“Bien, dejad que me presente: me llamo Osama. Supongo que no hace falta que diga mis dos primeros apellidos.
Nací en el seno de una acomodada familia saudí que hizo una cierta fortuna comerciando con combustibles fósiles, en concreto, vendiendo gasolina para zippo a los ‘marines’ acantonados en Riad.
Durante las vacaciones veraneábamos en Benidorm, con extensión a la Feria de Sevilla. Con el paso del tiempo, este hecho acabaría siendo crucial en mi biografía ya que la enorme afición al rebujito que desarrollé en aquellos abriles salvajes me llevaría más tarde a reclamar Al-Andalus, sin más ánimo que el de garantizarme todos los años la presencia en semejante juerga.
Cursé estudios en Ingeniería, pero ciertos problemas de consumo me llevaron a viajar con un grupo de amigos ‘hippies’ a Afganistán en busca de rica ‘amapola’, con tan mala suerte que coincidió que los soviéticos -hartos del vodka- habían tenido la misma idea en ese preciso momento.
Allí mantuve férreos combates con los rusos por el control de la pipa que todos utilizábamos para fumar, hasta que se me ocurrió que quizás los yankis podrían facilitarme una para mí solo, con la excusa de que así los invasores fumarían más y terminarían por morir de sobredosis. Así entré en contacto con la CIA, que me proporcionó mi propia cachimba-tres-sabores con la que, para qué negarlo, me he venido poniendo ciego hasta el día de hoy.
Terminada la invasión rusa y todo eso, estaba yo un buen día en mi choza viendo Gol-TV cuando entró un tío y me dijo no sé qué de cargarse a una de sus gemelas. Distraídamente, le contesté: ‘Mejor cárgate a las dos porque las hijas únicas son muy chungas de criar’. ‘¡Buena idea!’, contestó entusiasmado. Luego me enteré de que esa breve y prosaica charla me habría de convertir en el autor intelectual del 11-S.
El caso es que cuando sucedió todo aquello aparecieron en mi segunda gruta de veraneo unos tipos barbudos que me dijeron que todo dios -en realidad, ellos dijeron Alá- me estaba buscando y que había que huir. Ahí empezó mi calvario.
Me pasé años yendo de la Zeca a la Meca, lo cual consolidó mi fama de salafista, y me pateé tantas montañas que estoy convencido de que fui el primero en hollar los cincuenta mil tres miles con el turbante puesto.
De vez en cuando, me grababan un vídeo en el que yo tenía que aparecer diciendo que ‘se avecinan tiempos oscuros y tal’, pero perdíamos un día entero porque siempre me trabucaba en ‘oscuros’ y me resultaba imposible soltar la frase en una sola toma. Todo esto entre gritos de ‘¡sí, venga, Osama, sácalo todo, transmite más, mójate los labios!’. Joder, me ponían nervioso.
‘Que esto no va a funcionar, que no tengo ni idea del 11-S, que ni siquiera lo vi en directo’, les decía yo. ‘Que sí, hombre de poca fe -respondían ellos-. Tú acuérdate del Argentina-Inglaterra. Si Maradona hubiera muerto al marcar el segundo gol, el famoso hubiera sido el ‘Negro’ Héctor Enrique, que fue quien le pasó el balón’. ‘Vale, vale, vale’, acababa cediendo yo invariablemente.
Pasó el tiempo y acabé asentando, si no la cabeza, al menos sí los glúteos en una en una cucada de casita que me compré cerca de Islamabad. Ahora, ¡qué precios! Para mí que me pilló de lleno la burbuja inmobiliaria. En fin, que tampoco estaba mal. Y ahí me he pasado los últimos años, más aburrido que un hongo. Nadie se imagina cómo está la tele, un coñazo, con los programas del corazón y las tertulias de la TDT.
Y en esto que van el otro día dos helicópteros, se posan en mi modesta plantación de ‘amapola’ y, sin decir ‘hola, qué tal’, entran a tiros en casa y nos matan a todos.
Y encima lo han contado mal. No es cierto que Osama, o sea yo, me escondiera detrás de una mujer. Fue justo al revés. La mujer era yo. Sí, sí, ya lo creo. Es que en 2008 me lié con uno de mis cuidadores y al año siguiente me sometí a una operación de cambio de sexo, a pesar de las protestas de mis compañeros de lucha, que insistían en que aún teníamos que grabar muchos vídeos y que si en ellos aparecía una tía con barba no iba a colar.
Hice caso omiso a sus recomendaciones, me operé -de paso, me retoqué nariz, labios y nalgas- y debo decir que he sido muy feliz junto a mi marido, al que ahora han confundido conmigo. Dicen que han encontrado mi ADN en su cuerpo, lo cual no me extraña, dado que lo hacíamos a todas horas.
Y esto es todo. Sólo quería dejar constancia por mi escrito de mis modestas peripecias en la tierra. Ahora, reposo por fin en el paraíso, que tampoco es nada del otro mundo. De hecho, no hay canal satélite. Por cierto, ¿alguien sabe cómo quedaron Barça y Madrid en el partido de vuelta? Es que sólo pude ver el de ida”.