Diario Vasco
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Historia y Turismofobia
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Carlos Rilova | 14-08-2017 | 09:31

Por Carlos Rilova Jericó

El retraso en el estreno de “La decisión del rey” hasta este viernes pasado, es lo que me ha llevado hoy a abrir este pequeño paréntesis en la serie de artículos que inicié la semana pasada sobre la oleada -en este verano de 2017- de películas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial.

Además la avalancha de noticias acerca de la Turismofobia, y el hecho de que no pocas de ellas estén relacionadas con San Sebastián, han hecho casi imposible no dedicar este nuevo correo de la Historia a ese tema.

Antes de empezar a hablar de cuestiones históricas sobre esa problemática que nos orienten en el Presente que vivimos, sería conveniente hacer un breve estado de la cuestión acerca de cómo ha empezado y se ha difundido esta oleada de Turismofobia.

A ese respecto todo parece apuntar a la actitud de determinados medios de comunicación mayoritarios que, por diversas razones, se han convertido (como es costumbre en ellos) en caja de resonancia de los primeros brotes de Turismofobia, a los que han revestido de ese habitual carácter de catástrofe apocalíptica por el que dichos medios parecen sentir una irresistible atracción.

Quizás esos medios no buscaban que la problemática de Venecia, Barcelona o Palma de Mallorca se extendiera a San Sebastián, pero lo cierto es que es justamente eso es lo que parecen haber conseguido. Por ejemplo inspirando a determinados grupos sociales y políticos vascos que se han sentido casi obligados -como el pobre príncipe Bolkonsky en “Guerra y Paz”- a hacer algo, puesto que sus iguales políticos en Barcelona o Palma lo estaban haciendo. Convirtiendo así un vago (a veces inexistente) malestar social, en una reacción visceral y mucho más extendida de lo que en principio nunca lo hubiera estado sin la ayuda de esa histeria mediática.

Parece, pues, que nos encontramos con este tema ante un episodio más de esos en los que una inofensiva gallina (por poner un caso) no se ve igual antes que después de haber sufrido un completo lavado de cerebro en esa clase de medios sobre una supuesta epidemia de gripe aviar (por poner otro ejemplo) que luego se descubrió era tan sólo un fraude a gran escala para vender vacunas contra esa enfermedad…

Ese sería, pues, el origen exacto de esa Turismofobia que, localizada hasta ahora en Barcelona, ha empezado a extenderse como una mancha de aceite hacia otros lugares. Como San Sebastián.

Y ahora cabe preguntarse, considerado todo esto en perspectiva histórica,
¿resulta anormal lo que estamos viendo con respecto al volumen de visitantes, por ejemplo, en San Sebastián? ¿Hubo alguna supuesta “Edad de Oro” antes de la llegada del Turismo a la que, por tanto, habría que regresar?

Para responder a esas preguntas, conviene saber, en primer lugar, que no querer estar abierto al exterior, odiar las visitas, el intercambio cultural que traen el Turismo y la facilidad con la que ahora se puede viajar, no suelen conducir precisamente a sociedades más avanzadas. Por ejemplo a esas en las que una mujer pueda llevar pantalones, conducir, votar y hasta ser elegida, por poner un caso, alcaldesa de una gran ciudad.

Eso se puede observar, fácilmente, gracias a un par de ejemplos sacados, cómo no, de la Historia.

El primero de ellos es un curioso país que, hasta los años 70 del siglo XX, fue una especie de fósil: Bután, en las estribaciones de la mítica cordillera de los Himalayas. Ese país, en conjunto y hasta hace bien poco, ha sido un reino anclado en un nivel de desarrollo político y social similar al de la Europa de la Alta Edad Media. Ya saben, una época con una esperanza de vida de unos 40 años y en la que no existían Twitter, Facebook (y demás redes tan hábilmente utilizadas por quienes ahora abominan del Turismo), Internet, los smartphones y las tablets. Tampoco, por cierto, existían en tal época los antibióticos o los trenes de alta velocidad.

Sin duda Bután no tiene problema alguno con el Turismo, del que se ha preservado cerrando, herméticamente, todas sus fronteras y permitiendo pasar por ellas tan sólo a un número muy limitado y controlado de visitantes. Sin embargo, ese aparentemente idílico status se ha conseguido con un nivel de desarrollo político y social aún muy por debajo de lo que incluso los turismófobos considerarían aceptable.

El otro ejemplo de Turismofobia sobre el que habría que reflexionar es una noticia publicada en el diario “¡Arriba España!”, que se distribuía precisamente desde San Sebastián apenas las tropas franquistas arrebataron esa ciudad al gobierno legítimo.

En la edición de ese periódico de 28 de septiembre de 1936, se decía que San Sebastián era una ciudad “femenina”, pecadora, blanda, desagradecida y a la que sólo le interesaba el Turismo. Algo absolutamente cierto si nos fijamos en la imagen que acompaña a este texto, donde vemos una Playa de La Concha totalmente saturada (puede que tanto o más que hoy) a comienzos del siglo XX…

¿Quién sostenía esa opinión en contra de San Sebastián como la ciudad turística que era desde mediados del siglo XIX? Bueno, espero que quien cree estar defendiendo una causa “popular” y progresista al combatir el Turismo actual, tome nota de que esas invectivas las escribía un fascista español en un rotativo fascista español. Concretamente uno de los varios que dirigía Falange Española y en cuyas páginas se podían encontrar reveladoras soflamas prohitlerianas y promussolinianas (incluyendo características fotos propagandísticas de ambos monstruos políticos)…

Todo esto debería ayudarnos a reflexionar un poco más sobre cuál es el verdadero problema que supone el Turismo. Evidentemente si hay algo que regular deberá regularse, pero pretender extirparlo de raíz, como vemos por casos como los mencionados, no tiene nada de atractivo, ni de progresista. Tanto en Palma de Mallorca, como en Barcelona -como ahora en San Sebastián- las peticiones contra el Turismo tienen un carácter excluyente y amenazante. Véase el caso mallorquín, en el que la propaganda anti-turistas usa la silueta de una anciana blandiendo un bastón contra un par de turistas que huyen despavoridos bajo el lema -tajante- de que la ciudad es de los que viven en ella y no de los que la visitan… Lo mismo parece estar ocurriendo en el caso donostiarra, en el que -por si no lo saben- gran parte de la reacción contra el Turismo viene de vecinos de la Parte Vieja. Probablemente los mismos a quienes tradicionalmente les molestan no sólo los ingleses, alemanes, franceses o madrileños, sino los mismos vecinos de San Sebastián que viven fuera de la Parte Vieja, a los que no consideran siquiera como donostiarras genuinos…

¿Qué buscan, pues, quienes dirigen esas plataformas ciudadanas? ¿Que nadie pueda visitar Palma de Mallorca, o Barcelona, o San Sebastián? ¿Que esas ciudades se conviertan en pequeños reinos taifas al estilo de lo que fue Bután hasta 1981? ¿Ya saben quienes, desde una supuesta Izquierda política, se van a manifestar en San Sebastián esta semana, que están recogiendo el testigo de la lucha contra el Turismo de manos del más puro Fascismo español y no de los “herrikoshemeak” (los tipos castizos de la Parte Vieja) que, en plena “Belle Époque”, se manifestaban en favor de un veraneo donostiarra más largo?

No se debería dar un paso más en esta cuestión sin meditar mucho sobre este poso histórico. Más oscuro y espeso que la caricatura representada, tanto por “antisistemas” como por algunos medios de comunicación, sobre este “nuevo” problema en el que parece haberse convertido ese fenómeno llamado “Turismo”. Creado a mediados del siglo XIX, pero que hoy parece convertirse, como por arte de magia, en una atroz plaga que hay que combatir…

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