Por Carlos Rilova Jericó
Esta semana pasada nos dejó Carlo Ginzburg. Nacido en 1943 y fallecido en este 17 de junio de 2026, fue uno de los historiadores que, acaso, tomó más al pie de la letra esa nueva forma de investigar, escribir y transmitir Historia que propuso la escuela de Lucien Febvre y Marc Bloch, desde 1929, y que pasaba por (entre otras cosas) aparcar la Historia de los “grandes hombres” y fijar la atención en personajes más anónimos. Y no necesariamente desdibujados en la masa anónima que, para otros historiadores, como los de la escuela marxista, era lo único que precisaba investigar el historiador.
Siguiendo esa senda, Carlo Ginzburg -historiador, investigador, profesor…- escribió así libros de impacto mundial y asequibles no sólo a especialistas. Ese fue el caso de “El queso y los gusanos”. Un título sin duda literario (y lógico, pues este historiador era hijo de la escritora Natalia Ginzburg) pero con un subtítulo que, sin perder esa garra literaria, anunciaba que nos encontrábamos ante un libro de Historia: “El cosmos según un molinero del siglo XVI”. Nacía así la llamada “Microhistoria”.
Ginzburg y los otros historiadores que siguieron esa vía de investigación, fueron duramente criticados. No entraré en la cuestión ahora porque nos llevaría demasiado espacio y nos alejaría del objetivo principal de este artículo. Me remito, por lo tanto, a lo que dijeron -a favor y en contra- historiadores como Josep Fontana en “La historia después del fin de la historia” y Bartolomé y Lucile Bennassar en “Los cristianos de Alá”.
Personalmente desde que me presentaron libros de microhistoriadores (como Carlo Ginzburg o Carlo Maria Cipolla) cuando era un estudiante de los últimos cursos de la carrera, pensé -como los Bennassar- que estudiar casos particulares, de una sola persona, podía ser tan interesante, tan revelador, tan útil para escribir Historia, como hablar de fuerzas sociales generales a las que podían, o no, pertenecer esos hombres o mujeres aislados.
Podría yo multiplicar los ejemplos de casos como los tratados por Ginzburg o Cipolla o Bartolomé y Lucile Bennassar pero, puestos a escoger uno sólo -como homenaje a Carlo Ginzburg- opto hoy por la microhistoria de un oficial del regimiento de línea África durante la Guerra de los Siete Años que transcurrió entre 1756 y 1763. Todo ocurrió en apenas unas horas y quedó registrado en tan sólo un fragmento de un periódico de la época: la “Gaceta de Madrid”. Sin embargo, como Carlo Ginzburg nos demostró, sería un error pasarlo por alto precisamente por ese carácter, digamos, tan microhistórico que tanto repele a los críticos con esta forma de hacer Historia.
Veamos pues que nos puede revelar ese caso de 1762. Ha habido algún amigo y compañero de fatigas en este proceloso campo de la Ciencia, que calificó ese pequeño fragmento como “increíble”. Puede que un maestro como Carlo Maria Cipolla lo hubiese calificado, también, como otra más de aquellas “Historias extravagantes” que nos legó para demostrar que estas pequeñas historias de la Historia podían ser útiles para reconstruir el pasado. Tanto como una estadística o una tesis sobre lo que pudo hacer una masa amórfa y casi anónima en un momento determinado del pasado.
Sin entrar en lo creíble o increíble que pudiera ser la Historia que narra ese momento mínimo en la vida de un oficial del regimiento África -antecesor del Tercio Viejo de Sicilia nº 67- yo no tengo duda de que esa mínima microhistoria es un episodio interesante, revelador, a tener en cuenta para entender, por ejemplo, cómo y cuándo la España de Carlos III de Borbón decidió entrar, tarde y mal, en una guerra que su hermano y antecesor en el trono, Fernando VI, había evitado por todos los medios de acuerdo a la consigna de “Paz con Inglaterra y guerra con nadie”.
La “Gaceta de Madrid” reproducía así en las páginas 142 y 143 de su número de 27 de abril de 1762, entre otras varias noticias (combates con corsarios británicos y las presas que habían hecho, insurgencia de los independentistas corsos…) aquella que hablaba de ese oficial del regimiento África que había estado a punto de ser una de las primeras víctimas españolas de esa Guerra de los Siete Años. Y en circunstancias llamativas, por no decir extravagantes. Los hechos, tal y como habían llegado a Cádiz el 16 de abril de 1762, decian que este oficial volvía de Campeche a través de un navío de registro cargado en La Habana con cueros y otros bienes por valor de 30.000 pesos. El destino era el habitual en el comercio entre América y Cádiz: llevar mercancía asiática o americana (como era el caso) a ese puerto español para revender en Europa con altos beneficios.
A bordo de ese mercante el oficial había sido capturado por los británicos. Primero lo habian llevado a las Islas Terceras y de ahí a Gibraltar, donde finalmente lo liberaron pudiendo así vivir para contar cómo había llegado a caer prisionero de guerra y casi ser víctima de ella.
Decía este oficial que el jefe de la escuadra con la que había salido de América, el marqués del Real Transporte, le entregó despachos importantes para transmitir a la Corte española, encareciéndole mucho su cuidado. Responsabilidad que el oficial tuvo que afrontar cuando su barco se vio abordado por una fragata que se había aproximado hasta ellos fingiendo ser francesa -y por lo tanto aliada- lanzando un cañonazo tras levantar esa bandera para asegurar así que era un navío amigo usando el código de señales habitual en el Mar en esos días anteriores a las radios.
Tras ese ardid, un oficial inglés subió a bordo y les dijo que puesto que la guerra estaba ya declarada entre España y Gran Bretaña, eran presa legítima. Lo cual significaba quedarse, aparte de con el navío español, con todo lo de valor que hubiera en él. Por ejemplo despachos destinados a la Corte de Madrid…
Algo que el oficial del regimiento África evitó de un modo que puede parecer bastante espectacular, pero que era sencillamente rutinario en aquel Siglo de las Luces y de las guerras llamadas “corteses”.
Así, antes de que el británico pudiera hacerse con los despachos guardados bajo el catre del oficial español, éste arrojó la valija por la borda lastrándola con palanqueta de la usada para cargar a metralla los cañones de barcos como aquel. Una destrucción asegurada de esos importantes despachos que irritó al oficial inglés hasta el punto de amenazar al español con ejecutarlo. La respuesta del oficial del regimiento África fue que hiciera lo que le pareciera por la fuerza, pero que él se habia atenido a lo mandado por las leyes de Guerra que era, en este caso, evitar por todos los medios -so pena de ser reo de traición- la entrega de despachos estratégicos, debiendo destruirlos antes que permitir que cayeran en manos enemigas.
Una fidelidad al código militar de la época que el oficial del África echó en cara al británico señalándole que él no lo había respetado al abordarlos bajo falsa bandera asegurada, además, con un cañonazo…
Aparte de eso el oficial español dio cumplida infomación en Cádiz sobre el número de barcos de la flota del Rey y de otra índole que se estaban moviendo en América en esos momentos en los que la guerra estaba ya declarada entre España y Gran Bretaña. Por otra parte, preguntado sobre las repercusiones del terremoto de Arakan (que parece ser recordaba a aquellos españoles de 1762 al de Lisboa que tanto impresionó a Voltaire y Rousseau), aseguró que nada de eso se había sentido en la otra orilla del Atlántico de donde él había salido en enero…
Como vemos esta noticia de la “Gaceta de Madrid” del año 1762 no es nada más que un fragmento en la vida de un hombre y en la de una potencia que dominaba dos hemisferios en ese momento. Sin embargo en ella encontramos, en apenas media página, un buen número de datos. Por ejemplo sobre cómo comenzó la Guerra de los Siete Años entre España y Gran Bretaña, qué barcos estaban presentes en América para defender esas costas, o cómo se desarrolló una misión secreta y de índole exclusiva con la que las autoridades españolas que gobernaban allí en esas fechas avisaban de noticias a la Corte de Madrid, Unas por las que un oficial militar español había estado dispuesto a jugarse la vida, ateniéndose al codigo de comportamiento en aquellas guerras dieciochescas que Voltaire calificó de mucho más civilizadas que las de siglos pasados.
Puede que a algunos historiadores les parezca ésta una Historia irrelevante. Demasiado lejos de la del (para ellos) verdadero sujeto de la Historia formado por multitudes anónimas o de las grandes estadísticas… pero el historiador que esto escribe no tiene duda de que Carlo Ginzburg, ese maestro de historiadores que nos acaba de abandonar, hubiera encontrado en ese fragmento de la “Gaceta de Madrid” de 1762 una página de Historia con “H” mayúscula.