Diario Vasco

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Una ‘paz laica’
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Lourdes Pérez | 20-07-2014 | 11:49| 0

1.- En su último comunicado, ETA vuelve a pedir a la ciudadanía vasca que crea en su palabra de organización terrorista agonizante, cuando anuncia que ha desmantelado “las estructuras logísticas y operativas derivadas de la práctica de la lucha armada” y que “está conformando una estructura técnico-logística que tendrá como labor completar el sellado del armamento”. Es probable que la mayoría de la sociedad, que disfruta ya de sus vacaciones o está a punto de hacerlo, crea efectivamente lo que dice ETA. Pero más por indiferencia, desidia o hartazgo que porque, a estas alturas, le importen los pronunciamientos de una banda que selló su defunción como asunto de máximo interés público el día que certificó que ya no iba a matar más. A partir de ahí, todo trata de desplegar un ritual ventajista, cada día más patético y banal. Porque nadie le teme ya: quienes tuvieron el coraje cívico de resistir su amenaza no van a dejarse impresionar ahora por el engolado lenguaje de lo que queda de la organización, que intenta hacer compatible la ampulosidad del trajín con sus “estructuras” con la caja de cartón en la que supuestamente guardaba las armas que exhibió en febrero ante el grupo de mediación internacional de Ram Manikkalingam; y quienes pudieron seguir viviendo con normalidad pese al ruido de las balas, las bombas y las coacciones no sienten ninguna inquietud por lo que les ocurra a la treintena de activistas que vagan por Francia sin capacidad ya para moverse con soltura en su forzosa clandestinidad. Y que, presumiblemente, se asomarían a una pronta detención si optan por llevar su delirio más allá de lo tolerable.

2.- ETA da a entender en su alambicada redacción no solo que no piensa disolverse, sino que aspira a reconvertirse en una suerte de ‘organización política civil’ que tutele eso que ella misma denomina como “la transición” entre “dos ciclos”: “(…) el modelo estatal basado en la negación, la partición y la represión –agotado, pero aún sin cerrar- y el escenario democrático que tendrá como base el respeto a la voluntad de Euskal Herria”. El hecho de que ETA mantenga esa arraigada voluntad de interferir en decisiones que corresponden exclusivamente a los ciudadanos y sus legítimos representantes políticos, perpetuándose no se sabe en qué, demuestra la burbuja de irrealidad en que encuentra sumida. Y que solo se agudiza con el paso del tiempo, en esta Euskadi para la que la paz era y es, fundamentalmente, esto: la ausencia de la violencia y la amenaza etarras. Aunque a quienes más debería preocupar los propósitos de esta ETA con respiración asistida e ínfulas de ‘agente político’ es a la izquierda abertzale institucionalizada, que se resiste a sepultar la herencia de la ‘vanguardia armada’ y coger las riendas del futuro de su medio millar de presos.

3.- El repentino desmarque del lehendakari Urkullu de la nueva visita de Jonathan Powell y Martin McGuinness y el descarnado cruce de acusaciones entre el PNV y Sortu de la última semana han desvelado la existencia de contactos y “compromisos” –que el Gobierno Vasco da por hechos y la izquierda abertzale niega- de los que en apariencia no estaban al corriente ni el resto de partidos, ni el grueso de la opinión pública. El vaivén que protagoniza  ETA para no hacer lo que la mayoría del país le exige –que se disuelva sin condiciones- demuestra que sirve de poco enredarse en estrategias y planes que la organización acaba manejando  a conveniencia y con la única intención de rentabilizar su obligada desaparición. Cabe preguntarse si el redactor de los comunicados no andará por aquí cerca, toda vez que el de anoche tuvo todas las trazas de ser una respuesta a los inesperados reproches del lehendakari difundidos apenas unas horas antes. Como cabe preguntarse, una vez que el grupo de Aiete ha sido ‘quemado’ por la renuencia de ETA y Sortu a hacer los deberes, si resultan operativas las gestiones encomendadas en paralelo a Manikkalingam y los suyos. Y como cabe preguntarse, en definitiva, si no ha llegado el momento de pasar de una ‘paz de confesionario’, rodeada de secretismos y medias palabras, a una ‘paz laica’ asentada en la transparencia de los debates públicos en el Parlamento y el resto de instituciones vascas y en la legitimidad del veredicto de las urnas.

 

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El ‘aparato’ no tiene quien lo defienda
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Lourdes Pérez | 13-07-2014 | 14:42| 0

¿Puede gobernarse un partido sin cuadros de dirección, eso que en los tiempos de Podemos se denomina tan despectivamente como el ‘aparato’? ¿Puede hacerlo el PSOE, formación política centenaria, la sigla que más tiempo ha dirigido La Moncloa desde la restauración de la democracia, todavía la segunda fuerza política del país, con 200.000 militantes llamados hoy a elegir a su nuevo secretario general en una votación inédita que no podría haberse organizado sin la existencia del ‘aparato’? La pregunta está en el aire, porque eso del ‘aparato’ ha provocado urticaria a los candidatos, en estas primarias improvisadas para designar al líder que deberá echarse a la espalda a un socialismo español que no termina de ver la luz al final del túnel. La desafección hacia lo que se identifica, en el peor sentido, con el control y el manejo interno del poder ha dejado situaciones paradójicas. Hasta que arrancó esta campaña que nadie esperaba y para la que nadie estaba preparado -porque una cosa son unas primarias abiertas al votante etéreo como si fueran unas generales raras y otra tenérsela que jugársela afiliado a afiliado, agrupación a agrupación-, Pedro Sánchez era el ‘ousider’ frente a ese ‘aparato’ encubierto que venían representando los aspirantes que figuraban desde hacía meses en las quinielas: Carme Chacón, Eduardo Madina, Patxi López, Emiliano García-Page… Pero han bastado una confluencia de circunstancias -entre ellas, el notorio enfado de Andalucía con Madina por haber cortocircuitado las opciones de Susana Díaz, tras lo que la presidenta de la Junta intuye (o conoce) la mano ‘in extremis’ de Alfredo Pérez Rubalcaba- y que Sánchez se haya hecho con el apoyo de buena parte de los avales y las baronías del partido para que el madrileño se haya visto obligado a repetir, acto a acto, que no; que él no es el elegido del ‘aparato’, que él, en realidad, jamás ha sido ‘aparato’, aunque fuera concejal en Madrid y sea diputado en el Congreso.

Enfrente, que no al lado -el guante blanco de la campaña no ha sido inmaculado-, Eduardo Madina también sufre sus propias contradicciones. Años en la ejecutiva federal y su responsabilidad como secretario general del Grupo Socialista en la Cámara Baja constituyen un pegajoso chicle cuando uno trata de despegarse de la temible vinculación con el ‘aparato’; sobre todo, cuando nunca el ‘aparato’ fue más acrítico que durante el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, que controló con mano de hierro, desde el poder del Gobierno, al conjunto del  PSOE. El tercero en discordia en esta carrera electoral, el profesor José Antonio Pérez Tapias, padece menos la sombra de la paradoja. Aunque no pocas corrientes internas en los partidos acaban siendo más ‘aparateras’ que el propio ‘aparato’ y cuando él mismo -como Pablo Iglesias- pertenece a esa singular casta larvada a lo largo y ancho del país que son los ‘cuadros’ universitarios.

El desprecio hacia el ‘aparato’ no está cayendo en el vacío. La campaña ha dejado un malestar latente entre quienes se sienten señalados por los suyos no tanto como organizadores en la trastienda del partido y su funcionamiento, y sí como oscuros maniobreros en defensa de intereses no siempre transparentes y confesables. “‘Aparato’ son quienes suben las persianas de las casas del pueblo y quienes estaban dentro cuando nos las quemaban”, rebate un significado militante del PSE. Habrá que ver, a partir del recuento de esta noche, cómo se gobierna el PSOE del nuevo secretario general: sin ‘aparato’, con otro ‘aparato’ que no se llame ‘aparato’ por el qué dirán o integrando al ‘aparato’ superviviente, si alguien es capaz en estos momentos de encontrarlo en un partido donde unos y otros se miran de reojo desconfiado.

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Mudanza real en tiempo de zozobra
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Lourdes Pérez | 17-06-2014 | 10:49| 0

El Rey ha puesto fin hoy a casi 40 años de Jefatura del Estado dejando el anuncio de su histórica decisión en manos del presidente del Gobierno y con una comparecencia en la que el rostro grave y exhausto de su protagonista explicaban mejor que cualquier palabra por qué ha llegado hasta ahí. Por qué se ha visto forzado a renunciar, cuando el Juan Carlos de Borbón que todavía seducía hace unos años a los españoles, muchos de ellos republicanos de corazón, parecía poco menos que imperecedero. Pero nada lo es en una democracia constitucional sometida al escrutinio público, y menos aún en un país sacudido por tal crisis económica e institucional que para sus ciudadanos se había hecho difícilmente digerible la sucesión de escándalos y errores que iban socavando la credibilidad de la Casa Real y, sobre todo, la indefendible conducta de Iñaki Urdangarin, que ha situado al borde del banquillo a la infanta Cristina. No deja de resultar sintomático que haya sido justamente Mariano Rajoy, el jefe del Gobierno más renuente a los riesgos y las alharacas, el que haya tenido que anticipar al país una noticia del calado y la trascendencia -a estas horas por medir- de la abdicación real. Una abdicación inesperada que ha extendido como una mancha de aceite la impresión, acentuada a lo largo de esta recesión interminable, de que nos encontramos ante el final de un ciclo que interpela a la sostenibilidad de las instituciones del Estado tal y como fueron concebidas en la Transición y a la dinámica del sistema de partidos. Es ocioso especular con qué habría ocurrido si el Rey hubiera dado el paso cuando aún conservaba el halo de invulnerabilidad, o tan siquiera cuando los hechos y las diligencias judiciales evidenciaron la carga de profundidad que llevaba consigo el caso Urdangarin. La máxima ignaciana aconseja no hacer mudanza en tiempo de zozobra. El Rey acaba de abandonar la gobernanza de su propia Casa para intentar que los muebles, convenientemente remozados, sigan en su sitio.

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El ‘win-win’ vasco
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Lourdes Pérez | 17-06-2014 | 10:49| 3

Artur Mas aprovechó el contexto festivo y conciliador de Sant Jordi para echar mano de un concepto económico y pedir una salida «win-win» para el proceso soberanista catalán. El término, que en traducción libre significaría «ganamos todos», remite a una negociación cuyo objetivo sería un acuerdo satisfactorio para las partes en conflicto. Lo que supondría que, cuando todo esto acabe -no está claro qué es “esto” ni cuándo ni cómo terminará, si es que lo hace-, no debe haber «ni vencedores ni vencidos» entre Cataluña y España. Este nuevo discurso de Mas viene a resumir la insólita e histórica encrucijada en que se encuentra la Generalitat. Porque mientras el independentismo de la Asamblea Nacional y parte de la clase dirigente catalana han asumido ya que la ruptura vale la pena porque no habría nada que perder -al fin y al cabo, «España nos roba»-, persiste un vértigo intravenoso a lo desconocido. A quedarse sin lo que ofrece el actual autogobierno, por rácano que parezca, y sin el confort de esta Europa tan imperfecta pero tan segura. No es fácil desprenderse del autocontrol que durante tres décadas estuvo en el ADN del “pujolismo”: temerosa de sus dineros, Cataluña dejó pasar el Concierto económico y en este tiempo ha marcado distancias no solo con el radicalismo violento, sino también con el ensayo soberanista de Ibarretxe.
Hoy, cuando Mas aboga por una solución “win-win” ante el embrollo de la consulta, es Euskadi la que tiene que proteger su propia ganancia, aquello que la convierte en la más singular de las autonomías y en una experiencia de autogobierno distintiva en el mundo. Es el “win-win” que representó hace más de 30 años la firma del Concierto. Un pacto bilateral amparado por la Constitución que se rompería con la secesión y al que una crisis feroz y la efervescencia independentista han colocado bajo una doble amenaza: por una parte, los recelos del resto de comunidades, incluida Cataluña, ante lo que sienten como un agravio financiero; y, por otra, la posibilidad de que cualquier arreglo para la cuestión catalana acabe diluyendo la particularidad vasca, incluso si se consensuara una España plenamente plurinacional y asimétrica. Ya no seríamos los únicos y “lo nuestro” no resultaría tan decisivo ante las pulsiones del problema catalán.
Así que Euskadi no puede ser ni comportarse miméticamente como Cataluña no solo porque el PNV haya decidido que la bamboleante “vía Mas” no es la que conviene ni al país ni a su estrategia; o porque la izquierda abertzale no atesore aún la credibilidad suficiente para patrimonializar un Gure Esku Dago tan multitudinario, transversal y colorista como los actos de la Asamblea Catalana. No somos Cataluña porque Euskadi ya es diferente, constitucionalmente hablando. Y porque aquí sí existe algo valioso que perder, por más que se enreden las renovaciones del Concierto, se eternicen las disensiones sobre la cuantificación del Cupo y los acuerdos no den de sí todo lo que podrían, como parece que ocurre con el TAV. Al Estado, por su parte, le conviene guardar ese “win-win” con los vascos: no es inocuo que sea el ministro Montoro el que ha avalado el Concierto, por convicción constitucional y porque levanta un dique de contención frente al riesgo de contagio de la fiebre catalana.
Hay otro factor añadido, y no menor, por el que Euskadi no es Cataluña. Entre nosotros, la aspiración independentista nunca podrá ser enarbolada frívolamente, porque se ha asesinado en su nombre hasta fechas aún muy recientes. Las instituciones de autogobierno han actuado como una barrera de bienestar y civilidad frente al terror etarra. En la Transición, la izquierda abertzale se descolgó del marco democrático recién nacido, algo que sigue interpretando como un acierto. La ponencia vasca permitirá determinar si realmente cabe un acuerdo entre el nacionalismo que ha liderado ese autogobierno y el nacionalismo que ha batallado en su contra. O si es factible cualquier otro consenso con una Sortu que desprecia la arquitectura estatutaria aunque participe de ella y que se mira en el “espejo catalán” añorando una nueva Transición que borre el pasado.

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El apellido de las vascas
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Lourdes Pérez | 17-06-2014 | 10:49| 8

En ese sano ‘topicódromo’ que es ‘Ocho apellidos vascos’, hay uno que ha pasado más desapercibido en medio de las carcajadas que despierta la desmitificación patriotera: el retrato de la mujer vasca-vasca que compone la madrileña Clara Lago, demasiado guapa toda la película como borde irredenta. En realidad, los guionistas no han inventado nada: bajo la ‘guerra de las banderas’ subyace una ‘guerra de sexos’ que cada vez que se formula en el cine siempre acaba remitiendo, con mayor o menor fortuna, a la comedia irrepetible de ‘La fiera de mi niña’. Lo distintivo aquí es que Clara Lago, Amaia en la ficción, es vasca-lo-que-se-dice-vasca envuelta en la estética más al uso de la izquierda abertzale. ¿Son -somos- las mujeres vascas capaces de reírnos de esa caricatura de nosotras mismas que nos dibuja como malhabladas, inflexibles hasta el agotamiento, cameladoras solo si no queda otro remedio, más desprejuiciadas con el sexo y todavía con prejuicios en las costumbres -ese imposible traje de novia casi de faralaes- y, al final, tan mimosas como para cargar con todo el almíbar que cierra ‘Ocho apellidos vascos’? ¿Nos reconocemos en ese pseudo-elogio que pronuncia un amigo del protagonista, que dormir platónicamente un día con una vasca es como acostarte tres noches seguidas con una malagueña?

El tópico reza que Euskadi conforma un gran y vigoroso matriarcado. Que quienes mandan en los hogares desde que somos lo que somos son las mujeres, por lo que ¿para qué preocuparse si ese poder inmemorial se desvanece en cuanto se cruza el umbral de casa y se sale a la calle? Nuestra Amaia es bastante correosa y ejerce un oficio tradicionalmente de hombres, pero también la pintan como una ingenua engañada por su exnovio y con problemas para asegurarse su independencia. Según las estadísticas, disfrutamos de mayores niveles de preparación y autonomía que muchas de nuestras vecinas territoriales, aunque la protagonista de ‘Ocho apellidos vascos’ se toparía con parecidos déficits si fuera andaluza, catalana o castellana: desigualdades salariales y de acceso al mercado laboral. También cuentan las estadísticas que las vascas han retrasado notoriamente la edad de matrimonio y de maternidad y que piden ellas más el divorcio que ellos. Y si las cifras se cumplen, Amaia también vivirá más que el Rafa-Antxon con el que se empareja en la película: las mujeres vascas -debe de ser ese carácter de mal café- llegamos hasta los 85,5 años, por los 77,7 de media en que se quedan los hombres andaluces.

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Orgullo de Bilbao
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Lourdes Pérez | 14-05-2014 | 09:36| 0

Uno nace en Bilbao con el orgullo puesto. Lo quiera o no lo quiera, y provenga de donde provenga. Cada ciudad lleva consigo lo suyo, pero es difícil encontrar una más dispuesta a recrearse en sus tópicos, a solazarse en todo lo que significa el bilbainismo, aunque a veces resulte insoportable para ajenos y propios. En Bilbao, el sentimiento de orgullo, haya o no motivos reales para ello, es colectivo. Por muy individualista que se sea. Por rebelde que uno se sienta hacia las convenciones. Por mucho desapego que se tenga hacia eso de ‘ser de Bilbao’, con lo que los demás se explican muchas cosas con solo mencionarlo. Hay una vertiente más doméstica del orgullo, más peleona, que se llama amor propio. Bilbao, sus gentes, lo tienen, es una cuestión de piel, de asfalto. Y es posible que ese ADN de amor propio -y ‘a lo propio’, más allá de banderas y fronteras- sea lo que convirtió a Iñaki Azkuna en el alcalde de la villa con mayúsculas, como si no hubiera habido nadie ocupando la Casa Consistorial antes que él, y mira que él no era del mismo-mismo Bilbao. Pero seguramente nadie supo encarnar como el político durangués los intangibles de lo que en el imaginario colectivo representa ‘ser de Bilbao’.

No fue, es verdad, un ‘feeling’ inmediato. El enamoramiento de los bilbaínos con su alcalde ha avanzado, podría decirse, a un ritmo parecido al de la ciudad limpiándose, abriéndose por encima de sus límites naturales, poniéndose guapa, aunque algunos rastreemos en las esquinas cuando volvemos el aroma del viejo Bilbao industrial, sucio, combativo y vibrante. Los ciudadanos fueron redescubriendo su ciudad, a la vez que se iban encontrando poco a poco con un regidor que atesoraba un inhabitual talento para, desde la altura intelectual, la preparación institucional y una indisimulada soberbia atemperada por el humor, conectar con los sectores más populares de la villa. El paso de los días y de las emociones irá trazando el perfil más complejo y poliédrico de Azkuna, con las sombras hoy diluidas en los obituarios que rinden sincero homenaje a un dirigente que será recordado, para bien, mal o regular, por su innata singularidad. Bilbao ayudó a Azkuna a construir su legado y Azkuna fue el ariete político más idóneo para un Bilbao en transformación. Hay dos maneras de pasar por la vida pública: manchando o sin manchar. Iñaki Azkuna eligió, sin duda, manchar, dejar huella, influir y mandar para cambiar, con el riesgo que ello comporta. Ese despliegue de orgullo, de amor propio, es lo que hoy lloran muchos bilbaínos.

 

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Aquel día
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Lourdes Pérez | 15-04-2014 | 11:43| 4

 

Hay silencios que son inolvidables. Silencios que se sobreponen al ruido de las bombas y se extienden como un pesado manto de dolor colectivo, de respeto sincero e íntimo a quienes la sinrazón ha arrebatado la vida. Aquel día, porque en la memoria de las tragedias compartidas hay jornadas que no necesitan ni fecha ni adjetivos, el mutismo fantasmal que envolvió las calles de Madrid sobrecogidas por los atentados en los trenes de cercanías contagió a todo un país que perdió el don de la palabra para poder describir el horror tendido ante sus ojos. Era aquel un silencio pesado y envolvente, insano como todos los que esconden un pesar intenso, de luto y duelo. Aquel día enmudecieron todos los que llegaron a los escenarios de la masacre y vieron ante sí el espanto, las vidas que se perdían en un goteo incesante, hasta sumar 192, entre los amasijos de los vagones; los aullidos de los heridos que se aferraban al instinto primario de la supervivencia en medio de la destrucción; el ulular de los teléfonos móviles de los familiares que se habían enterado por la radio de las explosiones y llamaban con el alma en vilo esperando escuchar la voz más querida al otro lado, sana y salva. Es difícil repasar los recuerdos y las hemerotecas de aquel día, rememorar la vivencia en las redacciones, la obligación de escribir sobre lo que nunca llega a comprenderse, y no emocionarse con lo que se cuenta en esas líneas que tratan de reflejar, seguramente sin llegar a conseguirlo, el aturdimiento más absoluto, la rabia, el sufrimiento, la penalidad. Es imposible que no afloren las lágrimas al acordarse de las preguntas que accedió a contestar aquel día -aquel día inolvidable- el policía Isidro Zamorano, que acababa de dejar a sus tres hijos en el colegio del Pozo del Tío Raimundo cuando retumbó el estruendo del terror e intuyó de inmediato qué era aquello. El agente, curtido en el Norte y con una templanza conmovedora, relató a la periodista cómo ayudó a rescatar cadáveres y heridos sumergido “en un olor raro, a pólvora, a mala cosa”. “Lo tengo muy dentro”, confesaría en aquellas horas terribles. La periodista se interroga ahora, diez años después, por qué habrá sido de aquel valeroso agente. Si habrá conseguido borrar la visión del infierno después de haber llevado a sus pequeños a la escuela esa mañana de marzo.

El terrorismo, por muchos atentados que se hayan vivido o relatado, nunca inmuniza.  Y el 11 de marzo de 2004 fue más allá, mucho más allá, de lo soportable. Lo hicieron insufrible las bombas indiscriminadas contra todos aquellos que, humildemente, habían salido de sus casas como siempre para irse a buscar la vida -a buscar la vida, vaya crueldad- allí donde solían llevarles los trenes que cogen los trabajadores, los estudiantes, los jubilados. Lo hizo insufrible saber que existía un fanatismo tan global y despiadado como para repetir en Madrid, la ciudad acogedora que despoja a cualquiera de la condición de extranjero, el pavor con que Al-Qaida acalló también Nueva York el 11 de septiembre. Lo hizo insufrible saber que éramos, todos, más vulnerables que nunca y también que no podía confiarse en la versión tergiversada que estaban trasladando quienes tenían la responsabilidad esencial aquel día -justo aquel día, no otro- de hacer valer la fortaleza del Estado de Derecho y de la Justicia simplemente con la verdad. No habrá mejor homenaje a las víctimas que silenciar para siempre las hirientes teorías de la conspiración. Es el único ruido que enturbia la concordia, y el silencio más solidario, que deben honrar hoy a quienes perdieron lo que más amaban aquel día. Aquel maldito día.

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El final interminable
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Lourdes Pérez | 15-04-2014 | 11:43| 6

Debe de ser terriblemente frustrante haber atraído durante décadas la atención del auditorio y comprobar, de pronto, que tu piel se ha marchitado y ya casi nadie espera nada de ti, salvo que abandones definitivamente la escena y te retires sin hacer más ruido del estrictamente imprescindible. Durante medio siglo, ETA y las consecuencias de su violencia han formado parte indisoluble del día a día de este país, como si no pudiera darse un paso sin tener que mirar de reojo -y algunos, más que de reojo- a su sombra amenazante. Hoy, 50 años más tarde, la organización terrorista es un reflejo tan pálido y patético de lo que fue que no ha parecido calibrar los efectos que tiene para su propia trayectoria grabar un vídeo sobre el inicio del desarme que tiende a caricaturizarlo hasta el límite de lo soportable, sobre todo para quienes han padecido el terrorismo. Si alguien necesitaba a estas alturas una prueba de la descomposición en que se encuentra la banda, de su incapacidad para poder desandar un camino que ya era irreversible el 20 de octubre de 2011, la tiene en ese vídeo que reduce el imaginario sobre los poderosos arsenales etarras a un puñado de armas alineadas sobre una mesa y a un folio sellado -el sellado era esto- ante dos verificadores internacionales. Verificadores a los que el Gobierno español, el que tiene las llave de las cárceles, no reconoce legitimidad alguna.

Sabedora de que ya no está en condiciones de cobrarse nada, ETA ha fijado como devaluado precio por la paz la escenificación de cada uno de sus movimientos. La ‘estrategia del paso’ no es inocente ni inocua:  la organización pretende revestir de trascendencia lo que es inevitable, haciendo ver al tiempo que ella se acompasa unilateralmente al ‘nuevo tiempo’ mientras quienes han sufrido directamente su violencia continúan en el “inmovilismo”. La paradoja es que aunque vaya paso a paso, la dirección etarra o lo que quede de ella puede acabar pasándose de frenada si mantiene su apuesta por un final que no parece tener final, alimentando expectativas que no se corresponden con el resultado último. Ese final interminable, en el que corren el riesgo de enredarse todos los que circulan en la periferia de la banda, puede desembocar no ya en el hartazgo de la ciudadanía, sino en algo peor para quien siempre quiso lucir en el centro del escenario: la indiferencia del público.

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El final de un ciclo
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Lourdes Pérez | 27-01-2014 | 17:26| 2

La renuncia -voluntaria o forzada, el tiempo lo aclarará- de Jaime Mayor Oreja a encabezar el cartel europeo del PP ha dejado crudamente al descubierto la sima sin fondo que ha ido excavándose entre los fieles del aznarismo y Mariano Rajoy, que ya supo cómo se las podían gastar los suyos en el congreso de Valencia de 2008, cuando el presidente refrendó su liderazgo tras haber perdido las generales frente a José Luis Rodríguez Zapatero. La oposición a Rajoy tenía un rostro visible en aquellos días convulsos -Esperanza Aguirre-, pero los ‘rajoyistas’ siempre percibieron la presencia de Mayor en las bambalinas de la desafección que ya protagonizaron entonces María San Gil y José Antonio Ortega Lara y que llevó  al PP vasco comandado por Antonio Basagoiti a cerrar filas con el hoy jefe del Gobierno español. La doble herida abierta en Madrid y en Euskadi, con un asunto nuclear para los populares como la lucha contra ETA como telón de fondo, ha seguido supurando en los últimos cinco años. Rajoy ya dio muestras de que no le había gustado la actitud de Mayor cuando tuvo que avalar su candidatura al Europarlamento en las anteriores elecciones. Lo hizo a su manera: castigó con su pertinaz silencio al exministro, que tardó meses en saber que iba a ser ratificado al frente de la candidatura. Aquella designación no sirvió para apaciguar los ánimos. Más bien transmitió la sensación de que el presidente mantenía a Mayor casi porque no le quedaba otro remedio, con su liderazgo aún sometido a zozobras internas y un sector del partido dispuesto a azuzar de puertas hacia dentro los problemas derivados de la gestión de la violencia.

Hace 16 meses, Aguirre y Mayor revivieron el ambiente de reproches que envolvió el congreso de Valencia en un tenso comité ejecutivo nacional del PP en el que reprocharon a Rajoy y a su ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, la excarcelación por enfermedad terminal de Josu Uribeetxeberria Bolinaga, uno de los secuestradores de Ortega Lara. Tres de los protagonistas de aquel cruce de acusaciones -Rajoy, Mayor y Fernández Díaz- han pasado por los despachos de Interior. Su titular actual no ha olvidado los sofocos que le provocaron sus compañeros de partido ese verano en el que la polémica sobre la salida de prisión de Uribetxeberria, con huelga de presos etarras incluida a modo de presión, truncó la predisposición del Gobierno a ensayar movimientos parciales, cautelosos y tasados, en política penitenciaria; por ejemplo, con los reclusos aquejados de dolencias graves. Aquellos lodos, lejos de enfriarse, se convirtieron en barro cuando Estrasburgo decidió hace tres meses que derogaba la doctrina Parot. La hoy presidenta del PP, Arantza Quiroga, tiene presentes las críticas vertidas en otra reciente reunión por Esperanza Aguirre a cuenta, esta vez, de la foto en Durango de los presos liberados con ‘Kubati’ a la cabeza.

Hace una semana, en su entrevista en Antena 3, Rajoy apenas mencionó la gestión del final de ETA, pero sí recordó a la audiencia que él había sido ministro de Interior. Una forma de reivindicarse y de indicar que aunque ese asunto no es hoy su prioridad, sabe de lo que habla porque estuvo en el ministerio que custodia la llave de la lucha antiterrorista y de las cárceles. En apenas quince días, Ortega Lara ha participado en la fundación de Vox, el PP vasco ha trazado una línea divisoria con quienes le atribuyen tibieza aun a costa de escenificar las diferencias con un emblema como la hermana de Gregorio Ordóñez, Quiroga se someterá a la legitimación del congreso pendiente en Euskadi y Mayor acaba de desalojarse, o de ser desalojado, de la candidatura del partido a unas europeas que van a poner a prueba la pujanza de los populares y al bipartidismo. El aroma a cierre de un ciclo invade el ambiente.

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Voto secreto, aborto clandestino
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Lourdes Pérez | 15-01-2014 | 13:02| 43

La polémica generada fuera, pero también dentro, del PP por el endurecimeinto de la ley del aborto ha llevado a dos peticiones complementarias sobre el debate de la reforma que se producirá en las Cortes. Por una parte, el PSOE ha reclamado que el voto sea secreto, persuadido de que con esa fórmula se escenificará en el Congreso y el Senado que las posiciones del partido del Gobierno no son monolíticas en un asunto tan sensible; algo que ya ha quedado evidenciado por los desmarques o matices de dirigentes como el presidente de Extremadura, la alcadesa de Zamora o el portavoz de los populares en Euskadi, Borja Sémper, a cuyas cautelas se ha sumado esta misma mañana el jefe de filas del grupo en la Cámara baja, el también vasco Alfonso Alonso. Por otro lado, la exministra Celia Villalobos reclamó hace una semana en el comité ejecutivo de su formación y ante el presidente Rajoy que se deje libertad de voto a diputados y senadores en una cuestión de estrategia política, pero que también interpela a la moral personal.

Ambas solicitudes pueden resultar comprensibles ante las dificultades y los dilemas que comporta apartarse de la disciplina partidaria, siempre implacable sean cuales sean las siglas. Máxime cuando lo que está en discusión no es una reforma cualquiera, sino la de un proyecto de ley que constriñe la capacidad de decisión de las mujeres sobre su maternidad y que el ministro Galalrdón justifica en la necesidad de proteger el derecho a la vida de la vida por nacer. Pero el mero hecho de que se estén planteando ambas alternativas -el voto secreto y la libertad de voto- describe los escollos que persisten para afrontar con claridad y transparencia la cuestión del aborto y los corsés que atenazan la participación política. Porque cabe pensar que en cualquier democracia asentada la libertad de voto no se exige, se ejerce, aunque ello comporte contraponer la libertad de conciencia al alineamiento sin fisuras con ‘los nuestros’. Afrontar esa tesitura ambién debería formar parte de la militancia política y la actividad parlamentaria más comprometida. Aunque resulta aún más discutible que, a estas alturas, se opte por sugerir el voto secreto en las deliberaciones públicas sobre un proyecto legislativo de este o de cualquier Gobierno. El propio Reglamento del Congreso veta esa alternativa cuando lo que debe refrendarse es un procedemiento legislativo. Pero la objeción es más de fondo, y tiene que ver con el motivo del debate. Durante décadas, pocas cosas hubo más clandestinas en el país que la práctica del aborto. Las mujeres con posibles podían viajar fuera de España; las que no, se sometían a intervenciones ocultas e irregulares de elevado riesgo para su propia vida. Pero en unos casos y otros, el aborto siempre era un ‘asunto de mujeres’ del que no se hablaba, que no se aireaba más allá del círculo más íntimo. La regulación de las interrupciones voluntarias del embarazo levantó el tabú, pero no hasta el punto de que éste no continúe siendo un ‘asunto de mujeres’ del que apenas se dan detalles cuando se produce y que permanece encerrado en la esfera más cerrada de la intimidad. Nadie confiesa abiertamente que ha abortado, por el desgarro que implica y por ‘el qué dirán’. Por eso, reclamar el voto secreto y ejercerlo supone no solo un ejemplo de cobardía política. También contribuye a seguir identificando el aborto como un problema poco menos que clandestino y que no merece una votación en las instituciones de la representación popular abierta y sin cortapisas.

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