La vida es como un frigorífico. Hay un tiempo en que está lleno a rebosar de comida, amontonada, escondida al fondo, invadido por envases herméticos cuyo contenido cuesta identificar; en primera línea está lo que va a caducar o corre el riesgo de criar moho si no lo consumimos con presteza. Llega también un tiempo –inesperado, que asalta como pulgas en verano- en el que ese aparato es el paradigma de la desolación, una casa abandonada por sus dueños, el reflejo de una amarga vaciedad interior. Es la imagen de las películas: un yogur caducado, un bote de salsa con la tapa roñosa, la botella de leche agriada…
Entre una representación y otra se cuela todo un reguero de aguas limpias –vitales- y barros infectos –vitales también- que no son más que el atrezo de aquello por lo que luchamos en cada momento de la existencia. Solos o en compañía de otros, a la luz del sol o con nocturnidad y cierta alevosía, no dejamos de volver una y otra vez a ese frigorífico que alimenta o mata de inanición a su dueño con la más absurda indiferencia.
No sirve de nada tener una lista que señale aquello que es preciso obtener; y creo que no funciona esa propuesta porque somos –los usuarios de frigoríficos y de la vida-, impredecibles e inconstantes. Es por eso que es gran negocio producir comida basura/chatarra para (mal)alimentar y envenenar esos cuerpos que tan poco se aman a sí mismos.
Ahí pecamos todos, erramos el tiro porque flaquean las fuerzas; el cansancio es acumulativo, como los rayos del sol sobre la piel que guardan memoria, como la grasa que circula por la sangre que silenciosamente mata. Vivir cansa. 
La vida es agotadora, cansina, insoportable incluso. No siempre, pero la mayoría de las décadas; ninguna se salva de esa maldición fatídica. La infancia con sus traumas, la adolescencia con sus carencias, la juventud exudando energía no siempre bien canalizada. Con la madurez llega todo lo ansiado para derribar el castillo de naipes tan arduamente construido; es un soplo de aire, la edad adulta, y produce más malestares que alivio.
Luego está esa otra edad, la que te toma por asalto, ese hito en el que hay más incógnitas por delante que logros por detrás, que llega como una galerna de verano y llena los ojos de arena aunque creas que estás prevenido. No hay dónde guarecerse cuando la vejez se anuncia en el horizonte. Y el cansancio, siempre el cansancio. A veces es mejor no hacer nada…
Felices los felices.
LaAlquimista
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