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Carlos Rilova

El correo de la historia

El puente de Arnhem y tres vidas paralelas: Mendizabal, Montgomery y Wellington (1812-1944)

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, el jueves 24 de septiembre, se cumplirá otro aniversario de una de las batallas más recordadas de la Segunda Guerra Mundial. La de Arnhem, en Holanda, popularizada por otra de esa monumentales películas bélicas del siglo XX: “Un puente lejano”.

No es, pues, ésta una mala ocasión para recordar la vida de tres generales, dos ingleses y un español, y sus avatares durante las guerras napoleónicas y esa segunda guerra mundial. No lo es porque la “Operación Market Garden” iniciada el 17 de septiembre de 1944 y concluida -en fracaso aliado- el 24, tiene muchos paralelismos (de esos que hubieran gustado a Plutarco) con lo ocurrido en septiembre, octubre y noviembre de 1812 durante las guerras napoleónicas en España que los británicos bautizaron como “Peninsular War”. Y donde el general Mendizabal y el general Wellington se vieron en una situación muy parecida a la que se desencadenó en la Holanda ocupada de 1944 por decisión del mariscal Montgomery.

En 1812 Wellington había disfrutado de su equivalente al triunfo del Día-D y la liberación de París. En julio de ese año, en efecto, había librado una batalla resuelta de una manera magistral. La de los Arapiles que para los británicos es la “de Salamanca”. A resultas de eso el ejército aliado podía avanzar hacia el Norte de España y se veía con claridad la posibilidad de expulsar ese mismo año a los ocupantes napoleónicos del país y con ello adelantar el final de una guerra que ya se alargaba demasiado. Especialmente para los británicos, que eran quienes más sangría económica estaban sufriendo. Un vago descontento que, como nos señala Andrew Roberts en su excelente biografía (también paralela)Napoleón y Wellington”, iba a ser explotado por los whigs y los radicales ingleses a la menor ocasión que se presentase para hundir a todo el partido “Tory”, a los conservadores británicos, de los que Wellington era el ejemplo más visible y perfecto.

Wellington, desde luego, estaba ansioso por lograr en 1812 ese golpe definitivo y apuntarse el tanto. Eso, como ya se ha narrado en otros correos de la Historia, lo llevó a las puertas de la plaza fuerte de Burgos en octubre de 1812. Tras haber conseguido que los franceses evacuasen Madrid a resultas de la victoria en los Arapiles. Ese movimiento táctico debía ser la “Operación Market Garden” de Wellington. Pues al igual que en septiembre de 1944, se trataba de eso, de acortar la guerra. Tal y como Montgomery quería.

Naturalmente había diferencias entre el plan de Wellington y el plan de Montgomery. En 1944, como nos contaba Cornelius Ryan en Un puente lejano” (libro que merece capítulo aparte y en otra ocasión), el mariscal Montgomery se aseguró no sólo de tener el mando absoluto de la operación (pasando por encima de otros oficiales como Eisenhower, que tuvo que transigir), sino un apoyo masivo de tropas y armamento aéreo y terrestre.

Algo que resumía Ryan del siguiente modo: la operación “Market” era la fase aérea e implicaba nada menos que a 5000 aparatos de la Aviacion aliada. Desde cazas equipados con cohetes para actuar como cazabombarderos, hasta cazas de escolta y, sobre todo, transportes de tropas paracaidistas. Tanto unidades británicas como norteamericanas que, siguiendo un esquema parecido a la “Operacion Overlord” del Día-D, debían saltar tras las líneas enemigas y tomar puntos estratégicos. Como el famoso puente de Arnhem.

La suboperación “Garden” implicaba un aporte igualmente masivo de tropas terrestres, principalmente apoyadas por unidades blindadas .

Con las dos se esperaba coger en tenaza a las tropas alemanas de vanguardia. Un plan ambicioso, pero que desde luego tenía un apoyo de material y hombres masivo y bien organizado.

No podía decir lo mismo Wellington en 1812. Marchaba, es cierto, con unidades bien fogueadas en batallas campales como la de Chiclana, La Albuera y, sobre todo, la de los Arapiles. Sin embargo su tren de Artillería era absolutamente precario. Un grave fallo y más en un militar de carrera, de academia, y con amplia experiencia desde joven. Como lo era Wellington.

Poner asedio a una plaza fuerte como Burgos con la escasa Artillería de bajo calibre con la que marchaba Wellington desde Salamanca, era, desde luego, una invitación segura a lo que ocurrió una vez que se comenzó el asedio para rendir esa plaza que era fundamental tomar para poder seguir avanzando por la misma carretera que -hoy día convertida en autovía- une la frontera del Bidasoa con Madrid y el Sur de la Península.

La Artillería de la que disponía Wellington era, en efecto, prácticamemte inútil para doblegar una plaza fuerte abaluartada como Burgos. Muy bien diseñada por los excelentes ingenieros militares que desde el siglo XVI estaban al servicio de la Corona española, creando estos mortíferos ingenios. Algunos de los cuales aún se pueden ver y hasta han sido premiados por la Unión Europea. Como ocurre en el caso de la ciudadela de Jaca.

El resultado fue similar al que Montgomery tendría que afrontar en septiembre de 1944, pues en el otoño de 1812 el imperio napoleónico aún contaba con suficientes recursos para lanzar una contraofensiva y ésta era mucho mayor de lo que se esperaba.

De ese modo Wellington quedó atrapado entre las fuerzas a las que asediaba y las que, desde el Norte, enviaba el alto mando napoleónico en socorro de la plaza sitiada que estaba cumpliendo, perfectamente, el papel para el que había sido creada. Es decir: ser un obstáculo que impedía avanzar más a cualquier ejército enemigo. En este caso hacia el Norte de España, aunque el plan inicial de esos baluartes era detener, claro está, el avance de un posible invasor del país hacia el Sur, hacia el corazón y la capital de España.

Para Wellington el resultado fue una accidentada retirada que no acabó en un desastre mayor (como ya se ha relatado en anteriores correos de la Historia) gracias a la intervención del Séptimo Ejército español bajo mando de un general vasco especialmente desagradable para Wellington: Gabriel de Mendizabal e Iraeta, que ejecutó una maniobra magistral en esos momentos para contener el avance de los refuerzos franceses y evitar que pudieran alcanzar, en plenitud de efectivos, a un Wellington que se retiraba más allá de Salamanca. Hacia el que había sido su seguro refugio durante casi toda la guerra: Portugal y, sobre todo, las líneas de Torres Vedras, perdiendo así todo el terreno ganado desde julio de 1812.

La maniobra de flanqueo de Mendizabal y el Séptimo Ejército español, por otra parte, permitió conservar ciudades clave en el Norte de España (como Oviedo y Gijón) y pasar a una ofensiva que dejaba la plaza de Burgos embolsada por el Norte desde las Merindades al avanzar las líneas españolas hasta Reinosa, que cae en enero de 1813, y alcanzar las inmediaciones de Bilbao tras la Batalla de Sámano en Castro Urdiales.

Montgomery no tuvo tanta suerte en 1944. Su operativo se tuvo que retirar también pero se perdieron cantidades ingentes de material, de prisioneros y de bajas (Cornelius Ryan habla de un número mayor del que se había perdido el Día-D) a cambio de nulas ganancias de terreno.

En este caso el general Mendizabal de Montgomery que evitó un desastre aún peor, fue la aplastante superioridad industrial y de material con la que contaban las fuerzas aliadas que actuaron de dique de contención del fiasco en el que acabó la “Operación Market Garden”.

¿Hay algún conocimiento útil que sacar de estas comparaciones y paralelismos, como pretendía Plutarco en su día? Yo, modestamente y salvando muchas distancias, diría que sí.

El primer conocimiento útil a extraer de esas historias paralelas sería que nuestras guerras europeas de los últimos cuatrocientos años (desde los tiempos de Luis XIV al menos) se parecen mucho. Siempre aparece alguien que quiere conquistar ese corazón del mundo que es Europa, provoca una guerra o serie de guerras a escala masiva y con ello la aparición de una o varias coaliciones que, tras grandes derramamientos de sangre, lo derrotan. Pese a reveses como el de Burgos en 1812 o el de Arnhem en 1944.

El segundo conocimiento útil que se podría sacar de esta comparación, es ya más de consumo interno para españoles y tiene que ver con la sempiterna cuestión del porqué se conoce mejor la Historia anglosajona que la española. O, en otras palabras, por qué Wellington y Montgomery son, todavía hoy, más conocidos (incluso por sus fracasos) que el general Mendizabal que evitó que la “Operacion Market Garden” de las guerras napoleónicas acabase en un desastre que podría haber dado a esos hechos un final muy diferente al que conocemos hoy día…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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