Diario Vasco
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Algunos retazos de la Historia de los “Cien mil hijos de San Luis” (la frontera de Irún en abril de 1823)
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Carlos Rilova | 26-09-2016 | 10:28| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Mañana, quienes vivan cerca de la biblioteca donostiarra Koldo Mitxelena, podrán acudir a una de las conferencias organizadas por esa institución con la -supongo- inestimable colaboración de la Asociación de historiadores guipuzcoanos a la que, casi, todos los lunes represento aquí.

En esta ocasión hablaremos -o más bien hablaré- de la llamada “guerra constitucional”. En realidad, la primera de las cinco guerras civiles españolas de la Edad Contemporánea. Un ciclo trágico y letal que, de momento, ha culminado con la de 1936-1939.

Se hablará, por tanto, de la guerra que se inició en abril del año 1823 y concluyó a finales de ese mismo año, con la rendición de todas las tropas y plazas fuertes que se habían mantenido leales al gobierno constitucional catapultado al poder por el pronunciamiento de las Cabezas de San Juan, en el año 1820.

Esta breve guerra no levanta, de momento, demasiada visceralidad. No le ocurre lo mismo, por ejemplo, que a la de 1936-1939. Aún así, sin embargo, es un terreno peligroso porque como todas, o casi todas, las guerras y revoluciones que han sido en la Edad Contemporánea -en la que aún vivimos, desde el 14 de julio de 1789- existe una fuerte tentación de buscar “buenos” y “malos” según la opinión política actual de quien contemple esos hechos.

Ciertamente algo que ocurrió hace ya casi dos siglos no debería suscitar esas ansiedades. Sobre todo porque, seguramente, ya no hay nadie que, al menos abiertamente, defienda el restablecimiento de la monarquía absoluta.

Y, sin embargo, sin embargo… qué difícil puede resultar interpretar esos hechos sin que nadie se dé por aludido, por molestado…

¿Estaba justificada la invasión de 1823 decidida por las restantes potencias europeas en Verona?. ¿El gobierno constitucional, liberal, parlamentario, era realmente ese desastre que Pérez Galdós se entretuvo en describir en uno de sus “Episodios Nacionales” titulado, precisamente “Los Cien Mil Hijos de San Luis”?. Si así fue, ¿cómo contar entonces todo esto en una conferencia?.

¿Cómo describir a un personaje como el Trapense, ese clérigo que, como los bóxers xenófobos chinos, se hacía disparar balas para demostrar que Dios estaba de su lado y de la causa reaccionaria, absolutista, que defendía y predicaba añadiendo botas de montar y sable de Caballería a sus ropas talares?.

Supongo que debe de haber un modo, porque siempre lo ha habido. Pero eso es difícil en un país en el que la propaganda, de un signo o de otro (incluso la fabricada por enemigos exteriores como el cardenal Mazarino en 1643), tiene más predicamento que los hechos analizados fríamente, puestos en un contexto europeo del que la Historia de España siempre ha sido parte. Por más que ese esquema mental viciado, piense lo contrario y se regodee en interpretaciones tremendistas de hechos históricos que, en realidad, en nada se diferencian de los de una Europa que, además, en 1823, dominada por potencias ultrareaccionarias que dejaban a Fernando VII en simple aficionado al Absolutismo, fue la causante de agravar cualquier problema que la España de esa época pudiera tener.

Lo intentaré hoy, aquí, para quienes no puedan ir mañana a la conferencia del Koldo Mitxelena. Y lo intentaré, más extensamente, este martes 27 de septiembre de 2016. En persona.

Más allá de Pérez Galdós, más allá de la propaganda reaccionaria o liberal, lo cierto es que parece probado que parte de los españoles de 1820 querían traer a colación en la Europa continental un gobierno parlamentario al estilo del británico. Parece también probado que otra parte de esa nación forjada en el fuego de la guerra contra Napoleón, aborrecía de esa sola idea.

Como era el caso del Trapense o de cierta clase media rural a la que, como vemos en la ilustración que adorna este nuevo correo de la Historia, les faltó tiempo para echarse a los campos de batalla al frente de partidas de descontentos que también aborrecían el sistema constitucional.

Es cierto, o parece también bien probado, que el descontento provenía de un alto porcentaje de la población que, tal vez, no quisiera un rey absoluto, pero no veían ninguna ventaja personal en el cambio que ofrecían los liberales, que no se concretaba en nada sustancial para ellos. Más bien resultaba perjudicial en algo tan delicado como los términos económicos de su existencia.

Sin embargo, hay concienzudos estudios históricos como el del profesor Félix Llanos, que indican que, de no haber contado esas facciones antiliberales con el apoyo de las potencias europeas -unánimentemente absolutistas en distintos grados, con la excepción británica- habrían sido sofocadas y España hubiera marchado, en ese momento y no diez años después, en 1833, por la senda constitucional que el retorcido Fernando VII había prometido seguir en 1820, forzado por el pronunciamiento de Riego y la revolución a la que dio pábulo inmediatamente después de hecha su proclamación. Como era habitual en estos casos.

Si examinamos, caso a caso, lo que ocurrió en una ciudad como San Sebastián, donde, se supone, que el Liberalismo tenía tanto, o más, arraigo que en Cádiz (por poner un ejemplo) descubriremos que, quizás, en 1823, ese entusiasmo estaba algo decaído en muchos defensores del régimen liberal. Más aún desde que los cien mil hijos de San Luis entraron por la frontera de Irún.

Ciertamente, muchos expedientes judiciales de represalias abiertos por el Corregimiento contra liberales donostiarras y guipuzcoanos en 1823, nos ayudan a entender mejor lo que ocurrió, a nivel personal, a pie de calle.

Entre todos ellos, el que siempre me ha parecido más interesante ha sido el de Manuel de Arriola. Más que nada porque parece que fue un hombre que acabó asqueado de ambos bandos y al margen de ellos. Abandonó, en enero de 1823, la partida realista del cura Gorostidi. Uno de los comandantes reaccionarios que hubiera sido aplastado en territorio guipuzcoano de no ser por la llegada de las tropas de Angulema. Regresó de Cádiz en cuanto supo del éxito de la reacción, pero, aún así, fue juzgado por aquel régimen que veía -o buscaba- enemigos por todas partes y que no eliminó más porque el Congreso de Verona no quería revoluciones, pero tampoco baños de sangre que alentarán, inevitablemente, más revoluciones. O, cuando menos, un victorioso regreso de aquel sucedáneo revolucionario llamado Napoleón, como en 1815…

La historia personal de Manuel de Arriola es, por esas especiales circunstancias, acaso, la más interesante de muchas de las que podríamos examinar para saber qué ocurrió en aquel año 1823.

Este martes, después de casi 2 siglos, espero que sea algo mejor conocido y, gracias a eso, podamos saber más de aquella breve primera guerra civil española de esa era convulsa en la que aún vivimos.

 

Campaña de mecenazgo: desde hoy y especialmente a partir del 15 de septiembre, la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” está involucrada en una campaña para buscar mecenas que quieran entrar en la Historia gracias a una aportación económica para la redacción de una renovada “Historia de Gipuzkoa” que, en estos momentos, redactan varios especialistas de la asociación.

Quienes tengan interés en formar parte de ese proyecto como mecenas o financiadores del mismo, pueden consultar una información más amplia en este link  https://migueldearanburu.wordpress.com/proyecto-de-mecenazgo-para-la-historia-de-gipuzkoa/

 

 

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¿El avance de la civilización?. Un periódico donostiarra describe la primera batalla de tanques durante la Primera Guerra Mundial (27 de abril de 1918)
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Carlos Rilova | 19-09-2016 | 17:57| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No he podido resistirme a basar el correo de la historia de hoy en un fragmento que he arrancado de la prensa donostiarra de 1918. Lo descubrí esta semana pasada mientras terminaba mi investigación sobre el espionaje en San Sebastián durante la Primera Guerra Mundial.

La noticia estaba en la página 3 del ejemplar de la Hemeroteca municipal de San Sebastián de “El Liberal Guipuzcoano”. Un diario que aparecía por las tardes en aquella rutilante ciudad -que aún conservaba el brillo y el brío de la “Belle Époque”- pero que, a pesar de eso, de manera más bien indirecta, vivía muy de cerca los acontecimientos de aquella “Gran Guerra”.

Este periódico, contrario a Alemania, decididamente antigermanófilo como toda (o casi toda) la prensa española de izquierdas de esa época, reproducía, entre otras muchas noticias remitidas desde los distintos cuarteles generales, una que le llegaba desde Londres y titulaba “La primera batalla de tanques”.

Algo así era todo un hallazgo -aunque no fuera precisamente una novedad (consulten la Wikipedia anglosajona y lo comprobarán) ni el que yo andaba buscando-, que se pusiera fecha y datos -en una ciudad neutral de primer orden en la “Gran Guerra” como San Sebastián- a la que fue la primera batalla de tanques de la Historia. Suficiente, desde luego, para dedicarle un correo de la Historia.

A medida que fui leyendo toda la noticia, sin embargo, me pareció que su contenido era importante por otras razones, aparte de por ser esa primera noticia en una importante ciudad neutral sobre la primera de esas batallas de tanques que luego, durante la que sería conocida como “Segunda Guerra Mundial, llegaron a ser antológicas.

En efecto, el contenido de la noticia era interesante, aparte de por lo ya dicho,  por la crudeza con la que el redactor describía las consecuencias de lo que era una batalla entre esos vehículos concebidos más que para luchar entre ellos, para defender a la Infantería, que hasta ese momento había sido barrida por las ametralladoras en numerosas, demasiadas, cargas suicidas a la bayoneta. Aptas para las guerras napoleónicas, pero no desde luego para una guerra mecanizada como aquella.

Los hechos ocurrieron así: los corresponsales de prensa destinados al sector británico del frente francés, en Villers-Brettoneux (población que da nombre a una batalla dentro de la gran batalla del Somme, iniciada un mes de julio de hace 100 años) fueron testigos de cómo los tanques alemanes se emplearon a fondo en las operaciones de los días 25 y 26 de abril de 1918 en aquel sector, apoyando a la Infantería alemana que avanzaba hacia Cachy.

Según testigos, estos tanques alemanes eran más grandes incluso que los británicos e iban armados con lo que la noticia describe como “grandes torres”. El redactor no duda en calificarlos de “monstruos”.

Esas grandes moles atacaron, en primer lugar, a dos tanques británicos de pequeño tamaño, llamados, usualmente, tanques “hembras”. El resultado fue que uno de esos tanques británicos quedó fuera de combate. El otro no sucumbió porque un tanque británico “macho”, equiparable a los blindados alemanes, acudió a defenderlos, haciendo que los teutones se batieran en retirada. Excepto uno, que tuvieron que abandonar sobre el terreno.

El 26 hubo un contraataque y, a través de lo que sucedió en él, que es descrito por el redactor de “El Liberal Guipuzcoano”, queda claro el grado al que estaba descendiendo la exquisita sociedad europea de la “Belle Époque” que agonizaba en campos de batalla así. Más o menos al de sociedades tan brutales como la asiría de la Edad Antigua.

Dice el redactor de la noticia que los británicos lanzaron su contragolpe por medio de varios tanques ligeros, capaces de correr más que un soldado. El ataque de esos tanques se verificó avanzando contra una gran concentración de tropas alemanas en Cachy. Allí, según el redactor, “hicieron una matanza espantosa”.

Cuando volvieron a su base “sus flancos estaban rojos de sangre porque habían no solamente acribillado a balazos, sino que habían cargado en todos sentidos” (la cursiva es mía) a través de las filas alemanas…

El redactor de “El Liberal Guipuzcoano” no consideraba necesario añadir nada más. Esa labor, quizás, podamos completarla nosotros. Es obvio, por lo que contaba esta noticia, a qué punto de barbarie se estaba llegando -por medio de avances tecnológicos- en aquella Europa -hasta 1914- tan bien educada, tan sofisticada, tan refinada, poniendo en marcha aparatos capaces de acribillar a balazos y conducidos por hombres cegados de tal modo como para no importarles cargar contra otros hombres de uniforme distinto hasta hacerlos pulpa contra el suelo, bajo las orugas de sus vehículos.

Eso, en resumen, es lo que pasó en esa ocasión histórica, en la que tuvo lugar la primera batalla entre tanques modernos, según nos lo contaba la prensa del San Sebastián de la época.

 

Campaña de mecenazgo: desde hoy y especialmente a partir del 15 de septiembre, la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” está involucrada en una campaña para buscar mecenas que quieran entrar en la Historia gracias a una aportación económica para la redacción de una renovada “Historia de Gipuzkoa” que, en estos momentos, redactan varios especialistas de la asociación.

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El Hadj (el Viaje a La Meca). Retazos de la vida de Alí Bey, nacido Domingo Badía y Leblich (Anno Dómini 1803)
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Carlos Rilova | 12-09-2016 | 09:38| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy me ha parecido un buen día para hablar, otra vez, de un español que, como muchos otros españoles importantes, es prácticamente desconocido.

Algo conté de él hace ya muchos años, el 17 de septiembre de 2012, cuando este correo de la Historia apenas había empezado. Desde entonces me parece que la situación no ha cambiado mucho.

Es decir, Domingo Badía y Leblich, conocido como Alí Bey, sigue siendo un gran desconocido para el gran público español. Ese que consume películas, series de Televisión y otro material audiovisual y pasa (olímpicamente) de la letra escrita. Ya sea impresa o ya sea digital, donde, cómo no, se pueden encontrar numerosos artículos, en blogs, en periódicos, en la inevitable Wikipedia… sobre este espía, científico y explorador español nacido en Barcelona. No digamos ya lo desconocido que es Domingo Badía para el público de fuera de España, que lee más, pero sólo para introyectarnos a sus propias celebridades históricas. Pese a la Wikipedia, pese a RTVE, pese a quien pese…

Me ha parecido un buen día para hablar de él, de Domingo Badía, de Alí Bey, no tanto por la Diada, como hice en la primera ocasión en la que lo traje a colación aquí, el 17 de septiembre de 2012, sino porque ahora, en estas fechas, los musulmanes de todo el Mundo empiezan El Hadj o Hajj. Es decir, la peregrinación que todos ellos tienen como precepto hacer al menos una vez en la vida, visitando el santuario de la Piedra Negra o Kaaba, en La Meca y otros cercanos.

¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra, se preguntarán, con razón dado el paupérrimo conocimiento que, en general, se tiene de la vida de Domingo Badía?.

Pues bien, resulta que Domingo Badía fue el primer español que entró en el santuario de La Meca.

Por supuesto lo hizo bajo identidad oculta, pues de otro modo le hubiera sido imposible, corriendo peligro de muerte caso de haber sido descubierto.

Esa identidad era la de Alí Bey, un supuesto príncipe árabe, descendiente de la rancia familia de los Abasidas, supuestamente educado en Europa.

Con ella recorrió todo el Imperio Otomano desde el año 1803. O lo que quedaba de él que, en teoría, se extendía desde el actual Marruecos hasta la actual Turquía.

Domingo Badía no hizo esa peligrosa hazaña porque sí. Procedía de una familia de funcionarios al servicio de la corte de España y él mismo terminó siendo uno de esos funcionarios.

Metido en esa carrera, entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, su interés por la cultura árabe, que conoció de cerca al ser su padre destinado a Almería, donde los restos del reino nazarí eran acaso aún más visibles que hoy día, le llevó a convertirse en un experto en ella, aprendiendo su idioma, perfeccionándolo en Londres, llevando las cosas hasta el extremo de retajarse. Es decir, circuncidarse al estilo árabe para no descubrirse en su peligrosa aventura, cuando se bañase ante la vista de otros o tuviera que hacer sus necesidades también en público. Cosas ambas bastante habituales en las regiones que se proponía visitar.

De acuerdo con el injustamente denostado ministro Manuel Godoy, se embarcó en esa aventura por tierras árabes, hasta llegar a La Meca. Su objetivo era atraer a los territorios árabes donde el poder otomano se debilitaba por momentos, a una alianza con España. Mientras desarrollaba esa misión diplomática, actuaría también como espía, obteniendo toda clase de información -gráfica y escrita- sobre ese mundo árabe en el que Godoy -que, como demuestran trabajos como los del profesor La Parra, no era ese cretino ambicioso imaginado aun hoy por muchos españoles- quería influir tanto como la expedición de su rival Napoleón lo había intentado algunos años atrás.

De ahí salió un libro que influyó poderosamente en Europa. Tanto que sir Richard Francis Burton, unas décadas después, lo siguió paso a paso para emular las aventuras de Alí Bey/ Domingo Badía.

Nuestro agente en La Meca tuvo un final digno de él. Es decir, envuelto en el misterio. Hay varias versiones sobre sus últimos años. Una dice que, en medio del marasmo de las guerras napoleónicas, decidió optar, por consejo del propio Carlos IV, por el bando afrancesado… al parecer para seguir ejerciendo como agente encubierto con un doble juego, figurando ser leal a José I cuando en realidad trabajaba para el bando patriota.

En cualquier caso, en 1813, se tuvo que exiliar, y en ese exilio acabaría sus días. Dicen que envenenado por los británicos, ahora hace casi doscientos años, en 1818, que no veían precisamente con muy buenos ojos la presencia en el Imperio Otomano de agentes tan peligrosos, hábiles y bien preparados como Alí Bey.

Otras versiones dicen que murió de disentería en el año 1822, cuando aún seguía al servicio de Luis XVIII en Francia. Hecho que reforzaría la idea de que, en  realidad, durante la Guerra de Independencia fingió ser afrancesado para desarrollar labores encubiertas para el bando patriota. O, cuando menos, para la casa Borbón que, al menos por parte de la rama francesa, lo recibió a su servicio con los brazos abiertos después de la Restauración de 1814.

Desde entonces, desde su muerte, ya fuera ésta en 1818 o 1822, y con las habituales escasas honrosas excepciones de rigor, Domingo Badía/Alí Bey ha caído en el mismo olvido en el que han caído muchos otros que, en conjunto, deberían haber formado la Historia bien conocida y divulgada dentro y fuera de las fronteras de un país normal.

Como España es desde hace unos ciento cincuenta años un país zombí -circunstancia especialmente agravada durante los últimos 80 años, desde la brutal y embrutecedora guerra de 1936- no ha sido así.

Ha habido, como decía, bastantes artículos en prensa, en la esfera digital, algún libro para jóvenes publicado en la breve primavera de la Transición, en 1978. Ha habido también en los años 80 del siglo pasado, una edición de sus viajes que tuvo cierta difusión. Poco más. Referencias aquí y allá, estudios eruditos que apenas llegaron al gran público. En suma: sombras y desconocimiento.

Las películas, las referencias en novelas de gran popularidad en el mundo anglosajón y fuera de él como la saga de “El Mundo del Río” de Philip José Farmer, han quedado no para él, para Domingo Badía/Alí Bey, sino para su discípulo británico sir Richard Francis Burton.

¿Hay posibilidades todavía de revertir esta situación tan injusta como abrasiva para todos los que tenemos pasaporte español?. ¿Llegaremos, por ejemplo, a ver una biopic de calidad sobre él que se estrene en todos los cines del Mundo?. ¿O una serie de Televisión realizada con la vieja calidad que antes se usaba y no con medios y guiones de cartón piedra?.

A ciertas edades es difícil hacerse ilusiones sobre un país zombí que parece haber encontrado su identidad precisamente en eso, en ser un perpetuo esperpento de sí mismo, de lo que en realidad fue y podría ser. Véase el caso de la expedición Balmis.

RTVE la va a convertir en película… pero es de temer que dando del doctor Balmis, contemporáneo de Domingo Badía, la misma nefasta -además de falsa- imagen que se daba de él en la novela original,  “Ángeles custodios”, en la que se basa el guión de esta película. Hecha a costa, una vez más, del dinero público (esto es: suyo y mío) al parecer para aborregar aún más a un público en general bastante aborregado ya, convenciéndole de que gente como Balmis podía llevar a cabo el logro de extender la vacuna por el Mundo, pero eran unos “rojos” peligrosos y desaprensivos, afectos a nocivas ideas tales como la Constitución de 1812 (no exagero lo más mínimo, ese es el corolario de “Ángeles custodios”, una novela que en Francia probablemente jamás se habría publicado y menos convertido en película por una televisión pública)…

Pero, en fin, todo podría ser. Quizás aún estemos a tiempo de corregir esa deriva nefasta. Cuando necesiten especialistas para esa labor ya saben dónde pueden encontrarlos. Sí, precisamente en esta estafeta de la Historia, que no del cuento.

 

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Una curiosidad de la Historia de la Moda: los paños bulados (de la Edad Media al outlet)
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Carlos Rilova | 05-09-2016 | 10:23| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy el correo de la Historia será breve y espero que, de acuerdo al dicho, también sea igualmente bueno por ser breve. O que al menos lo parezca.

El tema que he elegido no da para cubrir mucho espacio, ciertamente. Aún así no he podido resistirme a dedicarle este artículo de cada lunes.

Se trata de un objeto que hemos visto muchas veces en alguna prenda de ropa -sobre todo femenina- y al que, sin embargo, no le hemos dado demasiada importancia, pensando que es tan sólo una forma más, por parte del fabricante, de colgar su nombre en las etiquetas que lleva esa prenda.

Por lo general es una pequeña esfera o círculo de metal o de plástico, como la de la ilustración que acompaña a este nuevo correo de la Historia.

Pues bien, en contra de lo que pudiera parecer, ese objeto no es algo nuevo, ni reciente. Data, de hecho, de la Baja Edad Media. Concretamente del siglo XV.

Nuestra colega historiadora Nora Maria Rodenburg lo cuenta en un par de líneas de su trabajo fin de master para la Universidad de Lund, publicado en el año 2011 y que, si lo desean, pueden encontrar generosamente colgado en la red de redes en formato PDF bajo el título “Seal and deal. Cloth and Trade between the Netherlands and Scania during the Late Middle Ages and Early Modern Times”.

Es decir: “Sellar y distribuir. Paños y comercio entre Flandes y Escania durante la Baja Edad Media y el comienzo de la Edad Moderna”.

En la página 28 de ese texto Nora Maria Rodenburg explica que, a partir del siglo XV, llega a Flandes (entonces las actuales Bélgica y Holanda) la figura del “wardein”, derivada del francés “gardien”.  Es decir, guardián, o, como ella prefiere traducirlo, “supervisor”.

La función de esos guardianes o supervisores cuyo origen parece estar en las pañerías francesas, era comprobar la calidad de las telas y prendas que salían de los telares antes de que fueran distribuidos en la amplia red que recorría Europa por medio de diversas ferias, que iban desde Medina del Campo en el Sur, hasta las del propio Flandes pasando por Italia, Inglaterra…

En esa red comercial, el comprador buscaba esos sellos de plomo colgados de esas telas, que adquirieron así el nombre de paños bulados, sabiendo, gracias a esos plomos, que estaba comprando un material de excelente calidad, que revendería sin dificultad y con un buen margen de beneficio.

Ese es el sencillo, pero poco conocido, origen histórico -que, como vemos, se remonta a la Baja Edad Media- de esos discos de plástico o metal que hoy seguimos encontrando en algunas prendas asequibles en ese mercado globalizado cuyos afanes quedan ya bastante lejos de esos concienzudos “wardeins” medievales, preocupados de poner sus sellos sobre paños que realmente estuvieran manufacturados con esmero, garantizando su buena calidad, su durabilidad durante años…

A veces la Historia está más cerca de nosotros de lo que nos parece. Sólo hace falta hacerse la pregunta correcta para descubrirla. Por ejemplo, y hablando de ferias medievales, ¿hay alguna razón histórica para que las letras de pago se giren a 30, 60 o 90 días? o ¿de dónde viene la expresión hacer algo “a la primera de cambio”?.

Son otras preguntas para las que, quizás, obtendremos también respuesta en futuros correos de la Historia.

 

Addenda

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Mito, leyenda, Historia… Los espectros del Somme, el San Sebastián de la “Belle Époque” y la caída de Mata Hari (verano de 1916-invierno de 1917)
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Carlos Rilova | 30-08-2016 | 08:31| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes siguen este correo de la Historia todas, o casi todas, las semanas, uno de los numerosos frentes históricos en los que ando combatiendo mis “combates por la Historia”, como los llamó Lucien Febvre, es el de la Primera Guerra Mundial.

Moviéndome por esas trincheras, esas tierras de nadie históricas, esos pozos envenenados con restos de gas mostaza sobre alambradas que recuerdan al esqueleto de una civilización muerta (la europea de la autocomplaciente “Belle Époque”), he ido a dar, voluntariamente, al frente menos conocido de esa guerra. Es decir, al de los casinos y hoteles de lujo, en las ciudades neutrales donde se había refugiado todo el dinero y el lujo de aquella Europa en guerra.

Uno de esos escenarios de esa versión secreta de la “Gran Guerra” fue San Sebastián y, hasta cierto punto, puede decirse que fue un escenario privilegiado. Un Austerlitz, un Wagram, un Waterloo de la guerra de espías que se desarrolló paralela a la otra guerra. La de los tanques, la de las cargas suicidas de Caballería o Infantería frente a secciones de ametralladoras, la del gas venenoso que llegaba vertiendo una muerte más silenciosa pero no menos eficaz…

Sí, San Sebastián, como pueden comprobar todos los turistas de todas partes del Mundo que la llenan en estas fechas, cuadriplicando su población, convirtiéndola en otra Venecia, en otra Barcelona, estaba -hace 100 años- perfectamente equipada ya para servir de escenario a esa guerra secreta. La que se luchaba de general y mariscal para arriba en salones que podían ahogar con su carga de elegancia y buen gusto -en hoteles como el Londres, el María Cristina y otros hoy desaparecidos- frente a ministros venidos a liberarse -al menos por un tiempo- del peso constante de dirigir potencias que estaban sacrificando miles de hombres al día en ofensivas y combates de dudoso resultado y finalidad.

Como en toda gran batalla, por debajo de esas grandes figuras, estaban alfiles, torres, caballos, peones… que se movían en un complejo tablero. No por más cómodo -comparado con trincheras infestadas de mugre, muerte, ratas y piojos- menos peligroso. Iban desde cortesanas de lujo y aventureras como podría serlo Mata Hari, hasta simples criados, chóferes, camareros, periodistas…

Esas figuras de ese ajedrez humano jugaban su partida en elegantes veladas en salones que miraban al famoso marco incomparable donostiarra, o desde el Parque de atracciones de Igueldo, desde donde se podía ver aún mejor ese paisaje tras subir en un funicular que data de esas fechas.

Era una partida jugada de manera implacable. Con el mismo furor con el que algunas de esas figuras, las más encumbradas como las cortesanas de lujo, las aventureras, los ministros, los reyes, los príncipes exiliados con su corte igualmente exiliada, los embajadores… jugaban sobre los tapetes de grandes casinos como el de Mónaco o el de San Sebastián (hoy reconvertido en Ayuntamiento, Archivo y Biblioteca de la ciudad) interminables partidas de caballitos, de faro, de ruleta…

Y a causa de esa partida de guerra secreta, de esos juegos de azar políticos jugados sobre ese escenario rutilante y lujoso, caían muchas víctimas. Normalmente a millares, casi a diario. En los frentes de Verdún y el Somme, abiertos en aquel verano de 1916 -sofocante en más de un sentido-, en el que las grandes potencias contendientes agotaban material de guerra, raciones, munición y, sobre todo, vidas que llenaban de desasosiego a unas naciones que creían, en 1914, ir a ganar una guerra que, tres años después, se eternizaba, produciendo miles de víctimas a un ritmo vertiginoso…

Un desasosiego que había que explicar de algún modo. Un desasosiego al que había que poner un rostro al que odiar, que justificase aquel gran fracaso colectivo que se vivía en frentes como el del Somme, en el que no cabían, a esas alturas de la guerra y de la ofensiva, ya ni siquiera los espectros de los miles de muertos en combate.

Ese papel, el de explicación de todos esos desastres, al menos los del bando aliado, recayó en una de las aventureras que pasaba y repasaba por un San Sebastián demasiado importante en esas fechas como para dejarlo de lado. En tanto que corte de verano de una potencia neutral a la que muchos en el bando de la Entente querían ver tomar las armas en su favor. No tan sólo enriquecerse -y de qué modo- suministrándoles toda clase de munición y equipos, engullidos por el titán de la guerra en Verdún, en el Somme…

El cronista de San Sebastián Javier Sada nos asegura en su libro sobre la situación de la ciudad en esa época, que Mata Hari no era realmente aquella agente tan importante que luego se dijo que era.

Es muy posible. Altamente probable de hecho. Pero, por alguna razón realmente interesante y aún no bien conocida -es lo que me dice mi investigación sobre este tema ahora en curso- Mata Hari entró en la leyenda -más que en la Historia- del espionaje en el invierno de 1917, cuando el Gobierno francés decidió que ella, agente a sueldo ofrecida primero a Francia y después, según todos los indicios, a la red alemana de Von Hintze que actuaba precisamente en San Sebastián, iba  a ser la explicación de tanto revés militar.

Enrique Gómez Carrillo, un literato guatemalteco, es quién -quizás y de momento- mejor ha relatado ese proceso cuando se vio obligado a escribir en 1923 un libro sobre Mata Hari para explicar que él no había tenido la culpa de que la detuvieran.

El libro es, literariamente hablando, de lo más serio. Gómez Carrillo, usando todos los recursos que había cultivado en el París modernista en compañía de sus amigos Rubén Darío y Amado Nervo, aseguraba que él jamás había conocido a Mata Hari y, por tanto, difícilmente podía haberla entregado a dos gendarmes y cinco policías -venidos de París a Hendaya para ese fin- después de haberla engañado con una amigable comida y un viaje en automóvil que había terminado en inesperada carrera por el Puente Internacional para entregar a la espía antes de que se diera cuenta de que estaba en jurisdicción francesa.

Pese a esas protestas de Gómez Carrillo, que se vio despreciado en la España de entreguerras por esta razón, su libro “El misterio de la vida y de la muerte de Mata Hari” decía que en San Sebastián, en Sevilla, en Madrid, en Francia incluso, todos contaban esa rocambolesca historia sobre cómo había seducido a la seductora y la había entregado en un rapto digno de las novelas de Arsenio Lupin o, por lo menos, de la saga de Adèle Blanc-Sec…

Todo un interesante testimonio de cómo el mito, a veces, se convierte en Historia y se tardan años en desmentirlo por medio de concienzudas investigaciones como “El caso Mata-Hari” de Lionel Dumarcet, que demuestran que Mata Hari fue detenida a plena luz del día en un lujoso hotel de París a la hora del té y que eso, precisamente, fue utilizado por su abogado defensor para demostrar su inocencia, alegando que nadie que fuera culpable, se atrevería a volver al país donde su cabeza estaba puesta a precio por espía con la franqueza y falta de precaución de su defendida.

No deja de ser curiosa toda esa tramoya fantástica en torno a ella. Personalmente, a medida que avanzó con mi investigación, me da la impresión de que toda la aureola en torno a Mata Hari venía, a partes iguales, de su propia bien probada mitomanía con la que se fabricó varias biografías -a cuál más melodramática- para su imparable ascenso social, del interés de sus captores en dotarla de poderes misteriosos o casi misteriosos para poder explicar sus reveses militares y también porque ese tremendismo en torno a su figura les resultaba de verdadera utilidad a los que podríamos llamar “agentes X”, con los que Mata Hari ciertamente se codeó en San Sebastián.

Principalmente periodistas de diarios germanófilos y ultraderechistas como “La Constancia” que, gracias a cortinas de humo como las de las aventuras reales o imaginadas de Mata Hari, podían ejercer con algo más de comodidad su labor de informar a los agentes de los Imperios Centrales por el discreto expediente de publicar en sus páginas noticias tan interesantes como la carga de los barcos neutrales que entraban y salían de puerto, la llegada de personajes importantes  -como Alfonso XIII- a determinados destinos, el número de especialistas en torpedos que quería reclutar la Marina española y otras aparentes naderías que, finalmente, el gobierno tuvo que prohibirles publicar. Aunque no pudiera demostrar fehacientemente que muchos miles de muertos en Verdún o en el Somme eran responsabilidad más que de Mata Hari, de vitriólicos redactores de periódicos como “La Constancia” y otras interesantes fuentes de información sobre la Historia (no el mito o la leyenda) de aquella “Gran Guerra” aún no bien conocidas…

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Palabras con Historia, Historia de las palabras: “ir hecho un figurín”
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Carlos Rilova | 22-08-2016 | 09:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana me he propuesto hablar de algún tema intranscendente, de poco calado. Y lo he decidido a pesar de la muerte de un maestro como Víctor Mora, que ha ocurrido esta semana. No porque no quiera rendir un homenaje al creador de sagas como la de El Jabato, el Capitán Trueno y, para mí, sobre todo, el Corsario de Hierro, sino porque, sin darme cuenta, ese homenaje ya se lo rendí en vida -que es, supongo, cuando más se agradecen esos homenajes- el 9 de septiembre de 2014, en este mismo correo de la Historia, con un artículo titulado “¿Historia en viñetas?”. Al cual les remito para que sepan quién se ha ido de este mundo por lo general bastante cruel en general -y más todavía con los artistas- esta semana pasada.

Hechas las exequias debidas -y merecidas- a alguien que llevó hasta nuestras casas los primeros ecos de Historia contada en viñetas, me centraré, pues, en el tema más o menos intranscendente del que he decidido hablar esta semana.

El tema elegido es la expresión “ir hecho un figurín”. Otra frase de esas que solemos oír y repetir, pero cuyo origen histórico hemos olvidado. Como, por ejemplo, “a palo seco”, de la que ya me ocupé en un correo de la Historia anterior, publicado el 12 de noviembre de 2012.

Pues sí, en efecto, al igual que “a palo seco” la expresión “ir hecho un figurín” también tiene Historia detrás y voy a tratar de recuperar algunos retazos de ella.

Para saber de dónde viene la expresión “ir hecho un figurín” debemos empezar por considerar que el negocio de la moda, hasta bien entrado el siglo XX y la aparición de las y los “top models” -Naomi Campbell, Claudia Schiffer, Esther Cañadas, Mark Vanderloo, Jorge Fernández… por sólo citar algunos de los nombres más conocidos-, se movía por medios mucho más anónimos. Al menos por lo que respectaba a quienes manufacturaban la vestimenta -conocidos sólo en un círculo muy limitado, muy lejos de la fama que conocieron, y conocen, nombres como Cristóbal Balenciaga, Paco Rabanne o Karl Lagerfeld- y, sobre todo, por lo que respectaba a los “modelos” con los que los posibles compradores se hacían una idea de cómo caía la prenda que iban a comprar y vestir.

Ahí es donde está el origen de la expresión “ir hecho un figurín”. Vamos, pues, a centrarnos en el tema de esos “modelos” que existían en siglos pasados para mostrar lo que iba a ponerse de moda, que, como vamos a comprobar enseguida, nada tenían que ver con esos nombres famosos que he mencionado en el párrafo anterior.

En efecto, la forma más primitiva de ilustrar, en España al menos, al común de los mortales sobre cuál iba a ser, o debía ser, la moda, era la llamada “tarasca”. Un animal mitológico -supuestamente procedente del Sur de Francia- sobre cuyo lomo iba una figura que vestía las prendas que iban a estar en boga al año siguiente.

Se dice en Granada que esa tradición de pasear la moda de cada año a lomos de la tarasca el día del Corpus Christi, data de la época de los Reyes Católicos. Es decir, de finales del siglo XV, en el punto en que acaba la Edad Media y va a comenzar la Moderna.

Desde luego, en los primeros periódicos españoles, que datan de mediados del siglo XVII -los inefables “Avisos” de Barrionuevo-, ya aparece reseñada esta costumbre en aquella España de los Austrias de enseñar la moda subida a la tarasca.

Según parece el sistema se volverá algo más sofisticado con el paso del tiempo. Y de ahí devendrá, finalmente, la expresión “ir hecho un figurín” para referirse, hoy, a la persona que cuida mucho su atuendo y procura ir a la última moda o, por lo menos, muy atildada.

En efecto, los medios de comunicación de esas fechas, de mediados del siglo XVII en adelante, eran lentos y no permitían transferir mucha información de manera tan rápida y abundante como nos lo permite la tecnología actual.

Así, por ejemplo, para que los sastres de Quebec, en lo que entonces era la colonia de Nueva Francia, supieran cómo se vestía en Europa, en la corte de Luis XIV que era de donde empezó a emanar -por muchos siglos- el dictado de la moda para toda Europa, era preciso cargar, junto con otra mercancía, en barcos que tardaban cerca de tres meses en cubrir la distancia entre la vieja y la nueva Francia, figurillas vestidas hasta el último detalle con las ropas que después los sastres de esas colonias tratarían de reconstruir en sus tiendas y talleres.

Esos eran los famosos “figurines” que en esas fechas iban dando tumbos de un lado a otro de Europa y sus colonias enseñando cuál era la última moda.

Antes de que llegase, desde la segunda mitad del siglo XX, la que podríamos llamar semidivinización de la moda, de los que la fabricaban, la cosían y la exhibían, ese método se simplificó un tanto. Sobre todo a partir del siglo XIX, cuando -gracias a los avances en la técnica del grabado- fue más fácil imprimir, publicar y distribuir estampas coloreadas en las que se podía apreciar -con lujo de detalles- los avances de la moda.

La imagen que acompaña a estas páginas es, precisamente, la de uno de esos figurines bidimensionales. Concretamente la de un caballero elegante de mediados del siglo XIX que, gracias a una de las revistas que empezaron a proliferar en esas fechas para uso y disfrute de la cada vez más rampante burguesía, debió ayudar a muchos sastres a tener a sus clientes contentos y vestidos a la última moda. Hechos, en definitiva, unos auténticos figurines, vestidos con la “elegancia de París de la Francia” que decía ese pareado, medio sarcástico, medio serio, que aún circula por ahí y del que, quizás, me ocuparé en otro correo de la Historia.

 

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El centenario de Leonardo Torres Quevedo. ¿Otra vez tarde y mal con la “Marca España”? (1916-2016)
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Carlos Rilova | 15-08-2016 | 08:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Se han cumplido la semana pasada cien años de la puesta en marcha de uno de los inventos españoles más internacionales.

No, no me refiero ni al Chupa Chups ni a aquel prodigio de la propaganda franquista de la fregona, que, al final, sólo resultó ser una adaptación de un invento estadounidense.

Me refiero a una complicada máquina, un prodigio de la Ingeniería de tal calidad que sigue funcionando perfectamente pese a haber sido puesto en marcha ahora hace cien años. Y, además, a la vista de todo el Mundo. En un lugar de fama universal como las cataratas del Niágara, inmortalizado y popularizado gracias a numerosas películas que van desde dramas densos como el precisamente titulado “Niágara”, con Marilyn Monroe en uno de sus mejores papeles, a comedias de acción como “Superman II”.

Me refiero, pues, al transbordador que cruza sobre ese enorme salto de agua y que fue creado y puesto en marcha por el inventor cántabro Leonardo Torres Quevedo.

La noticia de ese centenario se ha repetido de manera pródiga en diversos medios y así es como me he enterado de que uno de los inventos de Torres Quevedo cumplía cien años y, es más, que había un grupo de personas interesadas en difundir esto y en, al parecer, dar el mayor pábulo mundial a un hecho desde luego importante.

La sensación que me ha quedado después de saber todo esto ha sido bastante agridulce. Por un lado he visto que, al menos, grandes medios de difusión nacional, han dado a conocer para el gran público algo que no es muy habitual en esos mentideros: una noticia positiva sobre la Historia de España en la que ese país que esos mismos medios suelen defender -pulserita rojigualda en ristre muchas veces- no aparece como el lugar de alguna hecatombe secular. Como ese país-zombi, sin personalidad, sin pasado, presente ni futuro digno de ser reseñado salvo para esculpir un epitafio pesimista, levantar un acta en la que constatar que -desde los tiempos de las cavernas- todo lo que se ha hecho al Sur de los Pirineos ha sido más bien del género de la Zarzuela, la chapuza o, en el menos malo de los casos -para variar en ese trastorno bipolar histórico-histérico tan característico de la opinión pública española- alguna hazaña desesperada en la que, sobre todo, han pesado mucho ciertos órganos privativos del macho de la especie…

Bien, superado ese grato asombro al ver que, al fin, resulta que el gran público sabía que había ingenieros españoles hace cien años cuyos inventos fueron comprados en países tan respetables como Canadá y que dichos inventos siguen funcionando sin novedad un siglo después, me vino la amargura.

Las razones para esa amargura fueron los claros indicios de lo mal aprovechada que estaba la ocasión. Me hago cargo de que un gobierno en funciones no ha podido hacer grandes cosas desde diciembre de 2015. Sin embargo, eso no es excusa. Una conmemoración como la del centenario del transbordador de Torres Quevedo en Canadá debería haber estado preparándose desde hacía mucho tiempo atrás. Dos años por lo menos, un año y medio como mínimo. No ha habido, sin embargo, noticias de tal cosa.

De hecho, la Asociación de historiadores guipuzcoanos a la que pertenece el que estas líneas escribe, llevaba meses, desde finales del verano de 2015, organizando toda una serie de actividades en torno al papel jugado por San Sebastián en la “Gran Guerra” hace cien años. Cuando era corte de verano de una potencia neutral que contaba entre las filas de sus prohombres con un ingenio como Leonardo Torres Quevedo.

En varias de las sesiones de conferencias parte de ese evento, avalado y financiado por el Ayuntamiento de la capital cultural europea en el año 2016 y su Sociedad Municipal de Fomento, se recordó la figura de Leonardo Torres Quevedo. No sólo por sus famosos transbordadores -uno de los cuales estuvo precisamente instalado en San Sebastián en aquellas fechas- sino por otros inventos aún más sorprendentes. Caso del que el inventor cántabro llamó “Telekino”. Un dispositivo capaz de dirigir por control remoto toda clase de artefactos.

Increíble, ¿verdad?. Pero cierto. Diez años antes de que Torres Quevedo vendiera su transbordador a Canadá para ofrecer vistas panorámicas de las famosas cataratas y salvar ese obstáculo de la Naturaleza que no había podido ser salvado de otro modo hasta entonces, el ingeniero cántabro, aprovechando otro de esos veraneos norteños de la corte española, ya había ofrecido una demostración al rey Alfonso XIII de ese otro invento, pionero en el tema del control remoto que siempre asociamos a películas de ciencia-ficción con acento ruso-soviético o estadounidense, pero jamás con deje cántabro-hispánico alguno.

En las citadas conferencias que organizamos sobre San Sebastián, la “Gran Guerra” y asuntos afines, ya pusimos de manifiesto que todo esto era más que una mera anécdota.

En efecto, los inventos de Torres Quevedo eran algo muy serio y eminentemente práctico que, sin duda, debió levantar más de una oleada de inquietud en las cancillerías de los países beligerantes, pensando si esa España que tenía inventores de esa categoría se decantaría a favor de un bando u otro, imaginando quién de ellos se haría primero con barcos no tripulados, dirigibles no tripulados, tanques no tripulados… gracias al Telekino de Torres Quevedo, caso de que la España de Alfonso XIII dejase de ser neutral.

Una razón de peso, desde luego, para que ciudades como Bilbao, Barcelona o la misma San Sebastián, fueran, entre 1914 y 1918, auténticos nidos de espías y agentes más o menos famosos, más o menos eficaces…

Todo este esfuerzo de recuperación histórica, evidentemente conectado con el que se publicitó esta semana pasada, se ha hecho completamente de espaldas a él y de manera absolutamente descoordinada. Probablemente no han sido estos dos los únicos proyectos paralelos respecto a estas cuestiones que se han desarrollado completamente de espaldas los unos  a los otros y sin cohesionarse y apoyarse mutuamente, para crear un gran efecto a nivel global como el que, por ejemplo, se consiguió con el centenario del “Titanic”. Asunto, por otra parte, similar al del transbordador de Torres Quevedo.

Una conclusión muy triste, desde luego, este descubrimiento, una vez más, de esa desidia, de ese amateurismo gubernamental que piensa que las sociedades de celebración de centenarios deben ser liquidadas por que no sirven “para nada” y son un gasto inútil (como ocurrió en España no hace tantos años), de esa política de espasmos culturales en la que se mete mucho ruido, estridente incluso, sobre asuntos como estos del centenario del transbordador de Torres Quevedo pero no hay ningún plan de desarrollo ni consolidación de cuestiones así en el medio y largo plazo, que es donde resultan verdaderamente rentables y eficaces.

Así ha ocurrido, y está ocurriendo, con un inventor de la talla de Torres Quevedo. Los niños españoles saben quién es Galileo, o Newton, o Marie Curie, Ramón y Cajal en el mejor de los casos, gracias a una colección de libros ilustrados generosamente distribuida en todas las bibliotecas públicas. De momento lo ignoran todo sobre el pionero español del control remoto, el aplicador, con éxito, del principio científico que permite la existencia hoy día del mando a distancia que esos mismos niños se disputan en sus casas…

Se trata de un verdadero fracaso colectivo de horizonte muy inquietante. A menos que quienes han tenido durante años la responsabilidad de evitarlo lo que realmente hayan querido es que todo quedase, más o menos, como ha estado en los últimos ochenta años.

Es decir, manteniéndose una imagen internacional de España como la que aparece en el documento histórico gráfico que ilustra este nuevo correo de la Historia. Un país donde, en fecha tan avanzada como 1973, no se hace cosa de mayor importancia que bailar flamenco y torear mientras en otros países, como Inglaterra, se está a la vanguardia estética, o, como en Italia, se fabrica cine de fama internacional.

Desde luego si ese era el propósito, este fracaso colectivo está siendo un éxito. En tal caso, feliz cosecha de decepciones y cortocircuitos sociales e internacionales en las dos próximas décadas, cuando se descubra, ya demasiado tarde, que convertir la propia Historia en material de derribo para vender por piezas, es un error que se suele pagar muy caro. Muy por encima, desde luego, de lo que dan de sí 30 monedas de plata…

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Setenta y un años después… De Tobruk a Tokio. Un balance histórico de la Segunda Guerra Mundial (1945-2016)
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Carlos Rilova | 08-08-2016 | 10:13| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, como suele ser habitual, no les habrán permitido olvidar que se han cumplido 71 años del fin de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico -el último teatro de operaciones tras la caída de Berlín- con el lanzamiento de dos bombas atómicas.

Nada nuevo bajo el sol, como suele decirse. Ese gran drama humano es la típica serpiente de verano para un mes -agosto- que, tradicionalmente, no suele ser muy generoso con noticias con las que rellenar periódicos, telediarios o plataformas digitales.

Sin embargo, ha habido matices interesantes -y preocupantes, mirados desde la óptica de la Historia- en estos días de comienzos del mes de agosto.

El jueves, por ejemplo, el Telediario matinal de Tele5 daba dos noticias aparentemente separadas pero que, sin embargo, llevan a un balance de la Segunda Guerra Mundial -a setenta y un años vista- bastante preocupante, en efecto.

Una de las noticias evocaba los días de la guerra del desierto en el Norte de África. Esa que, gracias al Cine -cómo no- despierta ecos en muchas memorias que han crecido viendo películas “de guerra” como “Un taxi para Tobruk”, “Tobruk”, “Patton” y un largo etc…

En efecto, nos decía ese telediario que continuaba la guerra en Libia. Ahora no entre figuras ya míticas como Rommel o Montgomery y sus respectivos ejércitos, sino entre las pequeñas facciones en las que se ha dividido ese país tras la muerte del dictador Muamar el Gadafi tras la decepcionante “Primavera árabe” de hace cinco años.

Al parecer ahora hay un gobierno y Parlamento en Tobruk -esa estratégica ciudad que se disputaron italianos, franceses, españoles exiliados, británicos y alemanes durante la Segunda Guerra Mundial- que lucha, con su propio pequeño ejército, contra otras facciones que, a escasos kilómetros por mar de Roma, una de las principales capitales de la Unión Europea, se disputan la supremacía sobre ese punto del mapa de África que, por esa y otras razones (como el petróleo), sigue siendo casi tan estratégico como lo era hace setenta años.

La otra noticia era más explícita. Más llamativa si se quiere. Porque mostraba hasta qué punto toda la sangre derramada en los años cuarenta del siglo pasado, entre 1941 y 1945, parece haber servido de muy poco.

En efecto, la otra noticia de ese telediario de Tele5 decía que en Japón se estaban haciendo reformas para expurgar a su constitución del “carácter pacifista” que ésta tiene… A la noticia se le olvidaba añadir que ese “carácter pacifista” lo tiene esa constitución desde que en 1945 se arrolló la resistencia final del Japón imperial con dos bombas atómicas y con mucha sangre norteamericana, archipiélago a archipiélago, desde California hasta Okinawa…

Obviamente, y eso sí lo insinuaba la noticia, el objetivo final de ese expurgo antipacifista de la constitución japonesa, y el simultaneo nombramiento de una ministra de Defensa belicista, tienen como telón de fondo la actitud agresiva de Corea del Norte y de la China continental en la zona.

Evidentemente, Japón, aliado de Occidente en esa delicada parte del Mundo, debe buscar el modo de defenderse de esas amenazas más o menos supuestas, más o menos reales.

El problema es cómo se pone la medida a esa efervescencia bélica japonesa. La constitución de 1946, que el general Douglas MacArthur trajo bajo el brazo de su uniforme caqui en ese año, era una garantía para evitar que los clanes militaristas japoneses se hicieran con el control de Japón y se lanzasen, a la menor oportunidad, a crear un vasto imperio en toda Asia que incluía a China, Corea, Vietnam y, cada vez más hacia el Oeste, hacia el subcontinente indio, hacia el propio Imperio Británico.

Una salvaje operación de conquista que fue encubierta con el eufemismo de “Esfera de Coprosperidad asiática”, en la que, por supuesto, Japón y su poderoso Ejército se presentaban como libertadores de una Asia sometida al yugo del hombre blanco. Pequeño favor que los pueblos oprimidos sólo tenían que agradecer permitiendo que el yugo europeo se reemplazase por el yugo japonés y dejando que fueran los contables de Tokio quienes decidieran cómo se repartía aquella supuesta  “Coprosperidad” cobrada, sólo para empezar, con el sometimiento abyecto de poblaciones enteras, utilizadas como mano de obra o como esclavas sexuales en el caso de muchos miles de mujeres, y en permitir un expolio aún más crudo que el que hasta entonces habían perpetrado los europeos…

El corolario histórico de esas dos noticias es que ambas despiertan ecos muy inquietantes desde el punto de vista de los libros de Historia.

La ciudad de Tobruk cuya rendición permitió derrotar a la alianza nazifascista en 1943 parece ser ahora el teatro de un hervidero de facciones entre las que las cancillerías europeas no saben cuál elegir como mal menor y más conveniente a sus intereses. Muchas veces transidos de objetivos miopes y cortoplacistas que llevan al desencadenamiento -a medio plazo- de hecatombes como las de la frustrada “Primavera árabe”.

El Japón que había sido obligado a renunciar al militarismo que abrió y mantuvo en Asia, durante más de una década (entre 1931 y 1945), una guerra constante y destructiva, devastadora para miles de seres humanos, parece estar siendo alentado a abandonar ese mecanismo de seguridad para iniciar una escalada que puede ir mucho más lejos de lo que quienes la han autorizado quizás deseaban.

Así, a setenta y un años del fin de la Segunda Guerra Mundial, es difícil no preguntarse, con sólo prestar atención a la sección de Internacional de un telediario veraniego, qué clase de absurdo domina al ser humano, a su Historia, como para impedir que funcionen, al fin, políticas de seguridad colectivas que no acaben en una catástrofe bélica cada pocas décadas. Provocada, además, esa catástrofe bélica, casi exactamente por las mismas razones por las que se provocaron otras muy parecidas hace setenta, cien, ciento cincuenta años…

 

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La historia del santo desertor. La Fuerza de Francia: Historia e Historia de la religión. De Napoleón al DAESH (1815-2016)
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Carlos Rilova | 01-08-2016 | 09:33| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Son impresionantes las últimas imágenes disponibles sobre Jacques Hamel, el párroco de la población normanda de Saint-Étienne-du-Rouvray.

Son imágenes muy crudas, muy certeras, muestran a un hombre de 86 años que podría perfectamente haberse retirado hace años pero al que aún le quedaban fuerzas, y ganas, para atender a esa parroquia.

Fue allí, como ya sabemos, donde un comando del DAESH, lo mató esta semana pasada.

Con este atentado del DAESH, vistas las cosas desde el punto de vista histórico, lo que a uno se le ocurre es la futilidad de ese acto monstruoso, contrario incluso a las más sagradas enseñanzas del Profeta, que mandan respetar a las que él llamaba “Gentes del Libro”. Es decir, principalmente a judíos y cristianos, a los que Mahoma consideraba más que como rivales a destruir, como hermanos que entendían de un modo algo diferente las enseñanzas de un mismo Dios y estaban, por tanto, en un error (por ejemplo considerando a Jesús como hijo de ese Dios y no como un profeta más) del que -de eso no hay duda- se les sacaría por medio de la Guerra Santa, si era preciso, y, como mínimo, cobrándoles un impuesto especial cuando sus territorios fueran ocupados por esa Yihad.

Mal se compadece todo eso, con entrar en una iglesia de esas “Gentes del Libro” ordenar al sacerdote que la servía que se arrodillase y, tras ese acto vil, degollarlo, derramando sangre en un lugar que, hasta en nuestra muy violenta Edad Media, se consideraba sagrado y libre de esa violencia que, tanto entre cristianos como musulmanes, tanto en Oriente como en Occidente, se veía entonces como normal, cotidiana…

Y lo peor de esta profanación -que lo es vista tanto desde el punto de vista cristiano, como desde la estricta ortodoxia musulmana- es que es, como decía, enteramente fútil si la consideramos a la luz de la Historia de Francia -que, en buena medida, es la de toda Europa- de los dos últimos siglos.

En efecto, puede que el DAESH considere que con actos así, o con la masacre de Niza de hace quince días, está llevando una guerra definitiva y arrasadora, imparable, a las calles de esa Europa a la que combate por distintas razones como la de ser uno de sus principales rivales por ricos recursos estratégicos o porque representa, para su rigorismo islámico, el Gran Satán de la modernidad y la laicidad que hay que abatir como sea. Considerando incluso como renegados -y por tanto objetivos a eliminar- a los musulmanes que conviven con los “rumí” -con nosotros- aquí en Occidente y se integran, sin perder su religión, en estas sociedades.

Puede que el DAESH, matando a un sacerdote de 86 años en pleno corazón de Francia, considere que se ha apuntado un gran tanto y que será tan fácil arrodillar a Francia, y a Europa en general, como lo fue arrodillar al padre Jacques Hamel.

Para mí, como historiador, eso sólo demuestra, una vez más, que no saben realmente con quién se están enfrentando, que su conocimiento del pasado, de la Historia que determina las condiciones del Presente, es superficial, inexacto, imaginario, más bien fantasioso…

Si su conocimiento de la Historia de Francia fuera de mejor calidad, quizás sabrían de la existencia de un predecesor de Jacques Hamel que, a pesar de haber sido canonizado hace tiempo como San Juan María Vianney -en calidad de santo patrono de los curas, por cierto- sigue siendo conocido como “el santo cura de Ars”.

Jean-Baptiste-Marie Vianney nació en la Francia del Antiguo Régimen, en 1786, apenas tres años antes de que estallase la revolución que lo iba a cambiar todo y que gravitaría pesadamente sobre su vida.

Concretamente cuando el ciudadano-general Bonaparte, hijo de esa revolución, la amortizó políticamente instaurando el Primer Imperio -a su mayor gloria principalmente- en el año 1804, e imaginó que podría conquistar toda Europa y, quién sabe, quizás, después, el Mundo.

Para esa misión a la que el ciudadano-general Bonaparte, devenido Napoleón I, se sintió llamado, fue preciso devorar hombres y más hombres,  como decían Erckmann y Chatrian. Dos excelentes novelistas franceses, furibundos republicanos, que lo conocieron bien. A él y, sobre todo, a sus veteranos.

Fue esa necesidad de Napoleón I de devorar seres humanos enviándolos a sus continúas guerras, la que hizo que su destino y el del aparentemente insignificante cura de Ars, Jean-Baptiste-Marie Vianney, se cruzaran.

Sí, el futuro sacerdote se negó, en rotundo, a aceptar ser reclutado para los ejércitos de Napoleón que, en el año 1809, se destinaban, precisamente, a doblegar a una España que se había interpuesto entre el emperador y sus designios.

Así pues, desertó en 1810, negándose a participar en lo que después se llamaría “epopeya napoléonica”.

Finalmente su deserción, que le llevó a un año de clandestinidad, pudo arreglarse. Según distintas versiones porque un hermano suyo ocupará el lugar que le correspondía en las filas de la aventura napoleónica o porque Napoleón dio una amnistía general que incluía su caso.

Eso permitió a Jean-Baptiste-Marie Vianney ordenarse como sacerdote y llevar, hasta el año 1859 -es decir, a tiempo de ver a un segundo Bonaparte coronado emperador- una ejemplar vida que, finalmente, hizo de él el santo patrono de los sacerdotes católicos.

El recuerdo histórico que se ha alentado y mantenido en torno a su figura en Francia -o al menos en una parte de la sociedad francesa nada desdeñable- ha sido paradójicamente equiparable al que se ha generado en torno a esa “epopeya napoléonica” de la que él decidió desertar.

Así, el  santo cura de Ars es bien conocido desde hace 150 años en Francia gracias a postales, cómics, etc… Exactamente igual que cualquier mariscal de Napoleón, o el propio emperador con cuyos augustos designios bélicos Jean-Baptiste-Marie Vianney osó entrar en desacuerdo, prefiriendo ser un humilde cura católico en lugar de uno de aquellos soldados que con suerte, valor y habilidad podían llegar a ser mariscales o príncipes del Imperio, ganando sus laureles en batallas de sonoros nombres como Austerlitz, Wagram, Arapiles, Vitoria…

¿Es una aparente paradoja esa persistencia de recuerdos históricos tan diferentes en la Francia actual, donde se venera la memoria del emperador Napoleón y, al mismo tiempo, la de un sacerdote que prefirió decir “no” a aquella guerra?.

Realmente no, no es una paradoja. Esa envidiable fortaleza cultural que exhibe Francia, siendo capaz de conciliar recuerdos históricos tan diversos, incluso opuestos, es lo que hace a esa sociedad, paradigma de toda la Unión Europea, demasiado fuerte como para que un termitero humano, como el que el DAESH ha organizado en una franja de territorio cada vez más menguante, sea capaz de derrotarla.

Esa lección de Historia es la que el llamado “Estado Islámico”, y quienes obedecen sus directrices, deberían tener muy presente antes de plantearse seguir con su absurdo, y al final, inútil derramamiento de sangre.

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Lecciones de Historia al servicio de la Política. España entre el 80 aniversario del proemio de la Segunda Guerra Mundial y la visita del presidente Obama (1936-2016)
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Carlos Rilova | 25-07-2016 | 09:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hace una semana, como ya comentamos en el correo de la Historia de hace siete días, se cumplían exactamente 80 años del comienzo de Guerra Civil española. Esa que los especialistas consideran como el ensayo general de la Segunda Guerra Mundial.

Hace quince días se produjo otro hecho relevante: la interesante visita que el presidente de los Estados Unidos hizo a España en el tiempo récord de 21 horas y a pesar de los graves disturbios que estaba viviendo su país.

Las dos circunstancias, y un par de libros que he sondeado recientemente,  “El arenque de Bismarck”, firmado por un eurodiputado izquierdista, Jean Luc-Mélenchon, y “Misión de guerra en España” de Carlton Hayes, me han sugerido el tema para este nuevo correo de la Historia.

De hecho, también me lo ha sugerido la difícil situación política por la que pasa ese país, España, que, por suerte o por desgracia, es quién me expide eso tan importante hoy día como un pasaporte.

Hechos como el aniversario de la Guerra Civil y la visita del presidente Obama, vistos a la luz de esos libros y a la luz de las arenas movedizas políticas en las que nos movemos, son un tema demasiado sugerente como para dejarlo pasar de largo.

Realmente esos dos libros -“Misión de guerra en España” y “El arenque de Bismarck”- pueden resultar verdaderamente esclarecedores -es más, imprescindibles- para quienquiera que acabe gobernando España, tras estas segundas elecciones o, quién sabe, tras unas terceras.

Los dos, cada uno en su estilo, pueden ayudar al futuro presidente -o presidenta, todo podría ser- que tomase asiento en La Moncloa, a informarse sobre cuestiones fundamentales para el estado llamado “España”.

Por ejemplo, las coordenadas internacionales en las que realmente está situado dicho estado de la Unión Europea desde el final de la Guerra Civil y cómo se deberían mover las cosas, en Política, para que esas coordenadas produjeran el máximo beneficio a la ciudadanía que esos futuros aspirantes al puesto de presidente español van a gobernar.

“Misión de guerra en España” del diplomático Carlton Hayes hace un retrato magnífico de qué es España en 1940, cuando ya ha acabado la Guerra Civil, con el triunfo del bando apoyado por Adolf Hitler, y ha comenzado una segunda guerra mundial en la que Estados Unidos acabaría implicándose.

Hayes, enviado por Rossevelt a España a tratar de arreglar lo que ya empezaba a revelarse como un grave error de la Política exterior estadounidense -es decir, permitir que España se convirtiera en algo que se parecía mucho a una cabeza de puente hitleriana- decía que el apoyo de España era fundamental para Estados Unidos. Decía también el diplomático estadounidense que España era una potencia media que pesaba en toda la estructura europea pero que, sin embargo, ya no daba muestras -a diferencia de Alemania- de querer establecer un dominio hegemónico sobre Europa. Su posición geoestratégica, dominando el Mediterráneo y el corredor hacia Oriente Próximo y Medio, era también capital para Estados Unidos…

En resumen, Hayes, alentado por Roosevelt, que para eso lo había mandado a Madrid, proponía en 1940 establecer sólidos lazos con España, aun a pesar de sus más que obvias veleidades nazifascistas. Unas de las que el sufrido diplomático estadounidense hizo grandes esfuerzos por distanciar a España, tratando de ayudarla a mantenerse en una neutralidad que, a la larga, resultaría beneficiosa para la propia España -con o sin Franco- y para, por supuesto, Estados Unidos, que no quería ninguna clase de problemas en un país que resultaba imprescindible para lo política mundial que esa potencia americana estaba a punto de iniciar en 1942.

Así, Hayes dejó escritas, desde 1940, las claves del guión de las relaciones entre España y Estados Unidos que han mediatizado nuestra política desde esa fecha hasta antes de ayer con la visita del presidente Obama. Algo que ha dejado bien claro (o debería haber dejado bien claro) el peso que España, realmente, representa en las actuales relaciones internacionales. O al menos en las dirigidas desde un país que, si logra bordear el peligro de guerra civil racial que parece estar a punto de estallar por aquellas latitudes, representa una de las mayores potencias planetarias en este momento.

Es algo que convendría tener presente a quien se disponga a gobernar un país, España, que, dejando aparte absurdos complejos de inferioridad colectiva, es, en definitiva, una pieza clave en el entramado político internacional. Como lo dejó bien claro, en su día, el análisis de Carlton Hayes y lo habría subrayado la reciente visita del presidente Obama.

El otro libro recomendable para que futuros inquilinos de La Moncloa conozcan mejor el peso y el valor del país que van a representar, al menos, durante cuatro años, es, como ya he dicho, “El arenque de Bismarck”.

Al menos uno de esos futuros, o futuribles, inquilinos de La Moncloa lleva ventaja con él. En efecto, el diputado Pablo Iglesias Turrión ha redactado el prólogo de la edición española de esa obra.

El resto de candidatos al puesto harían bien en leer esta obra, que es amena y, desde luego, reveladora del talante que se debería llevar desde España a las mesas de negociación europeas.

El autor de “El arenque de Bismarck”, el diputado Mélenchon, que en ningún momento oculta que su libro es un panfleto, un arma de combate política contra las actuales directrices impuestas por la Alemania de la canciller Merkel, nos revela cosas verdaderamente curiosas sobre los trucos de prestidigitación política utilizados por la lideresa alemana para mantener acallados a los demás líderes europeos. Por ejemplo, su manipulación de símbolos históricos que, como nos dice el diputado Mélenchon en las páginas 17 y 18 de la edición española de su libro, causan indignación viniendo como vienen de un país, Alemania, que tiene a sus espaldas un genocidio que debería haberlo reducido a un muy humilde silencio durante muchos años.

Según esa descripción, la canciller Merkel habría desafiado al actual presidente francés utilizando como símbolos de ese desafío al canciller Bismarck y su invasión de Francia en 1870 y, no contenta con esto, al mismísimo Hitler y sus más que discutibles hazañas bélicas en la Francia ocupada de 1944…

Obviamente, por las razones aducidas por el diputado Mélenchon, eso no tendría que ser tolerado por el representante de un país hoy democrático -como sería el caso de España- que debería sacar los colores a quien tal osadía tuviera y ponerle pie en pared -como se suele decir- cuando hablase de ciertas políticas económicas cortadas a su gusto… pero no al de los intereses de ese otro país que, igualmente, debería sacar a relucir que Alemania no está precisamente para muchos juegos malabares con la Historia o, incluso, con esa Economía de la que tanto fanfarronea.

En efecto, el libro de Mélenchon es también un gran remedio para los temores que parecen apoderarse de los gobernantes de otros estados europeos cuando aducen que nada se puede hacer frente a una economía, la alemana, que es “la locomotora de Europa”. Una a la que no se podría desafiar sin derrumbar todo el entramado europeo arduamente construido desde 1945…

En la página 65 de su libro, por ejemplo, el diputado Mélenchon deja bien claro (a partir de fuentes alemanas, además) que Alemania, en realidad, es una economía poco competitiva, sin salida a medio plazo y con equipamientos e infraestructuras obsoletos que datan de finales del siglo XIX o, en el mejor de los casos, son venerables supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, con, por sólo citar un caso, carreteras y puentes que no se han modernizado a causa de la política de recortes presupuestarios y así hacen imposible para los grandes tráilers circular por ellos. Debiendo desviarse entre 600 y 900 kilómetros, con el coste que eso supone, para cargar y descargar en un puerto tan importante como Hamburgo…

Obviamente alguien que vaya a ser el próximo presidente, o presidenta, de España debería tener bien claro que países así no son precisamente el mejor aliado. Menos aún de un país como España que, desde 1940, y pese a estar en estado de semiocupación por la Alemania hitleriana, resultaba, entonces y ahora, una pieza fundamental para una potencia como Estados Unidos, que, llegado el caso, podría laminar a una Alemania que hoy, como en 1914 o en 1940, no parece saber exactamente en qué clase de juego se está metiendo y que, en esas dos fechas -eso es un hecho- acabó con ese país arrasado y arruinado.

Así pues, a la vista de lo que nos dicen ambos libros, sería muy inteligente por parte del próximo presidente, o presidenta, de España considerar a Alemania más que como la locomotora de ningún sitio (cosa que obviamente no parece ser más allá de la esfera de la propaganda fomentada desde Berlín), como otro estado más de la Unión europea al que la cuarta economía de la zona euro (es decir: España) debería dejarle muy claro dónde están los limites de lo que puede y no puede hacer en Bruselas o al Sur de los Pirineos. Ese lugar tan importante, como ya lo señaló Carlton Hayes o lo remarcó el presidente Obama, para unos Estados Unidos que, a diferencia de Alemania, hoy sí tienen un Ejército poderoso y operativo…

 

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