Diario Vasco

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Fue hace 150 años: crónica del asesinato del presidente Abraham Lincoln contada por un periódico español (1865-2015)
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Carlos Rilova | 21-04-2015 | 17:50| 0

Por Carlos Rilova Jericó

(N. B. El retraso en la publicación de más de un día de este nuevo correo de la Historia se ha debido a causas técnicas ajenas a su redactor).

Hoy hablaremos en este nuevo correo de la Historia de una de las noticias que se filtró a los medios durante la semana pasada, poco antes de que todo quedase eclipsado por la detención de un -entre otros varios importantes cargos- antiguo ministro de Economía español que, seguramente, es un tema que da, y dará, mucho que hablar pero, por increíble que parezca, nada aporta a este correo de la Historia.

Salvo, acaso, una pequeña reflexión acerca de la Economía con pies de barro en la que se nos ha obligado a vivir -o algo parecido- a muchos miles de ciudadanos de Occidente durante la mayor parte de nuestras vidas y ha condenado a otros, de África, a morir a las puertas de Europa. Desde 1980 hasta la actualidad, que eso también es Historia, aunque sólo sea por el número de años transcurridos. Una Economía con pies de barro que ahora, al parecer, se derrumba, arrastrando tras de sí a uno de sus símbolos, haciendo cada vez más difícil negar una serie de evidencias e incertidumbres de cara al Futuro planteadas por ese giro de los hechos.

Así pues, dicho todo lo que se puede decir, de momento, sobre ese huracán mediático, volveré a esa noticia más modesta de la que algo se dijo antes de que llegase ese eclipse de la realidad provocado por la detención de Rodrigo Rato.

Se trata del centenario del asesinato de Abraham Lincoln. Acaso el presidente más carismático, más cinematográfico, más novelado -últimamente lo han hecho protagonista de una novela gótica en la que es, nada menos, que cazador de vampiros- y, en definitiva, más conocido de la ya larga lista de presidentes de los Estados Unidos.

Fue ahora hace 150 años, el 14 de abril de 1865, y, por lo tanto, me parece una buena ocasión para que recordemos ese hecho. Lo vamos a hacer sumergiéndonos, directamente, en cómo lo contaron aquellos para los que esos hechos fueron tan noticia como hoy lo es la caída de Rodrigo Rato o los emigrantes de Lampedusa.

Eso nos lleva a las páginas de uno de los periódicos españoles de la época, “El Museo Universal”, que recibió y publicó paulatinamente las noticias del asesinato de Abraham Lincoln a partir de su número de 14 de mayo de 1865.

En ese número, con la excusa de contarnos la vida del que los redactores de este semanario llaman “Juan Wilkes Booth”, es decir “el asesino de Lincoln”, tal y como se señalaba bajo el grabado en el que se reproducía su rostro, nos contaban también, con una precisión escalofriante, cómo había sido el atentado, dando detalles que nos devuelven a un mundo -el de la llamada era victoriana- que creemos conocer bien -otra vez volvemos a las películas, a las novelas…- pero que, como vamos a ver, distaba mucho del nuestro. Para darse cuenta no hay más que comparar el modo en el que John Wilkes Booth ejecuta su oscuro designio, con las dificultades que tendría hoy día alguien que tratase de hacer lo mismo. O fijarse en los chocantes detalles del entierro del presidente Lincoln, de los que también dio buena cuenta “El Museo Universal” en un número posterior.

La crónica sobre el asesinato, publicada en la página 158 de ese número de 14 de mayo de 1865, empezaba diciéndonos algo que no se suele comentar mucho. Es decir, que Wilkes Booth tenía dos hermanos partidarios del bando de la Unión, nordistas acérrimos. Uno, Edwin, dueño del teatro Winter Garden en Nueva York, y otro, Junius Brutus junior, que dejó la profesión de actor que compartía con su hermano John para dedicarse al que “El Museo Universal” llama “el comercio del petróleo”.

La crónica del atentado contaba que Wilkes Booth había dicho días antes que iba a matar a Lincoln. Algo que fue tomado a broma, pese a ser bien conocido el carácter exaltado de John Wilkes Booth, que, según esta crónica, había llegado a herir a algún compañero de escena durante una representación. Así, “El viernes 14 de abril, en el teatro, á las doce del día, habló (Wilkes Booth) bromeándose con el acomodador, quien incidentalmente le dijo que aquella noche iría el presidente al palco con su mujer y uno ó dos amigos. Salió al poco tiempo y se dirigió á casa de M. Johnson (se refiere el artículo al vicepresidente de Lincoln), y le pasó targeta (sic) á fin de verle”.

Johnson, de cuya curiosa biografía se ocupa otro número de “El Museo Universal”, se negó a verle, diciéndole, por medio de un criado, que estaba muy ocupado y le era imposible recibir a nadie.

Ante esa negativa Wilkes Booth “Pidió tintero” para escribir una nota, mientras lo hacía se detuvo y preguntó “¿En qué año estamos… en este momento no me acuerdo?”. Dicho eso acabó con la carta, se la entregó al criado de Johnson y al marcharse dijo a uno de los dependientes del vicepresidente “¿Va usted á la noche al teatro Ford? – La función será famosa”.

Tras eso nos dice la crónica de “El Museo Universal”, Wilkes Booth alquiló la que este periódico llama “una yegua ligera”, volvió al teatro y se fue hasta el palco que iba a ocupar el presidente Lincoln. Una vez allí hizo un agujero junto al marco de la puerta de modo que pudiera bloquear la apertura de esa puerta por medio de una cuña, después “colocó la silla del presidente en el punto que juzgó mas á proposito”.

Esa misma noche, al volver al teatro a la hora de la función, Wilkes Booth “encontró á Mr. Lincoln á quien saludó”. Hecho esto se fue al vestuario del teatro y de allí al corredor del palco. Cuando abría la primera puerta que daba acceso a él “detúvole un criado”. Ante ese inconveniente a sus planes Wilkes Booth le dijo que era un senador invitado por el presidente. Con eso el criado le dejó pasar.

A partir de ahí todo se precipitó: Wilkes Booth bloqueó la puerta con la cuña que insertó en el agujero que había practicado esa mañana, abrió la segunda puerta y se encontró con el mayor Rathbone, del Ejército, que acompañaba a los Lincoln. Cuando este oficial unionista le preguntó adónde iba, Wilkes Booth “hizo una cortesia”, se ocultó tras la puerta y, con la mano zurda, disparó contra Lincoln, inflingiéndole una herida mortal. Después huyó, atacando, muy teatralmente, con un puñal que llevaba, el brazo del mayor Rathbone -que trataba de detenerle- desde el hombro hasta el codo.

Luego vino lo que tan bien conocemos por el cine: el salto desde el palco, el puñal en alto, el grito de “Sic semper tyrannis” (así mueren los tiranos) y la huida de cuyo fin se han dado varias versiones. Alguna divergente con la oficial. Como por ejemplo la que da “El Museo Universal”, señalando que los funcionarios del Ministerio de Guerra estadounidense habían matado y enterrado en secreto a Wilkes Booth… Aún así versión menos audaz que ciertos rumores que aseguraban -y aseguran- que Wilkes Booth logró huir y refugiarse, al parecer, en Texas, Japón y/o Europa.

Tras eso “El Museo Universal” informaba a sus lectores en su número de 4 de junio de 1865, en una pequeña nota de la página 182, de los detalles de los funerales de Lincoln celebrados el miércoles 19 de abril de 1865. El cuerpo del presidente fue expuesto en el ala Este del que el periódico llama “palacio ejecutivo”. La sala estaba “completamente enlutada”. El ataúd del presidente era “negro con adornos de plata, forros de raso blanco y festoneado de guirnaldas de encina verde y rosas blancas”.

El cortejo fúnebre salió a las dos. La “carroza mortuoria” estaba coronada por un águila de oro cubierta con un velo negro. La seguían el “caballo de montar” del presidente “llevado del diestro”, parientes y amigos, los representantes de Kentucky “y el Illinois”, tras ellos autoridades, cuerpo diplomático, diputados, senadores y cuerpos civiles y militares. Finalmente iban los empleados y tras ellos lo que el periódico llama “1,500 negros”. En total 18.000 personas seguidas por una masa que sumaba, según testigos, un total de 700.000 asistentes…

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¿Vamos de mal en peor?. Breves apuntes sobre la “Industria del entretenimiento”. De los folletines a la Telebasura (1836-2015)
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Carlos Rilova | 13-04-2015 | 09:37| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este nuevo correo de la Historia tuvo su primera inspiración el sábado pasado, cuando llamaron mi atención sobre un artículo publicado en un semanario, “Magazine On”, redactado por un tocayo, Carlos Marcos, y titulado “Mujeres y hombres y Twitter”.

El título puede parecer un poco críptico para quienes acostumbran más a leer que a ver la televisión y, sobre todo, esa que suelen llamar “Telebasura”. Quienes son capaces de hacer ambas cosas, que, como veremos, no serían ningún fenómeno de la Naturaleza, quizás ya habrán adivinado que el citado artículo, seguramente, iba acerca del famoso, y rentable, programa de Tele 5 “Mujeres y hombres y viceversa”, presentado por una de las escasas vascas triunfantes en el negocio del espectáculo de Madrid: la guipuzcoana Emma García.

La columna de Carlos Marcos va de análisis de la programación de televisión y eso, analizar la programación de las distintas televisiones, es lo que hacía en ese artículo: “Mujeres y hombres y Twitter”. Y al hacerlo Carlos Marcos no salía de su asombro cuando se le ocurrió comprobar el nivel intelectual de quienes parecen ser seguidores habituales de “Mujeres y hombres y viceversa”.

En efecto, no era para menos. Resulta que el 24 de marzo la emisión del nuevo capítulo diario de “Mujeres y hombres y viceversa” se retrasó a causa del desastre del avión de German Wings, estrellado, como bien sabemos ya, por su copiloto, Andreas Lubitz.

Ese retraso llevó a muchos de los seguidores de “Mujeres y hombres y viceversa” a protestar enérgicamente por lo ocurrido en la red social Twitter.

A continuación les reproduzco algunos de los mensajes que, en 140 caracteres, escribieron algunos de esos seguidores fanáticos de “Mujeres y hombres y viceversa” al ver que su dosis diaria de programa no llegaba. Los tomo de otro artículo, éste publicado en “El correo” el 25 de marzo de 2015.

Ahí se pueden ver, en la zona de comentarios, algunos de esos mensajes íntegros. Uno de una usuaria de Twitter que firma como Tupa, decía así: “Fuaaah” pero que pongan ya #myhyv que no me importa lo de francia. Quiero a mis niñooos”. Lo copio literalmente.

Otro usuario de esa red social, Twitter, que se identifica como A124, superaba, por abajo, el nivel de Tupa. Su mensaje decía así, también literalmente: “pues me parece fatal que no pongan #myhyv por un accidente, no es mi culpa que sean tontos y se estrellen”…

Había más ejemplos, que les dejo descubran ustedes mismos mirando por ahí. Algunos firmados por usuarios llamados Guillem y @miguel_lara desafían, por el tono y el contenido, a cualquier cosa que podamos imaginar sobre un bajo, bajísimo, nivel intelectual.

El nivel de esos comentarios en Twitter de fieles seguidores de “Mujeres y hombres y viceversa” es, en efecto, como para rasgarse las vestiduras. Sin embargo… como siempre los historiadores tenemos algún “sin embargo” que añadir y, viendo las cosas desde nuestro montón de libros de Historia -la Torre de marfil nos la han quitado por cosas de esas de las “reformas” económicas-, no nos asombramos tanto.

Así es, Umberto Eco, que ahora mismo estrena nueva novela en español, ya nos advertía, años atrás, en uno de sus magníficos ensayos, que ese tipo de conducta es bastante normal en los seres humanos. Al menos en los que, desde el siglo XIX, han sucumbido a una industria que, como todas, no habría triunfado de no ser porque consiguió, precisamente, atraer a muchos seguidores…

En efecto, el profesor Eco nos decía en un libro titulado “El superhombre de masas” que los seguidores de los folletines, o novelas por entregas, publicados masivamente en la prensa del siglo XIX desde, más o menos, 1836 se agarraban pataletas muy similares cuando el vapor o el ferrocarril que traía de ciudad en ciudad, desde París, Roma…, cada nueva edición de los periódicos que publicaban folletines, se veía retrasado por alguna razón, dejando a los interesados con las ganas de saber cómo los personajes de Ponson du Terrail, o de Alejandro Dumas padre, o de Eugenio Sue, o de Víctor Hugo, o, incluso, hasta “El tío Goriot” de Balzac, lograban salir del embrollo en el que esos escritores los habían metido en el capítulo anterior.

Sabemos de esas desazones, disgustos y bramidos porque quienes seguían esos folletines eran incluso personas importantes. Por ejemplo ministros que, a diferencia de muchos miles de analfabetos -enganchados al folletín de turno sólo gracias a la lectura colectiva y en voz alta de cada periódico- podían leer por sí mismos cada entrega de “El caballero de Harmental”, “Los tres mosqueteros”, “Enrique de Lagardere, “Los miserables”, etc… y así dejaban constancia por escrito del disgusto ellos mismos o sus secretarios.

Antes de que disparen sus revólveres -o sus pistolas de duelo- sobre mí por esta comparación tan atrevida de grandes obras de la Literatura Universal que tuvieron un pasado como folletín, con productos basados en el mismo esquema, pero degradado hasta lo infame -como sería el caso de “Mujeres y hombres y viceversa”-, les haré una reflexión -por supuesto histórica- que nos ayude a respondernos la pregunta de si vamos, realmente, de mal en peor con la calidad del entretenimiento que consumimos.

Esta claro que la vacuidad de los pretendientes de “Mujeres y hombres y viceversa”, que van ahí a vivir del famoseo, a demostrar que se puede llegar muy lejos en esta vida con cuerpos esculturales y nada -o casi nada- dentro de la cabeza, no puede ni compararse siquiera con los magníficos folletines de Dumas, Ponson du Terrail, Balzac, Paul Féval, etc…

Sin embargo, ¿cuántos de los fanáticos lectores de esos folletines del siglo XIX, muchos de ellos luego reconocidos como Alta Literatura, eran también asiduos de espectáculos que hoy nos parecerían casi igual de degradantes que “Mujeres y hombres y viceversa ”, como los monstruos de feria o el circo de Barnum?.

Lo mismo podríamos preguntarnos hoy día de los seguidores de “Mujeres y hombres y viceversa”. Seguro que entre ellos hay muchos -otra cosa es saber cuántos- que ven, por diversas razones que nada tienen que ver con un bajo nivel cultural, ese gabinete de monstruos, de fenómenos de feria, que es “Mujeres y hombres y viceversa”; compaginando ese espectáculo, que les ofrece, tal vez, un cálido sentimiento de horror y superioridad moral, con la lectura, ávida, de Dumas, de Víctor Hugo, de Umberto Eco…

Seguro que entre ellos no estarán Tupa, A 124 y otros usuarios de Twitter que escribieron -o algo parecido- esos sonrojantes comentarios que daban más importancia a ver el siguiente capítulo de “Mujeres y hombres y viceversa” que a la información sobre el centenar y medio de personas asesinadas por Andreas Lubitz. Pero cuidado con los juicios apresurados. A menos que queramos rebajarnos al nivel de esos seguidores de la Telebasura que jamás leen libros -o si lo hacen se les nota bien poco- y demuestran ser unos perfectos, y lamentables, cabezas huecas en una sociedad en la que leer a Dumas, a Víctor Hugo… es casi tan fácil como encender la televisión.

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Una historia de la Historia de la Moda: la manga “Ranglán” (1815-2015)
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Carlos Rilova | 06-04-2015 | 09:41| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, para muchos de vacaciones, vamos a tratar que este nuevo correo de la Historia sea lo menos estresante posible. Así pues no entraré hoy en cuestiones transcendentes explicadas desde el siempre útil punto de vista de la Historia.

No, por el contrario me voy a centrar en explicar el origen histórico de una pequeña parte de la Historia de la Moda. Concretamente de la, a veces, llamada, mal llamada como veremos, “manga ranglán”.

¿Cuál es la Historia de esa manga de traje, de chaqueta, de abrigo, de cazadora… que cae no desde el hombro sino que queda levemente inclinada desde el cuello de la prenda?.

La explicación oficial -vamos a llamarla así- que yo siempre he oído, es que fue una invención -como la raya del pantalón o el tejido Príncipe de Gales, de los que, quizás, hablemos aquí otro día- de la más alta aristocracia británica del siglo XIX.

En efecto, la “manga ranglán” bien pudo ser la invención de un noble británico del siglo XIX. Sin embargo… Vamos adelante con los “sin embargos”…

Sin embargo, si ese fue el origen de la famosa manga, hay que señalar que nunca existió ni, de momento, ha existido en Gran Bretaña ningún lord que se nombrase “Ranglán”. Menos, por supuesto, con acento en la última “a”.

Así es, en la Gran Bretaña del siglo XIX lo más parecido que hubo a ese apellido, y sólo desde 1852, fue un caballero llamado, precisamente, Lord Raglan, que no “Ranglán”. Para más señas es cierto que ese caballero había perdido su brazo derecho, tal y como cuenta la anécdota que explica el origen de la llamada “manga ranglán”.

Así pues, ya ven que la pequeña historia que explicaría el origen de la “manga ranglán” no parece, en este caso al menos, estar reñida con la Historia con “H” mayúscula.

Tenemos, en efecto, un noble británico del siglo XIX manco -y deseoso, al parecer, de que su sastre ocultase al máximo posible ese inconveniente- y que además se apellidaba “Raglan”, que es casi tanto como “Ranglán”.

¿Como perdió Lord Raglan ese brazo que habría dado origen a la “manga ranglán”?.

Pues la verdad es que, para nosotros, habitantes del año 2015, no pudo ser en ocasión más oportuna. La cosa ocurrió en 18 de junio de 1815. Así que, ya ven, fue un suceso, rigurosamente histórico, que va a cumplir, en breve, sus doscientos años exactos.

A Raglan, que entonces no se apellidaba Raglan sino FitzRoy Somerset, el brazo se lo arrancó la nutrida potencia de fuego francesa empleada en la batalla de Waterloo.

Y realmente tuvo suerte. Mucha más, desde luego, que la que tuvieron las decenas de oficiales que formaban el séquito militar de Lord Wellington en ese día en el que se luchó la famosa batalla de Waterloo.

De esas decenas de oficiales todos fueron muertos o gravemente heridos por el intenso fuego de Artillería y fusilería francés. Todos excepto el propio Wellington y el general Álava, representante oficial del reino de España en el Ejército aliado contra este último espasmo napoleónico. El primero de los dos salió ileso y Álava, al parecer, sólo con una leve contusión que no le impidió compartir una triste y desolada cena con el Lord en una larga mesa vacía, en la que faltaban todos los oficiales que habían acompañado a Wellington en aquellas horas cruciales para la derrota final de Napoleón.

Entre las ausencias, naturalmente, estaba FitzRoy Somerset, herido en un brazo, perdido después bajo la tajante, y azarosa, cirugía de campaña del período napoleónico. Una cuya principal, y casi única, operación era amputar -en un tiempo record de dos minutos por paciente- los miembros que presentaban fractura ósea por impacto de arma blanca, disparo de mosquete o pistola, o esquirlas de Artillería.

No se da mucha importancia al hecho en la gran película sobre esa batalla, la magnífica “Waterloo” dirigida por Sergei Bondarchuk en 1970. En ella los únicos miembros de la familia militar de Wellington que destacan en ese día clave son el bronco general Picton -muerto, de un balazo en la cabeza en medio de una épica carga, aún vestido de civil, como tenía casi por costumbre-, los jóvenes y prometedores De Lancey y James Hay, el general Ponsonby, de la Caballería pesada, y, finalmente, tal y como en efecto también ocurrió, el segundo teórico al mando de las tropas aliadas ese 18 de junio, el general Uxbridge, al que se le lleva una pierna por delante un último disparo de Artillería antes de la desbandada general francesa.

De hecho, el nombre de FitzRoy Somerset no aparece en los créditos de “Waterloo”. Y es raro porque otra estupenda película del “New Cinema” de los años 60 y 70, “La última carga”, se había ocupado exhaustivamente de él en 1968, justo dos años antes del estreno de la película de Bondarchuk.

En esa película, “La última carga”, magníficamente ambientada en 1854 y que les recomiendo vivamente, un atribulado Lord Raglan aparece ya nombrado general en jefe de la expedición a Crimea contra uno de sus antiguos aliados de 1815 -el imperio ruso- en compañía de uno de sus más acérrimos enemigos: el imperio francés. En este caso en su segunda versión, la que dura de 1852 a 1870, entre otras cosas, porque ese nuevo imperio napoleónico se sabe alinear, desde el principio, con los intereses geoestratégicos de Gran Bretaña. Como se ve, perfectamente, en esa Guerra de Crimea, destinada, como ya contamos en otro correo de la Historia, a impedir que Rusia se haga con el control del Mediterráneo y corte el paso a Gran Bretaña hacia la India.

En esas fechas ya sólo el pobre Lord Raglan, gloriosamente mutilado de un brazo en Waterloo, parece recordar -como cómicamente se ve en la película- que los franceses fueron el enemigo y los rusos el aliado de 1815, mientras él sobrelleva -como también se ve en “La última carga”- el peso de salvar a Gran Bretaña de esa nueva amenaza casi constantemente molestado por la sombra que proyecta sobre él la gran estatua en hierro fundido de Lord Wellington, que emplazan justo ante la ventana de su oficina.

Desde allí, en efecto, el hombre que casi lo lleva a la muerte y consigue que lo desmiembren, parece vigilar a Raglan mientras éste expide órdenes escritas con su mano izquierda. La única que le quedaba y que en esos momentos, es curioso, como se aprecia en las fotos y en los grabados de época como el que ilustra este correo de la Historia, Lord Raglan no trataba de disimular en su uniforme, del que cuelga, inerte y vacía, la manga derecha, que para nada parece esa famosa “manga ranglán”.

Algo que nos deja con el misterio, y la duda razonable, de cuándo y en qué circunstancias, exactamente, decidió Lord Raglan, incorporar a su vestuario dicha “manga ranglán”, supuestamente de su invención. Como se repite, una y otra vez, por ahí, en esa peligrosa caja de resonancia mundial de viejos rumores llamada “Internet”, sin tener en cuenta, para empezar, que Lord Raglan sólo fue Lord Raglan entre 1852 y 1855, fecha de su muerte en Crimea, y que, como decía, fotos y grabados de esas fechas no muestran por ningún lado en su uniforme la famosa “manga ranglán”.

Una pista: según el especialista en Historia de la Moda Jonathan Walford sólo a partir de 1864 se usa en inglés la expresión “manga Raglan”, que no “Ranglán”…

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De Historia y mitos sobre el carácter nacional. Pícaros, músicos, panderetas y otras invenciones (1794-2015)
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Carlos Rilova | 30-03-2015 | 09:49| 4

Por Carlos Rilova Jericó

Empezaré este nuevo correo de la Historia hablando de la casualidad. Según algunos de los sabios fundamentales del siglo XX -en este caso Sigmund Freud- era dudoso que existiese tal cosa que él, cómo no, explicaba como producto del Inconsciente.

Sobre esto también leí hace tiempo que los agentes del antiguo KGB, el famoso -gracias sobre todo a las películas de James Bond- servicio de espionaje soviético, solían decir “nada de coincidencias”. Caso de observar tales coincidencias su manual, por lo que se ve, recomendaba desconfiar de tanta casualidad y echar mano, preventivamente, del arma reglamentaria.

Sin ánimo de entrar en un debate que, como ven, da para muchos gustos y opiniones, sí les diré que esta semana pasada tuve un encuentro de lo más casual -que me perdonen Freud y los agentes del KGB- con un libro verdaderamente interesante titulado “La cultura española en la Europa romántica”.

Lo ha publicado una pequeña editorial madrileña, Visor Libros, y reúne, bajo la dirección de José Checa Beltrán, un profesor de nuestro maltratado Consejo Superior de Investigaciones Científicas, una serie de artículos sobre cómo era vista España en la Europa romántica. Es decir, entre 1790 y 1840 aproximadamente.

No podía llegar en un momento más oportuno esta publicación, porque, como pude ver por algunas reacciones ante mi artículo de la semana pasada, parece que en España aún hay muchos que piensan que dicho país es un país de chapuzas, un país de picaros, en fin, como decía el poema, un país de Frascuelo y “de pandereta”. No sólo eso, como me decía el lector que tuvo a bien comentar mi artículo de la semana pasada, los españoles serían así no desde hace unas pocas décadas -pongamos que desde que veían en el cine películas de Alfredo Landa-, sino desde hace milenios, desde la época de la Roma imperial.

Realmente cansa la persistencia de esa serie de tópicos. Y más cuando, con leer un poco de la Ciencia que se produce hoy en España, bastaría para sacarse de encima una serie de ideas tan vulgares, con las que, sin embargo, se explica cualquier cosa que pasa en ese país. Especialmente las malas. Un proceso perverso que no hace sino retroalimentarse. Es decir, para los que no sean sociólogos: como los españoles están convencidos de ser, desde hace siglos, una banda de pícaros, “listos” y chapuceros, la mayoría de ellos hace cada vez menos esfuerzos por dejar de ser pícaros, “listos” y chapuceros.

El tópico se repite hasta la saciedad. Durante décadas. Recuerdo, por ejemplo, un episodio de aquella serie de televisión, “Orden Especial”, dirigida por Albert Boadella, emitido en el famoso año 1992, en el que, en tono de broma muy seria, se detenía a un español que pagaba regular y honradamente sus impuestos. El veredicto de los monjes de dicha Orden especial, avalado por un supuesto antropólogo, era que ese individuo, con esas características, no podía ser un español “puro”. Por el contrario debía estar mezclado con nórdicos, que sería lo que explicaría la puntualidad y pago regular y “no picaresco” de impuestos que conducía, finalmente, a su detención y exterminación por la Orden especial…

No volveré a insistir sobre otros tópicos castizos que nada menos que 23 años después nos echa encima otra serie emitida por TVE -“El Ministerio del Tiempo”-, porque ya hablé de ello largo y tendido la semana pasada. Prefiero recomendarles la lectura de “La cultura española en la Europa romántica”.

Especialmente, el artículo firmado por Maud Le Guelec y el de los investigadores del CSIC Ignacio Ahumada y Amila Jelovac.

El de Maud Le Guelec es particularmente interesante para el tema de este correo de la Historia porque nos cuenta cuándo exactamente y cómo se creó el tópico del español incivilizado, brutal, similar a los “salvajes” de África… El título de su artículo ya nos da una pista: “Lo que dicen los franceses de los españoles (1793-1813)”.

Con un estilo verdaderamente ameno, Le Guelec nos cuenta ahí cómo la prensa de la Francia revolucionaria, dirigida por los comisarios que controlan ese país en ese período turbulento, va creando la imagen de unos españoles incivilizados, ajenos a toda idea de avance científico, a la Ilustración de ese Siglo de las Luces que agoniza bajo la cuchilla, incansable, de la guillotina…

Una serie de invectivas que, curiosamente, cesan en 1795, cuando Francia y España firman la paz y se alían. En ese mismo momento los españoles sufren una súbita transformación en la prensa francesa. Donde antes había salvajes con un grado de civilización no muy superior a los nativos de Tierra de Fuego, Maud Le Guelec nos descubre, leyendo periódicos franceses posteriores a la firma de la Paz de Basilea, a unos españoles de lo más cultos y educados, con médicos que hacen notables avances, por ejemplo, en los partos asistidos por cesárea, con sociedades ilustradas en casi cada rincón del país, etc., etc…

¿Cuál es la causa de ese radical cambio de imagen?. Según Le Guelec, entre 1793 y 1795, el gobierno revolucionario francés tenía que justificar, de algún modo, la guerra de agresión y conquista contra España diciendo que a ese país había que librarlo, por su bien, de un oscurantismo secular. Uno que curiosamente desaparece, como por arte de magia, en 1795, tras el fin de la guerra…

En 1808 habría otra metamorfosis maravillosa en lo que decía la prensa francesa de los españoles. Otra vez aparecen los monjes inquisidores que entre 1795 y 1807 eran, por el contrario, ilustrados y cultos clérigos miembros de sociedades científicas y literarias. Otra vez aparecen los españoles salvajes, incivilizados, que entre 1795 y 1807 eran pacíficos ciudadanos interesados en progresar o en hacer avanzar la Medicina y la Ciencia. La explicación, otra vez, es muy sencilla: la Francia imperial tenía que justificar, de algún modo, que en España se hubiesen abatido, por primera vez, las águilas imperiales. Tal fiasco sólo se podría explicar porque el Ejército de Napoleón se enfrentaba con seres sobrehumanos, bestias irracionales y míticas, una especie de Yetis o “Bigfoots” vestidos con alpargatas y sombreros castoreños…

Todo, simplemente, falso. Como se demuestra -oh sorpresa- en el artículo de Ignacio Ahumada y Amila Jelovac en “La cultura española en la Europa romántica”, la España de finales del siglo XVIII a la tercera década del siglo XIX llega a producir, incluso en condiciones tan arduas como las que imperan en el país entre 1808 y 1839, un centenar de obras científicas que serán leídas, y apreciadas -después de su traducción al francés-, en los estados alemanes… Gentes esas, los alemanes, que, por cierto, -como nos contaba Hans Kohn en su magnífica “Historia del Nacionalismo”-, en esas mismas fechas eran tenidos por un pueblo musical, sentimental, más bien poco práctico, con la cabeza en las nubes…

Nada que ver con los maníacos del control y la técnica regidos por un orden cronometrado cuidadosamente, sin lugar para el azar, con los que hoy, víctimas de otros tópicos, los tendemos a identificar. A veces en una imagen tan falsa como falsa lo es la del español desordenado, improvisador, chapucero, alérgico -desde hace siglos- a la Ciencia… que, como comprobarán si leen -como deberían hacerlo- “La cultura española en la Europa romántica”, es tan sólo una serie de ideas vulgares fruto de la propaganda de guerra napoleónica. Una que, asombrosamente, algunos españoles se dedican a repetir, una y otra vez, hoy, doscientos años después, tomando como base para escribir la Historia de su país y su imagen “nacional” lo que dijeron de ella sus más acérrimos enemigos no hablando con la Verdad en la mano, sino con una serie de mentiras obviamente interesadas y destinadas a ganar una guerra que finalmente -por si lo hemos olvidado- perdieron estrepitosamente, ahora hace dos siglos, frente a aquellos supuestos bárbaros incivilizados, incapaces de organizarse…

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Imposible no hablar de él: “El Ministerio del Tiempo”. Notas sobre los peligros del Casticismo en Historia
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Carlos Rilova | 23-03-2015 | 10:32| 7

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí, dado el éxito obtenido por esa serie de TVE -“El Ministerio del Tiempo”- que juega con el tema de la Historia, supongo que parece imposible no hablar en este correo de la Historia de ese éxito de la cadena pública. Incluso en días como estos, en los que parece casi obligado hablar de otros temas. Por ejemplo de lo ocurrido el miércoles pasado en Túnez. De lo mucho que se juega allí para nosotros, no por casualidad, sino porque llevamos jugándonos mucho allí desde el siglo XV, cuando la corona española establece sus cabezas de puente en los llamados “presidios africanos” -Ceuta, Melilla, Orán…- continuando, sine die, el contraataque a la invasión musulmana iniciada en 711 después de Cristo.

Sin embargo, pese a la importancia de lo ocurrido -que, como ven, es sólo un episodio más de una lucha que no sabemos cuándo terminará-, me ha parecido muy difícil posponer una semana más un comentario sobre “El Ministerio del Tiempo”. Entre otras razones porque -por difícil de creer que parezca- lo ocurrido en Túnez carecería de importancia para un país con un criterio tan pobre sobre sí mismo como España, que es lo que, al fin y al cabo, vendría a revelar el éxito de una serie como “El Ministerio del Tiempo”.

En efecto, el cuadro de ese éxito es de lo más preocupante. Es la conclusión a la que no he podido evitar llegar después de ver la serie, los “Cómo se hizo” o leerme los más diversos comentarios sobre “El ministerio del Tiempo” que circulan en Internet, que, parece ser, es el lugar en el que reina de manera absoluta.

Uno de ellos me ha llamado poderosamente la atención. Lo firmaba David Redondo en una publicación digital de la Cadena SER y se titulaba “Razones para no renovar´El Ministerio del Tiempo´”.

El autor, como Homer Simpson en cierta ocasión, pretendía, por supuesto, ser sarcástico, y lo que en realidad quería decir era que la serie de los hermanos Olivares merece toda la consideración y múltiples elogios por ser innovadora, atrevida, audaz y por hablar de la Historia de España también en términos inéditos, audaces e innovadores. Buenos deseos que, sin embargo, él, el autor de ese panegírico, teme sean defraudados por una dirección de la actual cadena pública demasiado rancia y antigua para poder soportar tal avalancha de aire fresco sobre nuestra Historia en formato televisivo…

Y ahí es donde el historiador, anonadado, asombrado ente esa catarata de elogios -reflejada una y mil veces en multitud de comentarios muy parecidos- se echa a temblar, sintiéndose más solo que un campesino medieval en un bosque durante la más negra noche de un invierno de lobos.

En efecto, como se suele decir, si ese es el nivel… no hace falta que las banderas negras del ISIS ondeen sobre la Puerta de Europa en Madrid para darnos por perdidos.

Principalmente porque “El Ministerio del Tiempo”, visto con ojo crítico, tiene buenos actores y actrices, buenos chistes, buenos giros, pero innovador lo es más bien poco. A menos que consideremos innovador el tener como eje al Casticismo más pedestre. Un peligro contra el que ya advertía en su día uno de nuestros humanistas más respetados a nivel internacional -Julio Caro Baroja- y que se traduce en esta hoy famosa serie en, por ejemplo, afirmaciones de trazo tan grueso como comparar irónicamente las corridas de toros a las matanzas nazis de Auschwitz, señalando que si las primeras son malas… ¡qué habría que decir de las otras!.

Otro ripio casticista de esta serie, muy celebrado, además, por los que la consideran toda una innovación, sería otra “gran” frase de ese mismo subsecretario responsable del Ministerio del Tiempo: “¿Planes? Son vds. españoles, improvisen”…

Una actitud esa, todo hay que decirlo, que el equipo creativo de “El Ministerio del Tiempo” se estaría autoaplicando a rajatabla desde ese episodio 1, “El tiempo es el que es”, en el que se deja caer esa perla cultivada cuando se pregunta cómo impedir que los franceses de 1808 cambien el curso de la Guerra de Independencia. En principio ese planteamiento -¿qué hubiera pasado si España pierde la guerra de 1808 a 1814?- como punto de partida, sí sería innovador, sin embargo, nuestro gozo no tarda en ir al pozo cuando se descubre que -como era de temer- esta serie también ha ahorrado, como otras de TVE, en asesores históricos y el supuestamente innovador abordaje del tema explica la victoria española no por el esfuerzo de toda la nación -como estado refundado en los principios de 1789- al llevar a cabo la modernización y recreación de un Ejército capaz de enfrentarse y derrotar al mejor de Europa en la época -el napoleónico-, sino por la aparición del mítico “Pueblo en armas”, personificado en “El empecinado” del que, ahí queda eso, dependería que España ganase o perdiese en 1808. Nada menos…

Sin duda, “El empecinado” es un personaje muy simpático desde nuestro punto de vista, por su notable valor, por su afecto por el sistema liberal y constitucional, mucho más próximo a nosotros que el Absolutismo fernandino… pero simbolizar en él la decisiva -para toda Europa- victoria española sobre Francia, en 1814, es casi tanto como creer que el sargento Furia ganó, él sólo, la Segunda Guerra Mundial… Es escamotear, una vez más, a los españoles su Historia, ignorando, por ejemplo, documentos tan conocidos desde finales del siglo XIX como el “Diario de un patriota complutense”, en el que se da cuenta fehaciente del notable pero, aún así, limitado alcance de las acciones de Juan Martín. Inútiles a largo plazo, sin la nueva estructura militar creada desde 1810 por la Junta de Defensa Central, la Regencia y las Cortes y sin el buen hacer de miles de oficiales militares profesionales, que ganan la guerra como normalmente se suele ganar: con una mezcla de Estrategia, Táctica y Logística y no sólo a base de golpes de efecto de esos que dan bien en cámara, pero son más bien raros en la realidad histórica.

En fin, si semejante producto, que, según todos los indicios, tira más bien de argumentario de zarzuela y tebeo de posguerra, es toda una innovación peligrosa para la actual dirección derechista de TVE, tiemblo sólo de pensar qué es lo que querrá dicha dirección colarnos en su lugar como Historia homologada y aceptable de España para educar a las masas.

Así las cosas, no hará falta que, como en el poema de Kavafis, nos sentemos a esperar a que los bárbaros lleguen a nuestras puertas. Para entonces es probable que nuestro propio Casticismo, nuestra Endofobia -el odio, la burla, el desprecio ignorante hacia lo propio-, ya habrá acabado con nosotros. Como es de temer viendo la limitada capacidad de innovación de productos que, supuestamente, deberían ser eso, muy innovadores, y sacudirnos las telarañas de nuestra ignorancia histórica. Esa que, como saben muy bien los estados que luego nos sustituyen en las mesas de negociación europea, es lo primero que hay que eliminar de cualquier sociedad europea fuerte y que se quiera hacer respetar. Cosa que en España, de momento, tirios y troyanos, no parecen todavía ni siquiera plantearse, puesto que nuestras series más innovadoras no parecen capaces de ir más allá de un beso entre chicas, algún desnudo parcial digno de la época de Nadiuska y poco más. Bastante poco más que no sea recordarnos, por enésima vez, que tuvimos una Inquisición, que los afrancesados querían el avance y el progreso de España o que a Napoleón lo derrotaron los “guerrilleros” y otros lugares comunes sobre nuestro pasado a veces manidos, a veces simplemente falsos…

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Sobre Historia reciente y algunos errores de interpretación. De la Alemania de 1933 a la Venezuela de 2015
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Carlos Rilova | 16-03-2015 | 11:16| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, como ya se habrán dado cuenta por el título de este nuevo correo de la Historia, no he podido evitar caer en la tentación, una vez más, de juntar Historia y actualidad política.

Lo he intentado, pero es muy difícil sustraerse al bombardeo mediático que hemos sufrido durante esta última semana acerca de las barbaridades perpetradas por el autoproclamado régimen bolivariano hoy vigente en Venezuela.

Ciertamente los telediarios, los periódicos, Twitter… no han descansado en toda la semana en la ¿abnegada? tarea de informarnos acerca de la crueldad de dicho régimen, de su cada vez más prolongada cuesta abajo, de la detención de opositores a ese Chavismo rampante llevados a prisiones secretas por ejercer un derecho tan elemental en democracia como el derecho a manifestarse…

No tengo duda de que el régimen bolivariano imperante en Venezuela a fecha de hoy ha perpetrado todos esos errores y horrores, que sus cárceles para “reeducar” opositores como el alcalde de Caracas poco tienen que envidiar a las de la Ojrana -la siniestra policía zarista- o las de la OGPU, la aún más siniestra policía política soviética que vino a sustituirla.

Era lógico que un régimen que, sólo para empezar, falsea y manipula la Historia de Venezuela, acabase así. Ya se habló de eso, largo y tendido, en uno de los primeros correos de la Historia, a finales del año 2012.

Bienvenido sea, pues, ese aluvión informativo, sobre todo para ver si así la gran esperanza blanca de la actual Política española, ese partido llamado “Podemos”, esclarece -de una vez  por todas- sus vínculos financieros con  tan poco recomendable compañía a la que -ahí  están los hechos no desmentidos- ha apoyado cerradamente en el Parlamento europeo cuando otros grupos representados allí pedían la liberación del alcalde de Caracas…

Sí, bienvenido sea, pues, ese aluvión informativo al que nada hay que objetar desde  ningún punto de vista de este correo de la Historia. Sin embargo, entre todo ese alud de noticias descubrí un artículo de opinión que un historiador difícilmente podría pasar por alto, considerándolo tan sólo una parte más, sin mayor peso específico, de esa avalancha de noticias sobre la cada vez más dramática situación de Venezuela.

Fue publicado este viernes, en la cuarta página de opinión de “El País”. Lo firmaba Ibsen Martínez, que se identificaba como escritor venezolano.

En principio, ese artículo no decía nada nuevo con respecto a lo que los medios han estado repercutiendo sobre la opinión pública toda esta semana para denunciar la escalada autoritaria del régimen venezolano.

Ibsen Martínez nos contaba así todas las tropelías que están cometiendo los funcionarios civiles y militares del régimen dirigido por Nicolás Maduro, nos advertía también de la alta peligrosidad del propio Maduro a pesar de su aspecto de pasmarote  -es Ibsen Martínez quien emplea la  expresión-, que le ha ganado en Venezuela el apodo de “Platanote”…

Sin embargo, hacia el final de ese artículo, su autor añadía una observación sencillamente infumable sobre el proceso histórico que habría llevado a Venezuela a su lamentable estado actual.

Nos decía Ibsen  Martínez que el régimen de Chávez, continuado por Nicolás “Platanote” Maduro, había llevado a esa república de ser un potente estado petrolero al caos económico y político actual…

Tal afirmación, que no es la primera vez  que se ha deslizado cuando se habla en los medios sobre Venezuela, es sencillamente falsa desde el punto de vista histórico.

En efecto, si nos remontamos al año 1990 descubriremos que, en esas fechas, periódicos como “El País” ya estaban publicando material sobre la deriva de Venezuela rumbo al marasmo económico del que no tardaría en salir el marasmo político que, más tarde o temprano, acabaría por estallar en mil pedazos. Tal y como ahora mismo lo estamos viendo.

Así es. No hay ni que plantearse dudas sobre la responsabilidad absoluta de Nicolás Maduro en lo que ahora mismo está ocurriendo en Venezuela. Sin embargo, él y el régimen chavista del que surgió, jamás hubieran llegado a controlar ese país por medio de las urnas -conviene no olvidarlo, como nunca se olvida que Hitler llegó al  poder por el mismo sistema-  sin la ayuda de la nefasta gestión de la riqueza de ese país -de ese rico estado petrolero que tan alegremente mencionaba Ibsen Martínez- por una oligarquía absolutamente irresponsable que a lo único que miró, durante años, fue a su propio beneficio, sin reinvertir los obtenidos del petróleo en su propia sociedad, formando una clase media culta y educada, con unos horizontes en los que aventuras como la hoy protagonizada por Nicolás Maduro no tendrían cabida y serían una simple, y minoritaria, extravagancia, caso de ser algo.

¿Dudan de que así fuera?. ¿Creen, como muchos miembros de esa oligarquía venezolana, que se deben echar balones fuera, proyectar la culpa de todo lo ocurrido en el efecto pero no en la causa de esa lamentable situación que vive hoy Venezuela?.

Pues si es así, antes de responder “sí” a ambas preguntas, consideren la situación de Alemania en 1933.

Observen las fotos -publicadas en el año 1933 en la prensa del momento- que ahora ilustran este nuevo correo de la Historia.

En ellas pueden ver situaciones de desastre -como el incendio de un Parlamento-  que ahora asociamos, automáticamente, a eso que se ha llamado “Tercer Mundo”, o a perfectos ejemplares juveniles de la raza aria -nada que ver con el pasmarote-platanote venezolano del que nos hablaba Ibsen Martínez- hundidos en la más absoluta miseria. Una miseria mugrienta y pegajosa, ubicua, que llega hasta los  rincones más íntimos de la pequeña burguesía alemana de 1933, fruto, esa miseria, de la nefasta gestión por parte de otra oligarquía, una vez más, que no supo o no quiso reaccionar ante una crisis económica mundial y dio así su gran oportunidad a un grupo de demagogos sin escrúpulos, conocidos como NSDAP. Es decir, el famoso partido nazi  que tantas veces han visto en películas y documentales.

Por supuesto pueden ustedes mandar al infierno todo lo que acabo de decir, considerarlo incluso propaganda bolivariana encubierta, pero eso no cambiara, en lo más mínimo, las responsabilidades primeras que ocasionaron el proceso histórico que ahora descompone Venezuela o, si a eso vamos, podría descomponer a España.

Cuando la opinión pública está formada y deformada por interpretaciones tan sesgadas como la que dejaba caer Ibsen Martínez este viernes, cualquier cosa puede pasar. Empezando por el caos venezolano del que ahora somos testigos.

Esa clase de desastre, en Venezuela, en  España, en la Alemania de 1933… sólo puede evitarse cuando quienes controlan la Política y la opinión pública tienen unos conocimientos siquiera elementales de su propia Historia y bastante instinto político como para saber que el bien público, y no el exclusivo de una oligarquía, es lo único que garantiza la estabilidad de cualquier clase de gobierno. Y en especial la de los que aspiran a recibir el adjetivo de “democráticos” que, es de imaginar, es el que la  oposición venezolana a Maduro y el Chavismo quiere para su país,  ¿o no es así?…

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Historia de otro de los famosos insultos del capitán Haddock: “¡zuavo!”
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Carlos Rilova | 09-03-2015 | 10:30| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Como siempre, el gran problema con el correo de la Historia es buscar algún tema del que hablar aquí cada lunes.

Y esta semana, la verdad, más todavía. Las noticias no traían mucha fuente de inspiración, como sí ocurre otras veces. Había pensado hablar del tan comentado -desde el jueves- asunto de la conexión eléctrica de España con Europa, pero, la verdad, ya me empiezo a cansar -y ya lo avisé- de diseccionar las entrañas históricas de los acontecimientos actuales como una especie de arúspice romano tratando de ver el futuro en las entrañas de algún bicho sacrificado a Mercurio.

Desde luego la tal conexión eléctrica española “con Europa” tiene sus entrañas históricas, que se pueden remontar a ahora hace doscientos años, al Congreso de Viena y sus planes para aislar España y convertirla en una anomalía, en un molesto vecino que, sobre todo, no osase reclamar los réditos políticos del prestigio conseguido en la victoria de 1814 sobre Napoleón.

Así, nuestra conexión energética “con Europa”, podría dar mucho que hablar desde el punto de vista histórico. Por ejemplo, que aunque Fernando VII es considerado -y no sin razón- como un mal rey, un felón, un miserable y un traidor, sin embargo, con respecto a esa “larga cambiada” que quisieron dar a España en el Congreso de Viena en 1815, se comportó como un campeón. Él y el hoy, sin casi motivo, denostado embajador Labrador. Ese al que algunos literatos han querido hacer pasar por un perfecto inútil sin leerse antes -por lo visto- documentos fundamentales relativos a esas negociaciones españolas en el Congreso de Viena como los de F. Schoell, publicados en 1816 por la Imprenta Real.

Pero no, aún así, como decía, no quiero entrar a comparar si el actual presidente español va a estar por debajo o por encima de lo que hace doscientos años intentó hacer aquel Fernando VII, capaz de todo porque se respetase a España en el Congreso de Viena, excepto convertirse en rey constitucional. Todo hay que decirlo.

Me limitaré a desear al señor Rajoy Brey mejor suerte que la que Fernando y su embajador tuvieron en 1815, cuando se enfrentaron con Metternich. Pues falta le va a hacer esa buena suerte para acabar con la inercia de aislamiento español creada por el “plan diabólico” que el Congreso de Viena tenía preparado para marginar y ningunear a la España vencedora de Napoleón, que ese plan sí que existió, y ahí están documentos como los de F. Schoell -o estudios como los de nuestra colega Christiana Brennecke- que lo prueban.

Así pues vamos a olvidarnos del tema de la conexión energética de España “con Europa” y la Historia y a hablar desde aquí únicamente de los orígenes históricos de otro de los famosos y coloridos insultos del capitán Haddock.

Hace unas cuantas entregas de este correo de la Historia hablaba aquí de uno de ellos: “bachi-buzuk”. Hoy quiero hablar de otro no menos florido: “zuavo”.

“¿Y qué es, o era, un “zuavo”?”, se preguntarán con toda la razón del Mundo. Pues, sencillamente, como los “bachi-buzuks”, el zuavo era una clase de soldado.

Su origen está bien establecido. Empezaron a aparecer en las filas del Ejército francés entre el fin de la monarquía y el comienzo del Segundo Imperio francés. Esto es, entre 1830 y 1853.

De hecho, los zuavos fueron uno de los cuerpos más emblemáticos de ese Segundo Imperio francés. No hubo aventura de ese que algunos llaman castizamente “Napoleón el chico” (en realidad Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del famoso Napoleón I) en la que no estuvieran presentes.

Fueron a la Guerra de Crimea, a la expedición a México para establecer allí una filial del Imperio francés, estuvieron, por supuesto, en el acto final de ese Segundo Imperio francés en Sedán, en 1870, cuando Alemania puso en marcha su primer plan de conquista de Europa, etc., etc…

De hecho, los zuavos habían gustado tanto en el Ejército francés que se quedaron en sus filas hasta 1962, aunque, como tantas otras cosas, en 1918 empezaron a parecer reliquias obsoletas y se convirtieron en un recuerdo, en una extravagancia que, como muchas otras, sirvió a Hergé, para dar colorido a uno de sus personajes más famosos: el bronco y malhablado capitán Haddock.

Realmente, cuando oímos en boca del capitán Haddock eso de “anacoluto, bebesinsed, ametrallador con babero, zuavo…” seguramente pensamos que un zuavo será alguna especie de animal horrible (¿tal vez un pato con colmillos o algo así?) o un bárbaro al estilo de los vándalos o los ostrogodos…

La realidad es bastante diferente. Los zuavos, como pueden apreciar por una de las imágenes que ilustran este nuevo correo de la Historia, eran, tan sólo, unos soldados vestidos con unos flamantes uniformes de aire vagamente oriental, sobre todo gracias a sus grandes pantalones bombachos de color rojo, discretamente recogidos con polainas blancas, y a sus gorras rojas con borlón dorado.

El aspecto oriental, morisco, de esas vestiduras procede de Argelia. Una de las primeras posesiones imperiales francesas obtenidas por la monarquía Borbón restaurada en 1815.

Los soldados franceses fueron vestidos allí a la napoleónica, en 1830 -poco antes de que Carlos X fuera derrocado por la famosa revolución- pero la recluta entre los nativos dispuestos a ayudar a los franceses -todo imperio tiene sus toltecas, como Hernán Cortés los tuvo en la campaña de México- y las necesidades de adaptar los uniformes a las condiciones extremas de esos escenarios bélicos, llevaron paulatinamente a crear esas unidades que incorporan vestimentas más apropiadas a aquellas latitudes.

Así surgen los zuavos. Sus manuales decían que un zuavo era un soldado nato, conocedor de todo tipo de armas, siempre dispuesto… En definitiva, tropas de choque, de vanguardia. De hecho, dicen algunos especialistas en reconstrucción de vestimenta militar, que los amplios bombachos rojos que los distinguían tanto y tan bien de otras tropas, estaban pensados para que el zuavo pudiera cumplir ciertas funciones de evacuación de aguas menores en las condiciones de combate en emboscada más extremas…

Sea como fuere, lo cierto es que su prestigio era grande y fueron muchos, y muy dispares, los gobiernos que quisieron tener unidades de zuavos en sus filas desde que el Segundo Imperio y sus campañas los popularizan. Así, tuvieron zuavos naciones tan alejadas de esas latitudes ideológicas como el Vaticano -principal víctima de la Italia unida, fiel aliada de la Francia del Segundo Imperio-, los ejércitos norteamericanos de la guerra civil, tanto en el Norte -que tampoco coincidía ideológicamente mucho con el Segundo Imperio francés-, como entre los sureños, que sí eran mucho más afines a las ideas autoritarias de Napoleón III.

También tuvieron zuavos  otros  admiradores del  autoritarismo napoleónico: los carlistas españoles, que, entre 1873 y 1876, levaron tropas de ese tipo. Idénticas en todo a sus originales franceses, a los zuavos pontificios, o a los norteamericanos, salvo en que su calzón era gris, su chaquetilla azul pálido con adornos amarillos y, por supuesto, porque en lugar de bonete o quepis, lucían una hermosa boina blanca…

Eso, en definitiva, es lo que era un “zuavo”. Si el capitán Haddock tenía o no razón en convertirlo en un insulto es ya cosa que deberán decidir ustedes mismos…

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El águila ha desembarcado. Historia para el principio del fin del bicentenario de las guerras napoleónicas. Del 1 de marzo de 1815 al 1 de marzo de 2015
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Carlos Rilova | 02-03-2015 | 10:37| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Hace doscientos años, el 27 de febrero de 1815, un navío se acerca a la costa del Sur de Francia. El 1 de marzo su pasaje desembarca y se dirige a lo que con el tiempo se convertirá en uno de los lugares más lujosos del Mundo, Cannes, que entonces es poco más que una pequeña población de campesinos y pescadores.

Esa falta de eso que algunos llaman “glamour” en el Cannes de 1815 se desvaneció ahora hace doscientos años, cuando el jefe del pasaje de ese barco que se ha adentrado en Golfe-Juan el 27 de febrero de 1815, se abre paso hasta esa, por otra parte, anodina, casi irrelevante, población.

Su figura es inconfundible. Casi tanto como el perfil de muchos de esos actores y actrices que se pasean por el Cannes actual. Sí, difícilmente nadie en la Francia de 1815, ni en la Europa de ese mismo año, puede ver ese sombrero negro y ese capote gris -y al hombre algo rechoncho y más bien bajo que habita esas prendas- quedando indiferente. Es Napoleón Bonaparte.

Los habitantes de lo que ahora es la Costa Azul francesa, que, según los grabados de la primera edición del famoso “Memorial de Santa Elena”, lo aclaman cuando entra en sus poblaciones, son así los primeros en enterarse de que ha ocurrido lo que se sospechaba y tan bien describió Joseph Conrad en su última novela: que el Ogro corso, el Tirano de Europa, Buonaparte, el Monstruo… finalmente iba a fugarse de Elba, de la pequeña isla en la que lo ha confinado la magnanimidad de los aliados desde que el emperador se da por vencido en Fontainebleau, abdicando, en abril de 1814.

Comienza así una rápida carrera hacia París. Es el llamado “vuelo del águila”, que, “de campanario en campanario” de Francia, llega el 20 de marzo en triunfo a las Tullerías de París, de donde el rey Luis XVIII acaba de huir, con dirección a la localidad belga de Gante, para protegerse allí bajo las bayonetas de los ejércitos aliados, a los que solicita que cumplan con la misión que su propio Ejército, en su mayor parte, no ha sabido -o más bien no ha querido- cumplir. Es decir, la de protegerle de Napoleón, del Ogro, del Tirano, del Monstruo…

El emperador desterrado llega así, vitoreado, aclamado, hasta el palacio de las Tullerías y recoge un cetro, una corona, un trono… vacíos, aunque casi conservan el calor de su anterior propietario.

Comienza así el período de los llamados “Cien Días”, unas fechas variables que se extienden desde ese desembarco el 1 de marzo de 1815 hasta algunos días o semanas después de la derrota de Waterloo, el 18 de junio de ese mismo año, que pone fin a la epopeya, a las guerras napoleónicas.

¿Qué es lo que ha traído de vuelta a Napoleón?. ¿Cómo es que le aclama casi el mismo pueblo que apenas un año antes lo despidió de Francia en medio de un odio bastante generalizado, cubriéndolo de desprecio y en algunos casos incluso intentando asesinarlo, obligándole a disfrazarse para evitar ser linchado?…

Parece haber una rara unanimidad a ese respecto: todos los que hablan sobre esto, desde novelistas como Erckmann, Chatrian o Víctor Hugo hasta historiadores como Dominique de Villepin, coinciden en señalar que el gobierno restaurado de los Borbones, en la persona de Luis XVIII -hermano del ejecutado Luis XVI-, ha hecho bueno al emperador en el lapso de unos pocos meses, logrando rehabilitar a “Buonaparte” con sus medidas reaccionarias, vengativas incluso, contra un “Pueblo” al que consideran culpable de algo que esa corte restaurada y los nobles que la forman, emigrados desde 1790 -y resentidos, muy resentidos-, llaman “rebelión de veinticinco años”. Es decir, todo el período iniciado desde el 14 de julio de 1789 hasta la abdicación de Napoleón en 1814.

Sí, parece que todos los que conocen bien los “Cien Días” de Napoleón coinciden en señalar que ese afán de revancha, y todas las medidas a él asociadas, son las que hicieron olvidar a los franceses esa pierna volada por una bala austriaca en Austerlitz, ese brazo perdido en las estepas heladas de Rusia en 1812, ese hijo que nunca volvió de España después de ser reclutado, como todos, para cinco años de servicio militar, esos impuestos puntualmente requisados para mantener una guerra constante contra toda Europa, o, para los efectos, los ejércitos español, británico y portugués que, con sus victorias, animarán la resistencia a ultranza de prusianos, austriacos y rusos en 1813…

Los Borbones restaurados también habían conseguido, para marzo de 1815, que un número significativo de franceses hayan olvidado el hambre, a los cosacos -y otros efectivos aliados- arrasando y saqueando haciendas en el Norte de Francia, la movilización obligatoria en la Guardia Nacional durante el invierno de 1814 de ciudadanos dados por inútiles para el servicio (por edad, por estado civil…) para, con un mínimo de instrucción militar apresurada, salir a combatir esas hordas con poco más que un mosquete, un sable “briquet”, una cartuchera y una bayoneta…

Sí, los franceses han olvidado eso y más. Por ejemplo a las tropas aliadas bajo mando de Wellington que han infligido derrota tras derrota a los últimos ejércitos napoleónicos en el Sur de Francia entre el otoño de 1813 (con revancha española incluida en el País Vasco francés hasta que mylord la ataja) y la primavera de 1814.

Así, con esos olvidos, casi el 80% de los franceses recibe ahora hace doscientos años a Napoleón como una especie de taumaturgo que no va a provocar más de esos problemas, sino a resolver los que él mismo creó y los que ha añadido un Luis XVIII quizás bien intencionado pero prisionero de un sector de la población que pide venganza. Los primeros franceses que se adhieren a ese Napoleón visto como providencial son los más importantes en una crisis así: los hombres que forman el Ejército y que saben muy bien que se lo deben todo a él y, por tanto, no se lo han pensado dos veces antes de arrancar de sus sombreros, colbacs o chacós la escarapela blanca para reemplazarla por la tricolor, abandonando a un Luis XVIII muy poco prometedor para ellos.

Para muchos de esos franceses esas ilusiones se desvanecerán pronto, muy pronto. Otros tendrán que esperar a ver el último golpe en Waterloo el 18 de junio, descargado por una Alianza de naciones europeas (España incluida) que, en pocas semanas, ha reunido en todas las fronteras de Francia miles de soldados dispuestos a invadirla y a imponerle, de nuevo, la dinastía destronada o lo que decida el Congreso de Viena que, por supuesto, nunca será mantener en el trono de Francia a Napoleón.

Así es, desde los pasos del Bidasoa en Irún hasta los de Cataluña, desde los Alpes hasta las llanuras de Bélgica, una multitud de soldados de abigarrados y coloridos uniformes de estilo paradójicamente napoleónico, aguarda para entrar, otra vez, en Francia, para ocuparla, para recordar a sus habitantes que Luis XVIII se ha podido equivocar, pero Napoleón atrae el rayo de la destrucción como un árbol en medio de un prado vacío lo atrae sobre los que tratan de refugiarse de la lluvia bajo él.

Todo eso es lo que, desde este último domingo, y hasta julio de 2015, cumple doscientos años. Nada más hay que decir, por ahora, salvo bienvenidos a la última etapa del bicentenario de las guerras napoleónicas. Ese del que, según esperamos algunos historiadores, saldremos todos mejor informados, más sabios sobre aquellos acontecimientos de hace ahora doscientos años que cambiaron el Mundo y la Historia para siempre.

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Una historia sombría. ¿De qué agujero del Tiempo ha salido “50 sombras de Grey” y su éxito en taquilla?
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Carlos Rilova | 23-02-2015 | 10:29| 10

Por Carlos Rilova Jericó

En realidad no quisiera meterme en este jardín histórico, que lo es, ya lo verán. Pero la verdad, me resulta bastante difícil sustraerme a la, como decían en el Tardofranquismo, “ola de Erotismo que nos invade”.

Bueno, no quisiera ponerme nostálgico pero, la verdad, aquel lamento “ultra” por la “ola de Erotismo” suena hasta agradable hoy día, si nos ponemos a considerar el rotundo éxito en taquilla -como no podía ser menos, dados los medios empleados- de la adaptación al cine de “50 sombras de Grey”. Primera novela de la famosa trilogía literaria dedicada por una fan de la saga “Crepúsculo” -mal empezamos- a los gustos peculiares en cuestiones ¿amorosas? de un tal señor Grey.

Llevo años pasmado ante el éxito de esas novelas de Grey, viendo la cosa, como las suelo ver, desde la perspectiva de la Historia, que de eso suele ir esta página, como supongo ya se habrán dado cuenta.

Sí, confieso que me leí el primer capítulo de la primera novela. No más. Principalmente para confirmar lo que ya me imaginaba y denunciaba este mismo martes Javier Vizcaíno en “Noticias de Gipuzkoa”: que somos una sociedad sexualmente reprimida, hasta extremos insondables. Una situación verdaderamente asombrosa para una civilización como la nuestra, en la que no existen ya instituciones encargadas de velar por eso que se llamaba “la moral pública”. Sean las distintas inquisiciones -eso de que sólo existía la española es un trauma mal curado de la Psicología colectiva anglosajona, que aún no ha superado su pavor a la famosa Armada Invencible- o las Ligas de Temperancia, tan populares en los Estados Unidos de principios del siglo XX.

Las masas acudiendo a consumir porno blando -que eso es, al fin y al cabo, “50 sombras de Grey”-, no hacen sino confirmar que no vamos hacia delante en estos temas, sino más bien hacia atrás.

Así es, puede que la hoy feliz autora de la millonaria trilogía de “50 sombras de Grey” no lo sepa -y seguramente, si lo sabe, le dará igual- pero en el siglo XVIII lo mejor que le podría haber pasado es que se hubiesen reído de su ingenua y a la vez perversa historieta.

En efecto, hace trescientos años, quienes se podían permitir perder tiempo en estas cosas -generalmente los estratos medios-altos de las sociedades europeas- consideraban la práctica sexual como una especie de Arte. Casi del mismo modo en el que Thomas de Quincey consideraba al asesinato.

Uno de los investigadores que más han aportado a ese tema es Jean-Luc Quoy- Bodin, que escribió un bello artículo sobre ese aspecto de la Francia del siglo XVIII en el número de julio-septiembre de 1986 de la “Revue Historique”.

Sí, Quoy-Bodin nos decía, por ejemplo, que la ociosa nobleza francesa de ese siglo tan luminoso para tantas cosas, el XVIII, formó sociedades secretas cuyo objetivo era que hombres y mujeres se encontrasen y, sin atender a otras cuestiones, liberasen eso que se llama “tensiones sexuales” en un ambiente muy dieciochesco, en el mejor sentido de esa palabra. En muchos de esos casos todo aquello estaba revestido de un elegante e inequívoco ritual y con unas normas en las que -por difícil de creer que les resulte- se pedía, ante todo, mutuo acuerdo entre los integrantes de la pareja que se iba a formar y la búsqueda de eso que, años después, consagraría la constitución de los revolucionarios americanos, hijos de aquel Siglo de las Luces. Es decir: la búsqueda de la Felicidad. En su caso por medio de la placentera actividad.

Las normas vigentes en sociedades como aquellas eran todo discreción y ritual destinado a la búsqueda de esa felicidad igualitaria y desinhibida entre ambos sexos. Así, la mujer era representada en algunas de esas normas como una bahía a la que debía arribar el hombre que ella eligiera, que era definido en el lenguaje convenido de alguna de aquellas amigables sociedades como “bajel”.

La evidente metáfora náutica recordaba a los participantes que todo aquello se haría con la misma delicadeza y mano izquierda que un capitán de barco de la época necesitaba para llevar a puerto seguro un barco.

Y así podríamos seguir hablando de ese tema mucho más tiempo, porque, por ejemplo, el artículo de Quoy-Bodin entre otros textos, reflejaba casi todas las variantes de ese juego sexual tan sofisticado y propio de una época que, vista desde la distancia, subidos al montón de borra formado por novelas y películas como “50 sombras de Grey”, nos parece -nos debería de parecer, al menos- mucho más civilizada.

Sí, es realmente triste constatar que, dos siglos después de una revolución que acabó con las injusticias políticas que mantenían en el poder a esa nobleza ociosa y dedicada a juegos de salón como esos, el mayor avance que hemos conseguido en un tema tan importante para la especie humana -como lo es la actividad sexual- es que la mujer encuentre, como fuente suprema de placer, ser dominada por un hombre más poderoso que ella. Convirtiendo así en normal lo que el siglo XVIII -con todas sus carencias políticas, con la desigualdad de fondo existente para la mujer…- consideraba profundamente anormal. Como bien se vio por las tribulaciones sufridas por uno de los principales propagandistas de ese juego ahora baboseado por la trilogía de “50 sombras de Grey”. Un tal marqués de Sade que dio con sus huesos en la Bastilla y aún peores instituciones, porque, como se suele decir, se había pasado de frenada con el género erótico -Literatura de tocador, lo llamaban- tan en boga en la época como para dar lugar a obras más sublimes como “Las amistades peligrosas”.

Sí, “50 sombras de Grey” es realmente un mal síntoma sobre lo rápido que se degrada la inteligencia, la cultura más básica, en nuestra sociedad. Hace tan sólo dos décadas asistimos a algo parecido con “Instinto básico” -otra película que, como ahora “50 sombras de Grey,” era “la bomba” porque la bella Sharon Stone cruzaba las piernas mostrando a los policías que la interrogaban que no llevaba ropa interior…¡ahí era nada!- pero entonces, al menos, había también en  las salas dos versiones distintas de “Las amistades peligrosas” que fomentaron, no hay mal que por bien no venga, la reedición del libro de Pierre Choderlos de Laclos y el conocimiento de aquella época -el siglo XVIII- algo más madura en ese aspecto que nuestra, supuestamente, más avanzada sociedad.

Hoy ni siquiera eso. Mal síntoma. Muy mal síntoma de la falta de educación cada vez mayor que padecemos para afrontar una cuestión fundamental para que una sociedad, nos guste o no esa evidencia, pueda funcionar correctamente y no acabe cayendo en la anomia, que es el destino al que parece nos dirigimos con “fenómenos” tan vacuos, tan peligrosamente vacuos, como “50 sombras de Grey”. Todo un mal síntoma, en efecto, de retroceso en el proceso histórico de civilización desarrollado entre 1715 y 2015.

Echen la vista atrás sobre esos trescientos años y piensen qué hemos ganado y qué hemos perdido en ese vagar por los siglos, desde sociedades secretas pero dedicadas a buscar la Felicidad en las relaciones libres y más o menos igualitarias entre sexos, a la exhibición y exaltación pública del dominio perverso de un hombre poderoso sobre una mujer “inferior” en la escala social como supremo mito erótico de una sociedad -la nuestra- que parece tener flojo algún tipo de tornillo sociológico, cultural, económico… para caer en tales abismos.

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“Por Gis y por Santa Caridad”. Historia del Día de San Valentín. ¿Historia de otro invento de los centros comerciales?
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Carlos Rilova | 16-02-2015 | 10:39| 0

Por Carlos Rilova Jericó

(Para la que ama “A los que aman”)

Hoy hace fortuna en España la expresión “Cuñadismo”. Supongo que en el Futuro alguien hará una brillante tesis doctoral, o varias, sobre una sociedad -la nuestra- en la que en algunas fiestas destacadas del año -la cena de Navidad, por ejemplo- había alguien -ya disfrutase de la categoría legal de cuñado o no, detalle secundario éste según los expertos en “Cuñadismo”- que se ponía a sentar cátedra sobre los asuntos más diversos. Generalmente sin tener mucha idea de ninguno de ellos.

Un tema como el que hoy vamos a tratar entraría, perfectamente, en las coordenadas del “Cuñadismo”.

Pensémoslo bien: ¿qué “cuñao” se resistiría a dar a sus familiares y comensales en una buena cena de Adviento una charla -bajada a saber de qué ignoto rincón de Internet- acerca de que Navidades, Reyes… y todas esas fiestas son un producto de Mercadotecnia de los grandes almacenes, para que gastemos nuestro dinero y mantengamos en marcha este tinglado económico en el que intentamos vivir?.

Ya sabemos la respuesta: no habría practicante del “Cuñadismo” que se resistiera a tal bicoca.

Lo mismo puede ocurrir con el Día de San Valentín que acabamos de celebrar. Tiene esa fecha todos los elementos propios para una buena dosis de “Cuñadismo”.

Ciertamente se dice, desde hace años, que el Día de San Valentín fue exacerbado por cierta cadena de famosos grandes almacenes norteamericanos para poder liquidar, con beneficio, por supuesto, lo que había quedado en sus depósitos de mercancía después de la Campaña de Navidad.

Incluso la España franquista, tan atrasada en casi todos los aspectos, se subió a ese carro con prontitud, sin esperar a la muerte del dictador y a la llegada de nuestro actual papanatismo hacia todo lo que viene manufacturado desde Estados Unidos y, en muchas ocasiones, no es sino una devolución -adocenada y plastificada- de prestamos culturales que los europeos hemos hecho a los que se fueron, hace generaciones, a ese lado del Atlántico.

En efecto, en aquella estrambótica España de Franco, a mediados de aquel régimen, seguro que recordarán que se hicieron no una, sino dos películas relativas al Día de los Enamorados. Y, la verdad, aunque esas películas no renegaban de las raíces católicas del asunto -el protagonista era un simpático y elegante San Valentín, que subía y bajaba a la Tierra en el ascensor de uno de los incipientes rascacielos del Madrid resurgido de la debacle de 1936-, daba la sensación de que la desaparecida “Galerías Preciados” -es decir, los grandes almacenes madrileños que han inspirado la serie “Galerías Velvet”- algo tenía que ver en aquel éxito de taquilla de “El día de los enamorados” y “Vuelve San Valentín”, para sacarse así de sus depósitos lo que le había sobrado de las Navidades.

Así las cosas, parece difícil negar que esta vez el “cuñao” tendría razón al ilustrarnos sobre la vil y sórdida realidad que se esconde tras los regalos y festejos que hacemos para el Día de San Valentín.

Pero no, como siempre -en el mejor de los casos-, el “cuñao” sólo acertaría a medias. Y es ahí cuando aparece en escena el historiador -que, lo sé, a veces, es como un “cuñao” pero “con estudios”- para desmontar esos argumentos sobre el origen del Día de San Valentín.

No voy a entrar en esa rama de la Historia llamada Hagiografía (es decir, la Historia de los Santos), explicándoles quién era San Valentín y por qué en el amplio santoral católico se le nombra protector de los enamorados. En este caso, como en muchos otros, mejores doctores que yo tiene la Iglesia y hasta varios diccionarios de santos online donde se explica la historia de San Valentín y de muchos otros.

En lo que sí voy a entrar es en contarles que, tras cerca de dieciocho años de práctica en investigación histórica, rara vez me he encontrado con ninguna celebración especial del Día de San Valentín entre el siglo XVI y el XIX, con lo cual se podría reforzar el argumento “cuñadista” sobre que todo esto es un invento reciente y vilmente mercantilista. Sin embargo, “rara vez” no significa “nunca”.

Así es, al menos una vez sí he encontrado un documento de finales del siglo XVI a comienzos del XVII en el que se constata, perfectamente, la tradición cristiana de festejar y exaltar a San Valentín no como personaje central de una romería local o patrón de una determinada iglesia, sino como protector universal de los enamorados.

Curiosamente el dato no venía de un país católico sino de uno protestante: la turbulenta Inglaterra de la reina Isabel I.

Lo encontré en un esmerado disco producido por el grupo “The Camerata of London” y titulado “Shakespeare´s Musicke”.

En este magnífico disco, que reconstruye -hasta el último detalle- la música con la que se amenizaban las representaciones teatrales firmadas por Shakesperare, viene una canción cantada por la Ofelia de “Hamlet”. Ya recordarán que Ofelia era la desdichada muchacha que, al ver frustrado su amor por el atormentado Hamlet, acaba suicidándose -o algo parecido- tras perder el juicio, cayendo a un río donde flota un breve instante gracias a sus amplios ropajes de dama de aquella Corte danesa en una imagen, entre el ensueño y la pesadilla, que tan bien reflejó en el siglo XIX un cuadro del prerrafaelista John Everett Millais.

El personaje de Ofelia, antes de morir, cantaba, entre otras, esa alegre canción en la que, invocando “por Gys y por Santa Caridad”, recordaba equívocamente a Hamlet que la víspera del Día de San Valentín ella era una doncella dispuesta a ser su “Valentina” -tradúzcase “enamorada”- esperándole -en una escena inversa a la de Romeo y Julieta- bajo su ventana…

La verdad es que esa canción es un magnífico documento. No sólo porque nos permite fechar la costumbre del Día de San Valentín a finales del siglo XVI, sino por la curiosa muestra de cultura popular -la invocación a Gis y a Santa Caridad- y cultura de élite tan propia de la época (como nos contaba nuestro colega Peter Burke en “La cultura popular en la Europa moderna”) y aún más propia del convulso ambiente en el que nacieron las obras de Shakespeare. Alguien que, según algunas interesantes teorías, no era un bardo inmortal, sino sólo un testaferro de un grupo de nobles que, con canciones como éstas y obras como “Hamlet” y otras de todos bien conocidas, trataban de controlar las ideas políticas de la baja plebe inglesa.

Especialmente de la londinense, para utilizarla como masa de maniobra en intrigas políticas que habrían acabado en lo que hoy llamaríamos un golpe de estado. Como podrán ver en una magnífica pero desconocida película, “Anonymus”, en la que se reconstruye minuciosamente la época -lo que vean ahí vale también para la Francia de Corneille o la España de Lope de Vega- y el ambiente de intrigas palaciegas donde surgieron obras como “Hamlet”. Esas en las que lo más inocente que había en ellas eran canciones como la que la pobre y desdichada Ofelia cantaba al lúgubre príncipe de Dinamarca, antes de poner trágicamente fin a su vida, cayendo a un río con el eco de la víspera de San Valentín en su boca, desesperada por un amor no correspondido.

 

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