Diario Vasco

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Dos lecciones de Historia política a partir de la “Ley mordaza”, “Los miserables” y el 15-M
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Carlos Rilova | 15-12-2014 | 10:29| 3

 

Por Carlos Rilova Jericó

La semana pasada fue aprobada la llamada “Ley mordaza”, proyecto largamente soñado por el actual ministro del Interior español, que ejecuta así lo que parece tanto un acto de voluntad personal, como deseo generalizado del gobierno que entró en funciones en el año 2011.

Dicho proyecto ha suscitado toda clase de protestas que se han estrellado contra la mayoría absoluta del Partido Popular en el Congreso de los Diputados.

Entre las que más me han conmovido -y de paso inspirado este artículo- ha estado un último gesto de resistencia por parte de algunos miembros del movimiento 15-M (eso dijeron algunos telediarios el día 12) que, entrados en el Congreso como público destinado a las galerías superiores, osaron ponerse a cantar una de las canciones del musical “Los miserables” -basado en la novela del mismo nombre firmada por Víctor Hugo- como acto de protesta por la aprobación de esa ley mordaza.

Por supuesto, de acuerdo al rígido protocolo que impera en esa alta institución del Estado, fueron expulsados por los ujieres, para que así se sepa que no estamos en tiempos revolucionarios. Como los de 1789 o 1812, fechas en las que el bajo pueblo exaltado por palabras como “Libertad” o “Constitución” increpaba a los diputados que, en su opinión, no defendían esos recién conquistados derechos.

El gesto, como decía, fue hermoso, incluso conmovedor, pero, claro, como siempre, aquí hablamos de Historia y lo que toca es analizar el valor histórico, para nuestra sociedad, de dicho gesto. Vamos, pues, con la primera de las dos lecciones de Historia política que se pueden sacar de ese incidente, ocurrido el 11 de diciembre de 2014 en el Congreso de los diputados español.

Esa primera lección es para el público en general. Entre ellos los presuntos miembros del 15-M que cantaron esa canción de “Los miserables” en el Congreso y, quizás, están confundidos sobre lo que realmente, en términos históricos, se representa en la película, en la que todo parece una continuación, no demasiado lógica, de la famosa revolución de 1830 inmortalizada por Delacroix en un famoso cuadro.

La película indica que la acción revolucionaria dramatizada en ella transcurre en 1832. Entonces ¿de qué proceso revolucionario puede tratarse si dos años antes, en 1830, ya se había instaurado un gobierno de esas características?.

En efecto, en julio de ese año el pueblo francés se levantó contra un régimen tiránico: la monarquía absolutista -cada vez más absolutista- de Carlos X. Se derrocó a este rey de la dinastía Borbón -el último de ella que ha reinado en Francia- y se instauró una monarquía constitucional poniendo como rey a Luis Felipe de Orleans. La dinastía de repuesto -llamémosla así- para el trono francés, que llevaba desde el siglo XVII esperando esa oportunidad.

Luis Felipe pasa en los libros de Historia por ser un buen tipo. Mucho mejor que aquel Carlos X con tendencias de sátrapa al que vino a sustituir. Se decía de él que era un apacible burgués, más de paraguas y chistera que de cetro y corona, y de hecho gobernó durante dieciocho años Francia. Todo un logro en el convulso panorama de la Europa de la Era de las revoluciones. Más aún teniendo en cuenta que, a diferencia de nuestro Fernando VII -que se quedó lívido al ver lo que había ocurrido en Francia, hasta entonces valedora de su propio Absolutismo-, gobernaba como rey constitucional y parlamentario.

Esa es la teoría que, como vemos, hace bastante incomprensible una revolución como la de “Los miserables”. La práctica de la monarquía de Luis Felipe lo explica mejor: no fue tan liberal como se pudiera creer. Las tendencias autoritarias de parte de la burguesía que había querido la revolución de 1830 hicieron pronto su aparición, poniendo límites a la Libertad que les había guiado en julio de ese año hasta las Tullerías para derrocar a Carlos X.

Otra parte de la burguesía, más revolucionaria, menos moderada -y republicana-, apoyada en el bajo pueblo, en los miserables en fin, exigió no menos sino más Libertad, apelando por cierto, como se ve en la película con total claridad, a un general, Lamarque, que ellos veían como garante de esas aspiraciones…

Sin duda ese sector revolucionario que quería más revolución a partir de la hecha en julio de 1830 no se acordaba -o no se quiso acordar- de que otro general, Napoleón -jefe, por cierto, de Lamarque-, diecisiete años antes, en lugar de ser garante de ninguna revolución se instauró como autócrata entre 1804 y 1814. Más una propina de cien días. En cualquier caso Luis Felipe y su régimen no estuvieron muy dispuestos a escuchar demandas sobre más, y no menos, Libertad. La cosa, como se ve en la novela, en el musical, en la película… acabó en baño de sangre.

Así hasta que en 1848 los derrotados en esa acción represiva hicieron su propia revolución, instaurando la Segunda República francesa.

¿Fueron entonces los franceses más libres?. Pues desgraciadamente no. Nos cuentan los historiadores especializados en ese período que uno de los primeros efectos de esa revolución fue crear un cuerpo policial represivo que ha llegado hasta hoy día en Francia bajo la forma de las temibles CRS. Es decir, las Compañías Republicanas de Seguridad. La Policía antidisturbios francesa de fama mundial y no precisamente por la suavidad de sus métodos de diálogo político…

Además de esto el sobrino de Bonaparte dio un golpe de estado en 1851 e instauró otra autocracia imperial que, tras sacarse de encima a unos cuantos protestones -uno de ellos Víctor Hugo-, gobernaría Francia hasta 1870. La cosa no pararía ahí. La larga marcha por la Libertad en Francia, y en el resto de Europa -España incluida-, continuó. De hecho hasta hoy mismo. Siempre por la misma tensión entre sectores de la burguesía más moderados y otros más revolucionarios apoyados en las clases populares, que quieren para ellas el mismo trato que la burguesía exigió en 1789…

Lo que se vio el miércoles en el Congreso de los Diputados fue un episodio más de esa lucha, representada esta vez por los expulsados de las galerías del público y por el ministro Jorge Fernández Díaz.

Y eso nos lleva a nuestra segunda lección de Historia política, que esta vez me permito dedicar a dicho ministro y al sector de opinión que representa. Puede que él y quienes lo apoyan en las urnas no sepan que, una y otra vez, en la Historia, cuando un grupo social -patricios romanos, aristocracia feudal, burguesía conservadora…- ha ido excluyendo a más y más gente y después ha pretendido defenderse con leyes como la de “la patada en la puerta” -promulgada por el PSOE en 1992- o la “mordaza”, lo único que ha conseguido es que las masas de hombres y mujeres airados -como dice la canción de “Los miserables”- hayan venido a exigir cuentas. En las escalinatas del Palacio de Invierno o en las urnas. Eso si antes la guardia pretoriana o los cosacos de la Guardia Imperial -en principio los garantes de leyes así- no han acabado ya, por pura avaricia, porque son ellos, al final, los que tienen el control de la fuerza física…, con esa clase dirigente y excluyente que pretende escudarse en leyes así…

Lo que viene después de eso puede ser mejor o peor, traer más o menos Libertad, pero normalmente, a esas horas, los autores de leyes así ya han sido arrollados por la situación que ellos mismos han creado con un egoísmo digno de urracas y una ignorancia propia de la materia más inerte que se pueda encontrar en el Universo.

Dicho esto sólo queda desear, al señor ministro, a su partido y a su ley, muy buena suerte para las cada vez más próximas elecciones generales. Les va a hacer falta.

Sobre todo si las ganan y siguen con sus planes de estos últimos cuatro años, porque probablemente nos llevaran así a la misma situación en la que se encontraba ese país tan terrorífico hoy para muchos -Venezuela- antes de que el comandante Hugo Chávez se hiciera con el control de la situación. Cuando fue aupado -en las urnas- por miles de excluidos, de marginados. Esos mismos que fabrica en serie gente como la que luego promulga leyes mordaza, esperando así poner puertas al alud que ellos mismo acaban por provocar y que, en efecto, los arrolla, demostrándonos que, a veces, el Mundo está gobernado por gente que no ve más allá de sus narices, que ni siquiera es consciente del alcance de sus propios actos y del daño que les pueden acarrear. A ellos y a muchos otros…

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¿Es en serio o es en broma?. La trastienda de los documentos históricos y los cambios de opinión sobre Lord Wellington (San Sebastián de 1813 a 1828 pasando por 1815)
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Carlos Rilova | 08-12-2014 | 10:15| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

La opinión de Jane Austen sobre la Historia que, como ya les he dicho alguna vez en este correo de la Historia, era creer que la mayor parte de ella era ficción, parece estar bien extendida.

Muchas veces me he encontrado, incluso entre compañeros de otras ciencias que no son la nuestra -es decir, la Historia-, la idea de que quienes reconstruimos el pasado lo hacemos no a base de método científico, sino de leyendas y rumores. Incluso algunos creen que basta con la intuición personal para hacer esta tarea tan delicada.

Pues no, nada más alejado de la realidad. Y esa curiosa circunstancia es la que me ha llevado a elegir este tema como eje de este nuevo correo de la Historia, amortizando así, al menos en una ínfima parte, las investigaciones que estoy finalizando en estos momentos.

En efecto, ando manejando últimamente documentación sobre un personaje histórico famoso y muy controvertido. Al menos en mi ciudad, San Sebastián.

Me refiero a no otro que el duque de Wellington, Arthur Wellesley, general en jefe de los ejércitos aliados que de 1808 a 1813 combaten en la Península, después, en 1814, en Francia y, finalmente, en las llanuras de Bélgica en un lugar llamado Waterloo, batalla que en pocos meses se hará famosa gracias a cumplir su bicentenario. Razón más que suficiente para que, en efecto, hablemos hoy aquí de Lord Arthur y de su fama recogida en diversos documentos históricos.

A nivel mundial, Lord Wellington pasa por ser el destructor de Napoleón, el vencedor de esa batalla de memoria formidable llamada “Waterloo”.

Todos los documentos dicen eso. Y después de ellos los libros de Historia y así sucesivamente.

¿Hay alguien que tenga una mala opinión sobre él, incluso fuera de Francia?. La respuesta es que sí. Algunos contemporáneos suyos que no eran Napoleón, ni sus también famosos mariscales, tenían una mala, incluso pésima, opinión de él.

Se trataba de los gobernantes de San Sebastián, supervivientes a la quema y destrucción de su ciudad a partir del 31 de agosto de 1813, cuando la última gran operación militar para expulsar a los franceses de España culmina con la toma -inevitable, imprescindible- de San Sebastián y su posterior destrucción a manos de las columnas aliadas, de soldados británicos y portugueses, que la toman al asalto con atroces bajas de varios miles de muertos, provocando a su vez, y fuera del control de sus oficiales, un desastre aún mayor, que el año pasado -como ya sabrán quienes leen este correo de la Historia- ha dado lugar a penosas diatribas en las que la Política ha tratado de enmendar la plana a la Ciencia haciendo pasar de contrabando -una y otra vez- opiniones políticas como si fueran Historia.

Dicho contrabando es fácil de reconocer: lo primero que pretende es que ideas y preocupaciones de hoy día sean las ideas y preocupaciones de gentes de hace doscientos años, a las que, para empezar, apenas se conoce de nada.

La solución a ese embrollo -cuando hay voluntad de resolverlo- es también bastante sencilla. Consiste en dar a alguien titulado en una facultad de Historia la documentación relativa a dichos sucesos para que escriba un informe sobre los mismos tras analizar el contenido de esos documentos.

Hecho esto en el caso, por ejemplo, de la buena o mala prensa de un famoso general como Wellington, conocido en el mundo entero, se descubren cosas curiosas.

Por ejemplo que los representantes municipales de San Sebastián consideraban a dicho general como hombre de fama inmortal, un verdadero héroe, libertador de España. Todo eso está dicho en una carta fechada en Zubieta -punto de reunión de los vecinos de la devastada ciudad- en 8 de septiembre de 1813 y conservado en un legajo de correspondencia dirigida al excelentísimo duque de Ciudad Rodrigo, conservado en el archivo municipal de San Sebastián con la signatura E  5  III  2117, 14.

Esa opinión irá cambiando de manera drástica en los meses siguientes, entre octubre y noviembre de 1813 y enero y febrero de 1814.

Las respuestas que mylord da en persona o por medio de su secretario militar, Josef O´Lawlor, a las peticiones de ayuda de la ciudad para que se les compense por los daños causados, no ayudan mucho a que mejore la opinión de esa comunidad sobre él.

De ahí vendrá un progresivo deterioro. Wellington señalará en respuesta a esa carta de 8 de septiembre que lamentaba lo ocurrido, que no era culpa suya y que, de hecho, la destrucción de la ciudad era todo un inconveniente para su ejército al privarle de alojamientos.

La carta de 18 de septiembre de 1813 en la que Wellington volvía a responder a nuevas demandas de la ciudad, abría una agria brecha entre ambos personajes históricos -la ciudad y el general- cuando éste, por mano una vez más de O´Lawlor, insistía en que los franceses habían quemado la ciudad, en cinco o seis puntos, antes de que sus tropas entrasen…

Afirmación que era saludada por una nota al margen de la misma, hecha por la ciudad o cualquiera de sus representantes, tanto daba, señalando que había que estar borracho (sic) o falto de cabal juicio para decir tales cosas…

Desde ese punto la mala prensa de Wellington en San Sebastián no hará sino crecer a pesar de que en los documentos oficiales, en los que no se ponían notas al margen como esas, se mantuviesen las formas.

En efecto, en ellos se echa la culpa a O´Lawlor, se achaca la frialdad de Wellington ante la desgracia de la ciudad a conveniencias políticas, pero se le sigue elogiando, confiando en que apoyará la reconstrucción de la ciudad y hará que lleguen a ella socorros de España, de sus colonias y hasta de Inglaterra, como ocurrió en el caso de Moscú.

Sin embargo, el mal ya estaba hecho y no podía ir sino a peor. La ciudad acabó por ser reconstruida pero sus habitantes alimentaron un rencor considerable contra el famoso general. En 1828, cuando reciben a Fernando VII y a su mujer para celebrar la reconstrucción, los documentos oficiales de la ciudad señalarán que el culpable de su destrucción por el fuego, como una nueva Troya según esos papeles, era el vencedor de Waterloo…

No es que la futura capital guipuzcoana no se hubiese alegrado de la victoria aliada en ese famoso campo belga. Otros documentos municipales demuestran que la ciudad celebró por todo lo alto la destrucción del Tirano de Europa, de Napoleón, de aquel al que esos documentos oficiales de la ciudad no dudaban en llamar “Monstruo”, pero el desencuentro de 1813 seguía pesando y mucho. Y acabó por reflejarse en los documentos históricos, permitiendo así, como vemos, reconstruir perfectamente esa secuencia de hechos históricos que nos ofrece hoy una perspectiva poco conocida de la mala fama de un personaje tan famoso como Lord Wellington, pero no por ello menos cierta ni menos digna de ser conocida por todos aquellos que quieran decir -por ejemplo en la cena de Navidad del año 2014- que ellos saben de Historia.

Una materia que, como ven -o eso espero- nada tiene que ver con una reconstrucción a base de leyendas y rumores, sino con documentos muy elocuentes. De hecho, a veces, descaradamente elocuentes…

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Historias de mandarines. De la China de 1914 a la España de 2014
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Carlos Rilova | 01-12-2014 | 10:46| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este nuevo correo de la Historia empezó a fraguarse entre el miércoles y el viernes de esta pasada semana. Fue entonces cuando saltó a las pantallas la noticia del que ahora se conoce como “doble crimen de Zamora”.

Por si no se han enterado del asunto les diré que detrás de ese titular hay dos personas, una mujer de origen dominicano, joven, de 32 años, y su hija, de 9.

Según todos los indicios disponibles las mató el antiguo compañero sentimental de la madre. Después, para ocultar el delito, parece ser que las arrojó a un pozo donde sus cuerpos fueron encontrados por la Guardia Civil.

El modo en el que la abuela y madre de las dos asesinadas en Zamora contó cómo eso había llegado a ocurrir es lo que me ha llevado a escribir este nuevo correo de la Historia.

Ella, la madre y abuela de las víctimas, salió en los principales telediarios del jueves llorando, como no podía ser de otro modo, y arrojando a las ondas palabras que eran verdaderos mazazos. Decía que era aún más culpable del crimen no el asesino directo, sino el juzgado -el de Plaza de Castilla, en Madrid- donde ella había denunciado la cadena de amenazas, abusos, malos tratos, etc… que, tal y como temía, acabaron en el asesinato de su hija y de su nieta.

El viernes la cosa tomó un peor cariz aún. Sólo Telecinco, como les decía, seguía haciéndose eco del caso en su telediario matinal, volviendo a entrevistar a la abuela y madre de las dos víctimas. La razón para hacer tal cosa, al parecer, era que el Juzgado ya había manifestado que no se atendió la denuncia porque la letra de la misma era ilegible…

Los reporteros de Telecinco demostraban, sin embargo, que la letra de la denunciante era perfectamente legible -doy fe de ello- y su número de móvil también era perfectamente legible…

No sé por dónde evolucionará la cosa pero, en base a los datos de que dispongo ahora, estos que les he resumido, llevo desde el miércoles sin poder quitarme de encima la imagen de la China de hace cien años y su gobierno de funcionarios y burócratas.

Verán, se trataba de un país totalmente, o casi totalmente, anquilosado. Por diversas razones, pero, entre otras, por estar regido por una casta funcionarial que, quizás, ha sido la más perfecta -lo cual no quiere decir que fuera buena- que ha conocido la Humanidad.

Desde el siglo VII de nuestra era y hasta 1905, ese Imperio pasó a ser regido por funcionarios que se abrían paso hasta la cúspide del gobierno por medio de un complicado sistema de exámenes.

Fundamentalmente dichas pruebas -que son una constante en la Literatura china de esos siglos y aún en la posterior, reflejo de una verdadera obsesión- trataban de determinar hasta qué punto el aspirante conocía la fórmula de gobierno que se llevaba aplicando en el Imperio desde tiempo cada vez más inmemorial. A saber: un conglomerado de filosofía confuciana y taoísta, Historia, Literatura, Leyes…

El tipo humano que salió de ese método de selección era un individuo que creía vivir en el centro del Mundo -eran los demás los que estaban equivocados, por ejemplo los europeos-, estático, carente de dinamismo -como lo demostraban sus complicados ropajes-, sumiso con los fuertes -como se ve, sobre todo, desde el siglo XVII en adelante, en la adopción de la coleta que debían lucir todos los chinos por imposición del invasor manchú-, y lo que era aún peor: perfectamente corruptible -busquen información sobre la Guerra del Opio- e incapaz de hacer nada que no estuviese en el temario de la oposición que se habían empollado durante años.

Bueno, el resultado de ese bello monstruo burocrático aún lo estamos viendo. Un país gigantesco que se consideraba -y no sin razón- el origen de la civilización frente a los “bárbaros rojos” (es decir, nosotros, los occidentales) acababa en 1914 puesto de rodillas frente a las sociedades occidentales u occidentalizadas como era el caso de Japón. Puede que los “bárbaros rojos” no supiéramos nada de Confucio, o de tocarse las narices cultivando unas uñas de tamaño kilométrico que, evidentemente, incapacitaban para escribir a su feliz dueño -generalmente un altísimo funcionario del Mandarinato que así se distinguía de los subalternos-, pero habíamos inventado versátiles armas de tiro rápido que desde la cuarta década del siglo XIX barrieron -apenas sin esfuerzo- las ridículas fuerzas de Artillería chinas. Poco más que unos tubos montados sobre plataformas fijas que podían hacer, a lo sumo, un disparo frente a la Artillería naval europea, que efectuaba fuego, servida por artilleros expertos, varias veces en un lapso de poco minutos.

Hoy parece que, tras cien años, China ha resuelto el problema, pero lean, lean sobre su Historia reciente y extraigan conclusiones sobre lo que cuesta sacar del atolladero a un país atascado por un gobierno de inútiles funcionarios que sólo aspiran a perpetuar un sistema igual de inútil.

El doble crimen de Zamora es toda una advertencia de lo que le podría pasar -o ya le está pasando- a España -una de las principales economías de la Unión Europea- en estos momentos, regida por funcionarios de carrera metidos, como en la China imperial, a gobernantes. Unos que se quedan tan tranquilos diciendo que van a aplicar la Ley -es decir, el temario con el que se sacaron la oposición- cuando se ven ante un problema de Política (por ejemplo la secesión catalana). Es como para echarse a temblar si aplican dicha ley con la misma eficacia con la que la han aplicado otros funcionarios. A saber: esos que no fueron capaces de leer el número de móvil de una preocupada anciana y archivaron su denuncia sin mayor esfuerzo.

Esos temblores se acrecientan si consideramos que la alternativa a semejantes mandarines parece ser, hoy por hoy, un partido -Podemos- cuya cúpula esta compuesta, única y exclusivamente, por otros funcionarios cooptados dentro de un único departamento universitario y a los que, de momento, aún estoy por oír que, entre las muchas reformas que dicen ir a aplicar, está la tan esperada de la Universidad española -que lleva treinta años pendiente- para limpiarla de sus evidentes vicios, muy similares, a veces, a los del mandarinato chino. Los mismos que la han situado en la cola de todas las del mundo occidental.

Sin duda un funesto panorama para millones de personas: trabajadores emigrantes, empresarios, profesores y funcionarios eficaces (que también los hay), etc…

Como se supone que yo escribo desde la Historia, desde una tribuna científica, no debería tomar partido ni opinar subjetivamente frente a cuestiones como éstas, aunque, como habrán visto, son hechos devenidos de la Historia y me afectan personalmente como ciudadano de un país metido en una deriva preocupante.

Aún así me atendré a las normas y, en efecto, no voy a opinar sobre esto, por difícil que resulte. Me voy a limitar a recomendarles que mediten sobre una de las lecciones de otro historiador, E. H. Carr, cuyo libro “¿Qué es la Historia?” nos hacían leer en el primer año de Facultad.

Carr, prototipo de profesor inglés del triángulo Londres-Oxford-Cambridge a pesar -o precisamente a causa de- sus veleidades marxistas, decía que Napoleón o Cromwell -es decir, cualquier líder carismático, tirano o mesías que haya sido en la Historia- jamás hubiera llegado a ningún sitio de no ser por el consentimiento de los miles de individuos que los respaldaron, creyendo en ellos, confiando en ellos, apoyándoles.

Las democracias, mejores o peores, en las que ahora vivimos muchos privilegiados surgieron para contrarrestar que ese efecto de “líder carismático+masa abducida” diera lugar a desastres como los que por regla general provocan gente como Cromwell, Napoleón, Mao, Stalin, Hitler… Es decir, nuevas opresiones que venían a sustituir a aquellas otras opresiones contra las que supuestamente se habían levantado esos líderes carismáticos.

Para que dicho mecanismo democrático de control funcione -y con él una sociedad eficaz y más justa, no regida por mandarines más estúpidos a cada generación que pasa- sólo es necesario, como decía implícitamente Carr en su libro, que los potenciales seguidores de esos presuntos salvadores actúen por cuenta propia, organizando sus propias alternativas. Es decir, negándose a aceptar que sólo se puede elegir entre dos males: el zarismo o Stalin, Maria Antonieta o Robespierre, los mandarines sumisos al invasor manchú o la brutal “revolución cultural” maoísta…

Y es en este punto en el que el historiador debe callarse y donde ustedes verán qué deciden. Por mí y por ustedes les deseo que encuentren una tercera vía entre dos alternativas casi igual de malas. Una en la que, al menos, los juzgados y las universidades funciones como es debido y las palabras “democracia” o “el poder para el Pueblo” no sean retórica vana en manos del primer demagogo que dobla la esquina cabalgando una ola de desesperación engendrada por mandarines absolutamente indocumentados. Sólo para empezar.

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¿Quién se sentaba más alto? De la reina de Inglaterra, la duquesa de Alba, la Historia y los mitos
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Carlos Rilova | 24-11-2014 | 10:48| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana la temática de este artículo viene fuertemente mediatizada por el fallecimiento de la última duquesa de Alba, Cayetana Fitz-James Stuart.

No descubro nada nuevo si les digo que ha sido una persona con un impacto mediático considerable que, naturalmente, la ha convertido en un personaje popular, cotidiano. Incluso para los que no siguen la llamada “prensa rosa”. Todo gracias a esas páginas de papel couché en las que ha reinado de manera absoluta durante décadas.

Eso ha llevado a que su muerte haya tenido un impacto mediático similar. Ocupando hasta un cuarto de hora en informativos como los telediarios de mediodía que, como sabemos, duran tan sólo treinta minutos.

En esos espacios informativos se ha aludido al alto rango nobiliario de la fallecida y se ha traído a colación, una vez más, que éste la ponía en cuestiones de protocolo por encima del rey de España y de la reina de Inglaterra.

Es esta, quizás, una buena ocasión -aunque una muerte no suele ser, casi nunca, buena ocasión para nada- de hablar un poco del origen, de la Historia verdadera, no del mito o la leyenda urbana, que hay detrás de esa afirmación.

Pero, vamos con esta cuestión, sin más preámbulo.

En un documentado artículo, publicado por Mari Luz Peinado en el área de blogs del diario “El País” el día 20, ya se dejaba muy claro, echando mano de expertos en protocolo y de las palabras de la propia Cayetana de Alba, que eso de su supuesta preeminencia ante la reina británica era una mera leyenda urbana.

En efecto, para la Historia no cabe duda, ni legal, ni histórica, ni de ningún tipo, de que la desaparecida duquesa de Alba podía estar cubierta en presencia del rey de España. Principalmente porque era grande de España. Por lo tanto familia -siquiera en términos legales- del monarca. De hecho, su igual en grado de nobleza. Algo que se simbolizaba permitiendo a dichos grandes permanecer cubiertos ante el rey mientras la nobleza menor se descubría en  señal de homenaje al rey.

El profesor José Antonio Maravall ya dejó todas estas cuestiones perfectamente explicadas -en cantidad y calidad- en su estudio “Honor, poder y élites en el siglo XVII”, fundamental para cualquiera que quiera entender la Historia de España desde esa fecha hasta la actualidad.

Sin embargo, eso de que la reina de Inglaterra -de hecho de toda Gran Bretaña- quedase por debajo de la duquesa de Alba en actos públicos, es insostenible. Y más si echamos mano de la Historia para corroborar o desmentir ese burdo rumor que corre por ahí.

Lo podemos comprobar remontándonos al siglo XVII.

En esas fechas Gran Bretaña distaba mucho de ser la nación pacífica y prospera que hoy conocemos.

De hecho, desde el año 1642 en adelante fue un hervidero de luchas intestinas en las que la Religión se mezclaba con la Política y dio lugar a cruentas guerras civiles que arrasaron el país durante una década.

Como seguro que ya han visto la película “Cromwell”, donde se cuenta -aunque sea de manera sesgada- todo eso, no me extiendo más. Sólo diré que el objetivo era quitar de enmedio a la dinastía de los Estuardo -o Stewart, o Stuart… en su forma original- si no se avenían a gobernar con el consentimiento del Parlamento y admitiendo que esa institución los controlase, abortando así la creación de un estado centralizado y absolutista como los que en esas fechas se ensayaban -con mejor o peor fortuna- en Francia, sobre todo, y en España.

Los Estuardo, o Stuart, fueron así zarandeados desde 1642. Participaron en formidables batallas, se les ejecutó y conocieron el amargo pan del exilio en las cortes española y francesa que, hasta 1660, jugaron con ellos utilizándolos en el turbio tablero de la Alta Política por el dominio del continente europeo y del Mundo.

En ese año el hijo del ejecutado rey Carlos I Estuardo, que reinará como Carlos II, logra sentarse de nuevo en el trono de Londres y permanecer en él durante toda una vida de lujo y excesos con los que aquel divertido monarca -hoy hubiera sido un habitual de la “prensa rosa” en calidad de eso que llaman “playboy”- trató de resarcirse de sus amargos años de exilio en la corte francesa. Esa de la que se trajo la moda a lo Luis XIV, el lujo, el esplendor y algunos conatos de aquel Absolutismo que llevó al cadalso a su padre.

Sin embargo, como molestó poco al Parlamento, murió en la cama. No le ocurrió otro tanto a su sucesor. Su hermano, que reinará como James II o, para nosotros, Jacobo II Estuardo. Él y casi toda su prole acabarán de nuevo en el exilio por provocar a la burguesía protestante que desde los tiempos de Enrique VIII, y más aún desde los de la revolución de 1642, controla Economía y Política en Inglaterra.

El afán de Jacobo por acentuar el Absolutismo monárquico a la francesa y rehabilitar el Catolicismo del que él era practicante público y devoto, traerán en 1688 la llamada “Revolución gloriosa”, que coloca en el trono inglés y, de hecho, en el de Escocia, a Guillermo de Orange. El estatúder holandés casado con una de las hijas de Jacobo que está dispuesta a respetar el statu quo de la burguesía inglesa antiabsolutista y protestante.

Jacobo tendrá que huir a Francia, donde se quedará, como se suele decir, para los restos. Él y sus hijos, que harán carrera primero allí y, a partir de 1700, en España. Cuando esa potencia entra en el conglomerado Borbón y francés tras la muerte de Carlos II de Austria -no confundir con el vivaz Carlos II Estuardo del que ya he hablado- y Madrid abandona a Londres a su suerte frente a los designios imperialistas de Luis XIV.

Es así, de ese grupo de reyes exiliados, deslegitimados en Inglaterra, de esos hijos de Jacobo Estuardo -en inglés James Stuart…-, de donde provienen los antepasados de Cayetana de Alba Fitz-James Stuart

Con esos antecedentes históricos es muy dudoso, creánlo o no, que Isabel II, reina descendiente de los triunfadores del golpe de estado, de la revolución, de 1688 en Inglaterra, tuviera razón alguna para ceder terreno en ningún acto público a la duquesa de Alba.

Hubiera sido tanto como reconocer que su trono, su derecho a él, era menor, menos legítimo que el que podían reclamar los hijos, los herederos, de Jacobo Estuardo. Ese James Stuart que, como ya se habrán dado cuenta en estos días, sigue dando apellido a los  duques de Alba. Desde hace 300 años.

Así pues, a pesar de las buenas relaciones existentes entre la fallecida duquesa y dicha reina, desde que la visitaba, de niña, en Palacio en calidad  de  hija del embajador español en Londres, rendir alguna clase de pleitesía a Cayetana de Alba es más, mucho más, de lo que Isabel II de Inglaterra podría  hacer jamás. Esa pleitesía sería tanto como reconocer que lo que pasó en  Inglaterra en 1688 fue un acto de bandidaje dinástico a gran escala, una  usurpación del trono inglés a los Estuardo, a los Stuart, a los Fitz-James Stuart, a los hijos de aquel James Stuart -o Jacobo Estuardo- que debe huir de  Londres en 1688 ante los ancestros de Isabel II de Inglaterra…

La Historia es así de cruel y así de cierta. A diferencia de las leyendas urbanas.

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Fernando de Aragón y las ninfas del Bidasoa. Apuntes sobre “La invención del pasado” (1476, 1512, 2015…)
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Carlos Rilova | 19-11-2014 | 09:30| 3

 

Por Carlos Rilova Jericó

 Este nuevo correo de la Historia nació a raíz de una conversación  telefónica con un amigo que me llamó la semana pasada para  recomendarme un libro de un colega historiador -Miguel-Anxo  Murado- así titulado: “La invención del pasado”.

Bueno nace de ahí, de otra conversación telefónica con otro amigo  acerca de cuáles podían ser los episodios más o menos presentables  de la Historia de España y, asimismo, de mi firme propósito de no hablar hoy del 9-N y el referéndum catalán. Aunque me temo que al  final acabaremos ahí, de nuevo, más tarde o más temprano. Puede  que incluso en algún resquicio de este nuevo correo de la Historia.
Pero mientras llega ese momento fatídico de volver a enfrentarnos al nefasto callejón sin salida al que nos ha llevado nuestra Historia reciente, vamos a centrarnos en el libro de Miguel-Anxo Murado.

Tal y como sospeché a resultas de la citada conversación en la que me lo recomendaron, es una especie de versión española de otro libro de Historia del que ya les he hablado en otros correos de la Historia, “El pasado es un país extraño”. Obra de la que Murado, en efecto, se reconoce deudor en la bibliografía de su propio libro.

La tesis de la obra de Miguel-Anxo Murado es que la idea que tenemos de la Historia de España hoy día -de lo que él llama el canon sobre nuestro pasado- es cosa de varios historiadores de principios del siglo XX. A saber: ClaudioSánchez-Albornoz, Américo Castro y Ramón Menéndez Pidal.

Sobre todo de este último, que es casi el eje central del libro de Murado. Desde una impagable foto de portada, en la que se le ve recibiendo de manos de Charlton Heston una supuesta réplica de la espada del Cid, hasta las conclusiones finales.

Sí, Miguel-Anxo Murado deja claro que esos tres historiadores -desde la derecha, desde la izquierda, desde España, desde el exilio…- contribuyen a crear, entre comienzos del siglo XX y mediados de esa centuria -precisamente cuando se rueda “El Cid” con Charlton Heston de protagonista-, la idea que tenemos del pasado de España como una línea continua. Una que iría desde los “Celtíberos” a la actualidad, pasando por figuras convenientemente “arregladas” como la del Cid recreado por los estudios de Menéndez Pidal y el no menos “arreglado” -según dice M-A. Murado- emperador Carlos V.

Desmontando a personajes como esos, o más bien la semi-ficción creada en torno a ellos, Murado llega a la conclusión -similar a la de Jane Austen- de que gran parte de nuestra historia es ficción y hay que leerla -en libros de Historia lo mismo que en otros canales de difusión secundarios (novela, cine…)- con un sano escepticismo…
Un sabio consejo que hace, en efecto, muy recomendable la lectura de “La invención del pasado” de Miguel-Anxo Murado.

El único problema es que el escepticismo es como un rizoma. Una vez puesto en marcha, no deja de crecer y nos conduce, finalmente, a ser escépticos hasta con el propio escepticismo. Lo cual nos devuelve, en cierto modo, al principio, antes de que el rizoma empezase a expandirse sin parar.

Así es, leyendo con más de una sonrisa en la comisura de mis bigotes el libro de M-A Murado me he sentido escéptico, a veces, con su escepticismo.

Por ejemplo cuando desmonta que la unidad de España se produjera de modo automático con los Reyes Católicos.
Ciertamente eso es casi un lugar común entre los historiadores profesionales. Los que solemos andar entre documentos tan a menudo como nos es posible, nunca encontramos papeles salidos después del siglo XV de mano de un rey de “España” donde diga eso precisamente. Que era el rey de España y se acabo. Para eso hay que esperar hasta el siglo XIX en el que la retahíla de títulos “rey de castilla, rey de León, señor de Molina, conde de Barcelona…” va quedando reducida a rey de España y de las Indias.

Demostrada, pues, estaría la tesis de nuestro colega. Sin embargo, mientras leía ese pasaje de “La invención del pasado” no pude dejar de acordarme de algunas hazañas -vamos a llamarlas así- de Fernando el Católico, rey de Aragón en el siglo XV y principios del XVI, y consorte de la reina Isabel de Castilla. Concretamente me acordé de dos “hazañas” fernandinas que ocurrieron a orillas del río Bidasoa.

La primera tuvo lugar en el año 1476. En esos momentos el trono de Isabel se tambaleaba a causa de las luchas intestinas con las que ya se habrán familiarizado gracias a la exitosa serie “Isabel”, de la que -vaya eso por delante- no soy un fiel seguidor y por lo tanto no voy a opinar.

En ese río revuelto aparece en la frontera del Bidasoa un personaje escalofriante. Casi tanto como el propio Fernando de Aragón. Se trata del rey de Francia, Luis XI.

Dicen -y lo recuerda Murado en su libro- que Fernando inspiró a Maquiavelo su modelo de príncipe renacentista, poco escrupuloso, taimado, que antepone al interés político todo lo demás, etc…

Luis XI no le iba, en absoluto, a la zaga. Algo reconocido hasta por obras de un marcado chauvinismo, como pueden serlo los álbumes de la Librería Gründ con los que la infancia francesa de los años 30, 50… del siglo pasado aprendía su propio canon histórico. En el que dedica esa colección a Luis XI, no se oculta que se le dio el sobrenombre de “rey araña”, por su capacidad para tejer trampas y ardides.

Aún así un rival débil para Fernando de Aragón, que consiguió detenerlo ante las murallas de Fuenterrabía -hoy Hondarribia- tras levantar el sitio que había puesto a esa villa que se consideraba a sí misma -como decía en sus propios documentos, usando un lenguaje homérico- el antemural -es decir, la primera defensa- del reino.

No cabe duda, como sostiene Miguel-Anxo Murado, que la boda de Isabel y Fernando no creó mágicamente “España”. Sin embargo, episodios como esos, como el de 1476 y, más aún, el de la invasión de Navarra nuevamente desde las orillas del Bidasoa en 1512 -cuando la reina ya ha pasado a mejor vida-, demuestran, en hechos, que Fernando tenía en la cabeza una idea bastante clara de lo que luego se conformaría como nación a lo largo del siglo XIX y hasta hoy.

¿Cuál sería la moraleja de esa Historia protagonizada por Fernando de Aragón, que tanto debió entretener a las ninfas del Bidasoa en 1476, en 1512, en las bodas reales de 1615 entre las casas de Francia y España…?.

 Pues la verdad, aparte de que en la Historia hay conclusiones y no  moralejas, lo que podríamos deducir de los manejos de Fernando en torno a  la frontera del Bidasoa debería ser una advertencia acerca de que -como  sostiene Murado a una con Lowenthal- el pasado es un país extraño,  poblado de gente con la que sólo nos une un lejano parentesco, pero  asimismo que ese sano escepticismo sobre una supuesta Historia centenaria  -o milenaria- de “España” no debería llevarnos a creer que esa palabra, esa  idea y ese concepto se hayan creado antes de ayer y no tienen un verdadero  recorrido histórico que podemos remontar al siglo XV.

Y es que a la Historia le ocurre lo mismo que a los árboles: para existir  necesita raíces. Por mucho que, como nos advierte Miguel-Anxo Murado,  tengamos que observar esas raíces con un prudente escepticismo… Así  pues, que ustedes aprendan mucho de su propia Historia con la lectura de  libro tan imprescindible como “La invención del pasado”, pero no olviden  ser escépticos con el escéptico…

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Los acontecimientos y no-acontecimientos históricos. Del “9-N” catalán a la caída del Muro de Berlín hace 25 años
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Carlos Rilova | 10-11-2014 | 10:32| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 10 de noviembre de 2014, se supone que tocaría hablar en una sección como esta, titulada el correo de la Historia, de hechos que podemos calificar como históricos.

Por ejemplo la consulta independentista, no se sabe si de pega, en serio, en broma  o qué, celebrada ayer en Cataluña, o el 25 aniversario de la caída del Muro de  Berlín.

Pues no, no voy a hablar de ninguna de ambas cosas. O por lo menos no voy a  hablar demasiado de ninguna de ambas cosas.

Tomé esa decisión el jueves después de asistir, más o menos impávido, a las  afirmaciones de una periodista de referencia española, Carmen del Riego, en el  programa de debate de TVE “La noche en 24 horas”.

Hablaban en esa mesa, cómo no, de la famosa encuesta del CIS, del ascenso -al  parecer imparable- de Podemos y de todo el etcétera que va detrás de esa cuestión.

En ese momento la citada periodista dijo que no se podía estar esperando y  temiendo que Podemos fuera a provocar un cataclismo político, que lo mismo se  decía de la coalición de izquierda abertzale Bildu y que ahora estaban ahí, en San  Sebastián, gobernando y no pasaba nada… Ante esto ya poco más se puede decir. Tan sólo plegar velas y callarse ante quienes son amos y señores de la opinión pública que se consume en España.

Puesto que en San Sebastián no pasa nada preocupante porque gobierne Bildu, vamos a ser consecuentes y afirmar que no pasa nada -ni ha pasado, ni va a pasar- en Barcelona, ni en Madrid, ni en ningún sitio. Por lo tanto nada hay que decir del 9-N o de la manipulación, con fines políticos, de hechos históricos -con dinero público- en la “Casa de la Historia de Urgull”, un museo municipal de San Sebastián -futura capital cultural de Europa en 2016, por si lo han olvidado-, a través de la cual Bildu está colocando solapadamente su mensaje político sobre la destrucción y reconstrucción de San Sebastián en 1813. Tanto a los vecinos de dicha ciudad en la que, al parecer, no pasa nada, como a los miles de visitantes que pasan por ella a lo largo del año.

Cuando de eso se derive otra consulta, como la del 9-N, amparada en el “conflicto histórico” entre “España” y el “Pueblo Vasco” que se regurgita a los visitantes de ese museo en el material audiovisual exhibido allí, tampoco pasará nada. Más que nada porque para entonces ya habrá llegado a miles de mentes el mensaje de que, cómo no, los que convoquen dicho posible referéndum, lo hacen por muy buenas razones históricas. Las convenientemente manipuladas en dicho video como ya lo hemos denunciado este historiador que les escribe cada lunes y otros, en este foro y en otras publicaciones.

Pues eso, no pasa nada. Es el signo de los tiempos al parecer. Ahora hace unos 25 años un consejero áulico del presidente Bush padre, Francis Fukuyama, ya lo dijo contemplando las ruinas humeantes del derribado Muro de Berlín: había llegado el fin de la Historia.

Una idea descabellada como hicieron notar algunos maestros de historiadores españoles, caso de Josep Fontana que, creo, es lector -ocasional al menos- de este correo de la Historia, ya que el fin de la Historia no llegará hasta que el último ser humano haya desaparecido.

Sin embargo, hoy, 10 de noviembre de 2014, hay que constatar que, en efecto, a Francis Fukuyama, no le faltaba razón, allá por el año 1992, cuando publicó su polémico libro titulado “El fin de la Historia”.

No pasa nada, nada se hace. El austericidio nos va matando lentamente pero no pasa nada. Si Podemos llega al poder lo hará moderando su programa. Y si no, tampoco pasará nada, como decía Carmen del Riego sobre la situación en el San Sebastián gobernado por Bildu.

Porque lo que pasa carece de importancia para quienes, como ella, podrían informar de que realmente sí pasan cosas ahí. Como la del atroz video sobre un supuesto hecho histórico -la quema de la ciudad en 1813- que no se retirará de ese museo municipal donostiarra -la “Casa de la Historia” de Urgull- pese a la moción presentada en bloque por toda la oposición municipal. Una que fue unánimemente aprobada pero que, ¡ay!, no es vinculante y así lo del derecho a votar y a decidir -tan defendido para otras latitudes- se queda, en un municipio gobernado por Bildu, en agua de borrajas.

Así seguirán pasando en ese museo municipal ese video en el que se manipula la Historia. Desde los hechos históricos en sí, hasta las palabras de varios historiadores convenientemente montadas para dar un halo de legitimidad académica a lo que es tan sólo un panfleto político que, además, se ha distribuido por las escuelas de toda la provincia.

Pero tranquilos, no pasa nada. Absolutamente nada. Ya lo dijo el jueves por la noche una de las periodistas de referencia española. ¿Ustedes creen que podría pasar algo después de eso, aunque se volviera a edificar el Muro de Berlín de nuevo, fuera derribado otra vez y la Historia arrancase y se detuviera de nuevo?.

Qué va. No pasa nada. Por lo tanto hoy, al menos hoy, no hay nada de que hablar. Los  periodistas de las tertulias de referencia en Madrid ya lo han dicho todo. A callar tocan,  pues. A callar y a tragar con que nos escriban Historia los que no han pisado una  facultad de Historia en su vida. Total en Madrid lo tienen claro: la Historia es un  entretenimiento inofensivo. Tan superfluo como los botes salvavidas de más en el  “Titanic”.

Que ustedes disfruten del chapuzón en aguas heladas cuando el iceberg abra por la  mitad el casco de la nave. Hasta entonces sigan disfrutando también de la relajante  música de la orquesta “No pasa nada” y sus grandes éxitos.

Yo, por mi parte, me voy a consultar a cuánto sale un master de agente de Bolsa, a ver si ahí las perspectivas son más serias que en el tema de la Historia.

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De vampiros y otros horrores. La “Operación Púnica”, la “púnica maldición” y una pequeña Historia de la corrupción política en España
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Carlos Rilova | 03-11-2014 | 10:30| 5

 

Por Carlos Rilova Jericó

 Tras la resaca del fin de semana de Todos los Santos, esa fiesta que ahora llamamos  “Jalouín” -transcripción fonética de la inglesa “Halloween”, que significa eso mismo,  “Todos los Santos”, en ese idioma- quizás hoy el historiador parecería obligado a  hablar de cosas relacionadas con ese tema, como ya hizo en años anteriores. Por  ejemplo sobre brujas. O, en este año, sobre vampiros, ya que acaban de estrenar la  enésima película sobre el tema, “Drácula: la leyenda jamás contada”.

La verdad es que la cinta en cuestión da para hablar bastante. Lo primero porque la tal leyenda a la que alude la película ya ha sido contada por el Cine muchas veces. Y  no sólo eso, la Historia del verdadero Drácula también. Por ejemplo en “Vlad Tepes”,  un film rumano del año 1979. Y además se ha escrito,  años ha, no sólo la leyenda,  sino también la Historia en la que vagamente se ha  basado esta enésima  interpretación de la leyenda del vampiro. Por ejemplo en el  ensayo “Los “Drácula”.  Vlad Tepes, el Empalador, y sus  antepasados”, firmado por  nuestro colega  historiador Ralf-Peter Märtin y cuya  portada, como ven, ilustra este  nuevo correo  de la Historia.

En efecto, en ese libro se hacen explícitas muchas cosas que la película de Gary Shore, sometida a la censura previa de Hollywood, oculta o deja tan sólo insinuadas para hacer la cinta asequible a mucho más público.

Por ejemplo es lo que ocurre con el interés del sultán Mehmet II en nutrir su ejército de jóvenes valacos -y de otras procedencias- incluido, especialmente, el apócrifo hijo del Drácula de la película, Ingeras. Eso por no hablar de inexactitudes históricas flagrantes como la muerte de Mehmet o la afirmación de que los turcos no llegan finalmente a Viena. Algo que habrá hecho revolverse en su tumba a los soldados de los contingentes españoles -o financiados por España- enviados a las puertas de la capital austriaca para detener allí, en una especie de Stalingrado a la cristiana, el avance turco en 1529 y en 1683 (sí, en plena supuesta “decadencia española” a causa del rey “Hechizado”).

Pero lo cierto es que, con todo lo que está pasando con la tan traída y llevada “Operación Púnica”, parece un poco difícil esconderse tras los faldones del Drácula de Gary Shore para no hablar hoy de esa “púnica” cuestión. Más aún teniendo en cuenta que el nombre que se ha puesto a esa cadena de detenciones policiales por casos de una corrupción cada vez más escandalosa, tiene claras resonancias históricas.

Así que dejaremos aquí a Drácula y su dudosa enésima encarnación cinematográfica y nos centraremos en la cuestión del nombre de la “Operación Púnica” y todas las ramificaciones históricas de la misma que, como vamos a ver, no son pocas.

Para empezar el nombre de “púnica”, ya lo han explicado los responsables policiales de la operación, nada tiene que ver con la cuestión de las guerras púnicas, sino con el hecho de que los romanos llamasen al granado -apellido de uno de los principales acusados- “punica granatum”. Lo que traducido quiere decir, como cualquier docente de la maltratada asignatura de latín les puede explicar, el granado de los fenicios (“phoenicii”), que era así como llamaban los romanos a aquellos cartagineses, originarios del actual Oriente Próximo, con los que se disputaron el control del Mediterráneo en esas llamadas guerras púnicas entre el 264 y el 146 antes de Cristo.

Sin embargo, el adjetivo “púnica” para esta, de momento, exitosa operación está también muy bien traído por las razones que hacía notar un usuario de la red digital “Menéame” el 27 de octubre. A saber: porque “púnica” también recuerda a los versos proféticos de la sibila de Cumas, popularizados en la novela histórica de Robert Graves “Yo, Claudio”. En ellos se aseguraba que Roma, a cien años de la “púnica maldición” -es decir de la maldición que cae sobre Roma por la aniquilación de Cartago que finaliza las guerras púnicas-, se corrompería de tal modo que su “boca viva engendrará moscones”.

Si, sin duda, España -ese país gracias al cual tenemos un flamante pasaporte de ciudadanos del mundo desarrollado- está afectada, a fecha de hoy, por una especie de “púnica maldición” que hace que de su boca viva salgan moscones. Es decir, un (mal) ejemplo tras otro de que la Administración pública española apenas parece haber evolucionado desde los tiempos del caciquismo decimonónico, en el que todo dependía de componendas, “enchufes” -aunque entonces, obviamente, no se llamasen así- y toda clase de corruptelas que no tienen que ver sólo con sobres llenos de dinero no declarados en Hacienda, sino con cosas tan elementales como la posibilidad de desarrollar una carrera profesional sin ser zancadilleado por el candidato del, o la, cacique en cuestión y hasta trabajar en una simple cadena de montaje en una fabrica.

Lujo asiático en una España abrasada por el paro, al que, en el caso del feudo de Granados -y a saber dónde más- sólo se accedía si se estaba a buenas con el, o la, cacique en cuestión y dispuesto a devolver el favor en el tiempo y momento oportuno. Fundamentalmente con un voto seguro en las elecciones que permitía a dichos caciques, como ocurría en España y en todo Occidente en 1880, en 1890…, seguir controlando el gobierno y el Boletín Oficial del Estado para legalizar sus manifiestos abusos.

Hay quien ha vociferado, desde las innumerables tertulias y debates en los que se ha tratado el tema, que esto también ocurre en otros países de Europa. No cabe duda. Sin embargo, lo que está ocurriendo en España ahora mismo es el peor ejemplo de esa podredumbre que paraliza a un cuerpo político vivo haciéndole engendrar moscones de su boca viva…

Tales voces desabridas -algunas de ellas implicadas en gobiernos que alentaron o toleraron esa repelente manera de hacer las cosas cuyas consecuencias pagamos ahora- deberían darse cuenta -antes de tratar de atontar al público con tales paños calientes- de a qué punto ha venido a desembocar la Historia política española de los últimos años por ser incapaz de cortar sus lazos con el caciquismo decimonónico: nuestra única tabla de salvación -y subrayo lo de “única”, porque es especialmente grave para una democracia que sólo haya una única tabla de salvación- sería un partido, “Podemos”, engendrado en un laboratorio de Ciencias Políticas y que busca soluciones para España en ese Tercer Mundo del que siempre hemos querido -por muy buenas razones históricas, sólo para empezar- distanciarnos tanto como hemos podido.

Y ahora les pregunto, a todos, vistas las cosas así, en esta perspectiva histórica, ¿qué les da más miedo?, ¿la enésima deslavazada película sobre el príncipe Vlad Draculya o que el espectro del Caciquismo y el Regeneracionísmo decimonónico -auténticos muertos vivientes de la Política- vuelvan a ser las dos únicas opciones políticas para gobernar -es un decir, un triste decir- España?.

 A mí, la verdad, es lo segundo lo que me da más miedo. Será cosa, en fin, de la perspectiva  histórica que ojalá tuvieran esos mismos dirigentes que -ayudados por sus fieles  “tertulianos” y “opinionologos”- prefieren hundir sus propios partidos limitándose a pedir perdón por lo ocurrido -¡durante décadas!- en lugar de dimitir por su manifiesta  incapacidad para gobernar un país sin promocionar de entre sus filas a caciques de raíz  decimonónica y a su pútrido y destructor sistema, salido de unas catacumbas históricas  que hasta el Drácula cinematográfico hubiera rechazado con un gesto de repulsión.

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¿Otra “peineta” en los últimos Premios Príncipe de Asturias?. Aclaraciones sobre unas declaraciones del historiador Joseph Pérez
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Carlos Rilova | 27-10-2014 | 11:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta vez el tema para este nuevo correo de la Historia ha venido de una pregunta que lanzó un comensal en la multitudinaria celebración de un cumpleaños al que asistí este miércoles pasado mientras -lo que son las cosas que le pueden pasar a un historiador- iba camino de la imprenta a entregar unos largos artículos en los que, una vez más, arreglo cuentas -históricas, claro está- con Napoleón I.

 El caso es que el comensal que presidía la mesa nos preguntó, “¿y  qué os parecen las declaraciones que ha hecho Joseph Pérez sobre  que las naciones católicas y mediterráneas no tienen futuro, que  sólo lo tienen las protestantes?”. Como se hablaba allí a muchas  voces y a muchos temas, no terminé de enterarme muy bien de  cuándo, cómo y dónde el actual premio Príncipe de Asturias de  Ciencias Sociales había dicho eso a ese respecto, pero me apunté el  dato para averiguar más sobre él.

Así descubrí que el presidente de aquella mesa se refería a la  respuesta a la última pregunta de una entrevista que “ABC”  hizo al  profesor Pérez justo el día  anterior a esta reunión de la que  les  hablo. Es decir, el 22 de octubre.

Tal y como se transcribían ahí las declaraciones del profesor Pérez, casi parecía que, aunque seguramente no era su intención, este historiador estaba haciendo otra “peineta” -en este caso a la trayectoria histórica de España que él tan bien ha estudiado- como esa por la que tuvo que disculparse el arquitecto Frank Gehry, otro de los premiados este año.

Por una parte Joseph Pérez nos hablaba en esa entrevista de que el mundo anglosajón y germánico da una imagen negativa -y hasta racista- de las naciones europeas mediterráneas y de tradición católica, como es el caso, obvio, de España. Por otro lado,  sin embargo, de su respuesta se podía deducir que él también se hacía eco de esa idea, al afirmar que las naciones que han prosperado en la Europa de la Edad Moderna -es decir del siglo XV a 1789- han sido las protestantes y éstas han sido, a su vez, las naciones del progreso de la civilización.

Quizás el profesor Pérez no tuvo tiempo de explicarse mejor en un formato tan traicionero como una entrevista periodística. Por ejemplo señalando que, desde el siglo XIX, la intelectualidad del mundo anglosajón y germánico ha generado ideas así elaborando una interpretación vulgar de la Historia de Europa.

Según la misma, el Catolicismo, encarnado fundamentalmente en España -cosa muy  injusta para los austriacos, los italianos, los irlandeses, los polacos, muchos miles de  alemanes, franceses, estadounidenses…- representaba  el atraso y el oscurantismo y  la versión protestante del Cristianismo el progreso y el avance de la Ciencia y la  Democracia (¡?).

Eso se ha encarnado en multitud de obras más o menos insidiosas que han llegado  hasta la actualidad, tal y como bien señala el profesor Pérez. Les ofrezco a  continuación alguna que otra muestra. La semana pasada, por ejemplo, les hablaba  de Historia alternativa y de ucronías, un género inagotable y que viene muy a mano,  otra vez, para el tema del que tratamos hoy.

Bien, pues en 1968 -hace nada en términos vitales y menos aún en términos  históricos- se publicó una obra de ese subgénero titulada “Pavana”. En ella se  contaba cuál hubiera sido el destino de Inglaterra de haber tenido éxito la llamada  “Armada Invencible” del año 1588.

¿A que lo han adivinado?. Pues sí, el resultado era que en el siglo XIX Inglaterra sería una nación atrasada, muerta de hambre, menesterosa… En fin, la antítesis de lo que hoy creemos fue la espléndida -para algunos- Gran Bretaña de la era victoriana.

Y eso sólo porque en esa Historia alternativa la Armada venció a los elementos y Felipe II impuso su -desde el punto de vista anglosajón y protestante del autor de “Pavana”- tiranía católica…

La cosa, en términos históricos, no puede ser más absurda (y eso aún dejando aparte el “nadar y guardar la ropa” del autor de “Pavana” que, al final, viene a decirnos que lo que dijo no era lo que quería decir, etc…). Pero, en efecto, funciona, como señalaba el profesor Pérez.

 El Mundo hoy está lleno de anglosajones que creen que, de lo ocurrido en 1588, se  derivo la actual pretendida importancia del mundo anglosajón. Lo creen gracias a  “Pavana”, escrita hace menos de cincuenta años, o gracias a epígonos de esa novela  como “Britania conquistada”, o a la aún más reciente y explícita “Elizabeth”. Libros  y película que se hacen eco de una interpretación de la Historia del siglo XVI  absolutamente sesgada. Infame en términos de análisis histórico serio, ya que esa  lectura de la llamada “Armada Invencible” y su resultado, no se corresponde con el  posterior desarrollo de los acontecimientos históricos, que descarrilan, por  completo, las simplistas tesis de “Pavana” o “Elizabeth”.

En efecto, tras la Armada hubo al año siguiente, en 1589, una Contraarmada inglesa,  dirigida por Raleigh, Drake y otros supuestos “héroes protestantes”, adalides  también supuestos del progreso humano en los tres siguientes siglos.

Su objetivo era hacer lo mismo que pretendía la Armada, pero al revés. Conquistar todo lo que se pudiera de España y Portugal -entonces unidas bajo un sólo rey-, aniquilar la flota española en los puertos, destruir los astilleros en los que se rehacían los destrozos del año anterior, etc… Nada de eso ocurrió. Ante La Coruña la flota inglesa recibió una soberana paliza. Otro tanto ocurrió en Lisboa y así sucesivamente.

Ustedes nada saben de eso, seguramente, porque la difusión de tales hechos no ha tenido -es curioso, ¿verdad?- la misma difusión que sí han tenido, por ejemplo, “Pavana” o “Elizabeth” y así sigue predominando esa versión de los hechos sesgada, absurdamente sesgada, desde el siglo XIX.

¿Hay remedio, se preguntan ustedes?. Lo hay, pero la decisión está en sus manos. Se han publicado, y están a punto de publicarse, obras sobre la Contraarmada a las que deberían prestar toda la atención que merecen. Podrían leer, por ejemplo, la novela que Edward Rosset -medio anglosajón él- publicó hace poco sobre esa Contraarmada. O la que ahora mismo está a punto de sacar sobre ese tema el abogado y novelista donostiarra Juan Pérez-Foncea. También valdría que se absorbieran en la trilogía de “Ladrones de tinta” de Alfonso Mateo Sagasta. Mejor aún sería que leyeran un libro de Historia que corrobora todo lo que pueden decirles esas honradas novelas históricas: “Contra Armada. La mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra” de Santos Gorrochategui.

En todo ese material encontrarán datos que demuestran que esa infame interpretación de la Historia a la que hacía mención el profesor Pérez -la que luego se difunde en artefactos como “Pavana” o “Elizabeth”- carece de fundamento histórico alguno.

Averiguarán en esas páginas, en efecto, que los lores espirituales y temporales de Inglaterra eran corruptos hasta la médula. Corrupción que condujo al estrepitoso fracaso de la Contraarmada bajo el fuego de la Artillería española. Así, tras engañar a “Elizabeth” sobre el verdadero fin de esa Contraarmada -saquear y obtener botín-, no tuvieron inconveniente en recibir órdenes de España durante el siguiente reinado -el de Jacobo I- a cambio de dinero para someter los designios de Inglaterra a los de la corte de Madrid. Lo cual incluyo en el lote, por ejemplo, la ejecución de uno de sus colegas, el ya mencionado sir  Walter Raleigh, por haberse atrevido a entrar en territorio español a la búsqueda de Eldorado.

En definitiva aprenderán en páginas como esas que se perdió la batalla de la Armada pero no la guerra, que, después de todo, sin necesidad de invasión alguna, Inglaterra sí quedó aplastada por el peso de las armas españolas durante muchos años. Y sin embargo, ya ven, nada de lo que se cuenta en “Pavana” llegó a ocurrir. Y no ocurrió porque sencillamente lo que sostiene esa espuria intelectualidad anglosajona y protestante -que los países católicos y mediterráneos representan el atraso- carece de cualquier fundamento histórico.

Como nos lo hubiera dicho Joseph Pérez de haber tenido más espacio en aquella entrevista de 22 de octubre de 2014, desmintiéndonos así uno de los grandes bulos históricos que, por desgracia, aún enturbian nuestro presente, entorpeciendo asuntos tan serios como, por ejemplo, la consolidación de la Unión Europea.

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¿Por qué España no tiene un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU?. Una explicación buscada en la Historia contrafactual (1939-2014)
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Carlos Rilova | 20-10-2014 | 11:57| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana la Historia, una vez más, ha ido pegada a la actualidad. Resulta que el actual gobierno de España obtuvo este jueves una de sus cada vez más escasas alegrías al conseguir un asiento provisional -y subrayo lo de “provisional”- en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Ya se habrán enterado por los telediarios y demás prensa de qué va todo eso: Rusia, Francia, Gran Bretaña, China y Estados Unidos son miembros permanentes de ese Consejo de Seguridad, teniendo voto y también veto para paralizar las decisiones del mismo que les disgusten.

¿Cómo ganaron ese privilegio de gobernar el Mundo según sus deseos?. La respuesta es sencilla: era parte del botín de guerra de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

¿Podría España, junto con Gran Bretaña y Francia, haber estado ahí en lugar de andar ahora peleándose por un puesto provisional cuya obtención se celebra -qué cosas- como un gran logro?. La respuesta a esa pregunta no es tan sencilla. Entramos en el terreno de la llamada Historia contrafactual. Eso que en Literatura se llama Ucronía.

Es un género poco transitado pero que cuenta con algunas aportaciones de lo más serias. Por ejemplo un libro titulado “Historia virtual” dirigido por el historiador Niall Ferguson.

En él varios especialistas imaginaban qué hubiera pasado sí… no hubiera habido revolución americana en 1776, si Hitler hubiera ganado la guerra, o si España no hubiese sufrido su guerra civil de 1936-1939.

Es precisamente en ese punto Jumbar -o “Jonbar” según los puristas-, aquel en el que el curso de los hechos históricos toma un rumbo u otro, en el que podríamos -incluso deberíamos- buscar la explicación de las causas por las que España, la de ahora, la de 2014, no tiene un asiento permanente -y subrayo lo de “permanente”- en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Para eso, aunque les resulte raro, sería preciso hacer un relato a medio camino entre la Literatura -por ejemplo la de volúmenes como “En el día de hoy”, premio Planeta de 1976, “Los rojos ganaron la guerra”, “El desfile de la Victoria”, o la vergonzante recopilación “Franco, una Historia alternativa”- y las propuestas de la mencionada obra de Niall Ferguson, o los desiguales relatos contenidos en la Wikia de Historias Alternas en español.

Voy a intentarlo, por una vez y sin que sirva de precedente, esperando que lo disfruten -y de paso aprendan algo- con este ejercicio retórico tal vez audaz pero ineludible si se quiere comprender mejor cómo es posible que hoy España no tenga un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y celebre -a falta de algo mejor- como un triunfo el que le dejen sentarse por allí de vez en cuando. Aquí comienza ese relato de una realidad alternativa que, sin embargo, de haber sido cierto, nos hubiera llevado de manera permanente al Consejo de Seguridad de la ONU y no de prestado como ocurre en nuestra realidad histórica no alternativa:

“Extractos deEl Ejército español durante la Segunda Guerra Mundialde Antonio Bedor. Prensas Universitarias Españolas. Madrid, 1968.

“La victoria de la opción monárquica en las elecciones convocadas inmediatamente después de la victoria republicana en la ofensiva del Ebro puede parecernos hoy sorprendente, pero no es imposible si la analizamos en profundidad.

La Segunda República, pese a la victoria sin paliativos sobre el ejército de los sublevados franquistas, tenía una crisis de legitimidad que sólo podía agravarse en el complicado panorama internacional que se presentaba en esos momentos.

Los acuerdos de Munich suscritos por un Chamberlain claudicante ante Hitler, sumado al posterior pacto de 1939 entre la Unión Soviética y Alemania, condicionaba extraordinariamente la situación a la que se debería enfrentar la España republicana vencedora de la batalla del Ebro. El gobierno de Madrid se planteaba preguntas tales como si la URSS abandonaría su causa -después de haberse cobrado ya un alto precio tanto económico como político- frente a una Alemania insaciable y con claras ansias de supremacía mundial para la que el control del Mediterráneo era esencial.

Lo cierto es que la opción monárquica presentada en las elecciones de 11 de julio de 1939 supo explotar magistralmente ese complejo panorama. Azaña, la describió a la perfección con una de sus frases lapidarias en una conversación sostenida con Indalecio Prieto “Me temo que esos dos atípicos especímenes de la Realeza van a complicarnos la vida”.

Los “atípicos especímenes” a los que se refería Azaña eran el príncipe Fernando de Borbón y su esposa Amalia de Saboya. Ciertamente eran atípicos. Fernando, con una impecable educación británica en Sandhurst, como su bisabuelo Alfonso XII, se había distanciado un tanto de su hermano don Juan desde el estallido de la guerra civil a causa de la actitud errática del, en puridad, jefe de la Casa Borbón y, sobre todo, tras su boda por amor con una princesa de la casa Saboya. Acérrima rival de los Borbones, por cuestiones de derecho dinástico, desde el siglo XIX.

Amalia de Saboya, enfermera durante la Primera Guerra Mundial en el frente del Isonzo con apenas dieciocho años cumplidos, activa sufragista, frecuentadora de los círculos de la vanguardia artística parisina y, en conjunto, la perfecta mujer “flapper” tan habitual en el período de entreguerras, tampoco era un “típico” espécimen de la realeza. Su boda con Fernando de Borbón la habría enemistado con su familia si antes no lo hubiera hecho su liberal estilo de vida y la claudicación de la casa reinante italiana ante Mussolini, al que la futura reina de España no dudó en calificar como “puerco con camisa negra” (…).

(…) El sector más moderado e inteligente de los monárquicos españoles supo, en efecto, aprovechar perfectamente esta opción presentando la candidatura del doblemente exiliado príncipe -exiliado de su familia y de su país- con un carácter tan plebiscitario como las elecciones municipales de abril de 1931 (…).

(…) Azaña hizo una entrega de poderes modélica el 1 de septiembre de 1939 en el Palacio de Oriente de Madrid. Célebres son sus palabras en el discurso de investidura del nuevo rey acerca de que España “había entrado republicana en la guerra civil y había salido de ella monárquica”, no quedándole a él, y a las demás opciones republicanas, sino devolver el poder a quien la legítima voluntad popular había elegido  en aquella hora de emergencia nacional. Justo cuando la Alemania nazi cruzaba la frontera polaca amparada por el pacto germanosoviético Ribbentrop-Mólotov.

Menos conocidas son sus impresiones dictadas a su cuñado y secretario Rivas Cherif indicando que no le extrañaba en absoluto aquel cambio de tercio, aquel regreso inesperado a la monarquía. Opinaba Azaña que Fernando VIII representaba una monarquía moderna, parlamentaria, profundamente comprometida con la defensa de la democracia, como la británica o la holandesa, y la República, en esos momentos, aparecía sucia por todo lo ocurrido durante la Guerra Civil.

Grandes éxitos como la batalla del Ebro no habían podido borrar los horrores de las checas stalinistas en Madrid y en el frente de Aragón o los “paseos” perpetrados por bandas que, como los fascistas, sólo necesitaban para tomarse la Justicia por su mano un coche con las siglas U. H. P.  y armas que hubieran estado haciendo un mejor servicio en el frente.

Si a eso se sumaba que los comunistas, siguiendo los dictados de un Stalin ahora claramente asociado como aliado de Hitler en Polonia, habían exigido, de nuevo, la política de Frente Popular de todas las fuerzas españolas más o menos democráticas o, al menos, antifascistas, no era raro que Fernando VIII fuera la mejor opción para muchos españoles supervivientes a los horrores de la Guerra Civil y que sabían tendrían que enfrentarse, casi sin solución de continuidad, a otra guerra contra el Fascismo.

Azaña, como podemos leer en sus “Memorias de la Segunda Guerra Mundial”, que acabarían por valerle el premio Nobel de Literatura en 1955, volvió a expresarlo con contundencia en otra de sus frases para la Historia: “estaba claro para muchos españoles que habíamos formado piña con filofascistas como Gil-Robles, estafadores sin escrúpulos como Alejandro Lerroux y gente que olía a sangre de inocentes y a iglesias quemadas desde una legua de distancia. Trágico error que devolvió España, legítimamente, a una monarquía renovada”. Un juicio excesivamente abrupto de un político consciente de ser protagonista, a tiempo completo, de la Historia, pero en absoluto desencaminado (…)

Capítulo 4. La segunda guerra peninsular (1940-1944).

La épica de la Segunda Guerra Mundial en el frente español ha sido ampliamente narrada en novelas históricas, películas, recientemente en alguna serie de televisión de algún canal privado…, pero ciertamente parece aún un tema sin agotar ni en esos formatos divulgativos, ni mucho menos para la Historia.

Básicamente los cuatro años de 1940 a 1944 repiten el esquema de la guerra peninsular de 1808 a 1813. Una vez más un tirano militar con ambiciones de dominio sobre toda Europa debe doblegar la resistencia española para posteriormente doblegar la resistencia británica. Hitler intentó no volver a cometer los errores de su admirado Napoleón, pero podríamos afirmar que no pudo evitarlos al tomar sus deseos por la realidad, imitando, también en esto, a Napoleón.

Para empezar los ejércitos nazis tenían que entrar combatiendo en España desde Irún y como un ejército de invasión. No como uno que simulaba ser aliado, como el francés en 1808. Por otra parte se enfrentaban a tropas muy fogueadas por tres años de guerra civil y a una sociedad muy cohesionada tras la debacle de ese conflicto y las elecciones de 11 de julio de 1939. El Ejército español de 1939 no era, ciertamente, el Ejército francés de esas mismas fechas repleto de una oficialidad filofascista en su mayoría y, por tanto, dispuesta a entregarse a una potencia extranjera que muchos de esos oficiales desleales preferían antes que, por ejemplo, un nuevo gobierno frentepopulista del por ellos llamado “Judío Blum”.

Esa pericia militar y mentalidad de resistencia a ultranza del nuevo ejército español se demostró con creces durante la retirada de Francia en el otoño de 1940 y la “Operación Dinamo”, que evacuará una parte sustancial de la British Expeditionary Force por los puertos de Vigo y La Coruña -otra vez los ecos de la primera guerra peninsular- para que Gran Bretaña pudiera hacer frente a la “Operación León Marino”. Esas tropas, esenciales para la que luego se conocerá como “La batalla de Inglaterra”, saldrán de allí protegidas por el fuego de cobertura español. Especialmente el de las escuadrillas de la RFA (Real Fuerza Aérea Española) equipadas con los nuevos cazas Spitfire y Hurricane, dotados de una munición antitanque que se demostró devastadora contra las divisiones panzer de Guderian. Especialmente en los ametrallamientos a vuelo rasante vitoreados por la castigada Infantería hispano-francesa-británica (…).

Capítulo 8. La segunda campaña de Francia y el fin de la guerra (1944-1946).

(…) Resulta difícil leer sin emoción los fragmentos de las “Memorias” del capitán Hernández que relatan la liberación de París en el verano de 1944. Especialmente el pasaje que describe a los blindados de la división Leclerc de franceses libres y a los españoles de la División Acorazada “General Álava” actuando conjuntamente contra los panzer desplegados en el extrarradio rural de París para cortar su avance e impedir que se unieran a la población parisina insurreccionada. Un pasaje de magnífica factura en el que casi podemos palpar el calor desprendido por los campos llenos de espigas a punto de ser cosechadas, los motores de los blindados al rojo vivo y los disparos hechos casi a quemarropa por aquellas unidades aplaudidas por los civiles franceses, que los saludarán entusiasmados al ver desplegadas en las antenas de sus blindados la  bandera tricolor y la rojigualda con la corona real española y la cruz blanca de los Saboya (…).

(…) La contribución española a la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial era innegable. Sin embargo Manuel Azaña tenía grandes reservas. Actuando en aquellos momentos en su calidad de primer ministro del gobierno de concentración nacional que había mantenido a Madrid resistiendo hasta el último proyectil antiaéreo, diezmando a la Luftwaffe, no estaba dispuesto a que los ecos negativos de la primera guerra peninsular se repitieran de nuevo en la Conferencia de paz de Sevilla que iba a dar origen al primer embrión de la ONU. Sus palabras al embajador plenipotenciario Javier Rodríguez Herrán fueron meridianamente claras “Recuerde, no hemos luchado contra los nazis en las zanjas, en las acequias, en los valles, en las vegas y en las montañas para que ahora nos hagan en esa conferencia lo mismo que nos hicieron en el Congreso de Viena en 1815. Recuérdeles que el primer tanque aliado que entró en Berlín era español, se llamaba “Guernica” y llevaba desplegada la bandera roja y amarilla en su antena de comunicación”.

No puede decirse que Rodríguez Herrán no cumpliera al pie de la letra las indicaciones de Azaña. Su frase a Truman y Churchill ha pasado a los anales de la diplomacia contemporánea – “¿Qué hacen aquí los rusos?”- recordando incisivamente que estos no se habían incorporado a la ofensiva contra los nazis hasta sufrir la “Operación Barbarroja” del año 1942. Motivo más que suficiente, en opinión de Rodríguez Herrán, para privarles sino de un asiento en el Consejo de Seguridad sí al menos del derecho de veto. Cosas ambas que ni Churchill, ni Truman, ni De Gaulle estuvieron dispuestos a regatear a España, a diferencia de lo que había ocurrido en 1815 en Viena y el presidente Azaña temía volviera a repetirse tras la victoria, aplastante victoria, de 1945 (…)” .

Hasta aquí la ficción. El mundo alternativo, la rama de la Historia que se desvía del tronco que conocemos para seguir un camino diferente pero que, como señala Niall Ferguson, no es imposible e incluso puede resultar imprescindible para explicar ciertas cosas de nuestro presente no alternativo. Por ejemplo las razones por las que hoy España no tiene un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y debe conformarse con que se le permita sentarse, de década en década, y sólo por dos años, en esos asientos en los que únicamente tiene derecho de voto pero no de veto.


Evidentemente las malas compañías de 1939, esas completamente ausentes en el relato alternativo que les acabo de dibujar, nos siguen pasando factura. Cuanto antes nos demos cuenta y no nos dejemos adormecer por un triunfalismo totalmente injustificado, basado en la ignorancia y el falseamiento de nuestro propio pasado, tanto mejor…

 

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Historia hasta en el café. De Magallanes y otros asuntos. Apuntes para después de un 12 de octubre
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Carlos Rilova | 13-10-2014 | 09:50| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy resulta difícil, una vez más, no hablar en una página como ésta, dedicada, como ya se habrán dado cuenta, a la Historia, de Colón, Elcano, Magallanes y otros navegantes españoles, o financiados por España, para realizar una serie de expediciones que, sólo para empezar, cambiaron los mapas del Mundo.

En otras ocasiones ya he hablado de esta cuestión. De hecho, si no me equivoco, lo he hecho cada 12 de octubre desde que este correo de la Historia empezó a funcionar en 2012. Siempre, y ya lo siento, he hablado de lo mal que se maneja en España una fecha como esa del 12 de octubre, que equivale al 14 de julio francés.

Hoy no va a ser una excepción. Y me temo que no lo va a ser hasta que las cosas cambien mucho, o hasta que yo cambie de pasaporte que, visto el panorama, todo podría ser.

Pero vayamos al fondo de la cuestión. Una vez más, lo habrán comprobado ayer y sobre todo hoy, en el balance informativo que se hace del 12 de octubre: todo el significado de esa fecha se reduce al desfile militar que transcurre por la Castellana de Madrid. Este año con el aliciente de que lo presidía un nuevo rey y que marchaba en él, como gastador, nada menos que el actual Mister Universo…

Las referencias al trasfondo histórico de esa fecha han faltado enteramente o han sido prácticamente irrelevantes. Una vez más y a pesar de la importancia universal del 12 de octubre para la Historia general y no sólo de España.

Y ahora vamos con las comparaciones odiosas. Esas que sirven hoy de ilustraciones a este nuevo correo de la Historia.

En Francia estas cosas, que se sepa, no ocurren sencillamente porque allí la Historia es un jardín bien cultivado. Del mismo modo que usted o yo cultivamos la gastronomía: por aquello de vivir más y mejor.

Allí, en Francia, la Historia del país se ha explicado desde todos los ángulos posibles, pero ante todo huyendo de la autoflagelación y arrimándola, más de lo que sería creíble incluso, a los grandes logros de la Humanidad a lo largo del tiempo. Por ejemplo los viajes de descubrimiento iniciados desde finales del siglo XV y, sobre todo, desde comienzos del XVI. Curiosamente la mayoría de ellos financiados por lo que entonces, tras la unificación dinástica de Castilla y Aragón, empezaba a tomar la forma oficial, y por escrito, de lo que ahora se llama “España”.

Un ejemplo de lo más revelador de esa política cultural francesa -hoy imitada por los secesionistas catalanes- son las colecciones de personajes históricos ofrecidas en Francia en productos de consumo habitual. Como el café soluble. En ellas se mezclaban astutamente grandes personajes históricos universales con los grandes personajes históricos franceses.

Desde las amantes de Luis XV hasta Robespierre, pasando por el mariscal Vauban, Alejandro Dumas, Washington, Franklin, Beethoven, Liszt, Telemann y un etc… en el que rara vez aparecen españoles, pero sí algunos de los que fueron financiados por España para hacer grandes hazañas. Como descubrir la parte de la esfera terrestre que hasta ese momento se había creído dominada por monstruos marinos y abismos insondables. Caso de Juan de Magallanes, cuya figura compartía espacio en la colección de figuras que regalaba el café soluble Mokarex -en los años cincuenta del pasado siglo- con la de ilustres personajes franceses: Danton, Davout, Napoleón III, Rousseau y otros “Marinos celebres” como Surcouf…

Así de sencillo, y con cosas así, con colecciones didácticas como esas, se han creado en Francia legiones de novelistas, cineastas, publicistas, lectores, espectadores… conscientes de su propia Historia y de la importancia que tiene y de quiénes son cuando tiene enfrente, por ejemplo, a gente de otros países que quiere negociar un tratado comercial, diplomático o cualquier otra cosa imprescindible para esa forma de organización -hoy todavía plenamente vigente mientras se instaura la Armonía Universal de religiones, sexos y patrias- que llamamos “nación” y en la que nos toca vivir porque es nuestro hogar. El sitio del que no puedes dejar que te echen, que te lo roben, que te lo quemen, que te lo saqueen o que te lo degraden porque más allá de él ya no hay nada, salvo eso que los poetas llaman “el amargo pan del exilio”.

¿Se está haciendo en España la correcta inversión en esa clase de bienes culturales, tanto a nivel público como por eso que llaman “iniciativa privada”?.

Con respecto a la iniciativa pública ya decía al principio que, por ejemplo para el 12 de octubre, todo se reduce, por lo que se ve, a un desfile militar cuya razón de ser queda bastante desdibujada, incógnita.

Ni siquiera se ha hecho un esfuerzo por ligar una de las series de mayor éxito de la TVE, “Isabel”, con esa fecha. A pesar de que la relación entre el personaje y el Descubrimiento del 12 de octubre es muy estrecha.

Con respecto a la iniciativa privada, como la de grandes conglomerados industriales de producción cultural, la cosa no tiene mucho mejor cariz si atendemos, por ejemplo, a las inversiones realizadas en cine, que suelen ser las de mayor efecto

¿Cuál es la película mejor promocionada justo en la semana del 12 de octubre por una de las mayores productoras españolas?. La respuesta igual les deprime: “Torrente 5”. Sí, esa quinta entrega sobre la vida de un ex-policía fascista, machista, racista, admirador de diversos dictadores y un largo y lamentable etc… que ya les sonará.

Muy divertida en sus tres primeras entregas, pero sencillamente lamentable en esta quinta en la que grandes actores como Alec Baldwin, o directores como Santiago Segura, han dilapidado todo un capital cultural queriendo, encima, elevar a un personaje, ya hace tiempo pasado de rosca, a profeta e historiador, contándonos que España siempre ha sido “asín” y, por lo tanto, en 2018 sólo puede haber sido expulsada de la Unión Europea y el euro y haber perdido a Cataluña. Un incomprensible ascenso de Torrente -de personaje marginal y burlesco a oráculo político- a lo que sólo se puede añadir: “lo que nos faltaba”.

Es sangrante, en la semana del 12 de octubre, ver tan promocionada por una productora española una película en la que Alec Baldwin dice que los españoles llevamos en los genes ser unos perdedores y que por eso sólo conquistamos América del Sur. Curiosa interpretación de los hechos habida cuenta de que gran parte de Norteamérica también fue conquistada por España y que la del Sur estaba llena de un oro y plata que para sí hubiera querido la pobre Inglaterra del siglo XVI.

Así de absurda, y de contraproducente, es hoy por hoy la política cultural española, con empresas como A3Media que fomentan, por un  puñado de millones de euros, un personaje ya agotado -y ahora ridículamente sobredimensionado- frente a otras producciones suyas de mucha mayor calidad como “La isla mínima”, donde -pueden comprobarlo ustedes mismos- se les cuenta una Historia reciente de España mucho más coherente que cualquier astracanada de las que se dicen -y están de más- en “Torrente 5”.

Esto es lo que tenemos, hoy por hoy, en lugar de una Historia explicada hasta en el café soluble. Una anomalía que nos puede salir muy cara y que ayer el historiador José Álvarez Junco explicaba magistralmente en “La Cuarta Página” de “El País”. Vean, lean y mediten sobre qué sentido tiene seguir “celebrando” el 12 de octubre de tal modo. Después, por el bien de todos, salgan de su asombro y tomen medidas. Alguna, la que sea, como comprar una entrada de cine u otra. Por algo se empieza…

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