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Carlos Rilova

El correo de la historia

La Historia de “Ocho apellidos vascos”

Por Carlos Rilova Jericó

¿Se han reído mucho con las aventuras del sevillano Rafa y su malquerida novia vasca-vasca interpretada por la madrileña Clara Lago?. Es decir: ¿han visto el superéxito de taquilla titulado “Ocho apellidos vascos”?.

A lo mejor se han preguntado el porqué de tan curioso título. En euskera hay un  dicho que asegura que todo lo que tiene nombre existe. Dando un paso más allá, se puede afirmar también que todo lo que existe tiene Historia, y el título de esa película, “Ocho apellidos vascos”, por mucho que sea producto de una rabiosa -y alegre- actualidad que celebra, por todo lo alto, el fin de la violencia sectaria en el País Vasco (esperemos que para siempre), no es ninguna excepción.

No. De hecho, la frase “Ocho apellidos vascos” se las trae históricamente hablando y, sí, tiene una larga ración de Historia detrás.

A primera vista, como se ve en esta divertida película, lo de tener ocho apellidos vascos sería, simplemente, una seña de identidad que convierte al beneficiario de esa ristra de apellidos de origen inequívocamente vasco -menos Clemente, no lo olvidemos- en un sujeto de fiar al que uno, por ejemplo, le puede dejar casarse tranquilamente con su hija, convirtiéndose en un miembro más de la familia.

Vale, eso está claro, pero ¿de dónde viene todo eso, ese control de calidad, por así decir, del candidato a entrar en una familia del País Vasco (o al menos en una familia de algunos ambientes del País Vasco)?. La primera pista hay que buscarla en el momento fundacional del Partido Nacionalista Vasco por parte de los dos hermanos Arana. El más conocido, Sabino, y Luis.

Lo cierto es que, si consultamos entre las obras completas de Sabino -hoy un documento fundamental para entender el actual nacionalismo vasco-, descubrimos que la gran idea de lo de hurgar en los apellidos de la gente fue suya.

En efecto, sus escritos inciden mucho sobre esa cuestión -por ejemplo, su obra de teatro “De fuera vendrá…” a la que “Ocho apellidos vascos” da la vuelta- y, de hecho, son fundamentales para admitir, o no, en los casinos nacionalistas -los “batzokis”- a posibles afiliados al naciente PNV.

Aquellos que tuviesen cuatro apellidos -que no ocho, que eso, al parecer, es una “boutade” de los geniales guionistas de la película de la que hablamos- eran sujetos dignos de toda confianza y podían ser reclutados sin problemas como miembros del PNV, los de tres menos y los de dos, como mucho, podían ser considerados simpatizantes y esforzarse lo indecible para ser parte de la futura Euzkadi independiente que los dos hermanos Arana imaginaron desde que el fin de la tercera y última guerra carlista, en 1876, destruye su idílico mundo rural vasco para dar paso a una sociedad plenamente industrializada, volcada en el comercio exterior y en la llegada de gente del resto de la Península. Esos individuos que los hermanos Arana, especialmente Sabino, ven como una horda amenazante que va a disgregar la Arcadia rural vasca que para ellos es la esencia de lo vasco.

Resulta que esa idea, como muchas otras incorporadas al ideario nacionalista vasco, es, en origen, un artefacto político de lo más español, sólo que adaptado a los fines y medios de ese nuevo movimiento político -el nacionalismo vasco- que va creciendo en las tres últimas décadas del siglo XIX.

En efecto, Sabino Arana se limitó a readaptar a sus planes un uso político que había estado vigente en la España anterior a la revolución liberal del año 1812. A saber: aquellos que deseasen disfrutar de los máximos grados de nobleza debían demostrar que sus cuatro apellidos, ocho a ser posible, eran de casas de hidalgos.

Eso en las provincias marítimas vascas, las dos españolas y la francesa, Laburdi, no era un gran problema. Si se pasean por el País Vasco, y también Navarra, buscando, acaso, los escenarios donde se rodó “Ocho apellidos vascos”, verán humildes caseríos en los que sobre las vigas de entrada hay unos apabullantes escudos con, como poco, cuatro cuarteles de nobleza.

Así estaba organizada aquella peculiar sociedad en la época en la que ser noble era, por utilizar una expresión de hoy día, “lo más”. La corona española -y también la francesa- reconocía a los habitantes originarios de los territorios guipuzcoanos, vizcaínos y, en el caso francés, labortano, una nobleza “natural” que, a diferencia de lo que ocurría en otras partes de Europa, no se perdía por ejercer los llamados oficios “viles”. Es decir: una larga lista que iba desde campesino -la profesión “vil” más común-, hasta carpintero, alfarero, comerciante al por menor, herrero, cochero, sastre, pastor e incluso hasta notario y otros muchos empleos hoy envidiados por la cantidad de dinero que producen a quienes los practican.

Cualquiera de esos oficios incapacitaba a los que los  ejercían para llevar signos distintivos de nobleza -escudo en la puerta de su casa, espada al cinto, pistolas de arzón en la silla del caballo, etc…- y acceder a títulos. Por ejemplo el de caballeros de las prestigiosas y exclusivas Órdenes Militares españolas: Santiago -la más restrictiva de todas-, Alcántara, Montesa, Calatrava…

A partir de 1876 Sabino se limitó a poner ese “filtro” político en su propia y exclusiva casa política. Es decir, en el Partido Nacionalista Vasco.

Así de sencilla, o de complicada, según se mire, es la Historia de los hoy famosos ocho apellidos vascos. Ya ven qué de vueltas da la Historia. En este caso de los apellidos vascos, han ido de señal de nobleza acrisolada certificada en Madrid, a “peaje” político para ser considerado “vasco” y de ahí a eje de una película con la que toda España ha respirado de alivio tras más de treinta años conteniendo el aliento cada vez que se hablaba de ese País Vasco que algunos, como el protagonista de “Ocho apellidos vascos”, se imaginan aún como una especie de Transilvania -o Tierra de Mordor, más bien, según me han dicho- poblada por cazurros glotones con dificultades para mostrar sus sentimientos, mozas desaliñadas, abruptas y montaraces, curas acérrimamente nacionalistas que parecen extirpados de obras de teatro nacionalista como “De fuera vendrá…”, y todo un paisanaje que es sólo una parte del País Vasco y, aún así, fue elevado a la categoría de esencia de lo vasco porque así lo quisieron los hermanos Arana a partir del año 1876.

Bienvenida sea pues, también desde el punto de vista de la Historia, esta especie de “Romeo y Julieta” con final feliz, que ha puesto en su sitio muchos equívocos históricos, políticos, sociales… que hicieron del País Vasco, un Mordor, un infierno, parecido al que se imaginan los protagonistas andaluces de “Ocho apellidos vascos” salidos del ordenador de Borja Cobeaga y Diego San José.

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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