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Carlos Rilova

El correo de la historia

Un inmenso campo de cadáveres. Europa entre 1618 y 1918

Por Carlos Rilova Jericó

800px-westfaelischer_friede_in_muenster_gerard_terborch_1648Ayer 11 de noviembre, más o menos a las cinco de la mañana (cosas del cambio de horario de invierno) se cumplían cien años del fin de la que ahora conocemos como “Primera Guerra Mundial” y entonces sólo era la “Gran Guerra”.

Lógicamente ese es un muy buen tema para esta página. Pero, ¿qué es lo que se podría decir aquí que no se haya dicho ya, repercutido mil y una veces a través de Internet, redes sociales, etc…?

Personalmente, como historiador, lo que más me impresiona de los sucesos de 1918, es la perseverancia con la que los europeos han tratado de autodestruirse durante siglos.

En efecto, este año no sólo se cumple el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial. Es también, o ha sido, el cuarto centenario del inicio de la Guerra de los Treinta Años o el 370 aniversario del fin de ese largo, y mortífero, conflicto en el año de 1648.

Eso, con varios paréntesis, nos da casi tres siglos de guerras casi constantes en los que varias potencias europeas (España, Gran Bretaña, Francia…) han desangrado el continente europeo para, finalmente, tratar de hacerse con el control del Mundo. Ni más ni menos.

Ese sueño de Gobierno Mundial, ya había acabado para España en 1914 que, tras la victoria -cien años atrás- sobre Napoleón, cae en una especie de desconcierto y proceso de autodestrucción que, prácticamente, ha llegado hasta la actualidad. No era ese el caso de Gran Bretaña y Francia, que necesitarán esa “Gran Guerra” y su segunda parte para, en 1945, constatar que su tiempo de grandes potencias ha pasado y empezar a plantearse esa curiosa y problemática confederación que es la Unión Europea, no ya para materializar esos proyectos de dominio mundial, sino meramente para sobrevivir frente a superpotencias como Rusia, Estados Unidos…

El balance que se puede hacer, en este centenario del fin de la “Gran Guerra”, es bastante inquietante. A decir verdad. El 11 de noviembre de 1918, Europa es, otra vez, como en 1648, un inmenso campo de cadáveres. Aunque más siniestro aún, pues la capacidad de destrucción conseguida por la industrialización del armamento, había concentrado, en cuatro años, lo que en el siglo XVII llevó treinta, entre 1618 y 1648.

El resultado no era muy diferente, de todos modos. Lo que quedaba en Europa después de 1648 o después de 1918, era más o menos lo mismo: hectáreas y más hectáreas de tierra devastada, dramas personales y familiares que iban desde haber sufrido violaciones y mutilaciones diversas, hasta la muerte de la mayor parte de cada unidad familiar en combates o en ataques contra la población civil.

En suma, quedaban supervivientes que debían reconstruir todo lo destruido en esos años de guerra sin cuartel, en los que poco importaba cualquier cosa que no fuera aniquilar al que había sido declarado enemigo mortal de alguno de los bandos contendientes.

Sin embargo, hay una lección histórica todavía más preocupante en este centenario de 1918.

Cuando se firmaron los acuerdos de Westfalia en 1648, la sociedad europea en su conjunto, que empieza a reconocerse como un todo entonces -podría decirse incluso que es el más primitivo embrión de la Unión Europea- está sencillamente horrorizada por lo que ha ocurrido desde 1618. Cualquiera que conozca algo esa guerra llamada de los Treinta Años, sabe que se perpetraron en ella actos de auténtica barbarie, en el corazón de esa Europa que ya se veía como superior frente a otras culturas. Caso de la musulmana, configurada como una grave amenaza merced al Imperio Turco.

Uno de los acuerdos de Westfalia fue el abandono de las cuestiones religiosas como motivo de esa guerra sin cuartel, sin piedad, sin humanidad. A partir de entonces -y especialmente desde que, en 1659, España y Francia ponen fin a sus desacuerdos no resueltos en 1648- habrá muchas más guerras, pero todas ellas observarán, en conjunto, una normas muy estrictas en las que, por ejemplo, se permite a las tropas la rendición sin represalias e incluso ir a combatir en otro frente. Todo ello después de, a su vez, rendirles honores por parte de sus enemigos, ante los que desfilarán con sus banderas desplegadas y tambores batientes, en homenaje a su valentía durante los combates.

Los libros de Historia están llenos de ejemplos así entre, digamos, 1673 y 1793.

Los ataques contra la población civil son también minimizados y castigados severamente por la oficialidad de esas tropas combatientes.

En suma, desde 1648 se llega a una forma de guerra más civilizada. Si es que es posible esa especie de aparente contradicción en términos.

Si nos dejamos guiar por la ilusión de que los seres humanos evolucionamos en inteligencia de menos a más a lo largo del tiempo, deberíamos creer que, en 1918, el acuerdo, tras el horror vivido -y corregido y aumentado con respecto al año 1648- fue mucho más estricto para impedir la repetición de atrocidades como los bombardeos aéreos contra Londres o el lanzamiento de grandes obuses sobre el mismo centro de París, buscando causar deliberadamente víctimas civiles. Por no hablar de campos enteros contaminados por nubes de gas tóxico o tan llenos de cadáveres que ya era imposible encontrar, en el frente, un lugar en el que enterrar a las víctimas segadas en ataques suicidas contra los nidos de ametralladoras.

Pues no, no es eso lo que trajo el armisticio de 1918. Por el contrario, los vencedores -en especial Francia- actuaron guiados por una tal vez justificada, pero injusta, sed de venganza contra los alemanes que -de eso no hay duda- habían provocado ese sufrimiento.

Para estos, para los alemanes, los acuerdos de Versalles que siguieron al armisticio fueron un “Diktat”. Es decir, una sentencia. El resultado de las leoninas condiciones de paz impuestas en 1918, fue una Alemania empobrecida, apenas capaz de recuperarse de la devastación bélica y, por tanto, terreno abonado para una pobreza estructural que puso las cosas muy difíciles a la República de Weimar -aupada tras una guerra civil de bolsillo, pero extraordinariamente cruenta- y, más aún, tras ser rematada por una grave crisis económica mundial entre 1929 y 1933.

Los tratados de Versalles, en suma, cavaron la fosa de la paz en Europa prácticamente tras ser firmados entre 1918 y 1919. Sentaron las bases para un nacionalismo político y económico exacerbado. Un verdadero polvorín que sólo necesitó la llama del “Crack” de 1929 para explotar en una segunda guerra mundial aún más brutal y devastadora. Cargada además de un veneno ideológico que recordaba, y mucho, al escenario de horror y barbarie desatado en la misma Europa durante la Guerra de los Treinta Años por cuestiones religiosas.

Así pues, hoy, 12 de noviembre de 2018, quizás deberíamos conmemorar más bien los tratados de Westfalia que el armisticio de 1918, que, las cosas como son, sólo fue la antesala de un horror aún mayor que el vivido entre 1914 y 1918…

 

 

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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