Por Carlos Rilova Jericó
Desde hace un mes estamos viviendo cierto exceso de ruido mediático. El origen de ese estruendo, que sale de las páginas de los periódicos, de las pantallas conectadas a Internet o de la Televisión, procede, naturalmente, de la guerra contra el Irán de la República Islámica,
La última andanada de ese ruido mediático ha llegado justo antes de que empezasen las vacaciones de Semana Santa, este miércoles pasado. La causa ha sido esta vez la declaración del presidente estadounidense Donald Trump asegurando que, dada la actitud de ciertos miembros europeos de la OTAN hacia su país, estaba pensando en abandonar esa Organización del Tratado del Atlántico Norte viendo que es de ninguna utilidad a Estados Unidos.
La reacción europea ha sido incrementar ese ruido mediático hasta niveles que yo diría -aun temiendo ser algo exagerado- recuerdan bastante a casos de histeria colectiva.
Así en todo este asunto se han seguido haciendo juicios morales gratuitos, y abundantes, en los que Donald Trump representa el mal absoluto y cualquier cosa que haga, por principio, estará mal hecha y será antesala de un enésimo apocalipsis.
Comprendo que algunos medios y figuras “prime time” de ese universo político y mediático se deban a esa consigna. Pero las consignas, vistas desde la Historia, que es una maestra bastante implacable, son el equivalente a silbar en la oscuridad para ahuyentar miedos atávicos.
En otras palabras: por mucho que se quiera clasificar a esas declaraciones del presidente Trump como otra salida más de esa caricatura de energúmeno en la que se le ha convertido (en gran parte a causa de su propia tendencia a cierto histrionismo campechano), la verdad es que la posición del actual gobierno estadounidense es perfectamente lógica y la Europa hoy día agrupada en torno a una Unión Europea bastante anómica, no ha hecho más que quemarse por haber jugado con fuego.
Así las cosas resulta asombroso -una vez más- que haya personas en las principales capitales de Europa y, más aun, en Bruselas, dirigiendo una de las principale áreas de prosperidad económica mundiales con un conocimiento de la Historia nulo o bien con una visión demencial, delirante, de la de, pongamos, los últimos 110 años aproximadamente.
Recapitulemos datos objetivos sobre la cuestión. Si algo no puede hacer hoy esa Europa cobijada bajo las siglas “UE” es erigirse en un poder militar creíble y, sobre todo, eficaz. Cuando Donald Trump, en su línea dialéctica habitual, ha dicho que Europa es un tigre de papel y que eso lo sabe también Vladímir Putin, ha podido ser ofensivo, pero no estaba diciendo ninguna mentira.
Es oportuno, pues, recordar aquí cómo y por qué se creó la OTAN. Fue un acuerdo suscrito entre varios países aliados de Estados Unidos el 4 de abril 1949. A ese respecto el año es esencial: 1949 es una fecha en la que ya ha comenzado lo que se dio en llamar “Guerra Fría”. Es decir: la división del mundo en dos bloques antagónicos formados, por un lado, por la Unión Soviética (y los países que había satelizado al final de la Segunda Guerra Mundial) y, por otro, los países occidentales y, en especial, los de Europa, primera línea del frente en caso de guerra abierta.
La OTAN, obviamente, era algo que convenía a Estados Unidos en esa nueva fase de enfrentamiento. Pero aún convenía más a la depauperada Europa que necesitaba de la protección de la otra superpotencia que se disputaba el control del Mundo…
Asombra pues ese actual olvido histórico en una Europa que se alza ante Estados Unidos con descaro, agraviada, indicando que no tiene motivo alguno, ahora, para apoyar a Estados Unidos en su guerra contra el Irán de la República Islámica y los Pasdaran.
Y asombra porque desde el año 1917 -como mínimo- la realidad histórica es que Europa occidental en particular, y en general hasta la frontera con Rusia, no está en condiciones de prescindir de acuerdos como el firmado el 4 de abril de 1949.
La que con el tiempo se llamaría Primera Guerra Mundial demostró, claramente, que Europa, la vieja Europa que describía tan melancólicamente Stefan Zweig en “El mundo de ayer”, se había desvanecido. Sólo quedaban en ella potencias coloniales declinantes como Gran Bretaña, Francia y Alemania que se estaban destrozando mutuamente devastando, por enésima vez, el continente, arruinando gran parte de la prosperidad material acumulada en los dos siglos anteriores merced, sobre todo, a la llamada “Revolución industrial”.
Así gran parte de Europa, en el año 1916, 1917, 1918…, era un inmenso erial sobre el que se habían dilapido millones de libras esterlinas, de francos, de marcos alemanes o de liras italianas en material de guerra… Sólo la intervención de Estados Unidos en 1917 pudo poner fin a la lucha aportando un territorio y unos gigantescos recursos económicos intactos que decantarían la guerra en favor de aquel, o aquellos, a los que apoyase esa gran potencia del norte de América.
Era algo que sabían perfectamente los europeos de aquella época. Algo que incluso exhibían orgullosamente en su propaganda de guerra. Basta con repasar las páginas de revistas de gran tirada como el “J´ai vu” francés donde se celebra la llegada del “amigo americano” y de sus soldados “Sammies” recibidos con vítores y flores en los Campos Elíseos de París.
Una ayuda que no iba a ser filantrópica desde luego. El presidente Wilson no se había jugado su carrera política por nada para convencer a millones de votantes estadounidenses de la necesidad de involucrarse en aquella reyerta de viejos países europeos de los que ellos, o sus padres, o sus abuelos, habían venido huyendo en busca de horizontes más cabales, y prósperos, en los crecientes Estados Unidos.
Wilson se erigió así en 1918 en un benévolo, y bien intencionado (al menos en apariencia), mentor que trató de imponer la Paz al mundo para evitar una nueva masacre como esa vivida de 1914 a 1918, que había destrozado a aquella vieja Europa con la que tantos lazos (sentimentales, económicos…) tenía Norteamérica.
Sin embargo apenas veinte años después de que se formalizase la creación de la Sociedad de Naciones propuesta por Wilson para ese fin, quedó claro que la vieja Europa seguía sin aprender la lección. Una tan elemental como que, sin el arbitraje de una superpotencia como Estados Unidos, carecía ya de capacidad para controlar no sólo los destinos del mundo -como había ocurrido en el siglo XVI, en el XVII, en el XVIII…- sino incluso los propios.
La nueva guerra mundial, de 1939 a 1945, demostró con más claridad aún esa debilidad intrínseca de Europa que quedó a merced de las dos grandes potencias que emergieron tras aquel conficto que volvió a devastar Europa.
La situación en la que derivó el escenario desde 1949 hasta hoy apenas ha variado. Y si algún cambio ha habido no ha sido para mejor al surgir una China que, como Napoleón había predicho, iba a hacer temblar al mundo cuando despertase. Incluso aunque eso sea más apariencia que realidad y el gigante asiático tenga pies más de barro que de acero industrial.
Lo que ya es innegable es que Estados Unidos puede irse tranquilamente de esa OTAN que ellos mismos crearon -a su conveniencia- un 4 de abril de 1949. Y que con ello sólo estarían soltando un lastre europeo, caro y molesto, al ser ese viejo continente incapaz de actuar de manera consecuente ante un escenario mundial en el que la obcecación en creer que la Unión Europea ha sido un maravilloso salto adelante, no es nada más que una carrera hacia el abismo.
El futuro de todo esto, de hecho, ya estaba escrito hace más de tres décadas, cuando estudiábamos en la Universidad manuales como “Auge y caída de las grandes potencias” de Paul Kennedy, que planteaba una sencilla -pero inapelable- aritmética sobre quién podría, y quién no, costearse una guerra en el siglo XXI con visos de poder ser ganada. Desde luego si se leía con atención lo que decía ese libro fundamental, la Unión Europea, que ahora se envalentona patéticamente, no estaría, desde luego, entre quienes podrían provocar una guerra victoriosa por sí solos. De hecho no estaría ni entre quienes podrían detener un ataque en regla de una superpotencia como China o Rusia.
A partir de ahí, de ese hecho palmario, en Bruselas, y en otras capitales europeas, pueden ofenderse, envalentonarse histéricamente cuanto quieran contra Donald Trump, pero esa forma infantil de pensar, como sabe cualquier adulto medianamente informado, no va a cambiar hechos reales, históricos, que pesan contantes y sonantes y que deberían llamar a razón a nuestra calcificada, alucinada, clase política de la, en efecto, ya muy vieja Europa que no debería ahora mismo hacer un ridículo tan peligroso además.