(1) Se acerca el verano y los maravillosos atardeceres rojos que canta Serrat.
Un paseo por el borde del mar, donde la arena termina y comienza otra verdad.
Imagino la felicidad de quienes navegan la tarde a bordo de ese precioso velero.
Una dicha compartida en la lejanía.
(2) Las normas y las leyes.- Ayer fuimos por primera vez juntas a la playa, mi hija pequeña y yo, en feliz compañía que recargará las baterías para vaya usted a saber cuánto tiempo.
Es temprano – temprano para ella que vive a otro ritmo- y eso hace que podamos pasear varios kilómetros por la orilla, en traje de paseo, -es decir, traje de baño- sin cruzarnos más que con cuatro gatos. Y tres perros felices, libres y juguetones. Esto es porque hasta el 1 de Junio no empieza la temporada de baños oficial y todavía no se aplican las normas veraniegas.
Y me parece curioso que puedas ahogarte tranquilamente porque no hay “vigilantes de la playa” ni vigilantes de ningún tipo. La ley está para cumplirla en fechas limitadas. Hasta entonces no sé si hay caos o libertad.
Así que, una vez en el agua, me desembarazo de la prenda que me oprime… Lástima que al volver a la arena haya ojos escrutadores y miradas con reconvención. No entiendo muy bien por qué hoy sí y la semana que viene, no.
Como tampoco entiendo las noticias. Por qué a unos sí se les aplica la ley con contundencia e incluso retorciéndola para que encaje –con encaje de bolillos- y a otros, se les perdonan las faltas incluso antes de ser juzgados.
No me lo quito de la cabeza a pesar del baño fresco y vivificador que me he dado.
En fin.
Felices los felices, malgré tout.
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