El jetlag o la descompensación horaria ocurren cuando se le intenta hacer trampa al cuerpo llevándolo hacia el este o el oeste a velocidad supersónica y desbaratando su ciclo del sueño. Hay palabras más cultivadas para explicarlo –los ritmos circadianos y tal-, pero la verdad es que te quedas sin dormir por la noche y das cabezadas a deshoras. No sabes dónde estás cuando te despiertas y te sientes incapaz de recuperar una rutina que has estado machacando durante un buen tiempo y ahora te pasa la factura.
El caso es que ando como pollo descabezado. Me dan las cuatro de la mañana con los ojos a cuadros y a las seis de la tarde ya quiero irme a la cama. Como nunca voy en contra de mí misma –excepto una vez que me enamoré de la persona más inadecuada del mundo- me dejo llevar por las fuerzas del Universo, que están ahora mismo todas pululando por la cocina y el dormitorio de mi casa.
Pero algunas ideas van aflorando, pequeñas reflexiones paridas a lo largo del intenso viaje del que acabo de regresar salpican mi lucidez, como cuando abres un armario de la cocina y salen dos polillas volando aterrorizadas y no sabes si apartarte o atizarles con el primer trapo que pillas a mano.
Todo lo apunto, porque más vale un lápiz pequeño que una memoria grande y, porque “al buen callar llaman Sancho”, haré una de mis listas con las circunstancias o situaciones que ya no voy a volver a soportar… y, prudentemente, no le diré nada a nadie de lo que me atraviesa las neuronas.
Los pensamientos rebullen y pegan saltos en mi mente mientras deshago la maleta, pongo la primera lavadora y me voy al colmado de la esquina a proveerme de mis básicos imprescindibles: verdura, fruta y pescado fresco.
Y me encierro en casa en especie de mini cuarentena hasta que se me pase todo y pueda ordenar y poner en fila a todos los cambios que me pide el cuerpo que incorpore a mi vida.
La vida es cambio, el cambio es vida. Vaya frase estúpida que me ha salido. Será el jetlag…
LaAlquimista
**Foto: Sola en el bus 21 a las 8 de la mañana.
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