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Algo de Historia sobre la inmortalidad (y sus consecuencias). A propósito de unas declaraciones del profesor José Luis Cordeiro (17-04-2017)
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Carlos Rilova | 24-04-2017 | 09:52

Por Carlos Rilova Jericó

Desde este Lunes de Pascua (hace hoy una semana) ya tenía claro el tema al que iba a dedicar este nuevo correo de  la Historia.

Todo vino de uno de esos “zapping” -saltando de canal en canal, buscando algo que no agreda demasiado a mis sentidos- que en mi caso -y supongo en el de muchos otros sufridos televidentes- precede a eso que Homero llamaba “el dulce sueño”.

En eso andaba cuando caí en el canal 1 de la Televisión pública española. Allí estaba Javier Cárdenas entrevistando (no sé si por casualidad) a un eminente profesor, José Luis Cordeiro, con un (a primera vista) impresionante currículum que pasaba por la NASA, por Google y por la fundación de una universidad en Silicon Valley, la Singularity University.

Las declaraciones que el profesor Cordeiro hizo en el programa de Javier Cárdenas eran demasiado impactantes como para continuar apretando el botón y seguir buscando algo mejor. Sí, eso era difícil incluso para alguien que (lo confieso) no es seguidor, en absoluto, de ese programa, “Hora Punta”.

Según José Luis Cordeiro, la posibilidad de que la Ciencia nos haga inmortales es real e inminente. De hecho, ponía fecha a la llegada de esa revolucionaria situación para el animal que más miedo tiene a la Muerte. Es decir, el ser humano. Según el profesor Cordeiro eso se conseguiría en, a lo sumo, unos 20 a 30 años…

Ahí quedaba eso, como se suele decir, y la memoria del historiador empezó a funcionar a partir de ese momento.

Lo primero que recordé es que hace más de 20 años ya había oído esto. Y no precisamente en un programa o documental de esos en los que lo mismo mezclan nazis con extraterrestres y cosas por el estilo. Nada de eso. Lo había oído en clase de Historia Moderna. En plena Universidad de Deusto, nuestra profesora nos dijo, hablando de la esperanza de vida en los siglos XVII y XVIII, que ésta (la esperanza de vida) se iba alargando a medida que pasaban las décadas y que algún día no muy lejano llegaría el momento en el que el ser humano, gracias a los adelantos científicos, lograría vencer a la Muerte. En principio, la provocada por el proceso de envejecimiento.

Recuerdo, si es que no estoy yo ya muy envejecido, que la afirmación fue recibida con un murmullo de incredulidad que nuestra profesora dio por amortizado con palabras y actitud que podrían resumirse en “ya veréis como eso acaba llegando”.

Después de ese recuerdo activado por las declaraciones del profesor José Luis Cordeiro, me vino a la memoria un pasaje de “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift.

Es un capítulo bastante poco conocido y, desde luego, una de las muchas partes de ese libro eliminadas en las muchas adaptaciones que se han hecho de esa obra. Salvo en la película para Televisión protagonizada por Ted Danson y Mary Steenburgen. Por supuesto ese desagradable episodio (que lo es, y mucho) está descartado en las versiones de la obra de Swift dedicadas a los niños. En ellas, una vez que el inefable doctor Lemuel Gulliver se va de Liliput para enfrentarse a los gigantes de ese otro país de nombre casi impronunciable -“Brobdingnag”-, no se dice nada de cómo llega hasta otro lugar, Luggnagg, donde descubre una raza de inmortales…

Swift, aparte de ironizar, que es lo que hace en la mayor parte de sus “Viajes de Gulliver”, también sabía moralizar y en esas paginas del libro desde luego que lo hace. Para decirnos que eso de ser inmortal no es ninguna ganga. Lo que se encuentra Gulliver no es, precisamente, una corte  de Venus y Apolos inteligentes, en excelente forma física y convertidos, en fin, en una especie de admirables semidioses y semidiosas. Ni mucho menos. Los inmortales que ve Gulliver son gente amargada, cruel y avariciosa, que no puede morir, pero que sí puede envejecer. Y vaya si envejece, convirtiéndose en una versión al cubo de todo lo que en el siglo XVIII, y en el nuestro en gran medida todavía, se identifica con un anciano.

Es decir, alguien siempre molesto, achacoso, cascarrabias, suspicaz, dispuesto a enzarzarse en querellas con los más jóvenes sólo porque tiene la sensación de que un joven, aparte de todas las ventajas que suele tener eso de ser joven, ha sido más favorecido por la suerte que el anciano en cuestión…

Y eso, y más, es lo que me sugirió la entrevista al profesor Cordeiro. Si en 2045, como él asegura y ha asegurado en varios medios, es posible ser inmortal, ¿qué pasará?. Se plantean esa y muchas otras preguntas cuando alguien asegura, como él lo hace, que la Muerte será opcional, que sólo morirá quien quiera morir.

Para empezar la primera duda que me surge es quién va a disponer de los medios para no morir. ¿Sólo los muy ricos?. ¿La clase media empobrecida y precarizada por la crisis de 2007 también?. ¿Y los que literalmente viven (es un decir) de recoger las basuras de la que el economista J. K. Galbraith llamó “sociedad opulenta”?. ¿Lo de ser inmortal será un privilegio o un derecho?. El mundo que propone el profesor Cordeiro, dadas las características del que partimos, bien podría convertirse en el que describía la película “Elysium”, de la que en su día ya hablamos por aquí. Es decir, unan sociedad con una tecnología hipersofisticada pero, por pura lógica material, muy cara y, por tanto, sólo accesible para un pequeño grupo de privilegiados que pueden pagar el precio. Tal y como lo exigiría una sociedad -como la nuestra- basada en cálculos de coste y beneficio, sin atender a ninguna consideración de tipo solidario, al margen de meros gestos. En muchas ocasiones vacuos y propagandísticos…

Más allá de las complicaciones socioeconómicas del asunto, están las teológicas. La mayor parte de las religiones han prometido, desde hace milenios, una vida tras la Muerte que será paradisíaca si en ésta nos comportamos bondadosamente… Si morir es ya tan sólo una opción para verdaderos valientes que siguen creyendo en eso que los ateos definen, sin ambages, como un cuento… ¿qué va a pasar con nuestros sistemas de creencias que han mantenido y dado forma a nuestras sociedades desde, por lo menos, el 8000 antes de Cristo?. La predicación en las diferentes iglesias y templos tendrá, probablemente, que variar radicalmente. Tal vez se deberá agarrar a que podemos morir asesinados, o por un accidente, y, por lo tanto, siempre estaremos expuestos a enfrentarnos con nuestro Creador y el juicio que haga de nosotros, castigándonos o premiándonos según lo merezcamos. Y probablemente no lo vamos a encontrar de muy buen humor, pues, en las Sagradas Escrituras cristianas, sólo se insinúa en el evangelio de San Mateo (16:28) que habrá algunos que no conozcan la Muerte hasta el día de la Segunda Venida de Cristo. Ese momento en el que, se supone, el ser humano alcanzará, sin necesidad de morir, la Vida Eterna. Cuestión que, de momento, poco tendría que ver con lo que nos propone el profesor Cordeiro. A menos, claro, que su proyecto sea, precisamente, el cumplimiento de esa profecía de nuestro Evangelio…

El Arte, en general, ya no será lo mismo, pues si una gran mayoría de humanos saben que no van a morir, cuadros como “La muerte de Nelson”, o elegías como las del poeta renacentista español Jorge Manrique, ya no les van a causar el mismo impacto que causaron en su momento. Una época histórica en la que la Muerte era un final inevitable, cierto, ineludible… que nos ponía ante un cúmulo de incertidumbres y, si nos dejábamos llevar por la desesperación, nos empujaba a creer que nada tenía sentido, que todo lo que nos ocurría en esta vida era fruto del azar y no de un plan ideado, con un fin que se nos escapaba -inescrutable-, por un Ser Supremo llamado Dios…

Y ya para ir acabando, la Historia, como Ciencia, también cambiaría radicalmente, convirtiéndose, a partir del año 2045, en, sobre todo, una compleja tarea de Historia oral, recogiendo datos de grupos de humanos que recordarían tales y cuales acontecimientos y los podrían contar de viva voz para que los historiadores creasen un relato a partir de ellos y, claro está, otras fuentes secundarias. Pues, como bien sabemos, la memoria humana, por mucho que no envejezca, nunca es perfecta y tiende a dar una versión de los hechos subjetiva y siempre, o casi siempre, a favor de quien recuerda hechos de los que fue protagonista.

Por otra parte, como ya nos advertía nuestro colega David Lowenthal en “El pasado es un país extraño”, si no morimos, quizás tendríamos mucho menos interés por la Historia. Puesto que hoy la contemplamos y la consideramos, entre otras razones, para tener la certeza de que la larga sucesión de generaciones que han vivido y han muerto, se movían en alguna dirección racional y razonable…

En pocas palabras: si la promesa de inmortalidad va a ser cierta a partir del 2045, es un proceso (histórico, desde luego) que, a nivel técnico, podría estar impecablemente resuelto, pero que a otros niveles plantea una serie de profundas incertidumbres que los diseñadores de esa tecnología harían bien en considerar y tener en cuenta, si es que no lo han hecho ya… Siquiera sea para que la cosa no acabe como en aquel famoso relato gótico, esbozado una noche tormentosa en la Suiza superviviente de las guerras napoleónicas por una tal Mary Shelley. Ese en el que el doctor que sueña con ser un nuevo Prometeo, es castigado por esa soberbia, obligado a contemplar cómo el ser humano inmortal que quería crear es, tan sólo, una burda imitación, una caricatura, un monstruo…

Y todo esto por no hablar del tema de la reproducción. Y ahí queda la última pregunta -histórica- para ese proyecto que nos quiere hacer inmortales a partir del año 2045: si fuéramos inmortales ¿seguiríamos teniendo ese deseo tan humano, tan profundamente grabado en nuestros genes (o eso dicen) de tener hijos?… En tal caso, ¿cuántos planetas como la Tierra necesitaríamos para poder asegurar la existencia de esa raza humana ya inmortal, pero aún así deseosa, por otras razones, de seguir teniendo descendencia?…

 

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