Diario Vasco
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De aventuras americanas y otras obsesiones históricas españolas
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Carlos Rilova | 13-11-2017 | 10:32

Por Carlos Rilova Jericó

Los bombardeos publicitarios suelen tener diversas consecuencias. En el caso de quien estas líneas escribe no sabría describir la gravedad de las consecuencias del que hemos sufrido esta semana con respecto a la última película de Agustín Díaz Yanes: “Oro”.

A primera vista me ha llevado, de momento, a dedicar este nuevo correo de la Historia a ese tema. No exactamente a esa película, que aún no he visto y no sé si veré, sino al ambiente político del que ha surgido.

Tal vez, para ser justos, quizás ha influido en la decisión de elegir este tema -las aventuras americanas y las obsesiones históricas españolas- el hecho de que esté ultimando un trabajo de investigación sobre la expedición española a México en 1862. (Sí, las fechas son correctas: los años centrales del siglo XIX, la época de Lincoln, la reina Victoria, los ferrocarriles, los telégrafos, los barcos a vapor, etc…).

En cualquier caso, lo siento, pero no he encontrado mejor cosa de la que hablar. Quizás, muy a mi pesar.

Lo más chocante de “Oro”, del montaje publicitario a su alrededor, es la vetustez de las ideas en torno a la Historia de España que se trasluce en esa campaña y, es de imaginar, en la misma película.

Otra vez, en color y con escenas de acción calcadas del cine norteamericano, volvemos a un punto intelectual del que parece haber existido un interés casi morboso en que España no se mueva desde, por lo menos, la breve primavera política de 1976-1980.

En efecto, el Cine histórico español de este año 2017 que ya acaba, parece que no encuentra mejor temática de la que hablar que episodios históricos truculentos, derrotistas, repetidos hasta la saciedad para crear una imagen histórica de ese país -España- simple y muy precaria.

Los resultados son patentes. Entre 2016 y 2017,  sólo se han producido de este lado de los Pirineos dos únicos títulos de ese Cine que podemos llamar histórico: “1898. Los últimos de Filipinas” y “Oro”.

Su temática, como digo, no es precisamente innovadora. La segunda de ellas, abunda sobre la cuestión de la conquista americana y la búsqueda de las míticas ciudades de El Dorado o Cíbola. Un asunto sin duda apasionante, pero que en el Cine ha tenido una mala suerte verdaderamente funesta.

La esperpéntica dictadura franquista, a través de CIFESA (una empresa virtualmente incautada por ese régimen y remodelada al estilo del Fascismo italiano) produjo a ese respecto algo de celuloide ya rancio incluso antes de ser proyectado en pantalla. El caso de “Alba de América” (cursi y relamida hasta para aquella época) no requiere dar más explicaciones. Basta tan sólo con atreverse a visionar la película.

El mensaje estaba claro: España dio la luz de la religión cristiana a todo un continente, aquello fue poco menos que otra epifanía y los nativos americanos tuvieron una inmensa suerte -según parece- al convertirse en trabajadores forzosos en las haciendas y minas rápidamente incautadas por los colonos españoles.

Después, vinieron otros títulos. Como “Aguirre, la cólera de Dios”, del cineasta alemán Werner Herzog. A pesar de estar hecha en una época de saludable revisionismo histórico en general (de esa fecha es también “Pequeño gran hombre”, que desmonta las falacias del “Western” clásico), Herzog basó su película, en gran parte, en “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”. Una novela de Sender en la que, desde luego, no había ningún relato objetivo sobre ese ínfimo episodio dentro de lo que se ha llamado Conquista de América.

Más adelante, en los autosatisfechos años 80 del siglo XX, se volvió sobre el tema de la mano de Carlos Saura en “El Dorado”…

Todas esas películas, como ahora “Oro”, abundaban en el mismo error: tomar la parte por el todo -algo sencillamente descartado como vía para conocer la realidad desde, por lo menos, el siglo XVI- al considerar que lo que fue la Conquista de América, puede resumirse en la demencial búsqueda de El Dorado.

Esos hechos fueron una extraña y llamativa excepción, si consideramos lo mucho que se ha escrito sobre el tema (no sólo las crónicas de la época) sino la legión de manuales y monografías que ha producido el tema en España, en otros países de Europa y en América desde Boston hasta Buenos Aires.

La Historia de la América española, antes e incluso después de las Independencias americanas, es más bien justo lo contrario a la búsqueda de El Dorado.

Así es, la mayor parte de la Conquista de América, es la Historia de una empresa funcional y racional. Tanto que durará nada menos que tres siglos. Les propongo un sencillo ejercicio: después de ver “Oro” vuelvan a casa, conecten sus reproductores de DVD y pongan en ellos el de “La Misión”. Lo que verán ahí, es una ciudad española perfectamente asentada en la América de mediados del siglo XVIII, que apenas se distingue de cualquier otro asentamiento europeo de esa época. Observen bien los vestidos, los uniformes y las personas. No, no son franceses ni británicos (aunque puede que se lo parezcan). Son españoles y criollos, mestizos de nativos americanos, de negros y toda esa compleja sociología racial que se produce en sociedades coloniales como aquella.

La pregunta obvia sería ¿cómo es posible que todo “eso” surgiera si la tesis de “Aguirre, la cólera de Dios”, o de “El Dorado”, o de “Oro”, es la única interpretación posible de la Historia de la Conquista de la América española?

La respuesta, que también debería ser obvia, es que si hoy se plantean en España preguntas así, es porque películas como “La Misión” o “El último mohicano” (en su versión del año 1992) son hechas por directores de cine franceses o norteamericanos. Como Roland Joffé o Michael Mann. No por españoles que, es evidente, están a otra cosa.

Todo un síntoma que nos debería llevar a plantearnos qué está pasando en España -desde hace demasiado tiempo- con respecto a narrativas básicas para un país que, como vemos, se van reduciendo paulatinamente a un simplismo cada vez mayor y más abrupto. Uno que, sin duda, debería preocupar tanto en España como entre sus socios políticos y económicos, a la vista de la Anomia que relatos así acaban produciendo.

A menos que precisamente eso es lo que se busque. Es decir: causar Anomia y descomposición territorial y social en la cuarta economía de la Unión Europea…

Una idea ciertamente tan demencial como querer encontrar una ciudad entera fabricada en oro. Alucinación, por cierto, compartida no sólo por españoles sino por caballeros ingleses tan notorios como sir Walter Raleigh. A quién, por otra parte, eso le costó la vida por orden de su católica majestad, Felipe III, rey de España y de las Indias. Deseo fielmente transmitido por su embajador en Londres y orden sumisamente acatada por las autoridades inglesas de aquellos principios del siglo XVII. Unas que sabían muy bien que El Dorado podía ser una quimera, pero que las minas de oro y plata de Zacatecas eran muy reales y el rey de España era su dueño y señor absoluto, debiéndosele, por tanto, obediencia completa…

Un hecho éste del que, sin duda, se podrían sacar magníficas novelas históricas y aún más magníficas películas. Siempre que se quiera, claro está. Porque cuando no se quiere (o no se deja hacer), bien se sabe que no se puede. Ni por todo el oro del Mundo…

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