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Carlos Rilova

El correo de la historia

El día que el Támesis quedó helado. Henry Purcell y el Gran Invierno (1684-1691)

Por Carlos Rilova Jericó

En estos días en los que vivimos lo más crudo de un invierno que nos parece realmente crudo, resulta difícil, para el historiador, no evocar otros que fueron más crueles en un continente ya de por sí tan frío como Europa. Hubo, en efecto, otros inviernos peores durante la llamada “Pequeña Edad de Hielo” que fue, más o menos, del año 1200 al 1850. O al 1890 según otras versiones.

Así es. En esos siglos que van de la Edad Media a la Edad Contemporánea, se dieron inviernos verdaderamente fríos, que hacen parecer lo que estamos viendo ahora, en Estados Unidos o en el Norte de Europa, simples bagatelas si lo comparamos con un invierno incluso normal para los europeos -pongamos por caso- de finales del siglo XVII, que vieron tormentas polares y fríos mucho peores en el momento álgido de esa Pequeña Edad de Hielo.

Algunos de esos europeos dejaron plasmados esos excesos en curiosas obras de Arte. En Pintura por ejemplo Abraham Hondius, un artista barroco holandés que trabajará fundamentalmente en Londres, pintará una de las “Frost Fairs” que tiene lugar allí durante esos crudos inviernos, en los que se aprovechaba que parte del Támesis se helaba para improvisar una feria, una especie de mercadillo, sobre aquella banquisa fluvial donde acudían los londinenses a entretener sus ocios mientras la capital inglesa se helaba bajo esos duros inviernos.

El cuadro de Hondius, hoy en el Museo de Londres, está fechado en el año 1684 y refleja muy bien hasta qué punto el río Támesis quedaba helado, convertido en una superficie sólida sobre la que algunos atrevidos magnates ingleses marchaban incluso con sus coches de caballos.

Thomas Wyke será otro de los artistas que pintará una escena parecida fechada en el invierno de 1684, con un Támesis helado donde algunos pasean, otros curiosean entre los tenderetes levantados sobre la masa de agua helada y, en general, parecen divertirse dentro de lo posible en esas fechas invernales de carácter festivo.

Realmente estas imágenes llaman mucho la atención sobre nuestros antepasados, pues, más allá de la diversión circunstancial en esa feria de 1684, los registros dicen que ese temporal de frío causó numerosos problemas desde Francia hasta el Norte de Europa, dificultando el comercio, cerrando puertos…

Aun así, cada año en el que el tiempo lo permitía, en Londres siguieron celebrándose esas ferias y quedaron plasmadas en obras de Arte (por menores que las podamos considerar hoy) como los cuadros de Hondius o de Wyke. Así sería hasta el año 1814. Cuando se celebró la última de esas ferías “heladas” que ya no fueron posibles no tanto por la suavización del clima -para eso habría que esperar hasta 1890- como por la demolición del Puente Viejo de Londres que dejaría correr las aguas del Támesis con más rapidez, dificultando el punto de congelación.

Pero hasta que ese momento llegó, el Támesis siguió helándose y las ferias celebrándose. Y todo aquello inspiró a más artistas al parecer.

No sólo a pintores sino también a compositores. Henry Purcell uno de los más renombrados músicos barrocos, estrenaría en 1691 una pequeña ópera, “El rey Arturo”, en la que una de las partes más celebradas sería el aria “What Power Art Thou” donde un personaje, descrito como el Genio del Frío, canta unos versos que recuerdan esos días de terribles bajas temperaturas que se vivieron en la Europa de aquella época y, en especial, en una Inglaterra del Sur donde un gran río, como el Támesis, se helaba casi cada invierno.

Se dice que eso, el recuerdo de ese tiempo gélido, es el que inspiró en 1684 los versos del libreto de esa ópera a John Dryden, poeta laureado de Inglaterra. (Pues ese era su título oficial hasta que la revolución de 1688 lo destituyó por su Catolicismo recalcitrante).

Las palabras que Dryden pone en boca del Genio del Frío son realmente elocuentes respecto a lo que podía haber en la mente del poeta laureado cuando escribía esa parte de la obra. Esas estrófas dicen así en una traducción aproximada de aquel inglés lírico de finales del siglo XVII: “¿Cuál es tu poder, que desde lo hondo/Me has hecho alzarme indeseada y lentamente/ Desde lechos de nieve eterna?/¿Acaso no ves tú cuan agarrotado e increiblemente viejo me encuentro/Lejos de poder soportar el amargo frío,/Que a duras penas puedo moverme o respirar?/Déjame, déjame helarme hasta la muerte otra vez”.

Más allá de la rima, es evidente que John Dryden debía tener en mente el recuerdo reciente del frío atroz del Gran Invierno de 1684 cuando escribía esos versos.

Henry Purcell, unos seis años después, pondría Música, y ritmo, a esas palabras que hablaban de un frío cruel, que hacía congelarse hasta la muerte. Es preciso escuchar al menos esa parte de la ópera “El rey Arturo” para comprender también cómo Purcell comprendia perfectamente de qué estaba hablando John Dryden al hablar de esa clase de frío helador.

Usará así el músico un lento arpegio de instrumentos de cuerda que acompaña a un recitado vacilante, entrecortado, en staccato, de esas estrofas donde el Genio del Frío, en efecto, parece estar muriendo lentamente a causa de las bajas temperaturas que van robando el aliento de un cuerpo que se queda rígido, casi incapaz de moverse o de respirar…

No deja de ser curioso que esos dos artistas, Dryden y Purcell, plasmasen con tanta exactitud esas sensaciones que debían haber experimentado ambos en el invierno de 1684, mostrando así la otra cara de lo que se puede ver en cuadros como los de Abraham Hondius o Thomas Wyke, en los que predomina, aun en medio de esa atmósfera gélida, una vitalidad y un deseo de vivir que choca con ese mortecino personaje de una ópera, escrita y estrenada muy cerca de aquello días del Gran Inviero de 1683 a 1684, y que, sin embargo, tuvo un gran éxito entre el público.

En Londres, que se sepa, no volvió ese mortal y destructor frío hasta el año 1716 en el que se registró otra de esas ferias sobre el hielo del Támesis. Al otro lado del Canal, sin embargo, dieciocho años después del estreno de la ópera de Purcell, en 1709, el frío mortal no sólo partió árboles por la mitad con la helada o mató animales, aves, plantas…, sino que entró hasta lo más recóndito del palacio de Versalles.

Testimonios de personas de aquella Corte, como el duque de Saint-Simon o la Princesa palatina, hablan de un frío atroz que hiela incluso hasta la tinta, los perfumes y las bebidas alcohólicas, que recluye en sus apartamentos a la mujer de Luis XIV, que consume madera rápidamente para mantener encendidas unas chimeneas que apenas logran calentar las estancias reales y el resto del Palacio y que destruye árboles, incluso los olivos del Sur de Francia, mata animales y aves en el campo por el solo contacto de ese frío que tan bien describían los versos de Dryden y la Música de Purcell en 1691.

Se habla también en esas crónicas de ríos como el Sena helados no sólo en un punto como el Támesis, sino hasta su desembocadura y de unas orillas del mar también heladas. Y todo ello cuando se llegaba al octavo año de la Guerra de Sucesión española en la que estaba enfangada una Francia que, desde el comienzo del largo reinado de Luis XIV, había ido de una guerra a otra desgastándose lentamente, sin obtener demasiados beneficios y aumentando numerosos problemas. Como se dejó notar en la mesa de negociaciones de Ryswick en 1697, donde los españoles y sus aliados habían visto a los emisarios del Rey Sol prácticamente rendirse sin condiciones, moviendo hilos para que España cambiase de bando y se alinease con esa Francia que, aun sin ese frío mortal, los desastres de la guerra iban destruyendo, sin prisa pero sin pausa. Donde el hambre era habitual y llevaba incluso al canibalismo con los cadáveres de los más afortunados. Es decir: de aquellos que habían muerto a causa de la hambruna y de la miseria generada por un país que prácticamente invertía todos sus recursos en unos ejércitos que apenas mantenían a tantos enemigos fuera de sus fronteras.

Sin duda, por mucho frío que nos parezca haber sentido este invierno de 2025 a 2026, comparado con esos “Grandes Inviernos” de la Europa barroca, casi podemos considerarnos afortunados. Al menos de momento, entre una Pequeña Edad de Hielo y otra que algunos ya auguran. Como parece confirmarlo la nieve que, en los últimos años, llega normalmente cada invierno ya casi hasta la mitad de un país del Sur de Europa como España…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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