Poder, Historia y Megalomanía. De Napoleón a Hitler: “Kolberg” | El correo de la historia

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Poder, Historia y Megalomanía. De Napoleón a Hitler: “Kolberg”

Por Carlos Rilova Jericó

kolberg-1Hace tiempo que quería tratar de este tema -la película “Kolberg”- en estas páginas del correo de la Historia. Quizás este lunes no parece que fuera el momento más apropiado para hablar de ella, teniendo en cuenta que el lugar desde el que se escribe esta página está ahora mismo en el centro de la Historia mundial, al haberse convertido en la sede de una reunión del llamado G-7. Es decir, del grupo de países que, eso dicen, dirigen los destinos del Mundo.

Sin embargo, me ha parecido bastante difícil no considerar que un análisis, más o menos en profundidad, de “Kolberg”, no fuera, también, un muy buen punto de partida para reflexionar sobre esa gran cumbre en la que, al parecer, se juega el futuro del Mundo. O algo parecido. Veremos a continuación por qué, analizando con detalle esta curiosa película.

Esa cinta, “Kolberg”, fue producida por la Alemania del Tercer Reich, que supuestamente iba a durar mil años, en 1944. Es decir, uno antes de que aquella pesadilla megalómana se colapsase bajo la tenaza de los aliados avanzando desde el Sur y de los soviéticos marchando desde el Nordeste sobre Berlín.

Aunque esa película es un episodio casi desconocido de la Segunda Guerra Mundial, no es ésta la primera vez -y seguramente no será la última- en la que se hable de ella.

En efecto, si buscan encontrarán multitud de referencias sobre esta película en blogs como historias de la Historia, en la Wikipedia, en páginas de crítica de Cine como Film Affinity o, también, en la página del ABC digital dedicada a estas cuestiones.

Eso no quiere decir, por supuesto, que el tema esté ya agotado. Por el contrario, a partir de ahí y de la propia película, se pueden sacar interesantes conclusiones sobre Napoleón, las guerras napoleónicas, Hitler y la Megalomanía, ciega y estúpida, que engendra el poder. Más absoluta en su ceguera y estupidez, cuanto más absoluto es ese poder.

De eso la película “Kolberg”, estrenada en 1945, puede dar unas cuantas lecciones. Según las distintas versiones que hay sobre el film, Adolf Hitler quería que sirviera, fundamentalmente, para demostrar a los norteamericanos que la Alemania del Tercer Reich era capaz de superarlos también a la hora de hacer grandes dramas históricos para la gran pantalla. Como, por ejemplo, “Lo que el viento se llevó”…

Aunque el régimen nazi ni siquiera estaba dispuesto a reconocer esto. Pues en los créditos iniciales de “Kolberg” se señalaba, como quien no quiere la cosa, que la idea de filmarla se había ido madurando desde 1942. Es decir, un largo proceso de tres años que no podría confundirse con uno de los famosos arrebatos del Führer.

En cualquier caso y más allá de la obsesión nazi con “Lo que el viento se llevó” (una que curiosamente acabó con uno de sus protagonistas, Leslie Howard, muerto bajo las frías aguas de la costa gallega tras ser atacado su avión por cazas alemanes) “Kolberg”, desde luego, era una película nazi, por sus cuatro costados. Y en toda la extensión del término “nazi”.

Es decir, “Kolberg” (pueden ver la película con subtítulos en español en Youtube) es un producto delirante, megalomaníaco, tanto en su concepción como en su guion. Hitler y su gobierno no escatimaron medios. Con los ejércitos aliados y soviéticos arrasando ya tierra alemana, aun así no dudaron en retirar del frente miles de soldados para que hicieran de figurantes en esta superproducción. Bien fuera vistiendo el uniforme prusiano de quienes defendían Kolberg en 1807 o el de los soldados de Napoleón que, antes de que se firme la Paz de Tilsit, tratan de doblegar a esa ciudad que se niega a aceptar que Prusia haya sido derrotada.

La película muestra, en un verdaderamente terrorífico paralelismo, la ficticia destrucción de Kolberg que el ministro de Propaganda nazi, el doctor Goebbels, quería que superase a la reconstrucción del incendio de Atlanta en “Lo que el viento se llevó” y tanto recuerda a lo que vivía la Alemania real de 1945 en esos momentos.

De hecho, “Kolberg” es todo un canto a la autodestrucción llevada a extremos tan delirantes como aquellos a los que Hitler estaba conduciendo a Alemania en la fecha. Así es, en el guion se pueden ver más que retazos de esa consigna del Führer que se resumía en destruir toda Alemania. Hasta el último tornillo, hasta el último ladrillo, antes de dejar que fueran profanados por el avance aliado desde el Sur o, peor aún, desde el Este por las que el régimen nazi consideraba hordas de subhumanos soviéticos.

Prácticamente nadie se salva en el Kolberg goebbelsiano de 1807. El padre de la protagonista prefiere incendiar su granja porque así lo ordena el teniente Schill -comisionado por el rey de Prusia para mantener a ultranza la resistencia- ya que la granja amenaza a Kolberg en caso de caer en manos de la Artillería francesa. No sólo eso, también se suicida o así se da a entender. Su hijo, un joven músico, cosmopolita y algo afeminado (así como con un sospechoso parecido físico a Napoléon) también muere víctima de su débil y neurasténico carácter (incapaz de soportar los bombardeos franceses) y de su propia cobardía. El primo de la apócrifa sobrina del alcalde de Kolberg, un dechado del soldado prusiano de la época, que ofrece a la joven una relación casi incestuosa, también muere en la defensa. Aunque como un nuevo Sigfrido…

Sólo el futuro conde von Gneisenau, el alcalde Kettelberg y su sobrina sobreviven. Tanto por razones de rigor histórico (que tampoco importaban mucho a Goebbels, claro está) como por la necesidad de que alguien dé la arenga final a aquella Alemania sitiada de 1945. A saber: que la resistencia a ultranza en 1807 lleva a la victoria de 1813, impulsada por el Pueblo en armas siguiendo al líder carismático. En este caso Von Gneisenau que, en efecto, llevó al renovado Ejército prusiano a la victoria en Waterloo junto con Blücher.

Sin entrar en más disquisiciones sobre el airado papel histórico real que tendrá Prusia entre 1807 y 1813 (dejando que británicos, portugueses y españoles se desangren en la península para hacer casi inofensivo en 1813 a Napoleón), eso es lo que nos cuenta “Kolberg”.

Toda una lección de Historia que, quizás, los líderes mundiales reunidos este fin de semana en Biarritz deberían tener en cuenta. La locura que refleja “Kolberg” es algo que se trató de evitar a partir de 1945. Las prudentes medidas económicas y políticas adoptadas entonces, están hoy, bien lo sabemos, casi completamente anuladas. El resultado de esa irresponsable política lo hemos sufrido durante casi tres décadas y -haría falta estar muy ciego para no verlo- finalmente nos ha llevado al resurgir del Nacionalismo exacerbado, del aislacionismo, de la Xenofobia y ha conducido al poder a personajes como Orbán o Salvini, que recuerdan, demasiado, a los que entre 1922 y 1933 se hicieron con el control de grandes potencias europeas y, cabalgando la ola de su propia y ciega megalomanía, redujeron a cenizas Europa y gran parte del Mundo.

Dicen los periódicos que de eso se habló en la cumbre del G-7 este pasado fin de semana, del temor a que la abolición de las medidas implementadas desde 1945 haya paralizado la Economía. Y no sólo eso, sino que a consecuencia de esto nuestro horizonte actual se esté acercando, demasiado, al de la demencia que sumergió al mundo en años terribles y oscuros; víctima de una ideología demencial que, en efecto, por si alguien tiene aún dudas -en esa cumbre mundial o a pie de calle- queda perfectamente reflejada en el delirio de una película como “Kolberg”. Una cinta que puede enseñarnos hoy mismo muchas cosas -y muy a tener en cuenta- con sólo tomarse la molestia de contemplar ese despliegue de locuras nazis con fondo napoleónico…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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