Por Carlos Rilova Jericó
Normalmente estos correos de la Historia suelen estar ya pensados y escritos para el viernes de la semana anterior a su publicación. Así ha ocurrido con el que estaba previsto para este lunes que, sin embargo, he tenido que archivar para mejor ocasión. La razón para esto es muy sencilla: este sábado 3 de enero nos desayunábamos con una noticia de esas que no podía pasar desapercibida. Y menos para los historiadores.
Esa noticia consistía, fundamentalmente, en que finalmente la situación de bloqueo político de Venezuela ha sido drásticamente alterada por la Administración de Donald Trump. Una noticia, sí, verdaderamente histórica. Y no sólo porque esta fecha, 3 de enero de 2026, va a pasar a los libros de Historia como tantas otras -la primera Guerra del Golfo, el 11-S, la segunda Guerra del Golfo…- sino porque lo que ha ocurrido este sábado en Venezuela es un asunto que lleva tras de sí una larga Historia. Con “H” mayúscula. Razones hay de sobra, pues, para que hoy se le dedique esta página que de eso, de Historia, es de lo que habla siempre.
Si queremos podemos -o incluso debemos- remontar lo ocurrido en Venezuela este fin de semana hasta el siglo XV, hasta la época del Descubrimiento -para Europa- de ese continente que llamamos “América”. Cuando los españoles y otros adláteres suyos llegaron a explorar ese sector de la costa de las, para ellos, nuevas tierras, y le dieron los nombres que aún conserva hoy día. El de “Tierra de Gracia”, (ocurrencia de Colón en su tercer viaje, el de 1498) y el de “Pequeña Venecia” o “Venizzola”, asociación de ideas que le vino a la mente a Américo Vespucio en 1499, cuando avanza por esas tierras hasta llegar al lago de Maracaibo y ver las casas sobre pilotes de los nativos que le recordaron a esa ciudad italiana. De ahí, de “Venizzola”, acabó apareciendo, por su castellanización, el actual Venezuela.
Se inicia así, para Europa, la Historia de ese país que ahora está bajo el famoso foco mediático. En los siguientes tres siglos, lo que hoy llamamos “Venezuela”, fue paulatinamente incorporado a la red política del imperio español. No sin conflictos por otra parte, contándose en el siglo XVI algunas rebeliones de pueblos nativos que se niegan a la asimilación o la más célebre liderada por navarros como Pedro de Ursúa primero y el guipuzcoano (oñatiarra para ser más exactos) Lope de Aguirre durante su exploración de la cuenca del Amazonas y su desesperada búsqueda del mítico El Dorado entre 1560 y 1561.
En términos más sosegados ese vasto territorio de Venezuela fue gobernado desde las audiencias de Santo Domingo, en la actual República Dominicana, y desde la de Bogotá. Con las reformas borbónicas del siglo XVIII pasaría, en 1717, a ser parte del virreinato de Nueva Granada y finalmente en 1777 Carlos III le otorgaría rango de Capitanía General.
En esa situación lo que hoy es Venezuela -o al menos su parte más expuesta al litoral- afrontaría las habituales guerras por el control del continente entre España y los británicos. Así durante la Guerra de la Oreja de Jenkins, se rechazarían allí varios desembarcos en su costa gracias a las tropas bajo el mando del general guipuzcoano Gabriel de Zuloaga (asunto del que, por cierto, ya se habló en otro correo de la Historia).
Finalmente, como Capitanía General, llegó a Venezuela la hora de la guerra civil entre realistas partidarios de seguir siendo parte de España y criollos que se adhirieron a la llamada a la independencia de Simón Bolívar. Otra ocasión para episodios tremendistas como los de Lope de Aguirre, con figuras tan controvertidas como la de Boves “el Urogallo” que se alineó, en principio, con el bando independentista para luego convertirse en uno de los más decididos lealistas.
Tras esto, desde 1819, Venezuela pasaría a formar parte del sueño roto de la Gran Colombia tan amargamente lamentado por Simón Bolivar.
Nada de eso, sin embargo alteró la marcha política del país que sufrió los habituales bandazos que afectaron a una América hispana independiente de España, pero atomizada en múltiples naciones que pronto cayeron en los manejos neocoloniales de otras potencias como Gran Bretaña primero y Estados Unidos después.
Sin embargo, dentro de ese marasmo, de repúblicas inestables, de golpes militares, de gobiernos efímeros…, a Venezuela, como a República Dominicana o Costa Rica, las cosas no le fueron mal del todo. Especialmente desde que el petróleo -piedra angular de la Historia del país desde hace más de un siglo hasta hoy mismo- se consolidó como fuente de energía primordial.
Así Venezuela se convirtió en un país que recibía emigración, sobre todo de España, en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo. Fueron años de lo que popularmente se denomina allí como “lo chévere”, con esa palabra tan americana que significa, lo estupendo, lo óptimo…
“Lo chévere”, aun así, duró relativamente poco. Las ganancias obtenidas por el comercio petrolero fueron mal gestionadas, mal distribuidas. Se intentó en Venezuela algo parecido a lo que se vio en los famosos países árabes, donde se reinvirtió con cuidado, pero no llegó a cuajar
Así, hace ya más de treinta años, los periódicos españoles constataban, por ejemplo en 1988, 1989…, cuando yo era un estudiante universitario, la deriva de aquella Venezuela donde las diferencias sociales no mitigadas por la prosperidad derivada del petróleo, abonaron un campo social al que las propuestas de militares como Hugo Chávez sonaron hasta razonables. Fue así como la República de corte liberal fue derivando hacia la actual República bolivariana.
Un régimen en el que se combinaba el recuerdo de la lucha independentista de Simón Bolívar, santificada sin mayores matices, convirtiendo a un general terrateniente en una especie de adalid del Socialismo del siglo XX y de las ideas propias de esa ideología plasmadas en el bloque soviético, China o, más cerca de Venezuela, en el régimen castrista.
Y así es como finalmente se ha llegado a la situación de este sábado 3 de enero de 2026. Con el supuesto Socialismo bolivariano fosilizando una situación de desigualdad interna con la que había prometido acabar y llevando con ello a una disidencia política cada vez mayor que, según informes más o menos fiables, se resuelve por la vía de una represión política que parece tener su máxima representación física en lo que iba a ser un moderno centro comercial en 1950 (el Helicoide) y es hoy calificado, desde 2015, como uno de los mayores centros de tortura y detención de disidentes políticos.
Así acaba, de momento, toda esa turbia Historia iniciada por la secesión culminada en 1824 y concluida por gobiernos convulsos, cargados de promesas no sólo no cumplidas sino traicionadas desde el poder que se pretendía reformar. Todo ello a lo largo de nada menos que dos siglos y asunto sobre el que pensar mientras seguimos las noticias de esta enésima crisis política de Venezuela que, esperemos, quede resuelta pronto y, acaso, definitivamente. Tras esos doscientos años de experimentos políticos fallidos, malogrados y envueltos ahora, como telón de fondo, con esa gran cuestión geoestratégica que es el control de prometedores yacimientos petroleros…