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¿Por qué España no tiene un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU?. Una explicación buscada en la Historia contrafactual (1939-2014)
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Carlos Rilova | hace 15 horas| 1

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana la Historia, una vez más, ha ido pegada a la actualidad. Resulta que el actual gobierno de España obtuvo este jueves una de sus cada vez más escasas alegrías al conseguir un asiento provisional -y subrayo lo de “provisional”- en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Ya se habrán enterado por los telediarios y demás prensa de qué va todo eso: Rusia, Francia, Gran Bretaña, China y Estados Unidos son miembros permanentes de ese Consejo de Seguridad, teniendo voto y también veto para paralizar las decisiones del mismo que les disgusten.

¿Cómo ganaron ese privilegio de gobernar el Mundo según sus deseos?. La respuesta es sencilla: era parte del botín de guerra de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

¿Podría España, junto con Gran Bretaña y Francia, haber estado ahí en lugar de andar ahora peleándose por un puesto provisional cuya obtención se celebra -qué cosas- como un gran logro?. La respuesta a esa pregunta no es tan sencilla. Entramos en el terreno de la llamada Historia contrafactual. Eso que en Literatura se llama Ucronía.

Es un género poco transitado pero que cuenta con algunas aportaciones de lo más serias. Por ejemplo un libro titulado “Historia virtual” dirigido por el historiador Niall Ferguson.

En él varios especialistas imaginaban qué hubiera pasado sí… no hubiera habido revolución americana en 1776, si Hitler hubiera ganado la guerra, o si España no hubiese sufrido su guerra civil de 1936-1939.

Es precisamente en ese punto Jumbar -o “Jonbar” según los puristas-, aquel en el que el curso de los hechos históricos toma un rumbo u otro, en el que podríamos -incluso deberíamos- buscar la explicación de las causas por las que España, la de ahora, la de 2014, no tiene un asiento permanente -y subrayo lo de “permanente”- en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Para eso, aunque les resulte raro, sería preciso hacer un relato a medio camino entre la Literatura -por ejemplo la de volúmenes como “En el día de hoy”, premio Planeta de 1976, “Los rojos ganaron la guerra”, “El desfile de la Victoria”, o la vergonzante recopilación “Franco, una Historia alternativa”- y las propuestas de la mencionada obra de Niall Ferguson, o los desiguales relatos contenidos en la Wikia de Historias Alternas en español.

Voy a intentarlo, por una vez y sin que sirva de precedente, esperando que lo disfruten -y de paso aprendan algo- con este ejercicio retórico tal vez audaz pero ineludible si se quiere comprender mejor cómo es posible que hoy España no tenga un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y celebre -a falta de algo mejor- como un triunfo el que le dejen sentarse por allí de vez en cuando. Aquí comienza ese relato de una realidad alternativa que, sin embargo, de haber sido cierto, nos hubiera llevado de manera permanente al Consejo de Seguridad de la ONU y no de prestado como ocurre en nuestra realidad histórica no alternativa:

“Extractos deEl Ejército español durante la Segunda Guerra Mundialde Antonio Bedor. Prensas Universitarias Españolas. Madrid, 1968.

“La victoria de la opción monárquica en las elecciones convocadas inmediatamente después de la victoria republicana en la ofensiva del Ebro puede parecernos hoy sorprendente, pero no es imposible si la analizamos en profundidad.

La Segunda República, pese a la victoria sin paliativos sobre el ejército de los sublevados franquistas, tenía una crisis de legitimidad que sólo podía agravarse en el complicado panorama internacional que se presentaba en esos momentos.

Los acuerdos de Munich suscritos por un Chamberlain claudicante ante Hitler, sumado al posterior pacto de 1939 entre la Unión Soviética y Alemania, condicionaba extraordinariamente la situación a la que se debería enfrentar la España republicana vencedora de la batalla del Ebro. El gobierno de Madrid se planteaba preguntas tales como si la URSS abandonaría su causa -después de haberse cobrado ya un alto precio tanto económico como político- frente a una Alemania insaciable y con claras ansias de supremacía mundial para la que el control del Mediterráneo era esencial.

Lo cierto es que la opción monárquica presentada en las elecciones de 11 de julio de 1939 supo explotar magistralmente ese complejo panorama. Azaña, la describió a la perfección con una de sus frases lapidarias en una conversación sostenida con Indalecio Prieto “Me temo que esos dos atípicos especímenes de la Realeza van a complicarnos la vida”.

Los “atípicos especímenes” a los que se refería Azaña eran el príncipe Fernando de Borbón y su esposa Amalia de Saboya. Ciertamente eran atípicos. Fernando, con una impecable educación británica en Sandhurst, como su bisabuelo Alfonso XII, se había distanciado un tanto de su hermano don Juan desde el estallido de la guerra civil a causa de la actitud errática del, en puridad, jefe de la Casa Borbón y, sobre todo, tras su boda por amor con una princesa de la casa Saboya. Acérrima rival de los Borbones, por cuestiones de derecho dinástico, desde el siglo XIX.

Amalia de Saboya, enfermera durante la Primera Guerra Mundial en el frente del Isonzo con apenas dieciocho años cumplidos, activa sufragista, frecuentadora de los círculos de la vanguardia artística parisina y, en conjunto, la perfecta mujer “flapper” tan habitual en el período de entreguerras, tampoco era un “típico” espécimen de la realeza. Su boda con Fernando de Borbón la habría enemistado con su familia si antes no lo hubiera hecho su liberal estilo de vida y la claudicación de la casa reinante italiana ante Mussolini, al que la futura reina de España no dudó en calificar como “puerco con camisa negra” (…).

(…) El sector más moderado e inteligente de los monárquicos españoles supo, en efecto, aprovechar perfectamente esta opción presentando la candidatura del doblemente exiliado príncipe -exiliado de su familia y de su país- con un carácter tan plebiscitario como las elecciones municipales de abril de 1931 (…).

(…) Azaña hizo una entrega de poderes modélica el 1 de septiembre de 1939 en el Palacio de Oriente de Madrid. Célebres son sus palabras en el discurso de investidura del nuevo rey acerca de que España “había entrado republicana en la guerra civil y había salido de ella monárquica”, no quedándole a él, y a las demás opciones republicanas, sino devolver el poder a quien la legítima voluntad popular había elegido  en aquella hora de emergencia nacional. Justo cuando la Alemania nazi cruzaba la frontera polaca amparada por el pacto germanosoviético Ribbentrop-Mólotov.

Menos conocidas son sus impresiones dictadas a su cuñado y secretario Rivas Cherif indicando que no le extrañaba en absoluto aquel cambio de tercio, aquel regreso inesperado a la monarquía. Opinaba Azaña que Fernando VIII representaba una monarquía moderna, parlamentaria, profundamente comprometida con la defensa de la democracia, como la británica o la holandesa, y la República, en esos momentos, aparecía sucia por todo lo ocurrido durante la Guerra Civil.

Grandes éxitos como la batalla del Ebro no habían podido borrar los horrores de las checas stalinistas en Madrid y en el frente de Aragón o los “paseos” perpetrados por bandas que, como los fascistas, sólo necesitaban para tomarse la Justicia por su mano un coche con las siglas U. H. P.  y armas que hubieran estado haciendo un mejor servicio en el frente.

Si a eso se sumaba que los comunistas, siguiendo los dictados de un Stalin ahora claramente asociado como aliado de Hitler en Polonia, habían exigido, de nuevo, la política de Frente Popular de todas las fuerzas españolas más o menos democráticas o, al menos, antifascistas, no era raro que Fernando VIII fuera la mejor opción para muchos españoles supervivientes a los horrores de la Guerra Civil y que sabían tendrían que enfrentarse, casi sin solución de continuidad, a otra guerra contra el Fascismo.

Azaña, como podemos leer en sus “Memorias de la Segunda Guerra Mundial”, que acabarían por valerle el premio Nobel de Literatura en 1955, volvió a expresarlo con contundencia en otra de sus frases para la Historia: “estaba claro para muchos españoles que habíamos formado piña con filofascistas como Gil-Robles, estafadores sin escrúpulos como Alejandro Lerroux y gente que olía a sangre de inocentes y a iglesias quemadas desde una legua de distancia. Trágico error que devolvió España, legítimamente, a una monarquía renovada”. Un juicio excesivamente abrupto de un político consciente de ser protagonista, a tiempo completo, de la Historia, pero en absoluto desencaminado (…)

Capítulo 4. La segunda guerra peninsular (1940-1944).

La épica de la Segunda Guerra Mundial en el frente español ha sido ampliamente narrada en novelas históricas, películas, recientemente en alguna serie de televisión de algún canal privado…, pero ciertamente parece aún un tema sin agotar ni en esos formatos divulgativos, ni mucho menos para la Historia.

Básicamente los cuatro años de 1940 a 1944 repiten el esquema de la guerra peninsular de 1808 a 1813. Una vez más un tirano militar con ambiciones de dominio sobre toda Europa debe doblegar la resistencia española para posteriormente doblegar la resistencia británica. Hitler intentó no volver a cometer los errores de su admirado Napoleón, pero podríamos afirmar que no pudo evitarlos al tomar sus deseos por la realidad, imitando, también en esto, a Napoleón.

Para empezar los ejércitos nazis tenían que entrar combatiendo en España desde Irún y como un ejército de invasión. No como uno que simulaba ser aliado, como el francés en 1808. Por otra parte se enfrentaban a tropas muy fogueadas por tres años de guerra civil y a una sociedad muy cohesionada tras la debacle de ese conflicto y las elecciones de 11 de julio de 1939. El Ejército español de 1939 no era, ciertamente, el Ejército francés de esas mismas fechas repleto de una oficialidad filofascista en su mayoría y, por tanto, dispuesta a entregarse a una potencia extranjera que muchos de esos oficiales desleales preferían antes que, por ejemplo, un nuevo gobierno frentepopulista del por ellos llamado “Judío Blum”.

Esa pericia militar y mentalidad de resistencia a ultranza del nuevo ejército español se demostró con creces durante la retirada de Francia en el otoño de 1940 y la “Operación Dinamo”, que evacuará una parte sustancial de la British Expeditionary Force por los puertos de Vigo y La Coruña -otra vez los ecos de la primera guerra peninsular- para que Gran Bretaña pudiera hacer frente a la “Operación León Marino”. Esas tropas, esenciales para la que luego se conocerá como “La batalla de Inglaterra”, saldrán de allí protegidas por el fuego de cobertura español. Especialmente el de las escuadrillas de la RFA (Real Fuerza Aérea Española) equipadas con los nuevos cazas Spitfire y Hurricane, dotados de una munición antitanque que se demostró devastadora contra las divisiones panzer de Guderian. Especialmente en los ametrallamientos a vuelo rasante vitoreados por la castigada Infantería hispano-francesa-británica (…).

Capítulo 8. La segunda campaña de Francia y el fin de la guerra (1944-1946).

(…) Resulta difícil leer sin emoción los fragmentos de las “Memorias” del capitán Hernández que relatan la liberación de París en el verano de 1944. Especialmente el pasaje que describe a los blindados de la división Leclerc de franceses libres y a los españoles de la División Acorazada “General Álava” actuando conjuntamente contra los panzer desplegados en el extrarradio rural de París para cortar su avance e impedir que se unieran a la población parisina insurreccionada. Un pasaje de magnífica factura en el que casi podemos palpar el calor desprendido por los campos llenos de espigas a punto de ser cosechadas, los motores de los blindados al rojo vivo y los disparos hechos casi a quemarropa por aquellas unidades aplaudidas por los civiles franceses, que los saludarán entusiasmados al ver desplegadas en las antenas de sus blindados la  bandera tricolor y la rojigualda con la corona real española y la cruz blanca de los Saboya (…).

(…) La contribución española a la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial era innegable. Sin embargo Manuel Azaña tenía grandes reservas. Actuando en aquellos momentos en su calidad de primer ministro del gobierno de concentración nacional que había mantenido a Madrid resistiendo hasta el último proyectil antiaéreo, diezmando a la Luftwaffe, no estaba dispuesto a que los ecos negativos de la primera guerra peninsular se repitieran de nuevo en la Conferencia de paz de Sevilla que iba a dar origen al primer embrión de la ONU. Sus palabras al embajador plenipotenciario Javier Rodríguez Herrán fueron meridianamente claras “Recuerde, no hemos luchado contra los nazis en las zanjas, en las acequias, en los valles, en las vegas y en las montañas para que ahora nos hagan en esa conferencia lo mismo que nos hicieron en el Congreso de Viena en 1815. Recuérdeles que el primer tanque aliado que entró en Berlín era español, se llamaba “Guernica” y llevaba desplegada la bandera roja y amarilla en su antena de comunicación”.

No puede decirse que Rodríguez Herrán no cumpliera al pie de la letra las indicaciones de Azaña. Su frase a Truman y Churchill ha pasado a los anales de la diplomacia contemporánea – “¿Qué hacen aquí los rusos?”- recordando incisivamente que estos no se habían incorporado a la ofensiva contra los nazis hasta sufrir la “Operación Barbarroja” del año 1942. Motivo más que suficiente, en opinión de Rodríguez Herrán, para privarles sino de un asiento en el Consejo de Seguridad sí al menos del derecho de veto. Cosas ambas que ni Churchill, ni Truman, ni De Gaulle estuvieron dispuestos a regatear a España, a diferencia de lo que había ocurrido en 1815 en Viena y el presidente Azaña temía volviera a repetirse tras la victoria, aplastante victoria, de 1945 (…)” .

Hasta aquí la ficción. El mundo alternativo, la rama de la Historia que se desvía del tronco que conocemos para seguir un camino diferente pero que, como señala Niall Ferguson, no es imposible e incluso puede resultar imprescindible para explicar ciertas cosas de nuestro presente no alternativo. Por ejemplo las razones por las que hoy España no tiene un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y debe conformarse con que se le permita sentarse, de década en década, y sólo por dos años, en esos asientos en los que únicamente tiene derecho de voto pero no de veto.


Evidentemente las malas compañías de 1939, esas completamente ausentes en el relato alternativo que les acabo de dibujar, nos siguen pasando factura. Cuanto antes nos demos cuenta y no nos dejemos adormecer por un triunfalismo totalmente injustificado, basado en la ignorancia y el falseamiento de nuestro propio pasado, tanto mejor…

 

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Historia hasta en el café. De Magallanes y otros asuntos. Apuntes para después de un 12 de octubre
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Carlos Rilova | 13-10-2014 | 09:50| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy resulta difícil, una vez más, no hablar en una página como ésta, dedicada, como ya se habrán dado cuenta, a la Historia, de Colón, Elcano, Magallanes y otros navegantes españoles, o financiados por España, para realizar una serie de expediciones que, sólo para empezar, cambiaron los mapas del Mundo.

En otras ocasiones ya he hablado de esta cuestión. De hecho, si no me equivoco, lo he hecho cada 12 de octubre desde que este correo de la Historia empezó a funcionar en 2012. Siempre, y ya lo siento, he hablado de lo mal que se maneja en España una fecha como esa del 12 de octubre, que equivale al 14 de julio francés.

Hoy no va a ser una excepción. Y me temo que no lo va a ser hasta que las cosas cambien mucho, o hasta que yo cambie de pasaporte que, visto el panorama, todo podría ser.

Pero vayamos al fondo de la cuestión. Una vez más, lo habrán comprobado ayer y sobre todo hoy, en el balance informativo que se hace del 12 de octubre: todo el significado de esa fecha se reduce al desfile militar que transcurre por la Castellana de Madrid. Este año con el aliciente de que lo presidía un nuevo rey y que marchaba en él, como gastador, nada menos que el actual Mister Universo…

Las referencias al trasfondo histórico de esa fecha han faltado enteramente o han sido prácticamente irrelevantes. Una vez más y a pesar de la importancia universal del 12 de octubre para la Historia general y no sólo de España.

Y ahora vamos con las comparaciones odiosas. Esas que sirven hoy de ilustraciones a este nuevo correo de la Historia.

En Francia estas cosas, que se sepa, no ocurren sencillamente porque allí la Historia es un jardín bien cultivado. Del mismo modo que usted o yo cultivamos la gastronomía: por aquello de vivir más y mejor.

Allí, en Francia, la Historia del país se ha explicado desde todos los ángulos posibles, pero ante todo huyendo de la autoflagelación y arrimándola, más de lo que sería creíble incluso, a los grandes logros de la Humanidad a lo largo del tiempo. Por ejemplo los viajes de descubrimiento iniciados desde finales del siglo XV y, sobre todo, desde comienzos del XVI. Curiosamente la mayoría de ellos financiados por lo que entonces, tras la unificación dinástica de Castilla y Aragón, empezaba a tomar la forma oficial, y por escrito, de lo que ahora se llama “España”.

Un ejemplo de lo más revelador de esa política cultural francesa -hoy imitada por los secesionistas catalanes- son las colecciones de personajes históricos ofrecidas en Francia en productos de consumo habitual. Como el café soluble. En ellas se mezclaban astutamente grandes personajes históricos universales con los grandes personajes históricos franceses.

Desde las amantes de Luis XV hasta Robespierre, pasando por el mariscal Vauban, Alejandro Dumas, Washington, Franklin, Beethoven, Liszt, Telemann y un etc… en el que rara vez aparecen españoles, pero sí algunos de los que fueron financiados por España para hacer grandes hazañas. Como descubrir la parte de la esfera terrestre que hasta ese momento se había creído dominada por monstruos marinos y abismos insondables. Caso de Juan de Magallanes, cuya figura compartía espacio en la colección de figuras que regalaba el café soluble Mokarex -en los años cincuenta del pasado siglo- con la de ilustres personajes franceses: Danton, Davout, Napoleón III, Rousseau y otros “Marinos celebres” como Surcouf…

Así de sencillo, y con cosas así, con colecciones didácticas como esas, se han creado en Francia legiones de novelistas, cineastas, publicistas, lectores, espectadores… conscientes de su propia Historia y de la importancia que tiene y de quiénes son cuando tiene enfrente, por ejemplo, a gente de otros países que quiere negociar un tratado comercial, diplomático o cualquier otra cosa imprescindible para esa forma de organización -hoy todavía plenamente vigente mientras se instaura la Armonía Universal de religiones, sexos y patrias- que llamamos “nación” y en la que nos toca vivir porque es nuestro hogar. El sitio del que no puedes dejar que te echen, que te lo roben, que te lo quemen, que te lo saqueen o que te lo degraden porque más allá de él ya no hay nada, salvo eso que los poetas llaman “el amargo pan del exilio”.

¿Se está haciendo en España la correcta inversión en esa clase de bienes culturales, tanto a nivel público como por eso que llaman “iniciativa privada”?.

Con respecto a la iniciativa pública ya decía al principio que, por ejemplo para el 12 de octubre, todo se reduce, por lo que se ve, a un desfile militar cuya razón de ser queda bastante desdibujada, incógnita.

Ni siquiera se ha hecho un esfuerzo por ligar una de las series de mayor éxito de la TVE, “Isabel”, con esa fecha. A pesar de que la relación entre el personaje y el Descubrimiento del 12 de octubre es muy estrecha.

Con respecto a la iniciativa privada, como la de grandes conglomerados industriales de producción cultural, la cosa no tiene mucho mejor cariz si atendemos, por ejemplo, a las inversiones realizadas en cine, que suelen ser las de mayor efecto

¿Cuál es la película mejor promocionada justo en la semana del 12 de octubre por una de las mayores productoras españolas?. La respuesta igual les deprime: “Torrente 5”. Sí, esa quinta entrega sobre la vida de un ex-policía fascista, machista, racista, admirador de diversos dictadores y un largo y lamentable etc… que ya les sonará.

Muy divertida en sus tres primeras entregas, pero sencillamente lamentable en esta quinta en la que grandes actores como Alec Baldwin, o directores como Santiago Segura, han dilapidado todo un capital cultural queriendo, encima, elevar a un personaje, ya hace tiempo pasado de rosca, a profeta e historiador, contándonos que España siempre ha sido “asín” y, por lo tanto, en 2018 sólo puede haber sido expulsada de la Unión Europea y el euro y haber perdido a Cataluña. Un incomprensible ascenso de Torrente -de personaje marginal y burlesco a oráculo político- a lo que sólo se puede añadir: “lo que nos faltaba”.

Es sangrante, en la semana del 12 de octubre, ver tan promocionada por una productora española una película en la que Alec Baldwin dice que los españoles llevamos en los genes ser unos perdedores y que por eso sólo conquistamos América del Sur. Curiosa interpretación de los hechos habida cuenta de que gran parte de Norteamérica también fue conquistada por España y que la del Sur estaba llena de un oro y plata que para sí hubiera querido la pobre Inglaterra del siglo XVI.

Así de absurda, y de contraproducente, es hoy por hoy la política cultural española, con empresas como A3Media que fomentan, por un  puñado de millones de euros, un personaje ya agotado -y ahora ridículamente sobredimensionado- frente a otras producciones suyas de mucha mayor calidad como “La isla mínima”, donde -pueden comprobarlo ustedes mismos- se les cuenta una Historia reciente de España mucho más coherente que cualquier astracanada de las que se dicen -y están de más- en “Torrente 5”.

Esto es lo que tenemos, hoy por hoy, en lugar de una Historia explicada hasta en el café soluble. Una anomalía que nos puede salir muy cara y que ayer el historiador José Álvarez Junco explicaba magistralmente en “La Cuarta Página” de “El País”. Vean, lean y mediten sobre qué sentido tiene seguir “celebrando” el 12 de octubre de tal modo. Después, por el bien de todos, salgan de su asombro y tomen medidas. Alguna, la que sea, como comprar una entrada de cine u otra. Por algo se empieza…

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De “La sombra del águila” a Mónaco. Las tropas españolas de Napoleón y su, a veces, feliz destino (1810-2014)
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Carlos Rilova | 06-10-2014 | 09:36| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Como siempre, a medida que avanza la semana, el problema de este historiador es encontrar alguna noticia interesante que traer a este correo de la Historia.

Algo que esta última ha sido bastante arduo. Más que nada por la cansina repetición en los medios de temas ya tratados -Cataluña, la epidemia de Ébola…- en esta página. Al final, como ahora estoy atrapado en cuestiones de índole napoleónica -ya les contaré-, di con una cuestión prometedora para este correo de la Historia releyendo un viejo artículo de “Historia 16”, firmado, en el también prometedor año 1977, por el especialista Jean-René Aymes.

Era tema de portada en aquel número de la revista de Historia más popular en España durante la llamada Transición. Se trataba de, como decía el título del propio artículo, las tropas españolas de Napoleón. Releyendo el texto pronto me di cuenta de que esta historia de la Historia tenía elementos, en efecto, muy prometedores.

Por un lado la mayor parte de ustedes sólo conocerán el asunto por una novela por entregas publicada en los años 90 por el académico Arturo Pérez-Reverte. Ya habrán adivinado, quizás, que me refiero a “La sombra del águila”. Lo cual, a decir verdad, no es saber mucho sobre las tropas españolas que, de grado o por fuerza, como ocurrió en Portugal, en muchos estados alemanes e italianos… formaron parte de los ejércitos napoléonicos que saquean, incendian, roban, matan y etc… durante quince años por toda Europa. Empezando por España, el principal núcleo -casi único de hecho- de la resistencia antinapoleónica en Europa entre 1808 y 1812.

A eso el artículo del profesor Aymes añadía otros alicientes. Por ejemplo, resulta que algunos de esos reclutas españoles de Bonaparte -los del llamado regimiento José-Napoleón- y el idílico Principado de Mónaco estuvieron -aunque parezca sorprendente- estrechamente relacionados. Lo cual, teniendo en cuenta la tirada de las llamadas revistas “del corazón”, visitantes habituales de dicho principado y de su hoy creciente y principesca familia, me ha parecido motivo más que interesante para hablar este lunes de esas tropas españolas de Napoleón y su, a veces, feliz destino, en contra de la impresión que les haya podido dejar la lectura de “La sombra del águila”. Feliz, al menos, hasta el año 1812 en el que los sacaron de la soleada costa mediterránea para llevarlos a Rusia.

Vayamos al núcleo del asunto, empezando por lo que dice “La sombra del águila”. Según esa novela tropas españolas que no procedían de los voluntarios del regimiento José-Napoleón, fueron reclutadas prácticamente a la fuerza y con engaño y lo pasaron bastante mal. Antes y después de 1812. Especialmente las que no pudieron huir con el resto del contingente del marqués de la Romana del territorio de uno de los más fieles aliados del Ogro corso durante aquellos años de las guerras napoleónicas. Es decir, la hoy, por distintas razones, tan admirada Dinamarca.

A diferencia de las tropas que lograron huir ayudadas por la flota británica -como sabrán por la lectura de “La sombra del águila”- y desembarcaron en Ribadeo, Santoña y Santander a tiempo para enfrentarse a la contraofensiva napoleónica posterior a la victoria de Bailén, los rezagados de esas unidades se quedaron allí y pasaron por la atroz campaña rusa de 1812.

En ese momento, tal y como cuenta esa novela cargada de humor negro, los voluntarios forzosos de esas tropas, que no los entusiastas de Napoleón, que también los había, habrían tratado de cruzar las líneas simulando un ataque suicida que deja pasmado a todo el Estado Mayor napoleónico, empezando por el propio Napoleón, y que acaba en fiasco porque Murat -descrito en términos crueles aunque no inexactos por el novelista cartagenero- da una de sus características cargas de Caballería. Una que acaba con los pobres soldados españoles chasqueados y obligados a quedarse con Napoleón para sufrir las atrocidades de la retirada de la “Grande Armée” durante el gélido invierno de 1812. Afrontando así un frío mortal, a los lobos, a los cosacos y a las heladas aguas del Beresina. Ese río aún hoy sinónimo de desastre en francés.

La realidad, se lo aseguró, fue algo diferente, como suele ser habitual en las novelas del citado académico, bastante reñidas con la Historia.

En efecto, si leemos un documentado artículo publicado en la revista “Tiempo” por Luis Reyes descubriremos que, en realidad, aquellas tropas, o al menos una parte sustancial de las mismas, sí consiguieron pasar las líneas rusas durante la campaña de 1812. A diferencia de lo que pueden leer en “La sombra del águila” -cargada, como gran parte de la Literatura de su autor, de un incomprensible y malsano pesimismo sobre la Historia de España- fueron recibidos con honores por el propio zar Alejandro I, equiparados a su guardia personal y devueltos a España, verdaderamente a cuerpo de rey, en navíos de la Armada rusa, formando ya entonces el regimiento Imperial Alejandro, que en 1815 tomaría parte en la derrota final de Napoleón de la que, espero, les hablaré bastante este año entrante.

Ese fue el glorioso destino final de algunos de los integrantes del regimiento José-Napoleón y otras tropas españolas de Napoleón. Antes, como nos cuenta el profesor Aymes, les fue incluso mejor. Bonaparte insistió mucho en que el José-Napoleón no combatiera en España -no se fiaba de ellos y temía que pasasen las líneas-, y parte de ellos -bingo- acabaron destinados nada menos que en Mónaco. Evidentemente un lugar mucho mejor que las serranías andaluzas o vascas, donde tus propios compatriotas te podían matar enseñándote lo bien que habían aprendido todas las innovaciones militares napoleónicas.

El profesor Aymes no nos cuenta mucho sobre la situación en Mónaco en la época, pero, sin duda, el pequeño principado de los Grimaldi conquistado por Francia, no debía ser precisamente Ronda en cuanto a enconada resistencia antinapoleónica.

Entonces no existía el Mónaco lujoso y rutilante del Casino, la Fórmula 1 y los yates de varios metros de eslora. Era tan sólo eso, un pequeño principado acostado sobre un bonito trozo del Mediterráneo, conquistado con astucia por los Grimaldi en la Edad Media -como canta orgullosa una de las estatuas de la ciudad hoy día- pero, que duda cabe, un destino idílico comparado con muchos otros teatros de las guerras napoleónicas en los que muchos de esos soldados acabaron.

Aquello duró hasta 1812. En esa fecha los sacaron del Mediterráneo para ir a luchar en Rusia, donde algunos afrontaron el destino que se describe en “La sombra del águila”. Uno que ellos, como subraya el profesor Aymes, podrían haber eludido, negándose, como la mayoría de prisioneros y “voluntarios” españoles, a jurar lealtad a José I, y que, finalmente, en conjunto, tampoco les salió tan mal. Como se ve por el caso del regimiento Imperial Alejandro, en el que acabaron muchos de ellos, donde se olvidó, y se olvidaron, de que alguna vez habían servido a Napoleón.

A muchos oficiales, como el capitán Gallardo de Mendoza, les fue incluso mejor, posando, perfectamente, hasta el final, y con mucho éxito, en la epopeya napoleónica. Imitando en todo a los franceses. Por ejemplo, en pasarse a las banderas de Luis XVIII en abril de 1814 y hasta ayudarle en 1823 a apoyar a su primo Fernando VII durante la ominosa expedición de los Cien Mil Hijos de San Luis.

En fin, como verán, la Historia real supera, para mal y para bien, cualquier realidad como la de las páginas del “¡Hola!”. O cualquier ficción, no olviden eso, como la que se puede leer en las páginas de “La sombra del águila”.

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La Historia del general Prim, nuestra Historia. Apuntes sobre una película del 62 Festival de cine de San Sebastián (1870-2014)
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Carlos Rilova | 29-09-2014 | 09:52| 6

 

Por Carlos Rilova Jericó

¿Saben de dónde viene la palabra “albricias” que habrán oído o leído alguna vez?. Era el premio que se daba en la España de los siglos XVI, XVII… al mensajero que traía buenas noticias. De ahí acabó convirtiéndose en esa hoy anticuada expresión que se usa, ya sólo en broma, para celebrar una buena noticia.

Pues sí, eso, en broma por supuesto, es lo que yo hubiera dicho este jueves después de salir de una de las sedes del 62 Festival de cine de San Sebastián, el Teatro Victoria Eugenia, donde había visto una película producida por TVE “Prim. El asesinato de la calle del Turco” que, realmente, era para decir albricias. Porque es una buena noticia saber que en España, cuando se quiere, se puede gastar el dinero público en películas que están a la altura de las que producen grandes cadenas estatales de referencia internacional, como la BBC. Sí, “Prim. El asesinato de la calle del Turco” está a la altura de grandes producciones británicas sobre, por ejemplo, la historia de Jack el Destripador, que nos tragamos alegremente desde hace años.

También está a la altura de otras más recientes, ambientadas más o menos en la misma época, que tienen, o tuvieron, legiones de seguidores a la espera de su próxima entrega. Como la ya finalizada “Deadwood”. Esa serie de HBO sobre la población “del Oeste” que estará en 1876 en el ojo del huracán de la famosa batalla de Little Big Horn, donde las naciones cheyenne, sioux y otras aniquilaron, por última vez, a los ejércitos del hombre blanco antes de que éste los aniquilase a ellos.

De hecho, tal y como nos anunció al público asistente el delegado de TVE que presentó la película de Miguel Bardem, esa producción estaba a la altura de películas para la gran pantalla.

Sí, resultaba difícil ver “Prim. El asesinato de la calle del Turco” sin acordarse de películas para la gran pantalla que están ambientadas en la misma época -la segunda mitad del siglo XIX- y hablan de asuntos parecidos a los que se narran en ella.

Por ejemplo es difícil no acordarse de los primeros compases de “Gangs of New York” de Scorsese al ver el enfrentamiento en las calles de Madrid entre la Partida de la Porra, supuestamente controlada por el general Prim para dispersar a sus oponentes favorables al regreso de los Borbón en la persona del futuro Alfonso XII, y la propia partida del líder republicano Paúl y Angulo, que no simpatiza demasiado con esos métodos y trata de ponerles freno por medio de la bien conocida -en la época- ley del revólver.

Hablando de revólveres, muy presentes en “Prim. El asesinato de la calle del Turco” -como no podía ser menos en una película ambientada en 1870- muchas escenas de esta “TV movie” recuerdan a películas “del Oeste”. Sobre todo de esas que llaman “Western crepuscular” y tienen un gran hueco en la memoria de los aficionados al género. Sí, “Prim. El asesinato de la calle del Turco” recuerda a “Forajidos de leyenda”. Especialmente cuando llegan a la estación de tren de Madrid los sicarios contratados para eliminar a Prim. O cuando se enfrentan a la Policía, al ser descubiertos, Colt Navy calibre 36 en mano, en un tiroteo digno del OK Corral a pesar de que el escenario es, en realidad, una corrala madrileña donde se encuentra, según el dueño de la misma, la mejor pensión de Madrid. Difícil, sí, no acordarse en esos momentos de “Forajidos de leyenda”, de su inmediata antecesora “Sin ley ni esperanza” o de “El fuera de la ley” de Clint Eastwood.

Los escenarios sombríos de la película también recuerdan a la película que lanzó a ese director a la consagración cinematográfica: el Western gótico, y crepuscular, “Sin perdón”.

Y más allá del Western, stricto sensu, “Prim. El asesinato de la calle del Turco” también recuerda a la versión para el cine de “Desde el Infierno” o al reciente “Lincoln” de Steven Spielberg, del que ya les hablé por aquí a finales del año 2012. Porque habla de oscuras intrigas políticas destinadas a matar a un hombre, a un presidente del gobierno -Prim-, que ha ocupado el cargo en momentos críticos y quiere, como Lincoln, sacar adelante a ese país, siendo arrollado en el proceso por una serie de oscuras fuerzas que orbitan alrededor suyo.

En resumen, por lo que respecta a la altura a la que quiere moverse “Prim. El asesinato de la calle del Turco” hay que felicitarse -hay que darse albricias, en efecto- porque es dinero público gastado con verdadero esmero. Fíjense bien en la reconstrucción de época de un Madrid que acababa en la Puerta de Alcalá, en las interpretaciones de actores hasta ahora sólo conocidos por papeles cómicos, casi histriónicos, como el popular “Javivi”, que hace un trabajo actoral apabullante como el intrigante -en el mal sentido de la palabra- duque de Montpensier, aspirante al trono español vacante tras la expulsión de su cuñada Isabel II. Fíjense en esos y otros detalles como la vestimenta, las armas, la atmósfera en general de la película, y verán que, cuando se tiene intención y medios, se pueden hacer en España películas tan buenas como las que nos exportan desde el resto de Europa, o desde Estados Unidos, y que son perfectamente exportables a esos mercados, donde también pueden dejar a más de uno y más de una con la boca abierta.

¿Tiene algún defecto “Prim. El asesinato de la calle de Turco”?. Tiene varios, de hecho. Para empezar que esta gran película es como el chiste aquel de los 10.000 abogados en el fondo del mar: tan sólo un buen comienzo.

En efecto, quien la vea sin tener libros de Historia a mano como la biografía de Prim escrita por Pere Anguera o la obra de José Andrés Rueda Vicente, o la novela “Sangre en la calle del Turco” -de la que parece deudora muchas veces la película- se llevará una visión no demasiado clara de las razones por las que Prim fue asesinado y de lo que está en juego en la España, y la Europa, de la llamada “Era de las revoluciones”, que sólo se calman a partir de 1876, durante la llamada “Belle Époque”. Esa que saltará por los aires con la Primera Guerra Mundial hace un siglo.

Los que no hayan leído una novela “outsider” del panorama editorial español, “Historia lógico-natural” del profesor J. J. Merelo, tampoco se enterarán muy bien, por un módico precio, de lo que pudo y no pudo haber cambiado Prim de no haber sido asesinado.

En fin, es también una pena que la provisión de material gráfico de época de la película se haya adjudicado a delegaciones de empresas extranjeras, como Getty, habiendo fondos más próximos y adecuados, como se puede comprobar en alguna de las ilustraciones de este nuevo correo de la Historia.

Y ya que hablamos de esto, la película también olvida que el general era toda una “celebrity” en prensa internacional, hasta el punto de ser el primer personaje que aparece en una obra tan famosa como “El retrato de Dorian Gray”. O que Prim era masón y se le hizo una ceremonia masónica en la basílica de Atocha para despedirlo. Porque eso también era parte de esa historia que es nuestra Historia.

Pero, en conjunto, “Prim. El asesinato de la calle del Turco” es una gran película. Sólo se puede añadir que ojalá sea la primera de muchas otras y que sirva a muchos espectadores para ir a las bibliotecas a leer libros de Historia que -de verdad- no muerden, haciéndose así con una visión más completa de ese pasado que, como la película parece insinuar, no está muerto y aún repercute en nuestro presente, ahora mismo.

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Y Escocia dijo no. Algunos apuntes sobre la Historia como chicle, la batalla de Waterloo y avisos a navegantes catalanes
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Carlos Rilova | 22-09-2014 | 09:44| 12

 

Por Carlos Rilova Jericó

Lo de la Historia como chicle no se me ha ocurrido a mí. De verdad que no. Se le ha ocurrido nada menos que a un profesor universitario y, además, director de uno de los diarios más leídos en España, “La Razón”. No otro que el inefable y famoso Paco Marhuenda.

La vistosa frase fue espetada este viernes pasado en el programa matinal de Antena 3, “Espejo Público”, dirigido por Susanna Griso. Y fue dicha en relación al tema del referéndum escocés que, al final, resultó ser favorable al “no”. Es decir, a que ambos reinos permaneciesen legalmente unidos como ha ocurrido desde 1707.

El profesor Marhuenda, vehemente, como suele ser habitual en sus intervenciones televisadas, vino a decir que los secesionistas escoceses -y otros por extensión, empezando por los catalanes- utilizaban la Historia como un chicle, que se podía deformar a su gusto.

En este caso, al gusto de Salmond, ese líder independentista escocés de perfecto acento inglés de Oxbridge -es decir, el que se cultiva en las elitistas universidades de Oxford y Cambridge-, ministro principal de Escocia y principal impulsor de la campaña del “sí” a la independencia de Escocia.

Supongo que no les parecerá raro que no esté de acuerdo con el profesor Marhuenda. En esto de la Historia como chicle, desde luego que no.

Veamos, ya he dicho muchas veces por aquí que la Historia no la escriben los vencedores, o que una mentira, por más que se repita mil veces, tampoco será verdad y, por tanto, tampoco será Historia. Pues bien, con lo de la metáfora del chicle del profesor Marhuenda ocurre otro tanto.

La Historia que es como un chicle que se puede deformar a gusto de determinados programas políticos, no es Historia. O al menos no es algo a lo que se le pudiera o debiera dar ese nombre. Del mismo modo que no consideraríamos Química preparar bien los Martinis de ese héroe tan británico, James Bond, que siempre los pide mezclados, no agitados.

Así es, la Historia, lo repito por enésima vez, es una Ciencia y como tal tiene que atenerse al Método Científico vigente para todas las demás ciencias. Es decir, recopilar datos, contrastarlos, cotejar las propias hipótesis con los trabajos de otros científicos que se han movido en ese campo antes y, ante todo, dejar de lado las pasiones personales para demostrar, de manera honesta y objetiva, la hipótesis desde la que partió nuestra investigación.

Voy a ir a un caso práctico, que así se entienden mucho mejor las cosas. Vengan conmigo a darse una vuelta por el campo de batalla de Waterloo del que tanto les van a hablar este año que viene.

En ese celebre lugar murieron, a miles, soldados británicos -es decir, galeses, ingleses, escoceses…- entre el 17 y el 18 de junio de 1815. El hecho, como todo lo que tiene que ver con las guerras napoleónicas, y especialmente con batallas ganadas por británicos, ha hecho correr ríos de tinta.

Entre ellos pesqué yo este año un curioso dato. Lo extraje de una de las primeras traducciones al español -fechada en 1817- de una crónica de esa batalla. Interesante obra de la que ya hablé en otro correo de la Historia el 18 de junio de 2012.

Un francés testigo de los hechos comentaba, a la altura de las páginas 125 y 126 de esa “Relación” de la batalla, el estupor que le había producido, a él y a los soldados franceses en general, encontrarse entre los muertos británicos combatientes que iban vestidos con una especie de “tonelete” de tela oscura rayada de verde. Sí, el tal “tonelete” era el “kilt” escocés, hoy tan popular, vestido, sobre todo, por algunos regimientos británicos a partir del siglo XVIII.

¿Qué tiene de interesante este dato de cara a hablar de la Independencia de Escocia, su referéndum, etc…?.

Se lo explico. Este dato demuestra que, para muchos europeos de aquella época, la costumbre escocesa de vestir a sus soldados con “kilts” era una completa novedad. Es decir, que lo que hoy se considera el traje típico escocés, no tenía nada de típico. Incluso para militares del ejército napoleónico que llevaban años luchando con ellos, demostrándonos este dato, extraído de un documento histórico, que los argumentos de la campaña de los independentistas escoceses no son Historia sino una deformación interesada de la Historia. Apelando, como decía, ahí con razón, el profesor Marhuenda, a un pasado inventado con el que nada tenían que ver muchos escoceses, excepto los más pobres de las Tierras Altas. Esos que no tenían dinero para comprar más ropa que un trozo de tela -generalmente de cuadros- del que, sólo con el tiempo, surgirían el “kilt” y el “plaid” como prendas separadas y bien cortadas y no como una simple tela arrollada en torno al cuerpo.

Sé qué es un simple dato aislado, pero es un dato que objetivamente demuestra que muchos independentistas estaban votando “sí” mediatizados por una imagen falsa de su pasado. Una con la que hace doscientos años -antes de ayer en términos históricos- sus propios ancestros no se hubieran sentido identificados ni de lejos. A excepción de los gaiteros y soldados de algunos regimientos levados en Escocia, algunos miles de menesterosos y unos cuantos nobles románticos como Walter Scott, que incluso se inventaron, más o menos allá por 1815, que determinados patrones de cuadros en la tela de tartán identificaban a un determinado clan o familia escocesa.

La conclusión de todo esto es, como decía, que la Historia es Historia basándose en deducciones a partir de datos objetivos como el de los extraños “toneletes” que vestían algunos escoceses muertos en Waterloo. Eliminados datos así, se convierte en cualquier otra cosa, pero nunca en Historia. Puede ser un chicle, una bicicleta, un mechero o un arma de intoxicación masiva con la que forzar una independencia como la que se quiere forzar, por ejemplo, en Cataluña. Lugar en el que algunos de sus políticos independentistas harían bien en sacar una de las mejores lecciones de Historia que ha dado el referéndum escocés: el desdén que suscitan entre la clase alta británica, que los ve como “españoles” -es decir como entes despreciables, seres inferiores en realidad- por más que se esfuercen en parecer lo contrario.

Algo que atestigua bien el destino del famoso libro que demostraba que Cataluña era una discípula aventajada de Escocia. Uno de sus ejemplares, dedicado, fue regalado a Alex Salmond por una delegación soberanista catalana y acabó en un mercadillo de Londres. El detalle debería servir a los interesados de advertencia del lugar que ocuparía una Cataluña independiente en un escenario político dominado por anglosajones y germanos. Esos que identifican España, de arriba abajo, desde 1815 en adelante, con un parque temático de la “Carmen” de Mérimée.

Imagen creada, a medias, por la desidia de cierta clase ¿dirigente? española, vendida a ese discurso, e independentistas periféricos, surgidos también de esa desidia, y que al parecer no se dan cuenta de que todo lo que está al Sur de los Pirineos es visto bajo el prisma de esa misma leyenda negra que ellos mismos alimentan ahora con novelas como “Victus”. En definitiva, un horizonte desastroso al que habría que combatir, por el bien de todos, catalanes y españoles, con más Cultura y menos trapos sucios y vacuas argumentaciones legales que, por el camino que vamos, acabarán valiendo tanto como los derechos de Jorge III sobre las 13 colonias de Norteamérica en 1776.

 

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¿Qué hemos hecho para merecer esto?. La Diada de 2014, la Historia y un informe de la OCDE
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Carlos Rilova | 15-09-2014 | 09:45| 3

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana ha estado llena de noticias de esas que llaman, inevitablemente, a la puerta del historiador.

La primera de ellas era un informe de la OCDE en el que se advertía a España de que, entre otros problemas, su alta tasa de paro estaba directamente relacionada con la escasa educación recibida por quienes están hoy en esa situación. Además ese informe advertía que, en España, el tener una titulación superior, universitaria, no protegía del paro al beneficiario, o beneficiaria, de dicha titulación del mismo modo en el que sí lo hace en otros países, vamos a llamarlos así, “desarrollados”…

La otra noticia era la temible Diada de Cataluña del 11 de septiembre de 2014 que, especialmente la Derecha española, ha convertido en símbolo de desafío independentista por parte de Cataluña.

Llámenme raro, pero la verdad es que me parece que una cosa y otra -el castigo del mercado laboral español contra los titulados universitarios y la Diada independentista- están estrechamente relacionados.

Paso a explicárselo. En España, a partir de la consolidación del régimen democrático, hacia el año 1982, se ha popularizado un discurso entreverado de expresiones como “pringao”, “pelotazo”, “estudiar ¿pa qué?”, reformulado en las altas esferas con afirmaciones tajantes como la del ministro de Economía socialista Carlos Solchaga, que aseguraba que España era el lugar del Mundo donde más fácilmente podía enriquecerse alguien…

El resultado de todo eso fue una cultura -es un decir- en la que, como en el chiste de Les Luthiers, el que pensaba, perdía, y la vía del ascenso social, a diferencia de lo que pasaba en otros países de nuestro entorno -como suelen decir los representantes de eso que llamamos “clase política”-, estaba cifrada en tener un cochazo, un “chalés”, un yate si era posible… Todo logrado a través de negocios más o menos claros y sin que la abundancia de dinero supusiera, en absoluto, mejora alguna en el nivel cultural del beneficiado, o beneficiada, de tal maná.

Más bien al contrario, la cultura, si es que tal cosa propiamente dicha ha existido en esa España del largo Postfranquismo, era, y es, en buena medida, un coto cerrado, en manos de unas élites igual de cerradas que la ven como un privilegio a administrar por exclusivas fundaciones en las que o se va con una determinada recomendación, o, sencillamente, se es recibido por los guardias de seguridad de la puerta que verás pero jamás pasarás.

En resumen, un cuadro endogámico, asfixiante, aún más reforzado por un cuerpo docente universitario basado, por lo general, en más endogamia y en la cooptación no del o la más brillante, sino de los más leales al poder ya establecido.

De la endogamia, ya se sabe, nunca ha salido nada bueno. Y de dicha administración igualmente endogámica de la cultura en España, tampoco.

Les voy a contar un caso personal para que se hagan una idea de hasta dónde llega el problema en algunas instituciones públicas. Este invierno decidí perder algo de mi tiempo presentándome a una beca que concedía el Ministerio de Asuntos Exteriores. Tuve mis dudas, pero al final decidí proponer un proyecto, a pesar de que entre los papeles que se me pedía rellenar se me hacía una insólita pregunta: como si estuviéramos en la Francia de 1788, antes de la revolución francesa, y no en la Europa del siglo XXI, se me obligaba a decir cuál era el nivel de estudios de mi padre y de mi madre…

¿Para qué?, evidentemente para saber de qué estrato social procedía yo y valorarlo ¿por encima? de los méritos académicos, que son los únicos que deberían haberse reclamado a los solicitantes. Al menos en un país no dominado por una oligarquía. Una impresión que se confirmó para mí claramente cuando, al recibir la más que esperable negativa de dicho ministerio, interpelé al funcionario de referencia para que me dijera cuánto había pesado en la toma de esa decisión, en favor de otros proyectos distintos al mío, la pregunta del nivel de estudios de mis padres. Hasta hoy sólo he obtenido absoluto silencio administrativo.

El resultado de este sistema de gestión de la cultura en España, en el que todo indica que importa más el origen social que los títulos universitarios -como probaría el informe de la OCDE-, parece dar como resultado una suerte de ineptocracia, incapaz, por ejemplo, de argumentar nada sólido contra desafíos como el planteado por un Nacionalismo catalán que maneja la Historia a su antojo. Esta Diada ha arrojado diversos ejemplos por desgracia reales, aunque parecieran inventados por los guionistas del Gran Wyoming. Daba pena, sencillamente, oír a Esperanza Aguirre este miércoles, en un matinal de televisión, responder a la pregunta de un periodista sobre si intelectualmente se estaba haciendo algo para contrarrestar el desafío independentista, que estaba lavando el cerebro a miles de catalanes con una Historia falseada. Esta cabeza visible del PP se limitaba a citar, mal, a Orwell y su “1984”, hablando de la existencia en esa distopía de “un Ministerio de la Bondad (?), de la Verdad…” que tenía como objetivo manipular el pasado para que los nacionalistas (sic) controlasen el presente (¡¿?!).

En otro matinal de ese mismo día, la representante del PP en Cataluña, Alicia Sánchez-Camacho, aseguraba, sonriente, que iba a celebrar la Diada con una chocolatada integradora de los no independentistas catalanes… Algo que deja asombrado al historiador -aunque sea de baja extracción social- preguntándose por qué nadie que no sea un nacionalista catalán debería celebrar el 11 de septiembre, que es una fiesta impuesta por la lectura interesada que hizo esa ideología de la Historia de este principado español.

Perdía así la señora Sánchez-Camacho una oportunidad de oro para sacar a relucir, por ejemplo, las incoherencias de ese discurso nacionalista que canta cada 11 de septiembre un himno, “Els Segadors”, inspirado en el intento de secesión catalana de 1640 a favor de la dinastía Borbón, pero que considera que sus héroes son los que mueren en 1714 defendiendo a la dinastía Austria y los honores de armas en dicha ceremonia son presentados por policías autonómicos vestidos con un uniforme que recuerda, extraordinariamente, a los utilizados por miles de voluntarios catalanes -los de Infantería ligera de Barcelona, por ejemplo-, que luchan, junto al resto de españoles durante la Guerra de Independencia, a favor de los Borbón y contra Bonaparte…

Casos y cosas así demostrarían, en efecto, que la penalización laboral a la mayoría de los universitarios españoles desemboca en una clase dirigente pésimamente preparada. Incapaz, por ejemplo, de oponer obras como “La Guerra de Cataluña”, de Francisco Manuel de Melo -testigo presencial de los hechos de 1640- al discurso independentista aventado por Cataluña -y por el resto de España- con publicaciones muy bien dirigidas o de cuidadosa presencia. Como el libro ilustrado financiado por el Ayuntamiento de Barcelona “Born 1714. Memòria de Barcelona” o la novela “Victus”, a la que el gobierno sólo ha sabido combatir prohibiendo su presentación en el Instituto Cervantes de Utrecht, dando así estúpidamente la razón a dicha obra.

Ese sería, pues, en resumen, el panorama al que se enfrenta hoy España y, sobre todo, la ahora tan preocupada OCDE: una porción de Europa estratégicamente vital se vuelve, día a día, ingobernable al estar administrada -es un decir- por una oligarquía básicamente inculta, sin verdadera preparación intelectual, burda, endogámica…

 

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¿Historia en viñetas?. Un homenaje al Corsario de Hierro
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Carlos Rilova | 09-09-2014 | 07:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ahora, en la segunda mitad del verano -no olvidemos que septiembre, por más que empiece el curso escolar, es un mes estival-, quiero dedicar este correo de la Historia a un personaje histórico -por más de una razón- al que hace ya tiempo quería traer a estas páginas, aprovechando la asociación de ideas “verano-historias de piratas”.

Se trata de nada más, pero tampoco nada menos, que el Corsario de Hierro. Supongo que todos los que esta página leen y tienen de treinta y muchos para arriba sabrán de quién les estoy hablando.

Lo conocerán por haber leído alguno de sus álbumes -seguramente con fruición-, por habérselos comprado a sus hijos -quién sabe si con la intención de leer ávidamente esas viñetas cuando la criatura estaba distraída o en el colegio-, por ser el beneficiario de dicha compra, o por birlárselos a su hermano mayor de la impoluta colección apilada y guardada bajo siete llaves con más recuerdos de una infancia que ya se desvanecía.

Al resto de los mortales tal vez les suene de alguna reedición de esas viñetas -como las que ha hecho Ediciones B- o de ediciones especiales en gran folio que han pululado hace pocos años por la sección de cómics de muchas librerías y similares.

El Corsario de Hierro, a pesar de tener -casi- los mismos padres -Víctor Mora y Ambrós- que el Capitán Trueno y el Jabato y compartir con ellos muchas similitudes -sobre todo en su físico y en el de sus adláteres- no es tan conocido como dicho capitán, al que se le dedicó incluso una canción -“ven, Capitán Trueno, haz que gane el bueno…”, etc.-, ha conocido múltiples reediciones en medios de comunicación de masas, fue alabado por célebres filósofos como ejemplo de vida y dispone de “merchandising” al nivel de los personajes de Disney.

Es una pena que esto sea así. No porque el bueno del Capitán Trueno no sea digno de tanta alabanza y parabién -incluso de que su película hubiese tenido mejor suerte-, sino porque el Corsario tiene algunas virtudes históricas que en el Capitán y el Jabato no estaban tan bien definidas.

Quizás eso sea debido a que ambos, Trueno y Jabato, nacieron en una España gris y aplastada por una desgarradora guerra civil y una represión sin fin, ejercida durante décadas por los vencedores de aquel desastre con el consentimiento de una Europa occidental vencedora del Fascismo en la Segunda Guerra Mundial, pero no por eso  menos gris y pacata, aunque fuera menos sanguinaria y policíaca.

En ese ambiente, publicar algo ligeramente diferente al coriáceo Guerrero del Antifaz, era todo un éxito. Ya fuesen los chistes del “Tio Vivo”, o las aventuras de un guerrero íbero -el Jabato- más irreductible que la aldea de Astérix frente al invasor romano (por más que su novia fuese una bella romana llamada Claudia), o las de un capitán español -Trueno- amigo de Ricardo Corazón de León y participante en las Cruzadas, amante de una princesa escandinava rubia, lista y escultural, aventurero incansable, y, sobre todo, y eso es lo más importante, martillo de tiranuelos varios que nunca faltaban a la cita en sus viñetas, para que el Capitán diera un escarmiento con ellos…

Sí, la verdad es que Mora y Ambrós se apuntaron con ambos personajes un gran tanto bajo las mismas barbas de la dictadura, socavando los pilares del régimen divulgando valores contrarios a sus esencias más fundamentales e irrenunciables.

Pero el Corsario de Hierro era algo que iba un paso más allá. Nacido en una España en la que aquel régimen se sostenía ya apenas, cada vez más impresentable y anómalo en una Europa que dejaba atrás la gris posguerra mundial.

Vino así al Mundo el Corsario de Hierro en una España, la de los setenta, donde se consolidaban los bikinis, las divisas extranjeras, los turistas ávidos de sol y playa, los utilitarios a plazos como el “Seiscientos” y poco después asequibles modelos deportivos -hoy verdaderos clásicos- como el Seat 124 sport, una clase media…

A eso en los libros de Historia reciente se le ha llamado, muy gráficamente, el Aperturismo, o fase aperturista de la Dictadura, tras la Azul o claramente fascista hasta 1945, o la de la Autarquía hasta el año 1953.

Y en ese abrir la mano, apareció ese héroe que iba mucho más allá de lo que nunca pudieron ir el Jabato o el Capitán Trueno.

En efecto, el Corsario de Hierro estaba muy orgulloso de ser español, pero estaba a miles de millas marinas de la idea casposa sostenida por el régimen con eslóganes tan burdos como el de “ser español es la única cosa seria que hoy se puede ser”.

Su historia comenzaba en 1642 -consulten “La mano azul” en el tomo 1 de la reedición de Ediciones B-, cuando un  pirata inglés, Mano Azul, asaltaba el barco mercante de su padre, “El rey del Mar”, que volvía a puerto cargado de seda y especias. La tripulación española, empezando por su capitán, se defendía a muerte pero era finalmente vencida y capturada. Mano Azul, implacable, los ejecutaba a todos. Incluido el futuro Corsario de Hierro que entonces sólo contaba 12 años. Por un gesto de compasión de uno de los piratas, el niño lograba escapar tras ser pasado por la plancha y vivía y crecía para vengarse de Mano Azul durante un largo número de episodios.

Una tarea nada fácil pues, como ya se veía en ese primer episodio de la serie, Mano Azul, tras prosperar con la piratería y el tráfico de esclavos, acababa ascendiendo a Lord Benburry. Personaje bien recibido incluso por la versallesca y empelucada corte inglesa de Carlos II Estuardo. Idílico ascenso social continuamente ensombrecido por el Corsario de Hierro, que se dedicaba a hundir o capturar los barcos del antiguo pirata.

A partir de ahí, Ambrós y Mora llenaron cientos de viñetas con las más rebuscadas aventuras. Estaban llenas de anacronismos. Por ejemplo del Gran Fuego de Londres en 1666 -en el que se desarrolla la primera aventura del Corsario y en la que conoce a sus inseparables compañeros, el masivo escocés Mac Meck y el asténico y caricaturesco Merlini-, se salta en otras ocasiones a muchos años antes. Por ejemplo al sitio de La Rochela de 1628 -véase “La ciudad sitiada” en el tomo 7 de Ediciones B-, lo cual no estaba nada mal teniendo en cuenta que antes de eso el Corsario y sus amigos habían estado en la guerra entre franceses y británicos por la posesión de Canadá, iniciada a partir de 1664. Tal y como se indica en la primera de las historietas dedicada a esa apasionante aventura, “La guerra del Canadá” -véase el tomo 4 de Ediciones B-.

Pero, al margen de esas acrobacias en el túnel del tiempo, el Corsario era una serie magnífica, todo un testigo de la evolución de la propia España, un héroe a la medida de un país más rico y más culto y que, tímidamente, empezaba a sacudirse el régimen.

Sólo por eso, y por lo bien que uno se lo pasaba en aquella burbuja de Libertad en estado puro, de promesas de un futuro mejor encerradas entre viñetas, se le podían perdonar esos deslices al inefable Corsario, que estaba por las relaciones interraciales -véase su flirteo con Diamba-, tenía un barco llamado “Human Rights”, luchaba contra el tráfico de esclavos desde Eden End -la base secreta de su madre adoptiva, la Vieja Dama del Mar- y por la Justicia y la Libertad frente a tiranos como Lord Benburry o el capitán Kincaid, demostrándonos así que no teníamos que avergonzarnos, ni doblarnos como lacayos, ante unos anglosajones o unos franceses que no habían tenido una Historia mejor que la nuestra y muchas veces habían protagonizado incluso una aún peor…

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Una mentira repetida mil veces no es Historia, es una mentira. San Sebastián, las guerras napoleónicas y un penoso Bicentenario (1814-2014)
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Carlos Rilova | 01-09-2014 | 09:36| 29

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy pensaba tomarme las cosas con más calma con este nuevo correo de la Historia. Pero no he podido.

¿La razón?. Pues una tan pesada como sencilla: esta semana he vuelto a encontrarme “buru-belarri” -así se dice “de cabeza” en euskera- con una nueva sarta de esos despropósitos sobre la Historia de las guerras napoleónicas y San Sebastián que se están poniendo sobre la mesa cultural de esa ciudad desde hace unos años y desde 2013 aún con más intensidad.

En efecto, el año pasado, con motivo del cumplimiento redondo del bicentenario de la destrucción -en el verano de 1813- de esa ciudad, San Sebastián -que en 2016 va a ser capital cultural de Europa-, se trató de colocar contrabando pseudohistórico como Historia. De hecho, como la única Historia posible de lo que había ocurrido.

Como comprenderán, para una Asociación de historiadores que además lleva el adjetivo “guipuzcoanos”, eso era, sencillamente, inaceptable. Y eso que quienes son parte de la misma no somos precisamente un poder fáctico, ni nos dedicamos a exigir, cual “Feldgendarme” nazi, títulos académicos que demuestren que se sabe de lo que se habla, exhibe o escribe, cuando se dice que se habla, se exhibe, o se escribe Historia.

Lo único que pedimos a quien haga tales incursiones, es que respete un mínimo de reglas científicas básicas y sustente sus aportaciones en hechos probados, en un análisis riguroso de los mismos, que conozca y mencione en su obra lo que se ha escrito -en gran parte por mano de historiadores académicos- antes de que él o ella entrase en liza, y, en general, que sea consciente de que las personas de -pongamos por caso- hace doscientos años, eran muy distintas a nosotros y veían e interpretaban las cosas con otras categorías mentales y otros valores. Para nosotros tan raros como para ellos podrían serlo los nuestros.

No es difícil de entender. No hace falta leerse a Michel Vovelle, o Carlo Ginzburg, para darse cuenta de esa realidad elemental que debe tener presente cualquiera que se meta en el campo de la Historia. Basta con ver, por ejemplo, películas en apariencia tan intranscendentes como “Los visitantes”, para darse cuenta de ese desfase temporal entre nuestra mentalidad y nuestra realidad y las de, como se ve en ese caso, personas que han vivido muy atrás en el tiempo, en plena Edad Media. O, en el caso que nos ocupa, tanto da, hace dos siglos.

Sin embargo, parece que en San Sebastián, la futura capital europea de la cultura en el año 2016, una regla tan elemental para estudiar y escribir Historia es imposible de asumir por determinadas agrupaciones y personas.

Así, hace un año, el colectivo Donostia Sutan trató de demostrar, por todos los medios a su alcance, que la destrucción de la ciudad había sido fruto de un malévolo plan ideado por un general español, de Portugalete para más señas, para vengarse del “Pueblo Vasco”. Curioso concepto que en la época no existía y al que le faltaban nada menos que unos setenta años para ser formulado por Sabino Arana.

Desde esta tribuna y desde la edición en papel de este diario, se les respondió, por activa y por pasiva, que tal relato de los hechos era -más allá de toda opinión política- sencillamente delirante, ridículo desde el punto de vista estrictamente académico.

A un año vista, parece ser que esa advertencia no ha servido para nada. Dicho colectivo ha vuelto a la carga una vez más, utilizando la Parte Vieja de la ciudad como sala de exposiciones al aire libre donde han vertido, en distintos paneles, una serie de absurdos que difícilmente tienen parangón en el mundo civilizado. Habría que irse a los negacionistas del Holocausto, o a los “historiadores” que justifican la supremacía blanca, para encontrar otro cúmulo similar de quincalla revestida con el manto de la Historia.

Desde esos paneles y desde otros medios en los que se combina el mitin político con la conferencia supuestamente académica, dicho colectivo ha vuelto a insistir, otra vez, en que hay documentos que avalan la tesis de que “España” quería destruir San Sebastián porque era una ciudad “vasca”, en la que vivían 9.000 euskaldunes (¿en batua?, ¿en dialecto gipuzkoera?, ¿como vehículo de cultura o para uso mercantil?), que vieron turbada su idílica paz al ser metidos, de hoz y coz, en una guerra entre “España” y “Francia” con la que se supone jamás tuvieron nada que ver.

Aseguraban esos carteles que “España” prohibió reconstruir la ciudad y que hay un documento -el cual no se cita por su signatura de archivo correspondiente- que demostraría por medio de una serie de testimonios, recogidos entre los supervivientes de la matanza, que existía ese plan deliberado de destrucción del que, en última instancia, sería responsable “España”, sirviéndose como mano ejecutora del ejército anglo-portugués. Finalmente, como guinda de este grueso pastel, se críticaba en esos carteles, acerba y amenazadoramente, a los ciudadanos, de ambos sexos, que conmemoran esa batalla haciendo una reconstrucción histórica -como se hace en muchos otros lugares de Europa-, tildando tal reconstrucción de “militarista” y echando mano, ya de paso, de ciertos desfiles militares que debieron tener lugar por última vez en 1963, durante la Dictadura franquista. Eso sin percatarse de que las reconstrucciones, precisamente, lo que hacen al recordar en toda su dureza la vida del soldado, de la cantinera, o de la mujer-soldado camuflada -como Virginie Ghesquiere-, es quitar las ganas a cualquiera de ir a una guerra. O, ya puestos, a manifestaciones en las que se pide a determinadas organizaciones que maten a alguien…

Todo ello sencillamente inaceptable para cualquier persona con unos mínimos conocimientos de Historia. Ya sea tal persona finlandesa, española o escocesa.

En efecto, por sólo tomar un ejemplo de los muchos que brindaba la batería de argumentos esgrimida por dicho colectivo, basta con darse una vuelta por los archivos para descubrir, entre otras cosas, que Fernando VII, el rey de España, fue recibido en San Sebastián en 1828 -a invitación de la ciudad y de forma multitudinaria- para celebrar que se estaban concluyendo las labores de reconstrucción. El déspota accedió gustosamente y a su llegada fue agasajado, él y su señora, con arquitecturas triunfales, discursos, canciones y bailes -tanto en euskera como en castellano- para darle las gracias por la ayuda donada a la ciudad para esa reconstrucción…

El documento está tanto en el Archivo General guipuzcoano, en Tolosa, como en el de la propia ciudad de San Sebastián. Con la signatura AGG-GAO  JD IM  1/2/33 en un caso y AMSS E  I  2027, 26 en el otro. Aparte, el que estas líneas firma, ya lo citó en un artículo titulado “San Sebastián antes del incendio de 1813”, disponible en todas las bibliotecas de la ciudad desde noviembre de 2013…

También obviaba dicho colectivo, por ejemplo, que el arquitecto a cargo de la reconstrucción de la ciudad era un vasco, Pedro Manuel de Ugartemendia, que, además, era capitán de Infantería de línea del Ejército español. Como lo demuestran tanto diversos documentos, como distintas investigaciones, ya publicadas o por publicar, en euskera y en castellano…

Y así podríamos seguir, durante páginas y páginas, para recordar que una mentira mil veces repetida no es Historia, es sencillamente una mentira. Afirmación que cualquiera que realmente sepa de Historia, con o sin título académico, debe repetir, a su vez, una y tantas veces como sea necesario. Hasta que la mentira en cuestión deje de repetirse…

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La Historia (de España) y sus graves problemas: la liberación de París (del 25 de agosto de 1944, al 25 de agosto de 2014)
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Carlos Rilova | 25-08-2014 | 08:13| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana se han cumplido setenta años de la liberación de París. Los que van del 25 de agosto de 1944, al 25 de agosto de 2014.

Supongo que el asunto les sonará del cine, de aquella magnífica película coral -Delon, Belmondo…- titulada “¿Arde París?” que, para mí, gracias a la foto en color de la portada de la novela del mismo título, constituye uno de mis recuerdos más tempranos sobre la Segunda Guerra Mundial.

En fin, yo ya tenía apuntado escribir hoy, como no podía ser menos, un artículo sobre el asunto. Principalmente porque, aunque ya había tratado la cuestión el 9 de junio, quería rendir un homenaje a los soldados españoles que entraron como punta de lanza de las fuerzas aliadas en el reducto simbólico de París. Confirmando la victoria del ejército desembarcado en Normandía el 6 de junio de 1944 y la cada vez más inminente derrota de, al menos, uno de los monstruos totalitarios que aterrorizaba Europa desde los años 30. En este caso Hitler, ya que el camarada Stalin estaba, de momento, también en el bando aliado. Por la cuenta que le traía, como se suele decir, como podían atestiguar los miles de muertos que defendieron Stalingrado o Leningrado hasta el último cascote.

Y aquí estamos. La verdad es que, documentándome sobre el tema, me he llevado una grata sorpresa. Yo esperaba, como el 6 de junio, un olvido del tema casi total por parte de la prensa española en general -“bloggers” dispersos aparte, pero esos ya se sabe que no cuentan, ¿o si?- y en especial por parte de la que podríamos llamar “de derechas”. Al fin y al cabo esos soldados españoles llevaban el adjetivo de “republicanos” antes del sustantivo y eso es garantía de pena y olvido en la Historia al uso de la España actual. Pero no ha sido así.

En efecto, una de las primeras noticias en español sobre el tema con la que topé, era un artículo, que les recomiendo desde ahora mismo, publicado por Carlos Abascal Peiró en las páginas de Cultura de un diario que, por su profesión de fe monárquica constante desde su fundación -a principios del siglo XX-, el famoso “ABC”, era el último que yo esperaba ver convertido en tribuna de esta parte de nuestra Historia.

En el artículo Abascal habla en elogiosos términos de los blindados con nombre español de la División Leclerc, que entrarán en primer lugar en París para expulsar a los nazis que aún están encastillados en ella y contra los que lucha la población civil, insurreccionada al saber del éxito creciente del desembarco del 6 de junio.

Canta también ese artículo las alabanzas de la novela gráfica de Paco Roca, “Los surcos del azar”, en la que este dibujante, cada vez más reconocido dentro y fuera de España, cuenta la Historia de esos soldados españoles.

No he tenido ocasión de leerme entero el libro de Paco Roca, pero por lo que he visto de él, tanto en su versión española original, como en la versión francesa -titulada “La Nueve” y con un muy interesante prólogo de la alcaldesa española de París, Anne Hidalgo-, se lo recomiendo tanto como el artículo de Abascal en el “ABC” de 21 de agosto de 2014.

En fin, con lo que nos cuentan Abascal y Roca, ¿quizás podríamos darnos por satisfechos, en este 70 aniversario de la liberación de París, con esa recuperación para la Historia de los soldados españoles que lucharon integrados en las fuerzas aliadas ?.

Pues sí y no. Sí, desde luego, porque, como decía, un periódico de una línea antirrepublicana tan acrisolada como el “ABC”, no haya tenido reparo en rendir homenaje a unos españoles “republicanos”, pero que, ante todo, luchaban por, mal que bien, restaurar la democracia en la mayor porción de Europa que fuera posible.

No, desde luego, porque en el artículo de Abascal aún se insiste, quizás demasiado, en el hecho de que aquellos hombres eran antes “republicanos” que españoles. Como si eso de “republicanos” fuese una raza aparte o una nacionalidad distinta a la española. Un argumento -y no quiero decir que Abascal lo mantenga conscientemente- asumido por los nazis y su principal aliado peninsular, y que quedaba siniestramente traducido en el triangulo azul -de apátrida- con el que se “adornó” a muchos de aquellos españoles en los campos de exterminio alemanes.

No parece tampoco que sea bastante el artículo de Abascal -aunque insisto en que es mucho- cuando se repara en los comentarios que le han hecho.

En ellos, especialmente los de alguien que firma como “pedro-peralta-fdez”, se ve en crudo el temible horizonte político para la España actual que describen, quizás con algo de exageración, algunos “outsiders” de la, en general, adocenada “intelligentsia” española alumbrada por la llamada Transición. Caso, por ejemplo, del profesor Arnaldo Santos, que hace siete años ya indicaba que en España aún había demasiadas heridas abiertas, escasísima socialización de las ideas democráticas y, en general, toda una serie de tensiones políticas entre bandos irreconciliables que dibujan, se quiera ver o no, una preocupante guerra civil larvada.

En efecto, en algunos comentarios al artículo de Abascal -la mayoría sumamente indocumentados- se habla de republicanos -por supuesto nada de “españoles”- que en su retirada de 1939 arrasan los Pirineos y roban y matan. Aunque no se sabe bien si a otros “españoles”, puesto que lo hacían en una zona aún bajo control “republicano”. O bien se dice que la Liberación de París por aquellos hombres carecía de importancia porque en París sólo había oficinistas alemanes y era “ciudad abierta”… Curiosa lectura teniendo en cuenta, por ejemplo, los documentos gráficos de la época, que dicen justo todo lo contrario, y los muertos -algunos de ellos de la élite SS- que alfombraron un París que Von Choltitz se negó a quemar, pero también a entregar sin lo que llamó un “combate de honor”. Uno que, por supuesto, se hizo con balas, granadas, tanques y bombas de verdad…

Tampoco se veía en esos comentarios conocimiento alguno de la participación de aquellos españoles de “La Nueve” en otras operaciones de la Segunda Guerra Mundial como la toma de los últimos reductos más caros al Partido Nazi, o la de españoles integrados en fuerzas británicas, en la Resistencia o en ejércitos secundarios como el que libera prácticamente en solitario Burdeos…

Eso, sumado a la falta de presencia notable, una vez más, de representación oficial del reino de España en esos actos conmemorativos -más absurda si cabe después de que el rey acudiese a los que conmemoraban el inicio de la Primera Guerra Mundial- lleva, sí, al historiador a sentirse algo pesimista a pesar de la publicación de libros como el de Paco Roca -o el ahora olvidado “Soldados de Salamina”- o artículos en el “ABC” como el de Abascal Peiró. O al menos a no sentirse todo lo optimista que debería sentirse por ese hermoso gesto del “ABC” que, la verdad, debería servir de ejemplo, y convertirse en costumbre. Siquiera para evitar que nuestra propia Historia, mal digerida hasta ahora, se convierta en una gangrena política que acabe devorando, otra vez, a todos lo que forman ese cuerpo político llamado España. Del que, guste o no, formamos parte porque llevamos siglos formando parte de él y lo dice un pasaporte por cuya posesión mucha gente daría, y da, la vida, por ejemplo, en África…

Saquen de ahí las oportunas reflexiones y alguna que otra lección, algo de sabiduría política tal vez.

 

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Cuando se habla de Historia… hay que llegar hasta el principio. Las matanzas de los yazidíes, los “adoradores del diablo”, Marco Polo y el Estado Islámico de Irak
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Carlos Rilova | 19-08-2014 | 09:38| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente la actualidad, ya lo habrán notado quienes siguen esta página habitualmente, no da al historiador mucho respiro. Constantemente aparecen temas “de Telediario”, por así llamarlos, que llaman su atención. Fundamentalmente sobre el hecho de qué cosas con tanta solera, sean, todavía hoy, temas de actualidad.

Ese es el caso de una de las noticias de más repercusión durante la semana pasada. A saber: la de la persecución por parte del autoproclamado “Estado Islámico de Irak y Levante” de los llamados “adoradores del diablo”. Es decir, los yazidíes.

Si han seguido el asunto sólo a través de los telediarios de algunas de las llamadas “cadenas generalistas”, probablemente no se habrán enterado muy bien del origen de la saña con la que los fundamentalistas islámicos persiguen a esta curiosa religión.

En la prensa escrita, tanto en formato digital como convencional, sí se ha profundizado más en el asunto y se ha hablado de que los yazidíes son “adoradores del diablo”, tema pudorosamente ocultado en algunos de los telediarios de mayor difusión.

Algo bastante absurdo y preocupante, pues en la llamada “sociedad de la información” la noticia de que los yazidíes son, supuestamente, adoradores del diablo no se puede mantener oculta por mucho tiempo -lo pueden comprobar metiendo las palabras correspondientes en cualquier motor de búsqueda- y a saber qué lecciones van a sacar de ahí quienes se limitan a ver los telediarios para informarse de lo que está ocurriendo. Por ejemplo cuando se enteren de que los “buenos”, los que son perseguidos por el enemigo común -es decir, los islamistas-, en realidad, parece ser, adoran al diablo…

En definitiva, estas no son maneras de informar y hoy cuesta, un poco más, creer que alguien gane un jugoso sueldo por dar las noticias de semejante modo tan descuidado o -quién sabe- censuradas de manera tan absurda.

Así es, ocultar que los yazidíes han sido considerados durante siglos “adoradores del diablo” y perseguidos como tales no sólo por musulmanes fanáticos, sino por mucha otra gente (por ejemplo Saddam Hussein), no va a hacer mejores, en nada, a los combatientes del Estado Islámico de Irak y el Levante, más conocidos por sus siglas en inglés: “ISIS”.

Por otra parte resulta chocante que en algunos telediarios, que ahora tienen secciones conocidas como “a fondo” y cosas parecidas, no se haya hecho siquiera un mínimo esfuerzo para contar a su público -que bien lo merece- la Historia completa de los yazidíes y los equívocos en torno a ellos. Más o menos lo que yo les voy a contar ahora en poco más de un folio y medio.

Si acudimos a la fuente más utilizada hoy por hoy fuera de los medios analógicos, es decir, Wikipedia, descubriremos -sobre todo si usamos la versión en inglés, por desgracia mucho mejor informada que la versión española- que los yazidíes son un grupo étnico-religioso sin estado propio -al revés que Israel- dividido en varios países o áreas étnicas: Kurdistán, Irak, Siria…

Se trata, nos seguirá diciendo ese mágico Aleph, de una creencia sincrética -es decir, que mezcla dogmas de varias religiones- y que data de mucho antes que el Cristianismo y, por supuesto, el Islam.

Wikipedia, y otros artículos de prensa publicados en versión digital, también les sacarán del error acerca de que los yazidíes sean realmente “adoradores del diablo”.

Esa falsa información data del hecho de que el Ser Supremo para ellos es Melek Taus, que se puede traducir, más o menos, como  “el ángel pavo real”. Uno de los siete espíritus o ángeles que según los yazidíes gobiernan el Mundo en nombre de Dios. Un ser demasiado supremo para ellos como para ser adorado directamente.

Resulta que uno de los nombres de esa entidad vicaria de Dios -el angélico pavo real- se confunde con la palabra árabe para el principio del Mal que compartimos cristianos, musulmanes y judíos: sheitan, chaitan, satán…

De ahí salió todo ese equívoco asunto que ahora tan bien les esta viniendo a los islamistas del ISIS para justificar la masacre de los adeptos de esa religión que, para su desgracia, están asentados en no pequeña cantidad cerca de Mosul. La ciudad que además de crear la tela conocida desde los tiempos de Marco Polo como “muselina”, está cerca, muy cerca, de importantes recursos estratégicos como gas y petróleo.

Es curioso, eso sí, ya que hablamos de Marco Polo, que en  algunos de los artículos que circulan por ahí, se haya sacado a relucir el carácter antiquísimo del credo yazidí como prueba -una más- del grado de barbarie de los islamistas del ISIS, que estarían exterminando a una religión muy anterior a ellos.

Aquí otra vez volvemos al incomprensible error de ciertos telediarios ocultando que los yazidíes son tomados por “adoradores del diablo”. Para informar, evidentemente, el informador o informadora tiene que informarse en primer lugar.

Lo cierto es que un credo tan sincrético como el yazidí no parece haberse concretado, tal y como hoy lo conocemos, hasta bien entrada nuestra Edad Media. El hecho se menciona de pasada en algunos artículos publicados en formato digital -otra vez la Wikipedia y otros más- donde se señala que, hasta la llegada a la zona de mayoría yazidí -en el siglo XII de la era cristiana- de representantes del credo islámico sufí, los yazidíes no habrían dado forma definitiva a esa religión que ahora tantos problemas les trae a manos de seguidores del Islam. Unos que tendrían mucho que aprender del Sufismo. Tal vez la versión más venerable y admirable de las enseñanzas del profeta. Sobre todo por su sabia tolerancia y su búsqueda de la salvación sin necesidad de matar a nadie, ni enterrarlo vivo, ni cosas parecidas a las que ahora practican los islamistas del ISIS…

En efecto, parece difícil que los yazidíes fueran confundidos con “adoradores del diablo” antes del siglo XII. Marco Polo, con un olfato increíble para toda clase de herejías y falsas creencias lejos del Dios verdadero -para él el católico romano-, no dice ni una sola palabra de tal credo como el yazidí en el “Libro de las maravillas” que él llamó “La descripción del Mundo” -cito la traducción de 1983 hecha por Juan Barja de Quiroga para editorial Akal- y que escribió a finales del siglo XIII…

Es extraño que micer Polo, tan dado a hablar de hombres con cabeza de perro, de viejos de la Montaña y asesinos drogados con “hashish” para masacrar y robar a todo el que pasaba pos sus dominios, de falsas creencias cristianas como la de los nestorianos, o la del reino del “Preste Juan”, no oyese, ni viese, nada de “adoradores del diablo” a su paso por Mosul. Momentos en los que sí describe tanto el petróleo como la existencia de “adoradores del fuego”. Es decir, seguidores de Zoroastro -el Zaratustra de Nietzsche-, la religión del actual Irán antes de que el Islam lo sometiese y que, en buena medida, es el eje central de las creencias de los yazidíes.

En fin, ya ven qué poco cuesta -de momento y por ahora- estar bien informado. Aprovechen esta ganga mientras dure. Luego, ya se imaginarán, sólo les quedará “la Tele” y otras informaciones deficitarias sobre asuntos tan serios como el que hoy hemos tratado y que, como ven, se entienden mucho mejor cuando se sabe de Historia. Un saber que a medio plazo, créanme, cuesta mucho, en todos los sentidos, tanto adquirir como transmitir.

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