(3) “Tiempo madre/hija”.- Me suelo reir bastante con mi hija Amanda; quiero decir que ella practica conmigo el dudoso arte de la ironía con fines terapéuticos y consigue que mi carácter más bien serio se trastoque cuando estamos juntas. Son detalles finísimos, como ofrecerme el brazo al bajar una acera –igual piensa que me voy a tropezar y dejar los piños en el asfalto-, o dirigirme las maniobras con el auto como si hubiera perdido la capacidad reactiva a las incidencias de la conducción –que ya sé que llegará, pero todavía no-. Y yo le miro y le digo, “WTF”???, que es algo así como “¿Qué puñetas haces”? y ella me mira con sorna y me pregunta, como si no lo supiera, “pero ama, en qué año naciste, recuérdamelo” y yo me caigo en la carcajada y aquí paz y después gloria. Luego se queda flipada porque me meto en el agua requetefría del mar mientras ella se conforma con tomar el sol como una inglesa recién llegada a la costa Dorada. 
Ella dice que lo hace porque se preocupa por mí y yo me siento agradecida y le respondo que si alguien se preocupa es quien mira por que no le falte de comer, que tenga buen abrigo y todas las comodidades posibles, ella y su perrita, cuando están conmigo. Es decir, que sigo comportándome como una madre/gallina clueca y así lo haré hasta el fin de mis días. Le recuerdo que se ponga la protección solar en la playa y en la piscina, le ofrezco picoteos ricos entre horas por si tiene ganas, le llevo a los mejores restaurantes que me permite el bolsillo y, last but not least, le digo que le quiero y le doy besitos a 5.000 r.p.m.
Yo me río, ella se ríe, nosotras nos reímos… hasta que vemos los titulares en el móvil y se nos tuerce el gesto o se nos nubla el semblante ante tanta deshumanización, tanto dolor y penas. Y nosotras de vacaciones… qué injusto es el mundo.
(4) Cotilleos de restaurante.- Mi hija ya sabe que me fijo en todo, que soy una cotilla visual y que no siempre me guardo mi opinión acerca de lo que observo. Cuando estamos en “casa” soy más cuidadosa con mis comentarios por no escuchar sus recriminaciones; pero cuando venimos a “mi otro mar” aquí me da cuartelillo y me deja criticar a cascoporro puesto que los especímenes humanos con los que nos topamos son…¿cómo lo diría finamente?”… cada uno de su padre y de su madre”.
Ayer mismo hacíamos nuestra cenita de despedida antes de que ella vuelva a su tierra valenciana de acogida. La cosa fue en un restaurante de pescado fresco en el paseo marítimo, con vistas al mar y terraza aireada para poder estar con la perrita Gaia. Llegamos a las ocho y media, previa reserva, después de atizarnos sendos vermús de Reus con su correspondiente “guarnición” y lucíamos un especial “animus iocandi”, que significa reírse de todo lo que se mueve.
El restaurante estaba hasta la bandera y nuestra mesa VIP esperándonos, reluciente, como si fuéramos alguien importante, yo qué sé, artistas, influencers o así, pero ya se sabe que los guiris cenan cuando nosotros andamos haciendo hambre para la cena.
En la mesa aledaña, ya terminado su condumio, dos señoras mayores, bastante mayores, con una acompañante de unos cincuenta años, terminada su cena pidieron sendos tés, en esos tazones, llamados “mugs” que sirven también para “hacer sopas”. Todo muy british hasta que sacaron una baraja de cartas, una libretita y empezaron a darle a algo que, quizás, era un simulacro de “bridge” porque solo eran tres y hacen falta parejas, como en el mus.
El caso es que yo me quedé ojiplática mirándoles descaradamente… ¡¿A quién se le ocurre dedicarse a tan “casero” menester en medio del jolgorio gastronómico?¡ Y ocupando una mesa que estaba pidiendo a gritos el reemplazo…
En cuanto la camarera se percató de la jugada, algo les dijo en inglés que las señoras recogieron con el morro torcido las cartas y pidieron la cuenta. ¡Ay, la cuenta, esas cuentas de “cada uno se paga lo suyo”¡ Qué locura, qué desatino, las ladies especificando lo que habían consumido cada una para pagar lo suyo y ni un céntimo más… Salieron cada una a treinta y tantos euros de los platos combinados y los tés. Les debió de parecer caro, ya te digo, y quizás por eso querían amortizar el atardecer maravilloso con vistas al mar, pero la camarera se tomó la cosa con filosofía y mucha profesionalidad; una dejó dos billetes de 20€ y pidió las vueltas. Otra sacó uno de 50€ y también hubo que darle lo suyo. La tercera, sacó una tarjeta de crédito y abonó su parte, que fue también diferente a la de sus compañeras de mesa. Imagina –yo flipaba y mi hija contenía la risa- una cuenta de 32,50€, otra de 34,20€ y la tercera, que llevaba copa de vino, 37,00€ justos.- ¿Ya nos han devuelto Gibraltar? Pues, leña al mono les daría yo…Saqué fotos de la jugada pero no las publico no vaya a ser que me la líen parda… 
Al final fuimos las últimas en abandonar el recinto, pasadas las diez de la noche, si es que las costumbres españolas son un auténtico caos; al igual que nuestras instituciones, nuestros partidos políticos y los cribados del cáncer de mama.
En fin. Que ya no critico más por hoy.
Felices los felices.
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