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Carlos Rilova

El correo de la historia

¿Qué saben los ingleses del 21 de octubre de 1812?

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, el miércoles, será 21 de octubre. Es ese un buen día para recordar algo que ya ha sido (y será, supongo) mencionado en las páginas del correo de la Historia. Me refiero a la abrupta retirada de Lord Wellington ante los muros de Burgos justo ese mismo día del año 1812.

Y eso plantea una pregunta de esas que, dicen, hacen avanzar la Ciencia, el conocimiento. En este caso del pasado que es la materia de la que se ocupa la Historia.

La pregunta acerca del hecho, o fenómeno, ocurrido el 21 de octubre de 1812, la podemos enunciar así: “¿los ingleses y, por extensión, los británicos, desconocen su propia Historia?”. La respuesta a esa interrogativa que tiene como fin saber más -y con más certeza- de esa cuestión, es afirmativa. Los británicos, en efecto, desconocen su propia Historia, en su mayoría. O conocen sólo una versión parcial. La vulgarizada más allá de lo que escriben sus propios historiadores de carrera que, como ya he dicho alguna vez en esta tribuna, son en algunos casos excelentes. Para demostrarlo basta con considerar los hechos del 21 de octubre de 1812. Un episodio cogido de eso que ellos llaman “Peninsular War” y que corresponde a la fase portuguesa y española de las guerras napoleónicas.

La idea general del público más o menos culto de Gran Bretaña con respecto a ese episodio histórico, es que ellos enviaron a luchar a España y Portugal un magnífico Ejército, muy superior en todos los sentidos a los de todos los europeos continentales. Empezando por el de la Francia napoleónica y terminando por el más despreciable (para ellos), que sería el español. Y de ahí deducen que gracias a ese Ejército de casacas rojas y, sobre todo, gracias a su comandante en jefe, Lord Wellington (que llega allí, todavía, como Arthur Wellesley) las guerras napoleónicas serán ganadas, casi en exclusiva, por Gran Bretaña.

Entonces aparece aquí otra pregunta: ¿qué hacen pues los españoles en aquella fase de las guerras napoleónicas que tiene su país como principal teatro de operaciones y especialmente el 21 de octubre de 1812?

Para historiadores británicos como Andrew Roberts los españoles hacen, durante esas guerras y en especial (como veremos) ese día, lo que ya temía Napoleón en su carta de 29 de marzo de 1808 enviada -con una serie de advertencias- a Murat. La principal de ellas evitar un enfrentamiento directo con una nación (España) que podía poner sobre las armas cien mil hombres y que era capaz de provocar una guerra larga y agotadora si se sentía desafiada o engañada.

Roberts es categórico en ese sentido en la biografía conjunta que dedicó a Wellington y Napoleón. Las Fuerzas Armadas españolas (no las consabidas y manidas guerrillas) conseguirán capturar sobre los campos de batalla el doble de águilas napoleónicas de las que capturarán las unidades británicas y combatirán con verdadero tesón la invasión hasta llevar la guerra al corazón de Francia en 1814.

Sin embargo, el público medio británico (y también algunos académicos, por desgracia) sigue creyendo que nada de eso ocurrió. O, peor aún, considerando que no merece ni siquiera la pena revisar esa creencia de que la victoria sobre Napoleón en España (y en el resto de Europa) fue sólo obra de un omnipotente Ejército británico y un no menos omnipotente Lord Wellington.

Si nos planteamos una tercera pregunta, ¿por qué se sigue produciendo ese error?, la respuesta es sencilla: en base a una fuente histórica no contrastada, los “Dispatches” de Wellington, se ha creado en Gran Bretaña desde finales del siglo XIX hasta, de hecho, estos comienzos del XXI, un relato literario bastante mostrenco -y a veces delirante- que, aun así, ha gozado de un gran éxito.

Uno de sus más conspicuos representantes fue el prolífico George Alfred Henty, autor de numerosos libros para un público infantil y juvenil, que en 1899 publicaba dos ambientados en esa “Peninsular War”. El más interesante de ambos era el titulado “Under Wellington´s command”.

En él se narraban las aventuras de un joven oficial angloirlandés (como el mismo Wellington) que combatirá, como señala el título de esa novela “histórica”, bajo el mando de ese general para ganar grandes batallas. Algo que en ese relato se hará no gracias a los españoles, sino pese a ellos, pues Henty describe a esos aliados como perezosos, traicioneros, ladrones que estafan a la generosa Gran Bretaña que los está apoyando con su dinero y pertrechos y un largo etcétera denigrativo similar. Además de todo eso, el Ejército español, parte de esa (para Henty) odiosa raza, está compuesto por incompetentes y cobardes, salvo muy escasas y dudosas excepciones.

Por supuesto Henty sabía que eso no era así más allá de esa especie de psicosis colectiva anglosajona alimentada desde el siglo XVI en adelante. De hecho cabe sospechar que lo sabía perfectamente pues su novela se detiene, piadosamente, tras la brillante victoria de Wellington en los Arapiles, en julio de 1812.

Henty debía saber bastante bien, en efecto, que no convenía nada a su relato estereotipado sobre las guerras napoleónicas en España hablar de lo que ocurrió tras esos sucesos en Salamanca. Principalmente porque estos iban a desembocar en un imprudente avance de Wellington hacia el Norte de España, hacia la frontera vasca, para poner fin a la guerra peninsular y comenzar la invasión de Francia ya en 1812 doblegando la plaza fuerte de Burgos para empezar y salvando así su carrera militar y política amenazada por ciertos grupos políticos británicos -whigs y radicales- no precisamente amigables hacia Wellington, los Wellesley y demás miembros del Partido Tory (o conservador) inglés.

El resultado será catastrófico y más para un militar de carrera que, educado en la Academia de Angers, debía saber perfectamente que quedar empantanado ante una plaza fuerte (como Burgos) era una receta segura para caer derrotado entre dos fuegos. El de la plaza que debía tomar y el del ejército de socorro que, por lo general, el bando contrario enviaba a esa misma plaza fuerte.

Exactamente eso es lo que ocurrió el 21 de octubre de 1812 ante los muros de Burgos. Wellington recibió un mensaje del general Rowland Hill que le aconsejó retirarse de inmediato de allí si no quería quedar rodeado por la guarnición de Burgos a la que asediaba y por las tropas que el general Caffarelli conducía allí desde el Norte para levantar ese asedio.

Se emprendió así una retirada penosa del ejército aliado (formado por británicos, portugueses y españoles) de vuelta a Portugal, perdiendo el terreno ganado con mucha sangre derramada en Salamanca que quedaba asi convertida en una victoria perfectamente inútil.

Si Wellington no acabó prisionero, o en la picota, unido ya para siempre en la Historia a una derrota catastrófica, fue gracias a otro general. Uno español, Gabriel de Mendizabal e Iraeta, oficial de carrera y academia, como Wellington, que hizo lo que todo aliado debe hacer: cubrir la retirada de las fuerzas amigas comprometidas. Algo que llevó a cabo con su Séptimo Ejercito. Ese que Wellington sin embargo siempre se empeñó en ver como simples “guerrillas”.

Mendizabal mantuvo y ocupó así ciudades y posiciones clave, ya desde enero de 1813, en el Norte (Gijón, Oviedo, Reinosa, Castro Urdiales…), entorpeció el avance de Caffarelli y, en fin, hizo todo aquello que un ejército español aliado debía hacer por un general británico batido en retirada en 1812. Es decir: hacer frente a los franceses que lo perseguían y trataban de exterminar.

Justo lo contrario de lo que hará que el protagonista de “Under Wellington´s command”, pues en uno de los capítulos más enfermizos que se hayan escrito en la Literatura británica, ese personaje llegará a unirse a sus captores franceses pidiéndoles armas para atacar conjuntamente a una “guerrilla” española (integrada, por supuesto, por auténticos salvajes incivilizados) que acudía a liberarlo de las garras de esos mismos franceses que lo conducían prisionero a Bayona…

Y eso es, exacta y desafortunadamente, lo que la mayoría de los ingleses, y por extensión británicos, siguen sabiendo (o queriendo saber, o imaginar) sobre las guerras napoleónicas en España y, por ende, sobre los sucesos del 21 de octubre de 1812 a fecha de 21 de octubre de 2026.

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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