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Carlos Rilova

El correo de la historia

La Brigada Judía… de Su Majestad Católica Felipe IV (Año de Nuestro Señor de 1643)

Por Carlos Rilova Jericó

Lo cierto, he de decir, es que la Brigada Judía del título de este nuevo correo de la Historia nunca existió como tal. Es un pequeño guiño a una escena de la película “Éxodo” protagonizada por Paul Newman y Eva Marie Saint, donde el personaje de Newman revela que formó parte, durante la Segunda Guerra Mundial, de una unidad judía, una brigada, al servicio de Gran Bretaña y su Graciosa Majestad.

De hecho, estos otros judíos de los que hoy voy a hablar aquí eran más bien un Tercio, como muchos otros de extranjeros que combatieron bajo las banderas de la Católica Majestad de España en el siglo XVII. Suizos, alemanes, valones, escoceses, ingleses, irlandeses… Lo típico -como ya se ha dicho en obras clásicas sobre el tema como las de Elliott- del Ejército de los Austrias españoles -y también del de los Borbones- que era, más que sólo español, multinacional. Como correspondía a una monarquía con voluntad y actividad de potencia global.

Lo más chocante de este hallazgo -hecho en el Archivo General de Simancas- fue que -como la Inquisición española de los Monty Python- casi nadie -y menos yo, que estaba allí a otra cosa- espera encontrarse con una unidad de combate de “nación hebrea” (como decían los documentos donde aparecieron) al servicio de un rey en cuyos dominios -eso sí se ha repetido hasta la saciedad- ser judío o descendiente de judíos no es que estuviera muy bien visto.

Fíjense en mi segundo apellido. Es totalmente revelador. En contra de lo que muchos creen, carece de esos orígenes. Por una sencilla razón. Nadie con dos dedos de frente en el siglo XVII, si descendía de judíos, se ponía un apellido tan aparentemente delator. Los avatares de ese mi segundo nombre de familia son de lo más entretenido, pero nada tienen que ver con conversos. De hecho, es un apellido noble -originario de Huesca- y con blasón que, como muchos otros escudos familiares, tuvo a bien reconstruir un rey de armas español de peculiar trayectoria política al respecto: Vicente de Cadenas y Vicent, falangista de primera hora que acabó huyendo de la España franquista -a pesar de haber sido un alumno aventajado del Nazismo bajo la tutela de Goebbels- y que puede que algún día dé para otro correo de la Historia.

En definitiva, un apellido como Gerico, Jerico o Jericó (que tiene todas esas variantes y alguna más lejana, y dudosa, según el especialista Juan J. Guillén Cuervo) pese a su falsa resonancia bíblica, no era del tipo del que elegirían en la España de los Reyes Católicos quienes realmente tuvieran orígenes judíos porque, desde luego, así sus posibilidades de supervivencia hubieran sido más bien nulas. Por el contrario, los apellidos elegidos por los judíos convertidos en 1492 -espero que nadie se lleve un sofoco al saber esto- suelen ser nombres de lo más católico o inocuo. Alusivos a santos -como Santángel, el banquero de los Reyes Católicos…- o bien a lugares, a tipos de árboles o colores… Lo normal en una época en la que se debía demostrar no ser descendiente de judeoconversos a cada paso administrativo que se daba. De lo que dan fe mis cansados ojos, que llevan días revisando un Nobiliario de las Cinco Villas de Navarra que, en compañía del DEA -y académico de número de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía- Iñaki Garrido Yerobi, estoy a punto de publicar.

Así pues, comprenderán que me resultó bastante sorprendente dar -una mañana de principios de marzo de 2020- con documentos en los que varios judíos se dirigían a la Católica Majestad de Felipe IV para exhibir sus méritos militares y pedirle mercedes a cambio. Sin embargo, ahí estaban los datos, de los que daré hoy un pequeño adelanto.

Un caso llamativo es el de David Maque. Según el documento del Archivo General de Simancas GYM (Guerra y Marina) libro 188, folio 30 recto, era hombre de nación “ebrea” y había sido cabo de escuadra de Su Majestad Católica durante siete años en la plaza norteafricana de Orán. Ahora, en 3 de noviembre de 1643, en reconocimiento de esos servicios, pedía al rey Planeta que le otorgase la correspondiente recompensa. Cosa a la que Felipe IV accedía mandando a su pariente y gobernador de la plaza de Orán, el marqués del Viso, que se hiciera cargo del asunto eximiendo a Maque -tal y como solicitaba- del pago de impuestos del pecho y alcabala. Algo de lo que, por cierto, sólo estaban exentos en la Europa del Barroco quienes pertenecían a algún rango de la nobleza. Justo el extremo opuesto de judíos, judeoconversos…

Además, en contra de lo que podamos creer hoy día, el rango de cabo -de escuadra en este caso- era de los más honoríficos por lo que se refiere a servicios militares a un rey o un país en aquella época. Eso es lo que quería hacer valer David Maque que, como vemos, dista mucho de la imagen del pusilánime tendero judío de espalda encorvada, manos untuosas, nariz ganchuda y caftán grasiento con el que vulgarmente tendemos a identificar a los hebreos de aquella época anterior a la fundación del estado de Israel.

Más claro quedaba eso en el caso de Cide Çaportas que, a continuación de David Maque, en el folio 31 recto de ese mismo documento, solicitaba 20 escudos mensuales como recompensa por haber servido con armas y caballo -a su costa- en la compañía de judíos de Orán que contribuían militarmente a la defensa de esa plaza fuerte española en África. Donde él tenía, como el personaje de Paul Newman en “Éxodo”, rango de oficial. En este caso de alférez…

Ya sabíamos por algunos de los numerosos estudios sobre ese reinado, que la España de Felipe IV, en contra de la mala prensa que hoy tiene como atizador de hogueras por cuestiones religiosas, había flexibilizado mucho su política a ese respecto. Para los protestantes a partir de 1648 con la firma del Tratado de Westfalia, que zanjaba la cuestión holandesa. Pero también para los judíos de esa nacionalidad, a los que el rey Planeta concedía libertad de movimientos en sus dominios. Como recuerda el libro “La política internacional de Felipe IV” de Francisco Martín Sanz, publicado en 1998.

No faltan otros títulos que han abundado sobre la cuestión en manos de grandes especialistas como Joseph Pérez, que le dedicó un buen número de páginas al asunto en “Los judíos en España”, pero que, pese a hacerse eco de las maniobras del rey Planeta y su valido para contemporizar buenos negocios con la intolerancia religiosa de la Inquisición, se ceñía ahí exclusivamente a las relaciones comerciales de ese monarca con judíos y criptojudíos holandeses, españoles y portugueses en torno a 1629-1641.

El resto de lo que se ha escrito sobre los judíos en la España barroca, no habla precisamente en favor de la existencia de “Brigada” judía alguna puesta en línea de combate para defender los vastos intereses de su Católica Majestad. Lo demuestran fehacientemente el caso de la obra clásica de Adolfo de Castro “Historia de los judíos en España” o las de Benzion Netanyahu (padre él mismo de un héroe militar del estado de Israel, abatido en la célebre “Operación Entebbe”, en 1976).

Julio Caro Baroja en su monumental “Los judíos en la España moderna y contemporánea” no ocultaba su asombro por algunas excepciones como, precisamente, la comunidad judía en Orán -a la que pertenecían David Maque y Cide Çaportas- en época de Felipe IV. Hasta el punto de producir personajes del relieve del intérprete del conde-duque de Olivares, Jacob Cansino. Algo similar al caso de Jacob Rosales, agente al servicio, también, de Felipe IV, investigado por Luis Tercero Casado o al de otros -aparte de los ya citados aquí- de la comunidad de Orán, recogidos en el volumen dirigido por Mercedes García-Arenal “Entre el Islam y Occidente”.

Sin embargo, como acabamos de ver, aquellos judíos habían llegado aún más lejos en la cerrada estructura social de la España barroca. Eran hombres de armas, con exención de impuestos. Algo que, como se describía en la magnífica obra de José Antonio Maravall sobre esos temas, “Poder, honor y élites en el siglo XVII”, era privativo, en aquella España, y en aquella Europa, de la nobleza más pura y no de gentes calificadas oficialmente como “de mala raza”…

Cierro este artículo con una pequeña reflexión que no vendrá mal en una España que está redescubriendo ahora que tiene una Historia de la que sentirse orgullosa cayendo así, a veces, en unos extremos de ridículo que podrían salir muy caros.

La Historia de los militares judíos en la época de Felipe IV no demuestra que esa España, tan vapuleada hace unos años y hoy tan exaltada, fuera una adelantada de la tolerancia religiosa. Si así la consideramos, debe ser en el mismo nivel que la Inglaterra del Lord Protector inglés Oliver Cromwell. Muy amigo, en esas mismas fechas, de la llamada “raza deicida” (“judío” era en aquel entonces igual a “asesino de Cristo”) y muy tolerante con ella… pero no con los católicos…

En efecto, esos episodios parciales de tolerancia religiosa en la España de Felipe IV con judíos como los de Orán o en la Inglaterra cromwelliana, son sólo indicios de una mentalidad muy compleja -tanto como la sociedad europea barroca de la que emanaba- que requieren de especialistas en la materia y no de amateurs desorientados que esperan encontrar en casos así munición arrojadiza contra otros países. O contra personas de sus propios países que no parecen mostrar igual entusiasmo que ellos -o ellas- a la hora de cantar las alabanzas de una época -el siglo XVII- que, créanme -pues llevo más de dos décadas sumergido en su estudio- no les hubiera gustado nada.

Por su suciedad, por el modo en el que habrían sido tratados por una minoría de nobles que se abrían paso en las calles a empujones y golpes propinados por escoltas de viejos soldados de estocada y gatillo fácil y siempre por encima de la ley (a menos que se fuera conde, duque…), por la brevedad y penuria (para nuestro nivel de confort) de la vida cotidiana y por muchas otras razones que las malas novelas históricas ni siquiera alcanzan a reflejar. Deformando, por exceso o por defecto, una época que, eso sí es cierto, resulta apasionante cuando vuelve a la vida en el gabinete del historiador.

Con todas sus sombras, pero también con todas sus luces… como la historia de los soldados judíos al servicio de Felipe IV que, sin embargo, acabó mal. Para ellos -como nos contaba Julio Caro Baroja en su aludida obra “Los judíos en la España moderna y contemporánea” – con un nuevo éxodo cuando el rey Planeta ya había muerto y los descendientes de los Çaportas ya no hallaron tan buena acogida en Madrid como la que tenían aún en 1643…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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