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Carlos Rilova

El correo de la historia

A la caza del león verde. Magia, Ciencia, en fin, Historia de hace 380 años

Por Carlos Rilova Jericó

principios-de-newton-1726Este año se cumplen varios centenarios de esos tan denostados por el recientemente desaparecido Josep Fontana.

Así, por ejemplo, se cumplen cuatrocientos años del inicio de la Guerra de los Treinta Años y cien del final de la Primera Guerra Mundial que, en buena medida, fue una consecuencia lejana de esa otra guerra iniciada en 1618 y acabada en 1648.

De momento, están pasando esos aniversarios un tanto desapercibidos. Supongo que para alegría de los colegas que, como Josep Fontana, creían que había que hacer poco caso de esas efemérides y no trabajar a golpe de centenario… o cincuentenario.

Algo menos desapercibido ha pasado el 210 aniversario del inicio de la llamada Guerra de Independencia, al que se le ha consagrado, por ejemplo, un número especial de la revista “Ejército”. Obviamente publicación dedicada a la Historia militar.

En las latitudes vascas algo hemos hecho. O estamos a punto de hacer.

En efecto, con la cobertura institucional del Ayuntamiento de Hondarribia se inicia este miércoles día 10, a las 19:00, en la Casa de Cultura de esa ciudad guipuzcoana, un ciclo de cuatro conferencias en las que se tratará de explicar qué ocurrió allí hace 380 años.

En primer lugar, romperá el fuego -nunca mejor dicho- el que estas líneas escribe. Aunque en realidad ese fuego ya lo había roto yo con un serial radiofónico -llamémosle así- con el que, a lo largo de todo este verano de 2018, he ido explicando a los oyentes de la cadena SER qué acontecimientos tuvieron lugar ante esas murallas de Fuenterrabía hoy tan visitadas.

Lo de este miércoles será algo diferente. Como diferente va a ser todo ese ciclo de conferencias que no aspira a ser un recitado -más o menos decimonónico- de hechos ocurridos en el año 1638, sino una explicación, minuciosa, desde distintas vertientes -Historia de la Ciencia, Psicohistoria, Historia militar, …- qué fue -como diría Von Ranke- lo que realmente ocurrió en torno a Fuenterrabía un largo y lluvioso verano de 1638. En plena Guerra de los Treinta Años.

Lo primero que se explicará en esa primera conferencia, aparte de los hechos históricos bien conocidos -por ejemplo que el Ejército enviado por el cardenal Richelieu rodea la plaza un 7 de julio- es que hablaremos de personas y circunstancias que ya sólo remotamente tienen que ver con nosotros y nuestra idea del Mundo y el orden de las cosas.

Así, este miércoles hablaré de esa cosa tan desconocida y abandonada al Sur de los Pirineos como es la Historia de la Ciencia.

Desde que el general Eisenhower se retiró de la Política, allá a mediados del siglo XX, se sabe bien que, como él dijo, había un complejo militar-industrial que dirigía los asuntos políticos a mayor beneficio de sus comunes intereses. Dicho en otras palabras: sabemos desde entonces que la Ciencia es un arma para la guerra, que los avances científicos, muchas veces, son producto de esa necesidad tan humana de buscar el modo de eliminar al mayor número posible de competidores por territorio o recursos esenciales. Es decir, lo que comúnmente se ha llamado “enemigos”.

Lo que quizás ya no sea tan sabido es que ese asunto, el de la utilización de la Ciencia como arma de guerra, era algo que databa de muchos años antes de que el general Eisenhower tuviera ese rapto de inspiración política para poner el punto y final a su carrera presidencial.

Las murallas de Fuenterrabía fueron forzosos testigos de eso aquel verano de hace hoy 380 años.

De hecho, ellas mismas eran un producto científico y aún lo pueden apreciar si las visitan.

Observarán que no son muros exactamente rectos, que las paredes aparentemente lisas que pueden ver están flanqueadas, a izquierda y derecha, por una especie de flechas de piedra (unas mejor conservadas que otras, otras reconstruidas hace poco más de cinco décadas…).

Pues bien, ese tipo de construcción era fruto de un cálculo matemático que trataba de determinar cuánta capacidad de resistencia podían ofrecer esos muros a un intenso ataque con Artillería.

Los ingenieros militares que construyeron sistemas defensivos como ese, también calculaban cuántas bajas se podrían infligir al enemigo que las rodease una vez que lanzase contra los muros, previamente atacados a cañonazos, sus columnas de Infantería de asalto…

Del otro lado de esos muros, entre los sitiadores, también había ingenieros y diestros matemáticos cuya misión era calcular la cantidad necesaria de pólvora y balas para, con el mínimo esfuerzo y el mínimo gasto de vidas (de su propia Infantería, claro está) tomar esas plazas que no tenían otro objetivo que el de detener el avance de los ejércitos en cuyo camino habían sido elevadas justamente para cumplir con ese fin. Es decir, el de actuar como un gigantesco bolardo que cerrase el paso a fuerzas enemigas.

Fortificaciones como las de Fuenterrabía en 1638, y años después, eran un paso adelante con respecto a la Edad Media en la que la Poliorcética (es decir, la Ciencia, que lo era, de construir o asediar y rendir plazas fuertes) se basaba, todavía en gran medida, en el uso de lo que podríamos llamar fuerza bruta.

En otras palabras, golpear, hasta que cayera, con cálculos muy aproximativos, el muro que se levantaba entre asediados y sitiadores.

¿Eso significaba que las gentes de 1638 se habían aproximado más, mucho más, hasta nuestra idea de la Ciencia al refinar esos cálculos mortíferos?

Pues la verdad es que no, que en aquella época, e incluso muchos años después, en pleno Siglo de las Luces, las Matemáticas, lo que hoy consideramos “Ciencia”, estaba todavía mezclado con una gran carga de pensamiento mágico que interpretaba la naturaleza en esos términos. Como algo producto de ideas mágicas.

Por ejemplo, para alguien de 1638 era tan cierta una suma -o una operación de álgebra que permitía lanzar con éxito una bala de cañón- como la llamada doctrina de las analogías. Es decir, la que consideraba que algo similar a otra cosa podía influir sobre ella. Por ejemplo, para ellos era cierto que una nuez, como su fruto era parecido al cerebro humano, podía curar el dolor de cabeza…

Así de simple y de sencillo. Y así de complejo también. De estas cosas, y algunas más, tendremos ocasión de hablar este miércoles a las 19:00 en Fuenterrabía, en su Casa de Cultura, en pleno corazón de la ciudad amurallada que resistió durante dos meses los esfuerzos de personas que trazaban complicados cálculos matemáticos para borrarla del mapa por medio de una verdadera tormenta de fuego de Artillería.

Todo ello mientras, quizás, filosofaban (así se hacía “Ciencia” en la época) sobre cuáles podían ser las virtudes de las telas de araña como vendaje, si era cierto que las cigüeñas sólo hacían sus nidos en países gobernados por repúblicas, si era posible cazar el león verde (es decir, transformar el plomo en oro)…

O, también, si bajo las aguas del estuario del Bidasoa habría sirenas que se sentirían molestas por el tronar constante de cañones y morteros. En aquel largo, lluvioso y feroz verano de 1638, en plena Guerra de los Treinta Años…

Temas

1638, centenario, Ciencia, conferencias, Fuenterrabía, Gran Asedio, Hondarribia, Magia, Richelieu, siglo XVII, sir Isaac Newton

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza

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