Por Carlos Rilova Jericó
Resulta difícil relacionar el reinado de Carlos II “el Hechizado” con palabras como “victoria”, “triunfo”, “éxito”… Y es que desde los tiempos de Cánovas (del Castillo) los españoles han sido aleccionados hasta la actualidad (doy fe) en la idea de que, en general, la Historia de España, digamos desde la época de Carlos V, ha sido una constante cuesta abajo de decadencia, de derrotas, de, en fin, fracaso y atraso con respecto a “Europa”. Continente del que ni siquiera formaría parte ese país, quedando en un curioso limbo (a veces en compañía de Portugal) entre África y sus rivales y/o aliadas (según las circunstancias) Francia y Gran Bretaña.
Un imaginario declive que se ceba especialmente en el reinado de Carlos II de Habsburgo, ejemplo perfecto de toda esa teoría a la violeta tan exitosa que es capaz de demoler años y años de investigación en archivos que demuestran que no hay tal cosa, si no más bien lo contrario.
Poco a poco, con más o menos eco, algunos historiadores lo vamos desmintiendo. A veces en publicaciones de alcance limitado, como la biografía que ya hace tres años dediqué al almirante Antonio de Gaztañeta e Iturribalzaga. A veces en ediciones de mayor vuelo, como “Los últimos tercios” de Davide Maffi, donde esos años de investigación dan un giro total a todas esas anticuadas teorías y, de hecho, a la Historia militar (y política) de la Europa de la segunda mitad del siglo XVII.
En esa ejemplar investigación, extraída documento a documento de los archivos españoles, Maffi nos hablaba de un Ejército, el del rey “Hechizado”, no sólo operativo en el Norte de Europa sino esencial para poner a raya las ambiciones de la Francia de Luis XIV, que se verán defraudadas precisamente gracias a recursos como esos que la supuesta España en decadencia podía proporcionar a las sucesivas coaliciones formadas por prácticamente toda Europa, unida contra esa Francia del Rey Sol que todas esas potencias percibían como una grave amenaza.
Pero aun así, pese a esos esfuerzos, creo que a muchos les resultará raro leer, como van a hacer aquí, sobre la posibilidad (siquiera) de que en tiempos del rey “Hechizado” existiera una flota de guerra española y que además pudiera ganar batallas navales entre la derrota de la “Invencible” y la de Cavite y Santiago de Cuba.
Sin embargo ese hecho ocurrió, por más desconocido que sea. Incluso pese a los esfuerzos de la insoslayable Wikipedia que, tanto en español como en inglés, da fe de ello.
Así es, dentro de ese inmenso tablero de ajedrez que es la Europa de la segunda mitad del siglo XVII, España, la España del rey “Hechizado”, estuvo brevemente en guerra con un pequeño estado alemán, Brandenburgo, del que más adelante saldría primero un reino, el de Prusia, y luego un segundo imperio alemán que precedería a un tercero de pésima fama.
Los hechos tuvieron lugar un 30 de septiembre de 1681, poco después de que acabase la Guerra Franco-Holandesa en la cual la España de Carlos II fue requerida por Holanda para que su antigua enemiga la salvase de una amenaza peor: la Francia de Luis XIV que pugnaba por aniquilar a ese país nacido apenas treinta años antes merced a la paz de Westfalia de 1648 con la que España daba por zanjada, y aceptada, la secesión de los holandeses, desgajados del resto de Flandes.
Hasta esa fecha, 1678, Brandenburgo había sido aliada de Holanda y España junto con los daneses y en contra de los franceses y los suecos unidos frente a esa coalición que precede a otras mucho mayores que se darán -bajo el liderazgo y la financiación de España- hasta 1697.
El conflicto entre Brandenburgo y la España de Carlos II surgiría cuando aquel pequeño estado alemán que aún no es Prusia, pida a los españoles el pago de los gastos hechos en la guerra contra Luis XIV y sus aliados suecos.
España se negará a pagar dichos gastos y eso bastará para que el príncipe-elector de Brandenburgo, Federico Guillermo I, declare la guerra a su antigua aliada mandando a sus barcos atacar a la Flota de Indias para resarcirse de aquello que creía se le debía.
Al principio su pequeña escuadra naval pudo sumarse algún tanto. Así en el año 1680, con la guerra ya declarada, los brandenburgueses capturaron al Carlos II. Un potente navío de guerra que montaba 50 cañomes y fue rebautizado como Markgraf von Brandenburg. Es decir: Margrave de Brandenburgo, en honor a Federico Guillermo I. Sin embargo esa breve guerra naval iba a terminar con el encuentro en el Cabo San Vicente el 30 de septiembre de 1681.
En tal fecha la escuadra brandenburguesa creyó avistar lo que parecía la Flota de Indias española con la que esperaban cobrarse el prometido oro que la corte de Madrid no veía razón para abonar.
Así Thomas Alders, el marino al mando de la escuadra brandenburguesa, se lanzó sobre lo que creía un casi indefenso convoy comercial, sólo para encontrarse con la desagradable sorpresa de una flota española de doce navíos de guerra y tres brulotes con la que, justo es reconocerlo, sostuvo un fogoso combate naval, sin virar al descubrir su grave error.
Aun así la superioridad de fuerzas españolas decantó el triunfo a favor de los marinos del rey Carlos II, por mal nombre conocido como “el Hechizado”. La escuadra brandenburguesa tuvo que retirarse con una decena de muertos en su haber y bastantes más heridos. Y daños que, evidentemente, la incapacitaron para continuar la lucha.
Hasta ahí llegaba en esos momentos la fuerza de aquel antepasado lejano de la que luego sería, a comienzos del siglo XX, la mucho más poderosa Marina del II Reich alemán. Aun con tan mínimas pérdidas Federico Guillermo I consideró que se le había derrotado en toda la línea y que carecía de fuerza naval, militar y diplomática como para hacer valer lo que consideraba sus justos derechos ante aquella España que, sin embargo, todavía hoy muchos españoles imaginan carente de fuerza, de navíos de guerra, sumida en una atroz decadencia y en un abismal retraso técnico con respecto al resto de Europa…
Llegados a este punto es curioso, desde el punto de vista de la Historia, como determinados hechos de ella son magnificados y otros, en cambio, permanecen casi ignorados. Las dos caras de ese asunto serían, por ejemplo, la victoria inglesa en 1588 sobre la “Invencible” (paseada hasta la náusea por libros de Historia, novelas, películas…) y este incidente hispano-germano de 30 de septiembre de 1681. Se trata de batallas muy diferentes. De hecho la de 1681 apenas recibe ese nombre.
Pero ese es un argumento que en Historia no se debe tener en cuenta. Pues lo que importa a esa ciencia -que lo es- pasa por reconstruir el pasado con veracidad y todo detalle, señalando incoherencias como la de que en 1588 se hunde totalmente el poder naval español (algo absolutamente falso aunque Inglaterra así lo ha querido mantener para esculpir una Historia nacional muy necesitada de revisión) que choca con el hecho de que en 1681 -cuando se supone que España ha llegado al último estertor de las consecuencias de 1588- se diera una batalla naval en la que se demuestra la existencia de una flota de guerra española operativa. Y hasta victoriosa.
¿Donde radica, pues, el arraigo de este error? En principio vendría de la falta de atención, por todas partes, a este suceso. Así, por ejemplo, la Wikipedia anglófona sólo tiene una referencia sobre aquel incidente naval en tiempos del rey “Hechizado”. Y se trata de una obra de un historiador alemán decimonónico, Peter Feddersen Stuhr, publicada en el año 1839…
La documentación que conservan los archivos de estado españoles corrobora esa impresión de abandono. Tan sólo seis documentos aluden a Brandenburgo en el periódo de 1679 a 1682 y se refieren únicamente a las negociaciones diplomáticas que ponen fin a la guerra con Francia que llevaría a Federico Guillermo I a la breve guerra contra España perdida en ese encuentro del Cabo San Vicente en el año 1681.
De hecho probablemente este correo de la Historia es, después de la traducción española del artículo de la Wikipedia sobre el tema, la primera vez en 345 años en la que se escribe en español (y tal vez en ningún otro idioma) la Historia de aquella pequeña batalla naval entre españoles y brandenburgueses que tantas cosas desmiente sobre un reinado tan poco estudiado (y tan mitifcado en tintas negras) como el de Carlos II de Habsburgo.
Obviamente, una vez más se confirmaría así lo que nos dice el método cientifico, (esta vez aplicado a la Historia). Es decir: que toda causa tiene un efecto. En este caso la causa sería la falta de investigación histórica en un país, en todo un continente, y el efecto la leyenda, el mito reemplazando a la Historia y sembrando ignorancia y burdos lugares comunes…