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Puigdemont, Donizetti, la Leyenda Negra y la Historia española
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Carlos Rilova | 04-12-2017 | 10:30

Por Carlos Rilova Jericó

Casi todos los días hago el esfuerzo de seguir las noticias por Televisión. Algo no demasiado fácil, ya que muchos de esos informativos están derivando hacia el amarillismo a una velocidad tan galopante como preocupante.

En el caso concreto del que voy a hablar hoy, logré sacar un remanente de información valiosa de los primeros minutos del magazine matinal de Antena 3: Espejo Público. En la mañana de este jueves pasado Susanna Griso entrevistaba a un académico de la RAE con el que habló del tema de la “Leyenda Negra” a propósito de la gran (permítanme la ironía) noticia de aquella mañana. Es decir, que el oficialmente destituido president de la Generalitat catalana, mi tocayo Carles Puigdemont, había asistido en la Ópera de la ciudad belga de Gante, a una representación de una obra del compositor romántico Gaetano Donizetti: “El duque de Alba”.

Ya se imaginarán, aunque no hayan leído, ni oído, ni visto nada acerca de esta noticia, aunque no sepan nada de Ópera romántica, de qué va esta obra. Sólo el título ya es elocuente.

Donizetti, transido de las ideas del Romanticismo, toma un episodio de la Guerra de los Ochenta Años entre el imperio español y una serie de rebeldes súbditos que, tras esos acontecimientos, acabarán por declarar la República de las Provincias Unidas. Aquellos hechos lo tenían todo para una buena ópera romántica: acontecimientos truculentos con heroicos combates entre un pueblo oprimido y amante de sus libertades y un rey oscuramente despótico…

Todo ello dio pie a esa entrevista este jueves y a un posterior encendido debate que no pude terminar de ver porque otras obligaciones más urgentes me llamaban.

En sustancia lo que saqué en conclusión de todo esto, es que Carles Puigdemont trataba, por medio de ese acto público, de atizar el fuego de la llamada Leyenda Negra erigida desde esas fechas (finales del siglo XVI) contra España.

No voy a entrar en más detalles. Aquí está Internet con todos sus múltiples canales para que se regodeen en ellos, si quieren. Me voy, únicamente, a ceñir a lo que le pareció toda aquel revuelo sobre el duque de Alba, la Leyenda Negra, España, Holanda… al historiador que lleva más de dos décadas de práctica profesional, ahondando en archivos, investigando, divulgando por todos los medios a su alcance (incluso más allá de los que el deber académico le impondría) esas investigaciones.

En primer lugar lo que me descubrió la entrevista y el comienzo del debate de este jueves pasado en Espejo Público, fue, una vez más, los gigantescos déficits de información histórica presentes en la sociedad española actual.

En efecto, me quedó muy claro que la investigación histórica publicada en los últimos años (a costa de no pocos esfuerzos) ni ha sido leída ni considerada en estos grandes medios de difusión, retroalimentando de ese modo una penosa visión de la Historia española.

Así se sigue narrando la Historia de España desde un punto de vista digno de lo que decía Valle-Inclán de uno de sus personajes, el marqués de Bradomín: “feo, católico y sentimental”. Muy poca cosa en definitiva.

Así, parece que la Historia de España en esta segunda década del siglo XXI sigue siendo, para los grandes medios de comunicación, básicamente la de un pueblo heroico que llevó la civilización cristiana a América y que fue siempre injustamente atacado por potencias envidiosas de su gran misión en el Mundo.

Así, sigue quedando fuera de ese discurso tan banal, tan poco informado, toda evolución histórica de ese país, España, que, para empezar, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, cubría buena parte del Mundo.

Así, gracias a ese bajísimo nivel de formación, el público español sigue sin saber, por ejemplo, los sutiles meandros de la Política internacional de aquel megaestado dirigido desde Madrid durante esos (se dice pronto) trescientos años.

Por ejemplo, es obvio que gran parte de los que dirigen hoy la opinión pública española no saben que, tras la firma de la Paz de Westfalia en el año 1648, a Madrid, por cuestiones de Alta Política, se le olvidaron bien pronto las diferencias con las Provincias Unidas que, siglos después, inspirarían la ópera de Donizetti.

En efecto, en el año 1672 estalló la Guerra de Holanda. Luis XIV, descendiente de una princesa española de la Casa Austria y de un príncipe Borbón, trató de aplastar a aquella república de comerciantes que no hacían sino fastidiarle dando malos ejemplos políticos y entorpeciendo la buena marcha de la economía francesa. Como Holanda no podía contar, como durante la Guerra de los Ochenta Años, con la ayuda inglesa (pasada esa nación, con armas y bagajes, al bando francés por la restauración monárquica de 1660) a los Estados Generales de Holanda no les quedó más remedio que volverse hacia la única potencia con suficientes recursos financieros y militares para evitar que La Haya fuera tomada y arrasada, junto con el resto de aquel pequeño país, que no es sino una vasta llanura muy difícil de defender.

Esa potencia era la España de Su Majestad Católica, Carlos II de Austria, primo, por cierto, de Carlos II de Inglaterra y de Luis XIV.

Todo se negoció en el mayor de los secretos. Tanto que caballeros como el que da nombre a nuestra Asociación de historiadores guipuzcoanos, Miguel de Aramburu, se vieron sorprendidos, una buena mañana del año 1674, por el despliegue de la flota del almirante holandés Cornelis Tromp ante San Sebastián.

Las explicaciones a tan terrible como magnífico espectáculo (hablamos de decenas de barcos de guerra de alto bordo arbolando la bandera tricolor holandesa ante la costa guipuzcoana) llegaron rápidamente desde Madrid: Su Majestad Católica consideraba que convenía a sus intereses y a los de sus numerosos reinos y estados convertirse en aliado del antiguo enemigo, del hereje holandés…

Ni que decir tiene, tan brillante decisión, tan acabada maniobra política, que convertía la Guerra de los Ochenta Años y sus circunstancias y resultados en papel mojado, fue acatada reverentemente por todos los súbditos del rey de las Españas. Empezando por Miguel de Aramburu…

Si hoy, en España, se leyerán todas las nuevas sendas de la Historia (como ésta que acabo de relatar) que los historiadores llevamos abriendo (por lo visto en la más oscura de las sombras) desde hace años, quizás hoy ese país que aparece en nuestros pasaportes como lugar de procedencia, estaría haciendo un papel internacional menos bochornoso.

Y, también tal vez, en los debates televisivos se dejaría de malgastar fluido eléctrico en hablar de banalidades y lugares comunes que no conducen a ningún lado. Salvo a descubrir que la evolución intelectual de España lleva retrocediendo, sin parar, desde hace 80 años.

Algo que, la verdad, debería ser considerado como sumamente preocupante. Tanto dentro como fuera de las fronteras de este cuarto estado de la Unión Europea que poco tiene que ver con esa España -más que menos imaginaria- de Donizetti y su duque de Alba.

Algo que, como espero haber demostrado describiendo la firme alianza, en 1674, de España y Holanda contra la Francia de Luis XIV, fue sólo una mínima fracción de nuestra rica y diversa Historia común. Esa que (ustedes dirán) tiene muy poco que ver con ese discurso mostrenco, que reduce toda esa compleja (y por eso mismo interesante) Historia a un vergonzoso recitado de tópicos que, lógicamente, además, alientan desafíos independentistas como el que se escenificó en la ópera de Gante esta semana pasada.

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