Diario Vasco

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Una vieja Historia muy moderna. De la invasión de Gaza a las amenazas contra Podemos
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Carlos Rilova | 21-07-2014 | 09:40| 4

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hay veces en las que uno no sabe de qué escribir en esta página. Otras uno tiene incluso demasiados temas de los que hablar.

Ese es el caso de esta semana. Llevamos ya casi medio mes oyendo hablar de la nueva guerra sorda entre israelíes y palestinos en torno a la franja de Gaza. Eso ya, por sí sólo, da para todo un artículo. Sin embargo, las polémicas en torno a la última “tormenta perfecta” electoral española, es decir Podemos, a lo largo también de toda la semana pasada, dan igualmente bastante de qué hablar al historiador.

Y por las mismas razones por las que decide arriesgarse a meterse en un avispero como el de la franja de Gaza. Es decir, porque ambas situaciones se comprenden mucho mejor -al menos tal y como han sido enfocadas- si son vistas desde el prisma de la Historia. Empezaré por el asunto de Gaza y luego hablaremos de esas cosas tan feas que se han vertido contra Podemos, principalmente desde las cloacas de las redes sociales.

David contra Goliat, Goliat contra David. La Historia oculta tras la franja de Gaza. Del 1200 antes de Cristo al 2014 después de Cristo.

Es difícil comprender de dónde sale tanto odio entre israelíes y palestinos. Y todavía, estoy seguro, les resultará aún más difícil de comprender después de que les explique que esa masacre, hoy tan desigual, empezó ahora hace cerca de tres mil años.

Sí, tal vez a los de más edad, todo esto les suene vagamente de las clases de Historia Sagrada que se daban en la mayoría de los colegios españoles no hace muchas décadas.

Sobre todo de la Historia, tan ejemplar, tan metafórica, de la también desigual lucha entre David y Goliat. Goliat, el filisteo.

Fíjense bien en esa palabra. Su origen se remonta al año 1200 antes de Cristo. En esa fecha, nos dicen los libros de Historia Antigua, llegaron desde el Norte, desde la península Eurasiática, los llamados “Pueblos del Mar”.

Entre ellos había gentes como los “Akaiwasha”, de donde luego saldrían los aqueos a los que cantó Homero, los de larga cabellera y hermosas grebas, conquistadores de Ilión. Es decir, de Troya,

Aparte de ellos había otros conocidos como “pulesatis” o “pilistim”. Pueblos igualmente feroces y guerreros que entraron a saco en la actual Palestina, donde se asienta desde 1947 el estado de Israel, fundando un poderoso reino, contra el que los hebreos lucharan años y años. Tal y como lo demuestran muchos libros de ese libro de libros, la Biblia, que, en parte, los cristianos compartimos con ellos y con los musulmanes.

La palabra “filisteo”, derivada de esos “pulesatis” o “pilistim”, llegó a hacerse tan odiosa que en la cultura judeocristiana -vamos, en la nuestra-, quedó asociada a bárbaro, a persona, sin gusto, retorcida. Algo especialmente utilizado por los estetas de la época victoriana.

De ahí vienen todos los horrores que estamos viendo ahora en televisión. Con diferentes ropajes que van desde el paganismo primitivo hasta el Islam actual, los “pilistim” se han estado batiendo de manera desigual con los que pasaban por ser los habitantes originarios de aquellas tierras. Ese pueblo elegido que ahora, con las tornas cambiadas tras la disgregación del Imperio Otomano y la Diáspora definitiva -hasta 1947 al menos- del pueblo hebreo, vuelve a por sus antiguos invasores, masacrándolos despiadadamente, biblicamente…

Ya ven, a eso se reduce todo. Los niños palestinos que hemos visto morir en televisión, los cientos de víctimas caídas del lado palestino frente a las escasas bajas en el lado israelí, se sustentan en una Historia muy vieja de odio enconado, de un pueblo que deseaba exterminar, arrojar al mar, a aquellos “habiru” con los que se encontró hacia el año 1200 antes de Cristo. Apenas nada ha cambiado. Sólo la suerte de las armas, que ahora favorece a los hebreos.

El historiador, después de hacer esta reflexión, no puede evitar preguntarse, aunque sea en voz baja, cómo es posible que en cerca de 3000 años ambas partes no hayan podido llegar a algún tipo de acuerdo. Uno que no pase por exterminarse mutuamente, por arrojarse al mar. Un designio especialmente notable en grupos radicales como Hamas, que no hace sino alimentar el espíritu de resistencia de los que, aún con las manos manchadas de sangre de niños hasta los codos, saben que sus antecesores estaban allí antes que los otros y que, después del Holocausto, la Shoah de 1939 a 1945, ya no puede haber tregua, que los hebreos deben volver, y han vuelto, a los tiempos de sus reyes guerreros: David, Salomón, los Macabeos, los Zelotas… Caiga quien caiga.

Las amenazas contra Podemos y la Historia

Vamos ahora con las amenazas contra Podemos, que también, como lo de la franja de Gaza, se entiende mucho mejor echando mano de la Historia.

Curiosamente, parece ser que hay algunos individuos que se sienten felices con la situación que ha dado a Podemos una gran base de electores, salidos de la indignación contra un gobierno más oligárquico que democrático. Lo más llamativo del caso es que dichos individuos no parecen pertenecer a esa oligarquía. Algo que se desvela en un pequeño detalle del que sólo se hicieron eco los informativos de Telecinco. En efecto, los individuos que hicieron un pastiche con “Los Fusilamientos del 3 de Mayo” de Goya en el que la plana mayor de Podemos era fusilada no por los marinos de la Guardia Imperial francesa sino por… la Legión española…, no parecen haber recibido una educación muy esmerada en exclusivos colegios privados

En efecto, lo que saca de ahí el historiador es que la ignorancia histórica del autor, o autores, del citado panfleto roza extremos delirantes. Según esa interpretación del cuadro, el profesor Iglesias y sus adláteres serían patriotas españoles -no “rojos bananeros”, como dice la leyenda del citado pastiche- masacrados por una fuerza militar que estaría actuando a mayor beneficio de una fuerza ocupante extranjera como lo fue la napoleónica y que, en este caso, debemos suponer, dada la buena sintonía entre los actuales habitantes de la Moncloa y la sra. Merkel, se trata de Alemania. Así la españolísima Legión habría pasado a jugar el mismo papel que la Guardia de José I a partir de 1808, rellena toda ella de afrancesados y otros traidores a la Justa Causa de la Nación, como se decía en 1814.

Y, así las cosas, no estaría nada mal el recorrido histórico que los que tiemblan ante la sola mención de Podemos han logrado dibujar. En poco tiempo esa formación habría pasado de agente del Chavismo venezolano, a patriota resistente contra una invasión extranjera y opresora que ha llegado a someter a sus dictatoriales dictados incluso a la Legión española… Ante ello sólo queda ofrecer un atónito aplauso a los que han logrado ejecutar ese triple salto mortal histórico con tanto entusiasmo.

Probablemente con esto engrosarán las filas de los votantes de Podemos, señalándoles a los interesados el camino correcto para sacudirse el yugo que los aplasta o que creen que los aplasta. Uno parecido al que el país se sacudió entre 1808 y 1814. Bravo. ¿Qué más se puede decir, salvo que los pueblos que ignoran su propia Historia acaban haciendo el idiota, como lo demuestra ese pastiche de los “Fusilamientos” de Goya?. Vayan tomando nota camino de las urnas, por favor.

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Historia para el 14 de julio. Vida de madame Roland
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Carlos Rilova | 14-07-2014 | 19:28| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Tenía dudas acerca de qué hablar en este nuevo correo de la  Historia hoy, que es 14 de julio, el día en que se celebra la Toma de la Bastilla. Aquel tumulto que dio comienzo, tal día como hoy de 1789, al fin del Antiguo Régimen y que, por tanto, deberíamos celebrar todos en lugar de verlo sólo como la Fiesta Nacional francesa.

Había pensado en hablar de la presencia de españoles en aquel cataclismo  histórico. Más que nada por las mismas razones que mencionaba la semana pasada. Es decir, porque estamos muy necesitados de saber que ese país del que llevamos pasaporte en el bolsillo -España, me parece recordar- en contra de lo que piensa alguna gente que, asombrosamente, tiene acceso a micrófonos y columnas de opinión, no estuvo aislada ni del continente, ni del resto del Mundo ni, mucho menos, de los acontecimientos que lo conmovieron.

Me había parecido, pues, este 14 de julio una buena ocasión para hablar, una vez más, de cómo ha degenerado nuestra visión de la Historia desde el año 1978 hasta ahora. De dar lecciones de revolución a los invasores franceses en 1808 como se veía en material filmado para la Televisión de la época de la Transición -descárguense de la web de RTVE una “cosa” llamada “La gran batalla de Andalucía” y verán- a creer que este país es un gran parque temático que podría llamarse “LosSantosInocentesland”, y que nos hemos pasado toda nuestra Historia sumergidos en una especie de idiocia rural, ajenos a grandes avances y acontecimientos clave de la Historia como la propia revolución francesa.

Iba a ir por ahí, decía, pero, la verdad, dos sermones académicos sobre el mismo tema -o casi- en una semana, me ha parecido demasiado y así he optado por otra vía. De hecho, por otra mucho más amable y menos bronca.

Sí, hoy, aprovechando que es 14 de julio, que probablemente se lo van a recordar todo el día a golpe de Telediario, quiero rendir un homenaje a una protagonista de aquellos hechos.

Sí, han leído bien: “una protagonista”.

Bajo la sombra de los gigantes de aquellos hechos dramáticos desencadenados aquel 14 de julio de 1789, se olvida con frecuencia que también hubo algunas mujeres que tuvieron un papel protagonista en los mismos. Pocas, pero las hubo. Y tal vez precisamente porque fueron tan pocas -las circunstancias no daban para más, el Feminismo estaba en vías de invención en esos momentos- creo que se merecían ser recordadas hoy.

Al menos una de ellas. Se llamaba, o ha pasado a la Historia, con el nombre de madame Roland, que era el de su marido, Roland de la Platrière, con el que se casó a muy temprana edad.

Una buena salida para Marie-Jeanne Phlipon, huérfana nacida en el año 1754, que emparenta así con un hombre de ideas avanzadas en todos los aspectos, incluido el de dejar a su mujer reinar intelectualmente en uno de los famosos salones de aquel siglo, con razón llamado “ilustrado”, en el que se reunía lo más granado de la inteligencia de la época para discutir, para pensar, preparando así el camino a la revolución que ha llevado al mundo en el que hoy vivimos.

Esa apertura de vías a lo que hoy llamamos “democracia” fue algo especialmente notorio en el salón dirigido por madame Roland. Marie-Jeanne Phlipon, en efecto, era partidaria de ideas democráticas e igualitarias, que tendría ocasión de poner en práctica entre 1789 y 1793, en el punto más álgido de esos acontecimientos conocidos como “revolución francesa” que son los que hoy se conmemoran.

Así hasta que fue engullida, como tantos otros y otras, por aquel torbellino. El llamado “Terror” acabó con ella. El ala extrema de la revolución, los jacobinos, intoxicados de sangre y de una sed de venganza contra el Antiguo Régimen que rayaba en la paranoia, en lo enfermizo, la convirtieron en uno de sus numerosos enemigos -cada día más- reales o imaginarios.

Dijeron que estaba en correspondencia con el ministro británico, aquel odiado Pitt, fuente de todos los males para muchos franceses de la época. Eso además de ser girondina. Es decir, miembro del ala revolucionaria más moderada que fue masacrada por los jacobinos, también por temer que su tibieza acabase destruyendo la revolución iniciada en 1789 y que había atravesado el punto de no retorno con la ejecución de Luis XVI.

Íntegra hasta el final, madame Roland se defendió ante el tribunal revolucionario que la juzgó. Debió de ser una brillante defensa pues, como la experiencia suele demostrar, los tribunales con adjetivos -“revolucionario” en este caso- no suelen ser precisamente aquellos donde la Justicia imparcial está más garantizada.

Sin embargo, su compromiso con una política que divergía de la cada vez más enloquecida política jacobina, la llevó rápidamente de vuelta a la maquinaria infernal del Terror revolucionario, acabando en la tristemente famosa “Conciergerie”. Aquella sala de espera de las víctimas con las que era alimentada, a diario, la guillotina.

Madame Roland no tardó mucho en convertirse en una víctima más de aquella revolución dominada por hombres que veían enemigos en todas partes y sólo concebían ya la violencia extrema, el genocidio, de hecho, como vía de acción política.

Se dice que junto a la guillotina, madame Roland pronunció unas palabras que estaría bien recordar hoy y después de hoy: “Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”…

Después murió estoicamente y no pudo llegar a ver cómo la revolución era reconducida a unos cauces más humanos con la detención y ejecución de Maximilien Robespierre, aquel antiguo invitado a su salón literario y político.

Tampoco vivió para ver cómo la revolución se corrompía bajo el gobierno de la antitesis de Robespierre, el epicúreo y vividor ciudadano Barras, y cómo esto llevó, finalmente, a la dictadura napoleónica, a las guerras de ese mismo nombre, a la debacle de 1814, a los últimos “Cien Días” de Napoleón culminados por una nueva debacle en 1815, a la segunda Restauración y a las numerosas revoluciones y contrarrevoluciones que hicieron de Francia, y de Occidente, lo que es hoy día. Algo que, tal vez, se parece bastante a lo que ella soñaba entre 1789 y 1793. Pese a todas sus imperfecciones.

Por ello, pese a todo, hoy, 14 de julio, tal vez sea un muy buen día para recordar a Marie-Jeanne Phlipon y decir “merci bien, madame Roland… merci bien”. Gracias, muchas gracias, por creer en la Libertad, por defenderla con valor y por morir con dignidad antes que verla pisoteada.

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El 4 de julio y los años perdidos de 1776 a 2014. ¿Qué tienen en común la “Marcha de granaderos” española y la “Marcha de los granaderos británicos”?
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Carlos Rilova | 07-07-2014 | 09:33| 5

 

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí, este viernes fue 4 de julio. El día en el que los norteamericanos del centro de Norteamérica, los que están entre México y Canadá, conmemoran su Declaración de Independencia frente a Gran Bretaña en 1776.

No se habló mucho del tema. Ya se sabe, hay cosas más importantes en juego, como el Mundial y las inundaciones y los huracanes -en Estados Unidos- que han distraído bastante la atención.

Las televisiones ni siquiera programaron alguna película -“Revolution”, “El patriota”…- para recordárnoslo, decantándose, en todo caso, por las que tenían que ver con la Primera Guerra Mundial o incluso la de Secesión.

Sin embargo, como, más tarde o más temprano, habrá algún día en el que toda esa parafernalia, por A o por B, vuelva a salir a la palestra, yo no quiero dejar pasar por alto la ocasión de hablar de un tema relacionado con ese 4 de julio.

Sobre todo porque le prometí a Paco Esparza, un lector voraz de este correo de la Historia, que el lunes más próximo al 4 de julio -es decir, éste- hablaría del tema que él sacó a relucir mientras dábamos cuenta de un banquete bastante multitudinario.

El caso es que este lector del correo de la Historia -y sin embargo amigo-, que, entre otras virtudes, tiene la de ser músico, comparó ante la atónita concurrencia de la que el firmante formaba parte, las bondades de la marcha granadera española con las de la británica.

Seguro que les suenan mucho las dos. La británica es esa flamante música que suelen tocar los granaderos británicos en ceremonias especiales y desfiles. La española… seguro que también: es el himno nacional español

Y, como casi siempre, aquí llegamos a la parte justificativa del artículo: ¿qué tienen que ver las marchas de granaderos españoles y británicos con el 4 de julio?.

Vayamos de lo más fácil a lo más difícil. Está claro que la “Marcha de los granaderos británicos” tiene mucho que ver con la revolución americana que estalla un 4 de julio de 1776.

En películas como la ya mencionada “El patriota”, puede verse a las banderas del general británico Cornwallis avanzando bajo esa música hacia el centro del campo de batalla, en plena Guerra de Independencia americana.

Eso es algo totalmente correcto desde el punto de vista histórico ya que, desde finales del siglo XVII a mediados del XVIII, esa música y su letra son bien conocidas y utilizadas por el Ejército británico en momentos especiales. Como puede ser un desfile o un acto de poder simbólico. Por ejemplo, el de desplazar los estandartes al centro del campo de batalla para dejar claro al enemigo que ha sido derrotado.

Aclarado lo que justifica la presencia de la “Marcha de los granaderos británicos” en todo lo que tenga que ver con el 4 de julio y la Declaración de Independencia de los yankees, vamos a pasar a un tema que, en principio, puede parecer más difícil.

Es decir, qué tendría que ver la “Marcha granadera” española con esos acontecimientos.

Los que siguen este correo de la Historia, al menos desde el 7 de julio del año pasado, ya sabrán que, por inverosímil que parezca, hay relación entre los españoles y esa Guerra de Independencia estadounidense en la que tan bien queda que los perversos generales británicos manden tocar su marcha granadera.

Sí, y esa relación va mucho más allá de lo que se dice, también en “El patriota”, respecto a usar como refugio de la guerrilla yankee una vieja misión española abandonada en un pantano.

Ya lo dije en el artículo publicado el lunes 8 de julio del año pasado. Libros hay, aunque no demasiados, en los que se cuenta la contribución española, económica primero y después descaradamente militar, a esa guerra que perdió Gran Bretaña.

Así pues, la relación existe. Está histórica y suficientemente demostrada en estudios muy serios como los que citaba yo en ese artículo al que les remito desde ya.

El problema es que, al parecer, es imposible relacionar ese contenido histórico con la divulgación por medio de, por ejemplo, películas como las que voy mencionando.

En efecto, la “Marcha granadera” española podría perfectamente haber aparecido en una película como “El patriota”. Hubiera bastado con que en la misma se hubiesen reflejado escenas de batallas en el Sur de ese futuro Estados Unidos en las que entraron en línea regimientos españoles que, como todos los de la época, tenían su sección de granaderos. Para los cuales, como ocurría en el caso de los británicos, existía una “Marcha” que se utilizaba en casos como estos.

Tal vez si cosas así se hicieran, aparte de recuperar pedazos de nuestra Historia que hemos ido dejando abandonados por ahí -de la manera más estúpida que se pueda imaginar-, empezaríamos a identificar ese himno con lo que realmente fue desde mediados del siglo XVIII y no con lo que fue entre 1939 y 1975, que es con lo único con lo que se identifica hoy día mayoritariamente. Guste o no guste.

Así nos podríamos emocionar oyendo nuestra “Marcha de granaderos” sin necesidad de gastarnos un dinero en ir a Londres a ver desfiles como el “Trooping the Colour” en el que la “Marcha de los granaderos británicos” es la estrella, mientras Su Majestad, igualmente británica, revista sus tropas. Acto de patético snobismo que luego nos lleva a comentar -para terminar de arreglarlo- que qué bonitas son estas cosas y ponernos malos cada vez que oímos un himno nacional que nos recuerda otras cosas nada tranquilizadoras: una bandera impuesta, un régimen de excepción durante más de cuatro décadas… en lugar de traernos a la memoria a un monarca ilustrado -y hasta “progre”- como Carlos III, a sus soldados de casaca blanca marchando por las calles de Madrid con esa “Marcha granadera” o tomando ciudades hoy tan norteamericanas como Mobile o Pensacola, abriéndose paso, bajo sus estandartes flameantes, entre líneas de casacas rojas como los que vemos en las películas, mientras suena la “Marcha de granaderos” española con el mismo empaque con el que suena la de los británicos en “Barry Lyndon” o en “El patriota”.

Y esa reacción snob ocurre sin ninguna verdadera razón. Fíjense en las dos ilustraciones de este artículo. La primera es de un granadero británico de la época de la Guerra de Independencia de Estados Unidos. La otra es de un granadero del regimiento Navarra, uno de los que lucha en esa misma guerra. Como ven, entre ellos apenas hay diferencia alguna. De hecho, me he tomado la libertad de poner a los dos cebando el arma que daba nombre a sus unidades y que, la verdad, en la época ya apenas se usaba.

Y sin embargo…  Sin embargo, a pesar del gran parecido, no acabamos de conseguir poner una cosa y otra a la misma altura, históricamente hablando, a la que realmente sí estuvieron.

 

Tienen toda esta semana para pensar en las razones por las que nuestra Historia nos parece tan fea y resulta tan poco en la gran pantalla -es decir, en la memoria colectiva de hoy día- y el porqué de dejarnos, por ejemplo, una buena parte de nuestro dinero en ir a Londres y ver desfiles al ritmo de la “Marcha de los granaderos británicos”, pensando, equivocada, muy equivocadamente, que aquí no tenemos, ni nunca tuvimos, nada ni siquiera parecido.

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Por fin es 28 de junio. Reflexiones sobre el centenario de la Primera Guerra Mundial (1914-2014)
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Carlos Rilova | 30-06-2014 | 09:30| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Quienes leen habitualmente este correo de la Historia ya saben que no es la primera vez que hablo de la Primera Guerra Mundial, o, como la empezaron a llamar hace cien años, la “Gran Guerra”.

El primer artículo de esta ya larga serie de correos de la Historia, escrito a finales de la primavera de 2012, trataba de ese tema. En este año de 2014 ya he hablado al menos tres veces del asunto de ese centenario 1914-2014, siempre recordando el asombro que produce el que la llamada “industria cultural” no haya podido esperar a poner en el mercado sus productos sobre la “Gran Guerra” hasta después de este último sábado, que es cuando propiamente podría decirse que llegábamos al centenario exacto de la Primera Guerra Mundial, al cumplirse los cien años, también exactos, del atentado de Sarajevo.

Bueno, en cualquier caso, sea como sea, hoy, lunes 30 de junio de 2014, ya se ha cumplido ese centenario redondo y surge una inevitable pregunta, tras meses de hablar sobre el asunto: y ahora ¿de qué hablamos?.

Pues yo, personalmente, quisiera hablarles del número extra de la revista “J´ai vu…”. Una de las muchas que surgieron al calor de aquella “Gran Guerra”, inundando el mercado cultural de los beligerantes del mismo modo, o casi, que hoy inundan el nuestro libros, artículos en prensa, documentales, cómics y películas sobre ese asunto.

La revista estaba íntegramente dedicada a hablar de testimonios de esa “Gran Guerra”, apenas iniciada cuando salió este número extra. No era como, por ejemplo, “L´Illustration” que, aún dando mucha cabida en sus páginas a ese conflicto, seguía informando, aunque fuera tangencialmente, de otras actualidades.

Este número extra del “J´ai vu…” es especialmente valioso porque recoge, de manera consciente, una reflexión sobre los que considera son los tres primeros meses de lo que ahora llamamos “Primera Guerra Mundial”. Ya ahí nos estaba dando un dato valioso esa revista que ahora es, simplemente, un documento histórico que nos ayuda a reconstruir esa Primera Guerra Mundial de la que tanto se ha hablado en los últimos seis meses.

En efecto, la revista nos dice que esa guerra, en sí, no empezó el 28 de junio de 1914 con la muerte del archiduque austriaco Francisco Fernando de Habsburgo, sino, como pronto, entre finales de agosto y principios de noviembre de ese año.

E. Wetterlé, que escribe el artículo inicial de este número especial de “J´ai vu…”, hace unas reflexiones muy interesantes al respecto que nos dibujan, además, el estado de ánimo que podía haber en una de las principales potencias implicadas en la guerra -Francia- en esos momentos.

Wetterlé empezaba lanzando la pregunta de qué habían sido realmente los tres primeros meses de la guerra. Él creía que era algo de lo que ya apenas se acordaba nadie, especialmente de un curioso proceso que describe como el paso de una confianza absoluta en que no habría guerra a la sorpresa y la angustia durante los últimos días de julio y la última semana de agosto de 1914.

En esos momentos, dice Wetterlé lanzando otra pregunta retórica, la guerra era algo que nadie creía, asómbrense, ¡posible!…

En medio de ese estado de ánimo, siempre según Wetterlé, surgió una serie de acontecimientos que hicieron inevitable esa guerra inesperada. El primero de ellos, el atentado de Sarajevo que él describe más exactamente como “el asesinato de Sarajevo”.

Tras este hecho llegará la nota conminatoria de Austria a Serbia, la presión de Rusia y Francia para hacer aceptar al rey Pedro I de Serbia el ultimátum austriaco, la amenaza alemana, la movilización parcial del Ejército ruso, la declaración de guerra alemana al imperio del Zar, las última tentativas de Inglaterra a favor de la paz, las primeras noticias falsas de la agencia Wolff anunciando que el ejército francés había traspasado ya la frontera, el decreto de movilización general, la declaración de guerra a Francia, la violación de la neutralidad belga por las tropas alemanas, la intervención del Reino Unido y la declaración de neutralidad italiana.

Así resume Wetterlé, aquel periodista de hace cien años, el proceso que desde finales de julio de 1914 lleva a una guerra inevitable. Dice que fueron hechos que se sucedieron con una rapidez vertiginosa y que el drama había comenzado antes de que los aliados se hubieran podido recuperar de la primera sorpresa, causada por el desbordamiento de los hechos a partir del 28 de junio de 1914.

Y eso fue todo. Así comenzaron a tronar los que nuestra colega historiadora Barbara W. Tuchman llamó “los cañones de agosto”. Los que ya no dejaron de hacerlo hasta 1918.

De lo que ocurrió en Sarajevo, esa ciudad que los redactores del “J´ai vu…”  llamaban “Serajevo”, no se decía mucho más en ese número especial de esa revista aparte de, como hemos visto, considerarlo ya desde ese momento, el hecho que desencadenó esa serie de acontecimientos que culminaron con el estallido de la “Gran Guerra”.

Sólo se incluía un gran reportaje gráfico del que les ofrezco una pequeña muestra en las ilustraciones de este nuevo correo de la Historia.

Estaba en la página 3 de la publicación. Allí se veía al archiduque Francisco, a su mujer, la duquesa de Hohenberg, que, como dice el “J´ai vu…”, también cae bajo las balas de Gavrilo Prinzip -escrito así, con “z”, pese a que hoy la forma más usada es con “c”-, a sus hijos y a su hija y algunas otras fotos dispuestas en una composición muy “Belle Époque”, en la que destaca el brutal contraste gráfico entre las fotos de familia del archiduque arriba y abajo las de la detención de Princip y de algunos otros sospechosos de haber colaborado en el asunto.

En ese contraste se puede apreciar el cataclismo que estalla el 28 de junio de 1914 y que iba a borrar, de un plumazo, en cuatro años más, aquel alambicado universo tan seguro de sí mismo. El de la Europa positivista de la segunda mitad del siglo XIX, que, en un sangriento psicoanálisis, iba a descubrir bajo aquel engominado y encorsetado mundo, perfectamente representado por la foto de familia del archiduque, a la bestia que dormía bajo aquellos europeos dominadores de la Ciencia y el Arte, autonombrados tutores de pueblos supuestamente por civilizar a los que también llevaron a esa carnicería. Todo eso y, además, que, como decía Robert Mitchum en “Anzio”, una película sobre la segunda edición de aquella “Gran Guerra”, el hombre mata porque le gusta matar. Sin importar cuántas torres Eiffel haya erigido o cuántos tratados sobre Lógica o Química haya escrito.

Puestos a recordar el centenario de aquella “Gran Guerra” como ahora parece que lo estamos haciendo, tal vez esa sea una de las mejores reflexiones -aunque no la única- que podemos hacer mientras miramos, alternativamente, la foto de la detención de Princip y la de la familia del archiduque Francisco Fernando, cuya muerte prendió la mecha de aquella catarsis colectiva guarnecida por millones de muertos producidos por los últimos avances científicos de los ochenta años anteriores a 1914.

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Hablando de coronaciones, hablemos de Historia
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Carlos Rilova | 23-06-2014 | 14:43| 0

Por Carlos Rilova Jericó

 

Hoy parece casi inevitable hablar en este nuevo correo de la Historia de coronaciones reales. En este caso, como no podía ser menos, de la del actual rey de España, Felipe VI de Borbón y Grecia, que, como ya sabrán, ha dado bastante que hablar.

Lo más interesante para mí, como historiador, ha sido oír que ésta ha sido la primera coronación de la monarquía española realizada de forma pacífica -o algo así- en muchos siglos. Los que han dado pábulo o se han hecho eco de semejante afirmación -y creo que han sido muchos-, demostraron así el habitual déficit de conocimientos históricos también tan habitual en un país que ha alimentado, durante más de siete décadas, una destructora tradición anti-intelectual.

Esa misma que se manifiesta en hechos tan sangrantes como que, mientras en Francia tienen ministros como Dominique de Villepin, que escriben admirables libros de Historia y, por lo menos, conocen la de su propio país, en España -e incluyo en el lote a las diecisiete comunidades autónomas, sin que falte ni una sola- parece ser que tenemos bien repartidos por distintas instituciones públicas y privadas solemnes ignorantes de ambos sexos que no saben de Historia ni siquiera cuando se supone que el puesto que desempeñan exige tener conocimientos en la materia; haciendo así -ellos y ellas- una perfecta evocación de aquel “Capricho” de Goya en el que se veía a un burro vestido con el birrete y la levita de un maestro de hacia 1800 empeñado en dar lecciones a los demás.

Pues sí, si los que han andado por ahí aireando eso de que la coronación de Felipe VI ha sido la primera en mucho tiempo hecha de manera pacífica, ordenada, legal, supieran algo de Historia, más allá de creer que el Mundo empezó en 1978, es probable que se hubieran callado a tiempo antes de soltar esa sincera confesión de que tienen acceso a puestos de responsabilidad y micrófonos sin tener ni idea de la Historia de su propio país. Ese mismo que aspiran a gobernar desde distintos puestos de poder.

En efecto, por no irnos más allá de la dinastía Borbón, los que han repetido esa frase sin que parezca siquiera que sabían lo que estaban diciendo, sí deberían saber que todos los reyes Borbón, desde Felipe V hasta Carlos IV -es decir, desde 1700 hasta 1788- fueron proclamados sin el más mínimo problema de acuerdo a un ritual prácticamente idéntico al que desde el siglo XV había solemnizado el ascenso al trono de todos los, y las, que ostentaron la corona real de España.

La cosa era bastante distinta a la que hemos visto en Televisión a lo largo de esta última semana.

Se lo cuento a partir de lo que se hizo en Fuenterrabía -hoy Hondarribia- allá por 1788, cuando se proclamó a Carlos IV como rey de España. En tan señalada fecha los alcaldes de la ciudad -tenía dos, como los tenían todas las poblaciones que eran plazas fuertes- mandaron venir a los vecinos intramurales -es decir, los que vivían tras las murallas- y extramurales -es decir, los que vivían fuera de las murallas- de toda su jurisdicción, que entonces llegaba, en línea recta, desde la ciudad en sí hasta la población de Lezo, pegada al actual puerto de Pasajes, casi a las puertas de San Sebastián.

Todos ellos debían venir vestidos con sus mejores ropas. Es decir, con lo que dictaba la moda del momento, que venía de Francia: casaca, chupa, calzón hasta media pierna muy ceñido, medias, zapatos de hebilla, sombrero de tres picos. En suma: el llamado traje militar que desde finales del reinado de Carlos II se convierte en moda y estamos hartos de ver en películas sobre la Europa y la América del siglo XVIII que van desde “La Misión” hasta “El patriota”.

Como los fueros de la provincia otorgaban a todos sus vecinos el privilegio de portar armas y ejercer como soldados, los convocados al acto debían llevar el armamento propio de un militar de la época. Ese que también estamos hartos de ver en películas como, por ejemplo, “Barry Lyndon” del genial Kubrick. Es decir, un tirante de cuero blanco con una cartuchera, otro tirante con un sable o una bayoneta -o ambos a ser posible- y un mosquete. Los vecinos que carecieran de ese equipo, como solía ser habitual, recibían, para la ocasión, ese mismo material del arsenal municipal.

Una vez reunidos todos en la calle principal ante el Ayuntamiento debían subir hasta la plaza de armas y allí, en formación ante un estrado en el que estaban los retratos del rey y su esposa, hacer un despliegue militar al uso de la época -también lo han visto en las películas- y solemnizar la cosa con descargas cerradas de mosquetería.

A lo largo de esa ceremonia uno de los alcaldes debía leer una proclama en la que señalaba a los presentes que oyeran que Castilla tenía un nuevo rey, que se llamaba Carlos IV y que el reino se declaraba en su favor. El asunto debía hacerse ondeando el pendón de Castilla varias veces.

Así se hizo allí, en Fuenterrabía, después del 14 de diciembre de 1788. Con la misma rutina con la que se había hecho en 1700, o después con el breve Luis I, con Fernando VI o con el mejor alcalde de Madrid, Carlos III.

La cosa sólo cambió a partir de Fernando VII. Con él comenzaron las proclamaciones turbulentas. La suya tras un golpe palaciego. La de su hija, en 1833, tras más intrigas palaciegas en las que el tormentoso Fernando VII, un ser más complejo de lo que imaginamos y quizás no tan conocido como creemos, se las apañó para dejar a su hermano Carlos María Isidro fuera de juego, provocando una larga serie de guerras civiles entre los liberales partidarios de la proclamada como Isabel II y el citado don Carlos, que hacía de su fosco hermano, por comparación con él, un furibundo amante de la Democracia y la Libertad.

El hijo de Isabel II no llegó con más tranquilidad al trono. Hubo un golpe militar para proclamarlo. Venía a sustituir a una madre a la que en 1868 habían vuelto la espalda hasta los monárquicos, venía tras la proclamación de una turbulenta aunque bien intencionada república que llega al abdicar Amadeo de Saboya, con el que el general Prim había querido poner en España una monarquía más parlamentaria, menos convulsa, que la de una Isabel II que no siempre supo en qué consistía eso.

Sin embargo, tras él, tras Alfonso XII, la coronación volvió, en 1902, a la normalidad del siglo XVIII con su hijo Alfonso XIII. Así hasta que Europa se volvió a ver metida en otro ciclo de turbulencias políticas y económicas que, por supuesto, se reflejaron en España como ya se habían reflejado las de la primera mitad del siglo XIX, haciendo, como es lógico, que las proclamaciones reales fueran, como muchas otras cosas, un verdadero problema.

Esa es, pues, la verdadera Historia de lo normal, o anormal, históricamente hablando, que ha podido ser la coronación de Felipe VI. Si hacen las cuentas ya ven que, de once reyes, siete de esa dinastía -incluido Felipe VI- han sido proclamados con relativa normalidad frente a solo cuatro -incluido Juan Carlos I-, que lo habrían sido rodeados de circunstancias de cierta excepción o emergencia.

De lo de la brutal y nada tranquila prohibición de las banderas republicanas este jueves en Madrid, hablaremos, quizás, en otro momento, cuando la Historia siga el curso que le marque la poca o mucha inteligencia política que se ponga en la palestra para que lo que empezó relativamente bien no acabe peor que mal.

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¡Bachi-buzuk!. Los “tacos” del capitán Haddock y la Historia
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Carlos Rilova | 16-06-2014 | 09:40| 0

Por Carlos Rilova Jericó

 

Ya en otras ocasiones he dicho en esta misma página que, como se dice en euskera, todo lo que tiene nombre existe y, llevando hasta sus últimas consecuencias esa afirmación, puede decirse que todo lo que existe tiene una Historia.

Los famoso “tacos” del capitán Haddock, inseparable compañero del aún más famoso Tintín -ese reportero hito de la Historia del cómic creado por Hergé-, no son, desde luego, una excepción.

Puede que esto les parezca un tema culturalmente banal. Sin embargo, en Francia, o en Gran Bretaña, donde tienen mucho más sentido común, y de la oportunidad, para estas cosas, hasta le han dedicado exposiciones de lo más sólidas y más o menos sesudos estudios en diccionarios y libros como “Tintín y cia.” de Michael Farr.

A ese respecto resulta particularmente instructivo un breve artículo publicado en 30 de junio de 2003 en el ABC por Blanca Torquemada  -“Haddock o el barroquismo del insulto”-  y se lo recomiendo como iniciación a los tributos en español a esa cuestión de la Tintinología, que también existen.

Esa afición a indagar en los variados “tacos” de Haddock no es para menos, porque realmente los elaborados y, muchas veces, absurdos insultos que profiere el capitán cuando su irascible carácter se desata (lo cual pasa a menudo para deleite de los lectores), son toda una invitación a entrar en el bosque de Clío -la musa de la Historia, por si hacía falta explicarlo- y salir de ahí sabiendo una cosa nueva que no sabíamos.

Hoy vamos a fijarnos en uno de los más exóticos y sonoros: bachi-buzuk. Probablemente los tintinólogos más expertos conozcan su significado -explicado brevemente, por ejemplo, en el artículo de Blanca Torquemada al que me acabo de referir-  y hasta sepan con exactitud cuántas veces se repite y en cuántos álbumes. Yo lo he encontrado de principio a fin de la serie: en la página 38 de “El cangrejo de las pinzas de oro”, el primero en el que interviene Haddock, o en la 23 de “Vuelo 714 para Sidney”, uno de los últimos.

El caso que nos ocupa, sin embargo, es saber qué cosa es, exactamente, un bachi-buzuk.

La explicación, asómbrense, la dio, quizás por primera vez para el mundo francófono, un corresponsal de una -para nuestro punto de vista actual- divertidísima revista llamada “Journal des voyages et des aventures de terre et mer”. Una publicación dominical en la que se recogían reportajes de lo más variado que iban desde los viajes de Stanley contados prácticamente en directo, hasta dudosas aventuras de un marinero francés por todo el Mundo que sonaban, más bien, a invención para distraer a los buenos burgueses franceses de los comienzos de la Tercera República que a reportaje serio, digno, por ejemplo, del “National Geographic”.

El caso es que en varios números del “Journal des voyages” del año 1877, empezando por el del domingo 2 de septiembre, un corresponsal de la revista -que firmaba como “Vte. de Noé”- contaba quiénes eran estos bachi-buzuks.

En esos momentos se estaba desarrollando una nueva guerra, la llamada “de Oriente”, entre el moribundo Imperio Otomano y Rusia por lo mismo que ahora está más o menos a punto de desarrollarse entre Ucrania y la Federación rusa liderada por Vladimir Putin. Es decir, por el control de los pasos hacia el Mediterráneo, entonces en poder de un Imperio Otomano que contó, como en la llamada Guerra de Crimea, iniciada en 1853, con el incondicional -o casi- apoyo de Gran Bretaña y Francia, que veían comprometidas sus ansias imperiales en el Mediterráneo y el Cercano Oriente por las de Rusia.

Nos cuenta el corresponsal del “Journal des voyages” que en esas fechas las fuerzas de Caballería turcas no eran ninguna maravilla y estaban constituidas, fundamentalmente, por estos bachi-buzuks. La descripción que hace de ellos el periodista coincide bastante con los contextos en los que los suele situar la ira del capitán Haddock cuando convierte la palabra en uno de sus famosos “tacos”.

Es decir, se trata de una especie de salvajes indisciplinados provenientes de los confines del aún vasto Imperio Otomano, de las cuencas del Tigris, el Eufrates, las montañas de Kurdistán, el Golfo Pérsico…

Su actitud es levantisca. Hasta el punto de haber asesinado al coronel Beatron. El oficial inglés que, en la línea de Prim en la Guerra de Crimea, había sido puesto al frente de un contingente de tropas turcas. Para su desgracia una partida de esos bachi-buzuks que, además, eran pagados por Gran Bretaña, aunque al parecer no con la suficiente generosidad o frecuencia como para evitar un motín que la Marina británica tendrá que sofocar disparando sus cañones cargados a metralla sobre los insurrectos…

De Noé, el corresponsal del “Journal des Voyages”, da datos aún más pintorescos sobre el contingente de otros cuatro mil bachi-buzuks financiados por Francia para alivio de su aliado turco.

Después de hablar con el general que intenta mandarlos, llamado Yusuf, marchará por su campamento descubriendo una mezcolanza de armas  y vestidos totalmente irregular que le hace sentirse como si estuviese en medio del ejército persa de Darío.

Cada cual se arma por su cuenta. Unos con lanzas, otros con sables, otros incluso con hachas. Todos ellos, sin embargo, llevaban encima varias pistolas de las que, nos dice De Noé, no se separaban nunca.

El general Yusuf, haciendo gala de sus buenos oficios, estaba tratando en esos momentos de hacer de ellos una fuerza útil, intentando uniformizar su armamento. Por ejemplo, trayendo lanzas de Francia y repartiendo fusiles a los que no tenían. Algo que, sin embargo, como dice el corresponsal, no evitó que siguieran manteniendo sus variopintos arsenales y vestimentas.

A lo largo de sus visitas al campamento de este contingente francés de bachi-buzuks, en compañía de un esforzado general Yusuf y de uno de los más destacados pintores y grabadores franceses de la época, Horace Vernet -que, naturalmente, disfruta de ese espectáculo orientalista- el corresponsal del “Journal des voyages” termina de hacerse una idea sobre quiénes son estos bachi-buzuks.

Dice, por ejemplo, que ve sus miradas brillar cuando Yusuf les habla de “Moscú”. De Noé no sabe exactamente si por odio visceral o por afán de saqueo de la rica capital rusa. Cree, sin embargo, más probable esto último, pues los bachi-buzuks tienen fama de ser grandes saqueadores, apenas sin rival. Como puede deducirlo cualquiera que contemple los ajuares que portan encima. En su mayor parte de origen ilícito y de un valor considerable, como se calcula a partir de las bajas que el cólera hará entre ellos en Dobrudja: a algunos se les encontrarán encima de siete a ocho mil francos en oro…

Todo ello, como ven, digno de  convertirse en un insulto para desahogar la ira, generalmente justa, del capitán Haddock que, como se habrán percatado por lo dicho hasta aquí, sabe muy bien a quién llama bachi-buzuk. Generalmente personajes no muy diferentes a estos bandidos atrabiliarios convertidos en tropas de Caballería turca para una nueva guerra con Rusia en el año 1877.

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España, la Historia, la Monarquía, la República y los setenta años del desembarco de Normandía
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Carlos Rilova | 09-06-2014 | 10:15| 4

Por Carlos Rilova Jericó

 

En principio, ya lo anuncié en el artículo del lunes 14 de abril, yo sólo iba a hablar hoy del Desembarco de Normandía, del famoso “Día-D”, en este lunes posterior al 6 de junio de 2014.

Sin embargo la abdicación del actual monarca reinante en España, Juan Carlos I de Borbón y Borbón, como verán, va a introducir algunos matices, creo que interesantes, en este artículo que sólo iba a hablar del setenta aniversario del Desembarco de Normandía. Ese que las distintas televisiones describían este viernes como el golpe decisivo al Nazismo en Europa y evento relevante al que han asistido representantes de más de veinte países, además de muchos venerables veteranos supervivientes de aquel día.

Y ahora, supongo, se estarán preguntando que qué tiene que ver una cosa -la abdicación de Juan Carlos I y la exaltación al trono de Felipe VI- con la otra, el setenta aniversario del Desembarco de Normandía.

Echemos a andar por ese sinuoso sendero histórico. Ustedes habrán visto, con inquietud o con regocijo, dependiendo de sus simpatías políticas, que apenas la Casa Real anunciaba que el actual rey de España abdicaba, las fuerzas republicanas del país saltaban como un resorte exigiendo la celebración, como mínimo, de un referéndum en el que se preguntase a los españoles si querían la continuidad de la Monarquía o la proclamación de una República heredera de la aniquilada en el año 1939 por militares sublevados, aliados a nazis y fascistas.

A eso ha seguido una fenomenal trifulca de declaraciones y contradeclaraciones, aparte de manifestaciones en la calle, que trataban de demostrar, por el lado republicano, que ya iba siendo hora de arreglar estas cosas y por parte de quienes cierran filas con la Monarquía que no había nada que arreglar, que todo estaba bien y que a la abdicación seguiría la proclamación de Felipe VI y que eso era todo.

Ha habido aportaciones que resultarían graciosas si no fueran patéticas. En ese aspecto hay que señalar que los antirrepublicanos se han llevado, sin discusión, la palma de la Victoria.

En efecto, es innumerable la sarta de rancias sandeces y de argumentos de medio pelo espetadas desde el 3 de junio por conspicuos representantes -de ambos sexos- de eso que se ha llamado “TDT Party” en tertulias que han ido, lamentablemente, desde las públicas como “Los Desayunos de TVE” -donde se paga con el dinero de todos a solemnes ignorantes de ese pelaje por opiniones, a veces, basadas en la lectura de un sólo libro sobre el tema, según confesión propia- hasta otras emitidas por cadenas dedicadas temáticamente a agitar el espantajo del miedo a la democracia desde el momento en el que los resultados electorales no coinciden con sus estrechas premisas ideológicas…

Lo más lamentable de todo esto, sin embargo, es su carácter de síntoma. Síntoma de que en España hay una sociedad dividida desde el 18 de julio de 1936 y, pese a todo lo que se ha dicho sobre, por ejemplo, el éxito de la Transición de 1978, esa división continúa y aflora en cuanto hay oportunidad para ello.

La conclusión del historiador es que, sencillamente, la crisis de 1936 y lo que siguió a ella -que, descartado un régimen stalinista, fue la peor prolongación que se podía imaginar de la misma- se ha cerrado en falso desde el año 1978 y ahora sufrimos las consecuencias de esa desidia, malicia, falta de conocimientos y otra serie de factores que han contribuido a que volvamos a vernos, poco más o menos, como podíamos estar en abril del año 1931.

Se podían haber hecho muchas cosas desde que el régimen democrático se consolidó en 1982. Se podían haber hecho, por ejemplo, gestos conciliadores hacia los derrotados en 1939 que sufrieron la larga noche franquista. Se podía haber hecho pedagogía -esa palabra ahora tan utilizada- hacia los que fueron vencedores de esa guerra y de la ominosa victoria de cuarenta años que le siguió. Por ejemplo se les podía haber explicado que aceptar, como se aceptó en 1978, la vuelta de un régimen democrático implicaba que ellos tuvieran la generosidad de reconocer que lucharon en el bando equivocado durante la Segunda Guerra Mundial, que la habían perdido y que sólo el estallido de la Guerra Fría a partir de 1945 entre soviéticos y potencias occidentales fue lo que mantuvo en España un régimen afín al Fascismo derrotado.

Parte de esa pedagogía debería haber consistido en enviar, en cuanto se hubiera podido, representantes oficiales a los actos conmemorativos del Día D en Normandía, para demostrar que la España democrática estaba de acuerdo con dichas conmemoraciones que restauraron ese sistema en la mayor parte de Europa y honrar a los españoles que habían caído en esa campaña, integrados en unidades del Ejército británico -leánse “Los españoles de Churchill” de Daniel Arasa- y, sobre todo, en las fuerzas de la Francia Libre -por ejemplo la novena división blindada del general Leclerc-, jugando un destacado papel en el avance desde Normandía sobre París y después hasta los últimos reductos nazis.

Nada de eso se hizo. Ni siquiera cuando los alemanes, en 2004, fueron consecuentes con esa misma reflexión y empezaron a acudir a esos actos.

En este setenta aniversario ha ocurrido otro tanto. No ha habido ni un sólo representante español que honrase a los españoles que se jugaron la vida integrados en la División Leclerc o en unidades británicas y en los medios sólo se han hecho alusiones a casos anecdóticos, como el que recordaba en la edición en papel de este mismo periódico Borja Olaizola el 5 de junio.

Todo ello un síntoma, sí, de los problemas que dividen a la sociedad española en este momento a causa de esa falta de reconciliación histórica y que, ojalá, empezasen a cambiar desde ya. Más que nada porque, como recordaba en un sensato artículo Josep Ramoneda en “El País” de este pasado jueves, si todo sigue igual, todo podría acabar fatal.

Bastaría, quizás, con hacer un referéndum. Bastaría con gestos como el de honrar a los españoles que cayeron en la campaña de Normandía luchando por restaurar la democracia en Europa. Bastaría, qué sé yo, con indagar en el Archivo General de Palacio para saber qué hay de verdad en eso de que hasta 1931 el Himno de Riego fue uno de los himnos de la monarquía parlamentaria española cuyo heredero será entronizado el 19 de junio de 2014. Bastaría, en fin, tal vez, con que muchos españoles no sintieran que les han robado la cartera con eso de la famosa Transición, que parece hoy abducida por quienes, se diría, están más a gusto rindiendo homenajes -con libros tamaño listín de teléfonos- a los españoles que lucharon en la Segunda Guerra Mundial con los nazifascistas que a los que lucharon contra ellos.

Todo sea porque España sea un país normal y en paz consigo mismo. No uno letalmente dividido y al que sus vecinos y aliados miran por encima del hombro, con recelos, con sospechas, acaso con despectivas sonrisas de superioridad…

 

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Reflexiones sobre la Historia y el futuro de una valla. Las puertas de Europa, Ceuta, Melilla, las “oleadas” de inmigrantes…
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Carlos Rilova | 02-06-2014 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

 

Esta semana pasada ha sido una noticia recurrente en la mayoría de los medios. Sobre todo en Televisión: una vez más la valla de la ciudad autónoma de Melilla se ha visto asaltada por, dicen, cerca de un millar de emigrantes de países subsaharianos.

Otra vez las instalaciones de acogida de estos fugitivos de la miseria extrema se han saturado. Otra vez se ha oído que la situación es insostenible y, en fin, otra vez el respetable público ha sacado en conclusión que algo terrible está pasando en la frontera africana de España. Algo que, poco a poco, empieza a recordar a una especie de invasión.

¿Qué puede decir de todo esto el historiador?. ¿Un tema del presente, casi del futuro, es cosa en la que se deba meter?. Según un historiador maestro de historiadores como Marc Bloch, la respuesta sería que sí, si consideramos, por ejemplo, su artículo sobre H. G. Wells, un científico “padre” de esa ciencia literaria del futuro que llaman “ciencia-ficción”. Ese texto fue publicado en un volumen titulado “Historia e historiadores” y en él Bloch indicaba que quien se interesa por el pasado, acaba interesándose por el futuro. Y viceversa, como se ve en el caso de H. G. Wells.

Después volveremos sobre eso, cuando acabemos de considerar qué podría decir un historiador no sobre el presente casi futuro, sino sobre el pasado.

A ese respecto les podría hablar de la Historia de las dos ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, de los siglos que España ha estado midiéndose en toda esa zona norte de África con su enemigo secular habitualmente conocido como “el turco” o más comúnmente como “los moros”. Historia de salvajes compartida con Italia, Francia, Gran Bretaña y, al filo del año 1900, con el II Reich alemán.

Yendo por ese camino les puedo recomendar algún que otro libro y alguna que otra película para que se pongan en antecedentes de lo que ahora está pasando por allí.

Respecto a libros es muy oportuno el que José Montes Ramos dedicó al largo asedio sostenido por El Majzén -es decir, el imperio “gerente” del Imperio Otomano en el actual Marruecos- contra la plaza de Ceuta entre 1694 y 1727, en tiempos de Carlos II Habsburgo y de Felipe V, el antecesor del, al parecer, ya casi inminente Felipe VI. Una empresa militar que afianzó una de las cabezas de puente que España tenía en el Norte de África mientras otras potencias debían renunciar a las suyas. Tal y como le ocurrió a Inglaterra con Tánger, plaza fuerte que a mi simpático tocayo coronado, Carlos II Estuardo, le había caído en suerte gracias a su matrimonio de conveniencia con una princesa de la casa Braganza de Portugal.

Con ese libro de José Montes Ramos se darán cuenta, al menos, del empeño que España ha puesto, durante siglos, en no perder esas dos posesiones africanas. Las únicas que le han quedado hasta ahora y que, desde luego, la supuesta invasión de unos centenares de africanos, lógicamente desesperados, es nada si la comparamos con un asedio en toda regla que dura hasta 1727.

De películas les recomendaría una firmada por John Milius titulada “El viento y el león”. Para quienes no la hayan visto -y no sé si serán muchos- esta película, protagonizada por Candice Bergen y Sean Connery, cuenta de una manera bastante espectacular -aunque reduccionista para el público español- los últimos días de El Majzén a comienzos del siglo XX, cuando las potencias europeas se lo están repartiendo. Como la película es anglosajona, el principal protagonismo se reserva para los americanos y los alemanes, quedando españoles y franceses en un muy segundo plano a pesar de que su papel en todo aquel asunto fue mucho mayor.

Así es: entre 1900 y 1905 España logrará todo el Protectorado de la mitad del actual Marruecos, consolidando sus posesiones hasta Tarfaya, el Sahara, Río Muni, etc… Gestión, por cierto, llevada a cabo de manera magistral por un diplomático de origen donostiarra: Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas, cuya vida fue, casualmente, el tema de mi tesis doctoral, a la que también -no me lo tomen a mal- les remito para que se hagan luz sobre toda esta Historia de la valla asaltada.

Dicho todo esto tal vez es hora de volver al presente, a ese presente casi futuro del que trataba Marc Bloch en su artículo sobre H. G. Wells y del que ya les he hablado.

Eso me lleva a recomendarles, como materia de reflexión, otra película. Se titula “Elysium” y fue estrenada este año pasado. Se supone que la acción se desarrolla en el año 2154. Los principales escenarios son un Los Ángeles muy parecido al actual Mogadiscio, lleno de inmigrantes de origen latino y de blancos pobres como el que interpreta Matt Damon, principal protagonista de la película, que viven en polvorientas favelas bastante similares a los escenarios de miseria de los que, se supone, huyen quienes asaltan la valla que ahora se quiere hacer inasaltable.

Nos dice el narrador omnisciente de la película que esa, más o menos, es la misma situación en toda la Tierra, superpoblada, agotada, convertida en una inmensa y global versión de eso que llamamos ahora “Tercer Mundo”.

Y así las cosas, ¿dónde están los que podrían ser el “Primer Mundo”?. ¿No existe tal cosa, no hay ni siquiera unos pocos afortunados que hayan escapado a esa debacle social y económica?. Pues sí, el que puede se ha largado a Elysium, una exclusiva estación espacial donde se ha reproducido una tierra a escala de la que se ha eliminado todo mal, como en los Campos Elíseos que dan nombre a esa estación. Sus habitantes viven en casas de lujo, rodeados de bosques y verdes praderas y cursos de aguas limpias, disponen de asistencia médica que alarga su vida prácticamente sine die, etc…

Ese paraíso artificial, sin embargo, también se ve asaltado por los excluidos del mismo. En este caso los empobrecidos terrestres, que tratan de llegar a él y a todos sus beneficios por medio de una especie de pateras espaciales. El tratamiento que se les dispensa va desde la dureza expeditiva de la ministra de Elysium encargada de esos asuntos, interpretada por una cruel Jodie Foster, hasta los remilgos santurrones del resto del gobierno de Elysium, que considera legítimo explotar a los pauperizados terráqueos pero no disparar sobre ellos cuando tratan de entrar ilegalmente en Elysium.

La película es dura, se lo advierto, más que otro clásico del género como “Cuando el destino nos alcance”, que también trata ese mismo tema. Sin embargo, quizás saquen de ella una catarsis que les permita extraer conclusiones validas sobre lo que ahora está ocurriendo en la valla de Melilla. Como se ve en “Elysium”, ese problema no se arreglará ni con más medidas disuasorias -más o menos contundentes, con más o menos muertos- ni con santurronería sobre respetar derechos humanos que acaban por no respetar el más elemental de todos. A saber, el derecho a una vida digna en el país de nacimiento sin necesidad de buscarla en otro supuestamente más afortunado.

Y es que, como ya dijo otro “padre” de la ciencia-ficción, Jack London, en “El talón de hierro”, nadie estará seguro hasta que todos estemos seguros. Y eso no se consigue ni repartiendo miseria ni con una valla con la malla más estrecha. De verdad que no, no hay proceso histórico, se lo aseguro, que haya acabado bien basado en semejantes premisas. El historiador poco más puede decir, salvo que, como aseguraba Marc Bloch hablando de H. G. Wells, a veces esa ciencia literaria del futuro que él o Jack London practicaron con asiduidad, cuando está bien manufacturada -como ocurre en los casos hasta aquí citados-, explica muchas cosas sobre el presente y sobre un pasado que se nos vuelve a echar encima.

Piensen en todo ello cada vez que les hablen de nuevos asaltos a una valla que, al fin, nada detendrá.

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Las elecciones europeas a la luz de la Historia. Napoleón, Bismarck, Hitler y otros recuerdos de un pasado infeliz…
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Carlos Rilova | 26-05-2014 | 13:45| 2

Por Carlos Rilova Jericó

 

Mientras escribía estas líneas no sabía, por supuesto, el resultado de las elecciones europeas que ayer culminaban en el cada vez más vasto territorio de la Unión.

Tampoco es que importase mucho. Claro, uno tiene sus preferencias. A mí, por cuestiones de geografía sociológica, no me conviene nada una Europa “azul”, dominada por partidos como los de la actual canciller alemana.

Pero, dejando al margen esas preferencias personales por una existencia tan alejada de la precariedad como desea cualquier ser humano racional -no sólo europeo sino de los otros continentes-, lo cierto es que lo más importante de las elecciones europeas no es tanto el resultado como el hecho de que se celebren y vayan adquiriendo la importancia que están adquiriendo. Más que nada porque con ellas, como se dice en catalán, se hace patria. Patria europea en este caso, que es una de las mejores ideas que los habitantes de ese campo de batalla conocido como “Europa” -esa pequeña península pegada a las barbas de Asia- han tenido a lo largo de los muchos siglos en los que se han estado destruyendo mutuamente, engendrando, por esa misma razón, una de las sociedades humanas más técnicamente desarrolladas y, al mismo tiempo, más destructora de las que se tiene noticia. Ya comentaba esto ayer mismo el académico Javier Marías en su columna de “El País Semanal”, y yo les voy a dar algún detalle más al respecto. Detalle histórico, por supuesto.

Todo empezó a partir de 1945. Viendo el panorama de destrucción en el que estaba sumido el continente, se decidió crear el núcleo central de lo que hoy es la actual Unión Europea, con una misma bandera, un pasaporte y, sobre todo, una misma moneda.

No voy a adentrarme en esa Historia sin épica, abrumadoramente burocrática. Para eso ya se han editado libros que hasta consiguen hacer interesante una Historia que sólo puede ser aburrida, afortunadamente aburrida, pero que, por esa misma razón, no suele emocionar demasiado a los beneficiarios de la situación que salió de esas negociaciones entre viejos rivales por el dominio del continente, que decidieron llegar a acuerdos antes que a volarse las cabezas mutuamente en guerras devastadoras.

Para dar a las elecciones de este domingo el valor que deberían tener en nuestra memoria, creo que es más útil hablar de la Historia bélica de siglos que llevó a que, finalmente, exista algo llamado “Unión Europea” que cada vez se va haciendo más y más real gracias a eventos como las elecciones europeas y pese al auge -aparente- de neonazis y eurófobos.

Es posible que la UE hubiese acabado existiendo por vía pacífica, como proponían algunos entusiastas de la idea como Víctor Hugo, sin embargo, son hechos, sumamente sangrientos, los que pusieron las bases de esa casa común europea en la que ahora, más o menos mal avenidos, vivimos muchos millones de personas.

Podríamos considerar a la dinastía reinante en España desde el siglo XVI hasta el año 1700, los llamados Austrias, como una de las primeras entidades o personas interesadas en construir algo que se parecería bastante a la actual UE. Por supuesto a cañonazos. Sin embargo esa sería una paternidad un tanto dudosa ya que los Austrias, o Habsburgos, como es bien sabido -lean, por ejemplo, el magnífico resumen que hace del tema Paul Kennedy en “Auge y caída de las grandes potencias”- no tenían otro fin con la reunión de países, ducados, condados, etc, etc… a la que se habían entregado desde el siglo XV, salvo la de hacer más grande y poderosa a su familia. Nada que ver, desde luego, con la idea nacional que hoy nos hacemos de nuestros propios estados y de la reunión de ellos en la Unión Europea.

Eso no empieza a tener carta de naturaleza hasta la revolución francesa de 1789, que arranca de manos de esas dinastías el poder para depositarlo en el Pueblo, en la Nación, equivalente al conjunto de los habitantes de un determinado país. En España, por ejemplo, ese proceso se hace verdaderamente claro en los documentos que el gobierno del país genera en medio de la invasión napoleónica, en los que se prodigan expresiones enfáticas como “la Justa causa de la Nación”, “los ejércitos nacionales” y un largo etcétera que deja claro que, desde 1812, hay una entidad nueva que ejerce la soberanía junto a una determinada dinastía pero, como se demuestra a lo largo de todo nuestro turbulento siglo XIX, también al margen o por encima de ella cuando sea necesario por el bien de esa misma nación.

Es así, en esos momentos posteriores a 1789, cuando surge el primer conato de crear algo que políticamente podría haberse parecido a la actual Unión Europea. Es decir, una reunión de naciones bajo un único mando. El responsable de ese primer intento fallido fue Napoleón Bonaparte.

El método utilizado para crear ese primer conato de UE es bien conocido, y más después de los recientes bicentenarios: conquista militar pura y dura del resto de potencias europeas que van tomando conciencia de nación, poco a poco, desde 1789 para convertirlas en una especie de estados vasallos de Francia. Naturalmente el resto de esas potencias, empezando, principalmente, por España, se opusieron a esos planes y todo acabó como acabó. Es decir, con una unión de toda Europa contra Francia.

Francia aprendió la lección a partir de 1815 de un modo del que da buena cuenta la actitud del sobrino de Bonaparte, Napoleón III, que, igual de militarista e imperialista que su querido tío, supo sin embargo ensamblarse en Europa sin querer conquistarla, exportando esas pulsiones hacia el exterior. Hacia África, Asia, América… buscando el apoyo de otras potencias antes acérrimas enemigas de Francia, como España -utilísima en la toma de Saigón, por ejemplo- o Gran Bretaña.

Los que no parece que tuvieran tan clara esa lección de que Europa se unía, principalmente, contra enemigos comunes, fueron los prusianos. Una vez acabada la unificación, bajo su égida, de las tierras germánicas, mandaron un claro mensaje del que se llevó la peor parte la Francia de Napoleón III: se había fundado una gran potencia llamada II Reich alemán. Desde ese año 1871 hasta 1945, la mayor parte de los dirigentes alemanes quisieron emular al Napoleón al que ellos mismos soportaron estoicamente -por no decir cobardemente- de 1805 a 1813 y al que derrotaron definitivamente -con no poca ayuda española, británica, etc…- entre 1813 y 1815.

Adolf Hitler, admirador confeso de Napoleón, fue quien más esfuerzos conscientes hizo por crear una Unión Europea -principalmente contra las hordas asiáticas que él veía encarnadas en el bolchevismo ruso- esta vez bajo la férula alemana…

El horizonte de ruinas en el que estaba convertida Europa en 1945 cuando esa pesadilla acabó, fue lo que creó esa Unión Europea por las buenas -por increíble que parezca- que esta última semana se ha consolidado, un poco más, con unas nuevas elecciones pese a ciertos resultados preocupantes, como el francés o el británico.

Piensen en todo esto, en Napoleón, en Bismarck, en el káiser Guillermo II, sobre todo en Hitler, si las elecciones europeas les parecen aburridas, burocráticas, tal vez inútiles. No son la panacea, por supuesto, no van a resolver todos nuestros problemas generados por nuevos conatos de ambiciones malsanas -una Alemania que aún no parece, como Francia en 1815, haber cogido el mensaje de 1945- pero, desde luego, echando la vista atrás, sobre nuestra turbia Historia común, son un verdadero alivio…

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La Historia de “Ocho apellidos vascos”
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Carlos Rilova | 20-05-2014 | 08:20| 38

Por Carlos Rilova Jericó

¿Se han reído mucho con las aventuras del sevillano Rafa y su malquerida novia vasca-vasca interpretada por la madrileña Clara Lago?. Es decir: ¿han visto el superéxito de taquilla titulado “Ocho apellidos vascos”?.

A lo mejor se han preguntado el porqué de tan curioso título. En euskera hay un  dicho que asegura que todo lo que tiene nombre existe. Dando un paso más allá, se puede afirmar también que todo lo que existe tiene Historia, y el título de esa película, “Ocho apellidos vascos”, por mucho que sea producto de una rabiosa -y alegre- actualidad que celebra, por todo lo alto, el fin de la violencia sectaria en el País Vasco (esperemos que para siempre), no es ninguna excepción.

No. De hecho, la frase “Ocho apellidos vascos” se las trae históricamente hablando y, sí, tiene una larga ración de Historia detrás.

A primera vista, como se ve en esta divertida película, lo de tener ocho apellidos vascos sería, simplemente, una seña de identidad que convierte al beneficiario de esa ristra de apellidos de origen inequívocamente vasco -menos Clemente, no lo olvidemos- en un sujeto de fiar al que uno, por ejemplo, le puede dejar casarse tranquilamente con su hija, convirtiéndose en un miembro más de la familia.

Vale, eso está claro, pero ¿de dónde viene todo eso, ese control de calidad, por así decir, del candidato a entrar en una familia del País Vasco (o al menos en una familia de algunos ambientes del País Vasco)?. La primera pista hay que buscarla en el momento fundacional del Partido Nacionalista Vasco por parte de los dos hermanos Arana. El más conocido, Sabino, y Luis.

Lo cierto es que, si consultamos entre las obras completas de Sabino -hoy un documento fundamental para entender el actual nacionalismo vasco-, descubrimos que la gran idea de lo de hurgar en los apellidos de la gente fue suya.

En efecto, sus escritos inciden mucho sobre esa cuestión -por ejemplo, su obra de teatro “De fuera vendrá…” a la que “Ocho apellidos vascos” da la vuelta- y, de hecho, son fundamentales para admitir, o no, en los casinos nacionalistas -los “batzokis”- a posibles afiliados al naciente PNV.

Aquellos que tuviesen cuatro apellidos -que no ocho, que eso, al parecer, es una “boutade” de los geniales guionistas de la película de la que hablamos- eran sujetos dignos de toda confianza y podían ser reclutados sin problemas como miembros del PNV, los de tres menos y los de dos, como mucho, podían ser considerados simpatizantes y esforzarse lo indecible para ser parte de la futura Euzkadi independiente que los dos hermanos Arana imaginaron desde que el fin de la tercera y última guerra carlista, en 1876, destruye su idílico mundo rural vasco para dar paso a una sociedad plenamente industrializada, volcada en el comercio exterior y en la llegada de gente del resto de la Península. Esos individuos que los hermanos Arana, especialmente Sabino, ven como una horda amenazante que va a disgregar la Arcadia rural vasca que para ellos es la esencia de lo vasco.

Resulta que esa idea, como muchas otras incorporadas al ideario nacionalista vasco, es, en origen, un artefacto político de lo más español, sólo que adaptado a los fines y medios de ese nuevo movimiento político -el nacionalismo vasco- que va creciendo en las tres últimas décadas del siglo XIX.

En efecto, Sabino Arana se limitó a readaptar a sus planes un uso político que había estado vigente en la España anterior a la revolución liberal del año 1812. A saber: aquellos que deseasen disfrutar de los máximos grados de nobleza debían demostrar que sus cuatro apellidos, ocho a ser posible, eran de casas de hidalgos.

Eso en las provincias marítimas vascas, las dos españolas y la francesa, Laburdi, no era un gran problema. Si se pasean por el País Vasco, y también Navarra, buscando, acaso, los escenarios donde se rodó “Ocho apellidos vascos”, verán humildes caseríos en los que sobre las vigas de entrada hay unos apabullantes escudos con, como poco, cuatro cuarteles de nobleza.

Así estaba organizada aquella peculiar sociedad en la época en la que ser noble era, por utilizar una expresión de hoy día, “lo más”. La corona española -y también la francesa- reconocía a los habitantes originarios de los territorios guipuzcoanos, vizcaínos y, en el caso francés, labortano, una nobleza “natural” que, a diferencia de lo que ocurría en otras partes de Europa, no se perdía por ejercer los llamados oficios “viles”. Es decir: una larga lista que iba desde campesino -la profesión “vil” más común-, hasta carpintero, alfarero, comerciante al por menor, herrero, cochero, sastre, pastor e incluso hasta notario y otros muchos empleos hoy envidiados por la cantidad de dinero que producen a quienes los practican.

Cualquiera de esos oficios incapacitaba a los que los  ejercían para llevar signos distintivos de nobleza -escudo en la puerta de su casa, espada al cinto, pistolas de arzón en la silla del caballo, etc…- y acceder a títulos. Por ejemplo el de caballeros de las prestigiosas y exclusivas Órdenes Militares españolas: Santiago -la más restrictiva de todas-, Alcántara, Montesa, Calatrava…

A partir de 1876 Sabino se limitó a poner ese “filtro” político en su propia y exclusiva casa política. Es decir, en el Partido Nacionalista Vasco.

Así de sencilla, o de complicada, según se mire, es la Historia de los hoy famosos ocho apellidos vascos. Ya ven qué de vueltas da la Historia. En este caso de los apellidos vascos, han ido de señal de nobleza acrisolada certificada en Madrid, a “peaje” político para ser considerado “vasco” y de ahí a eje de una película con la que toda España ha respirado de alivio tras más de treinta años conteniendo el aliento cada vez que se hablaba de ese País Vasco que algunos, como el protagonista de “Ocho apellidos vascos”, se imaginan aún como una especie de Transilvania -o Tierra de Mordor, más bien, según me han dicho- poblada por cazurros glotones con dificultades para mostrar sus sentimientos, mozas desaliñadas, abruptas y montaraces, curas acérrimamente nacionalistas que parecen extirpados de obras de teatro nacionalista como “De fuera vendrá…”, y todo un paisanaje que es sólo una parte del País Vasco y, aún así, fue elevado a la categoría de esencia de lo vasco porque así lo quisieron los hermanos Arana a partir del año 1876.

Bienvenida sea pues, también desde el punto de vista de la Historia, esta especie de “Romeo y Julieta” con final feliz, que ha puesto en su sitio muchos equívocos históricos, políticos, sociales… que hicieron del País Vasco, un Mordor, un infierno, parecido al que se imaginan los protagonistas andaluces de “Ocho apellidos vascos” salidos del ordenador de Borja Cobeaga y Diego San José.

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Presentación

La Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”, dedicada tanto al estudio de nuestro pasado como a su mejor difusión, ha aceptado desde el 11 de junio de 2012 la amable invitación de Diariovasco.com para comentar o ilustrar en este blog diversos aspectos de esos hechos que, acumulados en el tiempo, llamamos “Historia”. Así, el objetivo de los sucesivos “posts” que se irán subiendo regularmente a este “Correo de la Historia”, será el de informar sobre distintos aspectos de interés de esa materia a un público amplio -especializado o simplemente interesado en estas cuestiones- tratando de combinar el rigor científico con un lenguaje ameno y asequible.

El doctor en Historia Contemporánea por la UPV-EHU Carlos Rilova Jericó, uno de los fundadores de la asociación, será el encargado de dar una rigurosa continuidad a este “Correo de la Historia” semana a semana y hacer las oportunas presentaciones cuando otros miembros de la asociación hagan su contribución a esta página.

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