Diario Vasco
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El asesinato de Jo Cox. Algo de Historia sobre la violencia política en Inglaterra (1616-2016)
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Carlos Rilova | 20-06-2016 | 09:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que una pregunta razonable tras leer el título de este nuevo correo de la Historia, podría ser qué tiene que ver la Historia con el asesinato de la joven diputada laborista inglesa Jo Cox el 16 de junio de 2016.

La pregunta a una hipotética respuesta como esa podría ser una consigna del movimiento contestatario de los años setenta, que venía a decir que todo era Política.

Con la Historia pasa algo parecido, todo hecho del Presente tiene una raíz en el Pasado, es decir, en la Historia, y conocer esa raíz, obviamente, nos permite comprender mejor lo que ocurre hoy día ante nuestros demasiadas, veces atónitos ojos.

Eso, desgraciadamente, es lo que se puede decir sobre el asesinato de esa prometedora diputada laborista inglesa que  ha sido muerta de un modo triste y vil por un hombre trastornado y fanatizado políticamente.

En efecto, la muerte de Jo Cox es todo un indicio, un detalle de cómo se está degradando la vida política en Inglaterra y el resto de Europa en el largo tiempo histórico.

Empecemos por una visita a la Inglaterra y la Europa de comienzos del siglo XVII. Lawrence Stone, un eminente historiador británico, ya advertía, en su obra sobre la crisis de la aristocracia inglesa entre 1588 y 1641, lo históricamente falso que resultaba el tópico, alimentado desde Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XIX, de que los británicos -en general y sus clases altas en particular- eran tipos altamente civilizados, flemáticos, que arreglaban sus diferencias pacíficamente, incluso con algo de humor sarcástico.

Por el contrario a comienzos del siglo XVII, nos dice Stone, lo normal entre la nobleza inglesa era que los altos lores y de ahí para abajo -cada cual según sus posibilidades- fueran acompañados de un séquito de sirvientes que, por lo general, eran reclutados entre gentes para las que el oficio de las armas y la violencia eran lo más común del mundo.

Stone da cuenta de algunos episodios en los que los séquitos de miembros de la nobleza se enfrentan a pistoletazos y estocadas en las calles inglesas por cuestiones que hoy nos pueden parecer nimias, pero que entonces tenían mucho, demasiado, significado. Como ocurría con la precedencia en honores. Por ejemplo a la hora de ceder el paso en una calle concurrida.

Stone nos cuenta también que los nobles que capitaneaban, y pagaban, esos séquitos de sirvientes armados y con -digamos- talento para la violencia, no solían ser los últimos en entrar en las batallas campales de bolsillo organizadas en el momento y lugar más insospechado. De hecho, solían ser, como era hasta cierto punto lógico, los primeros, pues quienes formaban sus séquitos sólo hacían uso de las armas cuando lo ordenaban esos caballeros, que eran quienes les pagaban y otorgaban signos de distinción social. Como, por ejemplo, vestir la librea con el escudo de esos nobles amos. Todo un salvoconducto que abría puertas y ganaba respeto a quienes portaban tales emblemas.

Lo cierto es que esa violencia de sesgo político en Inglaterra, como en el resto de Europa, fue quedando obsoleta, desautorizada, sólo a través de un proceso lento y con muchos altibajos. Entre 1642 y 1745 Inglaterra sufre, primero con intensidad y luego a espasmos, un largo ciclo de guerras civiles que acaban en Escocia con una considerable matanza en el páramo de Drumossie. A lo largo del siglo XVIII peleas callejeras como las que describe Lawrence Stone en su obra, son cada vez peor vistas en Inglaterra, pero en la década de los cincuenta de ese Siglo de las Luces había materia en las calles inglesas para que William Hogarth compusiera grabados y pinturas como las de la serie titulada “The Humours of an Election”, en cuya cuarta entrega se ve a un atribulado candidato a miembro del Parlamento metido en una riña callejera donde tipos de baja ralea atacan con palos y otros instrumentos contundentes a sus seguidores, que responden con los mismos medios.

Eso por no hablar de la larga lista de guerras en las que Inglaterra se ve envuelta, junto con otros países europeos, en ese siglo de la Ilustración: de 1701 a 1714 en  la llamada de Sucesión española, en 1719 en la de la Cuádruple Alianza, en 1739 primero contra España en la llamada Guerra del Asiento o de la Oreja de Jenkins y, sin solución de continuidad, desde 1740 hasta 1748, en la llamada Guerra de Sucesión austriaca. A ésta le seguirá la llamada Guerra de los Siete Años, entre 1757 y 1763, aunque en realidad ya había empezado, en América, en 1754. El siglo finalizará para Gran Bretaña y sus oponentes con otra larga guerra, la de Independencia de Estados Unidos, entre 1776 y 1782. Diez años después, en 1792, empezará un largo combate contra la Francia revolucionaria y napoleónica que sólo acabará en 1815, hace ahora 201 años, en la Batalla de Waterloo.

Desde ese punto se inicia un período de relativa calma en el que Gran Bretaña se va pacificando sin choques internos demasiado violentos y eludiendo grandes guerras en Europa -como la primera carlista en España (1833-1839) a la que sólo envía 10.000 hombres, supuestamente voluntarios, al servicio de Isabel II- o la franco-prusiana de 1870.

Eso no significará que no haya matanzas importantes en Gran Bretaña, como la que tiene lugar en 1819 en el prado de Saint Peter, en Manchester, donde las autoridades reprimirán con una brutal carga de Caballería una manifestación pacífica que pedía la ampliación del derecho a votar. Lo que acabará haciendo que el campo de Saint Peter fuera irónicamente rebautizado como “Peterloo”, por la oposición a la ampliación de ese derecho a voto por parte de los conservadores británicos, que tendrán a la cabeza en esa lucha a Lord Wellington, el vencedor de Waterloo cuatro años antes…

Incidentes de violencia política como esos irán decreciendo en Inglaterra y Europa a lo largo de ese siglo XIX, o siendo desviados hacia las afueras del sistema, hacia las colonias.

Aún así, y dejando aparte las guerras coloniales, o la represión despiadada con violencia de baja y alta intensidad en la India o en Irlanda, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, en 1935, 1936…, la lucha obrera en las calles de Londres podía acabar en escaramuzas de bastante consideración entre izquierdistas, fuerzas de Policía supuestamente neutrales y el débil pero persistente movimiento fascista británico de los Camisas Negras de sir Oswald Mosley. Basta con haber leído alguna reciente novela bestseller, como “El invierno del Mundo” de Ken Follett, para tener una imagen -literaria pero bastante exacta- de lo reciente que ha sido la extinción o minimización de la violencia política en las calles británicas.

Eso es lo que hace tan estremecedor, tan inquietante, el asesinato de la diputada Jo Cox. Independientemente de la diferente proporción de locura y Fascismo que haya podido impulsar a su agresor, es evidente que hay un clima social en la, todavía, rica y civilizada Europa donde un largo período de consenso social, iniciado por un acuerdo explícito entre todas las fuerzas políticas democráticas -de Izquierdas o de Derechas- tras la derrota del Nazismo en 1945, ha sido roto, paulatinamente degradado, desde el comienzo de la década de los 80 del siglo pasado, por eso llamado “Neoconservadurismo”, que ha socavado las bases económicas de ese contrato social y con ello está induciendo, lo sepa o no, un clima social que cada vez recuerda más a la Europa de la lúgubre década de los años 30.

Esa en la que un desequilibrado -Adolf Hitler, por ejemplo- con ideas fuertes sobre ideas elementales como “Raza”, “Nación”, etc…, y con un discurso populista, podía prosperar y medrar, incluso eliminando a sus oponentes por medio de la violencia.

A pequeña escala ese es el aviso que plantea el triste asesinato de Jo Cox, diputada laborista británica que cayó abatida al grito de “Gran Bretaña primero”, lema de la ultraderecha rampante en esa, desde 1945 y hasta ahora, ejemplar nación democrática que, tras un largo devenir, ha sido Gran Bretaña.

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La coalición “Unidos Podemos”, la patria, la Historia, Ortega y Gasset y la desvertebración de España
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Carlos Rilova | 13-06-2016 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No estaba muy seguro sobre qué tema se podría tratar hoy en este nuevo correo de la Historia. Sin embargo, una vez más, los poderes casi taumatúrgicos del profesor Pablo Iglesias Turrión, reconvertido en líder carismático de la coalición Unidos Podemos, han servido de gran ayuda a un atribulado ciudadano medio (en este caso el autor de estas líneas).

La ayuda ha venido del revuelo que se ha levantado en torno a la apropiación, por parte de esa coalición de izquierdas, de la palabra “patria”. En efecto, después de convertir el programa que van a repartir a los electores en una copia del famoso catálogo de Ikea, la coalición ha creado un eslogan que, salvo en Cataluña, trata de movilizar a sus posibles votantes con el lema “La patria eres tú”.

Las reacciones no se han hecho esperar en los demás partidos rivales, PP, PSOE, Ciudadanos… Todos han tildado de oportunista y otras cosas similares a ese nuevo eslogan señalando -no sin razón, desde luego- qué rara apelación al patriotismo es esa que no se atreve a presentar ese mismo eslogan en Cataluña.

Sin embargo, la reacción que más me ha impresionado ha sido la del diario “El País”, en cuyo editorial de este sábado se ajustaban cuentas, muy duramente, con esa nueva maniobra política de la coalición Unidos Podemos. De hecho, ha sido la lectura atenta de ese editorial la que me ha llevado, finalmente, a decidirme por este tema.

La razón es muy sencilla: al margen de lo discutible que puede resultar la elección de Unidos Podemos de ese eslogan -“La patria eres tú”- había cosas muy chocantes desde el punto de vista histórico en ese editorial.

Así es, decía “El País” que el término elegido por Unidos Podemos como eslogan, la patria, era algo vacío de contenido, incluso superfluo en un país como España que, y cito textualmente, es una democracia avanzada además de un estado de Derecho y social, donde, como mucho, se podría apelar a lo que ese diario llamaba un patriotismo constitucional…

No voy a entrar en cómo es posible creer que hoy día España sea un estado social -por mucho que lo proclame la constitución de 1978- con un escenario donde conviven sueldos opulentos de 70.000 euros anuales -eso es lo que cobra, por ejemplo, el presidente del Gobierno- con contratos esporádicos y precarios no sólo para puestos no especializados, sino para personal cualificado -técnicos, profesores, especialistas…- de 300 euros mensuales, 500, 600…

Lo que más me interesa, aquí y ahora, es la asombrosa afirmación en ese mismo editorial de que la palabra “patria” está vacía de contenido, que es superflua en España.

Históricamente España no ha tenido precisamente exceso de esa palabra, de ese concepto, “patria”. Ortega y Gasset ya señaló que uno de los problemas de la España de su tiempo -la de antes de la Guerra Civil- era la desvertebración, la ausencia de una idea común de patria en torno a la cual agruparse y crear un estado fuerte. Uno que incluso hoy, de haber existido, sí podría haber sido “social”.

España adoptó con bastante rapidez el concepto. Aunque lo correcto es decir que lo transformó con bastante rapidez, porque la idea de “patria” ya era común en ese país antes del estallido revolucionario de 1789.

En efecto, hay miles de documentos históricos en los que la palabra aparece, aunque usada de un modo diferente al que se usará desde 1789 en adelante.

Hasta esas fechas, “patria” equivalía en España al pueblo o la ciudad de la que se procedía. En los interrogatorios judiciales que ejercían los alcaldes de las villas con privilegio para ejercer Justicia, cuando se preguntaba al acusado cuál era su “patria”, la respuesta era una localidad determinada: Irún, Santander, San Sebastián…

Todo eso empezó a cambiar desde el inicio de las llamadas revoluciones atlánticas. Es decir, la norteamericana y la francesa.

En los futuros Estados Unidos, los insurgentes contra la metrópoli -por cierto generosa y decisivamente apoyados por el rey de España- adoptaron pronto el nombre de “patriotas”. Entendido ese término como conjunto de personas de una vasta extensión geográfica -no como originarios de un mismo pueblo o ciudad- que se oponían a un dominio considerado extranjero y opresivo. En  este caso el británico.

La idea es aún hoy día parte de la cultura popular norteamericana. Por ejemplo un equipo de fútbol americano se llama así precisamente: “New England Patriots” y su lógo corporativo evoca la figura de uno de esos rebeldes de 1776…

Lo mismo ocurre en Francia, donde la primera estrofa de su himno nacional, “Allons enfants de la Patrie”, deja bien claro a quién se dirige ese explosivo himno. Es decir, a los hijos de la Patria, a los que anuncia que ha llegado el día de Gloria en el que se enfrentarán al estandarte sangriento de la Tiranía…

El concepto fue rápidamente comprado -por así decir- por los españoles que organizaron en 1808 la finalmente exitosa resistencia antinapoleónica. Los funcionarios civiles y militares españoles del bando patriota, en efecto, reproducían en sus proclamas y documentos conceptos tales como patria, nación, ciudadanía…, incluso eslóganes como “Libertad o Muerte”, en el mismo sentido en el que eran usados por los patriotas yankees o los revolucionarios franceses.

El problema vino después, en la convulsa Historia política española que se extendió entre 1814 y 1975 y cuyas consecuencias, lógicamente, vivimos hoy día, como no podía ser menos.

A lo largo de esas fechas, y especialmente entre 1936 y 1975, la idea de patria que, como vemos, tenía un origen revolucionario y progresista sin necesidad de adjuntarle adjetivos como “constitucional”, fue incautada, como muchas otras cosas -la bandera por ejemplo- e impuesta sobre una parte de la sociedad hasta el punto de que hoy día esa palabra, “patria”, no evoca, como en Estados Unidos, a un miliciano yankee enfrentándose a un casaca roja del tiránico rey Jorge, o a un liberal español batiéndose contra las tropas napoleónicas, sino a un siniestro régimen dictatorial que impuso -vía exilio y vía pelotón de fusilamiento- su propia idea de lo que era la patria. la bandera y sus colores…

Ya lo he dicho en otros correos de la Historia pero parece ser que hace falta repetirlo, como se ve por la diatriba organizada en torno a la resurrección por Unidos Podemos del concepto “patria” en, al parecer, su sentido originario de 1808.

Durante los cuarenta años de Transición desde la dictadura hasta esta democracia supuestamente avanzada y aún más supuestamente social, nada se ha hecho para crear vertebración, para desintoxicar un concepto tan fundamental como el de “patria”, imprescindible para una sociedad en efecto bien vertebrada.

Más bien parece haberse alentado todo lo contrario: derrotismo supuestamente regeneracionista, enfermiza obsesión con complejos de inferioridad también supuestamente avalados por la Historia (¿cuántas novelas “históricas” han leído sobre la derrota de los tercios en Rocroi y cuántas sobre la traición del Gran Condé a su propio país tras esa imaginaria “victoria definitiva” sobre España?), desunión basada en diferencias locales y localistas y así sucesivamente.

El resultado de todo eso es, entre otras cosas, la aparición de coaliciones como Unidos Podemos, que ahora resulta que molestan por estar dispuestas a todo con tal de asaltar los cielos, no se sabe bien si para imponer un socialismo caudillista tipo venezolano o una socialdemocracia escandinava.

Cierro este artículo con un consejo a quienes han estado cuarenta años de “exitosa” Transición a la Democracia aislados en una torre de marfil periodística y ahora, en la famosa “hora 25”, se quejan amargamente de cosas así: cuando un efecto -el populismo caudillista de Unidos Podemos- es indeseable, lo que hay que hacer es evitar sus causas.

Las mismas que desde esas torres de marfil se han ignorado o minimizado en esas cuatro décadas que ahora algunos descubren, con horror, han sido décadas perdidas para evitar aquello contra lo que Ortega y Gaset ya había advertido nada menos que en 1922…

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¿Es noticia o es Historia?. París inundado (1910-2016)
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Carlos Rilova | 06-06-2016 | 09:35| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana ha sido casi fácil elegir el tema de este nuevo correo de la Historia. Todo ha venido de mi manía de empezar el día viendo telediarios.

En el de Antena 3 del jueves se hablaba de la inundación que está sufriendo ahora mismo el centro de París.

Como suele ser habitual se comentó ahí una cifra desde la que no ocurría algo parecido. Decían que París no había sufrido algo así desde hacía treinta años…

Realmente la situación parece grave. Ese mismo telediario hablaba de retirar miles de obras del Louvre que, junto con las líneas de Metro más cercanas, parece ir a ser uno de los puntos más perjudicados por esta crecida extraordinaria del Sena.

Desde el punto de vista histórico no es, quizás, tan alarmante. No recuerdo, a ciencia cierta, cuánto daño causó la riada de hace treinta años, lo que sí recuerdo bien es que hubo otra mucho más grave que ésta. Una que ocurrió hace más de cien años.

El episodio se contó con lujo de detalles en diversos lugares. Alguno de ellos bastante asequible.

Se trata de una serie de tres cómics -por su delgadez y contenido no alcanzarían ese nivel superior de novela gráfica otorgado hoy día por los puristas del género- firmados por Yann y Hugault y titulada “El piloto del Edelweiss”, que se centra, precisamente, en la vida atribulada de un piloto de caza francés durante la I Guerra Mundial.

En el primer volumen de esa serie de tres, titulado “Valentine”, Hugault ha reproducido en las páginas 10 a 15 lo que su guionista Yann llama “París bajo las aguas”.

Lo que muestran esas viñetas del primer volumen de “El piloto del Edelweiss”, está sacado de fotografías de época. Concretamente tiradas desde el mes de enero de 1910, que es cuando transcurre la acción del cómic en esos momentos. Un invierno en el que el París céntrico, el del puente del Almá, la torre Eiffel, las calles cercanas al Louvre, etc…, se cubre de agua.

Todo rigurosamente cierto. En esas fechas, hace ahora 106 años -no treinta-, el París de las guías de viaje quedó inundado de un modo considerable.

Históricamente no tenía nada de raro, aunque dio lugar a raras escenas como las que se pueden ver en ese primer volumen de “El piloto del Edelweiss”. O bien en “Paris inondé”, un magnífico libro en el que se recogían, en más de un centenar de páginas tamaño folio, esas imágenes que ahora parecen a punto de repetirse a finales de una primavera que parece estar siendo muy lluviosa.

Tanto como para que ocurra algo que no ocurría desde 1910.

Y llegados a este punto podríamos preguntarnos ¿esta noticia es importante?. ¿Desde qué punto de vista?. ¿Desde el del Periodismo o desde el de la Historia?.

La respuesta a preguntas como esas es sencilla: desde el punto de vista periodístico que se remonta sólo a treinta años atrás, es, más que importante, espectacular. Es decir, algo que es imposible no sacar en las noticias destacadas.

Desde el punto de vista histórico la noticia no es tan espectacular.

En efecto, cosas así han estado pasando en París desde el año 583 después de Cristo y, probablemente, desde que se asentaron los primeros pobladores en la que sería conocida como “Lutecia”.

Fue algo que se repitió con gran periodicidad entre los años 583 y 1910.

De hecho, hay recuerdos memorables de algunas de esas inundaciones, como la de 1648-1649, durante la Fronda, la insurrección de la nobleza contra el cardenal Mazarino y la reina regente Ana de Austria, que sirvió a Dumas para elaborar en “Veinte años después” dramáticas escenas en las que sus mosqueteros vagan en busca de más aventuras por una ciudad llana de agitación y algo fantasmagórica, con calles céntricas de aquel París angosto y medieval, tan distinto al ordenado y racional creado a partir de 1858 por Haussmann, cubiertas de agua.

Eso es lo que dice la Historia al respecto. Lo que es hoy noticia, o debería de serlo, visto desde esa perspectiva, es que desde el año 583 de nuestra era, pese a todas las reformas que ha sufrido la trama urbana de París, pese al cauce duro en el que se ha tratado de meter al Sena, no se ha conseguido, apenas, evitar que en París vuelvan a darse escenas prácticamente idénticas a las de 1910.

Algo que, obviamente, nos sitúa, gracias a lo que la Historia nos cuenta, ante una interesante reflexión sobre ese asunto, tan traído y llevado, de la Historia del clima.

Por hoy poco más se puede decir y, de hecho, no parece que sea necesario decir nada más. Por mi parte dejo este tema en manos de la opinión pública para que juzgue las últimas consecuencias de esa enésima crecida del río Sena desde la Alta Edad Media.

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Tomando el té con Wellington (1816-2016)
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Carlos Rilova | 30-05-2016 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este sábado estuve en Vitoria y asistí a diversos fastos que trataban de conmemorar, en dos días, la batalla que dio un vuelco final a las guerras napoleónicas no sólo en España, sino en el resto de Europa, impulsando, al fin, a los austriacos, rusos y prusianos a tomar las armas decididamente para enfrentarse con Napoleón, viéndolo quebrado, en franca retirada en la Península ante el ejército combinado de británicos, portugueses y españoles.

Uno de esos fastos fue una reconstrucción civil -rara ave en España, de momento- precedida de una conferencia que me hicieron el honor de dejarme impartir en el Museo de Armería de Vitoria.

El objetivo era, según la organización del evento, coordinada fundamentalmente por el estudioso gazteitarra de la esgrima y armamento antiguo Iker Alejo, descubrir, de manera sencilla, la importancia que tenía un acto en apariencia tan banal como tomar el té y que, erróneamente, asociamos con algo exclusivo de los británicos, que lo habrían estado haciendo desde tiempo supuestamente inmemorial, cuando lo cierto es que, como tuve ocasión de comentar en Vitoria este sábado pasado, en contra de lo que creemos habitualmente, los británicos tardaron bastante en descubrir qué era el té.

Puede que hayan leído en “Astérix en Bretaña” otra cosa… pero eso, claro, no es más que otra de las bromas de Goscinny y Uderzo.

La realidad, a partir de documentos publicados hace muchos años, es que los ingleses empiezan a saber del té como bebida hacia 1660.

En efecto, uno de los árbitros de la elegancia del Londres de la monarquía Estuardo restaurada tras la dictadura cromwelliana en ese año -1660- decía en sus famosos “Diarios” que había bebido por primera vez una nueva bebida que llaman té (“tei”, según la versión original inglesa), traída desde China.

A partir de ahí podemos considerar que empieza a forjarse el famoso imperio británico que tantas alegrías ha dado a Hollywood a lo largo de muchos años.

Así es, el té, desde ese momento en el que Pepys lo cató por primera vez, comenzó a convertirse en un verdadero vicio nacional. Como ya lo era en China, desde dónde se había ido extendiendo hacia el Oeste, hacia Rusia.

Para conseguir un seguro abastecimiento de aquella planta que se iba convirtiendo en el estimulante favorito de los británicos, hasta, con el tiempo, erigirse en una seña de identidad nacional, Gran Bretaña hizo todo lo necesario para controlar la ruta comercial con Asia.

Cualquier cosa, de hecho. Como ir a la guerra varias veces entre el siglo XVIII y los comienzos del XIX para disputar el control de esa gran -y rica- ruta comercial a sus más tenaces rivales. Es decir: España y Francia.

Y es que el té, en principio, se producía en China, como bien apuntaba Pepys en sus “Diarios”, sin embargo conseguir traerlo a Inglaterra -algo en apariencia tan fácil- requería un esquema imperial verdaderamente complejo en el cual, sólo para empezar, los británicos tenían que echar del continente indio a los franceses que ya habían puesto el pie allí.

Desde el año 1728 en adelante sostuvieron con ellos diversas guerras hasta que en la batalla de Plassey, en Bengala, en el año 1757, Robert Clive, al servicio de la Compañía Británica de las Indias Orientales, se hizo con el control del subcontinente.

Las guerras siguieron, por supuesto, con otros rivales menos poderosos que los franceses. Caso de la Confederación Maratha, pero, en conjunto, Gran Bretaña había conseguido abrirse una ruta segura hacia Oriente y todos sus ricos productos, uno de los cuales -y no el menos importante- era el té que pronto se hizo imprescindible en casi todos los hogares británicos hasta la fecha de hoy.

Todo, por supuesto, como decía, a costa de muchos esfuerzos. Los británicos tuvieron que barrer a miles de enemigos sobre muchos campos de batalla, de los cuales Plassey sólo fue el punto álgido.

Ya hablamos en su día, en los comienzos de este correo de la Historia, de Tipu Sultán, contra el que un tal Arthur Wellesley -más adelante Lord Wellington- hizo sus primeras armas y ganó un cierto prestigio que lo trajo hasta España, para ver si él conseguía sacar adelante una guerra que había empezado bien, en Bailén, en julio de 1808, con la primera derrota de las águilas napoleónicas a manos de tropas españolas.

Aparte de sostener sucesivas guerras como esas en las que Arthur Wellesley forjó los inicios de su carrera militar, Gran Bretaña también tuvo que hacer contrabando de droga, convirtiendo Bengala, donde había obtenido su gran victoria de Plassey, en extensas plantaciones de opio -una droga procedente de la actual Turquía- para con esa sustancia estupefaciente lograr que la balanza de pagos del imperio chino se inclinase a favor de aquella potencia -Gran Bretaña- que tenía coraje, ejércitos, Marina y otras cosas necesarias para construir un extenso imperio. Todo, salvo la plata española de alta calidad que los chinos reclamaban a cambio de mercancías como el té…

Como ven, a veces, un acto tan sencillo en apariencia como tomarse una taza de té -con el meñique levantado o no- tiene detrás vastas fuerzas históricas, complicados procesos de los que, a veces, tendemos a olvidarnos y que nos hacen perdernos en los laberintos de la Historia, haciendo necesario invitar a un historiador a tomar el té para que aclare algunos puntos oscuros sobre cuestiones en apariencia, pero sólo en apariencia, tan simples.

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La cita en Samarra de Miguel de la Quadra-Salcedo. Historia, Televisión y otras aventuras (1932-2016)
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Carlos Rilova | 06-06-2016 | 07:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

De un cuento árabe tradicional: En la ciudad de Bagdad un criado del Califa llamado Abdul acudió agitado a su amo y le dijo: “señor, he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza. Dame permiso para huir e ir a casa de mi padre en Samarra”. El Califa, conmocionado, dejó marchar a Abdul pero como apreciaba grandemente a este criado, se irritó y acudió al mercado a averiguar lo ocurrido. Allí se encaró con la Muerte y le reprochó que hubiera hecho gestos de amenaza a su criado, obligándole a huir. La Muerte, muy sorprendida, respondió al Califa: “No, no. Te equivocas. No le hice ningún gesto de amenaza. Era un gesto de sorpresa. Lo vi aquí, en Bagdad, y me sorprendió mucho, porque esta misma noche tenía una cita con él en la ciudad de Samarra”…

Este relato que ha conocido diversas versiones en la Literatura sufí árabe y en la talmúdica desde por lo menos el siglo IX después de Cristo, seguramente era bien conocido por Miguel de la Quadra-Salcedo. Un viajero impenitente que visitó ese Oriente del que salió ese relato que nos recuerda, con ciertos toques de ese famoso fatalismo árabe, que hay un día -que todos queremos esté muy lejos- en el que nos encontraremos, como el criado Abdul, con una inevitable cita que, suponemos, nos abrirá la puerta a otro mundo. Uno que, desde el viernes pasado él, Miguel de la Quadra-Salcedo, ya debe estar explorando con el mismo tesón y la voluntad de hierro con la que exploró -en una vida muy bien aprovechada- este mundo por el que, nos dicen, sólo pasamos brevemente.

Para mí Miguel de la Quadra-Salcedo era una presencia a familiar a pesar de que jamás coincidí con él, pero es que crecí viendo una Televisión en la que, por lo general, siempre salía él en algún canal.

Sin embargo, las imágenes producidas por él que mejor recuerdo, a pesar de que las vi hace ya muchos años, décadas enteras, una, dos, tres, cuatro… son las de los documentales que realizó para la gloriosa RTVE de mediados de los años setenta.

Se trataba de documentales -creo recordar bien que rodados aún en blanco y negro- en los que se seguía, paso a paso, por el Amazonas, la ruta que en su día había seguido el conquistador Orellana en la primera mitad del siglo XVI.

Supongo que son cosas así las que llevan a uno a sentarse en ese asiento peligroso de la Tabla Redonda de la vida que es el de la profesión de historiador.

Pero es que era difícil sustraerse al relato que iba narrando Miguel de la Quadra-Salcedo con su característica voz sobre todas las penalidades que tuvo que soportar Orellana descubriendo el Amazonas, levantando mapas en una tierra desconocida para los europeos en aquel año de 1542, o las de Pedro Fernández de Quirós por el Pacífico, o la ruta de Marco Polo.

Ciertamente este hombre, Miguel de la Quadra-Salcedo, que hizo de su vida una aventura, como reportero y otros oficios que a algunos les dieron para hacer “sketchs” humorísticos, hacía revivir a gente como Marco Polo, o como Orellana (ataques de anacondas incluidos), hacía que todo aquello pareciera interesante, digno de ser recordado, estudiado, quitándole cierta capa de caspa y olor a rancio que había acumulado, en España, entre 1939 y 1973.

Puede que, con el tiempo, programas como “A la caza del tesoro” gastasen un poco la imagen de Miguel de la Quadra-Salcedo conseguida con obras maestras como esas series sobre Orellana, Fernández de Quirós, Marco Polo o Amundsen, pero ahora que, tras tener Miguel de la Quadra-Salcedo su inevitable cita en la ciudad de Samarra, se está echando la vista atrás para hacer balance de todo lo que hizo, lo cierto es que en los setenta sus trabajos como reportero y sus documentales de Historia como los dedicados a Fernández de Quirós, a Orellana o a Marco Polo llevaron a mucha altura a la Televisión de la época, convirtiéndola no en algo alienante -como sostenían, no sin razón, las teorías políticas más avanzadas de la época- sino en algo instructivo, edificante.

Yo, por eso, lamento hoy la muerte de Miguel de la Quadra-Salcedo y es también por eso por lo que lo quiero recordar con este homenaje. Porque fue un hombre que supo conservar y mejorar un legado que se podía remontar hasta el siglo XVIII, hasta Sebastián de la Quadra, marqués de Villarías. Noble vizcaíno -muerto precisamente hace 250 años, en 1766- del que descendía su sonoro apellido y que fue, en su tiempo, y a su manera, también todo un aventurero de esos que sólo podía producir un siglo como el XVIII. Uno que participó en guerras e intrigas de alto nivel en las rutilantes cortes europeas del siglo XVIII, dirigiendo la política exterior de España a mediados de esa centuría en guerras como la de la Oreja de Jenkins, en la que se disputa el control de América -la descubierta y colonizada por Orellana y Fernández de Quirós entre otros- y que también, como su lejano descendiente, Miguel de la Quadra-Salcedo, fue protector de instituciones culturales como la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando o la Real Academia de la Historia.

Todo eso, ese patrimonio artístico, cultural, histórico… no sé si por cuestión de genes, del azar, de la tradición familiar, fue, en efecto, mantenido, recogido, incluso aumentado, gracias a la Televisión, por Miguel de la Cuadra-Salcedo y hoy era inevitable recordarlo.

Acaso tan inevitable como la cita en Samarra que, eso es seguro, sorprendió al viejo aventurero que durante años estuvo instruyendo a generaciones enteras de jóvenes sobre su Historia con la, hoy, famosa “Ruta Quetzal”, en el punto justo, negándose a montar sobre un caballo rápido para tratar inútilmente de escapar del mercado de Bagdad.

No podía ser de otro modo porque no me imagino al periodista que reconstruyó, paso a paso, la ruta de Orellana ahora hace cuarenta años, diciendo que no a un nuevo viaje a lo desconocido, a una nueva aventura como la que empezó para él el viernes pasado.

 

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Espías en la Bella Easo. La Historia y la última misión de Mata-Hari en San Sebastián (1916-2016)
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Carlos Rilova | 16-05-2016 | 09:49| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy voy a intentar conjugar en este nuevo correo de la Historia mis deberes para con el público que lo sigue y para con la Asociación que lo respalda (la de historiadores guipuzcoanos Miguel de Aranburu. Como ya sabrán, si se han fijado en la información que aparece en la pantalla a mano derecha,).

Así pues voy a hablar de una figura histórica seguramente fascinante para la mayor parte del público que lee Historia: Mata-Hari, nombre artístico de una bailarina exótica de la “Belle époque” que, como veremos, acabó su vida trágicamente.

Voy a hablar de ella no sólo porque sea fascinante para un gran público sino porque es, en cierto modo, el eje de uno de los grandes proyectos de la Asociación de historiadores guipuzcoanos para este año: un ciclo de cinco conferencias que, financiadas por la Sociedad Municipal de Fomento de San Sebastián, empiezan este miércoles día 19, a las siete de la tarde, en el salón Zubia del Hotel María Cristina de esa ciudad. Uno de los lujosos escenarios de la vida de Mata-Hari, por cierto.

El objetivo de esas cinco conferencias es tratar de divulgar para un público diverso (tanto especializado como no especializado), entre otras cuestiones, qué hacía en un lugar, en principio tan fuera de lugar como San Sebastián, nada menos que una espía tan célebre, tan conocida en el Mundo entero, fácilmente identificable por muchas personas sin necesidad de pertenecer al reducido grupo de especialistas en la llamada “Primera Guerra Mundial”.

El origen remoto del proyecto tuvo como punto de partida un detalle que en la Asociación nos resultaba preocupante. A saber: que esa intersección entre la “Bella Easo” (hoy capital cultural de Europa junto con Wroclaw) y la celebre espía estuviese quedando a poco menos que el nivel de anécdota de Historia local, sin más explicaciones ni curiosidad científica (ni de otra clase) respecto a saber qué hacía realmente aquella mujer fascinante en el rutilante San Sebastián de la “Belle Époque”.

En efecto, que Mata-Hari anduviese por ese escenario privilegiado de la “High Life” de la Europa victoriana y eduardiana que agonizaba en los campos de batalla de Francia (como decía aquel tango de Gardel, “Silencio”), no podía ser una casualidad. Tenía que tener algún significado histórico trascendente.

Sin ánimo de agotar todas las posibilidades -eso se intentará en las cinco conferencias que empiezan este día 19 en el escenario privilegiado del Hotel María Cristina- vamos a tratar de explicar aquí qué hacia realmente Mata-Hari en San Sebastián meses antes de que acabase ante un pelotón de fusilamiento.

Javier Sada, cronista de la ciudad y, por supuesto, participante en este ciclo de conferencias, ya nos explicaba en su ahora imprescindible “San Sebastián en la Primera Guerra Mundial” que Mata-Hari fue, pese a toda su aureola novelesca posterior, poco más que una marioneta inocente manejada por los servicios secretos de los aliados y de los Imperios Centrales (Alemania, Austria-Hungría…).

En efecto, y no fue la única convertida en esa especie de marioneta, en aquella guerra secreta, más sucia y penosa aún que la que se libraba en las trincheras.

Hay que reconocer que dichos servicios secretos estaban a la última en cuestión de esa igualdad de sexos que muchas mujeres, como Emmeline Pankhurst y sus heroicas sufragistas, estaban reclamando en esas mismas fechas.

Bolo Pachá, otro espía menos conocido por el imaginario colectivo que Mata-Hari, corrió su misma mala suerte, siguiendo una mortal recta final muy parecida a la de la bailarina exótica.

Así es, al igual que Mata-Hari, Bolo Pachá aterrizó por el lujoso San Sebastián de la “Belle Époque” y se dejó ver por sus casinos, por sus salones y paseos elegantes, frecuentó a la buena sociedad, vio y se dejo ver e incluso se reunió con el conde de Romanones que, como el resto del Gobierno español, veraneaba, a todo tren, en San Sebastián.

El artículo del periódico “El Sol” de 6 de febrero de 1918 cuenta muchas cosas, pero no exactamente de qué hablaron el espía, Bolo Pachá, y el conde de Romanones, en aquel entonces jefe del Gobierno de España…

Lo único que quedaba claro es que el espía y el primer ministro español habían hablado, al parecer bastante amigablemente, después de que Paul Bolo (el verdadero nombre de Bolo Pachá que, en realidad, era tan francés como el queso Brie) conociera al segundo de Romanones en un viaje que éste hizo a otra de las capitales del lujo de la “Belle Époque” -Biarritz- cuando era gobernador civil de Guipúzcoa, en otoño de 1916. La fecha en que se verificó el encuentro entre el espía y el primer ministro que, al parecer, había prolongado un tanto el veraneo en San Sebastián…

“El Sol” decía poco más. Tan sólo que los abogados que defendían a Paul Bolo (alias Bolo Pachá) pedían que el conde de Romanones testificase en su favor después de que las autoridades francesas detuvieran a Bolo en 29 de septiembre de 1917 por espiar a favor de Alemania. Justo unos meses después de que Mata-Hari, recién llegada de San Sebastián, corriera la misma suerte, por las mismas razones…

A partir de ahí sólo nos queda especular, debatir, conferenciar. Javier Sada piensa, no sin razón, que Mata-Hari era en realidad una víctima propiciatoria, un chivo expiatorio para calmar la sed de venganza de una sociedad francesa frustrada por una guerra larga y sangrienta en la que la esperada victoria no terminaba de llegar nunca. Justo lo contrario que las cartas y telegramas que avisaban de un hijo, un sobrino, un marido… muerto en el Somme o en otro frente…

Resulta difícil calibrar qué cantidad y calidad de información habían sacado de sus intrigas donostiarras Mata-Hari y Bolo Pachá. Muy probablemente era mucho menos que la que sacaron espías menos rutilantes, menos conocidos pero más eficaces que aquellos dos aventureros que fueron dando tumbos por la vida fácil y lujosa de la “Belle Époque”, antes de acabar frente a un pelotón de fusilamiento.

Estos otros, los verdaderos agentes secretos, como denunciaba la ruidosa prensa francesa surgida al calor de la “Gran Guerra”, probablemente sí hicieron llegar información de calidad sobre el grado de desarrollo económico y tecnológico de la España neutral -por suerte para ella, pero también para todos los contendientes- de aquellas fechas.

Algo bien visible en el lujoso escaparate que era la San Sebastián de 1914 a 1918, cabeza de una industria que sacaba por vía férrea y portuaria, desde Molinao, desde Pasajes, desde Irún…, toneladas de suministros, armas y municiones esenciales para las potencias contendientes.

Un delicado asunto que, hasta la llegada de Estados Unidos a la guerra en 1917, dependiendo de qué lado cayese en el conflicto la corte que veraneaba en San Sebastián, podía romper la relación de fuerzas en aquella “Gran Guerra”. Justo lo que proclamaba a los cuatro vientos el número de 8 de septiembre de 1917 de la revista “J´Ai vu…”, indicando las causas, a su juicio verdaderas, de la huelga general de ese año en España. Inducida por agentes de los Imperios Centrales, decía esta publicación, para paralizar la industria que tanto y tan bien abastecía a los ejércitos aliados…

Ese parece haber sido el trasfondo real de todas aquellas evoluciones tan melodramáticas de Mata-Hari o Bolo Pachá en una ciudad, San Sebastián, que, desde sus remotos orígenes medievales, se había convertido en un polo de desarrollo económico y tecnológico que, a la altura de 1916, evidentemente interesaba mucho a aquellos que necesitaban tanto arduas maniobras diplomáticas para que el número de contendientes no se desequilibrase, como alimentos, equipos sanitarios, armas y munición para seguir disputándose la supremacía sobre Europa y el Mundo…

Algo de lo que hablaremos, largo y tendido, las cinco semanas siguientes en el lugar y las fechas que antes les indicaba. Allí esperaremos a todos los que quieran saber más sobre qué hacía Mata-Hari en San Sebastián ahora hace cien años y qué peso real tuvo en la Historia ese hecho sólo aparentemente anecdótico.

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El curioso rótulo de las peluquerías y barberías. Un apunte sobre la Historia del Analfabetismo
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Carlos Rilova | 12-05-2016 | 10:20| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, decididamente, me voy a centrar en un tema amable, que no tenga nada que ver con ese punto en el que la Historia se cruza con la actualidad que -se lo aseguro- puede resultar un tanto molesto, agotador, enojoso. Así pues, trataremos de aprender algo útil a partir de una curiosidad en la que ya habrán reparado al pasar por delante de una barbería o peluquería.

Se trata de la Historia del curioso artefacto que tienen esas tiendas colocado ante ellas. El llamado “poste de barbero”. Un cilindro blanco que da vueltas -aparentemente sin fin- moviendo en torno a él dos líneas. Una de color rojo y otra de color azul. Supongo que, aún en esta época en la que Internet difunde rumor tras rumor, anécdota tras anécdota, esa curiosa historia es bastante desconocida para la curiosidad de una buena parte de la comunidad lectora de esta página.

Vamos a intentar remediarlo y, ya de paso, a tratar de poner algo de valor añadido a las respuestas que a ese respecto puedan dar en foros, comentarios, enciclopedias electrónicas, etc…

El tubo blanco con las rayas roja y azul en torno a él es, en realidad, un producto de la segunda revolución industrial. Es decir, la que se da en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la electricidad empieza a desarrollarse y vulgarizarse. Más que nada porque artefactos como los que vemos hoy en las barberías y peluquerías, dando hipnóticas vueltas, sólo son posibles tras la creación de motores eléctricos.

Antes de eso lo que había en las barberías era tan sólo un palo blanco con dos cintas, una roja y una azul, enrolladas en torno a él. ¿Qué quería decir eso?. Pues sencillamente que en ese establecimiento se sangraba a la gente. En sentido literal, no figurado. La operación se hacía sentando al interesado o interesada, subiéndole la manga de su ropaje y haciéndole sujetar con la mano un palo como el que se veía a la entrada del establecimiento con las cintas roja y azul enroscadas.

Con eso las venas principales del brazo se hacían visibles y el barbero abría una de ellas con una lanceta (una especie de pequeño bisturí plano y apuntado). Abierta la vena el sangrado, o sangrada, apretaba el palo y dejaba que la sangre corriera por su brazo desnudo hasta un  recipiente colocado allí para ese efecto. La operación se mantenía hasta que el cirujano consideraba que sus clientes habían perdido la cantidad de sangre suficiente para purgar alguno de los humores malignos que se acumulaban en la sangre. Por ejemplo la llamada “flegma” o flema, o el humor negro. Más conocido por su nombre en griego: melancolía.

Ese es, pues, el origen de esos hipnóticos artefactos que, aún hoy día, vemos ante las peluquerías o barberías actuales. ¿Por qué era necesario mantener tal cosa ahí para explicar de manera esquemática, sin palabras, lo que se hacía en esos establecimientos?.

Es muy sencillo: la mayoría de los europeos en la época en que era habitual esa práctica de sacarse sangre para purgar supuestas enfermedades, como la melancolía, no sabían leer, y aunque en el cartel de la tienda pusiera “Barbero-cirujano”, para ellos aquello no quería decir nada. A menos que vieran el palo con las dos cintas, roja y azul.

De ahí vienen también las fabulosas enseñas de los establecimientos de bebida que aún conservan hoy día los pubs británicos, donde se dejaba bien claro para los analfabetos recién llegados a una ciudad, dónde estaban los barberos sangradores, dónde los vendedores de té, dónde los dispensadores de cerveza, etc…

Esa era la época en la que un especialista educado en la Universidad, el maestro cirujano, conocido también como sangrador, flebotomático, que además ejercía de barbero…, debía pasar duros exámenes -por ejemplo ante el Protomedicato de Madrid- para abrir una de esas tiendas ante las que colgaban un palo con dos cintas, una roja y otra azul. La práctica de sangrar duró mucho tiempo.

Nos cuenta Douglas Starr en su “Historia de la sangre”, publicada en español en el año 2000, que en la década de 1920, en Estados Unidos, todavía había médicos rurales que consideraban útil “ventilar una vena” -es decir, abrirla para sacar sangre- como tratamiento de alguno de sus pacientes.

El uso del reclamo para analfabetos que buscaban ese remedio y otros que hoy nos parecen igual de bárbaros e inverosímiles, sin embargo, sobrevivió, y mejoró, justo en la época en la que el número de personas que no sabían leer descendía.

¿Por qué ocurrió eso en este caso concreto y no con otros reclamos?. Bien, ese es uno de esos misterios históricos sobre los que se puede especular durante días, quizás meses, incluso años, por parte de quien crea que eso puede tener alguna importancia para comprender mejor nuestra época entendiendo algo mejor un pasado al que no deberemos juzgar con condescendencia.

Lo primero porque aún usamos algunos de sus símbolos, a los que sólo hemos añadido electricidad. Como es el caso de la enseña de las barberías y peluquerías.

Lo segundo porque quién sabe qué pensarán dentro de dos siglos de algunos de nuestros métodos terapéuticos, que acaso parezcan a nuestros felices descendientes tan chocantes como a nosotros nos lo puede parecer el buscar una tienda con un palo blanco que llevaba enroscadas una cinta roja y otra azul. Una señal que hasta los que no sabían leer identificaban con el sitio en el que un maestro cirujano les quitaría su malestar sacándoles una buena cantidad de sangre y, encima, cobrando una bonita cantidad de dinero por ello…

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¿O un largo puente o una conmemoración histórica? Lo que va del 2 de mayo de 1808 al 2 de mayo de 2016
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Carlos Rilova | 02-05-2016 | 09:34| 27

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy es 2 de mayo de 2016. Eso significa que ahora mismo, hace 208 años, en Madrid, había estallado una insurrección popular que estaba siendo sangrientamente reprimida por las mejores tropas que había en Europa en aquel momento.

Es decir, las de un personaje tan flamante como el duque de Berg, más conocido como Joachim Murat. Un aventurero francés que, en las convulsiones provocadas por las guerras desencadenadas a causa de la revolución francesa de 1789, ascendió, como un rayo, hacia los puestos más altos de la nueva escala social. De ser el hijo de un posadero que estaba estudiando para sacerdote a soldado de la revolución, oficial, general, mariscal, rey, cuñado del emperador Napoleón Bonaparte…

De hecho, rey de España en mayo de 1808, aunque Napoleón prefiere que, finalmente, no ciña esa corona del país cuya capital acaba de bañar en sangre, entregándole, en cambio, la de Nápoles.

Supongo que, para la mayoría, esos hechos carecen de significado, que lo importante del 2 de mayo es que es puente en Madrid y varias comunidades más y eso alarga el fin de semana casi cuatro días.

Pero, claro, yo aquí vengo a hablar de Historia, no de Turismo de primer y segundo nivel. Así que algo tengo que decir sobre el recuerdo histórico de lo ocurrido hace hoy 208 años.

¿Y qué podría decir?. Pues varias cosas, pero entre todas ellas -por no variar- voy a aprovechar la ocasión para quejarme de lo torreznero y panderetero que puede llegar a ser el recuerdo de la Historia en España (de estudiarla seriamente ya ni hablamos) cuando se trata de ocasiones como éstas.

Me ha extrañado extraordinariamente que este 2 de mayo de 2016 no haya aparecido, al menos a la hora en la que subo este nuevo correo de la Historia, ninguna campaña, ni a favor ni en contra, de que el 2 de mayo siga siendo la Fiesta de la Comunidad de Madrid.

No sé, cosas como por ejemplo una troleada estilo la que se dio en torno a Blas de Lezo hace unas cuantas semanas y con la que él que esto escribe y quienes leen esta página pudieron paladear -ese es el verbo correcto- en qué clase de harapos se está convirtiendo, en España, el conocimiento de la propia Historia. Reducida a pedrusco a lanzar contra la crisma del primer “guiri” que ose asomar su fina cara de persona leída por la piel de toro (y olé).

También me ha extrañado no ver aparecer ninguna polémica sobre el 2 de mayo desde el extremo contrario. No sé, alguna declaración de alguna marea ciudadana antimilitarista, pacifista, morada o púrpura, ecologista, altermundista, etc., etc… que protestase porque esa fiesta, el 2 de mayo, conmemora -cuando no celebra, vayan ustedes a saber, hay mucho desgraciado y desgraciada por ahí, capaces de eso y más- unos hechos en los que hubo muertos, cargas de Caballería, combate de línea en orden cerrado y otras feas acciones propias de una guerra abierta que, como suele ser habitual en esos medios políticos, se consideran nefastas, aborrecibles, como algo cuya existencia hay que negar, barrer bajo una alfombra de nubes de algodón y ese buenismo -un poco memo- que considera que no debería haber ni siquiera museos militares y la Historia se tendría que reducir a estudiar únicamente a esos pueblos  imaginados por Voltaire -uno de sus días malos- que bailan felices al son del tamboril y el caramillo en alguna Arcadia tan feliz como, por desgracia, rara en la, para nosotros, ya larga Historia de la Humanidad.

Pues no, el caso es que cuando este artículo ya estaba terminado nada se había dicho, respecto al 2 de mayo, por parte de los que creen que la Historia de España se reduce a una versión digital de los tebeos del Guerrero del Antifaz, ni tampoco por parte de sus contrarios políticos.

Acaso el daño ya esté hecho y quizás todo se ha quedado en que unos y otros se limitan a aprovechar el 2 de mayo como un largo puente y nada más, sin entretenerse ya en convertirlo en bandera de un color o de otro.

No tendría nada de raro porque, salvo las honrosas excepciones de rigor, del bicentenario de las guerras napoleónicas en España (2008-2014) me da la impresión de que hemos salido, en general, sabiendo menos de lo que sabíamos cuando comenzó.

Probablemente muchos siguen creyendo que lo del 2 de mayo fue un grave error histórico porque un pueblo salvaje e inculto (el español), lleno de un oscurantismo alimentado por un clero sólo algo menos ignorante, se opuso a la ilustrada Europa representada por las legiones imperiales de Murat.

A más y más, que dicen en Cataluña, es muy probable que, a ras de calle, se siga creyendo a pies juntillas que la Historia de la Guerra peninsular (como la llaman los británicos) la ganaron “los guerrilleros”. Es decir, tipos vestidos con traje de montar andaluz, sombrero castoreño y trabuco…

No tiene nada de raro que esto sea así. Si repasamos la verdaderamente paupérrima colección de novelas históricas -no voy a hacer la lista porque es breve y fácil de recomponer gracias a Internet- a las que dio lugar el bicentenario, descubriremos que el mito del retrogrado guerrillero, del español cruel y salvaje, sumergido y macerado en siglos de oscurantismo y casticismo de la escuela filosófica (es un decir) de Roberto Alcázar y Pedrín, apenas es contestado en esas publicaciones.

Si aparecía en ellas otra versión de los hechos distinta a esa tan pinturera, la conclusión, de rigor, era que, bueno, sí, en España había habido algo parecido a un Ejército organizado, puede que incluso parecido al napoleónico, pero, vamos, pura casualidad y que sirvió de muy poco y que, sí, bueno, aunque ganó alguna batalla en Bailén -o por ahí- todo se debió, sobre todo, a unos heroicos muchachos con mucha patilla y mucho trabuco y mucha guitarra andaluza, que diezmaron al Ejército napoleónico emboscada a emboscada -después de molestar infinitamente a los incómodos y traicioneros aliados británicos con su racial olor a ajo- y echaron a los franceses al otro lado de la frontera de los Pirineos, la cerraron a cal y canto y se volvieron, felices, a su país de pandereta para seguir bailando la cachucha y el fandango mientras los del otro lado inventaban tranvías aéreos, autogiros, submarinos, dispositivos de rayos infrarrojos y cosas así…

Sé que lo dicho es caricaturesco pero, desgraciadamente, si hacen la prueba, verán que, una vez más, la caricatura refleja un 90% de verdad.

Pregunten y verán qué escasa parte de la actual ciudadanía española sabe responder a preguntas sobre lo que pasa tras el 2 de mayo de 1808, qué regimientos españoles lucharon en las más de 300 batallas que se combatieron tras la victoria de Bailén, quienes eran sus generales, dónde estaban en abril de 1814 o en junio de 1815.

Hechas esas preguntas, verán que muy pocos saben responder, que muy pocos han leído los escasos libros que -a costa de no pocos esfuerzos- han intentado contrarrestar esa ignorancia embrutecida que jamás ha visto ni un sólo documento de, por ejemplo, un oficial de Intendencia del Cuarto Ejército español que barrió, con los mismos -pero mejorados- métodos del orden de combate imperial francés, a los regimientos napoleónicos del territorio que habían invadido en 1808 y los persiguieron nada menos que hasta Toulouse en abril de 1814. Hasta que llegaron noticias de que Napoleón, rodeado por ejércitos como ese, desde el Norte y el Sur, no tenía más remedio que abdicar.

Hazaña que, por cierto, se repitió en el verano de 1815, con más Ejércitos -tres para ser exactos- que, desde siempre, desde antes y desde después de la supuesta rebelión “popular” de 2 de mayo de 1808, nunca habían sido muy distintos, ni en lo malo ni en lo bueno, a los del resto de la Europa napoleónica.

Esa desidia, ese desconocimiento histórico es tan lamentable como peligroso. Por tanto les pido que, desde este 2 de mayo, digan lo que digan desde una tribuna política u otra, hagan un esfuerzo: busquen libros de Historia sobre las guerras napoleónicas como el firmado por el que estas líneas escribe o por otros autores, como el del libro que ilustra esta página, y dejen de (des)informarse por medio de novelistas iletrados, y transidos de rancias obsesiones antihistóricas, o de libros de presuntos historiadores de allende los Pirineos -Gordon Corrigan, Bernard Cornwell…- que sólo han logrado ver convertida en éxito su sesgada, incompleta y parcial versión de las guerras napoleónicas (que excluye o minimiza la participación española) gracias al papanatismo y cobardía paralizante de un paupérrimo mundo editorial español que, en algunos casos, que sepamos, lo mismo pontifica sobre “el ser histórico de España”, y otras rimbonbancias, que, en sus ratos libres, funda -vía Panamá- una empresa offshore en un paraíso fiscal y, en general -con ese “adorno” o sin él-, hace buena la caricatura del español, ignorante, oscurantista y peores cosas aún.

A larga, si siguen este consejo, saldremos ganando todos y los puentes del 2 de mayo, además de entretenidos, también podrán ser instructivos. Incluso edificantes.

 

 

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Un paseo por la convulsa Historia Contemporánea de España en el IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes (1616-2016)
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Carlos Rilova | 25-04-2016 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Obviamente esta semana tocaba hablar de Miguel de Cervantes. El llamado príncipe de las Letras españolas. También considerado inventor de la novela moderna (no sé qué pensarán de esto los japoneses con su “Genji Monogatari”) y, desde luego, el autor español más universalmente reconocido y conocido, gracias precisamente a las dos partes de “El Quijote”.

Podría contar muchas cosas al respecto, pero he preferido quedarme, de todo lo que se podría decir, con una anécdota histórica de lo más interesante -o eso me parece a mí- que, espero, sirva de homenaje a Cervantes y ayude a reforzar todo lo que se ha hecho en este IV Centenario para recordar y valorar su figura.

La anécdota en cuestión no nos aleja demasiado del tema que trataba la semana pasada. De hecho, la ilustración que ilustra -valga la redundancia- este nuevo correo de la Historia está sacada de las páginas de publicidad de la misma revista “Nuevo Mundo” que hace siete días facilitó las dos imágenes del anterior correo de la Historia.

Se trata de una imagen publicitaria, como decía, en la que vemos a un Cervantes idealizado escribiendo una de sus frases menos conocidas porque no es de “El Quijote”, que ahora parece ser lo único que escribió y por lo único que habría que recordarlo.

La más bien idealizada imagen del bardo de La Mancha servía en ese caso para publicitar una conocida firma de analgésicos de origen alemán que, probablemente, sea la más consumida en el Mundo para catarros, dolores de cabeza, musculares, etc…

Es una circunstancia verdaderamente reveladora. ¿Por qué?. En principio, porque nos muestra que en el año 1931, el 15 de mayo, apenas un mes después de proclamada la II República, Cervantes seguía de moda en España y, es más, servía para vender productos de consumo masivo.

Es decir, que Cervantes, en el tiempo de la II República española, era tan popular como lo podría ser hoy un cantante de rock o un futbolista-estrella que, como ya sabemos, sacan buena parte de sus inmensas fortunas de poner su fama al servicio de colonias, cremas para después del afeitado, coches, seguros de vida…

Esto, como decía, es curioso, y revelador, desde el punto de vista histórico, porque nos da una visión de Cervantes que, quizás, antes de este IV Centenario de su muerte, no estaba demasiado extendida.

En efecto, a Cervantes, al menos hasta este IV Centenario, se le ha considerado en muchas ocasiones como un símbolo de la dictadura franquista producido tras la victoria de 1939 que trató de hacer -perdón por la paráfrasis- españoles a españolazos, utilizando como garrote al Cid vestido con camisa azul de Falange, que decía el falangista Federico de Urrutia -impresionante “crossover”, como se dice ahora, de dos episodios distintos de la Historia de España- o al propio Cervantes.

Así es, el eximio académico de la Lengua española, Sr. Pérez-Reverte, citaba en uno de sus artículos dominicales -“Un colegio no sexista”, publicado el 29 de marzo de 2010 en “XLSemanal”- el caso, verídico según su honor -y yo le voy a dar crédito, sin que sirva de precedente-, de una discusión en una reunión de una Asociación de padres para poner nombre al colegio de sus respectivos hijos.

Al parecer, según el citado artículo, una de las integrantes de la Asociación inició la discusión diciendo que, si se ponía al colegio el nombre de un escritor español actual, eso sería sexista porque excluía a las mujeres, etc… De la discusión, surgieron muchas diatribas que, por supuesto, sirvieron al Sr. Pérez-Reverte para otro de sus habituales desfogues sobre el estado de ruina y decadencia permanente de España desde, por lo menos, el día en que en Atapuerca se descubrió la rueda o el fuego.

De todo ello salió, al final, la frase que más nos interesa aquí y ahora. Uno de los padres dijo que ponerle al colegio el nombre de Miguel de Cervantes estaba descartado porque, el académico citaba literalmente sus palabras, “Con Franco todos se llamaban así”…

Bien, parece constatado, pues, cómo la clase media española -la gente que, se supone, lee libros, periódicos, que incluso puede que vea documentales de la 2- consideraba a la figura de Cervantes seis años antes del IV Centenario.

Y no se les puede culpar, porque, efectivamente, es muy difícil negar que el régimen dictatorial del general Franco se apropió, como botín de guerra, de la figura y el patrimonio de Cervantes. Basta con darse una vuelta por los presuntos libros de texto vigentes para aquella peculiar escuela pública -y no pública- española que la Dictadura pastoreó durante varias décadas.

Sin embargo, como nos lo demuestra el anuncio del ejemplar de “Nuevo Mundo” de 15 de mayo de 1931 -insisto: un mes después de proclamada la II República española- Cervantes era Cervantes y nada tenía que ver con ningún régimen específicamente.

Ni con el que permitía usarlo de reclamo publicitario de analgésicos, ni con el que lo quiso convertir en camisa vieja de Falange y símbolo de una hispanidad un tanto excluyente y rancia.

Acaso este IV Centenario permita ir limpiando esa imagen negativa de Cervantes, devolviéndolo a su verdadero ser histórico. Por mi parte aporto este pequeño grano de arena, este anuncio de analgésicos alemanes que se servía de una frase de las obras de Cervantes como hoy otros se sirven de las hazañas futbolísticas de Cristiano Ronaldo.

Espero que sirva de ayuda, como supongo que servirán de ayuda otras iniciativas como la exposición de la Biblioteca Nacional, la de la biblioteca de la Diputación guipuzcoana Koldo Mitxelena, la placa conmemorativa inaugurada este viernes pasado en el cuartel de Loyola de San Sebastián recordando que Cervantes sirvió en el Tercio Viejo de Sicilia del cual se formó, siglos después, el regimiento hoy acuartelado en esas instalaciones, o la iniciativa televisiva de La Sexta con la campaña “Cervantes vive”…

Quizás incluso consigamos poner a Cervantes a la misma altura que a William Shakespeare que, con escasa diferencia de días, también murió hace cuatro siglos.

De hecho, la novela que empezó esa tarea, “Ladrones de tinta”, ya fue escrita y publicada en 2004.

Por tanto unos cuantos años de que alguien pensará, no sin razón, que Cervantes era sólo aquel escritor manco que, principalmente, servía para que el régimen franquista pusiera nombre a todos los colegios de España (a todos los que no se llamaban Ramiro de Maeztu, al menos).

Así las cosas, todo es posible. Leamos, preguntémonos cosas, averigüemos. Todo menos dejarnos llevar por pesadas inercias mentales que, justificadas o no, sólo han servido para desquiciar un episodio -otro más- de esa Historia que -se lo puedo asegurar tras 20 años de arduo trabajo en investigación histórica- no fue como la han querido contar quienes menos supieron de ella.

 

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Algo de Historia sobre la mala prensa de la República española (1931-2016)
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Carlos Rilova | 29-04-2016 | 08:09| 4

Por Carlos Rilova Jericó

Para no variar demasiado, me voy a meter esta semana en otro tema que, probablemente, puede resultar tan polémico como el que trataba la semana pasada.

Como este jueves fue 14 de abril, resurgió, cómo no, la conmemoración de la II República española. En esta ocasión unos celebraban, y otros deploraban, el 85 aniversario de su proclamación.

Para unos era la ocasión de recordar un gobierno que, pese a todos los problemas que se desencadenaron desde su instauración, sigue siendo el bueno, el legítimo. Una percepción sin duda alentada por el fin violento que sufrió ese régimen desde el 18 de julio de 1936 por medio de una sublevación militar de lo más despiadada.

Para otros este 14 de abril y el despliegue de banderas y reivindicaciones republicanas, fue ocasión de recordar lo mala que había sido la República. El periodista Carlos Cuesta fue contundente en uno de los programas de los que es habitual, “El gato al agua”, del canal 13Tv. En él execraba a los que habían desplegado esas banderas y esa reivindicación de la República por exhibir un símbolo -la tricolor republicana española- que significaba, según él, lo que dividía a los españoles… Palabras que deberíamos considerar tan sólo una muestra más de cómo se está administrando la gestión de ese pasado tóxico que, con los años, en lugar de irse mitigando se está convirtiendo en un pozo de veneno para la actual sociedad española.

¿Y qué dicen los historiadores, y este historiador en concreto, de esto?. Bueno, la verdad es que es difícil citar una a una todas las obras que han analizado el período republicano de 1931 a 1936. La bibliografía que se ha generado en estos 85 años es inmensa. Casi tanto como la que desde 1821 ha generado el imperio napoleónico. Hay que resumir pues.

Hay obras, como la de Rafael Torres, que desde una óptica muy favorable al régimen republicano, como indica su título, “Viva la República”, nos han devuelto, vía imágenes, lo que supuso esa República en sus aspectos más positivos, los de una España que se sacudía una dictadura parafascista y algo Art Decó y se abría a un régimen muy moderno, muy innovador.

En esa obra apenas se alude a los disturbios que, a algo más de un mes de proclamada la República, se desataron. Más concretamente contra unas cuantas docenas de iglesias, conventos y seminarios de Madrid y otras capitales españolas. De hecho, de todo el libro, esa parte del asunto sólo ocupa la mitad de la página 20.

La versión de Torres señala que la que él llama “carcundia antirrepublicana” se regocijó por estos incidentes y que la élite ilustrada que había traído el régimen se horrorizó y… trató de restablecer el orden de inmediato. Torres también señala que, a pesar de las iras que la Iglesia despertaba a nivel popular por su alineación, en general, con poderes opresivos y avasalladores, muchos religiosos fueron protegidos por la que él define como “mayoría de los ciudadanos” y, más importante aún, que las autoridades republicanas, inicialmente sobrepasadas por la explosión violenta, pronto tomaron todas las medidas oportunas para sofocar tanto los incendios como  garantizar la libertad de Culto y reprimir a los causantes de estos disturbios enviando a fuerzas de Policía y tropas a restablecer el orden.

Básicamente una secuencia que coincide con el número de mayo de 1931 de “Nuevo Mundo”, uno de los muchos periódicos que Torres ha utilizado para su obra y que le facilitó la imagen que ilustra ese texto de la página 20 de su libro, donde se puede ver a una patrulla de Caballería desplegada en las inmediaciones de un edificio ardiendo.

Así es, ese número de 15 de mayo de 1931 de “Nuevo Mundo” del que parte el texto de Torres, corrobora, gráficamente, lo que nos dice “Viva la República”. Es algo que se puede ver también en las imágenes de este nuevo correo de la Historia sacadas de ese mismo número de “Nuevo Mundo”. En una vemos a la Policía Municipal de Madrid de aquella época protegiendo las personas y propiedades de una iglesia atacada. En otra a un nutrido contingente de la Guardia Civil defendiendo la entrada del diario monárquico “ABC”, posible víctima de los desmanes, ya que estos, aunque Torres no lo menciona -a pesar de que “Nuevo Mundo” le dedicaba buena parte de su reportaje- habían empezado porque la presencia de un ex-ministro monárquico paseándose por las calles -después de salir de una reunión en un polémico y recién creado “Circulo monárquico”- soliviantó a las masas de Madrid, desencadenando esas escenas de incendio, saqueo, etc…

Resumidamente eso es lo que pasó. O lo que parece poder establecerse como secuencia cierta de los hechos a partir de documentos de época como el reportaje de “Nuevo Mundo”.

Sin embargo, si nos trasladamos a otros discursos sobre la Historia de la II República española, lanzados desde sectores como los representados por el ya aludido Carlos Cuesta, descubrimos que incidentes como los del domingo al miércoles de la segunda semana de mayo de 1931 en Madrid y otras capitales habrían sido, cuando menos, tolerados por la Policía y los bomberos que, bajo órdenes del nuevo régimen republicano, nada hicieron para detener la revuelta o apagar los incendios…

Hay muchos ejemplos de variaciones de ese discurso que circulan desde hace ya más de una década en letra impresa. Así, por ejemplo, el economista Ramón Tamames -habitual de programas frecuentados por Carlos Cuesta- decía en 2011 en su “Breve Historia de la Guerra Civil española” que el Gobierno Provisional republicano, a excepción del ministro de la Gobernación -hoy diríamos del Interior- fue negligente y permisivo con las “turbulencias anticlericales”. Algo que las fotos de “Nuevo Mundo” desmentirían obviamente mostrando que, pasadas las primeras 48 horas de inacción y vacilaciones del Gobierno Provisional, se dejó a Maura actuar libremente…

En 2003, uno de los más polémicos autores que han escrito sobre la Guerra Civil, Pío Moa, plasmaba y popularizaba a otros niveles esas tesis manejadas por él desde, por lo menos, 1999. La más conocida, tal vez, sea la exposición que hace de los hechos en su obra de más difusión: “Los mitos de la Guerra Civil”. Según esa versión, basada en las declaraciones del ministro Maura -católico, monárquico y conservador, según la descripción de Moa- la culpa fue de uno de sus correligionarios, Niceto Alcalá-Zamora, que, como parte del llamado “Pacto de San Sebastián” que liquida “de facto” la monarquía, acabaría presidiendo el Gobierno republicano provisional en esos críticos momentos y habría dejado que la ordalía siguiera su curso, castigando no a los culpables, nos dice Moa, sino a las víctimas, al disolver la orden jesuita…

Obviamente esto se puede rebatir y se ha rebatido. Ahí está el explícito ensayo “Anti Moa” del profesor Alberto Reig Tapia. Los documentos, gráficos también hablan. Imágenes como las que mostramos en este nuevo correo de la Historia parecen revelar que Maura -independientemente de sus posteriores quejas- se las arregló bastante bien para que las cosas no fueran más lejos en aquellos momentos de caos. Los guardias civiles formando un sólido muro ante la entrada del “ABC” no parecen corroborar precisamente ninguna versión posterior de esos hechos dada por Maura…

Una conclusión “prima facie” a estas discrepancias de pareceres cada vez más acerbas debería ser que antes de hacer afirmaciones categóricas en un sentido u otro, habría que tener en cuenta la multitud de documentos que cuarenta años de Dictadura no permitieron estudiar ni difundir. Que la República no fue ninguna balsa de aceite desde sus comienzos se puede admitir, pero que fue abiertamente perversa como régimen es igualmente inadmisible porque eso sería hacer buenos los argumentos de quienes intentaron desestabilizarla desde el 10 de mayo de 1931 antes de esos disturbios, como lo corrobora el reportaje de “Nuevo Mundo” o investigaciones solventes y contrastadas de historiadores especialistas en el tema como Gabriel Jackson o Hugh Thomas que, aún con versiones ligeramente diferentes en sus obras “La República española y la guerra civil” y “La guerra civil española”, vienen a  coincidir en que la oposición monárquica había comenzado antes de que ni una sola iglesia o dependencia de ese tipo ardiese o incluso, como ocurre en el caso de Jackson, indican que hubo pruebas como mínimo circunstanciales de que los incendios fueron provocados no por agentes anarquistas, como señala Hugh Thomas, sino por agitadores pagados por los monárquicos. Un extremo que corroboraría el hecho, mencionado por Jackson, de que los círculos republicanos de Zaragoza y Valencia pusieron guardia ante las iglesias de sus respectivas capitales para impedir los incendios…

Es posible que la tricolor republicana, como decía Carlos Cuesta, sea un símbolo de división, de resentimiento para muchos españoles de hoy día. Principalmente -se debería añadir- aquellos que se han educado en el relato de los vencedores de la Guerra Civil. Sin embargo, a eso también se debería añadir que la bandera rojigualda -al margen del escudo que ostente en ella- recuerda a la otra mitad de los españoles educados en el relato de los vencidos de la Guerra Civil, cosas no mucho más agradables y que, por cierto, se extendieron en el tiempo, más que los posibles desmanes del régimen republicano que, como mucho, pudieron desarrollarse entre 1931 y 1939 y siempre al margen de la Ley. No amparados por ella, como en el otro bando…

Falsear el discurso histórico, utilizar acontecimientos como los del 10 al 14 de mayo de 1931 como excusa para condenar al régimen republicano y justificar la sublevación, la guerra y la represión despiadada ejercida en diferentes grados de brutalidad entre 1936 y 1975 (la República ofreció en 1938 “Paz, Piedad y Perdón” y un plan de reconciliación. El bando sublevado jamás dio siquiera muestras de tal cosa), no contribuye, precisamente, a normalizar un país que, eso parece evidente, en más de 8 décadas (se dice pronto) ha sido incapaz de reconciliarse en modo alguno. Ni con la Historia, ni con las dos mitades en la que está dividido -evitémonos mentiras piadosas, por favor- desde hace 80 años. Como acabamos de ver este último 14 de abril.        

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