Lo pongo con mayúsculas porque quiero que se oiga desde lejos. ¡Lo he conseguido! Pero resumamos la jugada.
El año 2019 fue especialmente doloroso para mí debido a la velocidad de crucero que alcanzó la enfermedad epiléptica que padecía mi querido perrillo Elur. La pobre criatura estaba hasta arriba de medicación, sobre todo de cortisona, y aguantaba mal que bien los embates de ese terrible trastorno neurológico que le producía convulsiones recurrentes.
Estas ocurrían casi siempre por las noches, mientras dormía en su camita a mis pies, y yo me despertaba sobresaltada para acogerle en mis brazos después de darle un calmante líquido por vía oral. Obviamente, este proceso me llevó a que mi cerebro estuviera en alerta permanente alterándome el sueño y el descanso, cosa que acepté resignadamente al principio y con algo de desesperación al final.
En el mes de Septiembre, con harto dolor de mi corazón, le llevé al servicio veterinario de la Protectora de Animales y en mis brazos, mirándome con ojillos débiles, se durmió para siempre. (No voy a repetir que “se fue al cielo de los perritos”, pero es lo que yo sentí.)
Mi cerebro no quiso aceptar la ausencia del disturbio que le había impedido dormir durante mucho tiempo y siguió empecinándose en la vigilia/nocturna, así que fui al Ambulatorio pensando –ilusa de mí- que la medicina tradicional se iba a compadecer de mí.
Cuando el médico de cabecera me dijo: “te voy a recetar Orfidal”, nunca olvidaré nuestra conversación: -“Pero… ¿eso no me va a crear adicción? –Sí, pero tú eliges: ser adicta al Lorazepam o ser adicta al insomnio”. Me dijo que lo tomara durante “una temporada, a ver qué tal”, pero en la receta electrónica apareció la prescripción como crónica.
Por supuesto que empecé a dormir como un bebé tomando media pastillita cada noche al meterme a la cama. Siete horas del tirón y sin sueños extraños o pesadillas. Me despertaba feliz como una lombriz, con fuerzas renovadas y dando las gracias a Pfizer.
Pero después de varios años enganchada al consumo de Lorazepam con receta y el beneplácito y aliento del médico de cabecera, tomé la decisión de desintoxicarme para los restos. He tardado varios meses en pasar paulatinamente de la media pastillita mágica nocturna al cero total y absoluto.
Rebajando la dosis poquito a poco, aguantando el tirón del “mono”, despertándome en mitad de la noche y jurando en arameo, hoy es el día en que me hago la ola a mí misma porque soy una crack. 
Me recetaron este veneno para combatir el insomnio en vez de animarme a trabajar conmigo misma para encontrar esa paz que permite dormir como un bebé.
¡Prueba superada! Sí se puede, doy fe.
Felices los felices.
LaAlquimista
Te invito a visitar mi página en Facebook.
https://www.facebook.com/apartirdelos50/
Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com