Diario Vasco

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¿Tenemos los cómics históricos que nos merecemos?. Una lectura sobre la figura del general Castaños, Bailén y la Guerra de Independencia a partir de “´¡Adelante!” de Giroud y Rey
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Carlos Rilova | 31-08-2015 | 09:57| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 31 de agosto de 2015, creo que es una fecha oportuna para que hablemos de un par de libros. Uno, como ocurría en el caso del llorado Francisco Umbral, es mío. El otro no. Empezaré por el mío, del que ya he hablado por aquí en alguna que otra ocasión. Para quienes no estuvieron atentos se titula “El Waterloo de los Pirineos”.

Como ya habrán deducido, habla de algo que una gran mayoría considera inverosímil. Es decir, que la batalla de Waterloo no fue sólo una batalla sino una campaña con múltiples operaciones y que alguna de ellas, además, tuvo lugar en la frontera de los Pirineos. Fue un costoso despliegue militar de cerca de 30.000 soldados de la corona española, en toda esa frontera que, ahora hace doscientos años -entrando por los pasos del Bidasoa y los catalanes-, diluyó definitivamente toda veleidad bonapartista en esa parte del mapa francés.

Cosa que lograron sin tener que matar a nadie. Una rara hazaña en la Europa de esas guerras napoleónicas que así tocaban a su fin verdaderamente y no en la batalla de Waterloo que, en realidad, sólo había sido el principio de ese fin.

En dicho libro, “El Waterloo de los Pirineos”, encontrarán todo un capítulo dedicado a la figura del general Castaños, a quien se describe ahí en sus verdaderas dimensiones históricas, tratando de enmendar el daño causado tanto por los complejos de inferioridad hispánicos, como por asociaciones de aficionados que han tratado de convertirlo en un símbolo de la opresión españolista sobre el “Pueblo Vasco”.

Un empeño en el que, de momento y hasta la fecha -bastaba con leer un artículo de opinión sobre el tema del profesor Fito Rodríguez publicado este sábado en “Gara”- dichas asociaciones echan el resto, como se suele decir, cada 31 de agosto, fecha de la destrucción de San Sebastián durante las guerras napoleónicas y de la que, con argumentos históricos más que débiles, han tratado de responsabilizar a dicho general, que debería ser conocido, más bien, por ser uno de los oficiales de la época napoleónica que, como los británicos en 1940, dio esperanzas a toda Europa de que el tirano que quería dominarla podía ser vencido.

Bien, hasta aquí una parte del problema que, si quieren -y espero que sí quieran- pueden resolver con sólo leer “El Waterloo de los Pirineos”. Ahora vamos a abordar otra faceta del mismo, menos localista, menos paleta si así lo prefieren, y por eso aún más grave, a través de otro libro.

En este caso se trata de un cómic -o, si lo prefieren, novela gráfica- titulado “¡Adelante!”. Los autores son un consagrado guionista francés, Frank Giroud, y un casi debutante dibujante, Javi Rey.

La historia que nos cuentan está ambientada entre 1794 y 1808 y relata la vida agitada de Ángel Talavera, muchacho hijo de un labrador relativamente rico que, a raíz de la  invasión napoleónica de 1808, se convierte en jefe de partida guerrillera…

¿Supera esta obra los viejos tópicos orientalistas que los franceses -y Frank Giroud lo es- atesoran sobre la España culpable de que su primer imperio se fuera al garete?.

Hay que reconocer que sí. Ángel Talavera, personaje romántico y atormentado pero vitalista, como salido de un poema de Byron o de Espronceda, es un joven ilustrado que en la página 11 de “¡Adelante!” dice a su preceptor, el padre Fulco, convertido en cura “trabucaire” y parte de la partida de Talavera, que las ideas ilustradas y progresistas, en fin, revolucionarias, deben ser puestas en manos de los niños, las mujeres -como la bella guerrillera Pilar, que también es miembro de la partida- y de todos los peones y jornaleros de España…

Estamos, pues, ante un héroe simpático para la mayor parte de nuestra sociedad occidental, que lucha por la Libertad no sólo de España sino de todas sus clases sociales, emergentes en ese momento tras sufrir el impacto revolucionario de la llamada Guerra de Independencia.

¿Siguen así las cosas en las páginas posteriores de “¡Adelante!”?. Pues la verdad es que no. La verdad es que Frank Giroud ha escrito un folletín en el sentido más exacto de la palabra, inspirándose en la rica tradición folletinesca francesa en la que han participado plumas tan grandes, tan de la Historia de la Literatura Universal, como Alejandro Dumas, Víctor Hugo (ambos hijos de altos oficiales napoleónicos, por cierto) o el mismísimo Balzac, que publicó por entregas junto a nombres como esos -y otros aún menos conocidos como Ponson du Terrail- “El tío Goriot”.

Así las cosas, “¡Adelante!” tiene unas dosis de drama y agonías vitales – infidelidades, hijos secretos que pueden provocar terribles desenlaces, amores imposibles…- propias de todo lo que un buen folletín tiene que tener.

La Historia con “H” mayúscula que sirve de telón de fondo a esos avatares también sufre a causa de esa necesidad del autor de hacer encajar los hechos en un molde -el del folletín-  a veces no muy dado a la fidelidad histórica.

Justo es decir que Giroud ha eliminado ciertas inexactitudes acerca de las guerrillas, consideradas por extranjeros y españoles decimonónicos -de Merimée a Pérez Galdós- más como bestias emergidas de una Naturaleza agreste y primigenia, que como seres humanos reales, parte de un mundo en el que se leían -o escuchaban- libros con ideas avanzadas y donde se les sometía a una intensa propaganda de guerra patriota de distinta sintonía política. Desde el reaccionarismo más encanallado al progresismo más revolucionario.

Así, la partida de Talavera no masacra sistemática y sádicamente a los prisioneros que hacen, que incluso tienen tiempo de reflexionar, como ocurre en la página 15 del libro, que si el emperador les había mandado allí para traer la Libertad al mismo pueblo que les vilipendia en las calles de Sevilla, quizás no deberían haber tratado de imponer esa Libertad a cañonazos…

Sin embargo, Giroud no puede evitar volver a los rancios y falsos tópicos sobre la Guerra de Independencia en muchas otras partes del libro.

El tema es particularmente sangrante cuando caracteriza al general Castaños, comandante en jefe del Ejército de Andalucía y protagonista de buena parte de “¡Adelante!”.

Para empezar el dibujante lo reconstruye con el uniforme caprichoso que se le impuso en el cuadro hoy famoso sobre la rendición de Bailén. Es decir, con un pantalón rojo que desentona con el resto de su uniforme del regimiento África. El que siempre quiso llevar en homenaje a esos hombres que, cuando estaban bajo su mando en 1794, le salvaron de morir por sus heridas en los combates en torno al Bidasoa con el Ejército revolucionario francés.

Por otra parte, Giroud hace de Castaños un hombre malcarado y enfermizamente mezquino. Cosa que en absoluto fue, tal y como sabemos por todo lo que se ha investigado, con seriedad, sobre él y que, una vez más, pueden encontrar perfectamente reseñado en “El Waterloo de los Pirineos”.

De hecho, el Castaños de Giroud es tan miserable que engaña a la partida de Ángel Talavera para que no puedan figurar como parte importante de la batalla de Bailén, remitiéndolos a operaciones de retaguardia…

Ciertamente no es que Castaños fuera un santo para estas cosas. De hecho, el modo en el que consigue el grado de Capitán General de Cataluña en 1815 demuestra que era un cortesano consumado y que apostaba fuerte en esa clase de intrigas, pero por lo que respecta a Bailén y el papel que asigna a los, por lo general, desorganizados e inexpertos voluntarios populares que se le presentan en julio de 1808, el relegar a partidas como la de Talavera no tenía más objetivo que impedir que sus integrantes fueran inútilmente masacrados o rompieran las líneas de combate patriotas al ser presa del pánico o por su incapacidad para obedecer órdenes reglamentarias. A ese respecto a Giroud, es obvio, le ha faltado la lectura de una obra fundamental sobre el tema como la del profesor Manuel Moreno Alonso.

Nos da pues Giroud una de arena y otra de cal con respecto a nuestra Historia de la Guerra de Independencia y el verdadero significado de Bailén. Se aproxima mucho más a la verdad en las impresionantes escenas dibujadas por Rey en la página 46 de la obra, donde podemos ver a la Artillería y la Infantería española destruir al Ejército napoleónico, demostrando que no son invencibles, llevando a todos los “pueblos oprimidos” -tal y como dice el Castaños de Giroud- un mensaje de esperanza, haciendo que “de Madrid a Tilsit” el sol brille de nuevo tras levantarse en Bailén.

Lo único que desentona en esa página es la reproducción del cuadro de Casado del Alisal que, como ya se ha señalado en más de una ocasión, representa una escena inverosímil porque coloca en un mismo lugar y tiempo a personajes que jamás coincidieron en él, estando en otras partes del campo de batalla.

Sin embargo el tono general y final de “¡Adelante!” nos devuelve a un panorama ciertamente deprimente. La conclusión final es que la aristocracia española se aprovecha del entusiasmo popular suscitado por la invasión de 1808 para dejar todo como estaba, condenando al anonimato, a la oscuridad histórica, a los que les salvaron de la invasión…

Nada menos cierto -ni más ofensivo- para los numerosos historiadores que trabajamos, arduamente, para reconstruir un episodio en el que España es punta de lanza de una revolución europea que toma el testigo de la francesa de 1789 y en la que hombres como Ángel Talavera escriben páginas y más páginas de Historia…

Las mismas que, mal que bien, nos han traído hasta un país más rico, más culto, más avanzado… que el que ellos tuvieron que defender en 1808.

El problema, naturalmente, es que nada hace quien puede y debe hacer algo para que falsos tópicos -como los que arrastran a esos errores a Giroud- sigan abundando y campando a sus anchas. Considerando que la Historia -y si es de España, más- es una “María”, una asignatura inútil en el mejor de los casos y molesta, muy molesta, en el peor de ellos.

Dicho queda, una vez más. ¿Servirá de algo?.

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La extraña Historia del emperador de Estados Unidos: Joshua A. Norton, conocido como Norton I (1859-1880)
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Carlos Rilova | 24-08-2015 | 09:00| 2

Por Carlos Rilova Jericó

De momento hay un acuerdo internacional en la opinión pública por el cual se considera que Estados Unidos, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, puede considerarse una potencia imperialista pero no un Imperio como tal.

Especialistas en Política como Raymond Aron fueron algo más lejos y se atrevieron a definir a esa potencia -dominante todavía hoy en el Mundo- como “República imperial”. Una aparente contradicción muy gráfica sin embargo.

El caso es que, pese a todo, resulta que en Estados Unidos hubo un emperador que se alzó en el Oeste del gran país poco antes de la guerra civil acabada en el año 1865.

Esta figura que, seguramente, sonará a los seguidores de la popular serie de cómic Lucky Lucke -ya saben, el vaquero que dispara más rápido que su propia sombra- fue comúnmente conocido como “Norton I”.

Goscinny y Morris, respectivamente guionista y dibujante de esa serie de aventuras en viñetas con la que se puede aprender tanto del “Salvaje Oeste” como de la Historia del Imperio Romano con Astérix, lo convirtió en un memorable episodio titulado “El emperador Smith”.

En ese álbum de la serie Lucky Lucke, Smith es un ganadero de Grass Town, un pueblo que el vaquero que dispara más rápido que su propia sombra visita en su largo, largo viaje de vuelta a casa que, para fortuna de los numerosos seguidores de sus aventuras, nunca parece ir a acabar.

El susodicho Smith ha organizado en esa localidad en la que, como reza en su cartel de entrada, “se ahorca a todas horas”, eso que ahora llamamos reconstrucción o recreación, traduciendo la palabra anglosajona “reenactement” que, de unas décadas a esta parte, se ha convertido en una afición bastante extendida y consistente en tratar de reconstruir -de “reactuar”- fielmente determinado episodio histórico. Por lo general, distintas batallas famosas. Desde las de Crécy y Azincourt en la Edad Media a Waterloo, pasando por toda una gama que incluye el Imperio Romano, la Guerra de Secesión, diversos episodios de la Primera y Segunda Guerra Mundial, etc…

El caso del emperador Smith es, sin embargo, algo ligeramente distinto a eso. Su grupo, formado por los trabajadores de su inmensa hacienda ganadera, y él mismo, tienen mucho que ver con los actuales grupos de reconstrucción, pero el trasfondo de su historia varía bastante.

Smith está un poco chiflado. Cree realmente ser un verdadero emperador. Considera así que el presidente Ulysses S. Grant es un usurpador, que él -Smith- tiene derecho a todo Estados Unidos para constituir su imperio y espera conquistarlo con sus hombres vestidos, de un modo un tanto incongruente, como soldados franceses de época napoleónica.

Algo bastante difícil… a pesar de que ha tenido la precaución de armarlos con Artillería y fusiles bastante más modernos.

Como suele ser habitual en las historietas de Lucky Lucke, el inefable y errante vaquero logra poner las cosas en su sitio tras castigar a los malvados que tratan de aprovecharse de la manía del demenciado Smith.

En la realidad en la que se basó este episodio de la serie, las cosas fueron bastante distintas.

Morris y Goscinny cuentan en una nota final muy de agradecer, que todo el álbum se basa en la verdadera Historia de un inglés, Joshua A. Norton, nacido -según todos los indicios razonables- pocos años después de la derrota definitiva de Napoleón -uno de los escasos biógrafos de Norton en lengua española, Xavier Deulonder, baraja los años 1811 y 1818- apenas dos antes de que el emperador muriera en el exilio de Santa Elena al que se le había condenado en 1815.

Norton emigró, como tantos otros británicos, españoles, italianos, alemanes, franceses… a Estados Unidos, atraído por la llamada “Fiebre del oro”, llegó a California y allí se hizo rico comerciando gracias a las hordas de buscadores que se abalanzaron sobre la Alta California que ya formaba parte, de facto, de los Estados Unidos tras la reciente guerra con la república mexicana en 1848.

Después las cosas le fueron mal, se arruinó y enloqueció. Según parece. De ese modo, durante cerca de cuatro décadas, entre 1859 y 1880, anduvo por el San Francisco post-fiebre del oro contando a quien quisiera oírle que él, Joshua A. Norton, era el emperador de Estados Unidos.

Una manía verdaderamente curiosa con la que, de todos modos, este hombre logró sobrevivir a su maltrecha situación, consiguiendo que aquellos que escuchaban sus demenciales delirios le pagasen algún convite en los numerosos salones que proliferaron gracias al pujante puerto de la ciudad y las sedientas tripulaciones que lo visitaban, le prestasen dinero en calidad de empréstito gracioso -sin fecha de devolución ni intereses, por supuesto- a la casa imperial de Su Majestad Norton I, y así sucesivamente…

Al igual que el emperador Smith de Morris y Goscinny, Norton, como nos cuenta la documentada biografía de este personaje firmada por Xavier Deulonder, llevó su locura hasta el punto de cartearse y telegrafiarse con dirigentes de su época que él consideraba sus iguales o incluso sus inferiores. Es decir: Napoleón III, la reina Victoria -que según señala Deulonder podría haber sido la única en responderle y con la que se decía que iba a casarse Norton-, el propio presidente Grant o bien su predecesor Abraham Lincoln o su antagonista, el presidente confederado Jefferson Davis…

Así, a mitad de camino entre lo trágico y lo cómico, la miseria y el esplendor, transcurrió la vida de Norton I, que acabó en el lugar donde había pasado la mayor parte de su tiempo tras arruinarse: en una oscura calle de San Francisco, no muy lejos del cuarto de una pensión de esas que tan famosas han hecho películas del llamado “Western crepuscular”, desde “¡Dispara Billy, dispara!”, hasta la versión de los hermanos Coen de “Valor de ley”.

Lo que realmente fue imperial, tal y como nos cuentan también Morris y Goscinny en su nota final a “Emperador Smith” o Xavier Deulonder, fue el entierro de Norton en aquel año 1880. Acudieron a él miles de personas de aquel pujante San Francisco de la “Belle Époque” que consideraban al finado y falso emperador de Estados Unidos como parte, entrañable, del folklore local. Los principales comerciantes de la ciudad incluso abrieron una suscripción para que se le enterrase con toda la pompa y esplendor en el cementerio masónico de San Francisco. Eso, a pesar de que, como recuerda Xavier Deulonder, había, y hubo hasta los años setenta del siglo pasado, bastante polémica en torno al origen judío de Joshua Norton.

Yo les dejo aquí por hoy, para que puedan saborear mejor esta Historia poco conocida del que, de momento, ha sido único emperador de los Estados Unidos. Para que piensen si se trata de una anécdota curiosa o de un fragmento de la gran Historia que pueda enseñarnos algo valioso.

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La Bahía de La Concha no siempre fue un “marco incomparable”. Breve descripción de un ataque suicida durante la Primera Guerra Carlista (5 de mayo de 1836)
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Carlos Rilova | 17-08-2015 | 09:37| 15

Por Carlos Rilova Jericó

Como saben bien los que veranean en San Sebastián, ya para finales de mayo, y aún incluso a principios de ese mes, si el tiempo lo permite, las playas de la ciudad, tan transitadas por un Turismo selecto y cada vez más internacional, se suelen llenar de visitantes y vecinos que quieren aprovechar eso que, medio en broma medio en serio, los donostiarras suelen llamar “el marco incomparable”. Fundamentalmente la gran bahía de La Concha desde el Club Naútico hasta el Peine de los Vientos de Chillida, pasando por la otra gran playa de esa bahía: Ondarreta.

Luego llega ya el pleno verano y hasta bien entrado septiembre -otra vez si el tiempo lo permite- se sigue sacando rentabilidad al famoso “marco incomparable”. Para pasear, para ir a la playa a nadar y tomar el sol, para ver los fuegos artificiales de la Semana Grande con el imprescindible helado en mano… En fin, para pasarlo bien, para veranear, con todo lo que ese verbo implica.

Bien, pues hubo un tiempo en el que las cosas tenían una cara mucho más fea, nada veraniega -la idea del veraneo estaba en esas fechas, 1836, sólo a punto de inventarse- tanto para los vecinos de la ciudad como para algunos visitantes -la llamada Legión Auxiliar Británica- que habían venido -como ocurre hoy día- desde puntos tan lejanos como Irlanda, Escocia, Galés, Inglaterra…

Los hechos ocurrieron un 5 de mayo de 1836 y aunque son unos cuantos los testigos que contaron esos avatares bélicos, yo tomaré los datos de uno de los muchos documentos sobre los que ahora estoy trabajando para reconstruir la Historia de aquellos soldados británicos que vivieron esos angustiosos momentos de la primavera del año 1836 y que, como saben los lectores más fieles de esta página, me han proporcionado ya algún que otro correo de la Historia este año. A tal punto es rico el material que dejaron, blanco sobre negro, estos británicos venidos a luchar del lado de los liberales españoles en la primera de las tres guerras carlistas.

Lo que sigue, pues, es tan sólo un relato muy parcial -apenas un avance de lo que estoy investigando ahora mismo- extraído de una única fuente: el libro titulado “Twelve months in  the British Legion” escrito por uno de los oficiales de ese cuerpo auxiliar que, según nos dice Edward Brett -acaso uno de los historiadores que ha escrito el más extenso y documentado relato de esa fuerza británica- mandó a sus padres que guardasen todas las cartas que les enviase desde aquel País Vasco en guerra en el que él estaba para, en un futuro en el que confiaba en vivir, pudiera, si quería, escribir algo parecido a la “Anábasis” o “Expedición de los Diez Mil” del historiador griego Jenofonte.

Era un joven de 19 años, hijo de un general británico y se llamaba Charles Thompson y lo sabemos a pesar de que, finalmente, publicó la obra en un discreto anonimato.

Su relato de la acción del 5 de mayo de 1836, en la que participó en primera línea, ocupa gran parte del capítulo VIII de su libro.

Las órdenes que le llegaron, por primera vez, en 4 de mayo decían que él y los hombres bajo su mando debían llegar a los arenales de la bahía y desde allí cargar, como les fuera posible, contra las fortificaciones -formidables según todos los testimonios- que los carlistas tenían en la zona del Antiguo.

No se trató de una tarea fácil. Aquel 5 de mayo el “marco incomparable” vivió escenas que nada tiene que ver con las del plácido veraneo que hoy se escenifica en él.

Hubo ataques, cuesta arriba, a bayoneta calada, contra las fortificaciones carlistas desde las que se estrechaba el cerco sobre San Sebastián y que, naturalmente, tenían que desalojar forzosamente tropas del bando liberal como aquellas que mandaba el joven Thompson.

Este oficial vio escenas de verdadera bravura y un temor racional que no podríamos llamar legítimamente  cobardía.

Con verdadera elegancia señala que ese temor lo vio entre muchos de sus hombres, paralizados, sin posibilidad de que avanzasen sobre las líneas carlistas, que, naturalmente, los recibían con descargas cerradas de mosquetería y metralla.

Nada movía en esos momentos a aquellos voluntarios británicos de los parapetos en los que habían buscado refugio. Ni los curiosos sobrenombres con los que sus oficiales les recordaban a algunos de ellos que eran irlandeses y, por lo tanto, unos valientes natos  -apodos verdaderamente curiosos, desde O´Conellitas (recordando el nombre de su coronel, O´Connell) hasta una palabra que, curiosamente, adoptará un siglo más tarde la subcultura de la música reggae: “ragamuffins”-, ni el ejemplo de un oficial español -del regimiento Segovia, único en combatir ese día allí según Thompson- que, con una bandera roja en una mano y su sable en la otra, los animaba a continuar el avance desafiando el fuego de los carlistas.

Thompson mismo cayó herido bajo ese fuego enemigo, pero levemente, lo suficiente como para ver la llegada de refuerzos -el 4 de línea traído desde Santander por mar- y, sobre todo, para que el avance acabase con éxito cuando uno de los vapores de guerra que había venido acompañando a esta fuerza auxiliar británica, el Phoenix, comenzó a dar fuego de cobertura  con su artillería a esas tropas clavadas al terreno entre las arenas de Ondarreta y los restos humeantes de la iglesia de San Sebastián el antiguo incendiada días atrás por los carlistas.

Esas nutridas descargas de Artillería naval convirtieron, finalmente, en héroes a aquellos hombres que hasta entonces habían exhibido un prudente miedo a ser masacrados en aquellos ataques suicidas repetidos, una y otra vez, durante un 5 de mayo de 1836 que no, nada tenía que ver con lo que podría ser un 5 de mayo del año 2015, cuando ya empieza a vivirse ese estado tan placentero de cosas que solemos llamar “veraneo”.

Por difícil de creer que hoy resulte, esas escenas dramáticas, que parecen sacadas de una novela o de una película bélica, ocurrieron en el mismo lugar en el que, acaso, muchos han puesto hoy su toalla, pasean al sol en bici o leen en una tablet este artículo bajo una sombrilla que les recuerda esa tranquilidad que da estar de vacaciones en un marco incomparable que, como ven, echando la vista atrás sobre la Historia del lugar en cuestión, hubo veces en que no lo fue tanto…

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“Tenno, Tenno, banzai!” (“Emperador, Emperador, ¡que vivas diez mil años!”). Historia para el 70 aniversario de la primera bomba atómica
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Carlos Rilova | 10-08-2015 | 09:41| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Ya se habrán dado cuenta, entre el miércoles y el jueves de esta semana pasada, de que ahora se venía a cumplir una efemérides siniestra.

En este caso la de la primera bomba atómica, arrojada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima un 6 de agosto de 1945.

Yo, como ven, hablando como siempre desde la tribuna de la Historia, no quiero dejar pasar la fecha, para decir algo que les pueda ser de utilidad sobre el tema. Por ejemplo poniendo sobre el tapete argumentos para una discusión que, seguramente, habrá surgido mucho alrededor de esa fecha, de esos setenta años desde que la bomba fatídica se arrojó sobre Hiroshima y poco después, el 9 de agosto, sobre Nagasaki.

Es decir, para que tengan argumentos sólidos para cuando surjan las preguntas sobre cómo fue posible semejante atroz barbaridad -es la impresión que se sacaba si se veían los telediarios que cubrieron la noticia-, sobre cómo pudo ser posible que se llegará a eso.

La respuesta a eso, como todo lo que tiene que ver con la Historia y más con la Historia de Japón, es complicada. Lo cual no quiere decir que sea difícil explicarlo en apenas tres folios, que es lo que yo voy a intentar. Y además remitiéndoles a varias películas que, como saben, suele ser la manera más sencilla de empezar a comprender mejor un punto de la Historia dudoso, oscuro o que parece, visto desde lejos, muy complicado.

Empecemos por reconocer algo que se ha comentado en algunos libros de Historia contemporánea: que Estados Unidos no dudó en bombardear poblaciones japonesas con el terrible artefacto y que no se dio tanta prisa por hacer otro tanto con poblaciones racialmente más afines a los estadounidenses. Es decir, los alemanes.

Eso parece obvio. Como también lo parece que, como decía algún superviviente esta semana pasada en uno de los muchos minutos de televisión que se les concedieron, Estados Unidos los usó como conejillos de Indias.

Tampoco podemos olvidar que el lanzamiento de la bomba tuvo mucho de aviso a navegantes. En este caso a la URSS de Stalin, desde cuyas fronteras más orientales, dicen, se pudo ver el estallido de las dos bombas de Hiroshima y Nagasaki. Advertencia de lo más útil sobre lo que podía pasarle, al “padrecito” Stalin y a su URSS, si enfadaban a sus aliados yankees y que, aún así, contribuirá a iniciar una carrera de armamentos nucleares que nos mantuvo en vilo durante cerca de cinco décadas…

Pero al margen de todos esos motivos, tan feos, tan maquiavélicos, pero también tan plausibles para que Estados Unidos tirase las dos bombas atómicas sobre Japón, hay otra cara de esa realidad que, bien explicada, nos puede ayudar a hacernos una idea más exacta de la compleja situación que llevó a ese gobierno a hacer lo que hizo hace setenta años.

Seguramente ustedes conocerán películas como “55 días en Pekín” o “El último samurái”. Ambas muestran aspectos del Japón de la Era Meiji. Es decir, el que desde la subida al trono de Meiji Tenno (el emperador Meiji), impuso, precisamente por decreto imperial, la modernización y occidentalización de Japón.

La cosa se realizó con éxito desde 1868. Como ven en “El último samurái”, Japón se llena de gente vestida a la occidental -totalmente o en parte de su atuendo al menos- de telégrafos y de locomotoras y, sobre todo, de un Ejército equiparable en todo -uniformes, armas, tácticas…- a los más avanzados de Europa.

Tanto que apenas nada los distinguía de los ejércitos de los “gaijin”, los bárbaros extranjeros, los occidentales narizotas y de cabello rojo, tan aborrecidos hasta entonces por un Japón cerrado sobre sí mismo desde comienzos de nuestro siglo XVII y sólo abierto a cañonazos a mediados del XIX después de que la flota estadounidense del comodoro Perry forzase la primera apertura de puertos japoneses. Algo que daría lugar -aparte de a más películas de Hollywood y alguna que otra opera como “Madama Butterfly” y operetas como “El Mikado” de los inefables victorianos Gilbert y Sullivan- a la citada revolución Meiji de 1868.

Una que se manifiesta claramente, por ejemplo, en algún personaje de “55 días en Pekín”, concretamente un oficial del modernizado Ejército japonés, que se entiende a la perfección con sus colegas europeos a la hora de poner en acción contundentes medios contra los chinos tradicionalistas que asaltan en 1900 el barrio de las legaciones extranjeras en el Pekín imperial…

Hasta ahí todo correcto. Sin embargo lo que llamamos Segunda Guerra Mundial (1939-1945) puso de manifiesto que el Japón posterior a 1868 estaba modernizado sólo aparentemente, que por debajo de esos aspectos externos seguía fluyendo una fuerte corriente de tradicionalismo -mecanizado, pero tradicionalismo al fin y al cabo- que, como todas las situaciones contradictorias -y las que tratan de combinar progreso técnico con mantenimiento de tradiciones ancestrales lo suelen ser-, acabó estallando por algún lado.

Así fue, Japón, el Japón de los años treinta del siglo XX, dominado por una casta militar apegada al código militar anterior a la revolución Meiji, al de la época del pleno esplendor del mundo de los samuráis -guerreros de mayor o menor rango unidos por lazos feudales-, que exigía ciega obediencia al superior, morir antes que desobedecer y una lealtad sin fisuras en la que la muerte en combate, siguiendo ese “bushido” (literalmente “el camino del guerrero”), era la mayor meta vital que se podía alcanzar, siendo necesario incluso suicidarse -para eso era el pequeño sable que el samurái llevaba junto a su espada larga o katana- si la situación, el honor, en fin, lo exigía.

La propaganda de esos círculos militaristas japoneses exacerbó esa clase de sentimientos en los años 30. El estribillo de la canción que menciono en el título de este nuevo correo de la Historia “Tenno, Tenno, Banzai!” (que he traducido como “Emperador, Emperador, ¡que vivas diez mil años!”) es un perfecto ejemplo del estado mental en el que estaban sumidos los japoneses en los años de esa Segunda Guerra Mundial, llevados constantemente a reverenciar al emperador Hirohito, un mortal -que se vestía a menudo con frac y chistera- como Hijo de la Diosa Sol y otras inverosimilitudes poco compatibles con una sociedad verdaderamente modernizada, más allá de las simples apariencias.

En definitiva, Estados Unidos se encontraba en 1945 ante un enemigo formidable, fanatizado, incapaz de rendirse -no olvidemos que los oficiales japoneses, junto a su uniforme occidentalizado portaban como símbolo de rango y arma una katana- y al que había que derrotar con algo nunca visto, antes de que el esfuerzo de guerra agotase definitivamente a la gran alianza sustentada por Estados Unidos.

La bomba atómica, dadas esas circunstancias, parecía en aquellos momentos una gran idea… Y poco más se puede decir, salvo que espero que, vistas las cosas desde esta perspectiva, les resulte más fácil comprender el porqué Estados Unidos decidió desatar un arma tan infernal sobre Japón ahora hace setenta años, en un verano que muchos supervivientes seguro nunca pudieron olvidar.

Imaginen, tan solo imaginen, lo que podría haber pasado si el emperador Hirohito no se hubiera visto obligado a reconocer que estaban derrotados a causa de aquellas bombas que parecían mil soles estallando a un tiempo…

La Historia, en efecto, es, a veces, una maestra que enseña crueles lecciones.

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Todo empezó con una gran derrota. Napoleón frente al almirante Nelson en Abukir (del 1 de agosto de 1798 al 1 de agosto de 2015)
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Carlos Rilova | 03-08-2015 | 09:35| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 3 de agosto de 2015, ya se han cumplido, con largueza, los doscientos años de la captura de Napoleón Bonaparte por la flota británica, ante las tormentosas -en más de un sentido- costas de la Francia de aquella época.

Fue a finales de julio de aquel año de victoria para la última coalición contra el llamado “Tirano de Europa”.

Por supuesto los focos de resistencia franceses no se extinguieron en ese momento y los ejércitos aliados tuvieron que aplicar una “amistosa persuasión” en distintos puntos de Francia, con mayor o menor gasto de pólvora y balas, para dejar clara constancia de que la epopeya napoleónica había tocado a su fin. Pero de esos episodios, especialmente de los que tuvieron lugar en el País Vasco y otros puntos de los Pirineos, hablaremos cuando se cumplan sus doscientos años redondos, a finales de este mes.

En cualquier caso, este 3 de agosto de 2015 no es un mal momento para recordar que la carrera de Napoleón que acaba así, entregándose a bordo de un navío de guerra de su majestad británica, empezó, paradójicamente, escamoteando su persona a la flota británica, después de una formidable batalla naval, la de Abukir, en las costas de Egipto, que tuvo lugar un 1 de agosto de 1798.

Así es, en esas fechas, cualquier biografía del emperador les puede decir que éste se las seguía apañando muy bien en la turbulenta Francia posterior a la caída del régimen del Terror jacobino, logrando abrirse camino en medio de unos personajes que habrían convertido a nuestra actual numerosa legión de corruptos y políticos provincianos -esos interesados sólo en su propio interés, caiga quien caiga- en meros aficionados.

Tras su inteligente matrimonio con una de las “tres gracias del Directorio”, Josefina de Beauharnais (otra de las tres era la española Teresa Cabarrús, por si es necesario recordarlo), Napoleón supo aprovechar esa ascendencia ganada gracias a su alianza con una de las mujeres más influyentes del susodicho Directorio -que sustituye a los bebedores de sangre del Terror por la vía expeditiva- para ir escalando puestos antes de que hombres como el ciudadano Barras -uno de los jefes de ese Directorio, acaso el único que mandaba en él- se lo quitasen de en medio con su bien conocida falta de escrúpulos.
Fue así como el entonces ciudadano-general Bonaparte consiguió el mando de un formidable ejército que debía conquistar Egipto para que la vacilante República francesa pudiera doblegar a su mayor enemigo: el naciente imperio británico que veía así cerrada una de sus principales rutas hacia la que se está convirtiendo ya entonces en la joya de su corona: la India.

Una vez en Egipto, en tierra Napoleón se asegurará, como será habitual en él hasta 1812, fulgurantes victorias, acabando con el régimen de los mamelucos -de quienes hablamos en otro reciente correo de la Historia, por cierto- e imponiendo el dominio francés sobre ese territorio.

Un éxito que acabó muy mal aproximadamente un año después, en agosto de 1799. Para empezar el 1 de agosto de 1798 la flota del mejor almirante británico de esa fecha, Horatio Nelson, dio alcance, al fin a la flota francesa que había llevado al ejército de Bonaparte hasta allí…

A partir de aquí me ceñiré a lo que me cuentan algunos interesantes documentos reunidos en un libro no menos interesante: “Nelson and Emma”, una magnífica edición hecha por The Folio Society de Londres en el año 1994, a cargo de Roger Hudson.

En ese cuidado volumen se recoge buena parte de la correspondencia que el almirante Nelson sostuvo con la mujer de su vida. No hay en él ninguna carta con fecha de agosto de 1798 en la que Horatio Nelson dé cuenta de cómo le fue en esa batalla naval de Abukir que se considera una de sus mayores victorias. Sin embargo, el volumen conserva en sus páginas 129 a 134 el relato de uno de los oficiales bajo mando de Nelson aquel día, Edward Berry, capitán del buque insignia de Nelson, el Vanguard .

Berry cuenta que la flota británica entró con mucho cuidado en la rada de Abukir, donde la Armada francesa había anclado en previsión a que algo así pudiera ocurrir. Dice su relato que avanzaban midiendo cuidadosamente, con las sondas, la profundidad de las aguas sobre las que navegaban.

Así se dieron de frente con lo que Berry describe como un enemigo desplegado en una sólida línea de combate, con sus extremos reforzados por cañoneras y Artillería -la temible Artillería francesa de la época- emplazada en tierra para cubrir cualquier avance contra sus barcos.

Ante esto Nelson expresó un plan que, tal y como lo cuenta Berry, parece de una simpleza extraordinaria. El capitán le oyó decir que “donde hay espacio para que navegue un navío enemigo, hay sitio para que eche el ancla uno de los nuestros”.

Tras eso se pusieron en práctica los designios del almirante que el capitán Berry resume en que era necesario vencer o morir en el intento.

El caso es que todo salió bien… para los británicos. Dice Berry que el Goliath y el Zealous recibieron el primer fuego francés. Tanto desde las unidades navales como desde tierra. Después, unidos al Orion, el Audacious y el Theseus lograron romper la línea francesa en tanto que el barco de Berry, el Vanguard, conseguía rebasar esa misma línea y enfrentarse a Le Spartiate a una distancia tan corta como la de medio tiro de pistola. Así, cogidos ya entre dos fuegos, los navíos franceses no lograrán zafarse de las constantes andanadas de toda la flota británica. Entre otros barcos estaba allí, lanzando cañonazo tras cañonazo, el Bellerophon, uno de los navíos británicos que en 1815 tendrá el raro honor de aceptar la rendición de Napoleón.

Esto durará entre las siete y las diez de la noche, en una oscuridad sólo iluminada por los fogonazos de los disparos y por la explosión de L´Orient, a las 10, que marca el punto de inflexión de la batalla.

Sin embargo, los puntos de vista sobre el hecho pueden variar. Tal vez el daño infligido por la tenaz resistencia francesa en Abukir desmiente un tanto que esa victoria británica fuera tan rotunda, habiéndose obtenido a un alto coste. Y, de hecho, Napoleón no considera que esa derrota naval signifique el fin de las operaciones terrestres, que continuarán durante todo el año siguiente. Primero bajo su mando y después bajo el de Kléber, al que deja al frente de la ocupación francesa de Egipto cuando decide que lo mejor es que él, Napoleón, regrese a Francia para evitar que el Directorio acabe con él y sus planes, cuya ambición fue bien conocida hasta 1815.

El punto de vista británico es bastante distinto. Las noticias de la derrota francesa en Abukir tardan un mes en llegar a Nápoles, pero una vez que son recibidas Emma Hamilton, la amante de Nelson, el 1 de septiembre de 1798, escribe a su amor una exultante carta donde le cuenta los desmayos y ditirambos que se lanzan por todo Nápoles por esta gran victoria que, como señala lo que nos cuenta Emma Hamilton en esta impagable carta, han hecho del almirante todo un icono de moda, reflejado en los vestidos de mujer “a la Nelson”, como el que dice llevar en ese momento la propia Emma, o sus pendientes.

Lo cual no evitó que los franceses siguieran dueños de la mayor parte de Egipto hasta agosto de 1799. Lo cual debería llevarnos a reflexionar sobre el alcance, real, de determinadas victorias navales. Deslumbrantes sí, pero de efecto, cuando menos, bastante retardado y revelador, como en el caso de la de Abukir, de que la Marina es la única arma de la que dispone Gran Bretaña en esas fechas para evitar su derrota -¿tal vez su conquista?- por las armas de la aguerrida República francesa. Un arma, esa Marina, capaz de acabar con parte de la flota francesa, pero no de desembarcar con éxito tropas que desalojen a los franceses de Egipto en todo un año…

El resto, como ya sabemos, se fue fraguando a lo largo de los siguientes años. En 1805 Nelson moriría después de destrozar un poco más el poder naval francés, ganando tiempo para una Gran Bretaña que no habría resistido una invasión terrestre. Diez años después el astuto general Bonaparte que logra escapar de Egipto y evitar que las consecuencias de Abukir lo manden, como poco, al ostracismo político, acabará rindiéndose a los británicos en el Bellerophon. Un barco que había sobrevivido a esa gran batalla de Abukir para asistir a la definitiva derrota de Napoleón casi veinte años después.

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La Era de la Máquina. O cómo acabé pasando el sábado en un tren de vapor de la época victoriana (1830-2015)
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Carlos Rilova | 27-07-2015 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este sábado ya sabía, o casi, de qué iba a hablar este lunes: de trenes, máquinas de vapor y otros artefactos que, allá por 1830, empiezan a cambiar la faz del Mundo que había sobrevivido, hace 15 años, a las guerras napoleónicas.

No tuve que ir muy lejos, ni en el espacio ni en el tiempo, para comprobarlo. Me bastó con acercarme al circuito de Iraeta, donde la encomiable iniciativa de la Asociación de trenes a escala 5” de esa localidad, liderada en esta ocasión por Aritz Irazusta, un joven diseñador industrial con verdadero interés por la Historia y la Historia de las máquinas con las que trabaja, llevó a cabo este sábado una de esas cosas tan comunes, por ejemplo, en Francia o en Gran Bretaña y esos otros países en los que la Cultura no se considera un lujo superfluo ni una afición tonta y sin ningún valor estratégico.

En efecto, a una escala, de momento, más modesta, en ese circuito se recrean, a distinta escala (valga la redundancia), máquinas de vapor, ferrocarriles, objetos industriales, en fin, que nos ayudan, como una especie de brújula histórica en el Tiempo, a adquirir conciencia de quiénes somos gracias a esa lección de Historia física, visible, tangible, audible…

Y allí, y en el Museo del Ferrocarril de Azpeitia, estuve, para ayudar, en lo posible, a que ese esfuerzo histórico, en todos los sentidos, se vaya asentado, cada vez más, año tras año, pues 2015 sólo ha sido el comienzo de las carreras de trenes de Errezil que tratan de conmemorar, en nuestras latitudes, las famosas carreras de Rainhill en las que se ensayaban los primeros trenes a vapor británicos allá por 1829.

No diré mucho más, creo que las imágenes de mis paseos por distintos trenes a vapor, de distinta escala, hablan por si solas.

Este sábado se trazó por allí una reconstrucción histórica tan minuciosa como fue posible, a la que concurrieron, por orden descendente de importancia, todos los personajes de aquella época en la que las máquinas de vapor crean el Mundo de abundancia en el que viven hoy, todavía, algunos países (parece ser que cada vez menos a causa de ciertas mentes obtusas que, como ya he dicho, creen que la Historia no trae consecuencias).

Así tuvimos en el circuito de Iraeta a reconstructores que figuraban ser los inversores dueños del ferrocarril (señor y señora de Lasala y Urbieta en este caso, siquiera sólo fuera para recordar al público allí presente que el primer ferrocarril a vapor de Nueva York -sí, Nueva York- fue financiado, en 1830, por ricos comerciantes guipuzcoanos como aquel), ingenieros -una pieza fundamental en aquel proceso sin el cual el dinero no hubiera producido más dinero convirtiéndose en vapor y de vapor en energía motriz- y sufridos trabajadores de aquel invento extraordinario que revoluciona los transportes acortando distancias. Gentes éstas, extraídas del mundo rural la mayoría de las veces,  que se llevaron la peor parte de aquel magnífico nuevo negocio y, sólo por eso, deben ser recordados especialmente.

Tal y como reclamaba el famoso poema de Bertolt Brecht en el que se pregunta por los obreros que construyeron Tebas, las Pirámides y todas las cosas que en el Mundo han sido.

Todos los y las presentes allí hicieron posible esa ceremonia del recuerdo este sábado y para que los hechos y las palabras no se las lleve el viento del Tiempo era preciso que hoy, aunque fuera en muy pocas líneas, lo contase, lo dejase dicho para que estos actos de recuerdo de quiénes somos, del punto del que hemos salido y al cual hemos llegado, no se olviden.

En definitiva, para que el año que viene, en la segunda edición de las “Errezil trials”, haya en el circuito de Iraeta y en el Museo del Ferrocarril de Azpeitia más visitantes que se instruyan, con poco esfuerzo, sobre los hechos que dieron lugar al mundo en el que ellos viven ahora y de cuya Historia fueron parte, aunque, con el paso de muchos años nefastos y los malos consejeros, lo hayan lamentablemente olvidado.

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Jugando en los campos de Clío… Notas sobre Historia, el independentismo catalán, el integrismo español y un cómic de Busquet y Ares
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Carlos Rilova | 20-07-2015 | 09:45| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hay veces en las que no falta inspiración para este correo de la Historia. Basta con apenas entrar en una biblioteca bien surtida para que esto tenga lugar y que eso coincida, además, con inquietudes políticas profusamente reflejadas en los Medios de Comunicación. Como ha ocurrido esta semana con el enésimo intento de algunos nacionalistas catalanes de organizar un referéndum separatista.

El oportuno libro encontrado en la biblioteca esta vez era una breve recopilación de historietas gráficas dibujadas por José Ángel Ares y Josep Busquet, titulada “Independencia? Historietas de humor para un momento crucial de nuestra Historia” y editada por la casa Diábolo de Barcelona a finales de 2014, con lo que parece ser un excelso sentido de la oportunidad.

La verdad es que no tenía ningún prejuicio a la hora de abrir la portada, en la que aparece un señor ya de cierta edad, con escaso aspecto de ser independentista, preguntándose en qué ha fallado para que el novio de su hija sea catalán.

No apostaba porque lo que había detrás de eso fuera un panfleto independentista ni un panfleto españolista. Al final, después de leerme las 66 páginas -con más de una sonrisa y alguna que otra carcajada reprimida (estaba en una biblioteca tan sería como el Koldo Mitxelena de San Sebastián al fin y al cabo), sí me hice un juicio de lo más evidente sobre ese libro. Al menos por lo que respecta a su valor como documento histórico relacionado con ese enésimo envite por parte de algunos partidos catalanes para proclamar unilateralmente la independencia de Cataluña.

Esta recopilación de historietas gráficas, se situaba, claramente, en la equidistancia de los dos bandos. Incluso en el hartazgo, como lo demuestra la viñeta final de la página 61, en la que se ve a un náufrago feliz en una isla desierta, lejos del infernal “bla, bla, bla” de unos y otros, diciendo “¡Qué descanso!”.

Una actitud, en principio, legítima. Sin embargo al historiador -más aún si es elegible para la clasificación en la etiqueta de “ese es un poco facha, ¿no?”- la cosa chirría por más de un lado.

Vamos a ver cuáles son las razones de esos chirridos para el historiador. Se trata sobre todo, como no podía ser menos, de los momentos en los que las páginas de Busquet y Ares  se meten en el terreno de la Historia.

El ejemplo más claro está en el tándem de historietas tituladas, respectivamente, “La verdadera Historia de España”, que va de las páginas 10 a 13 del libro, y “Grandes personajes catalanes”, que va de la página 14 a la 19 de esa misma obra.

La primera es una sarta de despropósitos sobre la Historia de España tal y como es contada por un padre español a su hijo. El entusiasta, que luce maneras abruptas y un aspecto cercano estéticamente al de un cabeza rapada neonazi, sostiene que España existe como nación desde hace millones de años, que Dios expulsó del Paraíso a Adán y Eva que, por supuesto, eran españoles, porque Eva se empeñó en llevar “una sucia bandera catalana” que, por cierto, los autores deciden dibujar no como la “senyera” considerada bandera oficial catalana en el actual ordenamiento constitucional vigente, sino como la hoy famosa estelada que los independentistas catalanes exhiben precisamente para distinguirse.

Los despropósitos españolistas siguen a partir de ahí, diciendo el padre a su hijo que las pirámides las inventó un español, lo mismo que el imperio romano, que es cosa de un señor de Murcia, el mismo que inventó el escobón, lo cual explicaría que los romanos llevaran esos cascos suyos tan característicos… La cosa acababa en que el padre, dedo dogmático en ristre, advertía a su retoño que los españoles llevan “miles de años partiendo la pana” gracias a ilustres compatriotas cuya lista él resume en “Napoleón, Ramoncín, Julio César, Cristiano Ronaldo o Jesucristo”.

Naturalmente la bilis de los potenciales lectores de la obra que se consideran a sí mismos patriotas españoles, llega en esos momentos al colmo. Sin embargo, Busquet y Ares no pueden ser condenados por estos como sucios agentes del independentismo catalán por la sencilla razón de que a partir de la página 14, como ya he dicho, viene otra historieta en la que un padre catalán ayuda a su hijo a escribir un trabajo de Historia y le empieza a hablar de los grandes personajes que Cataluña ha dado a la Historia Universal. La lista es casi tan delirante como los argumentos del papá españolista de la historieta anterior. Empieza con Marc (sic) Polo que trae a Europa “los cohetes, las pizzas, los restaurantes chinos y la seda”, sigue con Cristófol Colomb (sí, Cristóbal Colón), sigue con Guiu Shakespeare, que era catalán pero se echó una novia inglesa, Thor, que era un dios “almogàver” que luego, desgraciadamente, ha sido españolizado en dos o tres películas “eliminando cualquier rasgo de sus orígenes catalanes”, sigue la cosa con Buffalo Blai, que luego pasa a ser conocido como Bill por culpa de un españolista, y culmina con Joanna d´Arc, que era catalana pero tuvo que emigrar a Francia, donde desarrolla su carrera…

Y así siguen ambos autores durante muchas más páginas, con pinceladas aquí y allá en las que vemos lo absurdo de los argumentos españolistas y catalanistas, que son ridiculizados por riguroso turno. Como viene a ocurrir en la página 60, por ejemplo, cuyo contenido me ha tocado la fibra especialmente, en la que se ve, en la viñeta de la izquierda, a un empollón con gafas de culo de vaso diciendo que “Victus es una novela tendenciosa que manipula la Historia” y en la de la derecha a un ¿intelectual? catalanista preguntando asombrado a un interlocutor “¡¿No has leído Victus?!”…

De acuerdo, estupendo, así llegamos a la hora de sacar conclusiones. Parece ser que, en base a la posición de ambos autores, nadie tiene la razón, ambos -españolistas y catalanistas- se basan en iguales argumentos delirantes.

Una loable postura, tipo la del bravo soldado Schweik, una de esas posturas cómodas, de gran altura moral desde el Humor, que es la cosa más noble -dicen- que posee el género humano, con las que se evitarían muchos males y desgracias de las  que -también dicen- plagan la Historia.

La pena es que si nadie tiene razón en estas cuestiones, ¿cómo resolvemos el problema de los independentistas catalanes?. ¿Qué piensan hoy los autores de este saludable llamamiento a que todos nos riamos de todos cuando un mes después de la publicación de sus historietas, en 2014, se vio, como ya se intuía, que no todos los catalanes eran independentistas?.

No puedo responder por ellos. Como historiador, y a pesar de tener sentido del humor, sí les puedo decir que, desde el punto de vista objetivo, cuando la Historia no es tergiversada, cuando es objetivada a partir de datos contrastados de acuerdo a normas científicas aceptadas internacionalmente, cuando es contada desde la responsabilidad profesional y no desde el cerebro recalentado de un fanático con más o menos cultura a cuestas, los argumentos independentistas se vienen abajo estrepitosamente.

Jugar a la equidistancia está muy bien, es una postura, a veces, muy agradecida, incluso legítima y certera. De hecho, hay que reconocer que las despiadadas caricaturas de Busquet y Ares, las de los de un lado y otro del Ebro, son ciertas, las hemos visto en la calle, en la Televisión. Sin embargo, si la independencia de Cataluña se va a basar en que los argumentos históricos, tanto de unos como de otros, son igual de falsos y manipulados… a eso, desde la Historia como saber científico, objetivo, no nos queda más remedio que responder que no, que no vale el “y tú más”, que no hay argumentos históricos que respalden las tesis independentistas.

Cada documento del que disponemos hoy no sirve, para nada, a los argumentos políticos del Independentismo catalán. Y eso es así en San Sebastián y en Reus, en Madrid o en Estocolmo, porque es un hecho científico tan irrefutable como que la fórmula química del agua es H2O, que no varía lo más mínimo porque el agua en cuestión sea bebida por un pirado neonazi o por un chiflado neorromántico.

Y si alguien tiene dudas, llámese Busquet, Ares, Oriol Junqueras… o cualquier otro nombre que ahora mismo se les ocurra, les rogaría, por enésima vez (y las que hagan falta) que echasen mano de, por ejemplo, la Historia recopilada en torno a la que llamamos Guerra de Independencia (1808-1814), donde podrán comprobar cómo los catalanes, en su inmensa mayoría cerraron filas detrás de la España-nación que nace en esos momentos con la Constitución de 1812 y se forja en el combate directo con una potencia considerada invasora lo mismo en Bilbao que en Barcelona, en Madrid o en Santiago de Compostela.

Es decir, que no consta, por ejemplo, que un número significativo de catalanes viese en Napoleón al libertador que les iba a librar del yugo español ayudándoles a constituir algo parecido a lo que los polacos -los genuinos- reclaman al emperador corso en esas mismas fechas, presentándose como un pueblo invadido por esos rusos, austriacos y prusianos a los que Bonaparte había puesto en ridículo militar una y otra vez desde 1800.

Lo cual, como supondrán, debería cortar todo juego de salón sobre que los argumentos supuestamente históricos de españolistas y catalanistas son igual de absurdos y basados en la nada histórica. Es evidente que, puestos a hacer cálculos de esa índole, las tesis a favor de la unidad de España y Cataluña -nos guste más o menos- tienen fundamento histórico. Mucho más de lo que pueden decir las tesis en contrario, que aún están por encontrar dichos argumentos plausibles desde el punto de vista científico y no desde el órdago ideológico.

 

 

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Una nota sobre la ¿breve? Historia de la Unión Europea (1945-2015)
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Carlos Rilova | 13-07-2015 | 09:39| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy este correo de la Historia será muy breve. Tal y como están las cosas en el momento en el que estoy a punto de publicarlo, sobra la retórica.

Como ya sabrán finalmente se ha llegado a un acuerdo para impedir que Grecia salga de la eurozona, tal y como Estados Unidos quería, pero, a primera vista, todo apunta a que ese país -Grecia- se ha tenido que rendir a las exigencias de otro estado de la Unión -Alemania- debiendo aceptar todas las condiciones que se le querían imponer antes del referéndum de la semana pasada más muchas otras.

Algo que, en la práctica, y también a primera vista, pasa por privatizar en beneficio -es de suponer- de empresas alemanas gran parte del maltrecho tejido económico griego. Algo que, la verdad, tiene aspecto de botín de guerra, entregado a los vencedores de esta silenciosa, pero no menos destructiva, guerra -la tercera en un siglo, el que va de 1915 a 2015- de Alemania contra el resto de Europa.

Sinceramente estoy personalmente tan asqueado del espectáculo dado por unos y por otros -un primer ministro griego que finalmente parece ceder, unos dirigentes alemanes cada vez más repulsivos considerados desde el prisma de la Historia, por no hablar de quienes les ayudan incluso contra los intereses de sus propios estados y votantes- que he estado a punto de buscarme cualquier otro tema para cumplir con esta entrega semanal de Historia que, se dice pronto, lleva saliendo cada lunes desde el mes de junio de 2012.

Sin embargo, finalmente no me he resistido a meterme en este tema, de nuevo, por varias razones. La principal ha sido una cierta idea de responsabilidad informativa. En otras palabras, porque siempre me ha parecido un feo gesto hablar una semana de un determinado tema como si fuera lo más importante del Mundo, y al día, o a la semana siguiente, pasar a otra cuestión como si aquello de lo que hablábamos el lunes pasado no valiese ya nada.

Y la crisis griega no puede ser vista así. De ningún modo, ya que, en definitiva, es también una crisis de una buena y gran idea -la Unión Europea- que es lo mejor que se nos ha ocurrido a los europeos en, digamos, unos cinco siglos, y eso, no sé qué pensarán ustedes, no es algo que pueda, o deba, caducar de una semana para otra.

Como ya sabemos Grecia hizo su referéndum, salió que “no” a la política económica impuesta fundamentalmente por Alemania y, en el momento en el que escribo estas líneas, parece que todo eso de nada ha servido y que, finalmente, y pese a las presiones -lógicas presiones- de Estados Unidos sobre Alemania -ocultadas cuidadosamente por determinados medios de comunicación al evidente servicio de ese país- parecen haber quedado en que Grecia deberá hacer lo que se le dicta desde Berlín camuflado como una decisión de toda la Unión.

Los informativos de esta última semana nos han ofrecido imágenes ciertamente odiosas, ultrajantes para quien cree en el proyecto de la Unión Europea. Las han protagonizado, como suele ser habitual, la canciller alemana Angela Merkel y su ministro de Economía, el doctor Schäuble.

Ambos personajes han aparecido ante las pantallas diciendo, en nombre de la Unión Europea, al parecer, qué es lo que puede hacer Grecia con su referéndum y avisando de paso al resto de los estados de la Unión de lo que pueden hacer, cada uno de ellos, con sus ideas y opiniones sobre cómo se deberían llevar los asuntos de esa Unión Europea si es que, por un acaso, son diferentes a las ideas y opiniones de la Derecha alemana que gobierna ahora ese país. La misma que, según parece, incurriendo en altas dosis de miopía e irresponsabilidad histórica, aspira a convertir al resto de Europa en un protectorado, pervirtiendo todo lo que la Unión Europea significaba hasta ahora y para lo que fue creada.

Sencillamente infame visto desde una perspectiva histórica. Que se sepa ni a frau Merkel ni al doctor Schäuble nadie les ha elegido democráticamente en unas votaciones generales europeas para ejercer dicha autoridad. Eso por una parte. Por otra resulta especialmente cuestionable -por no usar palabras más contundentes- que los dirigentes de ese estado de la Unión tengan el atrevimiento de venir a dictar nada en el seno de la Comisión Europea, como si fueran sus dueños, teniendo en cuenta la Historia reciente de Alemania.

No digo nada más. Me callo por hastío, porque, como ya he dicho, hoy sobra la retórica. Tan sólo copiaré, para acabar, un fragmento de una obra de Antony Beevor, solvente historiador militar británico, para que tengamos algo sobre lo que pensar seriamente cada vez que veamos a la señora Merkel o al doctor Schäuble hablar como si fueran los dueños de la Comisión Europea o su Parlamento, que esta semana, con la comparecencia de Alexis Tsipras, mostró una evidente y preocupante división con un cierto aroma a nueva guerra civil europea.

Ahí van las palabras de Antony Beevor extractadas del libro “Berlín. La caída: 1945”: Al ver las fogatas que sembraban las calles, los rechonchos ponis cosacos e incluso los camellos, a los berlineses les parecía que su ciudad se hallaba ocupada por “mongoles” (…). En la ciudad (Berlín) había más de un millón de personas que se habían quedado sin hogar. Seguían viviendo en los sótanos y los refugios antiaéreos. El humo de las fogatas que empleaban para cocinar surgía de lo que parecía poco más que un montón de escombros cuando las mujeres trataban de recrear algo semejante a una vida de hogar para sus hijos en medio de las ruinas.   

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Sofocos (griegos) y mamelucos (egipcios y de otras nacionalidades). Notas sobre otro capítulo de una peligrosa deriva política. Europa entre 1945 y 2015
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Carlos Rilova | 06-07-2015 | 09:28| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Antes de decidir escribir hoy sobre este tema -evidentemente el controvertido referéndum griego a favor o en contra de las medidas de austeridad impuestas por el FMI, la Comisión Europea, etc…- me lo he pensado mucho.

Y es que, como el asiento vacío en la Tabla Redonda del rey Arturo, es un asunto peligroso. La última vez que traté de ese tema se me echaron a la yugular algunos anónimos lectores por haber tenido sólo, tan sólo, la, al parecer, osadía de recordar que Alemania no hablaría hoy tan fuerte de no ser por la paciencia que los griegos y los demás estados de la actual Unión han tenido con ella desde 1945 hasta la creación del euro. A lo que añadía que el supuesto “milagro” alemán se debe, en gran parte, a que ese país -que había arrasado Europa dos veces en un siglo- fue perdonado -empezando por la deuda de guerra que había generado- y se le permitió empezar de cero, obviando bastantes de los reproches que ahora sí se hacen a Grecia.

Finalmente, como ven, me he decidido a escribir un nuevo correo de la Historia que se mete, una vez más, a avisar de lo irresponsable de esas políticas, de esas supuestas “reformas” económicas que, en realidad, hasta esta última semana, han consistido -visto todo, insisto, desde una perspectiva histórica, no política, distingamos, por favor, una cosa de la otra- únicamente en desmantelar el estado del Bienestar creado tras la Segunda Guerra Mundial -por acuerdo tácito de Izquierdas y Derechas- para evitar un nuevo desastre como aquel que sólo puede explicarse por el ascenso del Nazismo en una Alemania devastada por una crisis económica sin precedentes y la desesperación que trajo aparejada a ella.

Hubo varios factores que me animaron a meterme finalmente en este desagradable asunto. Sin embargo el que más me ha animado a dedicar este nuevo correo de la Historia al actual drama griego ha sido la actitud de cierta persona, Christine Lagarde, que se definió a sí misma como la “criminal en jefe” del Fondo Monetario Internacional, que es la institución que, entre otras, ha contribuido a llevar al borde del abismo a Grecia y con ella al último reducto de seguridad que le quedaba a Europa de entre todos los bastiones levantados -desde 1945 en adelante- para evitar, de nuevo, una situación como la que, durante la Segunda Guerra Mundial, casi lleva a la autodestrucción al viejo continente. Ya saben, ese sitio cuna del Renacimiento, de los viajes de exploración del Mundo y de las ideas políticas de Libertad y gobierno del Pueblo por el Pueblo y para el Pueblo frente a dictadores, reyes absolutos y otros autócratas…

En efecto, Christine Lagarde, tuvo que acabar por reconocer la semana pasada que la deuda de Grecia es impagable, que hay que ir a una quita de la misma -más o menos lo mismo que se hizo con Alemania en 1945- y que el país heleno necesita hasta 52.000 millones de euros en créditos -no en prestamos draconianos- para reflotar su economía.

Hay que alegrarse de dicho cambio de actitud. La única pena es que la señora Lagarde no se haya dado cuenta antes. Antes de que, por ejemplo, muchos griegos se suicidasen por pura desesperación. (¿Se les hará en el futuro un monumento parecido a los que ahora hay en Auschwitz o en Dachau?. ¿Qué autoridades y de qué países les rendirán homenaje y en qué señalada fecha?).

Si la señora Lagarde o el señor Juncker o la señora Merkel -y mucho otros que no me voy a tomar la molestia de mencionar- hubieran sabido algo más de Historia, tal vez no hubieran incurrido en la irresponsabilidad de la que ahora, a resultas de la tenaz resistencia de una mayoría de griegos representados por Syriza, empiezan a arrepentirse.

Sí, si estas personas hubieran conocido la Historia de los mamelucos y su papel en la Historia, tal vez se habrían dado cuenta de que su plan -denostado a Izquierda y a Derecha. Por ejemplo, y respectivamente, en “Bancocracia” y en algunas columnas periodísticas de Juan Manuel de Prada- era inviable y así nos podríamos haber ahorrado en Grecia, pero también en España o Portugal, muchos disgustos.

Los mamelucos, como sabe cualquier español o española que conozca la obra de Goya o siquiera haya visitado el Museo del Prado, eran excelentes jinetes y feroces mercenarios al servicio del poder imperial otomano en el actual Egipto. Estuvieron allí, haciendo guardia, hasta que dicho poder colapsó en esa zona con la llegada de nuevos competidores. Lo que ocurrió a fines del siglo XVIII, con un tal Napoleón, que, finalmente, fue desplazado de allí por Gran Bretaña…

Napoleón, al que, parece ser, le gustó el estilo y combatividad de estos “mamalik” (palabra que, por cierto, significaba “esclavos, posesiones de raza blanca”), los incorporó a su Caballería y los llevó por medio mundo de victoria en victoria y, finalmente, de derrota en derrota, al servicio de su fracasado designio imperial.

En Madrid, el 2 de mayo de 1808, los mamelucos, estos fieles sirvientes de designios imperiales y opresores bien en Egipto, bien por toda la Europa napoleónica, se encontraron con uno de sus primeros obstáculos, cuando sus nuevos amos (Napoleón, sus mariscales, sus tropas, la burguesía francesa…), trataban de imponer su régimen por la fuerza en España. Aquel día, aquel 2 de mayo de 1808, los mamelucos, esos fieles sirvientes de distintos poderes imperiales, acabaron acuchillados, apuñalados, sableados, tiroteados… por un pueblo que ya no tenía nada que perder…

Es, más o menos, lo mismo que Christine Lagarde ha visto ocurrir antes sus ojos atónitos esta última semana. Parece que ha tenido más cabeza para entenderlo que Murat o Napoleón. Bienvenida sea esa recuperación de la cordura. Pese a la sangre derramada por los suicidas griegos, pese al infierno cotidiano de muchos españoles que ven mejorar los balances de grandes empresas con las “reformas” pero no su situación personal. Una que sólo se agrava a medida que dichas “reformas” van destruyendo el tejido económico de España para pagar una deuda generada no por esos contribuyentes, sino por empresas que, a la búsqueda de beneficios ilimitados, recalentaron esas economías y luego han pedido -cosa insólita, que no se admite a los particulares- que la Hacienda Pública -alimentada principalmente por los impuestos de una clase media hoy en vías de extinción- los sacase del atolladero.

Sí, si Christine Lagarde, Angela Merkel o Jean-Claude Juncker supiesen algo más de Historia probablemente nos habrían evitado todo ese cortejo de infames medidas económicas que ahora reconocen ser perfectamente inútiles cuando hace dos días -los huesos de los suicidas griegos se estarán revolviendo en sus tumbas, como la rabia se estará removiendo en el bajo vientre de muchos votantes españoles- se vendía como una poción curalotodo. Sí, si hubieran sabido algo más de Historia, habrían sabido que es un axioma histórico, tan cierto e inamovible como una ecuación de segundo grado, que los gobiernos de mamelucos no sirven para nada, salvo para exacerbar la desesperación y con ella la resistencia. Llámese esa resistencia Junta Suprema de Defensa, como en la España de 1808, o Syriza, como en la Grecia de 2015.

Y ahora, si quieren, echen a los perros, o a las fauces de la “Ley mordaza”, o a una lista negra, al historiador, pero los hechos seguirán estando ahí. Inamovibles, axiomáticos, pétreos. Como el Partenón de Atenas.

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¿Problemas con los confederados?. Historia, Guerra de Secesión, canciones, asesinos y banderas (1865-2015)
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Carlos Rilova | 29-06-2015 | 10:26| 3

Por Carlos Rilova Jericó

No les habrá pasado desapercibido el revuelo mediático organizado por la cuestión de la bandera confederada, que, según parece, ha alentado e inspirado, a Dylann Roof, el asesino de nueve personas en Charleston que aseguró a sus víctimas, tras rezar un rato en la misma iglesia con ellas, que había ido allí “a matar negros”…

Durante toda la semana pasada se ha hablado de la polémica generada por la presencia de esa bandera confederada izada en el centro de Charleston sobre sus edificios gubernamentales, de las protestas organizadas para bajarla y eliminarla de la vida pública porque simboliza, efectivamente, a un régimen cuya razón de ser fue, de 1861 a 1865, durante la guerra que divide a los Estados Unidos, justificar la  esclavitud de las personas de raza negra. En definitiva, la supremacía blanca que Dylann Roof trató de restablecer, a tiros, en la iglesia metodista africana Emanuel. Bien, ahora volvamos de ese resurgir de la guerra civil norteamericana a España.

Cuando comparamos, a través del cine, por ejemplo, la -esperemos- última guerra civil española, la de 1936 a 1939, con la norteamericana, siempre nos ha podido parecer que allí las cosas se hicieron de un modo menos salvaje que aquí, que allí hubo verdadera reconciliación desde 1865 en adelante.

Por ejemplo, está grabada en nuestras retinas la forma en la que el general Ulysses S. Grant, general en jefe de las fuerzas unionistas acepta la rendición de su equivalente confederado, el general Robert E. Lee. Tras firmar esa rendición del grueso de las fuerzas que quedan al Sur, Lee se retira del juzgado de Appomattox, saludado cortésmente por Grant y su Estado Mayor allí reunidos.

Ciertamente se tomaron represalias contra Lee, como contra los demás confederados, especialmente aquellos con altas responsabilidades, como fue el caso de quien actuó como único presidente electo de la breve Confederación sureña, Jefferson Davis.

Sin embargo, Lee moriría, en su cama, cinco años después de la rendición y ostentando un cargo público como director de una escuela universitaria en Estados Unidos, no en el exilio.

Una situación impensable, por ejemplo, en el caso de que esa misma escena hubiera sido protagonizada en la España de 1939 por, pongamos por caso, el general Vicente Rojo, a quién, como poco, le hubieran esperado unos cuantos años de presidio o, más seguramente, un paredón y no un regreso ultrajante a España en los años 50.

Bien, así las cosas, establecidos los tópicos y lugares comunes tan habituales a la hora de calibrar hechos históricos, parece que las cosas quedaron mejor y más civilizadamente resueltas tras la guerra civil en los Estados Unidos de 1865 que, por ejemplo, en la España de 1939.

Lo cierto es que en el caso de Estados Unidos la represión de los antiguos partidarios de la Confederación fue, en efecto, a veces, tan leve que no debería extrañarnos que hoy ocurrieran cosas como las que han ocurrido en Charleston, ni que la bandera de una potencia enemiga y derrotada ondease sobre el Capitolio de Carolina del Sur, como si Robert E. Lee jamás se hubiese rendido en Appomattox.

En efecto, si nos fijamos en documentos generados por la cultura popular -y la no tan popular- de los Estados otra vez Unidos desde 1865, no es difícil descubrir artefactos que han alimentado el odio y el espíritu de resistencia contra la Unión desde ese año hasta el mismo día en el que Dylann Roof decidió apretar el gatillo.

Consideremos, por ejemplo, una de las muchas canciones compuestas durante y después de la Guerra de Secesión. Se titula “I´m a good old rebel” (que podríamos traducir como “Soy todo un rebelde” ) y la habrán oído más de una vez. Por ejemplo en “Forajidos de leyenda”, uno de los últimos “Western” que tuvo éxito hasta que el género revivió gracias a la espectacular “Sin Perdón” de Clint Eastwood.

En “Forajidos de leyenda”, una película de 1980 magníficamente ambientada que glosaba las andanzas de Jesse James y sus socios los Younger, (antiguos combatientes por la causa del Sur que se “reciclan” tras la derrota en salteadores de caminos), se puede ver cómo uno de estos amenaza, revólver en mano, a los músicos del burdel donde la banda de los James y los Younger se toma un merecido descanso tras otra de sus acciones de bandidaje, que, para ellos, son, en realidad, una prolongación personal de la guerra contra la Unión.

El motivo para esa amenaza es que el músico principal se ha atrevido a cantar una canción unionista, “The battle cry of Freedom” (“El grito de guerra de la Libertad”), que, lógicamente, no ha gustado nada al irreductible miembro de la banda James-Younger y así obliga al músico a cantar “I´m a good old rebel”, traducida en ese momento de la película como “Soy un rebelde de pies a cabeza”.

¿Qué dice esa canción que circuló por Estados Unidos desde 1865 en adelante y da ésta y otras escenas memorables, cantada o no, en “Forajidos de leyenda”?.

Tomen nota, hay diferentes versiones pero, más o menos, vienen a decir esto: “Oh, soy un viejo rebelde, eso es lo que soy ahora, y por esa nación yankee no doy una mierda, estoy orgulloso de haber luchado contra ella y lo único que deseo es que hubiéramos ganado y no pido perdón por nada de lo que hice…”

Si eso les parece explícito esperen a la traducción del estribillo: “Odio a la nación yankee y todo lo que hacen, odio la Declaración de Independencia también. Odio la gloriosa unión, empapada en nuestra sangre. Odio la bandera de barras (y estrellas) contra la que luché todo lo que pude…”

Y así sigue el viejo rebelde contando que cabalgó tres años con Robert E. Lee, que cogió reuma acampando, que se murió de hambre, celebrando que la fiebre del Sur matase a millones de soldados unionistas y lamentando que no matase a más…

Se podrían multiplicar los ejemplos. En Alta Literatura, como la de William Faulkner, el cronista de ese Sur derrotado que se recompone como puede tras Appomattox… pero sin olvidar el “Viejo Sur”, sus banderas en el polvo que, precisamente, da título a alguno de los relatos del genial escritor sureño.

El mantenimiento del espíritu de rebelión contra la “nación yankee” desde 1865 hasta la actualidad se puede ver también caricaturizado en series de dibujos animados tan populares -y tan poco sospechosas de supremacismo blanco- como las creadas por el conspicuo hippie Matt Groening: los Simpons y Futurama, donde se hacen alusiones más o menos explícitas a la “basura blanca” -los blancos pobres del Sur que sólo tienen su color de piel para sentirse superiores- que sigue alzando la bandera sureña como símbolo o viejos lemas como “El Sur resurgirá”…

En definitiva, si se mira con atención, enseguida podemos encontrar vestigios en la cultura norteamericana que nos demostrarían que 1865 acabó con los Ejércitos de la Confederación, pero no con su espíritu de rebelión, que ha seguido vivo en el Sur hasta llegar a lo ocurrido en la iglesia metodista africana Emanuel hace unos días.

Si la represión de ese espíritu hubiese sido tan feroz como lo fue el exterminio del bando republicano en la España de 1939, tal vez Estados Unidos tuviera menos problemas hoy día en ese sentido. Aunque nunca se sabe, visto el número de banderas republicanas alzadas por doquier hoy en una España que hierve de rabia y frustración en un alto porcentaje de su electorado. Uno que acecha tras cada urna, tras cada elección, a quienes, de otro modo, diametralmente opuesto al de los unionistas de 1865, no supieron superar y suturar las heridas, profundas heridas, abiertas por algo siempre tan deplorable como una guerra civil.

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