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Alberto Moyano

El jukebox

Wikileaks como nosotros

Comprenderán que tras leer ayer documentos secretos del espionaje estadounidense en los que calificaban al Vaticano de estado atrasado, uno se precipite hoy al quiosco en busca de nuevas revelaciones de calado.


Resulta harto improbable que alguno de los 250.000 documentos filtrados por Wikileaks derribe un solo gobierno en el mundo, acabe con la carrera de político alguno o dé al traste con las cotizaciones en Bolsa de una sola gran corporación, pero el hecho de que sea precisamente la supuestamente agónica prensa escrita el canal que distribuye y administre todas estas informaciones constituye un hito revolucionario -el único-, de todo este asunto.


Cuando creíamos que había que ir cerrando las rotativas resulta que éstas se convierten en el nexo indispensable entre la red de redes y la sociedad civil, de forma que hasta radios y televisiones se nutren exclusivamente de cuanto publican los periódicos sobre Wikileaks, a pesar de que su contenido se encuentra disponible en miles de webs ‘espejo’ -en Google, ‘mirrors’-.


Los ‘papeles’ de Wikileaks no sólo demuestran la ausencia de memoria colectiva, sino su sustitución por la imagicación calenturienta. Todavía ayer un millar de incautos se manifestaba en Madrid para pedir la libertad de Assange en calidad de “único periodista que tiene lo que hay que tener”, como si el Pulitzer por tumbar a Nixon no lo hubieran ganado Woodward y Bernstein, sino ‘Garganta Profunda’.


Dicen que los enfermos de Altzheimer se esfuerzan por todos los medios en simular sus lagunas mentales. Nuestros escándalos colectivos de hoy intentan quizás tapar nuestra desidia de ayer. Todas las revelaciones de Wikileaks palidecen ante el conjunto de repugnantes prácticas delictivas a escala internacional que destapó el ‘caso Irán-Contra’, pero eso no impide que en día como éstos aún se invoque el nombre de Ronald Reagan como ejemplo de estadista (aplíquese lo mismo a Felipe González en su correspondiente contexto o sea, el nuestro).


Más cerca en el tiempo y también en el espacio, ‘El Diario de Mallorca’ describió minuciosamente hace ya algunos años cómo agentes de la CIA organizados en piaras pasaban por aeropuertos españoles con sospechosos -a los que habían secuestrado y se disponían a interrogar mediante torturas- a modo de equipaje de mano. 


Esta operación contó con la complicidad rutinaria de los ministerios españoles de Fomento, Interior, Justicia y Defensa, por no mencionar a la Vicepresidencia primera del Gobierno. Y ante todo esto, la reacción de la sociedad española fue la que cabía esperar: cantar gol y preguntar cuánto falta para el descanso.


Wikileaks descubre que los políticos dicen una cosa y hacen otra, y esto, antes que un escándalo, es la prueba irrefutable de que nunca antes fue tan estrecha la identificación democrática entre gobernantes y gobernados. Cuando unos y otros mentimos, sólo estamos cumpliendo a ratajatabla con el programa electoral y las obligaciones ciudadanas, respectivamente. Fingir es interpretar correctamente los deseos más íntimos del otro.


Las revelaciones de Wikileaks son como un injerto de células madre: no contienan nada que no estuviera ya aquí, pero el label de su procedencia provoca efectos novedosos.  Por desgracia para Assange, las élites políticas aún creen en supercherías, tales como el poder de la sociedad civil y otras zarandajas. Sólo asi se explica la detención y encarcelamiento del australiano. Alguien ha olvidado que sin un buen Judas, todo Cristo acaba reducido tarde o temprano a un mero Brian. 


 


diciembre 2010
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