Diario Vasco
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Lecciones de Historia al servicio de la Política. España entre el 80 aniversario del proemio de la Segunda Guerra Mundial y la visita del presidente Obama (1936-2016)
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Carlos Rilova | 25-07-2016 | 09:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hace una semana, como ya comentamos en el correo de la Historia de hace siete días, se cumplían exactamente 80 años del comienzo de Guerra Civil española. Esa que los especialistas consideran como el ensayo general de la Segunda Guerra Mundial.

Hace quince días se produjo otro hecho relevante: la interesante visita que el presidente de los Estados Unidos hizo a España en el tiempo récord de 21 horas y a pesar de los graves disturbios que estaba viviendo su país.

Las dos circunstancias, y un par de libros que he sondeado recientemente,  “El arenque de Bismarck”, firmado por un eurodiputado izquierdista, Jean Luc-Mélenchon, y “Misión de guerra en España” de Carlton Hayes, me han sugerido el tema para este nuevo correo de la Historia.

De hecho, también me lo ha sugerido la difícil situación política por la que pasa ese país, España, que, por suerte o por desgracia, es quién me expide eso tan importante hoy día como un pasaporte.

Hechos como el aniversario de la Guerra Civil y la visita del presidente Obama, vistos a la luz de esos libros y a la luz de las arenas movedizas políticas en las que nos movemos, son un tema demasiado sugerente como para dejarlo pasar de largo.

Realmente esos dos libros -“Misión de guerra en España” y “El arenque de Bismarck”- pueden resultar verdaderamente esclarecedores -es más, imprescindibles- para quienquiera que acabe gobernando España, tras estas segundas elecciones o, quién sabe, tras unas terceras.

Los dos, cada uno en su estilo, pueden ayudar al futuro presidente -o presidenta, todo podría ser- que tomase asiento en La Moncloa, a informarse sobre cuestiones fundamentales para el estado llamado “España”.

Por ejemplo, las coordenadas internacionales en las que realmente está situado dicho estado de la Unión Europea desde el final de la Guerra Civil y cómo se deberían mover las cosas, en Política, para que esas coordenadas produjeran el máximo beneficio a la ciudadanía que esos futuros aspirantes al puesto de presidente español van a gobernar.

“Misión de guerra en España” del diplomático Carlton Hayes hace un retrato magnífico de qué es España en 1940, cuando ya ha acabado la Guerra Civil, con el triunfo del bando apoyado por Adolf Hitler, y ha comenzado una segunda guerra mundial en la que Estados Unidos acabaría implicándose.

Hayes, enviado por Rossevelt a España a tratar de arreglar lo que ya empezaba a revelarse como un grave error de la Política exterior estadounidense -es decir, permitir que España se convirtiera en algo que se parecía mucho a una cabeza de puente hitleriana- decía que el apoyo de España era fundamental para Estados Unidos. Decía también el diplomático estadounidense que España era una potencia media que pesaba en toda la estructura europea pero que, sin embargo, ya no daba muestras -a diferencia de Alemania- de querer establecer un dominio hegemónico sobre Europa. Su posición geoestratégica, dominando el Mediterráneo y el corredor hacia Oriente Próximo y Medio, era también capital para Estados Unidos…

En resumen, Hayes, alentado por Roosevelt, que para eso lo había mandado a Madrid, proponía en 1940 establecer sólidos lazos con España, aun a pesar de sus más que obvias veleidades nazifascistas. Unas de las que el sufrido diplomático estadounidense hizo grandes esfuerzos por distanciar a España, tratando de ayudarla a mantenerse en una neutralidad que, a la larga, resultaría beneficiosa para la propia España -con o sin Franco- y para, por supuesto, Estados Unidos, que no quería ninguna clase de problemas en un país que resultaba imprescindible para lo política mundial que esa potencia americana estaba a punto de iniciar en 1942.

Así, Hayes dejó escritas, desde 1940, las claves del guión de las relaciones entre España y Estados Unidos que han mediatizado nuestra política desde esa fecha hasta antes de ayer con la visita del presidente Obama. Algo que ha dejado bien claro (o debería haber dejado bien claro) el peso que España, realmente, representa en las actuales relaciones internacionales. O al menos en las dirigidas desde un país que, si logra bordear el peligro de guerra civil racial que parece estar a punto de estallar por aquellas latitudes, representa una de las mayores potencias planetarias en este momento.

Es algo que convendría tener presente a quien se disponga a gobernar un país, España, que, dejando aparte absurdos complejos de inferioridad colectiva, es, en definitiva, una pieza clave en el entramado político internacional. Como lo dejó bien claro, en su día, el análisis de Carlton Hayes y lo habría subrayado la reciente visita del presidente Obama.

El otro libro recomendable para que futuros inquilinos de La Moncloa conozcan mejor el peso y el valor del país que van a representar, al menos, durante cuatro años, es, como ya he dicho, “El arenque de Bismarck”.

Al menos uno de esos futuros, o futuribles, inquilinos de La Moncloa lleva ventaja con él. En efecto, el diputado Pablo Iglesias Turrión ha redactado el prólogo de la edición española de esa obra.

El resto de candidatos al puesto harían bien en leer esta obra, que es amena y, desde luego, reveladora del talante que se debería llevar desde España a las mesas de negociación europeas.

El autor de “El arenque de Bismarck”, el diputado Mélenchon, que en ningún momento oculta que su libro es un panfleto, un arma de combate política contra las actuales directrices impuestas por la Alemania de la canciller Merkel, nos revela cosas verdaderamente curiosas sobre los trucos de prestidigitación política utilizados por la lideresa alemana para mantener acallados a los demás líderes europeos. Por ejemplo, su manipulación de símbolos históricos que, como nos dice el diputado Mélenchon en las páginas 17 y 18 de la edición española de su libro, causan indignación viniendo como vienen de un país, Alemania, que tiene a sus espaldas un genocidio que debería haberlo reducido a un muy humilde silencio durante muchos años.

Según esa descripción, la canciller Merkel habría desafiado al actual presidente francés utilizando como símbolos de ese desafío al canciller Bismarck y su invasión de Francia en 1870 y, no contenta con esto, al mismísimo Hitler y sus más que discutibles hazañas bélicas en la Francia ocupada de 1944…

Obviamente, por las razones aducidas por el diputado Mélenchon, eso no tendría que ser tolerado por el representante de un país hoy democrático -como sería el caso de España- que debería sacar los colores a quien tal osadía tuviera y ponerle pie en pared -como se suele decir- cuando hablase de ciertas políticas económicas cortadas a su gusto… pero no al de los intereses de ese otro país que, igualmente, debería sacar a relucir que Alemania no está precisamente para muchos juegos malabares con la Historia o, incluso, con esa Economía de la que tanto fanfarronea.

En efecto, el libro de Mélenchon es también un gran remedio para los temores que parecen apoderarse de los gobernantes de otros estados europeos cuando aducen que nada se puede hacer frente a una economía, la alemana, que es “la locomotora de Europa”. Una a la que no se podría desafiar sin derrumbar todo el entramado europeo arduamente construido desde 1945…

En la página 65 de su libro, por ejemplo, el diputado Mélenchon deja bien claro (a partir de fuentes alemanas, además) que Alemania, en realidad, es una economía poco competitiva, sin salida a medio plazo y con equipamientos e infraestructuras obsoletos que datan de finales del siglo XIX o, en el mejor de los casos, son venerables supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, con, por sólo citar un caso, carreteras y puentes que no se han modernizado a causa de la política de recortes presupuestarios y así hacen imposible para los grandes tráilers circular por ellos. Debiendo desviarse entre 600 y 900 kilómetros, con el coste que eso supone, para cargar y descargar en un puerto tan importante como Hamburgo…

Obviamente alguien que vaya a ser el próximo presidente, o presidenta, de España debería tener bien claro que países así no son precisamente el mejor aliado. Menos aún de un país como España que, desde 1940, y pese a estar en estado de semiocupación por la Alemania hitleriana, resultaba, entonces y ahora, una pieza fundamental para una potencia como Estados Unidos, que, llegado el caso, podría laminar a una Alemania que hoy, como en 1914 o en 1940, no parece saber exactamente en qué clase de juego se está metiendo y que, en esas dos fechas -eso es un hecho- acabó con ese país arrasado y arruinado.

Así pues, a la vista de lo que nos dicen ambos libros, sería muy inteligente por parte del próximo presidente, o presidenta, de España considerar a Alemania más que como la locomotora de ningún sitio (cosa que obviamente no parece ser más allá de la esfera de la propaganda fomentada desde Berlín), como otro estado más de la Unión europea al que la cuarta economía de la zona euro (es decir: España) debería dejarle muy claro dónde están los limites de lo que puede y no puede hacer en Bruselas o al Sur de los Pirineos. Ese lugar tan importante, como ya lo señaló Carlton Hayes o lo remarcó el presidente Obama, para unos Estados Unidos que, a diferencia de Alemania, hoy sí tienen un Ejército poderoso y operativo…

 

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A 80 años de la Guerra Civil española, en busca de la paz perdida, “En busca del Arca perdida”. Cine, Historia y mitos (1936-2016)
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Carlos Rilova | 18-07-2016 | 09:52| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy se cumplen exactamente 80 años del comienzo de la Guerra Civil española. Podría parecer frívolo meter en esa solemne efeméride histórica nada menos que a Indiana Jones y su celebérrima “En busca del Arca perdida”.

Yo, obviamente, creo que no. Por varias razones. La primera, y quizás más importante, es que esa película, independientemente de aumentar el número de vocaciones en el campo de esa ciencia auxiliar de la Historia que es la Arqueología, marcó toda una época en la Historia del Cine y se convirtió -guste más o menos- en un referente que sigue siendo influyente aún hoy día.

La segunda razón por la que creo que no es frívolo mezclar la famosa “Indiana Jones: en busca del Arca perdida”  con el aniversario del comienzo de la Guerra Civil, es por la fecha en la que transcurren los hechos en esa película. Por si no se han fijado, el famoso científico aventurero está en Sudamérica, buscando un preciado ídolo precolombino, en el año 1936…

La aventura en cuestión parece transcurrir en los meses de verano, justo cuando en España se provoca la Guerra Civil por medio del golpe de estado del 18 de julio, porque tras su escapada “in extremis” de su némesis, el arqueólogo y cazatesoros Belloq -al parecer vagamente  inspirado en un historiador anglofrancés de esa época, Hilaire Belloc-, el doctor Jones regresa a los brazos de su Universidad y sigue allí impartiendo clase y rompiendo el corazón de alguna que otra entusiasta alumna en lo que parece ser el comienzo del primer “term” habitual en las universidades anglosajonas, que coincide, más o menos, con nuestro primer trimestre, de septiembre a diciembre.

Así pues, ya tenemos la información histórica básica que ha transmitido, se puede decir que durante generaciones, “En busca del Arca perdida”.

El arriscado doctor Jones se mueve en un proceloso mundo en el que, como vemos de inmediato, tras su regreso a la Universidad, los perversos nazis campan a sus anchas, preocupando mucho al gobierno de Estados Unidos, dos de cuyos funcionarios se ponen en contacto con el ínclito arqueólogo para ver si les aclara qué es eso del Arca perdida de Israel y la razón por la que interesa tanto a Hitler.

Con eso las premisas para la magnética aventura, quedan servidas. Indiana se pone en marcha, seguido muy de cerca por un siniestro miembro de la Gestapo nazi que, naturalmente, quiere dar con el Arca sirviéndose de lo que averigüe el doctor Jones.

Pese a esa clara aparición de un notorio miembro de la Alemania nazi, en “En busca del Arca perdida” no hay mayor referencia a qué está haciendo ese inquietante país en esos momentos.

Por lo tanto no hay referencia alguna en esa película, que transcurre en el año 1936, a que en España, en esas fechas, se está librando una guerra civil. Una que sólo llegó a tener lugar por el decidido apoyo que prestaron al bando de los militares sublevados los nazis que tanto odia el doctor Jones. Facilitando a los golpistas, sólo para empezar, aviones con los que cruzar el estrecho de Gibraltar pasando tropas marroquíes para, paradójicamente, iniciar lo que la propaganda de ese bando rebelde llamó “Cruzada”…

Por supuesto la gran virtud de “En busca del Arca perdida” es que es eso que llaman una película “de aventuras”, de esas que en los años 30 y 40 se pasaban en sesión doble. Títulos como “Al Sur de Pago Pago” y similares.

En otras palabras:  no se puede pedir mucho más en cuestiones de exactitud histórica a una película que es, ante todo, un gran homenaje a ese Cine “de aventuras” rendido por un cineasta que, será cuestionable por otras razones, pero no desde luego por su conocimiento de la fórmula magistral del Cine en estado puro.

Y sin embargo, “En busca del Arca perdida”, con sus olvidos, despistes sobre la Historia de España (que, por lo general, importa un comino a los anglosajones) y exageraciones, acierta, más o menos, en la descripción histórica del Mundo en 1936.

En efecto, puede parecer chocante ver cómo centenares de soldados nazis de lo que parece una especie de borrador del aún inexistente Afrika Korps se pasean, a sus anchas, pegando tiros, por un Protectorado británico como lo era, en la práctica, Egipto en el año 1936.

Sin embargo, pese a que eso no ocurrió históricamente, refleja con bastante exactitud cuál era la actitud de Gran Bretaña en 1936, cuando ya ha comenzado la Guerra Civil española.

Si los nazis hubieran exigido a la Gran Bretaña de Chamberlain que dejase entrar en territorios administrados por la Corona británica a fuerzas armadas alemanas para hacer… bueno, en fin, para hacer lo que les diera la gana… la Gran Bretaña de Neville Chamberlain les hubiera dejado hacer tranquilamente.

Es algo que ese gobierno británico estuvo demostrando constantemente desde 1936 en adelante. Bastaba con que Hitler pidiera algo, para que Chamberlain mirase para otro lado y obligase a la otra gran potencia europea aún democrática -Francia- a hacer otro tanto.

Así se hizo con Checoslovaquia, a la que los nazis pudieron invadir sin pegar un tiro. O con Austria, a la que se anexionaron por aquello de las afinidades de “Cultura y Raza”, tan caras al régimen nazi, no sin antes amenazar a sus autoridades, como nos cuenta Hugh Thomas en “La Guerra Civil española”, con que, si no se aceptaba ese “Anschluss”, Austria se convertiría en otra España. Es decir, se provocaría en ella otra guerra civil en la que uno de los dos bandos -no precisamente el más democrático- tendría a la apisonadora militar alemana detrás…

El querido -sobre todo en Berlín- Neville Chamberlain dejó hacer. Todo con tal de evitar otra guerra que, por supuesto, Hitler no pensaba evitar de ningún modo.

La España gubernamental (la hoy llamada “republicana”) cayó víctima de esa política contra la que advirtieron incluso los miembros más conscientes del Partido Conservador de Chamberlain: el ministro de Exteriores Anthony Eden, que acabó dimitiendo, Lady Atholl que conocía de primera mano lo que estaba en juego en España, o el mismísimo Winston Churchill, que, tras sus comprensibles recelos ante el caos rampante en las áreas bajo control del Gobierno en España (prefiriendo a Franco antes que a una democracia que no hubiera garantizado su seguridad personal) cambió de idea viendo cómo los republicanos reconducían la situación a partir de 1937 y considerando el notorio peligro para Gran Bretaña si se permitía asentarse a Hitler en España. Justo a espaldas de Francia. El único aliado natural que, tras la caída de la República española, le quedaría a Gran Bretaña en Europa…

Chamberlain permaneció indiferente -acaso acobardado- ante tales argumentos tan lógicos: no permitió que la República recibiese armas ni apoyo, toleró la farsa de la No Intervención que principalmente sirvió para que los nazis abasteciesen al bando sublevado, permitiéndole así machacar a placer al bando gubernamental (hasta 10.000 proyectiles de Artillería pudieron lanzar en un sólo ataque durante la última ofensiva, como nos cuenta un libro escrito por el mejor estratega republicano, Vicente Rojo). Por supuesto Chamberlain también prohibió a Francia ayudar a la República, siquiera fuera abriendo la frontera para que pasase material de guerra con el que la Batalla del Ebro -una verdadera maravilla estratégica diseñada por el general Rojo- se hubiera, sin duda, decantado a favor del bando gubernamental y no de los sublevados.

Chamberlain, de hecho, también impidió una salida negociada a la guerra, con mediación de Estados Unidos, en la que incluso estaban de acuerdo generales sublevados como Yagüe, como también nos cuenta Hugh Thomas…

Así pues, como ven, “En busca del Arca perdida”, con sus nazis haciendo lo que les daba la gana en territorio bajo supuesto control británico -incluso tratar de llevarse el Arca de la Alianza- no está tan lejos de la realidad histórica de aquel año 1936 en el que, hoy hace 80 años, empezó una guerra cuyas funestas consecuencias aún arrastramos. En gran medida gracias a la cobardía y estúpida ceguera de supuestos hombres de estado como Neville Chamberlain que, no se extrañen, perdió el poder estrepitosamente -debiendo cederlo a su amigo y compañero de partido Winston Churchill- poco después de que la República que le había tendido la mano fuera masacrada por los aliados españoles de Hitler en abril de 1939.

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Corsarios vascos, generales, diplomáticos, reyes y reinas. Una historia de la Historia de la Guerra de Sucesión austriaca (1740-1748)
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Carlos Rilova | 11-07-2016 | 09:44| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como decía aquella canción de los inefables Undertones, ya está aquí el verano. Y con él vienen los viajes a la costa, a puertos pintorescos, a playas masificadas pero aun así sugestivas. Al menos a ciertas horas del día.

Y todo eso, tal vez, despierta nuestra ansia de saber qué pasó en algunos de esos lugares hace muchos años, cuando vemos, aunque sea de soslayo, casi oculta por la masa de veraneantes de la que formamos parte y los anuncios de helados y refrescos, una pared de piedras que no parecen puestas allí antes de ayer sino hace mucho, mucho tiempo, o cañones clavados en los muelles que, indudablemente, debieron ser parte de la Artillería de un barco de vela también hace muchos, muchos años.

Quizás por todo eso sea un buen momento para traer a este correo de la Historia algún retazo de esa Historia del Mar que parece esconderse detrás de esos rincones ahora convertidos en destinos turísticos.

El retazo del que hablaré, llegó a mí mientras recogía información para completar un trabajo sobre la Guerra de Sucesión austriaca que publicaré -espero- en unos meses.

La información que obtuve de aquel documento fechado en el año 1748 -es decir, en el último de aquella guerra- era realmente impactante.

En principio, la historia de Antonio Solis, un español americano nacido en Yucatán, podría parecer una mera anécdota irrelevante. De hecho, el juez ante el que fue llevado a finales de la primavera del año de 1748, despachó su caso con verdadera rapidez, en apenas unos pocos folios y junto a otros tantos conducidos por la misma causa -ser sospechoso de vagabundaje- ante los estrados de su tribunal.

Sin embargo, esa es una impresión falsa. Los avatares de Antonio Solis, descritos para el juez que lo había detenido como sospechoso de ser un vagabundo, son una parte imprescindible de la Historia de la Guerra de Sucesión austriaca. Al menos si queremos comprender mejor aquel episodio histórico.

En efecto, ya el revolucionario -en todos los sentidos- poeta Bertolt Brecht se había preguntado si la Historia debía ser un mero recitado de reyes, reinas, grandes dignatarios, generales… olvidando a los hombres y mujeres de menor rango que ellos que, sin embargo, obviamente, había contribuido a que los designios de esos grandes personajes históricos se hicieran realidad, construyendo, por ejemplo, como decía el poema de Brecht, Tebas la de las Siete Puertas o las Pirámides…

Es ese un camino histórico arduo, denostado incluso por muchos historiadores de viejas escuelas -algo fosilizadas- que, como he podido experimentar incluso en primera persona, son capaces de imponer silencio con métodos muy autoritarios -y un poco estúpidos, la verdad- a aquellos de sus colegas que creemos que la Historia es global en todos los sentidos y debe reconstruirse con todos los materiales a nuestro alcance y no sólo con columnas de cifras o libros de Leyes como el “Digesto” del emperador Justiniano.

Antonio Solis no estuvo en su vida en la Corte de San Ildefonso, ni en la de Saint James, ni en la de Versalles, ni conoció -salvo por la efigie de las monedas- a Fernando VI rey de España y de las Indias, ni a Luis XV rey de Francia y de Navarra, ni a Jorge II.

Tampoco conoció jamás, salvo por noticias indirectas, a ministros como el marqués de la Ensenada, Walpole o Fleury.

Sin embargo, Antonio Solis y otros muchos miles de españoles de ambos hemisferios, hicieron posible otra de esas típicas guerras de supremacía propias del siglo XVIII, urdida en los salones y gabinetes que frecuentaban todos esos graves personajes que así decidían -o lo intentaban al menos- cuál sería el destino del Mundo.

En efecto, a causa del conflicto abierto en 1739 entre Gran Bretaña y España, con la hoy famosa -gracias al recuperado almirante Blas de Lezo- Guerra de la Oreja de Jenkins, Antonio Solis se vio metido en una larga aventura que duró siete años.

En 1741, mientras navegaba en una chalupa con varios compañeros por las disputadas aguas caribeñas, fue capturado por dos barcos corsarios fletados por ingleses. Como era habitual en la época, Solis y sus compañeros se convirtieron en parte del botín y fueron subastados como esclavos blancos (el término legal inglés era “indentured servants”) para el también habitual -en estos casos- período de servicio en las colonias americanas inglesas durante siete años.

Solis se las apañó para sobrevivir, durante cerca de tres años, a una condición laboral más dura que la que se aplicaba a los esclavos negros traídos de África a esas mismas colonias. Consiguió que su amo lo pusiera a trabajar en uno de sus barcos, alegando que el trabajo en la mina subterránea de cobre a la que lo había destinado estaba erosionando gravemente su salud. Una rara concesión, pues los esclavos blancos -españoles, irlandeses, escoceses, ingleses…- eran peor tratados que los esclavos negros, ya que estos debían durar toda una vida y eran caros y los blancos, como ocurría en el caso de Solis, servían durante un período de tiempo limitado tras el cual ya no resultaban rentables para sus antiguos amos e incluso podían convertirse en competencia para ellos. Como se ve en la obra de Daniel Defoe “Coronel Jack”, publicada en 1722, y que describe, de primera mano, hechos muy parecidos a los que yo he encontrado sacando información, una vez más, del rico archivo del Corregimiento guipuzcoano.

Antonio Solis, gracias a su trabajo como marinero en dicho barco, consiguió bajar a tierra cuando el navío acabó viaje en la que él llama “ría de Londres”. Allí protestó ante el comisario inglés encargado de regular estas cuestiones, diciendo que él no podía ser considerado esclavo porque no lo era en su propio país. Su protesta fue aceptada, se le puso en prisión con otros españoles y salió de ella con rumbo a la Costa Vasca en cuanto hubo un canje de prisioneros.

De allí, decía Solis, pasó a Bayona -uno de los principales puertos corsarios de la época- y se enroló a bordo de un cache de Bayona armado como barco corsario. Si buscaba venganza por lo que le había ocurrido, o Fortuna, no tuvo ninguna de las dos cosas. Otra vez fue capturado por corsarios ingleses que, sin embargo, se conformaron con quedarse como botín el barco y no a su tripulación.

Sin embargo, Solis insistió. Del puerto de Luanco, en Asturias, donde le habían dejado los corsarios ingleses volvió una vez más a San Sebastián y pidió nuevamente pasaporte para poder enrolarse en un barco corsario de Bayona. En esta ocasión fue el afortunado -según lo que nos decía el “Mercurio de Francia” del año 1746- Le Léopard, que, sin embargo, en esta nueva campaña, ya próximo el fin de la Guerra de Sucesión austriaca, fue convertido, a su vez, en presa por corsarios ingleses.

La única suerte de Solis en esta ocasión, fue, otra vez, que sus captores se conformaron con el barco y dejaron libre a la tripulación, que desembarcó en el puerto bretón de Saint-Malo, desde donde él y sus compañeros se dirigieron a Bayona para un tercer intento a bordo de otro barco…

Allí, sin embargo, descubrieron que la guerra había terminado, que volvían a ser prescindibles. Incluso molestos, como se hizo patente para Solis cuando cruzó la frontera del Bidasoa para dirigirse al puerto gallego de La Graña y tratar de encontrar un barco que lo devolviera a Yucatán tras siete años de dar tumbos por el Mundo.

Automáticamente se sospecho que era un vagabundo (lo que dice mucho del aspecto de un veterano corsario de aquella época), se le encarceló, se le interrogó y se le juzgó.

Como la guerra había terminado, el corregidor guipuzcoano decidió dejarlo en libertad, pero advirtiéndole que debía salir de su jurisdicción rápidamente…

Así acababa esa pequeña historia -parte de la Gran Historia de las guerras de supremacía del siglo XVIII- que tuvo como telón de fondo puertos como San Sebastián, Luanco, Londres, Bayona… que quizás -quién sabe- muchos visiten en estas fechas. Será un buen momento para recordar quiénes iban a bordo de esos grandes veleros cuyo recuerdo aún parece impregnar esos lugares y qué fue lo que -como decía el historiador Leopold Von Ranke- realmente les ocurrió cuando se vieron atrapados por los designios emanados de grandes palacios que ellos jamás visitaron.

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Historia, ferrocarriles y autoconciencia (1869-2016)
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Carlos Rilova | 04-07-2016 | 10:08| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente parece que mi hado de historiador me lleva de reconstrucción histórica en reconstrucción histórica.

Es una tarea sólo relativamente agradable. Estar toda la semana trabajando con la Historia y dedicar el fin de semana a lo mismo puede ser un poco cansado. Más aún si esas actividades históricas de fin de semana -cada vez más populares por lo que voy viendo- requieren no sólo sentarse ante un ordenador, consultar un documento o un libro y escribir, sino actuar, recrear personajes históricos de épocas que, sólo para empezar, tenían una idea muy diferente a la nuestra de lo que era cómodo e incómodo, o de lo que se podía entender como “ropa de verano”.

Sin embargo, haciendo balance de esa participación en actividades como esas, el resultado, en general, creo que puede considerarse positivo. Si no para el descanso del historiador, sí al menos para la sociedad que se va, poco a poco, organizando para dedicar parte de su tiempo de ocio a esas actividades culturales.

Este fin de semana hubo en el circuito de trenes en miniatura de Iraeta y en el Museo del Ferrocarril vasco en Azpeitia acciones de reconstrucción relacionadas con la Historia ferroviaria, organizadas, como el año pasado, por Aritz Irazusta. Concretamente de los de la Era del vapor. Es decir, de los primeros, de los que se fueron desarrollando entre 1820 y 1860.

En el circuito de Iraeta, por ejemplo, se escenificó la mayor de las escenificaciones -valga la redundancia- de esa Era del vapor de los ferrocarriles. Es decir: el encuentro en la localidad norteamericana de Promontory Summit, en lo que entonces era el territorio de Utah, de las vías férreas del Pacífico y del Atlántico que tuvo lugar en 1869. Cuatro años después del fin de la Guerra Civil norteamericana que había separado y desgarrado a esa naciente gran potencia.

Si consultan otras páginas de Internet -la ya inevitable Wikipedia por ejemplo- podrán ver una de las escasas fotografías (por aquel entonces un bien bastante raro y codiciado) donde se refleja ese gran momento.

La imagen está muy bien pensada. Se ve a los obreros, ingenieros y demás asistentes al acto apiñados en torno a las dos locomotoras que se han encontrado en un punto exacto de la vía en el que se unían los ferrocarriles del Este y el Oeste.

La ocasión se celebró con la algarabía necesaria, que no refleja la imagen, y clavando un clavo de oro para señalar el punto donde se había producido esa unión por medio de esos rieles que unificaban, simbólicamente al menos, todo el país de costa a costa.

A pesar de lo primarios que nos puedan parecer esos medios, comparados con la gran maquinaría propagandística que se puede manejar hoy día en Estados Unidos, la ceremonia del “golden spike”, que tuvo lugar el 10 de mayo de 1869 en ese punto de Utah, funcionó a la perfección, se convirtió en un tópico de la cultura popular que ha repercutido hasta la actualidad en diversos medios, trasladando a través del tiempo la imagen de poder industrial, de avance científico exitoso, de progreso, eficacia y unidad que la ceremonia de Promontory Summit quería transmitir.

Por sólo poner un ejemplo del éxito de esa política: miles de niños europeos aprendieron antes ese hecho de la Historia de los ferrocarriles, con acento estadounidense, que la Historia de sus propios ferrocarriles.

Fue sencillo: la saga de aventuras del celebre vaquero Lucky Luke -de quien hablábamos por aquí hace un año en relación al peculiar caso del llamado “emperador Smith”- se encargó de hacérselo saber desde el año 1957 en adelante en sucesivas ediciones donde se escenificaba una aventura más de ese popular personaje de cómic, de la mano del guionista francés Goscinny (por primera vez) y del dibujante belga Morris, que tenía como telón de fondo ese hecho histórico.

Este sábado, como decía, en el circuito de trenes en miniatura de Iraeta, se hizo una nueva reconstrucción de ese encuentro de Promontory Summit.

El domingo se hizo en el parque de Cristina Enea de San Sebastián todavía algo mejor y que era una compensación necesaria sin la que esta clase de reconstrucciones en nuestras latitudes, se convertirían en otra burda imitación de lo que se hace al Norte de los Pirineos o al otro lado del Atlántico.

En efecto, este domingo, en el parque de Cristina Enea, tras la reconstrucción del sábado en Iraeta, se reconstruyó (valga otra vez la redundancia), durante un par de horas, entre las once y la una del mediodía, una porción de la vida de los dueños de esa finca, Cristina Brunetti y Fermín Lasala y Collado, tal y como pudo ser hacia el año 1865.

La pregunta lógica, por supuesto, con personas como éstas que no se apellidaban ni Smithson, ni Vanderbilt, ni Morgan, ni cosa similar, es qué tienen que ver ellos con la Historia de los ferrocarriles y más aún con la unión de las dos líneas en Promontory Summit en 1869.

La respuesta es sencilla: Cristina Brunetti y Fermín Lasala y Collado eran una pareja de millonarios donostiarras (sí, esa ciudad que es este año 2016 la capital cultural de Europa) que, aparte de juntar y aumentar sus respectivas fortunas por medio de un matrimonio -no sé si romántico, pragmático o una mezcla de las dos cosas-, invirtieron dinero el negocio de los ferrocarriles y ayudaron a que se trazase la actual red ferroviaria que une Madrid y París. A Fermín Lasala y Collado ese interés le venía de familia: su padre Fermín Lasala y Urbieta ya había invertido en los primeros ferrocarriles estadounidenses y, de hecho, atrajo a esa inversión a otros guipuzcoanos cuando las primeras líneas férreas del Este de Estados Unidos empezaban a trazarse a mediados de la década de 1830.

La parte de la familia Lasala en ese negocio era equiparable a la de grandes magnates norteamericanos de los que sí ha quedado un recuerdo histórico mucho más nítido: los Astor. Lo pueden comprobar con todo detalle si leen otro artículo mío que anda por ahí, en Internet, en versión bilingüe (castellano-inglés) con el título de “Bandas de los barrios altos de Nueva York”.

Por esa razón creo que este domingo fue importante reconstruir la historia en tres dimensiones de esta, para muchos y en muchos aspectos, desconocida pareja de donostiarras: para no olvidar de dónde habían salido parte de los capitales que permitieron desarrollar el negocio de los ferrocarriles en Estados Unidos, sin los que la ceremonia de Promontory Summit en 1869 es probable que no hubiera tenido lugar.

El comprensible interés de gentes como Fermín Lasala y Collado y su avezada mujer (una sólida sombra a su espalda, como requerían e imponían las relaciones entre sexos de la época) en el negocio de los ferrocarriles, dejaría más huellas. Por ejemplo ese ferrocarril del Norte que unía, sólo para empezar, Madrid y París

Quizás el hecho sea menos conocido -ningún dibujante celebre como el padre del también celebre Lucky Luke, parece haber encontrado razones para dedicarle un episodio- pero no creo que aquel hecho sea menos importante para una Europa que está tratando, pese a todo, de cohesionarse en un único estado desde la debacle de la Segunda Guerra Mundial.

Por esa razón dediqué a gusto parte de mi tiempo libre de este fin de semana, para que todo eso -no sólo la ceremonia de Promontory Summit, sino la vida de Fermín Lasala y Collado y su mujer y sus negocios ferroviarios- fuera mejor conocido por más público al que, al fin y al cabo, ese patrimonio histórico le pertenece y, por lo tanto, debería conservarlo y valorarlo como se conserva y valora todo lo que es importante. Justo como se hace en Francia, en Estados Unidos, en Gran Bretaña…

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“Bilbao 1900″. La “Belle Époque” reconstruida o un paseo por la Historia reciente (1916-2016)
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Carlos Rilova | 27-06-2016 | 09:52| 0

Por Carlos Rilova Jericó

He decidido que aunque la ocasión parecía propicia -subrayo lo de “parecía”- no voy a hablar hoy del “Brexit” y sus implicaciones históricas, que, por supuesto, las tiene.

No sólo porque ya traté estas cuestiones, aunque fuera tangencialmente, la semana pasada, al hablar del infame asesinato de la diputada laborista Jo Cox, sino también porque tengo serias dudas sobre en qué va a acabar realmente esta cuestión del “Brexit”.

Tan sólo les hago una recomendación de lectura muy apropiada para estas fechas veraniegas de largas horas de playa que ya tenemos encima. Es la segunda de una serie de novelas firmadas por un escritor norirlandés, Adrian McKinty, que se ha titulado genéricamente “The troubles” en idioma original porque los tres volúmenes, de los cuales (que yo sepa a fecha de hoy) en España sólo se han publicado los dos primeros, están ambientados en la Irlanda del Norte que va del “Domingo sangriento” de 1972 y, sobre todo, la muerte del activista del IRA Bobby Sands en 1981 -que da origen a esos “troubles” o “disturbios” que, a su vez, dan título a la serie- hasta los acuerdos de Viernes Santo de 1998 que pusieron fin a ese conflicto.

Lo cierto es que merece la pena leerse los dos volúmenes de la trilogía de McKinty ya editados en español, “Cold Cold Ground” y “Por la mañana me habré ido”, pero, de cara a entender mejor lo que puede pasar al final con el “Brexit”, yo les recomiendo leer hasta el fin -cosa nada difícil- el segundo de esos títulos, pues dibuja con bastante certeza las razones de Alta Política británica que, tarde o temprano, van a hacer que el referéndum del “Brexit” sea invalidado de algún modo para asegurar la continuidad de Gran Bretaña como Reino Unido dentro de la Unión Europea, ya que lo contrario no parece posible ni viable a medio plazo por cosas que, como les digo, pueden empezar a intuir leyendo la detallada descripción de la Historia reciente de Irlanda del Norte que McKinty traza con mano magistral en “Por la mañana me habré ido”.

Dicho esto nos olvidaremos del “Brexit” y pasaremos a hablar de otras cosas, concretamente de un interesante acontecimiento cultural, el desfile “Bilbao 1900” organizado en esa villa por un importante coleccionista de origen donostiarra, Fernando Botanz, que ya va por su quinta edición y al que tuve la suerte de asistir este pasado sábado.

Se trata de una masiva exhibición de trajes de época o fielmente reconstruidos sobre modelos de época -entre 1880 y 1930 aproximadamente- que son paseados por el centro de la capital vizcaína por cerca de un centenar de personas que los visten con ese propósito.

Este evento cultural, como explica el organizador de “Bilbao 1900” en su web (www.fernandobotanz.blogspot.com), quiere mantener viva la Historia de la villa de Bilbao en su momento de mayor esplendor social, cultural y económico y explicar didácticamente a sus vecinos y visitantes el calado de esos acontecimientos históricos, la importancia determinante del pasado reciente en el presente.

Como testigo directo de esa quinta edición de “Bilbao 1900” que tuvo lugar, como es habitual desde el año 2012, el último sábado de junio, debo decir que ese desfile de reconstrucción histórica, que revive a la sociedad vasca de la “Belle Époque” en todas, o casi todas, sus facetas, funcionó estupendamente y es una notable muestra de dinamismo cultural que nos sitúa a esos niveles europeos ahora tan cuestionados por el alarmante alarmismo que se ha generado en torno al ya aludido “Brexit”.

En efecto, conozco pocas ciudades europeas que realcen con tanta asiduidad y con tanta participación, en general de muy buena calidad, su patrimonio histórico, artístico y arquitectónico devolviendo vida tridimensional, de carne y hueso, a esos edificios de la Parte Vieja y el Ensanche bilbaíno ante los que habitualmente, por causa de las prisas de la vida cotidiana, se pasa como quien pasaría ante un montón de piedras y ladrillos que no tendrían más valor que otro montón de piedras y ladrillos levantados en otra parte del Mundo.

Quizás sólo ciudades belgas con un notable patrimonio histórico, como Amberes, y su tradición de los llamados “cortejos históricos”, llevan muchos años logrando algo parecido, aunque en muchos casos sin demasiada continuidad anual, llegando a pasar siete años entre uno y otro cortejo histórico, como en el caso del de Fosses-la-Ville.

Por lo demás, quitadas las más o menos afortunadas reconstrucciones de batallas (sobre todo de época napoleónica y con mejor o peor tino y continuidad en el tiempo), poco hay ahora en toda Europa parecido al desfile anual “Bilbao 1900”.

No al menos a esa escala y extensión y en una capital importante y de referencia a nivel internacional como puede ser el caso del Bilbao post-Guggenheim, donde visitantes alemanes -concretamente de Frankfurt-, norteamericanos de Washington D. C. o de la India fueron testigos, entre otros muchos, de ese desfile que les explicaba la Historia de la ciudad que estaban visitando reviviéndola en todos sus detalles, de manera tridimensional.

Poco más puedo decir, tan sólo que es una suerte que se tomen estas iniciativas, que encuentren eco y que se mantengan en el tiempo.

Es señal de una sociedad viva culturalmente, con interés por la Historia que, como he repetido muchas veces, es la base de cualquier sociedad que trate de mantenerse en pie con ciertas garantías de éxito y de funcionalidad.

A ese respecto es justo concluir, y no olvidar, que, gracias a iniciativas como la de Fernando Botanz, parece que Bilbao se muestra como una alumna aventajada de aquella Gran Bretaña a cuya sombra creció en la misma época cuyo recuerdo quiere mantener vivo y vigente el desfile “Bilbao 1900”, tratando de ofrecer un retrato digno de un pasado a recordar y mantener vivo mientras la maestra, Gran Bretaña, parece haber perdido, por desgracia, el Norte, involucrándose en dudosas aventuras de incierto final que, seguramente,  pasará por volver a esa Historia común compartida con otros países europeos que se recuerda, perfectamente, con iniciativas como “Bilbao 1900”.

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El asesinato de Jo Cox. Algo de Historia sobre la violencia política en Inglaterra (1616-2016)
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Carlos Rilova | 20-06-2016 | 09:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que una pregunta razonable tras leer el título de este nuevo correo de la Historia, podría ser qué tiene que ver la Historia con el asesinato de la joven diputada laborista inglesa Jo Cox el 16 de junio de 2016.

La pregunta a una hipotética respuesta como esa podría ser una consigna del movimiento contestatario de los años setenta, que venía a decir que todo era Política.

Con la Historia pasa algo parecido, todo hecho del Presente tiene una raíz en el Pasado, es decir, en la Historia, y conocer esa raíz, obviamente, nos permite comprender mejor lo que ocurre hoy día ante nuestros demasiadas, veces atónitos ojos.

Eso, desgraciadamente, es lo que se puede decir sobre el asesinato de esa prometedora diputada laborista inglesa que  ha sido muerta de un modo triste y vil por un hombre trastornado y fanatizado políticamente.

En efecto, la muerte de Jo Cox es todo un indicio, un detalle de cómo se está degradando la vida política en Inglaterra y el resto de Europa en el largo tiempo histórico.

Empecemos por una visita a la Inglaterra y la Europa de comienzos del siglo XVII. Lawrence Stone, un eminente historiador británico, ya advertía, en su obra sobre la crisis de la aristocracia inglesa entre 1588 y 1641, lo históricamente falso que resultaba el tópico, alimentado desde Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XIX, de que los británicos -en general y sus clases altas en particular- eran tipos altamente civilizados, flemáticos, que arreglaban sus diferencias pacíficamente, incluso con algo de humor sarcástico.

Por el contrario a comienzos del siglo XVII, nos dice Stone, lo normal entre la nobleza inglesa era que los altos lores y de ahí para abajo -cada cual según sus posibilidades- fueran acompañados de un séquito de sirvientes que, por lo general, eran reclutados entre gentes para las que el oficio de las armas y la violencia eran lo más común del mundo.

Stone da cuenta de algunos episodios en los que los séquitos de miembros de la nobleza se enfrentan a pistoletazos y estocadas en las calles inglesas por cuestiones que hoy nos pueden parecer nimias, pero que entonces tenían mucho, demasiado, significado. Como ocurría con la precedencia en honores. Por ejemplo a la hora de ceder el paso en una calle concurrida.

Stone nos cuenta también que los nobles que capitaneaban, y pagaban, esos séquitos de sirvientes armados y con -digamos- talento para la violencia, no solían ser los últimos en entrar en las batallas campales de bolsillo organizadas en el momento y lugar más insospechado. De hecho, solían ser, como era hasta cierto punto lógico, los primeros, pues quienes formaban sus séquitos sólo hacían uso de las armas cuando lo ordenaban esos caballeros, que eran quienes les pagaban y otorgaban signos de distinción social. Como, por ejemplo, vestir la librea con el escudo de esos nobles amos. Todo un salvoconducto que abría puertas y ganaba respeto a quienes portaban tales emblemas.

Lo cierto es que esa violencia de sesgo político en Inglaterra, como en el resto de Europa, fue quedando obsoleta, desautorizada, sólo a través de un proceso lento y con muchos altibajos. Entre 1642 y 1745 Inglaterra sufre, primero con intensidad y luego a espasmos, un largo ciclo de guerras civiles que acaban en Escocia con una considerable matanza en el páramo de Drumossie. A lo largo del siglo XVIII peleas callejeras como las que describe Lawrence Stone en su obra, son cada vez peor vistas en Inglaterra, pero en la década de los cincuenta de ese Siglo de las Luces había materia en las calles inglesas para que William Hogarth compusiera grabados y pinturas como las de la serie titulada “The Humours of an Election”, en cuya cuarta entrega se ve a un atribulado candidato a miembro del Parlamento metido en una riña callejera donde tipos de baja ralea atacan con palos y otros instrumentos contundentes a sus seguidores, que responden con los mismos medios.

Eso por no hablar de la larga lista de guerras en las que Inglaterra se ve envuelta, junto con otros países europeos, en ese siglo de la Ilustración: de 1701 a 1714 en  la llamada de Sucesión española, en 1719 en la de la Cuádruple Alianza, en 1739 primero contra España en la llamada Guerra del Asiento o de la Oreja de Jenkins y, sin solución de continuidad, desde 1740 hasta 1748, en la llamada Guerra de Sucesión austriaca. A ésta le seguirá la llamada Guerra de los Siete Años, entre 1757 y 1763, aunque en realidad ya había empezado, en América, en 1754. El siglo finalizará para Gran Bretaña y sus oponentes con otra larga guerra, la de Independencia de Estados Unidos, entre 1776 y 1782. Diez años después, en 1792, empezará un largo combate contra la Francia revolucionaria y napoleónica que sólo acabará en 1815, hace ahora 201 años, en la Batalla de Waterloo.

Desde ese punto se inicia un período de relativa calma en el que Gran Bretaña se va pacificando sin choques internos demasiado violentos y eludiendo grandes guerras en Europa -como la primera carlista en España (1833-1839) a la que sólo envía 10.000 hombres, supuestamente voluntarios, al servicio de Isabel II- o la franco-prusiana de 1870.

Eso no significará que no haya matanzas importantes en Gran Bretaña, como la que tiene lugar en 1819 en el prado de Saint Peter, en Manchester, donde las autoridades reprimirán con una brutal carga de Caballería una manifestación pacífica que pedía la ampliación del derecho a votar. Lo que acabará haciendo que el campo de Saint Peter fuera irónicamente rebautizado como “Peterloo”, por la oposición a la ampliación de ese derecho a voto por parte de los conservadores británicos, que tendrán a la cabeza en esa lucha a Lord Wellington, el vencedor de Waterloo cuatro años antes…

Incidentes de violencia política como esos irán decreciendo en Inglaterra y Europa a lo largo de ese siglo XIX, o siendo desviados hacia las afueras del sistema, hacia las colonias.

Aún así, y dejando aparte las guerras coloniales, o la represión despiadada con violencia de baja y alta intensidad en la India o en Irlanda, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, en 1935, 1936…, la lucha obrera en las calles de Londres podía acabar en escaramuzas de bastante consideración entre izquierdistas, fuerzas de Policía supuestamente neutrales y el débil pero persistente movimiento fascista británico de los Camisas Negras de sir Oswald Mosley. Basta con haber leído alguna reciente novela bestseller, como “El invierno del Mundo” de Ken Follett, para tener una imagen -literaria pero bastante exacta- de lo reciente que ha sido la extinción o minimización de la violencia política en las calles británicas.

Eso es lo que hace tan estremecedor, tan inquietante, el asesinato de la diputada Jo Cox. Independientemente de la diferente proporción de locura y Fascismo que haya podido impulsar a su agresor, es evidente que hay un clima social en la, todavía, rica y civilizada Europa donde un largo período de consenso social, iniciado por un acuerdo explícito entre todas las fuerzas políticas democráticas -de Izquierdas o de Derechas- tras la derrota del Nazismo en 1945, ha sido roto, paulatinamente degradado, desde el comienzo de la década de los 80 del siglo pasado, por eso llamado “Neoconservadurismo”, que ha socavado las bases económicas de ese contrato social y con ello está induciendo, lo sepa o no, un clima social que cada vez recuerda más a la Europa de la lúgubre década de los años 30.

Esa en la que un desequilibrado -Adolf Hitler, por ejemplo- con ideas fuertes sobre ideas elementales como “Raza”, “Nación”, etc…, y con un discurso populista, podía prosperar y medrar, incluso eliminando a sus oponentes por medio de la violencia.

A pequeña escala ese es el aviso que plantea el triste asesinato de Jo Cox, diputada laborista británica que cayó abatida al grito de “Gran Bretaña primero”, lema de la ultraderecha rampante en esa, desde 1945 y hasta ahora, ejemplar nación democrática que, tras un largo devenir, ha sido Gran Bretaña.

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La coalición “Unidos Podemos”, la patria, la Historia, Ortega y Gasset y la desvertebración de España
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Carlos Rilova | 13-06-2016 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No estaba muy seguro sobre qué tema se podría tratar hoy en este nuevo correo de la Historia. Sin embargo, una vez más, los poderes casi taumatúrgicos del profesor Pablo Iglesias Turrión, reconvertido en líder carismático de la coalición Unidos Podemos, han servido de gran ayuda a un atribulado ciudadano medio (en este caso el autor de estas líneas).

La ayuda ha venido del revuelo que se ha levantado en torno a la apropiación, por parte de esa coalición de izquierdas, de la palabra “patria”. En efecto, después de convertir el programa que van a repartir a los electores en una copia del famoso catálogo de Ikea, la coalición ha creado un eslogan que, salvo en Cataluña, trata de movilizar a sus posibles votantes con el lema “La patria eres tú”.

Las reacciones no se han hecho esperar en los demás partidos rivales, PP, PSOE, Ciudadanos… Todos han tildado de oportunista y otras cosas similares a ese nuevo eslogan señalando -no sin razón, desde luego- qué rara apelación al patriotismo es esa que no se atreve a presentar ese mismo eslogan en Cataluña.

Sin embargo, la reacción que más me ha impresionado ha sido la del diario “El País”, en cuyo editorial de este sábado se ajustaban cuentas, muy duramente, con esa nueva maniobra política de la coalición Unidos Podemos. De hecho, ha sido la lectura atenta de ese editorial la que me ha llevado, finalmente, a decidirme por este tema.

La razón es muy sencilla: al margen de lo discutible que puede resultar la elección de Unidos Podemos de ese eslogan -“La patria eres tú”- había cosas muy chocantes desde el punto de vista histórico en ese editorial.

Así es, decía “El País” que el término elegido por Unidos Podemos como eslogan, la patria, era algo vacío de contenido, incluso superfluo en un país como España que, y cito textualmente, es una democracia avanzada además de un estado de Derecho y social, donde, como mucho, se podría apelar a lo que ese diario llamaba un patriotismo constitucional…

No voy a entrar en cómo es posible creer que hoy día España sea un estado social -por mucho que lo proclame la constitución de 1978- con un escenario donde conviven sueldos opulentos de 70.000 euros anuales -eso es lo que cobra, por ejemplo, el presidente del Gobierno- con contratos esporádicos y precarios no sólo para puestos no especializados, sino para personal cualificado -técnicos, profesores, especialistas…- de 300 euros mensuales, 500, 600…

Lo que más me interesa, aquí y ahora, es la asombrosa afirmación en ese mismo editorial de que la palabra “patria” está vacía de contenido, que es superflua en España.

Históricamente España no ha tenido precisamente exceso de esa palabra, de ese concepto, “patria”. Ortega y Gasset ya señaló que uno de los problemas de la España de su tiempo -la de antes de la Guerra Civil- era la desvertebración, la ausencia de una idea común de patria en torno a la cual agruparse y crear un estado fuerte. Uno que incluso hoy, de haber existido, sí podría haber sido “social”.

España adoptó con bastante rapidez el concepto. Aunque lo correcto es decir que lo transformó con bastante rapidez, porque la idea de “patria” ya era común en ese país antes del estallido revolucionario de 1789.

En efecto, hay miles de documentos históricos en los que la palabra aparece, aunque usada de un modo diferente al que se usará desde 1789 en adelante.

Hasta esas fechas, “patria” equivalía en España al pueblo o la ciudad de la que se procedía. En los interrogatorios judiciales que ejercían los alcaldes de las villas con privilegio para ejercer Justicia, cuando se preguntaba al acusado cuál era su “patria”, la respuesta era una localidad determinada: Irún, Santander, San Sebastián…

Todo eso empezó a cambiar desde el inicio de las llamadas revoluciones atlánticas. Es decir, la norteamericana y la francesa.

En los futuros Estados Unidos, los insurgentes contra la metrópoli -por cierto generosa y decisivamente apoyados por el rey de España- adoptaron pronto el nombre de “patriotas”. Entendido ese término como conjunto de personas de una vasta extensión geográfica -no como originarios de un mismo pueblo o ciudad- que se oponían a un dominio considerado extranjero y opresivo. En  este caso el británico.

La idea es aún hoy día parte de la cultura popular norteamericana. Por ejemplo un equipo de fútbol americano se llama así precisamente: “New England Patriots” y su lógo corporativo evoca la figura de uno de esos rebeldes de 1776…

Lo mismo ocurre en Francia, donde la primera estrofa de su himno nacional, “Allons enfants de la Patrie”, deja bien claro a quién se dirige ese explosivo himno. Es decir, a los hijos de la Patria, a los que anuncia que ha llegado el día de Gloria en el que se enfrentarán al estandarte sangriento de la Tiranía…

El concepto fue rápidamente comprado -por así decir- por los españoles que organizaron en 1808 la finalmente exitosa resistencia antinapoleónica. Los funcionarios civiles y militares españoles del bando patriota, en efecto, reproducían en sus proclamas y documentos conceptos tales como patria, nación, ciudadanía…, incluso eslóganes como “Libertad o Muerte”, en el mismo sentido en el que eran usados por los patriotas yankees o los revolucionarios franceses.

El problema vino después, en la convulsa Historia política española que se extendió entre 1814 y 1975 y cuyas consecuencias, lógicamente, vivimos hoy día, como no podía ser menos.

A lo largo de esas fechas, y especialmente entre 1936 y 1975, la idea de patria que, como vemos, tenía un origen revolucionario y progresista sin necesidad de adjuntarle adjetivos como “constitucional”, fue incautada, como muchas otras cosas -la bandera por ejemplo- e impuesta sobre una parte de la sociedad hasta el punto de que hoy día esa palabra, “patria”, no evoca, como en Estados Unidos, a un miliciano yankee enfrentándose a un casaca roja del tiránico rey Jorge, o a un liberal español batiéndose contra las tropas napoleónicas, sino a un siniestro régimen dictatorial que impuso -vía exilio y vía pelotón de fusilamiento- su propia idea de lo que era la patria. la bandera y sus colores…

Ya lo he dicho en otros correos de la Historia pero parece ser que hace falta repetirlo, como se ve por la diatriba organizada en torno a la resurrección por Unidos Podemos del concepto “patria” en, al parecer, su sentido originario de 1808.

Durante los cuarenta años de Transición desde la dictadura hasta esta democracia supuestamente avanzada y aún más supuestamente social, nada se ha hecho para crear vertebración, para desintoxicar un concepto tan fundamental como el de “patria”, imprescindible para una sociedad en efecto bien vertebrada.

Más bien parece haberse alentado todo lo contrario: derrotismo supuestamente regeneracionista, enfermiza obsesión con complejos de inferioridad también supuestamente avalados por la Historia (¿cuántas novelas “históricas” han leído sobre la derrota de los tercios en Rocroi y cuántas sobre la traición del Gran Condé a su propio país tras esa imaginaria “victoria definitiva” sobre España?), desunión basada en diferencias locales y localistas y así sucesivamente.

El resultado de todo eso es, entre otras cosas, la aparición de coaliciones como Unidos Podemos, que ahora resulta que molestan por estar dispuestas a todo con tal de asaltar los cielos, no se sabe bien si para imponer un socialismo caudillista tipo venezolano o una socialdemocracia escandinava.

Cierro este artículo con un consejo a quienes han estado cuarenta años de “exitosa” Transición a la Democracia aislados en una torre de marfil periodística y ahora, en la famosa “hora 25”, se quejan amargamente de cosas así: cuando un efecto -el populismo caudillista de Unidos Podemos- es indeseable, lo que hay que hacer es evitar sus causas.

Las mismas que desde esas torres de marfil se han ignorado o minimizado en esas cuatro décadas que ahora algunos descubren, con horror, han sido décadas perdidas para evitar aquello contra lo que Ortega y Gaset ya había advertido nada menos que en 1922…

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¿Es noticia o es Historia?. París inundado (1910-2016)
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Carlos Rilova | 06-06-2016 | 09:35| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana ha sido casi fácil elegir el tema de este nuevo correo de la Historia. Todo ha venido de mi manía de empezar el día viendo telediarios.

En el de Antena 3 del jueves se hablaba de la inundación que está sufriendo ahora mismo el centro de París.

Como suele ser habitual se comentó ahí una cifra desde la que no ocurría algo parecido. Decían que París no había sufrido algo así desde hacía treinta años…

Realmente la situación parece grave. Ese mismo telediario hablaba de retirar miles de obras del Louvre que, junto con las líneas de Metro más cercanas, parece ir a ser uno de los puntos más perjudicados por esta crecida extraordinaria del Sena.

Desde el punto de vista histórico no es, quizás, tan alarmante. No recuerdo, a ciencia cierta, cuánto daño causó la riada de hace treinta años, lo que sí recuerdo bien es que hubo otra mucho más grave que ésta. Una que ocurrió hace más de cien años.

El episodio se contó con lujo de detalles en diversos lugares. Alguno de ellos bastante asequible.

Se trata de una serie de tres cómics -por su delgadez y contenido no alcanzarían ese nivel superior de novela gráfica otorgado hoy día por los puristas del género- firmados por Yann y Hugault y titulada “El piloto del Edelweiss”, que se centra, precisamente, en la vida atribulada de un piloto de caza francés durante la I Guerra Mundial.

En el primer volumen de esa serie de tres, titulado “Valentine”, Hugault ha reproducido en las páginas 10 a 15 lo que su guionista Yann llama “París bajo las aguas”.

Lo que muestran esas viñetas del primer volumen de “El piloto del Edelweiss”, está sacado de fotografías de época. Concretamente tiradas desde el mes de enero de 1910, que es cuando transcurre la acción del cómic en esos momentos. Un invierno en el que el París céntrico, el del puente del Almá, la torre Eiffel, las calles cercanas al Louvre, etc…, se cubre de agua.

Todo rigurosamente cierto. En esas fechas, hace ahora 106 años -no treinta-, el París de las guías de viaje quedó inundado de un modo considerable.

Históricamente no tenía nada de raro, aunque dio lugar a raras escenas como las que se pueden ver en ese primer volumen de “El piloto del Edelweiss”. O bien en “Paris inondé”, un magnífico libro en el que se recogían, en más de un centenar de páginas tamaño folio, esas imágenes que ahora parecen a punto de repetirse a finales de una primavera que parece estar siendo muy lluviosa.

Tanto como para que ocurra algo que no ocurría desde 1910.

Y llegados a este punto podríamos preguntarnos ¿esta noticia es importante?. ¿Desde qué punto de vista?. ¿Desde el del Periodismo o desde el de la Historia?.

La respuesta a preguntas como esas es sencilla: desde el punto de vista periodístico que se remonta sólo a treinta años atrás, es, más que importante, espectacular. Es decir, algo que es imposible no sacar en las noticias destacadas.

Desde el punto de vista histórico la noticia no es tan espectacular.

En efecto, cosas así han estado pasando en París desde el año 583 después de Cristo y, probablemente, desde que se asentaron los primeros pobladores en la que sería conocida como “Lutecia”.

Fue algo que se repitió con gran periodicidad entre los años 583 y 1910.

De hecho, hay recuerdos memorables de algunas de esas inundaciones, como la de 1648-1649, durante la Fronda, la insurrección de la nobleza contra el cardenal Mazarino y la reina regente Ana de Austria, que sirvió a Dumas para elaborar en “Veinte años después” dramáticas escenas en las que sus mosqueteros vagan en busca de más aventuras por una ciudad llana de agitación y algo fantasmagórica, con calles céntricas de aquel París angosto y medieval, tan distinto al ordenado y racional creado a partir de 1858 por Haussmann, cubiertas de agua.

Eso es lo que dice la Historia al respecto. Lo que es hoy noticia, o debería de serlo, visto desde esa perspectiva, es que desde el año 583 de nuestra era, pese a todas las reformas que ha sufrido la trama urbana de París, pese al cauce duro en el que se ha tratado de meter al Sena, no se ha conseguido, apenas, evitar que en París vuelvan a darse escenas prácticamente idénticas a las de 1910.

Algo que, obviamente, nos sitúa, gracias a lo que la Historia nos cuenta, ante una interesante reflexión sobre ese asunto, tan traído y llevado, de la Historia del clima.

Por hoy poco más se puede decir y, de hecho, no parece que sea necesario decir nada más. Por mi parte dejo este tema en manos de la opinión pública para que juzgue las últimas consecuencias de esa enésima crecida del río Sena desde la Alta Edad Media.

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Tomando el té con Wellington (1816-2016)
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Carlos Rilova | 30-05-2016 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este sábado estuve en Vitoria y asistí a diversos fastos que trataban de conmemorar, en dos días, la batalla que dio un vuelco final a las guerras napoleónicas no sólo en España, sino en el resto de Europa, impulsando, al fin, a los austriacos, rusos y prusianos a tomar las armas decididamente para enfrentarse con Napoleón, viéndolo quebrado, en franca retirada en la Península ante el ejército combinado de británicos, portugueses y españoles.

Uno de esos fastos fue una reconstrucción civil -rara ave en España, de momento- precedida de una conferencia que me hicieron el honor de dejarme impartir en el Museo de Armería de Vitoria.

El objetivo era, según la organización del evento, coordinada fundamentalmente por el estudioso gazteitarra de la esgrima y armamento antiguo Iker Alejo, descubrir, de manera sencilla, la importancia que tenía un acto en apariencia tan banal como tomar el té y que, erróneamente, asociamos con algo exclusivo de los británicos, que lo habrían estado haciendo desde tiempo supuestamente inmemorial, cuando lo cierto es que, como tuve ocasión de comentar en Vitoria este sábado pasado, en contra de lo que creemos habitualmente, los británicos tardaron bastante en descubrir qué era el té.

Puede que hayan leído en “Astérix en Bretaña” otra cosa… pero eso, claro, no es más que otra de las bromas de Goscinny y Uderzo.

La realidad, a partir de documentos publicados hace muchos años, es que los ingleses empiezan a saber del té como bebida hacia 1660.

En efecto, uno de los árbitros de la elegancia del Londres de la monarquía Estuardo restaurada tras la dictadura cromwelliana en ese año -1660- decía en sus famosos “Diarios” que había bebido por primera vez una nueva bebida que llaman té (“tei”, según la versión original inglesa), traída desde China.

A partir de ahí podemos considerar que empieza a forjarse el famoso imperio británico que tantas alegrías ha dado a Hollywood a lo largo de muchos años.

Así es, el té, desde ese momento en el que Pepys lo cató por primera vez, comenzó a convertirse en un verdadero vicio nacional. Como ya lo era en China, desde dónde se había ido extendiendo hacia el Oeste, hacia Rusia.

Para conseguir un seguro abastecimiento de aquella planta que se iba convirtiendo en el estimulante favorito de los británicos, hasta, con el tiempo, erigirse en una seña de identidad nacional, Gran Bretaña hizo todo lo necesario para controlar la ruta comercial con Asia.

Cualquier cosa, de hecho. Como ir a la guerra varias veces entre el siglo XVIII y los comienzos del XIX para disputar el control de esa gran -y rica- ruta comercial a sus más tenaces rivales. Es decir: España y Francia.

Y es que el té, en principio, se producía en China, como bien apuntaba Pepys en sus “Diarios”, sin embargo conseguir traerlo a Inglaterra -algo en apariencia tan fácil- requería un esquema imperial verdaderamente complejo en el cual, sólo para empezar, los británicos tenían que echar del continente indio a los franceses que ya habían puesto el pie allí.

Desde el año 1728 en adelante sostuvieron con ellos diversas guerras hasta que en la batalla de Plassey, en Bengala, en el año 1757, Robert Clive, al servicio de la Compañía Británica de las Indias Orientales, se hizo con el control del subcontinente.

Las guerras siguieron, por supuesto, con otros rivales menos poderosos que los franceses. Caso de la Confederación Maratha, pero, en conjunto, Gran Bretaña había conseguido abrirse una ruta segura hacia Oriente y todos sus ricos productos, uno de los cuales -y no el menos importante- era el té que pronto se hizo imprescindible en casi todos los hogares británicos hasta la fecha de hoy.

Todo, por supuesto, como decía, a costa de muchos esfuerzos. Los británicos tuvieron que barrer a miles de enemigos sobre muchos campos de batalla, de los cuales Plassey sólo fue el punto álgido.

Ya hablamos en su día, en los comienzos de este correo de la Historia, de Tipu Sultán, contra el que un tal Arthur Wellesley -más adelante Lord Wellington- hizo sus primeras armas y ganó un cierto prestigio que lo trajo hasta España, para ver si él conseguía sacar adelante una guerra que había empezado bien, en Bailén, en julio de 1808, con la primera derrota de las águilas napoleónicas a manos de tropas españolas.

Aparte de sostener sucesivas guerras como esas en las que Arthur Wellesley forjó los inicios de su carrera militar, Gran Bretaña también tuvo que hacer contrabando de droga, convirtiendo Bengala, donde había obtenido su gran victoria de Plassey, en extensas plantaciones de opio -una droga procedente de la actual Turquía- para con esa sustancia estupefaciente lograr que la balanza de pagos del imperio chino se inclinase a favor de aquella potencia -Gran Bretaña- que tenía coraje, ejércitos, Marina y otras cosas necesarias para construir un extenso imperio. Todo, salvo la plata española de alta calidad que los chinos reclamaban a cambio de mercancías como el té…

Como ven, a veces, un acto tan sencillo en apariencia como tomarse una taza de té -con el meñique levantado o no- tiene detrás vastas fuerzas históricas, complicados procesos de los que, a veces, tendemos a olvidarnos y que nos hacen perdernos en los laberintos de la Historia, haciendo necesario invitar a un historiador a tomar el té para que aclare algunos puntos oscuros sobre cuestiones en apariencia, pero sólo en apariencia, tan simples.

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La cita en Samarra de Miguel de la Quadra-Salcedo. Historia, Televisión y otras aventuras (1932-2016)
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Carlos Rilova | 06-06-2016 | 07:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

De un cuento árabe tradicional: En la ciudad de Bagdad un criado del Califa llamado Abdul acudió agitado a su amo y le dijo: “señor, he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza. Dame permiso para huir e ir a casa de mi padre en Samarra”. El Califa, conmocionado, dejó marchar a Abdul pero como apreciaba grandemente a este criado, se irritó y acudió al mercado a averiguar lo ocurrido. Allí se encaró con la Muerte y le reprochó que hubiera hecho gestos de amenaza a su criado, obligándole a huir. La Muerte, muy sorprendida, respondió al Califa: “No, no. Te equivocas. No le hice ningún gesto de amenaza. Era un gesto de sorpresa. Lo vi aquí, en Bagdad, y me sorprendió mucho, porque esta misma noche tenía una cita con él en la ciudad de Samarra”…

Este relato que ha conocido diversas versiones en la Literatura sufí árabe y en la talmúdica desde por lo menos el siglo IX después de Cristo, seguramente era bien conocido por Miguel de la Quadra-Salcedo. Un viajero impenitente que visitó ese Oriente del que salió ese relato que nos recuerda, con ciertos toques de ese famoso fatalismo árabe, que hay un día -que todos queremos esté muy lejos- en el que nos encontraremos, como el criado Abdul, con una inevitable cita que, suponemos, nos abrirá la puerta a otro mundo. Uno que, desde el viernes pasado él, Miguel de la Quadra-Salcedo, ya debe estar explorando con el mismo tesón y la voluntad de hierro con la que exploró -en una vida muy bien aprovechada- este mundo por el que, nos dicen, sólo pasamos brevemente.

Para mí Miguel de la Quadra-Salcedo era una presencia a familiar a pesar de que jamás coincidí con él, pero es que crecí viendo una Televisión en la que, por lo general, siempre salía él en algún canal.

Sin embargo, las imágenes producidas por él que mejor recuerdo, a pesar de que las vi hace ya muchos años, décadas enteras, una, dos, tres, cuatro… son las de los documentales que realizó para la gloriosa RTVE de mediados de los años setenta.

Se trataba de documentales -creo recordar bien que rodados aún en blanco y negro- en los que se seguía, paso a paso, por el Amazonas, la ruta que en su día había seguido el conquistador Orellana en la primera mitad del siglo XVI.

Supongo que son cosas así las que llevan a uno a sentarse en ese asiento peligroso de la Tabla Redonda de la vida que es el de la profesión de historiador.

Pero es que era difícil sustraerse al relato que iba narrando Miguel de la Quadra-Salcedo con su característica voz sobre todas las penalidades que tuvo que soportar Orellana descubriendo el Amazonas, levantando mapas en una tierra desconocida para los europeos en aquel año de 1542, o las de Pedro Fernández de Quirós por el Pacífico, o la ruta de Marco Polo.

Ciertamente este hombre, Miguel de la Quadra-Salcedo, que hizo de su vida una aventura, como reportero y otros oficios que a algunos les dieron para hacer “sketchs” humorísticos, hacía revivir a gente como Marco Polo, o como Orellana (ataques de anacondas incluidos), hacía que todo aquello pareciera interesante, digno de ser recordado, estudiado, quitándole cierta capa de caspa y olor a rancio que había acumulado, en España, entre 1939 y 1973.

Puede que, con el tiempo, programas como “A la caza del tesoro” gastasen un poco la imagen de Miguel de la Quadra-Salcedo conseguida con obras maestras como esas series sobre Orellana, Fernández de Quirós, Marco Polo o Amundsen, pero ahora que, tras tener Miguel de la Quadra-Salcedo su inevitable cita en la ciudad de Samarra, se está echando la vista atrás para hacer balance de todo lo que hizo, lo cierto es que en los setenta sus trabajos como reportero y sus documentales de Historia como los dedicados a Fernández de Quirós, a Orellana o a Marco Polo llevaron a mucha altura a la Televisión de la época, convirtiéndola no en algo alienante -como sostenían, no sin razón, las teorías políticas más avanzadas de la época- sino en algo instructivo, edificante.

Yo, por eso, lamento hoy la muerte de Miguel de la Quadra-Salcedo y es también por eso por lo que lo quiero recordar con este homenaje. Porque fue un hombre que supo conservar y mejorar un legado que se podía remontar hasta el siglo XVIII, hasta Sebastián de la Quadra, marqués de Villarías. Noble vizcaíno -muerto precisamente hace 250 años, en 1766- del que descendía su sonoro apellido y que fue, en su tiempo, y a su manera, también todo un aventurero de esos que sólo podía producir un siglo como el XVIII. Uno que participó en guerras e intrigas de alto nivel en las rutilantes cortes europeas del siglo XVIII, dirigiendo la política exterior de España a mediados de esa centuría en guerras como la de la Oreja de Jenkins, en la que se disputa el control de América -la descubierta y colonizada por Orellana y Fernández de Quirós entre otros- y que también, como su lejano descendiente, Miguel de la Quadra-Salcedo, fue protector de instituciones culturales como la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando o la Real Academia de la Historia.

Todo eso, ese patrimonio artístico, cultural, histórico… no sé si por cuestión de genes, del azar, de la tradición familiar, fue, en efecto, mantenido, recogido, incluso aumentado, gracias a la Televisión, por Miguel de la Cuadra-Salcedo y hoy era inevitable recordarlo.

Acaso tan inevitable como la cita en Samarra que, eso es seguro, sorprendió al viejo aventurero que durante años estuvo instruyendo a generaciones enteras de jóvenes sobre su Historia con la, hoy, famosa “Ruta Quetzal”, en el punto justo, negándose a montar sobre un caballo rápido para tratar inútilmente de escapar del mercado de Bagdad.

No podía ser de otro modo porque no me imagino al periodista que reconstruyó, paso a paso, la ruta de Orellana ahora hace cuarenta años, diciendo que no a un nuevo viaje a lo desconocido, a una nueva aventura como la que empezó para él el viernes pasado.

 

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