Por Carlos Rilova Jericó
Cada vez que se juntan, hoy día, las palabras “España”, “Historia” y “México” el historiador que estas páginas escribe sabe que va a haber algún problema, controversia, riña de barra de bar o todo junto y a la vez.
En efecto, toda esta semana pasada ha estado aderezada con un debate agrio en torno a la enésima petición de disculpas a España por parte de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum. Así, una vez más, este correo de la Historia tiene, otra vez, un tema casi obligado con esa inacabable controversia sobre las maldades (sin fecha de caducidad) que supuestamente perpetraron los españoles en lo que hoy es conocido como México. Al menos en la parte de México que los criollos no perdieron tras la guerra contra Estados Unidos en 1848 y a los que, por la razón misteriosa que sea, la presidenta Sheinbaum no tiene en su agenda pedir reparaciones, explicaciones, excusas, genuflexiones… similares a las que no se cansa de exigir a España y a sus más altas instituciones. Aunque, por cierto, alguna de ellas ya ha respondido a la presidenta mexicana que no se va añadir más a lo dicho al respecto hasta aquí. Sabia decisión esa desde el punto de vista no político-patriótico sino desde el simplemente técnico.
Efectivamente un historiador no puede sino aplaudir que se llame al orden a la presidenta Sheinbaum con esta cuestión de las excusas anacrónicas y sobrevenidas.
Y es que una de las primeras cosas que aprendemos los historiadores al entrar en la Facultad, es que no estamos alli para juzgar hechos del pasado, sino para estudiarlos, investigarlos, describirlos y aumentar el conocimiento de nuestras sociedades actuales sobre ese pasado del que procedemos.
Para esto se nos hacía leer (al menos cuando yo estudiaba la carrera) un texto fundamental del historiador frances Lucien Febvre titulado “Contra los jueces suplentes el Valle de Josafat” que no es la primera vez (ni seguramente la última) que menciono en páginas como éstas.
En ese pequeño artículo, publicado en España en el volumen titulado “Combates por la Historia”, Febvre señalaba que los historiadores no estudiaban ni se licenciaban para juzgar, ni condenar, ni pedir perdón, por los hechos del pasado.
Una lección básica del profesor Febvre, uno de los fundadores junto con Marc Bloch de la Historia como moderna ciencia social, que, por lo visto, personas que ocupan altos cargos -como Claudia Sheinbaum- o desconocen o pasan por alto con fines políticos de cortos vuelos.
Y hacen mal porque tarde o temprano tan burdos manejos quedan expuestos en toda su descarnada inanidad. Así, por ejemplo, ocurre si se trae a colación el asunto de las “Leyes de Indias” tan mentadas durante esta última semana a causa de la polémica atizada nuevamente por la presidenta mexicana.
Recordemos aquí de nuevo que Claudia Sheimbaum no es especialista en Derecho histórico, pues su titulación es la de “ingeniera ambiental”. Lejos por tanto de nada que tenga que ver con la Historia o la Historia del Derecho. Lejos, por tanto, de tener conocimientos especializados como el abogado Julio Henche que ha escrito y dado conferencias sobre el tema en diversas ocasiones. La más reciente en noviembre de 2025 en Burgos, merced a unas jornadas sobre el tema de la asociación cultural Héroes de Cavite.
A partir de ahí la presidenta Sheinbaum ya queda en una gran inferioridad de condiciones para volver otra vez sobre ese pesado, y trillado, camino de exigir esas consabidas excusas por hechos históricos a las actuales instituciones representativas de España.
Incluso aunque, como se ha dicho, esas leyes no se cumplían siempre -¿y cuál sí se ha cumplido siempre?- no hay nada que reclamar, nada que juzgar en la Historia, ni tiene el menor sentido una presentación de excusas oficiales por parte de España por haberse aprovechado de la situación en 1521 apoyando una revuelta de miles de descontentos contra el Imperio mexica. Salvo que se quiera sacar un menguado redito político de ello actuando como presidenta y jueza suplente del Valle de Josafat a la vez.
Y si ni con esas sutilezas la presidenta Sheinbaum se percata de su error contumaz, de los peligros de usar alegremente la Historia convirtiéndola en materia de juicio, se le podría preguntar entonces, jugando a la inversa a ese juego absurdo y antihistórico, quién y a quién va a presentar excusas por los doscientos años de Historia del México independiente que ella gobierna ahora y que no son precisamente un lecho de rosas histórico.
Durante esos 200 años, desde la primera insurgencia mexicana aprovechando la debilidad de la Metrópoli enfangada en las guerras napoleonicas y con la mayor parte de su territorio invadido o convertido en teatro de operaciones, los sucesivos gobiernos criollos mexicanos -ya fuesen imperios o repúblicas- mermaron el territorio del Virreinato, perdiendo toda su zona Norte para la cuarta década de ese siglo XIX. Además, en términos objetivos, provocaron una inestabilidad política casi constante que para 1861 (es decir, en sólo cuarenta años tras independizarse de España) había convertido a México en un reñidero donde se enfrentaban distintas facciones políticas, abriendo así la puerta a una invasión del Segundo Imperio francés que no fue a peor gracias a la prudente decisión del general Prim de retirar de allí a las fuerzas españolas traídas desde Cuba.
Pese al triunfo en 1867 en esa guerra civil de la facción liberal mexicana encabezada por Benito Juárez, los problemas siguieron prodigándose en México y en ellos tuvieron muy poco que ver los españoles. Así la inestabilidad política continuará y la situación de la mayor parte de la población empeorará de un modo más que notable merced a dictaduras como la de Porfirio Díaz y el llamado Partido Científico, que pretendiendo acelerar la economía y el progreso técnico del país, lo sumieron en unas brutales desigualdades que, por comparación, hicieron casi irrelevantes las situaciones de conflicto que desembocaron durante el Virreinato en enfrentamientos contra algunas etnias nativas. Como la de los pericúes en las misiones de Baja California del año 1734.
Al alba del siglo XX culminaban así en México toda una serie de problemas que los gobiernos criollos no habían sabido resolver y en los que, evidentemente, nada tenía que ver una España que ya en 1861 se había negado a intervenir en una guerra de agresión a ese México independiente.
Podría seguir durante bastantes más folios hablando de estos asuntos y otros parecidos, pero creo que lo dicho debería bastar para llamar la atención a una presidenta de una república independiente sobre los peligros de manejar la Historia como jueces suplentes del Valle de Josafat. Pues esos juegos de aprendiz de brujo, como espero haber dejado claro, aparte de no tener cabida en nada que merezca el nombre de “Historia”, pueden volverse en dos direcciones. Incluso, como acabamos de ver, en contra de quien los utiliza enervantemente para sacar un burdo y cortoplacista rédito político.
Y es que usar como arma arrojadiza la Historia de México desde la llegada de los españoles con sus luces (como la prosperidad económica y territorial de la época virreinal) y sombras (como las tensiones sangrientas con pueblos como los pericúes y los mayas), no va a salvar a México de problema alguno (y tiene bastantes).
Eso lo unico que hará, a fin de cuentas, es mostrar que el país, por desgracia, está regido por una persona que carece de elementales conocimientos científicos. O que, a sabiendas, se enfanga en una demagogia que, de momento, priva a su país de alianzas internacionales dentro de una hispanoesfera sólida que podría mitigar muchos de los problemas engendrados en el México actual desde 1821 a 1917 (y después). Cuando ya los españoles poco o nada tenían que ver en los asuntos de un país que había elegido la secesión y la independencia…