Diario Vasco

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Cuestión de matices históricos. Del genocidio español en América a la bandera republicana en el mitin de Syriza (1515-2015)
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Carlos Rilova | 27-01-2015 | 17:03| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Quienes siguen fielmente este correo de la Historia, ya sabrán que muchas veces lo que cuento aquí tiene su origen en lo que se dice en eso que, genéricamente, llamamos “las noticias”. Es decir, cualquier cosa que se haya contado en un telediario o en un periódico y que, de algún modo, roce con la Historia. Esta semana han sido dos noticias las que han respondido a ese patrón.

Una fue una de esas que podríamos llamar “de relleno”. La emitieron por televisión a mediados de la semana pasada. Se trataba de la investidura del, pese a su bonhomía constante, polémico presidente de Bolivia Evo Morales.

La otra la emitieron desde el viernes a la mañana todos los telediarios matinales. Desde el de Antena 3 hasta el de Telecinco, pasando por la cadena estatal TVE.

Se trataba del mitin de cierre de campaña de Syriza que, como ahora ya sabemos, ha confirmado su prevista victoria para espanto de cancilleresas alemanas -que aún así no reconocen su política de austericidio como un total fracaso-, fondos buitre y afines que hoy devoran Grecia casi como aquel horror alado enviado por Zeus vengativo a devorar a Prometeo por haber osado revelar a los míseros mortales el secreto del fuego… (Para que luego digan que la cultura clásica no enseña nada útil).

Pero divago. Lo que más me llamó la atención en ese mitin, que es de lo que quería hablar, fue la presencia en el mar de banderas que saludaban a Alexis Tsipras, y a sus amigos españoles de Podemos, de, al menos, una bandera republicana española.

Luego volveremos sobre ella. Ahora vamos a centrarnos en la primera de las noticias de las que hablaba. La que hace relación a la investidura de Evo Morales.

Ésta se hizo con ropajes de época. En este caso, según parece, del período de la cultura Tihuanaco anterior a los incas y los españoles y en el marco incomparable de unas ruinas de esa civilización.

De esa guisa, el nuevamente presidente de Bolivia se arrancó a dar su propia interpretación de la Historia de América señalando que durante el período imperial español más del 50% de la población autóctona desapareció… exterminada por los conquistadores españoles. Desaguisado histórico que él ahora estaría reparando devolviendo el poder a los descendientes de aquellos masacrados, cosa que debería quedar bien clara por el hecho mismo de celebrar su investidura con aquellos ropajes y en aquel lugar.

Desconozco si Morales matizó un tanto esas afirmaciones. Los telediarios no suelen ser muy dados a desaprovechar la oportunidad de tomar la parte por el todo y dejar como perfectos bocazas a personajes tan molestos como Morales. Aún así yo apostaría a que no, a que el presidente boliviano no matizó nada. Más que nada porque su discurso político siempre ha sido ese, el de que, como nativo americano que es, ha venido para devolver el poder arrebatado a sus congéneres por los españoles…

Y ahí es donde chirría la cosa, donde roza con la Historia y rasga la bella toga de Clío y nos toca a los historiadores defender a nuestra musa.

El discurso de Morales puede ser muy eficaz políticamente, pero no es veraz desde el punto de vista histórico.

En primer lugar porque la cultura Tihuanaco-Huari fue tan imperialista o más que la inca o la española. En segundo porque la política española en las tierras conquistadas no fue -y los hechos lo demuestran- de genocidio sistemático. De hecho, parte de las clases altas azteca e inca fueron asimiladas -véase el caso de literatos como Guamán Poma de Ayala o el inca Garcilaso- y porque la mayor parte de las muertes ocasionadas fueron en combate cuando esas mismas oligarquías azteca e inca se resistieron a perder un dominio imperial que, a su vez, habían impuesto a sangre y fuego sobre otros pueblos.

El resto fue cosa de epidemias y de las mismas causas que bajo el imperio inca y azteca. Es decir: de sobrexplotación por el trabajo en beneficio de una clase dominante, en muchas ocasiones, como decía, asimilada, mezclada con los propios conquistadores españoles cuando estos quedaron dueños del terreno.

Lo demás es Leyenda Negra de la que habría que hablar en otro artículo.

Por otra parte Evo Morales parecía olvidar algunos hechos fundamentales. Por ejemplo que las oligarquías criollas, que ahora hace doscientos años expulsaron a los españoles, fueron más feroces que estos en esa política de aniquilamiento del “indio”.

Un sólo ejemplo: entre 1833 y 1885 en Argentina se liquidó a los pueblos nativos que habían sobrevivido durante todo el período colonial en la zona de las pampas. Fue el equivalente, casi exacto, a lo que los estadounidenses hacen en sus propias “pampas” en esas mismas fechas. De paso, como me decía en una ocasión una colega argentina, se “reventó” en operaciones como esas a todos los negros que en aquel país había, mandándolos a primera línea. Vestidos, eso sí, con impecables uniformes estilo Segundo Imperio francés -del quepis rojo a los pantalones bombachos- prueba suprema en aquel entonces de ser un pueblo “civilizado”. Lean el poema de Martín Fierro, o el cómic “El gaucho” de Manara y Pratt y verán el fenómeno en todo su detalle, en todos esos matices que el discurso de Evo Morales olvidaba no sé yo porqué junto con Bartolomé de las Casas, las Leyes de Indias…

Y dicho esto volvamos al mitin de Tsipras y a la bandera republicana española. Se trata de otro hermoso ejemplo de cómo cierta parte del pasado es liberada por algunos libertadores de hoy día de todos sus detalles, de todos sus matices negativos.

No cabe duda de que la bandera republicana, por causa de cómo acabó la guerra civil de 1936-1939, tiene un prestigio que la roja y amarilla no tiene, siendo identificada ésta, todavía hoy, tras más de treinta años de democracia, con una dictadura.

Es una verdadera lástima porque ni nuestra tricolor es tan buena ni la rojigualda debería ser identificada con la dictadura que, al fin y al cabo, sólo usurpó durante cuarenta años esa enseña que databa de 1785.

Sí, han leído bien, la tricolor republicana, a pesar de lo que muchos parecen creer hoy día en España -o en mítines de Syriza- tiene una Historia que no siempre fue brillante. Representa, sí, a un régimen que se dedicó a abrir escuelas públicas y a tratar de hacer avanzar social y económicamente a España, pero también representa la incapacidad para entenderse con determinados sectores de la sociedad española y la carrera hacia el abismo de la guerra civil. Durante unos dos años, de 1934 a 1936, además, fue la bandera de un  gobierno salido de un partido filonazi -la CEDA de Gil Robles, que poco tenía que envidiar a los hitlerianos- y de un presidente de dicha república que era un estafador de siete suelas: Alejandro Lerroux.

Antes de agitar la bandera tricolor creyendo que es la solución a todos nuestros problemas lean, por ejemplo, “El emperador del Paralelo” del profesor Álvarez Junco.

Más que nada para que sepan que la Historia está llena de matices traicioneros que deberían hacernos pensar si lo que parece hoy una solución no puede acabar convirtiéndose, por mero desconocimiento de la Historia, en un grave problema mañana, como lo fue el tortuoso camino político que llevó al despeñamiento de la Segunda República española. O en una insidiosa falacia, como la del genocidio nativo americano perpetrado sólo por “españoles” que algunos, como el presidente Morales, han convertido en una bandera que, como la mayoría, se deja los detalles y los matices -tan necesarios- por el camino, convirtiéndonos en un rebaño ciego que tiene que creer y no razonar si “esto” es, o fue, o será, mejor que lo “otro” sólo porque sí.                  .

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¿Otra película sobre la Segunda Guerra Mundial? “Corazones de acero” o ¿por qué a algunos veteranos no les gusta hablar de la Guerra?
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Carlos Rilova | 19-01-2015 | 11:21| 3

 

Por Carlos Rilova Jericó

Debo reconocer que, tras muchos años investigando distintas guerras -la civil española, la de Independencia, la de la Cuádruple Alianza, la de los Treinta Años, la Primera Mundial…- se me escapaba, todavía el porqué algunos veteranos de esos conflictos, especialmente de los que llamamos “mundiales”, se resistían a hablar de lo que habían vivido, de aquello a lo que, de hecho, habían sobrevivido.

La respuesta a esa pregunta casi sin formular puede parecer fácil: lógicamente quien ha vivido una experiencia muy traumática no quiere hablar de ella. Sin duda esa es la respuesta correcta para casos como el de la Primera Guerra Mundial y el abuelo del dibujante francés Jacques Tardi que ha dedicado buena parte de su obra a ese conflicto -“El soldado Varlot”, “¡Puta guerra!”…-.

En torno a esas obras Tardi señalaba que todo lo que sabía casi de primera mano sobre aquella “Gran Guerra”, lo sabía gracias a que su abuela se lo iba contando de tarde en tarde. Su abuelo jamás le dijo ni media palabra respecto a lo que después Jacques Tardi acabará plasmando en magníficas viñetas. Eso, su abuelo, sólo se lo dijo, poco a poco, a su mujer -es decir, la abuela de Tardi- que no tuvo reparo en contárselo, a su vez, a su nieto, futuro renombrado autor de cómics en la Francia de finales del siglo XX.

Sin embargo, no todo el mundo reacciona de la misma manera que el abuelo de Tardi. Hace ahora un siglo y medio, a mediados del XIX, hubo numerosos veteranos de las campañas napoleónicas que contaron sus experiencias y permitieron que se editasen en libros que, en muchas ocasiones, adquieren rango de bestsellers.

La lista es larga y alguno de sus miembros ya ha sido mencionado aquí, en este correo de la Historia, alguna vez: el sargento Bourgogne, el capitán Coignet, el fusilero Benjamin Harris… a ello se pueden añadir el relato del también fusilero Costello o las “Memorias” del coronel Scheltens. Simple sargento en la Guardia Imperial y, después de la abdicación de 1814, desertor del bando napoleónico para engrosar las fuerzas de sus Países Bajos natales y contribuir, en su ejército, ya con grado de oficial, a la derrota de su antiguo amo en Waterloo.

Ninguno de esos hombres parecía tener problema alguno en contar verdaderos horrores bélicos. No parece que se lo quedasen para susurrárselo, previsiblemente horrorizados y cubiertos de lágrimas, a sus respectivas mujeres.

Así pues, como ven, no es tan fácil comprender el porqué algunos veteranos de determinadas guerras se niegan a hablar de ellas, dejando que los horrores que han vivido se deslicen silenciosos en sus mentes durante años, sin expresar una queja, un gesto de desanimo o de desagrado por lo que vieron, hicieron o vieron hacer.

Y no, no es porque las guerras napoleónicas fueran más “románticas”, más caballerosas, que, por ejemplo, la Guerra de Vietnam que parece tener el número más alto de veteranos irrecuperables.

Si se comparan relatos como, por ejemplo, los del sargento Bourgogne con los de veteranos norteamericanos del Sudeste asiático, se verá que las diferencias no son tantas.

En efecto, hay testimonios de la Guerra de Vietnam que aseguran, por ejemplo, que para embrutecer a los soldados recién llegados a “Nam” se les obligaba a patear la cabeza de enemigos muertos hasta que… bueno ya se imaginan cual era el objetivo final de esa acción deshumanizadora.

Cosas muy similares a estas había visto el sargento Bourgogne. Por ejemplo durante la desastrosa retirada de 1812, donde es testigo de cómo soldados de la “Grande Armée” se matan entre ellos por un pedazo de carne de caballo. Episodio que luego popularizará literariamente R. L. Delderfield en “Siete hombres de Gascuña”.

Así que la respuesta al porqué de ese silencio de algunos veteranos debe de estar en otra parte. A mí, que nunca he estado en una guerra, salvo como historiador o reconstructor (y eso, hoy día, ya es mucho), me parece que podría estar en “Corazones de acero”. Una de las últimas producciones del famoso Brad Pitt que, además, la protagoniza, como ya ocurría en la apabullante “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”.

He visto muchas películas “de guerra”, ese género que, por lo general, engloba las centradas en la Segunda Guerra Mundial. Las he mencionado más de una vez aquí. Sin ir más lejos hace unas pocas semanas, me refería a “Anzio”, ambientada en el desembarco de las tropas aliadas en la Italia fascista, donde Robert Mitchum descubría que había guerra porque, sencillamente, al Hombre le gusta matar.

Sin embargo, de “Corazones de acero” es de la primera que he salido horrorizado por lo visto en la pantalla. Hay algo en esa película que no han visto, por supuesto, en películas de ese género de tipo épico. Como muchas de las que protagonizó John Wayne entre los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo -desde “Arenas sangrientas” en adelante- pero tampoco en otras más avanzadas en el tiempo y en otros sentidos a ese cine que era poco más que propaganda. Por ejemplo en “Salvar al soldado Ryan” (sí, ya sabemos que a Steven Spìelberg no le sale ser un tipo duro ni aún queriendo) o “La delgada línea roja”, del enigmático Terrence Malick.

No, en “Corazones de acero”, ambientada en la invasión aliada de Alemania en 1945, a pesar de su desvío hacia el género épico en sus últimos compases, sólo hay un horror desnudo y cruel. Nos lleva a un punto extraño de las guerras. Ese en el que, realmente, ya han dejado de tener sentido para los que las están combatiendo. Ese lugar de la mente que difícilmente se capta en, por ejemplo, un libro de Historia que, como todos ellos, tratará de explicar que, en efecto, no se podía permitir que una tiranía como la hitleriana se apoderase del Mundo.

Los soldados de “Corazones de acero”, tienen eso claro, y se ve en varias escenas de la película. Por ejemplo cuando
Brad Pitt enseña al novato de su grupo de tanquistas a miembros del Partido Nazi que se han suicidado antes que caer en manos de los aliados. Sin embargo, el resto es horror. Son gente sucia, despiadada y cruel, devastados por todo lo
que han vivido en años de guerra, desde la operación Torch en el Norte de África hasta la invasión de Alemania en 1945, pasando por el día posterior al día D, en el que asisten a una auténtica carnicería, descrita entre lágrimas sin sollozos y una abusiva ingesta de alcohol que anula incluso el buen fondo que aún conservan algunos de ellos.

Sí, “Corazones de acero”, parece una película “de guerra” más. Pero no lo es. Es una película antibélica que consigue de un modo muy difícil -sin salirse del terreno épico- lo que hasta ahora sólo había conseguido “Johnny cogió su fusil” por otros medios mucho más metafísicos.

Es decir, llevarnos al punto en el que hasta una guerra imposible de evitar, necesaria, se vuelve un sinsentido, la muerte civil de miles de hombres que ya no saben vivir de otra manera, salvo ejerciendo una devastación mecánica de lo que ha sido definido para ellos como “el enemigo”. Una figura cuyos contornos se vuelven cada vez más difusos a medida que transcurre esa guerra a la que, al final, sólo el Tiempo y los libros de Historia devuelven su sentido.

Si van a ver esta película -y se lo recomiendo- les sobrecogerá, probablemente les horrorizará, pero aprenderán una gran y ponderada lección de Historia.

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¿Dónde está Willy (Toledo)?. Humor gráfico, Islam, Historia. (Juan Garmendia Larrañagaren omenez/ En homenaje a Juan Garmendia Larrañaga, estudioso vasco de la religión y otros fenómenos humanos)
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Carlos Rilova | 12-01-2015 | 10:41| 6

 

Por Carlos Rilova Jericó

Naturalmente esta semana parece casi imposible hablar de otra cosa que la conmoción causada en Francia por el atentado terrorista perpetrado el miércoles pasado por varios de esos que ahora llaman “lobos solitarios”. En este caso contra el semanario satírico “Charlie Hebdo”. Algo que ha ido encadenando desde entonces hasta este fin de semana una serie de lúgubres sucesos, uno tras otro.

Desde la muerte de varios de los ilustradores y columnistas más conocidos de esa publicación equivalente a nuestro “El Jueves”, hasta la caza y captura de los yihadistas en un despliegue más militar que policial, que ha acabado con la muerte de tres “lobos solitarios” y la de varios de sus rehenes.

De todo eso ha surgido una oleada de conmoción, miedo, solidaridad… a la que, en efecto, es difícil sustraerse. Mucho más cuando algunos de los comentarios más populares sobre este feo asunto tienen que ver, directamente, con lo que en Historia llamamos “procesos históricos”. Es decir, una serie de acontecimientos que, desarrollados en el tiempo (es decir, en la Historia), dan lugar a determinadas consecuencias. Por ejemplo una sangrienta matanza de intelectuales en el corazón de París. La ciudad de los intelectuales por excelencia.

Supongo que ya, entre esto y el título del artículo, se imaginarán que me voy a centrar en los comentarios del actor Willy Toledo, publicados en Twitter poco después de que ocurriera la matanza de la redacción del “Charlie Hebdo”.

Pues sí. En sustancia la polémica vino porque Willy Toledo preguntaba en esa red social si esperábamos que los miles de personas que eran masacradas por Occidente, en silencio, cada día, por cuestiones de Geoestrategia, no reaccionarían en modo alguno.

En otras palabras, Willy Toledo nos transmitía que lo que habían hecho los que habían matado a los humoristas del “Charlie Hebdo” era un capítulo, otro más, de la lucha entre eso que llaman, o llamaban, “Tercer Mundo” y el opulento Norte, Occidente, Estados Unidos y sus aliados, etc., etc…

Ese análisis, que luego ponderó el actor, cerrando filas a favor de los asesinados, explicando que sólo trataba de manifestar la motivación de los yihadistas, queda muy bien visto desde la visceralidad ideológica, para esos que algunos con esmerada educación llaman “altermundistas”, antiglobalización… y otros, menos educados desde luego, despachan con el abrupto epíteto de “perroflautas”.

Sin embargo lo que Willy Toledo dijo no se sostiene si se consideran los hechos ocurridos en París desde la racionalidad, desde un análisis menos sentimental, más científico si se quiere, en el que se trata de ver el Mundo en toda su complejidad y no en una imagen sencilla, en blanco y negro, sin matices.

Así es, los yihadistas del “Charlie Hebdo” y el Hiper Cacher no son unos paladines de los parias de la Tierra contra el opulento Occidente. No han matado en nombre de la liberación de los pueblos colonizados y oprimidos por el Imperialismo de Estados Unidos y sus fieles aliados. Ni mucho menos. Han matado en el nombre del Islam. Al grito de “Allahu akbar”. Alá es grande.

Han matado por la misma razón por la que los musulmanes lo han estado haciendo desde los tiempos del profeta Mahoma: para defenderse de los infieles. Desde el tiempo de la Hégira hasta, por poner una fecha, la insurrección de los llamados “derviches” en el Sudán de 1885, que muchos recordarán de películas “de aventuras” como “Kartum” o “Las cuatro plumas”.

Es más, esa matanza ni siquiera representa a todo el Islam -como se ha visto por la protesta en contra de dichos “lobos solitarios” de altos representantes de esa religión- sino a una de las interpretaciones del Islam no por ruidosa más representativa de esa religión.

En efecto, los “lobos solitarios” de París han matado en nombre de una doctrina surgida del Islam, la fundamentalista o wahhabi, que interpreta las palabras del Profeta en términos que son ajenos, por ejemplo, a otras doctrinas islámicas como la de los místicos sufíes, que serían incapaces de haber perpetrado tales actos.

En efecto, como señala uno de los escritos sufís, “El Tratado de la Unidad” (Risalat al-Ahadiyya), toda la Existencia que tenemos ante nuestros ojos, cada uno de nosotros mismos, no es sino una parte del todo que es Dios. Por lo tanto los asesinatos de París serían una abominación, ya que unas partes del todo habrían atacado a otras para aniquilarlas, entendiendo, por su propia cuenta, que habían ofendido a dicho todo que para los sufíes es el Dios presente en todas y cada una de las cosas y seres creados.

A la interpretación fundamentalista de las palabras del Profeta -que chocaría frontalmente con otras interpretaciones, como la sufí que acabó de resumir- es a lo que se deben los asesinatos y muertes de París. No a la reacción de un “Tercer Mundo” machacado por las necesidades geoestratégicas de Occidente, como pretendía asegurar el comentario de Willy Toledo.

Y es que este actor, que nos hizo reír en “7 vidas”, “Al otro lado de la cama” o  “Crimen Ferpecto”, olvida muchos detalles.

Por ejemplo, el de esa motivación religiosa que impulsa a estos “lobos solitarios”. O que el ISIS dispone de unas cantidades de recursos económicos mayores que las de muchos de esos países llamados subdesarrollados. O que la república islámica de Irán, el gran enemigo de Occidente hasta ayer, se ha sumado a la ofensiva contra dicho Estado Islámico. O que muchos creyentes del Islam, como pretendían serlo los “lobos solitarios” abatidos en París, son inmensamente ricos. Véase la lista: el Sultán de Brunei, los reyes y príncipes saudís…

Ciertamente hay un fondo de verdad y realidad en lo que en poco más de cien caracteres trató de expresar Willy Toledo, y es que la marginación, la pobreza, la cólera y el resentimiento que se generan en muchos países o en sucursales del Tercer Mundo que crecen en la “banlieue” de las grandes urbes de Occidente, crean un caldo de cultivo enteramente favorable para fanatizar con esa clase de doctrinas destructivas -que, como vemos, ofenderían en lo más vivo a muchos musulmanes, como los sufís- a hombres y mujeres como los que se inmolan tras asesinar a otros semejantes suyos a los que consideran ofensivos para su idea de lo que es Dios. O el Todo, como dirían los sabios sufís.

Pero más allá de eso sólo hay creyentes muy necesitados de leer y releer libros como “El Tratado de la Unidad” de Ibn´Arabi. Especialmente sus palabras finales “Que Allah nos prepare para lo que Él ama y para lo que Le place respecto a palabras, actos, ciencia, inteligencia, luz y verdadera dirección. (Él) lo puede todo y responde a toda plegaria con la respuesta justa”…

De haber leído y meditado sobre el “Tratado” de Ibn´Arabi, es probable que los hermanos Kouachi no hubieran muerto por nada, ni hubieran asesinado a nadie y así, ya de paso, Bildu se hubiera ahorrado en el Parlamento Vasco el bochorno de ser el único grupo político que, una vez más, no condena ejecuciones de ese tipo. Incapaz, por lo que se ve, de respetar al que no piensa como ellos. Imitando en esto a los fundamentalistas islámicos que masacran cristianos en Irak o humoristas en París. O a los fascistas que en 1977 pusieron una bomba en otra revista satírica -española en este caso- “El Papus”…

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¿Se ha terminado ya el centenario de la Primera Guerra Mundial? El Día de Reyes en las trincheras francesas de 1915
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Carlos Rilova | 05-01-2015 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Disculpen la pregunta, pero ¿saben ustedes si se ha acabado el centenario de la Primera Guerra Mundial?. Desde hace cosa de una semana el historiador que firma estas páginas está algo desconcertado al respecto.

Por un lado he visto en los Medios noticias acerca del famoso partido de fútbol entre británicos, franceses y alemanes en cierto sector de las trincheras del frente occidental, celebrado en diciembre de 1914 y del que se ha estado hablando -ya se lo dije- desde diciembre de 2013.

Al parecer se ha hecho una reconstrucción del partido en varios lugares, con uniformes de época y todo lo demás necesario para no hacer una astracanada ridícula. Una de esas a las que tan aficionados son en otras latitudes, donde creen que recordar, o reconstruir, el pasado se arregla con vestirse de troglodita o poniéndose alguna que otra prenda supuestamente identitaria que, en realidad, como mucho, se remonta a los tiempos del abuelo o abuela del interesado o interesada…

Por lo demás, descartadas esas reconstrucciones del famoso partido pacifista entre una pequeña -pero honrosa- parte de los combatientes de aquella carnicería llamada “Primera Guerra Mundial”, parece que oficial u oficiosamente se ha declarado ya celebrado, como es debido, el centenario de aquellos hechos que realmente cambiaron el Mundo. Tanto que para alguien de hace cien años -antes de ayer en términos históricos- nuestra realidad sería poco menos que incomprensible, salida de la imaginación de un  Julio Verne…

Sería curioso que así fuera, que no se organizasen más actos en torno a aquellos acontecimientos.

Más que nada porque después del famoso partido de Navidad de 1914, la guerra continuó. Un año, y otro más, y otro… así hasta 1918.

Hay numerosos documentos que lo demuestran. Por ejemplo el que ilustra este primer correo de la Historia del año 2015.

Se trata de uno de los inefables grabados de “Le Petit Journal” que, como ya saben quienes siguen fielmente esta página cada lunes, ha facilitado alguna que otra ilustración a artículos publicados en este correo de la Historia.

Efectivamente, ahí lo tenemos. A falta de foto en color -todavía muy raras en la época y casi hasta mediados del siglo XX- el dibujante de “Le Petit Journal” dibuja y colorea a los soldados franceses celebrando el primer Día de Reyes en las trincheras. El primero de los tres que se celebrarán -es un decir- en aquella larga guerra mundial.

Los soldados se han ataviado para la ocasión, siguiendo una tradición bastante antigua. La de vestirse con algo parecido a coronas de reyes hechas con papel o latón para celebrar ese fin del Adviento. Eso que ahora se representa con más boato en la mayor parte de las ciudades españolas este día 5 de enero.

Con las limitaciones lógicas al estado de guerra en primera línea en el que se encuentran, también han conseguido bebida y algo parecido a la “galette” -lo que nosotros llamamos “roscón”- que ya en esas fechas -y desde mucho antes- era lo habitual en ese día. Aparte de eso beben. Seguramente el “gnole”, la “poción mágica”… Es decir, el licor peleón con el que les quitaban el miedo -y la prudencia- antes de cargar, a la bayoneta, contra las ametralladoras alemanas.

La imagen, por supuesto, es idílica, casi pura propaganda de guerra, como viene, casi, a reconocer el comentarista de “Le Petit Journal” al señalar que la imagen es digna de un cuadro de Jordaens de los muchos que había en los museos de la entonces invadida Bélgica. Por ejemplo de “El rey bebe”.

En definitiva, un recuerdo de que lo de los partidos de fútbol pacifistas intertrincheras no ha significado nada, que la moral de la tropa está alta y que, sobre todo, la guerra continua. Heroica, denodadamente, sin que los valientes soldados de Francia piensen, ni por un momento, en dejar sus trincheras para irse a sus casas a celebrar la fiesta de los Reyes…

Así las cosas, esta víspera de Reyes de cien años después, no puedo creer que sólo yo me haya acordado de que, unos pocos días después de aquel famoso partido de fútbol pacifista, otros hombres en esa misma situación se vieron obligados a celebrar el Día de Reyes en las condiciones que, pese a la buena mano del dibujante de “Le Petit Journal”, nos hablan del horror desencadenado en el verano de 1914 y que todavía tendría que durar otros cuatro años más.

Si es así, quizás esta noche de Reyes de cien años después es un buen momento para que nos paremos a pensar por un momento, o dos, en el modo en el que recordamos la Historia, la conmemoramos y para que sirven los centenarios de determinados acontecimientos…

¿Se trata de un simple ejercicio arbitrario y fútil?. ¿Un ejercicio que nada aporta, salvo anécdotas intranscendentes después de todo, resumiendo en, por ejemplo, un partido de fútbol de las Navidades de 1914, un vasto cataclismo histórico que dura hasta 1918?.

Yo diría que “sí” para responder a esas dos preguntas. Y dicho esto tan sólo les diré que tengan un muy feliz año 2015 y que pidan a los Reyes más conmemoraciones históricas y de más calidad. Algo muy necesario en este año 2015, a partir del que la Primera Guerra Mundial y todos sus sangrientos hitos -Verdún, el Somme…- seguirán, por turno, cumpliendo cien años y, además, se cumplen doscientos de la batalla de Waterloo. Otro hecho que cambió el Mundo. Y no porque lo diga yo, que eso lo dijo uno de los visitantes más ilustres del País Vasco: Víctor Hugo (ya saben el que escribió aquel libro, “Nuestra Señora de París”, del que luego la Disney hizo una película de dibujos animados)…

Sólo me queda añadir que este sea un feliz año, empezando por esta noche de Reyes que, seguramente, para la mayoría, será mucho mejor que la de aquellos soldados franceses que tuvieron que celebrarla agazapados en una trinchera porque, por segunda vez en menos de un siglo, Alemania había querido imponer su voluntad al resto de Europa, tal y como hoy mismo está intentando hacer de nuevo. Por ejemplo, prohibiendo a los griegos votar a determinados partidos políticos en lo que a todas luces parece una nueva edición de aquellos sucesos de 1915 o de los de 1939.

Cosa en verdad incomprensible cuando ni por votación, ni a la sombra de las bayonetas, como se intentó en 1915, nadie -que se sepa- ha elegido ni aceptado como dirigente de la Unión Europa a ese país, que después de dos guerras mundiales parece seguir sin darse cuenta de cómo suelen acabar estas cosas. Con Berlín arrasado y batido por fuego de Artillería, fúsil y ametralladora en cada esquina, en cada calle, en cada plaza…

 

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Historia y películas “de Navidad”. O, ¿por qué he visto tantas veces “Las aventuras de Jeremiah Johnson”?
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Carlos Rilova | 29-12-2014 | 10:37| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Sí, aunque no lo parezca, yo también creo en eso de la tregua navideña y, por tanto, hoy no les voy a hablar de cómo la Política actual se entromete con la Historia, ni a perpetrar el agravante de señalar -que dicen que está muy feo- a determinados nombres y siglas como he hecho en otros artículos.

Así pues, la Historia de la que vamos a hablar hoy es mucho más liviana. Tratará sobre las películas que, quieras o no, suelen programar en televisión en estas que llaman “señaladas fechas”.

Últimamente, este año al menos, parece ser que con lo de la TDT a los programadores les ha dado por los llamados “péplums”, o, como decía el poeta Joaquín Sabina en una de sus composiciones, por el “una de romanos”. Es decir, películas de mayores o menores vuelos -generalmente menores más que mayores- ambientados en algún período de la Antigüedad. Desde el Egipto faraónico a la Grecia clásica o, sobre todo, la Roma más o menos imperial, sin olvidarnos de los emplazados en algún episodio del Antiguo o el Nuevo Testamento.

Así, en estas Navidades han circulado por las pantallas megaproducciones como “Los Diez Mandamientos” o “Sansón y Dalila”.

Pero esa clase de cine no suele ser muy normal en estas fechas. No, lo normal suelen ser películas americanas relacionadas con las fechas -toda una variedad de interpretaciones y reinterpretaciones de la historia de Papá Noel, o, como prefiramos, Santa Claus- y, también, de vago ambiente medieval. Traducido: la saga de “El Señor de los Anillos” y atroces derivados. Como una historia de serie B de cuyo nombre no quiero acordarme y que el día de Navidad nos contaba la enésima reinterpretación del mito artúrico, con un mago Merlín un tanto revisionista metido en una nueva gesta por caballeros de ese ciclo artúrico que, sin complejos, exhibían en capas y sobrevestes todo un catálogo heráldico de lo más anacrónico. Uno que iba desde el águila bicéfala zarista hasta algo que se parecía al escudo de la Orden del Baño, fundada en 1725. Como unos mil, o más, años después de que Arturo fuese enterrado entre las nieblas de Avalón…

Ahí quedaba eso y con ello otra de aventuras medievales firmada por Ridley Scott: la enésima revisitación de otra leyenda medieval, Robin Hood…

En ese panorama también suelen colocarse, por razones obvias dramas dickensianos y lo que yo llamaría películas “de nevadas”. Es decir, películas en las que, por una u otra causa, hay abundancia de paisajes nevados y que, por lo tanto, los programadores de televisión consideran aptas para las Navidades.

Una que he echado en falta, al menos hasta el momento en el que escribo estas líneas, ha sido un gran “Western” de los años 70, “Jeremiah Johnson”, para nosotros traducido como “Las aventuras de Jeremiah Johnson”.

Ya la he mencionado de pasada en otros correos de la Historia, pero hoy le voy a dedicar, como ya se imaginarán, más atención. Fue realizada en 1972 por Sidney Pollack, símbolo del nuevo cine americano de esa década tan prodigiosa como desgraciadamente malograda por la labor de las dos siguientes.

Es decir, se trataba de un “Western” que rompía con el lenguaje épico-heroico del “Western” clásico -el de John Ford y otros muchos menos conocidos-, se centraba -con verdadera avaricia- en los paisajes salvajes, en la Naturaleza, como un personaje más y en el que el hombre blanco aparecía como un intruso en medio de esa Naturaleza grandiosa y salvaje y sus habitantes primigenios. Es decir, las llamadas naciones indias -hoy “nativos americanos”, por aquello de la corrección política- que vivían en armonía con ese medio.

Otra de las características de ese cine era la preocupación por el detalle, por reconstruir bien el momento histórico en el que transcurría su acción.

En efecto, en esta gran película, llena de Naturaleza nevada en gran parte de su metraje, no se veían, como en muchos otros “Western” del período anterior, indios de guardarropía y otras barbaridades como, por ejemplo, iroqueses vistiendo penachos de plumas sioux y viviendo en los típicos y tópicos “teepees”. Las tiendas de piel de búfalo cónicas que ese cine asoció, para siempre, y en general, a la palabra “indios”.

Así es, desde el inicio de la película vemos en esta película de Pollack cosas hechas con espíritu de autenticidad. Toda una lección de cómo había evolucionado nuestra sociedad en aquellas fechas: pidiendo verdad y menos artificio.

En esa línea, la voz en off nos presenta al héroe, Jeremiah Johnson, que tras la guerra contra México, en 1848, deja el Ejército y decide ir a hacer fortuna a los grandes cazaderos salvajes de las Montañas Rocosas. Lo que vemos a continuación está lejos de los poblados “del Oeste” en Technicolor. Se trata de un gran asentamiento a orillas de un gran río, con las calles llenas de barro y de tipos desastrados pero con los mosquetes, hachas y cuchillos y otras armas bien relucientes y dispuestos a lo que sea.

El propio Jeremiah lleva su historia a las espaldas. Aún viste restos de su uniforme de uno de los regimientos de dragones de los Estados Unidos de aquella época: su gorra de plato de lona azul, sus pantalones azul celeste con la raya militar amarilla, sus botas de montar…

Los “indios” con los que se cruza a partir del momento en el que esa capa de Historia y Civilización se le van desprendiendo, a medida que se adentra en el territorio salvaje, confirman aún más ese afán de veracidad. Los grandes protagonistas de esa historia serán, sobre todo, los Crows del jefe Camisa Encarnada, frente a los que Jeremiah Johnson tendrá que ganarse el derecho a existir. O siquiera a estar en esas montañas aún salvajes, apenas en contacto con la “Civilización”.

El aspecto de esos “indios” es, en efecto, otra dosis de verdad que hace de esa película algo grande, algo que mejora a medida que pasan los años.

Sí, el aspecto de esos “indios” está bien documentado, como sus costumbres –atentos, por ejemplo, a la escena en la que un guerrero Crow, acorralado por Jeremiah, canta su “canción de muerte”- y, lo más importante, su punto de vista sobre las cosas, que choca frontalmente con el de Jeremiah Johnson y otros agentes de la “Civilización” que se van dejando caer por ese territorio salvaje, impresionante. Por ejemplo un regimiento de Caballería de Estados Unidos que requiere a Jeremiah, ya casi perfectamente adaptado al medio -casado con una “india”-, para que salve a una caravana de colonos que avanzan hacia la Costa del Pacífico por esas latitudes inhóspitas.

Algo para lo que Jeremiah Johnson tendrá que profanar un cementerio de la nación Crow, lo cual le traerá numerosas complicaciones que culminan esta película que, sin duda, da lustre y esplendor a la parrilla navideña cada vez que los programadores de Televisión se animan a meterla en ella.

Esas, y algunas otras que no menciono por falta de espacio, son las razones por las que, desde una lejana Navidad de finales de los años setenta, he visto muchas veces “Las aventuras de Jeremiah Johnson”, a las que les recomiendo acudir -afortunadamente la copia legal de la película es bastante fácil de conseguir- si consideran que los programadores de Televisión les están colando demasiado Dickens, demasiados Papá Noel “para toda la familia” o demasiada pseudo Edad Media…

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Bienvenidos a la Primera Guerra Mundial. Notas sobre una lección de Historia de la escuela “Anne-Frank” (1914-2014)
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Carlos Rilova | 22-12-2014 | 10:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El miércoles, en el Telediario matinal de Antena 3 dieron una noticia de lo más curiosa.

Una de las escuelas francesas, la “Anne-Frank” (para nosotros Anna Frank), que aplica métodos digamos innovadores, o poco ortodoxos para algunos, decidió enseñar a sus alumnos qué había sido la Primera Guerra Mundial sin recurrir a los libros, apuntes y lo demás habitual en la Pedagogía al uso, según contaba su profesora.

Bien, y ya se estarán preguntando en qué consistía esa enseñanza innovadora de ese gran conflicto -gran en el mal sentido de la palabra- que ha cumplido cien años en este de 2014 al que le falta ya poco para acabar y dar paso a otro centenario sonado, como lo será el de la batalla de Waterloo. Y debería serlo también -si el papanatismo fuera una enfermedad cultural menos extendida en España- el de la campaña de 1815. La última contra Napoleón, vivida por muchos territorios europeos, a veces tan lejos de Bélgica como el País Vasco, Cataluña…

Pero volvamos a la “Gran Guerra” y cómo es enseñada por algunos profesores franceses.

Por lo que se veía y se contaba en televisión, los profesores habían hecho cavar  -en el patio del colegio, según el blog “Journal d´un prof de Histoire” de Bernard Girard- una trinchera real. Con sus medidas, sus sacos terreros, sus alambradas y etc…

La cosa se llevó hasta los extremos, proporcionando a los alumnos una noche seguramente inolvidable por muchas razones. Para empezar a las cinco de la tarde y después de cavar la trinchera y mirarla con cara de haber entendido, al fin, de qué iba todo eso de la Primera Guerra Mundial, no te podías ir a casa.

Ni mucho menos. La lección consistía en quedarse allí toda la noche y dormir por turnos. Cuando no estabas sobre un montón de paja tratando de dormir, debías estar apostado entre las troneras abiertas en la línea de sacos terreros con una réplica en madera de un fusil de la época.

Para darle más realismo a la cosa los profesores aportaron otros elementos digamos didácticos.

A saber: tableteo constante de ametralladoras, nubes de humo para simular ataques con gas y petardos arrojados a la trinchera para que sus alumnos se hicieran una idea de lo difícil que era dormir mientras el enemigo te estaba bombardeando toda la noche. Dormir, o sobrevivir en tu puesto de guardia, que también era bastante difícil.

¿Qué más se puede decir de esto?. Pues por mi parte, y sin que sirva de precedente, que hay que felicitar a estos colegas franceses por la original iniciativa. Seguramente sus alumnos se quedarán, para los restos, con una idea bastante exacta de qué fue, realmente, la “Gran Guerra” para miles de personas hace cien años.

Cuando cojan un libro sobre el tema -ya sea una novela, un libro de texto, un manual, una de las muchas monografías que se han publicado al calor de este centenario…- tendrá mucho más significado y sentido para ellos que para los alumnos que han estudiado el tema como una lección teórica más.

¿Aprenderán así a odiar y temer las guerras como parece que es el objetivo final de esa lección práctica?.

Ahí ya no me atrevo a decir nada. Probablemente, como suele ocurrir con todo el que pasa por una reconstrucción histórica de una batalla -sea más sofisticada, o menos, como es el caso de este experimento francés- es muy probable que se les hayan quitado las ganas de ir a ninguna guerra -o fomentarla- a los agotados, helados, azorados, alumnos que han tenido que cavar una trinchera y luego intentar dormir en ella sobre paja, con ruido de ametralladoras y explosiones de fondo, más nubes de humo parecidas al gas tóxico usado en la “Gran Guerra”.

Sin embargo, con las guerras pasa lo mismo que con los demás negocios de los seres humanos. Es decir, que aunque no lo parezca, son un asunto tan complicado como lo puede ser, por poner un ejemplo, la fluctuación del mercado de valores mundial.

En efecto, hay un Pacifismo un tanto simplista que considera -ya lo he comentado por aquí alguna vez- que las guerras son “absurdas”. Suele hablarse en esos casos también del “sinsentido de las guerras”…

Sin duda, esa es la impresión que muchos que han pasado por esa experiencia, la de la guerra, -incluso por la de una reconstrucción histórica más o menos sofisticada- sacan de todo ese asunto.

Ahora bien, está igualmente demostrado, históricamente, que a otros la Guerra les gusta. De forma íntima, visceral. Cualquiera que haya estudiado las guerras napoleónicas -vamos a decir que ese es el caso del que estas líneas escribe- se ha encontrado, tanto en documentos como en la Literatura generada a partir de ellos, con  casos absolutamente verídicos -de alguno de ellos les hablé en un artículo titulado “Moda vasca para el año 1815”- de gente que no quería saber nada de volver a sus granjas -si las tenían-, sus talleres, su vida digamos “normal”… incluso con sólo algo más de un año de servicio en aquellas guerras napoleónicas.

Sí, Robert Mitchum lo decía de manera lapidaría en una película, “Anzio”, sobre la segunda edición -corregida y aumentada- de la “Gran Guerra”: las guerras existen porque a los seres humanos les gusta matar…

Y una cosa lleva a la otra, y por esa razón, porque el hombre ha encontrado durante siglos razones para matar, ocurrió lo que ocurrió hace ahora hace cien años, cuando muchos de ellos -los alemanes y austriacos como agresores, los belgas, franceses, británicos… como agredidos que se defendían- soportaron cavar trincheras, piojos (“totos” los llamaban cariñosamente los soldados franceses), pulgas y otras alimañas, gases tóxicos, bombardeos masivos, cargas a la bayoneta contra nidos de ametralladoras, bombardeos de aviones y tanques, etc., etc…

No sólo durante una instructiva noche sino durante muchas más. Años en el caso de los que tuvieron la suerte de sobrevivir…

Esa es la otra cara de esta lección de Historia tan innovadora para la que, de momento, parece no haberse encontrado solución ni una didáctica adecuada.

¿Será cosa de los recortes presupuestarios selectivos para Educación y Cultura de los que algunos y algunas no quieren ni siquiera oír hablar, sintiéndose molestos y molestas cuando se les ponen ante sus distraídos ojos, que sólo ven el problema presupuestario cuando afecta a sus afines políticamente?. El tiempo y las urnas nos lo dirán.

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Dos lecciones de Historia política a partir de la “Ley mordaza”, “Los miserables” y el 15-M
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Carlos Rilova | 15-12-2014 | 10:29| 3

 

Por Carlos Rilova Jericó

La semana pasada fue aprobada la llamada “Ley mordaza”, proyecto largamente soñado por el actual ministro del Interior español, que ejecuta así lo que parece tanto un acto de voluntad personal, como deseo generalizado del gobierno que entró en funciones en el año 2011.

Dicho proyecto ha suscitado toda clase de protestas que se han estrellado contra la mayoría absoluta del Partido Popular en el Congreso de los Diputados.

Entre las que más me han conmovido -y de paso inspirado este artículo- ha estado un último gesto de resistencia por parte de algunos miembros del movimiento 15-M (eso dijeron algunos telediarios el día 12) que, entrados en el Congreso como público destinado a las galerías superiores, osaron ponerse a cantar una de las canciones del musical “Los miserables” -basado en la novela del mismo nombre firmada por Víctor Hugo- como acto de protesta por la aprobación de esa ley mordaza.

Por supuesto, de acuerdo al rígido protocolo que impera en esa alta institución del Estado, fueron expulsados por los ujieres, para que así se sepa que no estamos en tiempos revolucionarios. Como los de 1789 o 1812, fechas en las que el bajo pueblo exaltado por palabras como “Libertad” o “Constitución” increpaba a los diputados que, en su opinión, no defendían esos recién conquistados derechos.

El gesto, como decía, fue hermoso, incluso conmovedor, pero, claro, como siempre, aquí hablamos de Historia y lo que toca es analizar el valor histórico, para nuestra sociedad, de dicho gesto. Vamos, pues, con la primera de las dos lecciones de Historia política que se pueden sacar de ese incidente, ocurrido el 11 de diciembre de 2014 en el Congreso de los diputados español.

Esa primera lección es para el público en general. Entre ellos los presuntos miembros del 15-M que cantaron esa canción de “Los miserables” en el Congreso y, quizás, están confundidos sobre lo que realmente, en términos históricos, se representa en la película, en la que todo parece una continuación, no demasiado lógica, de la famosa revolución de 1830 inmortalizada por Delacroix en un famoso cuadro.

La película indica que la acción revolucionaria dramatizada en ella transcurre en 1832. Entonces ¿de qué proceso revolucionario puede tratarse si dos años antes, en 1830, ya se había instaurado un gobierno de esas características?.

En efecto, en julio de ese año el pueblo francés se levantó contra un régimen tiránico: la monarquía absolutista -cada vez más absolutista- de Carlos X. Se derrocó a este rey de la dinastía Borbón -el último de ella que ha reinado en Francia- y se instauró una monarquía constitucional poniendo como rey a Luis Felipe de Orleans. La dinastía de repuesto -llamémosla así- para el trono francés, que llevaba desde el siglo XVII esperando esa oportunidad.

Luis Felipe pasa en los libros de Historia por ser un buen tipo. Mucho mejor que aquel Carlos X con tendencias de sátrapa al que vino a sustituir. Se decía de él que era un apacible burgués, más de paraguas y chistera que de cetro y corona, y de hecho gobernó durante dieciocho años Francia. Todo un logro en el convulso panorama de la Europa de la Era de las revoluciones. Más aún teniendo en cuenta que, a diferencia de nuestro Fernando VII -que se quedó lívido al ver lo que había ocurrido en Francia, hasta entonces valedora de su propio Absolutismo-, gobernaba como rey constitucional y parlamentario.

Esa es la teoría que, como vemos, hace bastante incomprensible una revolución como la de “Los miserables”. La práctica de la monarquía de Luis Felipe lo explica mejor: no fue tan liberal como se pudiera creer. Las tendencias autoritarias de parte de la burguesía que había querido la revolución de 1830 hicieron pronto su aparición, poniendo límites a la Libertad que les había guiado en julio de ese año hasta las Tullerías para derrocar a Carlos X.

Otra parte de la burguesía, más revolucionaria, menos moderada -y republicana-, apoyada en el bajo pueblo, en los miserables en fin, exigió no menos sino más Libertad, apelando por cierto, como se ve en la película con total claridad, a un general, Lamarque, que ellos veían como garante de esas aspiraciones…

Sin duda ese sector revolucionario que quería más revolución a partir de la hecha en julio de 1830 no se acordaba -o no se quiso acordar- de que otro general, Napoleón -jefe, por cierto, de Lamarque-, diecisiete años antes, en lugar de ser garante de ninguna revolución se instauró como autócrata entre 1804 y 1814. Más una propina de cien días. En cualquier caso Luis Felipe y su régimen no estuvieron muy dispuestos a escuchar demandas sobre más, y no menos, Libertad. La cosa, como se ve en la novela, en el musical, en la película… acabó en baño de sangre.

Así hasta que en 1848 los derrotados en esa acción represiva hicieron su propia revolución, instaurando la Segunda República francesa.

¿Fueron entonces los franceses más libres?. Pues desgraciadamente no. Nos cuentan los historiadores especializados en ese período que uno de los primeros efectos de esa revolución fue crear un cuerpo policial represivo que ha llegado hasta hoy día en Francia bajo la forma de las temibles CRS. Es decir, las Compañías Republicanas de Seguridad. La Policía antidisturbios francesa de fama mundial y no precisamente por la suavidad de sus métodos de diálogo político…

Además de esto el sobrino de Bonaparte dio un golpe de estado en 1851 e instauró otra autocracia imperial que, tras sacarse de encima a unos cuantos protestones -uno de ellos Víctor Hugo-, gobernaría Francia hasta 1870. La cosa no pararía ahí. La larga marcha por la Libertad en Francia, y en el resto de Europa -España incluida-, continuó. De hecho hasta hoy mismo. Siempre por la misma tensión entre sectores de la burguesía más moderados y otros más revolucionarios apoyados en las clases populares, que quieren para ellas el mismo trato que la burguesía exigió en 1789…

Lo que se vio el miércoles en el Congreso de los Diputados fue un episodio más de esa lucha, representada esta vez por los expulsados de las galerías del público y por el ministro Jorge Fernández Díaz.

Y eso nos lleva a nuestra segunda lección de Historia política, que esta vez me permito dedicar a dicho ministro y al sector de opinión que representa. Puede que él y quienes lo apoyan en las urnas no sepan que, una y otra vez, en la Historia, cuando un grupo social -patricios romanos, aristocracia feudal, burguesía conservadora…- ha ido excluyendo a más y más gente y después ha pretendido defenderse con leyes como la de “la patada en la puerta” -promulgada por el PSOE en 1992- o la “mordaza”, lo único que ha conseguido es que las masas de hombres y mujeres airados -como dice la canción de “Los miserables”- hayan venido a exigir cuentas. En las escalinatas del Palacio de Invierno o en las urnas. Eso si antes la guardia pretoriana o los cosacos de la Guardia Imperial -en principio los garantes de leyes así- no han acabado ya, por pura avaricia, porque son ellos, al final, los que tienen el control de la fuerza física…, con esa clase dirigente y excluyente que pretende escudarse en leyes así…

Lo que viene después de eso puede ser mejor o peor, traer más o menos Libertad, pero normalmente, a esas horas, los autores de leyes así ya han sido arrollados por la situación que ellos mismos han creado con un egoísmo digno de urracas y una ignorancia propia de la materia más inerte que se pueda encontrar en el Universo.

Dicho esto sólo queda desear, al señor ministro, a su partido y a su ley, muy buena suerte para las cada vez más próximas elecciones generales. Les va a hacer falta.

Sobre todo si las ganan y siguen con sus planes de estos últimos cuatro años, porque probablemente nos llevaran así a la misma situación en la que se encontraba ese país tan terrorífico hoy para muchos -Venezuela- antes de que el comandante Hugo Chávez se hiciera con el control de la situación. Cuando fue aupado -en las urnas- por miles de excluidos, de marginados. Esos mismos que fabrica en serie gente como la que luego promulga leyes mordaza, esperando así poner puertas al alud que ellos mismo acaban por provocar y que, en efecto, los arrolla, demostrándonos que, a veces, el Mundo está gobernado por gente que no ve más allá de sus narices, que ni siquiera es consciente del alcance de sus propios actos y del daño que les pueden acarrear. A ellos y a muchos otros…

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¿Es en serio o es en broma?. La trastienda de los documentos históricos y los cambios de opinión sobre Lord Wellington (San Sebastián de 1813 a 1828 pasando por 1815)
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Carlos Rilova | 08-12-2014 | 10:15| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

La opinión de Jane Austen sobre la Historia que, como ya les he dicho alguna vez en este correo de la Historia, era creer que la mayor parte de ella era ficción, parece estar bien extendida.

Muchas veces me he encontrado, incluso entre compañeros de otras ciencias que no son la nuestra -es decir, la Historia-, la idea de que quienes reconstruimos el pasado lo hacemos no a base de método científico, sino de leyendas y rumores. Incluso algunos creen que basta con la intuición personal para hacer esta tarea tan delicada.

Pues no, nada más alejado de la realidad. Y esa curiosa circunstancia es la que me ha llevado a elegir este tema como eje de este nuevo correo de la Historia, amortizando así, al menos en una ínfima parte, las investigaciones que estoy finalizando en estos momentos.

En efecto, ando manejando últimamente documentación sobre un personaje histórico famoso y muy controvertido. Al menos en mi ciudad, San Sebastián.

Me refiero a no otro que el duque de Wellington, Arthur Wellesley, general en jefe de los ejércitos aliados que de 1808 a 1813 combaten en la Península, después, en 1814, en Francia y, finalmente, en las llanuras de Bélgica en un lugar llamado Waterloo, batalla que en pocos meses se hará famosa gracias a cumplir su bicentenario. Razón más que suficiente para que, en efecto, hablemos hoy aquí de Lord Arthur y de su fama recogida en diversos documentos históricos.

A nivel mundial, Lord Wellington pasa por ser el destructor de Napoleón, el vencedor de esa batalla de memoria formidable llamada “Waterloo”.

Todos los documentos dicen eso. Y después de ellos los libros de Historia y así sucesivamente.

¿Hay alguien que tenga una mala opinión sobre él, incluso fuera de Francia?. La respuesta es que sí. Algunos contemporáneos suyos que no eran Napoleón, ni sus también famosos mariscales, tenían una mala, incluso pésima, opinión de él.

Se trataba de los gobernantes de San Sebastián, supervivientes a la quema y destrucción de su ciudad a partir del 31 de agosto de 1813, cuando la última gran operación militar para expulsar a los franceses de España culmina con la toma -inevitable, imprescindible- de San Sebastián y su posterior destrucción a manos de las columnas aliadas, de soldados británicos y portugueses, que la toman al asalto con atroces bajas de varios miles de muertos, provocando a su vez, y fuera del control de sus oficiales, un desastre aún mayor, que el año pasado -como ya sabrán quienes leen este correo de la Historia- ha dado lugar a penosas diatribas en las que la Política ha tratado de enmendar la plana a la Ciencia haciendo pasar de contrabando -una y otra vez- opiniones políticas como si fueran Historia.

Dicho contrabando es fácil de reconocer: lo primero que pretende es que ideas y preocupaciones de hoy día sean las ideas y preocupaciones de gentes de hace doscientos años, a las que, para empezar, apenas se conoce de nada.

La solución a ese embrollo -cuando hay voluntad de resolverlo- es también bastante sencilla. Consiste en dar a alguien titulado en una facultad de Historia la documentación relativa a dichos sucesos para que escriba un informe sobre los mismos tras analizar el contenido de esos documentos.

Hecho esto en el caso, por ejemplo, de la buena o mala prensa de un famoso general como Wellington, conocido en el mundo entero, se descubren cosas curiosas.

Por ejemplo que los representantes municipales de San Sebastián consideraban a dicho general como hombre de fama inmortal, un verdadero héroe, libertador de España. Todo eso está dicho en una carta fechada en Zubieta -punto de reunión de los vecinos de la devastada ciudad- en 8 de septiembre de 1813 y conservado en un legajo de correspondencia dirigida al excelentísimo duque de Ciudad Rodrigo, conservado en el archivo municipal de San Sebastián con la signatura E  5  III  2117, 14.

Esa opinión irá cambiando de manera drástica en los meses siguientes, entre octubre y noviembre de 1813 y enero y febrero de 1814.

Las respuestas que mylord da en persona o por medio de su secretario militar, Josef O´Lawlor, a las peticiones de ayuda de la ciudad para que se les compense por los daños causados, no ayudan mucho a que mejore la opinión de esa comunidad sobre él.

De ahí vendrá un progresivo deterioro. Wellington señalará en respuesta a esa carta de 8 de septiembre que lamentaba lo ocurrido, que no era culpa suya y que, de hecho, la destrucción de la ciudad era todo un inconveniente para su ejército al privarle de alojamientos.

La carta de 18 de septiembre de 1813 en la que Wellington volvía a responder a nuevas demandas de la ciudad, abría una agria brecha entre ambos personajes históricos -la ciudad y el general- cuando éste, por mano una vez más de O´Lawlor, insistía en que los franceses habían quemado la ciudad, en cinco o seis puntos, antes de que sus tropas entrasen…

Afirmación que era saludada por una nota al margen de la misma, hecha por la ciudad o cualquiera de sus representantes, tanto daba, señalando que había que estar borracho (sic) o falto de cabal juicio para decir tales cosas…

Desde ese punto la mala prensa de Wellington en San Sebastián no hará sino crecer a pesar de que en los documentos oficiales, en los que no se ponían notas al margen como esas, se mantuviesen las formas.

En efecto, en ellos se echa la culpa a O´Lawlor, se achaca la frialdad de Wellington ante la desgracia de la ciudad a conveniencias políticas, pero se le sigue elogiando, confiando en que apoyará la reconstrucción de la ciudad y hará que lleguen a ella socorros de España, de sus colonias y hasta de Inglaterra, como ocurrió en el caso de Moscú.

Sin embargo, el mal ya estaba hecho y no podía ir sino a peor. La ciudad acabó por ser reconstruida pero sus habitantes alimentaron un rencor considerable contra el famoso general. En 1828, cuando reciben a Fernando VII y a su mujer para celebrar la reconstrucción, los documentos oficiales de la ciudad señalarán que el culpable de su destrucción por el fuego, como una nueva Troya según esos papeles, era el vencedor de Waterloo…

No es que la futura capital guipuzcoana no se hubiese alegrado de la victoria aliada en ese famoso campo belga. Otros documentos municipales demuestran que la ciudad celebró por todo lo alto la destrucción del Tirano de Europa, de Napoleón, de aquel al que esos documentos oficiales de la ciudad no dudaban en llamar “Monstruo”, pero el desencuentro de 1813 seguía pesando y mucho. Y acabó por reflejarse en los documentos históricos, permitiendo así, como vemos, reconstruir perfectamente esa secuencia de hechos históricos que nos ofrece hoy una perspectiva poco conocida de la mala fama de un personaje tan famoso como Lord Wellington, pero no por ello menos cierta ni menos digna de ser conocida por todos aquellos que quieran decir -por ejemplo en la cena de Navidad del año 2014- que ellos saben de Historia.

Una materia que, como ven -o eso espero- nada tiene que ver con una reconstrucción a base de leyendas y rumores, sino con documentos muy elocuentes. De hecho, a veces, descaradamente elocuentes…

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Historias de mandarines. De la China de 1914 a la España de 2014
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Carlos Rilova | 01-12-2014 | 10:46| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este nuevo correo de la Historia empezó a fraguarse entre el miércoles y el viernes de esta pasada semana. Fue entonces cuando saltó a las pantallas la noticia del que ahora se conoce como “doble crimen de Zamora”.

Por si no se han enterado del asunto les diré que detrás de ese titular hay dos personas, una mujer de origen dominicano, joven, de 32 años, y su hija, de 9.

Según todos los indicios disponibles las mató el antiguo compañero sentimental de la madre. Después, para ocultar el delito, parece ser que las arrojó a un pozo donde sus cuerpos fueron encontrados por la Guardia Civil.

El modo en el que la abuela y madre de las dos asesinadas en Zamora contó cómo eso había llegado a ocurrir es lo que me ha llevado a escribir este nuevo correo de la Historia.

Ella, la madre y abuela de las víctimas, salió en los principales telediarios del jueves llorando, como no podía ser de otro modo, y arrojando a las ondas palabras que eran verdaderos mazazos. Decía que era aún más culpable del crimen no el asesino directo, sino el juzgado -el de Plaza de Castilla, en Madrid- donde ella había denunciado la cadena de amenazas, abusos, malos tratos, etc… que, tal y como temía, acabaron en el asesinato de su hija y de su nieta.

El viernes la cosa tomó un peor cariz aún. Sólo Telecinco, como les decía, seguía haciéndose eco del caso en su telediario matinal, volviendo a entrevistar a la abuela y madre de las dos víctimas. La razón para hacer tal cosa, al parecer, era que el Juzgado ya había manifestado que no se atendió la denuncia porque la letra de la misma era ilegible…

Los reporteros de Telecinco demostraban, sin embargo, que la letra de la denunciante era perfectamente legible -doy fe de ello- y su número de móvil también era perfectamente legible…

No sé por dónde evolucionará la cosa pero, en base a los datos de que dispongo ahora, estos que les he resumido, llevo desde el miércoles sin poder quitarme de encima la imagen de la China de hace cien años y su gobierno de funcionarios y burócratas.

Verán, se trataba de un país totalmente, o casi totalmente, anquilosado. Por diversas razones, pero, entre otras, por estar regido por una casta funcionarial que, quizás, ha sido la más perfecta -lo cual no quiere decir que fuera buena- que ha conocido la Humanidad.

Desde el siglo VII de nuestra era y hasta 1905, ese Imperio pasó a ser regido por funcionarios que se abrían paso hasta la cúspide del gobierno por medio de un complicado sistema de exámenes.

Fundamentalmente dichas pruebas -que son una constante en la Literatura china de esos siglos y aún en la posterior, reflejo de una verdadera obsesión- trataban de determinar hasta qué punto el aspirante conocía la fórmula de gobierno que se llevaba aplicando en el Imperio desde tiempo cada vez más inmemorial. A saber: un conglomerado de filosofía confuciana y taoísta, Historia, Literatura, Leyes…

El tipo humano que salió de ese método de selección era un individuo que creía vivir en el centro del Mundo -eran los demás los que estaban equivocados, por ejemplo los europeos-, estático, carente de dinamismo -como lo demostraban sus complicados ropajes-, sumiso con los fuertes -como se ve, sobre todo, desde el siglo XVII en adelante, en la adopción de la coleta que debían lucir todos los chinos por imposición del invasor manchú-, y lo que era aún peor: perfectamente corruptible -busquen información sobre la Guerra del Opio- e incapaz de hacer nada que no estuviese en el temario de la oposición que se habían empollado durante años.

Bueno, el resultado de ese bello monstruo burocrático aún lo estamos viendo. Un país gigantesco que se consideraba -y no sin razón- el origen de la civilización frente a los “bárbaros rojos” (es decir, nosotros, los occidentales) acababa en 1914 puesto de rodillas frente a las sociedades occidentales u occidentalizadas como era el caso de Japón. Puede que los “bárbaros rojos” no supiéramos nada de Confucio, o de tocarse las narices cultivando unas uñas de tamaño kilométrico que, evidentemente, incapacitaban para escribir a su feliz dueño -generalmente un altísimo funcionario del Mandarinato que así se distinguía de los subalternos-, pero habíamos inventado versátiles armas de tiro rápido que desde la cuarta década del siglo XIX barrieron -apenas sin esfuerzo- las ridículas fuerzas de Artillería chinas. Poco más que unos tubos montados sobre plataformas fijas que podían hacer, a lo sumo, un disparo frente a la Artillería naval europea, que efectuaba fuego, servida por artilleros expertos, varias veces en un lapso de poco minutos.

Hoy parece que, tras cien años, China ha resuelto el problema, pero lean, lean sobre su Historia reciente y extraigan conclusiones sobre lo que cuesta sacar del atolladero a un país atascado por un gobierno de inútiles funcionarios que sólo aspiran a perpetuar un sistema igual de inútil.

El doble crimen de Zamora es toda una advertencia de lo que le podría pasar -o ya le está pasando- a España -una de las principales economías de la Unión Europea- en estos momentos, regida por funcionarios de carrera metidos, como en la China imperial, a gobernantes. Unos que se quedan tan tranquilos diciendo que van a aplicar la Ley -es decir, el temario con el que se sacaron la oposición- cuando se ven ante un problema de Política (por ejemplo la secesión catalana). Es como para echarse a temblar si aplican dicha ley con la misma eficacia con la que la han aplicado otros funcionarios. A saber: esos que no fueron capaces de leer el número de móvil de una preocupada anciana y archivaron su denuncia sin mayor esfuerzo.

Esos temblores se acrecientan si consideramos que la alternativa a semejantes mandarines parece ser, hoy por hoy, un partido -Podemos- cuya cúpula esta compuesta, única y exclusivamente, por otros funcionarios cooptados dentro de un único departamento universitario y a los que, de momento, aún estoy por oír que, entre las muchas reformas que dicen ir a aplicar, está la tan esperada de la Universidad española -que lleva treinta años pendiente- para limpiarla de sus evidentes vicios, muy similares, a veces, a los del mandarinato chino. Los mismos que la han situado en la cola de todas las del mundo occidental.

Sin duda un funesto panorama para millones de personas: trabajadores emigrantes, empresarios, profesores y funcionarios eficaces (que también los hay), etc…

Como se supone que yo escribo desde la Historia, desde una tribuna científica, no debería tomar partido ni opinar subjetivamente frente a cuestiones como éstas, aunque, como habrán visto, son hechos devenidos de la Historia y me afectan personalmente como ciudadano de un país metido en una deriva preocupante.

Aún así me atendré a las normas y, en efecto, no voy a opinar sobre esto, por difícil que resulte. Me voy a limitar a recomendarles que mediten sobre una de las lecciones de otro historiador, E. H. Carr, cuyo libro “¿Qué es la Historia?” nos hacían leer en el primer año de Facultad.

Carr, prototipo de profesor inglés del triángulo Londres-Oxford-Cambridge a pesar -o precisamente a causa de- sus veleidades marxistas, decía que Napoleón o Cromwell -es decir, cualquier líder carismático, tirano o mesías que haya sido en la Historia- jamás hubiera llegado a ningún sitio de no ser por el consentimiento de los miles de individuos que los respaldaron, creyendo en ellos, confiando en ellos, apoyándoles.

Las democracias, mejores o peores, en las que ahora vivimos muchos privilegiados surgieron para contrarrestar que ese efecto de “líder carismático+masa abducida” diera lugar a desastres como los que por regla general provocan gente como Cromwell, Napoleón, Mao, Stalin, Hitler… Es decir, nuevas opresiones que venían a sustituir a aquellas otras opresiones contra las que supuestamente se habían levantado esos líderes carismáticos.

Para que dicho mecanismo democrático de control funcione -y con él una sociedad eficaz y más justa, no regida por mandarines más estúpidos a cada generación que pasa- sólo es necesario, como decía implícitamente Carr en su libro, que los potenciales seguidores de esos presuntos salvadores actúen por cuenta propia, organizando sus propias alternativas. Es decir, negándose a aceptar que sólo se puede elegir entre dos males: el zarismo o Stalin, Maria Antonieta o Robespierre, los mandarines sumisos al invasor manchú o la brutal “revolución cultural” maoísta…

Y es en este punto en el que el historiador debe callarse y donde ustedes verán qué deciden. Por mí y por ustedes les deseo que encuentren una tercera vía entre dos alternativas casi igual de malas. Una en la que, al menos, los juzgados y las universidades funciones como es debido y las palabras “democracia” o “el poder para el Pueblo” no sean retórica vana en manos del primer demagogo que dobla la esquina cabalgando una ola de desesperación engendrada por mandarines absolutamente indocumentados. Sólo para empezar.

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¿Quién se sentaba más alto? De la reina de Inglaterra, la duquesa de Alba, la Historia y los mitos
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Carlos Rilova | 24-11-2014 | 10:48| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana la temática de este artículo viene fuertemente mediatizada por el fallecimiento de la última duquesa de Alba, Cayetana Fitz-James Stuart.

No descubro nada nuevo si les digo que ha sido una persona con un impacto mediático considerable que, naturalmente, la ha convertido en un personaje popular, cotidiano. Incluso para los que no siguen la llamada “prensa rosa”. Todo gracias a esas páginas de papel couché en las que ha reinado de manera absoluta durante décadas.

Eso ha llevado a que su muerte haya tenido un impacto mediático similar. Ocupando hasta un cuarto de hora en informativos como los telediarios de mediodía que, como sabemos, duran tan sólo treinta minutos.

En esos espacios informativos se ha aludido al alto rango nobiliario de la fallecida y se ha traído a colación, una vez más, que éste la ponía en cuestiones de protocolo por encima del rey de España y de la reina de Inglaterra.

Es esta, quizás, una buena ocasión -aunque una muerte no suele ser, casi nunca, buena ocasión para nada- de hablar un poco del origen, de la Historia verdadera, no del mito o la leyenda urbana, que hay detrás de esa afirmación.

Pero, vamos con esta cuestión, sin más preámbulo.

En un documentado artículo, publicado por Mari Luz Peinado en el área de blogs del diario “El País” el día 20, ya se dejaba muy claro, echando mano de expertos en protocolo y de las palabras de la propia Cayetana de Alba, que eso de su supuesta preeminencia ante la reina británica era una mera leyenda urbana.

En efecto, para la Historia no cabe duda, ni legal, ni histórica, ni de ningún tipo, de que la desaparecida duquesa de Alba podía estar cubierta en presencia del rey de España. Principalmente porque era grande de España. Por lo tanto familia -siquiera en términos legales- del monarca. De hecho, su igual en grado de nobleza. Algo que se simbolizaba permitiendo a dichos grandes permanecer cubiertos ante el rey mientras la nobleza menor se descubría en  señal de homenaje al rey.

El profesor José Antonio Maravall ya dejó todas estas cuestiones perfectamente explicadas -en cantidad y calidad- en su estudio “Honor, poder y élites en el siglo XVII”, fundamental para cualquiera que quiera entender la Historia de España desde esa fecha hasta la actualidad.

Sin embargo, eso de que la reina de Inglaterra -de hecho de toda Gran Bretaña- quedase por debajo de la duquesa de Alba en actos públicos, es insostenible. Y más si echamos mano de la Historia para corroborar o desmentir ese burdo rumor que corre por ahí.

Lo podemos comprobar remontándonos al siglo XVII.

En esas fechas Gran Bretaña distaba mucho de ser la nación pacífica y prospera que hoy conocemos.

De hecho, desde el año 1642 en adelante fue un hervidero de luchas intestinas en las que la Religión se mezclaba con la Política y dio lugar a cruentas guerras civiles que arrasaron el país durante una década.

Como seguro que ya han visto la película “Cromwell”, donde se cuenta -aunque sea de manera sesgada- todo eso, no me extiendo más. Sólo diré que el objetivo era quitar de enmedio a la dinastía de los Estuardo -o Stewart, o Stuart… en su forma original- si no se avenían a gobernar con el consentimiento del Parlamento y admitiendo que esa institución los controlase, abortando así la creación de un estado centralizado y absolutista como los que en esas fechas se ensayaban -con mejor o peor fortuna- en Francia, sobre todo, y en España.

Los Estuardo, o Stuart, fueron así zarandeados desde 1642. Participaron en formidables batallas, se les ejecutó y conocieron el amargo pan del exilio en las cortes española y francesa que, hasta 1660, jugaron con ellos utilizándolos en el turbio tablero de la Alta Política por el dominio del continente europeo y del Mundo.

En ese año el hijo del ejecutado rey Carlos I Estuardo, que reinará como Carlos II, logra sentarse de nuevo en el trono de Londres y permanecer en él durante toda una vida de lujo y excesos con los que aquel divertido monarca -hoy hubiera sido un habitual de la “prensa rosa” en calidad de eso que llaman “playboy”- trató de resarcirse de sus amargos años de exilio en la corte francesa. Esa de la que se trajo la moda a lo Luis XIV, el lujo, el esplendor y algunos conatos de aquel Absolutismo que llevó al cadalso a su padre.

Sin embargo, como molestó poco al Parlamento, murió en la cama. No le ocurrió otro tanto a su sucesor. Su hermano, que reinará como James II o, para nosotros, Jacobo II Estuardo. Él y casi toda su prole acabarán de nuevo en el exilio por provocar a la burguesía protestante que desde los tiempos de Enrique VIII, y más aún desde los de la revolución de 1642, controla Economía y Política en Inglaterra.

El afán de Jacobo por acentuar el Absolutismo monárquico a la francesa y rehabilitar el Catolicismo del que él era practicante público y devoto, traerán en 1688 la llamada “Revolución gloriosa”, que coloca en el trono inglés y, de hecho, en el de Escocia, a Guillermo de Orange. El estatúder holandés casado con una de las hijas de Jacobo que está dispuesta a respetar el statu quo de la burguesía inglesa antiabsolutista y protestante.

Jacobo tendrá que huir a Francia, donde se quedará, como se suele decir, para los restos. Él y sus hijos, que harán carrera primero allí y, a partir de 1700, en España. Cuando esa potencia entra en el conglomerado Borbón y francés tras la muerte de Carlos II de Austria -no confundir con el vivaz Carlos II Estuardo del que ya he hablado- y Madrid abandona a Londres a su suerte frente a los designios imperialistas de Luis XIV.

Es así, de ese grupo de reyes exiliados, deslegitimados en Inglaterra, de esos hijos de Jacobo Estuardo -en inglés James Stuart…-, de donde provienen los antepasados de Cayetana de Alba Fitz-James Stuart

Con esos antecedentes históricos es muy dudoso, creánlo o no, que Isabel II, reina descendiente de los triunfadores del golpe de estado, de la revolución, de 1688 en Inglaterra, tuviera razón alguna para ceder terreno en ningún acto público a la duquesa de Alba.

Hubiera sido tanto como reconocer que su trono, su derecho a él, era menor, menos legítimo que el que podían reclamar los hijos, los herederos, de Jacobo Estuardo. Ese James Stuart que, como ya se habrán dado cuenta en estos días, sigue dando apellido a los  duques de Alba. Desde hace 300 años.

Así pues, a pesar de las buenas relaciones existentes entre la fallecida duquesa y dicha reina, desde que la visitaba, de niña, en Palacio en calidad  de  hija del embajador español en Londres, rendir alguna clase de pleitesía a Cayetana de Alba es más, mucho más, de lo que Isabel II de Inglaterra podría  hacer jamás. Esa pleitesía sería tanto como reconocer que lo que pasó en  Inglaterra en 1688 fue un acto de bandidaje dinástico a gran escala, una  usurpación del trono inglés a los Estuardo, a los Stuart, a los Fitz-James Stuart, a los hijos de aquel James Stuart -o Jacobo Estuardo- que debe huir de  Londres en 1688 ante los ancestros de Isabel II de Inglaterra…

La Historia es así de cruel y así de cierta. A diferencia de las leyendas urbanas.

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