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Carlos Rilova

El correo de la historia

¿Pero quién era el almirante Benbow?

Por Carlos Rilova Jericó

Que “La isla del tesoro” es una novela fascinante, magnética, estoy seguro de que nadie que haya tenido el placer de leerla discutirá.

Yo, que lo he hecho un par de veces, creo que es un relato perfecto entre los muchos que escribió Robert Louis Stevenson. Y eso que la mayoría de los que yo he leído (“La Flecha Negra”, “El señor de Ballantrae”…), me han parecido casi igual de perfectos. Pero hay algo en “La isla del tesoro” que perfecciona aún más a esa novela. Y eso teniendo en cuenta que es una obra que parecía menor, escrita por el autor para entretener a su hijastro.

Quizás esa nota de distinción de “La isla del tesoro” está en los detalles. Se diría que sí, pues en esa novela Robert Louis Stevenson supo crear toda una atmósfera envolvente. Habitual en sus otros relatos, pero que en esta pequeña obra maestra parece llevada a su extremo.

Así, por ejemplo, ocurre con el nombre de la posada donde todo empieza con la llegada de viejos piratas como Perro Negro, para ajustar las cuentas a Billy Bones, su traicionero camarada que les ha privado del mapa de la codiciada isla.

Robert Louis Stevenson, dejando de lado nombres ficticios más efectistas, decidió llamarla “Posada del almirante Benbow”. Buena jugada pues el nombre, aun pareciendo más parco que otro que llevase la imaginacion de inmediato a escenas de barcos cañoneándose y a punto de abordarse, llamaba igualmente la atención, llevando a los lectores a preguntarse, pero ¿quién era ese almirante? ¿Realmente existió alguien con ese rango y nombre?

Lo cierto es que el llamado Tusitala, el genial escocés bautizado en 1850 como Robert Louis Stevenson, eligió como nombre de su posada ficticia a un personaje envuelto, en la vida real, no en la ficción, en escenas de cañonazos en alta mar, de nubes blancas de pólvora negra envolviendo veleros enfrentados en un combate a muerte. Todo ello mezclado con olor a salitre y alaridos de tripulaciones enardecidas sobre las bordas, armadas hasta los dientes con medias picas, bicheros, pistolas y sables de abordaje mientras la metralla barría cordajes y cubierta y las balas al rojo vivo buscaban velas y palos mayores…

En efecto, el almirante Benbow vivió todo aquello. Pero como un personaje tan real como la entrada de la ineludible Wikipedia donde se nos dice que John Benbow nació un 10 de marzo de 1653 y murió en plena Guerra de Sucesión española un 4 de noviembre de 1702.

Es más, John Benbow aparece incluso en obras tan sesudas como la que le dedicó en 2011 el doctor Sam Willis o la Enciclopedia Británica, que nos cuentan hoy de manera más resumida lo que ya se contaba en libros de Historia escritos en la misma época en la que Robert Louis Stevenson adquiría fama con sus relatos y novelas.

Por ejemplo en la “Brett´s Naval History of Great Britain. From the Earliest Period to the Present Time”, publicada en el año 1871 por ese mago de la edición popular de la era victoriana que fue Edwin John Brett. En esa obra el capítulo XIV se dedica a lo ocurrido entre el fin de la última guerra anglo-holandesa y la muerte del almirante Benbow.

A partir de ahí Brett nos cuenta distintas aventuras en las que ese marino estuvo presente. Sin orden cronológico empieza por el año 1693, durante la llamada Guerra de los Nueve Años. En esa ocasión Benbow -nos dice Brett- consiguio cerrar con éxito la campaña naval de ese año que no habia sido muy brillante. Como denotaban los esfuerzos infructuosos de sir Francis Wheeler, que volvió desde las islas del Caribe con un escuadrón bastante maltrecho.

¿Qué hazaña, según Edwin John Brett, llevará a cabo John Benbow en esa guerra en la que combate codo con codo con los españoles que en 1702 serán sus enemigos?

Dice Brett que en noviembre de 1693 se hace a la mar con destino al puerto francés de Saint-Malo, al mando de 12 grandes navíos, cuatro bombardas (“bomb-ketches”) y dos bergantines. Con esas fuerzas asedia por mar a esa bien fortificada plaza bretona bombardeándola durante tres días. Incluso se atreverá a desembarcar en una isla cercana donde sus hombres llevarán a cabo la dudosa proeza de quemar un convento. El día 19 los hechos serán de carácter más marcial, arrimando a Saint-Malo un brulote que explotará causando en esa localidad un efecto parecido al de un terremoto. No llegará a incendiar la villa, tal y como se pretendía, pero volará el tejado de 300 casas y causará grandes destrozos en los cristales y cerámica de tres leguas a la redonda.

La crónica de Brett señala que Benbow y su escuadron infligirán grandes daños en esa plaza fuerte bretona, especialmente en la mayor parte de las murallas que defendían el frente de mar. Tanto que, de haber dispuesto de tropas de asalto terrestre, Benbow podría haber tomado la ciudad. Un éxito relativo pues, pero al que Brett no resta mucho mérito indicando que el almirante Benbow habia logrado causar importantes daños a un puerto que había sido durante mucho tiempo la base de barcos corsarios causantes de grandes perjuicios al comercio inglés.

Brett, de hecho, no ahorra elogios a John Benbow, señalando literalmente que los reveses en los que se verá envuelto (como el asalto a Cádiz ya en la Guerra de Sucesión española) no serán por falta de heroísmo o de pericia marinera, sino por el mal estado de sus barcos, la tendencia al motín de las tripulaciones bajo su mando, o a la enfermedad.

De hecho el panegírico que Brett hace de Benbow no tiene desperdicio. Dice que procede de una honesta familia de Shropshire, que antes de entrar en la Royal Navy será marino mercante y que destacará en ese puesto hasta el punto de que en 1686 Carlos II de Habsburgo, rey de España en ese momento, lo invitará a su corte cuando lleguen noticias desde Cádiz del valor que demuestra combatiendo a los berberiscos. Un episodio ciertamente digno de alguien que daría nombre a una posada visitada por tipos tan atrabiliarios como el Viejo Pew o Perro Negro. Dice así Brett que el entonces capitán Benbow mandó cortar las cabezas de corsarios berberiscos abatidos en combate y que las hizo poner en salmuera en un barril que los aduaneros españoles de Cádiz sospecharon era contrabando. Para disipar sus sospechas John Benbow dijo a estos que se trataba de “víveres en salazón” y mandó que se los sirvieran en la mesa… si gustaban…

Parece que tal bravata fue la que impresionó a Carlos II, el “Hechizado”, que recomendó vivamente al rey Jacobo II a tan feroz marino. Desde luego, continúa diciendo Brett, Benbow entró en la Flota Azul de la Royal Navy y siguió acumulando méritos. Así, el cambio de rey en Inglaterra no le supuso mayor problema, siendo apreciada su pericia marinera por Guillermo III tanto como había sido apreciada por Jacobo II, dedicándose durante la Guerra de los Nueve Años a atacar constantemente la costa francesa como ya hemos visto en el cerco a Saint-Malo en 1693.

Dice Brett que con el nuevo monarca, Benbow hizo en alguna ocasión gala del rudo carácter que tenía, asegurando a Guillermo literalmente que él no entendía de cumplidos como los que le hacía ese rey, diciendo que era un honesto marino a diferencia de otros oficiales navales más dados a la elegancia y a figurar que a la eficacia. Lo unico que sabía, dijo Benbow, es que iría al destino que se le ordenase. Ya fuera a las Indias Occidentales o al Diablo y que allí cumpliría con su deber.

Así lo hizo hasta caer mortalmente herido por una bala encadenada que se llevará una de sus piernas el 24 de agosto de 1702 cerca de Cartagena de Indias. Cuando los capitanes bajo su mando (algo picados por su airado carácter) le abandonaron ante el vicealmirante francés Du Casse, dejándole con un sólo barco ante tan formidable enemigo que, sin embargo, reconocerá el valor de Benbow al sostener batalla en esa inferioridad de condiciones y recomendándole ajusticiar a los oficiales que le habían abandonado.

Brett señala, con todo detalle, que así se hará. De esos oficiales, Kirby y Wade serán llevados a consejo de guerra y fusilados. De los otros que escapan a ese destino, el capitán Hudson morirá antes del juicio y el capitán Constable será expulsado de la Armada inglesa con baja deshonrosa.

Parece ser que las últimas palabras de Benbow antes de morir a causa de la fiebre provocada por sus heridas, fueron que preferiría haber perdido sus dos piernas antes que ver semejante desgracia para su país.

Sin duda, ante semejante biografía, no cabe duda de que Robert Louis Stevenson eligió con todo acierto a este personaje secundario de “La isla del tesoro”, muerto y enterrado años antes de que comenzase esa aventura. Pero sin embargo presente en el bamboleante cartel de la posada de Jim Hawkins, despertando, desde la primera página de esa novela, ecos de cañonazos, pólvora y salitre. Todos ellos asuntos bien conocidos por el almirante Benbow…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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