Por Carlos Rilova Jericó
Recuerdo que en las clases de Literatura en el Bachillerato algunos grupos de mi instituto leían al inefable H. P. Lovecraft. Obras suyas como las recogidas en “El horror de Dunwich”. En mi clase no tuvimos esa opción y descubrí mucho más tarde a aquel extravagante caballero de Nueva Inglaterra, en el verano en el que me prepararaba para empezar mi doctorado.
Fue un descubrimiento que mereció la pena. Como sabe cualquiera que haya leído a Lovecraft. Un autor por el que, evidentemente, nuestro hoy algo maltrecho sector educativo supo despertar la afición a leerlo. Tal y como descubri en aquel verano del año 2000, cuando vi que las ediciones de Alianza Editorial de las que disponían bibliotecas como el Koldo Mitxelena de San Sebastian, mostraban las tapas de las obras de Lovecraft completamente desgastadas. Señal de haber pasado, durante años, por muchas manos.
Algo perfectamente comprensible porque es difícil, una vez que se ha leído el primer relato de H. P. Lovecraft, resistirse a leer los restantes. Porque hay algo extraño, fascinante, casi irrepetible en el modo en el que aquel extravagante caballero de Nueva Inglaterra sabía reconstruir en obras como “El horror de Dunwich” aquella Historia de la que sentía nostalgia. La de los años en los que América del Norte era un conjunto de provincias británicas extendidas a lo largo de la costa que iba desde Canadá hasta Florida.
Un mundo pasado, el de la Nueva Inglaterra del siglo XVIII (principalmente), que Lovecraft sabía hacer revivir ante los ojos de los lectores hasta el último detalle, mezclando horrores atávicos de su invención (como los temibles dioses arquetípicos, Shub Niggurath, Yog-Sothoth, Cthulhu…), antiguas leyendas y aportaciones totalmente originales como las que despliega en la que es, tal vez, su mejor obra: “El caso de Charles Dexter Ward” que trascurre tanto en ese siglo XVIII de la Nueva Inglaterra colonial, como en los años 20 en los que Lovecraft escribió esa novela.
En todo ese magnético ambiente literario (es difícil no constatarlo así) encaja muy bien una curiosa canción que refleja el mundo del que salió ese otro mundo exacerbado, fascinante, que Lovecraft fue plasmando en sus relatos cortos y en novelas como “El caso de Charles Dexter Ward”. Esa cancion se ha titulado de diferentes maneras a lo largo de una parte de la Historia de la que no se conoce ni siquiera el comienzo. De todos modos la versión que mejor encaja con el mundo del que surgió la Literatura de H. P. Lovecraft es la que se tituló “In Good Old Colony Days”. Lo que traducido aproximadamente sería “Los buenos viejos días de la época colonial”.
La letra apenas varía sobre la que parece ser la original, exportada desde Inglaterra, que recibió el título, evocador sin duda, de “King Arthur Had Three Sons” o “In Good King Arthur’s Days“. Es decir: “El Rey Arturo Tenía Tres Hijos” o “En los Días del Buen Rey Arturo”. Todo ello de acuerdo a la versión documentada más antigua de la letra, que está hoy archivada en la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford y fechada en el año 1804.
Sin embargo todo apunta a que en Inglaterra, y en las que fueron sus colonias en América, hasta 1783, debía ser bien conocida mucho antes.
En la versión que se haría popular en América, la letra variaba de la mítica corte del rey Arturo a los momentos de la Historia que fascinaron a Lovecraft y con los que él ha fascinado a tantos lectores. Así las estrofas de esa versión dicen que en los viejos días de la época colonial, cuando aún se vivía allí bajo la autoridad de un rey, había tres canallescos tipos (“three roguish chaps”) que se dedicaban a practicar torcidas acciones (“mishaps”) porque no podían cantar. A causa de esto los tres pícaros acabarán sufriendo un aciago destino a causa de esas malas acciones que tiene que ver con sus oficios.
Uno de ellos, como dice la canción, era un molinero, el segundo era un tejedor y el tercero un pequeño sastre. Todos ellos, como siguen narrando las estrofas, hacían justo lo contrario de lo que se esperaba de sus respectivos trabajos. Así el molinero se dedicaba a robar el grano y el tejedor el hilo. Por su parte el sastrecillo, a su vez, robaba paño fino de lana (“broadcloth”) para mantener calientes a los tres.
Tan malvadas acciones llevarán a los tres pícaros a sufrir los avatares de aquellos que, como dice la moral tradicional, acaban mal porque caminan mal por el sendero de la vida.
Así las siguientes estrofas de la canción cuentan que el molinero terminó ahogándose en la presa de su propio molino y que el tejedor se ahorcó con su propio hilo. Por su parte el sastrecillo acabará sintiendo que el mismísimo Diablo clava su garra en él mientras aún llevaba bajo su brazo la tela fina de lana.
La canción, sin duda, es irónica y por su ritmo está claro que no pretendía mucho mas allá de ser un divertimento musical para cantar en solitario o a coro en fiestas y situaciones similares. Sin embargo esta clase de folklore es la que convirtió a Howard Phillips Lovecraft, aquel extraño, extravagante, vecino de Providence (capital del pequeño estado de Rhode Island), en el escritor que reivindicaba esos mismos buenos viejos días de la época colonial en los que América era un conjunto de provincias gobernadas por un rey. Como se dice en “In Good Old Colony Days”.
De hecho esa canción tan baqueteada, desde la mítica y mitificada Inglaterra medieval del rey Arturo hasta los días del dominio britanico en America, lo tenía todo para gustar a Lovecraft y a su mundo literario. “In Good Old Colony Days” habla, en efecto, de tres artesanos dedicados a hacer lo característico de la Nueva Inglaterra que tantas veces aparece en los relatos de Lovecraft. Es decir: gobernar molinos en los que podía desaparecer el grano que se llevaba a moler por los granjeros cercanos (cosa bastante habitual tanto en la Europa como en la América de la Edad Moderna). O tejer cestos y tela que luego algún pequeño sastre podría convertir en cálidos vestidos de buen paño de lana. A lo que hay que sumar el destino truculento de los tres protagonistas. Uno ahogado en su propio molino, otro suicidado ahorcándose con su propio hilo robado y el tercero cayendo víctima de la garra del Diablo que se posa sobre el brazo en el que llevaba ese buen paño de lana robado.
La magnífica (y recomendable) biografía que L. Sprague de Camp escribió sobre Lovecraft, puede ayudar a entender mejor lo bien que todo eso que dice la canción “In Good Old Colony Days” encajaba en el universo literario de aquel extravagante vecino de Providence.
Sprague de Camp nos señalaba así que Howard Phillips Lovecraft era descendiente de una familia de gran solera en esa provincia -o colonia- inglesa pero que, a lo largo de los siglos (hasta llegar al XX) había ido perdiendo ascendiente social y, sobre todo, fuste económico, viendo sus propiedades reducidas desde aquellos buenos viejos días de la época colonial. Algo que sin embargo Howard Phillips Lovecraft no fue capaz de asumir, eligiendo comportarse durante su más bien breve -aunque fértil- existencia como si fuera un terrateniente de aquella época en la que Rhode Island era, todavía, una leal provincia del rey Jorge III.
Algo que, sin embargo, no le impidió convertirse en un popular escritor de la era del “Pulp”, de las novelas de pasta blanda, junto con nombres mucho más conocidos como Robert E. Howard (el creador de otro universo fantástico de largo recorrido y más éxito económico como el de Conan el Bárbaro), donde encajaban perfectamente historias como las de molineros, tejedores y sastres que, al final, por sus malas acciones en los idílicos días de la América colonial (que tanto añoraba H. P. Lovecraft) acabaron cruzándose nada menos que con el mismísimo Diablo.
De tradiciones así se alimentó la Literatura de un H. P. Lovecraft que, sin embargo, como nos dibujaba perfectamente la biografía que le dedicó Sprague de Camp, vivía no ya en aquellos buenos viejos días de la época colonial, sino en los locos años veinte. La época del gran Gatsby, la de los apabullantes automóviles, la de las mujeres que, como Sonia Greene (la breve esposa de Lovecraft), se ganaban la vida por sí solas y a las que ya era muy difícil obligarles a quedarse en un segundo y decorativo plano y vestir un vestido con miriñaque y corsé de ballenas.
Como ocurría en los buenos viejos días de la America colonial en los que tres canallescos tipos se vieron metidos en líos por no poder cantar…