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Carlos Rilova

El correo de la historia

“El corsario yankee”. Abraham Whipple y dos siglos y medio de Historia americana

Por Carlos Rilova Jericó

Contando desde este lunes 29 de junio, apenas faltan unos días para que se cumpla otro de esos aniversarios “redondos” que tanto nos dan que hablar (a favor y en contra) a los historiadores.

Así es. Este sábado 4 de julio se cumplirán 250 años de la declaración de Independencia de Estados Unidos.

No sé exactamente cuántas conmemoraciones habrá en España para recordar esa fecha tan destacada y la parte que le tocó a este país en el nacimiento de esa que es hoy, todavía, una potencia que rige los destinos del mundo. Me consta que en el Museo del Ejército en Toledo ya se ha inaugurado una exposición temporal sobre el tema.

Por otra parte en Navarra, una de las comunidades autónomas españolas a la que más afectó la cuestión, sé que se han hecho algunos actos relacionados con esa efemérides. Tengo vagas noticias sobre actividades al respecto en el Archivo Real y General de Navarra y por parte del ámbito universiatrio de esa comunidad, recordando la aportación esencial a que esa declaración del 4 de julio de 1776 no acabase en papel mojado y quemada en el patíbulo como era habitual.

Por otra parte, en el Nuevo Casino Principal de Pamplona, el que estas líneas escribe tuvo el 10 de junio el honor de participar en una mesa redonda sobre el tema organizada por la Fundación Mencos y la asociación cultural Héroes de Cavite donde se debatió sobre el papel jugado por el regimiento de línea Navarra en los hechos y, sobre todo, el de su coronel en esos días, José de Ezpeleta. Hombre fundamental para que la causa norteamericana triunfase en ese teatro de operaciones. Además de eso esta misma semana volveré yo sobre el tema en la comunidad foral. El día 2 de julio con una visita organizada, una vez más por Héroes de Cavite, en Corella para abordar su rico patrimonio barroco desde esa perspectiva, seguida de una conferencia sobre el asunto acompañada de una pequeña exposición efímera que se trasladará el día 4 de julio al Concejo de Egües donde, en colaboración con esa autoridad municipal y, de nuevo, con Héroes de Cavite, se hará otra conferencia sobre la efemérides “yankee” en base a una exposición más amplia. Finalmente el domingo 5 daré una conferencia en el Museo San Telmo de San Sebastián también sobre diversos aspectos de ese 250 aniversario.

Lo cierto es que involucrado en tantas actividades para conmemorar esa fecha el historiador se hace plenamente consciente de la vastedad, y el alcance, que tuvieron aquellos acontecimientos. Y cómo cambiaron las cosas desde ese momento. No hace falta leer a maestros como Jacques Godechot y su obra “Las revoluciones (1770-1799)” para darse cuenta de esto. Basta con repasar materias más ligeras -pero no menos interesantes para la Historia- como la Música que que se compuso en las provincias británicas de Norteamérica ya antes de llegar a ese punto de no retorno del 4 de julio de 1776.

Los norteamericanos rebeldes produjeron, en efecto, un notable número de piezas musicales que tenían como fin -de eso no hay duda- el ser utilizadas como propaganda de guerra.

Aunque también las hubo en contra de la rebelión. Un claro ejemplo de ello es “The rebels”. Una pieza de 1778 escrita por un oficial británico, el capitán Smyth, donde con un ritmo stacatto y repetitivo, algo lúgubre, recordaba a los de “las camisas de caza y los rifles” y la clase de chusma baja y desleal -con el rey Jorge- en la que se habían convertido esos británicos de las provincias americanas que combatían vestidos con esas humildes prendas y armas de simples cazadores.

Pero la mayoría fueron escritas a favor de esa revolución americana, claro está. Y curiosamente varias de ellas se dedicaban a hablar de la Marina continental.

Una de las primeras fue “Free America”. Escrita por el doctor Joseph Warren, revolucionario de primera hora en Lexington y Concord y caído en Bunker Hill, cantaba las alabanzas de una futura flota norteamericana que daría dominio de los mares a la nueva nación y podría enfrentarse a Francia y España incluso…

Más explícita aún era “An american frigate”. Esta canción (recomiendo escucharla en la versión de Diane Taraz) estaba dedicada al capitán John Paul Jones. Un marino prototípico de la época con un carácter realmente difícil y una vida con muchas luces y algunas sombras siniestras. Aun así, como indica la magnífica biografía que le dedicó en 1958 el tambien marino Samuel Eliot Morison, el capitán Jones supo hacerse, con canciones como esas, una publicidad que lo ha convertido en ese héroe nacional norteamericano reflejado en monumentos como el que tiene hoy día en Washington D. C. o en películas como “El capitán Jones”. Con razón o sin ella, porque lo cierto es que como también indica la biografia de Morison, hubo otros marinos norteamericanos que consiguieron sacar adelante todo aquello a fuerza de coraje sobre las aguas cortando con sus quillas vientos y olas y desafiando a la temible Royal Navy.

Uno de ellos fue el capitán Abraham Whipple al que la propaganda norteamericana también dedicó otra canción: “The yankee privateer”. Es decir: “El corsario yankee”. En ella, con el habitual ritmo de los “Sea shanties” -los cantos de marinos tan bien descritos por Peter Burke en “La cultura popular en la Europa moderna”- se cuentan las hazañas del “viejo Whipple que jamás sintió ningun miedo”. Tal y como dice una de las estrofas de esa canción.

Toda esa narración musical corre a cuenta de uno de los marinos embarcados con Whipple en ese barco supuestamente corsario al servicio de los insurgentes comenzando por contar, en sus propias palabras, cómo salió por primera vez al Mar para luchar contra los británicos y ganar la libertad para los nacientes Estados Unidos de Norteamérica…

El resto de las estrofas son realmente divertidas, irónicas, aunque exageran lo que realmente ocurrió como han señalado muchos historiadores. En cualquier caso, en sustancia, como canción de propaganda, “The yankee privateer” (además de divertida) es impagable. Así la voz cantante nos dice que el barco del capitán Whipple, el Providence, navegó hacia el Sur y dio con un convoy británico que iba a las Indias Occidentales. Momento que el “viejo Whipple” elegirá para apagar los fanales de su barco y durante diez días perseguir al convoy británico llevándose cada noche una presa “bajo la nariz del león”. Así hasta que la mayor fragata británica viró para enfrentarse al enemigo que los había burlado hasta entonces.

En ese momento, según la canción, el “viejo Whipple” demostró una vez más no tener ningún miedo pese a enfrentarse a un barco superior (“fleeter”) y no se retiró hasta haber barrido al enemigo desde la popa a la proa y, en definitiva, dejar a los torpes marinos británicos con lo que libremente podríamos traducir como “un palmo de narices” gracias a los buenos oficios de esos otros marinos yankees que, durante toda la canción, repiten sin cesar que navegan llenos de buen humor pues ninguna fragata británica era capaz de vencer al corsario americano.

Se podría decir que así se ganó aquella guerra comenzada el 4 de julio de 1776, entre cañonazos envueltos en olor a salitre y pólvora, pero en realidad “The yankee privateer” es tan sólo una metáfora -hermosa, divertida, sin duda- de lo que en realidad ocurrió. Ni más ni menos que las flotas combinadas de España y Francia lograron que las hazañas -reales o exageradas de capitanes como Abraham Whipple- consiguieran finalmente la victoria para la nueva nación. Muy lejos pues, todo aquello de lo que se imaginaba -imprudentemente- el doctor Joseph Warren en su canciín “Free America”.

Así lo reconoció incluso el general en jefe del nuevo ejército, George Washington, declarando que sin esa ayuda, y en especial la española, el documento del 4 de julio de 1776 habría sido papel mojado cuando se lanzó ese desafio sin vuelta atrás ahora hace 250 años. Cuando la Historia del mundo cambió gracias a gente con camisas de caza y rifles, pero también gracias a barcos de guerra como los mandados por John Paul Jones, por el viejo Abraham Whipple y, sobre todo, por esos capitanes de Mar y Guerra españoles tan admirados por esos norteamericanos que incluso copiaron, en casi todos sus detalles, el uniforme naval español para su nueva Marina…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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