Diario Vasco
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¿Más cerca de lo que creemos? Una conferencia sobre Historia y Geoestrategia
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Carlos Rilova | hace 5 horas| 0

Por Carlos Rilova Jericó

portada-de-los-condenados-de-la-tierraComo ya saben quienes siguen esta página, la Asociación ha organizado, desde este mes de enero, un ciclo de conferencias, a una por mes -hasta junio- sobre Historia y Geoestrategia.

Todo esto está siendo posible gracias a la financiación del IEEE y a la impagable ayuda de Kutxa Kultur, que acoge este ciclo en sus instalaciones de la cuarta planta de Tabakalera, en San Sebastián.

Así, a las siete de la tarde de este próximo jueves 22 de febrero, pondremos a disposición del público donostiarra una conferencia que tratará de explicarnos el revuelto panorama geoestratégico internacional. Ese en el que vivimos ahora mismo, dentro de esa Historia que es todavía presente, pero que, en cuestión de meses, de pocos años, será ya Historia del Tiempo presente. Aunque para nosotros sólo sea un recuerdo.

El encargado de impartir dicha conferencia, será Federico Aznar Fernández-Montesinos. Un especialista del IEEE que lleva largos años trabajando en el campo del análisis geoestratégico e impartiendo docencia superior sobre esas materias que, por más que nos puedan parecer opacas, lejanas, están mas presentes en nuestras vidas, en nuestra Historia (colectiva y personal), de lo que podamos -o, tal vez, nos atrevamos- a creer.

El tema en torno al cual girará su intervención, será la nueva configuración de ese mundo que nos rodea y nos asalta con imágenes -muchas veces perturbadoras- desde las páginas de los periódicos o desde las pantallas de ordenadores y televisores.

Es decir, un mundo en el cual los bloques de la Guerra Fría y el enfrentamiento de dos únicas superpotencias antagónicas, son cosa del pasado y en el que nuevos escenarios -como la llamada “Primavera árabe”- han alentado fenómenos terroristas traídos hasta el corazón de la vieja Europa. Convirtiendo poblaciones hasta entonces apacibles y seguras (Londres, Cannes, Madrid, París…) en verdaderos infiernos similares a los que se han hecho habituales en, por ejemplo, Oriente Próximo desde hace unos cincuenta años.

Esas horas de este jueves, se tratará, pues, de esas cuestiones. Y también, claro está, de cómo nuestro territorio más próximo se emplaza en ese esquema de cosas.

Principalmente porque esta visita de un especialista de alto nivel en cuestiones de ese calado, nos conduce a una pregunta importante: ¿qué puede esperar un territorio como el vasco, o, más concretamente, el guipuzcoano, de una situación así?

Históricamente las provincias vascas, como Guipúzcoa, han sido por su carácter de frontera terrestre y marítima entre tres grandes potencias europeas (España, Francia y Gran Bretaña), un enclave inmerso en las grandes corrientes de la Historia mundial. Desde la conquista y colonización de África, Asia y América por los europeos, hasta las guerras napoleónicas.

Eso ha hecho de estos territorios, enclaves históricos fundamentales para los grandes envites geoestratégicos de esas potencias. Un panorama que sólo se modera (pero no desaparece completamente) a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando España se convierte, decididamente, en una potencia clave -pero de segundo orden- en el contexto internacional, constituyéndose (dada la anomalía de su régimen político, desde esa fecha, en una Europa occidental democrática) en una problemática ecuación geopolítica y geoestratégica que resulta difícil de resolver.

Más aún desde el año 1968 en adelante, cuando, por un período de cuatro décadas, surge en el seno de la sociedad española (y, sobre todo, vasca) una organización (Euskadi ta Askatasuna, ETA) que interpreta la Historia de ese reducto territorial como la de una lucha anti-imperialista, reduciendo un supuesto “conflicto vasco” a una guerra de liberación nacional cortada (erróneamente desde todos los puntos de vista) por el patrón de las teorías anticolonialistas de Frantz Fanon.

Una experiencia histórica la de esa guerra -supuestamente anticolonial- por medio del Terror (fruto directo del final de la Segunda Guerra Mundial y de la ubicación política y estratégica de España tras ese conflicto) que, ahora, en un nuevo escenario geoestratégico mundial, adquiere otro cariz. Uno en el que las mismas teorías utilizadas por el terrorismo etarra para justificar su guerra “anticolonial” -de baja intensidad- por medio del Terror y contra España, se volverían ahora -en bloque y de manera ya enteramente indiscriminada- contra ese mismo “Pueblo Vasco” idealizado por las teorías de ETA. Algo en absoluto descartable, ya que esa construcción o agente político (ese “Pueblo Vasco”), desde el punto de vista del mal llamado DAESH (Estado Islámico) sólo es, en realidad e históricamente, una parte más del “Gran Satán” occidental contra el que esa forma de Yihadismo extremo ha decretado una guerra de exterminio alentada por diversas “fatwas”.

Es decir, por mandatos sagrados a los creyentes verdaderos (desde el punto de vista del Estado Islámico) para acabar con los infieles que ofenden, con su sola existencia, al Islam.

Un número, el de esos infieles, en el que -no cabe duda- entran los vascos de hoy día que, como bien sabemos, constituyen uno de los modelos de sociedad occidental más desarrollados que existen. Configurando así, precisamente, uno de los principales objetivos a batir por esa ideología del Salvajismo yihadista que, por suerte, de momento, sólo hemos visto -en el antes castigado territorio vasco- a una prudencial distancia. Una favorable circunstancia que, sin embargo, desde el ámbito del conocimiento (que siempre es Poder) nos invita a prudentes y bien documentadas reflexiones que nos revelen en qué punto exacto de ese decurso histórico, que llega hasta el tiempo presente, nos encontramos hoy.

Esa clase de importantes noticias son las que se podrán obtener este jueves 22 en la cuarta planta de Tabakalera, gracias a los buenos oficios, entre otros, de analistas geoestratégicos de alto nivel como Federico Aznar Fernández-Montesinos…

 

 

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Cine e Historia: Winston Churchill y “El instante más oscuro”
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Carlos Rilova | 12-02-2018 | 11:09| 0

Por Carlos Rilova Jericó

churchill-vapuleado-por-la-propaganda-nazi-signal-version-francesa-abril-de-1940Tenía pendiente, desde este verano, ver “El instante más oscuro” para completar, en cierto modo, la serie de correos de la Historia que dediqué al nuevo Cine sobre la Segunda Guerra Mundial que, precisamente este verano de 2017, llenó la pantalla con varias producciones como “Dunkerque” o “La decisión del rey”.

Es por eso por lo que hoy voy a hablar aquí de “El instante más oscuro”, que, por esas cuestiones de pura lógica secuencial, toma la delantera a “Handia” (la exitosa producción guipuzcoana sobre el, más o menos, famoso gigante de Alzo) y a otras muchas películas de fondo histórico que van a llenar la pantalla en los próximos meses. Como, por ejemplo, una (según parece) sorprendente película biográfica sobre la juventud de Karl Marx.

El objetivo de este nuevo correo de la Historia va a ser, pues, tratar de saber qué se puede aprender de Historia de la Segunda Guerra Mundial a través de “El instante más oscuro”.

Esta película británica, dirigida por Joe Wright y protagonizada, magníficamente, por Gary Oldman y Kristin Scott Thomas, parece haber tratado de llevar a la pantalla grande algún que otro libro de Historia. Más concretamente el que firmaba nuestro colega historiador John Lukacs, “Cinco días en Londres, mayo de 1940”. Publicado originalmente hace ya casi 20 años, en 1999.

Efectivamente, la mayor parte de lo que se puede ver en la película, responde a lo que Lukacs recoge minuciosamente en su libro.

Hay que decir, pues, que “El instante más oscuro” refleja de manera exacta el modo en el que Churchill, una vez nombrado primer ministro, en esos electrizantes días de mayo de 1940, deberá enfrentarse con Lord Halifax. Representante de los asuntos de Exteriores en esos momentos en el Gabinete de Guerra que Churchill forma y en el que, como se dice en la película, incluye a sus adversarios más próximos. Como es el caso de Halifax o del “viejo del paraguas”. El apodo sarcástico por el que era conocido Neville Chamberlain. El primer ministro británico al que Churchill reemplaza (como se ve en la película también).

Todo esto es un episodio histórico muy poco conocido. De hecho, por ejemplo, para los lectores en euskera que acudan a la biografía de Churchill escrita por Joseba Arruti, esas negociaciones pasarán casi desapercibidas. Lo que predomina en el caso de obras como ésta o bien en otras biografías de Churchill como la escrita por François Bédarida, es más bien un relato canónico en el que, sir Winston, tras desplazar del poder a Chamberlain y a los dispuestos a pactar con nazis y fascistas una paz negociada, entreguista, se erige en un líder absoluto e indiscutido que, con relativa facilidad, consigue poner a toda la nación británica de su lado. Firmemente dispuesta a endosar el famoso discurso de “sangre, sudor y lágrimas” hasta conseguir la victoria final.

Sólo biografías más completas, como la firmada por el ex-ministro británico Roy Jenkins, o más militantes, como la elaborada por el polémico ex-alcalde de Londres Boris Johnson (“The Churchil factor. How one man made History”), habían abundado algo más en estos aspectos antes del estreno de “El instante más oscuro”.

Fueron momentos verdaderamente dramáticos y que la película sabe explotar a conciencia, mostrando, en emotivas imágenes, cómo Churchill, contra una oposición más que considerable en el Parlamento y en el propio Gabinete de Guerra que ha formado nada más llegar al poder, debe enfrentarse a aquellos que -como Halifax y Chamberlain- estaban dispuestos a, más o menos, rendirse ante las imparables legiones nazis.

En ese aspecto “El instante más oscuro” es una película meridianamente exacta. Ciertamente hay episodios, como el de la reunión que Churchill convoca en su despacho del Parlamento, que han sido levemente deformados para dar mayor fuerza a las imágenes. En esa escena, en la que Churchill logra galvanizar a varios ministros y parlamentarios antes de enfrentarse definitivamente a Halifax, las muestras de entusiasmo de los allí reunidos fueron mucho menores, según diversas fuentes (sobre todo memorias de los testigos presenciales). De acuerdo a esos documentos, reinaba en esa reunión un gran silencio mientras el premier se dirigía a ellos. No parece que hubiera raptos de entusiasmo similares a los que se ven en “El instante más oscuro”. Así, según esas memorias de los presentes en aquella reunión, hubo murmullos de aprobación a lo que decía el primer ministro y, sólo posteriormente, cuando la reunión concluye, algunos felicitaron a Churchill. Uno de ellos recuerda que, incluso, le palmeó la espalda por ese vibrante discurso que incitaba a resistir hasta el final. Pasara lo que pasase.

Otro tanto ocurre con las palabras que la mujer de Churchill, más que solventemente interpretada por Kristin Scott Thomas, dirige a Churchill al principio de la película, pidiéndole que sea más amable. Nos revela Roy Jenkins, en las páginas 661 y 662 de la edición española de su biografía sobre Churchill, que ese diálogo procede de la única carta que la mujer de Churchill cruza con él en 1940. Así pues, lo que se ve en la película, en los primeros momentos, cuando la mujer de Churchill le reprende por su mal carácter es, pues, una dramatización basada en dicha carta, que, por otra parte, está bastante presente a lo largo de toda la película, pautando, en buena medida, la buena interpretación de Kristin Scot Thomas.

Lo mismo pasa con la secretaria de Churchill, Elizabeth Layton, que provoca alguna de esas regañinas por parte de Clementine (la mujer de Churchill) al premier. La muchacha, en realidad, no entrará en el servicio de Churchill hasta el año 1941, Meses después de lo que se ve en la película…

Pero detalles como esos aparte, “El instante más oscuro” es un veraz relato histórico. Al menos hasta donde lo permiten las leyes del Cine…

Desde el punto de vista español, sin embargo, se puede echar de menos que no se carguen más las tintas contra Chamberlain. Al que Churchill sólo reprocha en alguna ocasión que, en esos días de mayo de 1940, Gran Bretaña se vea abandonada, sola ante un enemigo feroz al que las simpatías progermánicas del anterior premier habían permitido llegar a ese punto.

Ciertamente, a pesar de que Anthony Eden es otro de los personajes fundamentales de esta película, poco se trasluce en “El instante más oscuro” del modo en el que la república española, por culpa de Chamberlain, había sido abandonada a los nazis y sus aliados españoles. Dejando así a Gran Bretaña tan aislada en 1940, sin un territorio de reserva penínsular como el que tuvo en las guerras napoleónicas. Tal y como Churchill o Eden ya habían advertido a Chamberlain en 1937, cuando la guerra española aún podía ser ganada por los enemigos españoles de Hitler y no por sus fieles (al menos hasta 1945) adláteres…

Ciertamente, como señala Lukacs en “Cinco días en Londres, mayo de 1940”, el “viejo del paraguas”, Neville Chamberlain, había adoptado en esas fechas una actitud contemporizadora (al menos aparentemente) entre el entreguismo de Halifax y la decidida actitud de Churchill de no rendir jamás Gran Bretaña. Ni a causa de una derrota militar, ni a causa de una negociación como la que proponía Halifax.

Sin embargo, Chamberlain, como se suele decir, tenía un pasado. Uno que iba de 1937 a 1940, durante el que, en efecto, sin llegar a la actitud de vasallaje intelectual a los nazis detectada en Lloyd George (al que Churchill veía como su sustituto ideal caso de una derrota militar y/o diplomática ante los nazis) o en otro miembro de la saga Chamberlain: Houston Stewart, el “viejo del paraguas” había hecho, en esos años de 1937 a 1940, notables esfuerzos para servir en bandeja de plata la mayor parte de Europa a las difícilmente disimulables ambiciones de Hitler. Austria, Checoslovaquia y la república española, habían sido sus víctimas.

Es una lástima, para el público español, que una película por lo demás tan instructiva como “El instante más oscuro”, pase tan deprisa, tan imperceptiblemente, sobre esos acontecimientos que, como la derrota francesa de 1940, Dunkerque o las luchas de poder entre personajes como Halifax o Churchill, son esenciales para comprender cómo el destino de las democracias occidentales se jugó en unos pocos días de mayo de 1940. Para algunas, como la francesa y la británica, sólo durante unos pocos años. Para la española durante una serie de anómalas décadas que todavía arrastran una envenenada herencia histórica hasta la época actual.

 

 

 

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Una curiosa historia para el centenario de “Frankenstein” (1818-2018)
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Carlos Rilova | 05-02-2018 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El hallazgo del que sale este nuevo correo de la Historia, no pudo aparecer en un sitio más apropiado. Fue en septiembre del año 2017. Yo había ido a Bath a participar en los eventos que se habían organizado en esa ciudad en honor al bicentenario de la muerte de Jane Austen.

Cumplido el trabajo de mostrar a los visitantes de esa ciudad y de ese festival aspectos de la España de la época de la Guerra de Independencia, acabé en Londres. Y allí acabé, como no podía ser menos, en una de las librerías del distrito cultural de la City. Ese formado por la Universidad de Londres en pleno barrio de Bloomsbury, el Museo Británico, La Biblioteca Británica y algunos famosos teatros, como el Covent Garden.

Ese domingo de septiembre del año pasado, esa librería estaba de rebajas, por así decir. Como me dijo el librero cuando fui a pagarle, estaban sacando el stock sobrante acumulado a lo largo de los años. La oferta, si mal no recuerdo, era que te podías llevar, de ese stock sobrante, cuatro ejemplares por cinco libras. Había mucho donde elegir, la planta baja de la librería estaba llena de volúmenes que iban desde viejas separatas de revistas de Historia y otros temas, hasta libros de lo más variopinto. Y ahí estaba, en una de aquellas venerables estanterías de madera. El libro que contenía la curiosa historia que hoy les voy a contar.

En principio no era un libro muy llamativo por el volumen. Sólo tenía 120 páginas del tamaño de medio folio aproximadamente. Pero la cubierta era de un verde brillante y con letras de oro. Y esas letras tenían un título que llamaba mucho la atención: “The Frankenstein diaries”. Es decir, “Los diarios de Frankenstein”

Claro está, saqué el libro del montón y empecé a hojearlo. Y así fui de sorpresa en sorpresa. Como decía la portada, estos “Diarios de Frankenstein” eran, supuestamente, un documento auténtico, traducido y editado por el reverendo Hubert Venables.

El antedicho reverendo Venables editaba, en efecto, estos diarios llenándolos de comentarios y de imágenes de época. Como, por ejemplo, material quirúrgico del siglo XIX, grabados de los personajes que aparecían en estos “Diarios” y dibujos realizados por Viktor Frankenstein a partir de sus experimentos para conseguir recrear la vida a partir de la materia inerte…

Lo mejor del caso, es que el reverendo Venables mantenía que todo lo que se contaba en el libro era absolutamente cierto.

Es decir, que esos diarios que, día a día, iban reconstruyendo los experimentos del doctor Frankenstein, contados en primera persona por él mismo, eran un documento que había llegado a sus manos. Por supuesto, estaba escrito en alemán de principios del siglo XIX. Al parecer, habían sido traídos hasta Inglaterra desde Suiza, donde, se suponía, habían tenido lugar esos experimentos que habrían dado lugar a la creación de un hombre artificial compuesto de piezas de distintos cuerpos.

Es más, el reverendo Venables no duda en describir, en el prefacio del editor, el aspecto de esos documentos. Traducido del inglés viene a decir que lo que llegó a sus manos era un gastado legajo de antiguos, decadentes, papeles que le había remitido hacia diez años (es decir en 1970) un colega suizo que estaba muy al tanto de su entusiasmo por los manuscritos alemanes del siglo XVIII…

A partir de ahí, el reverendo Venables, tras una breve presentación del caso, pasaba a copiar literalmente la traducción inglesa de aquellos gastados y antiguos papeles, reconstruyendo así lo que, en realidad, era un relato en primera persona del protagonista de la novela que Mary W. Shelley se apostó que podía escribir. Recogiendo el desafío lanzado por Lord Byron, el médico personal de éste, John Polidori, y por su propio marido: Pierce Byshee Shelley.

El reverendo Venables (o quien quiera que se ocultase tras esa identidad) era muy consciente de que los lectores de su edición anotada de los diarios de Frankenstein, lógicamente, dudarían de la veracidad de una obra que proclamaba que el personaje que figuraba como protagonista de la novela de Mary Shelley, era un ente real.

Por eso advertía en su prefacio que este texto que ofrecía al publico, según él había podido comprobar, era un relato de hechos históricos absolutamente verdadero. Tal y como había constatado en sus subsiguientes averiguaciones en archivos alemanes y suizos…

En el prólogo que seguía a ese prefacio, el reverendo Venables advertía -también desde la primera línea- que se hacía cargo de que el lector estaría casi obligado a ver con escepticismo la publicación de los diarios de un personaje que, universalmente, había sido considerado, durante 150 años, como un personaje de ficción.

Es más, el reverendo Venables confesaba que, en efecto, su propia reacción cuando vio los documentos y empezó a descifrarlos, no fue muy diferente. Obviamente no podía creer que existiera un diario de un personaje que todo el Mundo había considerado, hasta ese momento, fruto de la imaginación de una joven dama de principios del siglo XIX.

Un escepticismo que, obviamente, el reverendo Venables había superado, pues el libro finalmente había sido dado a la prensa de los editores Hutchinson and Company, de Londres.

A partir de ahí, Venables nos llevaba a un paisaje supuestamente histórico en el que un joven y prometedor doctor en Medicina (Viktor Frankenstein) empezaba a pensar que era posible insuflar vida en la materia inerte a partir del magnetismo y la electricidad…

Por supuesto no voy a revelar el fin de este relato (seguro que habrá quien quiera leerlo, a pesar de que, hasta dónde yo sé, no se ha traducido al español). Sólo diré que los supuestos diarios de Frankenstein y los documentos anejos con los que el reverendo Venables completaba su historia, difieren un tanto del final que Mary Shelley dio a su propia historia publicada ahora hace 200 años.

Lo único que puedo decir al respecto, es que “The Frankenstein diaries” es una magnífica historia, muy original y que completaba muy bien toda la parafernalia que Mary Shelley puso en marcha ahora hace dos siglos, creando uno de los mitos literarios de la Edad Contemporánea que más ha dado que hablar. Desde visiones cinematográficas cómicas que adquirieron -nunca mejor dicho- vida propia, como la paródica “El jovencito Frankenstein”, hasta la versión para el Cine de la novela filmada (y protagonizada) por Kenneth Branagh o la miniserie de televisión de los años setenta “Frankenstein. Su verdadera historia”, que nació casi al mismo tiempo y, al parecer, con casi la misma intención que estos diarios de Frankenstein editados por el reverendo Venables.

Alguien que, después de todo, resulta ser un digno heredero de aquel Luciano de Samósata, que en el siglo II de nuestra era también escribió una “Historia verdadera”. Tan verdadera, desde luego, como estos “Diarios de Frankenstein” que me ha parecido oportuno recordar en el centenario de la publicación de la novela de Mary W. Shelley…

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La revolución de los nombres. Bayona en 1794
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Carlos Rilova | 29-01-2018 | 10:35| 0

Por Carlos Rilova Jericó

alegoria-del-mes-de-floreal-por-loyuis-lafitte-synebrichoffin-taidemuseoiEste nuevo correo de la historia surgió, como tantos otros, de horas pasadas en los archivos. En este caso en el de Bayona. Llegué a él el sábado 13 de enero de 2018 acompañado por Aritz Irazusta, un reconocido (pese a su juventud) reconstructor histórico. El objetivo de esa visita, a petición de él, era revisar las notas manuscritas del erudito bayonés Édouard Ducéré para averiguar, o más bien confirmar, algunos datos sobre el uniforme de la llamada Guardia de Honor vasca que el mariscal Murat recogió en esta localidad laburdina, de camino a España, en el año 1808.

Revisando, con no poca dificultad, el legajo CGM 245, que contenía esas notas de Ducéré (yo creía tener mala letra, pero descubrí que había eméritos historiadores que la tenían aún peor), encontramos también una lista de nombres extraída de los registros de nacimientos en Bayona durante el período de la revolución de 1789.

Los nombres correspondían a los años II y III de la República francesa, una e indivisible. Es decir, a los momentos álgidos, más extremistas, de ese hecho histórico, donde ya las soluciones templadas -como una monarquía constitucional de estilo británico- han sido desplazadas por las propuestas más radicales.

Entre otras la de acabar con la aristocracia, declarándola una especie de raza maldita y a exterminar totalmente, abolir la monarquía considerándola una forma de esclavitud y muchas otras medidas como la desacralización de iglesias, el sometimiento del culto católico a la dirección del Estado, obligando a los sacerdotes a jurar fidelidad a la nueva república, más un largo etcétera en el que también entraba la abolición o el cambio de ciertos nombres, para demostrar así mejor cómo las cosas estaban cambiando en la Francia revolucionaria.

No es ningún secreto cómo en esa provincia de Laburdi, y otras, se cambió el nombre tradicional a ciertas localidades (especialmente si aludía a un santo) sustituyéndolo por nombres de eminentes revolucionarios o, en el mejor de los casos, de personajes considerados precursores de la revolución.

Todo eso se ha contado ya, por ejemplo, en Historias del País Vasco como la que ya hace más de tres décadas publicó la editorial donostiarra Txertoa.

De esa tormenta revolucionaria sobre los patronímicos, no quedaron libres ni siquiera los nombres de los meses del año ni los días de la semana, que pasaron de siete a diez y dejaron de ser llamados por sus nombres tradicionales de Lunes, Martes, etc…

Los nombres de los recién nacidos, como demostraban las notas conservadas en el legajo CGM 245, tampoco se librarían de esa visceral reacción contra el Antiguo Régimen.

Así nos encontramos con que el 3 de Nivoso del año II (finales de diciembre de 1794) una niña bayonesa fue bautizada (o sería más exacto decir nombrada) como Republicana Victoria Sans Culotte…

El 4 de Pluvioso de ese año II (finales de enero de 1794) el nombre elegido para el -según parece- neonato, era, simplemente, “Sans Culotte”.

El 8 de Ventoso del año II (finales de febrero de 1794) encontramos un caso un tanto ambiguo. Al parecer los padres del niño no querían entrar en el juego revolucionario y lo nombraron (según traduzco directamente del francés) Salvador Jacinto…

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que, por un lado, uno de los más comprometidos extremistas de la revolución de 1789, Hébert, editor de “Le Père Duchesne”, el periódico que leía el bajo pueblo parisino, proclamaba, a menudo que Jesucristo (el Salvador), había sido el primer “sans culotte”. Por otra parte, el calendario revolucionario había suprimido los nombres de santos de cada uno de los días del mes, dedicando cada uno de los días a una flor, una planta, un animal, un mineral o una herramienta. Así, el día 9 del mes de Floreal (del 20 de abril al 19 de mayo) estaba dedicado, precisamente, al Jacinto…

Quizás esta denominación relativamente discreta fue un modo, por parte de los padres de Salvador Jacinto, de, como se suele decir, nadar entre ambas aguas, sin comprometerse con un bando o con el otro…

El 8 de Germinal del año II (finales de marzo de 1794), el nombre elegido era Jonquille (es decir, Junquillo) que era el elemento elegido para consagrar el día 8 de ese mes, que coincide con los días 21 de marzo a 19 de abril. Un bonito nombre, si se quiere ver así, ya que con el junquillo se hacía perfume o se trataba de combatir las famosas “miasmas pútridas”. El mal olor al que se achacaba, no sin razón, el origen de las temidas epidemias que arrasaban las pirámides de población de la Europa preindustrial.

Otros padres, no dudaban en ser más militantes. Ese es el caso de los de Philipinne Montagnarde (traducido Filipina Montañesa), que la bautizaban así el 26 de Fructidor del año II (mediados de septiembre de final de 1794 y comienzo de 1795), dejando claro, al menos con el segundo nombre de su hija, que estaban a favor de la Montaña. La facción más revolucionaria del Parlamento de París.

En el año III de la república francesa una e indivisible todavía hay algunos padres que, tal vez, aún creían en los valores revolucionarios más o menos moderados. Algo bastante digno de elogio en unos momentos en los que el Terror revolucionario llegaba a su punto más alto.

Ese parece haber sido el caso de los padres del niño nacido (o más bien bautizado o nombrado) el 23 de Germinal de ese año III (mediados de abril de 1795), al que se le puso el nombre de Franklin. En honor, evidentemente, a Benjamin Franklin. Uno de los primeros embajadores enviados a París por los revolucionarios norteamericanos de 1776 que inspirarían los comienzos de la revolución francesa de 1789…

Por supuesto, podríamos seguir durante hojas y más hojas hablando de esta curiosa revolución de los nombres pero, como suele ser habitual, una pequeña muestra ya suele ser bastante.

No cabe duda, desde luego, de que en Bayona, entre 1794 y 1795, prácticamente todos los nacidos, de mejor o peor gana, recibían nombres adecuadamente revolucionarios, que así también proclamaban la firme voluntad -incluso en el extremo Sur de la nueva República- de instaurar un nuevo régimen que acabase con lo que había existido hasta 1789.

Como lección de Historia sobre ese importante tema, creo que no es poca cosa.

 

 

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“La tricolor española ondea sobre Berlín”. Historia, Ucronía y un ciclo de conferencias
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Carlos Rilova | 22-01-2018 | 10:29| 3

Por Carlos Rilova Jericó

division-9Esta semana, este correo de la Historia vuelve sobre un tema en el que ya ha abundado alguna que otra vez. Es decir, el de las ucronías o historias contrafácticas. Un género cultivado, sobre todo, desde la Literatura, pero también desde prestigiosos nombres de la Historia profesional. Como sería el caso del profesor Niall Ferguson.

Todo esto, la Ucronía, la Historia contrafactual o alterna, tiene como denominador común la reflexión -con mayor o menor abundancia de Literatura- sobre esa pregunta que suele obsesionar al ser humano, tanto a nivel personal como colectivo: “¿qué hubiera pasado si…?”.

De eso, gracias -entre otros factores- al apoyo del IEEE de Madrid y a la hospitalidad de Kutxabank, vamos a hablar este jueves 25 en la planta cuarta del edificio Tabakalera de San Sebastián, a las siete de la tarde.

Lo harán socios de la Asociación de historiadores “Miguel de Aranburu” como el doctor Jorge Garris Mozota e invitados habituales de ella, como el especialista irundarra Fernando Insausti. Con esas conferencias daremos inicio a un esperado ciclo sobre la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial y el Mundo posterior a ese conflicto que, al ritmo de una por mes (hasta el 28 de junio) tratarán de aspectos tan diversos como la Guerra Fría o la situación a la que nos enfrentamos hoy día, tras la caída de los regímenes soviéticos y la fragmentación del poder mundial entre varias potencias.

Pero el ciclo empezará así. Examinando qué fue la Segunda Guerra Mundial (el antecedente próximo de todo lo que nos afecta hoy día) y cómo podría haber evolucionado el Mundo si las cosas hubieran sido de modo distinto.

Personalmente, lo reconozco, a fecha de hoy, lunes 22 de enero de 2018, no sé con toda exactitud, el contenido de la intervención del doctor Jorge Garris, que tratará, precisamente, de eso. De qué hubiera pasado de ser otro el resultado de la Segunda Guerra Mundial.

Sólo sé que esas historias alternas sobre la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, acerca de su antecedente más cercano (la Guerra Civil española) son un tema aún poco -y mal- desarrollado en nuestro país y que, por lo tanto, merece la atención que le prestaremos el día 25 y hoy mismo.

Así, por ejemplo, en “Historia virtual”, la obra colectiva dirigida por el ya mencionado profesor Niall Ferguson, se revela un aspecto verdaderamente curioso de la mentalidad colectiva española actual, de eso que se ha llamado “la España de la Transición”. En la que, según parece, aún seguimos.

En efecto, el capítulo dedicado a imaginar qué hubiera pasado en la España de 1936 si las cosas hubieran sido distintas, es de una timidez extraordinaria. Como si su autor, el catedrático Santos Juliá, no se atreviera siquiera a imaginar una derrota del Ejército sublevado, prefiriendo dejar las cosas en un “¿qué hubiera pasado si…?”, en este caso no hubiera habido sublevación militar el 18 de julio de 1936.

Otro tanto ocurre en la “Historia virtual de España (1870-2004)”, dirigida por el profesor Nigel Townson. Ni él ni, otra vez, Santos Juliá, se atreven a imaginar en sus respectivos capítulos una España con una Guerra Civil ganada por el gobierno legítimo de 1936. Algo que, indudablemente, hubiera llevado a ese país, de cabeza, a la Segunda Guerra Mundial en el bando aliado y, finalmente, vencedor en 1945.

En la Literatura específicamente ucrónica elaborada en España sobre ese tema, los resultados son, cuando menos, peregrinos, quedando siempre el gobierno de 1936 en esas novelas o relatos como el gran perdedor ¡Incluso ganando la guerra a los sublevados!…

Todo eso, síntoma de una Historiografía deficitaria al servicio de una sociedad aún traumatizada por la Guerra Civil que estallo hace 81 años, quizás, hace necesario que, como invitación a acudir al ciclo que inauguramos este día 25 en Tabakalera, plantee en este nuevo correo de la Historia una propuesta audaz que ya he perpetrado tanto como autor -en un anterior correo de la Historia- como a título de editor independiente con “La Tercera República”. Acaso la única ucronía española en la que la República vence en 1939 y no por ello se desencadena ninguna catástrofe para España. Como la imposición de una dictadura prosoviética o el lanzamiento sobre Burgos de la primera bomba atómica.

Así pues, como parte de esa invitación al ciclo que iniciamos este jueves en Tabakalera, me adentraré, a partir de aquí, en el terreno de la Historia y la Literatura contrafactual sobre la Guerra Civil y la participación española en la Segunda Guerra Mundial. Abordándola desde unos parámetros en los que, de momento, obras como “La Tercera República”, la página de historias alternas de la Wikipedia o relatos de Historia contrafáctica como el que acompaña a este artículo, son tan sólo una inquietante excepción…

“Extractos del libro Del Día-D a las afueras de Berlín. El Séptimo Ejército español en la II Guerra Mundial, del profesor Carlos Nicolás Citadin. (Edición de la obra original en español por la Harvard University Press. Cambridge (Mass.), 2016).

Capítulo 12. “Era un mar de escombros.

Para el inicio de este capítulo tomo una frase recogida del libro de memorias del capitán Ángel Domínguez, que fue publicado en 1965 -en el 20º aniversario de la toma del Berlín nazi- por las Prensas Universitarias Españolas en Madrid. Se trata -como sabrán quienes hayan leído ese documento- del relato de un militar profesional. Un veterano de la Segunda Guerra de Independencia española, con mucha Escuela de Guerra detrás y con unos conocimientos de Historia ávidos, enciclopédicos. A pesar de haber dedicado la mayor parte de su vida tan sólo al ejercicio de su profesión militar.

Esto hace a Domínguez un testigo de excepción de los acontecimientos ocurridos en Berlín a finales del invierno de 1945. El capitán Domínguez, autor de algunas pequeñas obras sobre las guerras napoleónicas y sobre la Segunda Guerra de Independencia española (la, a veces, designada más popularmente como “la del 36” o “Guerra Civil española”) es perfectamente consciente del momento histórico que está viviendo en esos momentos. Como historiador, como protagonista y como testigo de los hechos.

Su descripción del Berlín de 1945 es somera, pero exacta. La capital del Tercer Reich en los momentos en los que es alcanzada por las vanguardias del Séptimo Ejército español -del que Domínguez forma parte con la brigada mixta “Gaspar de Jauregui”- es, en efecto, un inmenso mar de escombros.

El capitán es consciente, también, de que el Ejército español ha recibido un honor nada común: el de formar parte de la vanguardia aliada que, convergiendo con las líneas del Ejército soviético que avanzan desde el Nordeste sobre Berlín, cerraría la tenaza sobre la capital de Hitler. Poniendo así fin a la Segunda Guerra Mundial en Europa.

En efecto, las tropas españolas fueron autorizadas, en esas semanas del fin del invierno de 1945, a poner en marcha la “Operación Mendizabal” sólo de manera excepcional y después de tensas discusiones entre el Alto Mando aliado acerca de cómo repartir los honores del último golpe contra el régimen nazi. Quienes hayan leído los trabajos de Antony Beevor sobre este período, ya sabrán de los celos de prima donna que el mariscal Montgomery proyectaba sobre el resto de generales aliados.

“Monty”, por razones distintas, estaba especialmente celoso de Patton y del general Vicente Rojo. Del primero tanto por su genio estratégico como por lo opuesto de sus respectivos caracteres. Del segundo no tanto por cuestiones de carácter (dada la amabilidad y bonhomía características de Rojo), como por el hecho de que el general español hubiera sido el primero en derrotar a las tropas nazis y fascistas sobre el campo de batalla, durante la exitosa ofensiva del Ebro y la Campaña Vasca en el verano de 1938. Eso, precisamente, es lo que llevó a Eisenhower (persuadido por Bradley) a conceder a los españoles -al menos a su Séptimo Ejército- el honor de ser las primeras -y únicas- tropas de los aliados occidentales que tomasen el sector Oeste de Berlín. Estableciendo la primera línea de demarcación frente a los soviéticos, de la que luego surgiría el tristemente famoso (y hoy derruido) “Muro de Berlín”.

A partir de ahí, el capitán Ángel Domínguez y los demás hombres de la vanguardia del Séptimo Ejército, se enfrentan a escenas dantescas. Berlín apenas tiene ya calles. Los bombardeos de aniquilación y represalia ejercidos por la RAF, la USAAF y la FARE, han arrasado todo Berlín. Si algo ha quedado en pie, ha sido borrado -días, horas, antes de que los españoles entren en la ciudad- por la Artillería de campaña soviética, que ha piloneado la capital nazi desde el Este, a medida que avanza sobre ella. Entre ese mar de escombros, los vehículos de la brigada de Domínguez, deben abrirse paso en combates callejeros que, como dice el capitán, le “Recuerdan a una especie de Sitios de Zaragoza a la inversa”.

Ante él, desde luego, no están los patriotas españoles de 1808, sino los últimos fanáticos nazis. Las Juventudes hitlerianas y los SS, acompañados de la cochambrosa Volkssturm (compuesta de carne de cañón integrada por mutilados y hombres de edad demasiado precoz o avanzada para ser movilizados) y por integrantes de la mermada Legión Azul española, formada por un proscrito Francisco Franco que -sólo in extremis- había conseguido en 1938 escapar de la derrota y un previsible fusilamiento gracias a la “Operación Dynamo”. Organizada en marzo de 1939 por la Kriegsmarine nazi para evacuar, por los puertos de Bilbao y Pasajes, a los restos del ejército sublevado contra el gobierno español en 1936. Algo, ese encuentro con el viejo enemigo, que abre viejas heridas entre las filas del Séptimo Ejército español, trayendo ecos de la “guerra del 36”…

El capitán Domínguez y otras fuentes no ocultan las ejecuciones sumarias que algunos hombres del Séptimo Ejército ejercerán sobre los miembros de la Legión Azul. A pesar de que se han rendido… No podemos ignorar, sin embargo, que el mismo Domínguez y muchos otros oficiales españoles paralizarán en seco esos desmanes.

Especialmente elocuentes son las palabras del propio Domínguez, que tendrá que apuntar su carabina M-1 -aún humeante tras el combate frente a un grupo de SS, piso a piso, en una casa de Unter den Linden- contra uno de sus propios hombres que estaba a punto de matar a un jefe de escuadra de la Falange española capturado en el último piso de esa casa con la munición agotada: “le dije al cabo, lo recuerdo muy bien, aunque como en un sueño: “quieto o te abraso. Nosotros no somos como esta gentuza ¿Qué buscas? ¿Otro Paracuellos?”.

A partir de ahí, las memorias del capitán Domínguez se adentran en el terreno de la Épica, al recordar los últimos combates en torno a las escalinatas de la Cancillería del Reich. Con los hombres del Séptimo Ejército parapetados tras sus vehículos blindados, agotando cargador tras cargador de la munición de sus M-1 americanas contra las filas de uniformes negros de los SS que defendían ese último reducto y cargarán a la desesperada contra los blindados y semiorugas españoles entonando el Horst Wessel Lied. Todo ello en un esfuerzo tan inútil como estúpidamente melodramático (muy en la línea habitual del Tercer Reich) por romper una formación que ya les superaba en una proporción de cinco a uno.

Más adelante, como ya sabemos por otras fuentes, esa épica se mezclará con la más simple Política. Cuando Manuel Azaña y el presidente Juan Negrín acudan a Berlín para celebrar los preliminares de la fundación de la ONU -organizando, in situ, la futura Conferencia de Madrid- y remeden, ante una nube de fotógrafos oficiales de todo el Mundo, el momento en el que el capitán Ángel Domínguez y un grupo de cinco hombres tomaron la azotea de la Cancillería y alzaron sobre ella la bandera tricolor española en un acto cargado de un enorme simbolismo. Uno que, todavía hoy, más de sesenta años después, es todo un icono de la Historia de la Segunda Guerra Mundial y del comienzo de la Guerra Fría. Pues, como no pasó en absoluto desapercibido, en el acto estaban Eisenhower y Churchill, pero ningún delegado soviético, dejando así claro el disgusto de la URSS por la evolución política española a partir de 1938 (…)”.

 

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Un mito histórico perdurable: la “guerrilla” española (1808-2018)
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Carlos Rilova | 15-01-2018 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

albert-uriet-para-el-napoleon-de-louis-bertrand-mame-et-fils-circa-1930-2Como todas las semanas, me ha costado casi cinco días dar con un tema con el que llenar estas páginas una vez más.

La inspiración esta vez me cogió, también una vez más, trabajando. Andaba revisando expedientes en un archivo, cuando de repente di con una de esas vidas de novela que, sin embargo, son absolutamente reales. Tal y como lo atestiguan documentos como esos. Donde uno se encuentra de todo. Desde hojas de servicio militar, hasta correspondencia familiar, pasando por cartas de personajes ilustres y bien conocidos que, sin embargo, se estaban limitando -cuando redactaban esas misivas- a actuar como personas comunes y corrientes que ni siquiera sabían si pasarían a la posteridad.

Me llamó la atención que el protagonista de este expediente, un alto mando del Ejército patriota que luchaba en el Norte de España entre 1808 y 1814, fuera definido como “guerrillero” por la posteridad que fichó su expediente para archivarlo…

Así, cuanto más me adentró en ese continente histórico que son las guerras napoleónicas (un lugar en el que perderse de por vida), me queda cada vez más claro que, en el campo de la Historia, cosas absolutamente irreales, acaban con mucha frecuencia convirtiéndose -a medida que pasan los años- en una especie de verdades absolutas que es muy difícil desalojar de la imaginación colectiva.

Este es el caso de estos supuestos “guerrilleros” españoles, que habrían luchado contra el mejor Ejército del Mundo entre la primera y segunda década del siglo XIX (el napoleónico) y, así, inconcusa y sorprendentemente, lo habrían derrotado.

Sé que no es la primera vez que hablo aquí (y en otros lugares) de este tema. Y probablemente ésta tampoco será la última. Pero es que, cada poco tiempo, parece que sea necesario volver a hablar del tema. A negar que los “guerrilleros” fueron los que derrotaron a Napoleón en España.

Esas más que menos imaginarias guerrillas, pudieron existir, a lo sumo, durante un par de años después de que se declarase la guerra entre Napoleón y la Regencia española. Esa institución que se negaba a reconocer las abdicaciones de Bayona y aglutinó en torno a ella al resto de ciudadanos que también se negaban a aceptar -por distintas razones- ese cambio de dinastía en España.

Para el año 1810, la mayoría de esas unidades irregulares, esas guerrillas, han descubierto varias cosas. Lo primero que, con o sin patente de corso terrestre expedida por la Regencia y otras autoridades patriotas, son unidades inoperantes desde el punto de vista militar. Uno de los primeros en darse cuenta, fue el célebre Gaspar de Jauregui. El pastor que llegaría a mariscal, como lo describió el padre Lasa, uno de sus biógrafos.

En 1810 Jauregui y sus escasos guerrilleros constatan, por escrito (quedando así también conservado en un archivo), que su pequeño grupo, operando en las montañas entre Guipúzcoa y Navarra, no está consiguiendo desgastar, de manera eficaz, a las tropas napoleónicas que tienen ocupado lo mejor de ese territorio.

Esa sensación es la misma que tienen la Regencia y demás cabezas pensantes que tratan de coordinar la resistencia contra la invasión napoleónica. Así, en 1810, se hace preciso reorganizar todas esas unidades surgidas de manera improvisada, dotarlas de uniformidad, de oficialidad profesional bien entrenada, de armas regulares, de munición, de banderas y hasta de bandas de música como las que solían tener los regimientos más antiguos. En definitiva: esas autoridades constataban en 1810 que, para vencer al que, en efecto, era, en 1808, el mejor Ejército del Mundo, se hacía preciso tener un Ejército aún mejor.

Eso es lo que ocurrió en España a partir de 1810, e incluso antes en algunos casos. Como el de la División navarra de Mina, que fue la que salvó de la catástrofe táctica al disperso y reducido grupo de Jauregui.

A partir de 1810 ya no hay guerrilleros. Hay regimientos de voluntarios integrados en grandes cuerpos de Ejército dirigidos por militares profesionales y sujetos a un Estado Mayor, que imparte órdenes y coordina sus movimientos.

Quienes no se han atenido a esos cambios, son considerados como lo que en realidad eran la mayoría de ellos: simples bandoleros que habían aprovechado la confusión de la guerra para medrar, atacando, por igual, a población civil indefensa como a convoyes enemigos.

Sí, los “guerrilleros” jamás derrotaron a nadie en la España de 1808 a 1814. La derrota de Napoleón, no se debió a grupos de retrógrados y atávicos nativos españoles dirigidos por curas y monjes fanáticos, como gustan de repetir algunas malas novelas.

Sin dejar caer en el olvido que una parte sustancial del partido patriota, que lucha contra el invasor francés, es sumamente reaccionario (como lo puede ser en esas fechas una parte de la población francesa o prusiana, por sólo citar dos ejemplos) la derrota de Napoleón en España, fue obra de estructuras militares muy consolidadas, dotadas de apoyo marítimo, redes de información (o espionaje, si se prefiere) muy sofisticadas, servicios jurídicos, servicios de Sanidad, y, por supuesto, correos. Encargados de llevar por la posta militar (bajo el membrete de “Servicio Real”) las órdenes emanadas de los distintos estados mayores.

Esas tropas regulares en las que se convierten los primeros voluntarios de junio de 1808, son las que, en realidad, derrotaron a Napoleón. Eran una formidable maquinaria militar, coordinada con los ejércitos portugués y británico que, como el español, tuvieron que renovarse o morir, aplicando tácticas nuevas que pudieran derrotar al genio militar de Napoleón y a la poderosa Francia que él representaba.

A ese respecto, la gran aportación de los mitificados “guerrilleros” fue la de dotar a los regimientos regulares en los que se convirtieron -como los del Séptimo Ejército que operaba en el Norte de España- las tácticas propias de esa lucha de primera hora, reducida a emboscadas y golpes de mano.

En efecto, la combinación del combate de línea (grandes unidades de Infantería desplegadas en batallas campales) con el combate de guerrilleros o cazadores, formando a los hombres de manera dispersa, diezmando desde posiciones protegidas a los oficiales y soldados enemigos, fue lo que desarboló el dispositivo napoleónico en España. Minado lentamente por estas unidades versátiles, capaces de replegarse con rapidez, dotadas de una gran movilidad que, combinada con el apoyo logístico británico y la dirección civil y militar de un Gobierno consolidado en Cádiz, acabarán por descoyuntar el eje central del que dependía el fracaso o el éxito de los planes imperiales de Napoleón.

Hoy, una vez más, lo vuelvo a decir. Como ya lo han dicho libros de Historia convenientemente puestos al día, como los firmados por Ronald Fraser, Charles Esdaile o Miguel-Anxo Murado. O incluso algunas novelas históricas, como las firmadas por José Luis Corral.

A partir de aquí, ¿cuántas veces más habrá que repetir que, por ejemplo, los tenientes coroneles de la División de Longa jamás deben ser confundidos con “guerrilleros”, sino ser descritos como militares regulares de la época napoleónica?

El tiempo nos lo dirá.

 

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Palabras con Historia: “lo dije para mi coleto”
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Carlos Rilova | 08-01-2018 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

pedro-saenz-de-izquierdoEsta semana aprovecharé este nuevo correo de la Historia para tratar de un tema que ya ha ocupado este espacio en diversas ediciones. Es decir: el de explicar, en la medida de lo posible, el significado de expresiones que se siguen utilizando después de haber perdido su sentido original. Como, por ejemplo, “a palo seco”. O la que nos ocupa en este caso.

Esta expresión, mucho más olvidada que otras como la citada de “a palo seco”, está relegada casi a la esfera de los cultismos. Por otra parte, tiene al menos dos formas de conjugarse. Una es la que he puesto en el título, “lo dije para mi coleto”. Otra, más usual, sería “echárselo al coleto”.

Tanto en un caso como en otro, la clave, histórica, de esa expresión estaría en la palabra “coleto”.

El coleto no tiene nada que ver con el nombre popular de alguna parte del estómago humano. Como podría pensarse al oír la expresión “echárselo al coleto”.

Habrá, pues, que explicarlo. Al menos para quienes no son seguidores de las aventuras literarias de cierto apócrifo capitán español de comienzos de la época de Felipe IV, que ya saben que el coleto, era, en realidad, una prenda de vestir sumamente popular durante el siglo XVII y cuyo uso persistió, en algunos casos, hasta entrado el XIX.

Se trataba, en su origen diecisetesco, de lo que hoy consideraríamos un chaleco antitrauma y antibalas. Todo en uno.

En distintas variantes, el coleto era utilizado por soldados y oficiales a lo largo del siglo XVII para proteger el torso y las piernas hasta, más o menos, las rodillas según algunos modelos. Por lo general era una prenda sin mangas, aunque en la zona de los hombros podía llevar un par de refuerzos que cubrían parte de esa zona de los brazos.

Se elaboraba en piel de distintas calidades, endurecida por diferentes procedimientos, aunque permitiéndole mantener cierta flexibilidad que el cuero cocido -convertido así en coraza- ya no tenía.

Lo que se pedía a esa prenda militar era precisamente eso: flexibilidad y resistencia.

El objetivo final del coleto exigía que así fuera.

Por un lado, tenía que permitir al que lo llevaba, libertad de movimientos. Toda la necesaria, al menos, para un campo de batalla donde la lucha cuerpo a cuerpo, con arma blanca, era más habitual que en las guerras actuales.

Por otro lado, el coleto debía ser resistente porque su objetivo era proteger las partes más vitales de quien lo llevaba puesto. Esa protección debía ser contra estocadas y puñaladas. Pero también contra lo que la documentación de la época llamaba “balas cansadas”.

Este es un interesante problema de Balística. La “bala cansada” era un proyectil que había perdido la mayor parte del impulso que le había comunicado la pólvora prensada en el cañón de un mosquete o de una pistola. Normalmente la bala se “cansaba” -en el caso de un mosquete- a unos 80 metros, pues el máximo alcance efectivo de esas armas no solía superar los 100.

A partir de ahí, la bala perdía empuje y entraba en juego el coleto. Actuando como una especie de guante de béisbol, recogía el impacto suavizado de la bala impidiendo que hiriera, aunque fuera superficialmente, al hombre que lo vestía.

Esta era, pues, la función de los coletos. El hecho de que haya sobrevivido esta palabra en el habla común hasta hoy día, donde tejidos artificiales como el kévlar han dejado obsoleto ese viejo chaleco de piel endurecida, significa que era una prenda popular y bien querida.

Nada de que extrañarse, teniendo en cuenta que podía librar a su dueño de la muerte. O de heridas más o menos graves que, en muchas ocasiones, acababan también llevando a la tumba al que las recibía, dada la precariedad de los medios de curación de la época.

Echarse algo al coleto o hablar sólo para que te escuche tu propio coleto, revelan, evidentemente, que esa prenda era algo que transmitía seguridad y confort a quien la llevaba y que, de hecho, era algo tan fiable como para confiarle incluso los propios secretos.

Con el tiempo el coleto cayó en desuso a lo largo del siglo XVIII. Y eso a pesar de que las tácticas de combate no variaron demasiado durante esos años con respecto a la centuria anterior. Parece evidente que la vanidad, la Estética y la Moda tuvieron algo que ver en esto, porque el llamado “Siglo de las Luces” fue, en su primera mitad, uno de los que contó con más retratos de personajes importantes vestidos con armadura metálica. Un artefacto que podía considerarse aún más obsoleto e inútil, en el campo de batalla, que el coleto.

Que se sepa el uso de prendas iguales o parecidas al coleto diecisetesco, sólo persistió en unidades militares muy concretas. Por ejemplo, durante la segunda mitad del siglo XVIII entre los dragones españoles que combatían en la frontera americana más septentrional del Imperio, donde la Corte de Madrid entraba en conflicto con las naciones apache y comanche. Un uniforme, el de esos “dragones de cuera” españoles, que la República mexicana mantuvo hasta la primera mitad del siglo XIX sin apenas cambios.

Si han visto alguna de las películas del Zorro, en sus múltiples versiones, ya han visto la mayor parte de ese uniforme de los dragones de cuera: es el que llevan los soldados mexicanos que se baten -tan denodada como inútilmente- con el siempre triunfante Zorro.

En el Ejército británico, persistió hasta 1961 un regimiento, el Royal East Kent (hoy refundido con otros en el Princess of Wales´s Royal regiment), cuyo sobrenombre (los “Buffs”) -y parte del uniforme- recordaba el uso de esa prenda entre sus hombres durante el siglo XVII.

Posteriormente, en la versión para el Cine del magnífico relato de Kipling “El hombre que pudo reinar”, los dos aventureros protagonistas de esta fábula moral sobre el Imperialismo, rendían un homenaje a esta prenda. Vistiéndola sobre sus uniformes británicos de época victoriana desde el momento en el que se los ponían para hacer más oficial la conquista del casi mítico Kafiristán y lo que estuviera más allá.

Es en ese punto donde, de momento, se detiene la Historia de esa prenda que se ganó la confianza de muchos. Tanto como para guardar dentro de ella pertenencias muy apreciadas y así convertirse en protagonista de expresiones que indicaban que un coleto era un lugar seguro para guardar algo de valor. Como, por ejemplo, un secreto…

 

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Año Nuevo, Historia nueva. Las efemérides históricas de 2018
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Carlos Rilova | 01-01-2018 | 10:32| 2

Por Carlos Rilova Jericó

mayo-del-68-uno-de-los-primeros-estudios-publicado-hace-50-anos-la-coleccion-redingSe acaba 2017 y empieza, hoy mismo, 2018. Este nuevo año, que esperamos sea aún mejor que el anterior, viene cargado de efemérides históricas.

Yo, al menos, he apuntado tres en el calendario. La primera sería a partir del 2 de mayo de 2018.

Justo en esa fecha, se cumplen 50 años del famoso “Mayo del 68”. Todo un cataclismo político y cultural que, aun acabado en revolución fracasada, encendió la espoleta de los cambios que dan forma a nuestra realidad cotidiana.

La imaginación no llegó al poder, tal y como pretendía aquel abigarrado conglomerado de estudiantes universitarios y activistas políticos de izquierda y extrema izquierda (tan extrema que convergía con el Totalitarismo de corte maoísta) que asaltaron las calles y las aulas ese 2 de mayo de hace cincuenta años.

Sin embargo, desde esos momentos empezó a ser normal, por ejemplo, que las mujeres llevasen pantalones, pudiesen acceder a toda clase puestos de responsabilidad y participasen, de igual a igual con los hombres, en todos los ámbitos de la vida social. Abriendo aún más la brecha que ya se llevaba abriendo desde finales del siglo XIX en el estado habitual de subordinación de la condición femenina.

También empezó a ser normal desde ese “Mayo del 68” toda una serie de libertades personales que hoy se dan por supuestas. Por mucho que estén a veces cuestionadas -o seriamente amenazadas- desde 1980. Cuando llega la reacción neoconservadora que hoy, todavía, amarga la vida de muchos millones de personas y se levantó como un muro contra esa tormenta liberalizadora y libertaria que fue aquel mayo de 1968.

Si es posible, en tal fecha, el 2 de mayo de 2018, algo haremos por recordarlo porque esa revolución mundial, que no se limitó a París, merece ser recordada a pesar de que no terminó de asaltar los cielos y de que muchos incendiarios fruto de esas jornadas salieron convertidos de ellas -en poco más de veinte años- en jefes y activos colaboradores de distintos departamentos de bomberos políticos dedicados a sofocar y moderar el mismo fuego que ellos habían encendido en 1968.

La siguiente efemérides histórica de este nuevo año se solapa con esta otra. A pesar de que un acontecimiento histórico (el Mayo francés del 68) y este otro estuvieron separados por 150 años.

Se trata del bicentenario de la muerte del astrónomo José Joaquín Ferrer y Cafranga, del que ya he hablado más de una vez en anteriores correos de la Historia.

José Joaquín Ferrer murió un 18 de mayo de 1818, siendo concejal (o el equivalente de la época) del Ayuntamiento de Bilbao.

El 18 de mayo de 2018 será, pues, una muy buena ocasión para recordar esta figura olvidada, sencillamente, porque la Historia de la Ciencia en España corre aún peor suerte que la Historia (como Ciencia) en general. Es decir, se considera que se le debe prestar poca o más bien ninguna atención, con consecuencias que, evidentemente, no hacen sino agrandar la distancia que nos separa de esos famosos “países de nuestro entorno” a los que queremos parecernos, pero sin poner los medios necesarios… En este caso desarrollar un modelo de Ciencia integral, donde las Humanidades o la Filosofía son tan esenciales como la Física y las Matemáticas avanzadas. Un detalle éste que sólo puede ser pasado por alto en economías y sociedades semifeudales, abducidas por el fetiche desarrollista. Como lleva ocurriendo en España desde los años sesenta del siglo pasado.

Razones más que de peso para, por supuesto, no dejar pasar por alto la efemérides del bicentenario de la muerte de un astrónomo de primer orden como José Joaquín Ferrer. Al que, sólo para empezar, los Estados Unidos de Norteamérica deben hoy gran parte de los cimientos de su Cartografía y la “Mecánica Celeste” de Pierre-Simon Laplace -un cimiento básico de la actual Astronomía- buena parte de su éxito.

La última efeméride del 2018, será en noviembre. El 11 de ese mes del año 1918, el Ejército alemán reconocía que debía poner fin a las hostilidades que, entre agosto de 1914 y ese año 1918, dieron lugar a lo que luego, en los libros de Historia, fue llamado “Primera Guerra Mundial”.

Seguramente habrá numerosas celebraciones (o conmemoraciones) a nivel mundial.

Para esas fechas, 11 de noviembre de 1918, la “Gran Guerra” afectaba ya a  millones de personas y a la mayor parte de las principales potencias mundiales y sus colonias. Lo cual había convertido a esa guerra en realmente mundial.

El número de ciudadanos de países neutrales que participó en el conflicto, está aún por determinar. Especialmente en las latitudes al Sur de los Pirineos (una vez más chocamos aquí con los déficits de formación e investigación tan habituales en esas regiones).  Lo que sí está bastante claro es que unos cuantos guipuzcoanos se jugaron la vida en esa “Gran Guerra” y esa efemérides, la del 11 de noviembre de 2018, es también suya y debería recordarse cómo se enrolaron voluntarios en el Ejército francés, cómo vistieron el famoso uniforme “bleu horizon” y, después, ya vestidos con él, asaltaron alambradas y pasaron entre cortinas de fuego de obús y ráfagas de ametralladora hasta derrotar a las legiones del káiser Guillermo II. Ese mismo personaje que, desde ese 11 de noviembre de 1918, dejaba de ser emperador para convertirse en un monarca exilado en Holanda. Desde donde, por cierto, vio con benevolentes ojos y favorable actitud cómo en Alemania se consolidaba la llamada “Peste parda”. Ese Fascismo alemán que acarrearía una segunda guerra mundial, tan devastadora como la que él había provocado en 1914.

Con estas perspectivas históricas, pues, comienza este año 2018. De ellas, esperemos, habrá que dar buena cuenta en los 365 días que empezamos a contar desde hoy mismo.

 

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El “Día del Niño Jesús”. Guerra de Secesión, películas históricas y otras reflexiones
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Carlos Rilova | 25-12-2017 | 11:14| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como este lunes coincide justo con el día de Navidad, supongo que es casi obligado hablar del tema de esa fiesta cristiana desde un punto de vista histórico. Un punto de partida casi imposible de evitar para este nuevo correo de la Historia. Más aún si tenemos en cuenta que el contencioso catalán no ha revelado ninguna sorpresa este 21 de diciembre pasado. Es decir: tal y como estaba previsto, más de tres décadas de desidia por parte de los gobiernos “de Madrid” en tratar de crear tejido nacionalizador, han dado lugar a un serio aviso respecto a la endeblez de eso que se ha dado en llamar ahora “régimen del 78”.

No hay mucho más que decir, pues, con respecto a esa cuestión que, por lo que toca al negocio de la Historia, sólo viene a demostrar que, quienes creen que es un gasto inútil fomentar y difundir la investigación histórica o reducirla a la irrelevancia social absoluta en cerrados cenáculos académicos, se han equivocado. Estrepitosamente.

Por eso vamos a dejar esta cuestión y centrarnos en un episodio histórico relacionado con la fecha de Navidad.

La escena de la que partiremos es fácil de encontrar. Se trata de una de las escenas medias de una película de Edward Zwick, “Tiempos de Gloria”, que, acaso, será una de las mejores que se han rodado sobre esa Guerra de Secesión norteamericana que es, casi, un subgénero propio en Hollywood desde los tiempos del Cine mudo.

En ella se ve la llegada de los soldados de la Unión a territorio confederado. En él, el regimiento protagonista, el 54 de voluntarios de Massachusetts, formado por soldados negros, se encuentra con otro regimiento formado por antiguos esclavos.

El choque cultural entre esos dos regimientos es brutal. Por un lado el regimiento de antiguos esclavos recién liberados, pese a sus elegantes uniformes de estilo Segundo Imperio, está formado por hombres absolutamente degradados por la Esclavitud.

Apenas saben hablar y, de hecho, el sargento del 54 de Massachusetts, solventemente interpretado (como siempre) por Morgan Freeman, antiguo esclavo él mismo, tiene que traducir lo que dicen los libertos, en un inglés macarrónico, a sus compañeros más educados y que, de hecho, han nacido en el Norte ya libres y, en muchos casos, tienen un alto nivel de instrucción académica.

Una de las expresiones que el personaje interpretado por Morgan Freeman debe traducir, es “Día del Niño Jesús”. Es lo que responde uno de los libertos cuando el sargento del 54 les pregunta si les va bien siendo ahora soldados de la Unión. El liberto dice que sí, que desde que están en el Ejército de la Unión “todos los días, son como el Día del Niño Jesús”.

Cuando el cabo del 54 pregunta al personaje de Freeman qué quieren decir los libertos con eso, éste responde que con “Día del Niño Jesús” se refieren al día de Navidad.

El corolario que se saca de eso es que los esclavos vivían maltratados, infralimentados… salvo en grandes ocasiones como la de ese “Día del Niño Jesús”.

El modo en el que narra estas cuestiones Zwick es bastante correcto desde el punto de vista histórico. Hay tanto fuentes directas como estudios históricos, que demuestran que los esclavos de las plantaciones sureñas de Estados Unidos, llevaban existencias degradantes. En contra de lo que se pudiera deducir de imágenes edulcoradas y paternalistas más propias de otro Cine más pacato sobre el tema (caso, por ejemplo, de la famosa “Lo que el viento se llevó”, un clásico del Cine “de Navidad”, por cierto) o directamente militante… a favor de la causa confederada, como la repelente obra maestra de D. W. Griffith, “El nacimiento de una nación”.

Memorias de antiguos esclavos como Frederick Douglass (él mismo un impresionante personaje secundario de “Tiempos de Gloria”) confirman el maltrato sistemático recibido por la mayor parte de los esclavos sureños. Lo mismo corroboran estudios históricos ya mencionados en anteriores correos de la Historia, como los del historiador Herbert Aptheker.

Se trataba de un sistema degradante, como denunciaba Douglass, tanto para el amo como para el esclavo. Sin embargo, como se ve en la película de Zwick, ese sistema no tenía límites y, de hecho, tampoco tenía reparo en utilizar el adoctrinamiento religioso en tradiciones cristianas como la Navidad a fin de someter mejor a esa fuerza de trabajo esclavizada. Una actitud basada, al parecer, en una atroz ignorancia, casi congénita entre esos amos de esclavos. Como se escenifica por parte del coronel al mando de ese regimiento de libertos. Un “cooperhead” (es decir, un sureño que, sin embargo, lucha del lado de la Unión) que declara al joven coronel del 54, Robert Gould Shaw, ideas sobre la Biblia tan estrambóticas como que Dios barrió de la existencia a los judíos del Antiguo Testamento (¡!) y que confiesa un absoluto desprecio por los esclavos liberados, considerándolos monos pequeños, a los que hay que permitir toda clase de excesos. Siempre y cuando no se atrevan a poner las manos encima de una mujer blanca, rompiendo así con otro de los tabués más asentados en la sociedad esclavista sureña.

Hoy dia de Navidad, creo que no es un mal momento para reflexionar, aunque sea un par de minutos, sobre estas escenas que Zwick pone en acción en su película acerca de esos esclavos que se sienten en el Ejército de la Unión como si “todos los días fueran el Día del Niño Jesús”. Principalmente, además, porque los hechos de esa película son, en su mayor parte, rigurosamente históricos. Basados en las cartas que el coronel del 54 de Massachusetts, Robert Gould Shaw, enviaba a su madre, a su mujer y a otros familiares y amigos contándoles lo que iba descubriendo a medida que las tropas unionistas derrotaban a la Confederación y marchaban hacia el corazón de los estados esclavistas…

 

 

 

 

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Cincuenta años de Historia de San Sebastián (1967-2017)
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Carlos Rilova | 18-12-2017 | 10:39| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El viernes pasado se cumplían cincuenta años (medio siglo, aunque se diga pronto) de una publicación que ha sido calificada como de extraordinaria en el conjunto de España.

Se trataba, y se trata, del “Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián”. Esta revista de Historia es el resultado, en buena medida, de varias afortunadas circunstancias.

Sin seguir un orden preciso en la importancia de esos factores, se podría decir, por antigüedad, que la primera fue la voluntad de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, renacida a mediados del siglo XX desde sus cenizas dieciochescas y decimonónicas, de seguir impulsando, al menos en parte, aquello para lo que la había fundado el Conde de Peñaflorida en plena efervescencia de la Europa del Siglo de las Luces, allá en el año 1765.

Es decir: fomentar, impulsar y dar a conocer descubrimientos científicos. En este caso del que tratamos, en el campo de la Historia.

La otra afortunada circunstancia, fue el empeño personal de varias destacadas personalidades de la Cultura guipuzcoana de aquellos tiempos -algo menos grises ya que los de la posguerra civil y europea- para sacar adelante esa revista que pretendía, nada menos, que reconstruir la Historia de una ciudad -importante dentro de la historia europea- que, sin embargo, había perdido sus ricos archivos municipales en el incendio provocado por una de las más crueles batallas de las guerras napoleónicas, un 31 de agosto de 1813.

El nombre de José Ignacio Tellechea Idigoras, destaca en ese grupo, pues él, como se recordó este viernes en la sala Ruíz Balerdi de Tabakalera (donde se presentó el volumen 50 del Boletín) cargó con esa responsabilidad hasta el año de su muerte en 2008, siendo reemplazado, hasta hoy y con notable éxito, por la profesora Rosa Ayerbe.

Finalmente, last but not least, el Ayuntamiento donostiarra y lo que entonces era sólo la Caja de Ahorros Municipal (hoy convertida en Kutxabank) facilitaron lo más importante a ese proyecto. Es decir, los medios políticos y económicos para que pudiera ponerse en marcha.

Así, desde 1967, han pasado 50 años en los que esa publicación ha cumplido, y de lejos, con la función para la que nació.

Es decir, reconstruir el complejo puzzle de la Historia de una ciudad que -lo comprobamos cada año que pasa y se publica un nuevo número del Boletín- ha tenido un papel relevante en la larga, complicada y rica Historia europea que, por suerte o por desgracia, ha sido la del resto del Mundo desde el año 1492…

De eso queda constancia en la publicación especial que acompañó a la presentación de este número 50 del Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián. La monografía titulada “El “Grupo Doctor Camino”. 50 años de historia donostiarra”, firmada por Juan Aguirre Sorondo, eminente periodista y editor donostiarra.

Ahí está esa Historia de los historiadores que hicieron posible este proyecto que, hace 50 años, bien podía haber parecido imposible.

Por lo demás, en este volumen número 50 de esa revista de Historia donostiarra (y, por lo tanto, universal) se da la circunstancia de que de los seis estudios que se publican en este número tan especial, cuatro de ellos van firmados por tres socios de la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”.

El abanico temporal y temático de los seis estudios publicados en este cincuentenario del “Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián”, no puede (ni debería) dejar indiferente a nadie. A nadie, al menos, que tenga un mínimo interés por la Historia.

El primero de los trabajos es del profesor Álvaro Aragón Ruano, uno de los fundadores de la Asociación de historiadores “Miguel de Aranburu”, y trata de un tema que no sólo atañe al pasado de San Sebastián o del País Vasco, sino al futuro global. Es decir, la evolución del clima en época histórica. Algo de lo que sacar conclusiones, sin duda valiosas, de cara a afrontar ese problema a escala planetaria del siglo XXI.

En el caso de este trabajo de Álvaro Aragón, se trata de lo ocurrido fundamentalmente en territorio guipuzcoano durante el siglo XVI y parte del XVII. Una iniciativa investigadora que me resulta especialmente satisfactoria, al ver como con él se da continuidad a otros estudios históricos sobre el clima en esa zona.

Alguno de ellos, incluso, firmado por el que estas líneas escribe, como podrán leer, si quieren, en http://www.divulgameteo.es/uploads/Dilema-Galileo.pdf.

El estudio que sigue a éste, no es menos interesante y, además, gracias a la buena mano literaria de su autor, el profesor Pedro Berriochoa, resulta verdaderamente fácil de leer. Como no podía ser menos en el caso de un trabajo que se ocupa de ese subgénero literario tan interesante como lo son los relatos de viaje. En este caso, claro está, el destino del viaje es un San Sebastián descrito con minuciosidad gracias a esos testimonios de estos “curiosos impertinentes”. Relatos que van desde el prestigioso geógrafo romántico Humboldt, hasta unos incisivos personajes dieciochescos como el cónsul inglés destinado a finales del siglo XVII a San Sebastián o el fogueado canónigo Ordoñez que ve, conoce y describe la ciudad a mediados del siglo siguiente.

Después viene el que estas líneas escribe casi todos los lunes. No me extenderé mucho en lo que yo cuento en mi primer estudio de ese volumen 50 del Boletín. Ya he hablado de esas cuestiones por aquí este año, adelantando algo el contenido de “La nueva buena causa”, que así se titula mi primer artículo en el BEHSS nº 50, y se dedica a redescubrir algo absolutamente lógico: que la Gran Bretaña del siglo XVIII tenía un interés también muy lógico en una costa como la guipuzcoana de esa época, siendo la cabeza de playa que le quedaba más mano en sus sucesivas guerras contra la España de aquella época. Circunstancia que generó bastante Historia, por más que hasta este BEHSS nº 50 hayamos desconocido esos episodios que lo son, también, de la Europa del siglo XVIII.

Tras este trabajo mío, aparece en el Boletín número 50 un caso detectivesco que nos cuenta otra faceta de San Sebastián pocos años antes de que estalle la Guerra de Independencia de Estados Unidos. En este caso, lejos del ruido de las armas, el doctor y archivero Antonio Prada Santamaría, otro socio de “Miguel de Aranburu”, nos cuenta cómo se vivía intramuros de uno de los conventos de San Sebastián, donde el tiempo y la Historia se detenían para sus profesas. Aunque no del todo. Como bien lo demuestra este trabajo de Antonio Prada Santamaría…

Tras ese paréntesis dieciochesco, es el autor de este correo de la Historia el que regresa ubicuamente al BEHSS nº 50. En esta ocasión para describir, también con una investigación con algo de detectivesca, cómo fue posible que un episodio que parece salido más bien de un “Western” como “Juárez” o “Veracruz”, acabase desarrollando sus últimos compases en el San Sebastián de 1864. Donde jugaron una fuerte baza histórica la Gran Bretaña victoriana, la España isabelina, la Francia del Segundo Imperio y el México de Benito Juárez que lucha por sobrevivir ante un no tan todopoderoso Napoleón III…

La historiadora Ana Peña Fernández, es la encargada de poner un broche de oro a este quincuagésimo Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián con un estudio que harían bien en leer los donostiarras, pero también los miles de turistas que ahora visitan todo el año San Sebastián. Más que por otra cosa, porque en su trabajo Ana Peña describe un edificio como el Teatro Victoria Eugenia. Demasiado visto por todos -donostiarras y turistas- pero no siempre comprendido como lo que Ana Peña describe: una plasmación, en piedra, del poderío de una pujante burguesía decimonónica. En este caso la de San Sebastián, claro está…

El esfuerzo en pro del mejor conocimiento de la Historia donostiarra, vasca, española, vasca, francesa, británica… de estos cincuenta años, queda patente en esas páginas del BEHSS número 50 que he descrito. Ahora sólo falta lo más difícil, o tal vez lo más fácil: que todo lo dicho sea leído para ser aprovechado. Justo tal y como se suele hacer en esos países “de nuestro entorno” que se extienden a tan sólo unos pocos kilómetros de San Sebastián.

 

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