Por Carlos Rilova Jericó
La Música del período Barroco (aproximadamente entre el 1600 y finales del siglo XVIII) es una buena muestra del uso político que se puede hacer de unas cuantas notas compuestas sobre papel pautado por cualquier genio (más o menos conocido) que domine ese Arte. No es preciso ser músico, ni musicólogo, para darse cuenta del efecto que una melodía bien compuesta y bien ejecutada puede tener sobre el ánimo de una persona o el de varios miles. Cómo puede hacerles odiar o amar algo.
La Iglesia de la misma época (en sus distintas variantes católica y protestante) también sabía bien de ese efecto. Basta así con oír una composición de Bach o una de Vivaldi para darse cuenta del efecto que música como aquella podía tener sobre la mente de una persona o de una reunión de decenas de hombres y mujeres en un templo.
Pero en esos años (y en los anteriores y posteriores) hubo muchos más nombres (aparte de Bach, Haendel, Vivaldi…) entregados a la tarea de usar la Música para hacer odiar o amar no a una determinada forma de catecismo cristiano sino a ésta o aquella otra figura política.
Algunos de ellos serán genios anónimos. Es lo que ocurre con quien compuso una restallante pieza que ha tenido varios títulos. Actualmente puede verse en YouTube (con la letra en inglés de finales del siglo XVII incluida) bajo los títulos de “Accession of King James II” o “Exaltation of King James II”. Es decir, respectivamente “La Entronización del rey Jacobo II” o “Exaltación del rey Jacobo II”.
La música de esa canción, tomada de una melodía anterior titulada “Hark!, The Thundering Cannons roar” (“¡Oíd! Los Tonantes Cañones rugen”), apoyada por las trompetas naturales de la época, causa un efecto impresionante imitando en escalas sostenidas “in crescendo” el sonido de las campanas de las iglesias en un día de coronación. Si bien la letra que puede leerse ahora en ese video que circula en YouTube es mucho más resumida que la canción original recogida, según nos dice el libro “The Cavalier Songs and Ballads of England from 1642 to 1684” editado por Charles Mackay, y calificada ahí como “una excelente nueva canción” en “Collection of One Hundred and Eighty Loyal Songs, written since 1678”. Es decir: una “Colección de Ciento Ochenta Canciones Leales, escritas desde 1678”.
Pero, en conjunto, tanto la versión escrita como la cantada en esos videos viene a decir lo mismo de forma más extensa o resumida. Así, pese a que poco más se sabe de esa tan excelente canción, su título original, de 1684, resume bien el contenido apoyado por esa música tan apabullante: “ON THE MOST HIGH AND MIGHTY MONARCH KING JAMES, ON HIS EXALTATION ON THE THRONE OF ENGLAND”. Lo que traducido vendría a ser “(UNA CANCIÓN) SOBRE EL MÁS ALTO Y MÁS PODEROSO MONARCA REY JACOBO, EN SU EXALTACIÓN AL TRONO DE INGLATERRA”.
Ese hecho, la coronación, ocurrió en el año 1685, tras la muerte sin descendencia del hermano de Jacobo, Carlos II Estuardo. Monarca con una activa vida sexual pero, curiosamente, sin que ésta produjera un heredero legítimo dejando así la corona inglesa en manos de Jacobo, que accedería desde su título de duque de York (precisamente el que dará nombre a la ciudad de Nueva York) al de rey de Inglaterra, de Escocia, de Irlanda y de (según un título más teórico que real) Francia.
Jacobo recibía una corona a la que no es exagerado calificar de tambaleante. Tras tres guerras civiles entre la monarquía y el Parlamento, entre 1642 y 1651, los Estuardo habían vuelto a ganar el trono inglés en 1660 al ser el mal menor y aceptando Carlos II el trato a cambio de evitar la confrontación con el Parlamento (y la clase dirigente inglesa en él representada) que había llevado a su padre Carlos I a la guerra y posteriormente a ser juzgado por traición a Inglaterra y ejecutado.
Más o menos el epicúreo monarca se las arregló para ceñirse a ese controlado papel, aunque jugando bazas muy peligrosas como el enfrentamiento con la República Holandesa heredado del régimen puritano anterior -que había ejecutado a su padre- y alianzas secretas como el Tratado de Dover sellado con su primo Luis XIV. Centro en esos momentos de todas las tormentas políticas y bélicas que recorren Europa como una plaga.
Su hermano Jacobo II, el exaltado en esa excelente (e impresionante) canción dedicada a su coronación, no lo tendrá tan fácil. Entre otras cosas porque Jacobo II (aunque la canción no lo constata en el recuento de sus virtudes) irá de frente por decirlo coloquialmente. Así, a diferencia de su padre y hermano, no ocultará que desde 1668 se ha convertido al Catolicisno practicado por su madre, la reina Enriqueta María de Borbón, tía de Luis XIV.
En principio en Inglaterra existía en esos momentos cierta tolerancia religiosa (no hay otro remedio tras nueve años de guerra civil, de dictadura puritana y otros accidentes que a punto están de hundir al país). Pero lo cierto es que esa ostentación descarada de una creencia que niega el fundamento de la Iglesia principal inglesa -la anglicana, que tiene por jefe no al Papa sino al rey o reina de Inglaterra- no podía mantener en calma mucho tiempo los nervios de esa clase dirigente inglesa que se había enriquecido con la incautación de bienes de la Iglesia católica tras el cisma provocado en el siglo XVI por Enrique VIII.
Asi pronto empezaron a mover ese trono en el que estaba sentado ese rey, Jacobo II, al que esa canción define como el más excelente que lo podía ocupar, aquel al que han de saludar las campanas y campanarios en el día de su exaltación al trono, y que será capaz (según la versión larga contenida en la “Colección de Ciento Ochenta Canciones Leales, escritas desde 1678”) de mantener a raya al gran enemigo holandés.
El día de la coronación de Jacobo el 23 de abril de 1685, cuando se propagaba esta propaganda cantada, es posible que aún se pensase, como dice su letra, que era un rey que les había sido regalado por el Cielo, traído desde el exilio, entre tormentas, pero pronto empezará a molestar a muchos ese que la excelente canción llamaba valeroso monarca. (Y lo era, pues durante su exilio luchó en las tropas francesas, tan entregadas a llevar la guerra por toda Europa, después lo hizo en colaboración con los tercios españoles tras la firma del Tratado de Bruselas con Felipe IV en 1656 y a partir de la Restauración de 1660 fue Lord Almirante pero también comandante presente en la línea de fuego en batallas navales como la de Lowestoft en 1665, donde soportará un intenso fuego que acaba incluso con varios de los oficiales que le rodean).
Así, ya en el mismo año de la exaltación de Jacobo II al trono, el duque de Monmouth (a quien también se dedicarán canciones) había intentado derrocarlo por exhibir descaradamente su conversión al Catolicismo una vez declarado rey de Inglaterra.
La situación no mejorará con el tiempo. Más bien al contrario y así todo lo dicho en la excelente canción de 1685 se convertirá en un odioso sarcasmo para la clase dirigente inglesa que sólo quiere ver, de nuevo, a un rey protestante en el trono inglés. Será así como Jacobo II lo perderá en 1688 a manos de su yerno Guillermo de Orange, casado con su hija María Estuardo, fiel protestante…
Comenzará así para ese rey al que la canción llama “el poderoso Jacobo”, un segundo exilio en el que apoyado por su primo Luis XIV volverá a ponerse al frente de tropas en Irlanda, leales a su causa, pero que serán aniquiladas por las sutiles alianzas formadas en contra de Francia por la España gobernada por otro Carlos. De Habsburgo en este caso.
Sin embargo la canción compuesta para la coronación de Jacobo será perfectamente válida. Bastará con cambiar su nombre por el de Guillermo y María, que se convertirán al final, como también dice esa canción propagandística, en los defensores de la Iglesia (protestante por supuesto) y el Estado.
Asi será. Melodías como esas, en definitiva, alentarán a la todavía pobre, turbulenta y débil Inglaterra a convertirse, para comienzos del siglo XIX, en la tenaz Gran Bretaña que barrerá de las costas inglesas y de su océano a sus enemigos como reza esa canción en honor a Jacobo II. No tanto a una cada vez más satelizada Holanda, sino a aquella España de la que Inglaterra ha tenido que ser aliada de circunstancias y, desde el siglo XVI, las más de las veces, víctima.
Hay que constatar por tanto que es innegable el triunfo de la propaganda con la que iba cargada la excelente canción compuesta para el finalmente aborrecido Jacobo II. Tan sólo se requería una serie de pequeñas correcciones en la letra de aquella apabullante melodía. Un arte en el que los británicos serán consumados maestros. Casi tanto como en el de componer canciones propagandísticas…