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Carlos Rilova

El correo de la historia

¿Dejando atrás una dura posguerra? El “Western” cómico (1960-1975)

Por Carlos Rilova Jericó

No es la primera vez -y supongo que tampoco será la última- en la que las páginas del correo de la Historia se fijan en el género del “Western” para hablar de eso precisamente, de Historia.

Del que se ha llamado “Western” crepuscular se ha dicho algo varias veces en esta tribuna. Sin embargo de su otra cara, la de ese que llaman “Western” cómico, no se ha tratado nunca. Hasta hoy. Y, sin embargo, es un tema que dice mucho sobre la Historia. Tanto de la época que ha inspirado películas como esas, como de la década larga (prodigiosa para algunos) que se volvió hacia aquel pasado para verlo desde esa vena cómica.

Un reciente artículo publicado en “El Debate”, firmado por Belén Ester, ponía como fecha de partida de esas curiosas películas 1960 y elegía como ejemplo de ellas “Alaska, tierra de oro”, protagonizada por dos pesos pesados del Hollywood clásico: John Wayne y Stewart Granger y que, además, estaba dirigida por Henry Hattaway. Un director que había firmado obras clásicas ensalzando, de manera muy seria, la épopeya americana del “Western” con títulos como “La conquista del Oeste” o “Los cuatro hijos de Katie Elder” donde, además, John Wayne tenía un papel protagonista.

Esa lista se prolongaba hasta el año 1979 con “El rabino y el pistolero” donde brillaba un Harrison Ford en equilibrio entre su papel de Han Solo (que le daría el salto a la fama) y el de Indiana Jones que lo haría aún más famoso, alejándolo de interpretar personajes de segundo orden como el de ese “Western” cómico.

La lista de Belén Ester, como todo, es discutible. De ella se podrían haber quitado algunos títulos (como “Dos mulas y una mujer”, que no es exactamente una película cómica pues abunda en hechos muy serios como los del México juarista). Y se podían haber añadido otros que -esto también puede ser opinable- marcan mucho más los perfiles de esos “Western” cómicos y lo que nos pueden revelar sobre la época que decidió llevarlos a la pantalla, arriesgándose a que el público que, hasta entonces, iba a ver a John Wayne imponiendo ley y orden a punta de revólver decidiera volver la espalda a esas inversiones millonarias.

Así pues de la lista de “El Debate” yo me quedaría con “El gran McLintock” (1963), aunque tiene tintes a veces de “Western” crepuscular, con “La batalla de las colinas del whisky” (1965), (un ejemplo bastante claro de “Western” cómico), con “También un sheriff necesita ayuda” (1968) y con “La leyenda de la ciudad sin nombre” (1969). Pero a éstas yo añadiría la pésimamente titulada en español como “El Oeste loco” (en realidad “Pozo número 3” en la versión original), estrenada en 1967, “Sam Whiskey” de 1969, “El club social de Cheyenne” de 1970, “Latigo”, de 1971, en la que James Garner volvía a un papel parecido al de “También un sheriff necesita ayuda”, y, sin ánimo de hacer una lista exhaustiva,“La primera ametralladora del Oeste” también de ese año. Todo eso dejando aparte la saga de películas “del Oeste” protagonizadas por Terence Hill en solitario en “Y después le llamaron El Magnífico” (de 1972) o en compañía, ad infinitum, de Bud Spencer.

¿Qué es es lo que hace para la Historia tan interesantes a todas esas películas que he mencionado? La respuesta es sencilla, bajo la apariencia de un entretenimiento irrelevante (muy irrelevante a veces a decir verdad), son el producto de un momento histórico muy singular, como se puede ver por el listado, porque todas ellas son estrenadas a mediados de la década de los sesenta y comienzos de la de los setenta del siglo XX.

Con ello se cumple una de las leyes de los historiadores que se han consagrado a escribir, precisamente, la Historia del Cine. Es decir: que las películas, si son de las que se pueden considerar -de un modo u otro- como “Cine histórico” (y los Estados Unidos de 1860, 1870, 1880… son Historia evidentemente), generalmente reflejan no tanto ese tiempo pasado, histórico, como la propia época en la que fueron producidas que acaba por reflejarse en ese pasado. O, como parece que ocurre en el caso del “Western” cómico, expresar ahí, en la Gran Pantalla, sus dudas sobre el presente derivado de ese pasado.

En efecto, la mayor parte de las películas que he citado, y algunas más como “El día de los tramposos” (de 1970) que aparecen en la lista de “El Debate”, hablan de un Viejo Oeste que no es el épico de John Ford.

Así es. No hay ya en esas películas héroes que llevan, a punta de revólver y sable y carabina del Séptimo de Caballería, la civilización del Hombre Blanco a esas tierras lejanas por las que el Caballo de Hierro y el Telégrafo deben avanzar escribiendo el Destino Manifiesto de la América Blanca, Anglosajona y Protestante que pasa por encima de todo. Primero de los “salvajes”. Después de los hispanos que ya habían ocupado gran parte de esos territorios. E incluso los habían poblado y comunicado por medio de vías como el Camino Real de Tierra Adentro, que pasaba por el que más tarde sería ese estado de Texas, imprescindible en el “Western”.

Todo apunta así en esas películas a que la sociedad norteamericana ha dejado de creer en ese otro “Western”, más serio, más “limpio”, al estilo de John Ford o de Raoul Walsh.

Pero ¿cómo fue posible ese giro de guion, ese cataclismo cultural que amenazaba con conmover hasta los cimientos de los escenarios fordianos de Monument Valley donde tantas veces había resonado el tan conocido toque de carga del 7º de Caballería?

La respuesta a esa pregunta es bastante sencilla: Estados Unidos, como el resto del mundo occidental, vive en esos años, a mediados de la década de los sesenta, dos situaciones contradictorias, casi opuestas, que van a crear un nuevo público que o desconfía o se ríe de la épica del viejo “Western”.

La primera es que en esas fechas las estrecheces de la posguerra mundial han quedado atrás, se vive en una mayor opulencia y seguridad material, lejos de esos momentos de cierta austeridad y el público ya no necesita que la Gran Pantalla le haga olvidar (con mucho foco y mucho brillo de satén) lo gris de una vida cotidiana donde todavía se recuerdan las cartillas de racionamiento (en Gran Bretaña no se suprimen hasta julio de 1954) y los escombros de los bombardeos. Puede decirse que el público madura y se siente lo bastante seguro en esa nueva vida cotidiana como para aguantar golpes de realidad como los que se ven en otra clase de “Western” más duros como “Odio en las entrañas”. O películas que se ríen del Viejo Oeste de John Ford. Un cambio muy bien descrito, por cierto, en “The sixties”, un libro que ya se ha mencionado en alguna ocasión en otro correo de la Historia.

El segundo factor que alienta todo esto es que los Estados Unidos de mediados de los sesenta se van a ver envueltos en una guerra turbia e impopular que los va a traumatizar hasta los años 90 del siglo XX. Así es: en 1964 Estados Unidos ha entrado, por la Resolución de Tonkín, en la que hasta entonces había sido la guerra de descolonización de la Indochina francesa y se va a convertir desde ahí en otra guerra que será otro de los escenarios favoritos de Hollywood: la de Vietnam.

El “Western” cómico sería, pues, la cara amable de lo que demandaba ese público con mayor seguridad económica y cargado de desconfianza ante aventuras bélicas de dudoso origen y resultado y así veía con gusto incluso proclamas antibelicistas en clave de humor desopilante como las de “La primera ametralladora del Oeste”, la sexualidad desenvuelta de “El club social de Cheyenne” y la poliándrica de “La leyenda de la ciudad sin nombre”. O equívoca y hasta tocada de ribetes de violencia semiconsentida como la, a veces, oscura narración de “El Oeste loco”.

Es así como triunfan películas cargadas de antihéroes que, además, en contra de la narrativa del Hollywood clásico del Código Hays, obtienen ese éxito dando a entender al publico que, tahúres y revientabancos como los que aparecen en “También un sheriff necesita ayuda” o “Sam Whiskey”, son tipos aceptables. Incluso admirables o cuando menos personajes que hacen pasar un rato entretenido y hasta divertido como los protagonistas de “El día de los tramposos”.

Así es como se da por amortizado a John Ford y su Cine en esos Estados Unidos que se debaten entre la opulencia y seguridad económica de los sesenta del siglo XX y la incertidumbre y el rechazo ante la Guerra de Vietnam que crea un nuevo público. La primera crisis del petróleo, en 1973, dará un nuevo giro a los acontecimientos y con ello el “Western” entrará en una nueva etapa que lo llevará al de tipo crepuscular y a su casi virtual desaparición hasta muchos años después, cuando comience un nuevo ciclo histórico entre el siglo XX y el XXI…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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