Martín R. Ojeda (*) nos habló semanas atrás sobre la agresividad en el perro (post que ya era una continuación a otro que puedes leer pinchando aquí). Muchos de vosotros dijisteis esperar con impaciencia la tercera parte y aquí la tenéis:
“Hace una par de semanas hablábamos de la existencia de diversos orígenes posibles ante un problema de agresividad de nuestro perro y la importancia de su correcta determinación a la hora de lidiar con el tema. Sigamos.
La segunda causa más relevante en lo que tiene que ver a las reacciones de tipo agresivo es el miedo. Se presenta en el mismo porcentaje tanto en machos como en hembras, y es de las que cuentan con más influencia de factores de tipo heredable.
Existen básicamente dos cuestiones -factores de riesgo, para llamarlos con propiedad- cuya presencia tiene que ver con que el miedo se presente en el carácter de nuestro amigo.
– Falta de socialización: hablamos aquí de la falta de contacto con personas durante el período de socialización. Es una cuestión que no siempre resulta determinante, y que puede darse respecto de todas las personas en general o de algún tipo en particular, dependiendo de con quién haya habido esa falta de contacto.
– Experiencias traumáticas: resulta evidente que habiendo tenido alguna mala experiencia de entidad suficiente, el animal se asustará ante aquello que le haga relacionar la situación presente con la vivida.
En ambos casos el animal percibe la situación como una amenaza, ante la cual se genera la respuesta agresiva. Esta “amenaza” percibida no obedece a una tipología específica, sino que variará dependiendo de las características del caso, yendo desde el mero acercamiento al animal hasta el mismo contacto físico, pasando por gritos, miradas fijas, etc.
Ahora bien, ¿cómo reconocemos este problema antes de que sea tarde? Como en la enorme mayoría de las situaciones, los perros nos dan pistas –cuando no indicaciones clarísimas- de que algo no va bien. Todo dueño de perro, quien más quien menos, es capaz de reconocer ese tipo de signos en su animal, pero en este caso suelen ir acompañados primero por la evitación (el perrote mira hacia otro lado, orienta su cabeza en otra dirección como hacen los niños, en plan “si no te veo, es que no existes”) y si eso no funciona, directamente recula. No creo que haga falta mencionar las posibles y lógicas consecuencias de continuar con el estímulo que provoca la reacción una vez que el perro ya no puede recular más…

Muy bien. Tenemos hasta ahora un perro que reacciona de la forma descrita en circunstancias específicas y con una postura determinada, lo que nos permite descartar otros orígenes, y hemos eliminado también como siempre las cuestiones de tipo orgánico. ¿Cómo solucionamos el tema?
Vamos allá. El tratamiento pasa por un programa de desensibilización y contra-condicionamiento. Sobre la desensibilización hablamos en otro artículo con el ejemplo del miedo a las arañas, resumiendo el tema en una exposición controlada al estímulo problemático primero a distancia “segura”, y luego reduciendo la misma de a poco. Respecto del condicionamiento hemos hecho una breve mención al hablar del aprendizaje, pero valga decir que el contra-condicionamiento consiste –muy resumidamente- en cambiar un condicionamiento existente. Esto es básicamente: el perro está condicionado a la respuesta agresiva frente al estímulo que le causa miedo, así que lo que haremos es condicionarle una respuesta diferente ante ese estímulo y extinguir la anterior.
Como siempre, la solución y su tiempo dependerá en gran medida de la frecuencia de las sesiones y del grado de implicación del propietario del can, no utilizándose fármacos salvo en casos de miedo intenso.”
(*) Martín R. Ojeda es etólogo y adiestrador de Servicios Caninos Integrales
(**) Si quieres que Martín te ayude con tu perro, recuerda rellenar este cuestionario y enviarlo a unomasenlafamiliablog@gmail.com.