Hoy tengo ganas de meterme con las guías. Comer debe ser una experiencia completa, yo defiendo esa teoría. Creo que hay mucho más en un restaurante que llevarse el tenedor a la boca. Pongamos por ejemplo uno de los restaurantes más aplaudidos de los alrededores. A pocos kilómetros de Pamplona y con ínfulas de tener estrellas en las guías más afamadas. Con una carta muy buena y una carta de vinos bien presentada y bastante completa.
Empieza la faena. Para empezar el vino se abre como si fuera una rosca. La cristalería no se cambia, a pesar del vino, y es una cristalería de tres al cuarto, vulgar y pequeña. Los platos llegan a la mesa interrumpiendo la conversación con la pregunta de para quién es cada plato y eso que somos sólo tres personas sentadas. ¿Por qué tiene que interrumpir mi conversación si no se lo pido? Traen dos platos y el tercero tarda un par de minutos en aparecer con los consiguientes rollos en la mesa de "comer, no me esperéis", "no ya te esperamos", "no que se os enfría" ¿Por qué me tengo que meter en ese follón a cada plato? Al final la cuenta, muy de cafetería, ni siquiera trae los platos descritos así que no puedo recordar algunos platos porque no los he apuntado. ¿Y la comida? Muy bien, a la altura de todas las expectativas, imaginativa y consistente. Muy recomendable. Pero ¿el restaurante merece la pena? Sinceramente no fue una experiencia completa así que creo que el viaje no merece la pena al cien por cien. Mejor pedir por teléfono y que te lo lleven a casa si se pudiera dar esa posibilidad. Lo dicho, las guías deberían ser más descriptivas.
Después de muchos años de hacer crítica musical para el DV, el maestro Elexpuru me enseñó hace ya muchos años (hacia el año 85) que el mejor camino hacia la buena vida empezaba por la publicidad y por eso me hice publicitario. Julio Camba me ilustró la manera de disfrutar de las cosas pequeñas y grandes que te da una vida. En el 92 me caí en una cuba de buen vino y se hizo la luz: existían más zonas vinícolas que no fueran Rioja, desde entonces mi obsesión me lleva a difundir la buena nueva sin descanso.
En el programa Keridos Monstruos de Mitxel Ezquiaga abrimos una sección llamada La Buena Vida en la que se presentaban restaurantes, vinos y otros elementos del disfrute. Al mismo tiempo hice un programa de televisión centrado en la cocina y los vinos que se llamó Sopa de Ganso (el guiño a los Hermanos Marx es, fundamentalmente, porque Groucho y Yo fue un libro que me enseñó que en esta vida lo peor que se puede hacer es tomárselo todo demasiado en serio). Hace ya un año ese programa de TV se trasladó a Punto Radio y en el suplemento mensual sobre gastronomía que edita El Diario Vasco escribo de restaurantes y vinos.