Diario Vasco

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El canto de las ametralladoras. Reflexiones sobre la “Gran Guerra” en el centenario de la batalla de Verdún (1916-2016)
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Carlos Rilova | hace 12 horas| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy podría, quizás incluso debería, haber hablado en este correo de la Historia, otra vez, de la llamada “memoria histórica”, a resultas de la enésima polémica suscitada por la decisión de la actual alcaldesa de Madrid de retirar estatuas, monolitos, nombres de calles, etc…, claramente relacionados con la dictadura franquista, del mapa de esa villa y corte.

Sin embargo, no voy a hablar de ese asunto. A pesar de estar en un Consejo de memoria histórica, a pesar de ser historiador, a pesar de tener esta tribuna disponible cada lunes. En definitiva: no voy a hablar de ese asunto a pesar de todo.

Por dos razones. La principal porque este tema de la guerra civil española y sus consecuencias están rodeadas de un clima malsano. Lo bastante malsano como para darle de lado. Al menos durante un tiempo y mientras no le requieran a uno por imperativo legal -por así decir- para mediar sobre esta cuestión.

La segunda razón es que estamos en febrero de 1916 y en muy pocas semanas se va a conmemorar el centenario de una de las mayores batallas de la llamada “Gran Guerra” (esa que hoy conocemos como “Primera Guerra Mundial”). De hecho, puede que estemos hablando de una de las mayores batallas terrestres de toda la Historia. Sólo eso, y el cumplimiento de ese centenario, ya hacen que merezca la pena hablar de este tema.

En realidad la batalla debería haber comenzado el 12 de febrero de 1916. Es decir, el viernes que viene se cumplirían los cien años de esa sangrienta efeméride. Sin embargo no empezó hasta el día 21 porque aquel febrero también experimentó bruscos cambios de tiempo. La semana del 12 de febrero de 1916 había traído lluvia, viento, frío. En fin, lo habitual en esos meses y en estas latitudes. como hemos comprobado este fin de semana pasado.

Los alemanes, que eran los que iban a lanzar la ofensiva, decidieron posponerla por esa razón. Algo que le vino muy bien a los franceses, que así pudieron reforzarse ante esta gran batalla que iba a dar un giro a la “Gran Guerra”.

Sí, durante un año, el de 1915, por extraño que pueda parecer, no había pasado gran cosa. Se podría decir que la “Gran Guerra”, la que identificamos con esas escenas de cine en la que grandes masas de hombres armados salen de embarradas trincheras y avanzan por un paisaje de pesadilla, lleno de ruinas, alambre de espino, cráteres de obuses… aún no había empezado.

Los tres últimos meses de 1914 registraron el comienzo de la estabilización del frente, la aparición de las primeras trincheras, el estupor porque la guerra había dejado de ser el paseo militar que muchos, en ambos bandos, esperaban iba a ser, convirtiéndose en el horrible asunto que algunos políticos e intelectuales ya habían intuido a finales del siglo XIX, cuando todos esperaban -algunos casi deseaban- que se armase aquella “Gran Guerra”.

Durante 1915 parece que ambos bandos estuvieron tanteando las líneas, las fuerzas del contrario, limitándose a hostigarse de trinchera a trinchera, pero sin grandes batallas, sin grandes intentos de romper esa absurda -vista desde la distancia histórica- gran línea de trincheras que, ahora hace cien años, atravesaba todo el centro de Europa.

Para comienzos de 1916 el alto mando alemán decidió que se había acabado, que las líneas francesas serían rotas y se lanzaría una ofensiva que, esta vez, a diferencia de lo ocurrido con el famoso episodio de los taxis de París y la batalla del Marne, acabaría con los franceses como en 1870, con la caída de su ciudad capital…

Nada de eso ocurrió. Verdún, una plaza fuerte, que lo había sido desde los tiempos del emperador Carlos V y, por tanto, siempre estaba en disputa entre todas las potencias en liza, supo resistir con los nuevos medios que había puesto sobre el tapete esta guerra en la que se combatía a una escala y con una potencia de fuego -gracias al avance de la Ciencia, por paradójico que pueda resultar- que no se había visto hasta entonces.

Desde el 21 de febrero hasta el mes de julio de 1916 se pudo ver en Verdún qué era una guerra a escala industrial y lo equilibradas que estaban las fuerzas contendientes.

Durante meses, desde el invierno hasta el verano de ese año, se consumieron miles de toneladas de munición pesada y ligera, tanto granadas de obús y similares, para destruir las fortificaciones francesas en torno al eje de Douaumont, como millares de balas disparadas por ametralladoras y fusiles, tratando, por un lado, de romper las líneas francesas y, por otro, de detener los ataques alemanes.

Nadie podía imaginar, o quizás no muchos, hasta dónde llegarían las cosas. El Mundo estaba descubriendo una nueva forma de hacer la guerra.

Algunos seguían pensando que ésta era una guerra romántica, que se luchaba por una buena causa.

Por ejemplo los humoristas españoles que ilustraban revistas con ácidos chistes sobre el fracaso de la ofensiva alemana, a la que veían con muy poca simpatía, como cualquier aliadófilo de pro, que soñaba con ver destruidos los llamados imperios centrales -Austria y Alemania- a los que identificaban estos aliadófilos -gente de ideas avanzadas, progresistas diríamos hoy- con gobiernos tiránicos, retrógrados, incomparables a la Tercera República francesa que ellos tomaban como modelo.

Los soldados de ambos bandos metidos en aquel asunto de tintes apocalípticos tuvieron, por supuesto, otro punto de vista. Uno que algunos, como nos han contado magníficos relatos sobre esos hechos -desde el estrictamente histórico de Marc Ferro hasta las viñetas de Jacques Tardí-, manifestarían un año después con actos claros de motín, con plantes negándose a participar en aquellas absurdas matanzas que pretendían seguir luchando con métodos de la época napoleónica y del Segundo Imperio pero utilizando armas capaces de matar a cientos en cuestión de minutos, con una cadencia de tiro que hubiera hecho palidecer de envidia al mismismo emperador Bonaparte.

Sin embargo, Verdún, que acabó en derrota para los alemanes, no supuso el fin de esta guerra. Y es que había suficientes medios, tanto morales como materiales, para seguir con ella otros dos años más.

De hecho, en julio de ese año de 1916 empezará otra gran ofensiva que se solapa con la de Verdún hasta diciembre. Es la llamada batalla del Somme que demuestra, en efecto, hasta qué punto estaban dispuesto a llevar las cosas hace ahora cien años nuestros bisabuelos.

 

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¿Bienvenido Herr Hindenburg, bienvenido Monsieur Clemenceau?. El actual bloqueo político español visto desde la Historia (1916-1976-2016)
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Carlos Rilova | 02-02-2016 | 15:59| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy me he decidido -después de dudarlo mucho- a tratar de eso que se ha llamado, de manera bastante suave, “bloqueo político” del Parlamento español. Supongo que ya saben a qué me refiero, aunque con tanto ruido mediático, igual la cosa no está tan clara. Y menos aún qué es lo que se puede añadir a ese torbellino político desde el campo de la Historia. Vamos, pues, a explicarnos un poco mejor sobre todo esto. Para empezar voy a intentar recapitular los contornos de ese “bloqueo político” en el que vive ahora mismo el Parlamento de Madrid.

Ya se preveía antes de las elecciones de diciembre de 2015 que el resultado de las mismas iba a ser la aparición de una Cámara muy fragmentada, en la que ningún partido político, ni los llamados “emergentes” ni los habituales desde 1978, iba a tener suficiente número de escaños para poder formar un gobierno estable.

Las previsiones se han cumplido ampliamente y así, tras cuarenta días, no hay gobierno en España, salvo el que está en funciones desde el año pasado. Durante ese mes largo se han visto toda clase de declaraciones por parte de todos los líderes con alguna posibilidad de gobernar e incluso de los que la ven más remota. En conjunto todo se ha reducido a que el partido hoy en situación de interinidad, el PP, ofrece, principalmente, dejar todo como estaba antes del 20 de diciembre de 2015, admitiendo, en el mejor de los casos, una llamada “Gran coalición” que incluiría en un posible gobierno al segundo más votado -es decir, al PSOE- reeditando así lo que se ha hecho en Alemania entre los conservadores de la CDU y el SPD.

Algunas variantes de esa oferta incluyen, aunque de un modo igualmente difuso -o incluso más-, la participación de Ciudadanos en dicho gobierno. Lo único que ha quedado claro en dicha oferta es que no se quiere ver, ni en pintura, al otro partido llamado “emergente” en la Política española. Es decir, Podemos.

Las razones aducidas son varias. Pero principalmente se concretan en que dicha formación quiere liquidar la democracia e imponer sobre España un régimen parecido al que, según todos los indicios, ha llevado a Venezuela a una situación crítica.

La posibilidad de que prospere esta propuesta de gobierno de los conservadores españoles -con la que se podrá estar más o menos de acuerdo- parece prácticamente nula. Principalmente porque el PSOE, que es pieza fundamental en ella, se niega a participar aduciendo argumentos que una de sus dirigentes, Meritxell Batet, explicó con contundencia desde el primer momento en el que este “bloqueo político” comenzó: el PSOE no puede aliarse con un partido que es identificado, por una mayoría social, como el causante de sus graves problemas económicos…

Así las cosas, el PSOE plantea su propia alternativa pero, una vez más, la fragmentación política a la que han dado lugar las elecciones de 2015, la hace casi inviable al requerir la participación de fuerzas muy dispares y, en no poca medida, contrarias a los intereses de estado que el PSOE, en su conjunto, defiende. Caso de Esquerra Republicana que, directamente, exige la independencia de Cataluña…

Todo esto, en conjunto, tanto una posibilidad -la conservadora propuesta por el PP, como la del PSOE- parece materia suficiente como para que España esté sin gobierno quizás más tiempo del que estuvo Bélgica en fechas recientes, que fueron quinientos días. Casi dos años…

Se habla de nuevas elecciones como solución para despejar ese “bloqueo político”, tal y como está previsto en la Constitución y demás legislación al uso. Sin embargo ya se ha señalado que esa posibilidad no supondría mucha mejora, pues lo más probable -y no hay razón para pensar lo contrario dado el ambiente que hay hoy en España- es que los resultados electorales no cambiasen demasiado, llevándonos, de nuevo, a la misma situación de “bloqueo político”.

Y es aquí donde, quizás, sea de ayuda echar mano de algunos pasajes de la Historia que nos ayuden a entender mejor -quizás incluso a solucionar- ese “bloqueo político” que, en realidad, es aún más grave de lo que parece. Al menos si todo sigue igual a corto y medio plazo.

La situación a la que ha ido derivando España entre el año 1976 y el 2016 es casi de emergencia. Su sistema político, en la actualidad, a escala nacional, es como el mecanismo de un reloj que sigue funcionando pero lo hace cada vez peor porque su propia dinámica introduce en la maquinaria suciedad que va entorpeciendo, poco a poco, casi de manera imperceptible, el funcionamiento de dicho mecanismo.

Es algo similar a lo que ocurre en Alemania en el año 1918, cuando el régimen de los Hohenzollern -una reliquia incapaz de ganar una guerra a escala industrial como lo fue la “Gran Guerra”- colapsa y crea un vacío de poder que tratan de llenar diversas fuerzas políticas tan antagónicas como hoy día lo pueden ser el PP y Podemos.

La solución más estable -y es mucho decir- se logró sólo tras una guerra civil de bolsillo en las calles de Alemania entre lo que queda del Ejército regular alemán, los precursores del Nazismo agrupados en los llamados “Freikorps”, la izquierda socialdemocrata y la extrema izquierda de los llamados espartaquistas, que trataban de proclamar una república soviética al estilo de la rusa en pleno corazón de Europa.

Pasada esa fea, de hecho, horrorosa, página de la Historia de Alemania -se combatió en las calles a golpe de ametralladora, se asesinó a mansalva a espartaquistas vencidos, cuyos cadáveres fueron arrojados al río, como ocurrió en el caso de Rosa Luxemburgo- se llegó a cierta estabilidad y normalidad política. Tanto que incluso el segundo presidente de la República, en 1925, fue un militar claramente leal al sistema colapsado en 1918: el mariscal Von Hindenburg.

Sin embargo, los límites de este arreglo pronto se hicieron evidentes. En cuanto las cosas empezaron a ir mal en el campo de la economía -a partir del “Crack del 29”-, Hindenburg y el resto de la política convencional alojada en el Reichstag de Berlín fueron incapaces de manejar la situación e impedir que la República de Weimar acabase arrojada a las fauces del descontento general del alemán medio. Ese que Adolf Hitler y su pequeño partido Nazi supieron aprovechar hasta sus últimas y bien conocidas consecuencias.

Naturalmente, hoy día, España no está, pese a todo, en la misma situación en la que estaba Alemania en 1932. No puede compararse a la Corona española -que parece la única institución que ha sabido recomponerse para funcionar como se estipuló en 1976- con el anquilosamiento de los Hohenzollern de 1918, ni las calles de España están hoy tan inundadas de una miseria y desesperación generalizadas como las de la Alemania de ese “año cero”. Sin embargo eso no significa que sus problemas tengan fácil arreglo, como lo demuestra el bloqueo generado por las elecciones de diciembre de 2015. Los consensos básicos, los puentes de entendimiento trazados en el año 1976, hace mucho tiempo que se han roto, creando, de nuevo, bloques antagónicos, como los que ahora estamos viendo, impidiendo esto, sólo para empezar, que se constituya un gobierno estable, viable y, lo más importante de todo, eficaz y funcional.

La salida a esa situación, la única que acaso podría arreglar el embrollo, sería algo similar a la “Unión Sagrada” planteada en Francia -y otros países- también hace cien años para hacer frente al enemigo común -en este caso los alemanes y sus aliados- apartando para después de la “Gran Guerra” las diferencias políticas.

En el caso español el enemigo común es principalmente interior, no exterior. Se trata, ante todo, de ese mecanismo político puesto en marcha en el año 1976, que, pese a sus bondades iniciales, ha acabado por generar un ya más que notable descontento, económico y político, durante sus cuarenta años de funcionamiento. El suficiente, al menos, para que cinco millones de votantes elijan como representantes, prácticamente con los ojos cerrados, a las siglas de Podemos, que, según la opinión generalizada en otros partidos, quieren acabar incluso con esa democracia parlamentaria ahora atascada por sus propios fallos de sistema…

De ese panorama debería, pues, surgir, como mejor alternativa a corto y medio plazo, un gobierno dedicado -durante toda la legislatura 2016-2020- a reparar el mal funcionamiento del mecanismo político, partiendo del consenso básico entre las cuatro fuerzas más votadas -PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos- que deberían tener presente lo que ya es muy evidente: que ninguna representa, por sí sola, a una mayoría de votantes, sino a cuatro fragmentos, casi idénticos en tamaño aunque no en ideología, de esa voluntad popular…

La única pregunta, dado también el panorama que hoy vemos, sería ¿de dónde va a salir el Georges Clemenceau que supiese dirigir ese gobierno de concentración nacional, de reparación del mecanismo?. ¿De la política tradicional o emergente?… ¿Hay alguien hoy en España, aparte de los dos millones de exiliados económicos con alta cualificación (curiosamente los mismos que se fueron de Venezuela antes del Chavismo), que no esté demasiado implicado -en mayor o menor grado- en ese sistema tan gastado?.

Si esa va a ser la solución -y no parece que sea la peor, dadas las circunstancias- la institución encargada de nombrar ese arbitro moderador para esta “legislatura de reparaciones” debería buscar a nuestro Clemenceau con verdadero cuidado. Lo bastante lejos de ese mecanismo lleno de polvo y arena, de pequeñas corruptelas, endogamias y amiguismos -en todos los ámbitos, no sólo en el tópico cargo político aceptando maletines de dinero y otras prebendas, sino también en el académico, el económico, etc…, etc…, – que, insisto, ha echado de España a dos millones de jóvenes con una excelente formación.

Un detalle que, hoy por hoy, debería ser considerado como la medida -terrible medida- del fondo que ha tocado ese sistema político, democrático pero afectado por un rendimiento decreciente desde 1976 a 2016. Hasta llegar al punto de no ser capaz de generar un gobierno estable por los cauces ordinarios en cualquier democracia…

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¿Ha llegado ya “El fin de la Historia” (II)?. Robotización, maquinización, Ned Ludd, el capitán Swing y carreras hacia el abismo (1830-2016)
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Carlos Rilova | 25-01-2016 | 10:33| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana no puedo evitar volver sobre un tema muy desagradable. Recordarán que hace exactamente dos lunes hablaba aquí de una noticia difundida por los telediarios de Antena 3 sobre el desarrollo, a futuro, de la Robótica, en España y en el Mundo.

Bien, pues este último jueves ha habido un eco de esa noticia en la misma emisora. Y ha sido aún más desagradable que lo oído y visto hace dos semanas.

Ocurrió el jueves, cuando se informaba de lo que estaba discutiendo el llamado “Foro de Davos”. Esa impopular reunión de políticos, financieros y poderosos en general que, se supone, deciden qué se va a hacer o dejar de hacer en las próximas décadas. Planes que luego, por cierto, no funcionan o no funcionan como estaba pensado. Pero esa es otra cuestión.

Lo que me pareció realmente digno de mención es que se aprovechase esa noticia para decir que en España habría, en 2020, un vacío de profesionales para cubrir varios millones de puestos de trabajo relacionados, ¿lo adivinan?, exacto: con el desarrollo de la Robótica y la mecanización de la producción…

De ahí, automáticamente, la noticia emitida por Antena 3 pasaba a demostrar que la Universidad debía estar más pegada a la realidad del Mercado, centrarse -parece que exclusivamente- en proveer esa clase de profesionales tan cualificados.

Así, una vez más, se venía a esbozar en el horizonte próximo ese futuro absurdo y distópico del que precisamente les hablaba hace dos semanas.

Es decir, el de, sólo para empezar, el “París en el siglo XX” de Julio Verne en el que todo lo que no fueran los conocimientos técnicos estaba poco menos que proscrito en aquella sociedad que el escritor de Nantes imaginó -parece que, una vez más, acertadamente- como la que realmente existiría en el Futuro.

No alcanzo a comprender cómo es posible semejante insistencia en esta serie de ideas que no es exagerado calificar de inhumanas, puesto que, aunque sus sostenedores y propagandistas no sean capaces -al parecer- de percibirlo, llevadas a sus últimas consecuencias, implican la destrucción de lo que hoy entendemos como “raza humana”.

En efecto, lo que decía hace dos semanas sigue siendo igual de válido hoy. Por poner un sólo ejemplo: una de las imágenes ofrecidas en esa noticia de pesadilla presentaba a un robot que se ofrecía, claramente, para hacer una visita guiada a un museo…

La escalada a partir de ese punto está más que clara: si hay robots que son capaces de hacer lo que hace cualquier persona con una licenciatura, o incluso un doctorado, en Historia del Arte, ¿cuánto falta para que una máquina haga igualmente la labor de un presentador o presentadora de televisión?. Probablemente, lógicamente, nada…

Y a partir de ahí cualquier cosa es posible. Si los especialistas en Arte son sustituibles por una máquina programada y los periodistas también, se pude sustituir prácticamente a cualquiera. Empezando por esos millones de matemáticos e ingenieros programadores que la noticia que nos ocupa echaba tan en falta este jueves.

¿Será ese el futuro que nos espera a partir de, por ejemplo, 2040, cuando esos matemáticos que tanto reclamaba el Foro de Davos ya habrían cumplido su misión de crear máquinas autosuficientes, con bastante capacidad de aprendizaje propia como para saber que ya no necesitan a esos seres falibles que los han creado?.

Realmente no me quiero poner pesimista. Revisé, como cualquier historiador que quiere hacer bien su trabajo, todas las fuentes y resultó que la única emisora que se hacía eco de la noticia era sólo Antena 3. Por lo tanto se puede deducir que no toda la opinión pública está ganada para ideas tan absurdamente suicidas.

Por otra parte, y aquí entramos ya de lleno en el terreno de aprender de la Historia, la relación entre seres humanos y máquinas no ha sido tan lineal como se podría deducir de esa destemplada noticia, que prácticamente decretaba que había que extinguir toda función humana que no estuviese al servicio de esa hiperrobotización.

En efecto, por suerte para nosotros, para los humanos en general, los millones que creemos que estamos aquí por alguna razón diferente a la de entregar el mundo a una Cibernética que nos dará la patada en cuanto el último ajuste de sus vísceras mecánicas esté hecho, ha habido siempre reacciones contra las máquinas que han llevado a que éstas se limitasen a un papel más racional. Es decir, el de ser herramientas a nuestros servicio y no a la inversa.

En la Europa de comienzos del siglo XIX, cuando el campo y la producción textil empezaron a mecanizarse, aparecieron movimientos cuyo objetivo fue atacar a las máquinas que dejaban sin trabajo a los operarios humanos. Sus nombres, al menos los que ocultaban a los británicos que luchaban contra esa primera maquinización, eran verdaderamente poéticos: como, por ejemplo, el capitán Swing…

Las aventuras del escurridizo capitán Swing llegaron a su punto más alto en 1830. Pero había tenido precursores durante los duros años de las guerras napoleónicas, entre 1811 y 1817, en los llamados “luditas”, que, al parecer, habían recibido ese insultante nombre por parte de sus detractores, pues esa denominación procedía de un tal Ned Ludd. Hombre de escasas luces, de lo cual se deducía que era un imbécil incapaz de ver lo que era un aparentemente brillante futuro…

Después, y hasta mediados del siglo XIX, llegaron los llamados “cartistas”. Unos sindicalistas primigenios que, finalmente, lograron que los beneficios de la maquinización alcanzasen también a la clase obrera, que comenzó así una casi imparable escalada hacia cada vez mayores niveles de confort, convirtiéndose en el otro extremo lógico de esa maquinización. Es decir, transformándose en consumidores de lo que esas herramientas producían con mayor calidad y a menor coste.

Como nada es perfecto en este mundo, nos decía Eric J. Hobsbawm, historiador especialista en estos temas, que los primeros marxistas, contemporáneos de los cartistas, afeaban a estos que hubieran adormecido a la clase obrera con ese triunfo…

Una discusión histórica en la que no entraremos aquí hoy, pues lo que debería importarnos ahora es tener bien clara esa parte de nuestra Historia -la de los luditas, cartistas…- de la que se saca en conclusión que el progreso técnico sólo tiene sentido si está al servicio de la mayor parte de la sociedad y no a la inversa.

¿Quieren hacer la prueba de llevar las cosas por otro lado que no sea ese?. Yo, personalmente, no me arriesgaría con semejante apuesta… Puede salir muy cara. A todos, en general… Incluidos matemáticos con una carrera futura muy corta (digamos que de 2020 a 2030 como mucho), periodistas que parecen incapaces de ver que ellos también pueden ser -y serían- sustituidos por una máquina para ahorrar costes y, finalmente, a quienes creen que con ese ahorro de costes logrado por máquinas cada vez más inteligentes y autosuficientes iban -a medio plazo- a ganar algo que no fuera ser declarados ellos mismos obsoletos y prescindibles en cuanto esas máquinas lo considerasen computable y lógico.

Una conclusión a la que no tardaría mucho en llegar esa inteligencia artificial creada para maximizar beneficios que al final, ya ven, se pueden convertir en terribles deseconomías, pues ¿para quién iban a producir mercancías y servicios esos robots cuando más del 80% de los seres humanos fueran inútiles, prescindibles como productores? y, una vez creado ese vacío de funciones, ¿a qué conclusión lógica creen que llegarían rápidamente esas máquinas capaces de aprender por sí solas?…

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De mitos y leyendas sobre la Tamborrada de San Sebastián. De la Historia de las guerras napoleónicas al día de hoy
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Carlos Rilova | 18-01-2016 | 10:34| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana  ciertamente no sabía yo muy bien de qué escribir. Había temas de lo más variado.

Sólo para empezar estaba la cuestión catalana, una vez más. Luego la formación en Madrid de un parlamento atípico que no se habría visto en Occidente desde tiempos de la revolución francesa, por lo menos.

Sin embargo, de todo lo que podría haber elegido, me he decidido por un tema que muchos tildarán de localista, puesto que yo soy donostiarra -como ya sabrán quienes leen esta página habitualmente- y el tema en cuestión gira en torno a lo que podría etiquetarse de “Historia local” de esa ciudad.

Pese a eso, como esta semana es el 20 de enero, San Sebastián, el patrono de la aludida ciudad natal del que estas líneas escribe, no he podido resistir la tentación de hablar de la Historia que hay detrás de esa celebración que hoy se resume -casi de manera única- en la celebración de un desfile de grandes y, sobre todo, pequeños tamborreros, vestidos con uniformes de época inequívocamente napoleónica.

Bien, y ahí surge la pregunta histórica: ¿cómo se llegó a esta celebración del día de San Sebastián en esta ciudad, capital de provincia guipuzcoana?.

Las versiones sobre esa cuestión son de lo más curiosas. La más aceptada, en lo que podríamos llamar “cultura popular” de la ciudad, dice que esto de hacer una tamborrada vestidos los mayores y, sobre todo, los niños, de soldados napoleónicos o similares, surgió durante la ocupación de la ciudad por las tropas del Ogro corso, del Tirano de Europa, en fin de Napoleón Bonaparte. Se supone que en esas fechas el bajo pueblo donostiarra, y, en especial, las criadas que recogían agua en cántaros y barriles para las casas que, obviamente, carecían de tales comodidades tan cotidianas hoy día, se burlaban de los tambores militares que impartían órdenes a las tropas de ocupación, entre 1808 y 1813, para desfilar, para tomar posiciones en caso de alarma, etc…

¿Es tal cosa verosímil?. Los cronistas de la ciudad, empezando por Javier Sada, se hacen eco de esa versión de los hechos pero, como se dice coloquialmente, no se casan con ella, prefiriendo remitir el asunto a ideas surgidas a mediados del siglo XIX entre conspicuos representantes de la burguesía donostiarra que estaban detrás de idear una buena fiesta de invierno que sirviera de puente entre las Navidades y las festividades veraniegas.

Caso por ejemplo de los Serres-Laffite, uno de cuyos descendientes, Bixente Zaragüeta, nos abandonó a finales del año 2015, tras una larga y productiva existencia que hoy perdura, por ejemplo, en entidades culturales del relieve del Aquarium donostiarra.

Desde el punto de vista histórico, coincido con esa interpretación: la actual tamborrada donostiarra difícilmente tendría nada que ver con ninguna clase de burla del bajo pueblo de esa ciudad hacia los tambores napoleónicos. Esos mismos que ponían orden y disciplina entre las filas de los regimientos de línea franceses destinados a la ocupación militar de San Sebastián entre 1808 y 1813.

¿En qué me baso para hacer semejante afirmación?. Como suele ser habitual en la documentación de la época.

Podría hablarles, durante páginas y más páginas, sobre el escaso sentido del humor de las tropas de ocupación napoleónica, no sólo en el peor territorio de toda Europa que podían imaginar los soldados de línea franceses -la irreductible Península Ibérica- sino, en general, en toda la Europa que, entre 1804 y 1814, está bajo su dominio.

No eran, en efecto, muy amigos de soportar cuchufletas y parodias los mariscales, generales, demás oficialidad y soldadesca de los ejércitos napoleónicos. Es algo que se puede ver perfectamente escenificado en películas de una relativa buena ambientación histórica como “El secreto de los hermanos Grimm”, del año 2005, donde, entre mucha visión fantástica sobre la época, se colaban verdades -como puños- de lo que fue la ocupación napoleónica de toda Europa en esas fechas.

En San Sebastián, cabeza de una de las provincias de la levantisca España que estaba malogrando los planes de dominio universal de Napoleón, las tropas de ocupación napoleónica no estaban precisamente de mejor humor que, por ejemplo, en la dócil (hasta 1813) Prusia para aguantar que una pandilla de ociosos criados y criadas fueran a parodiar con sus barriles los toques de los tambores imprescindibles en esa época, en la que no había “walkie-talkies”, ni equipos de radio, para dar órdenes a la tropa y mantenerla en estado de  combate operativo.

En efecto, si consultamos documentación de época, descubrimos que las tropas de ocupación francesa gastaban -entre 1808 y 1813- un humor verdaderamente desagradable con todos aquellos que se atrevían a desafiarles aunque fuera por la mínima.

El memorial que compone el regimiento 1 de voluntarios de Guipúzcoa, columna vertebral de la resistencia antinapoleónica entre 1810 y 1813, señala, por ejemplo, que las autoridades militares francesas actuaban de manera absolutamente despiadada con los prisioneros que cogían entre sus filas.

En la página 7 de ese documento del Archivo General guipuzcoano, conservado como JD IM 3/1/21 bis, se dice que la actual carretera N-1 era el punto en el que los invasores napoleónicos escenificaban -como se dice ahora- cuál era su drástica política con quienes se atrevían a desafiarles: cuenta ese documento que los bordes de esa vía de comunicación, esencial para sojuzgar la Península Ibérica -y con ella el resto de Europa- mostraban a la vista de las tropas y viajeros que marchaban por ella los cuerpos de los voluntarios de Guipúzcoa capturados por los napoleónicos como prisioneros de guerra. Dice también ese documento que, después de torturarlos para lograr que abjurasen de su lealtad a la causa patriota, los ejecutaban ahorcándolos, considerándolos como bandidos, a pesar de que los mandos napoleónicos sabían perfectamente que estaban vulnerando las leyes elementales de buena guerra, que mandaban conservar la vida a los soldados rendidos o tomados prisioneros, perfectamente identificados por sus uniformes y banderas de combate.

Justo tal y como hacían los voluntarios guipuzcoanos. Incluso con unidades tan feroces y despiadadas como la Gendarmería francesa, que, según se dice, ni daba ni esperaba cuartel de sus enemigos… Si tienen curiosidad pueden corroborar todo esto de manera más detallada con mi artículo sobre el tema publicado en el Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián del año 2014…

A las autoridades de la ocupación militar napoleónica les daba, en efecto, exactamente igual que dichos voluntarios tuviesen oficiales y banderas y que, en su mayoría, combatiesen uniformados de manera reglamentaria, perfectamente identificable para los códigos de guerra vigentes en la época, y se atuvieran con los prisioneros franceses a las reglas de buena guerra también vigentes en esa fecha…

Para ellos, oficialmente, los regimientos de voluntarios guipuzcoanos 1, 2 y 3 tan sólo eran bandas de “brigands”. Es decir, de salteadores de caminos a los que había que escarmentar con una justicia sumaria, colgándolos como rufianes a los lados de  los caminos principales…

Dadas esas circunstancias, perfectamente contrastadas no a través de rumores, leyendas o mitos, sino por medio de documentos escritos, ¿creen ustedes que a alguien, en el San Sebastián de 1808 a 1813, le quedaban ganas de parodiar a los tambores de órdenes napoleónicos como dice esa leyenda urbana tan ingenua que, sin embargo, parece haberse convertido en una verdad absoluta sobre el origen de la Tamborrada donostiarra?…

Pueden pensar en ello mientras celebran, por todo lo alto, con  razón y con nuestros mejores deseos, un nuevo día de San Sebastián.

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¿Ha llegado ya “El fin de la Historia”?. Humanos, maquinas, robots y “visión en túnel” (1500-2016)
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Carlos Rilova | 25-01-2016 | 10:34| 2

Por Carlos Rilova Jericó

La semana pasada, en un contexto muy distinto al de este nuevo correo de la Historia, les hablaba de un gran libro de Historia, “El mundo trastornado” de Christopher Hill.

En él se recogió minuciosamente por dicho historiador todo lo relacionado con la llamada “franja lunática” de la revolución inglesa de 1642. Es decir, con los grupos más extremistas que suelen aparecer en los momentos de libertad ilimitada que llegan con esa y con todas las revoluciones. Los “ranters” por ejemplo. Un nombre que traducido viene a ser algo así como “los delirantes” o “los deliradores”.

Sin embargo no sólo de propagandistas del “amor libre” y otras extravagancias similares (extravagancias desde luego para la sociedad barroca, aunque a nosotros ya no nos lo parezcan) hablaba “El mundo trastornado”.

En efecto, en sus páginas también se aludía a otro gran problema filosófico de aquella época tan turbulenta para Inglaterra: el del que se llamará “Mecanicismo”. Es decir, una doctrina filosófica que se forja a medida que la sociedad occidental se mecaniza más y más y que, a causa de esto, empieza a reducir la visión del Mundo a algo parecido a un conjunto de engranajes y resortes, de, en fin, máquinas. Entre las cuales una de las más perfectas sería el cuerpo de los seres humanos…

Son los años en los que comienza a desarrollarse tanto la Anatomía (que trata de trazar el mapa, o el plano si se prefiere, de esa máquina humana) como otros artificios mecánicos muy elaborados.

De eso sabía un tanto, por ejemplo, Felipe II, que, mucho antes de que la revolución de 1642 plantease esos asuntos -por vía de artesanos itinerantes que van extendiendo ideas nuevas en una Inglaterra convulsionada- ya había indagado sobre la producción de robots (autómatas se los llamaba entonces) no sólo como curiosidad para divertir a la corte, sino al parecer incluso para usos militares.

Quizás el nombre de Juanelo Turriano (nacido en Milán en 1500 como Giovanni Torriani) no les diga mucho, pero debería decírselo ya que es uno de los primeros ingenieros que desarrolla en España lo que hoy llamaríamos Robótica, precisamente en los reinados de Carlos I y Felipe II.

A él se atribuye la creación del llamado “Hombre de palo”. Un ingenioso sirviente hecho de madera y con habilidades mecánicas.

De ese artefacto que, al parecer, hacía por Toledo lo que hacen hoy las estatuas vivientes que llenan nuestras calles, habría venido algo más: un plan de Felipe II para defender algunas posiciones del cada vez más extenso imperio español con artefactos similares que, cuando menos, ayudasen a los soldados de carne y hueso, a las verdaderas “máquinas humanas”, a defender esos puestos avanzados.

Bien, esos serían los comienzos de un asunto que esta semana pasada tomó un giro preocupante. Me enteré de él viendo un telediario matinal de Antena 3 en el que un profesor de la Universidad Carlos III, de apellido Balaguer y nombre Carlos, exponía sus ideas sobre el futuro de la Robótica, no sólo en España sino en el Mundo.

El corolario de la breve entrevista a este científico, director del Laboratorio de Robótica de esa Universidad Carlos III, se reducía a que no había nada que temer de la proliferación de autómatas y de la posibilidad de que estos nos sustituyeran.

Según el profesor Balaguer, en ese futuro en el que los robots podrían incluso actuar como psicólogos o artistas plásticos, habría muchos puestos que cubrir por los humanos… aunque lo cierto es que el profesor sólo acertó a citar dos profesiones que podrían desempeñar los humanos en ese futuro donde los robots no sólo harían tareas repetitivas, pesadas, en fin, mecánicas, sino también intelectuales…

Las profesiones en concreto eran las de ingeniero programador de esos cada vez más difundidos robots y la de experto legal para tratar con los problemas de seguros y similares asociados a estas máquinas que ya tendrían capacidad tanto para dar un diagnóstico psicoanalítico, como para pintar cuadros de todas las escuelas artísticas conocidas y, probablemente, de alguna por conocer…

El argumento en cuestión me pareció, cuando menos, preocupante. Me vinieron a la cabeza en ese momento muchas cosas vistas y leídas muchos años atrás.

Por ejemplo sobre Robótica y mecanización de la producción. Hace sesenta, cincuenta, cuarenta años, si se hablaba de robotización era para crear artefactos que liberasen -subrayo lo de “liberasen”- a los seres humanos de tareas repetitivas, mecánicas, que se consideraban embrutecedoras, y para que así trabajasen menos y dedicasen más tiempo a instruirse, a adquirir conocimientos, a ejercer y desarrollar eso que, dicen, nos diferencia de los animales y que es la capacidad de pensar, de reírse con un chiste o de disfrutar de un paseo por el campo o por un Museo…

Ahora resulta que no, que según el plan expuesto en la noticia de Antena 3, y que las declaraciones del profesor Balaguer corroborarían, el fin al que tiende la  Robótica, y con ella la Historia humana, es a crear máquinas que sustituyan a los seres humanos en todos los campos. No sólo en la limpieza de alcantarillas o en el montaje en cadena, sino a la hora de pintar un cuadro o psicoanalizar a alguien, entrando en el peligroso terreno de pensar por nosotros…

De ahí, visto en perspectiva histórica, sólo hay un paso a futuros catastróficos imaginados desde Julio Verne hasta la saga de “Terminator”, pasando por “Fundación y Tierra” del eximio bioquímico (además de novelista) Isaac Asimov, que algo sabía de Robótica…

Todo ellos tienen en común algo: el futuro es un futuro en el que las máquinas y la técnica han dominado al ser humano. Bien doblegando su espíritu, abotargándolo y reduciéndolo a un simple instrumento de calcular sin interés por la Historia, el Arte, la Filosofía, etc… como se ve en el “París en el siglo XX” de Julio Verne, bien atacándolo y destruyéndolo físicamente, como en la saga de “Terminator”, considerándolo prescindible (no necesitando ni siquiera ya que actúe como ingeniero programador), bien sirviéndolo pero al mismo tiempo reduciéndolo a una condición de pobre criatura valetudinaria que no es nada, que es incapaz hasta de defenderse, sin la ayuda de un robot, como Asimov lo describía en su “Fundación y Tierra”…

Y aquí surgen las preguntas: ¿es ese el futuro que queremos?. ¿Uno en el que la palabra “humano” ya no significa nada y nos autodestruimos entregando el control de la situación a instrumentos que en origen fueron creados por nosotros?.

No se me ocurre cosa más absurda. Que la Historia humana tenga ese final que se parece mucho a un suicidio colectivo, en el que todo lo que hemos sido durante siglos parece no tener más sentido que ser los precursores del Mundo de las Máquinas.

Depende de nosotros, naturalmente, que eso sea o no sea así. El problema, sin embargo, el gran problema para que ese final absurdo de la Historia humana no sea así, es el que Arnold Pacey -un ingeniero con un gran conocimiento de la Historia- describió en “La cultura de la tecnología”, o en su obra más histórica “El laberinto del ingenio”. En esos libros nos hablaba de “visión en túnel”. Es decir, de algo tan absurdo, antieconómico y contraproducente como la incapacidad de los dedicados a la Ingeniería y otras ciencias mecánicas (por así llamarlas) de prever el fin último de lo que hacen. De las consecuencias buenas o malas, más allá de los cálculos matemáticos, que puedan generar una obra de ingeniería o, ya que de eso hablamos, una máquina que sea capaz de aprender por sí sola y, en definitiva, pueda sustituir a los seres humanos en todos los sentidos…

¿Es obedecer a esa idea absurda, antihumana, para lo que hemos sobrevivido a siglos de plagas, hambre y guerra?. ¿Las máquinas que debían hacernos todo más fácil, pasarán de ser meras herramientas a nuestro servicio a ser nuestros amos, a decretar que ya no somos necesarios ni siquiera como ingenieros programadores?.

Piensen muy bien la respuesta a esa pregunta (empezando por los que se dedican al desarrollo de la Robótica) porque de ella puede depender algo tan elemental como nuestra propia supervivencia. ¿O acaso ya hemos perdido ese instinto tan elemental, tan imprescindible, para sacrificarlo, también, en el altar de lo que es rentable a corto plazo pero no a futuro?.

Si es así Francis Fukuyama ya tiene su gran oportunidad para escribir, ahora sí, su definitivo libro sobre “El fin de la Historia” porque éste será el fin de la raza humana y con él, como anunciaba -allá por 1992- el profesor Fontana en su réplica a Fukuyama, el momento en el que verdaderamente llega el fin de la Historia. Lo demás vayan imaginándoselo. Al menos mientras aún conserven la capacidad de imaginar que nos hace humanos…

 

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El Día de Reyes y Víctor Hugo. Un viaje del siglo XV al XXI recordando los viejos ritos del Mundo al revés
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Carlos Rilova | 04-01-2016 | 10:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

En ocasiones anteriores a ésta ya he hablado, en tal día como hoy, de cierto pasaje de la novela, acaso, más famosa de Víctor Hugo: “Nuestra Señora de París”.

El pasaje en concreto está en los primeros capítulos de esa obra que ha tenido el honor de haber sido de las primeras en ser llevada  a las pantallas del cine e incluso tener una versión para la Infancia convenientemente edulcorada por Disney. Lo bastante como para despertar las iras de personajes tan irascibles como el académico de la Lengua sr. Arturo Pérez-Reverte.

Volviendo al pasaje en concreto de “Nuestra Señora de París”, lo que nos describe Víctor Hugo es una tumultuaria fiesta que tiene lugar en los claustros de esa catedral y donde se demuestra, una vez más, el triste destino del campanero jorobado Quasimodo, convertido en el objeto de burlas muy soeces por parte de los estudiantes, el bajo pueblo de París y los órdenes inferiores del personal de servicio de la gran catedral que, de manera más o menos simulada, tenían permiso para hacerse con el control de la situación en esas fechas finales del calendario navideño, nombrando un  rey de la haba (ya hablamos de ese origen de la haba en el roscón de Reyes en otro correo de la Historia) que dictaba leyes absurdas, en las que el orden jerárquico era invertido.

Ese es el papel que se atribuye a Quasimodo, aunque en la práctica los granujas que lo nombran lo que hacen es utilizarlo como una marioneta interpuesta para burlarse de la autoridad establecida, sirviéndose del pobre campanero jorobado como parapeto.

Para todo lo demás Quasimodo se convierte en el objeto de crueles burlas que no hacen sino aumentar la aureola romántica del personaje. Justo lo que quería Víctor Hugo precisamente, para que, como estaba mandado en los cánones de la novela precisamente llamada romántica (un adjetivo del que él se burla muy a gusto en “Los Miserables”), el protagonista tuviese un desgraciado destino que, como ocurre con el pobre campanero, está relacionado con un amor imposible de cumplir, como es su caso con la seductora Esmeralda.

Esa es la versión de los hechos por Víctor Hugo. Como siempre suele ocurrir en Literatura, el genial novelista estaba reinterpretando, de acuerdo a las necesidades de su obra, una realidad palpable y tangible que, como no podía ser menos, difería bastante del cuadro literario que el autor, en este caso Víctor Hugo, acabó por plasmar en su novela.

En efecto, en esos días de la Baja Edad Media había en toda Europa, tanto en París como en Pamplona, elecciones de falsos reyes e inversión de la autoridad siquiera sólo fuera por 24 horas como ocurre en “Nuestra Señora de París”.

Estudios como los de Mijail Bajtín o Peter Burke sobre la llamada “cultura popular” aclaran mucho sobre estas cuestiones entre otros muchos trabajos sobre el tema que, quienes tengan interés, pueden consultar acudiendo a una de nuestras grandes conquistas sociales: la biblioteca pública.

Aquí,  a falta de más espacio para hablar largo y tendido de ese complejo mundo de la llamada “cultura popular”, nos basta con saber que esa clase de ritual del rey de los locos, el rey del haba, en fin, el rey de pega que reinaba durante un día de los últimos del calendario navideño, existía y era nombrado y sembraba el desorden y el caos en medio de sociedades muy jerárquicas y bien organizadas. Como lo eran las europeas de la Edad Media y, en especial, ese importante microcosmos dentro de ellas, aún más organizado y jerarquizado, que era la iglesia católica.

Durante ese día los chantres, sochantres, canónigos, misacantanos, presbíteros y demás superiores jerárquicos quedaban a merced de los órdenes inferiores de esa bien organizada microsociedad. Especialmente, campaneros, silleros, sacristanes… y de los estudiantes que en la época de “Nuestra Señora de París” dependían estrechamente de los claustros catedralicios, que era donde en principio se les formaba y de donde emergerán constituidas como tales muchas de las universidades que conocemos hoy día. Unas desaparecidas como la de Oñate en el confín Sur guipuzcoano y otras en pleno vigor como Cambridge, Oxford, La Sorbona parisina o Salamanca.

Y ahora les planteo una pregunta interesante ¿este ritual contribuyó a mantener el orden jerárquico, como cualquier otro carnaval, sirviendo de válvula de escape con ese pequeño día de la venganza del inferior hacia el superior, o, por el contrario, fue el principio del fin de esas sociedades jerárquicas y cerradas?.

La respuesta, en este caso, es afirmativa y negativa al mismo tiempo. Por un lado rituales como el descrito por Víctor Hugo en “Nuestra Señora de París” ayudaban a mantener ese orden jerárquico, haciendo que el resentimiento social acumulado durante un año obtuviera cumplida venganza, restaurando un cierto equilibrio.

Por otro, lo cierto es que rituales como esos disgregarán ese orden jerárquico, a medida que en las sociedades europeas se consolidaba el avance científico -lento pero seguro desde finales del siglo XV, les sonará un tal Copérnico, clérigo, por cierto, él mismo- la Era de los Navegantes y los Descubrimientos y la ruptura de la hegemonía de la Iglesia al aparecer numerosas sectas protestantes que se dividían y atomizaban a su vez cada vez más desde el cisma provocado en los estados alemanes.

Así es, hay indicios bien estudiados en los que se detecta que, desde el siglo XVI en adelante, esos rituales que, en principio, lo volvían todo del revés para, como decía el sobrino del príncipe de Salina -ya otras veces citado por aquí- todo siguiera igual, se convertirán en algo más serio.

En Romans, una pequeña localidad francesa, su carnaval de 1580 desencadenó un proceso de revancha social que excedía, con mucho,  a lo que el orden jerárquico que toleraba esos desahogos estaba dispuesto a aceptar.

Así, si leen un magnífico libro de Historia firmado por Emmanuel Le Roy Ladurie, titulado precisamente “El carnaval de Romans”, descubrirán que los artesanos de la ciudad, especialmente los que trabajaban en el sector textil pasaron de reclamar, bajo un disfraz de oso, un asiento más alto en el Consejo de la ciudad a desfilar por la calle no precisamente disfrazados sino perfectamente armados para enfrentarse con el patriciado urbano…

A partir de 1642, en Inglaterra, conmociones así se desbordaron completamente al calor de una larga guerra civil en la que los excluidos de los círculos de poder político, férreamente controlados por la Alta Iglesia anglicana y su jefe -es decir, el rey de Inglaterra- reclamaron cambios que llevaron a querer imponer un orden social menos jerarquizado no sólo durante fechas como el final del calendario navideño o el Carnaval, sino durante los 365 días del año.

Otro gran libro de Historia, éste firmado por Christopher Hill y titulado precisamente “El mundo vuelto del revés” (aunque la traducción española fue “El mundo trastornado”) describe cómo la sociedad inglesa se fragmenta en numerosas facciones que exigen más y más libertad, cada vez menos orden jerárquico y más organización horizontal de la sociedad, desde que el Parlamento inglés decide enfrentarse a Carlos I y sus intentos de imponer una monarquía absoluta al estilo francés y español.

Así, desde los nobles rebeldes a la autoridad real por sus propios intereses personales para abajo, aparecen facciones como la de los levellers (es decir, los niveladores) o, peor aún, los ranters (los deliradores) que exigen la propiedad común, el derecho de cualquiera a predicar en público y no sólo a los clérigos ordenados en universidades como Oxford y Cambridge y otros actos de rebelión como la instauración del amor libre…

Lo que viene después es la explicación de la génesis de la democracia occidental, poco a poco. En 1776 en las colonias inglesas, llenas de rebeldes alimentados por esa tradición y por el exilio impuesto por la dictadura cromwelliana que sustituye el Absolutismo real por el Absolutismo de un granjero puritano (que incluso prohibirá la Navidad, como ya les conté en el invierno de 2012-2013). Después en 1789 en Francia. De allí en el resto de Europa, empezando por España en 1812, y así sucesivamente, dando lugar a una Historia de guerras civiles, disputas, revoluciones.., que llenan los siglos XIX y XX y nos demuestran -¿o no?- que días como el del rey de la haba ya no servían para nada salvo como inocente fiesta de cierre de las Navidades.

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¿Año nuevo, Historia nueva?. La “Memoria histórica”, los cambios de nombre de calles, el general Moscardó y el Alcázar de Toledo (1936-2016)
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Carlos Rilova | 28-12-2015 | 10:30| 28

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes leen esta página habitualmente, los temas, muchas veces, me llegan a pie de calle. O poco menos

El que voy a tratar hoy me fue propuesto por un militar retirado con el que he compartido muchas veces mesa y mantel, amablemente invitado por la Asociación de veteranos guipuzcoanos de la que él forma parte, y a la que frecuento por seguir el consejo de John Keegan -especialista en Historia militar del que hablé hace un par de semanas- acerca de que los historiadores que escribimos sobre estos temas (la Guerra, la Historia militar…) debemos frecuentar, cuanto nos sea posible, a quienes conocen de primera mano esas cuestiones. Es decir, los militares profesionales.

El citado militar -que prefiere mantener aquí el anonimato por eludir un protagonismo que no busca- me suministró una serie de datos bastante interesantes recogidos de la tradición oral de aquellos que habían defendido el Alcázar de Toledo. Uno de los primeros hechos de armas de la Guerra Civil española pero que -como ya habrán notado por los telediarios de la semana pasada- sigue siendo caballo de batalla de los dos bandos, cuyos descendientes -sería estúpido y peligroso negarlo- siguen enfrentándose hoy día en España, aunque en combates de más baja intensidad.

El hecho es que el relato que me facilitó el citado militar, a partir de esas fuentes orales de los que estaban en el Alcázar de Toledo entre el 21 de julio y el 27 de septiembre de 1936, da una versión de lo allí ocurrido bastante diferente a la que durante cuarenta años mantuvo el régimen franquista.

Para quienes no estén muy al tanto del tema, paso a relatarles lo que, en sustancia, decía el discurso oficial de la Dictadura. Después, por ir por orden, les contaré el relato que reconstruyeron diversos historiadores entre 1963 y 1999 y, finalmente, hablaremos de las variantes que me facilitó mi informante militar a mí. Empecemos, pues, con el relato oficial del régimen franquista, mantenido, y enseñado en las escuelas como verán por la ilustración adjunta, durante cerca de cuarenta años.

En el Alcázar de Toledo, como en Santa María de la Cabeza, Gijón, Oviedo, San Sebastián, etc… se hacen fuertes mandos y tropas que, por una u otra razón -afinidad ideológica, obediencia debida a mandos favorables a los sublevados, etc…- se alinean con la sublevación que, en breve, liderará Francisco Franco.

Será en el Alcázar de Toledo donde esa resistencia será más enconada, durando esos dos meses largos, resistiendo cortinas de fuego artillero por parte de las tropas gubernamentales -más tarde calificadas por todos tan sólo como “republicanas”-, asaltos frontales  y varias minas que destruyen el edificio en su mayor parte.

Así hasta que el Ejército sublevado consigue abrirse paso hasta Toledo y liberar a los sitiados, obligando a las tropas gubernamentales a retirarse sobre Madrid, donde la guerra se enrocará durante tres años más, presentando esa villa una resistencia no menos numantina que la planteada por los militares que se habían hecho fuertes en el Alcázar.

Bien, a partir de ese 27 de septiembre, Franco, ya mando supremo de la sublevación, pondrá por las nubes al coronel Moscardó, militar de más alta graduación de los parapetados tras los muros del Alcázar. Lo convertirá, de hecho, en un segundo Guzmán el Bueno, aquel caballero que defendió a ultranza la fortaleza de Tarifa en el año 1294, negándose a entregarla a los musulmanes incluso cuando estos amenazaron con matar a su hijo.

La propaganda franquista repetirá ese paralelo hasta la saciedad, creando un relato -visible hasta hace poco en los muros del Alcázar, convertido en un  importante lugar de memoria de la Dictadura- en el que supuestamente se reproducía una conversación telefónica entre el coronel Moscardó, su hijo Luis capturado como rehén por los sitiadores y los jefes de esas tropas sitiadoras.

En esencia los republicanos o gubernamentales exigieron a Moscardó que rindiera la plaza o matarían a su hijo. La respuesta de padre e hijo durante dicha conversación habría sido ejemplar, negándose el padre a rendir la plaza y resignándose Luis Moscardó a ser fusilado por la causa de los sublevados, evitando a su padre la rendición del Alcázar bajo ese chantaje…

Bien, veamos ahora la versión de los historiadores. Según Herbert Southworth, autor, en 1963, de la obra “El mito de la cruzada franquista”, habría elementos más que dudosos en esa versión de los hechos. Sólo para empezar Luis Moscardó, el hijo del coronel sitiado y chantajeado, no era ese adolescente entusiasta de la causa franquista que se refleja en ese relato oficial y se plasmó en 1940 en la película de propaganda fascista “Sin novedad en el Alcázar”. Por el contrario, era un hombre joven más bien hecho y derecho, funcionario de Obras Públicas y, lo más importante, de ideas políticas bastante diferentes a las de su padre, con el que discutía a menudo por esa causa.

Así las cosas, la versión de Southworth, corroborada en 1999 por las investigaciones del profesor Alberto Reig Tapia, daría más visos de realidad a otra conversación menos heroica entre padre, hijo y sitiadores…

¿Y que añadiría a esto el relato que me facilitaron a mí a partir de esa tradición oral que circulaba entre algunas familias de los que habían estado en el Alcázar?. Pues, pásmense, resulta que esa versión vendría a corroborar que Moscardó estuvo lejos de ser el héroe querido por la propaganda franquista, estando mucho más cerca de lo que cuentan obras con decantadas pretensiones de rigor histórico como las de  Southworth y Reig Tapia.

Para empezar, y esto no se recuerda a menudo, a Moscardó le pilló el conflicto a punto de salir para Berlín, a las famosas olimpiadas de 1936, en calidad de jefe del equipo español de tiro. No era, pues, un mando de acción, operativo, sino más bien administrativo y eso explicaría, en gran medida, que en julio de 1936 se  atrincherase en el Alcázar -en lugar de ocupar toda la ciudad- y esperar a que vinieran a rescatarlo los militares a cuyo lado se sentía más próximo ideológicamente.

Según esta versión oral, la supuesta firmeza de Moscardó es más bien discutible. Especialmente con respecto a la crítica conversación telefónica, durante la que, al parecer, otros mandos refugiados con él tras los espesos muros del Alcázar tuvieron que presionarle fuertemente para evitar que se derrumbase ante el chantaje de matar a su hijo…

Finalmente la versión que me fue facilitada -y que puede comprobarse en la lista pública de las fuerzas refugiadas en el Alcázar- recordaba otro hecho que no suele aparecer demasiado en ningún libro de Historia que haya tratado el tema. A saber: la presencia en esa fortaleza de numerosos mandos y efectivos no sólo de la Guardia Civil que, preferentemente y en su mayoría, se alineó con los sublevados, sino de Guardias de Asalto. El cuerpo creado ex profeso por la República y que, se suponía, le era enteramente leal… Algo desmentido por la presencia, confirmada por el relato oral y el escrito, de efectivos de ese cuerpo combatiendo del lado de los sublevados y -esto es un detalle importante- contra sus compañeros que, fieles al Gobierno, trataban de reducir la resistencia del Alcázar en sucesivos y sangrientos asaltos…

Así, según ese relato, que corroboraría el de investigaciones históricas como las de Southworth, nos encontramos, más que ante héroes, ante simples seres humanos subidos, con mayor o menor agrado, al escenario de confusión y miedo que se apoderó de España en el verano, sangriento verano, de 1936 y en el que relatos como el predominante, por imposición de la Dictadura, entre 1936 y 1975, poco habrían tenido que ver con lo que realmente debió ocurrir, donde el sentido práctico, las afinidades ideológicas más o menos tibias -pronto decantadas a punta de pistola, fusil y cañón, como en el caso de Moscardó- fueron lo habitual en lugar de episodios (como el de la famosa conversación telefónica) que, de tan perfectos, resultan imposibles.

Bienvenida, pues, sea la retirada de las placas de calles de Madrid que celebraban a los militares sublevados en 1936. Entre ellos al luego general Moscardó. Pero cuando se haga tengamos en cuenta que, según versiones incluso contrapuestas -la oral de los militares sitiados, la de los historiadores más solventes (pese a ser denostados por los alineados con la línea oficial franquista o neofranquista)…-, en casos como el de Moscardó, parece ser que es bien poca cosa lo que se está retirando.

Tan sólo, según parece, el recuerdo de un hombre, de un militar de filiación fundamentalmente franquista que, más que un héroe de la causa, fue uno más de los arrollados por las nada contemporizadoras circunstancias del verano de 1936 en las que no sabias de qué color sería el pelotón de fusilamiento ante el que te podían poner.

O si, como le ocurrió al coronel Moscardó, pasarías de simple entrenador del equipo de tiro olímpico español a celebradísimo -y recompensadísimo- héroe porque así lo exigía el guión de una dictadura que ojalá jamás hubiese llegado a existir. Por el bien común, por evitar esa fractura que, todavía ochenta años después, sigue dividiendo y privando de una Historia digna de ese nombre a ese estado de la Unión Europea llamado España.

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Los emisarios de la Navidad: “Olentzero” y otros carboneros. Del siglo IV después de Cristo a la Europa postnapoleónica
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Carlos Rilova | 21-12-2015 | 10:53| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy vuelvo, como la semana pasada, como en otros correos de la Historia, a Pío Baroja, al que fue el autor de “Siluetas románticas”, que, como pueden apreciar, es una fuente casi inagotable de curiosidades -y algo más que curiosidades- históricas con las que llenar este espacio semanal.

En esta ocasión me voy a centrar en el capítulo de esa recopilación que Baroja dedicó a los carbonarios. Y aquí surge la pregunta, ¿quiénes eran esos carbonarios y qué tienen que ver con el actual emisario vasco de la Navidad “Olentzero”?.

Seguramente la respuesta a esa pregunta les sorprenderá tanto como me sorprendió a mí que, para empezar, ya tenía una idea, aunque fuera vaga, de qué eran los carbonarios pero no acerca de que tuvieran una relación, siquiera remota, con “Olentzero” y las Navidades.

Baroja, en primer lugar, hace una estupenda enumeración -digna del más metódico historiador de nuestros días- sobre qué libros y otras fuentes existen sobre los carbonarios y, asimismo, hace lo que haría cualquier historiador. Es decir, una crítica de esas fuentes tratando de calcular lo fiables que pueden ser. Algunas, como el libro de Juan Wit, conocido como Doering, publicado en Brunswick en el año 1827, le parecen poco consistentes.

Dice Baroja del autor de ese libro que era un joven alemán bastante petulante, que se introdujo en las sociedades carbonarias para desentrañar sus secretos y luego traicionarlas y pasarse a las filas de un Absolutismo furibundo, pintando así a sus antiguos compañeros como unos monstruos sedientos de sangre que sólo querían acabar con la Religión y con todos los monarcas de Europa.

Tras despacharse a su gusto con el traidor, Baroja también da lo suyo a diversos colegas de profesión -novelistas, no médicos- como Alejandro Dumas (padre) y Paul Féval (padre) que, respectivamente en “Los mohicanos de París” y “Los compañeros del silencio”, trataban de cualquier manera todo lo relacionado con el Carbonarismo.

Muy al estilo de otros novelistas menos conocidos, como Charles Nodier, que habla de ellos con detalle pero del que hay que desconfiar porque, según Baroja, es bien sabido que en sus obras mezclaba realidad y fantasía, o el español José Mariano Riera y Comas, que escribió una novela sobre el tema donde también se mezclan bastantes realidades y fantasías.

De todo eso destila Baroja que los carbonarios fueron en su remoto origen una asociación de carboneros y leñadores iniciada en tierras de la actual Alemania y el Franco Condado que, en el siglo IV después de Cristo, cuando comienza la evangelización de Centroeuropa, se dedican a predicar en esos pagos llenos de, en efecto, paganos, que nada saben de la buena nueva cristiana.

Parece ser que San Teobaldo, nacido en Brie y ordenado en Italia como sacerdote, y posteriormente eremita en Suabia, fue uno de sus impulsores hacia el año 700 después de Cristo.

Así las cosas, esas asociaciones de carboneros y leñadores acabaron siendo, ante todo, grupos de apóstoles cristianos que, bajo ese conveniente disfraz, se dedicaban a  difundir el Evangelio entre los paganos de Centroeuropa, lógicamente bastante abundantes en zonas aisladas como lo podían ser las de inmensos bosques donde vivían apartados de todo, durante mucho tiempo, hombres como los leñadores y, sobre todo, los carboneros…

Un relato que, curiosamente, coincide, casi perfectamente, con el “Olentzero” vasco, a quien pasó a describir a continuación. Sobre todo para aquellos que leen esta página desde más allá del País Vasco.

Saber cuando el “Olentzero” empezó a existir, tal y como se le conoce hoy día -hasta la saciedad- en todo el País Vasco, es bastante difícil.

Si nos sumergimos en cuestiones de folklore descubrimos que palabras similares a “Olentzero”, como “Onenzaro”, se asociaban, fuera del Norte de Navarra y el litoral guipuzcoano, no a un personaje como el que hoy se saca a pasear por las calles de muchos pueblos vascos, sino a un tronco o a cánticos navideños del estilo de los “Christmas carols” británicos o los villancicos.

Aún más, Emilio Xabier Dueñas, miembro de la antigua y hoy extinta sección de Folklore de la Sociedad de Estudios Vascos, declaraba no hace mucho tiempo al periódico “ABC”, en 24 de diciembre de 2013, que el “Olentzero” tal y como hoy se conoce no se formó y extendió hasta finales de los ochenta del siglo pasado…

Josu Larrinaga, en una obra de Etnografía dirigida por Dueñas, recuerda que en Deusto apareció el primer “Olentzero” de tipo actual en 1968. Después la tendencia se reforzó y extendió cuando, en medio del auge de los partidos nacionalistas tras el fin de la Dictadura, se buscó, en esto como en muchas otras cosas, una identidad propia, un personaje distinto a los Reyes Magos y al Papá Noel nórdico-anglosajón, que trajera regalos a los niños vascos encarnado de manera adecuada a los parámetros de esa ideología.

Así se popularizó la figura de un gordo y rubicundo baserritarra -un granjero vasco para los que nos leen desde más allá de la frontera del euskera- vestido a la usanza del año 1860 aproximadamente (con boina, blusón de trabajador manual, pantalón embutido en medias de lana y calzado con abarcas) a pesar de que también tiene un vago aire de ser ancestral, intemporal. Algo nada raro en la cultura popular vasca, como ha señalado el antropólogo Joseba Zulaika, que nos indica que en dicha cultura es muy habitual mezclar épocas tan dispares como la Prehistoria y las guerras carlistas.

La aparición, muy reciente, de la compañera de “Olentzero”, Mari Domingi, es una buena prueba de ese eclecticismo histórico. Por un lado parece que se dotó a “Olentzero” de esta compañera, extirpada a otra sección del folklore navideño vasco, por una evidente concesión a la cuestión de la paridad de sexos -una preocupación de las dos últimas décadas del siglo XX- que lógicamente no podría admitir que los regalos los lleve solo un hombre… Por otra parte, Mari Domingi suele aparecer vestida de un modo cuando menos chocante, ya que combina en su atuendo un tocado corniforme que las mujeres vascas -y europeas en general- dejan de usar entre el siglo XV y el XVI y, a veces, combina esas ropas con otras más adecuadas a las de la época que, se supone, representa “Olentzero”. Es decir: el mundo rural vasco de hacia 1860.

En cualquier caso, si nos fiamos, una vez más, del buen hacer de Pío Baroja como historiador (corroborado por distintos etnógrafos como su sobrino Julio Caro, el padre Barandiaran, Antxon Aguirre Sorondo…), parece que esta tradición de “Olentzero”, en apariencia inventada hace muy poco tiempo, tenía, por una vez y sin que sirva de precedente, un sólido pasado histórico: el de los carboneros/carbonarios que extendían el Evangelio -y con él la celebración de la Navidad- por la Europa pagana de finales del siglo IV después de Cristo. Toda una pista sobre cómo habría que vestir y emplazar históricamente a partir de ahora a “Olentzero” y a Mari Domingi.

Les dejo por hoy con tan grata reflexión para éstas que desde la Asociación de historiadores guipuzcoanos esperamos sean muy felices Navidades. Queda para otro día la historia de cómo los carbonarios pasaron, al filo de 1800, de apóstoles cristianos a sociedad secreta de tipo más bien revolucionario… Gabon zoriontsuak denoi!.

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“Lo que este país necesita es…”. Una semana de reflexión, las elecciones generales del 20 de diciembre y la Historia como bien público
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Carlos Rilova | 14-12-2015 | 10:31| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Seguramente usted también se lo pregunta en esta semana de reflexión antes de las elecciones del 20 de diciembre. Qué es lo que este país necesita. Como se lo preguntaban en ese chiste de “Americana” -que pueden apreciar en la ilustración adjunta- varios vagabundos prototípicos de los Estados Unidos de la Gran Depresión que, en medio de una borrachera de alcohol seguramente muy barato, discuten entre ellos qué es lo que necesitaba esa nación hundida en la miseria por el “Crack” del 29.

El que lleva la voz cantante lo dice claramente: “Este país necesita cinco o seis buenos Mussolinis…”. Claro, qué menos para un país como Estados Unidos, que era cinco o seis veces más grande que la Italia fascista…

Sin llegar aún a extremos tan drásticos, llevamos meses, de hecho más de un año, desde 2014, dando vueltas a qué es lo que necesita España. La España de 2015 que no se ha hundido, otra vez, en el marasmo de 1934 (el mismo en el que sobrenadaban en alcohol esos pobres vagabundos de “Americana”) a pesar de la dureza de las condiciones que se han vivido -especialmente desde 2011 en adelante- pero que no termina de levantar cabeza en muchos aspectos.

Yo, por supuesto, no voy a decir qué opción política, qué partido de todos los que se presentan, es el que puede saber mejor qué es lo que necesita esa España que, aún sin ser la de 1934 otra vez, camina peligrosamente por el borde de un abismo muy parecido.

Lo que si voy a hacer es opinar de qué es lo que debería hacer el partido o partidos que ganen las elecciones del 20 de diciembre. Principalmente qué problemas estructurales -es decir: históricos- deberían tratar de resolver para alejarnos del abismo por cuyo filo aún caminamos. Problemas estructurales -es decir: históricos- de los que, desgraciadamente, no he visto ni oído nada en los programas de ninguno de los partidos -viejos o nuevos- que se presentan a estas elecciones. Extremada y preocupantemente vagos ante esas cuestiones que, por más que se las ignore, están ahí corroyendo, poco a poco, las estructuras sobre las que se supone debemos vivir.

Ese problema principal -aunque, por supuesto, no el único- del que adolece hoy en España la Política que sale elegida en las urnas, fue definido, precisamente en 1933, por ese Pío Baroja metido a historiador del que ya he hablado en algún que otro correo de la Historia. Es decir, el de la serie de artículos titulados “Siluetas románticas”.

En uno de ellos, “La vida de Chico”, Baroja define con bastante acierto ese problema de enfoque que la Política en general ha tenido en España, según parece, desde el siglo XIX. Dice Baroja, del modo abrupto que lo caracterizaba, que en España, desde esas fechas, no ha habido curiosidad histórica, que los que la han regido se han preocupado más de la aplicación de decretos y leyes, que de conocer un pasado que condicionaba el desarrollo del presente.

Como ejemplo sangrante de esa visión miope que cree poder resolverlo todo con la aplicación de leyes sin preocuparse de saber nada más, señalaba Baroja las palabras que le dirigió un ex-senador navarro, asombrado porque andaba haciendo averiguaciones en Vera de Bidasoa para saber de la expedición del general Mina en 1830, destinada a restaurar en España una monarquía parlamentaria. El resumen de lo que había que saber a ese respecto, según ese senador, era que a él, al senador, no le interesaba nada ese asunto y que ya sabía todo lo que tenía que saber gracias a lo que les había contado un viejo baserritarra de la zona de nombre -o apodo- Galchagorri…

Ese desdén por el propio pasado, ese reducir la propia Historia a una mera anécdota, parece ser que se ha convertido en un mal recurrente de nuestra Política y ya está, desde luego, pasando gruesas facturas. Como, por ejemplo, la descomposición del llamado estado de las autonomías, que no saben exactamente qué es lo que las une, ni de qué entidad histórica forman parte. Terreno abonado para que ocurra lo que desde noviembre estamos viendo ocurrir en Cataluña.

El partido o partidos que salgan victoriosos de las elecciones, harían bien en modificar esa grosera actitud del ex-senador que se burlaba de Baroja por querer escribir Historia de España en serio. Harían bien, por ejemplo, en buscar un mínimo común denominador -sin pisotear a nadie, sin obligarle a deglutir banderas ni a cantar zarzuelas- para que, desde Irún hasta Cádiz, se enseñase la Historia que hemos compartido durante cinco siglos.

Harían también bien dichos partidos vencedores en conseguir que se difunda otra visión histórica de España -más ajustada a los hechos y no a fantasías enfermizas- que no se base en los groseros -y falsos- tópicos de una leyenda negra inventada en el siglo XVI por un país, Holanda, que, lo que son las cosas, apenas treinta años después de su separación de la corona española estaba pidiendo a ésta que la protegiera, alternativamente, de Francia e Inglaterra.

Por cosas así harían también bien esos partidos vencedores el 20 de diciembre en crear una política científica que no pasase por el desmantelamiento y/o adocenamiento de instituciones de investigación científica como el CSIC, o unas universidades cuya indigencia económica e intelectual deberían conocer de primera mano, pues muchos de los posibles futuros presidentes, ministros, secretarios de estado, subsecretarios, etc… provienen de ese medio aunque, sorprendentemente, nada hayan dicho de arreglar ese problema en sus respectivos programas políticos.

Una reorientación que pasaría por detener el desprestigio asnal de la práctica de la Ciencia en España que, en el mejor de los casos, la reduce a querer que haya por aquí unos cuantos químicos, físicos y matemáticos haciendo “cosas” -no se sabe exactamente cuáles- y dando por inútiles (¡?), desaparecidas o inexistentes el resto de ramas de la Ciencia en una actitud sencillamente inconcebible en otros países “de nuestro entorno”…

Es claro que, a partir del domingo 20 de diciembre, este país va a necesitar muchos otros cambios, pero no estaría mal empezar a construir el nuevo edificio político por los cimientos -Ciencia, conocimiento, verdadero I+D+i y no un mero aumentar el número de puentes y obra civil en general mientras se cierran bibliotecas y centros de investigación en Ciencias Sociales- y no por el tejado de un Desarrollismo hortera y barato -y al final contraproducente- que parece engendrado por los guionistas de “¡Vente a Alemania, Pepe!”. Película muy divertida pero que, que se sepa, ha sido bastante inoperante para mantener en marcha, de manera viable a corto y medio plazo, un país con las responsabilidades internacionales de España…

Si los partidos vencedores este domingo tienen suficiente inteligencia política como para dar ese giro al timón del estado tendrán, aparte de un sólido éxito reconocido por muchos años -incluso siglos- el agradecimiento de muchos miles de españoles, del gobierno de Bruselas y, muy probablemente, del Departamento de Estado de Estados Unidos, que se ahorrará unos cuantos viajes a Madrid -y otros graves problemas- para proclamar lo necesaria que es una España fuerte y unida…

Ese mismo país que, sin embargo, lleva tambaleándose desde hace muchos, demasiados, años por sucesivas crisis y una economía semidesarrollada y también por carecer de un sistema de ciencia e investigación integral al estilo del de los países más avanzados de Occidente, de cuya lista, España y los que la han gobernado desde 1978, dicen querer formar parte con verdadero ahínco.

Algo que luego, la verdad, hasta ahora, no se manifiesta mucho en la práctica vista la estólida permanencia en España de políticas tan cortoplacistas e indocumentadas como las que acabo de relatarles aquí…  Elijan, pues, bien el día 20. Y después exijan.

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Historia e Historia marítima. El fin del bergantín Donostiarra, la fiebre amarilla de 1823 y la restauración de un rey absoluto
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Carlos Rilova | 07-12-2015 | 10:41| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, a todo trance, voy a tratar de reconducir este correo de la Historia a temas que no tengan nada que ver con la repercusión de la Historia en la actualidad. Para eso vamos a retroceder, una vez más, a la época romántica, al año 1823 del que ya he hablado en varias ocasiones, aunque sea tangencialmente, en las últimas semanas. Di, por una de esas casualidades tan poco casuales en la investigación histórica, con esta historia de la Historia del Mar que les voy a relatar. Estaba ojeando material sobre la guerra civil de 1823 cuando reparé en un interesante folleto publicado en 1827 por el médico donostiarra Juan Montes.

Políticamente era un hombre bastante opaco. Por un lado no estaba en la lista de personas que, dentro o fuera de la Milicia Nacional Voluntaria (la guardia de corps del régimen constitucional), se quedaron a defender San Sebastián durante el asedio al que la somete el Ejército “ultra” al mando del duque de Angulema enviado por las potencias del Congreso de Verona a sofocar el régimen parlamentario español. Tampoco parece haber sido parte de los que abandonan la ciudad en abril de1823 y combaten a ese mismo Ejército hasta llegar a La Coruña y capitular allí honrosamente con Angulema. Lo que se sabe de él, de momento, es lo que él mismo cuenta en la portada de su trabajo sobre la fiebre amarilla en Pasajes de San Juan en 1823.

Es decir, que era médico de la Escuela de San Carlos en Madrid, que ejerce como profesor de Medicina en San Sebastián, miembro de varias sociedades médicas de investigación como la de Cádiz, Bruselas y Burdeos y sujeto condecorado por el rey Fernando por sus servicios militares. El mismo que autoriza desde 1824 que se imprima su trabajo sobre la fiebre amarilla.

Lo más interesante de esa obra, al menos para este artículo, viene a partir de la página 327, donde empieza el capitulo segundo de ese breve relato que el doctor Montes titula de un modo algo romántico -era lo que estaba de moda incluso entre científicos- como “Historia del bergantín Donostiarra”.

Se trata de un relato muy revelador sobre la época -la de la reacción del Absolutismo en la Europa postnapoleónica- y el lugar, un puerto europeo de comienzos del siglo XIX. Lo es porque el análisis del doctor Montes es minucioso para determinar qué clase de barco era el bergantín Donostiarra. Si de los que traía prosperidad, información y comercio, o de los otros, de los que, además, portaban enfermedades contagiosas como la fiebre amarilla. Las opiniones del doctor en favor de que el Donostiarra era de la primera clase de barcos que podían atracar en un puerto en aquella época, como veremos, también resultan de lo más reveladoras

El doctor Montes mantendrá con mucho esmero, aplicando el común y habitual método científico lógico-deductivo, que el Donostiarra no trajo la fiebre amarilla.

Para empezar el barco procedía de un puerto en el que no había epidemia, como era el caso en ese momento de La Habana, donde había cargado 730 cajas de azúcar, 22 sacos de café, tabaco en rama, cera amarilla, un barril de miel y, curiosamente, una, una sola, caja de dulces…

Se había hecho a la vela con 21 tripulantes y cinco pasajeros en el mes de junio de 1823. Todo había transcurrido sin problemas que llamasen la atención de la primera Junta de Sanidad -la de La Coruña- en la que toca puerto tras su travesía transatlántica de 35 días. La única baja producida en ese lapso había sido un tripulante que murió de un modo un tanto truculento -echando espuma por la boca- a causa, decían, de haber comido piña en abundancia mezclada con mucho aguardiente de caña. Tras diez días de cuarentena en el puerto de La Coruña, se dejará marchar al bergantín a Santander, donde tampoco se apreciaron síntomas de epidemia.

Algo que, sin embargo, no bastará para calmar uno de esos tozudos rumores que solían extenderse en la época -con más fuerza aún que hoy día- cuando se sospechaba que había alguna epidemia de alguna clase.

El temor tenía una base racional. El Donostiarra se había dedicado, como muchos otros barcos de esa procedencia, al tráfico de esclavos. Así lo reconoce el doctor Montes. Sin embargo niega que eso facilitase la llegada entre sus cuadernas, tal y como se había dicho, de la enfermedad.

Entre otras cosas porque después de dejar ese infame tráfico de seres humanos, había sido carenado en 1820 en Barcelona, se le había cambiado la mayor parte de la tabla del forro interior y había sido nuevamente carenado en La Habana en 1821 y en enero de 1823 en Burdeos. De ahí deducía el doctor Montes que, las muertes de gente relacionada con el bergantín Donostiarra, procedían de otras causas que nada tenían que ver con la epidemia de fiebre amarilla declarada en Pasajes de San Juan.

Así, los cuatro carpinteros muertos tras subir al barco para hacer varias reparaciones, habían consumido previamente varias botellas de un liquido desconocido encontradas en el rancho de proa del bergantín y que ellos tomaron por alcohol de calidad, a pesar de que exhalaban un olor fuerte y dulzón y asimismo echaban humo al ser destapadas. Todo eso, el calor bajo el que trabajaron y la humedad, fueron, en opinión del doctor Montes, los que provocaron su muerte antes de que se declarase en los fallecidos ningún síntoma de fiebre amarilla.

A pesar de eso y de que la epidemia no se comunicó siquiera a Pasajes de San Pedro cuando el barco fue trasladado al otro lado del puerto, a su astillero, todas las autoridades médicas y civiles enteradas del caso, salvo el doctor Montes, quedaron de acuerdo en que había que quemar el barco y todos sus objetos. Incluso aquellos que se sabía desde tiempo inmemorial, como dice Montes, que no podrían contagiar nada.

Así, el día 20 de septiembre, el Donostiarra hizo su último viaje remolcado hasta fuera de la barra del puerto, donde se quemó con toda su jarcia, velamen, cañones, lingotes de lastre y cable nuevo. Sólo se respetó el rico cargamento ya almacenado en el puerto. Todo esto, en cualquier caso, fastidió mucho al doctor Montes, que se tomó el asunto como algo casi personal, escribiendo un curioso informe acerca de la inconveniencia de quemar el barco, bastando, según él, con haber limpiado sus velas o abrirle una vía de agua -él la llama “rumbo”- para lavar sus cubiertas y sollado.

Cualquier cosa con tal de no destruir el bergantín, rebajándose Pasajes de San Juan, según dice el airado doctor, a tiempos de inteligencia más oscura. Como el año 1630 en el que se creyó que la peste era anunciada por campanas como la de Belilla en Aragón o que el contagio se extendía en Milán por medio de polvos arrojados a la ropa. Unas deplorables supersticiones, según el doctor Montes, que hicieron posible el único caso igual al del Donostiarra en toda la Historia de la Epidemiología española -que Montes remonta desde la época de Cristo hasta el año 1800- al quemarse otro barco en el puerto de Barcelona para atajar la epidemia…

En conjunto, este folleto es un cúmulo de instructivas opiniones como esa. Con él el doctor Montes, tal vez sin siquiera sospecharlo -o tal vez sí- nos informaba de varias cosas. Por ejemplo lo que podía traer un barco a un puerto en el 1800, de las condiciones en las que se vivía en dicho puerto y de cómo facilitaban la aparición de epidemias agravadas por una situación de guerra y movimientos de tropas, o, finalmente, qué grado de libertad de opinión toleraba una monarquía absoluta como la de Fernando VII, quien, por cierto, permite que se publique tres años antes que la del doctor Montes la Memoria del doctor Arruti -titular en San Sebastián- sobre este tema, dejando así para después lo que afirmará Juan Montes que, como hemos visto, tenía una solitaria, proilustrada (¿tal vez también liberal y malavenida con un restaurado rey absoluto?) y sui generis opinión sobre lo ocurrido en Pasajes de San Juan…    

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