en muchas páginas de ese libro en realidad escrito por un hombre de letras alemán, un pequeño noble, Hans Jakob Christoph von Grimmelshausen, que tuvo que ganarse la vida en la industria más prospera en Alemania en esos momentos: la Guerra.

Ciudades arrasadas, casas saqueadas, mendicidad, hambre atroz, campesinos que ya nada tiene que perder persiguiendo a infectos mercenarios que han luchado bajo todas las banderas y defendido todas las religiones -sin creer, muy probablemente, en ninguna de ellas- porque les quieren robar lo poco que les queda… Ese es el escenario en el que sobrevive, mediante toda una serie de ardides, el personaje de Von Grimmelshausen.

Un catálogo que nada tiene que envidiar al de las novelas que, dicen, inspiraron a Von Grimmelshausen: el “Lazarillo de Tormes” o, ya que estamos en el año en el que se conmemora la muerte de Miguel de Cervantes, “Rinconete y Cortadillo”.

Por razones así comprenderán que es un verdadero despropósito ligar toda esa serie de desventuras con “algo” que un determinado país lleva, como se suele decir últimamente, en “su ADN histórico”. Despropósito que, sin embargo, se comete a menudo, por ejemplo en series de televisión como “Buscando el Norte” pero también en libros supuestamente serios, en debates de televisión también supuestamente muy serios y con tertulianos y tertulianas también muy serios y serias…

Así es, decir que los españoles son pícaros por tradición es un burdo error de percepción histórica, es ignorar que la Picaresca no era más que un reflejo satírico en la Literatura barroca de la miseria propia de la Europa preindustrial, arrasada por guerras, por epidemias, por un hambre generalizada, por falta de medios, por el injusto y desproporcionado reparto de la riqueza que existía en aquel entonces y que fabricaba pícaros prácticamente idénticos en todas partes.

En la opulenta Sevilla que recibía toneladas de oro y plata de América y trigo procedente de un Levante pacificado a base de jenízaros por el imperio turco, o en los alrededores de, por ejemplo, Frankfurt, arrasados por el paso de numerosos ejércitos, año tras año, combatiendo por la verdadera fe -la de cada cual de los que levantaban dichos ejércitos, por supuesto- y arrasando como una plaga de langosta bíblica todo lo que quedaba al alcance.

Se trata de unas circunstancias históricas comunes, desgraciadamente comunes, a esa Europa preindustrial. Tanto que, en fecha tan avanzada como la primera mitad del siglo XVIII, los pícaros seguían llenando páginas de libros o libretos de operas donde menos los esperábamos, por culpa de esos tópicos que deforman nuestra percepción de la realidad histórica y, de rechazo, la del presente.

Así es, el pícaro, el muerto de hambre que con astucias y engaños trata de abrirse paso, existe en esas fechas no sólo en España sino en la que se supone es ya la nación más prospera del Planeta: Gran Bretaña, donde Henry Fielding -otro admirador de Cervantes, por cierto- conocerá el éxito con su “Tom Jones”, que relata la vida de un incorregible pícaro al que las cosas le van tan mal y tan bien como al alemán Simplicissimus o al Lazarillo español…

Teniendo en cuenta todo esto, que se sabe con sólo haber leído un poco -o incluso con haber ido al cine a ver la versión cinematográfica de libros como esos-, resulta pasmoso -¿o incluso sospechoso?- el modo en el que se insiste en que lo que pasa en España hoy día es fruto, por ejemplo, de que hace siglos alguien escribió una obra titulada “Lazarillo de Tormes” que, supuestamente, reflejaría un carácter nacional que no se ha alterado desde entonces hasta hoy día.

Si esa lógica fuera cierta, ¿no deberíamos interpretar que todo lo que hacen hoy mal los alemanes o los británicos es culpa de que en su día se escribieron allí novelas picarescas como “Simplicius Simplicissimus” o “Tom Jones”?.

Es algo que, desde luego, visto desde la altura de la Historia, da bastante en qué pensar. Con ello les dejo. Tengan muy felices, y provechosas, reflexiones al respecto.

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Historia y reconstrucción histórica en el 250 aniversario de la desanexión de la ciudad de Irún (1766-2016)
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Carlos Rilova | 29-02-2016 | 10:51| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este viernes pasado tuve una feliz -aunque algo cansada- ocasión de ver cómo por nuestras latitudes geográficas avanzamos a buen ritmo en el aprendizaje de la Historia. Algo que, aunque no se hable mucho de ello en los Telediarios, es un signo positivo de desarrollo económico para cualquier sociedad que se someta a ese examen.

La feliz ocasión en concreto tuvo lugar en un edificio inaugurado en el año 1763 -el Ayuntamiento de Irún- donde con una conferencia de uno de nuestros asociados, Iñaki Garrido Yerobí, se dio comienzo al que parece ir a ser un rico programa de actos culturales para conmemorar en esa ciudad guipuzcoana precisamente su fundación como población independiente hace ahora 250 años, en el, a veces, turbulento año de 1766.

Uno de los primeros signos positivos que percibí en ese acto fue la masiva presencia de público. De hecho, todos los asientos disponibles estaban ocupados y muchos asistentes tuvieron que permanecer fuera del salón de plenos de ese Ayuntamiento de 1763 donde se daba esa conferencia. Incluso hubo parte de ese público que tuvo que seguir el discurso desde una sala próxima.

Habría en total cerca de ciento cincuenta personas para oír esa conferencia. Algo nada común -al menos hasta ahora- en actos de este tipo y menos cuando el tema del que se trata es de Historia política, que suele resultar para el público en general, y hasta para muchos historiadores, un tema demasiado árido.

Con ese punto de partida tan positivo se fue desarrollando la conferencia, seguida con tanto interés por tanto público, que así quedó enterado de cómo la ciudad se desanexionó de la población y plaza fuerte de Fuenterrabía -hoy Hondarribia- a la que pertenecía, desde la fundación de dicha villa, lo que luego será el término de Irún.

Fue un proceso largo y duro, salpicado de rebeliones contra el señorío jurisdiccional de los hondarribiarras, que exigían ante la Corona de Castilla el dominio prácticamente absoluto sobre el término irundarra por cuestiones tácticas.

Es decir, porque de no tener ese control, a discreción, de esas tierras, la plaza fuerte, esencial para la defensa del reino de Castilla primero y de España después, quedaba expuesta por uno de sus flancos, pudiendo el enemigo hacerse fuerte allí y hostigar y estrechar un asedio -como en 1476, 1638, 1719…- sobre las murallas hondarribiarras.

Los vecinos de la llamada “Universidad de Yrun-Uranzu” se revolvieron, como decía, en varias ocasiones contra esa discrecionalidad hondarribiarra. Unas veces protestando ante los tribunales del rey para poder constituirse en término municipal independiente. Otras haciendo uso de un recurso bastante habitual en la Europa de los siglos medievales y modernos. Es decir: la violencia física.

Hubo sonadas rebeliones en 1499, en 1667… De todas ellas traté en un libro que ahora sólo encontrarán en bibliotecas: “Dueño y señor de su estado”, donde el actual Ayuntamiento hondarribiarra hizo un generoso balance -al financiar esa investigación en el año 1998/1999- de esa parte turbulenta, pero real, del pasado. También, hubo rebelión y turbulencia, como nos recordó Iñaki Garrido, en el siglo XVIII, cuando la desanexión es ya inminente o está casi establecida, llegándose al enfrentamiento físico entre vecinos de ambas poblaciones y a la intervención, para calmar los ánimos, incluso de la temible Infantería pesada dieciochesca, representada en esas latitudes y en esos momentos por un regimiento de línea establecido -como era habitual- como guarnición en la zona.

Para recordar estas y otras circunstancias históricas se ha previsto, como decía, todo un programa de actividades que dio comienzo este viernes con la mencionada conferencia. En ella también pude comprobar cómo se va elevando nuestro nivel de desarrollo cultural que -insisto- también es nivel de desarrollo económico (pregunten, por ejemplo, en Dinamarca).

En efecto, en el marco de la conferencia se empotró una pequeña reconstrucción histórica. Algo que los famosos países “de nuestro entorno” llevan haciendo desde hace años y cuyo objetivo es acercar a un público no especializado eso: una reconstrucción lo más exacta posible de la época de la que se está hablando (en el caso que nos ocupa, mediados del siglo XVIII europeo).

Eso es lo que ocurrió allí, en el Ayuntamiento de Irún, este viernes pasado. Tres hombres (entre ellos Aritz Irazusta y Aritz López Arrúe, consumados y veteranos reconstructores pese a su juventud) y una mujer, trataron de acercar a ese ávido público, ropajes, lenguaje y maneras de los guipuzcoanos del año 1766. Más concretamente de guipuzcoanos de los estratos medios y altos de esa época.

En general el público reaccionó bien ante esta reconstrucción histórica. Y eso también es todo un éxito. Lo primero porque las reconstrucciones, en general, son una flor, como decía, relativamente reciente entre nosotros a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, Francia o Gran Bretaña, por sólo citar algunos ejemplos. Las reconstrucciones civiles, como era el caso de la del viernes, tienen además un plus añadido de dificultad, porque son aún más raras para el público peninsular que las de tipo militar -ya más habituales- y porque la carga de la acción en ellas recae sobre un número más reducido de personas, que deben hablar, moverse, protagonizar, interactuar con el público sin limitarse a reproducir una batalla que, al fin y al cabo, requiere mucho menos trabajo de interpretación.

Aparte de eso la reconstrucción civil del estilo de la que se desplegó en Irún este viernes, tiene otra dificultad añadida: al exigir una interacción tan intensa con un público actual se acaban desatando situaciones de cierta comicidad que algunas personas poco avezadas en este tipo de artefactos culturales pueden malinterpretar, creyendo que están viendo una obra de teatro bufo o de calle.

Nada más lejos de la realidad, pero el problema es que esa interacción de personajes de, en nuestro caso, el siglo XVIII y público del siglo XXI, que desata esas situaciones que pueden parecer un ejercicio de teatro de bolsillo cómico, son la única alternativa a introducir en escena a unos personajes de época que se comporten de forma hierática, paseándose como espectros entre un público que los ve, pero al que ellos ignoran y con el que no tienen ninguna interacción. Algo que no tiene el menor sentido, desde luego si lo que se pretende es acercar al público general a la Historia y no alejarlo más aún de ella ofreciéndole un espectáculo aburrido o incluso tétrico.

Por suerte para nosotros nuestro público del viernes, aparte de reírse un poco con ese choque cultural entre su manera de ver el Mundo y la que podía tener un caballero o dama “con posibles” del año 1766, apreciaron a los reconstructores, a su esfuerzo por acercar lenguaje, ropas, ideas y maneras de ese año hasta ellos, para que los pudieran ver de manera tangible, cercana, no encerrados tras las páginas de un libro o en la vitrina de un museo.

Ciertamente hubo una casi inapreciable minoría que pareció no entender el significado del enorme esfuerzo de reconstrucción histórica que hicimos este viernes. Así, por ejemplo, hubo entre el público una intervención -en euskera- para señalar que los reconstructores -a los que se confundió en esa intervención con actores y actrices de Teatro- hablasen sólo en castellano cuando, en aquella época, 1763-1766, la lengua del “pueblo” – “herri” según dicha intervención- era también el euskera…

Una pena, ciertamente, que la reconstrucción, la interacción, no alcanzase a explicar a esa pequeña parte del público que en 1763-1766 las personas de la condición social que se estaba tratando de reconstruir en la acción del viernes no hablaban en euskera entre ellos -a pesar de ser euskaldunes originarios- porque en la fecha el euskera -llamado sin ningún complejo ni sentido peyorativo “bascuence” o “lengua vulgar bascongada”- era, salvo muy raras excepciones, una lengua ancilar. Es decir, que sólo se usaba para dirigirse a los sirvientes y a personas de baja esfera -como se decía en la época- que no dominaban la también llamada “lengua vulgar castellana” o el latín, incluso otros idiomas como el francés, que eran en los que se expresaban las personas representadas en la ruidosa y, en general exitosa y risueña, reconstrucción histórica con la que se trató de acercar la Historia a un público ávido de aprender esa necesaria materia.

Un interesante reto, en cualquier caso, ese añadir un plus de información -sobre, por ejemplo, qué se hablaba y dónde en determinadas ocasiones del pasado- en siguientes ocasiones en las que podamos constatar, por medio de ricas acciones culturales como la de este pasado viernes, que este país, pese a todas las dificultades, va creciendo, desarrollándose en todos los sentidos.

 

 

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Bye, bye Britain? Notas históricas sobre el posible abandono de la UE por Gran Bretaña
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Carlos Rilova | 22-02-2016 | 16:47| 6

Parece ser que últimamente no tengo mucha suerte con los temas que elijo para llenar este correo de la Historia semanal. En efecto, por más que quiera distanciarme de la actualidad ésta parece que se empeña en servir temas que están estrechamente imbricados con las noticias que vemos en televisión o leemos en los periódicos.

Así esta semana resulta casi imposible no decir nada sobre la posible secesión de Gran Bretaña de la Unión Europea. Eso que han llamado el “Brexit”. Juego de palabras a base de “Britain” -Gran Bretaña- y “Exit”, préstamo del latín al inglés para significar “salida”.

Bien, y se preguntarán ¿qué tiene que decir la Historia de esa posible salida de Gran Bretaña de una Unión Europea en la que siempre parece haber estado a disgusto?.

Veamos, este mismo sábado se llegó, en Bruselas, a un acuerdo basado en una serie de concesiones a David Cameron para que hiciera campaña en su país a fin de evitar que salga el “sí” al “Brexit” en el referéndum que se celebrará allí a finales de junio.

¿Perdíamos mucho si Gran Bretaña se iba?. ¿Perdíamos económicamente, políticamente, simbólicamente, los restantes estados de la Unión, que pasaría a ser casi exclusivamente continental, sin el archipiélago británico, salvo el 90% de Irlanda?. O sería la isla británica -¿con Escocia o sin ella?- la que realmente perdería más en ese “Brexit”?. ¿Era, así pues, realmente necesario hacer esas concesiones?.

La respuesta a preguntas así podemos buscarla, por ejemplo, en una curiosa novela publicada, en español, hace diecisiete años. Se titula “Inglaterra, Inglaterra” y su autor es uno de los escritores británicos más respetados y consolidados: Julian Barnes.

En esa magnífica obra, Barnes se entrega a la sublime tradición satírica de la Literatura británica -la de Defoe, Swift…- para describir, llevándolo hasta la caricatura, lo que podría ocurrir si Gran Bretaña se separa de la Unión Europea. Así, Barnes se burla de su propio país y sus pretensiones sin piedad. A pesar de hacerlo con la elegancia que cabe esperar de un británico bien educado.

Y ahí es donde entra de lleno la cuestión histórica. En la Inglaterra de la novela de Barnes un ordinario -en todos los sentidos- empresario de altos vuelos, una especie de Donald Trump a la inglesa, se empeña en un  futuro muy próximo -que podría ser hoy mismo- en tomar las riendas de un desorientado país -Inglaterra- y hacer de él un ente del que todos sus habitantes, y el común de los mortales que no tienen la dicha de  ser nativos y ciudadanos del mismo, puedan sentirse tan orgullosos como admirados.

El resultado final de ese desaguisado megalomaníaco es que la idea original del avispado empresario acaba convirtiendo a Inglaterra en un parque temático que bien podría haberse llamado “Britanic Park”…

Así toda Inglaterra, de parte a parte, se convierte en un lugar muy parecido a la idea original de parque temático, limitada en principio a una isla del Canal, donde el visitante puede contemplar y fotografiar a placer una serie de escenas vivientes que, se supone (porque así lo ha decidido el equipo al servicio del avispado empresario, en el que se incluye la protagonista de la novela, que es historiadora) son la esencia de Inglaterra destilada a lo largo de los siglos.

Por ejemplo tenemos como principales atracciones del parque “Inglaterra, Inglaterra” a los petirrojos -por aquello de Robin Hood-, al propio Robin Hood y sus alegres hombres, a las cuadrillas de contrabandistas del siglo XVIII que desafían al bravío mar del Canal de la Mancha y, cómo no, entre otros muchos eventos, la Inglaterra de Dickens y la propiamente victoriana de finales del siglo XIX…

Al final, como suele ocurrir con estos proyectos megalomaníacos, las cosas se salen de madre y resulta que los que interpretan todas esas atracciones, todos esos cuadros vivientes de la Historia de Inglaterra para solaz de los numerosos turistas, acaban creyéndose su propio papel y consiguen que Inglaterra -Escocia y Gales salen de estampida del abolido Reino Unido- se convierta en una especie de gigantesco asilo de lunáticos -una suerte de Bedlam a escala nacional- que, finalmente, acaba aislado del resto del continente europeo y, por supuesto, de una avanzada y opulenta Unión Europea. Una a la que le ha faltado tiempo para establecer en el Canal de la Mancha un dispositivo para evitar que los ingleses que aún conservan algo de cordura puedan infiltrarse como emigrantes ilegales en ese superestado europeo que, naturalmente, no ve con buenos ojos ese pedazo de la isla británica llena de chiflados que, voluntariamente, han vuelto atrás en el tiempo, a la era de las máquinas de vapor y de la deferente sociedad victoriana de hacia 1850…

Como nota jocosa resulta que patrulleras de la Marina griega son las principales encargadas de velar porque el Canal de la Mancha no se convierta en un coladero de ingleses que huyen de esa asfixiante Inglaterra llena de magníficos chalados neovictorianos entusiasmados, de nuevo, con su magnífico aislamiento.

Barnes exagera, qué duda cabe. Aunque yo diría que no demasiado. La tradición histórica británica desde, por lo menos, principios del siglo XVIII, ha sido -aparte de sembrar la discordia entre las potencias continentales para evitar la creación de un superestado, como la Unión Europea, por ejemplo-, mantenerse en ese magnífico aislamiento del continente, en su cómodo bienestar burgués consolidado durante la segunda mitad del siglo XIX, en plena época victoriana, mirando por encima del hombro lo que hacen esos fastidiosos y pendencieros vecinos del otro lado del Canal que, de siglo en siglo, obligan a los acomodados británicos a, quieran que no, tomar parte en sus malditas guerras continentales. Siquiera sea para evitar el inconveniente de tener que afrontar una nueva invasión, en toda regla, del suelo británico que, teóricamente, no se produce desde el año 1066, con la llegada de Guillermo el Normando.

Se trata, a todas luces, de una simplificación histórica (Gran Bretaña fue invadida otra vez en 1688 por otro Guillermo, el de Orange, para establecer la monarquía británica parlamentaria más o menos como hoy la conocemos) pero que, como Barnes denunciaba en “Inglaterra, Inglaterra” y estamos viendo hoy día, funciona bastante bien con una gran mayoría de británicos que, por ejemplo, podrían decidir en un referéndum separarse de una Unión Europea de la que, hasta ahora, mal que bien, han formado parte.

Sería una pena que decidieran marcharse, alejarse del resto de sus primos europeos de esa manera. No tanto porque esa gran nación acabase convertida en esa insoportable jaula de chalados neovictorianos descrita en “Inglaterra, Inglaterra”, sino porque ellos, los británicos, son una parte esencial de la Historia de Europa. Durante siglos han sido, por ejemplo, adversarios de España, pero también, en otras ocasiones, sus fieles aliados, haciendo que compartamos con ellos una Historia común. La más común de todas, la que está teñida de sangre y nombres de batallas. Hablamos de la Guerra de los Ochenta Años en Flandes, de la Expedición del Darién en la que los ingleses dejaron abandonados a los escoceses frente al rey de España, de la Campaña de Irlanda en 1689, del fiasco británico ante las costas de Cartagena de Indias y ante los puertos vascos en 1743, cuando sus intentos de invasión del gran rival entonces -España y su imperio- fracasan estrepitosamente, de Los Arapiles en la Guerra de Independencia, del Somme en la Gran Guerra de hace cien años, de la tercera batalla de Narvik en la Segunda Guerra Mundial o del Día D de 1944, en el que soldados franceses, británicos y españoles compartieron un mismo destino común frente a los desvaríos de la Alemania nazi…

Comprendo que se quieran ir, que se quieran aislar. Está hoy tanto en sus intereses económicos como en eso que llaman “su ADN histórico”. Y, de hecho, parte del encanto de Gran Bretaña reside en esa extravagante reluctancia a implicarse, demasiado, en los proyectos comunes europeos. Pero, aún así, me resulta muy difícil concebir Europa -y seguro que no soy el único- sin esa parte fundamental de su pasado que se encarna en Gran Bretaña.

Yo, personalmente, estoy dispuesto a soportar que mantengan su maldita libra esterlina -una moneda que data de la Edad Media y que incluso tiene una calle en San Sebastián-, su también maldita manía de conducir por la izquierda y su aún más maldito sistema de pesas y medidas. Todo sea porque no se alejen más de nosotros, nos priven así de esa parte de nuestra Historia común y acaben, quién sabe, convertidos en el ridículo asilo para lunáticos que Julian Barnes caricaturizaba en la divertida, y cruel pero certera, “Inglaterra, Inglaterra”.

Así pues, estimada nación inglesa, si es posible, no os vayáis. En la Europa unida os necesitamos para poder decir que, al fin, nuestra Historia común está completa. Y lo que sería peor para Inglaterra: si os vais -o pedís más concesiones para no iros que no se os podrán conceder-, quizás quien más va a perder sea vuestra isla como os lo advirtió, hace ya años, la “Inglaterra, Inglaterra” de Julian Barnes, que, por cierto, y que se sepa, es un británico cien por cien.

 

 

 

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