Diario Vasco

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Fernando de Aragón y las ninfas del Bidasoa. Apuntes sobre “La invención del pasado” (1476, 1512, 2015…)
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Carlos Rilova | 19-11-2014 | 09:30| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

 Este nuevo correo de la Historia nació a raíz de una conversación  telefónica con un amigo que me llamó la semana pasada para  recomendarme un libro de un colega historiador -Miguel-Anxo  Murado- así titulado: “La invención del pasado”.

Bueno nace de ahí, de otra conversación telefónica con otro amigo  acerca de cuáles podían ser los episodios más o menos presentables  de la Historia de España y, asimismo, de mi firme propósito de no hablar hoy del 9-N y el referéndum catalán. Aunque me temo que al  final acabaremos ahí, de nuevo, más tarde o más temprano. Puede  que incluso en algún resquicio de este nuevo correo de la Historia.
Pero mientras llega ese momento fatídico de volver a enfrentarnos al nefasto callejón sin salida al que nos ha llevado nuestra Historia reciente, vamos a centrarnos en el libro de Miguel-Anxo Murado.

Tal y como sospeché a resultas de la citada conversación en la que me lo recomendaron, es una especie de versión española de otro libro de Historia del que ya les he hablado en otros correos de la Historia, “El pasado es un país extraño”. Obra de la que Murado, en efecto, se reconoce deudor en la bibliografía de su propio libro.

La tesis de la obra de Miguel-Anxo Murado es que la idea que tenemos de la Historia de España hoy día -de lo que él llama el canon sobre nuestro pasado- es cosa de varios historiadores de principios del siglo XX. A saber: ClaudioSánchez-Albornoz, Américo Castro y Ramón Menéndez Pidal.

Sobre todo de este último, que es casi el eje central del libro de Murado. Desde una impagable foto de portada, en la que se le ve recibiendo de manos de Charlton Heston una supuesta réplica de la espada del Cid, hasta las conclusiones finales.

Sí, Miguel-Anxo Murado deja claro que esos tres historiadores -desde la derecha, desde la izquierda, desde España, desde el exilio…- contribuyen a crear, entre comienzos del siglo XX y mediados de esa centuria -precisamente cuando se rueda “El Cid” con Charlton Heston de protagonista-, la idea que tenemos del pasado de España como una línea continua. Una que iría desde los “Celtíberos” a la actualidad, pasando por figuras convenientemente “arregladas” como la del Cid recreado por los estudios de Menéndez Pidal y el no menos “arreglado” -según dice M-A. Murado- emperador Carlos V.

Desmontando a personajes como esos, o más bien la semi-ficción creada en torno a ellos, Murado llega a la conclusión -similar a la de Jane Austen- de que gran parte de nuestra historia es ficción y hay que leerla -en libros de Historia lo mismo que en otros canales de difusión secundarios (novela, cine…)- con un sano escepticismo…
Un sabio consejo que hace, en efecto, muy recomendable la lectura de “La invención del pasado” de Miguel-Anxo Murado.

El único problema es que el escepticismo es como un rizoma. Una vez puesto en marcha, no deja de crecer y nos conduce, finalmente, a ser escépticos hasta con el propio escepticismo. Lo cual nos devuelve, en cierto modo, al principio, antes de que el rizoma empezase a expandirse sin parar.

Así es, leyendo con más de una sonrisa en la comisura de mis bigotes el libro de M-A Murado me he sentido escéptico, a veces, con su escepticismo.

Por ejemplo cuando desmonta que la unidad de España se produjera de modo automático con los Reyes Católicos.
Ciertamente eso es casi un lugar común entre los historiadores profesionales. Los que solemos andar entre documentos tan a menudo como nos es posible, nunca encontramos papeles salidos después del siglo XV de mano de un rey de “España” donde diga eso precisamente. Que era el rey de España y se acabo. Para eso hay que esperar hasta el siglo XIX en el que la retahíla de títulos “rey de castilla, rey de León, señor de Molina, conde de Barcelona…” va quedando reducida a rey de España y de las Indias.

Demostrada, pues, estaría la tesis de nuestro colega. Sin embargo, mientras leía ese pasaje de “La invención del pasado” no pude dejar de acordarme de algunas hazañas -vamos a llamarlas así- de Fernando el Católico, rey de Aragón en el siglo XV y principios del XVI, y consorte de la reina Isabel de Castilla. Concretamente me acordé de dos “hazañas” fernandinas que ocurrieron a orillas del río Bidasoa.

La primera tuvo lugar en el año 1476. En esos momentos el trono de Isabel se tambaleaba a causa de las luchas intestinas con las que ya se habrán familiarizado gracias a la exitosa serie “Isabel”, de la que -vaya eso por delante- no soy un fiel seguidor y por lo tanto no voy a opinar.

En ese río revuelto aparece en la frontera del Bidasoa un personaje escalofriante. Casi tanto como el propio Fernando de Aragón. Se trata del rey de Francia, Luis XI.

Dicen -y lo recuerda Murado en su libro- que Fernando inspiró a Maquiavelo su modelo de príncipe renacentista, poco escrupuloso, taimado, que antepone al interés político todo lo demás, etc…

Luis XI no le iba, en absoluto, a la zaga. Algo reconocido hasta por obras de un marcado chauvinismo, como pueden serlo los álbumes de la Librería Gründ con los que la infancia francesa de los años 30, 50… del siglo pasado aprendía su propio canon histórico. En el que dedica esa colección a Luis XI, no se oculta que se le dio el sobrenombre de “rey araña”, por su capacidad para tejer trampas y ardides.

Aún así un rival débil para Fernando de Aragón, que consiguió detenerlo ante las murallas de Fuenterrabía -hoy Hondarribia- tras levantar el sitio que había puesto a esa villa que se consideraba a sí misma -como decía en sus propios documentos, usando un lenguaje homérico- el antemural -es decir, la primera defensa- del reino.

No cabe duda, como sostiene Miguel-Anxo Murado, que la boda de Isabel y Fernando no creó mágicamente “España”. Sin embargo, episodios como esos, como el de 1476 y, más aún, el de la invasión de Navarra nuevamente desde las orillas del Bidasoa en 1512 -cuando la reina ya ha pasado a mejor vida-, demuestran, en hechos, que Fernando tenía en la cabeza una idea bastante clara de lo que luego se conformaría como nación a lo largo del siglo XIX y hasta hoy.

¿Cuál sería la moraleja de esa Historia protagonizada por Fernando de Aragón, que tanto debió entretener a las ninfas del Bidasoa en 1476, en 1512, en las bodas reales de 1615 entre las casas de Francia y España…?.

 Pues la verdad, aparte de que en la Historia hay conclusiones y no  moralejas, lo que podríamos deducir de los manejos de Fernando en torno a  la frontera del Bidasoa debería ser una advertencia acerca de que -como  sostiene Murado a una con Lowenthal- el pasado es un país extraño,  poblado de gente con la que sólo nos une un lejano parentesco, pero  asimismo que ese sano escepticismo sobre una supuesta Historia centenaria  -o milenaria- de “España” no debería llevarnos a creer que esa palabra, esa  idea y ese concepto se hayan creado antes de ayer y no tienen un verdadero  recorrido histórico que podemos remontar al siglo XV.

Y es que a la Historia le ocurre lo mismo que a los árboles: para existir  necesita raíces. Por mucho que, como nos advierte Miguel-Anxo Murado,  tengamos que observar esas raíces con un prudente escepticismo… Así  pues, que ustedes aprendan mucho de su propia Historia con la lectura de  libro tan imprescindible como “La invención del pasado”, pero no olviden  ser escépticos con el escéptico…

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Los acontecimientos y no-acontecimientos históricos. Del “9-N” catalán a la caída del Muro de Berlín hace 25 años
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Carlos Rilova | 10-11-2014 | 10:32| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 10 de noviembre de 2014, se supone que tocaría hablar en una sección como esta, titulada el correo de la Historia, de hechos que podemos calificar como históricos.

Por ejemplo la consulta independentista, no se sabe si de pega, en serio, en broma  o qué, celebrada ayer en Cataluña, o el 25 aniversario de la caída del Muro de  Berlín.

Pues no, no voy a hablar de ninguna de ambas cosas. O por lo menos no voy a  hablar demasiado de ninguna de ambas cosas.

Tomé esa decisión el jueves después de asistir, más o menos impávido, a las  afirmaciones de una periodista de referencia española, Carmen del Riego, en el  programa de debate de TVE “La noche en 24 horas”.

Hablaban en esa mesa, cómo no, de la famosa encuesta del CIS, del ascenso -al  parecer imparable- de Podemos y de todo el etcétera que va detrás de esa cuestión.

En ese momento la citada periodista dijo que no se podía estar esperando y  temiendo que Podemos fuera a provocar un cataclismo político, que lo mismo se  decía de la coalición de izquierda abertzale Bildu y que ahora estaban ahí, en San  Sebastián, gobernando y no pasaba nada… Ante esto ya poco más se puede decir. Tan sólo plegar velas y callarse ante quienes son amos y señores de la opinión pública que se consume en España.

Puesto que en San Sebastián no pasa nada preocupante porque gobierne Bildu, vamos a ser consecuentes y afirmar que no pasa nada -ni ha pasado, ni va a pasar- en Barcelona, ni en Madrid, ni en ningún sitio. Por lo tanto nada hay que decir del 9-N o de la manipulación, con fines políticos, de hechos históricos -con dinero público- en la “Casa de la Historia de Urgull”, un museo municipal de San Sebastián -futura capital cultural de Europa en 2016, por si lo han olvidado-, a través de la cual Bildu está colocando solapadamente su mensaje político sobre la destrucción y reconstrucción de San Sebastián en 1813. Tanto a los vecinos de dicha ciudad en la que, al parecer, no pasa nada, como a los miles de visitantes que pasan por ella a lo largo del año.

Cuando de eso se derive otra consulta, como la del 9-N, amparada en el “conflicto histórico” entre “España” y el “Pueblo Vasco” que se regurgita a los visitantes de ese museo en el material audiovisual exhibido allí, tampoco pasará nada. Más que nada porque para entonces ya habrá llegado a miles de mentes el mensaje de que, cómo no, los que convoquen dicho posible referéndum, lo hacen por muy buenas razones históricas. Las convenientemente manipuladas en dicho video como ya lo hemos denunciado este historiador que les escribe cada lunes y otros, en este foro y en otras publicaciones.

Pues eso, no pasa nada. Es el signo de los tiempos al parecer. Ahora hace unos 25 años un consejero áulico del presidente Bush padre, Francis Fukuyama, ya lo dijo contemplando las ruinas humeantes del derribado Muro de Berlín: había llegado el fin de la Historia.

Una idea descabellada como hicieron notar algunos maestros de historiadores españoles, caso de Josep Fontana que, creo, es lector -ocasional al menos- de este correo de la Historia, ya que el fin de la Historia no llegará hasta que el último ser humano haya desaparecido.

Sin embargo, hoy, 10 de noviembre de 2014, hay que constatar que, en efecto, a Francis Fukuyama, no le faltaba razón, allá por el año 1992, cuando publicó su polémico libro titulado “El fin de la Historia”.

No pasa nada, nada se hace. El austericidio nos va matando lentamente pero no pasa nada. Si Podemos llega al poder lo hará moderando su programa. Y si no, tampoco pasará nada, como decía Carmen del Riego sobre la situación en el San Sebastián gobernado por Bildu.

Porque lo que pasa carece de importancia para quienes, como ella, podrían informar de que realmente sí pasan cosas ahí. Como la del atroz video sobre un supuesto hecho histórico -la quema de la ciudad en 1813- que no se retirará de ese museo municipal donostiarra -la “Casa de la Historia” de Urgull- pese a la moción presentada en bloque por toda la oposición municipal. Una que fue unánimemente aprobada pero que, ¡ay!, no es vinculante y así lo del derecho a votar y a decidir -tan defendido para otras latitudes- se queda, en un municipio gobernado por Bildu, en agua de borrajas.

Así seguirán pasando en ese museo municipal ese video en el que se manipula la Historia. Desde los hechos históricos en sí, hasta las palabras de varios historiadores convenientemente montadas para dar un halo de legitimidad académica a lo que es tan sólo un panfleto político que, además, se ha distribuido por las escuelas de toda la provincia.

Pero tranquilos, no pasa nada. Absolutamente nada. Ya lo dijo el jueves por la noche una de las periodistas de referencia española. ¿Ustedes creen que podría pasar algo después de eso, aunque se volviera a edificar el Muro de Berlín de nuevo, fuera derribado otra vez y la Historia arrancase y se detuviera de nuevo?.

Qué va. No pasa nada. Por lo tanto hoy, al menos hoy, no hay nada de que hablar. Los  periodistas de las tertulias de referencia en Madrid ya lo han dicho todo. A callar tocan,  pues. A callar y a tragar con que nos escriban Historia los que no han pisado una  facultad de Historia en su vida. Total en Madrid lo tienen claro: la Historia es un  entretenimiento inofensivo. Tan superfluo como los botes salvavidas de más en el  “Titanic”.

Que ustedes disfruten del chapuzón en aguas heladas cuando el iceberg abra por la  mitad el casco de la nave. Hasta entonces sigan disfrutando también de la relajante  música de la orquesta “No pasa nada” y sus grandes éxitos.

Yo, por mi parte, me voy a consultar a cuánto sale un master de agente de Bolsa, a ver si ahí las perspectivas son más serias que en el tema de la Historia.

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De vampiros y otros horrores. La “Operación Púnica”, la “púnica maldición” y una pequeña Historia de la corrupción política en España
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Carlos Rilova | 03-11-2014 | 10:30| 5

 

Por Carlos Rilova Jericó

 Tras la resaca del fin de semana de Todos los Santos, esa fiesta que ahora llamamos  “Jalouín” -transcripción fonética de la inglesa “Halloween”, que significa eso mismo,  “Todos los Santos”, en ese idioma- quizás hoy el historiador parecería obligado a  hablar de cosas relacionadas con ese tema, como ya hizo en años anteriores. Por  ejemplo sobre brujas. O, en este año, sobre vampiros, ya que acaban de estrenar la  enésima película sobre el tema, “Drácula: la leyenda jamás contada”.

La verdad es que la cinta en cuestión da para hablar bastante. Lo primero porque la tal leyenda a la que alude la película ya ha sido contada por el Cine muchas veces. Y  no sólo eso, la Historia del verdadero Drácula también. Por ejemplo en “Vlad Tepes”,  un film rumano del año 1979. Y además se ha escrito,  años ha, no sólo la leyenda,  sino también la Historia en la que vagamente se ha  basado esta enésima  interpretación de la leyenda del vampiro. Por ejemplo en el  ensayo “Los “Drácula”.  Vlad Tepes, el Empalador, y sus  antepasados”, firmado por  nuestro colega  historiador Ralf-Peter Märtin y cuya  portada, como ven, ilustra este  nuevo correo  de la Historia.

En efecto, en ese libro se hacen explícitas muchas cosas que la película de Gary Shore, sometida a la censura previa de Hollywood, oculta o deja tan sólo insinuadas para hacer la cinta asequible a mucho más público.

Por ejemplo es lo que ocurre con el interés del sultán Mehmet II en nutrir su ejército de jóvenes valacos -y de otras procedencias- incluido, especialmente, el apócrifo hijo del Drácula de la película, Ingeras. Eso por no hablar de inexactitudes históricas flagrantes como la muerte de Mehmet o la afirmación de que los turcos no llegan finalmente a Viena. Algo que habrá hecho revolverse en su tumba a los soldados de los contingentes españoles -o financiados por España- enviados a las puertas de la capital austriaca para detener allí, en una especie de Stalingrado a la cristiana, el avance turco en 1529 y en 1683 (sí, en plena supuesta “decadencia española” a causa del rey “Hechizado”).

Pero lo cierto es que, con todo lo que está pasando con la tan traída y llevada “Operación Púnica”, parece un poco difícil esconderse tras los faldones del Drácula de Gary Shore para no hablar hoy de esa “púnica” cuestión. Más aún teniendo en cuenta que el nombre que se ha puesto a esa cadena de detenciones policiales por casos de una corrupción cada vez más escandalosa, tiene claras resonancias históricas.

Así que dejaremos aquí a Drácula y su dudosa enésima encarnación cinematográfica y nos centraremos en la cuestión del nombre de la “Operación Púnica” y todas las ramificaciones históricas de la misma que, como vamos a ver, no son pocas.

Para empezar el nombre de “púnica”, ya lo han explicado los responsables policiales de la operación, nada tiene que ver con la cuestión de las guerras púnicas, sino con el hecho de que los romanos llamasen al granado -apellido de uno de los principales acusados- “punica granatum”. Lo que traducido quiere decir, como cualquier docente de la maltratada asignatura de latín les puede explicar, el granado de los fenicios (“phoenicii”), que era así como llamaban los romanos a aquellos cartagineses, originarios del actual Oriente Próximo, con los que se disputaron el control del Mediterráneo en esas llamadas guerras púnicas entre el 264 y el 146 antes de Cristo.

Sin embargo, el adjetivo “púnica” para esta, de momento, exitosa operación está también muy bien traído por las razones que hacía notar un usuario de la red digital “Menéame” el 27 de octubre. A saber: porque “púnica” también recuerda a los versos proféticos de la sibila de Cumas, popularizados en la novela histórica de Robert Graves “Yo, Claudio”. En ellos se aseguraba que Roma, a cien años de la “púnica maldición” -es decir de la maldición que cae sobre Roma por la aniquilación de Cartago que finaliza las guerras púnicas-, se corrompería de tal modo que su “boca viva engendrará moscones”.

Si, sin duda, España -ese país gracias al cual tenemos un flamante pasaporte de ciudadanos del mundo desarrollado- está afectada, a fecha de hoy, por una especie de “púnica maldición” que hace que de su boca viva salgan moscones. Es decir, un (mal) ejemplo tras otro de que la Administración pública española apenas parece haber evolucionado desde los tiempos del caciquismo decimonónico, en el que todo dependía de componendas, “enchufes” -aunque entonces, obviamente, no se llamasen así- y toda clase de corruptelas que no tienen que ver sólo con sobres llenos de dinero no declarados en Hacienda, sino con cosas tan elementales como la posibilidad de desarrollar una carrera profesional sin ser zancadilleado por el candidato del, o la, cacique en cuestión y hasta trabajar en una simple cadena de montaje en una fabrica.

Lujo asiático en una España abrasada por el paro, al que, en el caso del feudo de Granados -y a saber dónde más- sólo se accedía si se estaba a buenas con el, o la, cacique en cuestión y dispuesto a devolver el favor en el tiempo y momento oportuno. Fundamentalmente con un voto seguro en las elecciones que permitía a dichos caciques, como ocurría en España y en todo Occidente en 1880, en 1890…, seguir controlando el gobierno y el Boletín Oficial del Estado para legalizar sus manifiestos abusos.

Hay quien ha vociferado, desde las innumerables tertulias y debates en los que se ha tratado el tema, que esto también ocurre en otros países de Europa. No cabe duda. Sin embargo, lo que está ocurriendo en España ahora mismo es el peor ejemplo de esa podredumbre que paraliza a un cuerpo político vivo haciéndole engendrar moscones de su boca viva…

Tales voces desabridas -algunas de ellas implicadas en gobiernos que alentaron o toleraron esa repelente manera de hacer las cosas cuyas consecuencias pagamos ahora- deberían darse cuenta -antes de tratar de atontar al público con tales paños calientes- de a qué punto ha venido a desembocar la Historia política española de los últimos años por ser incapaz de cortar sus lazos con el caciquismo decimonónico: nuestra única tabla de salvación -y subrayo lo de “única”, porque es especialmente grave para una democracia que sólo haya una única tabla de salvación- sería un partido, “Podemos”, engendrado en un laboratorio de Ciencias Políticas y que busca soluciones para España en ese Tercer Mundo del que siempre hemos querido -por muy buenas razones históricas, sólo para empezar- distanciarnos tanto como hemos podido.

Y ahora les pregunto, a todos, vistas las cosas así, en esta perspectiva histórica, ¿qué les da más miedo?, ¿la enésima deslavazada película sobre el príncipe Vlad Draculya o que el espectro del Caciquismo y el Regeneracionísmo decimonónico -auténticos muertos vivientes de la Política- vuelvan a ser las dos únicas opciones políticas para gobernar -es un decir, un triste decir- España?.

 A mí, la verdad, es lo segundo lo que me da más miedo. Será cosa, en fin, de la perspectiva  histórica que ojalá tuvieran esos mismos dirigentes que -ayudados por sus fieles  “tertulianos” y “opinionologos”- prefieren hundir sus propios partidos limitándose a pedir perdón por lo ocurrido -¡durante décadas!- en lugar de dimitir por su manifiesta  incapacidad para gobernar un país sin promocionar de entre sus filas a caciques de raíz  decimonónica y a su pútrido y destructor sistema, salido de unas catacumbas históricas  que hasta el Drácula cinematográfico hubiera rechazado con un gesto de repulsión.

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¿Otra “peineta” en los últimos Premios Príncipe de Asturias?. Aclaraciones sobre unas declaraciones del historiador Joseph Pérez
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Carlos Rilova | 27-10-2014 | 11:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta vez el tema para este nuevo correo de la Historia ha venido de una pregunta que lanzó un comensal en la multitudinaria celebración de un cumpleaños al que asistí este miércoles pasado mientras -lo que son las cosas que le pueden pasar a un historiador- iba camino de la imprenta a entregar unos largos artículos en los que, una vez más, arreglo cuentas -históricas, claro está- con Napoleón I.

 El caso es que el comensal que presidía la mesa nos preguntó, “¿y  qué os parecen las declaraciones que ha hecho Joseph Pérez sobre  que las naciones católicas y mediterráneas no tienen futuro, que  sólo lo tienen las protestantes?”. Como se hablaba allí a muchas  voces y a muchos temas, no terminé de enterarme muy bien de  cuándo, cómo y dónde el actual premio Príncipe de Asturias de  Ciencias Sociales había dicho eso a ese respecto, pero me apunté el  dato para averiguar más sobre él.

Así descubrí que el presidente de aquella mesa se refería a la  respuesta a la última pregunta de una entrevista que “ABC”  hizo al  profesor Pérez justo el día  anterior a esta reunión de la que  les  hablo. Es decir, el 22 de octubre.

Tal y como se transcribían ahí las declaraciones del profesor Pérez, casi parecía que, aunque seguramente no era su intención, este historiador estaba haciendo otra “peineta” -en este caso a la trayectoria histórica de España que él tan bien ha estudiado- como esa por la que tuvo que disculparse el arquitecto Frank Gehry, otro de los premiados este año.

Por una parte Joseph Pérez nos hablaba en esa entrevista de que el mundo anglosajón y germánico da una imagen negativa -y hasta racista- de las naciones europeas mediterráneas y de tradición católica, como es el caso, obvio, de España. Por otro lado,  sin embargo, de su respuesta se podía deducir que él también se hacía eco de esa idea, al afirmar que las naciones que han prosperado en la Europa de la Edad Moderna -es decir del siglo XV a 1789- han sido las protestantes y éstas han sido, a su vez, las naciones del progreso de la civilización.

Quizás el profesor Pérez no tuvo tiempo de explicarse mejor en un formato tan traicionero como una entrevista periodística. Por ejemplo señalando que, desde el siglo XIX, la intelectualidad del mundo anglosajón y germánico ha generado ideas así elaborando una interpretación vulgar de la Historia de Europa.

Según la misma, el Catolicismo, encarnado fundamentalmente en España -cosa muy  injusta para los austriacos, los italianos, los irlandeses, los polacos, muchos miles de  alemanes, franceses, estadounidenses…- representaba  el atraso y el oscurantismo y  la versión protestante del Cristianismo el progreso y el avance de la Ciencia y la  Democracia (¡?).

Eso se ha encarnado en multitud de obras más o menos insidiosas que han llegado  hasta la actualidad, tal y como bien señala el profesor Pérez. Les ofrezco a  continuación alguna que otra muestra. La semana pasada, por ejemplo, les hablaba  de Historia alternativa y de ucronías, un género inagotable y que viene muy a mano,  otra vez, para el tema del que tratamos hoy.

Bien, pues en 1968 -hace nada en términos vitales y menos aún en términos  históricos- se publicó una obra de ese subgénero titulada “Pavana”. En ella se  contaba cuál hubiera sido el destino de Inglaterra de haber tenido éxito la llamada  “Armada Invencible” del año 1588.

¿A que lo han adivinado?. Pues sí, el resultado era que en el siglo XIX Inglaterra sería una nación atrasada, muerta de hambre, menesterosa… En fin, la antítesis de lo que hoy creemos fue la espléndida -para algunos- Gran Bretaña de la era victoriana.

Y eso sólo porque en esa Historia alternativa la Armada venció a los elementos y Felipe II impuso su -desde el punto de vista anglosajón y protestante del autor de “Pavana”- tiranía católica…

La cosa, en términos históricos, no puede ser más absurda (y eso aún dejando aparte el “nadar y guardar la ropa” del autor de “Pavana” que, al final, viene a decirnos que lo que dijo no era lo que quería decir, etc…). Pero, en efecto, funciona, como señalaba el profesor Pérez.

 El Mundo hoy está lleno de anglosajones que creen que, de lo ocurrido en 1588, se  derivo la actual pretendida importancia del mundo anglosajón. Lo creen gracias a  “Pavana”, escrita hace menos de cincuenta años, o gracias a epígonos de esa novela  como “Britania conquistada”, o a la aún más reciente y explícita “Elizabeth”. Libros  y película que se hacen eco de una interpretación de la Historia del siglo XVI  absolutamente sesgada. Infame en términos de análisis histórico serio, ya que esa  lectura de la llamada “Armada Invencible” y su resultado, no se corresponde con el  posterior desarrollo de los acontecimientos históricos, que descarrilan, por  completo, las simplistas tesis de “Pavana” o “Elizabeth”.

En efecto, tras la Armada hubo al año siguiente, en 1589, una Contraarmada inglesa,  dirigida por Raleigh, Drake y otros supuestos “héroes protestantes”, adalides  también supuestos del progreso humano en los tres siguientes siglos.

Su objetivo era hacer lo mismo que pretendía la Armada, pero al revés. Conquistar todo lo que se pudiera de España y Portugal -entonces unidas bajo un sólo rey-, aniquilar la flota española en los puertos, destruir los astilleros en los que se rehacían los destrozos del año anterior, etc… Nada de eso ocurrió. Ante La Coruña la flota inglesa recibió una soberana paliza. Otro tanto ocurrió en Lisboa y así sucesivamente.

Ustedes nada saben de eso, seguramente, porque la difusión de tales hechos no ha tenido -es curioso, ¿verdad?- la misma difusión que sí han tenido, por ejemplo, “Pavana” o “Elizabeth” y así sigue predominando esa versión de los hechos sesgada, absurdamente sesgada, desde el siglo XIX.

¿Hay remedio, se preguntan ustedes?. Lo hay, pero la decisión está en sus manos. Se han publicado, y están a punto de publicarse, obras sobre la Contraarmada a las que deberían prestar toda la atención que merecen. Podrían leer, por ejemplo, la novela que Edward Rosset -medio anglosajón él- publicó hace poco sobre esa Contraarmada. O la que ahora mismo está a punto de sacar sobre ese tema el abogado y novelista donostiarra Juan Pérez-Foncea. También valdría que se absorbieran en la trilogía de “Ladrones de tinta” de Alfonso Mateo Sagasta. Mejor aún sería que leyeran un libro de Historia que corrobora todo lo que pueden decirles esas honradas novelas históricas: “Contra Armada. La mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra” de Santos Gorrochategui.

En todo ese material encontrarán datos que demuestran que esa infame interpretación de la Historia a la que hacía mención el profesor Pérez -la que luego se difunde en artefactos como “Pavana” o “Elizabeth”- carece de fundamento histórico alguno.

Averiguarán en esas páginas, en efecto, que los lores espirituales y temporales de Inglaterra eran corruptos hasta la médula. Corrupción que condujo al estrepitoso fracaso de la Contraarmada bajo el fuego de la Artillería española. Así, tras engañar a “Elizabeth” sobre el verdadero fin de esa Contraarmada -saquear y obtener botín-, no tuvieron inconveniente en recibir órdenes de España durante el siguiente reinado -el de Jacobo I- a cambio de dinero para someter los designios de Inglaterra a los de la corte de Madrid. Lo cual incluyo en el lote, por ejemplo, la ejecución de uno de sus colegas, el ya mencionado sir  Walter Raleigh, por haberse atrevido a entrar en territorio español a la búsqueda de Eldorado.

En definitiva aprenderán en páginas como esas que se perdió la batalla de la Armada pero no la guerra, que, después de todo, sin necesidad de invasión alguna, Inglaterra sí quedó aplastada por el peso de las armas españolas durante muchos años. Y sin embargo, ya ven, nada de lo que se cuenta en “Pavana” llegó a ocurrir. Y no ocurrió porque sencillamente lo que sostiene esa espuria intelectualidad anglosajona y protestante -que los países católicos y mediterráneos representan el atraso- carece de cualquier fundamento histórico.

Como nos lo hubiera dicho Joseph Pérez de haber tenido más espacio en aquella entrevista de 22 de octubre de 2014, desmintiéndonos así uno de los grandes bulos históricos que, por desgracia, aún enturbian nuestro presente, entorpeciendo asuntos tan serios como, por ejemplo, la consolidación de la Unión Europea.

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¿Por qué España no tiene un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU?. Una explicación buscada en la Historia contrafactual (1939-2014)
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Carlos Rilova | 20-10-2014 | 11:57| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana la Historia, una vez más, ha ido pegada a la actualidad. Resulta que el actual gobierno de España obtuvo este jueves una de sus cada vez más escasas alegrías al conseguir un asiento provisional -y subrayo lo de “provisional”- en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Ya se habrán enterado por los telediarios y demás prensa de qué va todo eso: Rusia, Francia, Gran Bretaña, China y Estados Unidos son miembros permanentes de ese Consejo de Seguridad, teniendo voto y también veto para paralizar las decisiones del mismo que les disgusten.

¿Cómo ganaron ese privilegio de gobernar el Mundo según sus deseos?. La respuesta es sencilla: era parte del botín de guerra de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

¿Podría España, junto con Gran Bretaña y Francia, haber estado ahí en lugar de andar ahora peleándose por un puesto provisional cuya obtención se celebra -qué cosas- como un gran logro?. La respuesta a esa pregunta no es tan sencilla. Entramos en el terreno de la llamada Historia contrafactual. Eso que en Literatura se llama Ucronía.

Es un género poco transitado pero que cuenta con algunas aportaciones de lo más serias. Por ejemplo un libro titulado “Historia virtual” dirigido por el historiador Niall Ferguson.

En él varios especialistas imaginaban qué hubiera pasado sí… no hubiera habido revolución americana en 1776, si Hitler hubiera ganado la guerra, o si España no hubiese sufrido su guerra civil de 1936-1939.

Es precisamente en ese punto Jumbar -o “Jonbar” según los puristas-, aquel en el que el curso de los hechos históricos toma un rumbo u otro, en el que podríamos -incluso deberíamos- buscar la explicación de las causas por las que España, la de ahora, la de 2014, no tiene un asiento permanente -y subrayo lo de “permanente”- en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Para eso, aunque les resulte raro, sería preciso hacer un relato a medio camino entre la Literatura -por ejemplo la de volúmenes como “En el día de hoy”, premio Planeta de 1976, “Los rojos ganaron la guerra”, “El desfile de la Victoria”, o la vergonzante recopilación “Franco, una Historia alternativa”- y las propuestas de la mencionada obra de Niall Ferguson, o los desiguales relatos contenidos en la Wikia de Historias Alternas en español.

Voy a intentarlo, por una vez y sin que sirva de precedente, esperando que lo disfruten -y de paso aprendan algo- con este ejercicio retórico tal vez audaz pero ineludible si se quiere comprender mejor cómo es posible que hoy España no tenga un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y celebre -a falta de algo mejor- como un triunfo el que le dejen sentarse por allí de vez en cuando. Aquí comienza ese relato de una realidad alternativa que, sin embargo, de haber sido cierto, nos hubiera llevado de manera permanente al Consejo de Seguridad de la ONU y no de prestado como ocurre en nuestra realidad histórica no alternativa:

“Extractos deEl Ejército español durante la Segunda Guerra Mundialde Antonio Bedor. Prensas Universitarias Españolas. Madrid, 1968.

“La victoria de la opción monárquica en las elecciones convocadas inmediatamente después de la victoria republicana en la ofensiva del Ebro puede parecernos hoy sorprendente, pero no es imposible si la analizamos en profundidad.

La Segunda República, pese a la victoria sin paliativos sobre el ejército de los sublevados franquistas, tenía una crisis de legitimidad que sólo podía agravarse en el complicado panorama internacional que se presentaba en esos momentos.

Los acuerdos de Munich suscritos por un Chamberlain claudicante ante Hitler, sumado al posterior pacto de 1939 entre la Unión Soviética y Alemania, condicionaba extraordinariamente la situación a la que se debería enfrentar la España republicana vencedora de la batalla del Ebro. El gobierno de Madrid se planteaba preguntas tales como si la URSS abandonaría su causa -después de haberse cobrado ya un alto precio tanto económico como político- frente a una Alemania insaciable y con claras ansias de supremacía mundial para la que el control del Mediterráneo era esencial.

Lo cierto es que la opción monárquica presentada en las elecciones de 11 de julio de 1939 supo explotar magistralmente ese complejo panorama. Azaña, la describió a la perfección con una de sus frases lapidarias en una conversación sostenida con Indalecio Prieto “Me temo que esos dos atípicos especímenes de la Realeza van a complicarnos la vida”.

Los “atípicos especímenes” a los que se refería Azaña eran el príncipe Fernando de Borbón y su esposa Amalia de Saboya. Ciertamente eran atípicos. Fernando, con una impecable educación británica en Sandhurst, como su bisabuelo Alfonso XII, se había distanciado un tanto de su hermano don Juan desde el estallido de la guerra civil a causa de la actitud errática del, en puridad, jefe de la Casa Borbón y, sobre todo, tras su boda por amor con una princesa de la casa Saboya. Acérrima rival de los Borbones, por cuestiones de derecho dinástico, desde el siglo XIX.

Amalia de Saboya, enfermera durante la Primera Guerra Mundial en el frente del Isonzo con apenas dieciocho años cumplidos, activa sufragista, frecuentadora de los círculos de la vanguardia artística parisina y, en conjunto, la perfecta mujer “flapper” tan habitual en el período de entreguerras, tampoco era un “típico” espécimen de la realeza. Su boda con Fernando de Borbón la habría enemistado con su familia si antes no lo hubiera hecho su liberal estilo de vida y la claudicación de la casa reinante italiana ante Mussolini, al que la futura reina de España no dudó en calificar como “puerco con camisa negra” (…).

(…) El sector más moderado e inteligente de los monárquicos españoles supo, en efecto, aprovechar perfectamente esta opción presentando la candidatura del doblemente exiliado príncipe -exiliado de su familia y de su país- con un carácter tan plebiscitario como las elecciones municipales de abril de 1931 (…).

(…) Azaña hizo una entrega de poderes modélica el 1 de septiembre de 1939 en el Palacio de Oriente de Madrid. Célebres son sus palabras en el discurso de investidura del nuevo rey acerca de que España “había entrado republicana en la guerra civil y había salido de ella monárquica”, no quedándole a él, y a las demás opciones republicanas, sino devolver el poder a quien la legítima voluntad popular había elegido  en aquella hora de emergencia nacional. Justo cuando la Alemania nazi cruzaba la frontera polaca amparada por el pacto germanosoviético Ribbentrop-Mólotov.

Menos conocidas son sus impresiones dictadas a su cuñado y secretario Rivas Cherif indicando que no le extrañaba en absoluto aquel cambio de tercio, aquel regreso inesperado a la monarquía. Opinaba Azaña que Fernando VIII representaba una monarquía moderna, parlamentaria, profundamente comprometida con la defensa de la democracia, como la británica o la holandesa, y la República, en esos momentos, aparecía sucia por todo lo ocurrido durante la Guerra Civil.

Grandes éxitos como la batalla del Ebro no habían podido borrar los horrores de las checas stalinistas en Madrid y en el frente de Aragón o los “paseos” perpetrados por bandas que, como los fascistas, sólo necesitaban para tomarse la Justicia por su mano un coche con las siglas U. H. P.  y armas que hubieran estado haciendo un mejor servicio en el frente.

Si a eso se sumaba que los comunistas, siguiendo los dictados de un Stalin ahora claramente asociado como aliado de Hitler en Polonia, habían exigido, de nuevo, la política de Frente Popular de todas las fuerzas españolas más o menos democráticas o, al menos, antifascistas, no era raro que Fernando VIII fuera la mejor opción para muchos españoles supervivientes a los horrores de la Guerra Civil y que sabían tendrían que enfrentarse, casi sin solución de continuidad, a otra guerra contra el Fascismo.

Azaña, como podemos leer en sus “Memorias de la Segunda Guerra Mundial”, que acabarían por valerle el premio Nobel de Literatura en 1955, volvió a expresarlo con contundencia en otra de sus frases para la Historia: “estaba claro para muchos españoles que habíamos formado piña con filofascistas como Gil-Robles, estafadores sin escrúpulos como Alejandro Lerroux y gente que olía a sangre de inocentes y a iglesias quemadas desde una legua de distancia. Trágico error que devolvió España, legítimamente, a una monarquía renovada”. Un juicio excesivamente abrupto de un político consciente de ser protagonista, a tiempo completo, de la Historia, pero en absoluto desencaminado (…)

Capítulo 4. La segunda guerra peninsular (1940-1944).

La épica de la Segunda Guerra Mundial en el frente español ha sido ampliamente narrada en novelas históricas, películas, recientemente en alguna serie de televisión de algún canal privado…, pero ciertamente parece aún un tema sin agotar ni en esos formatos divulgativos, ni mucho menos para la Historia.

Básicamente los cuatro años de 1940 a 1944 repiten el esquema de la guerra peninsular de 1808 a 1813. Una vez más un tirano militar con ambiciones de dominio sobre toda Europa debe doblegar la resistencia española para posteriormente doblegar la resistencia británica. Hitler intentó no volver a cometer los errores de su admirado Napoleón, pero podríamos afirmar que no pudo evitarlos al tomar sus deseos por la realidad, imitando, también en esto, a Napoleón.

Para empezar los ejércitos nazis tenían que entrar combatiendo en España desde Irún y como un ejército de invasión. No como uno que simulaba ser aliado, como el francés en 1808. Por otra parte se enfrentaban a tropas muy fogueadas por tres años de guerra civil y a una sociedad muy cohesionada tras la debacle de ese conflicto y las elecciones de 11 de julio de 1939. El Ejército español de 1939 no era, ciertamente, el Ejército francés de esas mismas fechas repleto de una oficialidad filofascista en su mayoría y, por tanto, dispuesta a entregarse a una potencia extranjera que muchos de esos oficiales desleales preferían antes que, por ejemplo, un nuevo gobierno frentepopulista del por ellos llamado “Judío Blum”.

Esa pericia militar y mentalidad de resistencia a ultranza del nuevo ejército español se demostró con creces durante la retirada de Francia en el otoño de 1940 y la “Operación Dinamo”, que evacuará una parte sustancial de la British Expeditionary Force por los puertos de Vigo y La Coruña -otra vez los ecos de la primera guerra peninsular- para que Gran Bretaña pudiera hacer frente a la “Operación León Marino”. Esas tropas, esenciales para la que luego se conocerá como “La batalla de Inglaterra”, saldrán de allí protegidas por el fuego de cobertura español. Especialmente el de las escuadrillas de la RFA (Real Fuerza Aérea Española) equipadas con los nuevos cazas Spitfire y Hurricane, dotados de una munición antitanque que se demostró devastadora contra las divisiones panzer de Guderian. Especialmente en los ametrallamientos a vuelo rasante vitoreados por la castigada Infantería hispano-francesa-británica (…).

Capítulo 8. La segunda campaña de Francia y el fin de la guerra (1944-1946).

(…) Resulta difícil leer sin emoción los fragmentos de las “Memorias” del capitán Hernández que relatan la liberación de París en el verano de 1944. Especialmente el pasaje que describe a los blindados de la división Leclerc de franceses libres y a los españoles de la División Acorazada “General Álava” actuando conjuntamente contra los panzer desplegados en el extrarradio rural de París para cortar su avance e impedir que se unieran a la población parisina insurreccionada. Un pasaje de magnífica factura en el que casi podemos palpar el calor desprendido por los campos llenos de espigas a punto de ser cosechadas, los motores de los blindados al rojo vivo y los disparos hechos casi a quemarropa por aquellas unidades aplaudidas por los civiles franceses, que los saludarán entusiasmados al ver desplegadas en las antenas de sus blindados la  bandera tricolor y la rojigualda con la corona real española y la cruz blanca de los Saboya (…).

(…) La contribución española a la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial era innegable. Sin embargo Manuel Azaña tenía grandes reservas. Actuando en aquellos momentos en su calidad de primer ministro del gobierno de concentración nacional que había mantenido a Madrid resistiendo hasta el último proyectil antiaéreo, diezmando a la Luftwaffe, no estaba dispuesto a que los ecos negativos de la primera guerra peninsular se repitieran de nuevo en la Conferencia de paz de Sevilla que iba a dar origen al primer embrión de la ONU. Sus palabras al embajador plenipotenciario Javier Rodríguez Herrán fueron meridianamente claras “Recuerde, no hemos luchado contra los nazis en las zanjas, en las acequias, en los valles, en las vegas y en las montañas para que ahora nos hagan en esa conferencia lo mismo que nos hicieron en el Congreso de Viena en 1815. Recuérdeles que el primer tanque aliado que entró en Berlín era español, se llamaba “Guernica” y llevaba desplegada la bandera roja y amarilla en su antena de comunicación”.

No puede decirse que Rodríguez Herrán no cumpliera al pie de la letra las indicaciones de Azaña. Su frase a Truman y Churchill ha pasado a los anales de la diplomacia contemporánea – “¿Qué hacen aquí los rusos?”- recordando incisivamente que estos no se habían incorporado a la ofensiva contra los nazis hasta sufrir la “Operación Barbarroja” del año 1942. Motivo más que suficiente, en opinión de Rodríguez Herrán, para privarles sino de un asiento en el Consejo de Seguridad sí al menos del derecho de veto. Cosas ambas que ni Churchill, ni Truman, ni De Gaulle estuvieron dispuestos a regatear a España, a diferencia de lo que había ocurrido en 1815 en Viena y el presidente Azaña temía volviera a repetirse tras la victoria, aplastante victoria, de 1945 (…)” .

Hasta aquí la ficción. El mundo alternativo, la rama de la Historia que se desvía del tronco que conocemos para seguir un camino diferente pero que, como señala Niall Ferguson, no es imposible e incluso puede resultar imprescindible para explicar ciertas cosas de nuestro presente no alternativo. Por ejemplo las razones por las que hoy España no tiene un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y debe conformarse con que se le permita sentarse, de década en década, y sólo por dos años, en esos asientos en los que únicamente tiene derecho de voto pero no de veto.


Evidentemente las malas compañías de 1939, esas completamente ausentes en el relato alternativo que les acabo de dibujar, nos siguen pasando factura. Cuanto antes nos demos cuenta y no nos dejemos adormecer por un triunfalismo totalmente injustificado, basado en la ignorancia y el falseamiento de nuestro propio pasado, tanto mejor…

 

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Historia hasta en el café. De Magallanes y otros asuntos. Apuntes para después de un 12 de octubre
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Carlos Rilova | 13-10-2014 | 09:50| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy resulta difícil, una vez más, no hablar en una página como ésta, dedicada, como ya se habrán dado cuenta, a la Historia, de Colón, Elcano, Magallanes y otros navegantes españoles, o financiados por España, para realizar una serie de expediciones que, sólo para empezar, cambiaron los mapas del Mundo.

En otras ocasiones ya he hablado de esta cuestión. De hecho, si no me equivoco, lo he hecho cada 12 de octubre desde que este correo de la Historia empezó a funcionar en 2012. Siempre, y ya lo siento, he hablado de lo mal que se maneja en España una fecha como esa del 12 de octubre, que equivale al 14 de julio francés.

Hoy no va a ser una excepción. Y me temo que no lo va a ser hasta que las cosas cambien mucho, o hasta que yo cambie de pasaporte que, visto el panorama, todo podría ser.

Pero vayamos al fondo de la cuestión. Una vez más, lo habrán comprobado ayer y sobre todo hoy, en el balance informativo que se hace del 12 de octubre: todo el significado de esa fecha se reduce al desfile militar que transcurre por la Castellana de Madrid. Este año con el aliciente de que lo presidía un nuevo rey y que marchaba en él, como gastador, nada menos que el actual Mister Universo…

Las referencias al trasfondo histórico de esa fecha han faltado enteramente o han sido prácticamente irrelevantes. Una vez más y a pesar de la importancia universal del 12 de octubre para la Historia general y no sólo de España.

Y ahora vamos con las comparaciones odiosas. Esas que sirven hoy de ilustraciones a este nuevo correo de la Historia.

En Francia estas cosas, que se sepa, no ocurren sencillamente porque allí la Historia es un jardín bien cultivado. Del mismo modo que usted o yo cultivamos la gastronomía: por aquello de vivir más y mejor.

Allí, en Francia, la Historia del país se ha explicado desde todos los ángulos posibles, pero ante todo huyendo de la autoflagelación y arrimándola, más de lo que sería creíble incluso, a los grandes logros de la Humanidad a lo largo del tiempo. Por ejemplo los viajes de descubrimiento iniciados desde finales del siglo XV y, sobre todo, desde comienzos del XVI. Curiosamente la mayoría de ellos financiados por lo que entonces, tras la unificación dinástica de Castilla y Aragón, empezaba a tomar la forma oficial, y por escrito, de lo que ahora se llama “España”.

Un ejemplo de lo más revelador de esa política cultural francesa -hoy imitada por los secesionistas catalanes- son las colecciones de personajes históricos ofrecidas en Francia en productos de consumo habitual. Como el café soluble. En ellas se mezclaban astutamente grandes personajes históricos universales con los grandes personajes históricos franceses.

Desde las amantes de Luis XV hasta Robespierre, pasando por el mariscal Vauban, Alejandro Dumas, Washington, Franklin, Beethoven, Liszt, Telemann y un etc… en el que rara vez aparecen españoles, pero sí algunos de los que fueron financiados por España para hacer grandes hazañas. Como descubrir la parte de la esfera terrestre que hasta ese momento se había creído dominada por monstruos marinos y abismos insondables. Caso de Juan de Magallanes, cuya figura compartía espacio en la colección de figuras que regalaba el café soluble Mokarex -en los años cincuenta del pasado siglo- con la de ilustres personajes franceses: Danton, Davout, Napoleón III, Rousseau y otros “Marinos celebres” como Surcouf…

Así de sencillo, y con cosas así, con colecciones didácticas como esas, se han creado en Francia legiones de novelistas, cineastas, publicistas, lectores, espectadores… conscientes de su propia Historia y de la importancia que tiene y de quiénes son cuando tiene enfrente, por ejemplo, a gente de otros países que quiere negociar un tratado comercial, diplomático o cualquier otra cosa imprescindible para esa forma de organización -hoy todavía plenamente vigente mientras se instaura la Armonía Universal de religiones, sexos y patrias- que llamamos “nación” y en la que nos toca vivir porque es nuestro hogar. El sitio del que no puedes dejar que te echen, que te lo roben, que te lo quemen, que te lo saqueen o que te lo degraden porque más allá de él ya no hay nada, salvo eso que los poetas llaman “el amargo pan del exilio”.

¿Se está haciendo en España la correcta inversión en esa clase de bienes culturales, tanto a nivel público como por eso que llaman “iniciativa privada”?.

Con respecto a la iniciativa pública ya decía al principio que, por ejemplo para el 12 de octubre, todo se reduce, por lo que se ve, a un desfile militar cuya razón de ser queda bastante desdibujada, incógnita.

Ni siquiera se ha hecho un esfuerzo por ligar una de las series de mayor éxito de la TVE, “Isabel”, con esa fecha. A pesar de que la relación entre el personaje y el Descubrimiento del 12 de octubre es muy estrecha.

Con respecto a la iniciativa privada, como la de grandes conglomerados industriales de producción cultural, la cosa no tiene mucho mejor cariz si atendemos, por ejemplo, a las inversiones realizadas en cine, que suelen ser las de mayor efecto

¿Cuál es la película mejor promocionada justo en la semana del 12 de octubre por una de las mayores productoras españolas?. La respuesta igual les deprime: “Torrente 5”. Sí, esa quinta entrega sobre la vida de un ex-policía fascista, machista, racista, admirador de diversos dictadores y un largo y lamentable etc… que ya les sonará.

Muy divertida en sus tres primeras entregas, pero sencillamente lamentable en esta quinta en la que grandes actores como Alec Baldwin, o directores como Santiago Segura, han dilapidado todo un capital cultural queriendo, encima, elevar a un personaje, ya hace tiempo pasado de rosca, a profeta e historiador, contándonos que España siempre ha sido “asín” y, por lo tanto, en 2018 sólo puede haber sido expulsada de la Unión Europea y el euro y haber perdido a Cataluña. Un incomprensible ascenso de Torrente -de personaje marginal y burlesco a oráculo político- a lo que sólo se puede añadir: “lo que nos faltaba”.

Es sangrante, en la semana del 12 de octubre, ver tan promocionada por una productora española una película en la que Alec Baldwin dice que los españoles llevamos en los genes ser unos perdedores y que por eso sólo conquistamos América del Sur. Curiosa interpretación de los hechos habida cuenta de que gran parte de Norteamérica también fue conquistada por España y que la del Sur estaba llena de un oro y plata que para sí hubiera querido la pobre Inglaterra del siglo XVI.

Así de absurda, y de contraproducente, es hoy por hoy la política cultural española, con empresas como A3Media que fomentan, por un  puñado de millones de euros, un personaje ya agotado -y ahora ridículamente sobredimensionado- frente a otras producciones suyas de mucha mayor calidad como “La isla mínima”, donde -pueden comprobarlo ustedes mismos- se les cuenta una Historia reciente de España mucho más coherente que cualquier astracanada de las que se dicen -y están de más- en “Torrente 5”.

Esto es lo que tenemos, hoy por hoy, en lugar de una Historia explicada hasta en el café soluble. Una anomalía que nos puede salir muy cara y que ayer el historiador José Álvarez Junco explicaba magistralmente en “La Cuarta Página” de “El País”. Vean, lean y mediten sobre qué sentido tiene seguir “celebrando” el 12 de octubre de tal modo. Después, por el bien de todos, salgan de su asombro y tomen medidas. Alguna, la que sea, como comprar una entrada de cine u otra. Por algo se empieza…

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De “La sombra del águila” a Mónaco. Las tropas españolas de Napoleón y su, a veces, feliz destino (1810-2014)
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Carlos Rilova | 06-10-2014 | 09:36| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Como siempre, a medida que avanza la semana, el problema de este historiador es encontrar alguna noticia interesante que traer a este correo de la Historia.

Algo que esta última ha sido bastante arduo. Más que nada por la cansina repetición en los medios de temas ya tratados -Cataluña, la epidemia de Ébola…- en esta página. Al final, como ahora estoy atrapado en cuestiones de índole napoleónica -ya les contaré-, di con una cuestión prometedora para este correo de la Historia releyendo un viejo artículo de “Historia 16”, firmado, en el también prometedor año 1977, por el especialista Jean-René Aymes.

Era tema de portada en aquel número de la revista de Historia más popular en España durante la llamada Transición. Se trataba de, como decía el título del propio artículo, las tropas españolas de Napoleón. Releyendo el texto pronto me di cuenta de que esta historia de la Historia tenía elementos, en efecto, muy prometedores.

Por un lado la mayor parte de ustedes sólo conocerán el asunto por una novela por entregas publicada en los años 90 por el académico Arturo Pérez-Reverte. Ya habrán adivinado, quizás, que me refiero a “La sombra del águila”. Lo cual, a decir verdad, no es saber mucho sobre las tropas españolas que, de grado o por fuerza, como ocurrió en Portugal, en muchos estados alemanes e italianos… formaron parte de los ejércitos napoléonicos que saquean, incendian, roban, matan y etc… durante quince años por toda Europa. Empezando por España, el principal núcleo -casi único de hecho- de la resistencia antinapoleónica en Europa entre 1808 y 1812.

A eso el artículo del profesor Aymes añadía otros alicientes. Por ejemplo, resulta que algunos de esos reclutas españoles de Bonaparte -los del llamado regimiento José-Napoleón- y el idílico Principado de Mónaco estuvieron -aunque parezca sorprendente- estrechamente relacionados. Lo cual, teniendo en cuenta la tirada de las llamadas revistas “del corazón”, visitantes habituales de dicho principado y de su hoy creciente y principesca familia, me ha parecido motivo más que interesante para hablar este lunes de esas tropas españolas de Napoleón y su, a veces, feliz destino, en contra de la impresión que les haya podido dejar la lectura de “La sombra del águila”. Feliz, al menos, hasta el año 1812 en el que los sacaron de la soleada costa mediterránea para llevarlos a Rusia.

Vayamos al núcleo del asunto, empezando por lo que dice “La sombra del águila”. Según esa novela tropas españolas que no procedían de los voluntarios del regimiento José-Napoleón, fueron reclutadas prácticamente a la fuerza y con engaño y lo pasaron bastante mal. Antes y después de 1812. Especialmente las que no pudieron huir con el resto del contingente del marqués de la Romana del territorio de uno de los más fieles aliados del Ogro corso durante aquellos años de las guerras napoleónicas. Es decir, la hoy, por distintas razones, tan admirada Dinamarca.

A diferencia de las tropas que lograron huir ayudadas por la flota británica -como sabrán por la lectura de “La sombra del águila”- y desembarcaron en Ribadeo, Santoña y Santander a tiempo para enfrentarse a la contraofensiva napoleónica posterior a la victoria de Bailén, los rezagados de esas unidades se quedaron allí y pasaron por la atroz campaña rusa de 1812.

En ese momento, tal y como cuenta esa novela cargada de humor negro, los voluntarios forzosos de esas tropas, que no los entusiastas de Napoleón, que también los había, habrían tratado de cruzar las líneas simulando un ataque suicida que deja pasmado a todo el Estado Mayor napoleónico, empezando por el propio Napoleón, y que acaba en fiasco porque Murat -descrito en términos crueles aunque no inexactos por el novelista cartagenero- da una de sus características cargas de Caballería. Una que acaba con los pobres soldados españoles chasqueados y obligados a quedarse con Napoleón para sufrir las atrocidades de la retirada de la “Grande Armée” durante el gélido invierno de 1812. Afrontando así un frío mortal, a los lobos, a los cosacos y a las heladas aguas del Beresina. Ese río aún hoy sinónimo de desastre en francés.

La realidad, se lo aseguró, fue algo diferente, como suele ser habitual en las novelas del citado académico, bastante reñidas con la Historia.

En efecto, si leemos un documentado artículo publicado en la revista “Tiempo” por Luis Reyes descubriremos que, en realidad, aquellas tropas, o al menos una parte sustancial de las mismas, sí consiguieron pasar las líneas rusas durante la campaña de 1812. A diferencia de lo que pueden leer en “La sombra del águila” -cargada, como gran parte de la Literatura de su autor, de un incomprensible y malsano pesimismo sobre la Historia de España- fueron recibidos con honores por el propio zar Alejandro I, equiparados a su guardia personal y devueltos a España, verdaderamente a cuerpo de rey, en navíos de la Armada rusa, formando ya entonces el regimiento Imperial Alejandro, que en 1815 tomaría parte en la derrota final de Napoleón de la que, espero, les hablaré bastante este año entrante.

Ese fue el glorioso destino final de algunos de los integrantes del regimiento José-Napoleón y otras tropas españolas de Napoleón. Antes, como nos cuenta el profesor Aymes, les fue incluso mejor. Bonaparte insistió mucho en que el José-Napoleón no combatiera en España -no se fiaba de ellos y temía que pasasen las líneas-, y parte de ellos -bingo- acabaron destinados nada menos que en Mónaco. Evidentemente un lugar mucho mejor que las serranías andaluzas o vascas, donde tus propios compatriotas te podían matar enseñándote lo bien que habían aprendido todas las innovaciones militares napoleónicas.

El profesor Aymes no nos cuenta mucho sobre la situación en Mónaco en la época, pero, sin duda, el pequeño principado de los Grimaldi conquistado por Francia, no debía ser precisamente Ronda en cuanto a enconada resistencia antinapoleónica.

Entonces no existía el Mónaco lujoso y rutilante del Casino, la Fórmula 1 y los yates de varios metros de eslora. Era tan sólo eso, un pequeño principado acostado sobre un bonito trozo del Mediterráneo, conquistado con astucia por los Grimaldi en la Edad Media -como canta orgullosa una de las estatuas de la ciudad hoy día- pero, que duda cabe, un destino idílico comparado con muchos otros teatros de las guerras napoleónicas en los que muchos de esos soldados acabaron.

Aquello duró hasta 1812. En esa fecha los sacaron del Mediterráneo para ir a luchar en Rusia, donde algunos afrontaron el destino que se describe en “La sombra del águila”. Uno que ellos, como subraya el profesor Aymes, podrían haber eludido, negándose, como la mayoría de prisioneros y “voluntarios” españoles, a jurar lealtad a José I, y que, finalmente, en conjunto, tampoco les salió tan mal. Como se ve por el caso del regimiento Imperial Alejandro, en el que acabaron muchos de ellos, donde se olvidó, y se olvidaron, de que alguna vez habían servido a Napoleón.

A muchos oficiales, como el capitán Gallardo de Mendoza, les fue incluso mejor, posando, perfectamente, hasta el final, y con mucho éxito, en la epopeya napoleónica. Imitando en todo a los franceses. Por ejemplo, en pasarse a las banderas de Luis XVIII en abril de 1814 y hasta ayudarle en 1823 a apoyar a su primo Fernando VII durante la ominosa expedición de los Cien Mil Hijos de San Luis.

En fin, como verán, la Historia real supera, para mal y para bien, cualquier realidad como la de las páginas del “¡Hola!”. O cualquier ficción, no olviden eso, como la que se puede leer en las páginas de “La sombra del águila”.

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La Historia del general Prim, nuestra Historia. Apuntes sobre una película del 62 Festival de cine de San Sebastián (1870-2014)
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Carlos Rilova | 29-09-2014 | 09:52| 6

 

Por Carlos Rilova Jericó

¿Saben de dónde viene la palabra “albricias” que habrán oído o leído alguna vez?. Era el premio que se daba en la España de los siglos XVI, XVII… al mensajero que traía buenas noticias. De ahí acabó convirtiéndose en esa hoy anticuada expresión que se usa, ya sólo en broma, para celebrar una buena noticia.

Pues sí, eso, en broma por supuesto, es lo que yo hubiera dicho este jueves después de salir de una de las sedes del 62 Festival de cine de San Sebastián, el Teatro Victoria Eugenia, donde había visto una película producida por TVE “Prim. El asesinato de la calle del Turco” que, realmente, era para decir albricias. Porque es una buena noticia saber que en España, cuando se quiere, se puede gastar el dinero público en películas que están a la altura de las que producen grandes cadenas estatales de referencia internacional, como la BBC. Sí, “Prim. El asesinato de la calle del Turco” está a la altura de grandes producciones británicas sobre, por ejemplo, la historia de Jack el Destripador, que nos tragamos alegremente desde hace años.

También está a la altura de otras más recientes, ambientadas más o menos en la misma época, que tienen, o tuvieron, legiones de seguidores a la espera de su próxima entrega. Como la ya finalizada “Deadwood”. Esa serie de HBO sobre la población “del Oeste” que estará en 1876 en el ojo del huracán de la famosa batalla de Little Big Horn, donde las naciones cheyenne, sioux y otras aniquilaron, por última vez, a los ejércitos del hombre blanco antes de que éste los aniquilase a ellos.

De hecho, tal y como nos anunció al público asistente el delegado de TVE que presentó la película de Miguel Bardem, esa producción estaba a la altura de películas para la gran pantalla.

Sí, resultaba difícil ver “Prim. El asesinato de la calle del Turco” sin acordarse de películas para la gran pantalla que están ambientadas en la misma época -la segunda mitad del siglo XIX- y hablan de asuntos parecidos a los que se narran en ella.

Por ejemplo es difícil no acordarse de los primeros compases de “Gangs of New York” de Scorsese al ver el enfrentamiento en las calles de Madrid entre la Partida de la Porra, supuestamente controlada por el general Prim para dispersar a sus oponentes favorables al regreso de los Borbón en la persona del futuro Alfonso XII, y la propia partida del líder republicano Paúl y Angulo, que no simpatiza demasiado con esos métodos y trata de ponerles freno por medio de la bien conocida -en la época- ley del revólver.

Hablando de revólveres, muy presentes en “Prim. El asesinato de la calle del Turco” -como no podía ser menos en una película ambientada en 1870- muchas escenas de esta “TV movie” recuerdan a películas “del Oeste”. Sobre todo de esas que llaman “Western crepuscular” y tienen un gran hueco en la memoria de los aficionados al género. Sí, “Prim. El asesinato de la calle del Turco” recuerda a “Forajidos de leyenda”. Especialmente cuando llegan a la estación de tren de Madrid los sicarios contratados para eliminar a Prim. O cuando se enfrentan a la Policía, al ser descubiertos, Colt Navy calibre 36 en mano, en un tiroteo digno del OK Corral a pesar de que el escenario es, en realidad, una corrala madrileña donde se encuentra, según el dueño de la misma, la mejor pensión de Madrid. Difícil, sí, no acordarse en esos momentos de “Forajidos de leyenda”, de su inmediata antecesora “Sin ley ni esperanza” o de “El fuera de la ley” de Clint Eastwood.

Los escenarios sombríos de la película también recuerdan a la película que lanzó a ese director a la consagración cinematográfica: el Western gótico, y crepuscular, “Sin perdón”.

Y más allá del Western, stricto sensu, “Prim. El asesinato de la calle del Turco” también recuerda a la versión para el cine de “Desde el Infierno” o al reciente “Lincoln” de Steven Spielberg, del que ya les hablé por aquí a finales del año 2012. Porque habla de oscuras intrigas políticas destinadas a matar a un hombre, a un presidente del gobierno -Prim-, que ha ocupado el cargo en momentos críticos y quiere, como Lincoln, sacar adelante a ese país, siendo arrollado en el proceso por una serie de oscuras fuerzas que orbitan alrededor suyo.

En resumen, por lo que respecta a la altura a la que quiere moverse “Prim. El asesinato de la calle del Turco” hay que felicitarse -hay que darse albricias, en efecto- porque es dinero público gastado con verdadero esmero. Fíjense bien en la reconstrucción de época de un Madrid que acababa en la Puerta de Alcalá, en las interpretaciones de actores hasta ahora sólo conocidos por papeles cómicos, casi histriónicos, como el popular “Javivi”, que hace un trabajo actoral apabullante como el intrigante -en el mal sentido de la palabra- duque de Montpensier, aspirante al trono español vacante tras la expulsión de su cuñada Isabel II. Fíjense en esos y otros detalles como la vestimenta, las armas, la atmósfera en general de la película, y verán que, cuando se tiene intención y medios, se pueden hacer en España películas tan buenas como las que nos exportan desde el resto de Europa, o desde Estados Unidos, y que son perfectamente exportables a esos mercados, donde también pueden dejar a más de uno y más de una con la boca abierta.

¿Tiene algún defecto “Prim. El asesinato de la calle de Turco”?. Tiene varios, de hecho. Para empezar que esta gran película es como el chiste aquel de los 10.000 abogados en el fondo del mar: tan sólo un buen comienzo.

En efecto, quien la vea sin tener libros de Historia a mano como la biografía de Prim escrita por Pere Anguera o la obra de José Andrés Rueda Vicente, o la novela “Sangre en la calle del Turco” -de la que parece deudora muchas veces la película- se llevará una visión no demasiado clara de las razones por las que Prim fue asesinado y de lo que está en juego en la España, y la Europa, de la llamada “Era de las revoluciones”, que sólo se calman a partir de 1876, durante la llamada “Belle Époque”. Esa que saltará por los aires con la Primera Guerra Mundial hace un siglo.

Los que no hayan leído una novela “outsider” del panorama editorial español, “Historia lógico-natural” del profesor J. J. Merelo, tampoco se enterarán muy bien, por un módico precio, de lo que pudo y no pudo haber cambiado Prim de no haber sido asesinado.

En fin, es también una pena que la provisión de material gráfico de época de la película se haya adjudicado a delegaciones de empresas extranjeras, como Getty, habiendo fondos más próximos y adecuados, como se puede comprobar en alguna de las ilustraciones de este nuevo correo de la Historia.

Y ya que hablamos de esto, la película también olvida que el general era toda una “celebrity” en prensa internacional, hasta el punto de ser el primer personaje que aparece en una obra tan famosa como “El retrato de Dorian Gray”. O que Prim era masón y se le hizo una ceremonia masónica en la basílica de Atocha para despedirlo. Porque eso también era parte de esa historia que es nuestra Historia.

Pero, en conjunto, “Prim. El asesinato de la calle del Turco” es una gran película. Sólo se puede añadir que ojalá sea la primera de muchas otras y que sirva a muchos espectadores para ir a las bibliotecas a leer libros de Historia que -de verdad- no muerden, haciéndose así con una visión más completa de ese pasado que, como la película parece insinuar, no está muerto y aún repercute en nuestro presente, ahora mismo.

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Y Escocia dijo no. Algunos apuntes sobre la Historia como chicle, la batalla de Waterloo y avisos a navegantes catalanes
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Carlos Rilova | 22-09-2014 | 09:44| 12

 

Por Carlos Rilova Jericó

Lo de la Historia como chicle no se me ha ocurrido a mí. De verdad que no. Se le ha ocurrido nada menos que a un profesor universitario y, además, director de uno de los diarios más leídos en España, “La Razón”. No otro que el inefable y famoso Paco Marhuenda.

La vistosa frase fue espetada este viernes pasado en el programa matinal de Antena 3, “Espejo Público”, dirigido por Susanna Griso. Y fue dicha en relación al tema del referéndum escocés que, al final, resultó ser favorable al “no”. Es decir, a que ambos reinos permaneciesen legalmente unidos como ha ocurrido desde 1707.

El profesor Marhuenda, vehemente, como suele ser habitual en sus intervenciones televisadas, vino a decir que los secesionistas escoceses -y otros por extensión, empezando por los catalanes- utilizaban la Historia como un chicle, que se podía deformar a su gusto.

En este caso, al gusto de Salmond, ese líder independentista escocés de perfecto acento inglés de Oxbridge -es decir, el que se cultiva en las elitistas universidades de Oxford y Cambridge-, ministro principal de Escocia y principal impulsor de la campaña del “sí” a la independencia de Escocia.

Supongo que no les parecerá raro que no esté de acuerdo con el profesor Marhuenda. En esto de la Historia como chicle, desde luego que no.

Veamos, ya he dicho muchas veces por aquí que la Historia no la escriben los vencedores, o que una mentira, por más que se repita mil veces, tampoco será verdad y, por tanto, tampoco será Historia. Pues bien, con lo de la metáfora del chicle del profesor Marhuenda ocurre otro tanto.

La Historia que es como un chicle que se puede deformar a gusto de determinados programas políticos, no es Historia. O al menos no es algo a lo que se le pudiera o debiera dar ese nombre. Del mismo modo que no consideraríamos Química preparar bien los Martinis de ese héroe tan británico, James Bond, que siempre los pide mezclados, no agitados.

Así es, la Historia, lo repito por enésima vez, es una Ciencia y como tal tiene que atenerse al Método Científico vigente para todas las demás ciencias. Es decir, recopilar datos, contrastarlos, cotejar las propias hipótesis con los trabajos de otros científicos que se han movido en ese campo antes y, ante todo, dejar de lado las pasiones personales para demostrar, de manera honesta y objetiva, la hipótesis desde la que partió nuestra investigación.

Voy a ir a un caso práctico, que así se entienden mucho mejor las cosas. Vengan conmigo a darse una vuelta por el campo de batalla de Waterloo del que tanto les van a hablar este año que viene.

En ese celebre lugar murieron, a miles, soldados británicos -es decir, galeses, ingleses, escoceses…- entre el 17 y el 18 de junio de 1815. El hecho, como todo lo que tiene que ver con las guerras napoleónicas, y especialmente con batallas ganadas por británicos, ha hecho correr ríos de tinta.

Entre ellos pesqué yo este año un curioso dato. Lo extraje de una de las primeras traducciones al español -fechada en 1817- de una crónica de esa batalla. Interesante obra de la que ya hablé en otro correo de la Historia el 18 de junio de 2012.

Un francés testigo de los hechos comentaba, a la altura de las páginas 125 y 126 de esa “Relación” de la batalla, el estupor que le había producido, a él y a los soldados franceses en general, encontrarse entre los muertos británicos combatientes que iban vestidos con una especie de “tonelete” de tela oscura rayada de verde. Sí, el tal “tonelete” era el “kilt” escocés, hoy tan popular, vestido, sobre todo, por algunos regimientos británicos a partir del siglo XVIII.

¿Qué tiene de interesante este dato de cara a hablar de la Independencia de Escocia, su referéndum, etc…?.

Se lo explico. Este dato demuestra que, para muchos europeos de aquella época, la costumbre escocesa de vestir a sus soldados con “kilts” era una completa novedad. Es decir, que lo que hoy se considera el traje típico escocés, no tenía nada de típico. Incluso para militares del ejército napoleónico que llevaban años luchando con ellos, demostrándonos este dato, extraído de un documento histórico, que los argumentos de la campaña de los independentistas escoceses no son Historia sino una deformación interesada de la Historia. Apelando, como decía, ahí con razón, el profesor Marhuenda, a un pasado inventado con el que nada tenían que ver muchos escoceses, excepto los más pobres de las Tierras Altas. Esos que no tenían dinero para comprar más ropa que un trozo de tela -generalmente de cuadros- del que, sólo con el tiempo, surgirían el “kilt” y el “plaid” como prendas separadas y bien cortadas y no como una simple tela arrollada en torno al cuerpo.

Sé qué es un simple dato aislado, pero es un dato que objetivamente demuestra que muchos independentistas estaban votando “sí” mediatizados por una imagen falsa de su pasado. Una con la que hace doscientos años -antes de ayer en términos históricos- sus propios ancestros no se hubieran sentido identificados ni de lejos. A excepción de los gaiteros y soldados de algunos regimientos levados en Escocia, algunos miles de menesterosos y unos cuantos nobles románticos como Walter Scott, que incluso se inventaron, más o menos allá por 1815, que determinados patrones de cuadros en la tela de tartán identificaban a un determinado clan o familia escocesa.

La conclusión de todo esto es, como decía, que la Historia es Historia basándose en deducciones a partir de datos objetivos como el de los extraños “toneletes” que vestían algunos escoceses muertos en Waterloo. Eliminados datos así, se convierte en cualquier otra cosa, pero nunca en Historia. Puede ser un chicle, una bicicleta, un mechero o un arma de intoxicación masiva con la que forzar una independencia como la que se quiere forzar, por ejemplo, en Cataluña. Lugar en el que algunos de sus políticos independentistas harían bien en sacar una de las mejores lecciones de Historia que ha dado el referéndum escocés: el desdén que suscitan entre la clase alta británica, que los ve como “españoles” -es decir como entes despreciables, seres inferiores en realidad- por más que se esfuercen en parecer lo contrario.

Algo que atestigua bien el destino del famoso libro que demostraba que Cataluña era una discípula aventajada de Escocia. Uno de sus ejemplares, dedicado, fue regalado a Alex Salmond por una delegación soberanista catalana y acabó en un mercadillo de Londres. El detalle debería servir a los interesados de advertencia del lugar que ocuparía una Cataluña independiente en un escenario político dominado por anglosajones y germanos. Esos que identifican España, de arriba abajo, desde 1815 en adelante, con un parque temático de la “Carmen” de Mérimée.

Imagen creada, a medias, por la desidia de cierta clase ¿dirigente? española, vendida a ese discurso, e independentistas periféricos, surgidos también de esa desidia, y que al parecer no se dan cuenta de que todo lo que está al Sur de los Pirineos es visto bajo el prisma de esa misma leyenda negra que ellos mismos alimentan ahora con novelas como “Victus”. En definitiva, un horizonte desastroso al que habría que combatir, por el bien de todos, catalanes y españoles, con más Cultura y menos trapos sucios y vacuas argumentaciones legales que, por el camino que vamos, acabarán valiendo tanto como los derechos de Jorge III sobre las 13 colonias de Norteamérica en 1776.

 

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¿Qué hemos hecho para merecer esto?. La Diada de 2014, la Historia y un informe de la OCDE
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Carlos Rilova | 15-09-2014 | 09:45| 3

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana ha estado llena de noticias de esas que llaman, inevitablemente, a la puerta del historiador.

La primera de ellas era un informe de la OCDE en el que se advertía a España de que, entre otros problemas, su alta tasa de paro estaba directamente relacionada con la escasa educación recibida por quienes están hoy en esa situación. Además ese informe advertía que, en España, el tener una titulación superior, universitaria, no protegía del paro al beneficiario, o beneficiaria, de dicha titulación del mismo modo en el que sí lo hace en otros países, vamos a llamarlos así, “desarrollados”…

La otra noticia era la temible Diada de Cataluña del 11 de septiembre de 2014 que, especialmente la Derecha española, ha convertido en símbolo de desafío independentista por parte de Cataluña.

Llámenme raro, pero la verdad es que me parece que una cosa y otra -el castigo del mercado laboral español contra los titulados universitarios y la Diada independentista- están estrechamente relacionados.

Paso a explicárselo. En España, a partir de la consolidación del régimen democrático, hacia el año 1982, se ha popularizado un discurso entreverado de expresiones como “pringao”, “pelotazo”, “estudiar ¿pa qué?”, reformulado en las altas esferas con afirmaciones tajantes como la del ministro de Economía socialista Carlos Solchaga, que aseguraba que España era el lugar del Mundo donde más fácilmente podía enriquecerse alguien…

El resultado de todo eso fue una cultura -es un decir- en la que, como en el chiste de Les Luthiers, el que pensaba, perdía, y la vía del ascenso social, a diferencia de lo que pasaba en otros países de nuestro entorno -como suelen decir los representantes de eso que llamamos “clase política”-, estaba cifrada en tener un cochazo, un “chalés”, un yate si era posible… Todo logrado a través de negocios más o menos claros y sin que la abundancia de dinero supusiera, en absoluto, mejora alguna en el nivel cultural del beneficiado, o beneficiada, de tal maná.

Más bien al contrario, la cultura, si es que tal cosa propiamente dicha ha existido en esa España del largo Postfranquismo, era, y es, en buena medida, un coto cerrado, en manos de unas élites igual de cerradas que la ven como un privilegio a administrar por exclusivas fundaciones en las que o se va con una determinada recomendación, o, sencillamente, se es recibido por los guardias de seguridad de la puerta que verás pero jamás pasarás.

En resumen, un cuadro endogámico, asfixiante, aún más reforzado por un cuerpo docente universitario basado, por lo general, en más endogamia y en la cooptación no del o la más brillante, sino de los más leales al poder ya establecido.

De la endogamia, ya se sabe, nunca ha salido nada bueno. Y de dicha administración igualmente endogámica de la cultura en España, tampoco.

Les voy a contar un caso personal para que se hagan una idea de hasta dónde llega el problema en algunas instituciones públicas. Este invierno decidí perder algo de mi tiempo presentándome a una beca que concedía el Ministerio de Asuntos Exteriores. Tuve mis dudas, pero al final decidí proponer un proyecto, a pesar de que entre los papeles que se me pedía rellenar se me hacía una insólita pregunta: como si estuviéramos en la Francia de 1788, antes de la revolución francesa, y no en la Europa del siglo XXI, se me obligaba a decir cuál era el nivel de estudios de mi padre y de mi madre…

¿Para qué?, evidentemente para saber de qué estrato social procedía yo y valorarlo ¿por encima? de los méritos académicos, que son los únicos que deberían haberse reclamado a los solicitantes. Al menos en un país no dominado por una oligarquía. Una impresión que se confirmó para mí claramente cuando, al recibir la más que esperable negativa de dicho ministerio, interpelé al funcionario de referencia para que me dijera cuánto había pesado en la toma de esa decisión, en favor de otros proyectos distintos al mío, la pregunta del nivel de estudios de mis padres. Hasta hoy sólo he obtenido absoluto silencio administrativo.

El resultado de este sistema de gestión de la cultura en España, en el que todo indica que importa más el origen social que los títulos universitarios -como probaría el informe de la OCDE-, parece dar como resultado una suerte de ineptocracia, incapaz, por ejemplo, de argumentar nada sólido contra desafíos como el planteado por un Nacionalismo catalán que maneja la Historia a su antojo. Esta Diada ha arrojado diversos ejemplos por desgracia reales, aunque parecieran inventados por los guionistas del Gran Wyoming. Daba pena, sencillamente, oír a Esperanza Aguirre este miércoles, en un matinal de televisión, responder a la pregunta de un periodista sobre si intelectualmente se estaba haciendo algo para contrarrestar el desafío independentista, que estaba lavando el cerebro a miles de catalanes con una Historia falseada. Esta cabeza visible del PP se limitaba a citar, mal, a Orwell y su “1984”, hablando de la existencia en esa distopía de “un Ministerio de la Bondad (?), de la Verdad…” que tenía como objetivo manipular el pasado para que los nacionalistas (sic) controlasen el presente (¡¿?!).

En otro matinal de ese mismo día, la representante del PP en Cataluña, Alicia Sánchez-Camacho, aseguraba, sonriente, que iba a celebrar la Diada con una chocolatada integradora de los no independentistas catalanes… Algo que deja asombrado al historiador -aunque sea de baja extracción social- preguntándose por qué nadie que no sea un nacionalista catalán debería celebrar el 11 de septiembre, que es una fiesta impuesta por la lectura interesada que hizo esa ideología de la Historia de este principado español.

Perdía así la señora Sánchez-Camacho una oportunidad de oro para sacar a relucir, por ejemplo, las incoherencias de ese discurso nacionalista que canta cada 11 de septiembre un himno, “Els Segadors”, inspirado en el intento de secesión catalana de 1640 a favor de la dinastía Borbón, pero que considera que sus héroes son los que mueren en 1714 defendiendo a la dinastía Austria y los honores de armas en dicha ceremonia son presentados por policías autonómicos vestidos con un uniforme que recuerda, extraordinariamente, a los utilizados por miles de voluntarios catalanes -los de Infantería ligera de Barcelona, por ejemplo-, que luchan, junto al resto de españoles durante la Guerra de Independencia, a favor de los Borbón y contra Bonaparte…

Casos y cosas así demostrarían, en efecto, que la penalización laboral a la mayoría de los universitarios españoles desemboca en una clase dirigente pésimamente preparada. Incapaz, por ejemplo, de oponer obras como “La Guerra de Cataluña”, de Francisco Manuel de Melo -testigo presencial de los hechos de 1640- al discurso independentista aventado por Cataluña -y por el resto de España- con publicaciones muy bien dirigidas o de cuidadosa presencia. Como el libro ilustrado financiado por el Ayuntamiento de Barcelona “Born 1714. Memòria de Barcelona” o la novela “Victus”, a la que el gobierno sólo ha sabido combatir prohibiendo su presentación en el Instituto Cervantes de Utrecht, dando así estúpidamente la razón a dicha obra.

Ese sería, pues, en resumen, el panorama al que se enfrenta hoy España y, sobre todo, la ahora tan preocupada OCDE: una porción de Europa estratégicamente vital se vuelve, día a día, ingobernable al estar administrada -es un decir- por una oligarquía básicamente inculta, sin verdadera preparación intelectual, burda, endogámica…

 

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