Por Carlos Rilova Jericó
Esta semana pasada algunos medios anunciaron como noticia amable -mercancía bastante rara últimamente- que la comunidad autónoma de las Islas Baleares tenía ya su propio satélite, de nombre “Posidònia”. La noticia abundaba, en general, en la descripción de este pequeño paso para ese archipiélago español pero gran salto (supongo) para la Humanidad, señalando que las funciones de dicho satélite serían las de contribuir a conocer mejor la situación del Mar Mediterráneo, su evolución biológica y climática a mejor o a peor…
Me quedó la duda de si ese satélite tendría otras funciones o se limitaría a lo que, por lo que decía la noticia, sería una recogida de datos en superficie. A partir de ahí no quisiera valorar más todo este asunto porque, evidentemente, es algo que, de momento, poco tiene que ver con la Historia, que es a lo que se dedica esta página.
Entrando en ese terreno, ciertamente pasa por buena noticia el hecho de que no ya España, sino una sola de sus diecisiete comunidades autónomas, tenga capacidad suficiente para lanzar al espacio un satélite sea con funciones limitadas o no. Ahí causa cierta sonrisa irónica cierto chiste que publicaba el genial Forges allá a mediados de la década de los setenta del siglo XX en su “Forges 4”. Se veía en él el acoplamiento de un satélite marroquí en forma de babucha y uno español en forma de botijo que había sido bautizado como “Escobar XXII”.
Naturalmente el humor que destilaba ese chiste gráfico pasaba por todos los tópicos habituales en relación al supuesto carácter nacional español: desidia, improvisación, parcheo y otras cosas que sólo se pueden entender hoy únicamente si se conoce el casi olvidado lenguaje poltico del Tardofranquismo. Como pasaba con la alusión en ese chiste a varios kilos de lazos de “tradicional amistad” entre los dos países.
Forges imaginaba que eso ocurriría en el año 1999… Evidentemente el lanzamiento balear, veintisiete años después de lo supuesto por aquel glorioso chiste, demuestra que, a veces, el humor suele envejecer muy mal. Aunque salga de manos de genios como Forges.
No ha habido en el lanzamiento del “Posidònia”, que yo sepa, ninguna chapuza, ni funcionarios absentistas que han pedido permiso para irse al fútbol alegando tener que acudir a un bautizo, ni grupos de Coros y Danzas de la España de aquel Tardofranquismo que Forges imaginaba vivo y con buena salud en el año 1999 todavía…
Incluso el nombre del satélite balear lanzado este 2026, “Posidònia”, es digno de una de esas películas de ciencia-ficción con las que Hollywood nos suele impresionar.
Evidentemente es un nombre que despierta ecos de ese Mediterráneo milenario que aparece ya en las páginas de Homero, en “La Ilíada” y “La Odisea”, donde es descrito con metáforas tan apabullantes como “el vinoso ponto” o cargado de naves que parten hacia Troya. O dominado por el vengativo dios del Mar, Poseidón, que es el que da nombre a la Posidonia. Un curioso vegetal que, como nos dicen los diccionarios, pese a crecer bajo la superficie de esas aguas no es un alga, sino una planta acuática que, al parecer, resulta muy útil para observar la buena salud de ese viejo mar.
Parece pues “Posidònia” un nombre muy adecuado para este satélite. Mucho mejor que el folklórico y castizo (y socarrón) “Escobar XXII” elegido por Forges en 1976 para arrancar la risa, o al menos la sonrisa, a sus lectores de aquella cada vez más lejana época.
Sin embargo el historiador, el que estas líneas escribe, lamenta tener que poner alguna objeción a ese nombre. O al menos hacer constar una sugerencia para un segundo satélite que, tal vez en una fecha no muy lejana, se anime a lanzar la autonomía de las Islas Baleares.
El nombre que podría haberse elegido para el “Posidònia”, en mi opinión, bien hubiera podido -y hasta debido- ser “Ferrer”. Es el primer apellido, de origen mallorquín, de un personaje histórico que ya ha aparecido varias veces en el correo de la Historia: José Joaquín de Ferrer y Cafranga. La primera en el año 2018, cuando se cumplieron doscientos años de la muerte de ese eminente -y desconocido- astrónomo español y ese hecho pasó casi completamente desapercibido.
Recapitularé para quienes no conocen o no hacen memoria de esos artículos que tuvieron un tono entre iracundo y esperanzado.
José Joaquín de Ferrer y Cafranga había nacido en el puerto de Pasajes en 1763. Su padre fue un contador de la Armada española que tenía allí una importante base en esas fechas. Pese a esos servicios, derivó a sus numerosos hijos por el camino de hacer carrera en el comercio. De él algunos, como Joaquín María de Ferrer y Cafranga, se desviaron, sin embargo, hacia la rama militar (formando parte de las fuerzas lealistas en América del Sur), la Política (Joaquín María fue diputado en las Cortes del Trienio Liberal) y a la de editor de magníficos libros en su exilio en Inglaterra y Francia por causa de su Liberalismo enragé.
Su hermano mayor, José Joaquín de Ferrer y Cafranga, el astrónomo, por su parte siguió también la carrera de comerciante que le llevó a curiosos azares. Por ejemplo caer prisionero de los británicos en una fecha hoy por hoy incierta -como explicaba el correo de la Historia de 19 de enero de este año- y de ahí a convertirse en astrónomo de alta cualificación, tras su estancia en Londres como prisionero bajo palabra hasta 1783. Todo lo cual lo llevaría a su vez a ser el astrónomo principal de Estados Unidos entre 1799 y 1812.
En esas labores acabaría obteniendo incluso el reconocimieno del que pasa por ser padre de la Astronomía moderna, Pierre-Simon Laplace, que así lo afirmaría en 1814 ante la Academia de Ciencias francesa, señalando que las observaciones astronómicas de José Joaquín de Ferrer y Cafranga habían sido fundamentales para que él, Laplace, diera fin a su “Tratado de mecánica celeste”. Obra que ha sido, en efecto, el fundamento de esa Astronomía moderna que hoy permite lanzar al espacio naves, sondas y satélites como el “Posidònia” de las Islas Baleares puesto en órbita esta semana pasada.
¿Debería bastar todo eso para que ese satélite hubiera sido bautizado como “Ferrer”? Yo creo que sí. Objetivamente.
Es posible que la Posidonia tenga un papel biológico y medioambiental fundamental y que ello le haya facilitado el honor de dar nombre a ese primer satélite balear, pero, debo insistir una vez más, ¿nuestra Historia, y más cuando se refiere a un astrónomo español de peso internacional, debe ser olvidada en casos como éste? ¿Se la debe sacar del escenario o directamente ignorarla?
Posiblemente las autoridades, los técnicos que eligieron el nombre de este primer satélite balear, puedan vivir perfectamente sin saber nada de esto o pasándolo por alto. O incluso puede que se sientan molestos si alguien se lo recuerda.
No es esa mi intención, desde luego. Modestamente yo sólo quiero, al escribir este comentario, que no se deje caer en el olvido en la carrera espacial en la que han entrado las Islas Baleares a un descendiente de mallorquines que, de eso no hay duda, contribuyó de manera sustancial -a principios del siglo XIX- a que la posibilidad de lanzar y hacer navegar en el espacio satélites como el “Posidònia” fuera un hecho.
Estas cosas y circunstancias finalmente se conocen (incluso si se acalla al mensajero) y el efecto que causa ese olvido, lo que dice de un país, de una comunidad autónoma, resta bastante brillo a cualquier hazaña científica como el lanzamiento de un satélite.
Así pues si no ha habido ahora un satélite balear con el nombre de Ferrer, creo que, a futuro, debería de haberlo.
Es más, un próximo satélite español, quizás, debería llevar ese nombre. Porque José Joaquín de Ferrer y Cafranga era, después de todo, un astrónomo español y no precisamente de los menores aunque, desdichadamente, aún hoy siga siendo casi desconocido para propios y extraños.
Una circunstancia que, como decía, ensombrece bastante logros de un país como España, capaz de lanzar satelites como el “Posidònia”, pero que deja caer en el olvido al mismo tiempo a un astrónomo español, de origen balear, cuyo trabajo impresionó y ayudó a los logros científicos -ampliamente reconocidos hoy- de Pierre-Simon Laplace o Thomas Jefferson…