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Alberto Moyano

El jukebox

La muerte de Umbral

Alberto Moyano

Probablemente no hay otro escritor en todo el siglo XX que con casi un
centenar de obras a sus espaldas jamás haya visto adaptada al cine
alguna de ellas. Sin embargo, en el caso de Francisco Umbral, fallecido
esta madrugada a los 72 años, no es extraño.
 Sus novelas carecen de trama, no continene escenas memorables ni
personajes para la posteridad. No hay nada que contar, sólo vueltas de
tuerca en torno a su propia prosa, sospechosamente vacía. Su único
personaje fue él mismo –niño de derechas, joven de provincias, progre
en la transición e ídolo de su propia empresa– y aunque hubiera querido
ser uno de esos ‘enfermos de literatura’ que tanto admiraba, se quedó
en animal televisivo. En la pequeña pantalla forjó su fama y su
prestigio.
Escondido debajo de su melena, detrás de sus gafas y dentro de su
bufanda, Umbral epataba a la familia española con sus exabruptos. Hubo
incluso una época en la que vendió considerablemente, pero hace ya
mucho que aquello pasó. Privado de esa presencia mediática surgen
serias dudas sobre en qué hubiera quedado su carrera literaria. A modo
de referencia cabe señalar que fuera de España Umbral simplemente no
existe.
Todo apunta a que su muerte sentará fatal a su obra de prosa
pirotécnica –según la expresión de Juan Marsé–. De hecho, aún no se ha
abierto la capilla ardiente y ya ha bajado un peldaño, de la mano de
quien ha sido su último director, Pedro J. Ramírez, quien ha
sentenciado: «Es el mejor columnista de la historia del periodismo
español». Un género menor y una afirmación discutible que, en cualquier
caso, no responde a lo que el propio Umbral quiso ser, esto es, un
escritor inmortal.


agosto 2007
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