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Carlos Rilova

El correo de la historia

La fascinación por Napoleón: el retorno de “Los duelistas” de Joseph Conrad

Por Carlos Rilova Jericó

Después de veintiséis años he vuelto a leer este verano la que tal vez es la mejor novela que se ha escrito sobre eso que algunos llaman la “epopeya napoleónica”. Hablo de “Los duelistas” de Joseph Conrad. Supongo que habrá quien discuta que esa pequeña novela -y en efecto lo es- sea la mejor que se ha escrito sobre esos hechos históricos. Puede ser.

Dumas no dejó de escribir sobre el asunto directa o indirectamente, como ocurre con “El conde de Montecristo”. Y el mismo Conrad volvió sobre el tema con obras de más volumen. ComoSuspense”, novela póstuma del genial capitán Conrad, por desgracia inacabada y que ya pasó en su dia por el correo de la Historia. Pero, aun así, después de esta segunda lectura de “Los duelistas” a casi tres décadas vista, me parece que hay sólidas razones para considerar que es sino la mejor novela sobre las guerras napoleónicas, sí una de las mejores que se han escrito acerca de ese tema.

La culpa de esta relectura de “Los duelistas” que me ha llevado a esa conclusión, la ha tenido una reedición bastante cuidada -alguna maldita errata que otra aparte- de esa novela por parte de la editorial de Ramón Akal, que además ha tenido la brillante idea de hacerla ilustrar por un multipremiado artista vasco: Iban Barrenetxea. El conjunto del texto y las ilustraciones de esta nueva edición de “Los duelistases de lo más recomendable, porque Barrenetxea ha sabido captar muy bien el espíritu de la novela de Conrad aunque inspirándose, inevitablemente, claro está, en la adaptación que hizo de “Los duelistas” Ridley Scott hace años y que, parece que eso no se discute, es una verdadera obra maestra.

Por lo demás creo que es una buena idea tanto ver la película como leer (antes o después) la novela. Porque hay algo en ella que nada -ni dibujos, ni metraje de Cine- parece capaz de reproducir.

Ese algo inasible es la sutil ironía con la que Joseph Conrad describe en “Los duelistas” lo que fueron las guerras napoleónicas. No se trata de una burla sangrante de esa “epopeya napoleónica”. De hecho alguien más sentimental que el historiador que esto escribe, tal vez diría que hay algo de ternura en las páginas de “Los duelistas” con respecto a Napoleón, las guerras a las que dio nombre y, sobre todo, hacia los hombres que lo siguieron ciegamente a tantos campos de batalla.

Lo cierto es que los dos protagonistas, los tenientes Feraud y D´Hubert (basados en dos figuras históricas reales), forman un único personaje que retrata, perfectamente, lo que había en las cabezas de esos miles de hombres que siguieron a Napoleón a esos mataderos que ahora son nombres que brillan en las páginas de los libros de Historia. Nombres como Wagram, Austerlitz, Eylau, Waterloo…

El teniente Feraud es un tipo violento, de ideas sumarias, un tanto primario y de orígenes sociales más bien bajos, hijo de un herrero. En fin, uno más de los hombres audaces a los que la revolución abrió un camino antes bloqueado por lo nobleza de cuna que los considera pura canalla. Como confiesa otro de los magistrales personajes de “Los duelistas”: el anciano tío de la futura esposa de Armand D´Hubert, el caballero de Valmassigue, que representa a la perfección el cataclismo político que se ha operado en Francia -y en el resto de Europa- con la revolución (de la que él ha tenido que huir) y las guerras napoleónicas que le siguieron.

El teniente D´Hubert es un carácter contrario, pero en cierto modo complementario a Feraud. D´Hubert procede de la nobleza francesa que acabó por aceptar al advenedizo Napoleón y le sirvió casi con devoción en su aventura bélica. Para sorpresa, confusión y desconcierto de personajes como el caballero de Valmassigue, que sostiene un revelador diálogo en la novela sobre estas cuestiones con un atribulado Armand D´Hubert que, lamentablemente, no aparece en la película de Scott. Aparte de eso D´Hubert es un hombre más templado, reflexivo, muy cerebral. De hecho se observa a sí mismo de manera constante y se juzga con extrema dureza si considera que ha faltado a un estricto código de comportamiento que pasa por una decencia básica. Una que, por cierto, no siempre ha cumplido. Como nos muestra Conrad sutilmente. Por ejemplo cuando, antes del primer duelo, trata de seducir -y no de muy buenas maneras- a la criada de Feraud.

Por lo demás la novela se basa en la acertada premisa de que esos dos carácteres opuestos van a chocar por una auténtica nimiedad que cierto código de honor malentendido les prohíbe revelar y que, de hecho, lleva tanto a los duelistas Feraud y D´ Hubert -como al resto de sus testigos más inmediatos- a especular durante todo ese relato novelesco sobre la razón que les provoca a batirse en duelo. Una que, en realidad, no es más que un malentendido por culpa del orgullo malherido del teniente Feraud, interrumpido por D´Hubert -que sólo cumple órdenes- en el galanteo a una socialite (o salonnière como se decía entonces) de Estrasburgo. El primer destino en el que se cruzan las existencias opuestas de esos dos húsares que protagonizan “Los duelistas.

Esa nimiedad se irá inflando a lo largo de los años y tras los sucesivos duelos hasta convertir ese motivo, un tanto mezquino, en algo revestido del oropel imperial. Un ropaje recargado que será añadido por el teniente Feraud a todo el asunto, tratando de autoconvencerse de que hay un buen motivo para negarse a dar por zanjada -a primera sangre- su obsesión asesina tras varios duelos con D´Hubert.

Así Feraud acaba convencido -y trata de convencer a quien quiera oírle- que D´Hubert le ha ofendido porque, como el mismo Feraud dice, su rival nunca amó realmente al emperador como sí lo amaron los demás soldados que lo siguieron en su aventura.

Algo que no es cierto porque en una escena magistral (que la película de Ridley Scott tampoco recogió) Joseph Conrad nos muestra los complejos motivos que llevaron a gente tan diversa como Feraud y D´Hubert a estar de acuerdo en algo fundamental para que las guerras napoleónicas fueran algo más que la aventura de un teniente de Artillería tronado y alzado desde su estatus de pequeño hidalgo corso -canalla, en definitiva, para nobles de alcurnia como el caballero de Valmassigue- hasta el generalato, el Consulado y, finalmente, la corona de emperador.

La escena en concreto se desarrolla en el año 1815 en las cuadras de la casa de Leonie, la hermana de D´Hubert que, para entonces, como Feraud, ha ascendido a general. En esos momentos el ya cuarentón Armand D´Hubert se recupera de las heridas recibidas en la última campaña antes de que Napoleón sea derrotado y exiliado en Elba. Son heridas recibidas en la pierna. Algo fatal para un oficial de Caballería que necesita montar para servir de algo a alguien. En el caso de D´Hubert la sutil ironía de Joseph Conrad, nos plantea que ese “alguien” es el Napoleón que ha regresado de Elba para sus últimos cien días como emperador y al que D´Hubert pretende servir tratando de montarse a caballo en esas cuadras, pero sin éxito y constatando así que no está en condiciones físicas de prestar ese servicio. Algo que alivia enormemente a su hermana, que desea que Armand olvide ya esas veleidades y se limite a esperar, convaleciente, el fin definitivo del Ogro Corso y el segundo retorno del rey.

Algo imposible para el más obtuso general Feraud, que se mantiene fiel, hasta el fin, tanto a Bonaparte como a su afán obsesivo por eliminar a D´ Hubert. Para él símbolo de todo lo opuesto a lo que es bueno e importante en este mundo que Feraud resume en la figura del emperador al que ha seguido sin dudar un instante.

Con ello Conrad describe, desde luego, a miles de soldados napoleónicos reales. Pero sin renunciar por ello a describir a otros, encarnados en el más reflexivo D´Hubert, que se adaptarán a lo ya inevitable pero sin traicionar por ello un código de camaraderia que ha durado años. Tantos como las guerras napoleónicas y que, en el caso de D´Hubert, deriva, también de un sentido de la decencia elemental. Es así como salva a Feraud de lo que Conrad, magistralmente una vez más, describe como “los últimos servicios de un pelotón de fusilamiento”, consiguiendo que se le borre de la lista de los que van a ser represaliados por la monarquía restaurada por segunda vez.

Algo que D´Hubert hará aunque para ello tenga que negociarlo con un personaje histórico real como Fouché, descarnadamente descrito por Conrad a través de un Armand D´Hubert que confiesa que sólo la proximidad con ese sibilino personaje, traidor a todo y a todos, le hace sentir a uno no tan limpio como desearía…

Dejando aparte otros detalles con los que Conrad se abisma -una vez más- en su gran tema -el alma humana- “Los duelistas” culmina así, con pasajes como esos, un fresco magnífico de las guerras napoleónicas que realmente es casi una obligación leer para saber en qué consistió todo aquello que iba a enterrar una gran parte de nuestro pasado para crear nuestro tiempo presente.

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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