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Carlos Rilova

El correo de la historia

Arthur Conan Doyle y las guerras napoleónicas. Aventuras (e invenciones) del brigadier Gerard

Por Carlos Rilova Jericó

Es algo sabido que Arthur Conan Doyle no sentía mucho aprecio por su creación literaria más famosa: el inefable detective Sherlock Holmes.

Famosa, o casi famosa, en efecto es la verídica anécdota según la cual los lectores de la revista “The Strand Magazine”, en la que se publicaban en forma de serial las aventuras de Sherlock Holmes, reclamaron -con ira- que el genial detective volviera a la vida después de que Conan Doyle lo hubiera mandado al otro mundo tras una épica pelea con el profesor Moriarty, su archienemigo, en las cataratas suizas de Reichenbach.

El rechazo de Conan Doyle hacia su hoy famosa criatura literaria, derivaba de que en la época en la que él escribía lo que tenía prestigio era la novela histórica. Alguna de ellas había escrito él. Caso de “La Compañía Blanca” o su precuela “Sir Nigel”. Ambas ambientadas en la Inglaterra de la Guerra de los Cien Años.

En definitiva: si por Conan Doyle hubiera sido, tan sólo habría escrito novelas ambientadas en épocas bastante alejadas de su propia época. O no tanto. Ese fue el caso de la obra titulada “Hazañas y aventuras del brigadier Gerard” donde Conan Doyle se adentraba en un periodo ya histórico pero no lejano, para él, en el tiempo: las guerras napoleónicas.

El protagonista de las mismas, tan carismático como Sherlock Holmes o el doctor Watson, es un oficial francés, Gerard, basado en un personaje enteramente histórico: el barón de Marbot cuyas memorias de guerra serán la principal fuente de inspiración del padre de Sherlock Holmes.

Así es. Jean-Baptiste Antoine Marcelin, barón de Marbot, fue un personaje real pero con una vida -o una forma de narrar su vida- que ha cautivado la imaginación de más de un escritor. Por ejemplo, en pleno siglo XX ya, Philip José Farmer convertirá al propio De Marbot en uno de los protagonistas del llamado ciclo del Mundo del Río (del que ya se habló en un correo de la Historia anterior a éste), donde millones de seres humanos reciben una segunda oportunidad tras su muerte en la Tierra para alcanzar un estadio moral que los haga dignos de entrar en la Eternidad.

Dicho esto cabe preguntarse cómo de histórica era esa novela, “Hazañas y aventuras del brigadier Gerard”, escrita por Arthur Conan Doyle para ganar fama inmortal en los campos de la diosa Clío, escribiendo novela histórica y no paparruchas detectivescas. Como parecía él considerar sus novelas de Sherlock Holmes.

Teniendo en cuenta el odio visceral y el desprecio de Conan Doyle hacia los españoles, como buen victoriano y eduardiano anglosajón, es poco lo que podemos esperar en ese sentido habida cuenta de que la novela transcurre, en gran parte, en el teatro de operaciones peninsular que, efectivamente, será el mismo en el que el genuino y verdadero barón de Marbot combatirá durante las guerras napoleónicas.

Tomaré como ejemplo un extracto de “Hazañas y aventuras del brigadier Gerard” que fue publicado en español por la extinta “Fundación 2 de mayo, Nación y Libertad”, justo con motivo del bicentenario del inicio de la que Napoleón llamará “la maldita guerra de España”.

El título de ese capítulo de “Hazañas y aventuras del brigadier Gerard” que esa fundación eligió para el volumen “1808. La memoria alargada” con el que conmemoraba aquellos doscientos años con relatos de Stendhal, Balzac…, era “De cómo el brigadier Gerard salvó un ejército”. Muy apropiado para retratar a un personaje dado a la fanfarronería. Tanto en su encarnación literaria como brigadier Gerard como en el barón De Marbot original constatado y catalogado como personaje histórico verdadero y real.

En pocas palabras lo que relata ese capítulo, “De cómo el brigadier Gerard salvó un ejército”, es lo siguiente: entre el año 1810 y 1811, en la frontera portuguesa, Gerard, por aquel entonces sólo coronel, debe enfrentarse a partidas de guerrilleros en las que, según parece, hay tanto españoles como portugueses. La descripción de los mismos es la que va hacer fortuna en las novelas británicas llamadas “históricas”. 

Así el flamante húsar Gerard, a las órdenes del no menos deslumbrante mariscal Masséna, va a tener que vérselas con una partida dirigida por un inquietante individuo conocido irónicamente como “El Sonrisas”, pues bajo su apacible apariencia de campesino pudiente oculta a un feroz jefe guerrillero que trata con una crueldad inigualable a sus prisioneros, ejecutándolos de manera drástica partiéndolos por la mitad con un serrucho…

Conan Doyle crearía, en efecto, escuela con tales truculencias. Así, en un relato similar de C. S. Forester, publicado en 1933, “Muerte al invasor” (mala traducción del original, que era en realidad “Muerte a los franceses”), se habla ya de canibalismo apenas encubierto en las partidas portuguesas. Más recientemente Bernard Cornwell ha creado personajes tan inverosímiles como “El Matarife”, que aparece en su novela titulada “Sharpe y la batalla de Vitoria”. Es éste una especie de hombre salvaje que vaga por el escenario de las guerras napoleónicas en España, hirsuto y cubierto de pieles, y ejecuta a los franceses en una especie de corridas de toros en las que el prisionero es la res brava. Hasta que muere de un mazazo en la cabeza administrado por tal personaje que, en efecto, había sido matarife antes de tomar las armas como presunto guerrillero…

Es notorio y sabido que muchas partidas guerrilleras pudieron no dar cuartel, que muchas de ellas eran bandas de salteadores de caminos disimulados bajo una falsa apariencia de tropas auxiliares de los ejércitos aliados… Pero lo que es totalmente cierto, por debajo de esas mistificaciones anglosajonas, en la documentación que se va recopilando en distintos archivos públicos como el Histórico Nacional o en colecciones particulares, es que desde 1810 en adelante las fuerzas guerrilleras son sometidas a disciplina militar y convertidas en tropas regulares que dan cuartel y hacen prisioneros. Incluso aunque los invasores no les den igual trato sino más bien todo lo contrario.

Tenemos un buen ejemplo de esto en la correspondencia de un viejo conocido del correo de la Historia, el general Gabriel de Mendizabal e Iraeta, conservada en la colección particular del actual conde de Cuadro de Alba de Tormes.

Así, más o menos en las mismas fechas en las que Arthur Conan Doyle quería imaginarse tipos como “El Sonrisas” partiendo con un serrucho a prisioneros franceses, en el año 1811 este militar vasco escribía cartas al Estado Mayor General -del que dependía como general en jefe del Séptimo Ejército español- que tiran por tierra esas truculencias anglosajonas. Por ejemplo en la que firmaba en la provincia de León el 12 de noviembre de 1811. En ella, entre otras informaciones valiosas para ese gobierno provisional español, decía que salían ese mismo día “trescientos Prisioneros” destinados a “la Plaza de la Coruña”. Anteriormente se había enviado allí a otros cuatrocientos prisioneros franceses capturados en Aragón, según dice el general Mendizabal, por alguien al que no se le descuelga (por ignorancia, por mala fe, por orgullo patrio mal entendido…) el mote de guerrillero. Es decir: el navarro Espoz y Mina al que el general vasco califica de coronel y pide sea recompensado con un ascenso a general de brigada o al menos condecorándole con la Cruz de San Fernando… Esos prisioneros, además, eran enviados a bordo de “la Fragata Yris de S. M. B.”. Es decir: una fragata de Su Majestad Británica, uno de esos famoso “HMS” -o “Barcos de Su Majestad”- que aparecen, rodeados de heroísmo y gloria, en novelas como las de Forester o Patrick O´Brian.

Por supuesto, como se deduce de esta correspondencia, los prisioneros iban enteros y sin ser partidos por la mitad por ningún serrucho o con las cabezas aplastadas por un mazo de matarife. Parece pues evidente que los documentos históricos desmienten a famosos novelistas sobre lo que realmente pudo ocurrir en la España de las guerras napoleónicas.

A partir de ahí sería bueno que, en España sobre todo, ministros de Cultura, editores, guionistas, productores, miles de lectores… pensasen, al menos durante cierto tiempo, cómo es posible que se siga dando una imagen tal de los españoles de las guerras napoleonicas. Una que no es sólo truculenta hasta el ridículo, sino además falsa desde el punto de vista del más leve análisis histórico. Algo que, se supone, es lo mínimo que debería hacer -o haber hecho- alguien que pretendiera, o pretenda, ganarse los laureles de autor de novela histórica como lo pretendió, con ahínco, Arthur Conan Doyle creador del, por buenas razones, célebre Sherlock Holmes…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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