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Carlos Rilova

El correo de la historia

Un homenaje para un pintor romántico: Théodore Géricault (1791-1824)

Por Carlos Rilova Jericó

Hace un par de semanas comentaba los problemas de la Historia con las fechas “redondas”. Al hilo de una de ellas y de las quejas de eminentes historiadores franceses sobre que la Historia no debería salir a la palestra pública por esa razón. Una crítica llena de razón porque, como ellos comentaban, años ha, la revolución francesa era tan importante en 1988 como 1990 y no sólo el 14 de julio de 1989, cuando se cumplía su segundo centenario.

Por otra parte es también una opinión muy oportuna y que viene muy a mano hoy, 26 de enero del año 2026, el día en el que, por una mínima casualidad para ese “redondeo” de cifras, no se cumple el 200 aniversario de la muerte de un gran pintor del Romanticismo: Théodore Géricault.

Se cumple, eso sí, para los aficionados a la Numerología, en este 26 de enero de 2026, el 202 aniversario de ese viaje de tan gran pintor a la laguna Estigia.

Aparte de para estudiosos y estudiantes de Historia del Arte, quizás Géricault resulta desconocido. Y eso a pesar de que en el tan visitado cementerio parisino de Père Lachaise cuenta con un bonito mausoleo con su obra más famosa: “La balsa de la Medusa”. Una pintura que está hoy en el Museo del Louvre y que, de momento, parecen despreciar las masas que se concentran ante la célebre Mona Lisa para disfrutar de ella durante apenas un nanosegundo y sin saber muchos que esa no fue precisamente la obra maestra de Leonardo. Por más que autores de bestsellers se hayan empeñado en darle esa fama que ya se está volviendo algo tóxica.

De “La balsa de la Medusa” podemos decir muchas cosas. La primera, quizás, que en este mismo periódico, hace ya algunos años, con motivo de otro centenario “redondo” de Géricault, Juan Aguirre Sorondo, le dedicó una magnífica columna que recomiendo leer.

Aparte de eso hay que decir que ese cuadro es el que justamente ha ganado fama, como pintor romántico, para ese Thédore Géricault que dejaba este mundo hace hoy 202 años.

Hugh Honour, uno de los mayores estudiosos de eso que, como bien dice él, hemos llamado “Romanticismo” por darle algún nombre, señala en su libro precisamente titulado así, “El Romanticismo”, que ese cuadro de Géricault encarna perfectamente lo que fue algo tan difícil de definir como movimiento artístico.

El cuadro fue presentado en el año 1819 y narraba un tema bastante incómodo y más todavía si se tenía en cuenta que lo había pintado el hijo de un acomodado abogado francés que así se pudo dedicar al Arte, sin estrecheces económicas, durante la mayor parte de su corta vida que acabaría con solo 32 años a causa de una tisis galopante, de acuerdo pues con lo que se asociaba a lo que debía ser un artista romántico. Dejando aparte el desprecio a una vida acomodada económicamente.

La balsa de la Medusa” representa, en efecto, un tema muy incómodo en manos de Géricault y en el París del año 1819. Y es que ese cuadro dramático recordaba varias cosas muy desagradables para las clases altas de esa Francia que ha enterrado el sueño imperial de Bonaparte no hace demasiado tiempo y trataba de recuperar ese orgullo herido y de superar la división interna entre legitimistas borbónicos, partidarios del regreso del rey en 1815, y los que añoraban el frustrado sueño bonapartista.

Algo que no se iba a conseguir hasta que el Congreso de Verona, en 1823, enviase un Ejército francés a combatir la revolución española. Chateaubriand, otro genio romántico aunque distinto a Géricault, lo afirmará así en sus funciones de ministro francés en ese año y literato entregado a la causa borbónica aun en los tiempos más aciagos en los que el negro sombrero de Napoleon y su redingote gris se extendían sobre Francia, y Europa, como una alargada -y poderosa- sombra.

Pero, entre tanto, en 1819, parecía poco conveniente recordar que la fragata Méduse, barco de guerra de la restaurada majestad de Luis XVIII, había naufragado en 1816 ante las costas de África a causa de que el mando, como antes de la revolución, se había dado a un capitán incompetente -Hugues Duroy de Chaumareys- tan sólo porque era de noble cuna y, además, un contrarrevolucionario (y de rechazo antibonapartista) de primera fila, exiliado de Francia desde 1790 hasta 1815. Así era como se había llegado a una situación realmente dramática en la que los supervivientes del naufragio de la Méduse tuvieron que sobrevivir en duras condiciones -que incluyeron el Canibalismo- porque De Chaumareys los abandonó a su suerte tras el naufragio.

Realmente Thédore Géricault, ese pintor que dejaba tan joven este mundo hace hoy 202 años, tenía esa clase de talento propio del artista contemporáneo para expresarse sin trabas, sin atender a consideraciones prudentes y calculadoras -como la de no ofender a los partidarios de la Restauración borbónica- y al mismo tiempo ser capaz de triunfar con su obra.

Eso es justo lo que consiguió en el Salón de París de 1819 donde los artistas admitidos presentaban sus obras para conquistar al público que podía pagar por esas esculturas, pinturas…

Nos dice Hugh Honour que “La balsa de la Medusa” no causó finalmente ningún escándalo, que, de hecho, gustó. Pese a que Géricault, fiel a la escuela neoclásica, representa a unos hombres desesperados, perdidos en una balsa frágil, con el aspecto de héroes de la Antigüedad clásica al estilo de una auténtica bestia negra para esa élite de la Restauración: Jacques-Louis David, el pintor de la Revolución primero y glorificador, más tarde, del que esa burguesía y nobleza de 1819 llamaba “el usurpador Bonaparte”…

Gustó el cuadro de Géricault en ese salón de 1819 también pese a que, como también nos indica Hugh Honour, representaba a gente vulgar, al pueblo víctima de la torpeza de la oficialidad del régimen restaurado que había hecho naufragar a un poderos barco de guerra de Luis XVIII, la fragata Méduse, recordando que la nueva Francia todavía tenia que asimilar que era una potencia vencida y por la que la púrpura imperial y las brillantes victorias de Bonaparte habían pasado hacía ya bastante tiempo.

No causó escándalo el cuadro de Géricault por ninguna de esas razones. Ni tampoco causó cólera, desprecio, enfado… por el hecho de ser la obra de un pintor que sí había causado mas de un resquemor en años anteriores. Por ejemplo en 1812, cuando presentaba en el Salón de París el cuadro de un cazador a caballo de la Guardia Imperial en pleno triunfo, a la carga sobre aquella Europa que aún parecía totalmente dominada por Napoleón. Algo que no impediría a Géricault cambiar de criterio (o de chaqueta), como tantos otros en aquella Francia postnapoleónica, cuando dos años más tarde, en noviembre de 1814, lo que presentaba en el siguiente Salón era el retrato de un coracero, otro oficial de las gloriosas huestes napoleónicas, pero desmontado y herido retirándose de la línea de batalla. Mostrando así claramente que las expectativas de 1812 estaban ya truncadas y que el París de Napoleón se había rendido, en abril, ante los ejércitos españoles, portugueses, británicos, austríacos, prusianos, rusos… que restauraron a Luis XVIII.

Un tema éste de la derrota napoleónica que, como nos recuerda una vez más el libro de Hugh Honour, no era ninguna evanescente y oportunista casualidad en la obra de Géricault, sino algo sobre lo que el pintor volvería en los años siguientes. En otras obras suyas, en las que se veía a soldados del Ejército napoleónico batidos en retirada, heridos, en poses que distaban mucho de su triunfante oficial de la Guardia Imperial del año 1812.

Si tuviéramos que resumir el genio de Jean-Louis André Thédore Géricault de algún modo en este 26 de enero de 2026, en el que se cumplen justamente 202 años de su fin en este mundo, creo que no se podría decir nada mejor que lo que nos ofrece ese paseo por el éxito de sus cuadros, románticos a más no poder, y sin embargo triunfantes en un mundo atravesado de un furor bélico y político que él supo manejar hábilmente, sin renunciar nunca a decir lo que le pareció oportuno con su Arte.

Pese a que a muchos otros les podría haber parecido digno de enviarlo ante un pelotón de fusilamiento. Como le había ocurrido al mariscal Ney a causa de esos cambios de opinión -de la revolución a Bonaparte, de Bonaparte a Luis XVIII y de vuelta a Bonaparte en 1815- que lo llevaron a ser pasado por las armas el 7 de diciembre de 1815. Un dramático asunto (por no decir romántico) que Thédore Géricault curiosamente no encontró (que sepamos hasta ahora) digno de sus pinceles y de sus cuadros en aquella Francia de la Restauración monárquica en la que dejó este mundo hace hoy 202 años.

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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