Diario Vasco

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La Era de la Máquina. O cómo acabé pasando el sábado en un tren de vapor de la época victoriana (1830-2015)
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Carlos Rilova | 27-07-2015 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este sábado ya sabía, o casi, de qué iba a hablar este lunes: de trenes, máquinas de vapor y otros artefactos que, allá por 1830, empiezan a cambiar la faz del Mundo que había sobrevivido, hace 15 años, a las guerras napoleónicas.

No tuve que ir muy lejos, ni en el espacio ni en el tiempo, para comprobarlo. Me bastó con acercarme al circuito de Iraeta, donde la encomiable iniciativa de la Asociación de trenes a escala 5” de esa localidad, liderada en esta ocasión por Aritz Irazusta, un joven diseñador industrial con verdadero interés por la Historia y la Historia de las máquinas con las que trabaja, llevó a cabo este sábado una de esas cosas tan comunes, por ejemplo, en Francia o en Gran Bretaña y esos otros países en los que la Cultura no se considera un lujo superfluo ni una afición tonta y sin ningún valor estratégico.

En efecto, a una escala, de momento, más modesta, en ese circuito se recrean, a distinta escala (valga la redundancia), máquinas de vapor, ferrocarriles, objetos industriales, en fin, que nos ayudan, como una especie de brújula histórica en el Tiempo, a adquirir conciencia de quiénes somos gracias a esa lección de Historia física, visible, tangible, audible…

Y allí, y en el Museo del Ferrocarril de Azpeitia, estuve, para ayudar, en lo posible, a que ese esfuerzo histórico, en todos los sentidos, se vaya asentado, cada vez más, año tras año, pues 2015 sólo ha sido el comienzo de las carreras de trenes de Errezil que tratan de conmemorar, en nuestras latitudes, las famosas carreras de Rainhill en las que se ensayaban los primeros trenes a vapor británicos allá por 1829.

No diré mucho más, creo que las imágenes de mis paseos por distintos trenes a vapor, de distinta escala, hablan por si solas.

Este sábado se trazó por allí una reconstrucción histórica tan minuciosa como fue posible, a la que concurrieron, por orden descendente de importancia, todos los personajes de aquella época en la que las máquinas de vapor crean el Mundo de abundancia en el que viven hoy, todavía, algunos países (parece ser que cada vez menos a causa de ciertas mentes obtusas que, como ya he dicho, creen que la Historia no trae consecuencias).

Así tuvimos en el circuito de Iraeta a reconstructores que figuraban ser los inversores dueños del ferrocarril (señor y señora de Lasala y Urbieta en este caso, siquiera sólo fuera para recordar al público allí presente que el primer ferrocarril a vapor de Nueva York -sí, Nueva York- fue financiado, en 1830, por ricos comerciantes guipuzcoanos como aquel), ingenieros -una pieza fundamental en aquel proceso sin el cual el dinero no hubiera producido más dinero convirtiéndose en vapor y de vapor en energía motriz- y sufridos trabajadores de aquel invento extraordinario que revoluciona los transportes acortando distancias. Gentes éstas, extraídas del mundo rural la mayoría de las veces,  que se llevaron la peor parte de aquel magnífico nuevo negocio y, sólo por eso, deben ser recordados especialmente.

Tal y como reclamaba el famoso poema de Bertolt Brecht en el que se pregunta por los obreros que construyeron Tebas, las Pirámides y todas las cosas que en el Mundo han sido.

Todos los y las presentes allí hicieron posible esa ceremonia del recuerdo este sábado y para que los hechos y las palabras no se las lleve el viento del Tiempo era preciso que hoy, aunque fuera en muy pocas líneas, lo contase, lo dejase dicho para que estos actos de recuerdo de quiénes somos, del punto del que hemos salido y al cual hemos llegado, no se olviden.

En definitiva, para que el año que viene, en la segunda edición de las “Errezil trials”, haya en el circuito de Iraeta y en el Museo del Ferrocarril de Azpeitia más visitantes que se instruyan, con poco esfuerzo, sobre los hechos que dieron lugar al mundo en el que ellos viven ahora y de cuya Historia fueron parte, aunque, con el paso de muchos años nefastos y los malos consejeros, lo hayan lamentablemente olvidado.

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Jugando en los campos de Clío… Notas sobre Historia, el independentismo catalán, el integrismo español y un cómic de Busquet y Ares
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Carlos Rilova | 20-07-2015 | 09:45| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hay veces en las que no falta inspiración para este correo de la Historia. Basta con apenas entrar en una biblioteca bien surtida para que esto tenga lugar y que eso coincida, además, con inquietudes políticas profusamente reflejadas en los Medios de Comunicación. Como ha ocurrido esta semana con el enésimo intento de algunos nacionalistas catalanes de organizar un referéndum separatista.

El oportuno libro encontrado en la biblioteca esta vez era una breve recopilación de historietas gráficas dibujadas por José Ángel Ares y Josep Busquet, titulada “Independencia? Historietas de humor para un momento crucial de nuestra Historia” y editada por la casa Diábolo de Barcelona a finales de 2014, con lo que parece ser un excelso sentido de la oportunidad.

La verdad es que no tenía ningún prejuicio a la hora de abrir la portada, en la que aparece un señor ya de cierta edad, con escaso aspecto de ser independentista, preguntándose en qué ha fallado para que el novio de su hija sea catalán.

No apostaba porque lo que había detrás de eso fuera un panfleto independentista ni un panfleto españolista. Al final, después de leerme las 66 páginas -con más de una sonrisa y alguna que otra carcajada reprimida (estaba en una biblioteca tan sería como el Koldo Mitxelena de San Sebastián al fin y al cabo), sí me hice un juicio de lo más evidente sobre ese libro. Al menos por lo que respecta a su valor como documento histórico relacionado con ese enésimo envite por parte de algunos partidos catalanes para proclamar unilateralmente la independencia de Cataluña.

Esta recopilación de historietas gráficas, se situaba, claramente, en la equidistancia de los dos bandos. Incluso en el hartazgo, como lo demuestra la viñeta final de la página 61, en la que se ve a un náufrago feliz en una isla desierta, lejos del infernal “bla, bla, bla” de unos y otros, diciendo “¡Qué descanso!”.

Una actitud, en principio, legítima. Sin embargo al historiador -más aún si es elegible para la clasificación en la etiqueta de “ese es un poco facha, ¿no?”- la cosa chirría por más de un lado.

Vamos a ver cuáles son las razones de esos chirridos para el historiador. Se trata sobre todo, como no podía ser menos, de los momentos en los que las páginas de Busquet y Ares  se meten en el terreno de la Historia.

El ejemplo más claro está en el tándem de historietas tituladas, respectivamente, “La verdadera Historia de España”, que va de las páginas 10 a 13 del libro, y “Grandes personajes catalanes”, que va de la página 14 a la 19 de esa misma obra.

La primera es una sarta de despropósitos sobre la Historia de España tal y como es contada por un padre español a su hijo. El entusiasta, que luce maneras abruptas y un aspecto cercano estéticamente al de un cabeza rapada neonazi, sostiene que España existe como nación desde hace millones de años, que Dios expulsó del Paraíso a Adán y Eva que, por supuesto, eran españoles, porque Eva se empeñó en llevar “una sucia bandera catalana” que, por cierto, los autores deciden dibujar no como la “senyera” considerada bandera oficial catalana en el actual ordenamiento constitucional vigente, sino como la hoy famosa estelada que los independentistas catalanes exhiben precisamente para distinguirse.

Los despropósitos españolistas siguen a partir de ahí, diciendo el padre a su hijo que las pirámides las inventó un español, lo mismo que el imperio romano, que es cosa de un señor de Murcia, el mismo que inventó el escobón, lo cual explicaría que los romanos llevaran esos cascos suyos tan característicos… La cosa acababa en que el padre, dedo dogmático en ristre, advertía a su retoño que los españoles llevan “miles de años partiendo la pana” gracias a ilustres compatriotas cuya lista él resume en “Napoleón, Ramoncín, Julio César, Cristiano Ronaldo o Jesucristo”.

Naturalmente la bilis de los potenciales lectores de la obra que se consideran a sí mismos patriotas españoles, llega en esos momentos al colmo. Sin embargo, Busquet y Ares no pueden ser condenados por estos como sucios agentes del independentismo catalán por la sencilla razón de que a partir de la página 14, como ya he dicho, viene otra historieta en la que un padre catalán ayuda a su hijo a escribir un trabajo de Historia y le empieza a hablar de los grandes personajes que Cataluña ha dado a la Historia Universal. La lista es casi tan delirante como los argumentos del papá españolista de la historieta anterior. Empieza con Marc (sic) Polo que trae a Europa “los cohetes, las pizzas, los restaurantes chinos y la seda”, sigue con Cristófol Colomb (sí, Cristóbal Colón), sigue con Guiu Shakespeare, que era catalán pero se echó una novia inglesa, Thor, que era un dios “almogàver” que luego, desgraciadamente, ha sido españolizado en dos o tres películas “eliminando cualquier rasgo de sus orígenes catalanes”, sigue la cosa con Buffalo Blai, que luego pasa a ser conocido como Bill por culpa de un españolista, y culmina con Joanna d´Arc, que era catalana pero tuvo que emigrar a Francia, donde desarrolla su carrera…

Y así siguen ambos autores durante muchas más páginas, con pinceladas aquí y allá en las que vemos lo absurdo de los argumentos españolistas y catalanistas, que son ridiculizados por riguroso turno. Como viene a ocurrir en la página 60, por ejemplo, cuyo contenido me ha tocado la fibra especialmente, en la que se ve, en la viñeta de la izquierda, a un empollón con gafas de culo de vaso diciendo que “Victus es una novela tendenciosa que manipula la Historia” y en la de la derecha a un ¿intelectual? catalanista preguntando asombrado a un interlocutor “¡¿No has leído Victus?!”…

De acuerdo, estupendo, así llegamos a la hora de sacar conclusiones. Parece ser que, en base a la posición de ambos autores, nadie tiene la razón, ambos -españolistas y catalanistas- se basan en iguales argumentos delirantes.

Una loable postura, tipo la del bravo soldado Schweik, una de esas posturas cómodas, de gran altura moral desde el Humor, que es la cosa más noble -dicen- que posee el género humano, con las que se evitarían muchos males y desgracias de las  que -también dicen- plagan la Historia.

La pena es que si nadie tiene razón en estas cuestiones, ¿cómo resolvemos el problema de los independentistas catalanes?. ¿Qué piensan hoy los autores de este saludable llamamiento a que todos nos riamos de todos cuando un mes después de la publicación de sus historietas, en 2014, se vio, como ya se intuía, que no todos los catalanes eran independentistas?.

No puedo responder por ellos. Como historiador, y a pesar de tener sentido del humor, sí les puedo decir que, desde el punto de vista objetivo, cuando la Historia no es tergiversada, cuando es objetivada a partir de datos contrastados de acuerdo a normas científicas aceptadas internacionalmente, cuando es contada desde la responsabilidad profesional y no desde el cerebro recalentado de un fanático con más o menos cultura a cuestas, los argumentos independentistas se vienen abajo estrepitosamente.

Jugar a la equidistancia está muy bien, es una postura, a veces, muy agradecida, incluso legítima y certera. De hecho, hay que reconocer que las despiadadas caricaturas de Busquet y Ares, las de los de un lado y otro del Ebro, son ciertas, las hemos visto en la calle, en la Televisión. Sin embargo, si la independencia de Cataluña se va a basar en que los argumentos históricos, tanto de unos como de otros, son igual de falsos y manipulados… a eso, desde la Historia como saber científico, objetivo, no nos queda más remedio que responder que no, que no vale el “y tú más”, que no hay argumentos históricos que respalden las tesis independentistas.

Cada documento del que disponemos hoy no sirve, para nada, a los argumentos políticos del Independentismo catalán. Y eso es así en San Sebastián y en Reus, en Madrid o en Estocolmo, porque es un hecho científico tan irrefutable como que la fórmula química del agua es H2O, que no varía lo más mínimo porque el agua en cuestión sea bebida por un pirado neonazi o por un chiflado neorromántico.

Y si alguien tiene dudas, llámese Busquet, Ares, Oriol Junqueras… o cualquier otro nombre que ahora mismo se les ocurra, les rogaría, por enésima vez (y las que hagan falta) que echasen mano de, por ejemplo, la Historia recopilada en torno a la que llamamos Guerra de Independencia (1808-1814), donde podrán comprobar cómo los catalanes, en su inmensa mayoría cerraron filas detrás de la España-nación que nace en esos momentos con la Constitución de 1812 y se forja en el combate directo con una potencia considerada invasora lo mismo en Bilbao que en Barcelona, en Madrid o en Santiago de Compostela.

Es decir, que no consta, por ejemplo, que un número significativo de catalanes viese en Napoleón al libertador que les iba a librar del yugo español ayudándoles a constituir algo parecido a lo que los polacos -los genuinos- reclaman al emperador corso en esas mismas fechas, presentándose como un pueblo invadido por esos rusos, austriacos y prusianos a los que Bonaparte había puesto en ridículo militar una y otra vez desde 1800.

Lo cual, como supondrán, debería cortar todo juego de salón sobre que los argumentos supuestamente históricos de españolistas y catalanistas son igual de absurdos y basados en la nada histórica. Es evidente que, puestos a hacer cálculos de esa índole, las tesis a favor de la unidad de España y Cataluña -nos guste más o menos- tienen fundamento histórico. Mucho más de lo que pueden decir las tesis en contrario, que aún están por encontrar dichos argumentos plausibles desde el punto de vista científico y no desde el órdago ideológico.

 

 

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Una nota sobre la ¿breve? Historia de la Unión Europea (1945-2015)
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Carlos Rilova | 13-07-2015 | 09:39| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy este correo de la Historia será muy breve. Tal y como están las cosas en el momento en el que estoy a punto de publicarlo, sobra la retórica.

Como ya sabrán finalmente se ha llegado a un acuerdo para impedir que Grecia salga de la eurozona, tal y como Estados Unidos quería, pero, a primera vista, todo apunta a que ese país -Grecia- se ha tenido que rendir a las exigencias de otro estado de la Unión -Alemania- debiendo aceptar todas las condiciones que se le querían imponer antes del referéndum de la semana pasada más muchas otras.

Algo que, en la práctica, y también a primera vista, pasa por privatizar en beneficio -es de suponer- de empresas alemanas gran parte del maltrecho tejido económico griego. Algo que, la verdad, tiene aspecto de botín de guerra, entregado a los vencedores de esta silenciosa, pero no menos destructiva, guerra -la tercera en un siglo, el que va de 1915 a 2015- de Alemania contra el resto de Europa.

Sinceramente estoy personalmente tan asqueado del espectáculo dado por unos y por otros -un primer ministro griego que finalmente parece ceder, unos dirigentes alemanes cada vez más repulsivos considerados desde el prisma de la Historia, por no hablar de quienes les ayudan incluso contra los intereses de sus propios estados y votantes- que he estado a punto de buscarme cualquier otro tema para cumplir con esta entrega semanal de Historia que, se dice pronto, lleva saliendo cada lunes desde el mes de junio de 2012.

Sin embargo, finalmente no me he resistido a meterme en este tema, de nuevo, por varias razones. La principal ha sido una cierta idea de responsabilidad informativa. En otras palabras, porque siempre me ha parecido un feo gesto hablar una semana de un determinado tema como si fuera lo más importante del Mundo, y al día, o a la semana siguiente, pasar a otra cuestión como si aquello de lo que hablábamos el lunes pasado no valiese ya nada.

Y la crisis griega no puede ser vista así. De ningún modo, ya que, en definitiva, es también una crisis de una buena y gran idea -la Unión Europea- que es lo mejor que se nos ha ocurrido a los europeos en, digamos, unos cinco siglos, y eso, no sé qué pensarán ustedes, no es algo que pueda, o deba, caducar de una semana para otra.

Como ya sabemos Grecia hizo su referéndum, salió que “no” a la política económica impuesta fundamentalmente por Alemania y, en el momento en el que escribo estas líneas, parece que todo eso de nada ha servido y que, finalmente, y pese a las presiones -lógicas presiones- de Estados Unidos sobre Alemania -ocultadas cuidadosamente por determinados medios de comunicación al evidente servicio de ese país- parecen haber quedado en que Grecia deberá hacer lo que se le dicta desde Berlín camuflado como una decisión de toda la Unión.

Los informativos de esta última semana nos han ofrecido imágenes ciertamente odiosas, ultrajantes para quien cree en el proyecto de la Unión Europea. Las han protagonizado, como suele ser habitual, la canciller alemana Angela Merkel y su ministro de Economía, el doctor Schäuble.

Ambos personajes han aparecido ante las pantallas diciendo, en nombre de la Unión Europea, al parecer, qué es lo que puede hacer Grecia con su referéndum y avisando de paso al resto de los estados de la Unión de lo que pueden hacer, cada uno de ellos, con sus ideas y opiniones sobre cómo se deberían llevar los asuntos de esa Unión Europea si es que, por un acaso, son diferentes a las ideas y opiniones de la Derecha alemana que gobierna ahora ese país. La misma que, según parece, incurriendo en altas dosis de miopía e irresponsabilidad histórica, aspira a convertir al resto de Europa en un protectorado, pervirtiendo todo lo que la Unión Europea significaba hasta ahora y para lo que fue creada.

Sencillamente infame visto desde una perspectiva histórica. Que se sepa ni a frau Merkel ni al doctor Schäuble nadie les ha elegido democráticamente en unas votaciones generales europeas para ejercer dicha autoridad. Eso por una parte. Por otra resulta especialmente cuestionable -por no usar palabras más contundentes- que los dirigentes de ese estado de la Unión tengan el atrevimiento de venir a dictar nada en el seno de la Comisión Europea, como si fueran sus dueños, teniendo en cuenta la Historia reciente de Alemania.

No digo nada más. Me callo por hastío, porque, como ya he dicho, hoy sobra la retórica. Tan sólo copiaré, para acabar, un fragmento de una obra de Antony Beevor, solvente historiador militar británico, para que tengamos algo sobre lo que pensar seriamente cada vez que veamos a la señora Merkel o al doctor Schäuble hablar como si fueran los dueños de la Comisión Europea o su Parlamento, que esta semana, con la comparecencia de Alexis Tsipras, mostró una evidente y preocupante división con un cierto aroma a nueva guerra civil europea.

Ahí van las palabras de Antony Beevor extractadas del libro “Berlín. La caída: 1945”: Al ver las fogatas que sembraban las calles, los rechonchos ponis cosacos e incluso los camellos, a los berlineses les parecía que su ciudad se hallaba ocupada por “mongoles” (…). En la ciudad (Berlín) había más de un millón de personas que se habían quedado sin hogar. Seguían viviendo en los sótanos y los refugios antiaéreos. El humo de las fogatas que empleaban para cocinar surgía de lo que parecía poco más que un montón de escombros cuando las mujeres trataban de recrear algo semejante a una vida de hogar para sus hijos en medio de las ruinas.   

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Sofocos (griegos) y mamelucos (egipcios y de otras nacionalidades). Notas sobre otro capítulo de una peligrosa deriva política. Europa entre 1945 y 2015
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Carlos Rilova | 06-07-2015 | 09:28| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Antes de decidir escribir hoy sobre este tema -evidentemente el controvertido referéndum griego a favor o en contra de las medidas de austeridad impuestas por el FMI, la Comisión Europea, etc…- me lo he pensado mucho.

Y es que, como el asiento vacío en la Tabla Redonda del rey Arturo, es un asunto peligroso. La última vez que traté de ese tema se me echaron a la yugular algunos anónimos lectores por haber tenido sólo, tan sólo, la, al parecer, osadía de recordar que Alemania no hablaría hoy tan fuerte de no ser por la paciencia que los griegos y los demás estados de la actual Unión han tenido con ella desde 1945 hasta la creación del euro. A lo que añadía que el supuesto “milagro” alemán se debe, en gran parte, a que ese país -que había arrasado Europa dos veces en un siglo- fue perdonado -empezando por la deuda de guerra que había generado- y se le permitió empezar de cero, obviando bastantes de los reproches que ahora sí se hacen a Grecia.

Finalmente, como ven, me he decidido a escribir un nuevo correo de la Historia que se mete, una vez más, a avisar de lo irresponsable de esas políticas, de esas supuestas “reformas” económicas que, en realidad, hasta esta última semana, han consistido -visto todo, insisto, desde una perspectiva histórica, no política, distingamos, por favor, una cosa de la otra- únicamente en desmantelar el estado del Bienestar creado tras la Segunda Guerra Mundial -por acuerdo tácito de Izquierdas y Derechas- para evitar un nuevo desastre como aquel que sólo puede explicarse por el ascenso del Nazismo en una Alemania devastada por una crisis económica sin precedentes y la desesperación que trajo aparejada a ella.

Hubo varios factores que me animaron a meterme finalmente en este desagradable asunto. Sin embargo el que más me ha animado a dedicar este nuevo correo de la Historia al actual drama griego ha sido la actitud de cierta persona, Christine Lagarde, que se definió a sí misma como la “criminal en jefe” del Fondo Monetario Internacional, que es la institución que, entre otras, ha contribuido a llevar al borde del abismo a Grecia y con ella al último reducto de seguridad que le quedaba a Europa de entre todos los bastiones levantados -desde 1945 en adelante- para evitar, de nuevo, una situación como la que, durante la Segunda Guerra Mundial, casi lleva a la autodestrucción al viejo continente. Ya saben, ese sitio cuna del Renacimiento, de los viajes de exploración del Mundo y de las ideas políticas de Libertad y gobierno del Pueblo por el Pueblo y para el Pueblo frente a dictadores, reyes absolutos y otros autócratas…

En efecto, Christine Lagarde, tuvo que acabar por reconocer la semana pasada que la deuda de Grecia es impagable, que hay que ir a una quita de la misma -más o menos lo mismo que se hizo con Alemania en 1945- y que el país heleno necesita hasta 52.000 millones de euros en créditos -no en prestamos draconianos- para reflotar su economía.

Hay que alegrarse de dicho cambio de actitud. La única pena es que la señora Lagarde no se haya dado cuenta antes. Antes de que, por ejemplo, muchos griegos se suicidasen por pura desesperación. (¿Se les hará en el futuro un monumento parecido a los que ahora hay en Auschwitz o en Dachau?. ¿Qué autoridades y de qué países les rendirán homenaje y en qué señalada fecha?).

Si la señora Lagarde o el señor Juncker o la señora Merkel -y mucho otros que no me voy a tomar la molestia de mencionar- hubieran sabido algo más de Historia, tal vez no hubieran incurrido en la irresponsabilidad de la que ahora, a resultas de la tenaz resistencia de una mayoría de griegos representados por Syriza, empiezan a arrepentirse.

Sí, si estas personas hubieran conocido la Historia de los mamelucos y su papel en la Historia, tal vez se habrían dado cuenta de que su plan -denostado a Izquierda y a Derecha. Por ejemplo, y respectivamente, en “Bancocracia” y en algunas columnas periodísticas de Juan Manuel de Prada- era inviable y así nos podríamos haber ahorrado en Grecia, pero también en España o Portugal, muchos disgustos.

Los mamelucos, como sabe cualquier español o española que conozca la obra de Goya o siquiera haya visitado el Museo del Prado, eran excelentes jinetes y feroces mercenarios al servicio del poder imperial otomano en el actual Egipto. Estuvieron allí, haciendo guardia, hasta que dicho poder colapsó en esa zona con la llegada de nuevos competidores. Lo que ocurrió a fines del siglo XVIII, con un tal Napoleón, que, finalmente, fue desplazado de allí por Gran Bretaña…

Napoleón, al que, parece ser, le gustó el estilo y combatividad de estos “mamalik” (palabra que, por cierto, significaba “esclavos, posesiones de raza blanca”), los incorporó a su Caballería y los llevó por medio mundo de victoria en victoria y, finalmente, de derrota en derrota, al servicio de su fracasado designio imperial.

En Madrid, el 2 de mayo de 1808, los mamelucos, estos fieles sirvientes de designios imperiales y opresores bien en Egipto, bien por toda la Europa napoleónica, se encontraron con uno de sus primeros obstáculos, cuando sus nuevos amos (Napoleón, sus mariscales, sus tropas, la burguesía francesa…), trataban de imponer su régimen por la fuerza en España. Aquel día, aquel 2 de mayo de 1808, los mamelucos, esos fieles sirvientes de distintos poderes imperiales, acabaron acuchillados, apuñalados, sableados, tiroteados… por un pueblo que ya no tenía nada que perder…

Es, más o menos, lo mismo que Christine Lagarde ha visto ocurrir antes sus ojos atónitos esta última semana. Parece que ha tenido más cabeza para entenderlo que Murat o Napoleón. Bienvenida sea esa recuperación de la cordura. Pese a la sangre derramada por los suicidas griegos, pese al infierno cotidiano de muchos españoles que ven mejorar los balances de grandes empresas con las “reformas” pero no su situación personal. Una que sólo se agrava a medida que dichas “reformas” van destruyendo el tejido económico de España para pagar una deuda generada no por esos contribuyentes, sino por empresas que, a la búsqueda de beneficios ilimitados, recalentaron esas economías y luego han pedido -cosa insólita, que no se admite a los particulares- que la Hacienda Pública -alimentada principalmente por los impuestos de una clase media hoy en vías de extinción- los sacase del atolladero.

Sí, si Christine Lagarde, Angela Merkel o Jean-Claude Juncker supiesen algo más de Historia probablemente nos habrían evitado todo ese cortejo de infames medidas económicas que ahora reconocen ser perfectamente inútiles cuando hace dos días -los huesos de los suicidas griegos se estarán revolviendo en sus tumbas, como la rabia se estará removiendo en el bajo vientre de muchos votantes españoles- se vendía como una poción curalotodo. Sí, si hubieran sabido algo más de Historia, habrían sabido que es un axioma histórico, tan cierto e inamovible como una ecuación de segundo grado, que los gobiernos de mamelucos no sirven para nada, salvo para exacerbar la desesperación y con ella la resistencia. Llámese esa resistencia Junta Suprema de Defensa, como en la España de 1808, o Syriza, como en la Grecia de 2015.

Y ahora, si quieren, echen a los perros, o a las fauces de la “Ley mordaza”, o a una lista negra, al historiador, pero los hechos seguirán estando ahí. Inamovibles, axiomáticos, pétreos. Como el Partenón de Atenas.

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¿Problemas con los confederados?. Historia, Guerra de Secesión, canciones, asesinos y banderas (1865-2015)
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Carlos Rilova | 29-06-2015 | 10:26| 3

Por Carlos Rilova Jericó

No les habrá pasado desapercibido el revuelo mediático organizado por la cuestión de la bandera confederada, que, según parece, ha alentado e inspirado, a Dylann Roof, el asesino de nueve personas en Charleston que aseguró a sus víctimas, tras rezar un rato en la misma iglesia con ellas, que había ido allí “a matar negros”…

Durante toda la semana pasada se ha hablado de la polémica generada por la presencia de esa bandera confederada izada en el centro de Charleston sobre sus edificios gubernamentales, de las protestas organizadas para bajarla y eliminarla de la vida pública porque simboliza, efectivamente, a un régimen cuya razón de ser fue, de 1861 a 1865, durante la guerra que divide a los Estados Unidos, justificar la  esclavitud de las personas de raza negra. En definitiva, la supremacía blanca que Dylann Roof trató de restablecer, a tiros, en la iglesia metodista africana Emanuel. Bien, ahora volvamos de ese resurgir de la guerra civil norteamericana a España.

Cuando comparamos, a través del cine, por ejemplo, la -esperemos- última guerra civil española, la de 1936 a 1939, con la norteamericana, siempre nos ha podido parecer que allí las cosas se hicieron de un modo menos salvaje que aquí, que allí hubo verdadera reconciliación desde 1865 en adelante.

Por ejemplo, está grabada en nuestras retinas la forma en la que el general Ulysses S. Grant, general en jefe de las fuerzas unionistas acepta la rendición de su equivalente confederado, el general Robert E. Lee. Tras firmar esa rendición del grueso de las fuerzas que quedan al Sur, Lee se retira del juzgado de Appomattox, saludado cortésmente por Grant y su Estado Mayor allí reunidos.

Ciertamente se tomaron represalias contra Lee, como contra los demás confederados, especialmente aquellos con altas responsabilidades, como fue el caso de quien actuó como único presidente electo de la breve Confederación sureña, Jefferson Davis.

Sin embargo, Lee moriría, en su cama, cinco años después de la rendición y ostentando un cargo público como director de una escuela universitaria en Estados Unidos, no en el exilio.

Una situación impensable, por ejemplo, en el caso de que esa misma escena hubiera sido protagonizada en la España de 1939 por, pongamos por caso, el general Vicente Rojo, a quién, como poco, le hubieran esperado unos cuantos años de presidio o, más seguramente, un paredón y no un regreso ultrajante a España en los años 50.

Bien, así las cosas, establecidos los tópicos y lugares comunes tan habituales a la hora de calibrar hechos históricos, parece que las cosas quedaron mejor y más civilizadamente resueltas tras la guerra civil en los Estados Unidos de 1865 que, por ejemplo, en la España de 1939.

Lo cierto es que en el caso de Estados Unidos la represión de los antiguos partidarios de la Confederación fue, en efecto, a veces, tan leve que no debería extrañarnos que hoy ocurrieran cosas como las que han ocurrido en Charleston, ni que la bandera de una potencia enemiga y derrotada ondease sobre el Capitolio de Carolina del Sur, como si Robert E. Lee jamás se hubiese rendido en Appomattox.

En efecto, si nos fijamos en documentos generados por la cultura popular -y la no tan popular- de los Estados otra vez Unidos desde 1865, no es difícil descubrir artefactos que han alimentado el odio y el espíritu de resistencia contra la Unión desde ese año hasta el mismo día en el que Dylann Roof decidió apretar el gatillo.

Consideremos, por ejemplo, una de las muchas canciones compuestas durante y después de la Guerra de Secesión. Se titula “I´m a good old rebel” (que podríamos traducir como “Soy todo un rebelde” ) y la habrán oído más de una vez. Por ejemplo en “Forajidos de leyenda”, uno de los últimos “Western” que tuvo éxito hasta que el género revivió gracias a la espectacular “Sin Perdón” de Clint Eastwood.

En “Forajidos de leyenda”, una película de 1980 magníficamente ambientada que glosaba las andanzas de Jesse James y sus socios los Younger, (antiguos combatientes por la causa del Sur que se “reciclan” tras la derrota en salteadores de caminos), se puede ver cómo uno de estos amenaza, revólver en mano, a los músicos del burdel donde la banda de los James y los Younger se toma un merecido descanso tras otra de sus acciones de bandidaje, que, para ellos, son, en realidad, una prolongación personal de la guerra contra la Unión.

El motivo para esa amenaza es que el músico principal se ha atrevido a cantar una canción unionista, “The battle cry of Freedom” (“El grito de guerra de la Libertad”), que, lógicamente, no ha gustado nada al irreductible miembro de la banda James-Younger y así obliga al músico a cantar “I´m a good old rebel”, traducida en ese momento de la película como “Soy un rebelde de pies a cabeza”.

¿Qué dice esa canción que circuló por Estados Unidos desde 1865 en adelante y da ésta y otras escenas memorables, cantada o no, en “Forajidos de leyenda”?.

Tomen nota, hay diferentes versiones pero, más o menos, vienen a decir esto: “Oh, soy un viejo rebelde, eso es lo que soy ahora, y por esa nación yankee no doy una mierda, estoy orgulloso de haber luchado contra ella y lo único que deseo es que hubiéramos ganado y no pido perdón por nada de lo que hice…”

Si eso les parece explícito esperen a la traducción del estribillo: “Odio a la nación yankee y todo lo que hacen, odio la Declaración de Independencia también. Odio la gloriosa unión, empapada en nuestra sangre. Odio la bandera de barras (y estrellas) contra la que luché todo lo que pude…”

Y así sigue el viejo rebelde contando que cabalgó tres años con Robert E. Lee, que cogió reuma acampando, que se murió de hambre, celebrando que la fiebre del Sur matase a millones de soldados unionistas y lamentando que no matase a más…

Se podrían multiplicar los ejemplos. En Alta Literatura, como la de William Faulkner, el cronista de ese Sur derrotado que se recompone como puede tras Appomattox… pero sin olvidar el “Viejo Sur”, sus banderas en el polvo que, precisamente, da título a alguno de los relatos del genial escritor sureño.

El mantenimiento del espíritu de rebelión contra la “nación yankee” desde 1865 hasta la actualidad se puede ver también caricaturizado en series de dibujos animados tan populares -y tan poco sospechosas de supremacismo blanco- como las creadas por el conspicuo hippie Matt Groening: los Simpons y Futurama, donde se hacen alusiones más o menos explícitas a la “basura blanca” -los blancos pobres del Sur que sólo tienen su color de piel para sentirse superiores- que sigue alzando la bandera sureña como símbolo o viejos lemas como “El Sur resurgirá”…

En definitiva, si se mira con atención, enseguida podemos encontrar vestigios en la cultura norteamericana que nos demostrarían que 1865 acabó con los Ejércitos de la Confederación, pero no con su espíritu de rebelión, que ha seguido vivo en el Sur hasta llegar a lo ocurrido en la iglesia metodista africana Emanuel hace unos días.

Si la represión de ese espíritu hubiese sido tan feroz como lo fue el exterminio del bando republicano en la España de 1939, tal vez Estados Unidos tuviera menos problemas hoy día en ese sentido. Aunque nunca se sabe, visto el número de banderas republicanas alzadas por doquier hoy en una España que hierve de rabia y frustración en un alto porcentaje de su electorado. Uno que acecha tras cada urna, tras cada elección, a quienes, de otro modo, diametralmente opuesto al de los unionistas de 1865, no supieron superar y suturar las heridas, profundas heridas, abiertas por algo siempre tan deplorable como una guerra civil.

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¿Y después del Bicentenario de Waterloo…?, ¿qué nos queda?. Pensando en dos siglos de guerras napoleónicas (1815-2015)
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Carlos Rilova | 22-06-2015 | 09:54| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Era de imaginar que hoy yo tendría que hablar de Waterloo, del punto final en el largo bicentenario de las guerras napoleónicas empezado, para los franceses y los británicos, en 2004, por lo menos.

Hemos estado viendo, desde el jueves de la semana pasada, breves fogonazos en los informativos que nos han hablado de que se cumplía el Bicentenario de la batalla de Waterloo, la que pone fin a las guerras napoleónicas con la derrota definitiva del emperador que les da nombre…

Ha habido también reportajes, suplementos, noticias sueltas en los periódicos… Y, tras todo esto, el historiador se pregunta qué nos queda. O qué nos debería quedar de todo esto.

Para quienes han participado en el megaevento escenificado en los campos de Waterloo durante toda la semana pasada, parece claro que lo que va a quedar es un recuerdo inolvidable (valga la redundancia) y una subida de fotos, videos, etc… a esas redes sociales (Facebook, Twitter, Flickr, Youtube…) en las que ahora exhibimos nuestra vida privada a quién pueda interesar. Acaso con la secreta esperanza de que nuestro video se convierta en “Trending topic”. O, dicho en castellano puro y duro, que no quede nadie sin enterarse -entre los miles de millones que pueblan este atribulado planeta- de lo que “X” o “Y” hizo el fin de semana pasado, visitando el cañón del Colorado o dándole la mano a un reconstructor que figuraba ser Napoleón…

Se trata, como es evidente, de un recuerdo masificado y anónimo, por más que los autores del video o la foto crean lo contrario.

Es también un recuerdo que, en principio, no parece llevar a ninguna reflexión perdurable sobre esos hechos históricos de hace dos siglos.

Al menos esa es la sensación del historiador que se ha pasado años investigando el asunto (como es el caso del que estas paginas escribe) y que ve cómo toda esta cuestión del Bicentenario de las guerras napoleónicas, concluido por el megaevento de la reconstrucción de la batalla de Waterloo, se queda en eso o corre el riesgo de quedarse sólo en eso.

Sin que, al parecer, a nadie le importe, poco ni mucho, nada más que acudir a ese megapicnic, hacerse la foto, quemar pólvora y simular ser un soldado de esa época.

Así las cosas, como dijo, más o menos, Francisco Umbral, hoy vengo aquí a hablar de mi libro.

El libro en cuestión se titula “El Waterloo de los Pirineos”, acaba de ser publicado -el 7 de junio de 2015- bajo los auspicios de la Asociación de los Amigos del Museo San Telmo -con el sello, además, de Donostiakultura (el departamento de Cultura del Ayuntamiento de San Sebastián) y el propio Museo San Telmo- y el que estas líneas escribe -como autor del dicho libro- ha vivido -y parece que va a seguir viviendo- días de frenesí para presentarlo por doquier.

¿Por qué?, pues por muchas razones. Pero para mí la principal es que, quizás, ese libro es el único que se ha escrito en toda España para la conmemoración de la batalla de Waterloo, con la sola, y notable, excepción de “El general Álava y Wellington”, de Gonzalo Serrats Urrecha, donde se cuenta la vida de uno de los dos oficiales españoles presentes en la batalla de Waterloo. En este caso el general vitoriano Miguel Ricardo de Álava, único superviviente ileso, junto a Wellington y Henry Percy, del bombardeado, tiroteado, sableado y alanceado séquito militar del general que vence a Napoleón en Waterloo.

Así es, han leído bien. Sólo dos libros, dos, han sido escritos al Sur de los Pirineos para recordar que los de aquí también tuvimos que ver, de un modo u otro, con aquella derrota apoteósica de Napoleón. De hecho, la cosa parece estar tan mal a ese respecto como para que un diario tan importante como “El País” tuviera que recurrir a Ángel Viñas, especialista en un tema tan distante a las guerras napoleónicas como lo es la Guerra Civil española, para hablar de Waterloo en su edición de este sábado…

Un hecho sencillamente penoso, lamentable en su precariedad, y que, naturalmente, es, junto al deseo de que nuestro recuerdo histórico de ese bicentenario vaya más allá de fotos en Flickr o videos en Youtube, lo que me lleva a venir aquí “a hablar de mi libro”. No porque a mí ese libro me parezca genial, como a los padres, por lo general, les parece que sus hijos son los más graciosos, los más listos y los más guapos… sino porque se me hace cada vez más difícil soportar la idea de que en estas latitudes nos conformemos con jugar el papel de segundones a los que se lleva de un lado a otro -como si no tuviéramos ningún criterio en estas cuestiones históricas- haciéndonos vivir la Historia como si fuera cosa de otros, de los que viven más allá de los Pirineos, aspirando, como mucho, a participar en el asunto -en este caso el bicentenario de Waterloo- disfrazándonos como esa gente de allende los Pirineos.

Si leen las páginas de “El Waterloo de los Pirineos” -como espero que hagan, y dense prisa que no hay muchos ejemplares disponibles- se darán cuenta de que cualquiera que crea eso -que la Historia, la gran Historia, la que está plagada de gente como Napoleón y Wellington, no es cosa de los de este lado de los Pirineos- ha sido vilmente engañado o se ha dejado engañar igual de vilmente. Haciendo suyos argumentos nacidos hace doscientos años en las cancillerías de Prusia o Gran Bretaña para aislar a un país -ese que estaba al Sur de los Pirineos- porque molestaba demasiado en el escenario que sigue a la derrota de Napoleón, en 1814 y en 1815.

Una operación que pasaba, por supuesto, por arrinconar diplomáticamente a dicha potencia con los pretextos más vanos y por minimizar la importancia de la resistencia española entre 1808 y 1813, fundamental, sin embargo, para que Gran Bretaña no fuera invadida y sojuzgada y con ella el resto de Europa y gran parte del Mundo.

Esa ingrata actitud, es evidente, ha creado escuela y así es como hemos llegado a este punto en el que, para nosotros, el fin de las guerras napoleónicas con la batalla de Waterloo se reduce a un  “a ver si nos dejan ir de “invitaos” por allí”, y a endosar la creencia de que ese país al Sur de los Pirineos se quedó, en 1815, en un rincón, temblando de miedo, cuando se supo, como decía Galdós en uno de sus “Episodios Nacionales”, la terrible noticia de que Napoleón se había escapado de Elba.

Todo eso no puede ser más falso hablando desde el punto de vista de la Historia. Y ahora tienen ustedes dos opciones: o correr a comprar el enésimo libro sobre Waterloo publicado allende los Pirineos que, por supuesto, rápidamente ha encontrado editor a este lado de esa cordillera que nos separa más que nos une a Europa, o correr en la misma dirección, pero para comprar “El Waterloo de los Pirineos”. Ese libro  que, que yo sepa, ha sido el único en España con la etiqueta “de Historia” donde se ha contado lo que ocurrió aquí hace doscientos años -en el invierno, la primavera y el verano de 1815- desde una perspectiva basada en hechos y documentos -no en tópicos y lugares comunes- que nos dicen que, hace doscientos años, en los Pirineos, se agolpan miles de soldados en nada diferentes a los de las restantes potencias aliadas contra Napoleón. Todos ellos dispuestos a llevar la guerra a esa Francia que no parecía, en 1815, estar saciada del baño de sangre desatado contra toda Europa desde 1804 en adelante.

Les toca elegir. Como Napoleón tuvo que elegir el 18 de junio de 1815. Sean prudentes, no dejen que colonicen sus mentes, recuerden aquello de que la verdad les hará libres y que, hasta ahora, de verdad histórica hemos tenido más bien poca con respecto a hechos como ese bicentenario de la batalla de Waterloo. Salvo por “El Waterloo de los Pirineos” o “El general Álava y Wellington”, que también harán bien en comprar y leer.

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Increíble ¿pero cierto?… Una historia de piratas contada por un soldado de la Legión Auxiliar Británica en España (Año del Señor de 1835)
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Carlos Rilova | 15-06-2015 | 09:46| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como me suele ocurrir a menudo he dado muchas vueltas a qué es lo que podría contar hoy en este nuevo correo de la Historia.

Esta vez el habitual rayo de luz que suele colarse en las espesas nieblas que rodean, por lo general, mis procesos mentales llegó de un interesante documento sobre el que estoy trabajando ahora.

Se trata de unas memorias de guerra escritas a partir del “diario” de un soldado escocés, Alexander Somerville, enrolado en la que se llamó Legión Auxiliar Británica. Un cuerpo que Gran Bretaña, al parecer un tanto contrita y arrepentida de sus errores hacia España en el Congreso de Viena veinte años atrás, en 1815, cuando se zanjan las guerras napoleónicas, tras Waterloo, envía a luchar del lado de los liberales españoles y, lógicamente, contra el partido reaccionario y absolutista encarnado en lo que comúnmente se llama en España, desde 1833, “carlistas”.

El libro fue publicado en el año 1838 en Glasgow, como podrán apreciar por la imagen que acompaña a este texto. Como suele ocurrir con este género de obras, leerla es casi tan fácil como leer la mejor de las novelas de aventuras de Emilio Salgari y supera, de lejos, a las famosas novelas de Bernard Cornwell. Tenido, a veces con razón y a veces sin ella, como un maestro en la novela histórica ambientada entre 1776 y 1865.

Sí, Somerville cuenta con todo lujo de detalles y anécdotas todo lo que le pasa en España desde que se suma a la Legión Auxiliar Británica, deja atrás las costas de Escocia y desembarca en Santander con ese variopinto grupo de huidos de la Justicia, viejos soldados, aventureros y entusiastas de la vida militar (es decir, la Legión Auxiliar Británica), para reforzar a las tropas españolas que luchan porque en España -y si es posible también en Portugal- se consolide otra monarquía constitucional como la que en esos momentos tienen en Gran Bretaña y en Francia. Algo que a Londres, las cosas como son -o más bien como eran en 1835- no le iba a venir nada mal para abrir un mercado más a sus manufacturas -como nos lo recuerda Gonzalo de Porras, acaso uno de los principales especialistas españoles en la Legión Auxiliar Británica- y contar con un aliado más frente a los gigantescos imperios absolutistas del centro y el Este de Europa, que empiezan en esos momentos a proyectar una sombra demasiado alargada sobre Gran Bretaña, su antigua aliada frente a un Napoleón que ya es sólo una ilustre reliquia olvidada en la isla de Santa Elena.

Entre las muchas historias que cuenta Somerville una me ha llamado poderosamente la atención.

Se trata de la novela de piratas más breve que jamás haya leído. Sin embargo, a pesar de su brevedad -nada que ver con los tratados de Daniel Defoe sobre el tema- es realmente magnética.

Este bravo soldado escocés la cuenta en apenas dos páginas -de la 30 a la 31- de un libro de 288.

Dice así: un grupo de compañeros, hasta sumar ocho, desertan cuando el grupo de la Legión Auxiliar Británica del que forma parte Somerville está acantonado en un lugar que él llama San Antonio y, según dice, está, más o menos, a medio camino entre Santander y Bilbao.

Estos desertores, que se llevan todo su equipo y armas, se batirán contra las tropas españolas con las que, se suponía, debían combatir a los carlistas. Después de eso, Somerville oyó que habían escapado en un bergantín anclado cerca de esa población que él llama San Antonio y que estaba allí dispuesto para largar velas con rumbo a Santander.

Somerville dice que, en principio, muchos no creen esa historia relativa a que los desertores estuviesen conchabados con la tripulación de un bergantín. Sin embargo, pronto se confirma que faltan equipos y bagajes de la Legión Auxiliar Británica y han desaparecido también varios hombres y hasta dos oficiales…

¿Qué fue de ellos?. Según Somerville su destino pudo ser el que le contó un superviviente del grupo que finalmente había logrado llegar a Glasgow de vuelta.

El desertor superviviente decía que la tripulación del bergantín, cuando salieron del puerto de Santander, los había detenido y encerrado en el sollado, defraudando sus esperanzas de que el barco volviera a Inglaterra. Allí, bajo cubierta, los tuvieron por espacio de seis semanas, vigilados por hombres que entraban en aquel lugar -cuando entraban- armados con sables y pistolas…

Por la posición de los escasos rayos de sol que entraban por los respiraderos de aquel sollado, los desafortunados desertores dedujeron que el barco tomaba rumbo Oeste.

Sus captores los trataron bien. Al menos, dice el desertor, les dieron abundante comida y bebida y les aseguraron que, una vez arribasen a Nueva York, quien quisiera podría quedarse allí. Una historia que no convenció a nadie pues, en buena lógica, ¿para que los tenían encerrados y los vigilaban si después iban a poder irse al tocar puerto en Estados Unidos?.

Pronto se confirmaron esos temores cuando un tipo de aspecto hosco -así lo describe el desertor- les dice por medio de un interprete que deberían ayudar a llevar el barco y tal vez luchar. Para el desertor superviviente que contó todo esto a Somerville, parece claro desde entonces que han sido secuestrados por un grupo de piratas con obvias intenciones de engrosar con ellos sus filas.

El desertor dice que la tripulación era de lo más variopinta -portugueses, españoles, italianos y dos ingleses- y tuvieron que sumarse a ella de manera más o menos voluntaria.

El objetivo, según les dijo el capitán que tan abruptamente los había reclutado, era asaltar el barco mercante estadounidense que este documento llama La Granga. Lo capturarían en su viaje de vuelta desde Río de Janeiro, para hacerse con la que ese filibustero describe como una rica carga…

Tras esto la tripulación de aquel bergantín pirata se preparará para esa maniobra. Los cañones fueron zafados, se comprobaron pistolas y mosquetes… sin embargo los piratas se encontraron con una desagradable sorpresa al amanecer del tercer día de persecución de su posible víctima: la vela que habían visto en el horizonte no era la del mercante, sino la de una fragata de guerra de los Estados Unidos.

Aquella fragata de la Armada yankee, por supuesto, les persiguió. Sin embargo los piratas lograron huir, aunque no por eso escaparon de un terrible huracán que acabó por estrellar su barco mientras buscaba refugio en el Delta del Misisipí.

A ese naufragio sólo sobrevivieron seis hombres de aquella variopinta tripulación pirata del año del Señor de 1835. Uno de ellos era ese desertor de la Legión Auxiliar Británica que contó a Somerville, tiempo después -por lo menos los tres años que iban de 1835 a 1838, los que transcurren entre la llegada de la Legión Británica y su regreso-, aquella historia tan increíble que parece no ser cierta.

Aunque seguramente lo sea, porque en esas fechas cosas tan inverosímiles todavía eran parte de una realidad en la que no existían ni los GPS, ni los satélites de comunicación, ni muchas otras cosas que han hecho nuestro mundo más seguro pero, tal vez, menos emocionante que uno en el que, desde las costas de Estados Unidos, si se miraba con atención, aún se podían ver auténticos barcos piratas mientras, por ejemplo, Edgar Allan Poe escribía en tierra sus poemas y relatos.

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Sombras en la playa “Omaha”. El gesto histórico de un rey y una reina hacia unos republicanos. Un largo camino entre junio de 1944 y junio de 2015
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Carlos Rilova | 09-06-2015 | 16:07| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Que en España se está colapsando el ahora llamado por algunos politólogos rampantes “régimen del 78”, es algo que parece obvio. Hasta para mentes muy espesas, de esas que tanto abundan, por desgracia, en España.

Síntomas de ese colapso empiezan a aparecer por doquier. Desde libros demoledores firmados por autores que no tienen nada de revolucionarios -más bien todo lo contrario- como el polémico Hermann Tertsch o César Vidal, representantes de una Derecha española más bien montaraz, hasta lo más evidente: la irrupción en la escena política -y en los resultados electorales- de nuevos partidos o movimientos políticos -Ciudadanos, Podemos…- que, con muy distintas maneras, dicen venir dispuestos a barrer una vieja política que, con la Gran Depresión de 2007, se está derrumbando poco a poco, como vemos a cada nueva elección que se convoca en España.  

Los gestos empiezan a precipitarse, de hecho. En menos de un año he visto cosas que jamás hubiera pensado llegarían a tener lugar. Naturalmente están relacionadas con la salida en falso que ese llamado “régimen del 78” hizo con respecto a cuestiones relacionadas con nuestra Historia. De ahí sale este artículo. Veamos, pues, la cosa con más detalle.

En más de un correo de la Historia anterior a éste, tuve ocasión de criticar el manejo que se había hecho de una de las más altas autoridades del estado establecido en 1978 -me refiero, en este caso, a la Monarquía- cuando se acudió a determinadas efemérides históricas que se celebraban el año pasado. Por ejemplo, la del centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, en el verano de 2014.

El nuevo rey de España estuvo en los actos de esa conmemoración, sin embargo, no lo estuvo en los actos que, en fechas muy próximas a esa, conmemoraban el desembarco de las tropas aliadas en las cuatro playas de Normandía -por sus nombres clave: Omaha, Juno, Gold, Sword y Utah- que en el famoso Día-D iban a empezar a escribir el principio del fin de una de las dictaduras más terribles que la Humanidad ha conocido.

Algo, esa presencia de Felipe VI en los actos conmemorativos de la Primera Guerra Mundial y la ausencia en los de la Segunda, bastante difícil de explicar ni siquiera en el más estólido telediario al servicio de la casta más vil. Esa a la que aluden mucho últimamente los ya aludidos politólogos rampantes.

En efecto, oí en televisión hace un año bastantes malabarismos en torno a que se iba en esos actos a poner flores en memoria de las víctimas de la Primera Guerra Mundial porque España, a pesar de haber sido neutral, había jugado un papel en esos hechos en esa calidad  de potencia neutral. (Y tanto, y quien quiera saber más que empiece por leer la magnífica novela de Eduardo Mendoza “La verdad sobre el caso Savolta”).

De lo que no se oyó mucho fue de que, faltando a toda lógica, las más altas instituciones del estado -ministros, presidentes del Congreso, Jefe del Estado…- estuvieran ausentes de las conmemoraciones por el 70 aniversario del desembarco de Normandía cuando en el mismo había habido, en las sucesivas oleadas desde el Día-D, un número notable de combatientes españoles integrados en las fuerzas británicas y francesas.

Eso me dio ocasión para despacharme a gusto como tengo por -mala- costumbre señalando que, una vez más, se veía así que en la España del régimen del 78 fallaba lo que yo suelo llamar digestión histórica, que en ese país ha sido extraordinariamente ardua y no parece haber concluido todavía. Ni mucho menos.

Hoy parece, sin embargo, que a causa del desplome, derrumbe o lo que finalmente sea, de ese régimen del 78, estamos más cerca de completar ese proceso, de empezar a reconciliarnos para sentar las bases de otro pacto político que, esperemos, sea más sólido, estable, prospero y duradero (y ya puestos a pedir, menos autocomplaciente, sin convertir en dogma que los 30 y pico años posteriores al año 1978 han sido lo mejor que le ha pasado a España).

En efecto, el nuevo rey de España, Felipe VI, y la reina Letizia, han tenido un extraordinario gesto durante una visita de Estado a Francia que, probablemente, entrará en los libros de Historia como el momento en el que España, en medio de una atroz crisis política y económica, en lugar de hundirse en el marasmo como pudo ocurrir en el año 1936, trata de remontar el vuelo, estrechando lazos con la Unión Europea, con su “núcleo duro” más constructivo -léase Francia- y saldando viejas cuentas, con gestos de una gran altura de miras política. Como lo es, sin duda, que un rey y una reina -españoles- reconozcan que los exiliados de 1939 integrados en las fuerzas francesas o británicas eran, ante todo, españoles que luchaban por restaurar el sistema democrático en el que, se supone, vivimos en España desde el hoy tan traído y llevado 1978 y del que esa institución que ellos representan, la Corona, es legalmente parte según la constitución de ese año.

Una interesante travesía política llena de mucha generosidad, que es justo y debido reconocer, ya que la Guerra Civil de la que salieron esos combatientes no fue un episodio histórico en el que hubiera mucho de lo que sentirse orgulloso. Conviene no olvidar, por ejemplo, que muchos españoles que aún viven -y sus descendientes- recuerdan, perfectamente, que bajo la bandera republicana se cometieron atrocidades en España cuando menos entre 1936 y 1937.

Por ejemplo con “sacas” de prisioneros ejecutados sin juicio previo, elementos incontrolados que daban “paseos” al “enemigo de clase”, “checas” en las que se torturó y asesinó a ese mismo “enemigo”, etc… y que otra porción no desdeñable de los exiliados españoles combatió bajo la bandera de la dictadura estalinista, aliada de circunstancias de democracias como Gran Bretaña y Francia.   

Por supuesto con esto no bastará, veremos cuál es el veredicto de una urnas llenas de ira en noviembre de 2015, pero no podrá regatearse a la Corona española que ha hecho un gesto más que considerable por superar traumas históricos que, lentamente, han ido corroyendo la arquitectura política de una sociedad que se ha basado, cada vez más y más, en la exclusión, en el clientelismo, en el derroche de recursos humanos y económicos.

Ahora mismo hay en España otros muchos miles de exiliados -muchas veces con una alta cualificación- que, sin guerra civil de por medio, salen a manadas del país sencillamente porque en España es realmente difícil vivir ejerciendo profesiones como las suyas que, por cierto, son las que necesita un país para tener una economía realmente desarrollada.

Ahora mismo hay en España hay un estado de corrupción generalizada basada en turbios compadreos y amiguismos -pagados con precios que van desde maletines llenos de dinero hasta puestos de trabajo- que excluyen a un alto porcentaje de la población que no tiene, en efecto, más remedio que o aguantar en unas condiciones cada vez más precarias -la electricidad más cara de Europa o casi, con salarios cada vez más bajos y cosas por el estilo- o coger el camino a Europa o a América.

Ahora mismo hay en España demasiados recuerdos de los tiempos del Caciquismo que para el resto del Mundo ya han quedado atrás a lo largo del siglo XX y que aquí parecen pegarse como el napalm a la estructura del estado y de, en general, todos los aspectos de la vida pública.

Naturalmente un rey y una reina que reinan pero no gobiernan poco podrán hacer en esto, salvo dar un buen ejemplo. Como lo han hecho reconociendo el mérito de compatriotas que, por encima de diferencias de opinión sobre la forma de estado (Monarquía o República), luchaban por un régimen basado en la democracia parlamentaria y constitucional. Sin duda un buen comienzo que, esperemos, nos lleve a buen fin. Por el bien de todos, del rey y la reina a abajo, por la salud política de la Unión Europea, etc., etc…

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El viaje de los malditos… ¿otra vez?. De un barco lleno de refugiados alemanes al éxodo de los rohingyas (de junio de 1939-a junio de 2015)
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Carlos Rilova | 01-06-2015 | 09:30| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Lo he visto antes. Por suerte a través de ese cristal de seguridad que son una pantalla de televisión o las páginas de una revista.

La primera vez que lo vi fue allá por los años setenta del siglo pasado. Los llamaban “boat people”. Eran quienes huían del caos provocado por el fin de la Guerra de Vietnam. No les quedaba nada salvo la exigua superficie de los barcos, o cualquier cosa parecida, en los que huían. Nadie los quería en su país y por ahí se quedaron mucho tiempo, flotando, a la deriva, aunque los medios se hicieron eco de ello, publicando reportajes con impresionantes fotos o amargándonos el telediario de mediodía.

De hecho, el episodio de la “boat people” parece que incluso perforó la conciencia de los genios emergentes del Hollywood de la época -George Lucas, Steven Spielberg…- que imaginaron en uno de los cómics que emanó de su creación cinematográfica -la entonces revolucionaria saga de “Star Wars”- un planeta de ese gastado futuro cuyos habitantes vivían exclusivamente en barcos, pues no había tierra en la que podían fondear

Tiempo después pude ver una impresionante película titulada “El viaje de los malditos”, que recordaba otro éxodo de parias a bordo de un barco que no encontraba puerto en el que desembarcar su carga humana de perseguidos.

La película se había estrenado en diciembre de 1976 y narraba un episodio rigurosamente histórico, el de un grupo de judíos alemanes a los que el régimen nazi había permitido salir del país -que ya era suyo de arriba a abajo- para demostrar que no tenían inconveniente en deshacerse de aquellos, para ellos, indeseables… siempre y cuando fueran aceptados en otro país.

Como nos explicaba Anje Ribera en un documentado artículo publicado en “El Correo” el 5 de junio de 2014 -lleno de interesantes referencias a las que les remito- el barco no encontró refugio ni asilo para su atribulada carga humana -que, en parte, ya había catado las “bondades” del régimen nazi en Dachau y Buchenwald- ni en Cuba ni en Estados Unidos.

El presidente Roosevelt, que en apenas un par de años declararía la guerra a la Alemania nazi, no se atrevió a darles asilo, a pesar de que los interesados se lo pidieron con un mensaje directo.

Así las cosas, el barco de los malditos tuvo que volver a Alemania, a pesar de que su capitán, un antinazi furibundo, hizo todo lo posible para evitar ese infame destino que finalmente se resolvió en una relativamente breve prorroga al autorizarse el desembarco del pasaje en el puerto belga de Amberes.

Un remedio transitorio para aquellos que no lograron encontrar asilo en Gran Bretaña, pues apenas quedaba un año para que las tropas de Hitler invadieran toda la Europa continental en lo que luego se conocería como Segunda Guerra Mundial.

Y ahora, más de setenta años después de esos acontecimientos, lo volvemos a ver. Otra vez varios países, en este caso asiáticos, se niegan a admitir en su territorio a un grupo religioso, en este caso musulmán, los rohingyas, expulsados finalmente de otro país, Birmania (o Myanmar) en el que son una minoría religiosa al parecer cada vez más indeseada e indeseable y a la que se le niega hasta el nombre y la identidad.

No voy a decir mucho más, tan sólo les voy a lanzar unas cuantas preguntas. Por ejemplo ¿cómo es posible que el culto budista, no violento, el menos jerarquizado y dogmático que se conoce, haya convertido en anatema el hecho de ser musulmán y más cuando los anatematizados son un grupo marginal, muy poco poderoso, tan frugal como el mismísimo ex-príncipe Siddhartha Gautama al que los budistas veneran?.

¿Tiene que ver esa inquina contra los desamparados rohingyas con el auge de la extrema violencia y combatividad de musulmanes dogmáticos e intransigentes con las demás religiones -incluido ahí el Budismo- representados por el ISIS?.

Vemos, con horror, en el todavía rico y civilizado Occidente esa situación en  Asia-Pacífico. La BBC fue esta misma semana pasada a realizar a bordo de los barcos de rohingyas un estremecedor reportaje que nos habla de cadáveres arrojados por la borda, de huidas desesperadas hacia el mar, para salvar la vida tras haber visto morir a familiares y amigos perseguidos por su condición de musulmanes, sin embargo… ¿hacemos algo?, ¿nuestros dirigentes y quienes los respaldan -nosotros mismos, los votantes- en última instancia, pueden considerarse mejores que los cubanos o estadounidenses que se negaron a acoger a los judíos alemanes que trataban de escapar al exterminio nazi en el St. Louis?.

Al parecer, como Roosevelt, callamos, ponemos por delante que estamos sumidos en una crisis económica y que bastante tenemos, en efecto, como para erigirnos en autoridad moral ante ese exterminio de un grupo por razones religiosas, dado que ahora mismo Bruselas discute el número de refugiados huidos del infierno africano que tendrá que acoger cada país de la Unión Europea.

Algunos, como España, ya han señalado que les resultará imposible dado su alto nivel de paro que, para esos efectos, por lo que se ve, no disminuye, como en su ácido estilo habitual ya hizo notar el joco-serio informativo “El Intermedio” la semana pasada…

Esta situación, con gente que muere en medio del mar sin encontrar puerto, como en 1939 les ocurrirá a los fugitivos del St. Louis, debería hacernos reflexionar sobre el cariz peligroso que están tomando las cosas en nuestro mundo actual, devolviéndonos poco a poco, de manera casi imperceptible, al escenario de horrores que fue el Mundo de entreguerras en los años 30 del siglo XX.

Ese en el que una economía fallida -por razones muy parecidas, casi idénticas, a las del colapso de 2007- creó un escenario de pobreza generalizada y en aumento que engrosó las filas de movimientos mesiánicos y agresivos que, a su vez, aumentaron aún más la sensación de miedo generalizado, de “sálvese quien pueda”, y la búsqueda de enemigos -más o menos imaginarios- en los que vengar una desquiciante lista de agravios -muchas veces muy reales- que, como ahora, deshumanizan a los otros, a los que no practican la religión mayoritaria -ya sea el Budismo o el Cristianismo o el Islam- y/o pertenecen a la etnia equivocada a la que se echa, sin pestañear, incluso bajo la piadosa y benevolente mirada de Buda, al mar. En sentido totalmente literal.

Es posible que haya quien explique todo esto con el cínico y vacuo argumento de que el ser humano es así, a través de épocas y lugares diferentes. Desde el punto de vista de la Historia les aseguro que no es así, que cosas así hubieran sido más difíciles de ver en épocas de prosperidad económica como las que siguieron a la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial, donde la desesperación y el miedo no llegaban a los grados que hoy se están alcanzando y alimentan, de nuevo, las filas de grupos fanatizados y destructivos.

Y es por eso por lo que yo, hoy, me he sentido en la obligación de contarles todo esto. Para que reflexionemos sobre el rumbo que toman los negocios del Mundo en el que vivimos. Por más que los musulmanes no me sean nada simpáticos y comprenda el miedo de los budistas a tener como vecinos a gente que comparte creencias religiosas con los mismos que destruyen tesoros artísticos y ejecutan a otros a los que, por su religión, han privado de la condición de seres humanos que compartimos todos.

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Capitán, visionario, arquitecto, empresario, ¿espía?… Pedro Manuel de Ugartemendia o la vida de un vasco de la Europa napoleónica
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Carlos Rilova | 25-05-2015 | 09:38| 2

Por Carlos Rilova Jericó

La idea para este nuevo artículo de este correo de la Historia me la dio uno de los miembros de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, Iker Echeberia Ayllón, que como recordarán, al menos en una ocasión y en colaboración con otro autor, nos dejó por aquí un interesante artículo sobre la palabra “zurito” -la medida de cerveza más pequeña que se puede beber en un bar donostiarra- y su origen histórico.

Sí, hablando ante la biblioteca universitaria de la UPV de San Sebastián de posibles proyectos futuros de la Asociación, salió en la conversación un pedazo de nuestra Historia sobre el que los donostiarras -y nuestros visitantes- andamos muy a menudo sin apreciarlo en todo su valor.

Resulta que cuando se pensó en reconstruir San Sebastián tras su destrucción y saqueo a partir del 31 de agosto de 1813 -es decir, durante lo más crudo de las llamadas guerras napoleónicas- el arquitecto al que se le asignó tal tarea, el andoaindarra Pedro Manuel de Ugartemendia, hizo un proyecto realmente visionario que finalmente se abandonó por otro más práctico y, sobre todo, remunerador económicamente. Sin embargo, me contaba Iker Echeberria Ayllón, cada vez que pasamos por el Boulevard de San Sebastián, junto al kiosco de música, lo hacemos caminando sobre un plano esquemático de ese proyecto visionario, grabado sobre las losas del pavimento de esa parte de la ciudad, como se puede apreciar en la primera ilustración de este artículo (N. B.: las zonas grises son calles y plazas y las rojas representan manzanas de edificios). Un tema éste que, como vamos a ver enseguida, da para mucho. O, cuando menos, para otro correo de la Historia.

No va a ser esta la primera vez que hable de Ugartemendia. Ya lo hice en otro artículo a comienzos del año 2014, cuando la llamada Parte Vieja de San Sebastián fue inundada por unas feroces mareas vivas que llenaron unas cuantas horas de telediarios tanto locales como nacionales.

De hecho, de Ugartemendia y su labor como arquitecto, se ha hablado mucho. Hay investigaciones muy a fondo sobre él. Por ejemplo la de nuestro colega historiador José Javier Fernández Altuna, publicada en la revista “Leyçaur” en el año 2009, que, de momento, sólo pueden aprovechar quienes leen en euskera.

Sin embargo se ha hablado menos de otros aspectos de su vida que, como verán por el título de este nuevo artículo, puestos en orden, casi sirven para el título de una de las novelas “de espías” de John Le Carré.

Ugartemendia es un personaje bastante misterioso. Al menos lo parece si consideramos todos los documentos que hablan de él.

Gracias a las investigaciones de José Javier Fernández Altuna sabemos, por ejemplo, que cursó estudios, como muchos otros vascos, en la Real Academia de San Fernando. La institución que a finales del siglo XVIII formaba a toda clase de artistas y entre ellos a los arquitectos.

Esa fue la carrera que eligió Pedro Manuel de Ugartemendia. Pero sabemos también gracias a esas investigaciones de José Javier Fernández Altuna que antes de esa tenía otra que, a partir de 1808, le comprometía bastante.

En efecto, Pedro Manuel de Ugartemendia era oficial de Infantería en el Ejército español. Y no precisamente en un puesto administrativo. Era un hombre de vanguardia, de los que veían fuego real en combate. Al menos su expediente militar dice que era oficial de línea. Es decir, de esos que, como ya habrán visto en más de una película, se ponían, generalmente a caballo -como ordenaban los cánones-,  al mando de una larga hilera de soldados y soportaban, impávidos, la tormenta de balas que se intercambiaba entre sus tropas y las que el enemigo desplegaba ante ellos en una formación idéntica.

Sí, eso es lo que dice el expediente militar de Pedro Manuel de Ugartemendia: que era uno de esos capitanes de Infantería de línea a los que el zumbido de las balas y la metralla enemiga les resultaban muy familiares. O que, al menos, tenían unos sólidos conocimientos en la materia -en la complicada materia- de maniobrar tropas así sobre el terreno de un campo de batalla. Algo nada fácil y de lo que, de hecho, dependía la derrota o la victoria de los ejércitos enfrentados.

Sin embargo, a pesar de eso, Ugartemendia, después de que su Ejército declara la guerra a la Francia napoleónica en mayo de 1808, no acudirá a la llamada de las Juntas de Defensa patriotas, como si lo hacen bastantes vecinos suyos e incluso parientes como Juan de Ugartemendia. Alguien, este último, que, como consta también en su propia hoja de servicios -trágicamente concluida en el año 1813, tras la batalla de San Marcial- pide específicamente que se le deje servir en los Ejércitos que combaten a las tropas napoleónicas en España, rechazando su traslado a un puesto en las colonias de América.

¿Y qué hace entonces Pedro Manuel de Ugartemendia entre 1808 y 1813, se  preguntarán ustedes?.

Pues es difícil saberlo. Parece ser que se queda en territorio ocupado y hasta hace negocios de tierras con gentes que, cuando lleguen las tropas aliadas en 1813 y se instauren las instituciones del Gobierno de Cádiz, serán juzgados como afrancesados…

¿Lo era también, afrancesado, Ugartemendia?. La verdad es que esa también es una pregunta difícil de responder. En contra de todas las truculencias que se escriben sobre el tema de los afrancesados, la investigación de algo más que los grabados de los “desastres de la guerra” de Goya, que son una parte de la verdad pero -sólo para empezar- no son fotografías, nos dice que era bastante fácil irse “de rositas” tras haber tenido vahídos afrancesados -de mayor o menor intensidad- entre 1808 y 1813.

Es lo que les ocurre a muchos vecinos de Ugartemendia que tenían, o podían haber tenido, mucha más culpa en eso del afrancesamiento. Los encontramos, a menudo, controlando el poder municipal en Andoain en, por ejemplo, 1815, lo mismo que en 1811, pudiendo decir, por tanto, que les iba igual de estupendamente bajo la bota napoleónica o bajo la de un Fernando VII rampantemente absolutista.

¿Fue ese el caso del capitán Ugartemendia?. ¿El de uno de esos afrancesados que, como una especie de Talleyrands de bolsillo, sobreviven sin problema a todas las turbulencias del momento?. Es más que dudoso. Entre otras cosas porque no parece que las autoridades patriotas lo molesten lo más mínimo tras expulsar a los franceses. Ni antes, ni después, de que Fernando VII se restaure como rey absoluto. De hecho, no sólo parece que no se le piden cuentas de su ausencia en los ejércitos patriotas en calidad de oficial de línea, como le correspondía, sino que además se le entregan graves responsabilidades militares. Como lo era, sin duda, la de reconstruir una plaza fuerte tan estratégica en 1813, 1814, 1815… como San Sebastián.

Más probable es que Ugartemendia estuviese, entre 1808 y 1813, ejerciendo funciones de espionaje para las fuerzas patriotas. Probablemente dentro de la red organizada en San Sebastián desde 1808 en adelante. Una cuestión de la que ya les hablaré en otro día y lugar…

¿Acaba ahí la vida del capitán Ugartemendia?. Lo cierto es que no. Después de 1813, 1814, 1815… el arquitecto tuvo tiempo de hacerse rico con la reconstrucción de San Sebastián, que se convirtió en un bello ejemplo -excelentemente conservado aún hoy día- de una ciudad edificada, de arriba a abajo y de lado a lado, en estilo neoclásico. Lo más “moderno” en la época, la última tendencia arquitectónica del 1800…

En 1833, Ugartemendia, ya hombre de edad respetable, superviviente a todos los altibajos de la turbulenta Europa napoleónica y posnapoleónica, luciendo con orgullo su uniforme de veterano, se retirará de la ciudad que él mismo reconstruyó para refugiarse, como muchos otros donostiarras, en Bayona, mientras los carlistas asedian, veinte años después de 1813, San Sebastián. Por suerte para esa ciudad no llegarán a tomarla pues, acaso, si nos guiamos por lo que hace en esas mismas fechas ese ejército rebelde, sacado del medio rural vasco, con Guetaria -hoy Getaria- tal vez hubieran dejado allí, como británicos y portugueses en 1813, otro montón de ruinas humeantes como las que Pedro Manuel de Ugartemendia, aquel viejo capitán de Infantería de línea, arquitecto, empresario, ¿quizás espía?… supo reconstruir de manera tan magistral.

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