Por Carlos Rilova Jericó
Con el nuevo aniversario del 12 de octubre que se celebra hoy mismo imagino que volverán a saltar a la palestra mediática las opiniones polarizadas que se han ido convirtiendo en “lo normal” en los últimos años. Así habrá quien arremeta, de nuevo, con el “nada que celebrar”, los genocidios de nativos, el robo del oro y demás tópicos. Desde la banda contraria nos encontraremos con quienes se aferran a otro ramillete de eslóganes según los cuales América fue una arcadia feliz desde que Colón puso el pie en las playas de la isla Guanahuani. Cosa que cientos de páginas de libros de Historia muy bien documentadas, ya han demostrado que no fue asi y que, como en toda aventura humana, en la española en América hubo grandes luces pero también algunas sombras aunque no tan negras como -yo diría que con delectación- pretenden algunos que han hecho de eso un medio de vida (muy bien remunerado a veces) o una retumbante consigna política que parece no dejar espacio a razonar, a ponderar los hechos históricos en su justa medida y nada más.
Pero hoy no voy a entrar en esa enésima discusión absurda, estéril, en la que parece que lo último que se quiere hacer es escuchar voces de historiadores autorizados por años de investigación sobre el tema.
Me parece más oportuno recordar en este nuevo 12 de octubre, que coincide con un lunes (fecha de aparición de cada correo de la Historia), un episodio histórico verdaderamente interesante para sacudir esas conciencias españolas que parecen atrapadas en enfrentarse con sus contrarios por la cuestión de los aniversarios del descubrimiento de América en una escena digna de las novelas satíricas de Jonathan Swift.
El episodio en concreto tuvo lugar en el año 1893 y el lugar donde se desarrolló (y ese es un detalle tan importante como la fecha) fue la ciudad de Chicago, en Estados Unidos.
¿Qué tuvo de especial lo que ocurrió allí ese año? Pues sencillamente que esa nación cada vez más gigantesca, más próspera, más rica, más poderosa militarmente… había decidido organizar en Chicago una de esas exposiciones universales tan en boga en la época que sirviera de escaparate a sus logros. No hubo esta vez ninguna torre Eiffel que perdurase en el tiempo, pero los estadounidenses supieron levantar una impresionante muestra en Chicago para enseñar al mundo en qué se estaba convirtiendo esa nacion que se había constituido 110 años antes tras ganar su Guerra de Independencia gracias a la ayuda de Francia y, sobre todo, de España.
Se llevó a esa gran exposición de todo. Incluso se admitió en sus pabellones a un joven músico negro: Scott Joplin y sus originales piezas de Ragtime (toda una hazaña en un país donde aún quedaba un largo recorrido para acabar con la discriminación racial).
Pero el objetivo principal de esa exposición era conmemorar el cuarto centenario del Descubrimiento de América por un marino, Cristóbal Colón, enviado por España a encontrar una ruta hacia las Indias que no pasase por un Oriente ocupado por un Imperio Otomano con no muy buenas intenciones hacia los reinos cristianos y su comercio de altura.
De hecho la exposición recibiría el nombre de “Colombina”. Para que quedase bien claro cuál era ese objetivo final y principal de ella.
Estados Unidos pagó incluso la reconstrucción de la Pinta y la Niña a escala real que se llevaría a cabo en atarazanas de Barcelona y que, junto con la réplica de la Santa María (pagada ésta por España), cruzarían el Atlántico y acabarían expuestas en Chicago. Allí habría también, para mayor impresión, una réplica a tamaño real del monasterio de La Rábida donde Colón había conseguido finalmente los apoyos para llevar a cabo su aventura atlántica.
Todo esto ocurría, en definitiva, en Chicago, en el año 1893, porque Estados Unidos quería mostrar músculo, presentarse como el país más moderno y avanzado del mundo, instalando luz eléctrica en el recinto, exhibiendo máquinas de última generación e invitando a fabricantes de armas como Krupp para que mostrasen allí los efectos de sus inventos devastadores.
La participación de España (aparte de la réplica de la Santa María) fue más bien parca y, como se suele decir, arrastrando los pies. Un dato significativo en ese aspecto es que los representantes de la Casa Real española en aquellos fastos fueron la infanta Eulalia y su marido Antonio. Una presencia en Chicago no exenta de controversia en la Corte de Madrid según revela la correspondencia de los duques de Mandas, donde se recoge que allí no gustaba nada a algunas grandes figuras de la misma la idea de enviar una representación, ni siquiera de muy segundo orden, como podía ser el caso de la infanta Eulalia y su marido, a esa exhibición de fuerza de un país que ya se intuía como enemigo.
Aun así hubo participación española en el evento, desde luego. Aparte de la réplica de La Rábida se erigió un pabellón español en Chicago, que reconstruía la Lonja de la Seda de Valencia, recordando esos días en los que la España del siglo XV era una de las principales potencias navales del mundo.
Pero los resquemores y temores de la Corte española no eran imaginarios precisamente. Estados Unidos mostraba allí, en Chicago, en esos años finales del siglo XIX, una fuerza claramente desafiante. Sobre todo de cara a España.
Y es que cinco años después de exhibir esas ínfulas, los Estados Unidos (incluso a pesar de los desastres que oscurecieron el fin de esa exposición) se sentirían con bastante fuerza y ánimo como para destruir la mayor parte de la más moderna Marina española y le arrebatarían sus últimas posesiones en el Caribe que, paradójicamente, habían sido las primeras obtenidas por España con ese viaje de Colón que tanto celebraba Estados Unidos en Chicago en 1893.
Un fin realmente curioso para ese episodio histórico en el que por una parte Estados Unidos rendía homenaje a España educada y civilizadamente, con los mejores adelantos técnicos a la vista, y, por otro, se preparaba a una guerra para barrer toda presencia española en América más allá del recuerdo.
Desde esta pespectiva con crujido de corsés, cuellos duros aprisionando gargantas masculinas, botines de piqué, chalecos ombligueros, bombines, incipientes motores de explosión y todo lo que asociamos con esa “Belle Époque”, no hay nada que parezca más absurdo, incluso pueril, que ahora se debata en España de esa agria manera sobre la fecha del 12 de octubre. Olvidando cómo este país fue burlado en su conjunto con aquel extraño homenaje por parte de unos Estados Unidos que iban a controlar, de un modo u otro, los destinos de América.
Como así se proclamaba, para quien mirase con atención, en aquella Exposición Colombina, donde Estados Unidos se apropiará de la figura de Colón antes de apropiarse de todo el legado territorial que había dejado una declinante España. Incapaz de ponerse de acuerdo en las cuestiones esenciales, estratégicas.
Casi, se diría, como la actual. Aunque a eso habría que añadir que, al menos, ahora están surgiendo en España asociaciones culturales empeñadas en corregir ese rumbo nefasto.
Así lo pude ver, como invitado de Héroes de Cavite, en la fiesta de la Hispanidad de Cartagena este fin de semana pasado. Pero aquí ya abandonamos el terreno de la Historia y entramos en un futuro aún incierto donde es pronto para saber si lo que se escenificó en 1893 en Chicago va a cambiar ante una España, y una Hispanidad, que se quiere dar a valer o eso se convertirá en misión imposible. Tal vez por intereses extranjeros, tal vez por las absurdas (y, por lo general, indocumentadas) peleas entre españoles sobre ese legado histórico. Acaso por una combinación, funesta, de ambas prescindibles tendencias…
Como siempre en cuestiones que se convertirán en históricas, sólo el Tiempo nos lo dirá. Tal y como hoy nos lo recuerda la Exposición Colombina de Chicago del año 1893, si volvemos nuestros ojos hacia ese pasado en el que vive ese episodio que aún tiene algo que decirnos cada nuevo 12 de octubre sobre dónde perdió España el rumbo de las grandes corrientes de la Historia.