Diario Vasco
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“¡Constitución o Muerte!”, o razones para ir a ver “La reina de España” de Fenando Trueba (1808-2016)
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Carlos Rilova | 05-12-2016 | 10:56| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Como todas las semanas, el jueves o el viernes, a más tardar, el habitual autor de estas líneas, tiene siempre el mismo problema. Es decir: de qué escribir cada lunes.

En esta ocasión el problema me lo ha resuelto un artículo de opinión publicado este viernes en la edición de papel de este mismo periódico, “El Diario Vasco”.

En él se glosaban las penurias por las que está pasando Fernando Trueba con su nueva película, “La reina de España”, debidas a un boicot con el que lo están castigando por sus (para mí al menos) mal traídas palabras de hace un año, cuando el ministro Méndez de Vigo le entregó el premio Nacional de Cinematografía y Trueba lo agradeció -digámoslo así- respondiendo que no se sentía español y que ojalá la Guerra de Independencia la hubiera ganado Napoleón.

Yo reaccioné ante aquello y escribí un artículo al respecto en esta misma página, leyéndole la cartilla a Fernando Trueba (así puede describirse el asunto) sobre quién era realmente Napoleón y lo mal que nos hubiera ido de ganar él -Napoleón- guerra alguna.

Sostengo y no enmiendo el contenido de este artículo. Pero, desde luego, en ningún caso apoyo, a fecha de hoy, el boicot al que se está sometiendo a “La reina de España”. Yo he ido a ver la película. De hecho, en contra de mi inveterada costumbre de no arriesgarme con un estreno salvo el día del espectador, la vi este viernes. Y recomiendo que se vaya a verla. Encarecidamente.

“La reina de España” es una sátira del cine supuestamente “histórico” que se hizo durante la Dictadura franquista. Es decir, algo de tan baja calidad como el cine histórico que haría hoy día el DAESH sobre el Islam o el régimen de Corea del Norte sobre la Historia de Corea.

Es, además, una película que, al margen de todo lo que se ha vertido contra ella apenas ha salido a la luz, niega, rotundamente, aquello de “segundas partes nunca fueron buenas”.

Es cine de excelente factura. Lleno de guiños cinéfilos -ese John Scott que es un trasunto de John Ford y Samuel Fuller, los bajos fondos y secretos inconfesables del Hollywood de los cincuenta…- y también es una excelente película histórica, que narra, mezclando de manera genial la tragedia y la comedia, lo que fue la Historia de España y del Mundo desde la Segunda Guerra Mundial en adelante. Y todo esto con actores y actrices en eso que los críticos suelen llamar “estado de gracia”, complementándose entre ellos en una película donde forman un gran protagonista colectivo que enseña mucha Historia de España que, tal y como es contada, sólo puede ofender a quienes añoran a Adolf Hitler o alguno de sus conspicuos aliados pasados o presentes.

Sólo por eso merece la pena ver esa película. Pero aparte de por esa razón, “La reina de España” debe ser vista porque hace doscientos años muchos españoles cayeron en más de 300 campos de batalla, de Cádiz a Toulouse pasando por Gijón, Los Arapiles, Tolosa, San Marcial… gritando consignas que podríamos resumir en “¡Constitución o Muerte!”.

Esos hombres, esos españoles, entre los que también hubo mujeres, luchaban contra la opresión que significaba el régimen militaroide, dictatorial, de Napoleón Bonaparte.

Piensen bien en ello. No lo dudaron un segundo. Muchos de ellos se alistaron bajo las banderas de los ejércitos patriotas para mantener viva la última llama de Libertad que quedaba encendida en Europa continental en el año 1808. Lo demostraron claramente con la proclamación, en 1812, de la segunda constitución europea después de la promulgada por la Convención francesa tras ejecutar a Luis XVI. Muchos de esos hombres (aunque no todos, es cierto) se jugaron la vida por ella, por esas Libertades, entre las que se contaba la de poder discrepar, tener una opinión diferente.

Imaginen lo que fue aquello. Ser parte de los Tiradores de Cantabria, del 1º, 2º o 3º de Guipúzcoa, o de las unidades bajo mando de Mina o de un largo etcétera de regimientos y divisiones, como la Yberia… Ser integrado en una línea de Infantería o Caballería que, bajo la orden de expertos oficiales profesionales, debía aguantar, a pie firme, bajo la bandera blanca y roja, con la cruz de Borgoña, las descargas de la que pasaba por ser la mejor Infantería de Europa en esos momentos… Ya lo han visto en el Cine. Sólo que con soldados vistiendo otros uniformes parecidos a los que vestían esos españoles en 1808, en 1809, en 1810, en 1811, en 1812…

Los hombres caen como espigas ante la guadaña del segador. La línea no vacila. Finalmente un oficial da la orden de carga. En 1812, la consigna, en ese momento de cargar, era cualquier grito similar a “¡Constitución o Muerte!”, o “¡Patria o Muerte!” o “¡Libertad o Muerte!”, que, al fin y al cabo, venían a significar casi lo mismo. Incluso “¡Viva Fernando VII!”, que para muchos de esos soldados era, en esas fechas, lo mismo que “¡Constitución o  Muerte!”.

Por eso se luchó hace doscientos años. Y por eso se ganó hace doscientos años. Por eso fue bueno que Napoléon no ganase la Guerra de Independencia (por más que Fernando VII resultase, después, ser un rey absolutista y felón) y por eso creí hace un año -y sigo creyendo- que Fernando Trueba se equivocó al decir lo que dijo en San Sebastián hace un año.

Pero por esa misma razón, en este puente de la Constitución, en el que estamos de vacaciones, sencillamente, gracias a que, al fin, después de mucha crueldad, guerras, desencuentros, horrores varios…, se armonizan en España las creencias ultracatólicas como la de la Inmaculada Concepción con la Constitución heredera de la de 1812, creo que el boicot a la película de Fernando Trueba es no sólo un error (porque la película no lo merece) sino una deshonra para los hombres y mujeres que en 1808, 1809, 1810, 1823… cayeron en los campos de batalla gritando “¡Constitución o Muerte!”. Porque ellos luchaban, y se jugaron la vida, y muchos la perdieron, para que en este país hubiera verdadera Libertad. Para que un caricaturista, si pensaba que era oportuno, pudiera burlarse hasta del mismo rey. Para que alguien, cualquier español, dijera, incluso, que hubiera preferido que Napoleón ganase la Guerra de Independencia.

Por esas razones históricas estoy, y estaré, siempre en contra de ese vengativo boicot a la película de Fernando Trueba que, insisto, deberían ir a ver, para saber siquiera en que sumideros históricos ha vivido España los últimos 80 años y de los que -ya va siendo hora- deberíamos salir. Lo primero respetando las opiniones ajenas, evitando la destrucción de quienes, dentro del mínimo respeto a algo llamado “democracia”, no piensan como nosotros, pues, por desgracia, ya hemos tenido bastante de eso en los últimos dos siglos y ya va siendo hora de que eso cambie y esto sea, por fin, un país civilizado.

Sólo por esa razón, porque mañana les podría tocar a ustedes como hoy le está tocando a Fernando Trueba, no caigan en esa miserable trampa. Avergüencen a quien la ha urdido, renieguen de él, de ella o de ellos… Vayan a ver “La reina de España”. Aunque no estén de acuerdo con el director. O precisamente por esa misma razón.

Demuestren que en este país hay personas cabales y decentes. Personas que honran la memoria de quienes prefirieron morir hace dos siglos luchando por la Libertad, por la verdadera Libertad, contra Napoleón. Para que, como vemos en la película de Fernando Trueba, no hubiera campos de la Muerte como Mauthausen. O su casposo equivalente español. Todavía en funcionamiento allá por los glamurosos años dorados de Hollywood. Por increíble que pueda parecer tan vergonzosa circunstancia, muy bien descrita (quizás demasiado para algunas mentes enfermas de odio a la democracia y a la libertad de opinión) en “La reina de España”…

 

 

 

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La Historia da muchas vueltas. Los soldados irlandeses de Su Majestad Católica de España, Rob Roy, una (o dos) rebeliones jacobitas y el Ku Klux Klan (1719-2016)
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Carlos Rilova | 28-11-2016 | 10:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Probablemente parecerá imposible que todos los temas que cito en el título de este nuevo correo de la Historia tengan entre ellos alguna relación.

Sin embargo la tienen y, claro está, hablaremos de ella. Más que nada porque -como decían en cierta célebre película- me ha parecido una oferta que no podía rechazar hacer una incursión en el tema de esa siniestra organización racista, el Ku Klux Klan (o KKK), que tanta notoriedad ha vuelto a adquirir -en prensa, TV, etc…- desde que Donald Trump ganó las elecciones. Eso aun después de asegurar que el KKK -una organización eminentemente antidemocrática- no le causaba problema de conciencia.

El KKK y lo que le rodea, visto desde el punto de vista de la Historia, una vez más, no puede adquirir un tinte más absurdo que le lleva a uno a opinar -modestamente, si se le permite- que el Mundo, en general, está bastante necesitado de una buena dosis de cordura colectiva.

En efecto, si leemos sobre la parafernalia que acompaña al KKK desde su fundación al término de la Guerra de Secesión estadounidense en 1865, y que no le ha abandonado, en general, en sus sucesivas reediciones desde esa fecha, las cosas rozan realmente lo absurdo consideradas desde la Historia.

Tomemos por ejemplo ciertos acontecimientos del año 1719. No nos vendrá nada mal recordarlos, puesto que, de paso, aprenderemos algo por estas latitudes, al Sur de los Pirineos, sobre nuestra Política Exterior en el Siglo de las Luces. Cosas que, como saben, son ampliamente ignoradas por nuestra opinión pública, que no parece haber avanzado mucho desde, digamos, el año 1955 en adelante.

En 1719 Felipe V, azuzado por su dominante esposa, Isabel de Farnesio, y por un primer ministro digno de la pluma de Alejandro Dumas padre, el cardenal Giulio Alberoni, decidió declarar la guerra a todas las potencias europeas, sintiendo las fuerza españolas lo bastante reorganizadas como para acometer ese desafío. No voy a entrar en demasiados detalles al respecto porque podríamos estar aquí hasta el Día de Año Nuevo hablando de qué pretendía el cardenal Alberoni o la reina Farnesio. Hay abundantes libros sobre el tema. Alguno incluso firmado, en parte, por el que estas líneas escribe y ese es el lugar adecuado al que acudir para aclararse, con calma, sobre aquella intriga de altos vuelos que da para varias películas, series de Televisión y unas cuantas novelas históricas.

Me centraré en un pequeño acontecimiento de esa guerra a gran escala que terminó con la entrada de dos grandes ejércitos por el País Vasco y Cataluña y una épica lucha, con asedios como el de San Sebastián que duró casi dos meses.

Mientras eso ocurría en la Península, Su Majestad Católica trató de crear problemas a sus numerosos enemigos en frentes secundarios. Por ejemplo, al rey británico en las, todavía, levantiscas Tierras Altas de Escocia.

Desde los puertos de Cádiz y La Coruña se embarcaron diversas tropas de línea, armamento y otros efectos que debían ayudar a sublevar a los clanes de esas Tierras Altas contra la que ellos consideraban dinastía usurpadora de los Hannover, que reinaba desde Londres.

La expedición tuvo escasa fortuna, pero no fue un completo desastre. Parte de ella logró desembarcar en la costa occidental escocesa, acantonándose en un castillo escocés, Eilean Donan, que les resultará verdaderamente familiar, pues ha sido abundantemente utilizado en películas y, sobre todo, en publicidad de diversas marcas de whisky escocés.

Se trataba, fundamentalmente, de Infantería de línea española, el regimiento Galicia en particular, pero, también de algunos oficiales de origen irlandés (tildados de mercenarios por los británicos).

Esos soldados eran, por supuesto, de confesión católica, condición sin la cual no se entraba en servicio del rey español en aquella época. También eran católicos parte de los hombres de los clanes que se iban a sublevar y a luchar junto a ellos en contra de los Hannover. Quien conozca Glasgow, la “otra” capital de Escocia después de Edimburgo sabe bien de la rivalidad aún existente en la zona entre gente de una religión y otra, ahora expresada por medio del fútbol…

En cualquier caso, en ese año de 1719, los escoceses jacobitas recibieron con entusiasmo a aquellos soldados enviados por el rey español y, se dice, convocaron a alzarse por Dios y los Estuardo a todos los buenos y leales escoceses. Al parecer utilizaron el viejo sistema de mandar a un jinete enarbolando una cruz en llamas para atraer al punto de reunión a todos los partidarios de la “Buena Vieja Causa”…

Es aquí donde se produce la absurda confluencia histórica entre este episodio histórico, que acabó en una gran batalla en la que los casacas blancas españoles se batieron hombro con hombro junto a Rob Roy y otros highlanders contra los casacas rojas del rey Jorge.

El episodio se repetiría en la última rebelión jacobita, la de 1745. En ese año hubo varios oficiales irlandeses al servicio de España que acudieron allí, por orden de su rey, a dar algo de orden y eficacia militar a los entusiastas pero bastante desorganizados highlanders…

El KKK, tanto desde sus inicios como, sobre todo, desde su resurgir con el estreno de la película de David Wark Griffith “El nacimiento de una nación” -claro vehículo de exaltación de esa sociedad y su chirriante ideología- ha alardeado de ser una organización que agrupaba a descendientes de escoceses. De ahí vendría lo de “Klan” y también la cruz ardiente que los identifica en la actualidad en sus insignias y que utilizan o bien en el centro de sus reuniones periódicas o para amenazar a sus víctimas, clavándolas ante las casas de los señalados como tales.

Una parafernalia que, como vemos, vendría a coincidir con la utilizada por los escoceses jacobitas, sublevados, una vez más, en 1719.

Sin embargo, el KKK clama que, por esas mismas razones que trata de subrayar por medio de esas señas de identidad, su objetivo es mantener una Norteamérica blanca, anglosajona y protestante…

Algo verdaderamente sorprendente si lo consideramos desde el punto de vista de lo que ocurrió en Eilean Donan en 1719 o en 1745, cuando, recordémoslo, soldados españoles e irlandeses, católicos y al servicio de un rey igualmente católico y nada anglosajón, desembarcaron en Escocia como aliados de los clanes escoceses convocados por las cruces de fuego a combatir a un enemigo hannoveriano de lo más anglosajón y protestante…

Es muy probable que los actuales miembros del KKK que usan esa retórica de escocesismo protestante, clánico y ribeteado de cruces de fuego, nada sepan de ese episodio de Eilean Donan, o el de 1745, y cómo choca frontalmente con la lógica de todo lo que ellos defienden. Como, probablemente, nada sabían de ello los que fundaron el KKK en 1866. Henchidos, por supuesto, de ese característico complejo de superioridad anglosajón tan propio de Inglaterra y sus colonias y estados asociados, como Escocia.

Sin embargo, esos son los hechos históricos que dejan el discurso de esos supremacistas blancos envueltos en sabanas y capirotes en un lugar bastante absurdo. Ese que nos advierte del escaso sentido común que, a veces, muestran los seres humanos, de la facilidad con la que se dejan arrastrar a actos atroces por el miedo irracional, por la ignorancia y por gestos simbólicos muchas veces vacíos de contenido, de lógica.

Como, por ejemplo, la idea de clanes ancestrales reunidos en torno a cruces de fuego para defender a la religión protestante y a la supremacía blanca frente a católicos, negros, “morenos”, “latinos”… que fue justo lo contrario de lo que ocurrió en Escocia en 1719 o 1745. Cuando valerosos soldados españoles e irlandeses al servicio de un rey “latino” y católico, fueron recibidos -con verdadero alborozo- por clanes escoceses en abierta rebelión contra el rey alemán y protestante sentado en el trono de Londres…

Campaña de mecenazgo

Durante varias semanas el correo de la Historia ha sido uno de los medios de comunicación de los que la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” se ha servido para dar a conocer su proyecto de redacción de una nueva Historia de Gipuzkoa que estuviese a la altura de la que ya poseen, desde hace años, otros países y territorios de nuestro entorno.

Nos es grato anunciar hoy que ese objetivo ha sido cumplido con creces. Una ocasión que aprovechamos para agradecer a otros medios su ayuda para lograr ese objetivo y a nuestros 122 mecenas su imprescindible colaboración.

A partir de hoy quedan todavía 6 días en los que, quienes así lo deseen, aún pueden engrosar ese número de mecenas que harán posible nuestra nueva Historia de Gipuzkoa a través del proyecto de Crowfunding lanzado por la Diputación Foral de Gipuzkoa y gestionado a través de Goteo.org. Una posibilidad que puede conocerse mejor a través de este enlace  https://www.goteo.org/project/historia-de-gipuzkoa

 

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Reyes, cardenales, dictadores, fascistas, periódicos y Guerra Civil. La más estúpida (y sangrienta) farsa de la Historia de España (1659-1959)
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Carlos Rilova | 21-11-2016 | 11:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ya dije hace un tiempo que intentaría no hablar, al menos aquí, del tema de la Guerra Civil española. Principalmente porque es un tema histórico rodeado de un ambiente, sencillamente, malsano.

Sin embargo, una de las investigaciones en las que estoy involucrado me ha puesto ante los ojos una tentación verdaderamente difícil de rechazar.

Gracias a la amabilidad del personal de la Biblioteca de la Diputación Foral guipuzcoana Koldo Mitxelena Kulturunea, he podido consultar una fuente verdaderamente rara, casi única, sobre ese episodio histórico que llamamos “Guerra Civil española”.

Se trata del periódico controlado por el que, con muy escasos matices -a veces imperceptibles- podemos llamar partido fascista español. Es decir, “Falange Española y de las J.O.N.S.”.

El título de este periódico -quizás les suene a los más mayores del lugar- era “Arriba”. O lo fue más tarde, a medida que los ardores fascistas se iban apagando poco a poco, cuando el búnker del Führer cayó bajo las tormentas de acero del verdadero Ejército Rojo y no del inventado, para España, por la propaganda franquista.

En la fecha en la que yo lo estoy estudiando, en su fundación en el sangriento verano del 36, “Arriba” todavía se llamaba “¡Arriba España!”. Así, con ese énfasis que los falangistas de primera hora ponían a todo lo que hacían…

El contenido, desde luego, no desmerecía en absoluto del agresivo título que casi hacia tragar al lector, sin digerir, el grito de guerra de los camisas azules.

Los titulares solían ir escritos entre exclamaciones, con mucha expresión de epítetos como “imperial”. Eso cuando aquella ditirámbica intelectualidad de la dialéctica de los puños y las pistolas, no estaba dando rienda suelta a un antisemitismo que ahora cierto revisionismo sobre la Guerra Civil olvida con demasiada frecuencia. O bien cantando las alabanzas del Fascismo italiano o el Nazismo alemán…

Sin embargo, lo más inquietante -para el historiador- de todo aquello que revela aquel “¡Arriba España!” del sangriento verano del 36, es la ignorancia de la propia Historia de España que estuvo detrás de quienes, con argumentos de ese calado, tomaron las armas y colapsaron al gobierno del Frente Popular. El mismo, por cierto, que había en Francia en esas fechas y que, mal que bien, se mantuvo hasta que los nazis declararon la guerra a ese país cuatro años después.

Esa ignorancia supina, reptante, -¿acaso cargada de mala intención, mintiendo deliberadamente?- se manifiesta especialmente en el número de 5 de septiembre de 1936. En él, los falangistas que escribían los titulares se atrevían a decir que, con la toma de Irún por parte de las tropas sublevadas, se lavaba la mancha de lo que esa redacción considera, nada menos, que el primer 98. Ese que habría sufrido España no ante Estados Unidos en Cuba y Filipinas, sino ante la mesa de negociaciones de la Isla de los Faisanes en 1659 siendo obligada a firmar por el cardenal Mazarino la Paz de los Pirineos… Así dicho no parece nada importante, pero para el historiador que ha investigado el tema -y hasta ha publicado un estudio sobre ello- la impresión que causa ese titular no puede ser más escalofriante.

Para empezar, los redactores de “¡Arriba España!”, haciendo gala, como decía, de una ignorancia histórica abisal, consideraban, en primer lugar, que el “segundo 98” (según sus cuentas, el de 1898) había destruido el imperio español. Cosa absolutamente falsa, como podían atestiguar muchos miles de marroquíes y guineanos, que seguían siendo súbditos de un imperio español muy recuperado desde el año 1900 en adelante. Uno que en nada se distinguía del de franceses y británicos en las mismas latitudes. Acaso no en el tamaño, pero sí en el grado y los métodos de explotación ejercidos.

Por otra parte resulta cuando menos asombroso que él o los redactores de ese titular, a los que se suponía intelectuales bien formados, con un bagaje académico, considerasen que estaban salvando a España de una catástrofe secular, iniciada en 1659, tomando a sangre y bayoneta Irún no de manos de un gobierno extranjero, sino del propio que había salido de unas elecciones.

La Paz de los Pirineos -les invito a leer sobre el tema, empezando por “Cardenales, reyes, príncipes y dictadores”, que fue el estudio donde descubrí todos esos resortes históricos- estuvo bastante lejos de ser ningún 98. Esa versión enfermiza de esos hechos data no de 1659 sino, más bien, de 1859. Cuando un político metido a historiador con más furia que talento, como era el caso de Antonio Cánovas del Castillo, impuso esa retorcida interpretación de los sucesos de 1659. No porque fueran ciertos desde el punto de vista histórico, sino porque así le convenía a él y a su carrera política. Una que, por desgracia, le ha dado una fama póstuma mejor y mayor de la que en realidad merecería alguien que dicen que dijo que “español era quien no podía ser otra cosa”, pero en lugar de solicitar -por ejemplo- la ciudadanía suiza, y abandonar un país para él tan despreciable, insistió en ser su presidente de gobierno. Varias veces…

De ese craso falseamiento de la Historia de España provenía el énfasis de esos falangistas redactores de “¡Arriba España!” el 5 de septiembre de 1936. Pero la cosa podía ir aún peor. Y lo fue. Un par de décadas después de escribir esos estúpidos ditirambos sobre que la fratricida batalla de Irún lavaba la supuesta derrota de 1659 (sólo existente en las espesas cabezas de gente como los redactores de “¡Arriba España!”) toda esa sangre derramada se convirtió en una triste farsa.

En efecto, en el año 1959, cuando la masacre ya había culminado y el régimen que apoyaron aquellos falangistas de 1936 sobrevivió traicionando a la misma Alemania hitleriana que fue la única razón por la que logró ganar aquella guerra, esos mismos -o muy parecidos- falangistas bajaron el tono de voz -y la cabeza- ante las potencias a las que insultaban en 1936.

Así es, en 1959, los mismos, o casi los mismos, jerarcas falangistas del 36, ahora con camisa blanca y corbata, con un buen cargo en la Administración de la Dictadura, con algunos kilos de más…, doblaron la rodilla en ese mismo Irún en el que, gracias a un baño de sangre entre ciudadanos españoles, decían estar escenificando la reparación de una imaginaria derrota en el año 1659.

Las circunstancias obligaban. Había que aceptar cualquier mano tendida. La de la Francia gaullista, por ejemplo. Y había que agradar a ese país, que era prácticamente el único que podía evitar el hundimiento económico de un régimen tan patético, tan indigente, que tuvo que traer del exilio a antiguos economistas republicanos para evitar su colapso económico.

Para eso, en definitiva, había valido aquella supuestamente “gloriosa” victoria de septiembre de 1936, que lavaba en sangre española la también supuesta derrota de 1659. Para acabar diciendo a todo que sí, para arrastrarse ante la Francia gaullista en el 300 aniversario de la firma de la Paz de los Pirineos, aullando patéticamente que España se merecía en 1659 ser pisoteada por la Francia de Luis XIV, afirmando -en contra de toda verdad histórica- que ese había sido el verdadero significado de la Paz de los Pirineos.

Así de barata salió la sangre derramada en aquella guerra civil que, bajo esta perspectiva, se torna una farsa ridícula y abominable, una matanza destructiva alentada por ignorantes que ni siquiera conocían su propia Historia y a los que lo mismo les daba escribirla del derecho o del revés. Dependiendo ese relato no de los hechos objetivos, sino de lo que convenía a sus intereses políticos de cada momento. Algunos, como los de 1959, plenamente contradictorios con lo que habían defendido -matando y fusilando sin piedad- en el infernal verano de 1936.

Este martes, a las 19:30 en el Koldo Mitxelena Kulturunea, quienes tengan la suerte de estar en San Sebastián, podrán saber algo más -gracias al ciclo de conferencias que organiza nuestra Asociación- sobre este desquiciado tema de la Guerra Civil, de sus supuestos orígenes y de las, a veces, endebles causas (tan manipuladas por ciertos mistificadores desde la primera década del 2000), de aquella cruel farsa que, como acabamos de ver, fue alentada por gente que ni siquiera conocía bien su propia Historia y se justificaron de cualquier modo. A cualquier precio. Incluso sosteniendo una cosa y su contraria en menos de 20 años. Todo para no abandonar un poder omnímodo, cruel y corruptor ejercido sin control durante cerca de 40 años.

 

Campaña de mecenazgo

Durante varias semanas el correo de la Historia ha sido uno de los medios de comunicación de los que la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” se ha servido para dar a conocer su proyecto de redacción de una nueva Historia de Gipuzkoa que estuviese a la altura de la que ya poseen, desde hace años, otros países y territorios de nuestro entorno.

Nos es grato anunciar hoy que ese objetivo ha sido cumplido con creces. Una ocasión que aprovechamos para agradecer a otros medios su ayuda para lograr ese objetivo y a nuestros 122 mecenas su imprescindible colaboración.

A partir de hoy quedan todavía 13 días en los que, quienes así lo deseen, aún pueden engrosar ese número de mecenas que harán posible nuestra nueva Historia de Gipuzkoa a través del proyecto de Crowfunding lanzado por la Diputación Foral de Gipuzkoa y gestionado a través de Goteo.org. Una posibilidad que puede conocerse mejor a través de este enlace  https://www.goteo.org/project/historia-de-gipuzkoa

 

 

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Un axioma histórico: quien juega con fuego… acaba quemándose. Donald Trump y su victoria en las elecciones presidenciales (1933-2016)
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Carlos Rilova | 14-11-2016 | 10:29| 0

Lo reconozco. No había leído ni a Michael Moore ni a Susan Sarandon y confiaba en que Donald Trump, por el bien general, perdiera las elecciones de un país (USA) con capacidad militar como para destruir el Mundo varias veces.

Pasada la primera impresión, sin embargo, me pareció de lo más lógico que Donald J. Trump, el millonario extravagante, el antipolítico faltón y arrogante que se ha prodigado en televisiones, radios y periódicos los últimos meses…, ganase las elecciones presidenciales frente a otros candidatos de su propio partido y frente a la candidata demócrata.

Es más, la victoria electoral de Donald J. Trump en esas elecciones presidenciales es un síntoma -verdaderamente interesante para el científico social- del momento histórico que estamos viviendo. Uno que se ha estado fraguando desde, por lo menos, la primera crisis del petróleo. Es decir, del año 1973 en adelante.

En efecto, entre 1944 y 1973, las élites de Occidente se plantearon, de un modo muy parecido a las élites del año 1648, que no iban a permitir que se dieran, de nuevo, las condiciones para el ascenso de ideas políticas totalitarias. Como el Fascismo o el Nazismo, que habían conducido a una guerra devastadora muy similar, por otra parte, a la de los Treinta Años que acaba en 1648.

Ese acuerdo para que no se desencadenasen más errores catastróficos como esos, se plasmó principalmente en los llamados “Acuerdos de Bretton Woods”. A grandes rasgos, el objetivo de los mismos era reducir las tasas de pobreza (ya sabrán que Adolf Hitler fue vagabundo antes que “Führer”) y ofrecer seguridad económica y social a una inmensa mayoría. Evitando así situaciones como las que habían llevado a la “Gran Depresión” de los años 30 del siglo pasado. Unas que, a su vez, habían dado lugar a grandes masas de población desesperada dispuestas a agarrarse a un clavo ardiendo. Ya se llamase ese clavo ardiendo Adolf Hitler, Benito Mussolini, o… rellénese la línea de puntos con los numerosos nombres de partidos y movimientos autoritarios o totalitarios (con sus respectivos líderes carismáticos) que tanto proliferaron en aquellos “oscuros treinta”.

Todo funcionó bastante bien hasta el año 1973. A partir de ese momento no sé sabe exactamente qué pasó. Hay teorías para todos los gustos. Algunos de los más reputados intelectuales norteamericanos, como Noam Chomsky, aseguran en obras como “La cultura del terrorismo” que, más que una supuesta escasez de petróleo que llevó al alza de sus precios y el consiguiente encarecimiento de la producción industrial general, las élites dirigentes herederas de los acuerdos de Bretton Woods consideraron que las cosas habían demasiado lejos. Es decir, que tanta seguridad económica había dado lugar a una sociedad en la que se cuestionaban una serie de valores y papeles políticos que eran, o habían sido, la esencia de esas élites que se veían así vaciadas de contenido. En cualquier caso, fuertemente contestadas por eso que se llamó “contracultura” y, por tanto, en proceso de extinción.

Aunque sería más exacto decir en proceso de asimilación en una sociedad que, al menos en el caso de Occidente, se aproximaba rápidamente a un estado muy parecido al que el llamado “socialismo real” prometía sin haber conseguido llevarlo a la práctica. Tanto por sus torpezas económicas, como por la supresión de las libertades personales, que el Leninismo impuso como condición “sine qua non” para perpetrar ese sueño devenido finalmente pesadilla.

Si nos atenemos a la interpretación de Noam Chomsky, que no parece muy alejada de la realidad histórica, esas élites prefirieron hacer saltar por los aires los mecanismos de seguridad planteados tras la debacle de la Segunda Guerra Mundial, antes que permitir que el control social y económico se les escapase -como ellas temían- de las manos. El resto ya es Historia como se suele decir: a partir de 1973 gracias a la propaganda llamada neoliberal, a veces, o neoconservadora otras (las diferencias en el tema económico son casi de matiz entre ambas facciones) el paro estructural se hizo casi obligado y muchas empresas (las grandes sobre todo) aumentaron su ratio de beneficio deslocalizando sus factorías en países con menor grado de desarrollo y, por tanto, menor organización obrera y ridículas legislaciones sociales.

Por otra parte, parece que también hubo una purga intelectual de 1973 en adelante. Así, el modelo de éxito social pasó de ser el héroe contracultural, al estilo del vulgarizado y popularizado por actores como Elliott Gould (por ejemplo en películas como “Harry y Walter van a Nueva York” o, más aún, en “Camino recto” del año 1970) al “yuppie” voraz y feroz, despiadado, sin escrúpulos. Como, por ejemplo, el interpretado por Michael Douglas en “Wall Street”. Es decir, el hombre que triunfa hundiendo empresas y mandando al paro mucha gente al tiempo que trafica con el valor de esas empresas que hunde o levanta a conveniencia.

El resultado de todo esto se hizo patente a lo largo de los años 80 y 90 del siglo pasado. Pasamos de una sociedad basada en principios de seguridad colectiva, a otra en la que se aventaron creencias tan anormales y perversas como que el trabajo-basura, la precariedad y la inseguridad eran incluso de buen tono. Parte del bagaje imprescindible para todo joven moderno y a la última. Basta con repasar series tan populares en su momento (los años 90) como “Friends”, o películas como “Trabajo basura”, y compararlas con el mensaje de la mencionada “Camino recto”, para darse cuenta de que, en efecto, desde 1973 los grandes medios de comunicación de masas como el Cine, variaron su mensaje de manera radical: de la rebelión casi exasperada a la sumisión resignada, más bien abyecta.

¿Adónde nos podía conducir todo eso que ocurrió a partir del año 1973, esos grandes beneficios a costa del futuro y la seguridad de miles de personas, que no sabían qué pintaban en un mundo donde se triunfaba al estilo de “Wall Street” o era mejor estar muerto?.

Parece evidente que a la casilla de salida: al año 1933. Es decir, al punto en el que una parte sustancial de los votantes quedaba -otra vez- en una situación tal, que el primer demagogo que les prometiese futuro y seguridad (aunque fuera a costa de algunos vecinos de religión diferente o tono de piel más oscuro), llegaría al poder legalmente. Tal y como Adolf Hitler lo hizo en ese año.

Quizás -el tiempo lo dirá- ese neoliberalismo, esa globalización, esa precarización estructural de la mayor parte de la población occidental… tan beneficiosa para unos pocos, nos ha llevado incluso a un escenario aún peor que el de 1933.

En efecto, en ese año en Estados Unidos no llegaron a triunfar políticamente figuras como Charles Lindbergh o el padre Coughlin (más o menos los equivalentes de Trump en aquella época). Gracias a eso la Alemania nazi fue militarmente aplastada pocos años después y se levantó un muro de contención contra el totalitarismo soviético. Hoy, sin embargo, la estupidez y la avaricia de unos pocos parece que nos han llevado a un punto en el que el mundo de pesadilla -de unos Estados Unidos en manos de los nazis o de gente muy próxima a ellos- imaginado por Sinclair Lewis en su novela “Eso no puede pasar aquí” o en “La conjura contra América” de Philip Roth, se va volviendo más y más real de hora en hora.

Quizás lo estamos viendo ya, ahora mismo. Plasmado en esas manifestaciones de estadounidenses que se niegan a aceptar el veredicto de las urnas (algo inédito en ese país desde el comienzo de la Guerra de Secesión, en 1861) o buscando pedir asilo político en Canadá, colapsando la red del servicio de inmigración de ese país.

Obviamente me hago cargo, como ser humano, de las lagrimas de la derrotada Hillary Clinton, del asombro de quienes no comprenden cómo ese histrión que ellos ven en Donald Trump ha logrado triunfar con un programa económico que parece calcado del que Hitler aplicó en Alemania en su día y amenaza así con poner coto a sus cuarenta años de beneficios (de 1973 a 2016) a costa de fabricar precariedad e inseguridad y hasta, en el colmo del cinismo más miope, ponerlas “de moda”.

Sin embargo, a esas lágrimas, a ese desconcierto, sólo puedo decir, como historiador, que quien no quiera quemarse en fuegos fascistas o fascistoides -o, como se dice ahora, con ese encantador eufemismo político que vale para todo y para nada: “populismos”- no debería haber atizado dichos fuegos que ahora, tras la victoria de Donald J. Trump, arden con una intensidad cegadora. Advirtiéndonos de que, tal vez, ya sea demasiado tarde para echar marcha atrás y evitar un mundo como el que desembocó en la catástrofe épica de la Segunda Guerra Mundial.

Uno en el que, al final, nadie estaba seguro. Ni siquiera los mismos grandes empresarios alemanes que financiaron a Hitler como “mal menor”…

 

Campaña de mecenazgo

Durante varias semanas el correo de la Historia ha sido uno de los medios de comunicación de los que la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” se ha servido para dar a conocer su proyecto de redacción de una nueva Historia de Gipuzkoa que estuviese a la altura de la que ya poseen, desde hace años, otros países y territorios de nuestro entorno.

Nos es grato anunciar hoy que ese objetivo ha sido cumplido con creces. Una ocasión que aprovechamos para agradecer a otros medios su ayuda para lograr ese objetivo y a nuestros 122 mecenas su imprescindible colaboración.

A partir de hoy quedan todavía 20 días en los que, quienes así lo deseen, aún pueden engrosar ese número de mecenas que harán posible nuestra nueva Historia de Gipuzkoa a través del proyecto de Crowfunding lanzado por la Diputación Foral de Gipuzkoa y gestionado a través de Goteo.org. Una posibilidad que puede conocerse mejor a través de este enlace  https://www.goteo.org/project/historia-de-gipuzkoa


 

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Hitler, Stalin y el oficio de los historiadores. Algunas reflexiones sobre Totalitarismo, Historia e Historia alternativa (1933-2016)
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Carlos Rilova | 07-11-2016 | 10:44| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Como saben quienes siguen, al detalle, este correo de la Historia, no ha faltado algunas veces en su área de comentarios la aparición de la famosa (y vulgar) frase -atribuida a Winston Churchill- de que la Historia la escriben los vencedores y, por tanto, hay tantas “Historias” como historiadores y, por tanto, la Historia no es una ciencia, sino un relato subjetivo de los hechos del pasado.

Supongo que quienes sostienen esa idea errónea -y, por si no lo saben, refutada científicamente por grandes maestros de la profesión como Lucien Febvre y Marc Bloch hace ya cerca de un siglo- pensarán que, la Historia que podamos contar hoy día, variaría radicalmente caso de que viviéramos en uno de esos mundos alternativos que a la Física cuántica (y a la ciencia-ficción) le gusta imaginar. Esos en los que, por ejemplo, todo el planeta ha sucumbido a la Alemania nazi -o a la Rusia stalinista- por una serie de azares que han alterado la Historia tal y como la conocemos.

Así, yo mismo, por ejemplo, de haberse mantenido en esa realidad alternativa las circunstancias personales que hubieran facilitado mi nacimiento y mi posterior dedicación a la Historia académica, escribiría -siguiendo esa lógica- un relato muy distinto, por ejemplo, de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial a los que ya he escrito en esta página años atrás.

No sólo eso, en esa Historia alternativa, mis opiniones sobre Napoleón habrían variado, pues estaríamos en una realidad en la que se le consideraría de modo positivo, como una especie de precursor del “Führer” unificador de toda Europa bajo la égida del Reich alemán, y no se le podría describir -o sería mejor no hacerlo- como el belicoso dictador militar que el general Bonaparte en realidad fue.

Otro tanto ocurriría con todo lo que se podría decir sobre hechos como la Guerra de Secesión norteamericana, la esclavitud o el asesinato de Abraham Lincoln por ese “yo historiador alternativo” en esa realidad -también alternativa- en la que la última guerra mundial habría sido ganada por los nazis.

Hay abundantes ejemplos de esa alteración del discurso histórico en función de la realidad que rodea al hipotético historiador. La ucronía de Robert Harris “Patria” -aparte de un ejemplo de propaganda antieuropea “brexiter” encubierta- es también un ejemplo de cómo todo lo que consideramos aborrecible en nuestra realidad y, por lo tanto, es descrito en términos cuando menos severos en nuestros libros de Historia, ha pasado a ser algo positivo en esa otra realidad en la que la Europa de unos años sesenta alternativos vive plácidamente bajo la férula de un Adolf Hitler que se ha convertido en un paternal dictador. Garante de esa Europa unida, satisfecha y pacífica bajo su “Pax Germánica”. Una en la que, por supuesto, no es visto como un asesino genocida que provocó la muerte de miles de seres humanos y el exterminio de millones, sino un héroe fundador de una nueva edad de oro.

Lo mismo ocurre con el falso documental “CSA”, en el que se describe un mundo alternativo donde los sudistas ganaron la Guerra de Secesión.

El discurso histórico varía, en efecto, radicalmente en esas realidades alternativas, dando así, esos juegos de salón intelectual, la razón a quienes creen que la Historia es un relato relativo.

No lo discutiré. Evidentemente la Historia escrita en una Unión Europea nazi o en un Mundo dominado no por la democracia liberal de los USA, sino por unos triunfantes Estados Confederados de América -como el descrito en “Patria” o en “CSA”- no sería la misma que la que podemos escribir en esta realidad en la que la Democracia y la Libertad de Expresión son valores fundamentales sobre los que se organiza nuestra vida.

Sin embargo, sí introduciré un matiz en esa obcecada idea vulgar sobre los límites del discurso histórico magnificado por esa clase de especulaciones sobre un mundo con valores antagónicos a los que, al menos en teoría, disfrutamos en los países llamados “desarrollados”.

En efecto, sin negar a nadie el derecho de especular con esos modelos teóricos en un laboratorio de Física cuántica -o de eso que llaman “Ciencia noética”- o en una novela, desde el punto de vista de la Historia, como Ciencia, son casi nulas las posibilidades de que las realidades totalitarias, o incluso sólo autoritarias, lleguen a consolidarse más allá de cierto período de tiempo, que, por sólo citar dos ejemplos, podría variar desde unos cuatro años en el caso de la dictadura ultracatólica de Savonarola en la Florencia de finales del siglo XV hasta los cerca de 70 años de la soviética.

Así es, si observamos esas secuencias de hechos en el tiempo, es fácil darse cuenta de que hay algo en la conducta humana -por encima de las distintas épocas- que garantiza tanto la aparición periódica de regímenes liberticidas, totalitarios, como la confabulación de vastas fuerzas históricas para acabar con ellos.

Los ejemplos son sencillos de encontrar. El Imperio napoleónico apenas duró 10 años. El Reich de Hitler -admirador confeso de las hazañas de Napoleón- apenas algo más entre 1933 y 1945.

A lo largo de la Historia es observable, como una pauta casi matemática, que hay un momento en el que una parte clave de la masa humana que sufre esas condiciones sectarias, asfixiantes -inherentes a todo régimen contrario a la Libertad- prefiere arriesgarse a morir en combate abierto -en una revolución, en una guerra…- a seguir viviendo bajo esas condiciones.

En conclusión: es posible que, por un grandísimo azar, pudiera haber existido una sociedad dominada por los valores antiliberales de los confederados norteamericanos o de los nazis alemanes y que, así, la Historia escrita en ese mundo de pesadilla para el punto de vista político sobre el que se organiza nuestra sociedad, hubiera sido muy distinta. Pero no lo hubiera sido durante mucho tiempo.

Lo más curioso de toda esta pauta histórica es, sin embargo, su repetición casi constante a lo largo de la Historia de la Humanidad, reproduciéndose periódicamente la ecuación que acaba, indefectiblemente, en enfrentamiento abierto entre quienes consideran que la Libertad (especialmente la ajena) debe ser sometida y embridada y quienes llegan a un punto en el que no pueden soportar dichas condiciones y dan un vuelco a esa situación para recrear sociedades abiertas, no basadas en la violencia y la anulación de una parte de la sociedad por otra.

Es difícil, en efecto, no deducir de la observación de la Historia en el largo tiempo que, por encima de las distintas épocas y culturas, la Humanidad en su conjunto parece ambicionar un estado de libertad personal como el que se disfruta hoy día en las sociedades llamadas “avanzadas”, pero, aún así, no es capaz de purgar de su seno a quienes -llámense DAESH, ETA, Falange española, IRA, Khmer rojo, Partido nazi, PCUS, Girolamo Savonarola…- creen que el Mundo debe organizarse según los valores contrarios y parecen incapaces de aprender las lecciones escritas en libros de Historia que hablan sobre la caída del Imperio napoleónico o el Reich que iba a durar mil años según la propaganda nazi…

A grandes rasgos, la Historia de los humanos desde que aparecen las primeras sociedades con registros históricos y economías complejas, puede reducirse a ese largo antagonismo entre sociedades que se basan en cada vez mayores cotas de tolerancia y libertad y otras que tratan de negar, durante un período de tiempo variable, ese estado a la mayor parte de sus administrados.

Sin duda una materia interesante sobre la que reflexionar. Incluso más que ver falsos documentales como “CSA”, leer novelas como “Patria” o discutir en una sobremesa ese tópico tan gastado y pedestre de “la Historia la escriben los vencedores”, ya que los vencedores -¿durante cuánto tiempo?- jamás han escrito Historia sino panegíricos y propaganda que, eso sí, han intentado hacer pasar por Historia.

 

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Algo sobre la Historia del derecho a la propia imagen y una pequeña historia de salteadores de caminos (1978-2016)
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Carlos Rilova | 31-10-2016 | 11:03| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Hay un artículo de la Constitución española del año 1978 (el 18 del Título I) que protege, entre otros derechos que incluso nos pueden parecer anacrónicos -como el honor- el derecho a la propia imagen.

Así dicho parece que eso no tenga ninguna importancia histórica, que nada aporte a una publicación que se llama, a sí misma, el correo de la Historia.

Pues no. Ese artículo 18 del Título I de la Constitución de 1978 es verdaderamente revolucionario, pues extiende democráticamente un derecho que, como tal y en la práctica, no existía -como el del honor- para la mayoría hasta bien entrado el siglo XX.

Aprovechando que este sábado pasado concluía en Vitoria un encuentro de fotógrafos que trabajan con las técnicas del siglo XIX, y estuve por allí aprendiendo unas cuantas cosas, vamos a indagar un poco en ese campo nuevo de la Historia que se ha llamado, precisamente, “Historia de la imagen”. En principio dicho campo de investigación histórica no tiene demasiado misterio. Se trata de utilizar las imágenes como fuente de información.

Algo que resulta más fácil a medida que avanzamos por la escala cronológica desde las pinturas rupestres, hasta la era de los móviles con cámara y del palo de “selfies”.

¿Qué podemos aprender, históricamente hablando, de estudiar esas imágenes?. Intentaré resumir. Hasta la llegada de las cámaras fotográficas primitivas, como las que tuve ocasión de ver en funcionamiento en el Palacio de Montehermoso este sábado pasado, la mayor parte de la Humanidad carecía de una imagen propia que proteger del modo en el que la Constitución española de 1978 trata de protegerla.

Salvo contadas excepciones, la mayor parte del género humano no disponía de retratos individualizados hasta la llegada de esos artefactos. Y todavía después la cosa siguió estando bastante complicada. Pongo un ejemplo que puse este mismo jueves pasado en una conferencia que impartí para la Asociación Eragin en San Sebastián.

La conferencia en cuestión versaba sobre la vida de Cristina Brunetti, duquesa de Mandas y Villanueva y esposa, desde 1859, de un eminente victoriano donostiarra, Fermín Lasala y Collado. Más conocido como duque de Mandas desde la última década del siglo XIX, título que obtendrá gracias, precisamente, a ese matrimonio con Cristina Brunetti.

En el momento en que montaba la batería de imágenes para esa conferencia percibí, con total claridad, lo que ya sabía subliminalmente. Es decir, que incluso los muy ricos y poderosos (como era el caso de Cristina Brunetti y su marido) no disponían, ni siquiera en la era de la fotografía, de demasiadas imágenes que proteger.

De ella sólo hay tres. Una en una foto de grupo en la que aparece sentada junto a su marido, en pie tras ella en posición egregia. Hoy es parte del archivo general guipuzcoano en el fondo Duque de Mandas que él legó a la Diputación guipuzcoana a su muerte, en 1917. La otra imagen de Cristina Brunetti está colgada en la página de la Fundación Medinacelli que se dedica a recopilar fichas de la nobleza española. Se trata de una placa de mediados del siglo XIX, quizás de hacia 1860, en la que se puede apreciar una belleza que la hizo legendaria en su época dentro de su círculo familiar y finalmente contamos con un retrato suyo realizado por Palmaroli que data de finales del siglo XIX y es hoy parte de los fondos del Museo San Telmo de San Sebastián.

Eso es todo. Eso y que su marido dejó para la posteridad algún material fotográfico y pictórico más, pero no demasiado.

Comparen eso con los miles de imágenes que tiene hoy día cualquiera. Desde esas de bebé que las madres se empeñan en mostrar en las reuniones familiares para oprobio del interesado o interesada ya en edad adulta, hasta las sacadas durante un puente como el que da comienzo a esta primera semana de noviembre. Evidentemente, así las cosas, un artículo como el 18 -del Título I- de la Constitución de 1978 tiene hoy, y en ese año, todo el sentido del Mundo. Pero no 40 o 50 años antes.

En efecto, como ven por el caso de Cristina Brunetti y su marido Fermín Lasala y Collado, tener una imagen antes de la popularización de las cámaras fotográficas personales desde mediados del siglo XX, era realmente difícil para la mayor parte del género humano. Por suerte otra documentación permite paliar, aunque sea en parte, ese déficit.

Así es, muchos documentos de archivo contienen descripciones de gentes -generalmente audaces- que vivieron en épocas en las que ni siquiera existían las primitivas cámaras de placas de cristal y sales de plata, como las que funcionaron en Vitoria este sábado a pleno rendimiento. Hablo de épocas en las que sólo se aparecía en imagen si se era miembro de la aristocracia, de la realeza, de la burguesía bien acomodada o, como mucho, se era parte -por supuesto anónima- de un cuadro multitudinario en el que el artista reflejaba una batalla o algún otro acontecimiento que alguna mano poderosa quisiera inmortalizar por medio de un óleo.

La excepción a esta pauta eran las descripciones contenidas en procesos judiciales que trataban de dar con algún malhechor. Ya me ocupé de esta cuestión en el año 2013, con el caso de Miguel Antonio de Goiburu. Perfectamente descrito en un proceso de 1815 en el que se le buscaba por ser sospechoso de, como muchos antiguos soldados de las guerras napoleónicas, haberse dedicado al bandolerismo.

Gracias a esa descripción yo pude reconstruir al menos su aspecto exterior, sus ropajes. Lo mismo hice en su momento con algunos otros viejos soldados que habían tomado el mismo camino que él y que actuaron entre territorio guipuzcoano y alavés en el año 1815, durante los llamados “Cien Días”.

En su caso, y gracias al proceso que se formó para dar con ellos, era posible reconstruir no sólo su vestimenta sino el que podría haber sido su aspecto físico. Por razones obvias de espacio me centraré sólo en uno de ellos verdaderamente llamativo. Según la descripción era un hombre que hablaba en euskera con acento de Tolosa, vestía una chaqueta corta de aspecto militar, de color negro o azul oscuro, y un pantalón negro de rayas. Se tocaba con una gorra de copa plana rematada con una cruz (muy similar a las que en esas fechas usaba el reconstituido Ejército prusiano, aunque la descripción no es tan minuciosa a ese respecto) y calzaba abarcas. Aparte de eso portaba una pistola, cartuchera y una escopeta para, obviamente, desvalijar a sus futuras víctimas bajo esa amenaza. Además se le describía como un hombre de barba cerrada y roja, ojos claros, de unos 36 años y de altura normal.

Él y otros compañeros, desplegándose en el camino que salía desde Vitoria hacia el Norte con una destreza que recordaba, en efecto, a veteranos de las guerras napoleónicas, desvalijaron de un considerable botín a Su Alteza Real el duque de Borbón, el 18 de abril de 1815, entre las 12 y la una de la tarde de aquel día.

Su Alteza, que tuvo una vida ciertamente novelesca, como de folletín de Dumas, perdió en ese asalto una considerable parte de su fortuna que había traído consigo a España cuando Napoleón escapó de Elba y quiso ajustar cuentas con Luis XVIII y su familia, de la que el duque era una parte considerable.

El duque no perdió su imagen, desde luego, porque en ese convoy no había cuadro o grabado alguno de los que mandó hacer para que quedase memoria de una vida que acabó de forma rocambolesca, pero gracias a este notable episodio sí fue posible, dos siglos después, reconstruir la imagen de ciertas personas que, de otro modo, como muchos otros millones anteriores a la era del teléfono con cámara, carecieron de ella y, por supuesto, no tenían derecho alguno que reclamar sobre ella, como sí nos lo reconoce la Constitución de 1978.

Quizás gracias a esa incapacidad para generar “selfies” posando junto al cuantioso botín, este bandido y sus cómplices lograron escapar con él sin que nunca más se supiese (hasta la fecha de hoy al menos) de ellos ni de aquella parte de la millonaria fortuna del duque de Borbón…

 

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No se fíen de las “grandes” fechas de la Historia: De la Paz de Westfalia en 1648 a la batalla de Trafalgar en 1805…
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Carlos Rilova | 24-10-2016 | 08:28| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy se cumplen 368 años de la firma de la Paz de Westfalia, sellada por múltiples dignatarios europeos un 24 de octubre de 1648.

Me ha parecido, por tanto, una gran ocasión para dedicarle a estas cuestiones de las efemérides históricas, y su alcance, este nuevo correo de la Historia.

Me he decidido por este tema por lo que vi y viví este viernes pasado. Resulta que en tan señalado día se cumplían 211 años de la batalla de Trafalgar, que tuvo lugar un 21 de octubre de 1805.

En las redes sociales tuve ocasión de asistir, con renovado estupor, a la repetición de “tuits” que recordaban las desgracias de ese día. Por ejemplo, algo que toca muy de cerca a esta tierra guipuzcoana desde la que escribo: la muerte de Churruca en esa batalla. También se habló mucho de la superior capacidad de fuego de las baterías británicas sobre las españolas. Por ejemplo, las del Santísima Trinidad, que sólo hacían un disparo por cada tres que podían realizar los británicos.

Los “tuits” anglosajones eran aún más contundentes. De hecho, me resultaban fascinantes como historiador. Repetían, con menor o mayor autoridad académica detrás, que esa batalla supuso el dominio de los mares por parte de Gran Bretaña. En fin, que, pese a la muerte de Horatio Nelson, aquello fue una gran y magnífica derrota a la que poner cuatro ruedas, por así decir, e ir enseñándola por el Mundo. En cómics, novelas históricas, platós de Televisión y Cine, documentales, etc…

Pues sí, era realmente fascinante ver a mucha gente interesarse por la Historia y realizar actos mágicos, de Numerología o algo parecido, con esos hechos, con esas cifras supuestamente rotundas (1805, pero hoy también 1648), absolutamente históricas en el sentido más popular que se da a ese adjetivo.

Sí, históricas en tanto en cuanto quienes aludían a ellas parecían querer dar a entender que en esas fechas, el 24 de octubre de 1648 o el 21 de octubre de 1805, ocurrieron cosas que variaron el curso de la Historia de manera absolutamente radical.

Así, por ir por orden cronológico, se supone que con la firma de la paz de Westfalia hace hoy 368 años,  España perdía su hegemonía sobre Europa, cediendo el testigo a Francia.

La realidad, vista desde los hechos históricos, no puede ser más discutible. La Francia de Luis XIV, o más bien del cardenal Richelieu y su aplicado discípulo, el también cardenal Mazarino, distará mucho de lograr ese objetivo de dominio sobre Europa.

De hecho, la guerra con España deberá continuar once años más, hasta que en 1659 ambas potencias, que desde 1648 se han combatido prácticamente en solitario, acuerdan firmar una paz -la de los Pirineos- que más bien resultará una tregua, pues la corona española no está dispuesta a ceder ni un palmo. Ni en la mesa de negociaciones de la Isla de los Faisanes, ni después, encabezando, y financiando con su control del flujo de plata mundial, toda una serie de alianzas europeas contra Luis XIV y sus aspiraciones de dominio universal.

El punto más alto de esa estrategia llega en 1697, con la llamada Paz de Ryswick en la que Luis XIV constata el estado ruinoso en el que está quedando Francia, tras soportar las sucesivas guerras que han sostenido en contra de sus ambiciones diversas coaliciones, financiadas y apoyadas militarmente por España.

Una estrategia que traerá no pocas sorpresas a algunos leales súbditos de la corona española. Como los próceres guipuzcoanos que descubren al principio de la Guerra de Holanda (1672-1678) que una gigantesca flota de guerra de esa nacionalidad -holandesa- entrará en el Puerto de Pasajes no como enemiga, sino como aliada en contra del adversario común: la Cristianísima Majestad de Luis XIV, rey de Francia y de Navarra…

En el caso de la batalla de Trafalgar, por seguir el estricto orden cronológico, ocurre otro tanto. Apenas tres años después de que haya tenido lugar esa “definitiva” victoria sobre Napoleón y su aliada de esos momentos, la España de Carlos IV, en Londres se espera ansiosamente que ocurra algo en el continente que detenga -de una vez por todas- a un Napoleón al que (como se sabe bien en Gran Bretaña) la Royal Navy no podrá detener indefinidamente y contra el que esa potencia no cuenta prácticamente con ningún ejército de Tierra que pueda oponerse a sus bien fogueadas y veteranas tropas.

En julio de 1808 brillará, al fin, ese rayo de esperanza que el gobierno de Londres llevaba mucho tiempo esperando: la Infantería pesada de su antiguo enemigo en Trafalgar -esto es: el reino de España- se enfrenta con esas tropas napoleónicas y demuestra que se les puede vencer. Al menos si se sabe como volver contra ellas sus propias tácticas…

Ese fue el verdadero alcance de la victoria de Trafalgar. Es decir, el de que Gran Bretaña necesitará, finalmente, que sus antiguos enemigos se vuelvan contra Napoleón para cuando, más pronto que tarde, la espesa red tendida por la Royal Navy victoriosa fuera rota por las tropas napoleónicas. Quedando así abiertas las playas de Dover al desembarco de miles de efectivos que no habrían tardado en aplastar la débil resistencia de un Ejército británico que, desde luego, estaba muy lejos de ser el que se forjó durante la Guerra de Independencia española, apoyado en la enconada estrategia de desgaste puesta en marcha por los patriotas españoles desde julio de 1808.

Como ven una buena materia de reflexión para tal día como hoy, en el que se firmó una paz, la de Westfalia, que, como hemos comprobado, habría tenido un alcance histórico más limitado que el que algunos van a intentar darle -como a la batalla de Trafalgar- en sólo 140 caracteres aprovechando esa circunstancia.

 

Campaña de mecenazgo: desde hoy y especialmente a partir del 15 de septiembre, la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” está involucrada en una campaña para buscar mecenas que quieran entrar en la Historia gracias a una aportación económica para la redacción de una renovada “Historia de Gipuzkoa” que, en estos momentos, redactan varios especialistas de la asociación.

Quienes tengan interés en formar parte de ese proyecto como mecenas o financiadores del mismo, pueden consultar una información más amplia en este link  https://migueldearanburu.wordpress.com/proyecto-de-mecenazgo-para-la-historia-de-gipuzkoa/

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¿Y la Leyenda Negra?. ¿Bien, gracias? (1516-2016)
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Carlos Rilova | 17-10-2016 | 09:48| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No descubriré América si digo que esta semana pasada ha vuelto a celebrarse el Descubrimiento del citado continente. Ocasión una vez más aprovechada para celebrar -o algo así- el Día de la Fiesta Nacional en España.

Cómo no, también una vez más, la Historia de ese atribulado país se ha convertido, en tan destacada fecha, en arma arrojadiza de tirios y troyanos.

Así, desde el extraño Progresismo español de nuevo cuño que nos dice va a resolver todos nuestros problemas -con recetas algo raras a veces, por ejemplo aboliendo la familia y sustituyéndola por la tribu…- se ha aprovechado, otra vez, para decir que no hay nada que celebrar el 12 de octubre, que esa fecha es el inicio del expolio de América y sus habitantes nativos.

Los “opiniónologos” alineados (se supone) con lo que podríamos llamar cierta ideología de la Derecha española “de toda la vida” (aunque en realidad data del año 1914 más o menos y es un ente, lo sepa o no, auspiciado por potencias extranjeras) ha respondido, sublevada (una vez más en los últimos ochenta años), que ese día es el día en el que América descubrió la verdadera Fe (la católica, apostólica y romana), que sólo por eso debían estar agradecidos los nativos americanos y que quien se considere español debe celebrar esta fiesta exclusiva y excluyentemente bajo esas premisas…

El Progresismo español de viejo cuño no ha dicho gran cosa respecto a unos argumentos ni respecto a otros. Más o menos como el Centro de viejo y nuevo cuño.

El historiador, en cualquier caso y un poco estomagado, se ha llevado la impresión de un cuadro de una ranciedumbre -a izquierda y derecha- bastante impresionante y, sobre todo, la sensación de una pérdida de tiempo, dinero y energías colectivas preocupante en un país que lleva años desangrando su propia inteligencia, enviándola -y no precisamente en sentido figurado- a fregar suelos a “Europa”.

Sí, una vez más, lo que más he echado en falta en este 12 de octubre es un discurso mínimamente coherente, veraz y reflexivo históricamente.

Sí, una vez más, he visto que la intelligentsia española, de todo color, se ha dedicado a tirarse a la cabeza toda clase de trastos mostrencos en lugar de marcar ese 12 de octubre como el punto en el que iban a sentarse a discutir razonablemente, y poner en hechos, un discurso que desarmase otro mucho más potente, que está convirtiendo ese país en el que todos ellos viven en una verdadera piltrafa.

Los rastros históricos de ese discurso que todas las cabezas pensantes, todos los “creadores de opinión”, de España, deberían aprovechar para combatir cada 12 de octubre, son recientes y, por lo tanto, sumamente influyentes en la actualidad.

Hay un ejemplo verdaderamente llamativo. Hablemos de él. Se trata de una serie de Televisión de los años setenta, de factura francesa, y con la que muy probablemente se educaron quienes ahora ocupan subsecretarías y algún que otro ministerio.

Su título fue “Érase una vez el hombre” y contaba, en varios capítulos de dibujos animados un tanto planos, la evolución de la Humanidad desde la Prehistoria hasta la Era espacial.

El episodio 15 y los dos que le seguían son particularmente llamativos para el caso que nos ocupa. Describen uno la conquista de América por los españoles y los otros dos la Inglaterra de Isabel I y la creación de la República de Holanda a partir de la rebelión contra España, allá a finales del siglo XVI, durante el reinado de Felipe II.

“Érase una vez el hombre” era una serie muy didáctica y muy puesta al día de aquellos maravillosos años setenta. Aún hoy día se puede palpar en las imágenes -aunque sea en los fascículos que se comercializaron en su día aprovechando el éxito televisivo- su frescura, su jovialidad, el desenfado con el que trataba los hechos históricos y la manera fácil y didáctica de hacérselos llegar a los niños y menos niños. Nada que ver, desde luego, con la escuela repetitiva y de “la letra con sangre entra”.

Sin embargo, el mensaje que transmiten episodios como esos no tenía nada de moderno, ni de progresista, bajo esa envoltura que sí parece moderna y progresista.

En efecto, el episodio 15, dedicado a la conquista española de América, está claramente inspirado -salvo en muy pocos matices- en la Leyenda Negra aventada primero por los rebeldes holandeses y luego por franceses y británicos entre el siglo XVI y el XIX. Así se aprendía fuera de España (porque TVE se negó a emitir ese episodio aunque lo financió…), que la conquista española de América fue un episodio oscurantista, luctuoso, en el que se barrieron grandes civilizaciones como la azteca sólo para satisfacer, en definitiva, a hidalgos fanfarrones y que no querían ni oír la palabra “trabajar”, que sólo sabían saquear y atesorar el oro y la plata de América, o, como mucho, encargar cuadros al Greco…

El episodio siguiente, el 16, era pura propaganda elisabetiana. Así, la mayor parte de él se dedicaba a cantar las alabanzas de Francis Drake y su vuelta al Mundo en 1578, ninguneando la primera de ellas. La culminada por Juan Sebastián Elcano. Asunto al que esta serie apenas le concedía algunas escenas en el episodio 15.

Finalmente el episodio 17, el que glosaba el nacimiento de las Provincias Unidas holandesas, describía un capítulo positivo, de progreso de la Humanidad gracias a esa pequeña y valiente nación que, haciendo grandes descubrimientos científicos, se extendía por todo el mundo, convirtiéndose en un vasto imperio comercial…

De los tres episodios que, en definitiva, no hacían sino repetir la propaganda de guerra holandesa puesta en marcha por Guillermo de Orange (antes de morir a manos de un sicario de Felipe II), se eliminaban matices tales como que las altas civilizaciones precolombinas -la azteca por ejemplo- hacían sacrificios humanos y practicaban el canibalismo ritual. O, por no hablar otra vez de las corruptelas y sonadas derrotas de sir Francis Drake, pasadas por alto por “Érase una vez el hombre”, que el imperio colonial holandés fue no menos cruel de lo que pudo serlo el español. Como está comprobado históricamente por historiadores competentes de toda nacionalidad. Incluida la holandesa.

Bien, ese discurso histórico popular ha calado, que duda cabe. Sigue ahí, de forma subliminal por lo menos y ante él, ya lo ven, el 12 de octubre nada se hace en España sino ahondar la división y la ceremonia de la confusión en la que se convierte, de día en día, con o sin gobierno, esa cuarta economía de la Unión Europea.

Es así evidente que el fracaso de esa nación está siendo un éxito, que todo viene a coincidir -más o menos- con el plan que se le trazó desde fuera de sus fronteras a partir del siglo XVI, convirtiéndola en un país estrambótico, en un apestado internacional ajeno a todo lo que tuviera que ver con Europa. Un desastre intelectual que uno de los últimos intelectuales verdaderamente europeístas que tuvo España, Álvaro Alcalá Galiano -hoy prácticamente desconocido-, ya describía perfectamente en 1915, indicando cómo una gran parte del poder político, intelectual y militar en España, es abducido desde esas fechas para que el país pudiera ser dominado sin siquiera necesidad de ser derrotado militarmente.

A mí, como científico, al fin y al cabo todo esto no me conmueve visceral o emocionalmente. Sí lamento, desde luego, la mala suerte de vivir y tener todos mis intereses materiales en un país que, de día en día, de año en año, de 12 de octubre en 12 de octubre, se parece cada vez más a una ratonera, a un callejón sin salida en el que se grita -cada vez más fuerte- la suicida consigna de “¡Muera la Inteligencia!”. Como parecía darlo a entender -¿o no?- claramente la bandera que cubría a uno de los participantes en ese último desfile militar de 12 de octubre. Una ceremonia que, vista desde la Historia, cada vez parece tener menos sentido, menos razón de ser, en un país como la España actual…

Campaña de mecenazgo: desde hoy y especialmente a partir del 15 de septiembre, la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” está involucrada en una campaña para buscar mecenas que quieran entrar en la Historia gracias a una aportación económica para la redacción de una renovada “Historia de Gipuzkoa” que, en estos momentos, redactan varios especialistas de la asociación.

Quienes tengan interés en formar parte de ese proyecto como mecenas o financiadores del mismo, pueden consultar una información más amplia en este link  https://migueldearanburu.wordpress.com/proyecto-de-mecenazgo-para-la-historia-de-gipuzkoa/

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“Dicen que vienen los rusos por las ventas de…”. Notas sobre guerras inevitables y guerras realmente estúpidas (1823-2016)
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Carlos Rilova | 13-10-2016 | 11:43| 5

Por Carlos Rilova Jericó

Recapitulemos los hechos tal y como han sido. El incidente tuvo lugar en la última semana de septiembre. Concretamente dos superbombarderos de la Federación rusa Tupolev-160, viajaron por gran parte del espacio aéreo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Una alianza militar de la que, nos guste más o menos, formamos parte desde el año 1986, después de un accidentado referéndum, que, como muchos otros referéndums que en este mundo han sido, y serán, no contentó a todos por igual.

Los dos bombarderos rusos hicieron una verdadera demostración de fuerza, poniendo en situación de ataque a varios cazas de combate de distintos países de esa organización (la OTAN, para abreviar). Entre ellos dos españoles, porque el viaje de los Tupolev terminó en Bilbao…

Un panorama ciertamente inquietante. Más todavía si nos enteramos de la noticia casi dos semanas después. Lo cual es una señal evidente de que se mantuvo en secreto y lo mismo podríamos no habernos enterado nunca. Una política informativa que lleva a temer que, si se ha hecho público algo que ha podido permanecer en secreto durante casi dos semanas, es por alguna muy buena razón.

Es lo que venía a darnos a entender, medio en broma, medio en serio, un comentarista de “El País”, Jorge Marirrodriga, con su artículo sobre el tema en la página de opinión de ese diario del 6 de octubre de 2016.

Decía Marirrodriga que el caso de los dos Tu-160 sobre el Abra bilbaína no es una novedad, que sobre el Báltico hay escaramuzas entre fuerzas aéreas de la Federación Rusa y de la OTAN casi cada semana. Y parece que, como son a gran altura, las posibilidades de enterarse de tales incidentes ha sido nula hasta que se ha destapado la caja de los truenos al revelar -por las razones que sea- el desafiante vuelo de los dos Tupolev 160 desde Noruega hasta Bilbao.

Hasta ahí llega todo lo que yo puedo decir -o más bien recapitular- sobre ese incidente. Sobre la Historia del mismo sí que puedo -y seguramente debo- decir algo más.

Lo primero que me vino a la cabeza al saber del incidente, fue preguntarme qué es lo que estaba pasando en estos momentos por la de los estrategas rusos para incurrir en ese comportamiento desafiante que, si no en el fondo, sí en la forma, parece ir aún más lejos que los peores incidentes de la “Guerra Fría”. Como, por ejemplo, la famosa crisis de los misiles emplazados en Cuba, justo al lado de Estados Unidos.

Obviamente cualquier problema que la Alianza Atlántica -de la que, insisto, formamos parte- pueda tener con la Federación Rusa, no pasa, hoy, por supuestas diferencias ideológicas como las que alimentaron la Guerra Fría entre 1945 y 1989. No. No hay querella ideológica con los rusos de hoy día que justifique que dos superbombarderos suyos se lleguen hasta Bilbao en un claro gesto de amenaza, indicando que pueden borrar del mapa uno de los principales centros urbanos, económicos, financieros… de Europa occidental si quisieran.

La Rusia de hoy día, se diferencia en muy pocos detalles de Occidente tras el colapso soviético a finales del verano de 1989. Pueden encontrarse en Moscú y San Petersburgo, como en Londres, o París, o Bilbao, las mismas tiendas, las mismas cadenas de ropa, los mismos restaurantes de comida rápida o de lujo, los mismos magnates enriquecidos de manera fulgurante gracias a sus habilidades para operar en un mercado globalizado del que, a casi todos los efectos, es parte esa Federación Rusa.

Por supuesto, también se pueden encontrar allí las mismas cotas de miseria y desigualdad que genera ese mismo mercado globalizado, que golpeó duramente a una sociedad -la rusa- perdedora del enfrentamiento entre un modelo económico y otro, donde hubo que aprender, rápidamente, lo que un estado casi omnipotente -el soviético- había estado negando durante 8 décadas, desde 1917.

Así pues, lo que sea que enfrente a la Federación rusa y a Occidente nada tiene que ver con la defensa de dos maneras distintas de ver el Mundo. Como ocurrió entre 1945 y 1989.

O en 1823, cuando en España se temía, más o menos seriamente, que las tropas rusas -tenidas por casi invencibles desde 1812 hasta los sucesivos desastres de los Lagos Masurios en 1914 y 1915- llegasen no ya hasta Bilbao, sino hasta las afueras de Madrid, hasta Alcorcón, como decía la copla burlesca que da título a este nuevo correo de la Historia. En ese caso para acabar con el régimen parlamentario español e imponer de nuevo a Fernando VII como una especie de zar meridional, con los mismos poderes absolutos y despóticos que usaba su gran amigo. El zar Alejandro I, amo casi absoluto de Europa tras la derrota de Napoleón.

No, el enfrentamiento actual entre la OTAN y Rusia tendría que ver más bien con lo que ocurrió en 1914. Es decir, una guerra entre estados con sistemas políticos y económicos muy similares que disputaban entre ellos por el control del Mundo y sus recursos.

La Federación Rusa quiere una parte de ese pastel, como la quería el káiser Guillermo II en 1914. Un pastel en el que se incluye también una fuerte dosis de orgullo patriótico ruso herido, que quiere hacerse valer en Washington, Londres… Basta con ver películas rusas postsoviéticas, como “La espada del rey” o “El almirante”, para darse cuenta de la clase de nacionalismo que se ha exacerbado en ese país desde el colapso soviético.

Con ese combustible -casi el mismo que llevó a la muerte a miles de soldados rusos en los Lagos Masurios en 1914 y 1915- se alimenta esta guerra -hasta ahora sorda y fría- que tanto se parece a aquella guerra en definitiva absurda que fue la “Gran Guerra” o Primera Guerra Mundial. Donde una serie de faltas de tacto y diplomacia y el deseo ferviente de imponerse por medio de la guerra y la violencia (sobre todo por parte de la Alemania imperial) llevaron a un enfrentamiento que liquidó a aquella opulenta Europa de la “Belle Époque”. Rica, culta, sofisticada, pero incapaz, al final, de expresarse y resolver graves conflictos sociales, políticos y económicos, sin echar mano de la guerra. ¿Verdad que suena realmente absurdo?.

Suena todavía más absurdo si consideramos que, cien años después, no vamos a ser capaces de arreglar estas mínimas diferencias sin llegar a la misma -o peor- debacle a la que llegó una sociedad -la europea de la “Belle Époque”- a la que hoy miramos con superioridad y condescendencia, creyéndonos mejores y más sabios porque en verano nos vestimos con camisetas y gorras en lugar de canotiers y cuellos duros y porque las mujeres ya no usan corsés…

Da que pensar todo esto. Sin duda. Pensemos pues.

 

Campaña de mecenazgo: desde hoy y especialmente a partir del 15 de septiembre, la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” está involucrada en una campaña para buscar mecenas que quieran entrar en la Historia gracias a una aportación económica para la redacción de una renovada “Historia de Gipuzkoa” que, en estos momentos, redactan varios especialistas de la asociación.

Quienes tengan interés en formar parte de ese proyecto como mecenas o financiadores del mismo, pueden consultar una información más amplia en este link  https://migueldearanburu.wordpress.com/proyecto-de-mecenazgo-para-la-historia-de-gipuzkoa/

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El submarino gris plomo. Historias de la Historia de la “Gran Guerra” (febrero de 1917 en la Costa Vasca)
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Carlos Rilova | 03-10-2016 | 09:00| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ésta de la que hoy hablaremos aquí, aunque sea sólo breve, resumidamente, es una fracción de la Historia que muchos pensarán fue imposible.

Principalmente porque el escenario en el que tuvo lugar está, valga la redundancia, fuera de lugar. Al menos en un imaginario histórico muy limitado, como ocurre con frecuencia -y no creo que me canse de repetirlo- con el nuestro, el de más allá del Sur de los Pirineos.

El caso ocurrió en el mes de febrero de 1917, cerca de esa famosa cordillera. Fue reflejado en varios periódicos de San Sebastián. En aquel momento una ciudad importante por, entre otras razones más allá de ser un centro de veraneo de élite, ser lo mismo que Berna o Estocolmo. Es decir: una importante capital de un país neutral en la guerra que llevaba ya tres años desgarrando Europa, desde agosto de 1914, y de la que, por supuesto, ya hemos hablado por aquí unas cuantas veces y, espero, habrá ocasión de hablar otras tantas más.

Las versiones que se dieron sobre aquel incidente son de lo más reveladoras. Los periódicos germanófilos como “La Constancia” -ya recordarán que hablé de tan peculiar rotativo no ha mucho- pasaron de puntillas sobre el asunto. Los aliadófilos, o al menos anti-germanófilos, explotaron el tema durante bastantes páginas, ofreciendo toda clase de detalles.

Ese fue el caso de “El Liberal Guipúzcoano”. Su corresponsal en el lugar de los hechos, el puerto de Fuenterrabía (la actual Hondarribia), oyó de primera mano los disparos, desde el fuerte de Guadalupe, donde estaba comiendo con el comandante de esa plaza militar, amigo personal suyo.

Con un olfato periodístico digno de Pulitzer, el corresponsal de “El Liberal Guiúzcoano” corrió a informarse al puerto, ya que los disparos, de Artillería por cierto, procedían del mar.

Allí se encontró con varios patrones de pesca hondarribiarras a los que conocía personalmente. Incluso por sus apodos (Cashimiro “Póthoa”, por ejemplo), que le contaron, literalmente, el gran susto -en sus propias palabras- que habían pasado.

El “gran susto” en cuestión consistió en que aquellos tres barcos, que habían ido a faenar cerca de la altura de Bayona, vieron emerger un moderno monstruo marino cerca de dónde estaban. Se trataba de un submarino de la Marina Imperial de Guerra alemana, descrito como de color gris plomo, como aquellas aguas…

Lo primero que pensaron aquellos marineros hondarribiarras es que los lobos marinos del káiser iban a hacer con ellos lo mismo que, se sabía bien, habían hecho con muchos barcos neutrales. Es decir, hundirlos para dar un aviso a navegantes (nunca mejor dicho) sobre quién dominaba los mares en esos momentos. Pues ese era el objetivo de la feroz guerra submarina que había desatado Alemania contra los aliados y, especialmente, contra Gran Bretaña, a la que quería aislar por mar, impidiendo que llegasen a ella alimentos, suministros, piezas de repuesto, etc…

Uno de los marinos, en medio de los nervios comprensibles en esa situación -imaginemos a tres modestos barcos de pesca vascos en el punto de mira de un submarino imperial alemán-, pensó que debían derivar hacia la costa, alejándose del “U-boot”, desplegando la bandera española, neutral…

Tuvieron suerte, más que otros colegas que sí cayeron a manos de otros submarinos alemanes, “por accidente”, según la versión oficial al menos…

El “U-boot” en esta ocasión sólo quería atacar la costa de Bayona. Y eso es lo que hizo, efectuar hasta dieciocho disparos con su cañón de cubierta contra las fábricas del Bocau, causando daños considerables y, al parecer, varias víctimas.

Todo aquello, según informaba “El Liberal Guipúzcoano”, derivó en una pequeña batalla naval, ya que las baterías costeras emplazadas en Bayona devolvieron los disparos, obligando finalmente al submarino alemán a sumergirse de nuevo.

Como vemos, por inesperado que pudiera parecer, una fracción de la Costa Vasca, de ambos lados de la frontera, se convirtió en escenario de uno de los miles de combates que, en conjunto, durante cuatro años, forjaron, en sangre, fuego y acero, ese hecho histórico que hoy llamamos “Primera Guerra Mundial”.

Por supuesto aquello no fue una mera anécdota, una casualidad. Era, al contrario, un hito más de un plan muy bien pensado para desmoralizar y aterrorizar a las potencias de la Entente y amedrentar a los neutrales en aquella guerra.

“El Liberal Guipúzcoano” no tenía dudas al respecto: Alemania estaba muy al tanto de lo que pasaba por esa parte de los siete mares. Lo estaba, de hecho, gracias a una bien organizada red de espionaje que había dado señales de vida pocos días antes de que se produjera el ataque que a punto estuvo de causar una desgracia entre los pescadores hondarribiarras. El farero de esa localidad podía dar fe de que dos caballeros de aspecto teutónico le habían hecho toda una serie de preguntas a ese respecto, antes de que aquel submarino de color gris plomo abriese las aguas en medio de los barcos de pesca de aquella ciudad que faenaban ante Bayona…

Esto no es nada más que un retazo de un hecho histórico inabarcable en toda su magnitud y más aún para quienes, por ser ciudadanos de una potencia neutral en ese conflicto, creemos, o hemos creído hasta ahora, que nada de aquello tenía que ver con nosotros y nuestra Historia.

Es evidente por documentos como los que acabamos de analizar aquí, que eso no fue así.

Quienes estén más interesados en conocer, siquiera algo mejor, ese fragmento desconocido de una Historia que es también nuestra, pueden pasarse, si están de visita en San Sebastián -algo muy de moda últimamente- por la Casa de Cultura de Ayete a partir de este martes 4 de octubre. O esperar hasta noviembre y solicitar un ejemplar del siguiente Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián, donde podrán leer, con más tiempo y en más espacio, sobre otros muchos incidentes como éste que, en conjunto, forman otro capítulo de la Historia de la “Gran Guerra”, en el que, quizás, habrá quienes puedan reconocer a algún ancestro cercano que, involuntariamente, o no, se convirtió en parte de aquellos hechos, de un modo u otro…

Tal vez como marinero que veía emerger un moderno Leviatán gris plomo de la nada, acaso como periodista que escribía sobre hechos así, o, simplemente, actuaba como “agente X” que llevaba y traía información por territorio neutral. Aquella mercancía tan cotizada entonces y tan traficada en muchas redacciones periodísticas. Desde Nueva York hasta Berlín, pasando, sí, también por San Sebastián…

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