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Alberto Moyano

El jukebox

El gurú

Alberto Moyano

De tremendo exitazo hay que calificar el rutilante paso de Jorge Bucay
por Donostia, de la mano de los Cursos de Verano de la UPV y del Aula
de Cultura DV. Sólo una leve referencia a un presunto caso de plagio en
el que se vio envuelto el autor argentino ha empañado su masivo
adiestramiento en el noble arte de ser feliz.
En este sentido, una extraña carta firmada por el propio Bucay pero
escrita en tercera persona aparecía hoy en DV para añadir algo más de
confusión al asunto. No debería preocuparse el insigne gurú. A sus
seguidores estas cosas les importan lo mismo que un heroinómano
compartir la jeringuilla. De hecho, nada de lo que diga Bucay afecta a
sus seguidores: ni cuando niega el presunto caso de plagio, ni cuando
recalca que no va a transmitir a los oyentes nada que no se les haya
ocurrido antes a ellos mismos, ni cuando explica en qué consiste la tal
felicidad. «Queremos la felicidad y la queremos ya», parecen decir sus
fans, demasiado ocupados como para dejar que esas pequeñas minucias
interfieran.
Afortunadamente para todos –incluido Bucay–, el intento fracasa. Por un
lado, hay que recordar que resuelto el problema se acabaría el
negocio.  Sabe el argentino que sus charlas nada solucionarán a
sus fieles seguidores, sino que –por el contrario y igual que sucede
con los yonquis–, siempre acabarán volviendo a por más.  Por otro,
la felicidad puede llegar a ser atosigante, amén de paralizar el
progreso. Sin infelicidad, no habría aparecido la rueda, no digamos ya
los libros de autoayuda y, en concreto, los de Bucay.
Hace ya casi un cuarto de siglo que Evaristo cantaba aquello de: «Has
venido a salvarme / de la otra parte del mundo /me traes la solución /a
todos mis problemas /pero eso es por tu cuenta y riesgo yo quiero saber
quién /cojones te ha mandao».
Pues eso. 


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