Tener Historia y saber contarla: la carga de la Brigada Ligera (1854-1968) | El correo de la historia

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Carlos Rilova

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Tener Historia y saber contarla: la carga de la Brigada Ligera (1854-1968)

Por  Carlos Rilova Jericó

He oído muchas veces la expresión que dice que una cosa es tener gracia y otra ser gracioso. Con la Historia pasa algo parecido. Sobre todo cuando hablamos de eso que llaman “Historias nacionales”.

En efecto, no es lo mismo tener Historia como nación (milenaria, bicentenaria o incluso más o menos imaginaria, como estamos viendo últimamente) que saber contarla.

A ese respecto los anglosajones resultan, como siempre y, al menos, hasta ahora, imbatibles. El caso de la famosa carga de la Brigada Ligera es uno de los ejemplos que más me han fascinado como historiador. No tengo más remedio que reconocerlo.

Pongámonos en antecedentes. Ese hecho, la carga de la Brigada Ligera del Ejército británico de plena época victoriana, tuvo lugar un 25 de octubre de 1854, en el marco de la llamada Guerra de Crimea que se desarrolló entre el año 1853 y el de 1856. Episodio bélico al que, por cierto, ya se ha aludido en el correo de la Historia en ocasiones anteriores. Sobre todo por lo que respecta a la presencia en ella de militares españoles como el general Prim…

La guerra en cuestión estalló porque los rusos trataron de expandirse a costa de un imperio moribundo. En este caso el turco. Algo que difícilmente podían ver con calma otras potencias europeas para las que Oriente Medio era altamente estratégico. Caso de la Gran Bretaña victoriana que tiene su principal colonia en esos momentos en la India o de la Francia de Napoleón III, que está forjando un imperio africano y asiático en esas fechas. Para ambas, si un imperio fuerte o agresivo, como la Rusia zarista, se hacía con el control del Mar Negro y del Bósforo, las cosas se podían poner muy mal para sus respectivos imperios en formación.

De ahí vino el envío de tropas tanto francesas como británicas para ayudar al maltrecho imperio turco y ganarse con ello la gratitud de ese agonizante estado que era justo el que convenía, en ese momento y lugar, a Francia y Gran Bretaña.

Entre las muchas batallas que se darán para expulsar a los rusos de Crimea, una de ellas será la de Balaclava. Justo aquella en la que tendrá lugar esa famosa carga de la Brigada Ligera.

En nuestra sociedad 2.0 (la de Wikipedia) el hecho ha quedado sumariamente recogido como un desastre militar británico.

Probablemente lo fue. En términos objetivos la carga de escuadrones de Caballería ligera británica ese 25 de octubre de 1854 sólo tuvo como resultado notable la pérdida de la mayor parte de los efectivos de esos regimientos de húsares, dragones y lanceros británicos, quedando en duda -todavía hoy- el daño que pudieron infligir los escasos soldados y oficiales que rebasaron la línea final de la Artillería rusa emplazada al fondo del valle que Lord Alfred Tennyson, en el poema que inmortalizó la carga, definió como “Valle de la Muerte”.

Desde ese día de 1854 hasta hoy, la discusión en torno a esa carga no ha cesado. Los mandos implicados: Lord Raglan, Lord Lucan, Lord Cardigan… se interpelaron públicamente en la prensa de la época e incluso en las tribunas políticas, pero, entre tanto, la eficaz maquinaria literaria anglosajona -esa que todavía hoy domina el mundo en papel impreso, digital o, sobre todo, en pantalla- ya se había puesto en marcha.

Tennyson, tras leer un relato de los hechos en el “Times”, escribió el poema que realmente inmortalizó el hecho y convirtió en héroes a los 600 -eran alguno más en realidad- que cabalgaron por el “Valle de la Muerte”. Y, fundamentalmente, eso es lo que ha sobrevivido en el imaginario colectivo hasta hoy.

Un sólido relato que, por supuesto, ni siquiera han desmerecido las excursiones historiográficas que ha conocido ese épico episodio.

Es así como en 1936 se hizo una de las dos películas que existen sobre aquellos hechos. No era ni siquiera británica, pues fue producida por la empresa norteamericana Warner Brothers e interpretada por actores norteamericanos como Errol Flynn y Olivia de Havilland. Todo un dato verdaderamente significativo. Algo así como si México hubiera decidido en la misma fecha -1936- dedicar una película histórico-épica al episodio de los cuadros de Infantería española en la primera Batalla de Alba de Tormes, la de 1809… Cosa que, por supuesto, no sucedió ni, de momento, parece que vaya a suceder.

En esta primera película sobre la carga de la Brigada Ligera, se da un relato de los hechos bastante modificado. Así la mayor parte de la película transcurre no en Crimea en 1854, sino en la India. Esas aventuras coloniales exóticas -con las que Hollywood ha hecho fortuna durante años- proveían, sin embargo, de un sentido a la carga de los lanceros británicos en Balaclava para vengar allí la matanza supuestamente perpetrada por un emir local, que encarna en esa película todos los vicios y defectos de un “malo” oriental de aquel Hollywood anterior a lo políticamente correcto.

Pero, en conjunto, desde el principio hasta las escenas finales en Crimea, toda la película de Michael Curtiz era una exaltación de aquellos 600 jinetes cantados por el poema de Lord Alfred Tennyson como verdaderos héroes a los que nadie podría superar.

Con el tiempo, no cedió lo más mínimo esa exaltación épica de lo ocurrido en Balaclava. Así, en 1968, se hizo otra película, “La última carga”, esta vez, sí, británica, en la que, además de una cuidadosa puesta en escena que refleja perfectamente la época victoriana -desde los callejones infectos hasta los palacios, pasando por los cuarteles- se volvía sobre los pasos de aquellos controvertidos hechos.

Los principales lores implicados en el asunto -Raglan, Lucan, Cardigan…- eran reflejados en esa nueva película como unos pomposos excéntricos incapaces de entenderse entre ellos y que, por tanto, habrían desencadenado así el desastre. Sin embargo, aun así, “La última carga” seguía, en definitiva, ofreciendo un espectáculo pasmoso sobre el poderío militar británico en la época.

Buena prueba de ello es que los Cazadores de África, la unidad de caballería francesa que protege en realidad a los 600 -y pico- de ser masacrados totalmente en la retirada tras el ataque a la Artillería rusa, apenas aparece en la cinta. Sólo son mencionados de pasada en alguno de los diálogos y el resto de franceses que aparecen en la película son poco más que un elemento casi cómico para apuntalar las actuaciones de los excéntricos -pero en definitiva entrañables y divertidos- generales británicos.

Así, en conjunto, venimos a ver que incluso ese cine revisionista de los años sesenta parece incapaz de dar otra clase de relato sobre aquel desastre de Balaclava. El mismo que, en definitiva, se convierte en un hecho glorioso desde casi el mismo momento en el que tiene lugar y en Londres se debate sobre si realmente fue un desastre o un hecho más de los muchos que los británicos en particular -y los anglosajones en general- han convertido en esa herencia inmaterial que, todavía hoy, les da una enorme solidez como naciones con una Historia y un idioma común.

Justo lo que se puede esperar de quienes no sólo tienen Historia, sino además saben contarla. Y, de paso, con ese alto grado de profesionalidad que tan bien saben dirigir y explotar, vendérsela a países con una Historia igual o superior a la suya pero que, lamentablemente, siguen casi en pañales en estas cuestiones. Por acción o por omisión…

 

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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