Por Carlos Rilova Jericó
Hoy, en mayo del año 2026, abriendo las páginas de los periódicos, o encendiendo el televisor a las tres de la tarde, podría parecer que es algo inédito, nuevo, eso de los problemas con barcos en los que se declara una epidemia, o algunos casos de una enfermedad.
Lo cierto, como es lógico suponer, es que la Historia está llena de casos así. La palabra “cuarentena”, tan de moda otra vez, de momento, procede precisamente del tiempo (hasta cuarenta días) que tenían que pasar sin tocar puerto los barcos que venian con lo que se llamaba “patente sucia”. Es decir: salidos de algún puerto en el que se sospechase que había habido o había una epidemia.
Esa cuarentena era un tiempo de estricta vigilancia a esos barcos que podía incluso acabar en muerte para quienes desembarcasen de ellos sin permiso. Algo que, generalmente, no se concedía en ningún caso, hasta que pasaba ese tiempo prudencial para comprobar que el barco no portaba la tan temida enfermedad. Generalmente peste bubónica traída de los focos endémicos orientales. De esas escalas de Levante de las que hablan algunos libros de Amin Maalouf.
Sin embargo hubo casos en los que ese temor ni siquiera llegó a concretarse. Y por razones bastante azarosas. Así ocurrió con una de esas “Flotas de Indias” que comunicaban Asia con América y este último continente con Europa a través de los puertos de Cádiz y Sevilla.
Los hechos tuvieron lugar en el año 1622 y ese episodio se convirtió, en 2024, en un curioso libro de espectacular título: “1622 El barco de las ratas. Pánico en la Flota de Indias”.
En realidad se trata de dos libros en uno. Por un lado esa obra es un relato firmado por el veterano escritor Alberto Vázquez-Figueroa sobre los hechos ocurridos en ese año 1622, cuando una de esas flotas españolas regresaba a Europa desde el Caribe. Por otro hay en “1622 El barco de las ratas. Pánico en la Flota de Indias” una “SEGUNDA PARTE” donde varios especialistas e investigadores ofrecen un estudio histórico de los hechos basado fundamentalmente en el relato que plasmó por escrito uno de los capellanes de aquella flota: el carmelita jerezano Antonio Vázquez de Espinosa.
En conjunto los hechos que narra de un modo u otro ese libro, se salen algo del relato habitual de esas singladuras porque, según el cronista, la flota padeció una infestación de ratas y ratones que excedía lo que era normal encontrar a bordo en uno de esos viajes.
Un problema al que venía a añadirse otro de mayor envergadura, como se señala en el estudio que acompaña a la novela de Vázquez-Figueroa. A saber: el de la fecha de partida de esa flota.
Normalmente, y por obvias razones, las flotas españolas que retornaban a Europa salían del Caribe antes de la estación más cálida del verano. No fue así en el caso de ésta del año 1622, que se retrasó hasta el mes de agosto.
Eso llevó, como era de esperar y de temer, a que aquel convoy tuviera que enfrentar la temporada de huracanes que convirtieron las aguas en una trampa mortal.
Así, sólo sobrevivirán al viaje de ese convoy siete de los treinta y tres barcos de diverso porte que lo formaban. (Desde galeones de alto bordo como el San Ignacio, hasta pataches como El embonado que hacía el número 33 de la lista y quizás aparece ahí repetido bajo otro nombre).
Además de eso la flota sufrirá esa plaga de roedores que tanto destaca la crónica del capellán Antonio Vázquez de Espinosa y que complica aún más las cosas. En principio la plaga no provocará la habitual enfermedad de la que eran portadores esos animales. Es decir: la peste bubónica. Sin embargo causaron numerosos daños en las reservas de agua y provisiones que llevaban los barcos para alimentar a sus pasajeros y tripulantes.
Los ataques de los roedores resultaron fuera de lo común, al decir del cronista. De hecho los animales parecían sufrir un hambre voraz que les llevaba a jugarse la propia vida sumergiéndose en las vasijas donde se transportaba, por ejemplo, miel, ahogándose en ella. Otro tanto observó el cronista respecto a los barriles de agua que la plaga atacaba con fuerza, introduciéndose en ellos y haciendo que el contenido se derramase o pereciendo ahogadas las ratas en el interior y corrompiendo así el líquido. Algo que, sin embargo -tambien al decir del carmelita Vázquez de Espinosa- no impidió que ese agua, cada vez más escasa y difícil de reponer, salvo por las lluvias ocasionales en medio del Atlántico, fuera utilizada como el menor de los males en esa situación que pasaba o por beber ese líquido infecto, o la escasa agua que había sobrevivido al ataque de la plaga, o morir de sed, o trastornado por beber agua de mar.
Algo, esto último, que según Vázquez de Espinosa llegó a ocurrir en efecto, prefiriendo algunos esa suerte a la de tentar al destino bebiendo agua que había sido tocada por los roedores.
Lo más asombroso del caso es que la flota arribaría finalmente a puerto seguro sin que, además de todas esas penalidades, se registrase ni la aparición de la temida peste, ni de ninguna otra enfermedad relacionada con la contaminación que podían causar los desechos de esos animales.
Tal vez la decreciente cantidad de barcos y tripulantes en aquella desafortunada Flota de Indias pudo ayudar en ese sentido.
Pero por lo demás los siete barcos supervivientes siguieron siendo una presa sabrosa. Habían evitado tener que levantar la temida bandera indicando “Epidemia a bordo”. Sin embargo eso no mejoró su suerte, pues la ausencia de ese inconveniente convirtió a los supervivientes en una interesante presa que podía ser abordada sin más riesgo que el habitual en un encuentro de esas características: fuego de Artillería, o de mosquetería, heridas de arma blanca…
Así el 27 de noviembre de 1622, cuando los supervivientes se acercaban a la costa, los corsarios holandeses atacaron a aquel convoy tan maltrecho, pues la tregua entre las provincias flamencas rebeldes y el rey de España, bajo cuyo pabellón navegaban esos barcos, había acabado y las hostilidades seguían adelante entre ambas potencias.
Los corsarios tuvieron éxito. Capturaron un galeón mandado por Pedro de Arbolancha y lanzaron contra las rocas de la costa, para hacerlo naufragar, al patache llamado La Capitana.
Sin embargo el botín de los holandeses no fue tan espectacular como podían haber esperado o imaginado. Las principales presas de esa desafortunada flota habían sucumbido ya a una travesía tan accidentada. Entre ellos el Nuestra Señora de Atocha, que se convertirá con el tiempo en otro asunto relacionado con esos cazatesoros norteamericanos que hacen famosos a esos incidentes para un amplio público.
Aun así, pese a todo, pese a la pérdida de millones de ducados en mercancia, en metales preciosos, esmeraldas y otras joyas como las que cargaba en sus bodegas el Nuestra Señora de Atocha, aquella flota del año 1622, fue poco más que una anécdota.
Los convoyes entre Asia, América y Europa (a través de puertos como Cádiz y Sevilla) continuaron adelante. A pesar de las tormentas, a pesar de los corsario y piratas y a pesar de los roedores a bordo que, aun siendo habituales, no alcanzaron las proporciones bíblicas de aquel año 1622 en el que se perdió casi toda la Flota de Indias pero aún así no arribó a puerto, para más desgracia, la tan temida peste de la que solían ser portadores esos molestos polizones…