Diario Vasco
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Malas horas en el desfiladero de Inzell. Historia de las tropas españolas que tomaron el “Nido del Águila” de Adolf Hitler (1945-2017)
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Carlos Rilova | 17-04-2017 | 09:28| 1

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, supongo, era casi obligado hablar de algo que tuviera que ver con la Segunda República española.

Así que, al final, me he decidido por rememorar un episodio que parece sacado de una de esas películas “de guerra” tipo “El puente de Remagen” o “Un puente lejano”.

Ocurrió durante la última ofensiva aliada sobre el corazón del Tercer Reich alemán en mayo de 1945.

Se ha contado poco ese suceso de la Segunda Guerra Mundial. El escritor y periodista Eduardo Pons Prades, que, además, fue protagonista de esa epopeya en otras latitudes de la Europa ocupada, lo despacha en apenas dos páginas de su recomendable “Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial”.

En esencia lo que ocurrió es que a los escasos supervivientes españoles de la Novena división aliada Leclerc (integrada en las Fuerzas de la Francia Libre) se les mandó llegar hasta el corazón simbólico del imperio nazi (el “Nido del Águila”) abriéndose paso por una carretera y vía férrea minada, enfrentándose con lo más florido de los fanáticos que se quedaron al lado de Hitler hasta el final.

Es decir, dos compañías de las SS que resistieron obstinadamente en ese punto de la carretera de los Alpes, defendiendo el túnel que daba paso a aquel elegante chalet en el que el Führer había pasado tantos buenos días y se había hecho unas cuantas películas caseras, hoy repetidas hasta la saciedad en diversos documentales.

Según los testimonios que recoge Pons Prades (de los participantes en esa operación, Federico Moreno y Martín Bernal) los SS contaban con varias baterías tipo Flak calibre 88.

Con ellas machacaron las líneas de aquellos españoles que trataban de abrirse paso hasta el último símbolo del poder nazi.

Los combates fueron realmente duros. Según el testimonio de Bernal, Moreno, al mando de las líneas españolas, repetía constantemente que se avanzase con extremo cuidado, que si se descuidaban no quedaría un sólo español para contar aquello. Según estos soldados, apenas distinguibles de los miles de norteamericanos de esa época que habrán visto en metros y metros de películas como “El puente de Remagen” o “Un puente lejano”, se consiguió avanzar palmo a palmo por aquella vía férrea y por los senderos laterales -todos completamente minados- desafiando aquel fuego de la élite nazi hasta romper sus líneas y, como dicen ellos mismos en sus testimonios, hacer “cisco” sus baterías Flak del 88.

La aventura, como cuentan Moreno y Bernal, acabó con un regusto bastante amargo: los españoles descubrieron al entrar en Berchtesgaden que las tropas francesas de Barboteux y Guillebon habían llegado hasta allí con mucho menos riesgo, justo el día anterior, por un camino despejado de toda resistencia nazi…

El mando francés de las tropas españolas integradas en la Nueve reconoció el sacrificio de los españoles que, en cualquier caso, habían barrido los últimos núcleos de resistencia donde los nazis, según las últimas directrices del finiquitado Führer, esperaban hacerse fuertes, acaso durante años, en forma de guerrilla.

Así, el capitán Touyeres montó en su “Jeep” tras la llegada de las tropas españolas a las puertas del “Nido del Águila” y se hizo escoltar por los blindados de las secciones 1 y 2 de la Nueve, que estaban al mando, precisamente, de Moreno y Bernal. El capitán francés les reconoció expresamente que ese puesto de honor les era cedido “Por lo de Inzell”.

Fue así como esos soldados españoles entraron, en cabeza de las tropas aliadas, en el último santuario del régimen nazi.

En estos días en los que se rememora la proclamación de la Segunda República era casi inevitable rendir este pequeño homenaje a estos soldados que tuvieron, acaso, el más digno papel entre todos los españoles que combatieron en el bando aliado durante la Segunda Guerra Mundial.

Poco más se puede decir, por hoy, salvo que estos soldados españoles que se negaron a rendirse a la coalición nazifascista que ocupó España en 1939 y siguieron luchando, palmo a palmo, hasta ver caer el águila con la svástica en su último reducto, bien podrían ser ese “pelotón de soldados” que, según el generalmente desorientado Oswald Spengler, acaban por salvar la civilización.

Para quienes significan algo las palabras “sociedad abierta y democrática”, aparte de lo dicho, lo coherente sería también rendir honores cuando pasen ante la bandera española que ellos defendieron en varios frentes de la Segunda Guerra Mundial, o ante las  placas que, desde Sainte-Mère-l´Église, en Normandía, hasta Berchtesgaden, recuerdan a esos soldados españoles que cayeron por el camino, luchando contra soldados con la svástica pintada en sus cascos o sobre el blindaje de sus vehículos.

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“Cuando las barbas de tu rey quieran chamuscar… Ponte a leer libros de Historia”. Una vez más el “Brexit” y algo de Historia angloespañola (1613-2017)
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Carlos Rilova | 10-04-2017 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí. Ya lo siento, pero esta semana, otra vez, voy a dedicar este correo de la Historia al tema del Brexit y la Historia. Por alusiones, como se suele decir en el Parlamento.

Las alusiones, en concreto, proceden de caballeros británicos de tan alta alcurnia como Lord Howard y del contra-almirante Christopher John Parry. Las de este último han sido de lo más llamativas.

En efecto, si Lord Howard se las prometía -hace ya más de una semana- muy felices pensando que, de ser menester, la Royal Navy y el Ejército de Su Majestad harían en Gibraltar lo mismo que se hizo en las Malvinas allá por 1982, el almirante (retirado) Parry (veterano de esa guerra) fue aún más lejos y declaró que la capacidad ofensiva de las fuerzas británicas era muy superior a las españolas y que la Historia demostraba que los enfrentamientos entre España y Gran Bretaña siempre se habían saldado con la victoria británica. Como colofón añadía el almirante Parry una jocosa advertencia, indicando que, así las cosas, la barba del actual rey español, Felipe VI, podría salir chamuscada de ese enfrentamiento.

Bien, estoy sorprendido. La imagen tópica que se ha ido difundiendo por el Mundo, desde hace años, de caballeros como Lord Howard y el almirante Parry es que poseen magníficas casas (a ser posible de campo) con no menos magníficas bibliotecas con estanterías de nobles maderas, alfombras Wilton, sillas Chippendale, cómodos tresillos Chester y cosas así. Pensemos, una vez más, en David Niven interpretando al embajador británico ante la corte imperial china durante la rebelión boxer (allá por 1900) en aquella bizarra película, “55 días en Pekín”, convirtiendo (con harto dolor) los libros de una de esas magníficas bibliotecas en barricadas para contener a los salvajes boxers…

Y ahí surgen, inevitables, las preguntas: ¿qué clase de libros de Historia hay en esas bibliotecas tan predicadas en la Mitología de la gran pantalla?. ¿Acaso sólo existen ahí, en las películas y en series de Televisión como “Downton Abbey”?. ¿Los libros que contienen sólo son carcasas falsas de esas en las que se guardan secretos familiares, pistolas de duelo o una secreta colección de afamado coñac?…

No quiero ponerme sarcástico, pero tanto Lord Howard como el almirante Parry, con sus imprudentes declaraciones, dan pábulo a esa clase de sospechas. Tanto uno como otro parecen tener serios déficits en su formación sobre Historia.

Empecemos por Lord Howard. Para cualquiera que conozca más o menos el reinado del rey español Felipe III (1598-1621), resulta cuando menos pasmoso que un Howard, nada menos que un Howard, pretenda llevar la guerra a España y, además, esté seguro de ganarla. Como se diría en aquella época, “habla quien más tendría que callar”…

¿Por qué digo esto?. Sumerjámonos en los libros de nuestras bibliotecas públicas y privadas que, parece cada vez más evidente, nada tienen que envidiar a las cinematográficas bibliotecas de los nobles lores y caballeros británicos. Por ejemplo en un libro del marqués de Villaurrutia escrito nada menos que hace más de un siglo, en 1913: “La embajada de Gondomar a Inglaterra en 1613”.

Las instrucciones de este caballero español, el conde de Gondomar, veterano de la última guerra contra Inglaterra, indicaban que debía forzar en la Corte de Londres acuerdos con el grupo de cortesanos llamados “los bien intencionados”. Todos, o la mayoría de ese grupo, eran próximos a los “recusants”. Es decir, católicos camuflados en la Alta Iglesia de Inglaterra y, por tanto, muy favorables a acuerdos con la principal potencia defensora de su verdadera religión. Esa que, ante todo, era un muro de contención frente a los puritanos, favorables a la guerra contra el que ellos llamaban “Anticristo romano” y sus defensores. Esos mismos caballeros que olían a dinero viejo y a privilegios cortesanos y, por supuesto, la maquiavélica España de Felipe III…

Vamos con la lista de nombres que integraba ese “lobby” de cortesanos ingleses. Mucha atención por favor. Eran Henry Howard, conde de Northampton, Thomas Howard, conde de Suffolk y Lord Alto Tesorero,  Charles  Howard, conde de Nottingham y, además, Lord Alto Almirante y Thomas Howard, conde de Arundel…  En fin, ya lo ven, la familia Howard, al completo, no deseaba la guerra con España en 1613 y su disposición de ánimo era tan generosa que aceptaron generosos subsidios de la corte española (que, desde luego, se los podía permitir gracias a las minas americanas). Subsidios que personas más cáusticas que el historiador que escribe estas líneas no dudan en calificar con otro sustantivo más calificativo: sobornos…

Bien, ahí lo tenemos. El descendiente de tan ilustre familia, los Howard, apelando hoy a la parte de la Historia de Inglaterra que más le interesa y olvidando esa otra parte, en la que, además, su propia familia y linaje fueron protagonistas, diciéndonos que Gran Bretaña defenderá hasta el último cartucho Gibraltar si fuera menester… El cuadro en su conjunto, si me permiten, es ciertamente triste, decepcionante. Lord Howard, descendiente directo de “los bien intencionados” del tiempo del rey Jacobo I, demuestra conocer muy mal la Historia de su propio país -y la de su propia familia- y comete lo que, visto bajo esa luz, es una inoportuna indiscreción indigna de un noble lord inglés. O de lo que nos han hecho creer hasta ahora que es un noble lord inglés: discreto, juicioso, comedido, diplomático, bien educado en todas las ciencias y en el trato diario…

¿Qué decir sobre el desafío lanzado por el almirante Parry?. Pues prácticamente lo mismo. El veterano marino parece conocer tan mal la Historia de Gran Bretaña como Lord Howard. Parece que el tiempo se detuvo para su imaginario histórico en el año 1588, que después no pasó nada, que la derrota de la Armada de ese año selló el dominio de los mares para “Britania” desde entonces. No voy a volver sobre los años negros (para Inglaterra) de la época en la que su alta nobleza, como los Howard, preferían recibir subsidios españoles (o sobornos, si les gusta más esa palabra) antes que ir a la guerra contra Felipe III. Tampoco volveré, como la semana pasada, a las desastrosas campañas de la Guerra del Asiento y la de Sucesión austriaca, entre 1738 y 1748. En las que los éxitos de la Marina británica se contaron con los dedos de la mano, y estaba prácticamente inerme ante la potencia de fuego de las fuerzas españolas. Bien por separado, bien en conjunto con Francia.

Y es que hay ejemplos abundantes. El almirante Parry parece no saber nada de la Guerra de Independencia de Estados Unidos (entre 1776 y 1783) donde la Royal Navy, una vez más, fue incapaz de controlar las rutas atlánticas, enfrentada a la Marina española y a los numerosos corsarios armados para la ocasión. Los mismos que hicieron trizas toda posibilidad de abastecimiento a las tropas británicas en Norteamérica. Sometidas así a un lento desgaste que las condujo a la derrota final de Yorktown, ante una potente flota francesa que, por cierto, estaba allí gracias a la inestimable ayuda de España y sus leales súbditos cubanos, que la acogieron en La Habana y la financiaron. Eso por no hablar de todas las unidades terrestres españolas desplegadas entre la actual Luisiana y el estado de Illinois, que, sobre el campo de batalla, contribuyeron notablemente al desgaste de los cada vez más escasos recursos británicos en Norteamérica…

Ciertamente en esos años, el intento de recuperar Gibraltar por la fuerza, acabó en fiasco. Pero esa pequeña victoria -si así se quiere ver- fue simplemente simbólica. Los británicos perdieron en esas fechas Menorca, que habían ocupado en 1763 y, ya de paso, toda Norteamérica salvo Canadá. Aparte de tener que aceptar toda clase de condiciones de España y Francia en la mesa de negociaciones de París…

¿Qué pasará ahora?. Probablemente que declaraciones como las de Lord Howard y el almirante Parry se queden en nada. Pero bueno es saber que la Historia jamás podrá respaldarlas. Si leemos libros de Historia, no panfletos, es evidente que, por tradición histórica, debería ser España quien ganase. Por más que les pese a los tan mal informados Lord Howard y almirante Parry.

Mientras llega ese momento, sin embargo, sería muy oportuno que las autoridades españolas se hicieran un favor a sí mismas y a los británicos traduciendo al inglés y difundiendo por esas latitudes todo lo que historiadores y otros cultivadores del género (escritores de novela histórica de calidad más que aceptable, que también la hay en España. Ahí está la magnífica “Ladrones de tinta”) llevamos escribiendo desde hace años sobre cosas como los sobornos aceptados por los altos lores ingleses (como los Howard) en 1613 para no tener que ir a la guerra. O sobre la contribución española a la victoria de los estadounidenses en 1783. Cuando menos se conseguiría que caballeros tan estimables por otros conceptos, como Lord Howard o el almirante Parry, se callarán a tiempo, antes de dejar salir de sus bocas palabras tan imprudentes como mal informadas y que (es necesario decirlo) dejan en muy mal lugar a las clases supuestamente bien educadas de Gran Bretaña…

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Mala idea, primera ministra, mala idea. El retrato de sir Robert Walpole, el “Brexit” y algo de Historia angloespañola (1742-2017)
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Carlos Rilova | 03-04-2017 | 10:04| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Lo siento pero no me he podido resistir. Esta semana sabía, a ciencia cierta, que iba a escribir en este nuevo correo de la Historia -pasase lo que pasase- sobre la  ocurrencia de la primera ministra británica (de momento) de firmar los papeles para activar el “Brexit” bajo la mirada petrificada al óleo del que pasa por ser (eso repitieron hasta la saciedad todos los telediarios) el primer ministro británico de la Historia. Nada más y tampoco nada menos, que sir Robert Walpole.

Me he quedado asombrado por esa elección. En España existe una lista de defectos más que considerable en los que me he sumergido de la mano del profesor Ian Gibson y su recentísimo “Aventuras ibéricas. Recorridos, reflexiones e irreverencias”. Libro que les encarezco lean porque, se esté más o menos de acuerdo con este hispanista dublinés y lo que nos cuenta, se puede aprender mucho de ese país llamado España del que algunos, todavía, lucimos pasaporte por el Mundo.

Entre otros defectos, aparte de la maldita manía de hacer ruido a todas horas y en casi todas partes, Gibson señala en su capítulo final la desidia con respecto a muchas cosas. Por ejemplo, la investigación científica. No falta algo más que un inquietante fondo de verdad en lo que Gibson, más que decirnos o contarnos, nos advierte.

Sin embargo, en eso, como en tantas otras cosas que se han señalado como defectos “hispanos”, está claro que la famosa “piel de toro”, ese país que Gibson describe (con acierto) como un minicontinente único en el Mundo, no tiene la exclusiva. Si así fuera, muy probablemente la actual premier británica habría puesto el retrato de cualquier otro eminente británico (o británica) para que asistiese, como egregio testigo al óleo, a la histórica decisión de abandonar la Unión Europea por parte de Gran Bretaña.

¿Por qué digo esto?. Me imagino que ya supondrán que por buenas razones, contrastadas documento a documento. Algo que, seguro, ya se imaginarán hasta los trolls que suelen dejarse caer, furibundos, por esta página cada vez que oso decir algo sobre Gran Bretaña y una Historia de ese país mejor documentada, que a ellos, en su simpleza primaria, no les encaja.

Es obvio que la primera ministra británica, al decidir arroparse con ese cuadro en ese acto que podemos llamar “histórico”, demuestra estar intoxicada por los tópicos románticos sobre España y la Historia. Esos que afirman que la Historia de Gran Bretaña frente a España es una Historia de constante éxito y la de España frente a Gran Bretaña, necesariamente, una de constante fracaso. Nada menos cierto. Como queda cada vez más claro a medida que avanzamos en nuestros estudios históricos sobre esta cuestión. Unos que -sorpréndanse- nos llevan a descubrir en toda su chocante naturaleza, casi patética, lo inapropiado que resulta tener un retrato de sir Robert Walpole a las espaldas mientras se firma, sin perder una sonrisa de lo más satisfecha, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

Es posible que, en efecto, Walpole fuera el primer británico digno de tal nombre, sin embargo su gestión fue, sencillamente, desastrosa y, por esa misma razón, no se puede concebir, desde el punto de vista histórico, mayor error que utilizarlo como bandera triunfal para marcar el hito de la deserción europeísta de, de momento, una Gran Bretaña que, sólo para empezar, podría acabar perdiendo por esa decisión, en corto o medio plazo, Escocia, acaso el viejo “Pale” del Ulster, tal vez Gibraltar (veremos, pronto, en qué quedan las amenazas militares que se han dejado caer hoy mismo por parte británica)…

Repasemos la breve carrera de Walpole como primer “premier” británico.

Es posible, como nos recopila y cuenta el libro de Ian Gibson ya mencionado, que los visitantes anglosajones creyeran que, en la segunda mitad del siglo XVIII, España estaba hundida, que nada funcionaba, que, como decía uno de ellos, el “genio español” estaba siendo minado por la herrumbre de la desidia. La falsedad del tópico es manifiesta en cuanto leemos todo eso a la lumbre de cualquier documento de la época.

Independientemente de posibles descuidos en la administración pública, como los que encontraron -o creyeron encontrar- viajeros como Swinburne (que, además, tenían la insólita pretensión de ser los primeros “extranjeros” en pisar España, ignorándolo todo de las numerosas colonias de comerciantes alemanes, flamencos, genoveses, holandeses, ingleses… en ciudades como San Sebastián, Bilbao, Cádiz…), lo cierto es que la España dieciochesca era un conglomerado que, en esas fechas, abarcaba dos hemisferios y que, le pesase al curioso impertinente que le pesase, funcionaba. Algo mejor que bastante bien.

Hecho que tuvieron ocasión de comprobar la Marina, las tropas y la clase política británica bajo el breve, y desastroso, gobierno de ese mismo Walpole que Theresa May ha escogido, muy inoportunamente, para sellar la salida de Gran Bretaña de la UE.

En efecto, sir Robert se dejó arrastrar a una ruinosa guerra contra España a partir de 1738. Desde ese día, y sólo para empezar, la mayor parte de las fuerzas navales y terrestres de las que disponía Gran Bretaña, se estrellaron contra las defensas de España en Cartagena de Indias. En un episodio que se ha hecho famoso gracias al inopinado resucitar de la vida del almirante guipuzcoano Blas de Lezo a través de ensayos y novelas de desigual fortuna y acierto.

La realidad de esos hechos fue aún más compleja que esa batalla de Cartagena de Indias hoy algo manida y desgastada por cierto chusco paleterio patrio, que primero olvida y luego exalta lo olvidado del modo más zafio.

La realidad histórica, sí, es que Gran Bretaña, bajo el mando de Walpole, estaba mal organizada y contaba con muchos menos recursos que la España de Felipe V. Después de Cartagena de Indias y hasta que sir Robert fue obligado a dimitir en 1742, Gran Bretaña endosó más desairados incidentes en esa guerra en la que España (y no a la inversa, como se ha dicho hasta ahora) arrastró finalmente a la Francia de Luis XV a un conflicto internacional que se prolongaría hasta 1748. Aparte del sonado incidente de Cartagena de Indias, los intentos de ataques británicos en la costa cantábrica, especialmente en el sector vizcaíno y guipuzcoano, resultaron indicios reveladores de la debilidad del poder británico bajo Walpole frente al combinado hispano-francés.

La llamada “Channel Fleet”, al mando del anciano almirante Norris, contaba con apenas cinco barcos de combate dignos de tal nombre. Su incapacidad para intentar algo siquiera mínimamente serio en las costas septentrionales españolas quedó manifiesta en muchas ocasiones. Así, un amago de desembarco en La Concha de San Sebastián durante la Guerra de Sucesión austriaca se saldó tras disparar los expertos artilleros de la fortaleza de Urgull un par de cañonazos sobre los barcos que Norris destacó hasta allí. Aparentemente, dado su escaso número, sus capitanes debían tener órdenes de no arriesgarse a quedar hundidos, mermando a la ya muy mermada Flota del Canal…

Obviamente, ese aumento reciente de nuestro caudal de conocimientos sobre la Guerra del Asiento, que derivó en la Guerra de Sucesión austriaca, es algo de lo que carece la actual primera ministra británica. De otro modo habría elegido otra imagen “histórica” para firmar una salida de la Unión Europea que, muy probablemente, con el tiempo, resultará un episodio tan poco brillante como el breve gobierno de Walpole.

A menos que Theresa May sepa español, se haya leído, entre otras muchas cosas sobre la Guerra del Asiento, el trabajo del que esto suscribe sobre el fiasco, casi general, de las expediciones al Cantábrico publicado a finales de 2016 y así, conscientemente, lo que haya querido escenificar con el retrato de Walpole a sus espaldas, mientras firmaba el Brexit, es que está muy al tanto de que, con él, lleva a Gran Bretaña por la misma vía de desastre histórico. Todo podría ser… Pues cuanto más sabemos sobre nuestra propia Historia, más claras están (o deberían estar) algunas cosas. Como, por ejemplo, el lugar en el que nos deja (o nos debería dejar), a todos nosotros, de Irún a Algeciras, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea…

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¿Qué hubiera pasado (o pasaría) si no hubiera habido Unión Europea?. Algunas reflexiones a 60 años vista (1957-2017)
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Carlos Rilova | 27-03-2017 | 17:54| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana no ha sido fácil dar con un tema sobre el que escribir. Más que por otra cosa, porque la principal efeméride histórica de esta semana tiene que ver con el aniversario de la creación de lo que luego sería la actual Unión Europea. Y es difícil dar con un tema histórico más aburrido, la verdad. Basta con compararlo con la otra alternativa que podría haber titulado “¿Dónde vas Alfonso XII?. A la guerra del Norte, a la Guerra del Norte… (1875-2017)”, pues este viernes pasado se cumplían años, también, del momento en el que el tatarabuelo del actual rey de España, el mencionado Alfonso XII, asumía plenos poderes y se ponía al frente de su Ejército para sofocar, definitivamente, la rebelión carlista que había arraigado en el Norte del país. Donde, por ejemplo en territorio guipuzcoano, se vivía en esos momentos de marzo del año 1875 una situación desesperada. Quedando sólo unas pocas plazas en manos de tropas regulares y voluntarios liberales locales que trataban de impedir que una capital como San Sebastián (con todos sus recursos estratégicos, financieros…) cayese en manos de los carlistas, para dar así un giro a la guerra.

Pues sí, es obvio que ese otro tema, el de la épica Guerra del Norte en 1875, podría haber sido mucho más entretenido que hablar sobre la fundación de la Unión Europea. Ese tedioso, burocrático y controvertido conglomerado de estados-nación.

Sin embargo, finalmente me he decidido por ese tema por dos razones. La primera es porque, pese a todos sus defectos, la Unión Europea es algo demasiado importante, históricamente hablando, como para dejar pasar por alto el 60 aniversario de su fundación. La otra buena razón por la que he sacrificado a eso un par de páginas dedicadas a describir una serie de batallas que -en manos de Hollywood- nos dejarían con la boca abierta, es que, casualmente, topé esta semana pasada con un viejo conocido. Se trata de la “Historia de España virtual (1870-2004)” dirigida por el profesor Nigel Townson. En ese libro se estudia lo que se ha llamado “Historia contrafáctica”. Es decir, una Historia que especula con qué hubiera pasado, qué curso habrán seguido los acontecimientos históricos, de no haber ocurrido tal o cual cosa. En el caso de ese libro, por ejemplo, si el general Prim (del que hablábamos por aquí hace unas semanas) no hubiera muerto en atentado en 1870 o si España hubiera entrado en la Segunda Guerra Mundial… y así sucesivamente.

Esa manera de abordar las cosas, muy cerca de la ucronía (que es lo mismo que un análisis contrafáctico pero con mucha Literatura, como ya demostré en estas páginas en el año 2014), hace que hasta el tema más aburrido (como puede serlo la Unión Europea) resulte pasablemente entretenido.

En efecto, no voy a abundar en cifras, datos y fechas sobre la Unión Europea que, seguramente, ya les habrán arrojado este fin de semana pasado en diversos artículos de fondo de distintos periódicos y suplementos. Tampoco voy a hablar mucho de cómo un político francés con altura de miras como Schumann (o financieros como Jean Monnet) y otros alemanes como Adenauer o italianos como Gasperi con iguales alturas de miras, echaron las bases en el año 1957 para que surgiera una serie de acuerdos comerciales entre países europeos, después un mercado común, una Comunidad Económica Europea…         

No. Sólo hablaré, y brevemente, del porqué, de las razones para crear ese mastodonte político que se ve tan cuestionado hoy día por unas poblaciones europeas castigadas por una inacabable crisis económica (con un hedor cada vez más fuerte a caída de Imperio romano) y que, lógicamente, no ven las ventajas de permanecer en esa confederación.

Quien quiera que haya visto imágenes de Europa en el año 1945, sabrá el porqué de la aparición del mastodonte político en cuestión. En esas fechas se constataba que la constante histórica en la Historia europea -desde la aparición de los Estados-nación en el siglo XVI- de sostener guerras constantes por la supremacía sobre ese continente que, también desde esas fechas, dominaba la mayor parte del Mundo, había llevado a un callejón sin salida. Uno tan oscuro y tan sin salida (salvo la mutua destrucción o el convertirse en vasallos de otras potencias mayores y mejor cohesionadas) que llevó a la creación de la Unión Europea apenas pasados doce años de esas escenas terribles que resumían tres siglos de guerras jalonados por nombres como Carlos I, Felipe II, Luis XIV y todos los Borbones españoles y franceses del siglo XVIII, Napoleón, Bismarck, Hitler…

Por eso llegó a existir la Unión Europea. Y al llegar a este punto parece un buen momento para preguntarse qué pasaría sin tan tedioso y burocrático aparato que, mal que bien ha funcionado estos últimos sesenta años sin guerras de importancia en Europa (excepto el drama yugoslavo, que dio una idea de las graves carencias de la UE) no existiera o dejase de existir.

En primer lugar es evidente que si el mastodonte con sede en Bruselas dejase de existir volverían a aparecer una serie de estados-nación entre los que, acaso, pronto aparecerían también nuevas veleidades de imponerse por la fuerza desnuda y brutal al resto de países europeos. A ese respecto, Alemania podría ser la candidata ideal dado que, como lleva demostrando desde su reunificación, su objetivo ha sido ejercer sobre gran parte de Europa una especie de imperialismo económico que se ha transformado en desagradables gestos políticos. Unos que sólo han empezado a moderarse algo con la salida efectiva de Gran Bretaña de la Unión y con la creciente amenaza, incluso dentro de Alemania, de movimientos que recuerdan mucho a los que devastaron Europa en los años 30, como Pegida o Alternativa por Alemania.

Sin excluir esa posibilidad, otra de las consecuencias que podría traer aparejada la inexistencia o la destrucción de la Unión Europea, sería lo que ya se intuía a la vista del Berlín en ruinas de 1945: una Rusia rediviva pronto avasallaría (en el sentido más literal del término) a ese conglomerado de países sin una Política común y sin posibilidad de defensa común siquiera teóricamente. A diferencia de lo que ocurre ahora, donde al menos hay una apariencia de fuerzas armadas europeas.

El modo en el que se comporta la Rusia donde Vladímir Putin lleva años gobernando en lo que parece más una pseudodemocracia que una democracia al estilo occidental, es un aviso demasiado evidente como para ignorar qué podría pasar si la Unión Europea, en  lugar de consolidarse, se difuminase todavía más, ahondando las causas del descontento y la desafección de muchos europeos o mostrándose sus líderes incapaces de articular una política verdaderamente europeísta.

En estos momentos, en este 60 aniversario de la fundación de la Unión, nos encontramos en un punto Jumbar (o “Jonbar” como quieren los puristas). Es decir, en uno de esos momentos en los que la Historia puede tomar un rumbo u otro.

No cabe duda de que para los millones de europeos que han disfrutado sesenta años sin guerra, sin peste, sin apenas hambre entre el 90% de ellos, sin nada, en fin, de lo que fue habitual entre 1500 y 1945, el curso de los acontecimientos más conveniente sería el de que se consolidase lo iniciado en 1957. Basta con ver quién se alegraría de que eso no fuera así al Este de Bruselas o al otro lado del Atlántico… Y desde ahí, sobran más palabras. Es hora de hechos para que, por muchos años, podamos seguir diciendo “Feliz cumpleaños, Europa”…

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¿El “sheriff” de brillante estrella?. Hollywood y (otra vez) la Historia (1754-2017)
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Carlos Rilova | 20-03-2017 | 11:58| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy vamos a hablar, otra vez, de cine. Y, claro, cómo no, de Historia. Supongo que la mayoría de quienes leen este correo de la Historia cada lunes o, cuando menos, a menudo, habrán visto unas cuántas películas de esas que llaman “del Oeste”.

En casi todas ellas, desde las toscas fabricadas en serie en los años 50 del siglo pasado, hasta las más elaboradas que empezaron, por suerte, a ser producidas con el “New Cinema” de los años setenta, cuando aparece un representante de la Ley suele ir acompañado de una estrella prendida del chaleco, la chaqueta o la camisa. Un objeto, esa estrella, que así se ha hecho ya un objeto de nuestra cultura popular.

Hasta el punto de que -y esto no deja de tener su gracia- cuando la Disney hizo la enésima reinterpretación de la leyenda de Robin Hood, en una película de dibujos animados estrenada en 1974, el sheriff de Nottingham (representado por un corpulento lobo) luce sobre sus ropajes, más o menos medievales, una brillante estrella como símbolo distintivo de su rango.

Obviamente la Disney estaba haciendo un guiño a sus pequeños espectadores, también ahítos a esas alturas (doy fe) de cine “del Oeste” en el que un sheriff o llevaba estrella, o ni era sheriff ni era nada.

La realidad histórica, sin embargo, diverge un poco. Empecemos por considerar de dónde sale esta palabra (“sheriff”) y qué era un sheriff en el ordenamiento jurídico medieval, que luego fue exportado a las colonias inglesas de Norteamérica.

La etimología de la palabra es muy sencilla. Procede del alto inglés medieval. Una mezcolanza de lenguas que sonaban más a alemán que al inglés actual y también con una fuerte impronta de francés medieval, desde el 1066 en adelante (la época de Robin Hood). Desde que los normandos asentados en la costa francesa decidieron invadir Albión y derrotaron a los sajones en Hastings.

De ahí salió un vocablo que venía a sonar como “shire-reiver”. Algo que literalmente podía traducirse como “el que recorre el condado”. De ahí se fue degradando hasta acabar convirtiéndose en “shireiver” y, claro, “sheriff”.

Y ya se habrán fijado, a través del Cine y de las series de Televisión, que cerca de mil años después de que se crease ese puesto, los sheriffs de Estados Unidos siguen siendo, en efecto, una policía que recorre un condado. Una unidad administrativa que esa gran República ha mantenido incluso después de independizarse del rey británico.

Y aquí viene la gran pregunta:  ¿y esos “shire-reivers”, o “sheriffs”, llevaban una estrella como identificación?.

Pues la respuesta no es sencilla. Si cotejamos documentación española de la época Moderna (de 1492 a 1789) con documentación británica (o referente al mundo anglosajón) de esa misma época, parece ser que no.

Estos “vigilantes del condado” eran lo que en España se llamó, genéricamente, justicias. En ese concepto entraban desde cuadrilleros de la Santa Hermandad creada por los Reyes Católicos (ya hablaremos otro día de dónde sale ese nombre de “cuadrillero”), alguaciles y otros cuerpos similares desplegados para hacer valer la Ley. Entre ellos los alcaldes de cada población con fuero propio y categoría de, al menos, villa…

El distintivo de esas justicias era, por lo general, un bastón o vara. Dicha vara podía ser corta o larga. Había casos en los que la documentación la describía en esos términos, precisamente: “vara alta de Justicia”. Pueden ver dibujos en las crónicas de la Conquista de América, por ejemplo, de esos justicias de la Corona española destinados, o reclutados, allí, con esas varas altas que los identificaban como servidores de la Ley.

Curiosamente es también posible encontrar testimonios que muestran que los justicias del rey británico usaban el mismo sistema de identificación.

Por ejemplo en uno de los relatos históricos más interesantes que se pueden leer sobre la llamada “Guerra de los Siete Años” (1756-1763), la conocida en Norteamérica como “Guerra franco-india” (iniciada en 1754). Se trata de las memorias de un soldado de línea francés destinado a defender la colonia de Nueva Francia. Es decir, lo que hoy es Canadá. Su autor, Charles Bonin, conocido por el apodo o “nombre de guerra” de “Jolicoeur”, vivió extraordinarias aventuras en su período de servicio (por eso ésta no será la última vez que aparezca por aquí) y entre ellas la de caer prisionero de los británicos.

Durante su cautividad en las provincias británicas de América, que fue bastante laxa, permitiéndosele mucha libertad de movimientos, pudo observar de cerca a sus enemigos y describir sus usos y costumbres. Entre ellas la de cuál era el símbolo que utilizaban los justicias británicos para identificarse en aquellas lejanas provincias americanas.

Nada más, pero tampoco nada menos, que una vara de madera de color blanco que, una vez que Charles lo preguntó, se le describió como el símbolo que identificaba a los “sheriffs”,  a los oficiales de justicia (así los llama en su libro) del rey en aquella parte del mundo bajo dominio de Gran Bretaña…

De estrellas brillantes no vio Charles Bonin ni rastro. Salvo las del firmamento de aquel hemisferio americano, bajo cuya luz tantas veces durmió. No sabiendo si al día siguiente estaría vivo o habría sido muerto por los británicos o los “salvajes” aliados a ellos.

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Historia de las palabras. Palabras con Historia. “Para dar de comer aparte”. ¿Una expresión medieval que ha sobrevivido hasta hoy día?
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Carlos Rilova | 13-03-2017 | 10:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes siguen este correo de la Historia desde sus lejanos comienzos en junio de 2012, no es la primera vez que esta sección se ha metido a averiguar el origen histórico de ciertas palabras o expresiones. Por ejemplo “a palo seco”. Supongo que ésta tampoco será la última, porque hay muchas frases hechas, como esa, o como la que vamos a examinar ahora mismo, que utilizamos inconscientemente, sin saber si tienen, o no, una larga Historia detrás.

En el caso de la expresión “dar de comer aparte” o su variante más militar “hacer rancho aparte”, resulta difícil determinar cuál pudo ser el origen histórico de esa expresión.

Está claro, desde luego, que hoy quiere decir lo mismo que quería decir cuando salió a la palestra por primera vez. Es decir, que hay gente que, por una razón u otra, come aparte de otra gente.

¿Cuando pudo acuñarse esa expresión que, evidentemente, parece basarse en la observación de determinados grupos que se negaban a sentarse a comer con otros o eran enviados a comer aparte?. Probablemente en la Edad Media. Al menos es de ese período del que más referencias históricas tenemos sobre mesas o zonas de las mesas que segregaban a unos comensales de otros.

Cuenta por ejemplo el duque de Mandas en unas notas guardadas en su archivo personal, depositado a su muerte en 1917 en el Archivo General de Gipuzkoa, cuál pudo ser el origen de la palabra “beefeater”. Supongo que todo el mundo (hasta quienes no beben ginebra) tendrá clara la imagen de cierta marca de ese alcohol que toma su nombre, y su logotipo comercial, de los pintorescos guardias de la Torre de Londres que vigilan las famosas joyas de la Corona británica.

Decía el duque de Mandas en esa nota acumulada en sus extensos archivos, que normalmente “beefeater” se traducía como “comedor de buey”. Sin embargo, según la nota del erudito duque donostiarra que el origen de la expresión podía estar en que esos guardias del rey, o la reina, de Gran Bretaña, eran los herederos de los hombres de armas que en las cortes inglesas medievales comían de pie, en los “buffets” puestos  a los laterales de la mesa principal donde el rey y sus caballeros comían cómodamente sentados. La palabra original sería, por tanto, no “beefeater” sino una corrupción de “buffeteater”. Es decir, “los que comen en el buffet”, que no en la mesa principal y, evidentemente, serían, gentes a las que se daba de comer aparte.

Aparte de esta interesante apreciación, parece que la expresión podría haberse acuñado en Francia entre los siglos XIII y XV. Es una parte de la historia poco conocida (si la buscan en diccionarios especializados como los de José María Iribarren, Luis Junceda o Nestor Luján, la buscarán en vano) y que requiere, como mínimo, haber digerido algunos volúmenes de espesa erudición. Caso, por ejemplo, de la “Historia de la Teología católica” de Martin Grabmann, profesor de la Universidad de Múnich, que, como cuenta él mismo, decidió abordar esa Historia General de la que han llamado “Ciencia de Dios” en un tiempo tan turbulento como el año 1933. En ella podemos aprender, aparte de una larga lista de teólogos desde los comienzos de la iglesia hasta las tres primeras décadas del siglo XX, que esa rama del saber ha tenido un peso específico en tiempos pasados que hoy, quizás, se ha desdibujado un tanto, con eso que llaman “laicización”. Algo que, sin embargo, en la Edad Media no ocurría, llegando los teólogos a tener una importancia desmesurada y una consideración social similar a la que hoy se depararía, por ejemplo, a  uno de esos economistas que ejercen de “gurús” para la Reserva Federal de Estados Unidos o para el Banco Central europeo.

Más explícita (para quienes lean francés) es Alice Lamy, que en un artículo publicado en la revista especializada “Camenae”, en junio de 2011, describía cómo en la Universidad de la Sorbona (una de las tres más antiguas de toda Europa) se forma desde la Edad Media una élite de teólogos que tendrán un peso enorme tanto dentro como fuera de la Universidad. Para quienes hayan leído “El nombre de la rosa” y “Baudolino” del genial Umberto Eco, quizás ese fragmento de nuestra Historia medieval será bien conocido.

Lo cierto es que esa élite de teólogos que nos describe Alice Lamy con mano maestra en ese pequeño, pero sustancial, artículo, eran gente que, por lo general, comía aparte en aquella Sorbona de los siglos XIII y XIV, siendo poco dados a relacionarse con profesores de materias consideradas entonces como más triviales…

Ese parece ser el origen histórico de esa expresión que aún hoy utilizamos para dar a entender eso, que alguien se considera demasiado bueno para comer en la misma mesa que otros. Algo que valdría también -aunque en sentido inverso- para esos reyes medievales que hacían comer a sus guardias aparte, de pie, junto a mesas laterales. Esos “buffets” que hoy día, curiosamente, se han convertido en un aliciente a la hora de plantearse en qué sitio comer o qué hotel reservar para unas vacaciones, considerándose una muy buena opción la oferta de tener un “buffet” libre para desayunar o comer. Uno en el que, todo hay que decirlo, a diferencia de lo que pasaba en tiempos medievales, sí se permite sentarse a los comensales. Lo cual, obviamente, explicaría lo mucho que ha mejorado la cuestión de esa versión del “comer aparte” entre lo que suponía esa opción en una corte medieval inglesa y lo que supone en un moderno “resort”…

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Los nombres de las calles y su (olvidada) Historia. El general Prim en San Sebastián (1814-1870)
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Carlos Rilova | 06-03-2017 | 12:47| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy no me iré muy lejos de San Sebastián. Hace tiempo que estoy a vueltas con el general Juan Prim, la memoria histórica, los cambios de nombre a las calles…  y, la verdad, es bastante difícil resistirse a dedicar este nuevo correo de la Historia a hablar de él y del porqué tiene dedicada una calle en San Sebastián.

Empezaremos por hablar de quién era Juan Prim. Si se ha leído una de las mejores biografías que se han escrito de su vida (que, como vamos a ver, da para mucho) la del profesor Pere Anguera, enseguida se capta que hay un par de buenas razones para darle su nombre a una calle. Aunque claro, como ocurre con estas cosas, que no dejan dormir tranquila a la opinión pública española de esa larga posguerra que dura desde 1939, todo es relativo.

Juan Prim y Prats nació en 1814, en la localidad catalana de Reus, poco después de que su padre tuviese unos instantes de paz tras contribuir, con el grado de capitán, a la derrota del emperador Napoleón. Juan siguió los pasos de su padre y, de hecho, los supero, ascendiendo muy joven, con apenas 25 años, al grado de coronel.

La época y el lugar eran propicios. Era la España romántica, la de la Primera Guerra Carlista y un hombre audaz como él, y con suerte ante el fuego enemigo, podía subir rápidamente por la escala. Así lo hizo. Y pronto, a partir de 1840, se fue labrando una leyenda. Sobre todo porque se metió en Política. Una manía también muy de la época entre los militares españoles, ya entonces divididos entre amigos de un régimen lo más antiguo posible y los que querían fomentar otro contrario, revolucionario, de libertades públicas… Como era el caso de Juan Prim y Prats, partidario del Liberalismo progresista, casi lindando con lo que hoy sería la Socialdemocracia y tan comprometido con esas ideas como para ingresar en una logia masónica. Cosa también bastante habitual entre los militares decimonónicos en general y entre los españoles en particular.

Con ese currículum pronto se vio metido, entre 1840 y 1868, en toda clase de conspiraciones, exilios y aventuras varias. La monarquía de Isabel II que tantos tumbos políticos dio entre reaccionarios, moderados y progresistas, unas veces estaba a bien con el general, dándole el mando de tropas, y otras, directamente, lo enviaba al exilio aunque, aun así, le concedía jugosos favores.

Ese fue el caso durante la Guerra de Crimea, en 1853. Oficialmente estaba autoexiliado en París cansado de equívocos y disensiones en el Madrid parlamentario de la época, pero solicitó que se le hiciese jefe de la misión española enviada como observadora a esa guerra entre Rusia de un lado y, del otro, Turquía apoyada por Francia (y el reino de Piamonte) y Gran Bretaña. Allí  Juan Prim empezó a demostrar que era un general culto, con dotes de mando y don de gentes. Se hizo respetar rápidamente por sus iguales franceses y británicos (sí, los mismos mitificados en poemas como el de Tennyson sobre la carga de Caballería británica contra los cañones rusos en Balaklava) y no se contentó con mirar. Al contrario, pidió mando efectivo y dirigió operaciones de guerra que se saldaron con resonantes éxitos. Tanto que el Sultán lo condecoró y le regaló una espada de gala.

La fama de Prim no hizo sino crecer dentro y fuera de España. Tanto que hasta las tropas del incipiente Imperio Británico llegaron a acatar sus decisiones sin  rebatirselas. Como ocurrió en Méjico en 1862 (algo hablamos de esto en otro correo de la Historia de hace unas semanas) donde decidió retirar el mayor contingente de tropas expedicionarias, haciendo que los británicos se retirasen a su vez. Con todo esto no es extraño que su nombre aparezca en las páginas de grandes obras de la Literatura Universal como “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, por ejemplo.

En 1868, al fin, llegó su gran oportunidad. La equívoca monarquía constitucional de Isabel II había alcanzado un punto en el que nadie estaba contento con ella. Así, en ese año 1868, llegó la revolución democrática llamada “Gloriosa”, que pretendió aplicar en España uno de los sistemas políticos más avanzados de Europa y del Mundo. Pronto el general Prim se alzó como el principal líder de esa revolución democrática. Intentó llevarla a buen término. Sin embargo, aquella manzana de la discordia que era España en la época, dividida entre reaccionarios, republicanos, monárquicos irreductibles y un movimiento obrero cada vez más organizado y reivindicativo, incluso por medio de la violencia, acabó con un Prim que trataba de crear un régimen templado que superará, sin estridencias, todos esos problemas, gradualmente. Fue en la Calle del Turco, cerca del Congreso. Allí le dispararon el 27 de diciembre de 1870. Pudo llegar hasta el Palacio de la Presidencia del Gobierno, entonces en Buenavista, en la actual Plaza de Cíbeles, apenas sobrevivió un par de días más.

Todo esto lleva años dando lugar a numerosas especulaciones y ha dejado entre la opinión culta española la sensación de que Prim fue la gran oportunidad perdida que, de haber tenido éxito, de no haber muerto a causa de ese atentado en la Calle del Turco, hubiera evitado la deriva que llevó a España, desde su muerte, a dos guerras civiles (de 1873 a 1876 y de 1936 a 1939) y a dos dictaduras militares en el siglo XX. Una de ellas, la de 1939 a 1975, particularmente penosa y destructiva.

Todo esto, que apenas es un resumen de lo que ha dado para llenar páginas y más páginas de varios libros, hará que algunos piensen que Prim se tiene bien merecida esa calle en San Sebastián y en muchas otras ciudades. Otros habrá, sin embargo, que, vistas las cosas desde esta perspectiva, pensarán que mejor no. Acaso que se debería quitar su nombre y dar a esa calle el que le quisieron dar de 1936 en adelante, cuando las tropas sublevadas entraron en la ciudad y comenzaron a borrar y moldear la Historia a su gusto. Empezando por ahí, por los nombres de las calles. Algo que a punto estuvo de llevarse por delante al de esta calle dedicada a Prim desde 1890 por, como contaba Serapio Múgica en su libro sobre las calles de San Sebastián, haber contribuido en 1863-1864 al arrasamiento de las murallas donostiarras para proceder al ensanche del que forma parte esa misma calle.

Para el historiador lo cierto es que Prim merece seguir teniendo esa calle. Porque cuenta una parte fundamental de la Historia de la ciudad, de la provincia, del País Vasco, de España y de Europa (recordemos, otra vez, su participación en la Guerra de Crimea, por ejemplo), pero, la verdad, dada la política con la que se aborda eso de la nomenclatura de las calles en este país, casi tanto da que esa calle se llame “Prim” que (por poner un ejemplo absurdo) “de los Pokémon”. A diferencia de lo que ocurre en París, en esa ciudad, San Sebastián, que tanto tiende a imitar a la capital francesa en muchas otras cosas y ha sido capital cultural de Europa en el año 2016, las calles son placas huecas, como en la mayor parte de las ciudades españolas. Es decir, sin la menor explicación de qué o quién da nombre a ésta o a esta otra calle.

Una verdadera pena ese derroche de desconocimiento histórico que, como siempre sólo puede empobrecernos. Un poco más. Esperemos que no hagan falta más héroes supuestamente fallidos, como Juan Prim y Prats, para superar, por fin, esa pesada e ineficaz manera de hacer las cosas que, en el caso de ese general catalán, nos lleva (sólo para empezar) a perdernos una biografía de esas que, en manos de Hollywood, harían que, como poco, nos gastásemos cinco euros y un par de horas en ir al Cine.

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¿Qué clase de tirano era Napoleón?. Los “campos de reeducación” del emperador de los franceses (1812)
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Carlos Rilova | 27-02-2017 | 10:30| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Sobre Napoleón Bonaparte se han vertido más que ríos, embalses enteros de tinta.  Hasta tal punto que les recomiendo desconfiar de quien diga que es un experto en Napoleón y las guerras napoleónicas. Eso es algo, más que difícil, imposible de conseguir para un ser humano. Por una sencilla razón: desde que el emperador muere en Santa Helena en el año 1821, se han escrito cerca de 200.000 títulos diferentes sobre él, su imperio, sus guerras… Por lo tanto habría que ser prácticamente inmortal, tener la capacidad de sobrevivir sin hacer nada más que leer (ni comer, ni dormir, ni ninguna otra cosa) para leerse todos esos libros y escritos. Aparte de eso, naturalmente, hay todavía toneladas de documentos en muchos archivos que, dos siglos después de que el Corso pusiera fin a sus hazañas, estaban inéditos.

Doy fe personalmente de ello, habiendo contribuido en 2003 y de 2008 a 2015 (gracias al Archivo Municipal de Tolosa, un nudo de comunicaciones clave en el dominio imperial) a aumentar algo ese caudal de tinta sobre Napoleón y su imperio.

Así no debe extrañarnos, incluso si nos consideramos muy expertos en el tema napoleónico (cosa bastante pretenciosa por las razones explicadas), que podamos pasarnos toda una vida encontrando aspectos nuevos de aquel imperio que dio mucho de que hablar… A pesar de haber durado poco más de diez años.

Ese ha sido para mí el caso de lo que podríamos llamar “campos de reeducación” del emperador Bonaparte.

Un tema interesante, porque entre la mucha tinta que se ha vertido sobre el emperador, no ha faltado el debate sobre si Napoleón era un dictador o un propagandista de la revolución francesa y sus ideales de Libertad.

Así, por ejemplo, hay sesudos trabajos como el del profesor Thierry Lentz titulado “Napoleon-Hitler. The impossible comparision” (“Napoleon-Hitler. La comparación imposible”) donde se hace un somero, pero instructivo, estado de la cuestión de varias obras en las que se ha intentado comparar a Napoleón con Hitler. En algunos casos, como señala Lentz, llevando las cosas al extremo de la propaganda antinapoleónica más que al de la Historiografía seria.

Como revela ese artículo, el debate está servido. De hecho, el propio Lentz es una buena muestra de lo rampante que puede ser cualquier debate histórico sobre el emperador, ya que él mismo publicaba ese artículo en Napoleon.org. Una potente web dedicada a recoger el patrimonio histórico tanto del primer como del segundo imperio francés y cuyo tono, en general, es laudatorio hacia Bonaparte y su descendencia. Temas que, como saben quienes han dedicado algo de su tiempo o su carrera profesional a estos temas, se han convertido en algunos casos en verdadero culto al emperador, a su supuesto sobrino Napoleón III y, en general a todo lo que les rodeaba.

No voy a ir más lejos a ese respecto. Los datos ya están dados y cada cual puede sacar sus propias conclusiones leyendo artículos como el de Lentz y muchos otros cada vez más fácilmente disponibles en la red.

Lo único que constataré es que la idea de que Napoleón era un dictador con ribetes totalitarios que lo podrían equiparar -no digo “igualar”- con figuras como Hitler, es bastante popular y no sólo en esas reyertas entre historiadores.

Así por ejemplo, si echamos mano del Cine (una fuente de información fundamental para el imaginario colectivo), no es difícil dar con películas en las que se deja a Napoleón como un auténtico tirano. En “Master and commander” de Peter Weir, por ejemplo, el doctor Maturin (hombre de ideas revolucionarias y jacobinas, como saben los lectores de la serie de novelas que inspiró esa película) señala a su amigo, el capitán Jack Aubrey, que la disciplina, el orden, es la excusa de todos los tiranos para imponerse. Incluido el mismo Bonaparte…

En otras películas anteriores la comparación era aún más sangrante. Así en “The Living Daylights”, una película de la serie James Bond estrenada en 1987 y titulada en España “Alta tensión”, se puede ver a uno de los villanos característicos de estas películas mostrando a un aliado de Bond su colección de cachivaches de Historia militar entre los que hay una bizarra (en el sentido que dan los franceses a esa palabra) colección de figuras de cera a tamaño real. En ella Napoleón está junto a Genghis Khan y… el mismísimo Adolf Hitler. La categoría en la que se les considera a todos ellos por parte de los “buenos” de la película no deja lugar a dudas: se dice claramente que todos eran unos carniceros, unos genocidas…

Pero, dejando de lado toda esta discusión y esta mala prensa contra Napoleón, vayamos a los hechos, reconocidos incluso por fervientes admiradores del universo napoleónico.

Resulta que Napoleón tenía una peculiar costumbre que equipara a su imperio al Totalitarismo. Tanto nazi como, especialmente, soviético.

En efecto. Está fehacientemente demostrado que el emperador utilizaba, al estilo de los reyes absolutistas, ciertas “Casas de Salud”. Pequeños hospitales psiquiátricos en los que recluyó a varios opositores a su régimen.

Como decía, esto está admitido incluso por entusiastas del universo napoleónico como Liliane y Fred Funcken, que aun en fechas tan poco revisionistas como los años 50 del siglo pasado y en revistas tan poco revolucionarias como “Tintín”, publicaron la historieta titulada “El hombre que estuvo a punto de derrocar al imperio. La conspiración del general Malet”.

Los hechos que describe esta enésima historieta de los Funcken (y que hoy pueden leer en el volumen titulado “Napoleón”, de editorial Ponent Mon, que las recopila) son rigurosamente ciertos. Narran cómo en octubre de 1812, al saberse de la derrota napoleónica en Rusia, se organizó un complot contra Napoleón. El principal líder fue un general francés, Claude-François de Malet, recluido en la “Casa de Salud” del doctor Dubuisson. Su único desarreglo mental era un tanto subjetivo: como la mayor parte de los inquilinos de esa casa era de ideas republicanas o bien, sencillamente, antibonapartistas…

La cosa acabó mal. Los conspiradores no lograron hacerse con el control de la situación militar en París y Malet y sus cómplices fueron sometidos a Consejo de Guerra. Cuando el juez pidió nombres de más cómplices a Malet, éste respondió que lo habrían sido el propio juez y toda Francia de haber tenido éxito en el envite… Ni que decir tiene que Napoleón consideró que tener a Malet en un cotolengo, como dicen los catalanes, no era bastante y era preciso pasarlo por las armas. Cosa que se hizo, con rigurosa precisión, el 30 de octubre de 1812.

El sistema de internar en residencias psiquiátricas a los disidentes, que la Unión Soviética aplicaría con verdadera ferocidad, incluso tras la muerte de Stalin, parece ser que desapareció en Francia sólo tras la extinción del régimen napoleónico. Así lo señala un documentado artículo del doctor en Medicina Erwin H. Ackerknecht (profesor de la Universidad de Zurich) titulado “Political prisoners in french mental institutions before 1789, during the revolution, and under Napoleon I” (“Prisioneros políticos en instituciones mentales francesas antes de 1789, durante la revolución, y bajo Napoleón I”) fácilmente recuperable a través de su versión digital en PDF.

A partir de aquí, de estos hechos históricos, tienen ustedes toda una semana para sacar en conclusión a qué grado de totalitarismo llegó el imperio napoleónico. Buena suerte y feliz discusión.

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Aprendiendo Historia gracias al Cine ¿o a pesar de él…?. “El viento y el león” de John Milius (1975)
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Carlos Rilova | 20-02-2017 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Por alguna extraña inercia esta semana he decidido seguir hablando de la no siempre buena relación entre Historia y Cine.

Si la semana pasada, conmemorando el centenario de la detención de Mata Hari, hablaba de cómo la había mitificado la película de ese mismo título (“Mata Hari”), estrenada en 1931, esta semana me gustaría hablar de “El viento y el león”. Una película que ya he citado en ocasiones anteriores en este correo de la Historia, pero sólo de pasada, sin entrar a fondo en su contenido.

Fue estrenada en el año 1975 y dirigida por un director, John Milius, que, eso no se le puede negar, conocía muy bien su oficio. Es decir, el de rodar películas que hacían ir a la gente a las salas de Cine.

Eso, sin embargo, no significa que sus películas no fueran un abuso de confianza, por muy bien que estuvieran rodadas, por mucho que fueran un espectáculo visual de gran calidad.

Ese es el caso de “El viento y el león”. Es un abuso de confianza con respecto al público y es un espectáculo visual de gran calidad.

La ambientación de los exteriores, los trajes de época, el rodaje de la acción… todo está hecho con mucha maestría. Una que hoy, por desgracia, demasiadas veces, se deja en manos de unos efectos especiales que, a base de persecuciones increíbles, explosiones apabullantes y tiroteos más inverosímiles que el colt-ametralladora de las películas “de vaqueros” de John Wayne (sí, ese al que nunca se le acababan las balas, a pesar de que el tambor de un revólver sólo podía llevar seis), intentan ocultar guiones muy poco convincentes y una acción que sería capaz de aburrir a rebaños enteros de ganado ovino.

Pero esa maestría como cineasta de Milius no quita para que “El viento y el león” no deba ser tomada con toda la precaución posible. Al menos si queremos aprender algo de Historia gracias a ella.

Para empezar, Milius se toma grandes libertades con la Historia desde el principio. Es cierto que en el Marruecos de principios del siglo XX, en 1904, el jeque Raisuli (interpretado magníficamente por Sean Connery en “El viento y el león”) secuestró a ciudadanos americanos de apellido Perdicaris. Lo que pasa es que el secuestrado en cuestión era Ion Perdicaris. Un inmigrante griego vaga e imprecisamente nacionalizado estadounidense, al que aquello del “sueño americano” le fue bastante bien. Tanto como para viajar por países “exóticos” y, gracias a su bien nutrida cartera, atraer la atención de personajes a medio camino entre el héroe y el bandolero. Como parecía ser el caso del jeque Raisuli.

Milius y sus productores, desde luego, pensaron que la historia que se iba a contar en “El viento y el león”, funcionaría mejor si, en lugar de que un tipo barbudo -El Raisuli- secuestrase a otro tipo barbudo -Ion Perdicaris-, la secuestrada era una rubia y atractiva Candice Bergen interpretando a una apócrifa Eden Perdicaris, pues, en realidad, la mujer de Perdicaris se llamaba Ellen y, aunque se vio algo baqueteada por el secuestro, fue dejada atrás por El Raisuli.

Pero no es esa la única libertad que Milius se tomó con la Historia real en “El viento y el león”. Lo peor es el modo en el que interpreta los hechos que ocurrieron a principios del siglo XX en torno a un imperio marroquí que se iba a convertir, pronto, en un Protectorado tutelado por potencias europeas.

Según Milius, los alemanes enviaron tropas a luchar a Marruecos para capturar a El Raisuli. Tropas que a su vez se cosen a tiros con la Infantería de Marina estadounidense enviada por el presidente Teddy Roosevelt a resolver el ya famoso asunto. Las cosas tenían que ser así, porque de otro modo la película -huérfana de esos momentos de acción- podría haber sido un fracaso comercial.

Eso no significa, por supuesto, que las cosas fueran así. Ion Perdicaris fue liberado de un modo mucho menos contundente y los tiroteos entre soldados americanos y alemanes nunca tuvieron lugar en el marco incomparable de una pequeña “kasbah” marroquí. Como ocurre en “El viento y el león”.

Peor aún es el punto y final que Milius da a su película. Con un triunfal Teddy Roosevelt diciendo a sus colaboradores más cercanos que al día siguiente, con la señora Perdicaris liberada, se iba a poner a dictar condiciones sobre lo que iba a pasar en Marruecos a partir de esos momentos. Nada más lejos de la realidad…

Lo que pasó con Marruecos en esos momentos, y en los meses y años siguientes hasta 1905, no tuvo nada que ver con lo que Teddy Roosevelt dijera o dejase de decir.

La película, de hecho, es incapaz de mostrar los hechos históricos reales. Probablemente porque, para el espectador norteamericano medio, hubieran sido, como mínimo, extraños, inasumibles.

Sí, muy probablemente ese público no habría podido aceptar que, el futuro de ese estado fallido que es Marruecos en 1904, estaba no en manos de Estados Unidos sino en las de tres potencias europeas que podemos nombrar por orden de importancia en el asunto: Gran Bretaña, Francia y… España.

Pues sí, por difícil de creer que parezca, Teddy Roosevelt, por mucho que hubiera contribuido a la derrota española en 1898, no había conseguido -ni él, ni el magnate de los periódicos Hearst, ni Henry Ford, ni Edison, ni los Morgan…- que Estados Unidos se convirtiera en una potencia mundial que pudiera dictar nada.

De hecho, la victoria sobre España en 1898 lo único que había conseguido es que Estados Unidos empezase a dar miedo a las potencias europeas. Las mismas que, desde el momento en el que se cerraron los acuerdos de París que ponían fin al conflicto entre España y Estados Unidos, empezaron a buscar la manera de que esa última potencia -Estados Unidos- no les hiciera a ellas lo mismo que acababa de hacer con España.

Para ello los británicos negociaron hasta la extenuación con Fermín Lasala y Collado. Un hábil diplomático donostiarra enviado expresamente en 1900 a la, hoy, tan maltrecha embajada española de Londres para tratar de sacar adelante acuerdos favorables para la vapuleada España.

Durante los cuatro años que el que estas líneas escribe dedicó a reconstruir todo esto para sacarse un doctorado en Historia, descubrió, en efecto, que lo que cuenta “El viento y el león” a ese respecto se aleja bastante de la realidad que se puede encontrar en archivos británicos y franceses o bibliotecas como la British Library. Allí, por el contrario, se ven minutas urgentes en las que los estados mayores británico y francés temen ver a Estados Unidos tomando las islas francesas del Caribe o invadiendo, por enésima vez, Canadá. En esos papeles también se habla de congraciarse con España, que podría ser un elemento a contar como aliado en esas futuras guerras con Estados Unidos…

De ahí salió el Protectorado español sobre Marruecos y el afianzamiento de un imperio español en África que, de hecho, se mantuvo hasta finales del siglo XX en algunos casos.

Eso, y el Protectorado francés sobre ese imperio marroquí desmantelado que tan bien se describe en “El viento y el león”, fue algo que la incontenible fanfarronería de Teddy Roosevelt tuvo que digerir con la boca callada. Por una vez y sin que sirviera de precedente. Teniendo que esperar muchos años a que un cineasta norteamericano contase la Historia no como fue, sino como a él le hubiera gustado que fuera…

Lo más paradójico de todo esto fue que la película, además, se rodó en España -tanto escenas que se supone suceden en Marruecos como las que se supone suceden en el Medio Oeste norteamericano- y los supuestos marines americanos de la batalla final de “El viento y el león” eran, en realidad… soldados españoles haciendo de extras.

Ya hemos comentado, en ocasiones anteriores, que la Historia da muchas vueltas ¿verdad?…

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El día fatal de Mata Hari: 13 de febrero de 1917
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Carlos Rilova | 13-02-2017 | 12:38| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este lunes era imposible elegir otro tema. Llevo, desde 2014, siguiendo los pasos a la que hoy llamamos Primera Guerra Mundial y eso ha marcado, en muchas ocasiones, el paso al que debía marchar este correo de la Historia.

Así las cosas, hoy casi tengo la obligación de hablar del fin de Mata Hari la (supuestamente) más famosa espía alemana de esa “Gran Guerra”.

Y tengo que hablar porque hoy, 13 de febrero de 2017, se cumplen exactamente cien años del momento en el que la agente H 21 -más conocida como Mata Hari- fue detenida en el número 103 de la céntrica Avenida de los Campos Elíseos de París. Donde en ese momento estaba el Hotel Palace, en el que la bailarina y aventurera se alojaba por aquel entonces al razonable precio de 30 francos al día.

Este hecho histórico que hoy cumple cien años, y ha movido metros de película y de papel de imprimir, en realidad estuvo a punto de no ocurrir.

Como nos cuenta uno de los biógrafos de Mata Hari mejor informados -el periodista Russell Warren Howe- el agente francés encargado de vigilar a Mata Hari, el capitán Ladoux, estaba metido en un buen problema en las fechas previas a aquel martes 13 de febrero de 1917.

¿Cuál era la naturaleza de esa situación problemática para el no muy brillante, pero esforzado, capitán Ladoux?. Pues sencillamente la de muchos de los agentes de los servicios secretos de la época que, tal y como los describe R. W. Howe, eran verdaderamente chapuceros. Como de opereta o salidos de las películas cómicas de cine mudo que triunfaban en aquel entonces.

Durante bastantes semanas -como mínimo entre diciembre de 1916 y mediados de enero de 1917- Ladoux había movilizado a varios agentes para que siguieran los pasos a Mata Hari, sospechando que era una agente doble. Algo que el propio capitán Ladoux tenía mucho interés en comprobar, puesto que era él quien había aceptado el ofrecimiento de Mata Hari de servir a Francia y a los aliados en calidad de espía.

De ese seguimiento, Ladoux no había sacado gran cosa. Salvo gastos considerables que sus superiores no veían precisamente con calma. Menos aún en una Francia donde la esperada victoria no llegaba y lo único que afluía hacia esa atribulada potencia eran centenares de ataúdes y hombres con diversos grados de espantosa mutilación. Provocada por la guerra tecnológica -de alto poder destructivo- que se estaba librando desde 1914.

Ladoux, que, así las cosas, no estaba en una situación precisamente fácil de explicar, se veía, en efecto, presionado por sus superiores para que encontrase -y pronto- alguna red de espías alemanes. A ser posible en París.

A decir verdad, como nos cuenta Russell Warren Howe, el capitán Ladoux no tenía muchos triunfos en la mano en esos momentos. Así que decidió apañar la menos mala de sus bazas. A saber: un mensaje cifrado alemán, captado por las radioescuchas instaladas en la torre Eiffel, en el que los alemanes revelaban los movimientos de su agente H 21.

No era gran cosa. Y Ladoux lo sabía. Más que nada porque esa información venía cifrada en una clave que los criptólogos franceses habían roto tiempo atrás. Un hecho -el de que esa clave estaba “muerta”- que los alemanes conocían perfectamente, revelando de ese modo que, en realidad, estaban tendiendo un señuelo. Una cortina de humo para despistar a los agentes franceses y desviarlos así de sus verdaderas redes de espionaje.

Como decía -y como vemos- lo que tenía Ladoux era bien poca cosa. Pero tenía que servir. Y sirvió. Con esas endebles pruebas, convirtió a Mata Hari en un perfecto chivo expiatorio de todo lo que se podía achacar a las verdaderas redes de espionaje alemanas que actuaban en Francia y, de hecho, en toda Europa.

Los superiores de Ladoux tampoco parecieron tener mayor inconveniente en que aquella exótica bailarina -de vida airada y aventurera- se convirtiera en la diana donde los franceses podrían desahogar su rabia y su frustración por la marcha de la guerra.

Todo ello según el patentado principio de que no hay nada mejor que echar la culpa a otro -u otra- de los propios errores, para de ese modo evadir cualquier responsabilidad.

Fue así como empezó el principio del fin de Mata Hari. Una penosa historia que se extendería durante casi todo el año 1917, que fue el tiempo que tardaron en juzgarla ante un tribunal militar para decidir, finalmente, en octubre de ese año, fusilarla en los fosos del castillo de Vincennes. Curiosamente la sede actual de uno de los principales archivos militares franceses de los que, a partir de hoy, todo el dossier Mata Hari debería salir desclasificado y ser puesto a disposición del público. Al haberse cumplido cien años de aquellos hechos.

¿Nos contarán esos venerables papeles algo que no sepamos ya gracias a biografías como la de Russell Warren Howe?. ¿Se confirmarán o se derrumbarán definitivamente leyendas como la que corría en San Sebastián hace cien años (y menos) acerca de que Mata Hari, en realidad, había sido vendida y traicionada por el escritor Enrique Gómez Carrillo en el Puente Internacional de Irún?.

El tiempo lo dirá. De momento, hoy, a cien años justos de la detención de la supuestamente famosa espía, lo único que está claro es que la leyenda forjada sobre ella -en gran parte gracias a la película protagonizada por Greta Garbo- es sólo eso: leyenda.

Hoy 13 de febrero de 2017, la Historia sólo puede decir que Mata Hari fue una víctima de las circunstancias. Arrastrada por una vida aventurera hasta una trampa que sólo podía cerrarse sobre ella porque un funcionario francés -a su vez- no podía permitir ser él la víctima propiciatoria de una borrascosa situación que requería víctimas, nombres, explicaciones que -mejores o peores- había que sacar de algún lado. Aunque fuera de un informe caducado de los servicios secretos alemanes que, por otra parte, era una clara trampa para los servicios secretos franceses…

Así de absurdamente se escribe, a veces, la Historia.

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