Diario Vasco
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La Historia y el (supuesto) escándalo de la rendición de Raqqa (1660-2017)
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Carlos Rilova | hace 19 horas| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Vi la noticia que ha dado pie a este nuevo correo de la Historia en Yahoo. Fue este jueves.

El autor de la misma decía que había sido un escándalo que la ciudad se rindiera a las fuerzas aliadas a cambio de permitir la salida de casi 4000 personas relacionadas con el ISIS. Combatientes de esa organización y familiares suyos.

Con buen criterio el encargado de comunicación de la Alianza internacional contra el ISIS, decía, según esa misma noticia, que no había ningún misterio en ese tema, que ya era público y notorio que se había pactado esa salida negociada.

Desde el punto de vista de la Historia, y más concretamente desde el de la Historia militar, sólo se le puede dar la razón. Por difícil que parezca.

Ese tipo de salidas negociadas para rendir una plaza fuerte asediada, como puede ser el caso de Raqqa, no tienen nada de raro ni de escandaloso. Es algo que lleva siglos haciéndose.

Cualquier especialista en Historia medieval, más o menos al tanto de eso que se ha llamado “Reconquista” en lo que ahora llamamos “España”, les puede decir que gran parte de las plazas que fueron tomadas a los musulmanes no cayeron  en medio de épicos combates entre las banderas de Castilla, León, Navarra, etc… y las de la Media Luna que ahora enarbola de nuevo el ISIS, o DAESH, como prefiramos. Todo lo contrario, Magerit (hoy Madrid), o Toledo fueron entregadas en condiciones pactadas. La propia Granada, en 1492, es otro caso más.

Y es que, desde que el ser humano ha desarrollado esa actividad que llamamos “Guerra”, ha habido distintas maneras de planteársela. De eso ha dado buena cuenta un especialista en el tema como Geoffrey Parker, que ha dedicado una gran parte de su carrera de historiador a investigar ese fenómeno y su desarrollo histórico.

Entre los pueblos llamados “primitivos”, por ejemplo. Lo normal, nos decía Parker, es que las bajas fueran muy limitadas. Incluso pactadas de antemano. Es decir, cuando se sumasen una decena de muertos, o menos, por ambas partes, la Guerra debía detenerse.

Entre los llamados “indios” norteamericanos, entre las naciones de lo que hoy es el Medio Oeste de Estados Unidos, la mayor muestra de coraje no consistía en matar al enemigo, sino en tocar su brazo, pecho, cara… en medio de una batalla. Eso tenía su lógica, pues el enemigo así desafiado, podía perseguir al que lo había puesto en evidencia con ese “toque”. Cosa que un enemigo muerto ya no podía hacer.

Otra forma de Guerra era la llamada “a la romana”. Esa cultura, la romana, tenía otro punto de vista sobre cómo llevar el asunto de la Guerra. Probablemente porque Roma fue, en sus inicios, una pequeña población rodeada de enemigos más poderosos que ella y que amenazaron, varias veces, con aplastarla y borrarla del mapa.

Para ellos la Guerra era, pues, ante todo, destrucción absoluta del enemigo. En la Europa medieval las cosas alternaron un tanto entre los dos extremos. Entre la guerra civilizada, por así llamarla, propia de pueblos supuestamente primitivos que ponían límites a la ordalía y entre la Guerra a la romana, de destrucción total. No hubo cambios en ese aspecto hasta el cisma religioso de 1517 y las guerras que le siguieron.

Entre 1618 y 1648, durante la llamada Guerra de los Treinta Años, predominó la Guerra a la romana, de exterminio y destrucción sistemática del oponente, al que se consideraba una criatura impía a la que había que destruir completamente. Sin posibilidad de llegar a acuerdos con él.

La matanza adquirió tales proporciones (incluyendo, como hoy en los atentados “low cost” de los “lobos solitarios”, civiles desarmados de cualquier sexo y edad) que la sociedad europea, la Cristiandad sin distinción de credo, quedó tan horrorizada que desde 1660, aproximadamente, hasta las guerras revolucionarias del siglo XVIII, se prohibieron prácticamente las guerras de exterminio.

Desde esa fecha son innumerables los asedios que acabaron en salidas pactadas en las que, como ha ocurrido en Raqqa, se dejaba incluso en libertad y armadas a las guarniciones que defendían esas plazas fuertes. El caso del fuerte William Henry en 1757 (pese a la matanza posterior perpetrada por los aliados nativos de los franceses), un hecho famoso gracias a “El último mohicano”, es un buen ejemplo de esas leyes de buena guerra que permitían pactar con un enemigo que se sabía ya vencido.

Esos usos han sobrevivido incluso hasta la Segunda Guerra Mundial. Así, por ejemplo, en 1945 el reconstituido gobierno de Dinamarca permitió a un enemigo tan maléfico y totalitario como hoy nos lo parece el ISIS -es decir, los soldados del Tercer Reich- salir del país una vez que el régimen nazi ya estaba en clara fase de derrumbe…

Así pues, lo ocurrido en Raqqa, lejos de ser una fácil y falsa piedra de escándalo, debería ser interpretado más bien como una buena noticia. Organizaciones como el ISIS -o el Tercer Reich- demuestran estar en evidente declive en cuanto sus combatientes, en lugar de inmolarse o luchar hasta la última bala -quedándose una para suicidarse- empiezan a entrar en tratos con un enemigo al que, hasta ese momento, habían considerado una abominación a la que sólo se podía sacrificar en honor al dios o al credo al que ellos habían jurado una, hasta ese momento, fanática lealtad.

Lo único con lo que habría que tener cuidado es con el manejo de esa derrota. Es decir, como se hizo en España al final de la última guerra carlista, la de 1873-1876, se debería, por ejemplo, ofrecer paz a los antiguos combatientes a cambio de lealtad al nuevo orden establecido.

Sin desestimar, por supuesto, la aplicación de modelos legislativos como las Leyes de desnazificazión alemanas que, en lo básico y elemental, desarmaban ya definitivamente al régimen vencido, considerándolo, a él y a quienes se atrevieran a reivindicarlo, automáticamente fuera de la ley.

Bajo esta óptica histórica, como ven, la salida de 4000 partidarios del ISIS de Raqqa no desmerece en absoluto la toma de esa ciudad por los peshmergas y otras fuerzas aliadas. Más bien todo lo contrario, con hechos así se empezaría a constatar la rápida desintegración de esa pesadilla política y militar que hemos sufrido, desde Oriente hasta el corazón de la vieja Europa, durante mucho tiempo…

Más allá de toda interpretación truculenta o conspiranoica (que también abundan en torno a este tema) esa es la cruda verdad de la caída de Raqqa y su evacuación por lo que quedaba del ISIS. Algo que, sin duda, no habrá caído nada bien entre su Alto Mando, que lo habrá recibido como lo que es: una señal bastante evidente de que su organización se desmorona. De manera lenta pero, al parecer, bastante segura, por el debilitamiento del cerrado fanatismo que hasta ahora lo ha sostenido.

 

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De aventuras americanas y otras obsesiones históricas españolas
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Carlos Rilova | 13-11-2017 | 10:32| 1

Por Carlos Rilova Jericó

Los bombardeos publicitarios suelen tener diversas consecuencias. En el caso de quien estas líneas escribe no sabría describir la gravedad de las consecuencias del que hemos sufrido esta semana con respecto a la última película de Agustín Díaz Yanes: “Oro”.

A primera vista me ha llevado, de momento, a dedicar este nuevo correo de la Historia a ese tema. No exactamente a esa película, que aún no he visto y no sé si veré, sino al ambiente político del que ha surgido.

Tal vez, para ser justos, quizás ha influido en la decisión de elegir este tema -las aventuras americanas y las obsesiones históricas españolas- el hecho de que esté ultimando un trabajo de investigación sobre la expedición española a México en 1862. (Sí, las fechas son correctas: los años centrales del siglo XIX, la época de Lincoln, la reina Victoria, los ferrocarriles, los telégrafos, los barcos a vapor, etc…).

En cualquier caso, lo siento, pero no he encontrado mejor cosa de la que hablar. Quizás, muy a mi pesar.

Lo más chocante de “Oro”, del montaje publicitario a su alrededor, es la vetustez de las ideas en torno a la Historia de España que se trasluce en esa campaña y, es de imaginar, en la misma película.

Otra vez, en color y con escenas de acción calcadas del cine norteamericano, volvemos a un punto intelectual del que parece haber existido un interés casi morboso en que España no se mueva desde, por lo menos, la breve primavera política de 1976-1980.

En efecto, el Cine histórico español de este año 2017 que ya acaba, parece que no encuentra mejor temática de la que hablar que episodios históricos truculentos, derrotistas, repetidos hasta la saciedad para crear una imagen histórica de ese país -España- simple y muy precaria.

Los resultados son patentes. Entre 2016 y 2017,  sólo se han producido de este lado de los Pirineos dos únicos títulos de ese Cine que podemos llamar histórico: “1898. Los últimos de Filipinas” y “Oro”.

Su temática, como digo, no es precisamente innovadora. La segunda de ellas, abunda sobre la cuestión de la conquista americana y la búsqueda de las míticas ciudades de El Dorado o Cíbola. Un asunto sin duda apasionante, pero que en el Cine ha tenido una mala suerte verdaderamente funesta.

La esperpéntica dictadura franquista, a través de CIFESA (una empresa virtualmente incautada por ese régimen y remodelada al estilo del Fascismo italiano) produjo a ese respecto algo de celuloide ya rancio incluso antes de ser proyectado en pantalla. El caso de “Alba de América” (cursi y relamida hasta para aquella época) no requiere dar más explicaciones. Basta tan sólo con atreverse a visionar la película.

El mensaje estaba claro: España dio la luz de la religión cristiana a todo un continente, aquello fue poco menos que otra epifanía y los nativos americanos tuvieron una inmensa suerte -según parece- al convertirse en trabajadores forzosos en las haciendas y minas rápidamente incautadas por los colonos españoles.

Después, vinieron otros títulos. Como “Aguirre, la cólera de Dios”, del cineasta alemán Werner Herzog. A pesar de estar hecha en una época de saludable revisionismo histórico en general (de esa fecha es también “Pequeño gran hombre”, que desmonta las falacias del “Western” clásico), Herzog basó su película, en gran parte, en “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”. Una novela de Sender en la que, desde luego, no había ningún relato objetivo sobre ese ínfimo episodio dentro de lo que se ha llamado Conquista de América.

Más adelante, en los autosatisfechos años 80 del siglo XX, se volvió sobre el tema de la mano de Carlos Saura en “El Dorado”…

Todas esas películas, como ahora “Oro”, abundaban en el mismo error: tomar la parte por el todo -algo sencillamente descartado como vía para conocer la realidad desde, por lo menos, el siglo XVI- al considerar que lo que fue la Conquista de América, puede resumirse en la demencial búsqueda de El Dorado.

Esos hechos fueron una extraña y llamativa excepción, si consideramos lo mucho que se ha escrito sobre el tema (no sólo las crónicas de la época) sino la legión de manuales y monografías que ha producido el tema en España, en otros países de Europa y en América desde Boston hasta Buenos Aires.

La Historia de la América española, antes e incluso después de las Independencias americanas, es más bien justo lo contrario a la búsqueda de El Dorado.

Así es, la mayor parte de la Conquista de América, es la Historia de una empresa funcional y racional. Tanto que durará nada menos que tres siglos. Les propongo un sencillo ejercicio: después de ver “Oro” vuelvan a casa, conecten sus reproductores de DVD y pongan en ellos el de “La Misión”. Lo que verán ahí, es una ciudad española perfectamente asentada en la América de mediados del siglo XVIII, que apenas se distingue de cualquier otro asentamiento europeo de esa época. Observen bien los vestidos, los uniformes y las personas. No, no son franceses ni británicos (aunque puede que se lo parezcan). Son españoles y criollos, mestizos de nativos americanos, de negros y toda esa compleja sociología racial que se produce en sociedades coloniales como aquella.

La pregunta obvia sería ¿cómo es posible que todo “eso” surgiera si la tesis de “Aguirre, la cólera de Dios”, o de “El Dorado”, o de “Oro”, es la única interpretación posible de la Historia de la Conquista de la América española?

La respuesta, que también debería ser obvia, es que si hoy se plantean en España preguntas así, es porque películas como “La Misión” o “El último mohicano” (en su versión del año 1992) son hechas por directores de cine franceses o norteamericanos. Como Roland Joffé o Michael Mann. No por españoles que, es evidente, están a otra cosa.

Todo un síntoma que nos debería llevar a plantearnos qué está pasando en España -desde hace demasiado tiempo- con respecto a narrativas básicas para un país que, como vemos, se van reduciendo paulatinamente a un simplismo cada vez mayor y más abrupto. Uno que, sin duda, debería preocupar tanto en España como entre sus socios políticos y económicos, a la vista de la Anomia que relatos así acaban produciendo.

A menos que precisamente eso es lo que se busque. Es decir: causar Anomia y descomposición territorial y social en la cuarta economía de la Unión Europea…

Una idea ciertamente tan demencial como querer encontrar una ciudad entera fabricada en oro. Alucinación, por cierto, compartida no sólo por españoles sino por caballeros ingleses tan notorios como sir Walter Raleigh. A quién, por otra parte, eso le costó la vida por orden de su católica majestad, Felipe III, rey de España y de las Indias. Deseo fielmente transmitido por su embajador en Londres y orden sumisamente acatada por las autoridades inglesas de aquellos principios del siglo XVII. Unas que sabían muy bien que El Dorado podía ser una quimera, pero que las minas de oro y plata de Zacatecas eran muy reales y el rey de España era su dueño y señor absoluto, debiéndosele, por tanto, obediencia completa…

Un hecho éste del que, sin duda, se podrían sacar magníficas novelas históricas y aún más magníficas películas. Siempre que se quiera, claro está. Porque cuando no se quiere (o no se deja hacer), bien se sabe que no se puede. Ni por todo el oro del Mundo…

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“La plata embustera”. El envés de la Historia (A. D. 1700)
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Carlos Rilova | 06-11-2017 | 10:34| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana el correo de la Historia cumplirá una de las funciones oficiosas que se le atribuyen. Es decir, la de dar a conocer actividades de la Asociación de historiadores guipuzcoanos o de alguno de sus miembros.

En este caso se trata de la presentación este próximo día 8 de noviembre, a las 19:00, en la biblioteca de la Diputación Foral guipuzcoana Koldo Mitxelena, de un libro titulado “La plata embustera”.

Su autor es uno de los socios más jóvenes de esta Asociación, Iker Echeberria Ayllón, que, en su día, junto con otro autor, ya nos dejó aquí mismo una primicia de lo que parecen los inicios de una brillante carrera como historiador.

En este caso escribió sobre el origen de una palabra bien conocida por los donostiarras autóctonos y por esos millares de turistas que nos visitan ya prácticamente en cualquier época del año. A saber: “zurito”. La medida más pequeña de cerveza que se puede pedir en un bar de estas latitudes desde las que escribo y que, en contra de lo que pudiera parecer, fue así bautizada por uno de los muchos toreros que, a mediados del siglo XX, ejercían en la Semana Grande donostiarra.

Abundando en esa misma línea, Iker Echeberria acaba ahora de culminar, y publicar merced a la Universidad del País Vasco, “La plata embustera”.

¿Qué es este libro? ¿Qué es lo que contiene? Bien, quienes acudan a la cita de este 8 de noviembre lo podrán descubrir (casi con toda seguridad) leyendo esta pequeña obra magna al calor de los fuegos del invierno, después de oír a su autor.

Para quienes no puedan estar allí este miércoles, les diré que “La plata embustera” es, según su subtítulo, un libro sobre “Emociones y divorcio en la Guipúzcoa del siglo XVIII”…

Este subtítulo quizás nos aclara algo más las cosas sobre qué clase de libro es “La plata embustera” pero, lógicamente, esa obra es más, mucho más.

Para empezar “La plata embustera”, gracias a los buenos oficios de su autor, recoge para la Historiografía vasca (y por ende, española) el testigo de los últimos avances en ese campo del conocimiento.

Es decir, los desarrollados por la escuela francesa de los “Annales” y, sobre todo, los de la escuela italiana de la llamada “Microhistoria”. En otras palabras, “La plata embustera” consolida y da el espaldarazo en nuestra manera de hacer y escribir Historia a lo que ya tiene décadas de práctica en esos famosos “países de nuestro entorno”.

Con “La plata embustera” queda claro que no se ha interrumpido, y continúa por buen camino, la labor inmensa de figuras del prestigio de un Julio Caro Baroja (o de otras más “amateurs” pero no por eso desdeñables, como el padre Lasa), de un Alfonso de Otazu y Llana, de un Jesús Arpal, de una Dolores Valverde o de una Paloma Miranda de Lage y de muchos otros y otras profesionales de la Historia vasca que pueden descubrir en las páginas de “La plata embustera”.

Esta es una noticia tranquilizadora, que nos dice que, pese a todas las dificultades y crisis económicas y políticas, los últimos cuarenta años no han transcurrido en vano y, aunque sea poco a poco, la Ciencia (como quería sir Francis Bacon) sigue avanzando también en estas latitudes que se extienden al Sur de los Pirineos. Donde, como es bien sabido (sobre todo para quienes siguen este correo de la Historia) las cosas no han ido muy bien.

Sí. “La plata embustera” es un libro que podrían haber firmado un Carlo Ginzburg o un Carlo María Cipolla. Los grandes nombres de la Microhistoria a nivel mundial. De hecho, “La plata embustera” es un libro que podrían reivindicar como propio muchos maestros en el campo de la Historia. A muchos de ellos, como Johan Huizinga o Lucien Febvre, desde luego, los encontrarán mencionados en las páginas de “La plata embustera”.

Pero, además de eso, esta obra de Historia con mayúsculas, es una historia de la que es difícil despegarse. En las páginas de este libro, que es sólo un capítulo de las investigaciones que está realizando su autor como tesis doctoral, hay Historia cuantitativa, económica, social… toda ella elaborada con una rara maestría que no suele ser común encontrar antes (o incluso después) de haber obtenido el título de doctor. Pero “La plata embustera” es también el retrato, recuperado en los archivos, de personas de carne y hueso, reales. Casi tangibles gracias a la esmerada escritura de su autor.

Personas como el capitán Martín de Elgorriaga y su desgraciada mujer, Manuela de Burgoa (a la que, después de leído el caso, dan ganas de abrazar y dar palmadas en su cansada espalda), que, sin ser apenas conscientes, dejaron su historia personal escrita en cientos de folios de decenas de legajos y documentos repartidos por varios archivos como el Diocesano de Pamplona o el Histórico de Euskadi.

De allí los ha sacado Iker Echeberria Ayllón para devolverlos a la vida. Gracias a ese esforzado trabajo volvemos a oír, casi a ver, al capitán Martín de Elgorriaga haciendo fortuna a finales del siglo XVII -como muchos otros vascos- en el vasto imperio español. En los filones del Cerro Rico de Potosí. Lo podemos seguir volviendo a aquella España que, aun dirigida nominalmente por un rey supuestamente “hechizado”, domina a buena parte de Europa, que se vuelve a ella, y a su plata, buscando ayuda contra la tiranía que quiere imponer sobre el continente Luis XIV.

Es una historia de esfuerzo personal, de, como dice el autor del libro, un hombre hecho a sí mismo. Uno de esos que los anglosajones describen como “self-made man” pero que, como muchos de estos emprendedores y capitanes de empresa, oculta, bajo la brillante superficie de la riqueza y el éxito, oscuros secretos.

Unos que sólo se descubrirán cuando salga del Virreinato del Perú, de la actual Argentina, y vuelva a España y a su solar original guipuzcoano, en Usurbil, para continuar su carrera de honores y éxitos; representando en aquel Gran Teatro del Mundo de su contemporáneo, Calderón de la Barca, la gran tragedia de su éxito. El que lo ha hecho un hombre rico pero, al mismo tiempo, por su propia imprudencia, lo ha dejado sumido en los abismos de una locura espasmódica. De un tormento que viene y va y que, como nos describe Iker Echeberria (una vez más con mano maestra), lo convierte en una especie de fantasma que vaga, algunas noches, por las estancias de su lujosa casa de San Sebastián.

Aterrorizando a sus criadas y, sobre todo, a su esposa, Manuela de Burgoa, con la que contraerá un matrimonio maldito desde el principio. Uno que parecía más pensado para ejercer una venganza digna del conde de Montecristo, que el de alguien que no debía de haber sido, en otras circunstancias, nada más, ni nada menos, que otro hidalgo vascongado que había prosperado gracias a ser vasallo de un imperio que abarcaba medio mundo…

Al final, por supuesto, la intriga se resuelve y la verdad histórica sale a relucir en las páginas de “La plata embustera” pero, claro, eso es algo que deben descubrir ustedes mismos leyendo ese libro -de Historia en el sentido más amplio del término- que, desde luego, no les hará perder el tiempo…

Una aventura que pueden empezar este mismo 8 de noviembre en la sala principal del Koldo Mitxelena. O preguntando por “La plata embustera” a su propio editor, a quien también hay que agradecer, desde luego, el rescate de esta otra cara de la Historia vasca. No por menos conocida, menos cierta o necesaria… https://web-argitalpena.adm.ehu.es/listaproductos.asp?IdProducts=UHHNM177093

 

 

 

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Hace (casi) 100 años. La revolución de octubre que fue en noviembre
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Carlos Rilova | 30-10-2017 | 10:32| 2

Por Carlos Rilova Jericó

vladimir-serov-1952-1-lenin-en-smolnyCómo no, esta semana era casi obligado hablar del centenario de la mal llamada “revolución rusa”.

Supuestamente ese centenario habría sido el miércoles de la semana pasada, el 25 de octubre. En realidad no es así porque en esos momentos, el 25 de octubre de 1917, en realidad, para Europa occidental, era el 7 de noviembre de 1917.

Ese desfase temporal venía de los dos diferentes calendarios utilizados en Rusia y en el resto de Europa. Rusia seguía utilizando el calendario juliano, el establecido por Julio César en el 46 antes de Cristo, y el resto de Europa (Inglaterra incluida, que aún en el siglo XVII usaba el juliano) había adoptado ya el calendario instaurado por el Papa Gregorio XIII en el año 1582.

Pero, aun así, hablemos de esa llamada revolución rusa que, en realidad, ya se había producido meses atrás, porque lo que ocurrió el 7 de noviembre de 1917 (según nuestro calendario gregoriano) fue tan sólo la revolución bolchevique, ya que la rusa propiamente dicha se había producido con la abdicación del zar Nicolás II ante un comité revolucionario en el mes de febrero (en la segunda semana de marzo según el calendario gregoriano) de 1917, del que los bolcheviques eran sólo una parte, aunque mayoritaria (que eso quiere decir “bolsehvik” en ruso), de uno de los partidos (el socialdemócrata) que formaba esa coalición que derroca al zar en febrero de 1917.

Este no es el único enredo de los hilos que forman eso que llamamos “Historia” y en los que es tan fácil caer a poco que nos descuidemos. Tanto los historiadores como quienes no pertenecen a nuestro sufrido gremio pero leen Historia.

En efecto, basta con darse una vuelta por nuestras bibliotecas en estas fechas para darse cuenta de la cantidad de hojas de papel en las que se ha escrito, en muchos libros, la Historia de ese acontecimiento que normalmente llamamos “revolución rusa” a la que, por inercia, o por culpa de Eisenstein, identificamos, sobre todo, con el golpe bolchevique de noviembre de 1917.

Si seguimos la obra de Eisenstein, o mucho de la iconografía creada por el régimen soviético que siguió a esa segunda revolución rusa del año 1917, parece que en San Petersburgo ocurrieron episodios verdaderamente épicos, con la Guardia Roja y otros elementos revolucionarios, como los marinos de la base de Kronstadt, armados hasta los dientes, con fusiles con la bayoneta calada, ametralladoras, coches blindados y, sobre todo, cartucheras y esas cintas de balas cruzadas sobre el pecho que se han convertido en todo un icono revolucionario desde entonces.

La realidad, si buceamos en esos miles de páginas plasmadas en numerosos libros, parece haber sido muy distinta.

Y esa versión de los hechos aparece en los puntos más insospechados de la gran biblioteca de la Historia.

Así, por ejemplo, si topamos, casualmente, o no, con un magnifico libro del profesor Emilio Gentile sobre la toma del poder por los fascistas italianos: “El fascismo y la marcha sobre Roma. El nacimiento de un régimen”, lo primero que nos encontramos en él es con la descripción de un Lenin, completamente disfrazado (con gorra, peluca y un vendaje) que en los momentos álgidos de aquel octubre/noviembre de 1917 se desplaza en tranvía por San Petersburgo, tratando de pasar lo más desapercibido posible… Nada que ver, desde luego con esos cuadros del llamado “realismo socialista” que lo representan, por ejemplo, en el centro de nutridos grupos de soldados y marineros en uniforme de campaña y dispuestos a barrer del mapa -con extrema violencia según parece- a los mencheviques y su Gobierno Provisional…

Esa versión la corroboran estudios aún más serios y documentados dedicados por entero a estudiar esa revolución de 1917. Como el firmado por el profesor de Harvard Richard Pipes, publicado apenas hace un año.

El relato que hace uno de los testigos o implicados más directamente en el golpe, León Trotsky, en su “Historia de la revolución rusa” reúne, desde luego, en su segundo volumen (al menos en la edición española publicada por la editorial Sarpe en 1985), algo de esa épica que luego alimentaría a los pinceles de los artistas del “realismo socialista”.

Trotsky habla de combates entre los partidarios de las directrices de los bolcheviques y los “junkers”, batallones de jóvenes escogidos, élite del Ejército revolucionario, que son llamados a defender el Palacio de Invierno en el que tenía su sede el Gobierno Provisional y era, por tanto, el objetivo del golpe bolchevique de octubre/noviembre de 1917.

Sin embargo, como subraya el libro del profesor Gentile ya señalado, Trotsky, en su versión de los hechos, concluye que todo se hizo con escaso derramamiento de sangre, simplemente desplazando de los lugares del poder a aquellos que los habían ocupado hasta entonces. Bien fuera en el Palacio de Invierno, (Kerensky huye disfrazado de oficial serbio y en un coche facilitado por la embajada norteamericana a buscar ayuda entre tropas leales) o en los grandes centros de comunicación que son la clave para que el golpe funcione, impidiendo al Gobierno Provisional recabar fuerzas…

En eso, según las opiniones más documentadas, habría consistido, después de todo, esa famosa revolución “rusa” de octubre que, en realidad, ocurrió en noviembre porque el Zar (que es al fin y al cabo es la forma eslava de la palabra “césar”) no podía aceptar el calendario impuesto por un Papa romano al que la Iglesia ortodoxa, por supuesto, no tenía porqué obedecer…

Todo ello, sin duda, algo en lo que pensar en esta breve semana que empieza hoy y que nos llevará, de cabeza, al centenario exacto de aquella segunda revolución rusa de 1917.

 

 

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Los mayores males de la Historia… ¿por culpa del Nacionalismo?
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Carlos Rilova | 23-10-2017 | 09:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este semana me ha parecido interesante (aunque quizás no sea lo más prudente) dedicar este nuevo correo de la Historia a las relativamente polémicas declaraciones de uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. No otras que las del cantautor madrileño Joaquín Sabina acerca de que los mayores males que ha sufrido recientemente Europa, han sido por culpa del Nacionalismo.

Una observación no por bien conocida y difundida, menos certera. Ciertamente ahora mismo, hace cien años, en octubre de 1917, había centenares de hombres muriendo en el corazón de Europa. Por Francia, por la Gran Alemania, por el rey y por Gran Bretaña… convertidos en carne de obús y de ametralladora en cargas tan absurdas como heroicas.

Sin embargo, yo tengo mis dudas sobre que todos los males de Europa en los últimos cien -o más- años puedan ser achacados al Nacionalismo. Más aún en el caso catalán -que fue el que motivó las declaraciones de Joaquín Sabina- y que, por más que se esfuerce, no llega a la altura de las botas de, por ejemplo, el Nacionalismo fomentado por el káiser Guillermo II, quedándose en una cosa muy de andar por casa.

Esa complicada situación, la de Cataluña, se debe, en gran parte, no tanto al exceso de Nacionalismo (catalán), como a la ausencia de Nacionalismo español.

Sé que es un tema casi recurrente en estos correos de la Historia, pero es que es muy difícil sustraerse a la evidencia de que el Nacionalismo español (si así se le puede llamar) es casi inexistente. En cualquier caso, como señalaba el novelista barcelonés Eduardo Mendoza en un celebrado artículo aparecido a raíz de todo esto, lo cierto es que ese Nacionalismo es de recursos intelectuales bastante limitados. Y no sólo por parte de sus representantes oficiales, como indicaba Mendoza, sino en general.

La llamada “crisis catalana” lo está dejando ver bien claro. La exaltación patriótica española, lo que podríamos llamar Nacionalismo español, se está manifestando, prácticamente en exclusiva, por medio de vociferantes masas que agitan banderas en ocasiones de una más que sospechosa índole política. Al menos para un sistema democrático consolidado y digno de tal nombre. El colmo de todo esto, es la orquestación del principal grito de guerra de dichas masas.

Me refiero al “yo soy español, español, español…”. Esa especie de mini-himno nacional, divulgado gracias a las victorias de la selección española en el Mundial de Sudáfrica, en 2010, y que se canta con el estribillo de una popular canción… ¡rusa! Concretamente la celebre “Kalinka”, compuesta para una ópera (rusa, naturalmente) en el año 1860…

Todo eso, por supuesto, es el fruto de una cuesta abajo histórica que podemos remontar a mediados del siglo XIX. Desde esas fechas, España ha tenido un nacionalismo precario, claudicante, acomplejado… El caso de Antonio Cánovas del Castillo es una buena muestra de esto. Su obra histórica, escrita y publicada a mediados del siglo XIX, abundaba en esa negatividad, considerando con un pesimismo más enfermizo que bien documentado, que España estaba en “decadencia” desde la época de Felipe III. Es decir, desde comienzos del siglo XVII.

En las mismas fechas en las que Cánovas sentaba cátedra sobre cuál debería ser el talante del sentimiento nacionalista español (si es que había algo digno realmente de ese nombre y no una mera caricatura española del francés o británico) en Cataluña surgía un movimiento intelectual que forjaba -prácticamente de la nada- ese Nacionalismo catalán que sólo podía irse reforzando con el paso de los años, a medida que en España se consolidaba su imagen contraria. Es decir, la de un Nacionalismo español doliente, que consideraba que la nación sólo existía porque se negaba a sí misma, por ser inoperante, por ser, en fin, un ejemplo práctico de fracaso colectivo que sólo podía resolverse por medio de medidas drásticas, cuando no brutales.

En esto hubo una rara unanimidad. Desde las ilustraciones de desopilantes caricaturistas españoles de la segunda mitad del XIX, que representaban a España como un viejo león piojoso y medio muerto, hasta los inefables libros de la escuela franquista, que mostraban un mapa de España no menos piojoso y destruido desde la época de Felipe III. Una nación a la que hubo que revitalizar (según el guion de ese régimen) por medio de una medida verdaderamente drástica, más bien brutal. Como lo fue la Guerra Civil que ese régimen, además, se atrevió a calificar de “Cruzada”. En pleno siglo XX…

Obviamente, datos históricos como estos, muestran que el Nacionalismo español que debía haberse consolidado en la misma época en la que se consolidaban el alemán, el francés o el británico, era o sumamente discreto o casi evanescente. Inexistente a fuerza de negarse a sí mismo los méritos que los demás nacionalismos (tanto “grandes” nacionalismos como el alemán, o “pequeños” como el catalán) nunca dudan en atribuirse con mejores o peores fundamentos históricos.

Esta tesis, como muchas otras tesis históricas, podrá ser más o menos discutida, pero lo cierto es que tanto en el presente -como a futuro- será muy difícil comprender lo ocurrido en Cataluña sin acudir a la ausencia de un Nacionalismo español que ahora mismo está resquebrajando a España y haciendo temer a las cancillerías de la Europa unida lo peor.

Algo que, quizás, haría bien en llevar a ese -y otros gobiernos con intereses estratégicos en España- a plantearse hasta qué punto resulta inteligente mantener y fomentar en España -como se ha hecho hasta ahora- un bajo perfil intelectual y político que, obviamente, ha puesto en marcha una verdadera catástrofe en el corazón de ese continente tan opulento y estable. No desde luego por un exceso de Nacionalismo (catalán) sino, precisamente, por ausencia de un verdadero Nacionalismo (español).

Inexistente, como estamos viendo, más allá de manifestaciones desesperadas y mal articuladas, que lo único que hacen es mostrar la precariedad, en la España actual, del tejido nacionalizador del que toda nación debe disponer.

Al menos si es que quiere sobrevivir como tal de una manera más o menos viable y no de forma espasmódica, como ha estado ocurriendo en España durante el último siglo y medio. Agitada, esa nación, por sucesivas crisis de las que la actual que vivimos en Cataluña (conviene no engañarse al respecto) es sólo un episodio más de algo que empezó a fraguarse a mediados del siglo XIX y que, desde luego, para solventarse sin una verdadera catástrofe política, requerirá medidas mucho más eficaces que cambiar la letra a la canción rusa “Kalinka”. O, por poner otro ejemplo funesto, contar los beneficios de las empresas que fabrican banderas españolas… con o sin adornos heráldicos propios de la época en la que España estaba sometida a un régimen muy poco democrático.

Uno que ganó una guerra civil gracias, principalmente, a la ayuda de Adolf Hitler. Dicho sea esto por no olvidar detalles políticos de una importancia capital para una sociedad bien estructurada y asentada…

 

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“La reina Victoria y Abdul”. Algunos comentarios sobre “Cine histórico”
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Carlos Rilova | 16-10-2017 | 09:39| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ya tenía decidido desde unas semanas atrás dedicar uno de estos correos de la Historia a la nueva película histórica de Stephen Frears -“La reina Victoria y Abdul”- que vuelve, una vez más, al Cine llamado “histórico” y esta vez con un toque menos teatral (al fin y al cabo esos son sus orígenes en el mundo de la escena) que en ocasiones anteriores. Como ocurrió con “Las amistades peligrosas” o “Mary Reilly”.

Conozco -bastante bien, creo- la escabrosa historia que se relata en esta película y que Frears, sin embargo, ha arrimado un tanto a una lectura más romántica que realista, condensando en pocos meses, incluso semanas, algo que se desarrolló, en realidad, entre 1887 y 1901.

Mi conocimiento, más o menos directo, del asunto venía de mi tesis doctoral. Ventajas, supongo, de que el tema de la misma fuera un hombre tan minucioso como el último embajador español que vio viva a la reina-emperatriz Victoria entre 1900 y 1901.

En efecto, Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas (de cuya muerte se cumplirán, pronto, cien años), un eminente victoriano donostiarra, estuvo destinado como ministro plenipotenciario en la embajada española de Londres a partir del año 1900. Entre otras cosas para paliar las consecuencias del mal llamado “Desastre del 98”, solicitando a Gran Bretaña (arbitro del Mundo en esas fechas) una justa reparación por los daños infligidos a España, por Estados Unidos, en las Antillas y en Asia.

El duque tenía la buena costumbre de apuntarlo todo. Y en el caso de su interesante embajada en el Londres de la reina Victoria, no hizo ninguna excepción.

Entre las muchas cosas de las que tomó nota -y transmitió pulcra y rápidamente a Madrid- se contaba la rapidez con la que la reina Victoria lo había convidado a Windsor y el disgusto de la reina-emperatriz porque la reina María Cristina no le había devuelto la visita que ella, Victoria, le había hecho a la corte de verano de San Sebastián…

En esos trances, el duque descubrió algo que, de algún modo aunque no completamente, queda reflejado en la película de Stepehen Frears.

A saber: que la mesa de Palacio estaba servida por exóticos criados hindúes…

Comprobando este hecho (como es de rigor en toda tesis doctoral) fue como descubrí el caso de uno de esos sirvientes que alcanzó un status privilegiado: el Munshi, que es de quien trata, precisamente, la película de Frears.

Sus avatares -los del Munshi- estaban bastante bien descritos en una completa biografía firmada por Philippe Alexandre y Béatrix de L´Aulnoit y titulada “Victoria (1819-1901). Reina y emperatriz”. El libro fue traducido y publicado por la editorial Edhasa en el año 2001.

Eso, ya de por sí, nos ofrece una referencia sobre el paseo histórico que nos da Frears en “La reina Victoria y Abdul”. Es decir: en esa película, que goza de una magnífica reconstrucción histórica y de un ritmo ágil y divertido (es más una comedia que un drama), no se ha descubierto un hecho injustamente olvidado que, supuestamente, habría permanecido oculto hasta el descubrimiento de los diarios personales del Munshi en 2010. Tan sólo se ha divulgado. Y tal vez ni siquiera eso, porque el analista -casi oficial- de la época victoriana, el descarado y escandaloso Lytton Strachey, ya lo había insinuado con mucha claridad en su, por otra parte, denostada biografía titulada “La reina Victoria”, que databa de 1921…

En efecto, como se ve -o se deja insinuado- en la película, la reina Victoria, tras la muerte de su amado rey consorte, Alberto, en 1861, a la temprana edad de 42 años, no volvió a casarse oficialmente, pero mantuvo devaneos con hombres considerados muy por debajo de su condición.

Es el caso de John Brown, uno de sus “ghillies”. Es decir, un montero de las Highlands, de su hacienda de Balmoral, que es una parte importante de los escenarios de “La reina Victoria y Abdul”, donde Frears desarrolla, una vez más, su talento para la comedia y el drama histórico.

Según Alexandre y De L´Aulnoit, parece que la reina que dio nombre a una de las épocas más reprimidas y represoras en cuestiones de índole sexual, no se aplicó a sí misma ese rasero. No se privó, desde luego, de una larga aventura con John Brown que, dicen, terminó en un matrimonio morganático. Y secreto… Aunque fuera un secreto a voces.

Frears da, desde luego, cumplida cuenta en “La reina Victoria y Abdul” de esa confesada debilidad de la reina Victoria por los “ghillies” y sus faldas cortas, que dejaban ver más anatomía masculina de la que era permisible en aquella encorsetada sociedad y que llevó a la reina a esa relación, ya convertida en Cine en el año 1997 en la película titulada “Su Majestad Mrs. Brown”.

Así, en “La reina Victoria y Abdul” la ya declinante Victoria, magníficamente interpretada, otra vez, por Judi Dench, se deleita (para desdicha de su abrumada corte) con repetidos bailes de las Highlands; interpretados por un incansable gaitero y un bien dispuesto “ghillie” físicamente muy parecido al ya desaparecido John Brown…

Donde la película ya flaquea más, es en considerar que la relación de Victoria con el Munshi pudo ser tan sólo platónica (como se subraya abundantemente en “La reina Victoria y Abdul”) o que éste fue violentamente despojado de sus cartas y recuerdos personales que, naturalmente, el futuro Eduardo VII (otra notable interpretación de esta película de Frears, a cargo en este caso de Eddie Izzard), consideraba altamente comprometedores para la Corona británica.

Según la biografía de Alexandre y De L´Aulnoit, a lo más que llegó “Bertie” -es decir, Eduardo VII- fue a chantajear a el Munshi diciéndole que le permitiría ver por última vez a la reina Victoria ya fallecida si le entregaba hasta el último de los papeles en los que se relataba la relación que éste, el Munshi, había tenido con la difunta reina-emperatriz.

Estos detalles nos indican, pues, hasta dónde llega, al parecer, esa mezcla entre ficción y hechos históricos en “La reina Victoria y Abdul”.

Una película, en cualquier caso, muy recomendable para introducirse en el sinuoso mundo de una de las cortes europeas del siglo XIX más poderosas (y que más fascinan aún nuestro imaginario colectivo).

Siempre, claro está, que se tenga en cuenta que, a veces, la realidad histórica supera toda ficción cinematográfica. Como podemos aprender gracias a biografías como la del duque de Mandas que, en compañía de su mujer, tuvo que disfrutar (varios años) la amabilidad del extravagante “Bertie”, que le dispensó el mismo trato de favor -como embajador- que su difunta madre. O la que Philippe Alexandre y Béatrix de L´Aulnoit dedicaron hace 16 años a esa reina-emperatriz llevada ahora a la pantalla por Frears en una versión un tanto personal…

 

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Historia de las palabras (y de la Moda): “jurar como un carretero” (A. D. 1800)
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Carlos Rilova | 09-10-2017 | 09:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

rowlandson-requisitos-para-er-un-hombre-a-la-moda-1814Como todas las expresiones que tienen, por lo menos, dos siglos a las espaldas ésta de la que voy a hablar hoy en este nuevo correo de la Historia, ha perdido ya todo su significado. Hasta para los historiadores. A menos que nos tomemos la molestia de indagar un poco en el tema

Y la verdad es que la cosa tiene su profundidad histórica. En efecto, para llegar a saber de dónde viene y qué significa esa expresión de “jurar como un carretero” tenemos que viajar, en el Tiempo y en el Espacio, hasta por lo menos la Inglaterra de las guerras napoleónicas, haciendo una larga parada en el rutilante Londres de la llamada “Regencia”.

Para entrar en ese complejo y sofisticado mundo uno de los mejores guías es el historiador británico J. B. Priestley. En su detallada obra sobre ese período histórico -“The prince of pleasure and his Regency”, imprescindible para comprender esa época- nos descubría detalles muy curiosos. Por ejemplo la verdadera locura del rey Jorge (poco que ver con la obra de teatro y la película que se basó en ella) y como ésta provocó la instauración de la Regencia al ser imposible ya que el monarca siguiera ostentando siquiera su simbólico poder.

La Inglaterra y, sobre todo, el Londres de esa época -la Regencia (“Regency” para los anglosajones, “Imperio” para los europeos continentales)- son los lugares en los que se desarrolla y vive una sociedad convulsa y agitada, que ve cómo se derrumban rápidamente las estructuras sociales, políticas y hasta económicas que, hasta la irrupción de la revolución francesa de 1789, se habían mantenido más o menos estables.

En efecto, en el Londres de, por ejemplo, 1810, ya nada es como podía haber sido en 1788. La vestimenta sobre todo, ha sufrido cambios alarmantes. Acaso el dato más frívolo pero, al mismo tiempo, más revelador para descubrir un verdadero cambio de época en una sociedad (como nos lo indicó Fernand Braudel en su monumental obra sobre la llamada “larga duración” en la Historia).

En efecto, los elegantes de Inglaterra, de la “City” londinense, visten en esa época ropas que hoy nos pueden parecer llenas de elegancia y magnificencia pero, en realidad, revelan una curiosa forma de casticismo equivalente a la moda del Majismo extendida entre la nobleza española de unos pocos años antes.

Así es, los caballeros londinenses e ingleses admirados por las heroínas de Jane Austen, con sus botas cortas y sus fracs ligeros, así como con sus chisteras, no quieren dar lecciones de aristocrática elegancia como sí lo pudieron pretender los petimetres de la época inmediatamente anterior; la llamada “georgiana”, que vendría a coincidir con la de la segunda mitad del siglo XVIII, previa al estallido revolucionario de 1789.

Nada de eso. Nada de elegancia de pelucas empolvadas, caras cubiertas de albayalde y arrebol y trajes completos de seda, satén, terciopelo y otras delicadas materias.

El dandy de la época Regencia aborrece de esos amaneramientos. Así es, el dandy londinense de la Regencia (o época napoleónica si lo preferimos), y de rechazo el del resto de aquella Europa convulsionada por la revolución plebeya de 1789, quiere parecer, en realidad, un cochero. Y no sólo en esa aproximación a la vestimenta. En sus maneras también quiere ser ese proletario elegante que es el cochero. Y para ello no duda en imitar sus rudas maneras revestido, además, con su indumentaria. Quiere aprender a pelear como un cochero, a beber como un cochero, a manejar su coche de caballos como un cochero, a jurar como un cochero (tanto vale decir un carretero) e incluso a escupir como un cochero…

El libro de J. B. Priestley nos dice que, en efecto, uno de los más conspicuos elegantes del Londres de la Regencia, el señor Akers, llegó a pagar la nada desdeñable suma de 50 guineas para que un conductor de la línea de diligencias Cambridge Telegraph le enseñase a escupir al estilo de los cocheros.

Priestley también nos cuenta que otros de mayor alcurnia, como sir John Lade y su mujer, amante en su día de un bandolero que acabó colgado en 1770, conducían sin intermediarios su propio coche de caballos (algo muy habitual en aquella Inglaterra con inclinación al plebeyismo) y comportándose del modo más soez que pueda imaginarse. A la altura, desde luego, de esos cocheros convertidos en objeto de imitación. Ella, nos dice Priestley, se destacaba aún más precisamente por jurar como una auténtica “cochera” (o “carretera” si así lo preferimos) en cuanto se le presentaba la ocasión de abrir la boca…

Naturalmente los humoristas gráficos de la época se hicieron eco de todo esto. Especialmente elocuente es la caricatura de Rowlandson del año 1814 que ilustra hoy este artículo y que él tituló “Tres requisitos para hacer un Hombre a la moda”. Uno de ellos era vestir como un cochero, otro aprender boxeo y, finalmente, hablar como un barriobajero de manera fluida…

Al menos dos cuadros de Goya nos indican que la nobleza española de la época tampoco fue, en absoluto, ajena, a esa moda que venía de Londres. Basta, desde luego, con comparar imágenes como la de Rowlandson con cuadros como el del Marqués de San Adrián del Museo de Navarra o el del duque de Osuna, en el Museo Bonnat de Bayona.

El parecido es, desde luego, sorprendente y muy a tener en cuenta antes de decir nada sobre el Majismo de esa nobleza española y sus trajes mal llamados “goyescos” identificados como tales, simplemente, por el uso de la redecilla para el pelo y la chaqueta corta conocida como “marselles”, obviando el amplio catálogo de atuendos españoles en boga en esa época que nos ofrece la obra de Goya. Perfectamente visible en estos dos altos aristócratas españoles que, paradójicamente, a imitación de sus pares británicos, también se empeñan en vestir como cocheros y, probablemente, en jurar como carreteros si era preciso…

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El “Barcelona Tea Party”. O poco que decir en una ocasión histórica
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Carlos Rilova | 04-10-2017 | 07:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este será un breve correo de la Historia. Realmente me planteaba dos alternativas para hoy. Por un lado, era la de no escribir nada sobre el famoso tema de la Independencia catalana que hoy, 2 de octubre de 2017, eclosiona en todo su esplendor como lo hizo en 1773 el “Boston Tea Party”, que dio el pistoletazo de salida para la ya inevitable independencia de Estados Unidos en 1776. Por otro lado, la otra alternativa, era hacer un comentario desde una perspectiva histórica de todo ese “Procés” que ha culminado, con un notable éxito (para los independentistas), ayer mismo. Pese a que, con todo, sólo siguen siendo menos de la mitad de los votantes catalanes…

Al final he decidido no hacer ni una cosa ni otra. Reflexionando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que, en el estado actual en el que se encuentra ese país llamado España, es absolutamente inútil analizar esa problemática desde un lugar llamado “el correo de la Historia”.

Me parece inútil decir nada, sí, porque el nivel del discurso en ese país respecto al “Procés” ha llegado al punto cero. Y es que la “intelligentsia” española homologada, esa con acceso a altavoces mediáticos que sólo resaltan su pequeñez intelectual todavía más, se ha descolgado con verdaderas joyas del pensamiento-basura sobre este tema y su enfoque histórico. Por ejemplo: ha habido quienes han dicho que los independentistas han engañado a los jóvenes catalanes, haciéndoles ver la bandera española vigente hoy día como una bandera franquista, cuando en realidad es la bandera de una democracia consolidada… Es difícil escoger entre reír de manera histérica, o llorar, ante tales declaraciones cuando muchas de las manifestaciones de la semana pasada en contra del “Procés” (y en contra de los catalanes, en general, sin matices) han estado jalonadas de participantes en ellas que pedían la absolución de neonazis declarados y exhibían banderas rojigualdas adornadas con el águila de San Juan, elegida como distintivo por la dictadura franquista…

A más y más, como dicen en Cataluña, cuesta mucho saber qué se ha hecho estos últimos 40 años de supuesta exitosa democracia y esplendor sin limites para prestigiar, otra vez, la vieja y sufrida bandera elegida en 1785 como distintivo de combate de la Marina española.

Yo no he visto (hasta anteayer por lo menos) ni novelas, ni películas, ni series de televisión “históricas” donde se prestigie ese símbolo o se le quite su carácter de patrimonio de los vencedores de la Guerra Civil, que tomaron como botín de guerra esa bandera y el resto del país y siguen funcionando con esa mentalidad aún hoy día.

Pero la cosa es aún peor. Pues sí. El nivel intelectual todavía ha caído más bajo respecto a estas cuestiones. En efecto, no han faltado en estas últimas semanas de acelerón del “Procés”, personajes que se han dedicado durante décadas a dejar la Historia de España como un bebedero de patos (inventándosela muchas veces sobre la marcha, escudándose tras el burladero de las “licencias literarias”) que ahora pretenden, nada más -ni nada menos-, que afirmar y hacernos creer -con unas dosis de desvergüenza difíciles de calibrar- que la culpa de que los catalanes consideren despreciable a España es “de todos”… Un  verdadero insulto a la inteligencia, cuando lo cierto es que, muchos de los incluidos gratuitamente en ese “todos”, hemos hecho lo indecible desde nuestra parcela del conocimiento para que eso no fuera así…

Ante tal panorama, es evidente, que es inútil decir algo, repetir una vez más, como ya se ha repetido desde el año 2012 en este correo de la Historia, que había que hacer pedagogía histórica, desmontar las falacias históricas del Independentismo catalán y responderlas con criterios de calidad y no con bazofia zarzuelera, que lo único que hacía era dar la razón y cargar de argumentos a los que ayer se apuntaron (como no podía ser de otro modo) un gran tanto en Cataluña, escenificando lo que su propaganda ha estado aventando por toda la sociedad catalana desde hace años…

Cuando se recupere la cordura en ese país llamado España, cuando se señale con el dedo a quienes han hecho verdaderas fortunas con esa papilla intelectual sobre la supuesta decadencia “histórica” española (que, lógicamente, no ha hecho sino engrosar las filas de quienes querían dejar de ser españoles), quizás sí será el momento de hablar, de ponerse a hacer algo serio -desde la Historia, lo mismo que desde otros ámbitos- para recuperar ese tejido social.

Degradado tanto por los demagogos independentistas de Barcelona, como por las demasiado abundantes cabezas huecas de Madrid, que han dejado hacer. O que incluso han ayudado a que eso ocurriera, al airear, día sí y día también, mandangas pseudointelectuales sobre un supuesto inevitable destino “histórico” de España, hecho de miseria, tiranía y derrota. Argumentos indignos hasta de los intelectuales palaciegos de uno de esos reinos centroeuropeos de opereta, como los imaginados por el inefable Anthony Hope…   O incluso del señor Oriol Junqueras, que, por cierto, es doctor en Historia, y como tal, ha sabido manejar con mano maestra todo esto… A diferencia de lo que ha ocurrido en Madrid y aledaños.

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Toda una sorpresa: la serie “Tiempos de guerra” y la Historia
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Carlos Rilova | 25-09-2017 | 09:30| 2

Por Carlos Rilova Jericó

jose-sacristan-y-alicia-borrachero-en-una-escena-de-tiempos-de-guerraEl miércoles pasado una de las cadenas privadas españolas estrenó una serie de Televisión de esas que suelen calificarse como “históricas”. Ciertamente ese estreno televisivo de Antena 3 ha sido toda una sorpresa. Una grata sorpresa. En muchos aspectos.

Aparte de las cuestiones técnicas, resueltas con un despliegue de medios que, por desgracia, no es habitual en las series españolas (ni en las que tiene éxito de público, ni en las que no lo tienen), “Tiempos de guerra” parece ir a ser todo un acierto por lo que se refiere al tratamiento del marco histórico sobre el que se desarrolla.

Se trata, en concreto, de la llamada “Guerra de África”. Aunque esa denominación es un poco equívoca, porque España, desde el año 1492 hasta finales del siglo XX, ha tenido no una, sino muchas “Guerras de África”.

La de “Tiempos de guerra” es, para ser exactos, la iniciada a partir del año 1911. Llamada también “Guerra del Rif”. O segunda Guerra de Marruecos, para no confundirla con la primera y genuina. Es decir, la de 1859-1860.

La serie ha optado por situar la acción en el año 1921, durante el llamado “Desastre de Annual”. Es decir, más o menos en el ecuador de esa guerra que duraría hasta el año 1927 y pasaría por manos de varios gobiernos españoles. Incluida la Dictadura primorriverista, que la zanjaría de modo más o menos definitivo.

Desde ese punto de partida, “Tiempos de guerra” pica muy alto en el nivel que, tanto la productora como la cadena, parecen querer dar a este producto.

La ambientación, el tono, las interpretaciones (la banda sonora también) y, lo más importante, el enfoque histórico de la serie buscan -y consiguen la mayor parte del tiempo- dar la impresión de que se está viendo una de esas series británicas que marcan época. Como en su día “Arriba y Abajo” o, más recientemente, “Downton Abbey” que, por cierto, llegó a España (con considerable éxito) de mano de la misma Antena 3 que ahora sirve en las parrillas de programación “Tiempos de guerra”.

En efecto. Los trajes y vestidos de la alta sociedad madrileña de esos comienzos de la década de los veinte del siglo pasado, por ejemplo, apabullan en las primeras escenas del primer capítulo al mismo nivel que en las series británicas ya mencionadas.

Obviamente la cadena ha considerado que ese despliegue de medios no es un gasto, sino una inversión para potenciar el éxito probable de la serie según el comprobado método de otra de sus producciones que ha conocido un rotundo triunfo, pese a moverse en un espacio histórico más gris y también más inexacto, más ficticio. Como es el caso de la ya famosa “Velvet”.

Aparte de ese astuto detalle, en “Tiempos de guerra” se pueden ver barcos de época, camiones y coches de época, trenes de época (infinitamente más reales que los que estropeaban la, por otra parte, magnífica “Dunkerque”) y armas y combates muy realistas. Y el resultado, en conjunto, es magnífico. Pero, quizás, lo más magnífico, lo más sorprendente de “Tiempos de guerra”, es el enfoque histórico del guión.

En él se rompe con una inercia funesta en este tipo de productos, que toman alguna porción de la Historia española como escenario. En efecto, los protagonistas de “Tiempos de guerra” afrontan la Guerra del Rif con la misma normalidad con la que los de “Downton Abbey” afrontan la Primera Guerra Mundial. No, como suele ser habitual en las series españolas de este tipo, en la clave de desastre apocalíptico con la que, según parece, hay que rodear todo lo que tiene que ver con la Historia española año tras año, siglo tras siglo, época tras época…

Los protagonistas repiten, una y otra vez, que están en guerra, explican lo que ocurre, muestran los hechos tal cual, en toda su crudeza. Sin olvidar la conducta infame de muchos oficiales españoles que, efectivamente, (es sabido por las obras literarias de la época, escritas por testigos directos como Arturo Barea) se comportaron del modo en el que se ve en algunas escenas de “Tiempos de guerra”. E incluso peor.

Todo un signo de madurez, desde luego, a la hora de abordar la propia Historia que (como sabrán quienes leen este correo de la Historia con regularidad) se echaba muy en falta en el panorama de la ficción española. Ya sea cinematográfica, literaria…

“Tiempos de guerra” rompe, en efecto, con ese casticismo cutre y cuenta las cosas de esa guerra con sus luces y sombras, sin convertir la narración (como suele ser lamentablemente frecuente en ciertos autonombrados “gurús” mediáticos españoles) en un sermón apocalíptico sobre la supuesta “decadencia española” que de ser cierta, a estas alturas, habría convertido a España en una especie de Somalia europea…

En ese aspecto sólo se puede dar la bienvenida a esta manera de hacer las cosas. Obviamente no sé qué rumbo acabará por tomar la serie, pero desde luego sus primeros pasos van extraordinariamente bien encaminados.

Se echan a faltar cosas en ella, desde luego. Por ejemplo, el relato (dentro de la serie y en el documental posterior) de cómo España había conseguido ese Protectorado tras un arduo proceso diplomático, iniciado en el año 1900 con la misión de Fermín Lasala y Collado como embajador plenipotenciario español ante la corte de Londres.

Algo que, en realidad, sólo venía a culminar las ambiciones en la zona de esa potencia, sostenidas, siglo tras siglo, desde el 1500 en adelante, con guerras aún más crudas que esta del Rif que sirve de escenario a “Tiempos de guerra”. Como las sucesivas acciones de conquista en el llamado presidio de Orán desde el siglo XVI hasta mediados y finales del XVIII, o, como ya nos contó en su día José Montes Ramos, el más que frustrado asedio a la plaza de Ceuta entre el reinado del teóricamente inútil Carlos II de Habsburgo y el de Felipe V de Borbón, desde 1694 a nada menos que el año 1727.

Pero, quizás, es pedir demasiado a una serie que, al menos, para empezar, ha roto con muchos tópicos sobre una guerra impopular y desastrosa (tanto que provocó una dictadura y, finalmente, la caída de la monarquía de Alfonso XIII) pero que, en definitiva, fue la guerra de una potencia colonial europea que, como Alemania, Gran Bretaña, Francia…, trató de imponer (y lo consiguió) un dominio colonial sobre determinadas zonas de África que, en este caso, en el español, se mantuvo hasta mediados y finales del siglo XX en una especie de “U” que bajaba desde el Norte de África hasta el Golfo de Guinea. Zonas ya “marcadas” -por así decir- por los españoles desde la segunda mitad del siglo XIX como “patio trasero” imperial al estilo de la Gran Bretaña o la Francia de esas mismas fechas…

Gracias a “Tiempos de guerra” esa Historia de hombres blancos, hasta ahora cazurramente negada a derecha e izquierda en España (sólo para mayor insulto a los pueblos que sufrieron ese imperialismo español) por fin ha conseguido abrirse paso hasta el llamado “gran público”.

A eso sólo se puede decir que, desde luego, bienvenidos sean estos “Tiempos de guerra” con los que parece, por fin, vamos a superar tanto los complejos del absurdo cine fascistoide que insultó las pantallas españolas -por medio de la inefable CIFESA- desde 1940 en adelante, como ese palurdismo vagamente “progre” que se atrevía a negar, incluso, que España hubiese actuado como potencia colonial en los siglos XIX y XX. Algo que, como bien sabían los rifeños, los saharauís, los bubis, los krumanes… es absolutamente falso…

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El huracán Irma y un astrónomo vasco del 1800
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Carlos Rilova | 11-09-2017 | 09:38| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

jose-joaquin_ferrer-atribuido-a-goyaEsta semana pasada (y la que empieza) si ha habido algún protagonista absoluto de eso que llamamos “las Noticias”, ese ha sido el huracán Irma. Las devastaciones que ha causado han sido, como se suele decir, “carne de telediario”. Un contenido magnífico desde el punto de vista mediático.

Dejando aparte estas cuestiones para especialistas y otros gurús de eso que Marshall McLuhan definió como “los medios de comunicación de masas”, ese desgraciado salto a los famosos “diez minutos de fama” de una catástrofe natural como el Irma, me ha traído a la cabeza, con insistencia, el tema de este nuevo correo de la Historia.

Se trata de un personaje que, como buen científico español, ha caído prácticamente en ese olvido histórico selectivo del que ya hablaba la semana pasada. Su nombre era José Joaquín Ferrer y Cafranga. Nació en el año 1763 en el puerto de Pasajes, en la banda de San Juan, en territorio guipuzcoano, dentro de la misma generación que personajes tan ilustres y bien recordados como Napoleón.

Como ellos conoció un tiempo histórico muy agitado y no pudo evitar verse involucrado en acontecimientos que convulsionaron al mundo entero.

De hecho, esos sucesos determinaron su vida, convirtiéndolo en uno de los científicos más brillantes de comienzos del siglo XIX. A nivel, también, mundial

Así es. En el año 1780, cuando España entró en guerra contra Gran Bretaña y a favor de lo que, con el tiempo, serían los Estados Unidos, José Joaquín Ferrer, un joven de apenas 17 años en esas fechas, cayó prisionero de los británicos cuando se trasladaba a trabajar como agente en una factoría de lo que entonces era una colonia española y hoy es ese país tan maltrecho que conocemos como “Venezuela”.

La situación en la que se vio, no fue nada agradable.

En efecto. En breve se publicará un artículo firmado por el que estas líneas escribe, donde se detalla lo que supuso para el joven Ferrer caer prisionero y ser trasladado a los campos de internamiento británicos que, por aquel entonces, eran, entre otros, unos insalubres pabellones en la localidad de Winchester. En estos últimos no tardó en aparecer una fiebre epidémica que causó más víctimas que cualquier combate naval como el que terminó con la rendición de la flota en la que navegaba, rumbo a Venezuela, José Joaquín Ferrer.

Lo que nos cuentan sus escasos biógrafos (de hecho, sólo ha tenido uno, Antonio Alcalá Galiano, del que han/hemos bebido los demás escasos autores interesados por este astrónomo) dice que José Joaquín Ferrer escapó in extremis de ser uno más de los muchos de prisioneros que cayeron a causa de lo que el doctor Carmichael, el médico inglés que trató el tema (al menos en el depósito de Winchester), llamaba el “jail distemper”.

Esas circunstancias, como nos cuenta la biografía escrita por Alcalá Galiano, publicada en 1858 (y repetida y escasamente renovada hasta la fecha), marcaron el destino de Ferrer. Su padre, comisario de la Armada Real en Pasajes, consiguió que el comisionado que negociaba las condiciones de los prisioneros en Londres, sacase, bajo palabra, al muchacho de las cárceles inglesas y, es más, lo pusiese a aprovechar el tiempo para perfeccionar sus estudios.

Los perfeccionó tanto, al igual que su inglés, que, con el tiempo, acabada la guerra y aun en medio de la vorágine que causaron las siguientes (la de la Convención, la napoleónica…), se convirtió, nos dice Alcalá Galiano, en un astrónomo de renombre.

Toda su relativamente corta vida (moriría en el año 1818 de un ataque al corazón, mientras ejercía como capitular en el Ayuntamiento de Bilbao) la dedicó (aparte de a sus actividades como agente comercial) a establecer precisas observaciones astronómicas.

Esa actividad, en la época, tenía todavía un componente fuertemente práctico, a pesar de que se consideraba también una actividad filosófica (hoy diríamos “científica”). Es decir, un puro ejercicio intelectual para saber más por el mero hecho de saber más

Para Ferrer los cálculos eran importantes no sólo para saber más de eso que uno de sus admiradores (el astrónomo francés Laplace) llamó “Mecánica celeste”, sino también para elaborar mapas y cartas náuticas más precisas. El objetivo, claro está, era asegurar que los navíos que hicieron su fortuna personal, tuvieran más posibilidades de llegar a sus destinos con seguridad.

Mientras trabajaba en esos Estados Unidos por los que estuvo a punto de dar la vida, Ferrer, afincado como agente comercial en Nueva York, realizó un buen número de esos mapas. De hecho, nos dice -una vez más- Alcalá Galiano, la mayor parte de los mapas de la actual Costa Este de Estados Unidos se deben a él; reconociendo sus iguales norteamericanos, que, tras la muerte de David Rittenhouse (en 1796), no había en Estados Unidos más astrónomo digno de tal nombre que José Joaquín Ferrer…

Como tal astrónomo, por ejemplo, elaboró la base de los actuales mapas del estado de Ohio. Asimismo realizó cartas náuticas de la zona del Caribe actualmente devastada por Irma...

Esa labor fue reconocida por la American Philosophical Society de Filadelfia. El equivalente yankee de la Royal Society. Prestigiosa institución que también consideró y reconoció los méritos de Ferrer. Igualmente se le reconoció su mérito como cartógrafo, astrónomo, etc… en la Academia francesa. Precisamente en una visita que realizó requerido por figuras de la fama de Laplace, pudo ver la caída del primer imperio napoleónico que lo había mantenido en Cádiz durante la Guerra de Independencia española, desde donde pasó a Gran Bretaña para, a su vez, tratar con sus colegas de la Royal Society…

Esta, de manera resumida, fue la vida de José Joaquín Ferrer. Ahora que Irma, por desgracia, devasta Bermudas, Bahamas y otras partes del Caribe que él cartografió, me ha parecido una buena ocasión para que lo recordemos. Quizás no sea el momento apropiado, puede que opinen algunos. Pero, ¿cuál lo sería entonces? ¿Qué justificaría ayudar también ahora a ese eclipse (casi total, salvo por firmas como las de Carlos Clavería, Aitor Andueza…) de ese astrónomo guipuzcoano reconocido a nivel mundial allá por el 1800?

 

 

  1. B. : El correo de la Historia no se renovará, por vacaciones, hasta el lunes 25 de septiembre.

 

 

 

 

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