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“La reina Victoria y Abdul”. Algunos comentarios sobre “Cine histórico”
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Carlos Rilova | 16-10-2017 | 09:39

Por Carlos Rilova Jericó

Ya tenía decidido desde unas semanas atrás dedicar uno de estos correos de la Historia a la nueva película histórica de Stephen Frears -“La reina Victoria y Abdul”- que vuelve, una vez más, al Cine llamado “histórico” y esta vez con un toque menos teatral (al fin y al cabo esos son sus orígenes en el mundo de la escena) que en ocasiones anteriores. Como ocurrió con “Las amistades peligrosas” o “Mary Reilly”.

Conozco -bastante bien, creo- la escabrosa historia que se relata en esta película y que Frears, sin embargo, ha arrimado un tanto a una lectura más romántica que realista, condensando en pocos meses, incluso semanas, algo que se desarrolló, en realidad, entre 1887 y 1901.

Mi conocimiento, más o menos directo, del asunto venía de mi tesis doctoral. Ventajas, supongo, de que el tema de la misma fuera un hombre tan minucioso como el último embajador español que vio viva a la reina-emperatriz Victoria entre 1900 y 1901.

En efecto, Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas (de cuya muerte se cumplirán, pronto, cien años), un eminente victoriano donostiarra, estuvo destinado como ministro plenipotenciario en la embajada española de Londres a partir del año 1900. Entre otras cosas para paliar las consecuencias del mal llamado “Desastre del 98”, solicitando a Gran Bretaña (arbitro del Mundo en esas fechas) una justa reparación por los daños infligidos a España, por Estados Unidos, en las Antillas y en Asia.

El duque tenía la buena costumbre de apuntarlo todo. Y en el caso de su interesante embajada en el Londres de la reina Victoria, no hizo ninguna excepción.

Entre las muchas cosas de las que tomó nota -y transmitió pulcra y rápidamente a Madrid- se contaba la rapidez con la que la reina Victoria lo había convidado a Windsor y el disgusto de la reina-emperatriz porque la reina María Cristina no le había devuelto la visita que ella, Victoria, le había hecho a la corte de verano de San Sebastián…

En esos trances, el duque descubrió algo que, de algún modo aunque no completamente, queda reflejado en la película de Stepehen Frears.

A saber: que la mesa de Palacio estaba servida por exóticos criados hindúes…

Comprobando este hecho (como es de rigor en toda tesis doctoral) fue como descubrí el caso de uno de esos sirvientes que alcanzó un status privilegiado: el Munshi, que es de quien trata, precisamente, la película de Frears.

Sus avatares -los del Munshi- estaban bastante bien descritos en una completa biografía firmada por Philippe Alexandre y Béatrix de L´Aulnoit y titulada “Victoria (1819-1901). Reina y emperatriz”. El libro fue traducido y publicado por la editorial Edhasa en el año 2001.

Eso, ya de por sí, nos ofrece una referencia sobre el paseo histórico que nos da Frears en “La reina Victoria y Abdul”. Es decir: en esa película, que goza de una magnífica reconstrucción histórica y de un ritmo ágil y divertido (es más una comedia que un drama), no se ha descubierto un hecho injustamente olvidado que, supuestamente, habría permanecido oculto hasta el descubrimiento de los diarios personales del Munshi en 2010. Tan sólo se ha divulgado. Y tal vez ni siquiera eso, porque el analista -casi oficial- de la época victoriana, el descarado y escandaloso Lytton Strachey, ya lo había insinuado con mucha claridad en su, por otra parte, denostada biografía titulada “La reina Victoria”, que databa de 1921…

En efecto, como se ve -o se deja insinuado- en la película, la reina Victoria, tras la muerte de su amado rey consorte, Alberto, en 1861, a la temprana edad de 42 años, no volvió a casarse oficialmente, pero mantuvo devaneos con hombres considerados muy por debajo de su condición.

Es el caso de John Brown, uno de sus “ghillies”. Es decir, un montero de las Highlands, de su hacienda de Balmoral, que es una parte importante de los escenarios de “La reina Victoria y Abdul”, donde Frears desarrolla, una vez más, su talento para la comedia y el drama histórico.

Según Alexandre y De L´Aulnoit, parece que la reina que dio nombre a una de las épocas más reprimidas y represoras en cuestiones de índole sexual, no se aplicó a sí misma ese rasero. No se privó, desde luego, de una larga aventura con John Brown que, dicen, terminó en un matrimonio morganático. Y secreto… Aunque fuera un secreto a voces.

Frears da, desde luego, cumplida cuenta en “La reina Victoria y Abdul” de esa confesada debilidad de la reina Victoria por los “ghillies” y sus faldas cortas, que dejaban ver más anatomía masculina de la que era permisible en aquella encorsetada sociedad y que llevó a la reina a esa relación, ya convertida en Cine en el año 1997 en la película titulada “Su Majestad Mrs. Brown”.

Así, en “La reina Victoria y Abdul” la ya declinante Victoria, magníficamente interpretada, otra vez, por Judi Dench, se deleita (para desdicha de su abrumada corte) con repetidos bailes de las Highlands; interpretados por un incansable gaitero y un bien dispuesto “ghillie” físicamente muy parecido al ya desaparecido John Brown…

Donde la película ya flaquea más, es en considerar que la relación de Victoria con el Munshi pudo ser tan sólo platónica (como se subraya abundantemente en “La reina Victoria y Abdul”) o que éste fue violentamente despojado de sus cartas y recuerdos personales que, naturalmente, el futuro Eduardo VII (otra notable interpretación de esta película de Frears, a cargo en este caso de Eddie Izzard), consideraba altamente comprometedores para la Corona británica.

Según la biografía de Alexandre y De L´Aulnoit, a lo más que llegó “Bertie” -es decir, Eduardo VII- fue a chantajear a el Munshi diciéndole que le permitiría ver por última vez a la reina Victoria ya fallecida si le entregaba hasta el último de los papeles en los que se relataba la relación que éste, el Munshi, había tenido con la difunta reina-emperatriz.

Estos detalles nos indican, pues, hasta dónde llega, al parecer, esa mezcla entre ficción y hechos históricos en “La reina Victoria y Abdul”.

Una película, en cualquier caso, muy recomendable para introducirse en el sinuoso mundo de una de las cortes europeas del siglo XIX más poderosas (y que más fascinan aún nuestro imaginario colectivo).

Siempre, claro está, que se tenga en cuenta que, a veces, la realidad histórica supera toda ficción cinematográfica. Como podemos aprender gracias a biografías como la del duque de Mandas que, en compañía de su mujer, tuvo que disfrutar (varios años) la amabilidad del extravagante “Bertie”, que le dispensó el mismo trato de favor -como embajador- que su difunta madre. O la que Philippe Alexandre y Béatrix de L´Aulnoit dedicaron hace 16 años a esa reina-emperatriz llevada ahora a la pantalla por Frears en una versión un tanto personal…

 

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