Diario Vasco

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¿Qué hemos hecho para merecer esto?. La Diada de 2014, la Historia y un informe de la OCDE
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Carlos Rilova | hace 23 horas| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana ha estado llena de noticias de esas que llaman, inevitablemente, a la puerta del historiador.

La primera de ellas era un informe de la OCDE en el que se advertía a España de que, entre otros problemas, su alta tasa de paro estaba directamente relacionada con la escasa educación recibida por quienes están hoy en esa situación. Además ese informe advertía que, en España, el tener una titulación superior, universitaria, no protegía del paro al beneficiario, o beneficiaria, de dicha titulación del mismo modo en el que sí lo hace en otros países, vamos a llamarlos así, “desarrollados”…

La otra noticia era la temible Diada de Cataluña del 11 de septiembre de 2014 que, especialmente la Derecha española, ha convertido en símbolo de desafío independentista por parte de Cataluña.

Llámenme raro, pero la verdad es que me parece que una cosa y otra -el castigo del mercado laboral español contra los titulados universitarios y la Diada independentista- están estrechamente relacionados.

Paso a explicárselo. En España, a partir de la consolidación del régimen democrático, hacia el año 1982, se ha popularizado un discurso entreverado de expresiones como “pringao”, “pelotazo”, “estudiar ¿pa qué?”, reformulado en las altas esferas con afirmaciones tajantes como la del ministro de Economía socialista Carlos Solchaga, que aseguraba que España era el lugar del Mundo donde más fácilmente podía enriquecerse alguien…

El resultado de todo eso fue una cultura -es un decir- en la que, como en el chiste de Les Luthiers, el que pensaba, perdía, y la vía del ascenso social, a diferencia de lo que pasaba en otros países de nuestro entorno -como suelen decir los representantes de eso que llamamos “clase política”-, estaba cifrada en tener un cochazo, un “chalés”, un yate si era posible… Todo logrado a través de negocios más o menos claros y sin que la abundancia de dinero supusiera, en absoluto, mejora alguna en el nivel cultural del beneficiado, o beneficiada, de tal maná.

Más bien al contrario, la cultura, si es que tal cosa propiamente dicha ha existido en esa España del largo Postfranquismo, era, y es, en buena medida, un coto cerrado, en manos de unas élites igual de cerradas que la ven como un privilegio a administrar por exclusivas fundaciones en las que o se va con una determinada recomendación, o, sencillamente, se es recibido por los guardias de seguridad de la puerta que verás pero jamás pasarás.

En resumen, un cuadro endogámico, asfixiante, aún más reforzado por un cuerpo docente universitario basado, por lo general, en más endogamia y en la cooptación no del o la más brillante, sino de los más leales al poder ya establecido.

De la endogamia, ya se sabe, nunca ha salido nada bueno. Y de dicha administración igualmente endogámica de la cultura en España, tampoco.

Les voy a contar un caso personal para que se hagan una idea de hasta dónde llega el problema en algunas instituciones públicas. Este invierno decidí perder algo de mi tiempo presentándome a una beca que concedía el Ministerio de Asuntos Exteriores. Tuve mis dudas, pero al final decidí proponer un proyecto, a pesar de que entre los papeles que se me pedía rellenar se me hacía una insólita pregunta: como si estuviéramos en la Francia de 1788, antes de la revolución francesa, y no en la Europa del siglo XXI, se me obligaba a decir cuál era el nivel de estudios de mi padre y de mi madre…

¿Para qué?, evidentemente para saber de qué estrato social procedía yo y valorarlo ¿por encima? de los méritos académicos, que son los únicos que deberían haberse reclamado a los solicitantes. Al menos en un país no dominado por una oligarquía. Una impresión que se confirmó para mí claramente cuando, al recibir la más que esperable negativa de dicho ministerio, interpelé al funcionario de referencia para que me dijera cuánto había pesado en la toma de esa decisión, en favor de otros proyectos distintos al mío, la pregunta del nivel de estudios de mis padres. Hasta hoy sólo he obtenido absoluto silencio administrativo.

El resultado de este sistema de gestión de la cultura en España, en el que todo indica que importa más el origen social que los títulos universitarios -como probaría el informe de la OCDE-, parece dar como resultado una suerte de ineptocracia, incapaz, por ejemplo, de argumentar nada sólido contra desafíos como el planteado por un Nacionalismo catalán que maneja la Historia a su antojo. Esta Diada ha arrojado diversos ejemplos por desgracia reales, aunque parecieran inventados por los guionistas del Gran Wyoming. Daba pena, sencillamente, oír a Esperanza Aguirre este miércoles, en un matinal de televisión, responder a la pregunta de un periodista sobre si intelectualmente se estaba haciendo algo para contrarrestar el desafío independentista, que estaba lavando el cerebro a miles de catalanes con una Historia falseada. Esta cabeza visible del PP se limitaba a citar, mal, a Orwell y su “1984”, hablando de la existencia en esa distopía de “un Ministerio de la Bondad (?), de la Verdad…” que tenía como objetivo manipular el pasado para que los nacionalistas (sic) controlasen el presente (¡¿?!).

En otro matinal de ese mismo día, la representante del PP en Cataluña, Alicia Sánchez-Camacho, aseguraba, sonriente, que iba a celebrar la Diada con una chocolatada integradora de los no independentistas catalanes… Algo que deja asombrado al historiador -aunque sea de baja extracción social- preguntándose por qué nadie que no sea un nacionalista catalán debería celebrar el 11 de septiembre, que es una fiesta impuesta por la lectura interesada que hizo esa ideología de la Historia de este principado español.

Perdía así la señora Sánchez-Camacho una oportunidad de oro para sacar a relucir, por ejemplo, las incoherencias de ese discurso nacionalista que canta cada 11 de septiembre un himno, “Els Segadors”, inspirado en el intento de secesión catalana de 1640 a favor de la dinastía Borbón, pero que considera que sus héroes son los que mueren en 1714 defendiendo a la dinastía Austria y los honores de armas en dicha ceremonia son presentados por policías autonómicos vestidos con un uniforme que recuerda, extraordinariamente, a los utilizados por miles de voluntarios catalanes -los de Infantería ligera de Barcelona, por ejemplo-, que luchan, junto al resto de españoles durante la Guerra de Independencia, a favor de los Borbón y contra Bonaparte…

Casos y cosas así demostrarían, en efecto, que la penalización laboral a la mayoría de los universitarios españoles desemboca en una clase dirigente pésimamente preparada. Incapaz, por ejemplo, de oponer obras como “La Guerra de Cataluña”, de Francisco Manuel de Melo -testigo presencial de los hechos de 1640- al discurso independentista aventado por Cataluña -y por el resto de España- con publicaciones muy bien dirigidas o de cuidadosa presencia. Como el libro ilustrado financiado por el Ayuntamiento de Barcelona “Born 1714. Memòria de Barcelona” o la novela “Victus”, a la que el gobierno sólo ha sabido combatir prohibiendo su presentación en el Instituto Cervantes de Utrecht, dando así estúpidamente la razón a dicha obra.

Ese sería, pues, en resumen, el panorama al que se enfrenta hoy España y, sobre todo, la ahora tan preocupada OCDE: una porción de Europa estratégicamente vital se vuelve, día a día, ingobernable al estar administrada -es un decir- por una oligarquía básicamente inculta, sin verdadera preparación intelectual, burda, endogámica…

 

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¿Historia en viñetas?. Un homenaje al Corsario de Hierro
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Carlos Rilova | 09-09-2014 | 07:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ahora, en la segunda mitad del verano -no olvidemos que septiembre, por más que empiece el curso escolar, es un mes estival-, quiero dedicar este correo de la Historia a un personaje histórico -por más de una razón- al que hace ya tiempo quería traer a estas páginas, aprovechando la asociación de ideas “verano-historias de piratas”.

Se trata de nada más, pero tampoco nada menos, que el Corsario de Hierro. Supongo que todos los que esta página leen y tienen de treinta y muchos para arriba sabrán de quién les estoy hablando.

Lo conocerán por haber leído alguno de sus álbumes -seguramente con fruición-, por habérselos comprado a sus hijos -quién sabe si con la intención de leer ávidamente esas viñetas cuando la criatura estaba distraída o en el colegio-, por ser el beneficiario de dicha compra, o por birlárselos a su hermano mayor de la impoluta colección apilada y guardada bajo siete llaves con más recuerdos de una infancia que ya se desvanecía.

Al resto de los mortales tal vez les suene de alguna reedición de esas viñetas -como las que ha hecho Ediciones B- o de ediciones especiales en gran folio que han pululado hace pocos años por la sección de cómics de muchas librerías y similares.

El Corsario de Hierro, a pesar de tener -casi- los mismos padres -Víctor Mora y Ambrós- que el Capitán Trueno y el Jabato y compartir con ellos muchas similitudes -sobre todo en su físico y en el de sus adláteres- no es tan conocido como dicho capitán, al que se le dedicó incluso una canción -“ven, Capitán Trueno, haz que gane el bueno…”, etc.-, ha conocido múltiples reediciones en medios de comunicación de masas, fue alabado por célebres filósofos como ejemplo de vida y dispone de “merchandising” al nivel de los personajes de Disney.

Es una pena que esto sea así. No porque el bueno del Capitán Trueno no sea digno de tanta alabanza y parabién -incluso de que su película hubiese tenido mejor suerte-, sino porque el Corsario tiene algunas virtudes históricas que en el Capitán y el Jabato no estaban tan bien definidas.

Quizás eso sea debido a que ambos, Trueno y Jabato, nacieron en una España gris y aplastada por una desgarradora guerra civil y una represión sin fin, ejercida durante décadas por los vencedores de aquel desastre con el consentimiento de una Europa occidental vencedora del Fascismo en la Segunda Guerra Mundial, pero no por eso  menos gris y pacata, aunque fuera menos sanguinaria y policíaca.

En ese ambiente, publicar algo ligeramente diferente al coriáceo Guerrero del Antifaz, era todo un éxito. Ya fuesen los chistes del “Tio Vivo”, o las aventuras de un guerrero íbero -el Jabato- más irreductible que la aldea de Astérix frente al invasor romano (por más que su novia fuese una bella romana llamada Claudia), o las de un capitán español -Trueno- amigo de Ricardo Corazón de León y participante en las Cruzadas, amante de una princesa escandinava rubia, lista y escultural, aventurero incansable, y, sobre todo, y eso es lo más importante, martillo de tiranuelos varios que nunca faltaban a la cita en sus viñetas, para que el Capitán diera un escarmiento con ellos…

Sí, la verdad es que Mora y Ambrós se apuntaron con ambos personajes un gran tanto bajo las mismas barbas de la dictadura, socavando los pilares del régimen divulgando valores contrarios a sus esencias más fundamentales e irrenunciables.

Pero el Corsario de Hierro era algo que iba un paso más allá. Nacido en una España en la que aquel régimen se sostenía ya apenas, cada vez más impresentable y anómalo en una Europa que dejaba atrás la gris posguerra mundial.

Vino así al Mundo el Corsario de Hierro en una España, la de los setenta, donde se consolidaban los bikinis, las divisas extranjeras, los turistas ávidos de sol y playa, los utilitarios a plazos como el “Seiscientos” y poco después asequibles modelos deportivos -hoy verdaderos clásicos- como el Seat 124 sport, una clase media…

A eso en los libros de Historia reciente se le ha llamado, muy gráficamente, el Aperturismo, o fase aperturista de la Dictadura, tras la Azul o claramente fascista hasta 1945, o la de la Autarquía hasta el año 1953.

Y en ese abrir la mano, apareció ese héroe que iba mucho más allá de lo que nunca pudieron ir el Jabato o el Capitán Trueno.

En efecto, el Corsario de Hierro estaba muy orgulloso de ser español, pero estaba a miles de millas marinas de la idea casposa sostenida por el régimen con eslóganes tan burdos como el de “ser español es la única cosa seria que hoy se puede ser”.

Su historia comenzaba en 1642 -consulten “La mano azul” en el tomo 1 de la reedición de Ediciones B-, cuando un  pirata inglés, Mano Azul, asaltaba el barco mercante de su padre, “El rey del Mar”, que volvía a puerto cargado de seda y especias. La tripulación española, empezando por su capitán, se defendía a muerte pero era finalmente vencida y capturada. Mano Azul, implacable, los ejecutaba a todos. Incluido el futuro Corsario de Hierro que entonces sólo contaba 12 años. Por un gesto de compasión de uno de los piratas, el niño lograba escapar tras ser pasado por la plancha y vivía y crecía para vengarse de Mano Azul durante un largo número de episodios.

Una tarea nada fácil pues, como ya se veía en ese primer episodio de la serie, Mano Azul, tras prosperar con la piratería y el tráfico de esclavos, acababa ascendiendo a Lord Benburry. Personaje bien recibido incluso por la versallesca y empelucada corte inglesa de Carlos II Estuardo. Idílico ascenso social continuamente ensombrecido por el Corsario de Hierro, que se dedicaba a hundir o capturar los barcos del antiguo pirata.

A partir de ahí, Ambrós y Mora llenaron cientos de viñetas con las más rebuscadas aventuras. Estaban llenas de anacronismos. Por ejemplo del Gran Fuego de Londres en 1666 -en el que se desarrolla la primera aventura del Corsario y en la que conoce a sus inseparables compañeros, el masivo escocés Mac Meck y el asténico y caricaturesco Merlini-, se salta en otras ocasiones a muchos años antes. Por ejemplo al sitio de La Rochela de 1628 -véase “La ciudad sitiada” en el tomo 7 de Ediciones B-, lo cual no estaba nada mal teniendo en cuenta que antes de eso el Corsario y sus amigos habían estado en la guerra entre franceses y británicos por la posesión de Canadá, iniciada a partir de 1664. Tal y como se indica en la primera de las historietas dedicada a esa apasionante aventura, “La guerra del Canadá” -véase el tomo 4 de Ediciones B-.

Pero, al margen de esas acrobacias en el túnel del tiempo, el Corsario era una serie magnífica, todo un testigo de la evolución de la propia España, un héroe a la medida de un país más rico y más culto y que, tímidamente, empezaba a sacudirse el régimen.

Sólo por eso, y por lo bien que uno se lo pasaba en aquella burbuja de Libertad en estado puro, de promesas de un futuro mejor encerradas entre viñetas, se le podían perdonar esos deslices al inefable Corsario, que estaba por las relaciones interraciales -véase su flirteo con Diamba-, tenía un barco llamado “Human Rights”, luchaba contra el tráfico de esclavos desde Eden End -la base secreta de su madre adoptiva, la Vieja Dama del Mar- y por la Justicia y la Libertad frente a tiranos como Lord Benburry o el capitán Kincaid, demostrándonos así que no teníamos que avergonzarnos, ni doblarnos como lacayos, ante unos anglosajones o unos franceses que no habían tenido una Historia mejor que la nuestra y muchas veces habían protagonizado incluso una aún peor…

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Una mentira repetida mil veces no es Historia, es una mentira. San Sebastián, las guerras napoleónicas y un penoso Bicentenario (1814-2014)
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Carlos Rilova | 01-09-2014 | 09:36| 29

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy pensaba tomarme las cosas con más calma con este nuevo correo de la Historia. Pero no he podido.

¿La razón?. Pues una tan pesada como sencilla: esta semana he vuelto a encontrarme “buru-belarri” -así se dice “de cabeza” en euskera- con una nueva sarta de esos despropósitos sobre la Historia de las guerras napoleónicas y San Sebastián que se están poniendo sobre la mesa cultural de esa ciudad desde hace unos años y desde 2013 aún con más intensidad.

En efecto, el año pasado, con motivo del cumplimiento redondo del bicentenario de la destrucción -en el verano de 1813- de esa ciudad, San Sebastián -que en 2016 va a ser capital cultural de Europa-, se trató de colocar contrabando pseudohistórico como Historia. De hecho, como la única Historia posible de lo que había ocurrido.

Como comprenderán, para una Asociación de historiadores que además lleva el adjetivo “guipuzcoanos”, eso era, sencillamente, inaceptable. Y eso que quienes son parte de la misma no somos precisamente un poder fáctico, ni nos dedicamos a exigir, cual “Feldgendarme” nazi, títulos académicos que demuestren que se sabe de lo que se habla, exhibe o escribe, cuando se dice que se habla, se exhibe, o se escribe Historia.

Lo único que pedimos a quien haga tales incursiones, es que respete un mínimo de reglas científicas básicas y sustente sus aportaciones en hechos probados, en un análisis riguroso de los mismos, que conozca y mencione en su obra lo que se ha escrito -en gran parte por mano de historiadores académicos- antes de que él o ella entrase en liza, y, en general, que sea consciente de que las personas de -pongamos por caso- hace doscientos años, eran muy distintas a nosotros y veían e interpretaban las cosas con otras categorías mentales y otros valores. Para nosotros tan raros como para ellos podrían serlo los nuestros.

No es difícil de entender. No hace falta leerse a Michel Vovelle, o Carlo Ginzburg, para darse cuenta de esa realidad elemental que debe tener presente cualquiera que se meta en el campo de la Historia. Basta con ver, por ejemplo, películas en apariencia tan intranscendentes como “Los visitantes”, para darse cuenta de ese desfase temporal entre nuestra mentalidad y nuestra realidad y las de, como se ve en ese caso, personas que han vivido muy atrás en el tiempo, en plena Edad Media. O, en el caso que nos ocupa, tanto da, hace dos siglos.

Sin embargo, parece que en San Sebastián, la futura capital europea de la cultura en el año 2016, una regla tan elemental para estudiar y escribir Historia es imposible de asumir por determinadas agrupaciones y personas.

Así, hace un año, el colectivo Donostia Sutan trató de demostrar, por todos los medios a su alcance, que la destrucción de la ciudad había sido fruto de un malévolo plan ideado por un general español, de Portugalete para más señas, para vengarse del “Pueblo Vasco”. Curioso concepto que en la época no existía y al que le faltaban nada menos que unos setenta años para ser formulado por Sabino Arana.

Desde esta tribuna y desde la edición en papel de este diario, se les respondió, por activa y por pasiva, que tal relato de los hechos era -más allá de toda opinión política- sencillamente delirante, ridículo desde el punto de vista estrictamente académico.

A un año vista, parece ser que esa advertencia no ha servido para nada. Dicho colectivo ha vuelto a la carga una vez más, utilizando la Parte Vieja de la ciudad como sala de exposiciones al aire libre donde han vertido, en distintos paneles, una serie de absurdos que difícilmente tienen parangón en el mundo civilizado. Habría que irse a los negacionistas del Holocausto, o a los “historiadores” que justifican la supremacía blanca, para encontrar otro cúmulo similar de quincalla revestida con el manto de la Historia.

Desde esos paneles y desde otros medios en los que se combina el mitin político con la conferencia supuestamente académica, dicho colectivo ha vuelto a insistir, otra vez, en que hay documentos que avalan la tesis de que “España” quería destruir San Sebastián porque era una ciudad “vasca”, en la que vivían 9.000 euskaldunes (¿en batua?, ¿en dialecto gipuzkoera?, ¿como vehículo de cultura o para uso mercantil?), que vieron turbada su idílica paz al ser metidos, de hoz y coz, en una guerra entre “España” y “Francia” con la que se supone jamás tuvieron nada que ver.

Aseguraban esos carteles que “España” prohibió reconstruir la ciudad y que hay un documento -el cual no se cita por su signatura de archivo correspondiente- que demostraría por medio de una serie de testimonios, recogidos entre los supervivientes de la matanza, que existía ese plan deliberado de destrucción del que, en última instancia, sería responsable “España”, sirviéndose como mano ejecutora del ejército anglo-portugués. Finalmente, como guinda de este grueso pastel, se críticaba en esos carteles, acerba y amenazadoramente, a los ciudadanos, de ambos sexos, que conmemoran esa batalla haciendo una reconstrucción histórica -como se hace en muchos otros lugares de Europa-, tildando tal reconstrucción de “militarista” y echando mano, ya de paso, de ciertos desfiles militares que debieron tener lugar por última vez en 1963, durante la Dictadura franquista. Eso sin percatarse de que las reconstrucciones, precisamente, lo que hacen al recordar en toda su dureza la vida del soldado, de la cantinera, o de la mujer-soldado camuflada -como Virginie Ghesquiere-, es quitar las ganas a cualquiera de ir a una guerra. O, ya puestos, a manifestaciones en las que se pide a determinadas organizaciones que maten a alguien…

Todo ello sencillamente inaceptable para cualquier persona con unos mínimos conocimientos de Historia. Ya sea tal persona finlandesa, española o escocesa.

En efecto, por sólo tomar un ejemplo de los muchos que brindaba la batería de argumentos esgrimida por dicho colectivo, basta con darse una vuelta por los archivos para descubrir, entre otras cosas, que Fernando VII, el rey de España, fue recibido en San Sebastián en 1828 -a invitación de la ciudad y de forma multitudinaria- para celebrar que se estaban concluyendo las labores de reconstrucción. El déspota accedió gustosamente y a su llegada fue agasajado, él y su señora, con arquitecturas triunfales, discursos, canciones y bailes -tanto en euskera como en castellano- para darle las gracias por la ayuda donada a la ciudad para esa reconstrucción…

El documento está tanto en el Archivo General guipuzcoano, en Tolosa, como en el de la propia ciudad de San Sebastián. Con la signatura AGG-GAO  JD IM  1/2/33 en un caso y AMSS E  I  2027, 26 en el otro. Aparte, el que estas líneas firma, ya lo citó en un artículo titulado “San Sebastián antes del incendio de 1813”, disponible en todas las bibliotecas de la ciudad desde noviembre de 2013…

También obviaba dicho colectivo, por ejemplo, que el arquitecto a cargo de la reconstrucción de la ciudad era un vasco, Pedro Manuel de Ugartemendia, que, además, era capitán de Infantería de línea del Ejército español. Como lo demuestran tanto diversos documentos, como distintas investigaciones, ya publicadas o por publicar, en euskera y en castellano…

Y así podríamos seguir, durante páginas y páginas, para recordar que una mentira mil veces repetida no es Historia, es sencillamente una mentira. Afirmación que cualquiera que realmente sepa de Historia, con o sin título académico, debe repetir, a su vez, una y tantas veces como sea necesario. Hasta que la mentira en cuestión deje de repetirse…

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La Historia (de España) y sus graves problemas: la liberación de París (del 25 de agosto de 1944, al 25 de agosto de 2014)
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Carlos Rilova | 25-08-2014 | 08:13| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana se han cumplido setenta años de la liberación de París. Los que van del 25 de agosto de 1944, al 25 de agosto de 2014.

Supongo que el asunto les sonará del cine, de aquella magnífica película coral -Delon, Belmondo…- titulada “¿Arde París?” que, para mí, gracias a la foto en color de la portada de la novela del mismo título, constituye uno de mis recuerdos más tempranos sobre la Segunda Guerra Mundial.

En fin, yo ya tenía apuntado escribir hoy, como no podía ser menos, un artículo sobre el asunto. Principalmente porque, aunque ya había tratado la cuestión el 9 de junio, quería rendir un homenaje a los soldados españoles que entraron como punta de lanza de las fuerzas aliadas en el reducto simbólico de París. Confirmando la victoria del ejército desembarcado en Normandía el 6 de junio de 1944 y la cada vez más inminente derrota de, al menos, uno de los monstruos totalitarios que aterrorizaba Europa desde los años 30. En este caso Hitler, ya que el camarada Stalin estaba, de momento, también en el bando aliado. Por la cuenta que le traía, como se suele decir, como podían atestiguar los miles de muertos que defendieron Stalingrado o Leningrado hasta el último cascote.

Y aquí estamos. La verdad es que, documentándome sobre el tema, me he llevado una grata sorpresa. Yo esperaba, como el 6 de junio, un olvido del tema casi total por parte de la prensa española en general -“bloggers” dispersos aparte, pero esos ya se sabe que no cuentan, ¿o si?- y en especial por parte de la que podríamos llamar “de derechas”. Al fin y al cabo esos soldados españoles llevaban el adjetivo de “republicanos” antes del sustantivo y eso es garantía de pena y olvido en la Historia al uso de la España actual. Pero no ha sido así.

En efecto, una de las primeras noticias en español sobre el tema con la que topé, era un artículo, que les recomiendo desde ahora mismo, publicado por Carlos Abascal Peiró en las páginas de Cultura de un diario que, por su profesión de fe monárquica constante desde su fundación -a principios del siglo XX-, el famoso “ABC”, era el último que yo esperaba ver convertido en tribuna de esta parte de nuestra Historia.

En el artículo Abascal habla en elogiosos términos de los blindados con nombre español de la División Leclerc, que entrarán en primer lugar en París para expulsar a los nazis que aún están encastillados en ella y contra los que lucha la población civil, insurreccionada al saber del éxito creciente del desembarco del 6 de junio.

Canta también ese artículo las alabanzas de la novela gráfica de Paco Roca, “Los surcos del azar”, en la que este dibujante, cada vez más reconocido dentro y fuera de España, cuenta la Historia de esos soldados españoles.

No he tenido ocasión de leerme entero el libro de Paco Roca, pero por lo que he visto de él, tanto en su versión española original, como en la versión francesa -titulada “La Nueve” y con un muy interesante prólogo de la alcaldesa española de París, Anne Hidalgo-, se lo recomiendo tanto como el artículo de Abascal en el “ABC” de 21 de agosto de 2014.

En fin, con lo que nos cuentan Abascal y Roca, ¿quizás podríamos darnos por satisfechos, en este 70 aniversario de la liberación de París, con esa recuperación para la Historia de los soldados españoles que lucharon integrados en las fuerzas aliadas ?.

Pues sí y no. Sí, desde luego, porque, como decía, un periódico de una línea antirrepublicana tan acrisolada como el “ABC”, no haya tenido reparo en rendir homenaje a unos españoles “republicanos”, pero que, ante todo, luchaban por, mal que bien, restaurar la democracia en la mayor porción de Europa que fuera posible.

No, desde luego, porque en el artículo de Abascal aún se insiste, quizás demasiado, en el hecho de que aquellos hombres eran antes “republicanos” que españoles. Como si eso de “republicanos” fuese una raza aparte o una nacionalidad distinta a la española. Un argumento -y no quiero decir que Abascal lo mantenga conscientemente- asumido por los nazis y su principal aliado peninsular, y que quedaba siniestramente traducido en el triangulo azul -de apátrida- con el que se “adornó” a muchos de aquellos españoles en los campos de exterminio alemanes.

No parece tampoco que sea bastante el artículo de Abascal -aunque insisto en que es mucho- cuando se repara en los comentarios que le han hecho.

En ellos, especialmente los de alguien que firma como “pedro-peralta-fdez”, se ve en crudo el temible horizonte político para la España actual que describen, quizás con algo de exageración, algunos “outsiders” de la, en general, adocenada “intelligentsia” española alumbrada por la llamada Transición. Caso, por ejemplo, del profesor Arnaldo Santos, que hace siete años ya indicaba que en España aún había demasiadas heridas abiertas, escasísima socialización de las ideas democráticas y, en general, toda una serie de tensiones políticas entre bandos irreconciliables que dibujan, se quiera ver o no, una preocupante guerra civil larvada.

En efecto, en algunos comentarios al artículo de Abascal -la mayoría sumamente indocumentados- se habla de republicanos -por supuesto nada de “españoles”- que en su retirada de 1939 arrasan los Pirineos y roban y matan. Aunque no se sabe bien si a otros “españoles”, puesto que lo hacían en una zona aún bajo control “republicano”. O bien se dice que la Liberación de París por aquellos hombres carecía de importancia porque en París sólo había oficinistas alemanes y era “ciudad abierta”… Curiosa lectura teniendo en cuenta, por ejemplo, los documentos gráficos de la época, que dicen justo todo lo contrario, y los muertos -algunos de ellos de la élite SS- que alfombraron un París que Von Choltitz se negó a quemar, pero también a entregar sin lo que llamó un “combate de honor”. Uno que, por supuesto, se hizo con balas, granadas, tanques y bombas de verdad…

Tampoco se veía en esos comentarios conocimiento alguno de la participación de aquellos españoles de “La Nueve” en otras operaciones de la Segunda Guerra Mundial como la toma de los últimos reductos más caros al Partido Nazi, o la de españoles integrados en fuerzas británicas, en la Resistencia o en ejércitos secundarios como el que libera prácticamente en solitario Burdeos…

Eso, sumado a la falta de presencia notable, una vez más, de representación oficial del reino de España en esos actos conmemorativos -más absurda si cabe después de que el rey acudiese a los que conmemoraban el inicio de la Primera Guerra Mundial- lleva, sí, al historiador a sentirse algo pesimista a pesar de la publicación de libros como el de Paco Roca -o el ahora olvidado “Soldados de Salamina”- o artículos en el “ABC” como el de Abascal Peiró. O al menos a no sentirse todo lo optimista que debería sentirse por ese hermoso gesto del “ABC” que, la verdad, debería servir de ejemplo, y convertirse en costumbre. Siquiera para evitar que nuestra propia Historia, mal digerida hasta ahora, se convierta en una gangrena política que acabe devorando, otra vez, a todos lo que forman ese cuerpo político llamado España. Del que, guste o no, formamos parte porque llevamos siglos formando parte de él y lo dice un pasaporte por cuya posesión mucha gente daría, y da, la vida, por ejemplo, en África…

Saquen de ahí las oportunas reflexiones y alguna que otra lección, algo de sabiduría política tal vez.

 

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Cuando se habla de Historia… hay que llegar hasta el principio. Las matanzas de los yazidíes, los “adoradores del diablo”, Marco Polo y el Estado Islámico de Irak
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Carlos Rilova | 19-08-2014 | 09:38| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente la actualidad, ya lo habrán notado quienes siguen esta página habitualmente, no da al historiador mucho respiro. Constantemente aparecen temas “de Telediario”, por así llamarlos, que llaman su atención. Fundamentalmente sobre el hecho de qué cosas con tanta solera, sean, todavía hoy, temas de actualidad.

Ese es el caso de una de las noticias de más repercusión durante la semana pasada. A saber: la de la persecución por parte del autoproclamado “Estado Islámico de Irak y Levante” de los llamados “adoradores del diablo”. Es decir, los yazidíes.

Si han seguido el asunto sólo a través de los telediarios de algunas de las llamadas “cadenas generalistas”, probablemente no se habrán enterado muy bien del origen de la saña con la que los fundamentalistas islámicos persiguen a esta curiosa religión.

En la prensa escrita, tanto en formato digital como convencional, sí se ha profundizado más en el asunto y se ha hablado de que los yazidíes son “adoradores del diablo”, tema pudorosamente ocultado en algunos de los telediarios de mayor difusión.

Algo bastante absurdo y preocupante, pues en la llamada “sociedad de la información” la noticia de que los yazidíes son, supuestamente, adoradores del diablo no se puede mantener oculta por mucho tiempo -lo pueden comprobar metiendo las palabras correspondientes en cualquier motor de búsqueda- y a saber qué lecciones van a sacar de ahí quienes se limitan a ver los telediarios para informarse de lo que está ocurriendo. Por ejemplo cuando se enteren de que los “buenos”, los que son perseguidos por el enemigo común -es decir, los islamistas-, en realidad, parece ser, adoran al diablo…

En definitiva, estas no son maneras de informar y hoy cuesta, un poco más, creer que alguien gane un jugoso sueldo por dar las noticias de semejante modo tan descuidado o -quién sabe- censuradas de manera tan absurda.

Así es, ocultar que los yazidíes han sido considerados durante siglos “adoradores del diablo” y perseguidos como tales no sólo por musulmanes fanáticos, sino por mucha otra gente (por ejemplo Saddam Hussein), no va a hacer mejores, en nada, a los combatientes del Estado Islámico de Irak y el Levante, más conocidos por sus siglas en inglés: “ISIS”.

Por otra parte resulta chocante que en algunos telediarios, que ahora tienen secciones conocidas como “a fondo” y cosas parecidas, no se haya hecho siquiera un mínimo esfuerzo para contar a su público -que bien lo merece- la Historia completa de los yazidíes y los equívocos en torno a ellos. Más o menos lo que yo les voy a contar ahora en poco más de un folio y medio.

Si acudimos a la fuente más utilizada hoy por hoy fuera de los medios analógicos, es decir, Wikipedia, descubriremos -sobre todo si usamos la versión en inglés, por desgracia mucho mejor informada que la versión española- que los yazidíes son un grupo étnico-religioso sin estado propio -al revés que Israel- dividido en varios países o áreas étnicas: Kurdistán, Irak, Siria…

Se trata, nos seguirá diciendo ese mágico Aleph, de una creencia sincrética -es decir, que mezcla dogmas de varias religiones- y que data de mucho antes que el Cristianismo y, por supuesto, el Islam.

Wikipedia, y otros artículos de prensa publicados en versión digital, también les sacarán del error acerca de que los yazidíes sean realmente “adoradores del diablo”.

Esa falsa información data del hecho de que el Ser Supremo para ellos es Melek Taus, que se puede traducir, más o menos, como  “el ángel pavo real”. Uno de los siete espíritus o ángeles que según los yazidíes gobiernan el Mundo en nombre de Dios. Un ser demasiado supremo para ellos como para ser adorado directamente.

Resulta que uno de los nombres de esa entidad vicaria de Dios -el angélico pavo real- se confunde con la palabra árabe para el principio del Mal que compartimos cristianos, musulmanes y judíos: sheitan, chaitan, satán…

De ahí salió todo ese equívoco asunto que ahora tan bien les esta viniendo a los islamistas del ISIS para justificar la masacre de los adeptos de esa religión que, para su desgracia, están asentados en no pequeña cantidad cerca de Mosul. La ciudad que además de crear la tela conocida desde los tiempos de Marco Polo como “muselina”, está cerca, muy cerca, de importantes recursos estratégicos como gas y petróleo.

Es curioso, eso sí, ya que hablamos de Marco Polo, que en  algunos de los artículos que circulan por ahí, se haya sacado a relucir el carácter antiquísimo del credo yazidí como prueba -una más- del grado de barbarie de los islamistas del ISIS, que estarían exterminando a una religión muy anterior a ellos.

Aquí otra vez volvemos al incomprensible error de ciertos telediarios ocultando que los yazidíes son tomados por “adoradores del diablo”. Para informar, evidentemente, el informador o informadora tiene que informarse en primer lugar.

Lo cierto es que un credo tan sincrético como el yazidí no parece haberse concretado, tal y como hoy lo conocemos, hasta bien entrada nuestra Edad Media. El hecho se menciona de pasada en algunos artículos publicados en formato digital -otra vez la Wikipedia y otros más- donde se señala que, hasta la llegada a la zona de mayoría yazidí -en el siglo XII de la era cristiana- de representantes del credo islámico sufí, los yazidíes no habrían dado forma definitiva a esa religión que ahora tantos problemas les trae a manos de seguidores del Islam. Unos que tendrían mucho que aprender del Sufismo. Tal vez la versión más venerable y admirable de las enseñanzas del profeta. Sobre todo por su sabia tolerancia y su búsqueda de la salvación sin necesidad de matar a nadie, ni enterrarlo vivo, ni cosas parecidas a las que ahora practican los islamistas del ISIS…

En efecto, parece difícil que los yazidíes fueran confundidos con “adoradores del diablo” antes del siglo XII. Marco Polo, con un olfato increíble para toda clase de herejías y falsas creencias lejos del Dios verdadero -para él el católico romano-, no dice ni una sola palabra de tal credo como el yazidí en el “Libro de las maravillas” que él llamó “La descripción del Mundo” -cito la traducción de 1983 hecha por Juan Barja de Quiroga para editorial Akal- y que escribió a finales del siglo XIII…

Es extraño que micer Polo, tan dado a hablar de hombres con cabeza de perro, de viejos de la Montaña y asesinos drogados con “hashish” para masacrar y robar a todo el que pasaba pos sus dominios, de falsas creencias cristianas como la de los nestorianos, o la del reino del “Preste Juan”, no oyese, ni viese, nada de “adoradores del diablo” a su paso por Mosul. Momentos en los que sí describe tanto el petróleo como la existencia de “adoradores del fuego”. Es decir, seguidores de Zoroastro -el Zaratustra de Nietzsche-, la religión del actual Irán antes de que el Islam lo sometiese y que, en buena medida, es el eje central de las creencias de los yazidíes.

En fin, ya ven qué poco cuesta -de momento y por ahora- estar bien informado. Aprovechen esta ganga mientras dure. Luego, ya se imaginarán, sólo les quedará “la Tele” y otras informaciones deficitarias sobre asuntos tan serios como el que hoy hemos tratado y que, como ven, se entienden mucho mejor cuando se sabe de Historia. Un saber que a medio plazo, créanme, cuesta mucho, en todos los sentidos, tanto adquirir como transmitir.

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Una breve Historia de las emergencias sanitarias. De la Peste Negra al ébola (1348, 1630, 1665, 2014…)
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Carlos Rilova | 11-08-2014 | 09:39| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana se ha hablado cada vez con más frecuencia e intensidad de la que ya se denomina epidemia de ébola.

Las razones que han contribuido a esto, yo diría, son que esa espantosa enfermedad, que mata, según nos dicen, de un modo casi fulminante a más de la mitad de los infectados, empieza a extenderse más allá de lo habitual en la zona central de la costa Oeste de África, sumando en unas dos semanas más de 900 muertos, llevando a la Organización Internacional de la Salud, la famosa, “OMS”, a declarar algo que han llamado “Emergencia Sanitaria Internacional”. Eso por un lado. Por otro, en el caso de España, la polémica repatriación de un misionero de esa nacionalidad que presentaba síntomas de haber sido infectado por ese virus devastador, también parece haber contribuido a ocupar espacio informativo con esta cuestión.

Viendo todo esto me venían recuerdos. Recuerdos del temario obligatorio en nuestras clases de la Facultad acerca de las epidemias y su impacto en ese devenir de los seres humanos que llamamos “Historia”.

Lo primero que me chocó de las informaciones que vamos recibiendo, es esto de declarar “Emergencia Sanitaria Internacional” un brote de una enfermedad desgraciadamente endémica en esa zona de África -por razones socioeconómicas, aparte de biológicas, cosa que se olvida con frecuencia- que, de momento, no parece haber salido muy lejos de su círculo fatídico habitual, tanto gracias a las medidas de control sanitario que se han tomado en el hemisferio rico -de China a Estados Unidos pasando por la UE- como a que el virus sólo parece encontrar condiciones extremas favorables -climáticas, económicas, higiénicas…- en esa zona.

Lo cierto es que, visto desde la perspectiva histórica, a primera vista eso parece bastante exagerado comparado con lo que ocurrió hace unos 800 años.

Me refiero a la plaga de peste bubónica, la llamada “Peste Negra” que asoló Europa, de parte a parte, en 1348 y siguió haciéndolo, hasta pasado el siglo XVII, con brotes esporádicos, muy localizados, pero, en ocasiones, muy virulentos. Como fue el caso de la epidemia de Londres en el año 1665. El llamado “Año de la Plaga”.

Así es, los testimonios de supervivientes de la peste bubónica de 1348 hablan de familias, barrios, ciudades, regiones enteras asoladas en cuestión de días por muertes continuas, fulminantes, que acababan con los infectados en cuestión de horas, dejando relatos estremecedores, de personas que habían tenido que enterrar a toda su familia en cuestión de días, a veces en muy pocas horas.

Parece que estamos lejos de esa situación si la comparamos con lo que está ocurriendo en el foco africano que la OMS -esperemos que así sea- se está esforzando por aislar y controlar.

Las muertes allí, pese a las duras condiciones que facilitan el desarrollo del ébola, se suceden con mucha más lentitud, no se extienden con rapidez, saltando de región en región, de país en país.

Pero eso no ha impedido que una difusa atmósfera de pánico haya empezado a extenderse merced a las informaciones confusas, incompletas,  subjetivas (¿realmente se abandona a los infectados en los centros habilitados al efecto según se ha dicho?), que nos van suministrando los medios de comunicación.

Es algo habitual en estos casos. La Italia de la década del 1630 ofrece buenos ejemplos -a favor y en contra- de lo frágil que es la condición humana cuando llegan noticias de un mal que puede matar en cuestión de días y se transmite por contacto, por el aire.

Alessandro Manzoni en su “Historia de la columna infame” describía la histeria que se extiende por Milán en el año 1630, cuando cunde el rumor de que la ciudad está siendo infectada de peste a propósito por algunos desalmados, que untaban las paredes -de ahí el nombre de “untori” con el que se les describe- con una pasta amarillenta que, se supone, contenía el germen de la plaga. Entre ellos se acusó incluso a un caballero español de la exclusiva Orden de Santiago: Juan Cayetano de Padilla.

Tal vez porque era hijo del alcaide de la fortaleza de Milán. Un punto clave, como saben los lectores de “La isla del día de antes” de Umberto Eco, en la larga guerra que mantienen las casas de Austria y de Borbón, desde el siglo XV en adelante, por el control del Norte de aquella desunida y desmantelada Italia. Por tanto una víctima propiciatoria muy adecuada para los miembros del partido profrancés de Milán, que con eso, acaso, pretendían demostrar la perversidad de Felipe IV, capaz de recurrir a esta guerra biológica avant la lettre con tal de sojuzgar aquel ducado tan estratégico para sus planes de guerra contra Francia…

Ese estado de pánico en el que la enfermedad se mezcla con esos feos asuntos bélicos y políticos, sin embargo no se reproduce, por ejemplo, tres años después con una epidemia de peste muy real, que afecta al Gran Ducado de Florencia, donde la lucha será entre las autoridades eclesiásticas y las civiles por aplicar los medios que cada cual considera más adecuados para acabar con la epidemia. La Iglesia con multitudinarias procesiones y rogativas y las autoridades civiles tratando de cortar el contagio empezando por prohibir aglomeraciones como esas que, en efecto, sin entrar en su eficacia moral, favorecían el contagio de la enfermedad por contacto, sin genero de dudas. Todo ello muy bien descrito en un libro del historiador Carlo Maria Cipolla, “¿Quién rompió las rejas de Monte Lupo?”, que les recomiendo tanto como el de Manzoni.

Y volviendo al hoy, ¿qué pensar de todo esto?. ¿Vuelve a equivocarse de manera escandalosa la OMS llevándonos a un punto en el que habría que elegir entre esos dos escenarios, el Milán de 1630 o la Florencia de 1633?. ¿Es realmente necesaria la emergencia sanitaria internacional?.

Lo cierto es que, echando mano de las cifras, se debe dar un voto de confianza a la OMS, tan sospechosa en asuntos así desde el fiasco de la famosa “gripe aviar”.

Si tomamos el libro que Daniel Defoe sacó oportunamente en el año 1722, el “Diario del año de la peste”, describiendo la epidemia de peste bubónica en el Londres del año 1665, la OMS parece, esta vez sí, estar actuando razonablemente. En Londres las muertes por peste avanzaron lentamente. Llegando los primeros infectados desde Holanda, al parecer, en diciembre de 1664. Primero fueron sólo dos caídos extramuros de la ciudad. Desde entonces hasta el mes de junio de 1665 se sumaron incrementos a lo largo de varios meses de 300, 400 muertes en focos localizados. Alarmantes, pero que daban fundadas esperanzas de que la epidemia no prendería.

Vana esperanza a partir del mes de junio, en el que en una semana ya se registrarán más de 700 muertes. Cifra que era sólo el preludio de muchas más, hasta sumar más de cien mil antes de que acabase el año, asolando la capital de una de las principales naciones europeas, hasta despoblarla prácticamente…

Vistas así las cosas puede parecer, en efecto, razonable esa “Emergencia Sanitaria Internacional” desde las 800 muertes. Esperemos que sea una medida realmente eficaz -por ejemplo para erradicar el virus- y, sobre todo, que no sea otra oprobiosa espantada para hacer negocio con falsas pandemias como aquella famosa gripe aviar que, al final, causó menos mortandad que la gripe estacional de cada invierno… Así sea, siquiera para que no parezca que en el año 2014, en pleno siglo XXI, estamos más atrasados que en el Milán de 1630. Al menos los que no somos Jean-Marie Le Pen…

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El día en que Cataluña fue independiente. Del teniente coronel Macià al ex “Molt Honorable” Pujol. La Historia como bomba de relojería (1931-2014)
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Carlos Rilova | 04-08-2014 | 09:29| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy pensaba hablar de alguna cosa menos bronca, de alguna anécdota amable sacada de eso que Carlos Fisas llamó “Historias de la Historia” y que tanto éxito tuvo hace unos 30 años.

Pero no he podido. La culpa la ha tenido el hallazgo de un interesante número de una revista que los lectores fieles de este correo de la Historia conocen bien, “L´Illustration”, gracias a las veces que ha proporcionado material para llenar esta página, y el bombardeo mediático al que estamos siendo sometidos en relación al feo asunto de la fortuna de los líderes -por antonomasia- del nacionalismo catalán: los Pujol.

Sin entrar en demasiadas reflexiones sobre el tema, lo que está claro es que el asunto ha sido -y lo está siendo desde 2012- todo un torpedo, bien dirigido desde Madrid, contra la línea de flotación del independentismo catalán, que, eso sí que es evidente, sigue sin apearse de su idea de convocar una consulta y poner en solfa la unidad de ese estado de la Unión Europea llamado “España”, provocando -eso parece al menos- un importante cataclismo político.

Cada cual, está claro, se defiende como puede. Eso no quita, sin embargo, para que uno pueda opinar que esa defensa no es, desde luego, la mejor.

Sabido es que en el mencionado estado de la Unión Europea llamado España, “Cultura” y “Política” andan bastante peleadas. De hecho, lo que la Política entiende por Cultura a veces -demasiadas veces- acaba en la promoción de engendros que, además de caros, parecen surgidos de alguna pesadilla producto de un banquete oficioso con exceso de langosta y vinos generosos.

Eso lleva a un menosprecio de determinados conocimientos, como puede ser el caso de la Historia, que, desgraciadamente, parece considerarse como una especie de divertimento para diletantes, como ya hemos señalado en esta misma página muchas veces. Como algo que no es capaz de aportar nada realmente eficaz a la gestión de los asuntos públicos. Ni siquiera a considerarse como conocimiento útil para esas funciones.

Yo, como es lógico en un historiador, no puedo estar de acuerdo. Y leyendo ese viejo número de 1931 de “L´Illustration” estoy aún más en desacuerdo. Que alguien que se ocupa de la gestión de la cosa pública en España, sea incapaz de tener la perspectiva histórica que da el conocimiento de lo que les voy a hablar de inmediato, me parece como poco irresponsable y desde luego peligroso. Y no sólo para los que manejan la cosa pública de modo tan espurio, sino para los que nos vemos obligados a soportar esos errores a medio y largo plazo. Puede que incluso a corto.

Ese reportaje de “L´ Illustration” de 25 de abril de 1931 es un documento histórico de primer orden. Nos ofrece un interesante punto de vista sobre lo que ocurre en España a partir del 14 de abril de ese mismo año. Es el de un miembro de la intelectualidad francesa que llena de elogios a España -tanto al rey que se exilia como al gobierno provisional que hará la transición a la república- por haber sido capaces de entenderse sin derramar sangre, y anteponiendo los intereses del estado, de la nación, a los particulares de cada uno de ellos.

Algo, esos elogios, a agradecer, teniendo en cuenta la imagen, generalmente truculenta, que la prensa francesa ha tendido a difundir sobre España (y para hacerse una idea no tienen más que consultar el correo de la Historia de la semana pasada).

El largo artículo está en general bien informado, el reportaje gráfico es de primer orden. Casi al nivel de un Doisneau. A veces, sin embargo, se equivoca. Por ejemplo cuando dice que Alfonso XIII se limitó a reinar y no a gobernar, interviniendo en Política. Cosa incierta y que, de hecho, llevó finalmente al 14 de abril de 1931.

Pero, en general, el análisis es verdaderamente certero. Y sobre todo lo es cuando describe el proceso por el cual, a partir del 14 de abril de 1931, Cataluña se proclama independiente “de facto” al proclamar la República catalana, que, como nos dice el reportaje, es algo que no es, exactamente, lo mismo que la República española proclamada a partir de ese día en todo el territorio nacional.

Lo más curioso de este artículo es que señala que si la unión entre las dos repúblicas se vuelve a reestablecer -como así fue- se hará gracias a un diálogo entre las dos partes. Representadas en esos momentos por un ex-teniente coronel del Ejército español de la época monárquica, Francesc Macià, elegido presidente de esa república catalana, y Niceto Alcalá-Zamora, que lo era del gobierno provisional que daría paso a la Segunda República.

El reportaje de “L´Illustration” señalaba que una amplia autonomía podría contentar las aspiraciones de esos independentistas -y al final así fue- pero lanzaba un sabio aviso al respecto: el problema era de fondo, histórico, y no valían para resolverlo soluciones de contingencia…

Lo más escalofriante de esa lectura, hecha desde hoy día, entre finales de julio y principios de agosto de 2014, es que finalmente se aplicaron soluciones contingentes, parches que acabaron siendo reemplazados por una solución drástica: un golpe de estado, una guerra civil de tres años entre 1936 y 1939, y, a partir de entonces, un régimen de excepción, policíaco, que sofocó, en sangre y con otras medidas, toda veleidad independentista. Incluso, hasta bien entrados los años sesenta del siglo pasado, el más leve catalanismo.

El resultado de todo eso, como viene a verse ahora, ha sido nulo. En efecto, no es hoy muy difícil ver que, en términos históricos, el problema está donde estaba en 1931. Hagan las cuentas. Son 83 años -se dice pronto- sin haber buscado una solución sólida al problema de la unión entre Cataluña y el resto de España.

¿Qué se podría haber hecho desde 1978 en adelante, en un sistema legitimado por las urnas y no por la fuerza?. En lugar de alimentar a un nacionalismo insaciable y, como ahora se viene a ver, cleptocrático -del griego “klebo”, robar, y “kratia”, poder, forma de gobierno-, por medio de una ley electoral que da más problemas de los que evita, se podría haber puesto pie en pared antes que haber aceptado el apoyo de esos partidos que, en definitiva, por su propia naturaleza, lo quieren todo. No soluciones de trampantojo como la famosa fórmula federal, que jamás contentará a independentista alguno. Se podría, también, haber popularizado una Historia común, de unidad frente a enemigos exteriores como Francia durante las guerras napoleónicas. Se podría haber dado a conocer biografías apabullantes como la de Domingo Badía, militar catalán y explorador al leal servicio de la corona española a finales del siglo XVIII, del que ya hablé en otro correo de la Historia, de 2012, por estas mismas razones que traigo hoy, de nuevo, a colación…

No se ha hecho. Se ha hecho, por el contrario, lo que nunca debería tolerar un gobernante responsable: sacar trapos sucios económicos que deberían haber salido a la luz hace muchos años. Al menos para no levantar sospechas de que se toleró una corrupción tan gigantesca que era imposible pasase desapercibida tanto tiempo…

O bien recordar a los catalanes, vía el libro “Catalanes todos”, que hubo mucho franquista entre ellos. Casi única aportación cultural, de momento, en esta “Cruzada” anticatalanista. Soluciones torpes que lo único que harán será cebar la bomba del independentismo para que estalle -tiempo al tiempo- dentro de ¿5?, ¿10?, ¿20? años, repitiendo el esquema iniciado hace ahora 83, dejando resuelto en falso, una vez más, un problema que gobernantes mejor preparados habrían solventado ya hace tiempo.

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¿Y la “Marca España”?, ¿bien, gracias?. Reflexiones históricas a partir del desastre aéreo de Malí
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Carlos Rilova | 29-07-2014 | 19:17| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

En menos de quince días se han sucedido tres catástrofes aéreas. La primera fue en Ucrania, cuando cayó derribado un avión de las líneas aéreas malasias al que se hizo explotar en vuelo, masacrando a toda su tripulación y pasaje. Más tarde la cola de un tifón hizo caer a un pequeño aparato de Taiwán.

Esta vez hubo supervivientes, por fortuna. Finalmente, el viernes se confirmó que un aparato de una línea aérea española se estrelló en Malí, muriendo todo su pasaje y tripulación. Entre ellos un donostiarra antiguo alumno de la Universidad de Deusto, todo lo cual toca bastante de cerca al que estas líneas escribe y a bastantes asociados de “Miguel de Aranburu”…

No resulta fácil dejar al margen una catástrofe humana de esa envergadura, que puede afectarnos a cualquiera de nosotros cualquier día, que hace perfectamente comprensible eso que llaman “pánico a volar” a pesar de que se nos repite, una y otra vez, que es el medio de transporte más seguro.

Tampoco resulta fácil hacer comentario alguno que no sea el de unirse al dolor de los que han perdido a sus familiares y amigos en ese golpe súbito y mortal.

Sin embargo, pese a ese velo abrumador, resulta también difícil quedarse impasible ante el modo en el que se ha tratado el tema del avión español.

En el caso del vuelo malasio derribado parece haber claros culpables. Probablemente los irregulares prorrusos que luchan contra la república de Ucrania para desgajarse de ella y unirse a la Federación Rusa.

En el caso del avión de Taiwán todo apunta a que ha sido un fenómeno metereológico extremo.

¿Y en el caso español?. Pues parece ser que también, que el avión de Swiftair cayó derribado por una tormenta de arena que impidió a los pilotos esquivar el relieve o que entorpeció sus aparatos de navegación.

En ausencia de otros indicios, como que el avión fuera alcanzado por un misil de alguno de los grupos armados que combaten en esa zona contra tropas españolas, malienses y francesas, esa parecía ser la explicación razonable.

Sin embargo, resultan curiosas, cuando menos, algunas declaraciones francesas y las reacciones españolas al respecto. Les recomiendo darse una vuelta por la edición digital del diario “El Mundo” de este 25 de julio, para que se den cuenta de cómo está la cosa a ese respecto. En el texto, bastante aséptico, se recogen unas declaraciones a la prensa del secretario de Estado de Transportes francés que indicaban que no había razón para culpar del accidente a los pilotos españoles…

Curiosa, en efecto, aclaración que, probablemente, habrá tenido que ver con las enfáticas declaraciones de nuestra vicepresidenta, más o menos en las mismas fechas, acerca de que sí, de que no hay razón para suponer que un avión gestionado y tripulado por una compañía española esté en peores condiciones que uno de Malí, de Taiwán o de Malasia.

Volviendo al artículo de “El Mundo”, si se fijan en los comentarios, hablan ahí, para rematar todo esto, unos cuantos usuarios cargados de ira sobre el papel insignificante -para ellos al menos- de España en la investigación de una catástrofe en la que quedaba implicado ese país, por ser de esa nacionalidad todos los que tripulaban el avión…

Y todo esto le lleva a uno a preguntarse, ¿qué es lo que está haciendo esa entidad llamada “Marca España”, que fue uno de los inventos del actual gobierno para mejorar la imagen de ese país allende sus fronteras a partir de 2012?.

El invento en cuestión, dependiente del Ministerio de Exteriores, empezó bastante mal. Recuerdo el estupor que me produjo ver en uno de sus eventos iniciales a varias bellas señoritas -vale, muy bellas- tocadas con peineta y mantilla de rica blonda repartiendo jamón ibérico en bandejas para demostrar… ¿qué, exactamente?. ¿Qué España seguía siendo el país oriental enclavado en Europa que Prosper Mérimée se quiso imaginar a principios del siglo XIX?.

Si desde luego ese era el objetivo, hay que decir que “Marca España” gastó correctamente el dinero público que se le confió para esos dispendios en jamón ibérico y mantillas usadas para ir a misa de doce en el largo siglo XIX, que, para nosotros -azares de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría-, duró entre 1859 y 1959.

Ahora venimos a ver las consecuencias. Evidentemente con un cartel como ese las dudas sobre el estado de los aviones españoles, la supuesta insignificancia de España en el asunto, reducida a víctima pasiva, -¿quizás a futuro chivo expiatorio?…-, eran cosa servida.

Todo esto, abordado desde el punto de vista de la Historia, parece lógico en relación a un país, España, que, para empezar, y es sólo un  detalle más, no maneja su imagen histórica desde finales del siglo XVIII, sino que deja que se la manejen gente como Prosper Mérimée y aventajados imitadores nacionales hoy vivos, con buena salud y disfrutando de altos honores en altas instituciones académicas del Estado. Algo que, al parecer, encima, obedece a un plan sistemático puesto de manifiesto en un libro que les recomiendo, una y otra vez: “Hispanomanía” de Tom Burns Marañón.

De otro modo es difícil entender que el dinero destinado a esa, según todos los indicios, inoperante “Marca España”, no se haya destinado, por ejemplo, a promocionar y popularizar, aquí y fuera de aquí, obras como “La leyenda negra” del historiador -español para más señas- Julián Juderías y Loyot. Un libro cabal, para su época -principios del siglo XX- en el que ponía la Historia de España al nivel de la del resto de Europa. Desmintiendo, por ejemplo, que la Inquisición española hubiera sido la única existente en el siglo XVI -como la mayoría del público cree- y que países supuestamente ejemplo de alta civilización en la época de Julián Juderías, se permitieran dar lecciones de ninguna clase al respecto, cuando tenían leyes que discriminaban a su población negra y autorizaban, “de facto”, su linchamiento…

Les recomiendo su lectura. Acaba de ser reeditado por su centenario. El libro les explicará, perfectamente, que hoy nuestro gobierno tenga que desmentir supuestas negligencias de maquinaría y tripulación española que habrían provocado, por eso mismo, una catástrofe aérea. Cosa que, según parece, no le ocurre a ningún otro país del Mundo. Probablemente porque, entre otros factores, es obvio que sus instituciones se esfuerzan en promocionar una imagen positiva en lugar de asumir como rasgos identitarios propios lo que, en realidad, solo son tristes reminiscencias de propaganda de guerra vomitada por otros países europeos -Holanda, Francia…- desde el siglo XVI en adelante. Algo que esa entidad llamada “Marca España”, supuestamente creada para deshacer ese entuerto, parece incapaz de corregir, dejando que todo siga, más o menos, como en 1862, en el triste estado que se aprecia en las ilustraciones de este nuevo correo de la Historia, con los franceses imaginando una España atrasada, diametralmente opuesta a la que ya tenía barcos de vapor idénticos a los del resto de Europa…

¿Alguien se hará responsable de tan gris resultado?. Seguro que no. Es más fácil matar al mensajero, como se hizo con otro rebatidor de la Leyenda Negra como Blasco Ibáñez, que -¿lo adivinan?. Exacto: murió, asqueado y exiliado, en Francia-, ir vegetando en una sinecura financiada con dinero público, como parece serlo la “Marca España”. Y así, con suerte -para el resto de españoles-, hasta que los responsables de tal desidia sean descabalgados por un cada vez más apetecible, radical, golpe de revés en las urnas que, a todas luces, parece muy necesario…

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Una vieja Historia muy moderna. De la invasión de Gaza a las amenazas contra Podemos
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Carlos Rilova | 21-07-2014 | 09:40| 23

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hay veces en las que uno no sabe de qué escribir en esta página. Otras uno tiene incluso demasiados temas de los que hablar.

Ese es el caso de esta semana. Llevamos ya casi medio mes oyendo hablar de la nueva guerra sorda entre israelíes y palestinos en torno a la franja de Gaza. Eso ya, por sí sólo, da para todo un artículo. Sin embargo, las polémicas en torno a la última “tormenta perfecta” electoral española, es decir Podemos, a lo largo también de toda la semana pasada, dan igualmente bastante de qué hablar al historiador.

Y por las mismas razones por las que decide arriesgarse a meterse en un avispero como el de la franja de Gaza. Es decir, porque ambas situaciones se comprenden mucho mejor -al menos tal y como han sido enfocadas- si son vistas desde el prisma de la Historia. Empezaré por el asunto de Gaza y luego hablaremos de esas cosas tan feas que se han vertido contra Podemos, principalmente desde las cloacas de las redes sociales.

David contra Goliat, Goliat contra David. La Historia oculta tras la franja de Gaza. Del 1200 antes de Cristo al 2014 después de Cristo.

Es difícil comprender de dónde sale tanto odio entre israelíes y palestinos. Y todavía, estoy seguro, les resultará aún más difícil de comprender después de que les explique que esa masacre, hoy tan desigual, empezó ahora hace cerca de tres mil años.

Sí, tal vez a los de más edad, todo esto les suene vagamente de las clases de Historia Sagrada que se daban en la mayoría de los colegios españoles no hace muchas décadas.

Sobre todo de la Historia, tan ejemplar, tan metafórica, de la también desigual lucha entre David y Goliat. Goliat, el filisteo.

Fíjense bien en esa palabra. Su origen se remonta al año 1200 antes de Cristo. En esa fecha, nos dicen los libros de Historia Antigua, llegaron desde el Norte, desde la península Eurasiática, los llamados “Pueblos del Mar”.

Entre ellos había gentes como los “Akaiwasha”, de donde luego saldrían los aqueos a los que cantó Homero, los de larga cabellera y hermosas grebas, conquistadores de Ilión. Es decir, de Troya,

Aparte de ellos había otros conocidos como “pulesatis” o “pilistim”. Pueblos igualmente feroces y guerreros que entraron a saco en la actual Palestina, donde se asienta desde 1947 el estado de Israel, fundando un poderoso reino, contra el que los hebreos lucharan años y años. Tal y como lo demuestran muchos libros de ese libro de libros, la Biblia, que, en parte, los cristianos compartimos con ellos y con los musulmanes.

La palabra “filisteo”, derivada de esos “pulesatis” o “pilistim”, llegó a hacerse tan odiosa que en la cultura judeocristiana -vamos, en la nuestra-, quedó asociada a bárbaro, a persona, sin gusto, retorcida. Algo especialmente utilizado por los estetas de la época victoriana.

De ahí vienen todos los horrores que estamos viendo ahora en televisión. Con diferentes ropajes que van desde el paganismo primitivo hasta el Islam actual, los “pilistim” se han estado batiendo de manera desigual con los que pasaban por ser los habitantes originarios de aquellas tierras. Ese pueblo elegido que ahora, con las tornas cambiadas tras la disgregación del Imperio Otomano y la Diáspora definitiva -hasta 1947 al menos- del pueblo hebreo, vuelve a por sus antiguos invasores, masacrándolos despiadadamente, biblicamente…

Ya ven, a eso se reduce todo. Los niños palestinos que hemos visto morir en televisión, los cientos de víctimas caídas del lado palestino frente a las escasas bajas en el lado israelí, se sustentan en una Historia muy vieja de odio enconado, de un pueblo que deseaba exterminar, arrojar al mar, a aquellos “habiru” con los que se encontró hacia el año 1200 antes de Cristo. Apenas nada ha cambiado. Sólo la suerte de las armas, que ahora favorece a los hebreos.

El historiador, después de hacer esta reflexión, no puede evitar preguntarse, aunque sea en voz baja, cómo es posible que en cerca de 3000 años ambas partes no hayan podido llegar a algún tipo de acuerdo. Uno que no pase por exterminarse mutuamente, por arrojarse al mar. Un designio especialmente notable en grupos radicales como Hamas, que no hace sino alimentar el espíritu de resistencia de los que, aún con las manos manchadas de sangre de niños hasta los codos, saben que sus antecesores estaban allí antes que los otros y que, después del Holocausto, la Shoah de 1939 a 1945, ya no puede haber tregua, que los hebreos deben volver, y han vuelto, a los tiempos de sus reyes guerreros: David, Salomón, los Macabeos, los Zelotas… Caiga quien caiga.

Las amenazas contra Podemos y la Historia

Vamos ahora con las amenazas contra Podemos, que también, como lo de la franja de Gaza, se entiende mucho mejor echando mano de la Historia.

Curiosamente, parece ser que hay algunos individuos que se sienten felices con la situación que ha dado a Podemos una gran base de electores, salidos de la indignación contra un gobierno más oligárquico que democrático. Lo más llamativo del caso es que dichos individuos no parecen pertenecer a esa oligarquía. Algo que se desvela en un pequeño detalle del que sólo se hicieron eco los informativos de Telecinco. En efecto, los individuos que hicieron un pastiche con “Los Fusilamientos del 3 de Mayo” de Goya en el que la plana mayor de Podemos era fusilada no por los marinos de la Guardia Imperial francesa sino por… la Legión española…, no parecen haber recibido una educación muy esmerada en exclusivos colegios privados

En efecto, lo que saca de ahí el historiador es que la ignorancia histórica del autor, o autores, del citado panfleto roza extremos delirantes. Según esa interpretación del cuadro, el profesor Iglesias y sus adláteres serían patriotas españoles -no “rojos bananeros”, como dice la leyenda del citado pastiche- masacrados por una fuerza militar que estaría actuando a mayor beneficio de una fuerza ocupante extranjera como lo fue la napoleónica y que, en este caso, debemos suponer, dada la buena sintonía entre los actuales habitantes de la Moncloa y la sra. Merkel, se trata de Alemania. Así la españolísima Legión habría pasado a jugar el mismo papel que la Guardia de José I a partir de 1808, rellena toda ella de afrancesados y otros traidores a la Justa Causa de la Nación, como se decía en 1814.

Y, así las cosas, no estaría nada mal el recorrido histórico que los que tiemblan ante la sola mención de Podemos han logrado dibujar. En poco tiempo esa formación habría pasado de agente del Chavismo venezolano, a patriota resistente contra una invasión extranjera y opresora que ha llegado a someter a sus dictatoriales dictados incluso a la Legión española… Ante ello sólo queda ofrecer un atónito aplauso a los que han logrado ejecutar ese triple salto mortal histórico con tanto entusiasmo.

Probablemente con esto engrosarán las filas de los votantes de Podemos, señalándoles a los interesados el camino correcto para sacudirse el yugo que los aplasta o que creen que los aplasta. Uno parecido al que el país se sacudió entre 1808 y 1814. Bravo. ¿Qué más se puede decir, salvo que los pueblos que ignoran su propia Historia acaban haciendo el idiota, como lo demuestra ese pastiche de los “Fusilamientos” de Goya?. Vayan tomando nota camino de las urnas, por favor.

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Historia para el 14 de julio. Vida de madame Roland
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Carlos Rilova | 14-07-2014 | 19:28| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Tenía dudas acerca de qué hablar en este nuevo correo de la  Historia hoy, que es 14 de julio, el día en que se celebra la Toma de la Bastilla. Aquel tumulto que dio comienzo, tal día como hoy de 1789, al fin del Antiguo Régimen y que, por tanto, deberíamos celebrar todos en lugar de verlo sólo como la Fiesta Nacional francesa.

Había pensado en hablar de la presencia de españoles en aquel cataclismo  histórico. Más que nada por las mismas razones que mencionaba la semana pasada. Es decir, porque estamos muy necesitados de saber que ese país del que llevamos pasaporte en el bolsillo -España, me parece recordar- en contra de lo que piensa alguna gente que, asombrosamente, tiene acceso a micrófonos y columnas de opinión, no estuvo aislada ni del continente, ni del resto del Mundo ni, mucho menos, de los acontecimientos que lo conmovieron.

Me había parecido, pues, este 14 de julio una buena ocasión para hablar, una vez más, de cómo ha degenerado nuestra visión de la Historia desde el año 1978 hasta ahora. De dar lecciones de revolución a los invasores franceses en 1808 como se veía en material filmado para la Televisión de la época de la Transición -descárguense de la web de RTVE una “cosa” llamada “La gran batalla de Andalucía” y verán- a creer que este país es un gran parque temático que podría llamarse “LosSantosInocentesland”, y que nos hemos pasado toda nuestra Historia sumergidos en una especie de idiocia rural, ajenos a grandes avances y acontecimientos clave de la Historia como la propia revolución francesa.

Iba a ir por ahí, decía, pero, la verdad, dos sermones académicos sobre el mismo tema -o casi- en una semana, me ha parecido demasiado y así he optado por otra vía. De hecho, por otra mucho más amable y menos bronca.

Sí, hoy, aprovechando que es 14 de julio, que probablemente se lo van a recordar todo el día a golpe de Telediario, quiero rendir un homenaje a una protagonista de aquellos hechos.

Sí, han leído bien: “una protagonista”.

Bajo la sombra de los gigantes de aquellos hechos dramáticos desencadenados aquel 14 de julio de 1789, se olvida con frecuencia que también hubo algunas mujeres que tuvieron un papel protagonista en los mismos. Pocas, pero las hubo. Y tal vez precisamente porque fueron tan pocas -las circunstancias no daban para más, el Feminismo estaba en vías de invención en esos momentos- creo que se merecían ser recordadas hoy.

Al menos una de ellas. Se llamaba, o ha pasado a la Historia, con el nombre de madame Roland, que era el de su marido, Roland de la Platrière, con el que se casó a muy temprana edad.

Una buena salida para Marie-Jeanne Phlipon, huérfana nacida en el año 1754, que emparenta así con un hombre de ideas avanzadas en todos los aspectos, incluido el de dejar a su mujer reinar intelectualmente en uno de los famosos salones de aquel siglo, con razón llamado “ilustrado”, en el que se reunía lo más granado de la inteligencia de la época para discutir, para pensar, preparando así el camino a la revolución que ha llevado al mundo en el que hoy vivimos.

Esa apertura de vías a lo que hoy llamamos “democracia” fue algo especialmente notorio en el salón dirigido por madame Roland. Marie-Jeanne Phlipon, en efecto, era partidaria de ideas democráticas e igualitarias, que tendría ocasión de poner en práctica entre 1789 y 1793, en el punto más álgido de esos acontecimientos conocidos como “revolución francesa” que son los que hoy se conmemoran.

Así hasta que fue engullida, como tantos otros y otras, por aquel torbellino. El llamado “Terror” acabó con ella. El ala extrema de la revolución, los jacobinos, intoxicados de sangre y de una sed de venganza contra el Antiguo Régimen que rayaba en la paranoia, en lo enfermizo, la convirtieron en uno de sus numerosos enemigos -cada día más- reales o imaginarios.

Dijeron que estaba en correspondencia con el ministro británico, aquel odiado Pitt, fuente de todos los males para muchos franceses de la época. Eso además de ser girondina. Es decir, miembro del ala revolucionaria más moderada que fue masacrada por los jacobinos, también por temer que su tibieza acabase destruyendo la revolución iniciada en 1789 y que había atravesado el punto de no retorno con la ejecución de Luis XVI.

Íntegra hasta el final, madame Roland se defendió ante el tribunal revolucionario que la juzgó. Debió de ser una brillante defensa pues, como la experiencia suele demostrar, los tribunales con adjetivos -“revolucionario” en este caso- no suelen ser precisamente aquellos donde la Justicia imparcial está más garantizada.

Sin embargo, su compromiso con una política que divergía de la cada vez más enloquecida política jacobina, la llevó rápidamente de vuelta a la maquinaria infernal del Terror revolucionario, acabando en la tristemente famosa “Conciergerie”. Aquella sala de espera de las víctimas con las que era alimentada, a diario, la guillotina.

Madame Roland no tardó mucho en convertirse en una víctima más de aquella revolución dominada por hombres que veían enemigos en todas partes y sólo concebían ya la violencia extrema, el genocidio, de hecho, como vía de acción política.

Se dice que junto a la guillotina, madame Roland pronunció unas palabras que estaría bien recordar hoy y después de hoy: “Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”…

Después murió estoicamente y no pudo llegar a ver cómo la revolución era reconducida a unos cauces más humanos con la detención y ejecución de Maximilien Robespierre, aquel antiguo invitado a su salón literario y político.

Tampoco vivió para ver cómo la revolución se corrompía bajo el gobierno de la antitesis de Robespierre, el epicúreo y vividor ciudadano Barras, y cómo esto llevó, finalmente, a la dictadura napoleónica, a las guerras de ese mismo nombre, a la debacle de 1814, a los últimos “Cien Días” de Napoleón culminados por una nueva debacle en 1815, a la segunda Restauración y a las numerosas revoluciones y contrarrevoluciones que hicieron de Francia, y de Occidente, lo que es hoy día. Algo que, tal vez, se parece bastante a lo que ella soñaba entre 1789 y 1793. Pese a todas sus imperfecciones.

Por ello, pese a todo, hoy, 14 de julio, tal vez sea un muy buen día para recordar a Marie-Jeanne Phlipon y decir “merci bien, madame Roland… merci bien”. Gracias, muchas gracias, por creer en la Libertad, por defenderla con valor y por morir con dignidad antes que verla pisoteada.

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