Por Carlos Rilova Jericó
Hoy resulta dificil eludir un tema que es noticia, que es actualidad, en una página como ésta que se dedica a la Historia. Y es difícil porque lo que ahora mismo estamos viendo sobre Ceuta en los Telediarios, en las primeras planas de los periódicos, tiene mucha Historia detrás.
Si queremos podemos remontarnos hasta el Imperio Romano. ¿Qué había en el lugar donde ahora se levanta Ceuta hacia el año 319 antes de Cristo? Pues un asentamiento fenicio conocido, curiosamente, como Abyla. Un lugar fundamental, por cierto, para los cartagineses en su pugna con los romanos para saber quién realmente podría llamar al Mediterráneo “Mare Nostrum”.
Finalmente, como es obvio, fueron los romanos los que pudieron llamar “nuestro” a ese mar, tras destruir a Cartago hasta los cimientos. Tal y como pedía Catón el Viejo siempre que tenía oportunidad de hablar en aquel famoso Senado de Roma.
Cuando colapsó Roma vinieron los llamados “bárbaros” que estaban siendo empujados a su vez contra el “limes” romano por nómadas orientales. Así llegaron hasta esa ciudad que entonces se llamaba Septem Fratres (Siete Hermanos, por las siete colinas que rodean a Ceuta) y se instalaron allí los vándalos hasta que el Imperio Romano de Oriente (más conocido como Bizancio) empezó a expandirse de nuevo hacia Occidente tratando de parar esa avalancha que había liquidado, en la práctica, a la Roma Madre. Todo eso ocurrió en torno al año 534 después de Cristo y en esos momentos no está muy claro -en crónicas como la de San Isidoro de Sevilla- en qué situación quedaba Ceuta. Si dominada por los vándalos o por los bizantinos. Lo único cierto es que los visigodos que se habían apropiado de la practica totalidad de Hispania, trataron de conquistar Ceuta y para el año 615 despues de Cristo la ciudad estaba ocupada por una guarnición suya.
Después llegó la situacion a la que nos enfrentamos ahora: la aparicion de una nueva religion en Arabia, el Islam, que se expandió, en Guerra Santa, hasta nada menos que Poitiers. Casi en la mitad de Francia, donde Carlos Martel detuvo su avance en el año 732, haciendo retroceder desde ese momento a aquella marea de banderas del Profeta hacia el Sur, de cabeza a una tenaza militar entre las fuerzas de ese reino de los francos y los núcleos de resistencia de los visigodos en todo el cuadrante Nororiental de la Península, entre Asturias y los Pirineos aragoneses.
Comenzaba así lo que ahora algunos se niegan a llamar “Reconquista” por unas disquisiciones bastante exquisitas y, al final, un tanto lamentables. En muchos sentidos.
Fue al final de ese proceso, iniciado en el siglo VIII después de Cristo, como Ceuta (y Melilla) pasaron a ser plazas de soberanía española. Eso ocurrió a partir del año 1415, cuando la reconquista llevada adelante por el reino de Portugal culmina en África, reclamando aquella herencia visigoda. Después Ceuta pasa a ser plaza española definitivamente en el año 1640, cuando Portugal decide separarse de la unión con España que existía desde que en 1580 Felipe II se corona rey de ese otro reino peninsular reclamando sus derechos sucesorios.
En esa hora decisiva Ceuta prefirió seguir siendo parte de Castilla y así hasta hoy. Aunque no sin esfuerzo. Tanto Ceuta, como Melilla, seguían teniendo un alto valor estratégico y fue así como ya a finales del reinado de Carlos II de Habsburgo, Ceuta fue puesta bajo asedio por las fuerzas de Muley Ismail, el segundo gobernante marroquí de la dinastía Alauí fundada por Erraxid, su hermano, según nos cuenta un interesante estudio firmado por el ceutí José Montes Ramos y titulado “El Ejército de Carlos II y Felipe V (1694-1727). El sitio de Ceuta”.
Ocurría todo esto en la séptima década del siglo XVII, cuando esa familia se alzó en medio de la anarquía que dominaba esos territorios que no había conseguido conquistar ni siquiera el Imperio Otomano. Un vacío político que, desde 1672 en adelante, Muley Ismail se ocuparía de llenar con una política exterior agresiva que expandió el imperio marroquí y su influencia hasta la actual Argelia (o al menos hasta los famosos corsarios de Salé que desde 1609 asolaban las costas españolas financiados por los moriscos expulsados).
Nos dice Montes Ramos que el poder de Muley Ismail llegaba así hasta Senegal, muy al Sur del actual Marruecos, y por el Norte este sultán de nuevo cuño consideró también necesario afianzar su dominio sobre todo el Magreb que sólo amenazaban ya plazas fuertes europeas. Como la española de La Mamora, que caería en 1681, o la inglesa de Tánger que los portugueses habían entregado como dote de Catalina de Braganza por su boda con Carlos II de Inglaterra en 1662.
El enclave de Larache también tuvo que capitular, pero las plazas y puestos de Melilla, el peñón de Alhucemas y Vélez de la Gomera resistieron. Al igual que Ceuta. Y todo ello pese a asedios tenaces. Hasta el punto de que el de Ceuta duró nada menos que dos reinados, entre 1694 y el año 1727.
Tal y como nos relata José Montes Ramos tanto Carlos II de Habsburgo como Felipe V dieron órdenes de resistir a ultranza, reforzando unas defensas abaluartadas formidables que requirieron a Muley Ismail servirse de artilleros expertos de nacionalidad inglesa.
Desfilaron así por Ceuta unidades como las de los últimos tercios. Caso de los morados de Sevilla o los amarillos viejos de Burgos (llamados así por el color de sus casacas) o el de Murcia, y posteriormente, ya con las reformas borbónicas en marcha, esa misma Infantería convertida, por lo general, en distintos regimientos de casacas blancas entre los que hubo tanto tropas españolas como refuerzos enviados por Francia para apoyar a la corte de Madrid.
Entre estos estuvieron los regimientos de Luxemburgo, el Corso y el de Flandes. Hubo incluso regimientos holandeses como el de Zelanda. Todo ello aparte de regimientos españoles de Infantería como el de Almansa o el España o de Caballería, como el de Borbón. Incluso hubo unidades de élite como la Guardia Real, que igualmente llevó hasta allí efectivos para defender la plaza de aquel largo asedio.
Con Muley Ismail muerto en 1727, Marruecos se retirará al ver sus esfuerzos estrellados contra los baluartes, los mosquetes y bayonetas de aquella Infantería multinacional, la Artillería y la Caballería española. Habían llegado al límite de sus fuerzas y de la presión fiscal sobre esos vastos dominios que, como señala la obra de Ramos Montes, era demasiado elevada.
Sin embargo Ceuta ha seguido siendo objeto de deseo geoestratégico desde entonces hasta -como estamos viendo- hoy mismo.
La obra de Muley Ismail entró en decadencia paulatina hasta llegar a la desintegración que, al filo de 1900, hizo que se repartiera su territorio entre Gran Bretaña, Francia y España. Algo que duraría hasta mediados del siglo XX, cuando el reino alauí se liberó de ese protectorado y comenzó una Política de resurgimiento y expansión que no ha culminado todavía. Marruecos ensayó así en el otoño de 1975, en los estertores del régimen franquista, un sistema similar al que hemos visto en Ceuta esta misma semana pasada. En lugar de enviar ejércitos como los de Muley Ismail, se mandó a columnas de civiles desarmados -la famosa “Marcha Verde”- a ocupar el Sahara hasta entonces español… Hoy toda esa cuestión histórica se ha entremezclado, además, con la suicida política migratoria de una Unión Europea que sólo ahora empieza a espantarse de los resultados.
Por lo demás, para casos como estos, para saber dónde nos encontranos realmente, recomendaría (especialmente a cierta Izquierda “solidaria”) leer un viejo bestseller del maestro Frederick Forsyth: “Los perros de la guerra”, publicado poco antes de la Marcha Verde. Ahí Forsyth, con amplia experiencia en el problema africano como periodista -como lo dejó claro en el ensayo “Génesis de una leyenda africana”- adivinaba muy bien qué camino tomaría la relacion entre África y Europa que pasaba por explotar a fondo al famoso continente negro por medio de gobiernos locales corruptos obteniendo a cambio materias primas esenciales a precio de saldo.
Un maravilloso mundo para tiburones financieros, afincados en Londres, París… como los que aparecen en las páginas de Forsyth, que, sin embargo necesariamente tenía que acabar en la fea cara que ahora mismo estamos viendo en Ceuta. Donde la presión económica y demográfica generada, tolerada, hasta alentada, se usa como arma geoestratégica por los herederos de Muley Ismail (o similares) y no encuentra respuesta viable alguna entre unos gobiernos europeos (de Madrid a Bruselas pasando por París, Roma, Berlín…) cuya Política exterior, a diferencia de la española de hace doscientos años, o es inaudible o, acaso, es una muy bien dispuesta hacia tales despropósitos.