Diario Vasco

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Capitán, visionario, arquitecto, empresario, ¿espía?… Pedro Manuel de Ugartemendia o la vida de un vasco de la Europa napoleónica
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Carlos Rilova | 25-05-2015 | 09:38| 0

Por Carlos Rilova Jericó

La idea para este nuevo artículo de este correo de la Historia me la dio uno de los miembros de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, Iker Echeberia Ayllón, que como recordarán, al menos en una ocasión y en colaboración con otro autor, nos dejó por aquí un interesante artículo sobre la palabra “zurito” -la medida de cerveza más pequeña que se puede beber en un bar donostiarra- y su origen histórico.

Sí, hablando ante la biblioteca universitaria de la UPV de San Sebastián de posibles proyectos futuros de la Asociación, salió en la conversación un pedazo de nuestra Historia sobre el que los donostiarras -y nuestros visitantes- andamos muy a menudo sin apreciarlo en todo su valor.

Resulta que cuando se pensó en reconstruir San Sebastián tras su destrucción y saqueo a partir del 31 de agosto de 1813 -es decir, durante lo más crudo de las llamadas guerras napoleónicas- el arquitecto al que se le asignó tal tarea, el andoaindarra Pedro Manuel de Ugartemendia, hizo un proyecto realmente visionario que finalmente se abandonó por otro más práctico y, sobre todo, remunerador económicamente. Sin embargo, me contaba Iker Echeberria Ayllón, cada vez que pasamos por el Boulevard de San Sebastián, junto al kiosco de música, lo hacemos caminando sobre un plano esquemático de ese proyecto visionario, grabado sobre las losas del pavimento de esa parte de la ciudad, como se puede apreciar en la primera ilustración de este artículo (N. B.: las zonas grises son calles y plazas y las rojas representan manzanas de edificios). Un tema éste que, como vamos a ver enseguida, da para mucho. O, cuando menos, para otro correo de la Historia.

No va a ser esta la primera vez que hable de Ugartemendia. Ya lo hice en otro artículo a comienzos del año 2014, cuando la llamada Parte Vieja de San Sebastián fue inundada por unas feroces mareas vivas que llenaron unas cuantas horas de telediarios tanto locales como nacionales.

De hecho, de Ugartemendia y su labor como arquitecto, se ha hablado mucho. Hay investigaciones muy a fondo sobre él. Por ejemplo la de nuestro colega historiador José Javier Fernández Altuna, publicada en la revista “Leyçaur” en el año 2009, que, de momento, sólo pueden aprovechar quienes leen en euskera.

Sin embargo se ha hablado menos de otros aspectos de su vida que, como verán por el título de este nuevo artículo, puestos en orden, casi sirven para el título de una de las novelas “de espías” de John Le Carré.

Ugartemendia es un personaje bastante misterioso. Al menos lo parece si consideramos todos los documentos que hablan de él.

Gracias a las investigaciones de José Javier Fernández Altuna sabemos, por ejemplo, que cursó estudios, como muchos otros vascos, en la Real Academia de San Fernando. La institución que a finales del siglo XVIII formaba a toda clase de artistas y entre ellos a los arquitectos.

Esa fue la carrera que eligió Pedro Manuel de Ugartemendia. Pero sabemos también gracias a esas investigaciones de José Javier Fernández Altuna que antes de esa tenía otra que, a partir de 1808, le comprometía bastante.

En efecto, Pedro Manuel de Ugartemendia era oficial de Infantería en el Ejército español. Y no precisamente en un puesto administrativo. Era un hombre de vanguardia, de los que veían fuego real en combate. Al menos su expediente militar dice que era oficial de línea. Es decir, de esos que, como ya habrán visto en más de una película, se ponían, generalmente a caballo -como ordenaban los cánones-,  al mando de una larga hilera de soldados y soportaban, impávidos, la tormenta de balas que se intercambiaba entre sus tropas y las que el enemigo desplegaba ante ellos en una formación idéntica.

Sí, eso es lo que dice el expediente militar de Pedro Manuel de Ugartemendia: que era uno de esos capitanes de Infantería de línea a los que el zumbido de las balas y la metralla enemiga les resultaban muy familiares. O que, al menos, tenían unos sólidos conocimientos en la materia -en la complicada materia- de maniobrar tropas así sobre el terreno de un campo de batalla. Algo nada fácil y de lo que, de hecho, dependía la derrota o la victoria de los ejércitos enfrentados.

Sin embargo, a pesar de eso, Ugartemendia, después de que su Ejército declara la guerra a la Francia napoleónica en mayo de 1808, no acudirá a la llamada de las Juntas de Defensa patriotas, como si lo hacen bastantes vecinos suyos e incluso parientes como Juan de Ugartemendia. Alguien, este último, que, como consta también en su propia hoja de servicios -trágicamente concluida en el año 1813, tras la batalla de San Marcial- pide específicamente que se le deje servir en los Ejércitos que combaten a las tropas napoleónicas en España, rechazando su traslado a un puesto en las colonias de América.

¿Y qué hace entonces Pedro Manuel de Ugartemendia entre 1808 y 1813, se  preguntarán ustedes?.

Pues es difícil saberlo. Parece ser que se queda en territorio ocupado y hasta hace negocios de tierras con gentes que, cuando lleguen las tropas aliadas en 1813 y se instauren las instituciones del Gobierno de Cádiz, serán juzgados como afrancesados…

¿Lo era también, afrancesado, Ugartemendia?. La verdad es que esa también es una pregunta difícil de responder. En contra de todas las truculencias que se escriben sobre el tema de los afrancesados, la investigación de algo más que los grabados de los “desastres de la guerra” de Goya, que son una parte de la verdad pero -sólo para empezar- no son fotografías, nos dice que era bastante fácil irse “de rositas” tras haber tenido vahídos afrancesados -de mayor o menor intensidad- entre 1808 y 1813.

Es lo que les ocurre a muchos vecinos de Ugartemendia que tenían, o podían haber tenido, mucha más culpa en eso del afrancesamiento. Los encontramos, a menudo, controlando el poder municipal en Andoain en, por ejemplo, 1815, lo mismo que en 1811, pudiendo decir, por tanto, que les iba igual de estupendamente bajo la bota napoleónica o bajo la de un Fernando VII rampantemente absolutista.

¿Fue ese el caso del capitán Ugartemendia?. ¿El de uno de esos afrancesados que, como una especie de Talleyrands de bolsillo, sobreviven sin problema a todas las turbulencias del momento?. Es más que dudoso. Entre otras cosas porque no parece que las autoridades patriotas lo molesten lo más mínimo tras expulsar a los franceses. Ni antes, ni después, de que Fernando VII se restaure como rey absoluto. De hecho, no sólo parece que no se le piden cuentas de su ausencia en los ejércitos patriotas en calidad de oficial de línea, como le correspondía, sino que además se le entregan graves responsabilidades militares. Como lo era, sin duda, la de reconstruir una plaza fuerte tan estratégica en 1813, 1814, 1815… como San Sebastián.

Más probable es que Ugartemendia estuviese, entre 1808 y 1813, ejerciendo funciones de espionaje para las fuerzas patriotas. Probablemente dentro de la red organizada en San Sebastián desde 1808 en adelante. Una cuestión de la que ya les hablaré en otro día y lugar…

¿Acaba ahí la vida del capitán Ugartemendia?. Lo cierto es que no. Después de 1813, 1814, 1815… el arquitecto tuvo tiempo de hacerse rico con la reconstrucción de San Sebastián, que se convirtió en un bello ejemplo -excelentemente conservado aún hoy día- de una ciudad edificada, de arriba a abajo y de lado a lado, en estilo neoclásico. Lo más “moderno” en la época, la última tendencia arquitectónica del 1800…

En 1833, Ugartemendia, ya hombre de edad respetable, superviviente a todos los altibajos de la turbulenta Europa napoleónica y posnapoleónica, luciendo con orgullo su uniforme de veterano, se retirará de la ciudad que él mismo reconstruyó para refugiarse, como muchos otros donostiarras, en Bayona, mientras los carlistas asedian, veinte años después de 1813, San Sebastián. Por suerte para esa ciudad no llegarán a tomarla pues, acaso, si nos guiamos por lo que hace en esas mismas fechas ese ejército rebelde, sacado del medio rural vasco, con Guetaria -hoy Getaria- tal vez hubieran dejado allí, como británicos y portugueses en 1813, otro montón de ruinas humeantes como las que Pedro Manuel de Ugartemendia, aquel viejo capitán de Infantería de línea, arquitecto, empresario, ¿quizás espía?… supo reconstruir de manera tan magistral.

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Russell Crowe y la Historia. La Primera Guerra Mundial y otras cosas vistas a través de “El maestro del agua”
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Carlos Rilova | 18-05-2015 | 09:30| 4

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí, una vez más, me he aprovechado de la llamada “Fiesta del cine” y me fui esta semana pasada a ver una película que ya hacía tiempo tenía ganas de ver: “El maestro del agua”.

No tenía muy claro de qué iba esa película. Si hablaba, al igual que “Gallipoli” y otras sobre la expedición de tropas australianas y de Nueva Zelanda a los frentes de este hemisferio durante la Primera Guerra Mundial, o la acción ocurría acabada ya esa guerra.

Resulto ser lo segundo. La acción, en su mayor parte, se centra en el año 1919, aunque hay unos cuantos “flashbacks”, hacia el año 1915, cuando la “Gran Guerra” está en su punto más álgido. Sobre todo en esa pequeña península del Mar Egeo disputada por el Imperio Británico y el moribundo Imperio Otomano aliado de los alemanes.

Bueno, ¿y qué saqué de esa entrada de precio hiperreducido y un par de horas de cine?.

Pues lo primero y más importante, que “El maestro del agua” es una película algo inclasificable. Quizás porque Crowe, como director, quiere dar una visión que va más allá de esas películas que llamamos “de guerra”, aunque “El maestro del agua” puede ser considerada así, desde luego.

En la película hay romance, mucho romance. Entre el personaje que interpreta Crowe y una joven viuda de guerra turca, Ayshe (la actriz Olga Kurylenko), en cuyo hotel recala él para descubrir una Turquía que se debate entre la modernización y la vuelta a unas tradiciones islámicas que ya ni siquiera respetan -o solo lo hacen por interés personal- aquellos que no desean la modernización de su país. Como es el caso del siniestro cuñado de Ayshe, vestido pulcramente a la occidental -salvo por el fez con el que cubre su cabeza-, habitante de una casa con todas las comodidades europeas del momento, pero dispuesto a tomar como segunda esposa a Ayshe, tan sólo para adoptar a su sobrino como el hijo que no le ha dado la primera esposa y quedarse con el hotel de su cuñada.

Esa parte romántica queda también muy bien hilada en la película gracias a la imagen de cuento de hadas que tiene de Turquía el personaje de Crowe -un simple granjero australiano- gracias a sus lecturas de “Las mil y una noches”. Una imagen que no queda desmentida del todo cuando su barco llega tras semanas de viaje al Bósforo y el personaje de Crowe recuerda lo leído viendo recortarse contra el cielo de ese amanecer las cúpulas de las grandes mezquitas de Estambul. O cuando, llevado por el vivaz hijo de Ayshe, visita el interior de una de ellas: la llamada Mezquita Azul.

Tras eso, y mucho más metraje de la película, no debería quedarnos duda de que Crowe toma partido en esta historia de la Historia de la Primera Guerra Mundial por los turcos. Y más concretamente por los que quieren modernizar el país. Es decir, aquellos liderados por el general Mustafa Kemal, hoy conocido como Atatürk o “padre de los turcos”, que en esas fechas -en el año 1919, cuando el Mundo está siendo reordenado por los vencedores de la Primera Guerra Mundial- quieren revivir Turquía quitándole de encima el lastre muerto del Imperio Otomano que ha sucumbido, como sus aliados austriacos y alemanes, a la victoria aliada de 1918.

Eso lleva a “El maestro del agua” a una sesgada visión de los hechos. Casi maniquea. Algo que se ve con bastante claridad en la parte final de la película, cuando Crowe se ve metido en la guerra greco-turca que ha estallado en esas fechas.

De ese conflicto menor, poco conocido, uno más de los generados por el derrumbe de viejas estructuras políticas como el Imperio Austrohúngaro, el Otomano o el de los zares, se saca la impresión, tal y como lo cuenta la película de Crowe, de que los turcos seguidores de Kemal Atatürk son unas bellas personas y los griegos una turba de ogros, muy bien representada, casi rozando la caricatura, por los guerrilleros griegos que asaltan el convoy ferroviario en el que el personaje de Crowe avanza, hacia el interior de ese imperio que se desmorona, a la busca del único de sus tres hijos que ha sobrevivido a la campaña de Galípoli.

En efecto, esos guerrilleros griegos son unos salvajes pertrechados con armas de distintas épocas, vestidos con ropas sucias y ajadas, todas de color negro, cubiertos con unos turbantes no menos ajados y mugrientos, y que actúan como bestias sanguinarias, matando a diestro y siniestro en un país que antes, como recuerda el sargento del grupo de kemalistas con los que el personaje de Crowe viaja, era un país unido y en paz…

Sin duda, desde el punto de vista de la película, todo eso está muy bien. Tenemos unos “buenos” bastante obvios, unos “malos” más que obvios, aventura, romance, una bella causa a la que seguir o, tal vez, unirse en cuerpo y alma, pero desde el punto de vista histórico la cosa no está tan clara.

Sin duda la revolución de Mustafa Kemal evitó la formación en las puertas de Europa de un gran avispero islámico que podría haber revivido, acaso con el tiempo, la amenaza otomana que, en nombre de Alá, llega hasta las puertas de Viena en 1683. Una olvidada batalla en la que toda la Europa cristiana -desde España hasta los estados alemanes- actúa curiosamente unida frente a esa amenaza común. Pero la Historia turca, antes y después de Kemal Atatürk, no es tan hermosa, tan de “Las mil y una noches”, como Russell Crowe nos la cuenta.

Así es, Crowe olvida, parece que voluntariamente, detalles importantes. Por ejemplo que los griegos, para los cuales la guerra contra los turcos a partir de 1919 fue un verdadero desastre, tenían un Ejército, como no podía ser menos, totalmente europeizado, similar al de los turcos y los británicos. Independientemente de las bandas de irregulares en cuya maldad, aparentemente incomprensible, tanto se regodea “El maestro del agua”.

También parece que esa película olvida que, al menos una de esas mezquitas de Estambul que tanto fascinan al protagonista de la película, fue, en realidad, la basílica cristiana de Santa Sofía. Tras el asalto a esa ciudad, Estambul, que entonces se llamaba Constantinopla, en 1453, fue brutalmente desacralizada y reconvertida en mezquita por los turcos que toman la ciudad y liquidan el Imperio cristiano de Oriente. Al menos lo que quedaba de él tras las luchas entre los cristianos de rito romano y los de rito ortodoxo o bizantino.

Aún más importante, tal vez, es otro olvido en la película de Crowe. Es el caso de los armenios. Hay otros relatos mediáticos recientes que recuerdan precisamente eso en lo que no quiere entrar una película como “El maestro del agua”: que desde fines del siglo XIX y, sobre todo, durante y después de la Primera Guerra Mundial, ese pueblo fue víctima de un genocidio por parte de los turcos. Hay una viñeta de la novela gráfica “La gran catástrofe”, obra dedicada a reconstruir ese hecho monstruoso, que recuerda estremecedoramente ese detalle, cuando algunos armenios supervivientes son evacuados por un barco europeo que reconoce la señal internacional de su bandera izada para indicar “cristianos en peligro”…

Si van a ver “El maestro del agua” recuerden, por favor, esos detalles para entender mejor lo que cuenta y lo que no cuenta esa película sobre las consecuencias de la Primera Guerra Mundial que todavía hoy nos alcanzan. Sobre todo porque alguien dijo en la Europa de los años 30 esta frase terrible: “¿quién se acuerda ahora del genocidio armenio?”, y ese alguien se llamaba Adolf Hitler…

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Historia, euskera y un panfleto sobre la opresión lingüística en España
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Carlos Rilova | 11-05-2015 | 09:35| 6

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente este correo de la Historia no se ha metido en muchos charcos. Es decir, no le ha dado por perpetrar uno de esos que Lucien Febvre llamaba “combates por la Historia” a los que, en ocasiones, ha sido demasiado aficionada esta página. (Lo reconozco. Como Luis XIV reconoció antes de morir que le había gustado demasiado la guerra).

Ya habrán notado que se ha dejado pasar de largo por aquí noticias de eso que llaman “rabiosa actualidad”, que podrían tener algo que ver con la Historia y, por tanto, dar lugar a un bonito artículo en esta página en el que el historiador explicara, por ejemplo, el porqué un líder -o lideresa- actual va camino de estrellarse con sus políticas por su ausencia casi total de conocimientos históricos que, de poseerlos, le podrían avisar de que eso ya se intentó hace setenta o cien años con resultados catastróficos y, por tanto, una persona inteligente jamás repetiría dichos errores del pasado.

Sin embargo, esta semana la tentación de meterme con cuestiones de actualidad que a su vez se han metido, directa o indirectamente, con la Historia -exigiendo otro de esos “combates por la Historia”- ha sido demasiado fuerte.

Y es que el lunes pasado topé con un libro que se denomina a sí mismo -eso que quede claro- “panfleto” contra los que, según dice en su título, son “Errores y horrores del españolismo lingüístico”.

Su autor es Juan Carlos Moreno Cabrera. Como ya habrán deducido de ese título es un profesor universitario de la rama de Filología. Es más, se trata de un reputado experto a nivel internacional en esas materias, catedrático, nada menos, de Lingüística General en la Universidad Autónoma de Madrid. Sí, de Madrid.

Desde allí, y ejerciendo un muy legítimo derecho a la libertad de cátedra, ha pergeñado ese libro, “Errores y horrores del españolismo lingüístico”, que, casi seguro, le habrá ganado un pasaje para el Congreso de Lenguas Minorizadas. Evento que, probablemente, será la nave insignia -a falta de otra mejor- de la capitalidad cultural de San Sebastián para el año 2016. (No voy a entrar en detalles políticos de cómo se planteó, en el verano de 2014, celebrar ese conflictivo Congreso, ni los más que irregulares medios con los que el actual equipo de gobierno de la Diputación guipuzcoana dotó ese proyecto con más de 400.000 euros. Ese asunto está denunciado ante los tribunales y serán ellos los que, en su momento, se pronuncien sobre esa cuestión).

El profesor Moreno Cabrera plantea, sólo para empezar, en la página 14 de su libro, que con él asume como una obligación -en calidad de miembro de una nación dominante, la castellana, sobre las otras naciones de España- desmentir desde su campo científico -la Filología- los bulos con los que la “nación” castellana se ha querido imponer a esas otras naciones con las que, al parecer, comparte Península.

No voy a entrar a discutir, por supuesto, las cuestiones de orden filológico que el profesor Moreno Cabrera baraja en este libro, seguramente no por casualidad publicado por una editorial -Txalaparta- que jamás ha ocultado estar muy próxima a eso que se ha llamado “izquierda abertzale”.

Mis aportaciones al estudio del euskera han sido puntuales, aunque más bien constantes, pero siempre se han hecho desde el punto de vista de la Historia.

Así pues, como no podía ser menos, cuestionaré el libro del profesor Moreno Cabrera sólo desde el punto de vista histórico.

De todo el conjunto de sospechosas afirmaciones en las que se deja caer el citado profesor, me quedo con una verdaderamente notable. Está en la página 147 del libro, ya casi al final del mismo, cuando su autor explica que el euskera, a diferencia del español actual, no es una lengua usada globalmente no porque gramaticalmente el euskera sea mejor o peor que el castellano como herramienta de comunicación, sino por cuestión de ciertos “hechos históricos”. En este caso que “los euskaldunes nunca han dirigido un estado colonial que haya impuesto su lengua por la fuerza en varios continentes”. (La cursiva es mía).

No salgo aún de mi asombro cuando releo dicha afirmación totalmente cuestionable y que, para mí, tira por tierra el 90% de la validez de “Errores y horrores del españolismo lingüístico”.

En efecto, no comprendo cómo todo un catedrático universitario español, aún para escribir algo que su editor considera un panfleto, no se documenta mejor en ciertos aspectos históricos fundamentales para que su autodenominado panfleto no caiga por su propio peso.

Por ejemplo, que el neologismo “euskaldunes” que él usa -incorrectamente, pues el plural correcto es “euskaldunak”; lo otro es una “erderakada”, un híbrido castellano/ euskera- parte de una falacia histórica. La traducción al castellano de ese término -“euskaldunak”- significa, literalmente, “los que poseen el euskera”. Es decir, los que hablan el euskera. Últimamente, desde los años 80 del pasado siglo, se ha utilizado esa palabra indiscriminadamente para meter en el mismo saco a todos los habitantes de la actual comunidad autónoma de Euskadi. Hablasen, o “poseyesen”, o no, el euskera. Las cosas se han llevado tan lejos como para aplicar ese término -que carece de verdadero fundamento histórico- a épocas pasadas, tratando de hacer creer, determinados medios políticos y administrativos, que, desde la Prehistoria hasta la actualidad, esos territorios estaban poblados por “euskaldunak” (es decir, por poseedores o hablantes, más bien en exclusiva, del euskera) que se identificaban a sí mismos -y ante los demás- por medio del uso o posesión de ese idioma.

Pero todo es posible cuando, como ocurre en el caso del profesor Moreno Cabrera, se parte de una idea histórica tan falsa como que los “euskaldunes” nunca han dirigido un imperio colonial a través del que se ha impuesto el castellano por doquier.

Hay miles de páginas de documentos y de sólidos estudios históricos que demuestran justo lo contrario: que buena parte de esos que él llama “euskaldunes” y entonces se llamaban a sí mismos “vascongados”, formaron parte -entusiasta y voluntaria-, desde el siglo XVI en adelante, de las Casas de Contratación, tripulaciones, tercios y regimientos militares, y oficinas administrativas con sede en la Corte de Madrid, de cierto imperio colonial -español para más señas- que en tres continentes se dedicó a imponer -es una forma de verlo- el castellano como lengua dominante. Siempre con la inestimable ayuda de esos “vascongados” que labraron su fortuna actual gracias a él.

Les invito a que lean “Errores y horrores del españolismo lingüístico” pero, por favor, háganlo con esta adecuada perspectiva histórica, no con la del profesor Moreno Cabrera, que, con su triste inopia de conocimientos históricos, nos demuestra, una vez más, el, a veces, lamentable estado de la actual Universidad española.

Una institución de la que, desgraciadamente, salen libros -o panfletos, como sería el caso de este libro del profesor Moreno Cabrera- tan inauditos, tan poco sostenibles desde un punto de vista científico, como esta obra, que sentencia la necesidad de disolver España porque en esa construcción política de varios siglos -amalgamada con el esfuerzo común de gallegos, catalanes, vascos, castellanos… (por ejemplo entre 1808 y 1814)- se hablan otras lenguas que no son el castellano.

Ahí les dejo este dilema. Entre tanto yo me voy a dar una vuelta por ahí para ver si encuentro, todavía, alguna razón valida para seguir dedicándome a la Historia visto tan preocupante panorama académico.

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Recuerden, recuerden, recuerden… Fue el 2 de mayo… de 1808. “Pueblo”, nación y sociedad civil durante la fase española de las guerras napoleónicas
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Carlos Rilova | 04-05-2015 | 09:43| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 4 de mayo, quiero dedicar este nuevo correo de la Historia a hacer un pequeño homenaje a dos oficiales navales españoles: Juan Van Halen y José Heceta.

¿Por qué?, pues porque creo que su historia dentro de la gran Historia debe ser conocida. Más que nada por las razones habituales que tanto hacen subir el tono de este correo de la Historia a veces.

Es decir, porque la historia de Van Halen y su amigo Heceta durante el 2 de mayo de 1808, apenas es conocida y ha sido desdibujada por la imagen exageradamente popular que ha predominado a la hora de escribir la Historia de esos hechos que, en definitiva, hundieron al llamado “capitán del siglo”. Es decir, a Napoleón Bonaparte.

Sí, Van Halen y Heceta han sido eliminados de esos acontecimientos en la mayor parte de las obras que se han escrito, o filmado, sobre ellas.

¿Cuál puede ser la razón?, tal vez se pregunten ustedes. Yo, como historiador atento, tengo mi propia teoría sobre el tema. O tal vez sea algo más que una teoría.

Verán, en algún momento de la segunda mitad del siglo XIX, se hizo casi obligatorio entre los intelectuales españoles reducir la reacción contra Napoleón en España a una mera, y generalmente brutal, incivilizada, casi bestial, revuelta protagonizada por españoles que más que seres reales parecían los monstruos imaginados por el emperador para justificar su intervención militar en España. Potencia que en esos momentos, aunque generalmente se olvida, era un imperio transatlántico aún rico, poderoso y bien armado. Como pronto lo experimentaron las tropas que Napoleón mandó a la Península a ejecutar su designio habitual. Es decir, quitar del trono de turno al rey reinante en ese momento y asentar en ese sitial aún caliente las posaderas de algún pariente más o menos cercano.

El caso de las palabras de Ángel Ganivet en su obra “Granada la bella” es un gran ejemplo de cómo las sandeces con las que Napoleón se autojaleaba y daba ánimos, pensando en una fácil conquista de España, acaban siendo asumidas como una verdad histórica escrita en piedra -por así decir- por quienes deberían haberlas puesto en duda desde el primer momento.

Ganivet decía, en “Granada la bella”, que los verdaderos protagonistas del levantamiento del 2 de mayo fueron los integrantes de ese “pueblo” amorfo, brutal… imaginado por Napoleón para su consumo interno y el de sus tropas de mariscal para abajo. El resto de los españoles de 1808, según Ganivet, no hicieron nada y nada hubieran hecho de no ser por la marea incontenible de ese “pueblo” que les obliga con su primigenio impulso.

Ganivet dice, en efecto, que esas gentes que no pertenecían al “pueblo” hubieran aceptado a Napoleón. Es más “se hubieran dejado rapar como quintos e imponer el imperial uniforme” en nombre de las que Ganivet llama con su desusada capacidad de síntesis “nuevas ideas”, sin detallar, como en el caso del “pueblo”, a qué se refiere exactamente con tales “ideas nuevas”.

Nada más falso desde el punto de vista histórico. Y la historia protagonizada por Van Halen y Heceta dentro de la gran Historia de las guerras napoleónicas, lo demuestra claramente.

Los datos que hay sobre su intervención en el motín que estalla el 2 de mayo de 1808 son escasas. La principal fuente parece ser la “Narración de don Juan Van Halen”, escrita, como dice el largo título de esa obra, “por él mismo”.

Ahí, en el capítulo dedicado a sus primeros años, señala que fue ascendido a alférez de fragata en julio de 1805, pocos meses antes de la batalla de Trafalgar. Obtendrá el mando de una cañonera que opera en la costa de Málaga y será herido antes de que acabe esa última guerra en la que España es aliada de la Francia imperial en contra de Gran Bretaña.

De allí se le destina al Almirantazgo español en Madrid. Gracias a esa circunstancia nos dice, en sus propias palabras, estaba en la capital en “la época de nuestra memorable insurrección; y en el memorable día 2 de mayo de 1808”.

Ese día dice haberse sentido inflamado “del ardor de independencia que animaba a todo español celoso de defender el honor nacional”. Así se vio al frente de los que llama “un cuerpo de patriotas”, que lo eligieron de manera tumultuaría como su jefe. Combatiendo con ellos hasta que una herida bastante grave lo deja fuera de combate.

Aunque Van Halen no dice mucho más sobre lo ocurrido en ese día, Pío Baroja cuenta en “Juan Van Halen, el oficial aventurero” que Van Halen y Heceta capitanean ambos a las masas que “venían preparando” para ese golpe desde hacía días, llevándolos al luego famoso parque de Artillería de Monteleón para que recibieran allí armas…

Como vemos ambos oficiales, ambos alféreces de fragata, hombres doctos, instruidos… en lugar de dejarse rapar como quintos e imponer el imperial uniforme por cuestión de las supuestas “nuevas ideas” traídas por el Ejército napoleónico (de las que al menos Van Halen, peligroso revolucionario, estaba más que bien informado),  cumplieron con su deber, instruyendo a los elementos del “pueblo” que se revuelven contra lo que, ya no cabe duda, es un ejército extranjero que invade España como ha invadido y sometido al resto de Europa.

Van Halen, como no se oculta en sus “Memorias”, huirá de Madrid para evitar ser, como tantos otros, fusilado por las brutales represalias de Murat. Se pone entonces a las órdenes del general Blake y con ellas combate hasta que puede obtener una comisión de oficial naval en Galicia, donde se ha organizado una resistencia que nada tiene que ver con un mítico “pueblo”, sino con toda una sociedad, en la que todos sus estratos se coordinan para hacer frente a una amenaza común.

Esa nación en ciernes, que luego se plasma en la constitución de 1812, le entregará el mando del cañonero Estrago, con el que hostiliza a las tropas napoleónicas.

Cuando Ferrol cae en el otoño de 1809, después de que el último ejército operativo que le queda a Gran Bretaña haya sido reembarcado, protegido bajo fuego español, Soult decidirá fusilar a Van Halen, como a otros oficiales españoles. Parece ser, sin embargo, que su juventud le libra del escarmiento. Bajo los términos de capitulación de esa plaza tendrá que volver a su último destino antes de unirse a las tropas patriotas.

En su caso debía volver de Ferrol al Almirantazgo de Madrid. Obligado por las circunstancias, aceptará a José I y le servirá hasta el año 1813. Entonces, dolido por un desprecio del llamado rey intruso, que, tras huir de España, nada quiere saber de su antiguo servidor, Van Halen decidirá acogerse a la oferta de la Regencia española, que admite de vuelta a las filas patriotas a todos los que, como Van Halen, por unas y otras circunstancias, se habían convertido, más que en afrancesados, en eso que el profesor Miguel Artola definió como “juramentados”.

Van Halen no volverá con las manos vacías. Logrará, con una treta de guerra, que Mequinenza, y otras plazas fuertes de la zona del Este peninsular, se rindan a las tropas patriotas sin hacer resistencia…

Reconocerán que este currículum no está nada mal para uno de esos que Ganivet describía como “doctos” incapaces de enfrentarse a los designios de Bonaparte, a diferencia del “pueblo” idealizado por ese diplomático español de triste destino y equivocada idea de la verdadera Historia de la España de las guerras napoleónicas. Ahora sólo hace falta que ustedes lo recuerden. Para siempre. Cada 2 de mayo…

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¿Arde Berlín?. Notas sobre la muerte de Adolf Hitler y un reciente libro de Eric Frattini. Del 30 de abril de 1945 al 30 de abril de 2015
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Carlos Rilova | 27-04-2015 | 09:47| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Este jueves día 30 habrá una efeméride importante. Se trata del 70 aniversario de la muerte de Hitler. Un hecho que, desde ese día del año 1945, se da por cierto y raras veces se ha cuestionado.

Al menos de un modo tan serio como lo acaba de hacer Eric Frattini, un periodista especializado en temas que bordean lo que podríamos llamar el filo del misterio, en un libro que cuestiona la versión aceptada y extendida de la muerte de Adolf Hitler tal y como la hemos visto en muchas películas. Algunas tan recientes y magistrales como “El hundimiento”.

Es decir, con el Monstruo encerrado con sus monstruos subalternos -Goebbels y familia, Bormann…-  en el famoso búnker de la Cancillería, en un Berlín arrasado, machacado, casi centímetro a centímetro, por la Artillería aliada desde el Oeste y desde el Este por unas hordas soviéticas frenéticas y no menos vengativas.

Frattini duda de que tal versión, por extendida que esté, sea la correcta. Y abre la caja de los truenos históricos. Y no lo hace mal. Su libro no es otro libro más de teorías esotérico-festivas -por así llamarlas- sobre el Nazismo que, como saben, los hay a decenas.

No, el libro de Frattini parte de una rigurosa documentación y de una refutación razonada, o que por lo menos parece razonable, de todo lo que se ha ido dando como certezas desde el 30 de abril de 1945.

Para empezar nos informa de que un colega historiador muy respetado por la profesión en general, Hugh Trevor-Roper, fue el autor de esa versión pero más en calidad de funcionario de Exteriores británico -que era su trabajo en 1945- que en calidad del historiador que escribió más adelante magníficas páginas de la Historia cultural y social de Europa.

Así es, Frattini da una serie de argumentos en los que cuestiona la veracidad de la versión de Trevor-Roper, denunciándola como una tranquilizadora mistificación, destinada a dar por zanjado el asunto del III Reich, sin que quedase la inquietante impresión de que se había llegado hasta el corazón de aquel Imperio del Mal, se había reducido a cenizas su capital, Berlín, y aún así el principal culpable había logrado burlar el cerco, escapando lejos del alcance de la mano justiciera de los aliados que ya para entonces se llaman Naciones Unidas.

A ese respecto Frattini no deja pasar ocasión de recordar un sonado patinazo de Trevor-Roper. Concretamente el de los falsos diarios de Hitler que se quiso hacer pasar por verdaderos en 1983 y en los que casi se presentaba a Hitler, como decía un chiste gráfico de la época,  como una víctima del Nazismo.

Pero aparte de ese directo al hígado de historiador de Trevor-Roper, que, a decir verdad, se retractó bien pronto de sus primeras apresuradas palabras sobre la posible autenticidad de los “diarios” de Hitler, Frattini aporta cosas más sustanciosas. Como un largo cortejo de documentos de los aliados, desde Estados Unidos hasta la Unión Soviética, en los que se duda de que Hitler esté muerto. De hecho, en esos documentos se reconoce, tarde o temprano, que no han visto ningún cadáver que corrobore la muerte de Hitler por suicidio en compañía de Eva Braun.

Ciertamente que Stalin dudase desde el principio de que Hitler no había muerto no es un argumento muy sólido ni dice mucho en favor de la teoría de Frattini, que repite varias veces ese aserto para reforzar el conjunto de su obra. Más que nada porque Stalin era un individuo peligrosamente paranoico, como experimentaron en sus carnes miles de rusos desde que él accedió al poder y desató una moderna versión de las cazas de brujas en las que todo el mundo era, al menos potencialmente, culpable de algo. Por si acaso…

Un estilo de gobernar que según las versiones históricas más sólidas el camarada Stalin mantuvo hasta el fin, rodeado de una difusa aureola de terror que, dicen, llevaba a muchos moscovitas a evitar, incluso, la acera de la calle en la que vivía Lavrenti Beria. La mano ejecutora -en su calidad de jefe de la Policía política soviética- de los delirios paranoides de Josif Stalin.

Hecha esta advertencia sobre los puntos en los que el terreno que Frattini pisa parece tan poco sólido como los “diarios” de Hitler que engañaron a Trevor-Roper, hay que reconocer, sin embargo, que este 30 de abril es un buen momento para fijar la vista en el libro de Frattini. Siquiera sólo sea por la cantidad de documentos que aporta en los que se da más de un indicio acerca de una posible escapada in extremis de Hitler y Eva Braun con previsible fin en la Argentina de Perón bajo nombre supuesto (conviene, aún así, no olvidar, aunque Frattini no subraye el hecho, que ese país, aún a regañadientes y jugando a dos barajas, había declarado la guerra a Alemania como la mayor parte de Sudamérica).

La tesis de Frattini no deja de ser sugestiva y parece bien trabada y respaldada por documentos.

Justo es, pues, darle al menos una oportunidad. Los “diarios” falsos de Hitler la tuvieron y, por otra parte, Eric Frattini es uno de los pocos seres humanos razonablemente cuerdos e informados -Stalin no cuenta, o no debería contar demasiado- que se ha atrevido a decir en serio lo que muchos han dicho en broma desde el 30 de abril en 1945.

La lista es larga: Robert Graves en “Siete Días en Nueva Creta” imaginaba a un historiador del Futuro lejano diciendo que Hitler se había ocultado en un palacio subterráneo hasta poder salir seguro de él y, a traición, fundar su IV Reich, en los setenta y ochenta del siglo pasado los Monty Python lo imaginaron, a Hitler, intentando hacerse pasar por un buen inglés en la mismísima Inglaterra, al igual que el famoso programa de marionetas “Spitting Image” en el que una acaramelada Margaret Thatcher se apoyaba en el hombro de un Adolf Hitler ya octogenario, que la aleccionaba sobre lo que debía hacer y la recompensaba diciéndole que era una “buena chica” y con ella en Downing Street a veces se sentía como si hubiese ganado la guerra en 1940…

Sólo por esa valentía el provocador libro de Eric Frattini sobre la verdadera muerte de Hitler merece, en efecto, unas cuantas horas de atenta lectura este jueves 30 de abril de 2015 y ser tenido en cuenta. Al menos hasta que alguien refute con solidez sus argumentos. Si es que tal cosa es posible…

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Fue hace 150 años: crónica del asesinato del presidente Abraham Lincoln contada por un periódico español (1865-2015)
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Carlos Rilova | 21-04-2015 | 17:50| 0

Por Carlos Rilova Jericó

(N. B. El retraso en la publicación de más de un día de este nuevo correo de la Historia se ha debido a causas técnicas ajenas a su redactor).

Hoy hablaremos en este nuevo correo de la Historia de una de las noticias que se filtró a los medios durante la semana pasada, poco antes de que todo quedase eclipsado por la detención de un -entre otros varios importantes cargos- antiguo ministro de Economía español que, seguramente, es un tema que da, y dará, mucho que hablar pero, por increíble que parezca, nada aporta a este correo de la Historia.

Salvo, acaso, una pequeña reflexión acerca de la Economía con pies de barro en la que se nos ha obligado a vivir -o algo parecido- a muchos miles de ciudadanos de Occidente durante la mayor parte de nuestras vidas y ha condenado a otros, de África, a morir a las puertas de Europa. Desde 1980 hasta la actualidad, que eso también es Historia, aunque sólo sea por el número de años transcurridos. Una Economía con pies de barro que ahora, al parecer, se derrumba, arrastrando tras de sí a uno de sus símbolos, haciendo cada vez más difícil negar una serie de evidencias e incertidumbres de cara al Futuro planteadas por ese giro de los hechos.

Así pues, dicho todo lo que se puede decir, de momento, sobre ese huracán mediático, volveré a esa noticia más modesta de la que algo se dijo antes de que llegase ese eclipse de la realidad provocado por la detención de Rodrigo Rato.

Se trata del centenario del asesinato de Abraham Lincoln. Acaso el presidente más carismático, más cinematográfico, más novelado -últimamente lo han hecho protagonista de una novela gótica en la que es, nada menos, que cazador de vampiros- y, en definitiva, más conocido de la ya larga lista de presidentes de los Estados Unidos.

Fue ahora hace 150 años, el 14 de abril de 1865, y, por lo tanto, me parece una buena ocasión para que recordemos ese hecho. Lo vamos a hacer sumergiéndonos, directamente, en cómo lo contaron aquellos para los que esos hechos fueron tan noticia como hoy lo es la caída de Rodrigo Rato o los emigrantes de Lampedusa.

Eso nos lleva a las páginas de uno de los periódicos españoles de la época, “El Museo Universal”, que recibió y publicó paulatinamente las noticias del asesinato de Abraham Lincoln a partir de su número de 14 de mayo de 1865.

En ese número, con la excusa de contarnos la vida del que los redactores de este semanario llaman “Juan Wilkes Booth”, es decir “el asesino de Lincoln”, tal y como se señalaba bajo el grabado en el que se reproducía su rostro, nos contaban también, con una precisión escalofriante, cómo había sido el atentado, dando detalles que nos devuelven a un mundo -el de la llamada era victoriana- que creemos conocer bien -otra vez volvemos a las películas, a las novelas…- pero que, como vamos a ver, distaba mucho del nuestro. Para darse cuenta no hay más que comparar el modo en el que John Wilkes Booth ejecuta su oscuro designio, con las dificultades que tendría hoy día alguien que tratase de hacer lo mismo. O fijarse en los chocantes detalles del entierro del presidente Lincoln, de los que también dio buena cuenta “El Museo Universal” en un número posterior.

La crónica sobre el asesinato, publicada en la página 158 de ese número de 14 de mayo de 1865, empezaba diciéndonos algo que no se suele comentar mucho. Es decir, que Wilkes Booth tenía dos hermanos partidarios del bando de la Unión, nordistas acérrimos. Uno, Edwin, dueño del teatro Winter Garden en Nueva York, y otro, Junius Brutus junior, que dejó la profesión de actor que compartía con su hermano John para dedicarse al que “El Museo Universal” llama “el comercio del petróleo”.

La crónica del atentado contaba que Wilkes Booth había dicho días antes que iba a matar a Lincoln. Algo que fue tomado a broma, pese a ser bien conocido el carácter exaltado de John Wilkes Booth, que, según esta crónica, había llegado a herir a algún compañero de escena durante una representación. Así, “El viernes 14 de abril, en el teatro, á las doce del día, habló (Wilkes Booth) bromeándose con el acomodador, quien incidentalmente le dijo que aquella noche iría el presidente al palco con su mujer y uno ó dos amigos. Salió al poco tiempo y se dirigió á casa de M. Johnson (se refiere el artículo al vicepresidente de Lincoln), y le pasó targeta (sic) á fin de verle”.

Johnson, de cuya curiosa biografía se ocupa otro número de “El Museo Universal”, se negó a verle, diciéndole, por medio de un criado, que estaba muy ocupado y le era imposible recibir a nadie.

Ante esa negativa Wilkes Booth “Pidió tintero” para escribir una nota, mientras lo hacía se detuvo y preguntó “¿En qué año estamos… en este momento no me acuerdo?”. Dicho eso acabó con la carta, se la entregó al criado de Johnson y al marcharse dijo a uno de los dependientes del vicepresidente “¿Va usted á la noche al teatro Ford? – La función será famosa”.

Tras eso nos dice la crónica de “El Museo Universal”, Wilkes Booth alquiló la que este periódico llama “una yegua ligera”, volvió al teatro y se fue hasta el palco que iba a ocupar el presidente Lincoln. Una vez allí hizo un agujero junto al marco de la puerta de modo que pudiera bloquear la apertura de esa puerta por medio de una cuña, después “colocó la silla del presidente en el punto que juzgó mas á proposito”.

Esa misma noche, al volver al teatro a la hora de la función, Wilkes Booth “encontró á Mr. Lincoln á quien saludó”. Hecho esto se fue al vestuario del teatro y de allí al corredor del palco. Cuando abría la primera puerta que daba acceso a él “detúvole un criado”. Ante ese inconveniente a sus planes Wilkes Booth le dijo que era un senador invitado por el presidente. Con eso el criado le dejó pasar.

A partir de ahí todo se precipitó: Wilkes Booth bloqueó la puerta con la cuña que insertó en el agujero que había practicado esa mañana, abrió la segunda puerta y se encontró con el mayor Rathbone, del Ejército, que acompañaba a los Lincoln. Cuando este oficial unionista le preguntó adónde iba, Wilkes Booth “hizo una cortesia”, se ocultó tras la puerta y, con la mano zurda, disparó contra Lincoln, inflingiéndole una herida mortal. Después huyó, atacando, muy teatralmente, con un puñal que llevaba, el brazo del mayor Rathbone -que trataba de detenerle- desde el hombro hasta el codo.

Luego vino lo que tan bien conocemos por el cine: el salto desde el palco, el puñal en alto, el grito de “Sic semper tyrannis” (así mueren los tiranos) y la huida de cuyo fin se han dado varias versiones. Alguna divergente con la oficial. Como por ejemplo la que da “El Museo Universal”, señalando que los funcionarios del Ministerio de Guerra estadounidense habían matado y enterrado en secreto a Wilkes Booth… Aún así versión menos audaz que ciertos rumores que aseguraban -y aseguran- que Wilkes Booth logró huir y refugiarse, al parecer, en Texas, Japón y/o Europa.

Tras eso “El Museo Universal” informaba a sus lectores en su número de 4 de junio de 1865, en una pequeña nota de la página 182, de los detalles de los funerales de Lincoln celebrados el miércoles 19 de abril de 1865. El cuerpo del presidente fue expuesto en el ala Este del que el periódico llama “palacio ejecutivo”. La sala estaba “completamente enlutada”. El ataúd del presidente era “negro con adornos de plata, forros de raso blanco y festoneado de guirnaldas de encina verde y rosas blancas”.

El cortejo fúnebre salió a las dos. La “carroza mortuoria” estaba coronada por un águila de oro cubierta con un velo negro. La seguían el “caballo de montar” del presidente “llevado del diestro”, parientes y amigos, los representantes de Kentucky “y el Illinois”, tras ellos autoridades, cuerpo diplomático, diputados, senadores y cuerpos civiles y militares. Finalmente iban los empleados y tras ellos lo que el periódico llama “1,500 negros”. En total 18.000 personas seguidas por una masa que sumaba, según testigos, un total de 700.000 asistentes…

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¿Vamos de mal en peor?. Breves apuntes sobre la “Industria del entretenimiento”. De los folletines a la Telebasura (1836-2015)
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Carlos Rilova | 13-04-2015 | 09:37| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este nuevo correo de la Historia tuvo su primera inspiración el sábado pasado, cuando llamaron mi atención sobre un artículo publicado en un semanario, “Magazine On”, redactado por un tocayo, Carlos Marcos, y titulado “Mujeres y hombres y Twitter”.

El título puede parecer un poco críptico para quienes acostumbran más a leer que a ver la televisión y, sobre todo, esa que suelen llamar “Telebasura”. Quienes son capaces de hacer ambas cosas, que, como veremos, no serían ningún fenómeno de la Naturaleza, quizás ya habrán adivinado que el citado artículo, seguramente, iba acerca del famoso, y rentable, programa de Tele 5 “Mujeres y hombres y viceversa”, presentado por una de las escasas vascas triunfantes en el negocio del espectáculo de Madrid: la guipuzcoana Emma García.

La columna de Carlos Marcos va de análisis de la programación de televisión y eso, analizar la programación de las distintas televisiones, es lo que hacía en ese artículo: “Mujeres y hombres y Twitter”. Y al hacerlo Carlos Marcos no salía de su asombro cuando se le ocurrió comprobar el nivel intelectual de quienes parecen ser seguidores habituales de “Mujeres y hombres y viceversa”.

En efecto, no era para menos. Resulta que el 24 de marzo la emisión del nuevo capítulo diario de “Mujeres y hombres y viceversa” se retrasó a causa del desastre del avión de German Wings, estrellado, como bien sabemos ya, por su copiloto, Andreas Lubitz.

Ese retraso llevó a muchos de los seguidores de “Mujeres y hombres y viceversa” a protestar enérgicamente por lo ocurrido en la red social Twitter.

A continuación les reproduzco algunos de los mensajes que, en 140 caracteres, escribieron algunos de esos seguidores fanáticos de “Mujeres y hombres y viceversa” al ver que su dosis diaria de programa no llegaba. Los tomo de otro artículo, éste publicado en “El correo” el 25 de marzo de 2015.

Ahí se pueden ver, en la zona de comentarios, algunos de esos mensajes íntegros. Uno de una usuaria de Twitter que firma como Tupa, decía así: “Fuaaah” pero que pongan ya #myhyv que no me importa lo de francia. Quiero a mis niñooos”. Lo copio literalmente.

Otro usuario de esa red social, Twitter, que se identifica como A124, superaba, por abajo, el nivel de Tupa. Su mensaje decía así, también literalmente: “pues me parece fatal que no pongan #myhyv por un accidente, no es mi culpa que sean tontos y se estrellen”…

Había más ejemplos, que les dejo descubran ustedes mismos mirando por ahí. Algunos firmados por usuarios llamados Guillem y @miguel_lara desafían, por el tono y el contenido, a cualquier cosa que podamos imaginar sobre un bajo, bajísimo, nivel intelectual.

El nivel de esos comentarios en Twitter de fieles seguidores de “Mujeres y hombres y viceversa” es, en efecto, como para rasgarse las vestiduras. Sin embargo… como siempre los historiadores tenemos algún “sin embargo” que añadir y, viendo las cosas desde nuestro montón de libros de Historia -la Torre de marfil nos la han quitado por cosas de esas de las “reformas” económicas-, no nos asombramos tanto.

Así es, Umberto Eco, que ahora mismo estrena nueva novela en español, ya nos advertía, años atrás, en uno de sus magníficos ensayos, que ese tipo de conducta es bastante normal en los seres humanos. Al menos en los que, desde el siglo XIX, han sucumbido a una industria que, como todas, no habría triunfado de no ser porque consiguió, precisamente, atraer a muchos seguidores…

En efecto, el profesor Eco nos decía en un libro titulado “El superhombre de masas” que los seguidores de los folletines, o novelas por entregas, publicados masivamente en la prensa del siglo XIX desde, más o menos, 1836 se agarraban pataletas muy similares cuando el vapor o el ferrocarril que traía de ciudad en ciudad, desde París, Roma…, cada nueva edición de los periódicos que publicaban folletines, se veía retrasado por alguna razón, dejando a los interesados con las ganas de saber cómo los personajes de Ponson du Terrail, o de Alejandro Dumas padre, o de Eugenio Sue, o de Víctor Hugo, o, incluso, hasta “El tío Goriot” de Balzac, lograban salir del embrollo en el que esos escritores los habían metido en el capítulo anterior.

Sabemos de esas desazones, disgustos y bramidos porque quienes seguían esos folletines eran incluso personas importantes. Por ejemplo ministros que, a diferencia de muchos miles de analfabetos -enganchados al folletín de turno sólo gracias a la lectura colectiva y en voz alta de cada periódico- podían leer por sí mismos cada entrega de “El caballero de Harmental”, “Los tres mosqueteros”, “Enrique de Lagardere, “Los miserables”, etc… y así dejaban constancia por escrito del disgusto ellos mismos o sus secretarios.

Antes de que disparen sus revólveres -o sus pistolas de duelo- sobre mí por esta comparación tan atrevida de grandes obras de la Literatura Universal que tuvieron un pasado como folletín, con productos basados en el mismo esquema, pero degradado hasta lo infame -como sería el caso de “Mujeres y hombres y viceversa”-, les haré una reflexión -por supuesto histórica- que nos ayude a respondernos la pregunta de si vamos, realmente, de mal en peor con la calidad del entretenimiento que consumimos.

Esta claro que la vacuidad de los pretendientes de “Mujeres y hombres y viceversa”, que van ahí a vivir del famoseo, a demostrar que se puede llegar muy lejos en esta vida con cuerpos esculturales y nada -o casi nada- dentro de la cabeza, no puede ni compararse siquiera con los magníficos folletines de Dumas, Ponson du Terrail, Balzac, Paul Féval, etc…

Sin embargo, ¿cuántos de los fanáticos lectores de esos folletines del siglo XIX, muchos de ellos luego reconocidos como Alta Literatura, eran también asiduos de espectáculos que hoy nos parecerían casi igual de degradantes que “Mujeres y hombres y viceversa ”, como los monstruos de feria o el circo de Barnum?.

Lo mismo podríamos preguntarnos hoy día de los seguidores de “Mujeres y hombres y viceversa”. Seguro que entre ellos hay muchos -otra cosa es saber cuántos- que ven, por diversas razones que nada tienen que ver con un bajo nivel cultural, ese gabinete de monstruos, de fenómenos de feria, que es “Mujeres y hombres y viceversa”; compaginando ese espectáculo, que les ofrece, tal vez, un cálido sentimiento de horror y superioridad moral, con la lectura, ávida, de Dumas, de Víctor Hugo, de Umberto Eco…

Seguro que entre ellos no estarán Tupa, A 124 y otros usuarios de Twitter que escribieron -o algo parecido- esos sonrojantes comentarios que daban más importancia a ver el siguiente capítulo de “Mujeres y hombres y viceversa” que a la información sobre el centenar y medio de personas asesinadas por Andreas Lubitz. Pero cuidado con los juicios apresurados. A menos que queramos rebajarnos al nivel de esos seguidores de la Telebasura que jamás leen libros -o si lo hacen se les nota bien poco- y demuestran ser unos perfectos, y lamentables, cabezas huecas en una sociedad en la que leer a Dumas, a Víctor Hugo… es casi tan fácil como encender la televisión.

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Una historia de la Historia de la Moda: la manga “Ranglán” (1815-2015)
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Carlos Rilova | 06-04-2015 | 09:41| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, para muchos de vacaciones, vamos a tratar que este nuevo correo de la Historia sea lo menos estresante posible. Así pues no entraré hoy en cuestiones transcendentes explicadas desde el siempre útil punto de vista de la Historia.

No, por el contrario me voy a centrar en explicar el origen histórico de una pequeña parte de la Historia de la Moda. Concretamente de la, a veces, llamada, mal llamada como veremos, “manga ranglán”.

¿Cuál es la Historia de esa manga de traje, de chaqueta, de abrigo, de cazadora… que cae no desde el hombro sino que queda levemente inclinada desde el cuello de la prenda?.

La explicación oficial -vamos a llamarla así- que yo siempre he oído, es que fue una invención -como la raya del pantalón o el tejido Príncipe de Gales, de los que, quizás, hablemos aquí otro día- de la más alta aristocracia británica del siglo XIX.

En efecto, la “manga ranglán” bien pudo ser la invención de un noble británico del siglo XIX. Sin embargo… Vamos adelante con los “sin embargos”…

Sin embargo, si ese fue el origen de la famosa manga, hay que señalar que nunca existió ni, de momento, ha existido en Gran Bretaña ningún lord que se nombrase “Ranglán”. Menos, por supuesto, con acento en la última “a”.

Así es, en la Gran Bretaña del siglo XIX lo más parecido que hubo a ese apellido, y sólo desde 1852, fue un caballero llamado, precisamente, Lord Raglan, que no “Ranglán”. Para más señas es cierto que ese caballero había perdido su brazo derecho, tal y como cuenta la anécdota que explica el origen de la llamada “manga ranglán”.

Así pues, ya ven que la pequeña historia que explicaría el origen de la “manga ranglán” no parece, en este caso al menos, estar reñida con la Historia con “H” mayúscula.

Tenemos, en efecto, un noble británico del siglo XIX manco -y deseoso, al parecer, de que su sastre ocultase al máximo posible ese inconveniente- y que además se apellidaba “Raglan”, que es casi tanto como “Ranglán”.

¿Como perdió Lord Raglan ese brazo que habría dado origen a la “manga ranglán”?.

Pues la verdad es que, para nosotros, habitantes del año 2015, no pudo ser en ocasión más oportuna. La cosa ocurrió en 18 de junio de 1815. Así que, ya ven, fue un suceso, rigurosamente histórico, que va a cumplir, en breve, sus doscientos años exactos.

A Raglan, que entonces no se apellidaba Raglan sino FitzRoy Somerset, el brazo se lo arrancó la nutrida potencia de fuego francesa empleada en la batalla de Waterloo.

Y realmente tuvo suerte. Mucha más, desde luego, que la que tuvieron las decenas de oficiales que formaban el séquito militar de Lord Wellington en ese día en el que se luchó la famosa batalla de Waterloo.

De esas decenas de oficiales todos fueron muertos o gravemente heridos por el intenso fuego de Artillería y fusilería francés. Todos excepto el propio Wellington y el general Álava, representante oficial del reino de España en el Ejército aliado contra este último espasmo napoleónico. El primero de los dos salió ileso y Álava, al parecer, sólo con una leve contusión que no le impidió compartir una triste y desolada cena con el Lord en una larga mesa vacía, en la que faltaban todos los oficiales que habían acompañado a Wellington en aquellas horas cruciales para la derrota final de Napoleón.

Entre las ausencias, naturalmente, estaba FitzRoy Somerset, herido en un brazo, perdido después bajo la tajante, y azarosa, cirugía de campaña del período napoleónico. Una cuya principal, y casi única, operación era amputar -en un tiempo record de dos minutos por paciente- los miembros que presentaban fractura ósea por impacto de arma blanca, disparo de mosquete o pistola, o esquirlas de Artillería.

No se da mucha importancia al hecho en la gran película sobre esa batalla, la magnífica “Waterloo” dirigida por Sergei Bondarchuk en 1970. En ella los únicos miembros de la familia militar de Wellington que destacan en ese día clave son el bronco general Picton -muerto, de un balazo en la cabeza en medio de una épica carga, aún vestido de civil, como tenía casi por costumbre-, los jóvenes y prometedores De Lancey y James Hay, el general Ponsonby, de la Caballería pesada, y, finalmente, tal y como en efecto también ocurrió, el segundo teórico al mando de las tropas aliadas ese 18 de junio, el general Uxbridge, al que se le lleva una pierna por delante un último disparo de Artillería antes de la desbandada general francesa.

De hecho, el nombre de FitzRoy Somerset no aparece en los créditos de “Waterloo”. Y es raro porque otra estupenda película del “New Cinema” de los años 60 y 70, “La última carga”, se había ocupado exhaustivamente de él en 1968, justo dos años antes del estreno de la película de Bondarchuk.

En esa película, “La última carga”, magníficamente ambientada en 1854 y que les recomiendo vivamente, un atribulado Lord Raglan aparece ya nombrado general en jefe de la expedición a Crimea contra uno de sus antiguos aliados de 1815 -el imperio ruso- en compañía de uno de sus más acérrimos enemigos: el imperio francés. En este caso en su segunda versión, la que dura de 1852 a 1870, entre otras cosas, porque ese nuevo imperio napoleónico se sabe alinear, desde el principio, con los intereses geoestratégicos de Gran Bretaña. Como se ve, perfectamente, en esa Guerra de Crimea, destinada, como ya contamos en otro correo de la Historia, a impedir que Rusia se haga con el control del Mediterráneo y corte el paso a Gran Bretaña hacia la India.

En esas fechas ya sólo el pobre Lord Raglan, gloriosamente mutilado de un brazo en Waterloo, parece recordar -como cómicamente se ve en la película- que los franceses fueron el enemigo y los rusos el aliado de 1815, mientras él sobrelleva -como también se ve en “La última carga”- el peso de salvar a Gran Bretaña de esa nueva amenaza casi constantemente molestado por la sombra que proyecta sobre él la gran estatua en hierro fundido de Lord Wellington, que emplazan justo ante la ventana de su oficina.

Desde allí, en efecto, el hombre que casi lo lleva a la muerte y consigue que lo desmiembren, parece vigilar a Raglan mientras éste expide órdenes escritas con su mano izquierda. La única que le quedaba y que en esos momentos, es curioso, como se aprecia en las fotos y en los grabados de época como el que ilustra este correo de la Historia, Lord Raglan no trataba de disimular en su uniforme, del que cuelga, inerte y vacía, la manga derecha, que para nada parece esa famosa “manga ranglán”.

Algo que nos deja con el misterio, y la duda razonable, de cuándo y en qué circunstancias, exactamente, decidió Lord Raglan, incorporar a su vestuario dicha “manga ranglán”, supuestamente de su invención. Como se repite, una y otra vez, por ahí, en esa peligrosa caja de resonancia mundial de viejos rumores llamada “Internet”, sin tener en cuenta, para empezar, que Lord Raglan sólo fue Lord Raglan entre 1852 y 1855, fecha de su muerte en Crimea, y que, como decía, fotos y grabados de esas fechas no muestran por ningún lado en su uniforme la famosa “manga ranglán”.

Una pista: según el especialista en Historia de la Moda Jonathan Walford sólo a partir de 1864 se usa en inglés la expresión “manga Raglan”, que no “Ranglán”…

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De Historia y mitos sobre el carácter nacional. Pícaros, músicos, panderetas y otras invenciones (1794-2015)
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Carlos Rilova | 30-03-2015 | 09:49| 4

Por Carlos Rilova Jericó

Empezaré este nuevo correo de la Historia hablando de la casualidad. Según algunos de los sabios fundamentales del siglo XX -en este caso Sigmund Freud- era dudoso que existiese tal cosa que él, cómo no, explicaba como producto del Inconsciente.

Sobre esto también leí hace tiempo que los agentes del antiguo KGB, el famoso -gracias sobre todo a las películas de James Bond- servicio de espionaje soviético, solían decir “nada de coincidencias”. Caso de observar tales coincidencias su manual, por lo que se ve, recomendaba desconfiar de tanta casualidad y echar mano, preventivamente, del arma reglamentaria.

Sin ánimo de entrar en un debate que, como ven, da para muchos gustos y opiniones, sí les diré que esta semana pasada tuve un encuentro de lo más casual -que me perdonen Freud y los agentes del KGB- con un libro verdaderamente interesante titulado “La cultura española en la Europa romántica”.

Lo ha publicado una pequeña editorial madrileña, Visor Libros, y reúne, bajo la dirección de José Checa Beltrán, un profesor de nuestro maltratado Consejo Superior de Investigaciones Científicas, una serie de artículos sobre cómo era vista España en la Europa romántica. Es decir, entre 1790 y 1840 aproximadamente.

No podía llegar en un momento más oportuno esta publicación, porque, como pude ver por algunas reacciones ante mi artículo de la semana pasada, parece que en España aún hay muchos que piensan que dicho país es un país de chapuzas, un país de picaros, en fin, como decía el poema, un país de Frascuelo y “de pandereta”. No sólo eso, como me decía el lector que tuvo a bien comentar mi artículo de la semana pasada, los españoles serían así no desde hace unas pocas décadas -pongamos que desde que veían en el cine películas de Alfredo Landa-, sino desde hace milenios, desde la época de la Roma imperial.

Realmente cansa la persistencia de esa serie de tópicos. Y más cuando, con leer un poco de la Ciencia que se produce hoy en España, bastaría para sacarse de encima una serie de ideas tan vulgares, con las que, sin embargo, se explica cualquier cosa que pasa en ese país. Especialmente las malas. Un proceso perverso que no hace sino retroalimentarse. Es decir, para los que no sean sociólogos: como los españoles están convencidos de ser, desde hace siglos, una banda de pícaros, “listos” y chapuceros, la mayoría de ellos hace cada vez menos esfuerzos por dejar de ser pícaros, “listos” y chapuceros.

El tópico se repite hasta la saciedad. Durante décadas. Recuerdo, por ejemplo, un episodio de aquella serie de televisión, “Orden Especial”, dirigida por Albert Boadella, emitido en el famoso año 1992, en el que, en tono de broma muy seria, se detenía a un español que pagaba regular y honradamente sus impuestos. El veredicto de los monjes de dicha Orden especial, avalado por un supuesto antropólogo, era que ese individuo, con esas características, no podía ser un español “puro”. Por el contrario debía estar mezclado con nórdicos, que sería lo que explicaría la puntualidad y pago regular y “no picaresco” de impuestos que conducía, finalmente, a su detención y exterminación por la Orden especial…

No volveré a insistir sobre otros tópicos castizos que nada menos que 23 años después nos echa encima otra serie emitida por TVE -“El Ministerio del Tiempo”-, porque ya hablé de ello largo y tendido la semana pasada. Prefiero recomendarles la lectura de “La cultura española en la Europa romántica”.

Especialmente, el artículo firmado por Maud Le Guelec y el de los investigadores del CSIC Ignacio Ahumada y Amila Jelovac.

El de Maud Le Guelec es particularmente interesante para el tema de este correo de la Historia porque nos cuenta cuándo exactamente y cómo se creó el tópico del español incivilizado, brutal, similar a los “salvajes” de África… El título de su artículo ya nos da una pista: “Lo que dicen los franceses de los españoles (1793-1813)”.

Con un estilo verdaderamente ameno, Le Guelec nos cuenta ahí cómo la prensa de la Francia revolucionaria, dirigida por los comisarios que controlan ese país en ese período turbulento, va creando la imagen de unos españoles incivilizados, ajenos a toda idea de avance científico, a la Ilustración de ese Siglo de las Luces que agoniza bajo la cuchilla, incansable, de la guillotina…

Una serie de invectivas que, curiosamente, cesan en 1795, cuando Francia y España firman la paz y se alían. En ese mismo momento los españoles sufren una súbita transformación en la prensa francesa. Donde antes había salvajes con un grado de civilización no muy superior a los nativos de Tierra de Fuego, Maud Le Guelec nos descubre, leyendo periódicos franceses posteriores a la firma de la Paz de Basilea, a unos españoles de lo más cultos y educados, con médicos que hacen notables avances, por ejemplo, en los partos asistidos por cesárea, con sociedades ilustradas en casi cada rincón del país, etc., etc…

¿Cuál es la causa de ese radical cambio de imagen?. Según Le Guelec, entre 1793 y 1795, el gobierno revolucionario francés tenía que justificar, de algún modo, la guerra de agresión y conquista contra España diciendo que a ese país había que librarlo, por su bien, de un oscurantismo secular. Uno que curiosamente desaparece, como por arte de magia, en 1795, tras el fin de la guerra…

En 1808 habría otra metamorfosis maravillosa en lo que decía la prensa francesa de los españoles. Otra vez aparecen los monjes inquisidores que entre 1795 y 1807 eran, por el contrario, ilustrados y cultos clérigos miembros de sociedades científicas y literarias. Otra vez aparecen los españoles salvajes, incivilizados, que entre 1795 y 1807 eran pacíficos ciudadanos interesados en progresar o en hacer avanzar la Medicina y la Ciencia. La explicación, otra vez, es muy sencilla: la Francia imperial tenía que justificar, de algún modo, que en España se hubiesen abatido, por primera vez, las águilas imperiales. Tal fiasco sólo se podría explicar porque el Ejército de Napoleón se enfrentaba con seres sobrehumanos, bestias irracionales y míticas, una especie de Yetis o “Bigfoots” vestidos con alpargatas y sombreros castoreños…

Todo, simplemente, falso. Como se demuestra -oh sorpresa- en el artículo de Ignacio Ahumada y Amila Jelovac en “La cultura española en la Europa romántica”, la España de finales del siglo XVIII a la tercera década del siglo XIX llega a producir, incluso en condiciones tan arduas como las que imperan en el país entre 1808 y 1839, un centenar de obras científicas que serán leídas, y apreciadas -después de su traducción al francés-, en los estados alemanes… Gentes esas, los alemanes, que, por cierto, -como nos contaba Hans Kohn en su magnífica “Historia del Nacionalismo”-, en esas mismas fechas eran tenidos por un pueblo musical, sentimental, más bien poco práctico, con la cabeza en las nubes…

Nada que ver con los maníacos del control y la técnica regidos por un orden cronometrado cuidadosamente, sin lugar para el azar, con los que hoy, víctimas de otros tópicos, los tendemos a identificar. A veces en una imagen tan falsa como falsa lo es la del español desordenado, improvisador, chapucero, alérgico -desde hace siglos- a la Ciencia… que, como comprobarán si leen -como deberían hacerlo- “La cultura española en la Europa romántica”, es tan sólo una serie de ideas vulgares fruto de la propaganda de guerra napoleónica. Una que, asombrosamente, algunos españoles se dedican a repetir, una y otra vez, hoy, doscientos años después, tomando como base para escribir la Historia de su país y su imagen “nacional” lo que dijeron de ella sus más acérrimos enemigos no hablando con la Verdad en la mano, sino con una serie de mentiras obviamente interesadas y destinadas a ganar una guerra que finalmente -por si lo hemos olvidado- perdieron estrepitosamente, ahora hace dos siglos, frente a aquellos supuestos bárbaros incivilizados, incapaces de organizarse…

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Imposible no hablar de él: “El Ministerio del Tiempo”. Notas sobre los peligros del Casticismo en Historia
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Carlos Rilova | 23-03-2015 | 10:32| 7

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí, dado el éxito obtenido por esa serie de TVE -“El Ministerio del Tiempo”- que juega con el tema de la Historia, supongo que parece imposible no hablar en este correo de la Historia de ese éxito de la cadena pública. Incluso en días como estos, en los que parece casi obligado hablar de otros temas. Por ejemplo de lo ocurrido el miércoles pasado en Túnez. De lo mucho que se juega allí para nosotros, no por casualidad, sino porque llevamos jugándonos mucho allí desde el siglo XV, cuando la corona española establece sus cabezas de puente en los llamados “presidios africanos” -Ceuta, Melilla, Orán…- continuando, sine die, el contraataque a la invasión musulmana iniciada en 711 después de Cristo.

Sin embargo, pese a la importancia de lo ocurrido -que, como ven, es sólo un episodio más de una lucha que no sabemos cuándo terminará-, me ha parecido muy difícil posponer una semana más un comentario sobre “El Ministerio del Tiempo”. Entre otras razones porque -por difícil de creer que parezca- lo ocurrido en Túnez carecería de importancia para un país con un criterio tan pobre sobre sí mismo como España, que es lo que, al fin y al cabo, vendría a revelar el éxito de una serie como “El Ministerio del Tiempo”.

En efecto, el cuadro de ese éxito es de lo más preocupante. Es la conclusión a la que no he podido evitar llegar después de ver la serie, los “Cómo se hizo” o leerme los más diversos comentarios sobre “El ministerio del Tiempo” que circulan en Internet, que, parece ser, es el lugar en el que reina de manera absoluta.

Uno de ellos me ha llamado poderosamente la atención. Lo firmaba David Redondo en una publicación digital de la Cadena SER y se titulaba “Razones para no renovar´El Ministerio del Tiempo´”.

El autor, como Homer Simpson en cierta ocasión, pretendía, por supuesto, ser sarcástico, y lo que en realidad quería decir era que la serie de los hermanos Olivares merece toda la consideración y múltiples elogios por ser innovadora, atrevida, audaz y por hablar de la Historia de España también en términos inéditos, audaces e innovadores. Buenos deseos que, sin embargo, él, el autor de ese panegírico, teme sean defraudados por una dirección de la actual cadena pública demasiado rancia y antigua para poder soportar tal avalancha de aire fresco sobre nuestra Historia en formato televisivo…

Y ahí es donde el historiador, anonadado, asombrado ente esa catarata de elogios -reflejada una y mil veces en multitud de comentarios muy parecidos- se echa a temblar, sintiéndose más solo que un campesino medieval en un bosque durante la más negra noche de un invierno de lobos.

En efecto, como se suele decir, si ese es el nivel… no hace falta que las banderas negras del ISIS ondeen sobre la Puerta de Europa en Madrid para darnos por perdidos.

Principalmente porque “El Ministerio del Tiempo”, visto con ojo crítico, tiene buenos actores y actrices, buenos chistes, buenos giros, pero innovador lo es más bien poco. A menos que consideremos innovador el tener como eje al Casticismo más pedestre. Un peligro contra el que ya advertía en su día uno de nuestros humanistas más respetados a nivel internacional -Julio Caro Baroja- y que se traduce en esta hoy famosa serie en, por ejemplo, afirmaciones de trazo tan grueso como comparar irónicamente las corridas de toros a las matanzas nazis de Auschwitz, señalando que si las primeras son malas… ¡qué habría que decir de las otras!.

Otro ripio casticista de esta serie, muy celebrado, además, por los que la consideran toda una innovación, sería otra “gran” frase de ese mismo subsecretario responsable del Ministerio del Tiempo: “¿Planes? Son vds. españoles, improvisen”…

Una actitud esa, todo hay que decirlo, que el equipo creativo de “El Ministerio del Tiempo” se estaría autoaplicando a rajatabla desde ese episodio 1, “El tiempo es el que es”, en el que se deja caer esa perla cultivada cuando se pregunta cómo impedir que los franceses de 1808 cambien el curso de la Guerra de Independencia. En principio ese planteamiento -¿qué hubiera pasado si España pierde la guerra de 1808 a 1814?- como punto de partida, sí sería innovador, sin embargo, nuestro gozo no tarda en ir al pozo cuando se descubre que -como era de temer- esta serie también ha ahorrado, como otras de TVE, en asesores históricos y el supuestamente innovador abordaje del tema explica la victoria española no por el esfuerzo de toda la nación -como estado refundado en los principios de 1789- al llevar a cabo la modernización y recreación de un Ejército capaz de enfrentarse y derrotar al mejor de Europa en la época -el napoleónico-, sino por la aparición del mítico “Pueblo en armas”, personificado en “El empecinado” del que, ahí queda eso, dependería que España ganase o perdiese en 1808. Nada menos…

Sin duda, “El empecinado” es un personaje muy simpático desde nuestro punto de vista, por su notable valor, por su afecto por el sistema liberal y constitucional, mucho más próximo a nosotros que el Absolutismo fernandino… pero simbolizar en él la decisiva -para toda Europa- victoria española sobre Francia, en 1814, es casi tanto como creer que el sargento Furia ganó, él sólo, la Segunda Guerra Mundial… Es escamotear, una vez más, a los españoles su Historia, ignorando, por ejemplo, documentos tan conocidos desde finales del siglo XIX como el “Diario de un patriota complutense”, en el que se da cuenta fehaciente del notable pero, aún así, limitado alcance de las acciones de Juan Martín. Inútiles a largo plazo, sin la nueva estructura militar creada desde 1810 por la Junta de Defensa Central, la Regencia y las Cortes y sin el buen hacer de miles de oficiales militares profesionales, que ganan la guerra como normalmente se suele ganar: con una mezcla de Estrategia, Táctica y Logística y no sólo a base de golpes de efecto de esos que dan bien en cámara, pero son más bien raros en la realidad histórica.

En fin, si semejante producto, que, según todos los indicios, tira más bien de argumentario de zarzuela y tebeo de posguerra, es toda una innovación peligrosa para la actual dirección derechista de TVE, tiemblo sólo de pensar qué es lo que querrá dicha dirección colarnos en su lugar como Historia homologada y aceptable de España para educar a las masas.

Así las cosas, no hará falta que, como en el poema de Kavafis, nos sentemos a esperar a que los bárbaros lleguen a nuestras puertas. Para entonces es probable que nuestro propio Casticismo, nuestra Endofobia -el odio, la burla, el desprecio ignorante hacia lo propio-, ya habrá acabado con nosotros. Como es de temer viendo la limitada capacidad de innovación de productos que, supuestamente, deberían ser eso, muy innovadores, y sacudirnos las telarañas de nuestra ignorancia histórica. Esa que, como saben muy bien los estados que luego nos sustituyen en las mesas de negociación europea, es lo primero que hay que eliminar de cualquier sociedad europea fuerte y que se quiera hacer respetar. Cosa que en España, de momento, tirios y troyanos, no parecen todavía ni siquiera plantearse, puesto que nuestras series más innovadoras no parecen capaces de ir más allá de un beso entre chicas, algún desnudo parcial digno de la época de Nadiuska y poco más. Bastante poco más que no sea recordarnos, por enésima vez, que tuvimos una Inquisición, que los afrancesados querían el avance y el progreso de España o que a Napoleón lo derrotaron los “guerrilleros” y otros lugares comunes sobre nuestro pasado a veces manidos, a veces simplemente falsos…

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