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Carlos Rilova

El correo de la historia

Las chicas de Nueva York. Historia y cantos de marinos (hacia 1840)

Por Carlos Rilova Jericó

norman-rockwell-marino-y-chica-copiaLa primera vez que oí la vieja canción de la que hoy voy a hablar, yo era un quinceañero. Fue en un disco de un grupo de Música folk, los inefables Steeleye Span, que ya para entonces -la década de los 80 del siglo pasado- estaban, como se dice en francés, demodés.

En efecto, no estaba por entonces claro todavía si el video había matado a la estrella de la radio, como cantaban The Buggles a finales de los setenta. Lo que sí estaba claro es que el Tecno-pop (y otras cosas) sí habían acabado con la revolución cultural de los setenta de la que Steeleye Span y sus discos formaban una parte indisoluble.

Pero para mí Steeleye Span seguía siendo interesante. Por la Música y por la información que transmitía esa Música que, la verdad, me parecía más valiosa que los “bailables” de manifiestas estafas musicales -muy de moda en los 80- donde todo se resumía en un tecleteo de sintetizador y caja de ritmos bastante vacuo. Por esa razón -y si es posible- no será ésta la última vez que hablemos por aquí de Steeleye Span y de su disco “Commoners Crown”, que es de donde sale la historia de la que hoy vamos a hablar.

El disco -o álbum, como gustan de decir los amantes de la Era del Vinilo- recogía canciones populares de eso que Winston Churchill llamaba “pueblos de habla inglesa”. De ahí venía el título del disco -“Commoners Crown”- que puede ser traducido como “Corona de plebeyos”. Aunque la palabra “commoners” tiene muchas más aristas históricas que, quizás sí, es mejor dejar para otros correos de la Historia.

La última canción del disco se titulaba como se titula este artículo. Es decir: “Las chicas de Nueva York”. O en su inglés original “New York Girls”.

Se trata de una canción realmente curiosa -no sólo porque esta versión tuviese la notable contribución del actor Peter Sellers tocando el ukelele- y que entra dentro de la categoría de los llamados “Sea Shanties”. Un concepto de difícil traducción a nuestra lengua común, ya que literalmente sería algo así como “Cánticos del mar”, pero sería más exacto decir que “New York Girls” es una canción de marinos.

La primera vez que la oí mi inglés todavía no se había perfeccionado mucho y de Historia sabía bastante menos que años después, cuando ya era un treintañero y vi una magnífica -otra más- película de Martin Scorsese: “Gangs of New York”.

En ella la canción “New York Girls” cobraba todo su sentido. Yo les recomiendo, si quieren, oír la versión de Steeleye Span (Peter Sellers incluido), pero también ver las escenas en las que Scorsese volvió a la vida aquel viejo canto de marinos para el gran público de la gran pantalla en esa película ambientada a mediados del siglo XIX.

En la versión de Scorsese, un rufián -en el sentido más exacto del término según el Diccionario de la RAE- vestido elegantemente a la moda de 1860, canta esa canción mientras deambula por uno de los tugurios de aquel Nueva York siniestro, lleno de bandas de ladrones, asesinos y otros desesperados alojados en los bajos fondos de Five Points.

El público que se alcoholiza en el tugurio, acompaña al rufián -interpretado por Finbar Furey- haciendo los coros a las estrofas de “New York Girls”. Y lo hace con cierta complicidad malvada. Especialmente por parte de las chicas que están en el tugurio ocupadas en menesteres diversos. La mayor parte de ellos de dudosa legalidad.

Esa complicidad con el rufián que canta sonriente “New York Girls”, deriva de ahí precisamente. Ese canto de marinos relata las aventuras de un incauto miembro de una tripulación de uno de los muchos barcos que llegaban a diario a Nueva York y su mal encuentro con cierta chica de esa ciudad, con la que -iluso el pobre marino- cree poder entablar una sólida relación amorosa. No sabemos si en exclusiva o de acuerdo al viejo tópico de que los marinos tienen una novia en cada puerto.

El caso es que el incauto marino cree todo lo que la chica de Nueva York le dice y su ilusión aumenta al ser presentado a la madre y a la hermana de la supuestamente inocente muchacha.

Varias estrofas después, en las que el marino más o menos da a entender que ha intimado con la familia de su futura prometida, parece ser que incluso bailando polkas (como también repite el estribillo de la canción, con un sentido quizás equívoco), descubre que, en realidad, ella, así como su madre y su hermana, lo que han hecho ha sido engatusarlo, emborracharlo y posteriormente desplumarlo de todo cuanto de valor poseía…

En definitiva, de un modo bastante humorístico “New York Girls” se convertía así en un aviso para navegantes en el más estricto sentido de la expresión, advirtiéndoles, con una canción ligera y fácil de recordar, de los peligros que acechaban a los marinos en las calles del Nueva York de la primera mitad del siglo XIX.

Un lugar en el que una clase de vida casi salvaje y la civilización, todavía se daban la mano en esa época y que podía resultar, para marinos poco avezados, más peligroso que una tormenta en Alta Mar o cruzar el Cabo de Hornos, que es donde finalmente acaba de vuelta el despojado marino de la canción…

Cumplía así ese canto de marinos con una de las funciones por las que esas canciones pasaban de voz en voz, de año en año y de tripulación en tripulación como una forma no sólo de acompañar y dar ritmo al trabajo realizado a diario por esa subcultura de la Cultura popular -tal y como la definió el historiador Peter Burke-, sino para servir de medio de comunicación sobre peligros u oportunidades. Esas ocasiones que salían, con frecuencia, al borde de las rutas que frecuentaban esos hombres del Mar durante vidas a veces no demasiado largas pero que, comparadas con nuestra experiencia vital actual, casi valían por una que hubiera durado cien años.

Como lo demuestra el trasfondo de la letra de “New York Girls”, por supuesto, glosando los avatares de aquel marino que en unas versiones conoce a su traicionera amada en Chatham Street y otras en Broadway, pero que siempre acababa -engañado y despojado- en el 44 de Bleecker Street. Así hasta que el marino era socorrido por Martin Churchill, que lo embarcaba para una nueva y peligrosa travesía.

Aunque no tan peligrosa, según parece, como la inocente apariencia de algunas chicas de Nueva York….

 

 

 

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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