Estamos tan acostumbrados a aceptar los extremos del “todo o nada” que nos cuesta mucho encontrar un equilibrio que no nos obligue a polarizar nuestras relaciones. Ya lo vemos en la política que nos toca sufrir en este país nuestro: o calvos o diez pelucas. Y, claro, eso se contagia, todo lo malo se contagia. Lo bueno, jamás.
Como no está en nuestra mano –y menos mal- modificar el comportamiento ajeno, ni influir sobre sus ideas o arrimar otro pensamiento al ascua de nuestra sardina, usamos la manipulación, que está ahí, se masca en el ambiente y se respira en el aire tantas veces irrespirable. Nos la tragamos cada vez que encendemos la televisión, escuchamos la radio o leemos la prensa. Ni te cuento lo que pasa con las redes sociales y la IA que aunque se vean burradas estúpidas siempre hay alguien que se lo va a creer.
Sin embargo, nos queda todavía la libertad personal e intransferible –como el DNI- de elegir cuál queremos que sea nuestra actitud, cuál el comportamiento que más nos acomoda a la propia paz interior o para preservar la salud mental. Los que saben de la cosa psíquica aportan varias posibilidades que van desde meter la cabeza en un hoyo y no mirar, hasta refugiarse en ese lugar íntimo y personal que se defiende con uñas y dientes. También recetan medicación para acallar el ruido interno y no volverse loco. O tomar distancia, que no significa estrictamente anular al otro como individuo sino dar un paso atrás para tener mejor perspectiva de la “jugada”.
Pasa mucho en las relaciones familiares, que hay quienes tienen el mismo ADN y no se tocan ni con un palo, que se desprecian –o se odian directamente- por culpa de las tres “R” –rencor, rabia, resentimiento- y si no les queda otro remedio se juntan mirándose desde lejos con inquina en bodas, bautizos…y funerales. 
No se trata de erradicar de la propia vida de manera contundente, como el que agarra un cuchillo y corta por donde más duele a esas personas que –quién no las tiene- están ahí para recordarte que la vida es un desastre, que vivimos en un país lleno de fango o que tú, precisamente tú, eres el culpable directo de esa amargura de la que ellos no pueden escapar. Es entonces cuando se lo cobran con desprecio, indiferencia o incluso agresividad, como si fuera una hipoteca eterna que no va a finalizar nunca por muchos esfuerzos que hagas por saldarla. Obviamente, hacen daño porque no somos de madera.
Visto así y comprendido es humano e incluso muy inteligente aprender a tomar distancia de esas personas. Pero sin olvidar de que eso es como el efecto bumerán: que siempre va a volver a la casilla de salida. Tan insoportable es cierto prójimo como nosotros somos insoportables para ellos. Así que podríamos decir que estamos en paz.
Por si las dudas, mejor tomar distancia en silencio y como quien no quiere la cosa…
Felices los felices.
LaAlquimista
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