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Carlos Rilova

El correo de la historia

El centenario olvidado: 9 de abril de 2026

Por Carlos Rilova Jericó

Acaba esta semana el mes de abril de 2026. Es una fecha que parece irrelevante, sin importancia. Los últimos días de otro mes de los doce que componen el año y que se va acercando al verano. Poco más. ¿O tal vez no?

La respuesta a esa pregunta es que no, que el mes de abril del año 2026 no es un mes cualquiera. Sin embargo ese detalle ha pasado bastante desapercibido pese a que en él, el día 9, se cumplía uno de esos centenarios “redondos” en los que, como ya decía en un correo de la Historia de enero, este año es rico.

Ese centenario, el que se cumplía hace tres semanas ya, era además uno de importancia universal. Nada menos que el del fallecimiento del hombre que sistematizó, por no decir inventó, el método científico en el que se basa nuestro actual desarrollo económico y social.

Ese hombre, curiosamente, era inglés (tomen nota aquí quienes dicen que sólo las grandes figuras históricas españolas son olvidadas). Y además era un noble de alto rango en la corte inglesa de finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Su nombre era Francis Bacon y tenía título de cabalero (“sir”) y de miembro de la Cámara de los Lores inglesa, donde se le conocía como Lord Verulam.

Sir Francis Bacon no es (o no debería de ser) precisamente alguien desconocido. Todos los estudiantes de Bachillerato lo conocen (o deberían conocerlo). Bien sea por las asignaturas “de ciencias”, bien sea para los que siguen la incierta (y denostada) senda “de letras”.

En efecto, sir Francis Bacon siempre ha sido una presencia habitual en asignaturas como la Física, la Literatura y la Filosofía.

Como hombre de eso que, en el siglo XIX, empezamos a llamar “Renacimiento”, sir Francis Bacon era hombre instruido en muchas materias. Todo un filósofo según el significado que se daba a esa palabra en su época. Es decir: alguien como, por ejemplo, el matemático italiano Girolamo Cardano. Tan capaz de crear un sistema de cálculo que aún se sigue estudiando y utilizando, como de codearse con notorios magos como John Dee con el que se planteó crear algo tan imposible, hoy por hoy, como una máquina de movimiento continuo…

Hay que constatar aquí que sir Francis Bacon tenía expectativas más realistas a ese respecto, aunque no puede perderse de vista que la mayor parte de figuras como la suya, consideradas hoy como casi sagradas en temas de Ciencia (Newton, Leibniz, Boyle…), creían que lo que nos parece simple (e inerte) Magia, era tan válida como las ecuaciones de segundo grado, la inexorable Ley de la Gravedad o las primitivas máquinas de calcular antepasadas de ordenadores como éste en el que escribo.

Por el contrario sir Francis Bacon pasó a la Historia por, entre otras razones, haber escrito un libro titulado “Novum Organum Scientiarum”. Es decir: el “Nuevo órgano de las Ciencias”.

¿Cuál era la gran virtud de ese legado intelectual del hombre que dejaba este mundo un 9 de abril de 1626? Pues sencillamente que en esa época en la que aún no se distinguía entre Alquimia, Magia, Ciencia…, sir Francis sistematizó ahí lo que llamamos “método científico”. Una útil manera de pensar que es lo que nos ha llevado a un conocimiento del mundo y un avance material -y espiritual- que en 1600 hubiera parecido, en efecto, cosa de Magia.

Frente a las divisas alquímicas que trataban de transmutar la “Opus Nigrum” en oro por medio de una especie de conjuro, el Lord Verulam proponía indagar racionalmente el modo de llevar las cosas a término ensayando métodos racionales como la experimentación de causas que conducían a determinados efectos a fin de dar con el que se quería encontrar para, por ejemplo, fundir más eficazmente un metal o darle una forma deseada o encontrar un tipo de embarcación más durable y eficaz por medio de nuevas formas de labrar los cascos. O incluso aparatos que pudieran transmitir imagen y sonido a grandes distancias…

Sir Francis Bacon además no se conformó con escribir un tratado tan serio, y tan influyente con el paso de los siglos, como el “Novum Organum Scientiarum”. Además de eso lo convirtió en Literatura. De hecho en una de las primeras novelas de eso que en el siglo XX se llamó “ciencia-ficción”.

Ese otro libro se tituló en latín, de nuevo, “Nova Atlantis” o, traducido, “La Nueva Atlántida”. En él, Bacon, siguiendo la estela de otros autores ingleses como Santo Tomás Moro y su “Utopía”, describía una nueva Atlántida, una isla, Bensalem, habitada por una sociedad que se regía según los principios del “Novum Organum Scientiarum” y que con el desarrollo de eso que llamamos “Ciencia” había logrado avances técnicos muy similares a los que disfrutamos ahora.

Decía “La Nueva Atlántida” que en aquella isla afortunada por esa aplicación del racional método de Bacon, existían las llamadas “Casas de Salomón” donde las mentes preclaras, “científicas”, eran instruidas para desarrollar mejor todas esas maravillas.

Sir Francis Bacon describía así, por activa y por pasiva, las bondades de ese pensamiento racional que creaba más bienestar material y, sí, también mayor desarrollo espiritual producto de esa opulencia y seguridad y prosperidad económica.

Puede decirse así que sir Francis Bacon es alguien con el que todo ese mundo que llamamos desarrollado (y el que aspira a serlo) estaría hoy, en 2026, en deuda.

Sin embargo, este 9 de abril de ese año, cuando se cumplían 400 (nada menos) de la muerte del autor de tan grandes logros intelectuales (y al final materiales) apenas se dijo nada sobre ello. No hubo grandes celebraciones, ni ceremonias, ni nada de lo que se asocia, por ejemplo, a otras efemérides relacionadas con grandes batallas como Trafalgar o Waterloo.

Algunas referencias se han hecho en redes sociales, en periódicos tan inesperados como “El Nacional.cat” y, lo más llamativo, apenas ha habido alusiones a esa conmemoración en un país tan dado a recordar a sus glorias nacionales como Gran Bretaña. Las pocas que se hicieron han sido de estilo español actual. Es decir: de ámbito local, no nacional, siendo recordado el genio autor del “Novum Organum Scientiarum” más en Saint Albans (la localidad de la que fue vizconde) o en Gray´s Inn (el colegio de abogados donde aprendió su oficio) que en los aledaños de palacios, ministerios y cadenas de esa Televisión que él intuyó en “La Nueva Atlántida”.

Un olvido de la efemérides sorprendente desde luego. Y no sólo por la actitud británica, sino por la de todos los países que se llaman “desarrollados” y hoy no lo serían de no haber sido por la aportación capital de aquel hombre, sir Francis Bacon, el Lord Verulam, que dejaba este mundo hace 400 años, un 9 de abril de 1626, tras habernos legado la manera científica de pensar, de resolver muchas de nuestras humanas, muy humanas, carencias…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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