Por Carlos Rilova Jericó
Dentro de dos días, el miércoles, se celebrará un 2 de septiembre muy especial. Hasta 2025 esa fecha era tan sólo la fiesta de la ciudad de Ceuta. Este año, sin embargo, después de lo ocurrido allí el 30 de julio, la conmoción que ha sacudido a, prácticamente, toda España, ha llevado a que ese día se convierta en un acto de solidaridad con esa ciudad y se celebren concentraciones y otros actos en apoyo a Ceuta. En San Sebastián, por ejemplo, el historiador que esto escribe dará una pequeña conferencia en el Club Cantábrico organizada alli en colaboración con la asociación Héroes de Cavite que se extenderá tan sólo entre las siete de la tarde y las 8 menos cuarto para no solaparse con la concentración que otros convocantes han organizado ante el Ayuntamiento de esa misma ciudad.
Fue precisamente reuniendo material para esa reducida conferencia como di con un pequeño impreso de un capitán inglés de finales del siglo XVII que contaba sus aventuras, o más bien desventuras, en el Marruecos de esas fechas del que deriva mucho de lo que estamos viendo hoy a cuatro siglos de distancia de los días en los que vivió ese marino londinense.
Su nombre era Thomas Phelps y en el otoño del año 1684 tuvo la (mala) suerte de caer en manos de un barco que él califica sin dudar como “Pirata”. Algo de lo que no puede quedar la menor duda si nos atenemos a lo que dice el curioso relato que el capitán Phelps dio a la imprenta tras conseguir escapar del Marruecos de Mulay Ismail, el fundador, de facto, de la dinastía alauí que, desde este mes de julio, ha conseguido volver a poner el foco de la actualidad sobre ese Norte de África en el que Thomas Phelps corrió arriesgadas aventuras.
Esas aventuras (y desventuras) del capitán londinense comenzarán el 5 de octubre de 1684, cuando su barco, el Sucess, navega -como él mismo apunta- a cien leguas al Oeste de Lisboa. Phelps habia tomado esa derrota después de haber salido el 27 de agosto desde el puerto inglés de las Dunas (“Downs”) con carga de sal destinada a un lugar de Irlanda que él llama “Ventrey”.
Tras esto el Sucess puso proa a las islas de Madeira. Fue en ese momento cuando se verá perseguido por un barco que se comporta de manera alarmante para Phelps y sus tripulantes. Pronto descubrirán que, por sus hechuras, es un navío del Norte de África que, sin embargo, se ha adentrado muy al Norte, en el Atlántico, en busca de presas. Algo bastante extraño en los corsarios berberiscos que, en general, actuarán siempre cerca de las costas africanas. Bien en el Atlántico, bien en el Mediterráneo, pero rara vez subiendo hacia latitudes tan al Norte.
El barco africano se pondrá al habla con Phelps y querrá obligarle a entregar sus papeles y subir a su bordo dándole esa orden por medio de uno de sus tripulantes, que el capitán inglés describe como un “moro” que había sido esclavo en Inglaterra (hasta su liberación por orden del rey Carlos II) y, por tanto, dominaba tanto el árabe como el inglés.
Thomas Phelps se negará a abandonar el Sucess y subir al sospechoso barco magrebí alegando que si ese navío es argelino, él no tenía más obligación que mostrar a su arráez por medio de un enviado sus documentos para certifcar que es inglés y con eso debía bastar para no ser atacado. Pues la Regencia de Argel estaba en paz con Inglaterra en esos momentos.
Dada esa respuesta, la huida y la consiguiente persecución no cejarán, pero Phelps no encontrará cobijo en ningún puerto cercano y finalmente deberá avenirse a amainar velas y a acceder a la peticion de subir a bordo de aquel barco que había levantado bandera del Imperio Otomano cuando el Sucess arbola la inglesa.
Una vez sobre la cubierta del presunto barco argelino, Phelps será en principio bien recibido por su capitán, que le ofrecerá incluso dátiles e higos y le preguntará por su reticencia a ponerse al habla con él. Pronto, sin embargo, ese mismo capitán norteafricano -de ignota y dudosa procedencia- actuará de manera pérfida, indicando a Phelps que cree que hay portugueses a bordo del Sucess. Pese a las protestas de Phelps en ese sentido, negando tal cosa, el presunto corsario argelino pronto dejará claro que aquello era un acto de piratería, capturando a toda la tripulación inglesa, robando incluso sus ropas y saqueando el barco.
Tras esto el falso corsario argelino largará velas para alejarse de otros navíos que se han avistado en el horizonte y que podrían ser barcos de guerra ingleses o de otra potencia aliada (portugueses, españoles…) que frustrarían aquellos planes infames.
Para desgracia de Phelps, sus tripulantes y otros prisioneros que ya estaban en las bodegas de aquel barco, éste logrará escapar de ese peligro y así es como los prisioneros pronto descubren que han caído en manos del sultán de Marruecos. Pues son llevados hasta Mequinez, donde sin más fórmula legal se les da por buena presa y se les pondrá a trabajar en obras de construcción.
Esto dará a Phelps ocasión de conocer a Mulay Ismail, al que describe en unos terminos aterradores como un hombre cruel, colérico y que da un trato salvaje tanto a sus prisioneros cristianos como incluso a sus favoritos, cortesanos e incluso a sus mujeres. Phelps, de hecho, califica a este segundo sultán de la dinastía alauita como “Monstruo de África”. Una opinión en la que le confirman tanto sus propias observaciones como las noticias que dan sobre él otros prisioneros, que aseguran que el sultán mata sin tasa cuando se encoleriza. Principalmente por medio de la decapitación…
Sus súbditos no se comportan mucho mejor, como el mismo Phelps y sus compañeros descubrirán, siendo recibidos a golpes y patadas por los marroquís cuando son desembarcados y conducidos a su destino final en Mequinez.
El capitán Phelps, de todos modos, será afortunado pues su cautividad durará menos de un año, consiguiendo ponerse de acuerdo con otros esclavos europeos como Edmund Baxter, Anthony Bayle y James Ingram. Con ellos conseguirá llevar a buen término un plan de fuga que acaba cerca de La Mamora (plaza española conquistada por Mulay Ismail en 1681) donde lograrán ponerse en contacto con dos fragatas inglesas la Lark y la Greyhound y un navío de guerra, el Bonaventura. Gracias a esto, como el mismo Phelps señala, se verá convertido en instrumento de la venganza de Dios contra quienes le habian capturado planteando al capitán Macdonald (que estaba al mando en funciones de esa flotilla inglesa) un plan para no sólo escapar del cautiverio sino destruir en aquel puerto varios barcos marroquís incendiandolos.
Así, dejando ese reguero de fuego y venganza cumplida, Thomas Phelps conseguirá volver a Inglaterra vía Cádiz y allí dar a la imprenta esa pequeña relación sobre el Marruecos del sultán Mulay Ismail que, como ya se comentaba en el correo de la Historia de hace tres semanas, había acometido una agresiva política exterior tanto en el Norte de África como, incluso, en el Atlántico Norte.
Un recuento de esos hechos que Thomas Phelps, con buen criterio, dedicaba en este pequeño escrito (que apenas llega a las treinta hojas), nada menos que al célebre Samuel Pepys, autor de unos interesantes “Diarios” que describen a aquella flamante Inglaterra de la Restauración de los Estuardo y que, además, ejercía en esos momentos como secretario principal del Almirantazgo. Lo cual, en la práctica, lo convertía en el mando supremo de la naciente Royal Navy inglesa.
En cualquier caso la aventura de Thomas Phelps fue, sin duda, memorable y hoy además nos puede ayudar a comprender mejor qué es lo que está ocurriendo en esa ciudad española, Ceuta, que este próximo miércoles celebrará su fiesta principal no sólo allí sino en toda España. De Norte a Sur…