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Carlos Rilova

El correo de la historia

El poder de un simple cuadro. De la Guerra de Independencia de Estados Unidos al sangriento agosto de 1914

Por Carlos Rilova Jericó

No es la primera vez, ni será la última, supongo, que he comentado en el correo de la Historia ese debate entre historiadores sobre lo conveniente -o no- que es escribir Historia a golpe de fechas “históricas”. Como el “x” centenario (generalmente redondo) de algún hecho del pasado. El 250 aniversario de la Guerra de Independencia de Estados Unidos no es, por supuesto, ninguna excepción. Pero, a decir verdad, es difícil no acordarse de ciertas lecturas, de datos curiosos… sobre aquellos días. Aunque lo cierto es que el tema del que voy a hablar hoy aquí, tampoco necesitaría de esa que algunos atrevidos llamarían “excusa”.

Se trata de un cuadro que pertenece a un género (o más bien subgénero) de Pintura muy especial: los cuadros “de muertes”.

No es algo a lo que se le dedique mucha atención en la Historia del Arte con “H” y con “A” mayúscula. Es más, cuando la cuestión fue tratada por Simon Schama, un controvertido colega británico, le llovieron algunas críticas bastante agrias por parte de otros historiadores que consideraban que eso eran cosas sin importancia.

Yo discrepo totalmente de esa opinión. Y por buenas razones. Es más, al menos parte de lo que dice Schama sobre esta cuestión me parece relevante y útil para adentrarse en la Historia y comprenderla mejor. Algo que, al fin y al cabo, es lo que se supone debemos hacer los historiadores.

Y es que Simon Schama señalaba en su libro “Certezas absolutas” algo realmente importante para comprender hechos del pasado, analizando cuadros como el de la muerte de Nelson o el dedicado a la de Jane McCrea.

El denominador común de cuadros como esos, y algunos más, es que no pretendían ser crónicas exactas de un hecho histórico, sino idealizaciones que caían, a veces, en una falsificación estruendosa. El caso de Jane McCrea (del que ya se habló en otro correo de la Historia) era, precisamente, de los más llamativos, porque el lienzo narraba justo lo contrario de lo que en realidad había ocurrido durante un enfrentamiento entre el Ejército Continental de los insurgentes norteamericanos y las tropas británicas, apoyadas, tanto uno como las otras, por nativos americanos.

Sin alejarnos de ese período histórico, esa Guerra de Independencia norteamericana que ahora cumple 250 años, casi lo mismo podría decirse de un cuadro de John Trumbull (uno de los maestros de la Pintura estadounidense que oscila entre el Neoclasicismo y el Historicismo) dedicado a la muerte del general Joseph Warren en la Batalla de Bunker Hill el 17 de junio de 1775. Cuando se llegó al punto de no retorno de aquel conflicto entre los británicos de los dos hemisferios. El americano y el europeo.

Warren era uno de los principales ideólogos de esa revolución. Incluso lo que hoy llamaríamos un propagandista que escribió canciones como “Free America”. Con la cual, parodiando el ritmo de la bien conocida “Marcha de los granaderos británicos”, animaba a los “americanos” a oponerse al dominio tiránico (según él) de Gran Bretaña.

Warren, todo hay que decirlo, no se quedó en meras palabras y cuando llegó la hora del enfrentamiento armado estaba dispuesto a dar la vida. En la jornada de Lexington y Concord, cuando se hicieron los primeros disparos (y cayeron los primeros muertos por ambas partes), él marchaba con las milicias insurgentes y estuvo a punto de morir de un disparo en la cabeza.

Sin arredrarse por eso (pese a los desvelos de su madre, que, dicen, le reprochó exponerse de esa manera), el doctor Warren volvió al campo de batalla y allí, en Bunker Hill, en las cercanías de Boston, el disparo fatal por fin acertó.

Se dice que le impactó en pleno rostro y lo mató de inmediato cuando los británicos, por fin, lograron abrirse paso con su Infantería tras varios intentos fallidos. Warren se negó en ese momento crítico a batirse en retirada y permaneció en el reducto que defendía para cubrir la huida de sus compañeros. Fue allí donde le alcanzó ese disparo mortal.

A partir de ahí la pintura de Trumbull crea una narración artificial que dota a la muerte de Warren de una aureola heroica. Así, habiendo recibido un impacto pleno en el rostro o en otra parte de la cabeza es bastante difícil que Warren estuviese tan inmaculado como se le ve en el cuadro de Trumbull, donde parece, más bien, que ha sufrido un desmayo y no un disparo mortal y brutal. La cara de Warren en el cuadro es, además, casi la de un adolescente que apenas ha despertado a la vida. En realidad el doctor Joseph Warren era un hombre curtido. Casado y padre de varios hijos que, además, al enviudar de Elizabeth Hooton en 1773, pudo mantener nuevas relaciones amorosas con otras dos mujeres. Concretamente con Sally Edwards (a la que habría dejado embarazada) y con Mercy Scollay: la niñera de los hijos del primer matrimonio de Warren. Aunque ese sea un extremo aún por afirmar -o desmentir- categóricamente según se deduce de un artículo de la escritora e investigadora Janet Uhlar en el “Journal of the American Revolution”…

Otro tanto ocurre con el nudo visual dramático que ocupa el centro del cuadro junto a Joseph Warren muerto (o agonizando) mientras un granadero británico intenta clavar en él su bayoneta. Algo que el comandante John Small trata de impedir apartando con su mano el mosquete.

Eso y el resto de la escena, plagada de detalles como otra muerte dramática en esa batalla (la del comandante británico John Pitcairn, que sirve de contrapunto a la de Warren) componen un conjunto pulcro, aceptable para las paredes de una institución -como el Congreso de los ya establecidos Estados Unidos o un apropiado museo- pero lejos de lo que se sabe de cierto de esos hechos incluso a través de obras de historiadores decimonónicos como Richard Frothingham, que dedicó una minuciosa obra al protagonista de ese cuadro titulada “The Life and Times of Joseph Warren”. Entre la página 517 y 520 de la edición de esa obra del año 1865 (actualmente reeditada por Applewood Books) Frothingham reúne diversas fuentes sobre esos hechos. Tanto acerca de la muerte de Warren como sobre lo que le ocurrió a su cuerpo después. Hay algunas realmente imaginativas, que reducen al doctor a simple ayudante de lechero que había llegado a oficial en el Ejército Continental a base de ambición. Otras son más precisas y hablan de cómo Warren cayó mortalmente herido y de un modo bastante menos limpio que el que Trumbull eligió reflejar en el cuadro.

Las variadas fuentes de Frothingham indican que el doctor Warren recibió el impacto en la parte trasera de la cabeza y sólo tuvo tiempo de llevarse la mano a la herida que manaba sangre. Algo que se confirmó al desenterrar su cuerpo días después. No parece que ese cadáver fuera especialmente maltratado a propósito (como dicen algunas otras fuentes y Trumbull trató de ocultar con el gesto caballeroso de John Small), aunque sí saqueado en parte, pues su fina casaca de seda fue vendida por un soldado británico en Boston. También parece cierto, según las fuentes que Frothingham recoge de testigos presenciales, que en el tercer avance británico en el que moriría Warren, su cuerpo fue dejado de lado tanto por los insurgentes como por las tropas británicas, que no sabían siquiera quién estaba muerto o agonizando en el suelo o dentro del reducto.

Nada de todo esto, por supuesto, se ve en la Pintura de Trumbull. Pero no importa. O no importó desde 1786, cuando el cuadro fue acabado. De ese modo generaciones de jóvenes americanos, franceses, británicos… se educaron creyendo que la muerte en batalla era así y no como la describen los crudos relatos presenciales.

Y fue también así como muchos jóvenes franceses o británicos concurrieron a los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914, creyendo que la Guerra sería poco más que eso, que incluso si no llegaban vivos y enteros al desfile de la Victoria y morían, lo harían de ese modo romántico, glorioso. Al fin y al cabo los grandes pintores (como Trumbull) inspiraban a los que ilustraban libros y revistas para jóvenes como “The Boy´s Own Paper”… Pronto, en septiembre de 1914, muchos de esos incautos y jóvenes lectores y espectadores descubrirían que entre el Arte y la realidad se abren, a veces, auténticos abismos de horror insospechado. Como los que existían entre el pincel de John Trumbull y la pluma de historiadores como Richard Frothingham…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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