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Carlos Rilova

El correo de la historia

Manuel de Agote, Emilio Salgari, Terry y los piratas

Por Carlos Rilova Jericó

La serie de “Terry y los piratas”, uno de los hitos de ese que llaman “Noveno Arte” (es decir: el Cómic), comenzó a aparecer en 1934, un año sumamente delicado. En esas fechas el Partido Nazi de Adolf Hitler ya ha conseguido hacerse con un poder prácticamente absoluto en Alemania. En España la revolución de Asturias auguraba el colapso de la Segunda República -de un modo muy parecido al que ya se habia materializado en Austria- y la guerra civil que arrasaría el país dos años después.

En el resto del mundo las cosas no andaban mucho mejor. Potencias agresivas se estaban dedicando a hacer añicos el nuevo orden pacifista soñado por el presidente estadounidense Wilson tras la debacle de la Primera Guerra Mundial. Incluso se daba esa reacción entre potencias que habían vencido en esa “Gran Guerra” y hasta suscrito el programa de Wilson. Era el caso de Japón, que es el que más directamente está relacionado con la aparición de esa famosa serie de “Terry y los piratas”.

El imperio del Sol Naciente, lo mismo que la Italia fascista, estaba convencido en ese año de 1934 de haber sido muy mal recompensado por sus esfuerzos bélicos entre 1914 y 1918. Así, del mismo modo que los camisas negras de Mussolini, había decidido cobrarse por su cuenta lo que le parecían atrasos diplomáticos pasando a la acción directa. Lo hizo en 1931, enviando un ejército a invadir Corea y Manchuria, imponiendo allí unos estados-satélite que, bajo la untuosa y propagandística denominación de “Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental”, creaba en realidad un imperio colonial sin nada que envidiar a los de potencias europeas en África o en Asia y, de hecho, con dosis extra de crueldad perpetradas esta vez por asiáticos contra asiáticos.

Es ahí, donde nacerá el cómic titulado “Terry y los piratas”, en ese punto en el que van a chocar los intereses del Japón militarista y pronazi de la época y los de la América de capa caída por la Gran Depresión de 1929 que está a punto de acabar con el Capitalismo burgués y dar así la razón a soluciones autoritarias como las de Japón. O directamente totalitarias como las de la Union Soviética de Stalin o la Alemania del III Reich.

Así es como China se hace noticia en esa Norteamérica angustiada que ve alzarse hacia el Oeste esa gran amenaza para ella que es el Japón de Tojo y su camarilla militarista que parece no ir a detener su avance hacia el Oeste del Pacífico, donde los estadounidenses tienen establecidas sus bases avanzadas (conseguidas por las buenas o por las malas). Como Guam o Hawái.

En tan graves momentos, con buen ojo periodístico, Joseph Medill Patterson, el jefe del sindicato de distribución de Prensa “Chicago Tribune-New York News”, encarga a Milton Caniff que realice para sus periódicos una tira cómica (o “cómic”) que apareciese por entregas en esa Prensa.

El escenario debía ser en Oriente y el guion fundamentalmente de ese genero que llamamos “de aventuras”. Esas eran condiciones irrenunciables para Joseph Medill Patterson.

El resultado fue ese cómic de larga duración -hoy Historia del Noveno Arte- titulado “Terry y los piratas” por expresa voluntad del magnate periodístico según se dice.

Con el tiempo, como señalan los expertos en estas cuestiones, la serie de puro entretenimiento se iría haciendo mas y más compleja, adulta, a medida que los acontecimientos se precipitaban en aquella presunta “Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental” tutelada brutalmente por las bayonetas japonesas.

Una evolución lógica teniendo en cuenta que el impulsor de la serie, Patterson, era algo más que el típico niño bonito heredero de una gran fortuna, de esos que vivían en un mundo reducido a los clubs de campo y los despachos de los primeros rascacielos que alojaban en Chicago y Nueva York a las fortunas amasadas en la “Gilded Age”. Al contrario. Siendo un joven con los 20 años apenas recién cumplidos, en 1900, había sido reportero en China para cubrir la famosa revolución de los bóxers que iba a marcar el comienzo del fin de la China imperial, dando lugar a esa crisis política que luego se exacerbaría por las ambiciones de Japón. Una potencia que, en 1900, como el resto de potencias presentes en China, ya había captado que el gigante chino no sólo seguía dormido, sino que no encontraba forma de despertarse. Oscilando entre el Nacionalismo del Kuomintang y el incipiente Comunismo de la década de los años 20.

Sin embargo de esto -y de ser un veterano de la Primera Guerra Mundial- Joseph Medill Patterson pidió a Caniff al principio tan sólo aventuras exóticas con bellas mujeres piratas (con un toque de las vampiresas que triunfaban en el Cine entonces) y otros alicientes para vender más periódicos a un público que algo quería saber de lo que ocurría en China, pero sin demasiados quebraderos de cabeza.

Así el tono de las primeras aventuras en China de Terry y su compañero de fatigas Pat Ryan, es respetuoso, admirativo, indicando Ryan a Terry antes de desembarcar en tierra que la civilización china es milenaria, más antigua que la occidental.

Algo que, sin embargo, no iba a impedir que la serie inicial se entregase al relato de aventuras más habitual, con todos esos piratas que Patterson añadió al título que le presentó Caniff como primera propuesta. Incluida una jefa tan atractiva como peligrosa, Dragon Lady, que más adelante se convertiría en aliada de Terry cuando se organice la resistencia china contra la invasión japonesa y la guerra sea ya abierta y con apoyo casi público de Estados Unidos.

En realidad ni Patterson ni Caniff habian creado nada nuevo ni demasiado original. Era esa una vieja historia contada por otros amantes del exotismo y la aventura (aunque fuera sin moverse de casa) bastantes años antes. Como Emilio Salgari, que la relataría en 1904 en “La perla del río Rojo”. Otra de sus famosas novelas, esta vez centrada en el enfrentamiento entre piratas del Mar de China por diversas razones y entre ellas el amor de la bella conocida, precisamente, como la perla del río Rojo.

Salgari, como era habitual en él, estaba muy al tanto de los detalles para ambientar de manera sugestiva sus novelas y así encontramos en ésta unos piratas chinos a los que no les falta ningún rasgo distintivo en cuanto a ferocidad y otros ornamentos literarios que, sin embargo, coinciden perfectamente con lo que describen autores más prosaicos que habian pasado por allí, y visto todo aquello, muchos años antes de que a Salgari o a Joseph Medill Patterson se les ocurriera escribir o hacer escribir algo sobre el tema.

Así lo podemos ver en los “diarios” de un viejo visitante de este correo de la Historia, el navegante getariarra Manuel de Agote y Bonechea. Serán varias las ocasiones en las que los caminos de esos famosos piratas chinos y los de Manuel de Agote se crucen.

Así en 1783, mientras navega a bordo del navío Hércules, sus vigías avistarán entre el 30 y el 31 de julio las velas de un sampán chino que se aproxima demasiado hacia ellos. Sin llegar a pitar zafarrancho, la tripulación de ese mercante español montará más Artillería de la que ya llevaba dispuesta en las andanas y cargada con metralla… por si era preciso rechazar uno de los habituales abordajes propios de esos piratas.

Seis años después, entre junio y julio de 1789, Manuel de Agote, será testigo directo de un ataque masivo en la franja del Mar de China que va de Macao a Cantón, donde se desarrolla el gran volumen de comercio del que él es beneficiario. Verá así a los funcionarios chinos enfrentarse con una flota pirata -digna de Salgari- dotada de una excelente Artillería y respaldada por hasta 10.000 bucaneros tanto chinos como vietnamitas o tonquineses a la vista de su atuendo, Los esfuerzos del renqueante Imperio chino en su contra, serán de desiguales resultados pues estos piratas chinos nada ficticios asaltarán diversas embarcaciones a placer. A veces con éxito y a veces rechazados por una tripulación tan decidida como la de un paquebote bengalí -al servicio de la Compañía británica de las Indias Orientales por tanto- cargado de opio y que hace retroceder con su fuego hasta treinta lorchas piratas.

Sin duda estas notas en esos “diarios” son una interesante aportación a esa cuestion hecha por un personaje real como Manuel de Agote que este proximo jueves, el que estas lineas escribe, tratará de hacer más merecidamente conocido que esos piratas chinos de Salgari -o el Terry de Milton Caniff- mediante una conferencia en el Club Náutico de San Sebastián…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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